Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

julio 24, 2020

Pensar el separatismo: el planteamiento de un problema

  • Historiador

De cara a la conmemoración del 151 aniversario de la Insurrección de Lares de septiembre de 1868, volver a mirar las circunstancias que rodearon la rebelión reviste una peculiar importancia. Revisitar los caminos que condujeron a Lares, podría animar una comprensión más abierta de los problemas que rodean a los que al presente se consideran herederos de aquel actó único en muchos sentidos.

El separatismo: una aproximación conceptual

El separatismo fue un movimiento político ideológico diverso que aparece mencionado por primera vez en documentos puertorriqueños del año 1795. En aquellos pliegos el concepto sugería una aspiración amenazante que atemorizaba a las autoridades hispanas en la medida en que ponía en peligro su control soberano sobre las colonias Hispanoamericanas y Caribeñas. La meta política inmediata del separatismo era separar o enajenar a Puerto Rico del Reino de España. La meta política futura, la cuestión de hacia dónde conduciría la separación, no estaba clara. El separatismo no terminaba con la ruptura con el poder colonial hispano. Durante el primer tercio del siglo 19 las posibilidades tras la separación eran varias. Por un lado, se podía asociar a Puerto Rico separado a otro poder mayor en busca de seguridad política y económica. Por otro lado, se podía vincular a Puerto Rico separado a las otras Antillas en una federación en el modelo de la estadounidense emanada del 1776 que desembocó en la constitución de 1787, o de la germánica articulada por Napoleón Bonaparte en 1815 en el escenario del Congreso de Viena. En ocasiones ambas posibilidades se entremezclaban, elemento que complicaba el panorama ideológico del separatismo decimonónico.

En diversas instancias, la unión que se buscaba constituir debía convertirse en parte de un poder internacional estable. En aquel entonces no se confiaba en la capacidad de los territorios pequeños o insulares para la independencia y la soberanía. Después de 1819, los poderes que parecían idóneos para ese fin fueron la Gran Colombia creada por el Congreso de Angostura y Estados Unidos. A pesar de que era probable que muchos separatistas deseasen constituir el Puerto Rico separado en un país independiente y soberano, aquella no parece haya sido la tendencia dominante. El separatismo fue un movimiento internacional encabezado por criollos radicales que seguía el modelo de lo que luego se denominó el Ciclo Revolucionario Atlántico en América. En términos geopolíticos y culturales, concebía a Puerto Rico como parte integrante de Hispanoamérica, modelo figurado en las estructuras seculares del Imperio Español por lo que su probable integración a aquel “otro” no planteaba problema alguno. En síntesis, el separatismo fue la base no solo del movimiento independentista en sus diversas manifestaciones sino también de todo movimiento anexionista a otro territorio continental.

El separatismo anexionista tenía como meta política separar a Puerto Rico del Reino de España para anexarlo a otra unidad política. Su tradición ha sido documentada con varios modelos más o menos conocidos por los investigadores.

  • El primero fue la conjura de 1815 organizada por el diputado a Cortes de origen hispano-cubano, el militar y mercenario José Álvarez de Toledo y Dubois (1779-1858). Álvarez de Toledo aspiraba separar las tres Antillas Mayores del Reino de España con el fin de fundar una confederación que, una vez constituida, solicitaría su integración a Estados Unidos como un territorio más. La conjura fue promovida por intereses económicos de aquel país pero no gozó del respaldo de su gobierno y el conspirador cayó en manos de las autoridades hispanas.
  • El segundo fue la conspiración de 1821 cuyo cerebro organizativo fue el General Antonio Valero de Bernabé (1760-1863). El militar nacido en Fajardo redactó un “Plan de Invasión a Puerto Rico” que proponía separar a Puerto Rico del Reino de España con la finalidad de convertirlo en el Estado de Borinquen de la Gran Colombia.
  • El tercero fue otra conjura del año 1822, preparada por el militar y mercenario alemán General Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1772-1839) la cual tuvo como centro de operaciones la isla holandesa de Curaçao. Se sabe que poseía contactos en la ciudad de Filadelfia, Pennsylvania. El conspirador planeaba invadir y administrar su proyecto desde la costa oeste del territorio probablemente Mayagüez o Aguadilla y se proponía convertir a Puerto Rico en el Estado de Boricua de Estados Unidos.

El separatismo anexionista estuvo especialmente activo durante la década de 1850 en particular en Cuba alrededor de la figura del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) y en 1868, cuando estallaron Lares y Yara, era una de las fuerzas ideológicas más pujantes dentro de los sectores separatistas. En Puerto Rico, el médico José F. Basora (1832-¿1882?) y el empresario Juan Chavarri, ambos de Mayagüez y cercanos de Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) y Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), fueron anexionistas militantes antes de la insurrección de Lares.

“1868-1968” por Lorenzo Homar, serigrafía

El separatismo independentista por su parte tenía la meta de separar a Puerto Rico del Reino de España para convertirlo en un país soberano y, desde la soberanía, promover la constitución de una federación o confederación de las Antillas hispanas, Cuba y República Dominicana. A fines del siglo 19 los potenciales miembros de la unión ya se habían ampliado hasta incluir todo el orbe antillano insular.  Como se dijo, los archivos registran su presencia desde 1795 cuando se investigó a supuestos separatistas en la isleta de San Juan en el contexto del temor producido en la oficialidad colonial por motivo de la Revolución Francesa. Aquel año se había aprobado la Constitución del Año III de la Revolución tras la desaparición del Club de los Jacobinos, como antesala del golpe militar del 18 Brumario de Napoleón Bonaparte. La presencia esporádica del separatismo independentista entre 1808 y 1827 ha sido documentada pero todo parece indicar que aquella propuesta alcanzó madurez política entre los años 1837 y 1865.

Aquellos años representaban dos lugares claves para el relato tradicional de la historia política de aquel siglo que la historiografía del 1930 y el 1950 consagraron no a la luz del desarrollo del separatismo sino del autonomismo. El relato aludido enlazaba el desarrollo del separatismo independentista al hecho de que en 1837 se había excluido a Puerto Rico del amparo de la Constitución de 1836, a la incumplida promesa de Leyes Especiales o autonomía regional y al fraude que significó la Juan Informativa de Reformas citada en 1865 y celebraba en 1867. Bajo la presión de las circunstancias los separatistas independentistas favorecieron el establecimiento de alianzas con los separatistas anexionistas y con los liberales reformistas más exigentes, en especial los que defendían la autonomía moderada o radical. La manifestación política más conocida del separatismo independentistas fue la Insurrección de Lares de 23 de septiembre de 1868 y todas las conjuras que le sucedieron hasta los Comités de Pólvora animados por Betances Alacán antes de radicarse en París que seguían activos en 1874.

El separatismo independentista no era  un movimiento homogéneo. Las tendencias dominantes parecen haber estado determinadas por la naturaleza del liderato y sus preferencias tácticas por lo que es posible distinguir entre una facción militarista y otra civilista.

  • El separatismo independentista militarista era antimonárquico y republicano. Su liderato estaba constituido por militares profesionales que provenían del Estado Mayor del Ejército Español en Puerto Rico y su centro de acción estaba en la capital, San Juan. Su activismo ha sido documentado en una diversidad de actos conspirativos  ejecutados entre 1848 y 1865. Se sabe que negociaban el apoyo político y económico de los gobiernos de la República de Venezuela y de la Monarquía de Gran Bretaña para su causa. Su republicanismo no les impedía negociar con un régimen monárquico como el británico. Hacia el 1863 se organizaron alrededor del Gran Club de Borinquen cuyos encargados eran los militares Andrés Salvador (1804-1897) y Juan Eugenio Vizcarrondo y Ortiz de Zárate (1812- ¿?). La táctica que los definía era simple: debía articularse un golpe militar eficaz con el más amplio apoyo popular a fin de proclamar la independencia. Los gastos de la guerra de independencia se pagarían con un préstamo a los británicos, pagadero después de la independencia. La confianza en que las fuerzas armadas y la gente apoyaría al liderato era completa, hecho que sugería una concepción pasiva del papel de la comunidad en el proceso.
  • El separatismo independentista civilista era también antimonárquico y republicano.  Fue una facción liderada por civiles, profesionales e intelectuales activos en Puerto Rico y atrajo a numerosos exiliados que habían hallado refugio en el Caribe y Estados Unidos. Hacia el año 1857, su centro gravitacional estaba en Mayagüez y sus dirigentes más notables eran Betances Alacán y  Ruiz Belvis quienes negociaban el apoyo de Estados Unidos y de las Repúblicas de Perú y Chile para su causa. La correspondencia de Betances Alacán demuestra que también este, a pesar de su republicanismo radical, nunca descartó  el respaldo de monarquías como la británica si se trataba de adelantar la causa de las islas. Desde 1865, se aliaron con la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en Nueva York, organización encabezada por el cubano Cirilo Villaverde (1812-1894) y el citado Basora, ambos anexionistas. La comunidad de intereses entre los separatistas independentistas civilistas y los anexionistas era visible pero no impidió que se desarrollaran tensiones en algunos momentos. Su táctica consistía en  organizar una invasión a Cuba y Puerto Rico desde Estados Unidos con el apoyo de algunos países de Hispanoamérica, a la vez que se estimulaba un levantamiento o insurrección popular en ambas islas. Todo sugiere que estaban dispuestos a contratar militares profesionales para coordinar la fase bélica pero querían asegurarse de que el protagonismo del proceso recayera en el liderato civil a fin de que la revolución representara los intereses de la gente o el pueblo común. Las relaciones con los militares profesiones siempre fueron ambiguas como quedó demostrado en los eventos de Lares y Pepino.

