Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

septiembre 16, 2020

Separatistas anexionistas e independentistas: un balance ideológico

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En una columna anterior llamé la atención sobre el hecho de que “las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas”. Los múltiples puntos de encuentro entre aquellas tres versiones de la crítica al régimen español, cada una de las cuáles correspondía a una forma de figurar la modernización, no estuvieron ausentes de choques y de rupturas. Las tres expresaban una crítica al absolutismo monárquico y reconocían su incapacidad para modernizar y adelantar el progreso en el orbe antillano.

Un balance ideológico

En el plano político, el independentismo y el anexionismo compartían valores republicanos y demandaban la separación de las islas de España y la federación o confederación con otros países, ya fuesen las Antillas o Estados Unidos. Después de 1864 y 1873, la cuestión de la esclavitud dejó de producir choques en el seno de aquel sector: la esclavitud había dejado de ser un problema tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico. Otra cosa debieron ser las relaciones con los no-blancos pero ese es un asunto que habrá que discutir en otro momento.

El autonomismo por su parte no favorecía la separación y confiaba en que la España liberal en la cual confiaba se impusiera a la absolutista ya fuese bajo la forma de una monarquía limitada o una república dispuesta a redimir las aspiraciones de los insulares. Dada  fragilidad del republicanismo en la península tuvieron que acostumbrarse a negociar con monarquistas más o menos liberales. En gran medida los autonomistas se movían al interior de un integrismo crítico y condicionado más o menos optimista con respecto de la buena voluntad de los sectores progresistas de España.

En el plano cultural e identitario, los independentistas y los anexionistas eran duros críticos de los valores hispanos aunque reconocían tácitamente que no era posible extirparlos por completo de su visión de mundo. La cubanidad, puertorriqueñidad o dominicanidad no fueron objeto de reflexión teórica formal y profunda tanto como lo fue la macro identidad regional o antillana. Es probable, habría que indagar en el asunto, que las identidades insulares formuladas desde cada una de las Antillas estuviesen siendo asociadas al regionalismo, una idea presente en la historiografía ilustrada desde Iñigo Abbad y Lasierra, por ejemplo. El regionalismo había sido un artefacto teórico que el liberalismo reformista, el especialismo y el autonomismo habían reformulado y hecho suyo. El regionalismo, que no equivalía al nacionalismo, acabó en el siglo 19 vinculándose a ideologías no separatistas de fuerte acento español.

Lo cierto es que la alternativa de la macro identidad antillana no dejaba de expresar unos fuertes vínculos discursivos con el pasado hispano. Las Antillas habían sido el núcleo inicial de Imperio Español durante el siglo 16 y el escenario de choque entre el explorador Cristóbal Colón y la Corona de Castilla y Aragón. Su nominación había expresado el sueño de los exploradores de cultura humanista respecto al mito de la Isla de las Siete Ciudades o las Islas Afortunadas y a veces las Islas de Colón.  No puede pasarse por alto que Colón y la conquista fueron un punto de intenso debate entre significados intelectuales separatistas de todas las tendencias. La reflexión dominante, el caso de Eugenio María de Hostos Bonilla es emblemático, tendía a salvar a Colón como héroe civilizador pero no vacilaba en condenar los procesos de conquista como un acto de exterminio.

En última instancia, las condiciones que legitimaban la antillanidad tenían poco que ver con el pasado remoto tal y como lo sentiría un nacionalista del siglo 20 en el marco de la idea de la “raza” y la “latinidad” como un valor. La antillanidad del siglo 19 respondía, por un lado, al hecho de que el compromiso bolivariano de apoyo a su emancipación documentable por lo menos hasta fines de la década de 1820 y representado por el General Antonio Valero de Bernabé, entre otros, había perdido credibilidad. Por otro lado, respondía a los recelos geopolíticos del presente y el futuro inmediato en que fue formulada en especial el interés de Estados Unidos en las islas para fines económicos y estratégicos. A ello habría que añadir el empuje del Romanticismo Isabelino significado en la voluntad de la monarquía española por restituir parte de su imperio perdido a lo cual,  con posterioridad, se sumó el interés creciente del Imperio Alemán en la región antillana.

Un balance de fuerzas

¿Qué papel jugó el anexionismo en la ruta del movimiento separatista que desembocó en la Insurrección de Lares de 1868? La genealogía de la Insurrección de Lares habría que trazarla, así lo hice en una biografía sobre Segundo Ruiz Belvis, hasta los años 1856 y 1857 cuando el activismo abolicionista radical y cívico se hizo visible Mayagüez y San Germán. Después del episodio que condujo a la ejecución del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) en Cuba, la presencia del anexionismo parece haberse hecho más notable. La Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico (Nueva York, 1865) y el escenario de las audiencias de la Junta Informativa de Reformas (Madrid, 1867) en torno al asunto de la esclavitud en particular demostraron varias  cosas.

  • Primero, la capacidad de cooperación que poseían los independentistas y los anexionistas a la luz del reconocimiento de que era urgente separarse de España. La conciencia separatista y el antiespañolismo eran eslabones capaces de asegurar la colaboración entre dos sectores ideológicos que luchaban por la consecución de metas estratégicas que a la larga resultaban excluyentes. Debo aclarar que la idea de “separar” para “anexar” a la federación de Estados Unidos estaba más madura a la altura de 1867 que la de separar para crear una federación o confederación antillana. La idea de la “unidad antillana” tomó fuerzas después de los estallidos de 1868 en Lares y Yara en el contexto de la amenaza estadounidense y el crecimiento del anexionismo en el seno de ambos movimientos.
  • Segundo, aunque la pregunta de cuál era el sector más poderoso dentro del separatismo, los anexionistas o los independentistas, es imposible de responder, se puede presumir cierto balance de fuerzas entre uno y otro dada la persistencia de la alianza hasta el 1900. En aquella fecha Hostos Bonilla, un independentista, y José Julio Henna Pérez, un anexionista -ambos militantes de confianza de Ramón E. Betances Alacán- pudieron colaborar para tratar de transformar la invasión de 1898 en un elemento que adelantase el progreso de la libertad para Puerto Rico en una dirección descolonizadora y racional. El ejemplo de Hostos Bonilla es sugerente porque el sociólogo mayagüezano había sido un agresivo opositor al anexionismo poco después de Lares (La Revolución 1870).
  • Tercero, habría que preguntarse cuál era la percepción que tenía el gobierno español y la comunidad puertorriqueña sobre los separatistas anexionistas e independentistas. Historiográficamente el asunto de la percepción del Estado es más fácil de aclarar que la de la comunidad. Los fondos documentales oficiales en Puerto Rico y España están llenos de registros que permiten imaginar la imaginación del poder. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, tanto la producida por autores vinculados al liberalismo, al autonomismo y al conservadurismo, volvió sobre el asunto de los separatistas de manera reiterada, actitud que refleja la relevancia que se le dio a su activismo en aquel contexto.

La amenaza anexionista

Todo parece indicar que el enemigo a temer para el gobierno español era el separatismo anexionista, actitud que contradiría el silenciamiento de ese proyecto político modernizador por la historiografía puertorriqueña.  La razón para ello debieron ser las tensiones históricas desarrolladas entre el Reino de España y Estados Unidos desde la primeras décadas del siglo 19. La aprensiones eran tan profundas que, ocasionalmente, se utilizaba el adjetivo “anexionista” como un noción inclusiva que representaba no solo a los separatistas anexionistas sino también a los independentistas y los confederacionistas antillanos. Por eso en diversos documentos conocidos, Betances Alacán y Ruiz Belvis fueron tachados con el mote de anexionistas a pesar de que nada sugiere que hubiesen defendido esa postura.  La consistente colaboración entre anexionistas e independentistas era prueba bastante para llegar a aquella conclusión.

La innegable alianza entre anexionistas e independentistas justificaba en los observadores españoles temores mayores. Se presumía que la voluntad de los “anexionistas” estaba plenamente respaldada por el  gobierno o por diversos e influyentes grupos de poder de Estados Unidos. Si bien era cierto que variados sectores de aquel país valoraban la posesión de cierta injerencia en las Antillas por consideraciones económicas o geopolíticas, el gobierno de Estados Unidos acostumbró a expresarse de manera evasiva respecto a ello, siempre a la espera de que las Antillas cayeran bajo su esfera de influencia de manera “natural” (John Quincy Adams, “Política de la Fruta Madura”, 1823). La doctrina James Monroe (“América para los Americanos”, 1823) era la expresión voluntarista de un fenómeno que era considerado inevitable o un telos.

En el preámbulo de la Insurrección de Lares, el asunto alcanzó alturas inusitadas.  Desde 1852, poco después de la ejecución de López de Urriola en La Habana, la intervención de Estados Unidos Caribe parecía ser un peligro real.  Un decreto de esa fecha del presidente dominicano Buenaventura Báez Méndez (1812-1884) conocido como “El Jabao”, en el cual se apoyaba la inmigración “extranjera” a la región, animó el recelo de que, una vez instalados en territorio dominicano los inmigrantes avanzarían sobre Cuba.  La posibilidad de que los estadounidenses utilizaran el decreto en beneficio de su expansionismo hizo que España llamara la atención a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico sobre el tema a la vez que presionó a Báez a fin de que limitara las dispensas del decreto referido.

