Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

diciembre 14, 2018

La insurrección de 1868 en la memoria: el tránsito del siglo 19 al 20

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 A los colegas y amigos José Paralitici y Miguel Rodríguez López

Punto de partida: dos pretextos betancinos

En agosto de 1891 Ramón E. Betances Alacán respondía una carta fechada el 29 de junio de Manuel Sanguily en la cual este le interrogaba sobre los hechos de Lares en 1868.  Sanguily planeaba escribir una historia de la revolución de Cuba por lo que Lares y Yara, movimientos antiespañoles sin conexión política concreta, eran temas de reflexión.  Dos cosas evidencian la respuesta de Betances. La primera era la desazón que le producía recordar el evento. La segunda, lo poco que podía aportar por “no tener a la mano ni el libro de Labra ni el de Moris y Cueto”.  Había perdido incluso las notas periodísticas escritas para Le XIXe Siècle, colección que “se ha llevado el viento con otras tantas cosas, como se lleva el humo de un tiroteo de guerrillas”. Sin libros ni archivos solo le quedaba la memoria, esa materia en bruto que un buen historiador podía pulir si se lo proponía.

En mayo de 1894 respondió otra nota enviada en abril esta vez por Sotero Figueroa quien se encontraba en Nueva York. Figueroa le consultaba porque quería escribir sobre, según Betances, los “patriotas puertorriqueños que tuvieron la osadía de lanzarse a lo que llama Muñoz Rivera la raquítica algarada de Lares” . El líder de Barranquitas no era el único que había devaluado el acto rebelde por motivaciones políticas sino quizá el más notable. Los autonomistas fueron consistentes en aquella actitud a fin de que no se les relacionara con el separatismo de cualquier tipo, ni el independentista ni el anexionista. La congoja que embargaba a Betances tenía que ver con lo que llamaba la ingratitud de Muñoz Rivera ante “el acto único de dignidad” de Puerto Rico al reclamar la abolición de la esclavitud y la independencia en un acto de la envergadura de Lares.

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José Pérez Moris

El recuerdo de la insurrección, un icono de la lucha anticolonial para el exilio independentista resultaba embarazoso para los liberales y los autonomistas. La revolución separatista fue un tema marginal en la historiografía puertorriqueña decimonónica. La autocensura y el olvido voluntario se impusieron entre los intelectuales coloniales quienes, sin embargo, fueron capaces de configurar una Historia Regional moderada centrada en el respeto y la sumisión a los valores hispanos.

El núcleo de la versión liberal y autonomista giró alrededor del tema de las motivaciones y desembocó en un bien acoplado relato del fracaso que excluía la separación de España como una opción racional o legítima. Alejandro Tapia y Rivera (1882) lo calificó como un acto de “descontentos”, Francisco Mariano Quiñones (1888) como una “asonada” o “calaverada”, “mal planificada” y “peor ejecutada”; y Salvador Brau Asencio (1904) como un acto “prematuro” y “precipitado” que culminó en una mera “algarada”.  El Muñoz Rivera que citaba Betances en 1891 representaba un sector muy amplio de la case criolla no separatista. La idea de Lares como un motín sin sentido no sólo devaluaba sus metas políticas sino que colocaba a los no separatistas en la frontera del anti-separatismo integrista.

Acorde con aquella postura inculparon al separatismo y al 1868, no a España, por el retraso en la concesión de “libertades” hasta el 1897 olvidando que aquellas se articularon en el contexto de una crisis internacional insostenible y como expresión de la desesperación de una España débil. Independientemente de lo errado que hoy pueda resultar semejante juicio la postura resulta comprensible. Los liberales y los autonomistas eran también críticos puntillosos e inteligentes de la relación con España, pero no querían aventurarse a que se les confundiera con los separatistas porque ello ponía en peligro sus aspiraciones concretas. Las disputas por el control del protagonismo de la oposición a España en defensa del proyecto liberal y modernizador no se circunscribieron, en efecto, a la política. Los liberales y los autonomistas también compitieron a los separatistas el logro de la supresión de la esclavitud y la libreta de jornaleros en 1873, es decir, el paso clave para la modernización del mercado, triunfo que Betances reclamaba para el separatismo en la nota a Figueroa de 1894.

