Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

septiembre 16, 2020

Separatistas anexionistas e independentistas: un balance ideológico


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En una columna anterior llamé la atención sobre el hecho de que “las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas”. Los múltiples puntos de encuentro entre aquellas tres versiones de la crítica al régimen español, cada una de las cuáles correspondía a una forma de figurar la modernización, no estuvieron ausentes de choques y de rupturas. Las tres expresaban una crítica al absolutismo monárquico y reconocían su incapacidad para modernizar y adelantar el progreso en el orbe antillano.

Un balance ideológico

En el plano político, el independentismo y el anexionismo compartían valores republicanos y demandaban la separación de las islas de España y la federación o confederación con otros países, ya fuesen las Antillas o Estados Unidos. Después de 1864 y 1873, la cuestión de la esclavitud dejó de producir choques en el seno de aquel sector: la esclavitud había dejado de ser un problema tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico. Otra cosa debieron ser las relaciones con los no-blancos pero ese es un asunto que habrá que discutir en otro momento.

El autonomismo por su parte no favorecía la separación y confiaba en que la España liberal en la cual confiaba se impusiera a la absolutista ya fuese bajo la forma de una monarquía limitada o una república dispuesta a redimir las aspiraciones de los insulares. Dada  fragilidad del republicanismo en la península tuvieron que acostumbrarse a negociar con monarquistas más o menos liberales. En gran medida los autonomistas se movían al interior de un integrismo crítico y condicionado más o menos optimista con respecto de la buena voluntad de los sectores progresistas de España.

En el plano cultural e identitario, los independentistas y los anexionistas eran duros críticos de los valores hispanos aunque reconocían tácitamente que no era posible extirparlos por completo de su visión de mundo. La cubanidad, puertorriqueñidad o dominicanidad no fueron objeto de reflexión teórica formal y profunda tanto como lo fue la macro identidad regional o antillana. Es probable, habría que indagar en el asunto, que las identidades insulares formuladas desde cada una de las Antillas estuviesen siendo asociadas al regionalismo, una idea presente en la historiografía ilustrada desde Iñigo Abbad y Lasierra, por ejemplo. El regionalismo había sido un artefacto teórico que el liberalismo reformista, el especialismo y el autonomismo habían reformulado y hecho suyo. El regionalismo, que no equivalía al nacionalismo, acabó en el siglo 19 vinculándose a ideologías no separatistas de fuerte acento español.

Lo cierto es que la alternativa de la macro identidad antillana no dejaba de expresar unos fuertes vínculos discursivos con el pasado hispano. Las Antillas habían sido el núcleo inicial de Imperio Español durante el siglo 16 y el escenario de choque entre el explorador Cristóbal Colón y la Corona de Castilla y Aragón. Su nominación había expresado el sueño de los exploradores de cultura humanista respecto al mito de la Isla de las Siete Ciudades o las Islas Afortunadas y a veces las Islas de Colón.  No puede pasarse por alto que Colón y la conquista fueron un punto de intenso debate entre significados intelectuales separatistas de todas las tendencias. La reflexión dominante, el caso de Eugenio María de Hostos Bonilla es emblemático, tendía a salvar a Colón como héroe civilizador pero no vacilaba en condenar los procesos de conquista como un acto de exterminio.

En última instancia, las condiciones que legitimaban la antillanidad tenían poco que ver con el pasado remoto tal y como lo sentiría un nacionalista del siglo 20 en el marco de la idea de la “raza” y la “latinidad” como un valor. La antillanidad del siglo 19 respondía, por un lado, al hecho de que el compromiso bolivariano de apoyo a su emancipación documentable por lo menos hasta fines de la década de 1820 y representado por el General Antonio Valero de Bernabé, entre otros, había perdido credibilidad. Por otro lado, respondía a los recelos geopolíticos del presente y el futuro inmediato en que fue formulada en especial el interés de Estados Unidos en las islas para fines económicos y estratégicos. A ello habría que añadir el empuje del Romanticismo Isabelino significado en la voluntad de la monarquía española por restituir parte de su imperio perdido a lo cual,  con posterioridad, se sumó el interés creciente del Imperio Alemán en la región antillana.

Un balance de fuerzas

¿Qué papel jugó el anexionismo en la ruta del movimiento separatista que desembocó en la Insurrección de Lares de 1868? La genealogía de la Insurrección de Lares habría que trazarla, así lo hice en una biografía sobre Segundo Ruiz Belvis, hasta los años 1856 y 1857 cuando el activismo abolicionista radical y cívico se hizo visible Mayagüez y San Germán. Después del episodio que condujo a la ejecución del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) en Cuba, la presencia del anexionismo parece haberse hecho más notable. La Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico (Nueva York, 1865) y el escenario de las audiencias de la Junta Informativa de Reformas (Madrid, 1867) en torno al asunto de la esclavitud en particular demostraron varias  cosas.

  • Primero, la capacidad de cooperación que poseían los independentistas y los anexionistas a la luz del reconocimiento de que era urgente separarse de España. La conciencia separatista y el antiespañolismo eran eslabones capaces de asegurar la colaboración entre dos sectores ideológicos que luchaban por la consecución de metas estratégicas que a la larga resultaban excluyentes. Debo aclarar que la idea de “separar” para “anexar” a la federación de Estados Unidos estaba más madura a la altura de 1867 que la de separar para crear una federación o confederación antillana. La idea de la “unidad antillana” tomó fuerzas después de los estallidos de 1868 en Lares y Yara en el contexto de la amenaza estadounidense y el crecimiento del anexionismo en el seno de ambos movimientos.
  • Segundo, aunque la pregunta de cuál era el sector más poderoso dentro del separatismo, los anexionistas o los independentistas, es imposible de responder, se puede presumir cierto balance de fuerzas entre uno y otro dada la persistencia de la alianza hasta el 1900. En aquella fecha Hostos Bonilla, un independentista, y José Julio Henna Pérez, un anexionista -ambos militantes de confianza de Ramón E. Betances Alacán- pudieron colaborar para tratar de transformar la invasión de 1898 en un elemento que adelantase el progreso de la libertad para Puerto Rico en una dirección descolonizadora y racional. El ejemplo de Hostos Bonilla es sugerente porque el sociólogo mayagüezano había sido un agresivo opositor al anexionismo poco después de Lares (La Revolución 1870).
  • Tercero, habría que preguntarse cuál era la percepción que tenía el gobierno español y la comunidad puertorriqueña sobre los separatistas anexionistas e independentistas. Historiográficamente el asunto de la percepción del Estado es más fácil de aclarar que la de la comunidad. Los fondos documentales oficiales en Puerto Rico y España están llenos de registros que permiten imaginar la imaginación del poder. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, tanto la producida por autores vinculados al liberalismo, al autonomismo y al conservadurismo, volvió sobre el asunto de los separatistas de manera reiterada, actitud que refleja la relevancia que se le dio a su activismo en aquel contexto.

La amenaza anexionista

Todo parece indicar que el enemigo a temer para el gobierno español era el separatismo anexionista, actitud que contradiría el silenciamiento de ese proyecto político modernizador por la historiografía puertorriqueña.  La razón para ello debieron ser las tensiones históricas desarrolladas entre el Reino de España y Estados Unidos desde la primeras décadas del siglo 19. La aprensiones eran tan profundas que, ocasionalmente, se utilizaba el adjetivo “anexionista” como un noción inclusiva que representaba no solo a los separatistas anexionistas sino también a los independentistas y los confederacionistas antillanos. Por eso en diversos documentos conocidos, Betances Alacán y Ruiz Belvis fueron tachados con el mote de anexionistas a pesar de que nada sugiere que hubiesen defendido esa postura.  La consistente colaboración entre anexionistas e independentistas era prueba bastante para llegar a aquella conclusión.

La innegable alianza entre anexionistas e independentistas justificaba en los observadores españoles temores mayores. Se presumía que la voluntad de los “anexionistas” estaba plenamente respaldada por el  gobierno o por diversos e influyentes grupos de poder de Estados Unidos. Si bien era cierto que variados sectores de aquel país valoraban la posesión de cierta injerencia en las Antillas por consideraciones económicas o geopolíticas, el gobierno de Estados Unidos acostumbró a expresarse de manera evasiva respecto a ello, siempre a la espera de que las Antillas cayeran bajo su esfera de influencia de manera “natural” (John Quincy Adams, “Política de la Fruta Madura”, 1823). La doctrina James Monroe (“América para los Americanos”, 1823) era la expresión voluntarista de un fenómeno que era considerado inevitable o un telos.

En el preámbulo de la Insurrección de Lares, el asunto alcanzó alturas inusitadas.  Desde 1852, poco después de la ejecución de López de Urriola en La Habana, la intervención de Estados Unidos Caribe parecía ser un peligro real.  Un decreto de esa fecha del presidente dominicano Buenaventura Báez Méndez (1812-1884) conocido como “El Jabao”, en el cual se apoyaba la inmigración “extranjera” a la región, animó el recelo de que, una vez instalados en territorio dominicano los inmigrantes avanzarían sobre Cuba.  La posibilidad de que los estadounidenses utilizaran el decreto en beneficio de su expansionismo hizo que España llamara la atención a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico sobre el tema a la vez que presionó a Báez a fin de que limitara las dispensas del decreto referido.