Ambas tendencias, la separatista independentista (militarista y civilista) y la anexionista apoyaban en principio el libre mercado, la libre competencia y, tras el fin de la Guerra Civil en Estados Unidos (1864), la abolición de la esclavitud de manera más o menos unánime. A pesar del elitismo del liderato, simpatizaban con la construcción de un sistema democrático o representativo que se apoyara en la gente común o el pueblo siguiendo el modelo francés y estadounidense. Todos reconocían que el proceso de separación de Puerto Rico de España debía tener un componente de violencia armada. La experiencia de los procesos de emancipación de las ataduras del Antiguo Régimen en América desde fines del siglo 18 así lo indicaba.

Todos aquellos sectores estuvieron presentes en los procesos que condujeron a la Insurrección de Lares del 23 de septiembre de 1868. La complejidad y heterogeneidad del separatismo tiene que ser tomada en consideración  a la hora de evaluar su manifestación más relevante.

El separatismo: una aproximación historiográfica

El separatismo fue uno de los proyectos político ideológicos más visibles durante el siglo 19. A pesar de que nunca consiguió la meta última que se propuso, desasir a Puerto Rico del control hispano por la fuerza de las armas, asunto que se resolvió con una invasión extranjera en 1898, su impacto sobre la figuración identitaria puertorriqueña ha sido significativo. El esfuerzo del gobierno español por suprimirlo ocupó a muchos investigadores desde fines del siglo 19, momento en el cual el periodista ponceño radicado en la ciudad de Nueva York, Sotero Figueroa Fernández (1851-1923) se propuso historiarlo. Aquel intelectual vinculado a los sectores artesanales había transitado del liberalismo, al autonomismo radical, y de allí al independentismo confederacionista.

Uno de los rasgos distintivos del proyecto de Figueroa fue que no vio la experiencia separatista previa a aquella fecha: la de fines del siglo 18 y la que se había articulado desde 1808 hasta por lo menos 1848. Figueroa investigaba en una situación de emergencia, desde el exilio político y bajo la vigilancia de las autoridades hispanas. El interés que manifestaba no podía desembocar en una historia sistemática del separatismo por toda una diversidad de circunstancias materiales y espirituales. El hecho de que él no fuese un historiador, los reclamos de la inmediatez que imponían la militancia y el activismo, la ausencia de archivos o registros documentales formales a los cuáles recurrir aparte de los periódicos revolucionarios disponibles, entre otros, debe ser tomado en consideración en cualquier juicio que se haga sobre su esfuerzo. Figueroa escribió desde la experiencia conspirativa y la pasión del militante. Los registros o archivos de los que dependió fueron el testimonio del liderato separatista puertorriqueño puesto sobre papel a petición suya, en especial el de Betances Alacán. El médico de Cabo Rojo, desde su punto de vista, representaba la tradición más vigorosa del separatismo independentistas puertorriqueño a la luz de su papel en el 1868. Al apelar a la memoria de los participantes en especial los protagonistas, inauguró un tipo de historia oral sin oralidad porque muchos de sus testigos vivían dispersos por América y Europa y solo eran asequibles por correspondencia.

La discursividad de Figueroa tanto en sus notas biográficas sobre algunos líderes separatistas en el Ensayo biográfico…  (Ponce, 1888), como en sus artículos sobre la Insurrección de Lares de La verdad de la historia (Nueva York, 1892), osciló entre dos polos. Por un lado, la nostalgia respecto al punto de viraje que representó para la memoria separatista decimonónica el 1868 puertorriqueño y cubano, Lares y Yara. Por otro, la insistencia en la uniformidad ideológica de aquellos proyectos. Ambos intentos rebeldes terminaron por ser identificados como la  expresión de un separatismo de fines independentistas homogéneos. Lares, dados los numerosos mártires que produjo, fue imaginado como un acto heroico iniciático no exento de sacrificios. Un acto de aquella naturaleza invitaba a la reverencia. Ese fue el tono que le imprimió el Partido Nacionalista cuando retomó e hizo suyo aquel hito en 1930 bajo el influjo intelectual de Pedro Albizu Campos. Los historiadores del nacionalismo hicieron un esfuerzo por extender las raíces de lo que llamaban la gesta de Lares hasta las fuentes bolivarianas a través del rescate de una de las grandes figuras de aquel proyecto histórico: el General Antonio Valero de Bernabé (1790-1863)

Que el separatismo de las décadas de 1880 y 1890 estuviese integrado por personalidades identificadas con la autonomía radical, como Figueroa, y la independencia era comprensible. Los portavoces del orden español insistieron en acusar a los autonomistas moderados o radicales de ser antiespañoles y separatistas potenciales. En ocasiones también los señalaron como favorecedores de los avances de los intereses de Estados Unidos en las Antillas españolas y el anexionismo, asociación difícil de negar cuando se observa el problema desde el presente. Aquello significaba que la mirada que poseían las autoridades policiacas y de alta política o espionaje hispanas del separatismo, distaba mucho de la homogeneidad que le adjudicaba Figueroa en sus textos de fines del siglo 19 y de la que le impusieron los nacionalistas desde la década de 1930.

¿Qué le faltaba al modelo de Figueroa y de los nacionalistas? Le faltaba el componente separatista anexionista que tanto había preocupado a Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1901) durante sus primeros días en Nueva York en 1870. La exclusión de los anexionistas en la ola subversiva alrededor del 1868, práctica que cumplía una función política concreta en aquel entonces, llama mucho la atención. La omisión de los observadores del siglo 19 fue reproducida por los del siglo 20. En una serie de expresiones públicas vertidas entre 1923 y 1930, los ideólogos del nacionalismo argumentaron que la integración de Puerto Rico a aquel país como estado era imposible.

Los procesos a través de los cuales se ejecutó la purga del pasado anexionista del separatismo no han sido investigados con propiedad. El discurso a través del cual ello se realizó nunca ha sido problematizado por lo que el sentido cambiante de la anexión desde 1820 hasta 1930 tampoco ha sido precisado. La exclusión no se circunscribió al componente anexionista por cierto. La reflexión sobre el pasado de la lucha por la independencia elaborada desde el nacionalismo devaluó la herencia de los autonomistas radicales. En un artículo publicado en partes entre 1930 y 1931 en el marco de un argumento jurídico, Albizu Campos afirmaba que una autonomía liberadora si bien había sido posible bajo el orden español, su modelo era la Carta Autonómica de 1897, ello no era posible bajo el estadounidense.

Todo sugiere que las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas. La experiencia política emanada del 1898 parceló y distanció aquellas tres expresiones de la resistencia antiespañola cancelando de ese modo los vasos comunicantes que habían existido entre aquellas. Después de todo las necesidades y las circunstancias de la política y el activismo de cada día eran diferentes en los siglos 19 y 20. El problema no radica en el distanciamiento en sí mismo sino más bien en la forma en que unos y otros sepultaron ese pasado y no volvieron a reflexionar en torno el mismo. El resultado neto de aquellos para la historiografía del separatismo fue la reducción de un discurso y una praxis compleja. Circunscribir el separatismo a la propuesta independentista  simplificaba una experiencia que irradiaría la cultura política puertorriqueña de los últimos dos siglos. Aclarar el papel que cumplió aquella madeja de tendencias camino hacia el 23 de septiembre es por lo tanto esencial.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de julio de 2020.

marzo 6, 2020

Del anexionismo al estadoísmo: contextos e intersecciones

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En una columna publicada en noviembre de 2019 indiqué que  la situación actual ameritaba una revisión del desarrollo del anexionismo durante el siglo 19 y el estadoísmo o el movimiento estadista en el siglo 20. El pasado de ese discurso político durante el siglo 19 y su presencia en el espectro ideológico puertorriqueño como una “tercera voz” al lado de los autonomismos y los independentismos hasta la década de 1950, no me dejaba duda al respecto. La implicaciones sociales, culturales y económicas de la integración a otro país propuesta por sus defensores fue motivo de debate desde antes del 1868 y constituyó uno de los entornos ignorados de la Insurrección de Lares.