En 1854 se temía que Báez entregara a la Bahía de  Samaná a intereses estadounidenses y que aquella posesión se utilizase como  base para aumentar la influencia de aquel país en la isla de Cuba. El expansionismo estadounidense, la presencia física de sus inmigrantes con capital, y la sintonía entre las autoridades de Santo Domingo y Washington anunciaban tiempos difíciles para Cuba y Puerto Rico que todavía seguían bajo la autoridad de España. Los argumentos de España contra la presencia estadounidense se apoyaban en consideraciones geopolíticas y económicas más que culturales.

El pugilato se hizo más intenso a fines de la década de 1850 y principios de la de 1860 cuando el espíritu del Romanticismo Isabelino, con un fuerte tono populista, abrazó el proyecto de recuperar una parte del imperio perdido durante las guerras de emancipación. El historiador Germán Delgado Pasapera en su obra clásica sobre la historia del separatismo en el siglo 19, afirmaba que en la década de 1860 el anexionismo “se movía en el clandestinaje” y que sus ejecutorias ya habían comenzado a “afectar” al independentismo. La lectura de Delgado Pasapera de aquel momento histórico tendía a evaluar al anexionismo y el independentismo separatistas como opuestos “naturales”. El peso del presente desde el cual escribía, la década de 1980 caracterizada por el Estadoísmo Radical y el polarizador “romerato”,  se proyectaba en su juicio en torno a los antecedentes ideológicos del estadoísmo y el independentismo que se manifestaba a su alrededor.

Delgado Pasapera no ignoraba la coexistencia de anexionistas e independentistas en el separatismo decimonónico. La investigación durante la década de 1980 fue rica en aproximaciones al fenómeno, esfuerzos que fueron en cierto modos censurados por la cultura historiográfica dominante entonces. Sin embargo sus juicios llamaban más la atención sobre las divergencias estratégicas que sobre las convergencias tácticas que animaban aquella alianza que, si bien había sido viable en el siglo 19, resultaba irrealizable en el 20. Para el historiador citado, el hecho de que las autoridades españolas usaran el concepto “anexionista” para representar a los separatistas anexionistas, a los independentistas y los confederacionista antillanos, expresaba una “confusión” comprensible. Con ello buscaba afirmar  el carácter protagónico del independentismo en el separatismo y el carácter secundario del anexionismo. Su “conclusión” no dejaba de ser una “presunción” indemostrable.

El Motín de los Artilleros de la capital en julio de 1867 es un excelente modelo para comprender las pesadillas que producían los yanquis de los españoles en la isla antes de la Insurrección de Lares. Para el gobernador de turno José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) el motín no se reducía a reclamos laborales sino que era cuestión una de “alta política”. El gobernador alegaba que detrás del acto había sociedades secretas separatistas que el gobierno de Estados Unidos, a través de Alexander Jourdan cónsul de esa nación en Puerto Rico, habían promovido para inestabilizar su gobierno. A ello añadía el hecho de que dos barcos de bandera estadounidense habían atracado en los puertos de San Juan, Ponce y Mayagüez los mismos días en que había estallado la sedición. Los temores más manifiestos de Marchessi eran respecto a la política expansionista de Estados Unidos y a las sociedades secretas que laboraban en la isla y en el exilio en favor, desde su punto de vista, de la anexión a aquel país y no de la independencia. Las órdenes que llevaron al exilio a Ruiz Belvis y Betances Alacán al exilio en 1867 representaban la respuesta del gobierno español a una amenaza anexionista que se presumía contaba con el apoyo de Estados Unidos.

El aislamiento del separatismo

La actividad represiva antianexionista de Marchessi sucedió a  una importante reunión llevada a cabo en la finca “El Cacao” propiedad de Luis Gustavo Acosta Calbo, hermano de José Julián. En la mítica reunión de “El Cacao” una muestra del liderato liberal reformista y separatista anexionista e independentista discutió, según se presume, las condiciones del país tras el cierre de la Junta Informativa de Reformas.  En la concurrencia había por lo menos seis separatistas.  Terminado el informe de los comisionados a Madrid y analizado el estado político de España, se debatió  la situación de Puerto Rico y el camino a seguir.  En la reunión Betances Alacán propuso la idea de organizar una revolución en la isla. La revolución en Betances Alacán era  desde 1856, concepción que hoy puede parecer romántica o cándida, un deber de todos que superaba las diferencias ideológicas. La oposición de José Julián no se hizo esperar y la concurrencia se dividió.  El liberalismo reformista se autoexcluyó de la causa rebelde.

La revolución que Betances Alacán sugería en los meses de mayo y junio de 1867 una vez evaluada la tarea ejecutada en la Junta Informativa de Reforma, que luego se conoció como la Insurrección de Lares, tendría que articularse sin el apoyo del liderato más visible del liberalismo reformista. Asimilistas y especialistas se oponían por igual a la separación de Puerto Rico de España en la medida en que confiaban, desde su  integrismo crítico, en la posibilidad de sanar una relación malsana o enfermiza y alcanzar la modernidad bajo el palio de la hispanidad.

La pregunta era ¿hasta dónde podrían contar los separatistas independentistas con los anexionistas para la revolución? Todo dependería de los objetivos estratégicos del golpe. A ese tema dedicaré la siguiente reflexión.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia (22 de agosto de 2020)

septiembre 26, 2019

La Insurrección de Lares en la memoria de Ramón E. Betances Alacán

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Los recuerdos del 1868 ocuparon esporádicamente la memoria de Ramón E. Betances Alacán durante 30 años y, por cierto, siempre fueron un pretexto valioso a la hora de formular una idea para la revolución ante los sucesos entre el 1895 y el 1898. Los comentarios dispersos a lo largo de su correspondencia política indican que reconocía el valor potencial de que se reconociese cierta  continuidad entre una y otra experiencia. En términos generales no se equivocaba. Los componentes principales y los extremos ideológicos seguían siendo los mismos. Además un fragmento del liderato más significado de los procesos del 1868 seguía vivo y esperaba que se contara con ellos para la nueva fase revolucionaria. Pero también era innegable que, al paso de los años, algunos de los actores habían cambiado de posición en el juego.

En el caso particular de Puerto Rico y Cuba, el autonomismo y el anexionismo a Estados Unidos habían ganado una relevancia extraordinaria por lo que las posibles alianzas con elementos de aquellos sectores a la hora de la separación debían ser trabajadas con sumo cuidado. Las  relaciones entre los separatistas independentistas y los anexionistas habían generado disputas en 1869 y nadie quería que ello se convirtiera en un freno para las aspiraciones separatistas. Pero el conflicto entre Estados Unidos y España, que también había sido un componente del 1868, había un tomado un giro extremo por cuenta de la guerra en Cuba que, como se sabe, se usó para justificar una intervención directa que acabó por marcar el futuro de las islas tras el conflicto de 1898. La disposición de los anexionistas cubanos, mucho mejor organizados que los puertorriqueños a fines del siglo 19, para disentir de los independentistas, era mucho más notable a fines de la década de 1890 que a fines de la de 1860. Es posible que el balance de fuerzas entre ambos extremos hubiese cambiado a lo largo de aquellos 30 años.

Betances Alacán veía la Insurrección de Lares como el resultado de un largo proceso de intenso trabajo político. La correspondencia que mantuvo en 1896 con Eugenio María de Hostos Bonilla y José Julio Henna Pérez, dos de sus más cercanos colaboradores, tornaba al del asunto del 1868 una y otra vez. Se trata de dos corresponsales únicos identificado el primero, con el independentismo y el confederacionismo; y el segundo, con el anexionismo. En una nota a Hostos Bonilla en noviembre de 1896 afirmaba que “la intentona de Lares me costó doce años de preparación (1856-1868), y a eso se debió que Rojas se sublevara en Lares y que Sandalio Delgado tuviese un verdadero ejército (10,000 hombres me decía él-póngale 3,000) en Cabo Rojo, donde tanto me querían”[1]. Y a Henna Pérez le insistía en que “desde antes del ’65 (José Francisco) Basora y yo teníamos la isla agitada”[2] que la población había sido inundada de papeles revolucionarios y que habían sido capaces de introducir armas al territorio por lo que Puerto Rico estaba listo para la revolución[3]. Una de las situaciones que lamentaba era que, al momento del levantamiento que se había dado “sin darme aviso,”[4] se encontraba en Curazao preparando un embarque de armas y que cuando se disponía a dirigirse a Puerto Rico “ya se había concluido todo”[5]. A Henna Pérez le revelaba que cuando llevó el cargamento de armas “compradas por mí y con mi dinero”[6] a Santo Domingo, las confiscó el presidente Buenaventura Báez.

Betances Alacán estaba convencido de que en 1868 lo habían dejado prácticamente solo con la tarea y, de hecho, al único conspirador al cual alude en ese momento es a Basora, anexionista al igual que Henna Pérez[7]. En otra nota a Henna Pérez firmada en julio de 1897 reconocía la falta de apoyo interno a su causa y llegó al extremo de decir que “me desespera el ver a mis paisanos tan indiferentes y hasta dichosos de vivir en el oprobio con tal de vivir”[8]. Para reforzar el argumento de que le habían abandonado recordaba que en 1868 había enviado una proclama a los “ricos” de la colonia, sector del cual esperaba el sostén financiero que se resistían a brindar. En la proclama aludida apelaba al núcleo de sus temores y sus prejuicios más ominosos amenazándolos con el fantasma de la revolución racial y social con el fin de convencerlos de colaborar: “Hagamos la revolución; -decía- pues si no puedo hacerla con ustedes (los ricos), la haré con los jíbaros; y si los jíbaros no quieren la haré con los negros”[9]. La clase criolla adinerada no se conmovía ante su petición de respaldo en 1868, hecho que volvió a repetirse en 1897. Los comentarios anotados demuestran que ni siquiera la aprensión o el escrúpulo que tenían los ricos ante los sectores del abajo social los sacudía lo suficiente como para tomarse el riesgo. Aunque no pudo persuadir, salvo contadas excepciones, a los “ricos”, Betances Alacán siempre fue muy cuidadoso a la hora de concebir el separatismo como una causa común de independentistas confederacionistas y anexionistas, alianza de que dependían las posibilidades de triunfo de su proyecto.