La censura del tema de Lares no fue responsabilidad solo de liberales y autonomistas. La versión conservadora o incondicional, la del José Pérez Moris y Luis Cueto que Betances no tenía a la mano en 1891, trató al separatismo como un virus social peligroso que había que erradicar a la fuerza en términos análogos a los que había usado Pedro Tomás de Córdova, Secretario de la Gobernación de Miguel de la Torre, en la década de 1830. Los sinsabores que produjo la separación de Hispanoamérica siguieron vivos durante una parte significativa del siglo 19. A pesar de todo, el médico rebelde sabía que la historia publicada por aquellos en 1872 era indispensable a la hora de reflexionar sobre la rebelión. El libro era un registro documental muy minucioso que informaba sobre la mentalidad del integrismo y la interpretación que daban aquellos a los valores de la hispanidad, culto que terminaría por imponerse como un canon  en el Puerto Rico posterior al 1898. El texto informaba sobre otros asuntos de gran interés: el carpeteo decimonónico y las redes de informantes de entonces no eran diferentes de las que alimentaron el fichado político en el siglo 20. El libro citado, como he comentado en otro artículo, motejaba al liderato de Lares como uno incapaz para la tarea que se propuso, insistía en que servía a intereses egoístas y extranjeros y le imputaba una disolución moral que servía para justificar su exclusión de la hispanidad.

La versión separatista que adelantaban Sanguily y Figueroa, surgía cuando más falta hacía evaluar un pasado de luchas y fracasos. Los actos del 1868 no habían conducido a donde se esperaba y el separatismo independentista había sido testigo del crecimiento del interés de Estados Unidos en la región y del anexionismo. Una nueva generación de rebeldes reconoció a la altura de 1890 la necesidad de construir un pasado con los restos de la memoria de los sobrevivientes del liderato del medio siglo 19. La segunda la segunda fase del Ciclo Revolucionario Antillano, que comienza después del Pacto de Zanjón (1878) y el fracaso de la Guerra Chiquita (1879) en el exilio, no tuvo el mismo impacto en Cuba y en Puerto Rico. La pequeña Antilla se transformó en un apéndice incómodo de la causa cubana. En ese sentido la conversión de la memoria en historia poseía una importancia particular para los antillanos puertorriqueños.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa, cerca de Betances, fue exitosa. Su curiosidad en una colección de biografías publicada en 1888, y en una serie de artículos sobre la insurrección de Lares difundida en el periódico cubano Patria en 1892 gracias al apoyo de un revolucionario de la nueva generación, José Martí Pérez. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional había comenzado. El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa, era un ex autonomista mulato de Ponce que no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes. Sus escritos inauguraron un discurso laudatorio y romántico comprometido con la reivindicación de un acto selectivamente negado. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894. A pesar de que no se puede garantizar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales, lo cierto es que el tono adoptado se reiteraría en distintos momentos en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada implicaba una queja franca respecto al omisión, voluntario o no, por parte de las elites intelectuales coloniales no separatistas.

Un evento que sin duda animó el recuerdo del 1868 fue el retorno de los restos de Betances a Puerto Rico, proyecto que involucró al gobernador colonial Arthur Yager (Dem. 1913-1921) y a los sectores nacionalistas moderados que militaban en el partido Unión de Puerto Rico, en particular a   Félix Córdova Dávila, Alfonso Lastra Charriez y Antonio R. Barceló, colaboradores cercanos al gobernador y defensores del self government.  Los autonomistas de nuevo cuño diferían de los del siglo 19: miraban con alguna nostalgia la vida y ejecuciones del líder rebelde decimonónico. Aquellas voces reiteraban, en gran medida, las ambigüedades que habían caracterizado a Muñoz Rivera, un antiguo adversario de la memoria de Lares, y José de Diego Martínez, prominente abogado de Aguadilla y fundamento de lo que luego el licenciado Pedro Albizu Campos motejó como el “nacionalismo ateneísta”.

El escenario del retorno contenía sus propias paradojas. La primera tenía que ver con la violación de la petición de un muerto. Traer los restos de Betances a Puerto Rico era atentar contra su voluntad testamentaria. En el inciso 15 de su testamento había sido muy enfático en que sólo “cuando llegue el anhelado día” se le devolviera a su “querido Puerto Rico (…) envuelto en la sagrada bandera de la patria mía”. Sin duda “el anhelado día” se refería a la independencia y el Puerto Rico de 1921 no era soberano, sino que seguía sometido a una relación colonial bajo el palio de la Ley Jones de 1917.  La voz del médico esbozaba en aquel inciso el sabor de un nacionalismo emotivo que presagiaba los tonos que dominarían el de los 1930.

