Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

diciembre 23, 2015

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente VI


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

En el campo académico la década del 1990 fue testigo del inicio del debate sobre el tema de la modernidad y postmodernidad. En términos generales, la validez de la herencia material y cultural moderna, que en Puerto Rico se había desarrollada en el marco de la dependencia colonial. El Puerto Rico moderno se asociaba al proceso de industrialización, el tránsito de la industria liviana a la pesada, la inversión en la producción de fármacos y alta tecnología, el desarrollo urbano y el enrarecimiento del pasado rural. Aquellos índices estaban vinculados a la segunda posguerra mundial, la Guerra Fría, el estado interventor y benefactor y, por supuesto, al ELA y el dominio del PPD y el PNP en el periodo anterior al rosellato. El Puerto Rico más allá de la modernidad surgiría de las cenizas de aquel.

Mijaíl Gorbachev y Ronald Reagan

Mijaíl Gorbachev y Ronald Reagan

El fin de la era de la empresas 936 fue un evento que marcó el fin de una época y el inicio de otra, como ya se ha sugerido: el liberalismo abría paso al neoliberalismo. El cambio fue dramático porque planteaba enormes paradojas. Desde la invasión de 1898 y la Ley Foraker de 1900 había “comercio libre” entre Puerto Rico y Estados Unidos precisamente porque el país era un territorio no incorporado al imperio. La relación colonial aseguraba el libre comercio entre ambos mercados. Pero en la década de 1990 en el marco del neoliberalismo, se decidió demoler las barreras arancelarias y el “privilegio” del ELA se convirtió en moneda común. El “libre comercio” instituido en 1900 era asimétrico y estaba mediado por la Leyes de Cabotaje y el monopolio de ciertas compañías de transporte que encarecían los consumos en el mercado local pero aún así representaba una excepción que muchos valoraban. Lo que legitimaba su existencia era el valor militar de la isla caribeña en el contexto de la Guerra Fría. Después de la decisión de 1996 y terminada la Guerra Fría en 1991, dado que no se revisó la relación estatutaria entre ambos pueblos, la única manera de mantener el “libre comercio” con Estados Unidos era la soberanía. El tránsito de la modernidad a la postmodernidad, del liberalismo al neoliberalismo una vez dejado atrás el conflicto este-oeste, reclamaba la solución del estatus.

Me parece que buena parte de la intelectualidad de todas las tendencias estaba consciente de ello en la década del 1990. Sin embargo, la dejadez  de la clase política que había crecido al amparo del ELA y su causa y la morosidad del Congreso que estaba ocupado en otros asuntos, freno aquella posibilidad. A aquella dilación habría que añadir que los sectores tradicionalistas y moderados en el PPD, los que todavía concebían el ELA como una “solución final” al dilema de estatus, se enquistaron en el poder e imposibilitaron una revisión ideológica creativa de aquella organización. Muchos de los que en 1960 militaron cerca de la “nueva generación” de populares soberanistas se habían movido de la izquierda a  la derecha del PPD, como fue el caso del exgobernador Hernández Colón.

 

Los debates académicos

En términos intelectuales los paradigmas, presunciones o certidumbres modernas más interpeladas en aquella década de debate tenían que ver en Puerto Rico con la resistencia a la situación dominante. Por un lado se ponía en entredicho el nacionalismo político y cultural, ideologías que salieron muy lastimadas de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, del desarrollo de la sociedad de consumo y la revolución de las comunicaciones y la informática que se afianzó en los 1990. Por igual situación pasaba el socialismo en todas sus formas, sistema que se había deteriorado desde la segunda posguerra al calor de los regímenes de Josip Stalin y el neoestalinista Leonid Brézhnev y cuya crítica articularon de modo convincente Lech Waleza y el sindicato “Solidaridad” desde Polonia, y Mijaíl Gorbachov por medio de la glasnost y la perestroika, en los años 1980. El fin de la Guerra Fría (1989-1991), catapultado por el inicio del derribo del Muro de Berlín el 10 de noviembre de 1989, fue interpretado como un signo del triunfo del oeste sobre el este. El “socialismo realmente existente” y el socialismo en general, se vieron en la necesidad de reformularse de cara a una era inédita.