La derrota de Lares, otro asunto que debía explicarse a la hora de recuperar la memoria de aquel evento, la atribuía en otra carta a Sotero Figueroa Fernández al adelanto de la fecha del golpe que, planeado para el 29 de septiembre en Camuy, había sido ejecutado en Lares el 23. Factores fuera de su control habían forzado la decisión. Su lógica era que si “no hubieran tenido los patriotas que precipitar el desenlace de la conspiración”[10] el resultado hubiese sido distinto. Recordar esos detalles le mortificaba: “no me haga usted recordar tantos dolores ¡tantos!”[11]. Todas sus observaciones historiográficas y táctico-estratégicas se apoyaban en su condición de participante de los eventos y adoptaban un tono testimonial en el cual la furia y la nostalgia convergían.

Lares, en última instancia y a pesar de todo ello, debía ser salvado como un modelo para la revolución por venir. Las alusiones a la experiencia conspirativa concreta son continuas en la correspondencia con Henna Pérez. En una larga carta de noviembre de 1895 sugiere el modelo organizativo y práctico que condujo al levantamiento de 1868 para que se aplicase al proyecto de fin de siglo: “sería importante conocer, en cuatro o cinco puntos de la isla, algún hombre capaz de formar un Comité, cuyos miembros se encargarán de constituir otros alrededor de los primeros”[12], tal y como habían hecho Basora, Segundo Ruiz Belvis y él, entre otros, durante la década de 1860. En ello insistió y en diversas ocasiones recomendó a sus coconspiradores listas completas de nombres que valdría la pena estudiar minuciosamente desde la perspectiva de su lugar en el espectro político colonial en contraste con lo que él esperaba de ello en medio de la crisis. Las listas de contenían a figuras de independentismo como el médico Manuel Guzmán Rodríguez,[13] y Hostos Bonilla[14], sino también a otros que no lo eran como Manuel Zeno Gandía, Antonio Mattei Lluveras[15], José Celso Barbosa, Luis Sánchez Morales[16], Juan Ramón Ramos, Agustín Stahl, Santiago Veve Calzada, e incluso Luis Muñoz Rivera a quien señalaba como “el que puede dar mejores informes sobre todo el país”[17]. En aquel registro había figuras que se identificaban con el conservadurismo, el autonomismo posibilista y el ortodoxo y, con posterioridad, con el estadoísmo republicano  afín al separatismo anexionista.

Un asunto que hay que tomar en consideración es que Betances Alacán reconocía que el Puerto Rico del 1860 no era el mismo de 1890. El balance de fuerzas, según se ha sugerido,  y las posibilidades revolucionarias diferían. En 1890 por la ausencia de trabajo político intenso, el país no estaba listo para un levantamiento: “allí comienza a agitarse la opinión; pero sería preciso preparar al pueblo como lo estaba en 1868”[18]. La melancolía y el pesimismo lo abrumaban. Desde su punto de vista la separación e independencia seguían siendo una necesidad, pero las condiciones del terreno reducían las posibilidades de éxito de una empresa de aquella envergadura.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa Fernández, cerca de Betances Alacán, resultó productiva. Poco después del intercambio le adelantaba a Luis Caballer Mendoza que a pesar de lo incompleto de sus archivos -no tenía ejemplares de algunas de su publicaciones, ni fotos suyas en buen número- no perdía la esperanza de “dar a luz mis memorias”[19], promesa que volvió a hacer en un artículo difundido en el periódico cubano Patria[20] pero que nunca cumplió. La curiosidad de Figueroa Fernández lo condujo a producir no solo la referida colección de biografías publicada en 1888, sino también una serie de artículos sobre la Insurrección de Lares difundida en Patria en 1892[21]. En ambos casos el respaldo de un revolucionario de la nueva generación, José Martí Pérez, parece haber sido determinante. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional del siglo 19 había comenzado.

El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa Fernández era un mulato muy peculiar con un pasado autonomista. Este pensador marginal no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes de su tiempo a quienes, sin duda, guardaba un especial respeto. Sus publicaciones inauguraron un discurso laudatorio y romántico sobre el separatismo independentista y confederacionista comprometido con la reivindicación de un acto subversivo cuyo significado había sido conscientemente devaluado o negado por la historiografía liberal y autonomista. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances Alacán en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894: Lares debía ser rescatado del Leteo. Pero Figueroa Fernández excluía también conscientemente el papel singular que habían cumplido los separatistas anexionistas en aquel proceso, asunto que siempre había sido fundamental para la mirada betancina a pesar de su antianexionismo militante. Es cierto que los separatistas anexionistas se habían enajenado de la conjura que condujo a Lares durante los primeros meses del año 1867 igual que lo habían hecho los liberales reformistas, pero su trabajo en el entramado de la conjura no podía ser puesto en entredicho[22].  Resulta por demás interesante que ningún comentario en cuanto a aquella disputa ideológica saliese a relucir en la investigación del periodista ponceño.  A pesar de que no se podría valorar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales de la década de 1890 en Puerto Rico y en el exilio, el tono adoptado por este acabó por reiterarse en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada contenía una queja franca respecto a la omisión voluntaria o no, que se repetía en la discursividad de las  elites intelectuales coloniales no separatistas. Lo mismo puede decirse de la escisión o divorcio de los defensores del independentismo y el anexionismo.

Las tensiones que ocuparon la psiquis insular entre 1897 y 1898 limitaron las posibilidades de desarrollo de una discursividad separatista o independentista sobre su papel en el relato de la nación puertorriqueña. La celebración de la autonomía moderada del 1897, arreglo cuyo valor Betances Alacán censuró hasta el momento de su muerte; y la invasión del 1898 que, desde su punto de vista representaba un obstáculo para la independencia y confederación de las Antillas, impidieron la maduración de un discurso historiográfico sobre el separatismo desde el separatismo que fuese confiable. El hecho de que el relato del siglo 19 fuese posesión de los integristas de tendencias liberales reformistas y autonomistas y que la versión separatistas  excluyera  la rica colaboración entre separatistas independentistas y confederacionistas y anexionistas explican la situación. Por último, el mismo subdesarrollo de una vida intelectual independiente en el país en particular la historiografía, no ayudaba mucho, por lo que la imagen de aquella parte del pasado acabó por ser extirpada. Para que el asunto volviera a convertirse en un tema de discusión camino a su maduración habría que esperar algunos años.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de septiembre de 2019.

Notas

[1] Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade, eds. (2013) Ramón Emeterio Betances. Obras completas. Vol. V.  Escritos políticos. Correspondencia relativa a Puerto Rico (San Juan: Ediciones Puerto): 416.

[2] Ibid.: 343.

[3] Ibid.: 368.

[4] Ibid.: 404.

[5] Ibid.

[6] Ibid.: 418

[7] Ibid.: 419, 421 ambas en notas a Henna.

[8] Ibid.: 455.

[9] Ibid.: 456.

[10] Ibid.: 270-271.

[11] Ibid.: 271 y una variante del asunto en unos fragmentos sueltos en 279-280.

[12] Ibid: 312.

[13] Ibid.: 476.

[14] Ibid.: 523.

[15] Ibid.: 524.

[16] Ibid.: 380.

[17] Ibid.: 396.

[18] Ibid.: 304.

[19] Ibid.: 274.

[20] Ibid.: 280.

[21] Sotero Figueroa (1977)  La verdad de la historia (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña) 1977.

[22] Véase Carmelo Rosario Natal (1985) “Betances y los anexionistas, 1850-1870: apuntes sobre un problema” en Revista de Historia 1.2: 113-130.

diciembre 6, 2018

El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y los caminos de Lares (final)

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

A mis estudiantes de todos los tiempos

¿Cómo interpretaba el orden hispano-católico a un masón radical como Segundo Ruiz Belvis o Ramón E. Betances Alacán? La imagen de ambos ante el orden colonial, que no era buena antes de 1866, empeoró cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10.

Masonería, heterodoxia, materialismo y subversión

Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que documenta la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. La insurrección de Lares exacerbó a los  integristas y estimuló la cancelación de los liberales reformistas y especialistas, quienes también defendían el integrismo más allá de la relación colonial, de cualquier contacto con los separatistas. La retórica de Pérez Moris es por demás interesante por la manera en que informa al lector del presente de la imagen que tenían los españoles de los activistas.