La segunda paradoja se relacionaba con el gobernador al cual los estadoístas republicanos consideraban un aliado de los unionistas.  Aquellos afirmaban que Yager trabajaba de acuerdo con aquellos “contra el americanismo en Puerto Rico”, asunto que ya he comentado en otro momento. La alianza tenía un costo para los unionistas: Yager esperaba que los unionistas lo favorecieran en sus aspiraciones a la presidencia de la Universidad de Puerto Rico.

La tercera contradicción tenía que ver con Lastra Charriez, entonces vice-presidente de la Cámara, y una figura que merecería un estudio aparte más allá de biografía laudatoria. Su creciente moderación política lo convierte en un modelo respecto a cómo un profesional educado colonial se insertaba en las redes del poder colonial desde el unionismo. En 1936 el abogado fue parte de la defensa de los policías insulares acusados de asesinar a Elías Beauchamp e Hiram Rosado en el cuartel de San Juan tras la ejecución del jefe de la policía Elisha F. Riggs. Su presencia fue suficiente para que el testigo de los hechos, el periodista Enrique Ramírez Brau, guardara silencio sobre el asunto por algún favor que le debía al abogado según aseguraba en sus Memorias de un periodista (1968)

Yager, en un probable acto de astucia política, estuvo ausente de la isla durante los días de los actos y encargó al gobernador interino José E. Benedicto Géigel que atendiera los mismos. Además de los unionistas mencionados, el acto movilizó intelectuales estadoístas hispanófilos como Cayetano Coll y Toste, Historiador Oficial; a distinguidas figuras de anexionismo del siglo 19 y el estadoísmo del siglo 20 incluyendo a un viejo amigo de Betances y Eugenio María de Hostos Bonilla, Julio Henna, y el educador y escritor Juan B. Huyke. Henna y Huyke, como se sabe, mantenían una sana distancia del estadoísmo republicano y del doctor José Celso Barbosa, por cierto.  La figura central de la efemérides fue Simplicia Jiménez Carlo, la viuda de Betances responsable de otorgar un poder para traerlo a la isla a pesar de la voluntad testada de su compañero.

En 1920 Betances fue reinventado y ajustado a la nueva situación. En su evaluación Coll y Toste afirmó que aquel “nunca sintió odio hacia España”, un argumento que luego el nacionalismo repetirá acríticamente, a la vez que aseguraba que, si la Corona le hubiese reconocido los “10 Mandamientos de los Hombres Libres” jamás hubiese sufrido el exilio. Coll y Tosta veía en aquel documento sedicioso algo asó como un adelanto metafísico de la Carta de Derechos de Estados Unidos. Con ello el historiador validaba la apropiación de la causa del caborrojeño como una que se completaba con la invasión del 1898. La retórica es comprensible en el escenario en que se articulaba la misma.

La idea de un Betances Alacán amigo y admirador de los logros de Estados Unidos está bien documentada. La admiración a la figura en la prensa estadounidense de los días de la invasión no puede ser puesta en entredicho y algunos foros lo veían como un candidato idóneo para la presidencia de una Cuba Libre amiga del invasor y no a Tomás Estrada Palma. Sus concepciones políticas antianexionista también son bien conocidas. Pero resulta innegable que una relación entre iguales entre Puerto Rico y Estados Unidos desde la soberanía era geopolítica y económicamente inevitable en el contexto de fines del siglo 19. Admirar y respetar a aquel país y querer evitar su absorción material e inmaterial no eran posturas excluyentes.

El problema de la lógica de Coll y Toste era que reincidía en al argumento de los liberales y los autonomistas del siglo 19: la insurrección había sido un acto azaroso e innecesario.  La imagen de Lares en la educación pública no era muy distinta. También el doctor Paul G. Miller reprodujo la interpretación liberal y autonomista en un libro de historia publicado en 1922. En aquel el autor insistió en que Lares respondía a intereses extranjeros y no a la voluntad de los puertorriqueños. La idea de que Lares no representaba lo mejor del país era clara. A la altura de 1920, Betances Alacán era una caricatura de sí mismo y Lares había sido reconfigurado para ponerlo al servicio de los proyectos de autonomistas y estadoístas. El ejercicio retórico no se hacía para asegurar que “Lares nos pertenece a todos”, como románticamente aspiran algunos en el presente. La meta era que “Lares nos pertenece a todos…excepto a los independentistas” quienes nunca comprendieron su verdadero sentido. Historiográficamente en 1921 Lares y betances habían sido reducidos a un simple “bache” de poca relevancia en la “autopista” del Progreso que la hispanidad había construido y que Estados Unidos continuaba.