Lech Waleza y "Solidaridad"

Lech Waleza y “Solidaridad”

Es cierto que el “socialismo realmente existente” desaparecía con el bloque socialista. Pero el “capitalismo realmente existente”, identificado con el estado interventor y benefactor y que actuaba como intermediario entre el pueblo y el mercado, también desaparecía en medio del fenómeno. El neoliberalismo era otra cosa y todavía estaban por establecerse, a la larga eso se determinaría en la práctica, sus efectos sobre las relaciones políticas  y sociales. El debilitamiento de la ilusión de igualdad al amparo del estado que había animado al “socialismo realmente existente”, era sustituido por otra ilusión más peligrosa: la que partía de la premisa de que la igualdad se conseguiría en el mercado mediante el consumo. El nuevo modelo capitalista requeriría nuevos y agresivos proyectos socialistas que sólo comenzarían a madurar, con numerosos tropiezos, después del año 2000.

En Puerto Rico las izquierdas socialistas, que desde la década de 1930 había articulado una estrecha  alianza con los sectores nacionalistas de todas las tendencias y que habían sido los protagonistas de la resistencia cultural, social y anticolonial desde 1959, estaban en reflujo del mismo en que estaban a nivel global. Tanto las certidumbres racionalistas, filosóficas y científicas del socialismo, como las certezas morales del nacionalismo habían sido vulneradas. En la segunda parte de la década del 1990, en medio de la confrontación cultural y en el auge de la popularidad del estadoísmo y la figura de Rosselló González que llegó a tener los caracteres de un culto tan irracional como cualquiera otro, no asomaba en el panorama una alternativa legítima de resistencia antisistémica.

La cuestión cultural durante la década de 1990 exigía una reflexión intensa, sosegada y abierta en torno al cambio. En 1993 una organización novel,  la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH), fue el escenario de numerosos debates al respecto. La agrupación atrajo a historiadores de la nueva historia social y de la promoción de los que entonces se denominaban los “novísimos historiadores” interesados en la mirada y la interpretación que ya se denominaba, a pesar de la resistencia, “postmodernista”. En la práctica la organización cumplió el papel de evaluar el lugar del “historiador” y la situación de la “historia”. La relación de la historia con las ciencias sociales, las humanidades, la filosofía, el lenguaje, la identidad: todo fue puesto sobre la mesa. El papel de la disciplina con las resistencias socialistas y nacionalistas también. La situación de cambio enriqueció el temario de los historiadores profesionales y estimuló la autonomía del trabajo del historiador con respecto a los proyectos políticos y sociales  que habían promovido una historiografía al servicio de sus causas. La APH desarrolló una línea editorial en alianza con la editorial Postdata, un foro postmodernista, que entre 1994 y 2000 produjo una colección de títulos que marcó una pauta para el debate al margen del marco institucional universitario pero sin desvincularse del mismo. El impacto de aquella asociación en la disciplina, todavía al presente sigue activa, merecería una investigación más profunda que todavía no se ha hecho.

Berlín (1989)

Berlín (1989)

El debate cultural e historiográfico durante la década de 1990 también tocó al independentismo de ideología socialdemócrata o nacionalista, y el socialismo puertorriqueño. Todas aquellas propuestas estaban en proceso de revisión desde adentro pero las presiones de la tradición pesaban mucho a la hora de la revisión. Es curioso que las propuestas que con más agresividad apelaban a la necesidad del “cambio” mostraran tanta resistencia a la autocrítica en un momento de la historia en el cual la reflexión era mandatorio. El sector ideológico más dispuesto al revisionismo fue el socialismo y las izquierdas en general. En las izquierdas cuestionadas floreció el anarquismo, la estadidad radical y el pesimismo fronterizo con el cinismo filosófico. En el Puerto Rico colonial del 1990, aquel abanico de opositores denominados de manera genérica “izquierdas” estaba en crisis y en retroceso y, con el estadolibrismo cuestionado al final de la Guerra Fría, la propuesta más atractiva y de más coherencia fue el estadoísmo animado por la atrayente figura de Rosselló González.

La revitalización de un discurso de la resistencia original y prometedor se desarrolló donde menos se esperaba. Un problema de la vieja época de la Guerra Fría sirvió de laboratorio al mismo. Me refiero a la presencia de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques y sus prácticas de combate en la isla municipio desde 1947.

 

noviembre 24, 2015

Nervio y pulso del mundo: comentarios en torno a un libro sobre el Nacionalismo Puertorriqueño


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y Profesor de Estudios Puertorriqueños
Texto de la presentación del volumen de la Junta Pedro Albizu Campos (2014) Nervio y pulso del mundo. San Juan: Talla de Sombra. Autores Mario O. Ayala Santiago, Ivette Chiclana, Raúl Guadalupe de Jesús, leída en el Recinto Universitario de Mayagüez el 18 de noviembre de 2015 en actividad de la Asociación de Estudiantes de Historia.

