Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

febrero 26, 2015

Cacimar Cruz Crespo: comentarios en torno a un libro


Cruz Crespo, Cacimar (2014) Solidaridad obrero-estudiantil: las huelgas de 1973 y 1976 en la Universidad de Puerto Rico. San Juan: Fundación Francisco Manrique Cabrera / Hermandad de Empleados Exentos No Docentes / Bufete José Nicolás Medina Fuentes: 167 págs. Illust. Texto de la presentación del día 26 de febrero de 2015 en actividad apoyada por la Asociación de Estudiante de Historia  del RUM.

El libro de Cacimar Cruz Crespo tiene la arquitectura de una tesis bien elaborada. El capítulo uno, “Apuntes breves del movimiento estudiantil y obrero”, aclara el contexto internacional en el cual se desarrolló uno y otro proyecto de resistencia en Puerto Rico y el papel determinante que tuvo la relación colonial con Estados Unidos en cada una de ellos. El carácter retardatario de aquellas circunstancias está muy  bien sugerido. El colonialismo convirtió al movimiento obrero en un espécimen vinculado al estadoísmo que emergió de la invasión del 1898 limitando sus posibilidades revolucionarias. Y el hecho de que la universidad fuese una creación de los invasores al servicio de la americanización jurídica, material y cultural, le imprimió a los universitarios un carácter peculiar.

Solidaridad_obrero_estudiantil_portadaEl capítulo dos, “De la huelga de Palmer a la huelga de 1973”,  resume el intenso periodo que inició en 1968 -año de la revolución estudiantil y cultural en occidente, pero también del centenario de la Insurrección de Lares-, hasta el 1973, momento en que el proyecto capitalista elaborado por los países victoriosos durante la Segunda Guerra Mundial, colapsó y redirigió el capitalismo en una dirección nueva e impredecible.

El capítulo tres, “De la contra-ofensiva administrativa al estado de sitio”, aclara el interludio tras la huelga de 1973 y conduce al lector al interesante fenómeno de 1976. Con aquella huelga cierra un periodo histórico de las luchas universitarias. La huelga de 1981 intentaría reinventar el lenguaje de la resistencia estudiantil en su momento, a la luz de su imagen de la experiencia de la década de 1970.

La única carencia que voy a señalar en este resumen tiene que ver con un giro en el discurso protestatario del estudiantado ocurrido durante los primeros años de la década del 1930. Me refiero al esfuerzo de Pedro Albizu Campos y la Junta Nacional de su partido por organizar, primero, la Asociación Patriótica de Jóvenes Puertorriqueños (APJP) en 1931; y la Federación Nacional de Estudiantes Puertorriqueños  (FENEP) en 1932. Las propuestas ideológicas de aquellas organizaciones reflejaban el impacto del Indoamericanismo antimperialista y militante que caracterizó otras agrupaciones juveniles en Hispanoamérica en la época de la Gran Depresión. Me hubiese gustado encontrar un comentario sobre el proceso a través del cual aquella agrupaciones se transformaron en el Cuerpo de Cadetes de la República, luego Ejército Libertador, en 1935.

En cierto modo, la transformación de las vanguardias estudiantiles pre-universitarias y universitarias en una fuerza armada rebelde, limitó las posibilidades de que el Partido Nacionalismo pudiera hacerse fuerte en el seno de una universidad territorial con la cual había chocado siempre. La Masacre de Río Piedras en 1934, las huelgas universitarias  de 1931 y 1948,  corroboran a la saciedad esa tensión.

Cuatro lecciones

La lectura de Solidaridad obrero-estudiantil: las huelgas de 1973 y 1976 en la Universidad de Puerto Rico, me deja con cuatro preocupaciones que pueden ser las tesis más reveladoras de este estudio. La primera tesis tiene que ver con el hecho de que, tanto el movimiento estudiantil como el  movimiento obrero, son fenómenos recientes en la historia de Puerto Rico. Hijos putativos de la invasión de 1898 y productos indirectos del cumplimiento parcial de la promesa de progreso, modernización, democracia y libertad de los invasores, ambos nacieron mediados por la condición colonial que instituyó la Ley Joe Foraker del Congreso de 1900.  Esa condición representaba una interesante paradoja. El régimen español se había manifestado de una manera abierta no sólo contra la educación universitaria en la colonia: también había interpuesto numerosos obstáculos ideológicos y burocráticos a la educación preparatoria, a la técnica o profesional, y en especial, a la educación popular.

