Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

marzo 18, 2021

San Juan/Ponce/Nueva York/La Habana: Trayectorias de Sotero Figueroa

La siguiente entrada incluye la vídeo conferencia del Dr. César A. Salgado, comparatista de la Universidad de Texas en Austin, sobre el tipógrafo, intelectual y conspirtador puertorriqueño Sotero Figueroa. La actividad fue realizada el 4 de febrero de 202 por invitación del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) del Departamento de Ciencias Sociales (RUM-UPR). La misma es comentada por el Prof. Mario R. Cancel (RUM-UPR). Invito a todos a elaborar una reflexión innovadora sobre el siglo 19 puertorriqueño.

marzo 15, 2021

La Ley Foraker (1900) : una introducción

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  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

Unos apuntes generales en torno a la Ley Foraker (1900) en la transciuón del Gobierno Militar al Gobierno Civil tras la invasión de 1898.

febrero 27, 2021

La epidemia reinante: notas al margen de un libro de Mayra Rosario Urrutia

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 1:04 pm
  • Mario Cancel Sepúlveda

Comentario en torno Mayra Rosario Urrutia (2018) La epidemia reinante. Llegada, difusión e impacto de la influenza en Puerto Rico, 1918-1919. San Juan: Laberinto. 131 págs.

En 2018 la Librería Laberinto inició su colección editorial con la publicación del libro La epidemia reinante. Llegada, difusión e impacto de la influenza en Puerto Rico, 1918-1919, obra de la Dra. Mayra Rosario Urrutia, catedrática e historiadora adscrita al Departamento de Historia de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y conferenciante de historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en San Juan Antiguo. La relevancia que ha ganado este tema desde marzo de 2020 no puede ser puesta en duda.

La Dra. Rosario Urrutia, quién ha estudiado con cuidado las primeras décadas del siglo 20 a la luz de la prohibición del consumo de alcohol en el contexto de la Ley Jones de 1917, vuelve a indagar aspectos poco trabajados de aquel momento en el país. En términos historiográficos este volumen invita a conocer mejor un periodo, como tantos otros, poco visible en la historiografía. Todo sugiere que el “espesor” que se adjudica al 1898, momento de la invasión, y al 1929, momento de la crisis del capitalismo internacional y de la relación colonial establecida en 1900, son suficientes para explicar el “olvido” o la condición de “años en blanco” del 1918 y el 1919.

La lectura de este volumen, cuyo argumento central se apoya en el concepto metafórico “memoria traumática”,  permitirá una comprensión  más profunda de este problema. Para el estudioso de la historia de la “epidemia reinante”, una expresión recogida de la prensa de la época, el texto servirá no sólo para evaluar las razones de la omisión sino que también ofrecerá pistas para aclarar los mecanismos que definen los intereses de los historiadores y los lectores concretos en entornos precisos. La experiencia de la lectura de este volumen posee, en consecuencia, diversos valores.

Lo cierto es que en los últimos años el peso del “presente” se ha hecho más notable en la determinación de las direcciones investigativas de numerosos historiadores. El renacimiento del interés en los desastres cualificados como naturales, ha confluido en una invitación a la relectura de fuentes hoy consideradas clásicas con una mirada fresca, a la vez que ha promovido la invención de fuentes y miradas nuevas. El huracán María de 2017, los terremotos de diciembre y enero de 2019 y 2020, y la pandemia de Covid 19 desde marzo de 2020, no han hecho otra cosa que reafirmar el papel determinante del presente en la figuración del pasado.

El discurso de la autora gira alrededor de 3 nudos. El primero tiene que ver con el tema de la “censura” y el “trauma”, fenómenos medulares para comprender la omisión o el silencio propuesto. En este espacio se establece una “teoría del olvido” que bien podría servir como modelo para la apropiación de otros problemas historiográficos que también habitan el leteo. En el caso del 1918 y el 1919, el peso que tuvo la situación bélica fue significativa. La pandemia surgió y fue gatillada por la llamada “Gran Guerra” (1914-1918) y fueron las bases militares y el regreso de los veteranos un acicate para su propagación. No debe pasarse por alto que la discusión de la etiología del virus estaba censurada por el hecho de que aquella podría afectar la moral de las tropas en tiempos de combate o la imagen de unos aliados triunfantes ante el Imperio Alemán. Es asunto del terremoto de San Fermín de octubre de 1918, cumplió la función de un segundo violín siempre oculto detrás de todo aquel entramado.

La autora aprovecha aquel nudo para explicar el contexto biológico y social de los efectos del virus AH1N1, afección conocida también como la “muerte violeta”,  el “flujo” y la “grippe española”. La riqueza y la diversidad metafórica de las nominaciones del mal, expresa bien la confusión que la medicina tenía con respecto al orden de aquella enfermedad. La “epidemia reinante”, una frase de talante modernista con remedos simbolistas, afirmaba el carácter todopoderoso del padecimiento a la vez que alimentaba y bruñía el “miedo” imperante, asunto que debería ser tratado con sumo cuidado en otras investigaciones. La ciencia, la popular y la académica siempre inciertas, se empantanó en la nominación confundiéndola con el dengue o el trancazo, concepto que en la lengua coloquial española sugería un catarro fuerte. Entre la censura oficial y la devaluación del peligro existía una relación que valdría la pena discutir en otra ocasión.

El segundo nudo ostenta un valor  informativo extraordinario. Su lectura ofrece un cuadro de las tres etapas de la pandemia en el país. Una primera que comienza a mediados de junio y termina a finales de septiembre de 1918; una segunda que comienza en octubre de 1918 y termina en enero de 1919; y una tercera que comienza en enero y cierra en mayo de 1919. La autora se ocupa de precisar el lenguaje con el cual las autoridades sanitarias gubernamentales y la Cruz Roja de Puerto Rico se ocuparon de explicar el fenómeno para consumo público. También establece las teorías formuladas para glosar el arribo de la influenza al territorio en medio de la censura impuesta por las autoridades federales.

Llama mucho mi atención el empeño del gobernador Arthur Yager, un funcionario tildado como irresponsable en la correspondencia particular de José Celso Barbosa existente en el Archivo de Roberto H. Todd por sus afinidades con el Partido Unión de Puerto Rico. Pero lo más sorprendente es el descuido con que las autoridades federales utilizaron un argumento político-jurídico legitimado desde principios de siglo, me refiero a la condición de territorio no incorporado de Porto Rico, para negarle al país la ayuda humanitaria en paridad con los demás estados de la unión.

Todo parece indicar que históricamente la desidia y la indolencia se imponen en las autoridades estadounidenses cuando se trata de emergencias colectivas en Puerto Rico. Una lectura política entre líneas devuelve al lector al territorio de la batalla de las  “razas” o “culturas”, un engendro interpretativo persistente en la cultura política que impregna la relación entre un proverbial “ellos” y “nosotros”. Imposible pasar por alto las expresiones innovadoras de aquel prejuicio expresados desde septiembre de 2017 al presente. El diseño de las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos y la representación que han manufacturado aquellos de los puertorriqueños, esto es una broma teórica, parece ser un asunto propio de la larga duración braudeliana: cambia tan lentamente que parece que no cambia.

El tercer nudo tiene que ver con las reflexiones finales y los recursos que la autora ofrece para crear en el lector un mapa mental de aquella tragedia colectiva. El volumen posee un interesante balance en términos de los recursos a los que recurre su interpretación. Se trata de un interesante juego entre el análisis social y análisis cultural con el cual se consigue una representación más holística del problema historiográfico planteado.    