Los imperativos del presente

Tras medio siglo de altas y bajas, el meteórico crecimiento electoral del estadoísmo desde mediados de la década de 1950, su papel protagónico en el desenvolvimiento de bipartidismo en los últimos 50 años a partir de la década de 1970 y la heterogeneidad de su formulación ideológica abonaban en la misma dirección. El fenómeno de la Ley 600 y el Estado Libre Asociado disparó procesos políticos en direcciones opuestas tales como la Insurrección Nacionalista y el moderno auge del movimiento estadista. El ejemplo más reciente de la maleabilidad de esa ideología ha sido su reformulación en el marco de la conmemoración del centenario de 1898 bajo el concepto de “estadidad radical”, concepto  afín al radicalismo decolonial; y la crisis que desde fines de la década del 2010 asomaba en el seno de su organización más visible, el Partido Nuevo Progresista, pugna que sin ser la primera poseía una peculiar complejidad. Todos esos elementos justifican otra mirada en torno a este problema historiográfico y sus posibilidades futuras.

Es cierto que los dilemas que agobian al estadoísmo hoy tampoco son nuevos. Me refiero, por un lado, a la agresiva campaña del presidente Donald Trump, representante de un republicanismo que recuerda las actitudes de Elihu Root, Secretario de Guerra de William McKinley, y el gobernador George Davis en el contexto de la elaboración de la Ley Joseph Foraker en 1900; y por el otro, al colapso de la gestión del gobernador Dr. Ricardo Rosselló tras el verano de 2019. Este caso llama mucho la atención por el hecho de las afinidades que desde ciertos sectores se adjudicaban a esta figura con la “estadidad radical” y el discurso decolonial a la luz de su experiencia militante con “Boricua Ahora Es” desde 2012.

La aparición del fenómeno del “estadoísta no afiliado”, una práctica análoga a la del “independentista no afiliado” a la cual suele achacarse una parte de la crisis del movimiento independentista, es otro elemento relevante. Aquel repuntó al interior del estadoísmo desde mediados de la década de 1980 a través  de “Puertorriqueños en Acción Ciudadana” encabezados por la Dra. Miriam Ramírez de Ferrer y culminó con la experiencia promovida por el Dr. Hernán Padilla por medio del Partido Renovación Puertorriqueña en 1983. Pero rupturas de un carácter análogo han estado presentes en la historia del estadoísmo siempre: los hechos de 1903, 1921 y 1967 son ejemplo de ello.

Desde mi punto de vista el auge del elemento “no afiliado” confirma, por una parte, la desconfianza generalizada en las organizaciones partidistas de tradición moderna que han llegado a ser consideradas como entidades autoritarias. La “no afiliación” expresa la voluntad de emancipación del ciudadano de la condición de militante o fiel. Por otra parte, demuestra el dinamismo de los proyectos político-ideológicos que lo experimentan por lo que su estudio puede decir mucho sobre las transformaciones del siglo 20. Esta hipótesis es válida lo mismo para la “no afiliación” independentista como la estadoísta. El alcance de esta práctica queda evidenciado en las reiteradas llamadas morales a la disciplina que han caracterizado a los núcleos defensores de una tendencia o de otra durante las últimas décadas.

Por último, la presencia de activistas estadoístas en la organización Movimiento Victoria Ciudadana (MVC) de cara a las elecciones 2020, recuerda los afanes unionistas y frentistas que dominaron dos momentos críticos del siglo 20. Me refiero a los primeros días del régimen impuesto por la Ley Foraker de 1900, en especial el periodo iniciado en 1903 y el llamado a la “unión” por Rosendo Matienzo Cintrón el cual culminó con la crisis de 1909 y la creación de un instrumento de descolonización original pero efímero -el Partido de la Independencia en 1912-;  y los de las conmociones emanadas de la Gran Depresión durante en la etapa previa a la Segunda Guerra Mundial que desde las izquierdas justificó la configuración de “frentes amplios populares”. En el caso de Puerto Rico aquel reclamo, si bien sedujo a una parte significativa del Partido Comunista Puertorriqueño (1936) y el Partido Popular Democrático (1938), no tuvo el mismo efecto sobre los sectores que no defendían la independencia como aquellos. Es probable que el pasado de “mogollas”, ligaos, alianzas y coaliciones (1922-1944) actuase en contra de la tendencia aunque es obvio que un “frente” popular y un “convenio” entre partidos no eran la misma cosa.  No se debe pasar por alto que “Boricua Ahora Es” en su momento también participó de esa retórica unionista y frentista con la misma pasión que las experiencias antes señaladas.

A dónde conducirá la crisis actual es lo que está en discusión. Claro que las justificaciones teóricas para afrontar un problema interpretativo como este no forzarán a ninguno de los involucrados a enfrentarlo. El énfasis militante acrítico de los partidos políticos no les deja mucho tiempo para este tipo de reflexión, ni siquiera cuando un segmento de su liderato proceda de los sectores llamados “intelectuales”. La mirada a la bidireccional relación pasado/presente resulta urgente.

José Celso Barbosa

Anexionismo/estadoísmo: subversión e izquierdismo

El estudio del anexionismo, el estadoísmo o el movimiento estadista, así como el de cualquier otra ideología, es un territorio lleno de escollos. Para desarrollar una interpretación ecuánime del problema planteado habría que desarrollar definiciones precisas de los conceptos a los que se alude. Anexionismo, estadoísmo, movimiento estadista así como autonomismo, independentismo, traducen prácticas diversas, cambiantes, volubles o líquidas que, en parte, son el resultado de las especificidades históricas y culturales en las cuales se desenvolvieron.

Ser anexionista en 1868 no es lo mismo que ser estadista en 1968. Aquel de 1868 tenía el escollo de que Puerto Rico era posesión colonial de España por lo que para conseguir su meta debía separar a Puerto Rico de aquel país por los medios que tuviese a su alcance para, desde la soberanía y la independencia, completar su proyecto de anexión. Por eso el anexionismo era parte de un proyecto subversivo que apelaba a las armas lo mismo en Cuba que en Puerto Rico en 1868. El estadoísta del 1967 había pasado por un proceso de anexión producto de una guerra (1898), un tratado de paz (1899) y una conversión ciudadana (1917). Dadas esa condiciones, a nadie debería sorprender que los estadoístas imaginaran que la anexión conduciría de manera “natural” a la estadidad en un futuro cercano, cosa que no sucedió.

La nueva situación no les dejó en posición de reclamar por medios agresivos el acta de incorporación que se le había negado en 1900 durante las discusiones para configurar la Ley Foraker, por lo que un “estadoismo gradualista” y “paciente” se impuso en figuras como Miguel A. García Méndez y Luis A. Ferré Aguayo. Un juicio análogo podría utilizarse para describir la actitud de los independentistas y nacionalistas moderados que, como José De Diego en el seno del Partido Unión, esperaban que el tutelaje colonial desembocara de manera “natural” en la independencia con protectorado y que la República de Puerto Rico se transformaría en una facsímil de la Cuba plattista. Unos y otros eran esclavos del mismo pecado moderno: la confianza acrítica en un determinismo progresista mal entendido, actitud que también había penetrado a las izquierdas, por cierto.

Una de las cosas que habría que evitar a toda costa en una indagación de esta naturaleza sería aislarlo de los contextos ideológicos y políticos con los cuáles interactuó durante el siglo 19. La ruptura entre los separatistas anexionistas y los independentistas a raíz de los eventos del 1898 y el 1900, no fue total: ninguna ruptura lo es. Esto significa que para comprender la experiencia anexionista en el siglo 19 sería necesario aclarar su dialéctica con los autonomismos, los independentismos, los movimientos anticoloniales y las izquierdas en general. Lo mismo puede afirmarse respecto al estadoísmo durante la primera mitad del siglo 20: confinarlo equivaldría a  amputarle una parte significativa de su complejidad. En ambos casos las fronteras entre unas y otras de las propuestas aludidas siempre fueron porosas, condición que solo los esencialistas y los fundamentalistas obtusos de uno y otro sector son incapaces de reconocer. Anexión, autonomía e independencia son conceptos políticos históricos cuyos significados concretos han cambiado a lo largo del tiempo.

