Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 9, 2021

Historia de la suerte: un libro de Mario Ramos Méndez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Una introducción

La modernización de la suerte (2020), obra del historiador Mario Ramos Méndez publicada por Editorial Las Marías es uno de esos libros que, como tantos otros, ha pasado bajo el radar. Se trata de una elucidación ágil alrededor de un tema poco trabajado y sugerente: la legalización de las máquinas tragamonedas en 1974 en Puerto Rico bajo la administración de Rafael Hernández Colón (1936-2019). La aprobación de la ley del 30 de julio de aquel año representó un giro radical al enmendar en un sentido liberalizador la Ley 221 del 15 de mayo de 1948.

Si bien, como anota el prologuista Carmelo Delgado Cintrón, el 1948 fue una fecha “determinante y simbólica”, nada menos se puede decir  del 1974. A mediados de la década de 1970 el proyecto industrializador articulado alrededor de la Sección 931 del Código de Rentas Internas estadounidense, el cual había dado aire a Operación Manos a la Obra (1947-1976) colapsaba. Paralelamente se  preparaba el terreno para la aprobación de un recurso que sustituyese a aquel alrededor de la Sección 936 (1976-2005) del mismo código. El Informe Tobin de 1976, en particular sus observaciones en torno a la deuda pública y los gastos gubernamentales, representó una sentencia de muerte para aquel diseño tan ligado a la figura del gobernador Luis Muñoz Marín (1898-1980)

La muerte de una forma de capitalismo liberal animado por los valores keynesianos de la segunda posguerra el cual respondía a un tipo peculiar de Estado, abría paso a mediados de la década de 1970, acorde con el historiador David Harvey, a una nueva fase de desarrollo del capital que acabó por conocerse como neoliberalismo. El propósito de poner “freno al poder del trabajo” guiaba aquel esfuerzo. En el caso particular de Puerto Rico el giro se dio en el marco de la persistente dependencia colonial.

En aquel emblemático año 1974, en el cual las expresiones del capitalismo global y el capitalismo dependiente local se torcían, Ramos Méndez narra cómo los juegos de azar entraron con fuerza a formar parte del mercado y de la vida cotidiana puertorriqueña. Había algo de paradójico en ello: una jurisdicción como esta había resistido y condenado consistentemente aquella tentación por cuestiones culturales y morales. La frase del autor, esa “modernización de la suerte” (que bien podría nombrarse “postmodernización”) recoge aquel momento de transición de modo lúcido.

En torno a un libro

“Alea iacta  est”, una expresión que podría traducirse como “la suerte está echada” que sirve de título al breve prólogo Delgado Cintrón, es un sugestivo convite a la lectura. Debo recordar que Ramos Méndez es un experto en el tema y ya había entregado en el año 2012 el volumen Sin los dados cargados. Breve genealogía de la ley de juegos de azar. El autor nacido en Yauco fungió como Director de la División de Juegos de Azar de la Compañía de Turismo de Puerto Rico. En Ramos Méndez la experiencia concreta alrededor del ámbito de estudio y la formación historiográfica se unen a la hora de formular su reflexión sobre el asunto tratado. Me parece que si se precisa una imagen de conjunto del tema propuesto, uno  y otro volumen deben ser leídos en conjunto.

Mario Ramos Méndez, historiador

En el texto “Introducción” se dispone el esquivo tema y se contextualizan las políticas de 1948 y 1974 realzando los contrastes entre la una y la otra. Tal vez sin proponérselo, el autor hace una velada invitación a que se module una mirada cultural a la actitud del Estado ante los juegos de azar y los casinos a lo largo del tiempo. A través del texto el autor aclara la situación de Puerto Rico en la historia de la introducción de la industria del juego y los casinos en el conjunto de los Estados de la Unión, ámbito en el cual se le introduce  no empecé su condición de territorio no incorporado. Lo cierto es que en 1974 el Estado Libre Asociado de Puerto Rico fue la segunda jurisdicción después de Las Vegas Nevada en 1931, en tener una legislación de casinos. Aquella autorización precedió la que se dio a  Nueva Jersey, jurisdicción que obtuvo la autorización legal para Atlantic City, en 1978. Las circunstancias de ello no deben pasar inadvertidas. Todo sugiere cierta resistencia del Gobierno Federal a admitir ese tipo de prácticas en el territorio continental. El hecho de que Las Vegas sea conocida como la “ciudad del pecado” es un indicador cultural interesante respecto a la impresión que generaba la industria en el estadounidense común.

En la sección “Breve historia de las tragamonedas” se muestra al lector la figura del mecánico californiano Charles Fey (1862-1944) quien en 1895 inventó la primera “slot machine”. Su modelo más famoso fue la Liberty Bell, signo que no necesita presentación alguna. En 1925 y como resultado del pleito State vs. Ellis, se dispuso que aquella máquina no era otra cosa que un “gambling device” y que su uso recreativo reunía los rasgos de un “juego de azar”. Una historia llena de tropiezos culminó en la década de 1930 cuando las “fruit machines”, como se les denominaba en Inglaterra por los iconos que utilizaba, o la “one-armed bandit” como se les identificaba en Estados Unidos por la palanca que había que halar para hacerla correr, se convirtieron en un objeto común en las salas de juego de los casinos en medio de la Gran Depresión en el marco concreto de la invención de la “Sin City”: Las Vegas. 

Llama la atención el hecho de que los momentos de inflexión más relevantes de la historia de  este artefacto de la industria de las apuestas coincidan, una y otra vez, con momentos de crisis económicas generales: la había en 1895 cuando se les inventó, crisis que sirvió para legitimar los eventos del 1898, y también en 1930, preámbulo de la Segunda Guerra Mundial, cuando vivieron su época de oro. La actitud del “volver la cara hacia la suerte” ha sido recurrente y parece ligada al reconocimiento de la irracionalidad del mercado capitalista y, claro está, a la disolución del prejuicio  teórico inventado por el economista escocés Adam Smith (1723-1790) respecto a la “mano invisible”, otra metáfora de la “mano de Dios”, que tanta relevancia simbólica tuvo para el desarrollo del capitalismo emergente durante los siglos 18 y 19. A mi modo de ver, era como si la cognición de la irracionalidad del mercado, con los efectos sociales que generaba cada crisis, legitimara la necesidad de “echar a correr los dados” o apostar, tal y como sugiere la frase latina citada por el prologuista Delgado Cintrón.