En 1854 se temía que Báez entregara a la Bahía de  Samaná a intereses estadounidenses y que aquella posesión se utilizase como  base para aumentar la influencia de aquel país en la isla de Cuba. El expansionismo estadounidense, la presencia física de sus inmigrantes con capital, y la sintonía entre las autoridades de Santo Domingo y Washington anunciaban tiempos difíciles para Cuba y Puerto Rico que todavía seguían bajo la autoridad de España. Los argumentos de España contra la presencia estadounidense se apoyaban en consideraciones geopolíticas y económicas más que culturales.

El pugilato se hizo más intenso a fines de la década de 1850 y principios de la de 1860 cuando el espíritu del Romanticismo Isabelino, con un fuerte tono populista, abrazó el proyecto de recuperar una parte del imperio perdido durante las guerras de emancipación. El historiador Germán Delgado Pasapera en su obra clásica sobre la historia del separatismo en el siglo 19, afirmaba que en la década de 1860 el anexionismo “se movía en el clandestinaje” y que sus ejecutorias ya habían comenzado a “afectar” al independentismo. La lectura de Delgado Pasapera de aquel momento histórico tendía a evaluar al anexionismo y el independentismo separatistas como opuestos “naturales”. El peso del presente desde el cual escribía, la década de 1980 caracterizada por el Estadoísmo Radical y el polarizador “romerato”,  se proyectaba en su juicio en torno a los antecedentes ideológicos del estadoísmo y el independentismo que se manifestaba a su alrededor.

Delgado Pasapera no ignoraba la coexistencia de anexionistas e independentistas en el separatismo decimonónico. La investigación durante la década de 1980 fue rica en aproximaciones al fenómeno, esfuerzos que fueron en cierto modos censurados por la cultura historiográfica dominante entonces. Sin embargo sus juicios llamaban más la atención sobre las divergencias estratégicas que sobre las convergencias tácticas que animaban aquella alianza que, si bien había sido viable en el siglo 19, resultaba irrealizable en el 20. Para el historiador citado, el hecho de que las autoridades españolas usaran el concepto “anexionista” para representar a los separatistas anexionistas, a los independentistas y los confederacionista antillanos, expresaba una “confusión” comprensible. Con ello buscaba afirmar  el carácter protagónico del independentismo en el separatismo y el carácter secundario del anexionismo. Su “conclusión” no dejaba de ser una “presunción” indemostrable.

El Motín de los Artilleros de la capital en julio de 1867 es un excelente modelo para comprender las pesadillas que producían los yanquis de los españoles en la isla antes de la Insurrección de Lares. Para el gobernador de turno José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) el motín no se reducía a reclamos laborales sino que era cuestión una de “alta política”. El gobernador alegaba que detrás del acto había sociedades secretas separatistas que el gobierno de Estados Unidos, a través de Alexander Jourdan cónsul de esa nación en Puerto Rico, habían promovido para inestabilizar su gobierno. A ello añadía el hecho de que dos barcos de bandera estadounidense habían atracado en los puertos de San Juan, Ponce y Mayagüez los mismos días en que había estallado la sedición. Los temores más manifiestos de Marchessi eran respecto a la política expansionista de Estados Unidos y a las sociedades secretas que laboraban en la isla y en el exilio en favor, desde su punto de vista, de la anexión a aquel país y no de la independencia. Las órdenes que llevaron al exilio a Ruiz Belvis y Betances Alacán al exilio en 1867 representaban la respuesta del gobierno español a una amenaza anexionista que se presumía contaba con el apoyo de Estados Unidos.

El aislamiento del separatismo

La actividad represiva antianexionista de Marchessi sucedió a  una importante reunión llevada a cabo en la finca “El Cacao” propiedad de Luis Gustavo Acosta Calbo, hermano de José Julián. En la mítica reunión de “El Cacao” una muestra del liderato liberal reformista y separatista anexionista e independentista discutió, según se presume, las condiciones del país tras el cierre de la Junta Informativa de Reformas.  En la concurrencia había por lo menos seis separatistas.  Terminado el informe de los comisionados a Madrid y analizado el estado político de España, se debatió  la situación de Puerto Rico y el camino a seguir.  En la reunión Betances Alacán propuso la idea de organizar una revolución en la isla. La revolución en Betances Alacán era  desde 1856, concepción que hoy puede parecer romántica o cándida, un deber de todos que superaba las diferencias ideológicas. La oposición de José Julián no se hizo esperar y la concurrencia se dividió.  El liberalismo reformista se autoexcluyó de la causa rebelde.

La revolución que Betances Alacán sugería en los meses de mayo y junio de 1867 una vez evaluada la tarea ejecutada en la Junta Informativa de Reforma, que luego se conoció como la Insurrección de Lares, tendría que articularse sin el apoyo del liderato más visible del liberalismo reformista. Asimilistas y especialistas se oponían por igual a la separación de Puerto Rico de España en la medida en que confiaban, desde su  integrismo crítico, en la posibilidad de sanar una relación malsana o enfermiza y alcanzar la modernidad bajo el palio de la hispanidad.

La pregunta era ¿hasta dónde podrían contar los separatistas independentistas con los anexionistas para la revolución? Todo dependería de los objetivos estratégicos del golpe. A ese tema dedicaré la siguiente reflexión.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia (22 de agosto de 2020)

julio 24, 2020

Pensar el separatismo: el planteamiento de un problema


  • Historiador

De cara a la conmemoración del 151 aniversario de la Insurrección de Lares de septiembre de 1868, volver a mirar las circunstancias que rodearon la rebelión reviste una peculiar importancia. Revisitar los caminos que condujeron a Lares, podría animar una comprensión más abierta de los problemas que rodean a los que al presente se consideran herederos de aquel actó único en muchos sentidos.

El separatismo: una aproximación conceptual

El separatismo fue un movimiento político ideológico diverso que aparece mencionado por primera vez en documentos puertorriqueños del año 1795. En aquellos pliegos el concepto sugería una aspiración amenazante que atemorizaba a las autoridades hispanas en la medida en que ponía en peligro su control soberano sobre las colonias Hispanoamericanas y Caribeñas. La meta política inmediata del separatismo era separar o enajenar a Puerto Rico del Reino de España. La meta política futura, la cuestión de hacia dónde conduciría la separación, no estaba clara. El separatismo no terminaba con la ruptura con el poder colonial hispano. Durante el primer tercio del siglo 19 las posibilidades tras la separación eran varias. Por un lado, se podía asociar a Puerto Rico separado a otro poder mayor en busca de seguridad política y económica. Por otro lado, se podía vincular a Puerto Rico separado a las otras Antillas en una federación en el modelo de la estadounidense emanada del 1776 que desembocó en la constitución de 1787, o de la germánica articulada por Napoleón Bonaparte en 1815 en el escenario del Congreso de Viena. En ocasiones ambas posibilidades se entremezclaban, elemento que complicaba el panorama ideológico del separatismo decimonónico.

En diversas instancias, la unión que se buscaba constituir debía convertirse en parte de un poder internacional estable. En aquel entonces no se confiaba en la capacidad de los territorios pequeños o insulares para la independencia y la soberanía. Después de 1819, los poderes que parecían idóneos para ese fin fueron la Gran Colombia creada por el Congreso de Angostura y Estados Unidos. A pesar de que era probable que muchos separatistas deseasen constituir el Puerto Rico separado en un país independiente y soberano, aquella no parece haya sido la tendencia dominante. El separatismo fue un movimiento internacional encabezado por criollos radicales que seguía el modelo de lo que luego se denominó el Ciclo Revolucionario Atlántico en América. En términos geopolíticos y culturales, concebía a Puerto Rico como parte integrante de Hispanoamérica, modelo figurado en las estructuras seculares del Imperio Español por lo que su probable integración a aquel “otro” no planteaba problema alguno. En síntesis, el separatismo fue la base no solo del movimiento independentista en sus diversas manifestaciones sino también de todo movimiento anexionista a otro territorio continental.

El separatismo anexionista tenía como meta política separar a Puerto Rico del Reino de España para anexarlo a otra unidad política. Su tradición ha sido documentada con varios modelos más o menos conocidos por los investigadores.

  • El primero fue la conjura de 1815 organizada por el diputado a Cortes de origen hispano-cubano, el militar y mercenario José Álvarez de Toledo y Dubois (1779-1858). Álvarez de Toledo aspiraba separar las tres Antillas Mayores del Reino de España con el fin de fundar una confederación que, una vez constituida, solicitaría su integración a Estados Unidos como un territorio más. La conjura fue promovida por intereses económicos de aquel país pero no gozó del respaldo de su gobierno y el conspirador cayó en manos de las autoridades hispanas.
  • El segundo fue la conspiración de 1821 cuyo cerebro organizativo fue el General Antonio Valero de Bernabé (1760-1863). El militar nacido en Fajardo redactó un “Plan de Invasión a Puerto Rico” que proponía separar a Puerto Rico del Reino de España con la finalidad de convertirlo en el Estado de Borinquen de la Gran Colombia.
  • El tercero fue otra conjura del año 1822, preparada por el militar y mercenario alemán General Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1772-1839) la cual tuvo como centro de operaciones la isla holandesa de Curaçao. Se sabe que poseía contactos en la ciudad de Filadelfia, Pennsylvania. El conspirador planeaba invadir y administrar su proyecto desde la costa oeste del territorio probablemente Mayagüez o Aguadilla y se proponía convertir a Puerto Rico en el Estado de Boricua de Estados Unidos.

El separatismo anexionista estuvo especialmente activo durante la década de 1850 en particular en Cuba alrededor de la figura del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) y en 1868, cuando estallaron Lares y Yara, era una de las fuerzas ideológicas más pujantes dentro de los sectores separatistas. En Puerto Rico, el médico José F. Basora (1832-¿1882?) y el empresario Juan Chavarri, ambos de Mayagüez y cercanos de Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) y Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), fueron anexionistas militantes antes de la insurrección de Lares.