El sentido del análisis cultural en este libro posee una peculiar complejidad. El  comentario en torno a la metaforización bélica en el lenguaje médico y su presencia en la prensa diaria es por demás valioso. La disciplina médica, la política y la guerra poseen intersecciones lingüísticas muy particulares.  La recurrencia al lenguaje bélico en momentos en que se ha ganado una guerra  debía ser considerada capaz de comprometer emocionalmente al que lo escuchaba. Esa práctica también ha sido documentada en el lenguaje religioso de su tiempo. La meta común parece haber sido estimular una actitud de cruzada, guerra santa o compromiso en donde la euforia patriótica, cívica y moral eran difíciles de distinguir una de las otras.

La actitud sumisa y colaboracionista de las masas populares, independiente de la fragilidad de sus bases, era considerada la garantía, ilusoria por demás, de paz social. La amenaza que se pretendía conculcar debía ser respaldada moral y materialmente por todos como una unidad. En cierto modo, y esto puede parecer un atrevimiento mayor, actuaba como un discurso paralelo al que se había apelado desde el unionismo puertorriqueño en el largo proceso de construcción de una identidad nacional o regional. Aquella actitud recuerda la insistencia de las autoridades del presente en el sentido de que el encierro, la cuarentena o el lockdown en medio de la epidemia de Covid 19, ha estimulado la reconstrucción o recuperación de un tipo de familia ideal que realmente no ha existido, no existe y no existirá. De ese tipo de ilusiones parece llena la contradictoria situación que emana de este tipo de emergencias.

Este asunto de la metaforización posee diversos rostros. Durante el siglo 19, por el contrario, se utilizó el lenguaje médico para criticar los esfuerzos políticos del separatismo y el laborantismo revolucionario. El periodista conservador  José Pérez Moris, es su obra clásica sobre la insurrección de Lares publicada en 1872, insistía en tratar el separatismo como un “virus” cuya  difusión debía ser frenada a toda prisa. El hecho de que en Puerto Rico la cabeza de ese movimiento ideológico fuese un médico, Ramón Emeterio Betances, con experiencia epidemiológica, explicaba  su argumento. El juego de las metáforas de este tipo aplicadas al juicio de realidades concretas a lo largo de los siglos 19 y 20 no deja de ser un tema apasionante y poco trabajado en la investigación profesional. 

Otro elemento significativo del volumen es la apelación cuidadosa que hace la historiadora a la biopolítica, artefacto ligado a Michel Foucault. Su utilidad para la interpretación de la pandemia de 1918 y 1919 y la de 2020 es incontrovertible. Las condiciones de la emergencia estimulaban al Estado, de por sí poderoso, a controlar y disciplinar con más rigor a la gente. El miedo a la amenaza mortífera del virus legitimaba el asedio.  Las políticas higiénicas durante las pandemias son históricamente un laboratorio de control social que promueve y valida regímenes autoritarios. La diferencia entre el motivo invisible del terrorismo y un virus, por pensar en un modelo simple, es de grado.  La seguridad y la libertad entran en tensión siempre en condiciones como las aludidas.

En tercer lugar resulta culturalmente interesante el análisis de la “confusión” que generaba un desafío desconocido en la forma de un virus. En el caso del 1918 y 1919 la vacilación tenía que ver, según se ha dicho, con el nombre: gripe, influenza,  dengue, trancazo o catarro fueron utilizados indistintamente como nominativos. Aquella incertidumbre proyectaba bien las limitaciones de la ciencia médica en todos los tiempos. Leer este libro desde el hoy bajo la amenaza del Covid 19 orienta al lector sobre actitudes comunes al acá y el allá temporales. Todavía hay sectores de la comunidad que no confían en el criterio médico respecto a la peligrosidad del Covid 19.

De igual modo, tanto en 1918 y 1919 como en 2020, se apeló a remedios populares como la ingesta de licor para frenar su amenaza. Claro que en 1918 y 1919 la situación poseía sus peculiaridades dado el hecho de que la prohibición había desarticulado la venta de licor para el consumo de entretenimiento. En ese sentido una moralidad estrecha era objeto de la crítica de la voz popular y una justificación más para delinquir. En 2020 se trata más bien de un reclamo de defensa de la libertad individual cada vez que se aplica la Ley Seca, un tipo de prohibición en miniatura, en medio de la pandemia.

En cuarto lugar llama la atención la discusión que la autora desarrolla sobre la antes comentada “memoria traumática” y el papel del olvido de este tipo de eventos. La “memoria traumática” es un artefacto teórico enraizado en el psicoanálisis clásico y cercano al concepto “represión”. Recuerda ciertas teorías sobre la mente y el olvido asociadas a Henri Bergson y su afirmación de que el cerebro es una máquina para olvidar y no una para recordar. Estos apuntes reafirman algo que ya se sabía:  la represión y la ausencia de memoria también son componentes activos de la conciencia que los seres humanos desarrollan de su situación en el tiempo y el espacio. La argumentación de la historiadora evoca la del teórico francés del siglo 19 Ernest Renan, y la del historiador marxista inglés del siglo 20 Eric Hobsbawm en torno a la inscripción de la idea de nación en la Europa de sus respectivos siglos. La elucidación de los criterios de selección durante el proceso de recordar u olvidar, conscientes o no, permiten “mejorar el ayer”, es decir hacerlo más  comprensible, tal y como lo había sugerido en lúdico y complejo ensayo Jörn Rüsen.

Claro está, en el caso particular de la influenza, el olvido fue justificado por la censura oficial en medio del escenario bélico. Pero también, me parece, aquello tuvo que ver con el hecho de que los efectos de un desastre de aquella naturaleza lesionaban la imagen de la “promesa de modernización” emanada del 1898 puertorriqueño. La representación de Porto Rico, los portorriqueños y su pasado que habían producido los observadores estadounidenses había insistido en la falta de higiene, la suciedad y la insalubridad del territorio recién ocupado. Su  pasado epidémico era un lugar común que siempre llamaba la atención en sus discursos. En 1918 y 1919, la gravedad de la influenza superaba por mucho aquel pasado atroz.

Si el “trauma” y el “olvido” se “sanan” con el “recuerdo” es un asunto que no estoy en posición de discutir. Un libro sin su lectura cuidadosa y sin una difusión/discusión sistemática nunca será suficiente para ese fin. En el campo intelectual puertorriqueño esas condiciones nunca se dan. La lectura de este volumen  deja la impresión de que, en efecto, no se aprende del pasado. Mi pesimismo filosófico me dice además que nada garantiza que, incluso conociéndolo bien, no se caiga en los mismos errores. La historiografía no es ni una buena ni una mala maestra. Su eficacia depende de quienes la poseen como un bien valorable. El hecho de que la autora esté en posición de anotar “teorías de la conspiración” qué responsabilizaban a los chinos y a los alemanes por la pandemia, o sugerir la proliferación de “curas milagrosas” al mal tales como la ingesta de ron o alcohol, demuestra lo que llevo dicho.  

Desde el punto de vista de la historia social la autora se cuida de demostrar que había una relación muy estrecha entre las condiciones emanadas de la guerra que tenían que ver con la escasez de alimentos, una dieta inadecuada sintetizada en los puertorriqueños “pechihundidos” que anotaba Eugenio María de Hostos en alguna de sus observaciones del 1899, y la tragedia colectiva de la pandemia. Por más que se insista en que aquella fue una pandemia “democrática” porque tocó a gente de todas las clases sociales, sus víctimas idóneas estaban en las capas de desposeídos y productores directos mal pagados por el capitalismo de su tiempo.