El asunto es más complejo porque incluso una parte importante de las izquierdas socialistas, anarquistas, sindicalistas e incluso comunistas de fines del siglo 19, en medio de la pugna entre socialismo y nacionalismo, favorecían la anexión de territorios como Cuba y Puerto Rico a Estados Unidos en lugar de su independencia. Ni siquiera la insistencia en la futura confederación antillana, un emblema de la solidaridad internacional les hizo cambiar de opinión. El tema ha sido ampliamente documentado en los estudios de Paul Estrade sobre la negociaciones diplomáticas de Ramón E. Betances Alacán con las izquierdas mientras fungió como representante de los intereses de Cuba en Armas en París entre 1898 y 1898.

Aquella proximidad de las izquierdas al anexionismo a fines del siglo 19 explica las afinidades de una parte significativa de las izquierdas y el movimiento obrero puertorriqueños con el estadoísmo en la primera parte del siglo 20 en organizaciones tales como el Partido Obrero Socialista, el Partido Socialista, la Federación Regional de Trabajadores y la Federación Libre de Trabajadores, entre otras. Un estadoísmo apoyado por las izquierdas sólo resultará una anomalía para quien desconozca la evolución de las propuestas anticapitalistas en general. En realidad las afinidades entre estadoístas y socialistas amarillos o rojos ratificaba una tradición interpretativa.

Me parece sustancial tomar en cuenta los referidos antecedentes a la hora de evaluar la “estadidad radical” de los años 1990 en la medida en que esa reflexión rompió con un mito que se generalizó después de la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría: que la izquierda y el independentismo poseían una relación “natural”. Cualquier mirada que no tome en cuenta esa dialéctica será fragmentaria y parcial. Una discusión de ese tipo llamaría la atención en torno a la polisemia del anexionismo/estadoísmo y serviría para abrir un diálogo inter ideológico que involucrase de manera pensada a estadoístas, independentistas y soberanistas en busca de un lenguaje anticolonial común estable. En efecto, siempre deberá tomarse en cuenta la contingencia e historicidad del sentido de los conceptos ideológicos que han guiado esos intercambios. Como se sabe, a lo largo de todo el siglo 20 los intentos en aquella dirección que he identificado antes como unionistas o frentistas, siempre condujeron a un callejón sin salida en medio de intensas luchas caudillistas por el poder y nada sugiere que los esfuerzos del presente no desemboquen en lo mismo.

Un problema teórico central salta a la vista: tomar como “natural” cualquier práctica o asociación y como “homogénea” y “definitiva” siempre obstaculizará su apropiación. En estos territorios no hay “sustancias” sino “formas”, es decir, no hay nada “fijo” sino “acomodos” que pueden ser explicados al socaire de numerosos componentes. Sobre la base de ese principio abordaré las tenues fronteras entre estadoísmo, autonomismo e independentismo más adelante.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 21 de febrero de 2020.

diciembre 26, 2019

¿Por qué estudiar el anexionismo y el estadoísmo puertorriqueño?

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

Para los amigos y colegas José Carlos Arroyo Muñoz, Mario Ramos y Néstor Duprey por comenzar una conversación

 

Confieso que mi curiosidad por el asunto del anexionismo del siglo 19, el estadoísmo o el movimiento estadista del siglo 20 tiene una explicación histórica. Mi formación universitaria comenzó en 1978 por lo que coincidió con el calentamiento del conflicto Moscú / Washington durante la Guerra Fría. La inquietud respondía al fenómeno de lo que en aquel entonces los adversarios de la estadidad llamaban el “romerato”. El nuevo auge del estadoísmo, que a algunos nos recordaba el de la Coalición Puertorriqueña entre 1932 y 1940, debía mucho a la figura de Carlos Romero Barceló (1977-1985). Su gestión coincidió con el tránsito entre la Deténte (1962-1979) y la Segunda Guerra Fría (1979-1991), atmósfera atestada de tensiones útil para entender el giro del discurso estadoísta del molde tradicional representado por Luis A Ferré Aguayo y la “Estadidad Jíbara”, a la concepción moderna de Romero Barceló que vinculaba la estadidad al concepto de igualdad. El vuelco era una manera de enfrentar el elefante que se había sentado en el medio de la habitación representada por el ELA, la pobreza, según se deduce del panfleto La estadidad es para los pobres (1976). No creo tener que recordar que el populismo y el estadolibrismo también habían sido pensados para los pobres con las secuelas que ya sabemos.

Mi atracción se profundizó en la década de 2000 cuando me involucré en el estudio crítico del separatismo independentista, el confederacionismo antillano y sus figuras en el siglo 19. El ejercicio me permitió confirmar que el separatismo anexionista habitaba en los entresijos del activismo antiespañol radical en aquel siglo. Visible desde la década de 1810, se había hecho notar con más intensidad desde 1850. Mis investigaciones me ubicaron ante el enigma de las alianzas entre independentistas y anexionistas y a evaluar las proyecciones de aquellas en el tránsito entre 1890 y 1910 por cuenta del 1898. Sabía que ninguna ruptura era limpia y total. Las huellas de su pasado como aliados debían estar en algún lugar.

Un recurso que encontré para documentarlas fue la indagación en torno a la “Vieja Guardia” republicana por medio de la obra impresa y la colección documental de Roberto H. Todd que obra en la biblioteca de la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce. Todd había sido cercano de Ramón E. Betances Alacán y José Celso Barbosa Alcalá antes y después del 1898. El otro recurso fue lectura de la literatura creativa no canónica en torno al 1898 a la cual me había acercado durante la conmemoración del centenario de la invasión. A la altura del 2010 aquellas pesquisas tomaron un giro innovador por los estudios que realicé en torno a la representación estadounidense de los puertorriqueños entre los años 1898 y 1926 por invitación de José Anazagasty Rodríguez, sociólogo teórico y especialista en estudios americanos.

Justificación ¿qué nos dice del pasado?

Entonces ¿por qué estudiar el anexionismo y el estadoísmo puertorriqueño? Una de las razones se relaciona con su remoto pasado. El activismo separatista ante España con el fin ulterior de anexar el territorio a México,  Gran Colombia o Estados Unidos, era notable desde los años de la Guerra de Independencia de Hispanoamérica (1808-1821). En 1821 el Gen. Antonio Valero de Bernabé planeó una incursión militar en Puerto Rico con el deseo de convertirla en un estado de la Gran Colombia. De igual modo, en 1812 y 1822 mercenarios al servicio de intereses separatistas antillanos y estadounidenses se propusieron enajenarlas del Reino de España a fin de adelantar la meta de una Confederación Antillana que tentara a Estados Unidos a anexarla. Los cerebros habían sido José Álvarez de Toledo y Luis  Guillermo  Doucoudray Holstein. Las implicaciones de ello era que la fórmula “separar para anexar” y “separar para independizar” surgieron en medio del Ciclo Revolucionario Atlántico como alternativas progresistas y modernizadoras paralelas. El sentido de los conceptos “separatismo” y “confederacionismo” estaba abierto a varias posibilidades.

“Dos patriotas”: tomada de “Havana Times: Cuba sin prejuicios”

A la coexistencia pacífica o conflictiva de ambas tendencias, asunto que no se ha estudiado con propiedad, había que añadir que el anexionismo compartía matrices ideológicas con otros movimientos radicales de aspiraciones independentistas y autonomistas. En la práctica no se trataba de opciones opuestas o irreconciliables sino de alternativas a un problema común: la insolvencia del régimen absoluto español y la apelación a nuevo orden que desafiaba la tradición señorial. La presencia de republicanos y monarquistas en cualquiera de los tres proyectos en aquella temprana fase podría documentarse sin dificultad. El bagaje compartido estaba ligado al  liberalismo clásico, al 1789 y al movimiento democrático y republicano de fines del siglo 18 y la primera mitad del 19 que culminó en el 1848. Pero también arraigó en la resistencia a los desmanes del liberalismo burgués y el imperialismo de la segunda parte del siglo 19 que dividió a unos y otros en facciones populistas (que lo resistían), y burguesas (que lo toleraban) desde 1870. El anexionismo, el independentismo y autonomismo no eran propuestas homogéneas como sugieren las miradas ortodoxas y poco documentadas del presente.