“1868-1968” por Lorenzo Homar, serigrafía

El separatismo independentista por su parte tenía la meta de separar a Puerto Rico del Reino de España para convertirlo en un país soberano y, desde la soberanía, promover la constitución de una federación o confederación de las Antillas hispanas, Cuba y República Dominicana. A fines del siglo 19 los potenciales miembros de la unión ya se habían ampliado hasta incluir todo el orbe antillano insular.  Como se dijo, los archivos registran su presencia desde 1795 cuando se investigó a supuestos separatistas en la isleta de San Juan en el contexto del temor producido en la oficialidad colonial por motivo de la Revolución Francesa. Aquel año se había aprobado la Constitución del Año III de la Revolución tras la desaparición del Club de los Jacobinos, como antesala del golpe militar del 18 Brumario de Napoleón Bonaparte. La presencia esporádica del separatismo independentista entre 1808 y 1827 ha sido documentada pero todo parece indicar que aquella propuesta alcanzó madurez política entre los años 1837 y 1865.

Aquellos años representaban dos lugares claves para el relato tradicional de la historia política de aquel siglo que la historiografía del 1930 y el 1950 consagraron no a la luz del desarrollo del separatismo sino del autonomismo. El relato aludido enlazaba el desarrollo del separatismo independentista al hecho de que en 1837 se había excluido a Puerto Rico del amparo de la Constitución de 1836, a la incumplida promesa de Leyes Especiales o autonomía regional y al fraude que significó la Juan Informativa de Reformas citada en 1865 y celebraba en 1867. Bajo la presión de las circunstancias los separatistas independentistas favorecieron el establecimiento de alianzas con los separatistas anexionistas y con los liberales reformistas más exigentes, en especial los que defendían la autonomía moderada o radical. La manifestación política más conocida del separatismo independentistas fue la Insurrección de Lares de 23 de septiembre de 1868 y todas las conjuras que le sucedieron hasta los Comités de Pólvora animados por Betances Alacán antes de radicarse en París que seguían activos en 1874.

El separatismo independentista no era  un movimiento homogéneo. Las tendencias dominantes parecen haber estado determinadas por la naturaleza del liderato y sus preferencias tácticas por lo que es posible distinguir entre una facción militarista y otra civilista.

  • El separatismo independentista militarista era antimonárquico y republicano. Su liderato estaba constituido por militares profesionales que provenían del Estado Mayor del Ejército Español en Puerto Rico y su centro de acción estaba en la capital, San Juan. Su activismo ha sido documentado en una diversidad de actos conspirativos  ejecutados entre 1848 y 1865. Se sabe que negociaban el apoyo político y económico de los gobiernos de la República de Venezuela y de la Monarquía de Gran Bretaña para su causa. Su republicanismo no les impedía negociar con un régimen monárquico como el británico. Hacia el 1863 se organizaron alrededor del Gran Club de Borinquen cuyos encargados eran los militares Andrés Salvador (1804-1897) y Juan Eugenio Vizcarrondo y Ortiz de Zárate (1812- ¿?). La táctica que los definía era simple: debía articularse un golpe militar eficaz con el más amplio apoyo popular a fin de proclamar la independencia. Los gastos de la guerra de independencia se pagarían con un préstamo a los británicos, pagadero después de la independencia. La confianza en que las fuerzas armadas y la gente apoyaría al liderato era completa, hecho que sugería una concepción pasiva del papel de la comunidad en el proceso.
  • El separatismo independentista civilista era también antimonárquico y republicano.  Fue una facción liderada por civiles, profesionales e intelectuales activos en Puerto Rico y atrajo a numerosos exiliados que habían hallado refugio en el Caribe y Estados Unidos. Hacia el año 1857, su centro gravitacional estaba en Mayagüez y sus dirigentes más notables eran Betances Alacán y  Ruiz Belvis quienes negociaban el apoyo de Estados Unidos y de las Repúblicas de Perú y Chile para su causa. La correspondencia de Betances Alacán demuestra que también este, a pesar de su republicanismo radical, nunca descartó  el respaldo de monarquías como la británica si se trataba de adelantar la causa de las islas. Desde 1865, se aliaron con la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en Nueva York, organización encabezada por el cubano Cirilo Villaverde (1812-1894) y el citado Basora, ambos anexionistas. La comunidad de intereses entre los separatistas independentistas civilistas y los anexionistas era visible pero no impidió que se desarrollaran tensiones en algunos momentos. Su táctica consistía en  organizar una invasión a Cuba y Puerto Rico desde Estados Unidos con el apoyo de algunos países de Hispanoamérica, a la vez que se estimulaba un levantamiento o insurrección popular en ambas islas. Todo sugiere que estaban dispuestos a contratar militares profesionales para coordinar la fase bélica pero querían asegurarse de que el protagonismo del proceso recayera en el liderato civil a fin de que la revolución representara los intereses de la gente o el pueblo común. Las relaciones con los militares profesiones siempre fueron ambiguas como quedó demostrado en los eventos de Lares y Pepino.

Ambas tendencias, la separatista independentista (militarista y civilista) y la anexionista apoyaban en principio el libre mercado, la libre competencia y, tras el fin de la Guerra Civil en Estados Unidos (1864), la abolición de la esclavitud de manera más o menos unánime. A pesar del elitismo del liderato, simpatizaban con la construcción de un sistema democrático o representativo que se apoyara en la gente común o el pueblo siguiendo el modelo francés y estadounidense. Todos reconocían que el proceso de separación de Puerto Rico de España debía tener un componente de violencia armada. La experiencia de los procesos de emancipación de las ataduras del Antiguo Régimen en América desde fines del siglo 18 así lo indicaba.

Todos aquellos sectores estuvieron presentes en los procesos que condujeron a la Insurrección de Lares del 23 de septiembre de 1868. La complejidad y heterogeneidad del separatismo tiene que ser tomada en consideración  a la hora de evaluar su manifestación más relevante.

El separatismo: una aproximación historiográfica

El separatismo fue uno de los proyectos político ideológicos más visibles durante el siglo 19. A pesar de que nunca consiguió la meta última que se propuso, desasir a Puerto Rico del control hispano por la fuerza de las armas, asunto que se resolvió con una invasión extranjera en 1898, su impacto sobre la figuración identitaria puertorriqueña ha sido significativo. El esfuerzo del gobierno español por suprimirlo ocupó a muchos investigadores desde fines del siglo 19, momento en el cual el periodista ponceño radicado en la ciudad de Nueva York, Sotero Figueroa Fernández (1851-1923) se propuso historiarlo. Aquel intelectual vinculado a los sectores artesanales había transitado del liberalismo, al autonomismo radical, y de allí al independentismo confederacionista.

Uno de los rasgos distintivos del proyecto de Figueroa fue que no vio la experiencia separatista previa a aquella fecha: la de fines del siglo 18 y la que se había articulado desde 1808 hasta por lo menos 1848. Figueroa investigaba en una situación de emergencia, desde el exilio político y bajo la vigilancia de las autoridades hispanas. El interés que manifestaba no podía desembocar en una historia sistemática del separatismo por toda una diversidad de circunstancias materiales y espirituales. El hecho de que él no fuese un historiador, los reclamos de la inmediatez que imponían la militancia y el activismo, la ausencia de archivos o registros documentales formales a los cuáles recurrir aparte de los periódicos revolucionarios disponibles, entre otros, debe ser tomado en consideración en cualquier juicio que se haga sobre su esfuerzo. Figueroa escribió desde la experiencia conspirativa y la pasión del militante. Los registros o archivos de los que dependió fueron el testimonio del liderato separatista puertorriqueño puesto sobre papel a petición suya, en especial el de Betances Alacán. El médico de Cabo Rojo, desde su punto de vista, representaba la tradición más vigorosa del separatismo independentistas puertorriqueño a la luz de su papel en el 1868. Al apelar a la memoria de los participantes en especial los protagonistas, inauguró un tipo de historia oral sin oralidad porque muchos de sus testigos vivían dispersos por América y Europa y solo eran asequibles por correspondencia.

La discursividad de Figueroa tanto en sus notas biográficas sobre algunos líderes separatistas en el Ensayo biográfico…  (Ponce, 1888), como en sus artículos sobre la Insurrección de Lares de La verdad de la historia (Nueva York, 1892), osciló entre dos polos. Por un lado, la nostalgia respecto al punto de viraje que representó para la memoria separatista decimonónica el 1868 puertorriqueño y cubano, Lares y Yara. Por otro, la insistencia en la uniformidad ideológica de aquellos proyectos. Ambos intentos rebeldes terminaron por ser identificados como la  expresión de un separatismo de fines independentistas homogéneos. Lares, dados los numerosos mártires que produjo, fue imaginado como un acto heroico iniciático no exento de sacrificios. Un acto de aquella naturaleza invitaba a la reverencia. Ese fue el tono que le imprimió el Partido Nacionalista cuando retomó e hizo suyo aquel hito en 1930 bajo el influjo intelectual de Pedro Albizu Campos. Los historiadores del nacionalismo hicieron un esfuerzo por extender las raíces de lo que llamaban la gesta de Lares hasta las fuentes bolivarianas a través del rescate de una de las grandes figuras de aquel proyecto histórico: el General Antonio Valero de Bernabé (1790-1863)

Que el separatismo de las décadas de 1880 y 1890 estuviese integrado por personalidades identificadas con la autonomía radical, como Figueroa, y la independencia era comprensible. Los portavoces del orden español insistieron en acusar a los autonomistas moderados o radicales de ser antiespañoles y separatistas potenciales. En ocasiones también los señalaron como favorecedores de los avances de los intereses de Estados Unidos en las Antillas españolas y el anexionismo, asociación difícil de negar cuando se observa el problema desde el presente. Aquello significaba que la mirada que poseían las autoridades policiacas y de alta política o espionaje hispanas del separatismo, distaba mucho de la homogeneidad que le adjudicaba Figueroa en sus textos de fines del siglo 19 y de la que le impusieron los nacionalistas desde la década de 1930.