Cacimar Cruz Crespo, autor

La paradoja radica en que los esfuerzos en favor del desarrollo de instituciones educativas en  todos esos renglones -desde la Escuela Normal, la Secretaría de Instrucción, hasta el Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas-  implicaban un compromiso con la americanización cultural, jurídica y material de Puerto Rico. El “cumplimiento” de la promesa de Miles tenía un alto costo para la identidad nacional.

Los estudiantes comprometidos con la causa de la nación se encontraban en una situación incómoda: las instituciones de vanguardia que traían los invasores minaban las posibilidades de supervivencia de la nacionalidad. Dos intelectuales emblemáticos de 1930, el narrador Emilio S. Belaval y el dirigente Pedro Albizu Campos, ambos juristas, manifestaron con diafanidad esa contradicción. El primero en un libro de cuentos de 1935 en el cual acusaba a los universitarios de ser “flanes”; y el segundo en un discurso en Maunabo en 1934 en donde los acusaba de falta de “virilidad”.  En los dos casos se responsabilizaba a la universidad territorial por el problema. El contencioso con la universidad surgía del reconocimiento de que aquella institución servía a las autoridades coloniales  y no a la nación. Curiosamente, los estudiantes que en el 1970, 1980 y 2010, enfrentaron procesos huelgarios, tenían que reconocer que nada había cambiado desde 1934 hasta sus días en ese aspecto.

La segunda tesis incluye otra paradoja. El movimiento estudiantil y el movimiento obrero en Puerto Rico han caminado por rutas paralelas, e incluso opuestas, durante buena parte del siglo 20. El sistema educativo moderno fue una criatura de las autoridades imperiales estadounidenses. Fue construido para facilitar el proceso de asimilación cultural, jurídica y económica. En el proceso instituyó las condiciones para que las aulas de la universidad del Estado se llenaran con candidatos que provenían de las mismas clases medias y altas que favorecían el proceso de integración de la isla al país invasor, a la vez que alimentaba la maquinaria del capitalismo colonial. La educación universitaria pública no había sido pensada para los pobres o los explotados. Nada había cambiado en 1970, en 1981 o en 2010. Los grandes ausentes de los espacios universitarios eran, en efecto, los hijos de las clases populares ya fuesen campesinos u obreros. Las posibilidades de un encuentro fraterno entre aquel sector social y aquella clase social vinculada a la producción material en los tabacales, cañaverales, cafetales, cigarreras y empresas de la aguja, eran pocas. Este libro sugiere con diafanidad que las vías de comunicación entre uno y otro espacio de lucha eran escasas entre 1903 y 1950.

El argumento sirve para entender por qué los esfuerzos del movimiento estudiantil en la búsqueda de la universidad “nacional” y la “democracia institucional participativa”, estaban tan distantes de los anhelos de los trabajadores productivos que deseaban mejores condiciones laborales y salariales. El libro me deja con el sabor de que la historia moderna del movimiento estudiantil solo  comienza después de 1950. La industrialización por invitación creó las condiciones de un “encuentro” entre aquel sector y aquella clase a sabiendas de que estudiantes y obreros poseían concepciones distintas del problema nacional y de la conflictividad de clases. La crisis económica de  1973, fue un ingrediente crucial para que ese “encuentro” se materializara.

Guarionex Padilla Marty, Cacimar Cruz Crespo y Mario R. Cancel Sepúlveda

La tercera tesis tiene que ver con el papel protagónico que tuvo la “Nueva Lucha por la Independencia”, en especial el Movimiento Pro Independencia,  la Federación de Universitarios Pro Independencia y el periódico Claridad, en aquel proceso. El papel radical  que desempeñó el Partido Nacionalista en la década de 1930, lo cumplieron aquellas propuestas innovadoras en 1960.  Me parece que el balance entre los reclamos universitarios y los políticos fue, en ocasiones, precario. Pero desvincular el problema de la educación universitaria del problema colonial hubiese sido un error garrafal. El proceso de industrialización por invitación significado por Operación Manos a la Obra (1947-1976), había convertido a la universidad territorial en un espacio más accesible a los hijos de la clases populares -campesinos y obreros-. Yo, hijo de campesinos, me hice universitario en 1978. Lo nuevo de la década de 1970 era ese lenguaje que trataba de sintetizar nacionalismo y socialismo en un proyecto innovador.