Los valores generales de este libro son diversos. La obra de la Dra. Mayra Rosario Urrutia alimenta una visión más justa de la situación general de la salud en la recién adquirida colonia estadounidense. Sus observaciones desdicen la idea de que el progreso y la modernización calaron de manera homogénea aquel  territorio adquirido por la fuerza. Por el contrario, confirman que la desigualdad seguía allí y que había adquirido rasgos más ominosos. La imagen del Puerto Rico que se recoge de la lectura de libros como este ponen en duda la concepción que del territorio querían proyectar los gobernadores coloniales en sus informes anuales durante la misma época.

noviembre 15, 2020

Reescritura y divertimento: pensar el panorama electoral

Filed under: Historia de Puerto Rico contemporáneo,Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 7:01 pm
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  • Mario R. Cancel Sepúlveda
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Fragmentos del panfleto Memoria e Historia: monólogos en torno a la historia reciente (inédito). Publicado originalmente en 80 Grados-Historia 31 de octubre de 2020

Primera estación: 1960

La década de 1960 fue crucial en el deterioro del poder electoral del Partido Popular Democrático (PPD). Esa es una afirmación por demás generalizada. Su hegemonía estaba bajo amenaza como si la magia de la segunda posguerra hubiese perdido eficacia al comenzar aquella década inquieta. Los procesos de industrialización y urbanización que le mantuvieron en el poder desde 1940 y estimularon la confianza irracional en los populares crearon las condiciones para el cuestionamiento de su poder. Una serie de circunstancias propiciaron el desprestigio del proyecto desarrollista dependiente que favorecían y, claro está, del Estado Libre Asociado como una entidad “soberana”. Aquel conjunto de factores facilitó el triunfo del estadoísmo en 1968 a través del recién fundado Partido Nuevo Progresista (PNP).

Lo primero que llama la atención del observador de los sesentas es el desarrollo de una confrontación “generacional” dentro del PPD. La denominada “vieja guardia”, representada por el liderato que había dado vida al partido en 1938, fue retada por una “nueva generación” encabezada por un conjunto de  líderes que habían crecido en medio del proceso de industrialización y urbanización al que los hombres y mujeres de Luis Muñoz Marín (1898-1980) , menos mujeres por cierto, había animado desde 1940. El choque entre ambas tendencias  maduró a principios de los sesentas y coincidió con el último cuatrienio de Muñoz Marín como gobernador.

La reacción inicial de la “vieja guardia”, como era de esperarse, fue oponer una resistencia cautelosa. Todo sugiere que una de las pocas figuras de poder que se identificó con la “nueva generación” fue el ingeniero mayagüezano Roberto Sánchez Vilella (1913-1997). Sánchez Vilella no solo poseía un “estilo” distinto al de Muñoz Marín sino que se había proyectado como uno de posibles sucesores del vate para las elecciones de 1964. Su alianza con la “nueva generación” se profundizó cuando sus choques con Muñoz Marín se hicieron más intensos.

La “nueva generación” se organizó alrededor del llamado “Grupo de los 22”, asociación fundada en Manatí. Algunas de las figuras, entre los ya fallecidos, que llaman la atención de aquel colectivo fueron el abogado y profesor Juan Manuel García Passalacqua (1937-2010),  el legislador Severo Colberg Ramírez (1924-1990) y el gobernador Rafael Hernández Colón (1936-2019). Entre los que aún viven habría que destacar a Victoria Muñoz Mendoza (1940- ), una  personalidad que sigue siendo uno de los pilares simbólicos del PPD a pesar de su silencio, el abogado Marcos A. Rigau (1946- ), el historiador y profesor Samuel Silva Gotay (1935- ), el profesor y abogado José Arsenio Torres (1926- ) y el abogado independentista Noel Colón Martínez, entre otros. El grupo fundó el periódico Foro libre para expresar sus ideas.

Las críticas del “Grupo de los 22” a la “Vieja Guardia” al PPD fueron incisivas. En términos generales se quejaban de la poca participación que tenían los jóvenes en el partido y del  distanciamiento del pueblo común que la organización había desarrollado. El pueblo, alegaban con cierta nostalgia, había sido reducido a la condición de votante. Para algunos militantes del grupo, Muñoz Marín era ya un líder obsoleto que había cumplido su función histórica y debía abrir paso a los más jóvenes.

Visto desde la distancia, de lo que se trataba era de una lucha abierta por el control de una maquinaria política exitosa. La confrontación se justificada sobre la base del reconocimiento de que la política práctica en la era industrial y urbana ya no podía hacerse con las tácticas que habían sido exitosas en el Puerto Rico agrario y rural que produjo la experiencia del primer PPD, el de las elecciones de 1940, una lógica por demás comprensible. Claro está, la racionalidad no era el mejor aliado cuando en medio de una competencia por el control de una maquinaria y el acceso al poder.

Los efectos de las críticas fueron diversos. Por una parte, promovieron la discusión ideológica y llamaron la atención sobre la necesidad de revisar no solo al partido sino el ELA, su obra más acabada,  en busca de “más soberanía”. Aquella había sido también una preocupación de Muñoz Marín, por cierto, pero en la década del 1960 el lenguaje se tornó más exigente y miró en otra dirección. Lo cierto es que algunos ideólogos de la juventud del PPD reconocían los rasgos coloniales del ELA y confiaban en la buena voluntad de las autoridades estadounidenses respecto al país, actitud que recordaba la de la clase política de principios del siglo 20. Uno de los críticos fue el abogado y escritor Vicente Géigel Polanco (1904-1979) quien acabó militando en el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP). Otro fue el historiador y jurista,  José Trías Monge (1920-2003) quien llegó a ser Juez Presidente del Tribunal Supremo.

Un segmento significativo de la intelligentsia del PPD, favorecía la idea de “culminar” el ELA sobre la base de una mayor soberanía respecto al gobierno federal, pero temían que en ese proceso se les confundiera con los nacionalistas y los independentistas a quienes tanto y con tanta pasión habían atacado. Otros buscaban la profundizar la  identidad del ELA con los demás Estados de la unión sin que tuviera que serlo. Al PPD le resultaba más llevadero buscar aliados en el estadoísmo que en el independentismo. El atasco más importante en el proceso de revisión del ELA, aparte del desinterés del Congreso de Estados Unidos, ha sido ese.

La “vieja guardia” se organizó alrededor del “Grupo de Jájome”, localidad de Cayey donde ubica la residencia veraniega del gobernador. La tropa de Jájome estuvo encabezado por los abogados Santiago Polanco Abreu (1920-1988) y Luis Negrón López (1909-1991), personas de la confianza de Muñoz Marín. En medio de aquella pugna se decidió el retiro político de Muñoz Marín. El anuncio se realizó en una Asamblea celebrada en Mayagüez (1964) donde se impuso la candidatura de Sánchez Vilella a pesar de las protestas intensas de una multitud que no estaba en condición de desprenderse de su caudillo político. El fenómeno Luis Muñoz Marín en los 1960 y el fenómeno Pedro Rosselló González (1944- ) en los 2000 poseen interesantes paralelos en el renglón de las pasiones. Lo cierto es que el retiro de Muñoz Marín fue un giro histórico pero no inesperado. El líder o no quería o no se sentía capaz de gobernar con la “nueva generación” y abandonaba sus aspiraciones por el bien de la unidad del partido.

¿Qué había cambiado? En 1964 Puerto Rico era otro -urbano e industrial- y se reconocía que Muñoz Marín representaba un pasado dejado atrás. Las campañas políticas directas con el pueblo que habían caracterizado al PPD desde su fundación en 1938, apoyadas en el micro y el macro mitin, habían cumplido la función de comprometer emocionalmente a la gente con unas estructuras político-partidistas en las que antes había desconfiado desde mucho antes de los “tiempos de la Coalición”. El “poder moral” y el “carisma” del caudillo fueron claves en la recuperación de aquella confianza.