¿Qué le faltaba al modelo de Figueroa y de los nacionalistas? Le faltaba el componente separatista anexionista que tanto había preocupado a Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1901) durante sus primeros días en Nueva York en 1870. La exclusión de los anexionistas en la ola subversiva alrededor del 1868, práctica que cumplía una función política concreta en aquel entonces, llama mucho la atención. La omisión de los observadores del siglo 19 fue reproducida por los del siglo 20. En una serie de expresiones públicas vertidas entre 1923 y 1930, los ideólogos del nacionalismo argumentaron que la integración de Puerto Rico a aquel país como estado era imposible.

Los procesos a través de los cuales se ejecutó la purga del pasado anexionista del separatismo no han sido investigados con propiedad. El discurso a través del cual ello se realizó nunca ha sido problematizado por lo que el sentido cambiante de la anexión desde 1820 hasta 1930 tampoco ha sido precisado. La exclusión no se circunscribió al componente anexionista por cierto. La reflexión sobre el pasado de la lucha por la independencia elaborada desde el nacionalismo devaluó la herencia de los autonomistas radicales. En un artículo publicado en partes entre 1930 y 1931 en el marco de un argumento jurídico, Albizu Campos afirmaba que una autonomía liberadora si bien había sido posible bajo el orden español, su modelo era la Carta Autonómica de 1897, ello no era posible bajo el estadounidense.

Todo sugiere que las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas. La experiencia política emanada del 1898 parceló y distanció aquellas tres expresiones de la resistencia antiespañola cancelando de ese modo los vasos comunicantes que habían existido entre aquellas. Después de todo las necesidades y las circunstancias de la política y el activismo de cada día eran diferentes en los siglos 19 y 20. El problema no radica en el distanciamiento en sí mismo sino más bien en la forma en que unos y otros sepultaron ese pasado y no volvieron a reflexionar en torno el mismo. El resultado neto de aquellos para la historiografía del separatismo fue la reducción de un discurso y una praxis compleja. Circunscribir el separatismo a la propuesta independentista  simplificaba una experiencia que irradiaría la cultura política puertorriqueña de los últimos dos siglos. Aclarar el papel que cumplió aquella madeja de tendencias camino hacia el 23 de septiembre es por lo tanto esencial.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de julio de 2020.

julio 19, 2020

Apuntes y reacciones sobre “¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña?” Retornos…


  • Rodney Lebrón Rivera
  • Historiador
Sobre el autor:  Posee una maestría en Historia de América Latina y el Caribe de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha trabajado como investigador en el Centro de Acción Urbana, Comunitaria, y Empresarial de Río Piedras (CAUCE), como Oficial de enlace comunitario en la Oficina de Alianzas del Municipio de San Juan y como profesor del Departamento de Humanidades en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Humacao. Actualmente es estudiante graduado a nivel doctoral del Departamento de Spanish and Portuguese de Princeton University.
Publicado originalmente em 80 Grados-Historia el 3 de julio de 2020

Dedicado a Pedro L. San Miguel,
por el diálogo historiográfico, la risa y el humor…

¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? Es una interrogante clave que ha estado presente desde el año 2011. Recuerdo exactamente el espacio y la coyuntura cuando me encontré por primera vez con el ensayo de Mario Cancel Sepúlveda. Me iniciaba como estudiante de bachillerato y descubría la plataforma de 80grados; simultáneamente, laboraba como estudiante asistente de bibliotecario en la Biblioteca Gerardo Sellés Solá de la Facultad de Educación, de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. En esos momentos, entre el frío de la biblioteca, la espera por los estudiantes en el mostrador, y la lectura asidua de la revista que invita a pensar sin prisa, la interrogante planteada por Cancel Sepúlveda me inquietaba, pero no sabía con exactitud por qué cautivaba mi atención. A partir de ese momento, ¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? quedó codificado en mi formación como historiador y provocó diversas inquietudes, hasta el punto de que escribiera una tesis para obtener el grado de maestría cuyo tema principal es la historiografía puertorriqueña. Ricardo Piglia indica en sus Formas Breves: “La crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas. ¿No es la inversa del Quijote? El crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee.[1]

Me parece que el retorno de Mario Cancel Sepúlveda a esa interrogante nos invita a reflexionar la labor historiográfica en Puerto Rico. Ensayos como el de Cancel Sepúlveda son inquietantes ya que inducen a pensar y reflexionar en tiempos en que prevalecen sentidos comunes historiográficos que han monopolizado la discusión en torno a la imaginación y la escritura histórica. Al autor de “¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña?” Retornos… mis más sinceros agradecimientos, tanto por su provocación analítica como también por su producción historiográfica en los últimos años. Sin embargo, me parece que algunas de las consideraciones a las interrogantes que plantea el autor en su ensayo son unas muy abstractas o generales, por lo que no atienden debidamente las particularidades del campo intelectual puertorriqueño y, por consiguiente, de su historiografía.

Reconozco, como acertadamente indica Cancel Sepúlveda, que: “El trabajo de los historiadores profesionales en el siglo 21 se da en el marco de un conjunto de complejos procesos materiales e inmateriales que comenzaron a gestarse desde la década de 1990. En un contexto global, condiciones tales como la revolución informática, la proliferación de fuentes de información, la difusión de las redes sociales, todos ellos recursos accesibles tanto al investigador como al curioso, han impactado la relación del historiador profesional con los archivos, la comunidad intelectual y con sus interlocutores, sean estos estudiantes, colegas o lectores”. Resalto específicamente estas líneas por el hecho de que la historiografía puertorriqueña reciente ha estado en un constante diálogo con la aludida revolución informática. Afortunadamente, el internet y diversos medios digitales han seducido y cautivado la imaginación del historiador puertorriqueño. Cabría mirar algunos de las investigaciones de Iván Chaar-López, que abordan la plataforma Facebook como lugar de memoria, o las potencialidades de Youtube para la investigación histórica, entre otros tópicos relacionados con la revolución informática, a la cual nos remite el ensayo de Cancel Sepúlveda.

Por otro lado, me parece problemático afirmar, como hace Cancel Sepúlveda: “debo insistir en que en Puerto Rico nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable y los debates disciplinares y teóricos, por lo regular, poseen una naturaleza particular y aislada según se ha sugerido”. Me gustaría señalar que en el campo intelectual puertorriqueño sí han existido comunidades de saber estables, una de cuyas manifestaciones podría encontrarse en ese mítico Primer Seminario de Investigación del Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP), celebrado en el año de 1983. El mencionado seminario contribuyó a estructura e institucionalizar una concepción historiográfica que sería la base de una “comunidad de saber” –la Nueva Historia Puertorriqueña– que sí ha tenido una estabilidad y que Cancel Sepúlveda no reconoce en su escrito. En el seminario auspiciado por CEREP tomó forma una concepción político-instrumental de la historiografía puertorriqueña, que podría rastrearse en diversos ensayos de interpretación histórica, como también por medio de procesos de transdiscursividad, en el sentido de Michel Foucault, en diversas revistas, como Anales de Investigación Histórica y Op.Cit. del Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Los discursos historiográficos, desde la perspectiva político-instrumental impulsada en el seminario de CEREP, van atados al proyecto de un cambio en las estructuras políticas y sociales, desde la óptica de lo que Gervasio García nombró, en su ensayo Nuevos enfoques, viejos problemas: reflexión crítica sobre la nueva historia, como el “marxismo creador”.[2] Es desde este marco explicativo del pasado que el concepto “historiografía puertorriqueña” toma forma mediante lo “nuevo” en contraposición a lo “viejo”. Es decir, el análisis generacional “vieja historia/nueva historia” comienza su transcripción, cuya modalidad posee dos funciones programáticas: la primera radica en legitimar el autoproclamado grupo de la “nueva historia” como colectivo portador de una novedosa concepción historiográfica; la segunda estriba en reducir la complejidad de los análisis historiográficos por medio del prisma de lo dual, según el cual lo novedoso se contrapone a lo anticuado. Con la utilización del análisis generacional como herramienta de estudio en la historiografía puertorriqueña logramos obtener una óptica limitante donde se observa una “nueva historia” contraponiéndose a una “vieja historia”. Esto se debe a que los “nuevos” historiadores, desde un posicionamiento de “intelectuales orgánicos” de un nuevo proyecto político, buscaban, en el sentido de Edward Said, “hablarle claro al poder”.[3] Los “nuevos” historiadores se presentaron, por medio de un discurso, como: “la figura clara e individual de una universalidad de la que el proletariado sería la forma oscura y colectiva”.[4]

Por otro lado, en la actualidad, pareciera que la historiografía puertorriqueña es un campo consensual en el cual todos sus componentes –historiadores, científicos sociales, críticos literarios y otros colaboradores del campo intelectual– comparten una adhesión inquebrantable a determinadas concepciones e interpretaciones. Algunos dirán o especularán que lo indicado en este texto tiene validez, pero otros podrían preguntarse: ¿En qué se basa el autor para cuestionar el estado de la historiografía puertorriqueña? ¿Será éste otro texto de corte “posmoderno”, que no tiene nada que aportar al entendimiento histórico de la nación puertorriqueña? ¿Por qué preguntar de forma “perversa” sobre cuál es el status actual de la historiografía puertorriqueña? Ante tales interrogantes, me pregunto: ¿Hoy en día, todos los historiadores puertorriqueños, constituyen una “gran familia”, concepto que se articuló en las décadas de 1940 y 1960 como baluarte de capital social y cultural?