A Segundo Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, es decir, antes de la Junta Informativa de Reformas convocada por el Ministerio de Ultramar en 1866. El abogado de Hormigueros era poseedor de un temperamento dominado por la “audacia” y el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido” que ofendía al que le escuchaba. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Dominado por la irracionalidad y la pasión, sus aspiraciones políticas y sus hábitos sociales chocaban contra la ley y el orden hispano. La imagen del enajenado contracultural me recuerda el juego literario inventado por Alejandro Tapia y Rivera en el poco comentado cuento “El loco de Sanjuanópolis” redactado en 1880. La locura no lo hacía menos amenazante sino todo lo contrario. Pérez Moris concluía, con cierto dejo de una mala lectura de Maquiavelo, que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

El juicio del periodista e historiador dependía de los datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez quienes le habían visto actuar en el escenario de la ciudad. Aquellos lo calificaban como un librepensador y un materialista partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. En términos intelectuales un librepensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Aquellas eran posturas propias de un pensador racionalista y científico. El problema consistía en que el respeto a la razón y a la ciencia sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma que dependía de la fe y la sumisión para sostenerse. Entre librepensamiento y agnosticismo, una interpretación que niega la posibilidad de conocer cualquier absoluto incluyendo a Dios, había numerosos puntos de contacto que el catolicismo convencional rechazaba. Propuestas como aquellas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis o los que confirman su apropiación de la

Segundo Ruiz Belvis

conciencia de la modernidad como expresión de la discursividad secular son leídos como un “defecto”. Con todo el epíteto que centraba todo el perfil era el de materialista.  El materialismo moderno, que reaparece en la discusión intelectual con nuevos bríos durante los siglos 17 y 18, integraba a la tradición griega los saberes de la física, la historia natural y la medicina. Para Pérez Moris, el abogado de Hormigueros equivalía a un nuevo “Teofrasto redivivo” en el escenario de la colonia tropical con los mismo rasgos de cinismo que se atribuían al filósofo del siglo 4 antes de Cristo y al autor del anónimo volumen de 1659.

En este texto el masón radical Ruiz Belvis termina transformado en una caricatura de la “crueldad”. Los informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez le ofrecieron una red de narraciones y anécdotas que ratificaban aquella imagen. Una es la que lo describe como un “don Juan Tenorio” irrefrenable. Otra, la que lo describe como un cínico consumado que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores. Sin embargo, lo que parecía molestarle más era, de nuevo, que su materialismo le autorizaba a usar un lenguaje ofensivo y sarcástico al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”.

Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que se complace en escandalizar a los mojigatos y que es capaz de afirmar que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente, aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. El dato es por demás interesantes porque mis investigaciones sobre esta figura me dicen que Ruiz Belvis, quien descendía de una familia católica vinculada a la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros y a sus rectores o administradores, tenía una relación profesional con el Obispo Carrión en el contexto de un proyecto de colegio de segunda enseñanza que esperaba fundar en la ciudad de Mayagüez en 1866. Uno de sus socios principales en aquel proyecto era otro masón radical, Betances Alacán. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con la  acusación de que Ruiz Belvis hipotecó la Hacienda Josefa de su padre José Antonio Ruiz, ya fallecido, y la echó perder. La hipoteca de la Hacienda Josefa es, por otro lado, un hecho corroborado como ya he comentado en otras publicaciones sobre esta figura pero los problemas en el repago de la deuda estuvieron vinculado al proceso de persecución político que forzó la salida del abogado de Puerto Rico en julio de 1867 hacia el exilio. Lo interesante es que el acreedor hipotecario fue el tesoro de la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros, situación que contradice la afirmación de que Ruiz Belvis tenía una mala relación con la iglesia católica o con la autoridad episcopal. Pérez Moris, por otro lado obvia consideraciones que sí pudieron haber distanciado al abogado del obispo como lo es el hecho de que Carrión favorecía la tolerancia a la esclavitud y así los había afirmado en su Carta pastoral de 1861.

Por último, afirmaba Pérez Moris que personas como Ruiz Belvis y Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro”. Lo que sugería era que no merecían la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en que ofendían los valores hispanos tanto como los  cristianos. Con el argumento se dejaba claro que hispanidad y catolicismo iban de la mano. Creo pertinente aclarar que el médico de Cabo Rojo, en su correspondencia posterior a la insurrección de Lares, afirmaría esporádicamente la necesidad de “desespañolizar” a Puerto Rico. Exageradas o no, la imagen de un revolucionario político y social que además era masón radical no era simpática para el régimen colonial.

 

Ruiz Belvis y la Masonería: caminos de Lares

En julio de 1867, Ruiz Belvis y Betances Alacán tuvieron que tomar una decisión que los afectaría el resto de sus vidas. La razón fue el “Motín de los Artilleros” de la capital. Las acusaciones de conspiración del gobierno español encabezado por José María Marchessi y Oleaga, los dejaron ante dos opciones. O se sometían ante una autoridad que no respetaban, o tomaban la ruta del exilio y organizaban un proyecto revolucionario. El momento de romper con España que, según Betances Alacán, no podía dar lo que no tenía -libertad y progreso- había llegado. El 10 de julio era la fecha límite para presentarse ante la autoridad o serían buscados bajo partida de arresto.

Acompañados por el párroco de Hormigueros, Antonio González y Alonso hecho que vuelve a confirmar las buena relaciones de Ruiz Belvis con las autoridades eclesiásticas de su comunidad, se evadieron de la isla vía Cabo Rojo -tal vez apoyados por uno de los hermanos Cabassa, dueños de las haciendas “Acacia” y “Belvedere” y socios comerciales de los Betances- hasta algún punto de la bahía de Guánica. Desde allí partieron –vía Saint Thomas o República Dominicana- hacia la ciudad de Nueva York. Nueva York era un punto de encuentro de exiliados y emigrantes desde donde se podía articular un proyecto de aquella naturaleza.

Betances Alacán se dirigió hacia  República Dominicana en cuanto llegó a San Tomás el 29 de agosto de 1867.  Debía reanimar las alianzas políticas establecidas entre 1861 y 1863 cuando, desde Mayagüez, se conspiró al lado de los restauradores de la independencia de ese país ante la agresión recolonizadora de España. Allí encontraría hermanos masones que lo respaldarían por su vinculación con la Logia Yagüez número 10. Ruiz Belvis permaneció en la isla danesa hasta el 2 de octubre, ultimando detalles con otros conspiradores que con él se reunían.  Al parecer la policía no vio en su conducta acciones que justificaran las sospechas de Marchessi Oleaga y nunca intervinieron con el grupo de conspiradores.  El gobernador utilizó todos los recursos a su alcance para evitar la conjura pero sus esfuerzos resultaron infructuosos.  El gobierno danés no le dio al asunto la importancia que las autoridades coloniales esperaban se le diera a su reclamo.

Ruiz Belvis partió a cumplir una importante “misión política” ante las autoridades chilenas, y Betances se mantuvo en el Caribe a fin de continuar agitando la cuestión de Puerto Rico. Se sabe que, en la travesía al sur, Ruiz Belvis pisó suelo colombiano y peruano antes de arribar a Valparaíso, Chile. Se presume que en los distintos puertos estableció contactos con aliados del proyecto libertario de las Antillas. Ruiz Belvis se convirtió en el primer “peregrino de la libertad” que buscó en la América Hispana respaldo material para la separación e independencia de Puerto Rico como preámbulo a una futura unión de las Antillas.

Los detalles de la travesía son bien conocidos  pero las actividades del abogado en cada una de las escalas siempre serán un misterio.  De acuerdo con el investigador Martín Gaudier, el 2 de octubre se expidió el pasaporte de Ruiz Belvis para Nueva Granada, hoy Colombia y, con toda probabilidad, esa misma tarde partió de San Tomás. En Nueva Granada abordó el vapor “Santiago” que le condujo a Chile. El “Santiago” tocó los siguientes puertos durante el mes de octubre:  Paita, Perú el día 4; el Callao, Perú el día 6; del Callao salió el 7 de octubre y llegó a Islay, Perú el 9; de Islay partió el 10 de octubre y llegó a Arica, Chile el 12; de allí zarpó el 13 y arribó a Iquique, Chile el 15; de Iquique salió el 16 de octubre y atracó en Antofagasta el 18; de ese puerto salió el 19 y llegó a Caldera el 21 de octubre; de Caldera partió el día 22 de octubre y alcanzó Coquimbo el 24 y de Coquimbo salió el 25 y tocó el puerto de Valparaíso el domingo 27 de octubre de 1867.

Algunas versiones alegan que los contactos que Ruiz Belvis estableció durante las escalas a fin de preparar el terreno para su iniciativa cerca del gobierno de Chile lo pusieron en contacto con otros hermanos masones.  Si bien se sabe que esperaba contar con el apoyo del Gran Maestro Benjamín Vicuña McKenna, quien en 1866 se puso a las órdenes de los separatistas antillanos en Nueva York, las afirmaciones en esa dirección no dejan de ser especulativas. La meta que buscaba el abogado era reanimar un viejo plan de respaldo militar chileno para una invasión de Puerto Rico y Cuba con fines antiespañoles que tuviese como base de operaciones Venezuela o Colombia, y que debía contar con el liderato militar del colombiano Santos Gutiérrez. Ruiz Belvis iba a materializar una relación que se había enfriado con el paso de los meses y los vaivenes de la política internacional.

Otras versiones indican que Ruiz Belvis empeoró de un padecimiento que ya traía desde Puerto Rico y que el viaje se convirtió en una travesía dolorosa. Betances Alacán, que era un médico brillante y comprometido, no dejó ninguna pista de que Ruiz Belvis estuviese mal de salud antes de salir de Puerto Rico o que hubiese enfermado durante el trayecto hacia el exilio. Por el contrario, el caborrojeño asegura que él fue víctima de una fiebre atroz durante el itinerario pero nada indica sobre algún quebranto en el compañero de viaje.