Al hecho de su remoto pasado y su complejidad, habría que añadir la relevancia política, social y cultural que adquirió el anexionismo durante el siglo 19. A la altura del 1831 el Secretario de la Gobernación de Miguel de la Torre, Pedro Tomás de Córdova, veía en el separatismo hispanoamericano y en el anexionismo a Estados Unidos los mayores peligros para España. En sus textos insinúa que representaba al independentismo como un subsidiario del anexionismo. Es posible que el fantasma del poder sajón, cada vez más presente desde 1815, incidiera en su presunción y lo condujera a exagerar la relevancia del anexionismo, pero el dato no deja de ser valioso. De igual modo, en 1872 José Pérez Moris en su comentario sobre la Insurrección de Lares, reiteraba la postura y llamaba la atención sobre la estrecha relación entre Betances Alacán y el representante de negocios de Estados Unidos en Mayagüez para tildarlo, junto a Segundo Ruiz Belvis, como jefes del anexionismo. Para aquellos observadores el independentismo era un apéndice del anexionismo y no al revés como presume la discursividad dominante hoy.

De igual modo, los vínculos del anexionismo con el radicalismo político de lo que Andrés Ramos Mattei llamó el Ciclo Revolucionario Antillano (1867-1875) son múltiples. Se han documentado desde 1850, y son considerables en los actos de Yara y Lares (1868-1878) y del Partido Revolucionario Cubano, la Sección de Puerto Rico y Baire (1892-1898). La presencia de anexionistas en la cúpula y en la base de ambas organizaciones y su peso en las decisiones de una y otra de cara al conflicto entre España y Estados Unidos en ruta al 1898, era enorme. La idea de que la vocación antiespañola y anticolonial de anexionistas e independentistas era la misma no era puesta en entredicho como solía ocurrir cundo se miraba hacia el campo del autonomismo. Ello no negaba las reservas que una parte del liderato de ambos bandos tenían respecto al otro. Pero, por lo menos hasta el 1898, nunca fue suficiente para quebrar la solidaridad  entre las partes. Estudiar de manera abierta las tensiones entre independentistas y anexionistas dentro de separatismo decimonónico y el balance de poder entre esas facciones en los casos de Cuba y Puerto Rico podría orientar sobre las condiciones en que se elaboraban las alianzas bajo España y las condiciones culturales y políticas que las imposibilitaron después de la invasión. La correspondencia de Betances Alacán con los anexionistas es una fuente idónea para ese fin.

El anexionismo tenía una gran plasticidad ideológica y elaboró una praxis radical que incluyó la opción de la lucha armada ante España. En ese sentido no difería del independentismo encabezado por Betances Alacán. Una parte significativa de los activistas que planearon invasiones a la isla con el respaldo de la República de Cuba en Armas o que se alzaron contra España en Yauco en 1897 eran anexionistas. Pero tras el 1898 el anexionismo se redireccionó en apoyo de la estadidad para Puerto Rico, con incorporación previa o sin ella, y renunció calladamente a su pasado militarista. El giro era comprensible: nunca habían visto en Estados Unidos un adversario sino más bien un aliado en sus pugnas contra España. Es importante destacar que muchos independentistas y autonomistas, tanto en Cuba como en Puerto Rico, hicieron lo mismo. Para otros independentistas del periodo español bastó con el silencio, por lo que se enajenaron del asunto de estatus político de Puerto Rico o celebraron el “cambio de soberanía” pero se cuidaron mucho de expresarse públicamente a favor de la estadidad. Todo sugería que su compromiso con la independencia que había sido determinante ante España había dejado de serlo bajo Estados Unidos.  A la altura de 1920 una nueva generación de independentistas miraría con recelo aquella actitud.

Tampoco puede pasar inadvertido el papel protagónico que tuvo la intelectualidad anexionista, estadoísta tras la invasión del 1898, en el registro de la memoria del separatismo confederacionista independentista y anexionista del siglo 19. Dejar atrás el pasado militarista y violento no despintaba los actos rebeldes y las conjuras perpetradas contra España. Aquellos hechos eran proclives a la idealización en la medida en que podía insertarse en la memoria del estadoísmo. El pasado antiespañol y sus signos más reverenciados, la bandera y el himno, fueron valores compartidos por los puertorriqueños en el exilio cubano que habían defendido la independencia ante España, y los republicanos puertorriqueños de la “Vieja Guardia” que defendían la estadidad. Los ricos apuntes en el archivo de Todd o la documentación de Luis Sánchez Morales, por ejemplo, son una demostración de ello. La posesión de la memoria rebelde por destacados intelectuales anexionistas debería evaluarse a la luz de la ausencia de una memoria de la intelectualidad independentista durante el siglo 19, asunto que he comentado en otras ocasiones. Aquella carencia fue notable hasta que una parte del liderato del Partido Unión de Puerto Rico, fundado en 1904 sobre la base de un independentismo de nuevo cuño moderado que como el estadoísmo había desistido de la lucha armada y respetaba a Estados Unidos, comenzó a animar la misma.

Por último, la tolerancia del estadoismo con Estados Unidos tenía sus límites. La colonial  Ley Joe Foraker desengañó a anexionistas y estadoístas que esperaban más del Congreso del invasor. Agravió a Eugenio María de Hostos Bonilla, Manuel Zeno Gandía y José Julio Henna Pérez, miembros de la Comisión Puertorriqueña del 1899. Pero también ofendió a Federico Degetau y González quien ocupó la comisaría residente desde 1900 al amparo de la injusta ley orgánica. De un modo u otro, todos se sintieron traicionados porque el Congreso no había cumplido con las expectativas que tenían de aquella nación. No solo eso. Todos reconocían que los responsables principales del régimen de desigualdad que emanó del 1900 eran los intereses del Departamento de Guerra y sus fuerzas armadas bajo cuya jurisdicción estuvo la isla hasta 1934 y los grandes intereses corporativos que querían aprovechar sin frenos de derecho el potencial de la isla por lo que favorecían una relación asimétrica y colonial a cualquiera otra. La conciencia de que aquellos sectores eran el obstáculo más fuerte tanto para la estadidad como para la independencia era clara a la altura de 1930. Ello explica la consistente oposición del Partido Republicano Puertorriqueño, fundado en 1899, y de los estadoístas no vinculados a esa organización como Henna Pérez, a la ley colonial Joe Foraker en 1900. Un proyecto por desarrollar sería auscultar la reacción de los estadoístas de viejo y nuevo cuño ante ese hecho e indagar en los efectos de aquel rechazo en su representación de Estados Unidos como signo de libertad.

Lo cierto es que entre 1899 y 1904 el anexionismo estadoísta excedía los límites del Partido Republicano Puertorriqueño. El Partido Federal Americano, antecedente del Unión, y las organizaciones obreras anarcosindicalistas como el Partido Obrero Socialista y la Federación Regional de Trabajadores lo respaldaban. Había un anexionismo estadoísta “flotante” que no se comprometía con ninguna de aquellas organizaciones y era abiertamente anticolonial y puertorriqueñista. Dos ejemplos de ello fueron el citado Henna Pérez en Nueva York y Gerardo Forrest en La Habana. Algunos significados miembros de la “Vieja Guardia” republicana, pienso en Todd y Sánchez Morales, conservaron excelentes relaciones con la comunidad puertorriqueña de La Habana que había estado vinculada al Partido Revolucionario Cubano y la Sección de Puerto Rico antes de 1898. Sánchez Morales distinguían el valor de Forrest, de Sotero Figueroa Fernández y de Lola Rodríguez de Tió, entre otros. El punto en común era el antiespañolismo: todos convenían en celebrar, con más o menos pasión o cautela, la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos después de 1898 como la superación de un pasado atroz. Las posibilidades de investigación son infinitas: las continuidades y discontinuidades entre el anexionismo, el estadoísmo y el movimiento estadista, su pasado y su presente, esperan por ser aclaradas.

Notas de un conversatorio compartidas en la Mesa Redonda: Diálogo sobre la figura de Degetau el miércoles 2 de octubre de 2019, Teatro Inter-Metro. Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 29 de noviembre de 2019.

abril 20, 2018

El separatismo independentista y las izquierdas en el contexto del siglo 19: notas al margen

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El resurgimiento de la violencia separatista en Cuba a 17 años del pacto de Zanjón fue un evento de envergadura internacional. Para mucho en el mismo no se jugaba solo el futuro de la Antilla mayor. De su resultado dependía también el futuro de las demás islas. El hecho de que el escenario involucrase un poder ascendente y ambicioso como Estados Unidos, y un imperio decadente como España parecía determinante para la historia toda del hemisferio.

En aquellas circunstancias, la situación de las Antillas fue objeto de evaluación de ideólogos anarquistas y socialistas franco-europeas durante la Guerra Necesaria (1895-1898). Con ello se abría un diálogo interesante entre dos extremos políticos complejos que vale la pena revisar con cuidado desde una perspectiva puertorriqueña hoy. El protagonismo del Dr. Ramón E. Betances Alacán en aquel proceso y el hecho de que la intelectualidad de las décadas del 1960 al presente reclamara al médico de Cabo Rojo como un icono de las izquierdas, lo justifica. El panorama más completo sobre aquel lo ofrece Paul Estrade en su volumen Solidaridad con Cuba libre, 1895-1898: la impresionante labor del Dr. Betances en París (2001).