Resulta interesante, en su provocador ensayo, la mención que realiza Cancel Sepúlveda a la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH). Tal mención invita a pensar en esa afirmación que realiza el autor respecto a que “nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable”, por el hecho de que, por medio de una observación crítica de los carteles de las asambleas celebradas por esa Asociación, podemos rastrear la presencia de una comunidad, al parecer inalterable, cuyo sentido unitario y formativo radica en la concepción política-instrumental que venimos señalando.

A propósito de lo indicado por Cancel Sepúlveda de que “nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable”, comencemos a examinar la APH. Según su blog en el internet, la APH tiene como objetivo 12 puntos cardinales, sustentados en su meta de “fomentar la cooperación entre los profesionales de la Historia en Puerto Rico”.[5] Entre los puntos principales antes mencionados, se encuentra “fomentar la comunicación, la cooperación y la solidaridad entre los historiadores”, “organizar y promover la difusión y debate sobre el saber histórico”, y “promover la eliminación del discrimen contra personas por razón de sexo, raza, condición social, fe religiosa, ideología política u orientación sexual en el quehacer histórico”.[6] Me pregunto: ¿Los tres puntos antes señalados, los estará cumpliendo la mencionada asociación? ¿Será que los únicos eventos que se organizan y cuya difusión se promueven giran en torno a un tipo de saber historiográfico determinado? Se busca promover la eliminación del discrimen contra personas por razón de sexo, raza, condición social, fe religiosa, ideología política u orientación sexual, pero, ¿no conlleva una exclusión historiográfica palpable en el modo de operar la mencionada organización en el campo intelectual puertorriqueño? Puedo mencionar, por ejemplo, que desde el año 1995 esta asociación de historiadores no ha auspiciado un espacio para la historia intelectual ni para los debates sobre las propuestas y las problemáticas del giro lingüístico. Tampoco le ha dado continuación al crucial diálogo entre la literatura y la disciplina de la historia.

Para insistir en el diálogo historiográfico con el campo de la literatura, creo que deberíamos revisitar el libro publicado en el año de 1995 por la APH titulado historia y literatura, en el cual aparecen escritos de Ana Lydia Vega, Fernando Picó, Juan G. Gelpí y Mario R. Cancel Sepúlveda. Según Antonio Gaztambide Géigel, presidente en aquel entonces de la APH: “El tema de la relación de la historia y la literatura nos coloca en las fronteras de la profesión; zona de convergencia en la cual se están produciendo trabajos muy novedosos y fecundos. El foro y esta publicación acogen una reflexión sobre el diálogo y la intersección creativa de nuestras disciplinas. Este diálogo y sus críticos han venido desdibujando las fronteras tradicionales de los saberes”.[7]

Además, la misma APH publicó Historias vivas: Historiografía puertorriqueña contemporánea, editado por Silvia Álvarez Curbelo y Antonio Gaztambide Géigel. Partiendo del postulado de desdibujar las fronteras tradicionales del campo de la historia, Fernando Picó escribió en la introducción de esta obra colectiva que los ensayos reunidos en ese volumen: “son índice de la creciente democratización y profesionalización de la práctica historiográfica en Puerto Rico”.[8]  En los dos libros citados, se palpa que las premisas posmodernistas y literarias podían coexistir con perspectivas historiográficas “tradicionalistas” y “neotradicionalistas”, sin que tales puntos de vista se concibieran como peyorativos. Gracias a la democratización de la práctica historiográfica impulsada por la APH y otros historiadores en esos momentos, se comenzó a reflexionar acerca de cómo la historiografía puertorriqueña expandía sus fronteras imaginativas.[9]

Pero eso fue entonces: ahora es ahora. Cabe preguntarnos: ¿hasta dónde ha llegado esta frontera imaginativa, en el ámbito historiográfico, en Puerto Rico? ¿Cuáles son las diferencias entre las concepciones de la APH en la década de 1990 y las prevalecientes actualmente? ¿Cómo tales divergencias inciden sobre las concepciones acerca de la historiografía, de la “comunidad de saberes” y las funciones intelectuales y sociales de los historiadores?  Me parece que ha habido un retraso respecto a la frontera imaginativa que propulsó la APH en aquel entonces por el hecho de que la actual APH ha relegado la historia intelectual, así como los debates sobre el giro lingüístico, y del diálogo entre la literatura y la disciplina de la historia. En síntesis, se han obviado totalmente las discusiones recientes en torno a la epistemología de la historia. Lo que, a mi juicio, ha auspiciado la APH son proyectos historiográficos de carácter político-instrumental. Cabría observar las asambleas realizadas a partir del año 2015, en las cuales prevalecen las temáticas que estudian la “colonia” desde marcos analíticos en los que prevalece la noción de la “crisis”, ya sea económica, política o social. Ante tal panorama, ¿dónde quedó esa “creciente democratización y profesionalización de la práctica historiográfica en Puerto Rico” que muy bien puntualizó Fernando Picó?

Lo señalado respecto a la APH tiene como propósito demostrar que, mal que bien, ha existido y prevalecido una comunidad de saber estable en la historiografía puertorriqueña. Una comunidad que ha gozado de una estabilidad desde el año 1983 y que ha mantenido una hegemonía conceptual donde el concepto de la nación ha acaparado el protagonismo en la discursiva de la historiografía puertorriqueña. Esa misma comunidad de saber, en vez de debatir el giro lingüístico y las premisas de la posmodernidad desde los márgenes de lo conceptual, lo teórico, y lo metodológico, ha realizado más bien una apología de la concepción político instrumental de la historiografía puertorriqueña. Por lo tanto, me parece irónico que Cancel Sepúlveda alegue que “nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable”, cuando en el mismo ensayo el autor versa sobre la comunidad a la que estoy aludiendo:

[…] en ocasiones, el debate reveló una superficialidad notable resultado del hecho de que el intercambio intelectual era propenso a circunscribirse a la argumentación ideológica y política tradicional. Para algunos de los interlocutores todo parecía reducirse a impugnar la situación de Puerto Rico en el marco del relato del progreso y su narración en el cual, por su condición colonial, el país no encajaba. El diálogo patinaba asido de la cuestión del estatus y su solución futura, razón por la cual era proclive a pasar por alto los efectos concretos que las nuevas condiciones materiales e inmateriales tenían para el trabajo de los historiadores. El asunto del posicionamiento del investigador ante los problemas, los imaginarios, el instrumentario y las metodologías cambiantes, no llamaba tanto la atención como los asuntos políticos.[10]

Cabría preguntarse: ¿La crisis raptó la imaginación intelectual de los académicos puertorriqueños? ¿La colonia es una especie de agujero negro que impide novedosas formas de crear discursividades históricas alternas? ¿Cuándo comenzaremos a pensar la historiografía puertorriqueña desde una postura crítica y no devota? Afortunadamente, en la actual coyuntura de crisis imaginativa, la Ediciones Laberinto publicó dos obras que muestran que es posible pensar a Puerto Rico desde la historia intelectual y que patentizan que el discurso acerca de “la crisis de la colonia” no tiene por qué monopolizar una nueva discursividad histórica. El primer texto se titula Intempestivas sobre Clío (Puerto Rico, el Caribe y América Latina) de Pedro L. San Miguel y, el segundo, La historia de los derrotados: Americanización y romanticismo en Puerto Rico, 1898-1917 de Rubén Nazario Velasco.[11]

El libro de Nazario es una historia intelectual que examina críticamente el discurso de lo que el autor llama “la conjura colonial” (todo es culpa de la colonia), predominante dicha discursividad entre los sectores hegemónicos del campo intelectual y cultural puertorriqueño, que se conciben como herederos simbólicos de la elite letrada de principios del siglo XX. El autor interroga, por medio de una lectura rigurosa de textos legales, literarios e históricos, el discurso de la elite letrada y el devenir político de Puerto Rico a comienzos del siglo pasado.[12]

Por otro lado, el texto de San Miguel es una compilación de ensayos que se conglomeran bajo el principio rector de hurgar los relatos como una forma de acceder a la dimensión metahistórica del conocimiento histórico. En el texto de San Miguel, encontramos ensayos que atienden la historiografía puertorriqueña, los campos intelectuales caribeño, mexicano y estadounidense, y, por último, los letrados y la esfera pública del Puerto Rico contemporáneo. Ambos trabajos son una muestra de una historia intelectual que no se adhiere al entendido político instrumental de la historiografía y que buscan superar los sentidos comunes historiográficos desde una postura crítica y no devota.

Gracias, Mario Cancel Sepúlveda, por invitar a reflexionar y pensar la practica historiográfica en un Puerto Rico carente de dialogo, debates y polémicas, por lo que deseo cerrar este escrito con unas palabras de Carlos Pabón Ortega que nos invita a reflexionar sobre lo discutido: “la polémica no es bienvenida y se evita a toda costa porque polemizar se considera dañino, se asocia con el ataque personal, con tonos agresivos, con disquisiciones improductivas o con lo que no es constructivo; se asocia, en fin, con el disenso y el desacuerdo, y no ayudan a ‘resolver los problemas del país’. Lo que importa en nuestro campo intelectual es el consenso, no la polémica que divide”.[13]

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[1] Ricardo Piglia, Formas breves. Barcelona, Editorial Anagrama, 2000, p. 141.