Mi interés por el tema del Nacionalismo Puertorriqueño surgió como producto de su invisibilidad en la discusión académica universitaria o no universitaria. Un proceso tan relevante para la historia de Puerto Rico desde 1920 hasta 1960 no debía reducirse a un breve comentario en un libro de historia. Dos pasiones opuestas monopolizaban una discusión que no conducía a ninguna parte y dificultaban la comprensión de aquel fenómeno que llamaba mi atención a los 20 años.
En mis años formativos el Nacionalismo Puertorriqueño y su figura central, seguían siendo objeto de diatribas o elogios similares a los que les habían dirigido en las décadas del 1930 y el 1940. En el momento en que la intelectualidad del Nuevo Movimiento Pro-Independencia retomó ambos temas con entusiasmo, la Nueva Historia Social se consolidaba como la expresión de una vanguardia historiográfica. Las líneas interpretativas sobre estos asuntos en las décadas de 1970 y el 1980, fueron tan antinómicas como lo habían sido durante la era del populismo. La historiografía oficial del 1950 y la nueva historia social del 1970, se hicieron cargo de estos temas a su modo. En la década del 1990 el debate postmodernista intentó una síntesis que nunca fue tal. La imagen del Nacionalismo Puertorriqueño y de Albizu Campos, una vez se dejaban atrás los resabios de una historia “proceratista” o de una historia desde “abajo” elaborada en los escritorios de una universidad, seguía enrarecida. Mi impresión, al cabo de los años, es que se les trataba como un “desencaje” o como unas eventualidades que no se acoplaban al orden que se presumía poseía una y otra cara de la historia desfigurándolas.

Nervio_pulso_mundoMi formación política ocurrió entre nacionalistas y veteranos de la Insurrección del 1950 y militantes de la Nueva Lucha Pro-Independencia. Aquel escenario no fue inmune al impacto del marxismo ni a las tensiones que proliferaron entre nacionalistas y socialistas. Para subsanar la ausencia de ambos temas del ámbito universitario preparé en 2010 un seminario subgraduado titulado “Pedro Albizu Campos, el nacionalismo y la política: una interpretación historiográfica”; en 2014 dicté el curso graduado “Pedro Albizu Campos: el nacionalismo y la modernización de Puerto Rico (1930-1950)”; y en 2015 volví a convertirlo en uno de los temas en un seminario graduado comparativo titulado “Nación y cultura en Hostos, Betances, De Diego y Albizu”.

Voy a citar algo que dije en este recinto en 2012 durante una charla sobre estos temas:

“Estudiar a Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño podría justificarse sobre una serie de bases concretas. La primera tiene que ver con el proceso de devaluación que ha sufrido el nacionalismo político en el marco de la economía neoliberal y la globalización, particularmente en el territorio de la expresión cultural posmodernista que dominó la academia desde 1990. El hecho de que el nacionalismo político no sea una clave cultural y política del presente, como lo fue en el siglo 19 americano y europeo o en el siglo 20 puertorriqueño por lo menos hasta el 1950, no significa que no se deba investigar el asunto. Tampoco se puede presumir que aquellas propuestas no tengan nada que decirle al presente. (…) Dado que, como se sabe, desde 1940 y el ascenso del populismo primero y el popularismo después, se cuestiona la pertinencia del nacionalismo político para Puerto Rico en nombre de un nacionalismo cultural tolerable, me parece que una forma legítima de responder a esa pregunta es visitando el tema desde una perspectiva crítica fresca.”

Me parece que Nervio y pulso del mundo. Nuevos ensayos sobre Pedro Albizu Campos cumple con ese empeño.

Los valores de un libro

Esta colección es una propuesta teórica y metodológica que permite enfrentar un asunto que ha sido objeto de acoso “desde una perspectiva crítica fresca”. En su conjunto, los ensayos que componen este libro toman distancia de las “pasiones opuestas” que señalé hace un rato. Dejan atrás el halago pueril y el sabor a martirologio que caracteriza ciertos proyectos de rescate de esta figura; a la vez que se alejan de la ola antinacionalista que ha dominado la interpretación de este “desencaje” desde la era del Nuevo Trato y que la Nueva Historia Social y la interpretación postmodernista de las década de 1970 y el 1990, reformularon sobre la base de argumentos distintos. El volumen no se detiene en Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño: reflexiona sobre el pensamiento histórico y sus metodologías con el propósito de establecer una versión alternativa confiable y abierta sobre dos cuestiones polémicas.