La sección titulada “La Ley” contiene la tesis fundamental del volumen. El capítulo gira en torno a la Ley Núm. 2 del 30 de julio de 1974, anota sus antecedentes y apunta los parámetros del debate que generó su aprobación en un Puerto Rico distinto tanto al de 1948 como al del presente. Ramos Méndez se cuida de detallar los sectores que se opusieron y los que favorecieron la implementación de una ley que resultaba innovadora y necesaria para algunos y, disruptiva respecto a la tradición para otros. Dos retóricas entraron en conflicto en aquel momento, asunto que valdría la pena trabajar con más detalle. En el recuento no olvida señalar las fidelidades político-ideológicas y partidistas de uno y otro bando, así como tampoco la forma en que aquellas incidieron en la toma de posición ante el proyecto. Esta parte de la discusión ilustra al lector sobre otro registro de discrepancias en cuanto a la representación de lo “puertorriqueño” y su “futuro” que han marcado a los defensores de cada proyecto de estatus con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial.

En alguna medida la discusión de esta sección demuestra que el Puerto Rico moderno y económicamente exitoso que soñaban restituir los ideólogos populares en la década de 1970, precisaba recurrir al azar, a la suerte o a la Diosa Fortuna, a fin de asegurar su supervivencia. La racionalidad a la que se había apelado desde los primeros momentos del proyecto desarrollista asociado al novotratismo ya no era suficientes para los fines propuestos. El proceder también ratificaba que el liderato popular de 1974, el cual se había formado en medio de la crisis iniciada en 1971, había recalibrado los lentes con los cuales oteaba un mañana para el Estado Libre Asociado. La representación de la meta hacia la que conducía el camino “jalda arriba” era por completo distinta a la forma en que el liderato popular había imaginado las posibilidades del país en 1948 cuando se podían depositar todas las esperanzas de crecimiento material y espiritual en el mito de la “planificación” sostenido sobre la idea de la racionalidad. La clase política vinculada al PPD no estaba dispuesta a aceptar que el “jalda arriba” se había transformado en un “cuesta abajo”. Todavía hoy hay quienes no son capaces de verlo.

En la “Conclusión” Ramos Méndez contextualiza la situación de las tragamonedas o traganíqueles y los casinos en el marco de la revolución tecnológica que irrumpió en el mercado desde la década de 1990 en adelante.  

Una lectura cultural

Este breve trabajo de Ramos Méndez  ilustra al investigador en torno a aspectos poco problematizados que formaron parte del proyecto modernizador impuesto durante la segunda parte del siglo 20 en Puerto Rico. En torno al juego y la industria de los casinos y otros temas relacionados, el lector apenas cuenta con algún trabajo del Dr. Luis López Rojas en torno a la mafia y la industria del turismo durante el dominio del PPD, y a algún trabajo esclarecedor de la Dra. Mayra Rosario Urrutia en relación con el popular juego de la bolita. Se trata de aproximaciones y ámbitos distintos pero los autores citados convergen en la intención de aclarar el lugar de esta práctica polémica a la hora de mirar el largo periodo de control del PPD sobre el gobierno de Puerto Rico. En su conjunto el interés señalado parece ser un elemento propio de un puñado de investigadores de los últimos 20 años. Valdría la pena mirar en esa dirección y estimular una revisión más sistemática y detallada del fenómeno y su impacto en la transición de la modernidad a la posmodernidad en el país, en especial por el hecho de que el turismo se fue convirtiendo después de 1976 en uno de los nichos económicos en el que más esperanzas se depositaron en el marco de la era de las industrias 936.  

Los juegos de azar poseen un pasado nebuloso documentable en las fuentes más diversas, asunto que ningún investigador se ha propuesto aclarar todavía. En general se les proyecta como una serie de prácticas caracterizadas por su pasado “cuestionable”. El desinterés puede deberse a la  complejidad ínsita de la práctica, pero tampoco se puede descartar la ambigüedad moral que siempre genera su ejecución en un entorno cultural, histórico, social y moral como el puertorriqueño.  Esta observación me parece aplicable tanto para la evolución cultural del país antes del 1898 cómo después de esa fecha. El sentido que se le ha dado a ese pasado “cuestionable” no ha sido formulado de manera apropiada. Las pistas sin embargo están allí, como se verá de inmediato. El ejercicio no es exhaustivo. Se trata a lo sumo de un muestreo con la intención de sugerir pistas respecto a la percepción cambiante de esta práctica en el imaginario puertorriqueño moderno a ambos lados de 1898.

El juego  fue  condenado por la moral católica y la jurisprudencia civil como un nicho de subversión propio de gente inconveniente al orden público. Por un lado, fue en medio de un juego de naipes celebrado en San Juan en 1795 donde se identificó la que ha sido considerada la primera conjura señalada como separatista en la historia de Puerto Rico. Los hallazgos hablaban por sí solos: la efigie de un rey en una moneda mutilada con letras diminutas a la altura del cuello del monarca recordaba la amenazante guillotina.  El detalle fue suficiente para que se levantara una investigación e interrogatorio a la gente que ocupaba la mesa. En el proceso investigativo el pintor José Campeche actuó como perito ilustrando el hecho subversivo en un dibujo.

Por otro lado, una de las acusaciones que con más intensidad esgrimió el periodista José  Pérez Moris en su Historia de la Insurrección de Lares (1872) a la hora de representar las personalidades de Ramón E. Betances Alacán y el licenciado segundo Ruiz Belvis tenía que ver con su propensión a la bebida, las mujeres y al juego en garitos propios para conjurarse contra el orden establecido. El hecho de que en otra parte del volumen equiparaba el separatismo a un virus ofrece al historiador cultural una imagen precisa de la idea que se tenía de aquellos espacios.

Todo sugiere que la condena del juego y el azar fue esgrimida lo mismo por el poder instituido y las fuerzas conservadoras como por la oposición crítica y educada de los liberales. Para ambos extremos se trataba de una práctica degradante y deshumanizadora indigna.  El conservadurismo moral integrista y el liberalismo racionalista recurrieron a la censura del juego como una práctica impropia de la condición moderna. Uno de los textos narrativos autobiográficos del joven  Eugenio María de Hostos escrito en 1859, el relato “La última carta de un jugador”, presenta una imagen atroz del jugador compulsivo. Hostos describía un comportamiento rayano en lo antisocial y la locura. El registro de citas podría ampliarse a numerosos observaciones de la intelectualidad criolla desde las estampas  de Manuel Alonso Pacheco hasta la observación social de Salvador Brau Asencio.