[2] Gervasio L. García, “Nuevos enfoques, viejos problemas: reflexión crítica sobre la nueva historia” en Historia crítica, historia sin coartadas. Algunos problemas de la historia en Puerto Rico. Río Piedras, Ediciones Huracán, 1985.

[3] “La formación de los intelectuales” en Antonio Gramsci, Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán.  México, Siglo XXI, 1988. Edward Said, Representaciones del intelectual. Barcelona, Paidós, 1996. Se puede apreciar lo expuesto sobre la visión político-instrumental del concepto historiografía puertorriqueña por Gervasio L. García con su reseña sobre el libro: Puerto Rico: una interpretación histórica-social de Manuel Maldonado Denis. En esta reseña García expone: “Sin embargo, Puerto Rico: una interpretación histórico-social no añade ningún arma nueva al arsenal ideológico e intelectual de la lucha independentista y de la historiografía puertorriqueña”. En Gervasio L. García, “Apuntes sobre una interpretación de la realidad puertorriqueña”, en Historia crítica, historia sin coartadas: Algunos problemas de la historia en Puerto Rico. Río Piedras, Ediciones Huracán, 1985, p. 107. Manuel Maldonado Denis, Puerto Rico: una interpretación histórico-social. México, Siglo XXI Editores, 1969.

[4] Michel Foucault, “Verdad y poder” en Estrategias del poder. Barcelona, Paidós, 1999, p. 49.

[5] Sobre lo indicado, puede visitarse la página de internet: https://historiadoresaph.wordpress.com/acerca-de/.

[6] Ibíd.

[7] Antonio, Gaztambide, “A manera de presentación” en Ana Lydia Vega, Fernando Picó, Juan G. Gelpí y Mario R. Cancel. historia y literatura. San Juan, Editorial Postdata, 1995.

[8] Fernando Picó, “Ser historiador en Puerto Rico hoy” en Antonio Gaztambide y Silvia Álvarez, historias vivas: Historiografía puertorriqueña contemporánea. San Juan, Editorial Postdata, 1996, p. 12.

[9]Sobre lo indicado, véase la disertación para el grado de Maestría disponible en el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras: Creación, Control y Disputas: Los debates sobre la significación del concepto historiografía puertorriqueña, 1983-2010 de Rodney Lebrón Rivera, pp. 111-112.

[10] https://www.80grados.net/que-pasa-en-la-historiografia-puertorriquena-retornos/

[11] Pedro L. San Miguel, Intempestivas sobre Clío (Puerto Rico, el Caribe y América Latina). San Juan, Ediciones Laberinto, 2019; y Rubén Nazario Velasco, La historia de los derrotados: Americanización y romanticismo, 1898-1917. San Juan, Ediciones Laberinto, 2019.

[12] Sobre el trabajo de Rubén Nazario Velasco véase: La historia de los derrotados o el conjuro colonial de Carlos Pabón Ortega en https://www.80grados.net/la-historia-de-los-derrotados-o-el-conjuro-colonial/

[13] Carlos Pabón Ortega, Polémicas: política, intelectuales, violencia. San Juan Ediciones Callejón, 2014, p. 12.

 

 

julio 7, 2020

“¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? Retornos…


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

El 19 de agosto de 2011 publiqué en la sección de historia de 80 Grados la columna  “¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña?”. Aquella fue mi primera colaboración con este proyecto intelectual al cual tanto debo. Recuerdo que el texto fue ilustrado con la imagen de la cabeza de un poderoso y masivo Karl Marx y, como contraparte, la portada del volumen Posmodernismo para principiantes (2004) de Richard Appignanesi y Chris Garratt sobre una mesa. Aquel Marx me recordaba el busto de plástico de alta resistencia creado por Lev Kerbel ubicada en Chemnitz desde 1971. El ilustrador(a), parecía ver en aquellas imágenes los extremos de un debate. Lo cierto era que aquellos objetos sugerían con precisión la tónica de una disputa que había tenido lugar en Puerto Rico a mediados de la década de 1990 la cual, a la altura del 2011, había quedado en el olvido.

Preludio

La referida discusión en torno al postmodernismo involucró, de un lado, a historiadores socioeconómicos así como a marxistas ortodoxos y revisionistas, nacionalistas e,  incluso, tradicionales; y del otro a historiadores del giro cultural y lingüístico que se identificaban como novísimos historiadores. No todas las voces participantes provenían de la historiografía: antropólogos, sociólogos y economistas hicieron acto de presencia. Uno de los  registros más enriquecedores de aquel intercambio fue la experiencia intelectual y editorial de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH). El amplio temario de las conferencias de sus asambleas anuales, que entonces se celebraban a lo largo de todo el país como parte de su compromiso de descentralización del saber, y su producción editorial, sirvieron para difundir un conjunto de problemas pertinentes al debate posmodernista que, de otro modo, nunca hubieran salido a flote. El Centro de Investigaciones Históricas y la revista Op. Cit., adscritas a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, y un pequeño conjunto de publicaciones tales como Posdata, Bordes y Nómada, entre otras, completaron el cuadro de aquel instante polémico e inspirador. En la literatura creativa también se debatía pero ese es un asunto que discutí en un volumen de 2008.

Tomada de Left Voice

Es lamentable que, dada la carencia de una historiografía del tiempo presente, inmediata o actual,  aquella experiencia  no haya sido objeto de un estudio sistemático al día de hoy. Tampoco lo ha sido desde la crítica literaria a pesar de que para un historiador joven, como era mi caso, una de las lecciones que se podía obtener del proceso de transición del siglo 20 al 21 era que el ensayo interpretativo denso y profundo había vuelto por sus fueros. La ensayística había sido una expresión protagónica durante las décadas del 1930 al 1960 y, al filo del cambio de siglo, había regresado para convertirse  en uno de los pilares de la imaginación y la creatividad entre los intelectuales del país.

Es cierto que, en ocasiones, el debate reveló una superficialidad notable resultado del hecho de que el intercambio intelectual era propenso a circunscribirse a la argumentación ideológica y política tradicional. Para algunos de los interlocutores todo parecía reducirse a impugnar la situación de Puerto Rico en el marco del relato del progreso y su narración en el cual, por su condición colonial, el país no encajaba. El diálogo patinaba asido de la cuestión del estatus y su solución futura, razón por la cual era proclive a pasar por alto los efectos concretos que las nuevas condiciones materiales e inmateriales tenían para el trabajo de los historiadores. El asunto del posicionamiento del investigador ante los problemas, los imaginarios, el instrumentario y las metodologías cambiantes, no llamaba tanto la atención como los asuntos políticos.

A muchos les seducía la devaluación del marxismo y el nacionalismo como instrumentos hermenéuticos ante los retos de una aproximación cultural y discursiva. Una crítica que había sido formulada contra el marxismo ortodoxo y el nacionalismo de derecha que representaban el totalitarismo de izquierda y derecha históricos, se hacía extensiva con torpeza y mala fe a cualquier expresión de aquellos sistemas de pensamiento y acción. La politización simplista del debate traducía actitudes que recordaban, desde mi punto de vista, los de un conflicto teológico, confesional, partisano o faccioso y producían un mal sabor que truncó muchas de las posibilidades que la situación ofrecía. “Posmoderno” se convirtió en un insulto o una broma de pasillo de mal gusto para los “marxistas” y “nacionalistas”… y viceversa. Entre la reflexión y la irreflexión siempre ha habido puentes que no cobran peaje.

Los intercambios, por último, no superaron los circuitos limitados de los participantes. El sistema universitario, dominado por una educación bancaria, por la racionalidad instrumental y los apetitos del mercado según avanzaba el orden neoliberal, nunca fue un espacio apropiado para ese fin a pesar de que una parte significativa de los contendientes provenía de la universidad. Así lo señalé en un volumen de historia de Puerto Rico que se hizo público en 2008. La conmemoración del 1898 en el 1998, el centenario reflexivo de la invasión de 1898, como antes la recordación del 1873 en 1973, tuvo un efecto inquietante que habría  que explorar con más serenidad. Aquellos dos signos de la modernidad puertorriqueña habían ocurrido en el marco del coloniaje más atroz. El tema del 1898 era oportuno para echar una ojeada al dístico moderno/posmoderno. Por eso muchos de los componentes de la porfía en torno al posmodernismo se materializaron en la producción intelectual alrededor del 1898. Después de ello las aguas volvieron a su nivel en medio de un proceso en el cual el derrumbe de lo que había sido la promesa de progreso de la segunda posguerra mundial en 1947 se hizo patente entre 2001 y 2005.

En aquellos diálogos del 1990 al 2005, muchos de los cuáles se redujeron al monólogo o el soliloquio,  participaron un puñado de académicos que al cabo del tiempo nunca elaboraron un balance en torno a las nuevas condiciones en que el pensamiento histórico y social se desarrollarían a partir de entonces. Tampoco ejecutaron ese ejercicio los historiadores sociales y económicos: la reflexión sobre la reflexión  no ha sido una práctica común en el territorio de la historiografía y las ciencias sociales.