Los autores de la “Junta Pedro Albizu Campos” aspiran ver estos problemas en toda su nueva complejidad y, como señalaba Marc Boch, “comprenderlo(s)” empáticamente a pesar de los riesgos que representa esa actitud en un escenario interpretativo polarizado e invadido de actitudes exacerbadas y pasionales. Para conseguir ese objetivo (re)visitan fuentes, establecen conexiones que la investigación que les precedió no pudo o no quiso establecer, o miran hacia lugares inéditos como puede serlo el Albizu Campos del momento de la disolución del Partido Unión en la Alianza Puertorriqueña y la división que condujo a la fundación del Partido Nacionalista. El producto de ese esfuerzo, he insistido en ello en mis seminarios, es que se puede ayudar a que dejemos de ver a Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño como productos “acabados” y “congelados” en el tiempo y a que se les apropie en su dinámica y en su historicidad.

Estoy consciente de que “comprender”, a Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño plantea muchos riesgos en un terreno minado de prejuicios. En 2014, cuando anuncié que dictaría un seminario sobre el tema, alguien me dejó una nota alegando que esa era la figura que más daño le había hecho a la lucha por la independencia del país. Era como si las posturas rabiosamente antinacionalistas de Luis Abella Blanco (c. 1934) y Wenzell Brown (1945) hubiesen vuelto como fantasmas del pasado. Un inconveniente es que las posturas de los dos autores citados, un socialista amarillo puertorriqueño y un autor de pulp fiction estadounidense, traducían la evaluación del FBI a la vez que coincidían palmariamente con la imagen que el PPD y su liderato en el poder desde 1944 hasta 1964 elaboró. Esta colección de la “Junta Pedro Albizu Campos”, que no oculta su afinidad con el tema de estudio por que no tiene que hacerlo, es una excelente respuesta a esas versiones aviesas que se han canonizado desde 1930 al presente.

Contenido

El volumen abre con un denso ensayo de Mario O. Ayala Santiago que se convierte en un panorama crítico de la vida, obra y la historiografía en torno a Albizu Campos y su trayectoria en el Nacionalismo Puertorriqueño. El autor apunta el papel protagónico de esta figura en la revisión de la imagen benévola que de Estados Unidos tuvo el nacionalismo unionista, con José De Diego Martínez a la cabeza, y como la misma se erosiona durante la década de 1920. Aunque se sabe que la interpretación de De Diego Martínez, si bien fue dominante en su tiempo no fue la única, el papel de Albizu Campos entre 1923 y 1930 en el refinamiento de una postura nacionalista antiimperialista y militante fue crucial. Algo que sería importante revisar serían las conexiones ideológicas entre el abogado de Ponce y las figuras de Rosendo Matienzo Cintrón, Nemesio R. Canales y Luis Lloréns Torres quienes, en la década de 1910, ya hablaban un lenguaje agresivo muy parecido al suyo. La interpretación de Ayala Santiago lo conduce a reevaluar las interpretaciones al uso sobre la hispanofilia del nacionalismo albizuísta y dieguista como posturas retrógradas, opinión que marcó las interpretaciones progresistas oficialistas, la de la nueva historia social y la postmodernista. La “comprensión” de la hispanofilia le lleva a afirmar la pertinencia de la misma más allá de las imposturas de una aplicación mecánica de las teorías del progreso que se acodan detrás de ese debate. De hecho, cualquier lectura de la bibliografía estadounidense sobre Puerto Rico publicada entre 1898 y 1926 según la estudiamos el colega José Anazagasty Rodríguez y yo en dos libros, demostrará que esa hispanofilia puede ser interpretada como respuesta a la hispanofobia dominante en aquellas y en los adláteres del estadoísmo en la colonia.