Los hechos de Cuba fueron cruciales para el juicio que las izquierdas europeas desarrollaron sobre la situación antillana. Después de todos, Puerto Rico era invisible por el hecho de que en la pequeña colonia no se había desarrollado un proyecto de resistencia armada al coloniaje español. Betances Alacán se quejó de ese hecho en varias ocasiones a lo largo de aquellos años que precedieron a la invasión de su tierra. La resistencia que no desembocaba en un hecho de armas era inmaterial en el plano internacional y, es posible, que incluso el liderato más visible e informado, no se enterase de la diversidad de la misma en el extranjero. La condición de que no hubiese habido un alzamiento eficaz en el país después del fracaso del de 1868, explica no solo la ausencia del tema colonial puertorriqueño entre las izquierdas francesas y europeas sino también el poco interés de la misma República de Cuba en Armas después de 1895 en arriesgar esfuerzos y dinero en un territorio que no parecía contar con las condiciones para sostener una guerra contra España. Ese desinterés ha sido ampliamente documentado en las obras investigativas de Germán Delgado Pasapera y Edgardo Meléndez desde las décadas del 1980 y el 1990. El realismo político y la diversidad ideológica dominaba a la jerarquía del Partido Revolucionario Cubano, asunto que habría que tratar de manera separada por su peculiar complejidad.

“Betances” (detalle) dibujo de Andrés Hernández García

El hecho de que, desde las izquierdas franco-europeas, se viese el proceso cubano como una causa separatista y republicana que tenía como meta crear un Estado Nacional soberano, fue definitivo en la posición adoptada ante el tema. El juicio plantea un problema. A pesar de que el lenguaje de muchos historiadores insiste en el carácter independentista de la rebelión de 1895 y aplana una realidad compleja, el separatismo cubano era mucho más que eso. En el territorio de las aspiraciones políticas, los sectores independentistas y confederacionistas pugnaban intensamente con los sectores anexionistas a Estados Unidos. El balance entre las fuerzas independentistas y las anexionistas a Estados Unidos en el Partido Revolucionario Cubano siempre ha estado en discusión y no es un problema que yo pueda resolver en esta breve reflexión. Por otro lado, una situación similar se manifestaba en el seno de la Sección de Puerto Rico de aquella organización. En lo único en que estaban de acuerdo uno y otro extremo era en la necesidad de separarse de España. Delgado Pasapera, uno de los primeros en acercarse a ese espinoso asunto en la década de 1980 lo resolvía insistiendo en que la cuestión táctica (la separación) estaba resuelta, y que la cuestión estratégica (anexión o independencia) se trabajaría tras la separación. En cualquiera de los dos casos, una relación con Estados Unidos sería inevitable. Un siglo de relaciones de mercado, culturales y de tensiones políticas no pasaba en vano. La historia de Cuba desde su independencia en 1902 hasta el 1959 tradujo bien la situación dominante en el contexto del 1895. La de Puerto Rico entre 1900 y 1952 también.

Para los socialistas y anarquistas franco-europeos la apropiación del tema cubano se facilitó por el hecho de que no se trataba de la única comunidad política pequeña que luchaba por la separación de un imperio considerado retrógrado. La isla de Creta (1897), la comunidad de Armenia (1896-1897) y la de Macedonia (1890), también elaboraban resistencias armadas por la emancipación contra el Imperio Otomano en medio del auge del imperialismo europeo occidental. Aquellas confrontaciones resultaban simpáticas para las izquierdas franco-europeas por una variedad de consideraciones. La conflagración entre Cuba (1895) y España ya no era excepcional sino más bien la expresión de una lucha histórica en la cual unos territorios pequeños enfrentaban el poder de un imperio religioso decadente: el español. No difería de la de los cretenses y el turco. Ese era el aspecto moderno de aquellos conflictos. El anticlericalismo y el secularismo militante de socialistas y anarquistas fue esencial en la decisión de respaldar aquellas causas y equipararlas. En el proceso se asumía el carácter anticlerical y secular de las luchas separatistas como un valor. La cuestión de la separación para la independencia, la confederación o la anexión a Estados Unidos era otra cosa porque las izquierdas tenían posturas contradictorias en cuanto a esos puntos igual que los cubanos y los puertorriqueños.

Sería interesante indagar la opinión que tenían sobre el tema del separatismo en todos aquellos espacios dos propuestas ideológicas de las izquierdas de fines del siglo 19. Me refiero a los socialcristianos de origen católico o evangélico que crecieron desde 1850 en adelante; y los anarcocristianos que florecían a fines del siglo 19. Ambos poseían alguna influencia en el movimiento obrero internacional y competían con socialistas y anarquistas seculares y ateos los espacios de influencia en la clase obrera. El interés que despertaron entrambas propuestas en algunos activistas radicales de Puerto Rico entre 1903 y 1930 justificaría una búsqueda en esa dirección.

 

Los anarquistas y la independencia

La legitimidad del apoyo de los anarquistas franco-europeos a la causa de Cuba parece descansar en el argumento anticlerical y secular y no en el argumento político.  La interpretación anarquista ortodoxa desconfiaba del Estado Nación, uno de los ideales más emblemáticos de la revolución burguesa, por su carácter elitista, coercitivo y antipopular. Los anarquistas eran partidarios de la constitución de una “fraternidad universal” como garantía de la “libertad”. La misma se organizaría y crecería como producto de la unión voluntaria entre iguales. La voluntariedad dependía de que no mediase coacción externa en el proceso de institución de la misma. Esa postura radical, los conducía a oponerse a cualquier tipo de organización estatal. La médula del anarquismo era la aspiración de que no existiera ningún tipo de Estado en cuyo lugar maduraría una acracia administrada de manera natural, es decir, ajustada a las leyes naturales a las cuales estaba la humanidad sujeta.

Su lógica los había convencido de que posible la recuperación de ese estado natural en el que todos eran iguales en un mundo sin estructura, concepto que sirvió de base hipotética al Estado Naturaleza esgrimido por los teóricos del siglo 18. Aquella acracia sostenida en la “justicia natural” sería la base de la “sociedad libertaria”, condición distante de la “guerra de todos contra todos” con que identificaban los estatistas burgueses a la misma. Ajustar el comportamiento social a las estructuras de la naturaleza por medio de la razón fue uno de los grandes motores del pensamiento social desde Immanuel Kant (1724-1804), pasando por Auguste Comte (1798-1857), hasta Eugenio M. de Hostos Bonilla (1839-1903).

Esa “fraternidad universal” no podía constituirse sin un mínimo de estructura. Para los anarquistas su estabilidad dependería de la configuración de múltiples “poderes asociativos menores” que fuesen capaces de impedir la constitución de un poder central autoritario. La convergencia de aquella postura con el comunalismo o el federalismo eran evidentes: ambos sistemas, como el anarquismo, coincidían en el valor de la descentralización administrativa más exigente. Los “poderes asociativos menores” a los cuales se integraba de manera voluntaria el ser humano, serían la base de la “fraternidad universal” y de la “libertad”.

La idea de una República de Cuba o la de Puerto Rico o la de una confederación de estados soberanos, era inapropiada, ilegítima o secundaria: no encajaba en aquellos parámetros. La del territorio incorporado o anexado a un estado poderoso mayor tampoco porque ello no aseguraba la “fraternidad universal” y la “libertad”. Lo cierto es que la concepción de una nación o una patria no se ajusta al anarquismo teórico porque tiende a separar más que a unir a la humanidad. Mijail Bakunin (1814-1876) decía que:

“…la patria y la nacionalidad son, como la individualidad, hechos naturales y sociales, fisiológicos y al mismo tiempo históricos; ninguno de ellos es un principio. Sólo puede darse el nombre de principio humano a aquello que es universal y común a todos los hombres y la nacionalidad los separa; no es, por lo tanto, un principio.”

Bakunin recomendaba renunciar a las mezquindades y a los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”. La misma idea de la creación de una organización partidaria con el propósito de conseguir un fin político particular había sido rechazada por Pierre Joseph Proudhon (1809-1865). En ese sentido, las probabilidades de cooperación entre anarquistas y separatistas independentistas y confederacionistas sobre la base de la finalidad esbozada por los cubanos parecían teóricamente canceladas.