El giro cultural y su convocatoria a la redefinición de la disciplina a la luz de la cultura, la literatura, el lenguaje y la narración, cambió poco las condiciones del saber en esos campos. La afirmación de que la historia cultural no poseía los atributos o instrumentos para explicar, como la historia social y económica, un problema de orden material, es aceptable. Pero ello nunca ha significado que no sea posible ni pertinente producir una interpretación cultural de lo social y lo económico o de la apropiación inmaterial de lo material. El 2020 parece un buen momento para retornar a ese tipo de deliberaciones: los momentos de crisis, aquellos que propician el derrumbe de órdenes que habían sido tenidos durante largo tiempo como estables,  siempre son fértiles para meditaciones de esta naturaleza. Tal vez no se trate de la caída del Imperio Romano o de la disolución del orden señorial, pero algo de ello posee metamorfoseado este presente. Claro está, los historiadores saben desde tiempos inmemoriales que las “caídas” nunca son totales y que las  “disoluciones” no borran toda huella del pasado.La evolución de la historiografía no es una excepción.

Una de las razones para el silenciamiento de estos procesos y la mitigación de sus efectos ha sido el quietismo que ha caracteriza a la tradición universitaria en este país desde la segunda posguerra mundial. Esta ha sido una institución demasiado inclinada, desde mi punto de vista, a la conservación y renuente a la revisión por consideraciones que no estoy en condiciones de explicar ahora. Si ello se combina con el hecho de que paralelamente las ciencias sociales y humanas han sufrido un visible retroceso en el ámbito de los saberes en Puerto Rico neoliberal y postindustrial, tendremos un cuadro más completo del problema.

Y ahora ¿qué?

El trabajo de los historiadores profesionales en el siglo 21 se da en el marco de un conjunto de complejos procesos materiales e inmateriales que comenzaron a gestarse desde la década de 1990. En un contexto global, condiciones tales como la revolución informática, la proliferación de fuentes de información, la difusión de las redes sociales, todos ellos recursos accesibles  tanto al investigador como al curioso, han impactado la relación del historiador profesional con los archivos, la comunidad intelectual y con sus interlocutores, sean estos estudiantes, colegas o lectores. El hecho de que la sociabilidad y el contacto virtual parezcan querer imponerse a las forman convencionales de socializar y relacionarse con el resto de la humanidad, es indicativo de ello.

En lo que incumbe a este campo de trabajo, una de las secuelas más visibles de todo ello ha sido que la universidad ha dejado de ser la única institución en condición de emitir juicios, confiables o no, con respecto a la representación del pasado. Aunque la competencia entre una variedad de emisores de saber no es un asunto nuevo, las tensiones entre ambos extremos se han multiplicado hasta el presente minando la confiabilidad que poseía el intelectual académico. El debate posmoderno de la década de 1990 fue uno de los componentes de ese problema en la medida en que articuló un inteligente cuestionamiento en torno a la solidez y la confiabilidad de la Historia Relato según la había formulado la tradición occidental moderna amparada en la racionalidad instrumental, sugiriendo de modo convincente su condición de mera ficción al servicio del poder de una ideología, una veces vinculada al capital y otras a todo lo contrario.

El nuevo orden capitalista neoliberal y la globalización, han provocado un cambio profundo que ha tenido efectos precisos en la práctica de la reflexión histórica mundial.

  • En lo que incumbe a la concepción de eso que llamamos historia, ha conducido a la revisión de la tácticas (métodos) y estrategias (teorías) para representar el pasado. Una parte significativa de los instrumentos interpretativos de la época de la Guerra Fría perdieron toda utilidad en la pos Guerra Fría.
  • En lo que concierne a la figura de historiador, ha estimulado la reflexión sobre su condición como productor de conocimiento y ha justificado la revisión de las metodologías y las fuentes de información legítimas a la hora de formular sus conclusiones.
  • Y en lo que atañe a la historiografía como un campo profesional y académico ha viabilizado, y a veces forzado, la revisión de los procedimientos para su reproducción, es decir, la educación y difusión del saber, sin excluir los artefactos de su difusión editorial en donde texto e hipertexto compiten espacios. Todo ello ha reconfigurado lo que antes se consideraba una “comunidad de saber” más o menos estable.

Ninguno de los tres casos pueden ser considerados problemas “menores”. Las transformaciones generaron una “conmoción” en la medida en que alteraron unas condiciones de vida del historiador que, en el marco europeo, habían alcanzado estabilidad institucional desde fines del siglo 19, y en el puertorriqueño desde 1950. El tema de la educación a distancia en medio de la pandemia de Covid19 de 2020, un indicador global, es sólo la expresión más reciente de un dilema más hondo que viene exteriorizándose desde la década de 1990. Si a ello se añade la degradación de la situación laboral de los profesionales de la historia, asunto que también afecta a las demás disciplinas del saber, y las dificultades que los costos de estudio imponen a los interesados en ese campo, se tendrá una idea de la situación crítica que vive la disciplina hoy en día.

En cuanto a los primeros dos casos, la concepción de la historia y la figura del historiador, debe reconocerse que en el escenario puertorriqueño ha habido en ciertos núcleos una revisión intensa. La representación del pasado ha cambiado y, vinculado a  ello, algunos historiadores ha sido capaces de revisar sus herramientas de trabajo de manera creativa. Ello no debe sorprender a nadie: la práctica de la historiografía no escapa a la historicidad y en 2020 no serviría de mucho imaginar el pasado con los instrumentos que se invirtieron a ese fin en las  décadas de 1850, 1880, 1930, 1950 o 1970.

La práctica historiográfica puertorriqueña ha seguido girando en torno a unos núcleos temáticos concretos, apelando a tradiciones interpretativas de uno y otro origen sin que en realidad se haya dado una revolución intelectual como la que muchos imaginaban en la década del 1990. La polémica de entonces no tuvo un efecto profundo sobre el imaginario histórico y social puertorriqueño. El hecho de que las revoluciones intelectuales, como las revoluciones políticas,  nunca hayan sido totales ni hayan conseguido efectos homogéneos sobre sus testigos, explica la heterogeneidad del hacer historiográfico durante los primeros dos decenios del siglo 21. Lo que sí ha cambiado ha sido el observador que siempre es otro. El hecho es importante porque las crisis, si bien se parecen, no poseen siempre el mismo sabor.

Debe reconocerse que una reflexión historiográfica confiable se puede elaborar desde una variedad de perspectivas, siempre y cuando las artes y las destrezas básicas de la profesión sean bien invertidas. Siempre habrá problemas concretos que será pertinente interpretar recurriendo a las herramientas de la historia social económica, el marxismo o, incluso, la historiografía tradicional, miradas que algunos presumen han sido “dejadas atrás”. La hibrides de la producción historiográfica de los últimos 20 años así lo demuestra porque, después de todo, una historiografía respetable depende más del trabajo cuidadoso del historiador que de los contextos teóricos de vanguardia o de moda a los cuáles apele: también estos pueden generar un producto defectuoso. En última instancia, la garantía de la innovación no se encuentra en los parámetros ideológicos que se inviertan en una interpretación sino en el intérprete, en el pensador que propone, como un artista, una meditación. Pensar históricamente sigue siendo un campo abierto y un reto en especial en tiempos tan atroces como los que se viven. 

En cuanto al tercero de los casos relacionado con la reproducción del saber, debo insistir en que en Puerto Rico nunca ha habido una “comunidad de saber” estable y los debates disciplinares y teóricos, por lo regular, poseen una naturaleza particular y aislada según se ha sugerido. En ese sentido, es realmente poco lo que se pierde en este aspecto. Si a ello se suma el hecho de que esas condiciones deben ser vividas, comprendidas y apropiadas desde la multiplicidad de las crisis -económica, política, cultural, administrativa, financiera, jurídica, moral, ambiental y salubrista acompañada de un largo etcétera- el riesgo que se corre aquel que se ubique como historiador en el presente es de un rango superior. El camino de los historiógrafos del 1990 al 2020 ha estado lleno de entuertos. Habrá que mirarlos con calma a ver cómo se desenredan.

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia  el 12 de junio de 2020.

marzo 17, 2020

Apuntes al margen de La pasión de vivir… de Sylvia T . Domenech


Comentario a Sylvia T. Domenech (2018) La pasión de vivir: Alfredo Ramírez de Arellano y Bártoli. San Juan: ERA International Corporation.

Preámbulo

En primer lugar quisiera hacer unos comentarios generales sobre la naturaleza de esta obra de Sylvia T.  Domenech. Quien se aventure a leer La pasión de vivir: Alfredo Ramírez de Arellano y Bártoli (1915-2011) debe partir de la premisa de que tiene en sus manos un texto bien escrito, elegante y cuidadoso. A lo largo del mismo, el balance entre la investigadora acuciosa y la escritora creativa alcanzan un magnífico balance. Esto significa que el trabajo técnico con los recursos de archivo, que son por lo regular una guía incompleta del objeto de estudio, y la imaginación de la autora, han conseguido una integración admirable. Los que hacemos historiografía profesional y académica, como es mi caso, reconocemos los límites que imponen los registros archivísticos para responder todas las interrogantes que nos provocan los temas que tratamos. La imaginación del investigador tiene que hacer unas apuestas a la hora de la elaboración del texto a fin de que el producto resulte comprensible para quien se acerque al mismo una vez hecho público. La autora posee sin duda esa capacidad.