Nota: Primera parte del conversatorio “La insurrección de Lares de 1868 en la memoria nacionalista” en Lares: memoria y promesa en el Aula Magna del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, San Juan, P.R. 15 de septiembre de 2018.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de noviembre de 2018

diciembre 17, 2014

Reflexiones cautelosas para historiadores inquietos

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 4:54 pm
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  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Para José Muratti y José Anazagasty, colegas

Pasados(s)

¿Qué es el pasado? Para una persona sin formación, puede constituir una carga imposible de llevar o el lugar ideal para encontrar a los culpables de un presente enigmático e intolerable que le resulta incomprensible. Para un historiador no. El pasado resulta ser un escenario rico en posibilidades interpretativas e incierto que, sin resistencia, se deja poseer y manosear en la forma de un documento o una memoria. Es un lugar ansioso por sobrevivir más allá de sí mismo, que teme desaparecer en un presente que se precia de su fugacidad y su contingencia.
Buscar el “tiempo perdido”, el pasado, no es una imposibilidad. Lo que resulta imposible es recuperarlo de un todo y de una manera transparente. Su vastedad es inimaginable y, el que lo confronte, siempre hallará lugares invadidos por la extrañeza e impenetrables. La imagen que el historiador apropia del pasado será apenas un borrador sugerente. Lo que Eric Hobsbawn ha llamado el “pasado social formalizado”, aquel que afirman las tradiciones historiográficas por medio de un relato coherente en las escuelas y las universidades, siempre será una trampa o, al menos, un ejercicio banal de autoritarismo. El pasado nunca está allí como un objeto terminado, siempre está en nosotros como un objeto en proceso de construcción.

tiemposHistoria(s)

Para una persona sin formación, la relación con el “tiempo perdido” o el pasado resulta menos problemática porque es mucho más laxa. En cierto modo, exige menos de sí que lo que le demandaría a un historiador. El pasado le servirá para llenar los vacíos de una memoria sin brillo con las ilusiones de grandeza que encuentra en unos cuantos antepasados que se tomaron algún riesgo. Incluso será capaz de hallar lustre en las derrotas de aquellos a quienes acabará por considerar sus precedentes legítimos. Es un acto de autocompasión. Reconoce que, viéndose como un reflejo de ellos, se ubica como cómplice de sus fastos. Se adjudicara a sí mismo el deber de completar la obra de quienes presume le antecedieron. Muchas veces se equivocará en su juicio, pero ello no impedirá que insista en la tarea. Su memoria se sostendrá sobre la imagen equívoca que producen los medios de comunicación cuando evocan por treinta segundos el recuerdo de una gesta o una tragedia. A la larga, se acostumbrará a una imagen mediática de la grandeza y verá como iguales a un deportista exitoso, a un escritor luminoso y a un libertador fracasado. Para una persona sin formación, respirar el pasado puede reducirse a consumir una comida tradicional en un día de fiestas, acudir a un espacio consagrado por el turismo y la cultura común. Si el pasado se pudiese reducir a un sólo relato la situación no sería tan compleja…
El problema es que para los historiadores la situación no es muy diferente. Los olvidos de estos y aquellos no son distintos. También llenarán vacíos morales, imaginarán herencias, manufacturarán compromisos y, seguramente, se equivocarán una y otra vez. En Puerto Rico la historia siempre ha corrido  tras el canto de sirena de la modernidad. Durante el siglo 19, los historiadores románticos y los positivistas celebraron la eficacia de la Cédula de 1815 y la transformación de la colonia de una economía ganadera dominada por la ilegalidad en una economía agraria dominada por la legalidad. Con ello afirmaban la relación con España, la ausencia de independencia y la desconexión con la Hispanoamérica independiente.
Sobre aquellas bases, los historiadores modernistas y los del 1930 y 1950, cultivaron una hispanidad benévola, remozada e inexistente que encontraba rasgos de grandeza, nobleza y señorío donde no los había. Convirtieron a los conquistadores cristianos en padre putativo de un Puerto Rico que en nada se parecía al de sus sueños. Aunque contradijeron con pasión la inapropiada intrusión del “otro” en un cambio de siglo que muchos consideraron atroz, escribieron el homenaje a una modernización omnívora que se nutría de los cadáveres podridos de aquel pasado imaginado. Luego cantaron un proceso de industrialización que apenas era la mueca de un “desarrollismo” que nunca demostró su legitimidad.
Más tarde el país estuvo en condiciones de ser metamorfoseado en el frágil modelo de una “revolución pacífica” -lo más sencillo era forzar el olvido de las víctimas y los muertos-, y en expresión de un fenómeno de “crecimiento” anómalo, monstruoso y cuestionable. “Cambiar” y “progresar” terminó por significar parecerse afirmativamente al mismo “otro” que había sido rechazado con tanta pasión en los alrededores del 1898. Los historiadores terminaron hablándose a sí mismos o, en casos extremos, conversando con sus reflejos en frente de un espejo.