En Valparaíso, Ruiz Belvis se hospedó en el Hotel Aubry en el 1,107 de la calle Esmeralda. El asunto también produce alguna confusión. Algunos dicen que la hospedería era propiedad de Guillermo Jenkins, según Gaudier; otros como el médico que lo atendió citan a Julio Lanvoy. Su arribo a la ciudad llamó la atención pública de inmediato. Los periódicos El mercurio y El diario ilustrado del 28 de octubre lo anunciaron como uno de los pasajeros del vapor “Santiago” procedente de Panamá.  Ninguno de los cintillos dijo que estuviese enfermo.  No se le hizo difícil a Ruiz Belvis, por otro lado, publicar la extensa proclama “Patria, justicia, libertad”, firmada por el Comité Revolucionario de Puerto Rico, en el foro La patria del 2 de noviembre de 1867.  La patria era un periódico masón y liberal dispuesto a colaborar con la empresa antillana.  Ruiz Belvis iniciaba con éxito su campaña en Chile auxiliado, según se presume, por Vicuña McKenna y las logias masónicas de la ciudad.

Lo cierto es que Ruiz Belvis murió intempestivamente como resultado de una de infección flegmonosa del perineo que se gangrenó. De acuerdo con un certificado médico expedido en 1868 tras la muerte de su padre, tenía problemas de salud desde antes de su salida de Puerto Rico. En el Hotel Aubry no estuvo solo. El propietario se hizo cargo del enfermo y propició la intervención del Dr. E. C. Menckel asistido por el Dr. Agustín Coignard. Menckel sigue siendo una figura oscura pero Coignard era egresado de la Facultad de París, como Betances Alacán, era miembro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y médico práctico desde 1857. Esta versión aduce que desde el 6 de octubre, cuando se hallaba en El Callao, ya no podía salir del camarote y ni bajar al puerto por lo que sus gestiones políticas debieron haber sido pocas.

Sólo siete días sobrevivió Ruiz Belvis en Chile.  El 5 de noviembre El mercurio informó que el enviado puertorriqueño en cumplimiento de una “misión política” cerca de aquel gobierno, había fallecido.  El 30 de noviembre de 1867 el periódico Los Andes de Guayaquil, Ecuador, publicó un editorial en donde comentó su muerte.  Ruiz Belvis no era un desconocido en el continente.  La masonería aprovechó la situación para agitar la cuestión antillana.  El editorial en cuestión hacía un sucinto resumen de las actividades políticas de Ruiz Belvis a partir de la Junta Informativa de Reformas y de la persecución y los destierros que sucedieron a la referida junta.  El autor ubicó a Ruiz Belvis al lado de los grandes libertadores de América, Santiago Mariño y Francisco de Miranda, y resaltó el espíritu hispanoamericanista de la empresa que desempeñaba en Chile.  El anónimo editorialista afirmaba que Ruiz Belvis “desde su sepultura en Valparaíso seguirá sirviendo a su país; seguirá siendo el promotor invisible de la independencia borinqueña.”

 

Un póslogo y una tarea por hacer

La vida de Ruiz Belvis, el masón radical, comenzó en San Germán en julio de 1866 y terminó en Valparaíso en noviembre de 1867. Ruiz Belvis tenía apenas 38 años de edad.  Falleció en la plenitud de su vida y en condiciones en extremo difíciles.  En los libros de la Parroquia Matriz del Salvador en Valparaíso se anota que su deceso ocurrió el día 3 de noviembre de 1867 y que su entierro se celebró el día siguiente “con oficio menor en el Cementerio de esta ciudad.”  No recibió los sacramentos “por no haberlos pedido,” según informes del Vicario Jorge Montes. El día 4 fue trasladado al Cementerio número uno, tras el pago de $8.50 por un féretro de segunda clase y el derecho de enterramiento, suma saldada por  un tal Antonio Cruz, posiblemente masón como el fenecido.  No consta si se realizó autopsia en el cadáver.  Queda claro que Cruz sólo pagó sepultura por un año.

Cuando la noticia llegó a las Antillas, Betances Alacán estaba inmerso en los preparativos de la insurrección.  De inmediato difundió una proclama fechada el 22 de diciembre de 1867 firmada por el “Comité del Oeste del Comité Revolucionario de Puerto Rico”.  Ruiz Belvis fue proyectado como un modelo a seguir cuando decía que “los hombres pasan, pero los principios quedan y triunfan.”  Lo calificaba como un “mártir de la santa causa de nuestra libertad” y atesoraba la esperanza de que su muerte motivara a los puertorriqueños a entablar una guerra frontal contra el dominio español.

En 1873 Eugenio María de Hostos Bonilla se acercó a su tumba: iba a “visitar al olvidado”.  Había realizado alguna investigación antes de lanzarse a la tarea de buscar aquel sepulcro.  Sus pesquisas le llevaron a concluir que Ruiz Belvis había llegado enfermo a Valparaíso.  Hostos Bonilla no se limitó a tratar de desentrañar aquella muerte y ese mismo año envió a Antonio Ruiz Quiñones, hermano de Segundo, un “voluminoso paquete” de documentos recibidos de manos del señor Juan de Dios Arlegui, Gran Maestro de las logias chilenas, que se había hecho cargo de los mismos al momento de la muerte del enviado. Nada se sabe del destino de esos pliegos.

Cuando Betances Alacán murió en 1898, Hostos Bonilla volvió a reflexionar sobre la muerte. Para el mayagüezano, Betances y él eran dos “enfermos del ideal”: esas personas que “entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal pasar.” Ruiz Belvis también encajaba en esa metáfora. Celebremos su memoria con las armas del conocimiento.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 12 de octubre de 2018.

diciembre 4, 2018

El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y masonería (Parte 2)

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

A la memoria de la sociedad secreta “Capá Prieto”, a 150 años de la rebelión

Para entender a Segundo Ruiz Belvis el pensador y activista heterodoxo, toda la información referida en la primera parte de esta serie es relevante. Es innegable que una parte significativa de sus gestiones cívicas y políticas se ejecutaron antes de su integración a la masonería. Todo sugiere que su compromiso con la racionalidad, el progreso, la fraternidad, la filantropía; igual que su espíritu crítico y su radicalización político social lo condujeron a que, en 1866, se ordenará masón en San Germán al lado del médico de Cabo Rojo, Ramón E. Betances Alacán.  Ordenarse masón era la forma de completar una travesía de cara a los proyectos que se planteaban para el futuro: la abolición de la esclavitud y la separación e independencia de Puerto Rico del coloniaje español.

Este tipo de personalidades reflexivas no tomaba decisiones a la ligera. Después de todo, la masonería no era una práctica desconocida para ellos: ambos habían estado en contacto con masones activos de manera constante a lo largo de sus vidas. En el caso de Betances Alacán su padre Felipe y su tutor en Toulousse, el señor Jacques Catherine Maurice Prévost, un boticario que se había casado en Mayagüez con María Catalina de Caballiery y Bey natural de Cabo Rojo, eran masones. La confianza de Felipe de dejar a su hijo de 13 años bajo la protección y supervisión de la familia Prévost-Caballiery era total, según se deriva de la lectura de las investigaciones del fenecido conocedor del periodo tolosano del rebelde puertorriqueño, Jacques Gilard.

 

Ruiz Belvis y el eje masónico San Germán-Mayagüez

En el caso de Ruiz Belvis, sus amigos de la infancia y “casi parientes”, los sangermeños Francisco Mariano y José Marcial Quiñones, eran masones activos. Francisco Mariano dejó al menos dos novelas de tema masónico e histórico-político publicadas en Bruselas en 1875 que se rescataron del olvido en 1998 y en 2002 gracias a las gestiones del Círculo de Recreo de San Germán: me refiero a Kalila y Fátima.  Las mismas eran parte de una trilogía que nunca se completó. Su obra literaria, marginada por la crítica canónica tradicional que inventó el registro maestro de las letras puertorriqueñas, ha sido ignorada por los estudiosos de la literatura puertorriqueña decimonónica.

Segundo Ruiz Belvis por Rubildo López

Segundo Ruiz Belvis por Rubildo López

Francisco Mariano fue instrumental para la iniciación Ruiz Belvis y Betances Alacán en la masonería a pesar de la distancia ideológica que siempre manifestó respecto a aquellos. Según se sabe, compartía la preocupación por la abolición inmediata de la esclavitud negra y fue uno de los firmantes del proyecto abolicionista radical presentado en Madrid en 1867 con Ruiz Belvis y José Julián Acosta y Calbo. Pero no favorecía los afanes subversivos propios del separatismo, ni la independencia y confederación futura de las Antillas y mucho menos el recurso a las armas que aquellas propuestas habían legitimado. El intelectual y empresario de San Germán fue integrista hasta el 1898 y un conspicuo defensor del liberalismo reformista y el autonomismo moderado.

A diferencia de Ruiz Belvis y Betances Alacán, confiaba en la buena voluntad de España y fue un duro crítico de la Insurrección de Lares de 1868 con objeciones parecidas a las que también utilizó Salvador Brau Asencio, entre otros. Resulta curioso por demás confirmar que el olvido de y la devaluación de los actos rebeldes de 1868 fueron resultado neto del desprecio que produjo el acto rebelde en los ideólogos liberales reformistas y autonomistas y no en la propaganda activa de los conservadores e incondicionales. Estos, por el contrario, consideraban al separatismo en todas sus expresiones como un peligro real y un movimiento al cual había que temer y reprimir con fuerza. La reflexión sobre el separatismo desde el conservadurismo, la cual tiene en Pedro Tomás de Córdova y José Pérez Moris dos modelos, así lo confirma.