En segundo lugar quisiera llamar la atención sobre la relación entre las discursividades de la historiografía y la biografía.  Ambas no solo nacieron a la par y se dedican al mismo trabajo: la formalización de la memoria de una parte del pasado. Pero si la historiografía enfrenta el problema subsumiendo al individuo excepcional u ordinario en el colectivo y sus contextos; la biografía lo resuelve haciendo todo lo contrario, es decir, concentrando el esfuerzo interpretativo de lo colectivo y lo contextual en la elucidación de la mirada del individuo excepcional u ordinario. Se trata de dos modos de representar el pasado que, siendo contrapuestas, no son excluyentes y más bien se enriquecen mutuamente. La biografía ha sido interpretada como un género que se mueve entre los intersticios de la literatura, la retórica y la historiografía. La única garantía de éxito para ambos procedimientos es el talento de investigador.

La lectura del libro en torno a Alfredo Ramírez de Arellano y Bártoli me remite al sabor ancestral de la biografía clásica latina. Aquel era un género que se movía entre la historiografía y la literatura con el fin de rescatar a las figuras públicas que ostentaban virtu, concepto que en la antigüedad sugería la posesión de “carácter” y, en el medievo, la idea de la “madurez” y la “excelencia” que acreditaban su “distinción” y su protagonismo social. En términos técnicos la obra de Domenech posee los rasgos de lo que conocemos como la “Biografía Alejandrina”, un medio proclive a esbozar la vida pública de la figura adornándola con un selecto anecdotario de su vida pública y privada todo ello de la mano de un lenguaje accesible e incluso coloquial pero elegante. No empece también comparte elementos de la “Biografía Peripatética” que buscaba definir al “Individuo Excepcional” o a la figura procera proyectándolo como “Motor de la Historia” de su tiempo con el objetivo de transformar su vida en un modelo pedagógico y moralizante, en una figura a imitar. Domenech deja con su libro el modelo de una “Biografía Laudatoria” con una finalidad moral bien urdida, estilo que en el siglo 19 y en el contexto del Romanticismo y el Krausopositivismo, cultivaron entre otros Thomas de Carlyle, Alejandro Tapia y Rivera y Eugenio María de Hostos Bonilla, este último en la forma del perfil sociológico como parte de su “Moral Social Objetiva” en 1888.

En tercer lugar, debo reconocer el papel protagónico que la biografía laudatoria y la biografía crítica, ha adquirido en el contexto de la reflexión sobre el pasado desde 1990 al presente. En cierto modo, la producción de ese género de obras está supliendo una necesidad intelectual que he reiterado a mis estudiantes de historia de todos los niveles: me refiero al estudio sistemático de las “fuerzas vivas”, las clases altas y de la burguesía criolla o puertorriqueña a lo largo de la historia de Puerto Rico, aspecto tan necesario para desarrollar una visión holística del yo colectivo.

La naturaleza de un libro

No cabe duda de que la autora tiene una gran pericia a la hora de adecuar la etapas vitales de esta figura con los capítulos de su libro. El volumen puede ser separado en dos partes. La primera incluye los capítulos uno al cuatro que ofrecen un panorama puntual de la fisonomía del personaje: su genealogía y ascendencia hispana, su desarrollo sociocultural temprano en San Germán y Mayagüez, dos signos contrapuestos de la modernidad puertorriqueña, y su formación profesional y militar en Puerto Rico y Estados Unidos.  El niño nacido en San Germán en 1915 creció en los tiempos aciagos de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, periodo en que acaecen dos momentos determinantes de su vida: se recibió de ingeniero químico del  CAAM en 1937 y se casó en 1939. En el capítulo cuatro, “La hora del amor y de la guerra”, se explora el periodo de 1942 al 1945 cuando la conflagración mundial lo sacó del nicho familiar y lo llevó de Panamá a Washington. La elaborada imagen del conflicto entre el desarraigo personal y el reclamo de cumplir con un deber colectivo ineludible es evidente en esa parte de la narración.

No debe pasarse por alto que en medio de aquellos años inició un proceso de cambio profundo e irreversible no solo en la relación política y económica de Puerto Rico con Estados Unidos, sino en la relaciones internacionales todas. Las marcas más visibles de ese fenómeno fueron, en el caso de Puerto Rico, las gobernaciones del Gen. Blanton Winship (1934-1939) y el Alm. William Leahy (1939-1940), y el ascenso meteórico de la figura de Luis Muñoz Marín y su populismo exigente al poder, con el visto bueno de las autoridades estadounidenses controladas por Franklyn D. Roosevelt y sus “Think Tanks” de tradición keynesiana. Todos los debates internos -tanto políticos, económicos o filosóficos- que atenazaron a Ramírez de Arellano y Bártoli desde su regreso a Puerto Rico en 1945,  poseían raíces profundas en los complejos procesos que habían afectado al país entre 1934 y 1945.

La segunda parte compuesta por los capítulos cinco al nueve, muestra el desenvolvimiento del empresario de la caña de azúcar en el marco del derrumbe del enclave agrario que fue Puerto Rico hasta 1947; su papel en el desarrollo y difusión de los medios de comunicación masiva emergentes durante la segunda posguerra tanto en el territorio de la radio como en el de la televisión aspecto en el cual WORA radio y televisión son su mayor emblema; así como su desempeño en la industria de la publicidad de la que dependía la subsistencia de aquellas. Su instinto empresarial terminó por interesarlo en la banca de afirmación puertorriqueña y regionalista e, incluso, en la ganadería y la agricultura alternativa tras la disolución del universo azucarero que había sido el país antes de la guerra. Cada escenario estipulado ofrece al investigador académico una lección histórica transcendental que la autora sugiere pero no elabora porque ese no es su propósito. El discurso de Domenech se complace en construir la imagen moral del exitoso empresario.

El libro documenta, por una parte, los choques entre los intereses del Estado y los del Capital  en el contexto del Nuevo Trato y la Segunda Posguerra: Ramírez de Arellano resintió como tantos otros miembros de la “fuerzas vivas” el tránsito del orden liberal tradicional de entreguerras al orden keynesiano y fordista de la segunda posguerra y la Guerra Fría. La transición de una economía agraria dependiente y tradicional a otra industrial dependiente habían cambiado las reglas de juego de modo dramático hecho que representaba un reto extraordinario para gente como él. Aunque el asunto ha sido ampliamente revisado desde la historiografía social y económica, la experiencia concreta de sus protagonistas sigue siendo un misterio. El acercamiento de Domenech ofrece pistas en torno a los efectos del cambio en el seno de una figura concreta de las “fuerzas vivas” puertorriqueñas con la ventaja de que, gracias al rico registro de documentos que se insertan entre un capítulo y otro, los argumentos se expresan en sus propias palabras.

Mario R. Cancel y Sylvia T. Domenech (2019)

Por otro lado, el libro también patentiza la capacidad de Ramírez de Arellano y Bártoli para transitar con éxito del orbe agrario al industrial tomando la ruta de vanguardia de las comunicaciones, la publicidad y la banca. Para el historiador profesional eso significa que su lectura de hacia dónde conducían los aires de la época había sido acertada. En ese sentido, el orden keynesiano y fordista de la segunda posguerra y la Guerra Fría, no lo tomó desprevenido como a otros. Hay, por último, dos valores que me parecen significativos y que quisiera señalar brevemente. Uno es su regionalismo económico, una actitud de las “fuerzas vivas” del país cuyos antecedentes se pueden documentar hasta principios del siglo 19 y que voy a bautizar con el  neologismo de “mayagüezanismo”. Mirar al mundo, al mercado, a la humanidad desde el locus amenus de la región sin que ello significase una desconexión con el resto del orbe es una destreza que todos deberíamos aprender y practicar. El otro valor  tiene que ver con el hecho de que, a pesar del acelerado proceso de industrialización de Puerto Rico desde 1947 en adelante al palio de “Operación Manos a la Obra” y de su condición de empresario de vanguardia que compartía los valores del capitalismo de la segunda posguerra, Ramírez de Arellano y Bártoli nunca olvidó sus vínculos con la tierra ni dejó atrás el agrarismo que había heredado de la generación de su padre.  Su compromiso con la Central Igualdad y con los proyectos innovadores de alguno de sus nietos así lo certifica.

El conjunto de los nueve capítulos se fundamenta en una esmerada mirada microscópica propia de la biografía, que privilegia el lenguaje testimonial mediante el recurso de “dejar hablar al personaje”. Las largas citas de los documentos y la referida práctica de insertar una muestra significativa del “archivo personal” entre uno y oro capítulo, invitan al lector a dialogar con la figura histórica que la autora delinea. La ausencia de un bagaje bibliográfico o referencial aparte de las fuentes que emanan de los actos del protagonista, otro rasgo distintivo de la “Biografía Laudatoria”, ha forzado a la autora a llenar los vacíos factuales con narraciones imaginarias bien articuladas y, a la vez, cargadas de emoción que robustecen la imagen procera del sujeto bajo estudio. Ese elemento imaginativo y el rico anecdotario sustraído de la obra literaria de Ramírez de Arellano y Bártoli, nos dejan ante un texto equilibrado que lo busca afirmar la humanidad de esta figura compleja como todas. Para un biógrafo crítico como yo, que he aceptado que el sujeto biografiado “en sí” es inatrapable y que la biografía laudatoria o crítica es siempre una apuesta o una aproximación,  las destrezas de Domenech no dejan de impresionarme.

El placer de la lectura del volumen La pasión de vivir: Alfredo Ramírez de Arellano y Bártoli se sostiene, es cierto, sobre la pericia de la palabra. Pero es inescapable afirmar que también se apoya en lo significativo de la figura a la cual invoca y construye: un signo inequívoco de las complejidades de la segunda parte del siglo veinte: Alfredo Ramírez de Arellano y Bártoli.

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