La evolución de los medios de comunicación masiva alteró el panorama. Aquellos escenarios artificiales del mercado se convirtiendo en el espacio ideal para el rediseño de la opinión pública. La radio estaba accesible en Puerto Rico desde 1922 -WKAQ en San Juan fue la primera de ellas-, y entre 1934 y 1937 se inauguraron la WNEL también en la capital, la WPRP en Ponce y la WPRA en Mayagüez. En 1954 apareció la televisión y ya en 1958 había radio y televisión del Estado. Aquellos fenómenos tecnológicos innovadores, junto con el desarrollo de la prensa diaria masiva, afectaron la formas de hacer política militante en el país. La despersonalización del liderato político no dejó de avanzar hasta el presente y, por el contrario se profundizó en el marco de la revolución digital: el líder se ha reducido a la condición de un avatar y el compromiso a la de un icono.

A la altura del 1968 la sátira política televisada, “Se alquilan habitaciones” ligada a la actriz y escritora Gilda Galán (1917-2009) que se transmitía por el Canal 11, llamaba mucho la atención. La sátira fue tan intensa que el programa fue sacado del aire varias veces por presiones políticas del Partido Nuevo Progresista cuando aquel accedió al poder. Ese mismo año se fundó el grupo musical satírico “Los Rayos Gamma”,  obra del ingenio del periodista y comediante Eddie López (1940-1971), quien falleció víctima del cáncer en plena juventud. Y en 1969 ya se difundía la serie de pasos de comedia y crítica, “Esto no tiene nombre”, producido por Tommy Muñiz (1922-2009) para el Canal 4. La mordacidad inteligente y seductora de la sátira se unió con la crítica seria de programas como “Cara a cara ante el país”. Aquellos esfuerzos democratizaron la relación entre la gente, el Gobierno y el Estado y estimularon la desacralización de la figura del líder. El humor y la sorna en torno a los actos de la clase política siempre habían estado allí, es cierto, pero el poder de los medios multiplicó sus efectos. El 1968 puertorriqueño tuvo un carácter distinto al de París y el México pero allí está, esperando que se le mire de manera atrevida y se le desmenuce.

Segunda estación 1990

La expresión de las preferencias electorales en Puerto Rico nunca ha sido un acto racional y pensado. Ser elector “flotante” o del “corazón del rollo” no es resultado de la reflexión sino de la pasión. La presunción de que el primero es “crítico” y el segundo es “acrítico” simplifica un problema complejo. En los entresijos del bipartidismo insano post 1968, ser “flotante” no ha sido otra cosa que votar a veces por el PNP y otra por el PPD. Con ello no se resolvía nada sino que se entraba en un círculo vicioso de locura. En la década de 1990 la situación se hizo más patente: votar significaba “comprar” una “imagen” metamorfoseada en “promesa” de “progreso” una y otra vez. Los fracasos que acumulase aquel objeto del deseo o las concepciones que representase, nada tenía que ver con la elección: el elector, como el consumidor conspicuo, no leía las letras pequeñas de la etiqueta del candidato. Tampoco lo hace hoy.

Las cicatrices de la partidocracia bipartidista ya eran visibles. La campaña de 1992, en especial el debate de los candidatos a la gobernación, un espectáculo de medios más; y la de 1996, centrada en “Espectacular 1996”  en la cual el PNP apeló al lema “Lo mejor está por venir”, fueron cruciales. Rosselló González, el  top model político criollo teorizado por el sociólogo Paul Virilio, se impuso.

La mediatización y espectacularización del espacio electoral, de la discusión pública y del tema del estatus, tendencia que había comenzado en los 1960, redundó en la simplificación del debate público y en que ninguno de los asuntos bajo discusión fuese visto como un “problema intelectual”. Aquel antiintelectualismo, que tantos buenos ejemplos tiene en la politología comercial del presente, limitaba la victoria electoral a factores como la “publicidad” y la “imagen”. Si usted quiere ser otra persona, postúlese para un puerto público por cualquiera de los partidos políticos existentes y a la larga no podrá reconocerse ante el espejo.

Las elecciones  se convirtieron en un acto de “consumo” de objetos del deseo que podían ser descartados cuando no alcanzaban la mayoría. El giro transformó al “sondeo” y la “encuesta” de opinión en una clave del proceso electoral pero, en la realidad de las cosas, esos recursos de mercado no “medían” la opinión. Más bien la “creaban” y la “timoneaban” a la vez que favorecían su “liquidez”, concepto que tomo del sociólogo Sygmunt Bauman. Cuando se observa detenidamente el proceso de mediatización y espectacularización de la política electoral y, claro está estatutaria, que comenzó durante la campaña plebiscitaria de 1967 y los comicios de 1968, y se vuelve la mirada hacia la década de 1990, tengo que aceptar que la tendencia había alcanzado un extremo insospechado. El candidato con posibilidades no era otro el top model político. ¿Qué decir de las de 2020 cuando se cuenta con el primer top model político independentista? Prefiero el silencio más respetuoso y cínico en torno a ello.

De modo paralelo,  la discusión se hizo más superficial hasta imponerse una discursividad kitsch caracterizada por la frivolidad y, en ocasiones, la vulgaridad. A fines de la década de 1990, ya era posible la imagen distorsionada, absurda y cómica de Edwin Rivera Sierra, alias “El amolao”, ingiriendo “palmolives” o cervezas Heineken. El hecho de que en el 1998, cosas de la alegre post Guerra Fría, ese funcionario viajara a Rusia a fin de adquirir una estatua gigantesca de Cristóbal Colón producto del artista Zurab Tsereteli (1934- ) es, quizá, el mejor modelo de lo que llevo dicho. La vida pública de Antonio “El Chuchin” Soto Díaz (1949-2016) y el episodio del auto Bentley de lujo en 2011 que alegó le habían obsequiado, ratifican que la tendencia se ha radicalizado dejando la discusión política en el campo del entretenimiento.

El fenómeno del “político vociferante”, cuánto no gritan desde el atril del capitolio,  fue poblando la praxis administrativa local e invadiendo los medios de comunicación masiva. De modo paralelo la sátira como expresión teatral seria que repuntó en la década de 1960 y 1970, evolucionó en la dirección de la industria del chisme y el cotilleo más o menos profesional. La distancia entre el programa televisivo “Se alquilan habitaciones” encabezado por Gilda Galán en 1968, y  la discursividad irritante de Antulio “Kobbo” Santarrosa y el personaje de la “La Comay” en SuperXclusivo entre 2000 y 2013, es enorme. El contrate demuestra que el gusto de la teleaudiencia también ha cambiado en los últimos 40 años. La sátira política seria hoy, parece desviarse hacia los espacios de comunicación innovadores generados por la revolución tecnológica: la internet y las comunidades virtuales de imágenes fijas o en movimiento, son un lugar preciado para la expresión de este arte social en tiempos de crisis.

Y el futuro de Puerto Rico… ¿qué? La opinión sobre el futuro político de Puerto Rico, es decir, del Estado Libre Asociado colonial, no cambió entre 1993 y 1998. Las consultas de aquellos dos años tan emblemáticos fueron administradas por el PNP en el poder durante la larga administración Rosselló González. La finalidad de aquellas parece haber sido auscultar el crecimiento del estadoísmo mediante la estadística infalible: la consulta directa al electorado pagada con fondos públicos. El hecho de que el fin de la Guerra Fría hubiese promovido la imagen de que la década de 1990 sería adecuada para la “descolonización” y la popularidad frenética con la personalidad del gobernador, justificó los dos procesos.