En las memorias históricas y autobiográficas escritas por los hermanos Quiñones en 1888 y 1890, las referencias a Ruiz Belvis son varias y confirman aquella afinidad. Para los dos el abogado de Hormigueros había sido uno de los protagonistas de una década, la del 1860 al 1869, que como resultado del activismo revolucionario de figuras como Ruiz Belvis y Betances Alacán, había puesto en peligro las posibilidades de triunfo del proyecto integrista liberal y autonomista que ello defendían: los separatistas eran parte del enemigo porque eran antiespañoles. Todo parece indicar que el activismo abolicionista fue la clave para que en 1866 aquellos amigos se juntaran alrededor de la filosofía y la praxis masónica.

La distancia política entre los hermanos Quiñones y Ruiz Belvis y Betances Alacán no se limitaba a la antinomia integrismo-separatismo.  El médico de Cabo Rojo cargaba consigo una leyenda política mayagüezana que hacía que muchos se apartaran de él.  Un joven Eugenio María de Hostos Bonilla reconocía la misma desde 1863 cuando le envió una ejemplar de su novela La peregrinación de Bayoán para que la leyera. Ruiz Belvis era un componente de la imagen radicalismo social y de la leyenda política mayagüezana. Dos años antes de su ingreso a la masonería, las autoridades habían desterrado a Betances Alacán dos veces, en 1858 y en 1864. El asunto tenía que ver con la campaña abolicionista, la solidaridad con los rebeldes dominicanos y su separatismo independentista que, de acuerdo con ciertas fuentes, no ocultaba a nadie. El caso de Ruiz Belvis no era diferente: los dos estaban políticamente “quemados” y sus posibilidades conspirativas se habían visto limitadas después de 1864. Cuando llegan a la masonería ambos son unos revolucionarios completos.

Algunos investigadores hemos concluido que lo que buscaban en la masonería era un nuevo espacio de secretividad y solidaridad cerca de personas con valores afines los suyos: el respeto a la racionalidad, el progreso, la fraternidad y la filantropía. Todo ello lo hacían a sabiendas de que en las actitudes políticas pudiesen manifestarse diferencias significativas. Ese tipo de organización secreta cuidadosa que rendía culto a la inteligencia podía serles de utilidad para sus proyectos futuros. La masonería era un lugar desde el cual se podría revitalizar el activismo radical que habían venido practicando desde hacía cerca de 10 años. Ambos reconocían el papel que habían cumplido las Logias Masónicas alrededor de la figura de Giuseppe Mazzini (1805-1872) y la “Joven Italia” en el proceso de unificación de la Italia en formación desde 1837; y el que había tenido la Masonería en la otra lucha por la independencia de la República Dominicana ante el dominio de Haití desde 1838 alrededor de la figura de Juan Pablo Duarte y “La Trinitaria”.

El caso de Ruiz Belvis es representativo. La liberación de sus esclavos, la formulación de su proyecto de colegio de segunda enseñanza en Mayagüez y Madrid, la hipoteca de la Hacienda Josefa y la presentación del proyecto abolicionista en Madrid, coinciden con su tránsito hacia la masonería. Cuando fue desterrado por primera vez, el 7 de junio de 1867 -para Betances Alacán era el tercero- ya había sido ordenado.  El destierro fue resultado de una orden emitida por el Capitán General José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) y no tenía relación alguna con las afinidades masónicas de los dos perseguidos. La Capitanía los vinculó, junto a otros militamtes liberales, con la promoción de un motín acaecido en los cuarteles del Cuerpo de Artilleros del capital aquel mismo día.

En realidad, se trataba de un caso fabricado por la vigilancia estatal como tantos otros en la historia del Puerto Rico moderno. La acusación era demagógica. El “Motín de los Artilleros”, como se conoció a aquel episodio, era resultado de problemas de cuartel y nada tenían que ver con el dilema integristas y separatistas. Los artilleros reclamaban ciertos derechos que les habían sido vulnerados y no había detrás del mismo instigación antiespañola o separatista alguna. Lo que preocupaba a Marchessi era el activismo social, político y cultural de Ruiz Belvis y Betances Alacán en Mayagüez y las posibles repercusiones de este en el resto de la colonia. Los puntos claves del encono gubernamental eran, claro está, la pública defensa de la separación e independencia de Puerto Rico, de la abolición radical de la esclavitud y las conexiones de aquel abogado y aquel médico con los liberales dominicanos conocidos como los “azules” que habían vuelto a echar a España de la República Dominicana en 1863. Por aquel entonces nadie podía imaginar el valor que Betances Alacán adjudicaba a la cuestión dominicana, a los “azules” y el papel que cumplieron aquellos liberales en el auspicio de la causa puertorriqueña hasta fines del siglo 20. Eso sí, visto desde la distancia, Marchessi no estaba en posición de reconocer como nosotros, que desde 1866 en Ruiz Belvis y Betances Alacán se juntaban dos peligros: el radicalismo masónico y el radicalismo político.

De acuerdo con el investigador Oscar Gerardo Dávila del Valle, en 1866 existían en Puerto Rico tres grupos de obediencias masónicas: los orientes españoles, las adscritas a la Gran Logia de Colón de Cuba fundada en 1859, y las adscritas a la Gran Logia de Santo Domingo surgida de un proyecto de rehabilitación de la hermandad iniciado en 1858. Aquellos orientes convivían con una masonería de filiación estadounidense que algunas vinculan a Filadelfia. Fue en la logia Unión Germana número 8, fundada el 26 de julio de 1866 en San Germán, de oriente dominicano, donde se ordenaron. De esa manera, la afinidad política de 1861 a 1863 culminó en afinidad masónica.

Acorde con algunas fuentes, allí laboró hasta 1867 y alcanzó el grado de Gran Maestro lo cual es poco probable dada la complejidad de los requerimientos de este tipo de órdenes para un ascenso de esa naturaleza. Otras fuentes proponen que Ruiz Belvis auxilió a Betances Alacán en la fundación de la Logia Yagüez número 10 también de oriente dominicano.  Los comentaristas sugieren que esa logia “nunca tuvo solar”, se reunía en “templo abierto” y practicaba la “masonería forestal” propia de los “carbonarios”. Aparte de Ruiz Belvis y Betances Alacán, componían la misma algunos de los expulsados a raíz del “Motín de los Artilleros”, que ingresaron al “Comité Revolucionario de Puerto Rico” en Santo Domingo y promovieron la creación de “Sociedades Secretas” camino de la insurrección de 1868. Desde mi punto de vista esta puede considerarse el núcleo germinal de los luego fue “Capá Prieto” de Mayagüez.

Aquel proceso informa sobre la diversidad ideológica en el seno de la Masonería. Si bien la filosofía masónica exigía profesión de tolerancia y neutralidad en temas religiosos y políticos, la reflexión sobre esos asuntos siempre estuvo presente. Los investigadores han confirmado la orientación integrista, conservadora y asimilista de los orientes españoles, las afinidades separatistas anexionistas de algunas logias de oriente estadounidense y la orientación liberal, separatista independentista y antillanista de las logias dominicanas de aquellos años. Las tendencias no derivaban de la filosofía masónica sino de la heterogeneidad de las preferencias político-ideológicas de los hermanos masones y de la forma en que evaluaban la relación con España.

 

¿Qué tipo de masones fueron Ruiz Belvis y Betances Alacán?

A fin de comprender la situación de Ruiz Belvis y Betances Alacán en la Masonería voy a depender de un argumento de Dávila del Valle en un artículo de 1998. Este autor sugiere la existencia en la masonería de una masonería radical. Algo similar argumenta el investigador francés Paul Estrade cuando evalúa al Betances Alacán masón en una conferencia de 2007 publicada en 2017. Si uso el lenguaje de otro investigador del tema, José Antonio Ayala en un texto de 1989, las diferencias entre ambas eran obvias. A pesar de que coincidían en la “profesión de progresismo, tolerancia y amor al género humano”, en temas como la neutralidad en religión y política diferían.

La excepcionalidad de Ruiz Belvis y Betances Alacán como masones se relacionaba con ello. Su activismo entre 1856 y 1866 no dejaba duda de que fueron “masones radicales”. El “radicalismo” tenía que ver con lo que Dávila del Valle denomina la “herencia carbonaria” y “jacobina” que tuvo en Louis Blanc (1811-1882) y el ya citado Mazzini dos iconos. Es su conjunto, los tonos dominantes eran su republicanismo antimonárquico, el anticlericalismo feroz, su predisposición por la acción revolucionaria, su proximidad al “asociacionismo”, el “cooperativismo” y la “filantropía” y por su ansiedad por construir la “fraternidad universal” o “Liga de la Naciones” en el modelo de la “Anfictionía” kantiana.

Debo destacar dos asuntos de relevancia. No es difícil descubrir en ese conjunto coincidencias con el separatismo independentista, abolicionismo radical y la idea de la unión o confederación de las Antillas en una nación colectiva de pequeñas nacionalidades. Tampoco es difícil percibir ciertas coincidencias con el pensamiento antisistémico que develaba las injusticias del capitalismo ascendente por aquel entonces. Ruiz Belvis, si uso un argumento Estrade en su conferencia de 2007, era un “masón inconforme” o un “heterodoxo dentro de la heterodoxia” como señalaba Dávila del Valle. Su actitud demostraba que siempre se podía ser más radical si la situación lo exigía.