Albizu_MilitarIvette Chiclana mira desde una interesante oblicuidad o soslayo las huellas de Albizu Campos y su discursividad. No solo posiciona esta figura en el espacio de los márgenes del orden social imperialista y colonial al lado de los productores directos, sino que logra avanzar en el proyecto de imaginar cómo se le vio desde allí. Para una bibliografía que ha ubicado la discursividad albizuísta en lo alto de una Torre de Babel tras la confusión de las lenguas y la ha valorado como la expresión de una elite que la “canalla” no podía comprender, su perspectiva representa un reto enorme. Metodológicamente su aproximación posee la virtud de que se apoya en una oralidad que el historiador positivista crítico, el nuevo historiador o el postmodernista, esté o no vinculado al poder, no toma en cuenta. La meta, demostrar hasta qué punto el Nacionalismo Puertorriqueño convergía con la voz de la gente común, en un modo de revisar la tesis de la “incapacidad del nacionalismo de comunicarse con las masas”, que se reproduce en las interpretaciones al uso. El otro esfuerzo de la investigadora va dirigido a (re)configurar desde un contexto vitalista enriquecedor, la imagen también emborronada de otro “desencaje”: la poeta nacionalista Julia de Burgos. Su crítica va dirigida al reduccionismo que la historia oficial ejecuta con esta figura. La “Julia nacionalista” aparece completa articulando un compromiso con los desposeídos. Para comprender a cabalidad esa complejidad la autora tiene que llamar la atención sobre la “primera Julia”, la estudiante de la ruralía y la normalista, con el propósito de, otra vez, superar el inmovilismo que el relato histórico dominante impone a estas personalidades complejas. La lógica de la autora parece ser la de aquel que, mientras aleja la mirada de objeto y se ubica al lado de los testigos de su vida, es capaz de apropiar detalles que de otro modo se perderían.

Raúl Guadalupe de Jesús vuelve sobre las interpretaciones dominantes de la teoría y la praxis económica en el discurso del Nacionalismo Puertorriqueño. Esa ha sido otra de las muchas “manzanas de la discordia” en el debate intelectual entre lo que en Puerto Rico se identifica con las izquierdas y el nacionalismo. El resultado ha sido que el nacionalismo ha sido forzosamente ubicado como una expresión de las derechas. El autor mira hacia la interacción entre el Partido Nacionalista y el movimiento obrero organizado en la década de 1930. Aquel movimiento obrero estaba encabezado por el Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores, dos organizaciones filoestadoístas y tradeunionistas bien conocidas. Los momentos en los que se fija se enmarcan en la Gran Depresión y en los conflictos obrero patronales que se dieron entre 1934 en el sector cañero, y el 1938 en los muelles. Quien se aventure a estudiar aquel momento no debe olvidar la presencia de Blanton Winship en la colonia, la oposición del nacionalismo a las políticas del Nuevo Trato, su plan de rebelión para 1936, las citaciones de un Gran Jurado aquel mismo año y la condena de su liderato, entre otras.

La presunción dominante es que aquellos procesos demostraron la incapacidad del Partido Nacionalista no solo para enfrentar la situación sino para representar bien a la clase obrera rural o urbana. Puedo aceptar ese argumento sin problema: el Partido Nacionalista tenía un programa económico nacionalista y social cristiano apoyado en principios corporativistas como meta en el cual la organización de los trabajadores tenía un carácter distinto. Albizu Campos mismo, en 1923, llamaba la atención sobre las concomitancias entre el socialismo y la religión cristiana pero, como de Diego Martínez, desconfiaba de su estadoísmo.
Pero lo cierto es que el Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores también fueron incapaces de representar bien a la clase obrera rural y urbana y actuaban acorde con el capital y la Coalición Puertorriqueña. Se alega que el Partido Nacionalista aspiraba “usar” el movimiento obrero para adelantar su causa independentista, pero no se aclara que Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores usaban al movimiento obrero para adelantar la suya. La clase obrera activa estaba en medio de un territorio peligroso: solo podía depender de sí misma y de sus organizadores de base, cosa que no sucedió. Los ensayos de Guadalupe de Jesús invitan al lector a interpretar la interpretación, a ser reflexivos y críticos con la crítica y a reconocer la historicidad de los historiadores que la formularon. Las “otras caras de la historia” se dibujan y aguardan porque se les devele.