 

Los socialistas y la independencia

La interpretación socialista ortodoxa desconfiaba también del Estado Nación por razones análogas. Aquel artefacto era el producto histórico de la revolución burguesa y una estructura de poder creado por y al servicio del adversario de clase de los trabajadores y productores directos. En ese sentido, respaldar la causa separatista independentista y confederacionista, implicaba una contradicción en el marco de una concepción lineal de la historia compartida por liberales y socialistas. Para muchos militantes críticos, un compromiso con la independencia podía implicar el respaldo a un movimiento rebelde que lo que buscaba era colocar a una burguesía, la clase criolla cubana vinculada a la tierra y el comercio, en el poder. La misma lógica habrían utilizado si el caso de Puerto Rico hubiese estado en el radar. Ello explica en parte por qué el movimiento obrero surgido en Puerto Rico durante y después de la invasión del 1898 se opuso a la independencia y favorecía una relación más profunda con Estados Unidos.

Los socialistas y los marxistas franco-europeos estaban de acuerdo en esa interpretación tachada, tras la victoria de los bolcheviques en la Rusia de los zares, como una postura ortodoxa.  Un modelo será suficiente para ello. Paul Lafargue (1842-1911) un periodista, médico, teórico político y revolucionario franco-cubano nacido en Santiago, militante del Partido Obrero Francés y yerno de Karl Marx, se resistió a respaldar la lucha separatista de su pueblo por esas consideraciones. Lafargue había sido proudhoniano y luego marxista, y era enfáticamente anticlerical y antirreligioso. Desde su punto de vista, la conciencia patriótica chocaba con la conciencia de clase. Aquel era el mejor modelo de cómo un socialista reaccionaba ante los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”, independientemente de su origen nacional. Como Betances, Lafargue era un antillano europeo, pero su concepción de la causa antillana miraba en una dirección opuesta al primero.

Como se sabe, la formulación de una teoría heterodoxa sobre la “cuestión colonial” no maduró hasta la Gran Guerra (1914-1918). El principio de autodeterminación e independencia no se impuso hasta que Vladímir Uliánov alias “Lenin” (1870-1924) y Woodrow Wilson (1856-1924) lo usaron para auspiciar el desmantelamiento de los imperios coloniales en beneficio de su situación en el tablero internacional. Sólo entonces se generalizó la concepción de que la lucha por la independencia “adelantaba” la lucha de la clase obrera o del proletariado en su avance hacia el comunismo y la “administración de las cosas”, paradigma que animó el movimiento anticolonial hasta tiempos muy recientes.

En aquel contexto, la colaboración entre socialistas, comunistas y nacionalistas se legitimó, pero no sobre la base del apoyo sincero a la separación independencia o confederación de las Antillas como un valor en sí mismo. Sobre esos puntos, como se ha comentado, había muchos problemas irresueltos y contradicciones de fondo. La colaboración debió fortalecerse sobre la base del presumido carácter anticlerical (por antiespañol) y secular de la revolución de la Antillas: derrotar y humillar a España era el sueño de muchos en aquel entonces. Bakunin, Proudhon y Lafargue eran todos anticlericales y pensadores seculares radicales. El hecho de que Cuba pudiese derrotar un imperio católico decadente justificó en algunos anarquistas y socialistas un respaldo que la cuestión de la independencia por sí sola no justificaba.

Publicado en 80 Grados-Historia el 22 de enero de 2018.

 

agosto 27, 2017

“Adiós! España”: aquel 18 de octubre de 1898…

  • Mario  Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

El episodio que Robinson conserva para cerrar su volumen lo utiliza William Dinwiddie (1867-1934) para iniciar el suyo en Puerto Rico. Its Conditions and Posibilities, volumen que también se difundió en 1899. La posición del narrador ante los hechos varía. Si el primero usa el 1898 para reflexionar sobre el pasado puertorriqueño al lado de España y ubica la ceremonia como un fin esperado, el segundo lo usa para sugerir el comienzo de un futuro deseado al lado de Estados Unidos. La obra de Dinwiddie también contó con respaldo oficial. Las autoridades militares dieron al autor acceso a los archivos administrativos para que este pudiese documentar sus conclusiones. En la breve introducción el escritor agradece a los generales Guy V. Henry y John R. Brooke el respaldo a su empresa. El carácter oficial no se redujo a ello. John Russell Young, bibliotecario de la Biblioteca del Congreso, puso a su disposición una amplia bibliografía en torno a la isla ubicada en los anaqueles de aquella y otras instituciones estadounidenses. El hecho es relevante porque, aunque la afirmación de Dinwiddie se autorizó en marzo de 1899, no fue hasta el 1901 cuando aquella institución publicó un panfleto titulado A list of books (with references to periodicals) on Porto Rico, a cargo del bibliotecario y jefe de la división de bibliografía de la institución, Appleton Prentiss Clark Griffin (1852-1926) quien realizó un trabajo similar sobre Cuba. Los recursos bibliográficos sobre Puerto Rico en aquella época eran escasos. La bibliografía de Manuel María Sama, premiada en 1886 en un certamen del Ateneo e impresa en Mayagüez en 1887, y esta de Griffin son con toda probabilidad las dos compilaciones de referencias más remotas con las que cuenta la historiografía puertorriqueña.

Dinwiddie, nacido en Virginia no poseía formación universitaria y se dedicaba al periodismo como Robinson. A su condición de cronista añadía un vivo interés por la fotografía, uno de los recursos tecnológicos innovadores que tanto sirvió para documentar con precisión el conflicto del 1898. Durante los años 1886 y 1895 había trabajado para el Bureau of American Ethnology del Smithsonian Institute, organización que había mostrado un vivo interés en la cultura y la sociedad de los nativo-americanos. Los tiempos de expansionismo continental y los del expansionismo ultramarino fueron escenarios apropiados para el desarrollo de una “etnología del conquistador” que, a la larga, enriqueció el acervo de saber de los sectores intelectuales de los imperios cuyas burocracias coloniales las aprovecharon para fines prácticos.

El batallón “Patria”

Igual que Robinson, Dinwiddie estuvo en el campo de guerra actuando como corresponsal del Harper Weekly. A Journal of Civilization, una publicación fundada en 1857 por los hermanos James, John, Wesley y Fletcher Harper, asignado a las tropas de Cuba y Puerto Rico. Aquel semanario también había cubierto otro de los iconos de la identidad nacional estadounidense en su momento: la Guerra Civil (1861-1864). Dinwiddie incluso fungió como funcionario colonial en Filipinas, posesión ultramarina en la cual las cosas no resultaron tan sencillas para los invasores estadounidenses como lo fueron en las dos Antillas españolas. El cronista, acorde con su testimonio, permaneció en Puerto Rico entre octubre y diciembre de 1898 y fue testigo del protocolo de cambio de soberanía que Robinson sintetizó en la lapidaria frase “Adios! España” en su volumen.

En Puerto Rico Its Conditions and Possibilities, producido por la prestigiosa Harper & Brothers Publishers que también poseía el Harper Weekley, Dinwiddie se movió con suma confianza entre el testimonio y la investigación formal. Su interés era hacer una tasación confiable de las posibilidades materiales del territorio recién ocupado. El lenguaje de los negocios dominaría su retórica de manera indiscutible. El capítulo que me interesa, el primero titulado “The evacuation of Puerto Rico”, es otra interesante crónica de aquel 18 de octubre de 1898 en la cual todos los observadores habían visto la marca de un antes y un después. El cuidado y la emoción con los que el autor redactó el mismo expresaba su percepción de que el cambio de soberanía debía ser interpretado como un nuevo comienzo para un pueblo que había vivido al margen del progreso o de la historia misma, o como un campo de posibilidades plausibles para las “American business enterprises”.

 

El 18 de octubre: “the black cloud of Spanish cruelty had passed away…”

La lógica dualista domina la textualidad de Dinwiddie. Puerto Rico, “the easternmost fertile isle of the western hemisfere”, salía de las manos del “galling yoke of tyranny and taxation” que significaba España, para pasar a manos de un imperio liberal y progresista.  El rechazo al pasado hispano era palmario: el 1898 tenía que ser interpretado como la sentencia de muerte de la supremacía española. No se puede pasar por alto que aquellas protestas, la de los impuestos y la tiranía, eran las mismas que expresaba la generación rebelde del 1860 y sintetizaban el reclamo del liberalismo económico y político puertorriqueño. La diferencia entre la utopía independentista y la de los invasores del 1898 era que los rebeldes del 1868, al menos los que circulaban alrededor de la figura de Betances Alacán, se habían alzado por la independencia.  Dinwiddie está seguro de que esas metas se conseguirían bajo el control colonial benévolo de Estados Unidos. El discurso modernizador manifestaba una plasticidad extraordinaria cuyos polos tenderían a chocar tras la imposición de la soberanía estadounidense.