En términos generales el juego, la fortuna, el azar, se percibían como un atentado contra cualquier presunción de “orden” ya fuese teológico, natural o social. La idea de un “orden universal” era puesta en  entredicho cada vez que se tiraban los dados o se repartían los naipes. Aquellos actos proyectaban una discursividad que llamaba la atención sobre la contingencia, el acaso y la casualidad: de allí su carácter subversivo. En aquel escenario sin “orden” solo quedaba  lugar para la veleidad y la inconstancia. La feminización de la suerte parece haber jugado un papel en todo ello. Nicolás Maquiavelo, al discutir la Rueda de la Fortuna, identificaba aquel fenómeno con el culto a la popular Diosa Fortuna de origen latino, entidad que chocaba con el estricto ordenamiento patriarcal y masculino dominante. En cierto modo, el patriarcalismo del culto al orden estaba agazapado detrás de todo ataque o censura al juego. Resultaba innegable que el poder subversivo y desordenador estaba siendo asociado al femenino azar.

El juego también fue un entorno cuya praxis generó opiniones discordantes durante el siglo 20 en el marco de la presencia estadounidense. La situación se hizo más tensa en el contexto de la Gran Depresión desde 1929, condiciones que pusieron a prueba la relación entre las elites puertorriqueñas y el poder colonial. Los argumentos morales tradicionales y los económicos modernizadores pujaban en direcciones opuestas. Los primeros pugnaban para, con el fin de proteger  una  tradición y herencia comprendida de modo peculiar, oponerse a su legitimación. Los segundos para, con el fin de respaldar una modernidad comprendida de modo peculiar, favorecer su legitimación.

Aquella ambigüedad explica por qué en 1930 Muñoz Marín, un activista que se movía entre las izquierdas y el nacionalismo moderado, se opusiese a las tragamonedas o traganíqueles. Permite también comprender por qué mediante la Ley 11 del 22 de agosto de 1933 se ilegalizó aquellos artefactos hasta el punto de que, en un simbólico espectáculo, las máquinas existentes confiscadas fueron “destruidas y lanzadas al mar frente al Morro”. Era como si la tradición se hubiese impuesto ante un signo modernizador que se despreciaba:  la presunción de que Puerto Rico podía ser moderno sin apelar a la “suerte”, es decir, dependiendo sólo de la razón instrumental, estaba allí. Las posturas reflejaban valores culturales distintos.

La legitimación del juego de azar en 1948 puso frente a frente el conjunto de los valores tradicionales y modernos. El dualismo maniqueo de la oposición no me sorprende. Puerto Rico se encontraba entre dos aguas, al garete quizá,  si pienso en la metáfora de Antonio S. Pedreira. El país se movía por las aguas inseguras de su modernización material y espiritual dependiente. En aquel momento daba sus primeros pasos dentro del proceso de industrialización por invitación conocido como Operación Manos a la Obra (1947-1976).  Los opositores al juego se apoyaban en los parámetros de un idealismo abstracto y en el culto a la limpieza moral y al valor del trabajo propios de la ética burguesa. Los defensores del juego se apoyaban en los parámetros de un realismo pragmático y en el culto a la necesidad de un hipotético acceso a los bienes materiales a cualquier costo.

A nadie debería extrañar que la revisión del estatuto de 1948 se diese en 1974, momento en que la crisis del proyecto económico de 1947 era evidente y se cuajaba su reformulación en el marco de Era de las Empresas 936 (1976- 2005). La garantía de que los juegos de azar no desembocaran en la disolución moral correspondía el Estado. Estatalizadas las traganíqueles se presumía que cumplirían una función sanadora en un mercado que se asomaba al colapso. De igual manera los avatares del mercado, revisión que debe hacerse con sumo cuidado, justificaron la privatización del recurso y estimularon su multiplicación en el año 1996 bajo una administración PNP, la de Pedro Rosselló González (1944- ).

Este libro de Ramos Méndez ratifica la importancia de la historia de las tragamonedas o traganíqueles y la industria de los casino como un indicador  más de la evolución de un mercado dependiente y anómalo desde el periodo entreguerras y la Gran Depresión hasta la fractura del orden de posguerra y la intrusión del neoliberalismo colonial. El autor hace un esfuerzo loable por comprender el papel de aquel giro, la intolerancia o la tolerancia a los juegos de azar por cuenta de las fuerzas del Estado, en el contexto mayor de la transición de una economía liberal moderna desarrollada en medio de la segunda posguerra mundial, a una economía neoliberal posmoderna en medio de la transición al fin de la guerra fría y el inicio de la posguerra fría, siempre en el marco de la dependencia colonial. Tampoco pasa por alto las transformaciones del productor directo y el ciudadano de consumidores moderados a consumidores neuróticos o gente que “vive para consumir” como sugería el sociólogo Zygmund Bauman. La transición de un estadio a otro, fases siempre superpuestas e imposibles de separar,  requería acorde con este volumen,  una mayor confianza en la alea o la suerte y el liderato del PPD estuvo dispuesto a negociar en esa dirección.

Notas en torno al libro de Mario Ramos Méndez (2020) La modernización de la suerte: la legalización de las máquinas tragamonedas en 1974. (San Juan): Editorial Las Marías. 87 págs.

abril 11, 2021

Notas a una conferencia de César A. Salgado en torno a Sotero Figueroa Hernández (1851-1923)

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

El pasado 4 de febrero tuve la oportunidad de compartir con el colega César A. Salgado, profesor de la Universidad de Texas en Austin. El escenario fue su presentación “San Juan / Ponce / Nueva York / La Habana: trayectoria de Sotero Figueroa”. El diálogo, prefiero ver este tipo de intercambio de ese modo, contó con el respaldo del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) y el Departamento de Ciencias Sociales del Recinto Universitario de Mayagüez. Detrás de ese esfuerzo estuvieron los doctores Edwin Asencio Pagán, José Anazagasty Rodríguez y Marcelo Luzzi. Agradezco su disposición a abrir un espacio de reflexión en torno a las relegadas materias de la cultura del siglo 19 antillano. 