Postdata

Esos comentarios generales, por sí solos, validan la lectura de este volumen. Mirar a Pedro Albizu Campos en toda su complejidad es un reto. Yo lo he visto como un ser contradictorio que pensaba a España como un Liberal Reformista o un Autonomista Moderado; a la vez que evaluaba a Estados Unidos como un antiimperialista moderno y radical. “Comprenderlo” no significa “reproducirlo”. Este es un proyecto revisionista de la mirada oficial, de la mirada de las izquierdas y de la postmodernista a un asunto lleno de complejidades y recodos. Su lectura demuestra que, en ocasiones, se ha mirado al árbol sin ver el bosque; mientras que en otras se ha mirado al bosque sin mirar el árbol. No soy optimista pero me parece que lo peor hubiese sido no haber mirado nunca en esa dirección. El libro es también una invitación para que se haga lo mismo con otras figuras de su tiempo. Ojalá alguien se fijara en la expresión de manifestaciones fascistas en la discursividad y la praxis de José Celso Barbosa, Rafael Martínez Nadal, Luis Muñoz Marín o Luis A. Ferré. Ojalá alguien estuviese dispuesto a desmantelar la neohispanofilia de Rafael Hernández Colón o el neopopulismo mediático y espectacular de Pedro Roselló González en la década de 1990 con espíritu tan puntilloso como se hace con Albizu Campos y su generación. Los resultados para el saber serían extraordinarios, sin duda.

julio 10, 2015

Miradas al treinta: del Unionismo al Aliancismo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Uno de los problemas historiográficos que más han ocupado la atención del canon ha sido la denominada Generación del 1930. La vigencia de aquel discurso cultural solo comenzó a ser revisada en la década de 1990. La supervivencia de aquella discursividad hasta la frontera de la postmodernidad, ratifica su poder de convicción, y ese hecho no puede ser descartado mediante simplezas.

La opinión dominante sobre aquel proceso se apoya en dos premisas sencillas. La primera identifica la década del 1930 con la peor crisis económica mundial del siglo 20. Las posibilidades reales de la Independencia o de la Estadidad, que habían sido pocas en la década de 1920 como ya se ha comentado en otras columnas, eran nulas en aquel contexto. Los efectos de la crisis sobre el país fueron tan devastadores que la idea progresista de que “todo tiempo pasado fue peor”, se impuso tras la avasallante victoria del Partido Popular Democrático en las elecciones de 1944. Sobre aquella base se levantó el edificio de la confianza en el Popularismo y el progreso hasta la década del 1960. La crisis, surgida de las grietas del mercado de valores en 1929, no se solventó del todo sino después de 1945. Antes y después de ese periodo crítico, Puerto Rico dejó de ser lo que era. Aquellos 16 años dejaron un amargo sabor en los puertorriqueños en la medida en polarizaron a la intelectualidad del país. Visto desde esta perspectiva, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), fue una consecuencia y una solución a la Gran Depresión de 1929.

1898Una segunda premisa presume que la Generación del 1930 interpretó y apropió la crisis, la enfrentó con eficacia y que salvó la Identidad y la Nacionalidad Puertorriqueña. Desde mi punto de vista, no se trataba de salvar un producto terminado, sino más bien de re-fundar un discurso que había que ajustar a la innovación de la presencia sajona en el país. Esto significa que la crisis del 1930 no fue solo material: el aspecto espiritual y cultural planteó un reto a la intelectualidad puertorriqueña muy similar al que presentó el 1898 a la intelectualidad española e hispanoamericana. El proyecto hegemónico del Imperialismo Plutocrático estadounidense, tenía en Porto Rico, un espacio primado. Para la Generación de 1930, la reevaluación del pasado histórico era fundamental. La intelectualidad, antes y después de la literatura del 1930, dejó también de ser lo que era. El 1930 sintetiza con vigor la idea del trauma y la ruptura que, por tradición, se ha adjudicado al 1898.

La tercera premisa tiene que ver con la presunción de que los intelectuales universitarios fueron los responsables de aquel proceso de recuperación material y espiritual. La afirmación de poder de la cultura logocéntrica y universitaria resultó convincente, dada la debilidad de ambos espacios en el pasado hispánico. El elemento que más se ha destacado, ha sido la afirmación de una hispanidad reinventada, y el cuestionamiento de la sajonidad que caracterizó a ciertos intelectuales. El Nacionalismo Puertorriqueño y la Universidad de Puerto Rico cumplieron un papel cardinal en aquel proceso. Pero el camino de la redención no estuvo exento de fisuras.

Abrir la discusión del 1930

El balance de lo que se recuerda y lo que se olvida en un relato histórico, influye en la imagen que se consagra del pasado. La tendencia de la historiografía social y literaria hasta la década de 1990, fue mostrar la discursividad del 1930 como un hecho esencial, sin antecedentes. Con ello se aspiraba a sacralizar el lenguaje de una generación de intelectuales con el fin de inmunizarla para la crítica. El dilema interpretativo radica en que ese aserto dependía de presumir el periodo de 1898 a 1928 como uno en “blanco”. La investigación de aquellos tres decenios no representaba una prioridad. Aislar el treinta de sus contextos representó un problema. Hoy se sabe que la miseria que se vivió durante la Gran Depresión, no difería mucho de la que se experimentó entre 1898 y 1928: los decenios de ajuste que cimentaron la relación colonial de Puerto Rico y Estados Unidos debían ser visitados.