Los resultados no fueron los que los estadoístas esperaban. El ritmo de crecimiento del estadoísmo, que había sido acelerado entre los años 1968 y 1984, se lentificó al final de los 1990 y hoy parece en franco retroceso. Todo conduce a concluir que la división del PNP y la aparición del Partido Renovación Puertorriqueña (PRP) tras el conflicto entre Romero Barceló y Hernán Padilla (1938- ) fue  responsable en parte del fenómeno. Los efectos de la división de 1984 en el largo plazo no han sido estudiados todavía pero las heridas que produjo nunca sanaron del todo. Las  probabilidades reales de que el estadoísmo superara el 50 % de las preferencias de los votantes en las consultas de 1990 eran pocas. Para aquellos que observaban ese desarrollo desde afuera del estadoísmo resultaba evidente que no todos los votantes del PNP estaban comprometidos con la estadidad. Los expertos comenzaron a denominar ese fenómeno, como se sabe, como un electorado “flotante”.

El plebiscito de 1993 trató de aprovechar la “ola rossellista” surgida de la contienda electoral en la cual se derrotó a una débil candidata popular: Muñoz Mendoza. Los resultados de esta no dejan de ser sorprendentes:

  • ELA 826,326 (48.6%)
  • Estadidad 788,296 (46.3%)
  • Independencia 75,620 (4.4%)

En un contexto amplio los porcentajes no dejaban de ser halagadores para el estadoísmo. Comparado con los resultados del plebiscito de 1967 -el 38.9 %-, el avance de la opción de la estadidad era significativo pero no decisivo. Para el PPD no se trataba de buenas noticias. En 1967 la “montaña” estadolibrista había alcanzado el 60.4 % de las preferencias, hasta caer al 48.6 % en 1993. Las potencias de la partidocracia bipartidista estaban balanceadas.

El problema era que  en la década de 1990 se sabía que el Congreso no aceptaría una mayoría plural para autorizar la incorporación y la estadidad. Lo más probable era que se le requiriera una  supermayoría, es decir, hasta  dos terceras partes de las preferencias. La exigencia de una supermayoría tuvo el efecto de fomentar el inmovilismo o la desesperación. El debate sobre la cuestión de la supermayoría se articuló de una manera predecible y reflejó las aspiraciones y prejuicios políticos subyacentes en cada uno de los casos. El PPD y Hernández Colón tuvieron algo que celebrar porque veían en ello una garantía de que para los estadoístas era una meta inalcanzable. El PNP y Carlos Romero Barceló (1932- ) evaluaba la condición como un acto “injusto” y hasta antidemocrático. Y el  PIP y Rubén Berríos Martínez (1939- ) la rechazaban porque la independencia era un derecho que no dependía “de la imposición de mayoría alguna”, expresión con la que reconocían su poca visibilidad en la preferencia de los electores puertorriqueños.

Lo cierto que en 1993 el PNP y la estadidad no tenían siquiera la mitad más uno del apoyo electoral y muchos pensaban que nunca lo conseguiría. No lo ha conseguido, de hecho, a la altura del 2020. La cuestión del estatus se “empantanó” por una diversidad de razones. La debilidad del independentismo electoral que sólo consiguió el 4.4 % en la consulta de 1993, es una de ellas. El balance de fuerzas entre el Estado 51 y el  ELA, y el escollo que ponía el Congreso al hablar en términos de una  supermayoría completaban el cuadro. En el “arriba social” no había voluntad para el cambio. En el “abajo social” se imponía la apatía y el desinterés producto del desconocimiento de la situación real del país y los avances de una sociedad de consumo de nuevo cuño en el contexto de la revolución digital, entre otros asuntos. La virtualización e irrealización, los tiempos del slacktivismo o la militancia de sillón, estaban a la vuelta de la esquina.

Tercera estación:  2010

En 2012 los observadores del proceso electoral pensaban que el PNP iba a revalidar en los comicios. Yo era uno de ellos, lo confieso. La victoria de Alejandro García Padilla (1971- ) sorprendió, pero el hecho era comprensible a la luz de la erosión de la imagen de la administración Luis Fortuño Burset (1960- ). Varios elementos favorecieron su triunfo.

Uno fue su recurso a un lenguaje (neo)populista que recordaba al PPD de los años 1938 y 1940. El 25 de julio de 2012 García Padilla ofreció un discurso en la conmemoración del ELA en la ciudad de Mayagüez vestido de impecable blanco como Muñoz Marín en sus mejores años. En tiempos de crisis la nostalgia podía desarticular la desconfianza de mucha gente. Otro recurso fue la promoción de una  imagen de líder cercano a la gente que desarrolló cuando ejerció como Secretario de Departamento de Asuntos del Consumidor entre el 2005 y el 2007. Parece que en Puerto Rico esos índices emocionales son suficientes para movilizar al electorado popular e indeciso. Los pilares de la victoria fueron varios.

  • Primero, la promesa de enfrentar el asunto del estatus o de iniciar una discusión serena sobre el mismo.
  • Segundo, enfrentar de la crisis fiscal poniendo el pueblo por delante de los acreedores. Se trataba de dos artificios que no podía cumplir pero de eso precisamente se ha tratado la política colonial desde hacía mucho tiempo. Eduardo Bhatia Gautier (1964- ) y su reclamo para que el pueblo hablara fue importante en aquel tenso momento.
  • Tercero, su compromiso de afrontar la crisis económica que se había acelerado desde 2005. La oferta de crear 60,000 empleos y el hoy olvidado proyecto económico del Dr. Ángel Rosa, eran parte de sus municiones.

Un elemento importante de todo ello fue la seducción que provocaba su confianza inocente en la capacidad del país para enfrentar las contrariedades más complejas. El estancamiento y el decrecimiento de la economía ha sido uno de los ejes de la crisis fiscal, la relación entre ambos componentes es dialéctica. El otro elemento fue el tema del estatus colonial que ha servido de entramado para aquellas crisis. La interrelación de esos tres componentes es innegable y no se puede resolver la una sin resolver las otras y viceversa. En ello radica la dificultad de la situación del país.

La devaluación el crédito y el cierre de los mercados financieros minaron el poco prestigio que le quedaba al ELA y minaron la unidad del PPD: el país era gobernable pero el PPD no. El debate al interior del partido por el asunto de IVA y la rebelión de los soberanistas encabezados por Carmen Yulín Cruz (1957- ) lo ratifican. El fracaso de esta figura en la primarias de 2020 no se podía vislumbrar en aquel momento. Me parece que la unidad perdida en 2013 no pudo ser recuperada a la altura de las elecciones de 2016. En 2020 aquella unidad no es sino otro elemento de la nostalgia que habita esa organización. La crisis de grande proporciones que se vive silenció a las voces más confiables y le dio voz a los acólitos. La imagen de que el PPD se derrumbaba era precisa.

Un último punto: la tolerancia, a pesar de todo, ganó terreno durante aquel cuatrienio de García Padilla. La discusión, atropellada y superficial en ocasiones, de algunos asuntos ambientales, tocantes al género, al cannabis medicinal y recreativo y a las minorías legales o ilegales, resultó refrescante. El problema, me parece, es que su utilización para fines político-partidistas era muy obvia y generó contradicciones. El liderato PPD quería rejuvenecer su imagen de organización liberal y abierta. No funcionó: el tono de Charlie delgado Altieri (1960 – ) dramatiza un retroceso en ese sentido en 2020.

En cierto modo, la justicia y el partidismo son asuntos que chocan. Los discursos por sí solos no subsanan los defectos de una cultura dominada por el prejuicio, el discrimen y el conservadurismo. La elecciones de 2016 dramatizaron un retorno que fue en realidad un regresión. Eso me consta desde, en medio de la calle de la Fortaleza bajo una refrescante y pertinaz llovizna acompañado de mis dos hijos, fui testigo de los primeros momentos del verano del 2019.