Mis acotaciones a la referida ponencia se elaborarán de un modo oblicuo. Me propongo tomar distancia del asunto concreto tratado con el propósito de que los lectores estén en posición de valorar de manera informada la naturaleza de la mirada de Salgado. Con ello en mente comentaré su exposición desde una perspectiva macroscópica. El entramado macroscópico al cual voy a hacer referencia tiene que ver con los estudios históricos, sociales y culturales del siglo 19 puertorriqueño y su situación en el presente. Después de todo, se trata del territorio de investigación en el cual me formé durante la década de 1980 y al cual, tras un largo entreacto, he regresado en los últimos 10 años.

Dr. César Salgado

Como se sabe, las cuestiones del siglo 19 fueron cardinales para la discusión historiográfica durante las décadas de 1930 y 1950. Volvieron por sus fueros en medio del sordo debate entre la “historiografía tradicional” y la “nueva” durante las décadas de 1970 y el 1980. La ansiedad por aclarar la naturaleza probable del “primer Puerto Rico moderno” dominó el paisaje historiográfico por lo menos hasta mediados de la década de 1990. De entonces a esta parte, algo tuvo que ver en ello el breve interludio del “debate posmoderno criollo”, los acaecimientos del siglo 19 fueron desplazados hacia el “coxis” de la disciplina. La frase que utilizo, que para algunos podrá resultar ofensiva, es una reescritura de otra emitida en 1974  por el historiador francés vinculado a la Historia de las Mentalidades, Jacques Le Goff. El medievalista la traía para referirse a la situación de los estudios culturales ante los sociales y económicos en su país dentro del marco de la Escuela de Annales. Ese tipo de pugilatos, como se sabe, son comunes en este campo de estudio.

El trabajo historiográfico en aquellas décadas, las cuales identificaré por comodidad intelectual con las “generaciones” (una mala palabra que se ha convertido en un clisé condenar), del 1930 y el 1950, y la nueva historia social y económica del 1970 y el 1980, miraron con intensidad en aquella temporalidad. Las posibilidades eran varias. Era posible remitirse a un siglo 19 largo que podría hundir sus raíces en el reformismo ilustrado; o un siglo 19 corto que algunos anclaban en la década de 1810. La lógica del historiador materialista histórico inglés Eric Hobsbawm en torno al siglo 20, ha servido de modelo a la hora de reconocer la incertidumbre que produce la noción secular desde hace mucho tiempo.

Los énfasis de ambas coyunturas interpretativas fueron distintos. Los intelectuales del 1930 y el 1950 privilegiaron el homo politicus. Favorecieron los estudios políticos e institucionales y el  desarrollo de la conciencia ciudadana en la ruta inevitable hacia cierto tipo de libertad política. Dado que formularon sus juicios en tiempos habitados por líderes iluminados y carismáticos, insistieron en el protagonismo de las élites intelectuales en la invención de una identidad que se instrumentalizó en su tiempo de la mano del populismo y el nacionalismo. Por eso, a mi modo de ver, pusieron tanto empeño en la indagación de los avatares del liberalismo y el autonomismo decimonónicos. Sus formulaciones expresaban la insistencia en que se comprendiera el “presente” desde cual reflexionaban como una culminación inevitable de los ideales de las élites liberales del “pasado”. En ese aspecto, los intelectuales nacionalistas y los autonomistas del siglo 20, coincidieron. El trasfondo común de ambos extremos era el respeto reverencial al pasado hispano como “acreedor” de una identidad estable que había protegido a la nación de la “absorción” por parte del “otro”.

Los intelectuales del 1970 y 1980, una interesante contraparte de los anteriores, utilizaron otro prisma en la medida en que privilegiaron el homo economicus. Como si se tratará del envés de un espejo, estimularon el estudio de los engranajes económico-sociales, de las condiciones del mercado, de las relaciones entre diversos sectores de capital en la geografía económica del país y se fijaron en las condiciones de los productores directos en la ruta inevitable hacia el mercado libre.  Resaltaron los trasfondos y los apetitos concretos que movilizaron a la intelectualidad criolla en ciertas direcciones políticas y culturales y, cónsono con ello, investigaron los avatares del liberalismo y el autonomismo como reflejo “en última instancia”, la frase era de Karl Marx, de sus intereses materiales y económicos.

En general los historiadores del 1930 y el 1950, luego tildados con tirria como “tradicionales”, y los de 1970 y 1980, autoproclamados con pasión como “nuevos”, apropiaron el siglo 19 como la expresión de una “modernidad inconclusa”, “atrofiada” o “trunca” cuya marca límite había sido el 1898. La preocupación por el esclarecimiento de la situación de las relaciones de clase, el abajo social y las periferias durante el siglo 19 fue también común. Los “tradicionales” animaron una interpretación “paternalista” que resaltaba el papel dirigente de las elites iluminadas, es decir, el procerato. Los “nuevos” llamaron la atención sobre la “autonomía” y la “agencia” del abajo social y las periferias y, a veces, inventaron un “procerato” del “abajo social” por oposición al otro. Un poderoso determinismo, ordenado de manera distinta en uno y otro caso, medraba detrás de ambos discursos los cuáles, en gran medida, se cancelaban mutuamente. Los fantasmas del progreso y la libertad animaban ambas perspectivas.

Eso significa que Luis M. Díaz Soler y Gervasio García, dos figuras cuya respetabilidad no pongo en duda, aunque compartían el objeto de estudio diferían en cuanto a la “mirada”. Confieso que conocí mejor al primero que al segundo y que mi “mirada”, así como la de Salgado, no coincide con la de ninguno de los dos. En general, como decía Alejandro Tapia y Rivera en sus memorias inconclusas, la concepción dominante era que Puerto Rico nunca pudo superar la condición de “cadáver de una sociedad que no (había) nacido”, una afirmación dura que sugería la imagen de un ominoso aborto sociocultural.

Sotero Figueroa

En cierto modo me alegra que Salgado no sea historiador. Su discursividad, como ya he sugerido, se ubica más allá de aquellos parámetros que, si bien fueron útiles y contestaron interrogantes en el tejido en que fueron articulados, ya no responden las preocupaciones legítimas que se formulan desde algunos nichos de la historiografía del presente. Digo en algunos nichos porque reconozco que la diversidad interpretativa, así como las luchas por el poder y el control del saber, siempre ha sido la nota dominante en este como en cualquier otro campo intelectual.