La pregunta es, ¿y en qué dirección se puede abrir la discusión del 1930? La primera ruta es dejar de mirar la Gran Depresión de 1929 como un fenómeno inédito y único en la historia de occidente capitalista. Estructura y efectos análogos tuvo, en un contexto global, la Gran Depresión de 1873 al 1896. En Puerto Rico, abrió con la Abolición Jurídica de la Esclavitud Negra, profundizó la crisis de la Economía de Hacienda Azucarera y dejó al país, después de la Guerra de la Tarifas entre Estados Unidos y España, en el proemio de la invasión de 1898. También en aquel entonces el revisionismo y la polarización política se impusieron, y la apuesta por la Autonomía Radical, la Anexión a Estados Unidos y la Confederación de la Antillas, se generalizó. Para los observadores europeos, aquella Gran Depresión justificó la puesta en entredicho de la fe en el Progreso y en las virtudes del Mercado Libre.

El fin del librecambismo clásico en el modelo de Adam Smith, y la situación de anarquía social que produjo la resistencia popular y obrera en los países industriales, justificó la necesidad de regular la producción y el mercado. La posibilidad de una Economía Planificada por el Estado, y no por las fuerzas del Mercado, se afirmó. Aquella fue una época dominada por la incertidumbre económica, pero también por la incertidumbre cultural. George L. Mosse ha distinguido aquel periodo con la lapidaria frase “las certezas estaban disolviéndose”. En Europa, la crisis material justificó la desconfianza en los valores heredados. Las Vanguardias, el Bolchevismo, el Fascismo y el Imperialismo, fueron algunas de las respuestas a la situación.

¿Cómo nos informa esto sobre Puerto Rico? En los aspectos materiales, la Gran Depresión de 1929 también condujo al cuestionamiento de las virtudes del librecambismo clásico y colocó al país en el camino de la Economía Planificada. Sin embargo, no se trató de un decisión libre sino de una impostura colonial al amparo del Nuevo Trato. En el plano cultural, condujo a todo lo contrario. En lugar de disolverse las certezas, la crisis estimuló la voluntad de determinar nuevas certezas. Esa fue la tarea de la Generación del 1930 y del Nacionalismo Puertorriqueño.

Para ello se realizó un balance de la situación del país a la luz de su historia mediata: la que emanaba del 1898. Las opciones extremas eran dos. O se restituía la confianza en Estados Unidos, en quiebra desde 1910. O se rehabilitaba la confianza en España, en quiebra hasta 1898. Los puntos medios probables eran infinitos. La consolidación de esas miradas alternas a Estados Unidos y España, condensaron la discusión intelectual. La naturaleza contradictoria del 1930 se materializó en las preguntas respecto a qué somos, cómo somos y dónde vamos los puertorriqueños.

La segunda ruta para abrir esa discusión es aceptar que las contestaciones a aquellas cuestiones tenían el carácter de una hipótesis. Al cabo generaron un relato polémico pero funcional sobre la puertorriqueñidad. El problema ha sido sacralizarlas y canonizarlas. Lo más indicado sería apropiar el discurso de la Generación del 1930 no como el discurso, sino como un discurso más sobre la cuestión de la identidad. Para ello habría que desobstruir la imagen de pasado que se inventó y, sobre esa base, reelaborar una genealogía del 1930 partiendo de la premisa de la difidencia o la sospecha.

Lugares de la genealogía: unas (anti)figuraciones

Dos lugares me parecen críticos en ese sentido. Los lugares no son una fecha y su situación solamente. Se trata de espacios de la genealogía del 1930 y sus circunstantes, que dejaron su impronta sobre aquella estética de la crisis. Uno de ellos es el 1922, coyuntura que relaciono con la consolidación del Partido Nacionalista ante el colapso del Nacionalismo Dieguista en el Partido Unión. El otro es 1930, coyuntura que marca la radicalización del Partido Nacionalista. Son dos lugares vinculados a la praxis política pero, dado que antes como hoy, la cultura se disuelve en la política, no veo problema alguno en el asunto. Mi tesis es que buena parte de los argumentos que se esgrimieron en el debate cultural del 1930, ya se había diseñado en 1920 e, incluso, antes de esa fecha Respecto al 1922, debo recordar que aquella década inició un ciclo revisionista de alcances extraordinarios en el Nacionalismo Puertorriqueño. Un detonante fue la gestión pública del Gobernador Emmet Montgomery Reily (1921-1923). Reily venía a Puerto Rico con el objetivo expreso de “matar el empuje de la independencia”, según recojo de una carta de José Celso Barbosa a Roberto H. Todd de 1921, quien celebraba el hecho. Imposibilitado de gobernar por medio de las mayorías Unionistas, tildadas por los estadoístas de radicales e independentistas, se asoció con el maltrecho Partido Republicano Puertorriqueño que no obtenía un triunfo electoral desde 1902. La postura agrió al extremo las relaciones entre estadoístas e independentistas.