Aquel secularismo feroz, radical y polisémico poseía un valor trascendental. Siempre representó una amenaza para la hispanidad y su proyección lo mismo en el siglo 19 cuando era un poder efectivo, como en el siglo 20 cuando se constituyó en un modelo identitario. Baste recordar cómo, en una conferencia dictada en la Universidad de Puerto Rico en 1931 en medio de la “marea hispanófila”, Pedro Albizu Campos afirmaba:

Nuestros revolucionarios (se refiere a los del siglo 19) aspiraban a constituir un estado republicano con educación heterodoxa pero a mi juicio en este particular estaban equivocados porque toda nacionalidad debe fundarse sobre el espíritu religioso que anima a su habitantes (El Mundo, 7 de abril de 1931)

 

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia el 14 de septiembre de 2018

junio 18, 2018

El pensamiento masónico en el pensamiento y la praxis de Segundo Ruiz Belvis durante la década de 1860: una aproximación interpretativa

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

Segundo Ruiz Belvis: una lectura desde el presente

Ruiz Belvis nació en 1829 en el barrio Hormigueros de San Germán. Provenía de una familia, los Belvis, que cargaba un pasado venezolano y había estado vinculada al Patronato y Mayordomía de Fábrica del Santuario de Monserrate en Hormigueros, uno de los focos de fe más poderosos de la isla a principios del siglo 19. La relación de Ruiz Belvis con esa institución hispano católica que no encajaba del todo en el engranaje de la iglesia institucional por sus fuertes raíces populares, fue determinante para algunos de sus proyectos civiles, sociales y culturales al final de su vida.

El ciudadano Ruiz Belvis se desarrolló al interior de los sectores privilegiados de la colonia. Era hijo de hacendados azucareros con propiedades en toda la región, su padre José Antonio Ruiz Gandía (1810-1868) había estado activo en la política municipal de Mayagüez y fungió como alcalde casual de la ciudad. Ruiz Belvis y sus hermanos tuvieron acceso al capital cultural que, por aquel entonces, aseguraban las carreras profesionales dado su origen de clase. Como se sabe, estudió la preparatoria en Caracas y completó Derecho Canónico y Civil, como lo requería la educación jurídica de la época, en la Universidad Central de Madrid, espacio en el cual desarrolló una red de relaciones con otros inmigrantes de la colonia que marcaron su vida para siempre.

A su regreso a Puerto Rico en 1857, según la tradición familiar, se insertó en la vida política de Mayagüez. Desde esa fecha y hasta 1867 fungió como Síndico Procurador (1857-1858), administró una oficina legal privada ubicada en La Marina Meridional en la calle de la Aduana y, luego, en la Candelaria (1862 y 1863), y actuó como Juez de Paz (1866) de la ciudad. Su labor como Síndico puntilloso molestó a algunos. El Síndico era, en el derecho clásico, el “abogado y defensor de una ciudad”, el depositario y responsable de los bienes públicos que también representaba los intereses de los esclavos registrados en caso de que sus derechos fuesen violados.

Un síndico cuidadoso podía ser un dolor de cabeza para quienes pretendían usar el servicio público en el Ayuntamiento para su beneficio personal, como solía suceder. Por eso cuando se postuló para la posición en 1862 y 1863, no obtuvo los votos suficientes para ocuparla otra vez. Los colaboradores más cercanos de Ruiz Belvis en aquel periodo parecen haber sido José García de la Torre, ex-síndico de la ciudad y a quien consideraba un modelo o un maestro dado que manifestaba preocupaciones jurídicas similares a las suyas; y los médicos Betances Alacán y José Francisco Basora, con quienes compartía las ansiedades abolicionistas y separatistas.

El Puerto Rico al cual retornó Ruiz Belvis en 1857 atravesaba por una situación complicada. Junto a los viejos problemas que emanaban de la relación colonial con una monarquía autoritaria y católica, asomaban otros enormes retos. El monopolio hispano del mercado, la centralización del poder, la fragilidad de los ayuntamientos y la intención hispana de perpetuar el esclavismo y el trabajo servil que tendía a desaparecer del panorama internacional, eran algunos de ellos. El fin de la esclavitud en Estados Unidos al cabo de una guerra civil en 1864, representó un punto de giro para muchos antillanos. Lo cierto era que, terminados los tiempos de gloria de la economía de hacienda azucarera, la industria atravesaba por una situación deprimente. Las condiciones del mercado internacional le exigían entrar en un proceso de modernización del mercado de capital y laboral, y en una revolución tecnológica que la hiciese competitiva otra vez. El régimen hispano le ponía frenos a aquel proceso por miedo a perder su poder sobre el territorio.

A los imperativos materiales se sumaban los humanitarios y sociales. El espíritu filantrópico y fraterno del cual Ruiz Belvis participaba, se traducía en el reclamo de abolición de la esclavitud y de la libreta de jornaleros y la institucionalización de un mercado laboral libre más justo. Las relaciones coloniales estaban en crisis y los sectores inteligentes del país responsabilizaban al esclavismo, al trabajo servil y a la Monarquía Española que los justificaban, de una parte significativa de la crisis.

Ruiz Belvis era parte de aquella ofensiva crítica de activistas que, apoyados en el liberalismo clásico, el republicanismo y las ideas democráticas, favorecían la descentralización del poder ya fuese en el marco del federalismo o del municipalismo, y señalaban con insistencia los males de su tiempo. El sólo hecho de articular un discurso de esa naturaleza lo convirtió en una persona “sospechosa” e “inconveniente”. El panorama era más complejo. Las ideas antisistémicas que comenzaban a penetrar a la Europa avanzada a mediados del siglo 19, cuando Ruiz Belvis se formó en Madrid, también son evidentes.

A todo ello el abogado de Hormigueros añadió el componente del separatismo, el independentismo y el antillanismo emergente. Buena parte de su grandeza tiene que ver con esa concepción de que siempre se puede ser un poco más radical y contestatario si así las circunstancias lo requieren. El discurso de los activistas como Ruiz Belvis, sin ser un masón activo, estaba impregnado de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas que encontraban un eco en el ideal masónico. Por ello a nadie debe extrañar que, durante el año 1866, fuese ordenado masón, como se verá más adelante. En su caso, aquel conjunto de principios se combinó con una fuerte dosis de secularismo y el anticlericalismo como protesta ante la alianza que existía entre la Monarquía Española y la Iglesia Católica para justificar el expolio del país.

Aquel conjunto de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas, traducían la protesta universal contra los efectos deshumanizadores que derivaron del desarrollo del capitalismo moderno en Europa, y de la inserción del Puerto Rico en los circuitos del mismo en una condición asimétrica por colonial, durante la primera mitad del siglo 19. No todos aquellos grupos ideológicos desembocaron en el anticapitalismo, como fue el caso de una diversidad de tendencias antisistémicas. Pero la voluntad de re-humanizar el mercado y la sociedad a fin de crear un orden más educado, justo y e igualitario era moneda común.

Es importante llamar la atención, sin embargo, sobre un hecho incontestable. No todos los activistas siguieron el modelo de Ruiz Belvis y no todos los masones articularon una praxis activista como la de aquel. Cualquier generalización en esa dirección siempre será cuestionable. Las formas que tomó el activismo político social y masónico, en especial los debates al interior de los grupos que se pueden documentar en Europa y Puerto Rico no dejan dudas al respecto. El activismo político social y la Masonería mostraron una originalidad extraordinaria a la hora de enfrentar los conflictos de su tiempo. Pero el hecho de que ambas vías representaban una protesta contra un orden considerado inicuo y retrógrado por su identificación con los valores del Antiguo Régimen también es irrefutable. La Racionalidad, la Libertad y el Progreso al que aspiraban era el mismo. La pregunta que hay que responder es cómo el activismo político social y el masónico se compenetraron en la figura del abogado de Hormigueros.

 

Segundo Ruiz belvis

Ruiz Belvis y Betances Alacán masones

De acuerdo con el investigador Oscar Gerardo Dávila del Valle, en 1866 existían en Puerto Rico tres grupos de obediencias masónicas: los orientes españoles, las adscritas a la Gran Logia de Colón de Cuba fundada en 1859, y las adscritas a la Gran Logia de Santo Domingo surgida de un proyecto de rehabilitación de la hermandad iniciado en 1858. Aquellas convivían con una masonería de filiación estadounidense que algunas vinculan a Filadelfia. Fue en la logia Unión Germana número 8, fundada acorde con esta fuente el 26 de julio de 1866 en San Germán, de oriente dominicano, donde se ordenó. La afinidad política con la causa dominica y su lucha por restaurar la independencia frente a España durante los años 1861 a 1863 culminó en afinidad masónica.

Acorde con algunas fuentes, allí laboró hasta 1867 y alcanzó el grado de Gran Maestro lo cual es poco probable dada la complejidad de los requerimientos de este tipo de órdenes para un ascenso de esa naturaleza. Otras fuentes sugieren que Ruiz Belvis auxilió a Betances Alacán en la fundación de la Logia Yagüez número 10 también de oriente dominicano.  Los comentaristas sugieren que esa logia “nunca tuvo solar”, se reunía en “templo abierto” y practicaba la “masonería forestal” propia de los “carbonarios”. Aparte de Ruiz Belvis y Betances, componían la misma algunos de los expulsados a raíz del “Motín de los Artilleros”, que ingresaron al “Comité Revolucionario de Puerto Rico” en Santo Domingo y promovieron la creación de “Sociedades Secretas” camino de la insurrección de 1868 incluyendo a “Capá Prieto” de Mayagüez.