La situación de Salgado como comparatista literario interesado en las personalidades de James Joyce, José Lezama Lima y los temas cubanos, junto a su condición de poeta y artista de la ficción, recursos denostados acrimoniosamente por algunos de los llamados “nuevos” historiadores, le permiten ver o inventar y “problematizar” aspectos inéditos que resultarían invisibles tanto para los “tradicionales” como para los “nuevos”. Uso el concepto “problematizar” en el sentido que le dio Lucien Febvre: como esa facultad para definir “problemas” donde aparentemente no los hay y como un recurso idóneo para superar la “historia historizante” que identifico con las vertientes que he denominado “tradicionales” y “nuevas”. Ninguna de las dos poseía el utillaje ni la voluntad para mirar hacia los lugares que Salgado mira.

Su reflexión sobre la vida, obra y el tránsito tanto temporal, espacial e ideológico, de Sotero Figueroa Fernández, el tipógrafo ilustrado, el periodista, el intelectual y el activista autonomista y separatista, representa un modelo que Salgado ha desarrollado en diversas instancias. Me consta que ha ejecutado gimnasias análogas en torno a Alejandro Tapia y Rivera, Lola Rodríguez de Tió, Cayetano Coll y Toste, Arturo Alfonso Schomburg, entre otros. Sé que tiene en mente otras personalidades que compartirá en el futuro con sus lectores. Su acercamiento a Figueroa Fernández es, por lo tanto, parte de un experimento interpretativo en la cual el crítico literario se empeña en elucidar la situación de otro puertorriqueño alojado en una de las numerosas diásporas. Se trata de una preocupación compartida por quienes, como yo, se sienten atraídos por los exilios de todo tipo y su impacto en el discurso de la identidad.

Por su formación Salgado trabaja con intensidad las formulaciones literarias de aquel siglo. El carácter de sus observaciones me recuerda otra postura común en la intelectualidad del siglo 19 puertorriqueño que circulaba al interior del elitista Ateneo Puertorriqueño. Me refiero a la llamada “historia psicológica” articulada teóricamente pero de manera dispersa por intelectuales como Eugenio María de Hostos y Manuel Elzaburu Vizcarrondo. La idea central de la “historia psicológica” era que la identidad maduraba en los intersticios de la literatura creativa en particular la novela, el género moderno y burgués por excelencia.

La historiografía se concebía como una lectura racional y proyectiva de la literatura creativa porque se presumía que en ella se dibujaba el espíritu colectivo de la región camino a transformarse en una nación. Dado que Puerto Rico nunca vio crecer su historiador moderno pleno, la cita es de Elzaburu Vizcarrondo, ni tampoco fue el teatro de una gran producción novelística, la conclusión lógica era que la región camino convertirse en una nación andaba al margen del progreso. Eso era lo que Tapia y Rivera sintetizaba en la metáfora del cadáver no nacido. En cierto modo la modernidad sin historiografía y sin novela se concebía como una imposibilidad o una utopía. La “conciencia” de la anomalía se impuso sin remedio.

Todo parece indicar que aquella idea prejuiciosa era la que justificaba el amor a España y la necesidad de ser reconocida por aquella como iguales que manifestaban los sectores liberales reformistas de Puerto Rico incluyendo, claro está, a los autonomistas radicales. Aquel fue un periodo condenado por la crítica peninsular e insular como uno de escasos valores y posibilidades, si bien de grandes esfuerzos que recaían sobre los hombros de la intelectualidad de la clase criolla. Aquel terreno lleno de inseguridades iba a ser culturalmente fértil para la aceptación de la promesa estadounidense de progreso y modernización en 1898 como un acto liberador por aquellos sectores.

Todo esto lo sé, voy a hacer una digresión personal, porque Salgado y yo lo hemos discutido cara a cara desde el año 1999. Por entonces yo trabajaba para la Universidad Interamericana en San Germán en el proyecto fundacional de la Casa-Museo Aurelio Tió, uno de los acervos más ricos y menos trabajados de la historiografía puertorriqueña. Fue allí donde me topé con él por primera vez. Su interés por la correspondencia de temas públicos y privados de Lola Rodríguez de Tió le habían llevado hasta el lugar. Los encuentros en la vieja casona de los Tió en San Germán se convirtieron en visitas esporádicas a las casas que habité en Hormigueros. Las tertulias se repitieron año tras año hasta que, en 2020, la pandemia de Covid 19 impidió las mismas. Desde entonces solo los medios electrónicos han permitido la comunicación. Han sido 20 años de intercambio personal y cultural y 20 años no pasan en vano. No enumero los múltiples aspectos que discutimos en mi biblioteca, en algún café, en el banco de una plaza en San Juan o en Austin desde principios del siglo 21 por qué no quiero agotarlos con una larga lista.

Lo que sí me gustaría elucidar es el hilo conductor de aquellas conversaciones centradas en las figuras, sus discursos y sus contextos en la mesa informal diálogo. Lo primero que aclaro es que, a diferencia de las miradas llamadas “tradicional” y “nueva” antes citadas, lo que interesaba a Salgado no era la clase social ni la fisonomía de una cultura elitista compartida. Tampoco se trataba de aclarar una ideología política o una concepción de la identidad regional que se pudiese definir como distintiva de una “gran familia puertorriqueña” o de una “clase criolla” con presunciones de homogeneidad. Tampoco era su intención forzar la formulación de la “conciencia” compartida como la expresión de un color de piel o una etnicidad dadas.

En cierto modo la selección de figuras ejecutada por Salgado tenía la intención de ratificar el carácter híbrido y la diversidad de una “conciencia antillana” en formación en el siglo 19 en la cual se insertaba la “puertorriqueña”, expresión que resultaba distante de la “conciencia caribeña”  en la cual se insertaba la “nacional” según la conocimos durante el siglo 20. Las conversaciones eran una entretenida aporía tras el “debate posmoderno criollo” y su sugerente asunción de la “miseria del nacionalismo”. Su planteamiento era una invitación a aceptar la fragilidad de esas identidades que muchos consideraban objetos terminados según eran congelados a través de la racionalidad instrumental. Detrás de todo ello estaba la idea de que, incluso las conciencias colectivas presumiblemente más redondas, no eran sino procesos en construcción constante a través del tiempo y el espacio. Su planteamiento era además una invitación a caminar a contrapelo de las convenciones de la mirada “tradicional”, “nueva” y “posmoderna” al uso.