Aquel mediodía de martes 18 de octubre fue apropiado por el autor como un “memorable day in Puerto Rican history”. Todo se conjuró para que así fuese. Un cielo claro, “not a cloud dotted the sky”, anticipaba un futuro promisorio para el territorio antillano. El despliegue de confianza y optimismo en la retórica del cronista no debería sorprender a nadie. El orgullo de aquel país con el paso dado, comenzar la creación de un imperio ultramarino con miras a expandir su hegemonía hemisférica, no era poca cosa.

¡Igual que en “Adios! España” de Robinson, el tono de “The evacuation of Puerto Rico” de Dinwiddie es solemne y cuidadoso.  La ceremonia de cambio de banderas no había dejado de llamar la atención de numerosos curiosos. Los hoteles de la ciudad estaban llenos a capacidad hasta el punto de que, en la víspera del acto protocolar, hasta tres y cuatro extraños tuvieron que dormir apiñados en los pequeños y oscuros cuartos “suffering all night long from an infestation o humming, insatiable mosquitoes”. El detalle de la agresividad del trópico contrasta con la grandilocuencia de la introducción del tema. El ambiente tenebroso y sórdido de las habitaciones de hotel en la colonia fue un tópico que se repitió de diversos modos en varios textos redactados por aquellos días. De igual manera, la vinculación del mosquito con los ambientes amenazantes para la salud del recién llegado ha sido un lugar común en la invención del trópico húmedo como una ecología peligrosa que era preciso domeñar con las armas de la civilización.

La percepción de que las tensiones entre España y Estados Unidos estaban superadas se expresaba en el hecho de que el General John R. Brooke había permitido que las fuerzas hispanas que todavía aguardaban por su salida de Puerto Rico permanecieran en sus barracas desarmados en tanto llegaban sus transportes, en lugar de trasladarse a un campamento temporero ubicado en Santurce que les habían asignado pare ese fin.

La idea de que el cambio de soberanía significaría el desarraigo y la destrucción de numerosos lazos que excedían las consideraciones políticas llama mucho la atención. Los milicianos españoles no era simples soldados estacionados en una plaza ultramarina. Durante siglos se habían integrado a las comunidades en las que estaban los campamentos que servían. La salida de Puerto Rico significaba dejara atrás mujeres e hijos y, claro está, imponía la posibilidad de un retorno en cuanto la situación se normalizase entre ambos países. Para Dinwiddie ese era el resultado inevitable de la guerra: el soldado victorioso y expresivo y el soldado derrotado y huraño significaban ese tránsito de un pasado ominoso y oscuro a un futuro halagüeño y luminoso: el costo humano era tolerable. Una simple expresión metafórica cargada de maniqueísmo confirma la concepción de la ruptura benéfica que el autor ha ido construyendo a través de sus observaciones. Entonces el relato se detiene en la crónica del acto.

Se acercaban las 12 del mediodía y los invasores eran puntuales. Un conjunto de soldados se estacionó en el patio de La Fortaleza y otro en la Plaza de Armas frente a la Alcaldía de la ciudad. Las distancias en la isleta son pequeñas: entre una y otra no median más de dos calles marcadas por el declive de la colina, la San Justo y la Del Cristo. El acto se repite a las puertas del castillo de San Felipe y el San Cristóbal. Entre los testigos de los hechos destacaba un conjunto abigarrado de “American tourists and newspapermen, of well-dressed Spanish and Puerto Rican merchants and landholders, and of the dark-colored, ragged, and tattered natives”. La mirada del cronista se emite desde una “noble posición de ventaja”, la que le da su vinculación a los invasores victoriosos. Desde allí clasifica a los testigos mediante el establecimiento de una jerarquía en la cual el origen nacional, la posición social y el color de la piel resultan ser los criterios clasificatorios utilizados. Los testigos, unos u otros, no dejan de ofrecer la impresión de un conjunto de seres sin voluntad. Zombificados en la espera del acto magno, se limitan a mirar en silencio hacia el asta vacía por donde ascenderá la bandera de las muchas estrellas a la vez que nerviosamente consultan los relojes. El tiempo se ha detenido y la tensión de relato llega a su clímax.

Al grito de “atención” todo salen de la inmovilidad: los soldados se ponen rígidos para presenciar el acto y los fotoperiodistas apuntan sus cámaras al objetivo. En un detalle que disminuye la tensión ceremonial, Dinwiddie reconoce que algunos militares, débiles y sofocados por el amenazante trópico, “lay uncaring beneath the shaded walls”. El tópico de clima, la fiereza del sol y los peligros que ello implicaba para un visitante del norte templado estaba bien presente en este y otros autores. La voluntad de domesticar esas condiciones con los instrumentos del progreso y la civilización que ellos representaban estaba sugerida. En su juego retórico el cronista imagina la incertidumbre que debía sentir el oficial, el Mayor J. T. Dean ubicado en lo alto de La Fortaleza, de que al tirar de la driza con la que se elevaba la bandera estadounidense esta se zafara, el gallardete cayera y el ritual se mutilara. En la Intendencia la labor correspondió al Coronel Goethals, en la Alcaldía al Mayor Carson y en el Morro al Mayor Day quien también lo había hecho en Ponce. Los procesos debían ocurrir con precisión cronométrica. Después de todo, el acto se visualizaba como la expresión de una génesis mágica, los hechos ocurrían in illo tempore por lo que redactar la crónica de los mismos significaba estructurar un ritual que debía ser repetido de algún modo en el futuro

El arribo de la enseña al tope de la asta de La Fortaleza debía coincidir con las campanadas que marcaban el mediodía, las de la Catedral y las de la Alcaldía, y una salva 21 cañonazos. Para Dinwiddie el conjunto representaba una melodía: el “sweet-tone” de la institución religiosa, el “Deep-bellowing clang” de la casa de gobierno, ambos signos de los vencidos, contrastaban con las “rowring guns…as they boomed out the twenty-one shots of honor and of freedom”. La gradación de los sonidos sugiere también una jerarquía concreta llena de significados.

Lo ocurrido el 18 de octubre era un acto iniciático único que debía ser recordado siempre y que, sin embargo, ha pasado inadvertido en la medida en que se ha reducido al mero dato. La agitación del cronista, invisible para los historiadores como toda emoción, no debe sorprender a nadie. A pesar de que Puerto Rico era tratado como “poca cosa”, una conquista era una conquista. Sin duda, “it was a deeply impressive ceremony”, concluye. De un modo u otro el protocolo y la historia les jugaban una broma a los recién llegados. La salve de una cantidad siempre impar de cañonazos era una tradición militar impuesta, de acuerdo con Fernando Ramos Fernández, por la misma España. La tradición comenzó en la ciudad alemana de Augsburgo durante la celebración de los actos de recepción del Emperador Carlos V.

Las virtudes inmateriales y materiales atribuidas a la nueva posesión son contrapuestas. Por un lado, Estados Unidos obtiene “a veritable Garden of Eden”, un lugar prístino en que todo está por hacerse; de otra parte, gana “a vast amount of government property”. La presencia física de la monarquía en las urbes coloniales era masiva en términos de infraestructura civil y militar. Si la valoración del carácter edénico se limita a la metáfora, la de la propiedad se pormenoriza con precisión. Aquel conjunto de viejos castillos no habían sido del todo inútiles según había demostrado el bombardeo del 12 de mayo anterior.

Las breves observaciones de Dinwiddie sobre el sentido histórico del llamado “cambio de soberanía” impusieron un tono que penetró la retórica de los puertorriqueños de todas las ideologías. Socialistas, anarcosindicalistas, federales, unionistas republicanos y nacionalistas moderados o ateneístas, como les calificaba Pedro Albizu Campos, no ponían en duda que su afirmación de que “our attitude was not that of a dictator, but of a protector” era cierta. El hecho de que aquel 18 de octubre no se dictarán discursos grandilocuentes ni se abusara de la pompa militar era una demostración de la sensibilidad del bando victorioso ante la España derrotada. La necesidad de que los paisanos aceptaran de buena fe aquella situación era imperiosa. Tras los actos los “hombres de azul” quedaron por dueños mientras la tropa española se convirtió en una presencia extranjera. El ciclo se había cerrado. La caída del sol tropical completó el escenario. Para Dinwiddie aquel 18 de octubre implicaba un meandro crucial: “the black cloud of Spanish cruelty had passed away, and in its stead had dawned the pearl -and rose- colored promise of future happiness for Puerto Rico”.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 11 de agosto de 2017.
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