Cuarta estación: hoy

¿Y ahora qué? Bienvenido 2020. Miraré con calma la fisonomía de este abismo ante el cual me encuentro previo a emitir cualquier opinión. El vértigo puede ser un aliado.

Fuentes de las reescrituras

Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (15 de noviembre de 2009) “Vicente Géigel Polanco y la Ley 600” en Puerto Rico entre siglos

Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (15 de noviembre de 2009) “José Trías Monge y el ELA” en  Puerto Rico entre siglos

Mario R. Cancel-Sepúlveda (7 de mayo de 2013) , “La crisis del PPD (1960-1980): la política nacional en Puerto Rico entre siglos

Mario R. Cancel-Sepúlveda (26 de enero de 2016) “Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente XI” en Puerto Rico entre siglos

Mario R. Cancel-Sepúlveda (10 de noviembre de 2016)  “Cuatrienio de grandes retos para Alejandro García Padilla y el PPD: una mirada retrospectiva” en Puerto Rico entre siglos

noviembre 4, 2020

Lares: monólogo de un historiador

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

¿Cómo interesar a la gente del presente en un evento ocurrido hace 152 años? El problema es complejo porque se trata de un hecho emborronado al paso los años. Un proceso que fue sujeto a una campaña oficial de desprestigio desde el momento de su ocurrencia, así como a un ejercicio de omisión por parte de quienes, desde posturas ideológicas distintas a las que se adscribía el acaecimiento, reflexionaron sobre aquel en su siglo, unas veces celebrándolo y otras deformándolo y caricaturizándolo.

¿Cómo aproximar a la gente del presente a la Insurrección de Lares de 1868 más allá de la mirada de conmiseración por la derrota o la de admiración por el heroísmo del riesgo que se tomaron sus figuras? ¿Cómo evitar  que se registre y codifique a sus actores como si se tratara de un martirologio? Y claro está, ¿cómo concitar a quienes apropian la experiencia desde una perspectiva despreciativa o despectiva a que ajusten la mirada? ¿Vale la pena en verdad invertir en ese esfuerzo?

El problema es complicado, ya lo asumí. Incluso el historiador profesional necesita tomar distancia del objeto que observa para volver con una imagen fresca del fragmento de pasado que le seduce. Distanciarse requiere jugar un poco a la extrañeza y estar dispuesto a dejarse asombrar otra vez por asuntos que se presumían conocidos con precisión desde hacía tiempo. Lo cierto es, lo digo por experiencia, que los contextos conocidos y las fuentes respecto a un acontecimiento como la Insurrección de Lares, comunican cosas diferentes a quienes las confrontan en la medida en que cada observador explora, desde su temporalidad y su cultura, cosas distintas en aquellas. Incluso si su búsqueda coincidiera con la de los demás nunca hallaría lo mismo:  los imperativos individuales, lo que le distingue de los demás, marcarían de modo inevitable sus hallazgos.

Historia de una historia

Mi relación con la investigación en torno a la Insurrección de Lares comenzó en la década de 1980. Fue un contacto indirecto extravagante. Germán Delgado Pasapera preparaba entonces su tesis doctoral en torno al separatismo puertorriqueño publicada bajo el título Puerto Rico sus luchas emancipadoras en 1984. Por medio de un ejercicio que ahora yo practico, Germán me comentaba al azar los avances de sus lecturas ya fuese en los pasillos, la oficina o en el salón de clases cuando le hacía alguna pregunta en torno al tema que llamaba su atención. Era una forma de organizar las ideas que bullían como resultado de sus lecturas. Loida Figueroa Mercado, ya jubilada, se ocupaba entonces con intensidad del asunto de la relación de Cuba y Puerto Rico durante la última parte del siglo 19 previo al 1898. Las figuras de Ramón E. Betances y Eugenio María de Hostos le apasionaban. Siempre que podía cada vez que se topaba con un documento, elaboraba un manuscrito o publicaba algo se cuidaba de dejarme una copia, una petición formal de lectura y una promesa de discusión. Mi relación con el tema de Lares tuvo, en ese sentido, un trasfondo emotivo y personal.

Al cabo de los años he podido “descubrir” (como historiador trato con sumo cuidado ese concepto) las fuentes en las que se apoyaban muchas de las acotaciones orales de aquellos colegas y maestros. Mis propias lecturas en torno a las cuestiones investigadas me condujeron por rutas parecidas a las suyas. En ciertos momentos durante mis lecturas, alguna inflexión retórica presente en un documento oficial o una fuente poco conocida me decía que de aquellas palabras manuscritas desgastadas, mecanografiadas y ajadas o impresas, provenían algunas de las glosas de Germán o de Loida. Aquellas reminiscencias e intuiciones me permitieron conocer mejor los procesos de pensamiento de ambos y, a la vez, reconocer la respetuosa distancia que había desarrollado frente a los maestros sin desdecir de ellos.

Revisitar los antecedentes

Aclarar los antecedentes remotos de la conjura, es decir, dónde comenzó la urdimbre que culminó en la Insurrección de Lares, siempre ha sido una interesante trampa teórica. La pasión por los “orígenes” tiene un fuerte sustrato religioso consustancial a las interpretaciones metafísicas del pasado que hace tiempo dejaron de llamar mi atención. Cuando investigué a Segundo Ruiz Belvis a principios de la década del 1980 insistí en trazar el preludio de la rebelión de 1868 en las años 1856 y 1857. Mi intención era trabar la insurrección con la experiencia contestataria del abolicionismo clandestino, la Sociedad Abolicionista Secreta y la ciudad de Mayagüez. Con posterioridad mis lecturas de José Pérez Moris y de la correspondencia del espía español Francisco de la Madrid, ubicaban el punto de partida más lejano en 1864, momento en el cual la dominicanidad del proyecto rebelde era un rasgo dominante y la cubanidad no había madurado entre los conspiradores puertorriqueños. Pérez Moris había llamado la atención sobre los hechos de 1864 en Mayagüez y no negaba la vinculación de Lares con el abolicionismo clandestino. Pero para mi gusto, los historiadores poseemos subjetividades, no le había adjudicado la relevancia que yo le confería en mi investigación sino con el fin de encontrar argumentos para estigmatizar su liderato más visible.

Los antecedentes inmediatos, acorde con el espía citado, había que ubicarlos entre octubre y diciembre de 1867. El espía asumía una conexión entre los rebeldes de Cuba y Puerto Rico. La Madrid afirmaba que “en día 4-14 o 24 de un mes que se determinaría anticipadamente pero siempre dejando uno de intermedio”, se pronunciarían en algunos pueblos de Puerto Rico y, de tener éxito, entonces lo harían algunos pueblos de Cuba. Los hechos pudieron haber detonado en octubre o diciembre de 1867 entre los días 4 y 14 o 24 de uno de esos meses. El Juez que vio la causa tras los hechos, Nicasio Navascués y Aisa,  afirmó el 29 de septiembre de 1868, seis días después de la sedición, que la conjura se urdía “desde hace más de un año …en la casa de D. Matías Brugman y Juancito Terreforte”, es decir desde el verano de 1867, en los pueblos de Mayagüez y Lares.  Los elementos en común de las tres aserciones respecto al inicio -el 1856-1857, el 1864 y el 1867- son claros: un liderato, unas localidades precisas y unas relaciones interantillanas en proceso de formación atemorizaban a España en Puerto Rico.