La lectura que propongo de la conferencia “San Juan / Ponce / Nueva York / La Habana: trayectoria de Sotero Figueroa” es la siguiente. Voy a evaluar la mirada alternativa de Salgado a aquellas figuras selectas como una propuesta para la revisión crítica de la representación historiográfica que se ha hecho del siglo 19 antillano. Mirar el siglo 19 a 122 años de la invasión de 1898 representa todo un reto. El carácter innovador de la mirada de Salgado circula alrededor de varios elementos.

En primer lugar, el énfasis que pone en comentar figuras no canónicas o preteridas como es el caso de Figueroa Fernández. En segundo lugar, el apasionante esfuerzo que ejecuta alrededor de la archivología y los procesos de construcción de esos registros simbólicos o materiales como ocurre cuando mira hacia Coll y Toste, Tapia y Rivera o Schomburg. Los apetitos archivísticos de Figueroa Fernández están, por otro lado, vertidos en su colección de biografías publicada en Ponce en 1888, y en la fijación de la memoria rebelde en la obra historiográfica que produjo en torno a la Insurrección de Lares en el periódico Patria durante la década de 1890, proceso en el cual la correspondencia con Ramón E. Betances Alacán, un reclamo directo a su memoria, cumplió una función puntual.

En tercer lugar, para Salgado visitar críticamente la construcción de la memoria, su registro textual y su condición de materia prima de la historiografía ha sido clave. No solo eso. También se ha ocupado de evaluar la lucha por el control de la memoria que se ha desarrollado entre liberales reformistas, separatistas anexionistas e independentistas y sus herederos a lo largo de dos siglos. Las pugnas han girado alrededor del crédito por la consolidación de ciertas gestas consideradas gloriosas tales como la abolición de la esclavitud o de la libreta de jornaleros, el avance de la lucha por la libertad y el significado político concreto de dicho polisémico concepto, entre otras. Incluso el sentido que debe adjudicarse a ciertos episodios tales como las rebeliones de Lares y Yara, ha sido parte de ese pugilato histórico como lo refleja la anteposición de la imagen de la algarada a la de acto fundacional. En cuarto lugar, Salgado se ha empecinado, para bien de todos, en revisar los porosos límites de las concepciones políticas decimonónicas, me refiero al autonomismo, al separatismo, al regionalismo y el nacionalismo emergente, y la proyección de aquella incertidumbre gnoseológica hasta el presente.

El registro que antecede es tentativo e incompleto pero bastará para estimular a quien se acerque a este tipo de problemas. Por último, esta mirada a Figueroa Fernández hace algo más: revisa uno de los fundamentos de un posible discurso historiográfico puertorriqueño emanado del autonomismo radical y el separatismo independentista y antillanista, tal y como lo he señalado en diversas ocasiones. Para quienes miramos hacia la tradición nacionalista del siglo 20 desde la “comprensión” y la empatía sugerida por Marc Bloch, pero también desde la crítica incisiva que se ubica más allá del culto pueril, su aportación es invaluable. Agradezco las pistas compartidas por César A. Salgado durante los pasados 20 años. La relectura del pasado puertorriqueño se enriquece con su trabajo.

marzo 18, 2021

San Juan/Ponce/Nueva York/La Habana: Trayectorias de Sotero Figueroa

La siguiente entrada incluye la vídeo conferencia del Dr. César A. Salgado, comparatista de la Universidad de Texas en Austin, sobre el tipógrafo, intelectual y conspirtador puertorriqueño Sotero Figueroa. La actividad fue realizada el 4 de febrero de 202 por invitación del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) del Departamento de Ciencias Sociales (RUM-UPR). La misma es comentada por el Prof. Mario R. Cancel (RUM-UPR). Invito a todos a elaborar una reflexión innovadora sobre el siglo 19 puertorriqueño.

marzo 15, 2021

La Ley Foraker (1900) : una introducción

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 12:02 am
  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

Unos apuntes generales en torno a la Ley Foraker (1900) en la transciuón del Gobierno Militar al Gobierno Civil tras la invasión de 1898.

febrero 27, 2021

La epidemia reinante: notas al margen de un libro de Mayra Rosario Urrutia

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 1:04 pm
  • Mario Cancel Sepúlveda

Comentario en torno Mayra Rosario Urrutia (2018) La epidemia reinante. Llegada, difusión e impacto de la influenza en Puerto Rico, 1918-1919. San Juan: Laberinto. 131 págs.

En 2018 la Librería Laberinto inició su colección editorial con la publicación del libro La epidemia reinante. Llegada, difusión e impacto de la influenza en Puerto Rico, 1918-1919, obra de la Dra. Mayra Rosario Urrutia, catedrática e historiadora adscrita al Departamento de Historia de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y conferenciante de historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en San Juan Antiguo. La relevancia que ha ganado este tema desde marzo de 2020 no puede ser puesta en duda.

La Dra. Rosario Urrutia, quién ha estudiado con cuidado las primeras décadas del siglo 20 a la luz de la prohibición del consumo de alcohol en el contexto de la Ley Jones de 1917, vuelve a indagar aspectos poco trabajados de aquel momento en el país. En términos historiográficos este volumen invita a conocer mejor un periodo, como tantos otros, poco visible en la historiografía. Todo sugiere que el “espesor” que se adjudica al 1898, momento de la invasión, y al 1929, momento de la crisis del capitalismo internacional y de la relación colonial establecida en 1900, son suficientes para explicar el “olvido” o la condición de “años en blanco” del 1918 y el 1919.

La lectura de este volumen, cuyo argumento central se apoya en el concepto metafórico “memoria traumática”,  permitirá una comprensión  más profunda de este problema. Para el estudioso de la historia de la “epidemia reinante”, una expresión recogida de la prensa de la época, el texto servirá no sólo para evaluar las razones de la omisión sino que también ofrecerá pistas para aclarar los mecanismos que definen los intereses de los historiadores y los lectores concretos en entornos precisos. La experiencia de la lectura de este volumen posee, en consecuencia, diversos valores.