La cuarta y última tesis tiene que ver con las perspectivas de futuro de la relación entre el movimiento estudiantil y el movimiento obrero en un mundo en cual los sectores que animan a uno y otro han vivido la conmoción del neoliberalismo y la globalización. Desde mi punto de vista, ello representa la incógnita más interesante de este libro. El ciudadano común siempre ha mirado con extrañeza al movimiento estudiantil. Tampoco ha comprendido bien la ansiedad que ha manifestado la juventud  rebelde por conectarse con la clase obrera durante la era del capitalismo y en el postcapitalismo. La pregunta que me parece que hay que responder es ¿qué posibilidades hay de que eso cambie?

El encuentro entre estudiantes y trabajadores en el siglo 21 tendrá que darse sobre bases distintas. La revolución tecnológica, la cultura de consumo conspicuo y el impacto de los procesos de cambio en las formas de uso de la mano de obra en la eran neoliberal, la crisis que nos agobia desde 2006, han cambiado las reglas de juego. Los instrumentos que sirvieron para interpretar la situación de un obrero productivo en la década de 1960, informan poco sobre cómo percibe el mundo un empleado de servicios temporero de un restaurante de comida basura o una tienda  de venta al detal en un centro comercial deshumanizado. La naturaleza y las posibilidades de la revolución social a la cual se aspira tienen que ser reinventadas. Salvar lo mejor de los discursos del pasado es una tarea meritoria y necesaria. El libro de Cacimar Cruz Crespo abona en esa dirección. Ese mérito no se lo puede negar nadie.

enero 11, 2015

Una reflexión sobre el libro Hostos insepulto de Roberto Mori González


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Hostos insepulto de Roberto Mori González, es un volumen que dialoga en dos direcciones. Uno de los diálogos tiene que ver con un Eugenio María de Hostos rescatable: el que retornó a la política activa en la coyuntura de la invasión de la guerra entre España y Estados Unidos y fundó la “Liga de los Patriotas” de 1898 en Nueva York. El otro es un diálogo con el presente a través del cual Mori González se esfuerza en demostrar la pertinencia del pensamiento y la praxis hostosiana en otro momento coyuntural asociado al final del siglo 20. Me refiero a la salida de la Marina de Guerra de Estados Unidos de la Isla Municipio de Vieques.

Eugenio María de Hostos

La lectura de este libro tiene que ser elaborada a partir de esos dos extremos. En ese sentido Hostos insepulto no es tanto un libro sobre el pensamiento y los sistemas ideológicos de Eugenio María de Hostos, sino un conjunto de textos en torno a como Mori González lo representan hoy. Se trata de una actualización del hostosianismo a la luz de las luchas de un segmento de la sociedad civil puertorriqueña. El cambio de lenguaje y el centralismo de las nociones “sociedad civil,” “autogestión” y “comunitarismo” en los 17 textos incluidos en el volumen, es sintomático de estos tiempos de reevaluación de los artefactos analíticos heredados del análisis estructural radical.

Me parece que esa es una de las virtudes mayores del texto. Digo esto porque el hostosianismo de los saberes públicos y del estado ha evolucionado al presente en la ruta de un ritualismo manoseado que ha domesticado la figura de Hostos hasta reducirla al más simple civismo. El hostosianismo de la educación puertorriqueña proclamado con tanta rimbombancia por el sistema de educación pública en año 2001, resultó ser un discurso vacío que no fue capaz de actualizar la pedagogía para el civismo que Hostos proponía. Las razones para que se abortara cualquier esfuerzo es esa dirección son variadas y serían buena materia de discusión en el futuro.

Los centros del volumen Hostos insepulto están en consecuencia bien definidos. Hostos fue un traductor de la ciencia positiva de su tiempo. Las apetencias totalizadoras de Augusto Comte, su percepción de la sociología como una suprahistoria, voluntad que tanto molestó a los historiadores de su tiempo, y la distancia que tomó de las posturas combativas y protosocialistas  de su colaborador Henri de Saint-Simon, son conocidas por todos. No creo que deba recordar que el positivismo comtiano propuso una utopía que debía caracterizarse por la concordia entre el poder espiritual y el temporal. La meta oculta de Comte consistía en asegurar la preeminencia del poder espiritual sobre el temporal.

En la utopía comtiana el poder efectivo lo ejercerían los jefes industriales, la admirada burguesía racionalizadora del mundo de los negocios, punto en el cual coincidía con Saint Simon. En Comte el culto a la ciencia se tradujo en una reverencia hacia las disciplinas no exactas – la sociología, la política y la moral social- que él consideraba más complejas que las ciencias naturales. Las contradicciones de Comte lo condujeron del ataque a la metafísica, que era la meta de la ciencia positiva del siglo 19, a la construcción de una metafísica alterna en la cual el “Gran Ser” era el centro de todo y Comte su sacerdote. Se trataba de un humanismo sacerdotal extremo.