El asunto de quiénes eran los separatistas es un segundo problema teórico. La tendencia del discurso militante y del historiográfico formal ha sido a homogeneizar aquel sector suprimiendo su heterogeneidad ideológica. De ese punto me he ocupado en otras ocasiones. El separatismo era un amplio y diverso frente cuyos ideólogos emanaban de las clases altas y profesionales en el cual convivían separatistas independentistas federacionistas o confederacionistas; y separatistas anexionistas. Unos y otros diferían respecto a la meta final del proyecto de separación. De otra parte, los separatistas militaristas y los civilistas no estaban de acuerdo respecto a la táctica más apropiada para alcanzar la meta propuesta y manifestaban concepciones diferentes respecto al papel de la gente o el pueblo en el proceso. Entre el elitismo neto de los militaristas y el populismo romántico de los civilistas, las gradaciones podían ser muchas. Eso sí, todos los sectores ideológicos estaban contestes en varias cosas.

  • Primero, reconocían la utilidad del apoyo internacional de los adversarios de España para la causa separatista. La vida itinerante de Betances, Segundo Ruiz Belvis y tantos otros así lo corrobora.
  • Segundo, sabían que era necesario hacer propaganda en el país que pretendían sublevar, tarea que obligaba a retar la censura y las redes de espionaje del gobierno español lo mismo las de pago que las voluntarias: el choteo y el espionaje profesional compartían espacios y se caracterizaban por su gran eficacia.
  • Tercero, estaban de acuerdo en la conveniencia de organizar a los puertorriqueños para la lucha propuesta por medio de grupos o sociedades secretas a sabiendas de los peligros que ello conllevaba, aspecto en el cual la tradición organizativa masónica podía ser fundamental.
  • Cuarto, coincidían en que la violencia era ineludible. No habría victoria sin lucha armada ya fuese por medio de un golpe militar o una insurrección popular apoyada por una invasión desde el extranjero. Todos sabían que la separación de España no sería resultado de una negociación pacífica: la Monarquía no la otorgaría sin resistencia.

Las primeras tres convenciones las dictaba la racionalidad. La cuestión de la violencia y la lucha armada parecía carecer de los ribetes románticos que luego se desarrollaron alrededor de aquella experiencia. La excepción a aquella actitud eran los caídos en combate, figuras propensas a ser tratadas como “mártires”, es decir “testigos” de las causas de su tiempo. Una vez el caído era convertido en mártir, se podía tejer alrededor suyo una hagiografía o una leyenda compleja. La lucha armada en la década de 1860 era interpretada como una necesidad. El carácter inevitable de la violencia y la retórica romántica en torno a ese medio se convirtieron en componentes del imaginario separatista desde fines del siglo 19 sin que el asunto haya sido planteado como un problema interpretativo. Años después, en una carta a Lola Rodríguez de Tió fechada el 14 de agosto de 1889 Betances decía, tras lamentar la muerte de Alejandro Tapia y Rivera y citando a Helmut von Moltke, que “la guerra ennoblece al hombre”.

Desde mi punto de vista los separatistas manejaban tácticas militares propias de una guerra convencional. La guerra popular que enaltecía o ensalzaba el papel del pueblo o la gente en el proceso revolucionario era secundaria. Los separatistas en general confiaban en que el pueblo apoyaría la causa en cuanto iniciara la rebelión como si se tratara de una reacción automática cuya seguridad se sostenía sobre la convicción de que ellos, las elites y el liderato iluminado, traducían de manera trasparente y prístina la voluntad del pueblo. El peso de la responsabilidad de la revolución recaía en la minoría iluminada o ilustrada

Problemas del separatismo

Las condiciones de cualquier conjura de aquella índole eran difíciles. El Estado no se cruzó de brazos ante los separatistas que veía por todas partes desde 1808. Como ya se ha sugerido, los gastos en seguridad y “alta política” o espionaje fueron consistentes y elevados a lo largo del siglo. Los resultados de la inversión fueron excelentes: todas las conspiraciones, reales o ficticias, hasta 1868 fueron descubiertas y desmanteladas. La conjura que condujo a Lares fue monitoreada y obstaculizada desde 1867 y se asumía como algo probable desde 1864. El espía La Madrid actuaba cerca de Betances y gozaba de su confianza hasta el punto de que este le encargaba misiones concretas que aquel cumplía mientras mantenía informadas a las autoridades hispanas. En una carta de 12 de enero de 1868,  La Madrid informó que tenía “el encargo del Dr. Betances de avisarle a mi llegada a Sto. Domingo para convenir el día en que he de ir con (Juan Manuel) Macías y para otras cosas”. El confidente estaba en el círculo más cercano a Betances y tenía acceso a los secretos del movimiento. De hecho, aunque por aquella fecha se encontraba en medio de una disputa laboral con su patrono, el Estado, por atrasos en sus pagos, nunca cesó de remitir pliegos detallados de sus labores.

La eficiencia del espionaje hispano en el Caribe se ratificó cuando la insurrección tuvo que ser adelantada del 29 de septiembre al 23 una vez descubierta casualmente. Lo mismo ocurrió con la mayoría de las conjuras separatistas hasta 1898 cuando ya las circunstancias del 1868 habían quedado atrás. Todo sugiere que, sobre la base de aquella experiencia, los conspiradores o la gente dispuesta a tomarse un riesgo se redujeron, condición que facilitó su control. La vigilancia constante, como la de un ojo que todo lo ve, limitaba la difusión de sus ideas y el reclutamiento de militantes.

La diversidad, el carácter y el compromiso de los reclutas tampoco era homogéneo. Algunas de las consideraciones para que el pronunciamiento no se diese durante los últimos meses de 1867 no eran precisamente políticas. En una nota de abril de 1868, el espía La Madrid elaboró un interesante juicio sobre los conspiradores que valdría la pena investigar detenidamente. Alegaba que la manifestación programada para alguno de los días entre el 4 y el 14 de diciembre de 1867 no había podido ejecutarse como resultado del embate del huracán San Narciso del 19 de octubre y el terremoto del día de San Odón de Cluny el 18 de noviembre. De acuerdo con el espía las negociaciones de Ruiz Belvis en Chile, dirigidas a conseguir apoyo militar del gobierno de aquel país, debían ser reforzadas con un acto rebelde a consumarse en Mayagüez donde, desde mi punto de vista, había comenzado el ciclo conspirativo entre 1856 y 1857. El acto armado nunca se ejecutó. Ruiz Belvis murió el 3 de noviembre en Valparaíso y la combinación de eventos dio al traste con los planes. La cronología no encaja como quisiera el historiador -el levantamiento o Grito de Mayagüez debió ser en noviembre de 1867 cuando Ruiz Belvis negociaba en Valparaíso- pero las notas del espía son sugerentes.

Para La Madrid después de la muerte de Ruiz Belvis, del huracán y el terremoto, “los ánimos, poco esforzados” de los conspiradores se “apocaron más y más al extremo” de que, algunos militantes confiables de Mayagüez, Eugenio Cuevas en particular, escribió a Betances “preguntando si no sería un aviso de la Providencia” como el de Caracas, Venezuela del 26 de marzo de 1812. Aquel signo de tradicionalismo católico ybtemor a Dios de un conspirador de Mayagüez me parece valioso para entender la pluralidad ideológica de los rebeldes.  