Lo cierto es que en los últimos años el peso del “presente” se ha hecho más notable en la determinación de las direcciones investigativas de numerosos historiadores. El renacimiento del interés en los desastres cualificados como naturales, ha confluido en una invitación a la relectura de fuentes hoy consideradas clásicas con una mirada fresca, a la vez que ha promovido la invención de fuentes y miradas nuevas. El huracán María de 2017, los terremotos de diciembre y enero de 2019 y 2020, y la pandemia de Covid 19 desde marzo de 2020, no han hecho otra cosa que reafirmar el papel determinante del presente en la figuración del pasado.

El discurso de la autora gira alrededor de 3 nudos. El primero tiene que ver con el tema de la “censura” y el “trauma”, fenómenos medulares para comprender la omisión o el silencio propuesto. En este espacio se establece una “teoría del olvido” que bien podría servir como modelo para la apropiación de otros problemas historiográficos que también habitan el leteo. En el caso del 1918 y el 1919, el peso que tuvo la situación bélica fue significativa. La pandemia surgió y fue gatillada por la llamada “Gran Guerra” (1914-1918) y fueron las bases militares y el regreso de los veteranos un acicate para su propagación. No debe pasarse por alto que la discusión de la etiología del virus estaba censurada por el hecho de que aquella podría afectar la moral de las tropas en tiempos de combate o la imagen de unos aliados triunfantes ante el Imperio Alemán. Es asunto del terremoto de San Fermín de octubre de 1918, cumplió la función de un segundo violín siempre oculto detrás de todo aquel entramado.

La autora aprovecha aquel nudo para explicar el contexto biológico y social de los efectos del virus AH1N1, afección conocida también como la “muerte violeta”,  el “flujo” y la “grippe española”. La riqueza y la diversidad metafórica de las nominaciones del mal, expresa bien la confusión que la medicina tenía con respecto al orden de aquella enfermedad. La “epidemia reinante”, una frase de talante modernista con remedos simbolistas, afirmaba el carácter todopoderoso del padecimiento a la vez que alimentaba y bruñía el “miedo” imperante, asunto que debería ser tratado con sumo cuidado en otras investigaciones. La ciencia, la popular y la académica siempre inciertas, se empantanó en la nominación confundiéndola con el dengue o el trancazo, concepto que en la lengua coloquial española sugería un catarro fuerte. Entre la censura oficial y la devaluación del peligro existía una relación que valdría la pena discutir en otra ocasión.

El segundo nudo ostenta un valor  informativo extraordinario. Su lectura ofrece un cuadro de las tres etapas de la pandemia en el país. Una primera que comienza a mediados de junio y termina a finales de septiembre de 1918; una segunda que comienza en octubre de 1918 y termina en enero de 1919; y una tercera que comienza en enero y cierra en mayo de 1919. La autora se ocupa de precisar el lenguaje con el cual las autoridades sanitarias gubernamentales y la Cruz Roja de Puerto Rico se ocuparon de explicar el fenómeno para consumo público. También establece las teorías formuladas para glosar el arribo de la influenza al territorio en medio de la censura impuesta por las autoridades federales.

Llama mucho mi atención el empeño del gobernador Arthur Yager, un funcionario tildado como irresponsable en la correspondencia particular de José Celso Barbosa existente en el Archivo de Roberto H. Todd por sus afinidades con el Partido Unión de Puerto Rico. Pero lo más sorprendente es el descuido con que las autoridades federales utilizaron un argumento político-jurídico legitimado desde principios de siglo, me refiero a la condición de territorio no incorporado de Porto Rico, para negarle al país la ayuda humanitaria en paridad con los demás estados de la unión.

Todo parece indicar que históricamente la desidia y la indolencia se imponen en las autoridades estadounidenses cuando se trata de emergencias colectivas en Puerto Rico. Una lectura política entre líneas devuelve al lector al territorio de la batalla de las  “razas” o “culturas”, un engendro interpretativo persistente en la cultura política que impregna la relación entre un proverbial “ellos” y “nosotros”. Imposible pasar por alto las expresiones innovadoras de aquel prejuicio expresados desde septiembre de 2017 al presente. El diseño de las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos y la representación que han manufacturado aquellos de los puertorriqueños, esto es una broma teórica, parece ser un asunto propio de la larga duración braudeliana: cambia tan lentamente que parece que no cambia.

El tercer nudo tiene que ver con las reflexiones finales y los recursos que la autora ofrece para crear en el lector un mapa mental de aquella tragedia colectiva. El volumen posee un interesante balance en términos de los recursos a los que recurre su interpretación. Se trata de un interesante juego entre el análisis social y análisis cultural con el cual se consigue una representación más holística del problema historiográfico planteado.    

El sentido del análisis cultural en este libro posee una peculiar complejidad. El  comentario en torno a la metaforización bélica en el lenguaje médico y su presencia en la prensa diaria es por demás valioso. La disciplina médica, la política y la guerra poseen intersecciones lingüísticas muy particulares.  La recurrencia al lenguaje bélico en momentos en que se ha ganado una guerra  debía ser considerada capaz de comprometer emocionalmente al que lo escuchaba. Esa práctica también ha sido documentada en el lenguaje religioso de su tiempo. La meta común parece haber sido estimular una actitud de cruzada, guerra santa o compromiso en donde la euforia patriótica, cívica y moral eran difíciles de distinguir una de las otras.

La actitud sumisa y colaboracionista de las masas populares, independiente de la fragilidad de sus bases, era considerada la garantía, ilusoria por demás, de paz social. La amenaza que se pretendía conculcar debía ser respaldada moral y materialmente por todos como una unidad. En cierto modo, y esto puede parecer un atrevimiento mayor, actuaba como un discurso paralelo al que se había apelado desde el unionismo puertorriqueño en el largo proceso de construcción de una identidad nacional o regional. Aquella actitud recuerda la insistencia de las autoridades del presente en el sentido de que el encierro, la cuarentena o el lockdown en medio de la epidemia de Covid 19, ha estimulado la reconstrucción o recuperación de un tipo de familia ideal que realmente no ha existido, no existe y no existirá. De ese tipo de ilusiones parece llena la contradictoria situación que emana de este tipo de emergencias.