En febrero de 1922, una tradición radical se vino al suelo. El Partido Unión, revisó la alternativa de estatus de su programa y, aunque reafirmó su compromiso con una “Patria Libre”, aceptó que para conseguirla había que reconocer la necesidad de garantizar una “noble Asociación de carácter permanente e indestructible” con Estados Unidos. Esa fue la primera vez que se optó por un Free Associated State o Estado Libre Asociado para Puerto Rico. “Libre” y “Asociado”, el país advendría a la libertad soñada. El acto implicaba un reconocimiento de que Estados Unidos no concedería la Independencia a su colonia bajo las condiciones dominantes. El Unionismo se sometía a la agresividad de Reily. Con aquel lenguaje moderado, esperaba convencer al atrabiliario gobernador de que confiase en ellos.

El Partido Nacionalista se consolidó sobre la base de aquel desliz. El Unionismo se encontró en la situación de que, al someterse a Reily, vendría forzado a atacar a los nacionalistas con el fin de demostrar la sinceridad de su reconciliación con el Imperio. En septiembre de 1922, la jefatura unionista acusó de “traición” a los nacionalistas, con el argumento de que su separación del Partido Unión equivalía a favorecer al estadoísmo y a Reily. Los traidores acusaban de traidores a los refractarios. Cuando el resbalón de 1922 se reconfiguró en 1924 en el Club Deportivo de Ponce en la llamada Alianza Puertorriqueña, la “tercera vía” o el “estadolibrismo” adquirieron carta de natalidad.

Aquel debate dejó al 1930 la posibilidad de un aurea mediocritas innovador que evadía los extremos del estadoísmo y el independentismo. ¿Cómo justificó el Unionismo la huída al punto medio? Los argumentos fueron culturales. Aquellos líderes concebían a Puerto Rico como un punto de encuentro donde “las dos razas y las dos civilizaciones que pueblan el mundo de Colón pueden encontrarse fraternalmente”. La situación demandaba proclamar una “tregua de Dios” para conseguir el equilibrio y la armonía entre latinos y sajones. El Partido Nacionalista de 1922, que era una organización novel, quedaba excluido de aquella Santa Alianza inventada por el unionismo con el fin de congraciarse con un sector colaboracionista del estadoísmo republicano. Una lógica distinta se aplicó al Partido Socialista.

La racialización de la historia que hacían los Unionistas / Aliancistas, coincidía con la lógica de los Nacionalistas. El carácter central del análisis racial marcó a la Generación de 1930. Para el Partido Nacionalista de los años 1922 a 1924, la Historia era el lugar de la confrontación de diversas Razas. La idea de la raza tenía sus complejidades. Para aquellos pensadores, se trataba de un complejo etnocultural que se distinguía por su civilización, concepto que a su vez apelaba a la noción de pureza, es decir, al carácter unívoco de la identidad. El catarismo identitario dominaba. La visión maniquea de los teóricos nacionalistas, les impedía aceptar la posibilidad del equilibrio y la armonía entre latinos y sajones. La Civilización Católica Latina que representaban los puertorriqueños, no podría tranzar con la Barbarie Evangélica Sajona: lo superior no podía someterse a lo inferior.

Aquel debate explica el dominio de la hispanofilia y la defensa del castellano en el 1930, a la vez que llena de contenido la concepción de la Liberación por la Cultura que marcó a los intelectuales universitarios treintistas. El problema fue que la imagen de España heredada del siglo 19 tuvo que ser revisada de una manera total. La invención de la España Benévola, que es a la vez Madre y Cuna, que había sido insostenible para el Separatismo del siglo 19, se impuso. Una respuesta a ese conflicto fue la radicalización del Partido Nacionalista.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de Abril de 2012.

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