Escribir

Escribir es un acto de la imaginación. Escribir es volver a componer la impresión de lo que te rodea. Podría hacer esas dos afirmaciones lo mismo para la literatura que para la historia. Hacer lo uno o lo otro es dejarse seducir por el acto de teorizar. Me he hecho cargo de los conflictos que esas afirmaciones pueden producir y ya no me preocupan. Después de medio siglo de vida me he convencido de que la precisión teórica, ya sea en la literatura o en la historia, depende cada vez más de la imprecisión retórica. Eso parece una contradicción pero ¿dónde no se encuentra una contradicción? Estoy convencido de que debo disfrutar como si se tratara de un licor excepcional o un vino único. Debo saborear la falseabilidad y las fisuras de los sistemas que antes me parecían redondos y sellados. Debo aceptar que no pasan de ser un pálido reflejo de la complejidad de lo que se denomina, con alguna inocencia, la realidad.
Para una persona sin formación, la situación representará la posibilidad de un respiro, la probabilidad de un momento de irresponsabilidad con el pasado, la sensación de no ver aquellos objetos como una carga. Para un historiador no. La situación representará un reto a todo lo que le han dicho que “es” y “debe”. La carga será otra porque ser historiador significará cada vez menos ser “historiador”…y ese problema no se resuelve con un suicidio retórico. Se resuelve escribiendo historia.

En Hormigueros, PR
13-17 de diciembre de 2014

noviembre 3, 2013

El fin de la Era de las 936: Puerto Rico ante la Era Global

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La segunda ofensiva en contra de la aplicación de la Sección 936 en Puerto Rico aconteció bajo la administración Bill Clinton (1993-2001) concluyó, como se sabe,  con la demolición del privilegio fiscal del Estado Libre Asociado. Un Congreso dominado por los Republicanos volvió a llamar la atención sobre los impuestos federales no pagados e insistió en que los mismos eran necesarios para balancear el presupuesto de Estados Unidos y enfrentar su  Deuda Pública, la más alta del mundo.

Los Congresistas Republicanos acusaron a la Sección 936 de actuar como un tipo de “Mantengo Corporativo”. En Puerto Rico el argumento condujo a algunos señalar la permanencia de la medida favorecía la continuación de la relación colonial denominada  ELA cuya legitimidad había sido cuestionada duramente por los ideólogos Republicanos desde 1989 sin que ello redundara en un apoyo abierto a la estadidad para el país.

PR_Deuda_PNB_2013La administración Pedro Roselló González (1993-2001) defendió la permanencia de la Sección 936 de una manera moderada. Uno de los problemas con los que contó fue que su Comisionado Residente Carlos Romero Barceló cabildeó para que la eliminaran coincidiendo de este modo con las políticas republicanas dominantes.  En 1996 se decidió la cancelación del privilegio fiscal efectiva en enero de 2006. En Puerto Rico los ideólogos del Partido Popular Democrático responsabilizaron a Roselló González y Romero Barceló por la eventualidad.

Lo cierto es que Roselló González y sus asesores reconocían que aquella decisión colocaba al ELA ante un abismo y que ni la Independencia ni la Estadidad estaban a la vuelta de la esquina. Un cambio de  Estatus  no podía plantearse como un mecanismo para enfrentar la nueva situación. Los especialistas de aquel gobierno solicitaron el amparo de la Sección 30-A del Código de Rentas Internas Federal con el cual pretendían ofrecer como estímulo para la inversión en la isla una exención contributiva a las empresas acorde con la cantidad de empleos que produjeran en el territorio. Los planes de aquellos asesores  se combinarían con la promoción del desarrollo de la alta tecnología en el país, apoyados en el hecho de que ya la Revolución Informática había comenzado y representaba una esperanza económica a nivel global. También aspiraban a promover que las empresas extranjeras subcontrataran servicios a compañías puertorriqueñas con el fin de  animar el empresarismo local. El Congreso de Estados Unidos  rechazó todas aquellas opciones.