Aquel proceso nos informa sobre la diversidad ideológica en el seno de la Masonería. Si bien la filosofía masónica exigía profesión de tolerancia y neutralidad en temas religiosos y políticos, la reflexión sobre esos temas siempre estuvo presente. La diversidad es patente. Los investigadores han confirmado la orientación integrista, conservadora y asimilista de los orientes españoles, las afinidades separatistas anexionistas de algunas logias de oriente estadounidense y la orientación liberal, separatista independentista y antillanista de las logias dominicanas de aquellos años. Las tendencias no derivaban de la filosofía masónica sino de la heterogeneidad de las preferencias político-ideológicas de los hermanos masones.

¿Qué tipo de masones fueron Ruiz Belvis y Betances Alacán? A fin de comprender la situación de Ruiz Belvis y Betances Alacán en la Masonería voy a depender de un argumento de Dávila del Valle en un artículo de 1998. Este autor sugiere la existencia en la Masonería de una Masonería radical. Si uso el lenguaje de otro investigador del tema, José Antonio Ayala en un texto de 1989, las diferencias entre ambas eran obvias. A pesar de que coincidían en la “profesión de progresismo, tolerancia y amor al género humano”, en temas como la neutralidad en religión y política diferían.

La excepcionalidad de Ruiz Belvis y Betances Alacán como masones se relacionaba con ello. Su activismo entre 1856 y 1866 no dejaba duda de que fueron “masones radicales”. El “radicalismo” tenía que ver con lo que Dávila del Valle denomina la “herencia carbonaria” y “jacobina” que tuvo en Louis Blanc (1811-1882) y Giuseppe Mazzini (1805-1872) dos iconos. Es su conjunto, los tonos dominantes eran su republicanismo antimonárquico, el anticlericalismo feroz, su predisposición por la acción revolucionaria, su proximidad al “asociacionismo”, el “cooperativismo” y la “filantropía” y por su ansiedad por construir la “fraternidad universal” o “Liga de la Naciones” en el modelo de la “Anfictionía” kantiana.

Debo destacar dos asuntos de relevancia. No es difícil descubrir en ese conjunto coincidencias con el separatismo independentista, abolicionismo radical y la idea de la unión o confederación de las Antillas en una nación colectiva de pequeñas naciones. Tampoco es difícil percibir ciertas coincidencias con el pensamiento antisistémico que develaba las injusticias del capitalismo ascendente. Ruiz Belvis, si uso un argumento del investigador francés Paul Estrade en una conferencia de 2007 era un “masón inconforme” o un “heterodoxo dentro de la heterodoxia” como señalaba Dávila del Valle. Su actitud demostraba que siempre se podía ser más radical si la situación lo exigía.

Ramón E. Betances Alacán

La imagen del orden hispano-católico de la masonería

La imagen de Ruiz Belvis y Betances Alacán ante el orden colonial no era buena antes de 1866. Cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10, la misma empeoró. Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que se ajusta a la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. A Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, poseedor de un temperamento dominado por la “audacia”, el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido”. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Afirmaba que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

Pérez Moris, acorde con datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez, lo calificaba como un librepensador, materialista, partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. Un libre pensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Esa postura sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma. Entre librepensamiento y agnosticismo había numerosos puntos de conexión que el catolicismo rechazaba. Aquellas prácticas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis son leídos como un “defecto”.

El perfil de Pérez Moris sobre Ruiz Belvis, el masón radical, desemboca en una impresionante caricatura de la “crueldad”. De las anécdotas que adjudica al abogado de Hormigueros, la que lo describe como un “don Juan Tenorio” y un cínico que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores es poca cosa. Lo que realmente le preocupaba era el lenguaje ofensivo y sarcásticos que usaba al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”. Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que afirmaba que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente, aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. Lo cierto es que Ruiz Belvis tenía una relación profesional con el Obispo en el contexto de su proyecto de colegio se segunda enseñanza para la ciudad de Mayagüez en 1866. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con una acusación de que hipotecó la Hacienda Josefa de su padre y la echó perder y que personalidades como la suya y la de Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro” por lo que no merecen la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en cómo ofendían los valores hispanos y cristianos. Exageradas o no estas afirmaciones, la imagen de un revolucionario político y social que también era masón radical no era simpática para el régimen colonial. (…)

Una tarea por hacer

En julio de 1867, Ruiz Belvis y Betances Alacán tuvieron que tomar una decisión que los afectaría el resto sus vidas. La razón fue el “Motín de los Artilleros” de la capital. Las acusaciones de conspiración del gobierno español encabezado por el gobernador militar José María Marchessi y Oleaga, los dejaron ante dos opciones. O se sometían ante una autoridad que no respetaban, o tomaban la ruta del exilio y organizaban un proyecto revolucionario. Ruiz Belvis y Betances Alacán no tenían nada que ver con la conjura de la guarnición militar de la capital. El momento de romper con España que, según Betances Alacán, no podía dar lo que no tenía, libertad, había llegado. El 10 de julio era la fecha límite para presentarse o ser buscados bajo partida de arresto. (…) Santo Domingo, New York y Saint Thomas se convirtieron desde el verano de 1867 en refugio temporero de los dos perseguidos.

Desde Saint Thomas, Ruiz Belvis partió a cumplir una importante “misión política” ante las autoridades chilenas. Betances se mantuvo en el Caribe a fin de continuar agitando la cuestión de Puerto Rico. Se sabe que, en la travesía al sur, Ruiz Belvis pisó suelo colombiano y peruano antes de arribar a Valparaíso, Chile. Se presume que en los distintos puertos estableció contactos con aliados del proyecto libertario de las Antillas. Ruiz Belvis se convirtió en el primer “peregrino de la libertad” que buscó en la América Hispana respaldo material para la separación e independencia de Puerto Rico como preámbulo a una futura unión de las Antillas. (…) Al cabo de una poco elucidada travesía arribó al cono sur.

Sólo siete días sobrevivió Ruiz Belvis en Chile.  El 5 de noviembre el periódico El mercurio informó que el enviado puertorriqueño en cumplimiento de una “misión política” cerca de aquel gobierno, había fallecido.  El 30 de noviembre de 1867 el periódico Los Andes de Guayaquil, Ecuador, publicó un editorial en donde comentó su muerte.  Ruiz Belvis no era un desconocido en el continente.  La masonería aprovechó, al parecer, la situación para agitar la cuestión antillana.  El editorial en cuestión hacía un sucinto resumen de las actividades políticas de Ruiz Belvis a partir de la Junta Informativa de Reformas de 1867 y de la persecución y los destierros que sucedieron a la referida junta.  El autor ubicó a Ruiz Belvis al lado de los grandes libertadores de América, Santiago Mariño y Francisco de Miranda, y resaltó el espíritu hispanoamericanista de la empresa que desempeñaba en Chile.  El anónimo editorialista afirmaba que Ruiz Belvis “desde su sepultura en Valparaíso seguirá sirviendo a su país; seguirá siendo el promotor invisible de la independencia borinqueña.” (…)

La vida de Ruiz Belvis, el masón radical, comenzó en San Germán en julio de 1866 y terminó en Valparaíso en noviembre de 1867. Ruiz Belvis tenía apenas 38 años.  Falleció en la plenitud de su vida y en condiciones en extremo difíciles. En los libros de la Parroquia Matriz del Salvador en Valparaíso se anota que su deceso ocurrió el día 3 de noviembre de 1867 y que su entierro se celebró el día siguiente “con oficio menor en el Cementerio de esta ciudad.”  No recibió los sacramentos “por no haberlos pedido,” según informes del Vicario Jorge Montes. El día 4 fue trasladado al Cementerio número uno, tras el pago de $8.50 por un féretro de segunda clase y el derecho de enterramiento, suma saldada por un tal Antonio Cruz, posiblemente masón como el fenecido.  No consta si se realizó autopsia en el cadáver.  Queda claro que Cruz sólo pagó sepultura por un año.

Cuando la noticia llegó a las Antillas, Betances Alacán estaba inmerso en los preparativos de la insurrección.  De inmediato difundió una proclama fechada el 22 de diciembre de 1867 firmada por el “Comité del Oeste del Comité Revolucionario de Puerto Rico”.  Ruiz Belvis fue proyectado como un modelo a seguir cuando decía que “los hombres pasan, pero los principios quedan y triunfan.”  Lo calificaba como un “mártir de la santa causa de nuestra libertad” y atesoraba la esperanza de que su muerte motivara a los puertorriqueños a entablar una guerra frontal contra el dominio español.

En 1873 Eugenio María de Hostos Bonilla se acercó a su tumba: iba a “visitar al olvidado”.  Había realizado alguna investigación antes de lanzarse a la tarea de buscar aquel sepulcro.  Sus pesquisas le llevaron a concluir que Ruiz Belvis había llegado enfermo a Valparaíso.  Hostos Bonilla no se limitó a tratar de desentrañar aquella muerte y ese mismo año envió a Antonio Ruiz Quiñones, su hermano, un “voluminoso paquete” de documentos recibidos de manos del señor Juan de Dios Arlegui, Gran Maestro de las logias chilenas, quien se había hecho cargo de los mismos a la muerte de Segundo Ruiz Belvis. Nada se sabe del destino de esos pliegos.

Cuando Betances Alacán murió en 1898, Hostos Bonilla volvió a reflexionar sobre la muerte. Para el mayagüezano, Betances y él eran dos “enfermos del ideal”: esas personas que “entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal pasar.” Ruiz Belvis también encajaba en esa metáfora. Celebremos su memoria con las armas del conocimiento.

Fragmento de una conferencia dictada en la Logia Amor Fraternal número 1, Mayagüez, PR, 20 de mayo de 2018.

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