Este asunto de la metaforización posee diversos rostros. Durante el siglo 19, por el contrario, se utilizó el lenguaje médico para criticar los esfuerzos políticos del separatismo y el laborantismo revolucionario. El periodista conservador  José Pérez Moris, es su obra clásica sobre la insurrección de Lares publicada en 1872, insistía en tratar el separatismo como un “virus” cuya  difusión debía ser frenada a toda prisa. El hecho de que en Puerto Rico la cabeza de ese movimiento ideológico fuese un médico, Ramón Emeterio Betances, con experiencia epidemiológica, explicaba  su argumento. El juego de las metáforas de este tipo aplicadas al juicio de realidades concretas a lo largo de los siglos 19 y 20 no deja de ser un tema apasionante y poco trabajado en la investigación profesional. 

Otro elemento significativo del volumen es la apelación cuidadosa que hace la historiadora a la biopolítica, artefacto ligado a Michel Foucault. Su utilidad para la interpretación de la pandemia de 1918 y 1919 y la de 2020 es incontrovertible. Las condiciones de la emergencia estimulaban al Estado, de por sí poderoso, a controlar y disciplinar con más rigor a la gente. El miedo a la amenaza mortífera del virus legitimaba el asedio.  Las políticas higiénicas durante las pandemias son históricamente un laboratorio de control social que promueve y valida regímenes autoritarios. La diferencia entre el motivo invisible del terrorismo y un virus, por pensar en un modelo simple, es de grado.  La seguridad y la libertad entran en tensión siempre en condiciones como las aludidas.

En tercer lugar resulta culturalmente interesante el análisis de la “confusión” que generaba un desafío desconocido en la forma de un virus. En el caso del 1918 y 1919 la vacilación tenía que ver, según se ha dicho, con el nombre: gripe, influenza,  dengue, trancazo o catarro fueron utilizados indistintamente como nominativos. Aquella incertidumbre proyectaba bien las limitaciones de la ciencia médica en todos los tiempos. Leer este libro desde el hoy bajo la amenaza del Covid 19 orienta al lector sobre actitudes comunes al acá y el allá temporales. Todavía hay sectores de la comunidad que no confían en el criterio médico respecto a la peligrosidad del Covid 19.

De igual modo, tanto en 1918 y 1919 como en 2020, se apeló a remedios populares como la ingesta de licor para frenar su amenaza. Claro que en 1918 y 1919 la situación poseía sus peculiaridades dado el hecho de que la prohibición había desarticulado la venta de licor para el consumo de entretenimiento. En ese sentido una moralidad estrecha era objeto de la crítica de la voz popular y una justificación más para delinquir. En 2020 se trata más bien de un reclamo de defensa de la libertad individual cada vez que se aplica la Ley Seca, un tipo de prohibición en miniatura, en medio de la pandemia.

En cuarto lugar llama la atención la discusión que la autora desarrolla sobre la antes comentada “memoria traumática” y el papel del olvido de este tipo de eventos. La “memoria traumática” es un artefacto teórico enraizado en el psicoanálisis clásico y cercano al concepto “represión”. Recuerda ciertas teorías sobre la mente y el olvido asociadas a Henri Bergson y su afirmación de que el cerebro es una máquina para olvidar y no una para recordar. Estos apuntes reafirman algo que ya se sabía:  la represión y la ausencia de memoria también son componentes activos de la conciencia que los seres humanos desarrollan de su situación en el tiempo y el espacio. La argumentación de la historiadora evoca la del teórico francés del siglo 19 Ernest Renan, y la del historiador marxista inglés del siglo 20 Eric Hobsbawm en torno a la inscripción de la idea de nación en la Europa de sus respectivos siglos. La elucidación de los criterios de selección durante el proceso de recordar u olvidar, conscientes o no, permiten “mejorar el ayer”, es decir hacerlo más  comprensible, tal y como lo había sugerido en lúdico y complejo ensayo Jörn Rüsen.

Claro está, en el caso particular de la influenza, el olvido fue justificado por la censura oficial en medio del escenario bélico. Pero también, me parece, aquello tuvo que ver con el hecho de que los efectos de un desastre de aquella naturaleza lesionaban la imagen de la “promesa de modernización” emanada del 1898 puertorriqueño. La representación de Porto Rico, los portorriqueños y su pasado que habían producido los observadores estadounidenses había insistido en la falta de higiene, la suciedad y la insalubridad del territorio recién ocupado. Su  pasado epidémico era un lugar común que siempre llamaba la atención en sus discursos. En 1918 y 1919, la gravedad de la influenza superaba por mucho aquel pasado atroz.

Si el “trauma” y el “olvido” se “sanan” con el “recuerdo” es un asunto que no estoy en posición de discutir. Un libro sin su lectura cuidadosa y sin una difusión/discusión sistemática nunca será suficiente para ese fin. En el campo intelectual puertorriqueño esas condiciones nunca se dan. La lectura de este volumen  deja la impresión de que, en efecto, no se aprende del pasado. Mi pesimismo filosófico me dice además que nada garantiza que, incluso conociéndolo bien, no se caiga en los mismos errores. La historiografía no es ni una buena ni una mala maestra. Su eficacia depende de quienes la poseen como un bien valorable. El hecho de que la autora esté en posición de anotar “teorías de la conspiración” qué responsabilizaban a los chinos y a los alemanes por la pandemia, o sugerir la proliferación de “curas milagrosas” al mal tales como la ingesta de ron o alcohol, demuestra lo que llevo dicho.  

Desde el punto de vista de la historia social la autora se cuida de demostrar que había una relación muy estrecha entre las condiciones emanadas de la guerra que tenían que ver con la escasez de alimentos, una dieta inadecuada sintetizada en los puertorriqueños “pechihundidos” que anotaba Eugenio María de Hostos en alguna de sus observaciones del 1899, y la tragedia colectiva de la pandemia. Por más que se insista en que aquella fue una pandemia “democrática” porque tocó a gente de todas las clases sociales, sus víctimas idóneas estaban en las capas de desposeídos y productores directos mal pagados por el capitalismo de su tiempo.

Los valores generales de este libro son diversos. La obra de la Dra. Mayra Rosario Urrutia alimenta una visión más justa de la situación general de la salud en la recién adquirida colonia estadounidense. Sus observaciones desdicen la idea de que el progreso y la modernización calaron de manera homogénea aquel  territorio adquirido por la fuerza. Por el contrario, confirman que la desigualdad seguía allí y que había adquirido rasgos más ominosos. La imagen del Puerto Rico que se recoge de la lectura de libros como este ponen en duda la concepción que del territorio querían proyectar los gobernadores coloniales en sus informes anuales durante la misma época.

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