Conclusiones

Entre 1999 y 2006 se vivió el fin de una época. La Sección 936 fue la última política económica que usaba las exenciones contributivas como estímulo para la inversión aplicable en el ELA. Se trataba de  una práctica común de la Era de Guerra Fría. Todo aquel engranaje dependía de la  Providencia del Estado y el crecimiento emanaba de la exención de tributos federales y estatales  y del Mercado Libre entre las dos partes impuesto en 1900. Pero el Neoliberalismo y la Globalización ya no admitirían ese tipo de prácticas.

 En 1993 se consolidó lo que se llamó el “Tratado Norteamericano de Libre Comercio” (TNLC o NAFTA: North American Free Trade Agreement). Ya en 1994, Canadá, Estados Unidos y México habían creado una “zona de libre comercio” que facultaba la circulación trilateral de mercancías y servicios en los tres países por un término de 15 años. Aquel mismo año 1994 se emitió el “Acuerdo General Sobre Aranceles y Comercio” (AGSAC o GATT: General Agreement of Tariffs and Trade). Para esa fecha la  “relación especial” entre Puerto Rico y Estados Unidos ya no era única y se convertía en regla del mercado mundial. La responsabilidad de Romero Barceló o Roselló González  en la desaparición de la Sección 936 fue realmente poca.

El ELA, la Industrialización Por Invitación, el Estado Interventor y Benefactor con su preocupación asistencial y la concepción del Estado como amparo del Ciudadano ante la voracidad del Capital y el Mercado, no hacían sentido en la Era Global. Puerto Rico entraba en la Era Global con los rasgos de un Estado Colonial de la Guerra Fría. la situación no ha cambiado mucho a la altura del 2013, por cierto.

septiembre 13, 2013

La Transición al Estado Libre Asociado de Puerto Rico (última parte)

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 2:33 pm

Una última columna del Dr. José Anazagasty Rodríguez en torno al Imperialismo y el Estado Libre Asociado.

cogitāre

En los pasados artículos sobre el tema planteaba que la transición al Estado Libre Asociado (ELA) era la transformación del estado colonial, la mutación del estado colonial clásico a un estado colonial con una autonomía restringida, confinada. Expresé además que esa transición ocurrió en el contexto de otra transición, la trasformación del imperio estadounidense, hasta entonces hemisférico, en un imperio global. Finalmente subrayé que tanto la transformación del estado colonial como la del imperialismo estadounidense estaban conectadas a una transición del capitalismo, una que terminaría en lo que el historiador económico Michael Beaud (1981) llamó el “gran salto adelante del capitalismo.” Es precisamente cuando consideramos la formación y concretización del ELA en el contexto de esas transiciones que podemos entender los motivos estadounidenses para apoyar su establecimiento.

En su fase global el imperialismo estadounidense requería del éxito de la ayudacracia y el desarrollismo. Puerto Rico representaba un laboratorio ideal, manejable…

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La Transición al EstadoLibre Asociado de Puerto Rico (Tercera Parte)

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 2:30 pm

La tercera parte de la serie sobre el Estado Libre Asociado y el Imperialismo escrita por el Dr. José Anazagasty Rodríguez

cogitāre

 

La transformación del ELA no solo ocurrió en el contexto de una transición del imperialismo estadounidense sino también en el contexto de cambios significativos en el sistema capitalista, los que resultarían en lo que el historiador económico Michael Beaud (2000 [1981]) llamó el “gran salto adelante del capitalismo.”

Después de la crisis económica de los años treinta, tras dos guerras mundiales y con el avance del socialismo real parecía que el capitalismo fallecía. Pero aquellos augurios de ocaso erraban. Después de la Segunda Guerra Mundial la reconstrucción de Europa, varios procesos de descolonización, la internacionalización (y eventual globalización) del capital y la industrialización creciente del llamado Tercer Mundo suministraron un nuevo respiro al capitalismo, uno acompañado de grandes riquezas y crecimiento sin precedentes.

Esa enorme prosperidad capitalista se logró mediante la explotación creciente de los trabajadores, reflejado por la gran productividad de aquellos años. Sin embargo, la creciente integración…

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