El asunto es más perturbador. En su correspondencia Betances hizo algunas alusiones a los efectos del referido terremoto en un tono entre familiar, impresionista, descuidado y, en ocasiones, jocoso. Las réplicas del terremoto del 18 de noviembre de 1867 se extendieron hasta el 17 de marzo de 1868 cuando ocurrió la más grande.  Por aquella fecha Betances se encontraba con su compañera Simplicia Jiménez en Santo Tomás y, tras los hechos, viajó a Santo Domingo. En una carta a Pedro Lovera fechada en Santo Domingo el 18 de abril de 1868, le dijo al corresponsal que “el techo de nuestro aposento estuvo a punto de caer sobre nosotros. No habíamos dado Simplicia y yo cuatro pasos fuera de él cuando se desplomó.” Betances tenía una mentalidad distinta de la del militante de Mayagüez quien presumía una señal de oposición divina en los remezones. Sobre su salvación decía:  “No hubo ningún milagro en todo eso” y continuaba:  “salimos huyendo sin zapatos ella y yo y hasta en enaguas ella y yo en mangas de camisa”.

El maremoto le dio la impresión de un “mar subiendo como una montaña más blanca que las nieves del Chimborazo, bramando como un millón de leones y presentándose sobre la isla a tragársela; pero trayendo en sus crines de espuma el arcoíris de Bolívar”. Su poética alucinante politizó de inmediato la desgracia: “todavía tiembla la isla y se estremece Puerto Rico de ver a sus hijos insensibles a la servidumbre”. La señal, si alguna, del terremoto y el maremoto no era para detener la revolución sino para animarla. Tenía razón La Madrid al afirmar que “solo el Dr. Betances, enérgico e infatigable cada día más lleno de odio pensó en la revolución y continuó consagrándose a ella pero solo porque los otros no se ocupaban más que del peligro que creían ver en los continuados temblores de tierra”.

Hay algo más detrás de esos personajes o fuerzas no políticas en la conjura.  Durante el huracán de San Narciso del 19 de octubre de 1867 Betances perdió parte de sus pertenencias incluyendo un maletín de mano el cual no se describe con precisión. El neceser o estuche contenía “documentos de la revolución”. Betances confiaba en recuperar el objeto entre los escombros producto del evento tropical pero nunca dio con el mismo por lo que se presumía, y así lo sugería el espía, aquel había caído en manos del gobierno. La Madrid insistió en que Betances estaba dispuesto a tomarse cualquier riesgo a pesar de las circunstancias.

La naturaleza tropical, la sismicidad, el azar y la voluntad cambiante de los militantes estaban bajo examen entre octubre de 1867 y abril de 1868. Debo recordar un asunto más en cuanto a esto. En su mensaje oficial al pueblo tras la Insurrección de Lares, fechado el 8 de octubre de 1868, el Gobernador Julián Juan Pavía y Lacy corroboraba y manipulaba el entre juego de aquellos componentes extra políticos en el acto rebelde. Pavía, como era de esperarse, se proyectaba como un funcionario colonial comprometido con “aliviar las calamidades que, efectos naturales habían acumulado sobre esta parte de la monarquía. Bien lo habéis visto: día y noche me dediqué a remediar vuestros males…” Al huracán y el terremoto añadía otro: la “sequía que en los últimos meses se ha experimentado”. La retórica paternalista del poder siempre ha sido la misma en los últimos 152 años de coloniaje.

El gobernador afirmaba que los rebeldes habían intentado “aprovechar esta situación especial y transitoria” para, aliados a algunos venezolanos y dominicanos, y “arrastrando” a unos cuantos jornaleros, “la mayor parte por el terror”, conducir el país a la revolución. La Insurrección de Lares había sido un acto irracional y de desesperación articulado por personas dispuestas a manipular a la comunidad en aquel momento de crisis. En la instrucción de la causa fechada el 29 de septiembre de 1868 en Ponce, el Juez Navascués y Aisa había llamado la atención sobre el hecho de que la rebelión era “democrática socialista, habiéndose proclamado la República, la Independencia de la Isla, la Libertad y la destrucción del elemento peninsular”.  La retórica acusatoria del poder tampoco ha cambiado mucho en los últimos 152 años.

Lo cierto era que todos aquellos problemas “naturales” tenían un costo económico extraordinario para el Estado y un efecto emocional significativo para la gente: a algunos los animaba a comprometerse con la causa pero a otros los desanimaba e inhibía. Así re humanizada y re problematizada la Insurrección de Lares de 1868 adopta una tonalidad distinta que me informa que, quienes persistieron en el proyecto, fueron personas valiosas y atrevidas. De eso no cabe la menor duda.

La muerte de Ruiz Belvis en Valparaíso, un hecho no natural, había sido traído a la mesa por La Madrid. Este monólogo terminará con estos apuntes. Desde de mi punto de vista, Ruiz Belvis fue parte de Lares aunque hubiese fallecido 11 meses antes de su ejecución. Pérez Moris decía que un piquete con su imagen había sido utilizado en Mayagüez en los días posteriores  a la revuelta como parte de un acto de protesta en favor de los presos políticos. En mi investigación sobre esta figura sostuve que había fallecido de estreches en la uretra de acuerdo con un certificado médico autorizado por el Dr. E. C. Menckel emitido mucho después de su muerte, el 31 de mayo de 1868. La aclaración se hizo como requisito de un pleito civil de división de herencia que se llevaba a cabo en Puerto Rico.

De acuerdo con el espía La Madrid, aquel deceso había sido uno de los “golpes terribles que han sufrido los revolucionarios”. La salida de Ruiz Belvis hacia Chile obligó a Betances a “ponerse al frente de los negocios”. Igual que Pérez Moris, La Madrid insinuaba que el jefe de los rebeldes era Ruiz Belvis por lo que su desaparición física habría de producir una crisis organizativa que tampoco se ha investigado con propiedad. La consideración de quién ocuparía su lugar era otro asunto espinoso.  Su hermano, Antonio Ruiz Quiñones no satisfacía a todos. Ruiz Quiñones era “irritable” en extremo, poco mesurado y la muerte de su hermano lo había convertido en “uno de esos enemigos que es necesario dominar a cualquier costa, y que seguramente se venderá por su genio díscolo y altivo”. El talante moral que le imponía La Madrid a Ruiz Quiñones recuerda la opinión de Pérez Moris sobre Ruiz Belvis: “un hombre temido por sus mismos amigos” pero que, a diferencia de su hermano muerto, no estaba “enterado de ninguna situación”, es decir, no participaba de las grandes decisiones del liderato del proyecto porque no era parte de este. Todo parece indicar que el único que podía atenuar el apasionamiento y la violencia de Ruiz Quiñones era Betances.

En una carta a José Francisco Basora a Nueva York desde Santo Domingo, fechada el 14 de enero de 1868, Betances reconocía todos los defectos de que adolecía Ruiz Belvis pero no vacilaba en afirmar que era “incontestablemente el mejor”. Y en otra a Ruiz Quiñones en Hormigueros del 21 de abril de 1868, todavía no se había expedido el certificado del Dr. Menckel, protestaba porque no se conseguía el dinero para financiar una investigación sobre el episodio trágico de Valparaíso.

La recomendación de La Madrid era la misma de Betances. El Estado, en nombre de su seguridad, debía comisionar una “persona de confianza y sagacidad que se presente en Valparaíso como pariente de Dn. Segundo Ruiz” para que recogiera los documentos ligados a su gestión. El interés provenía del hecho de que la versión dominante entre los conspiradores y el espionaje, la cual también circuló en Puerto Rico, era que Ruiz Belvis había sido “envenenado para robarle porque así lo hace creer la carta en que un posadero de Valparaíso anuncia su fallecimiento”.

Y eso pienso estas tardes de encierro sobre Lares a apenas unos días de otra conmemoración. Saber la Insurrección de Lares de 1868 sigue siendo un proyecto en construcción. Saberla una y otra vez desde cada presente es parte de la aventura. En ello radica su riqueza.

En Hormigueros, 15 a 19 de septiembre de 2020.

Publicado originalmente en Claridad-En Rojo (22 de septiembre de 2020)

 

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