Respecto al darwinismo social de Herbert Spencer como pretexto hostosiano es poco lo que tengo que decir. Asociar a Hostos a Comte y a Spencer implica relacionarlo teóricamente con dos tradiciones conservadoras que negaron la vertiente que condujo al socialismo utópico prefigurado por Henri de Saint Simon en la Francia de 1825 y por Esteban Echevarría en la Argentina de 1837 dentro del movimiento intelectual en el Plata. Una lectura sosegada de Hostos permite detectar la presencia de los utopismos en algunas de sus propuestas. Su percepción de que la “Liga de Patriotas” debía cimentar su lucha en las unidades sociales más pequeñas es un buen ejemplo de ello. El falansterio de Charles Fourier, las comunidades tejanas de Ettiene Cabet (1842), o el New Harmony de la Indiana de 1825 de Robert Owen, asoman en esa interesante propuesta. Aquellas comunidades y la “Liga…” representan una protesta contra la masividad urbana y la deshumanización de las relaciones sociales. A pesar de obvia relación, no recuerdo muchas referencias a este asunto en los estudios sobre Hostos. La cuestión de la sociología hostosiana se ha resuelto con el argumento fácil de las influencias jerárquicas de Comte y Spencer.

Mori González propone una evaluación de Hostos sociólogo y teórico ya no por la consideración de cuáles fueron sus herencias teóricas sino por los artefactos teóricos prácticos que utiliza para enjuiciar la situación de Puerto Rico en 1898. Por eso, y en ello radica la otra aportación de este volumen, concentra su interés en el manejo que hace Hostos de una serie de conceptos que, si bien están derivados de una fuente teórica conservadora como es la “ciencia positiva” tardía, cumplen una función antisistémica y hasta subversiva en el momento de la posguerra del 1898.

Como historiador me consta que los sistemas ideológicos y las prácticas que de ellos se derivan no tienen un carácter absoluto. De un modo u otros todas son refutables o  falsables. Ninguna postura ideológica es intrínsecamente progresista, reaccionaria o conservadora. La historiografía de las ideas y de las representaciones es mucho más compleja que eso. Las reflexiones de este conjunto de ensayos son demostrativas de lo que llevo dicho.

Mori González se ocupa de ilustrar al lector en torno a la forma en que Hostos interpretaba en los papeles de Madre Isla la relación entre las partes del dístico estado-sociedad. El papel que le da a cada uno de los extremos es muy interesante. Si bien el estado aparece  caracterizado por su artificialidad, la sociedad resulta marcada por su carácter natural. Se trata del contraste entre una construcción y un hecho esencial. La preeminencia de la sociedad interpretada como un sistema de relaciones entre individuos al margen del poder formal dentro del dístico, es lo que distingue el planteamiento hostosiano. Hay un evidente trazo anti hobbesiano, anti Leviatán en esta propuesta.

La parte problemática del juicio es que no se puede traducir automáticamente la noción sociedad a la noción pueblo o volk si se piensa en la propuesta de Johann Gottfried von Herder de 1784. La sociedad no es la nación. La sociedad es una estructura o forma en el sentido que la ilustración y el racionalismo le dieron al concepto. El volk o pueblo es un espíritu o geist en el sentido del romanticismo nacionalista. El carácter anti estatal de Hostos es central. La percepción de la sociedad en Hostos está más relacionada a los utopismos antes referidos y a la democracia radical en la tradición de los montañistas franceses que a otra cosa. Esta concepción de la sociedad como un órgano soberano equivalente a la voluntad general de los teóricos de la revolución, abre paso a la prédica de la autogestión que Hostos promovía.

La crítica a la democracia representativa y liberal, una traición de las democracias directas más prístinas, se justifica por el hecho de que la representación de la gente concreta se transforma con suma facilidad en un acto de delegación total de la responsabilidad del poder en manos de políticos profesionales. El corolario de todo ello es que el poder efectivo se enajena de la sociedad. La partidocracia o el elitismo competitivo definido por David Held contienen de un modo análogo los parámetros que Hostos adopta. La valoración del “poder social” como un ejercicio de democracia directa es otra de las aportaciones de esta colección de ensayos.

Un elemento interesante que deriva Mori González de la revisión del pensamiento de Hostos a la altura de 1898, es el rescate de una parte de la propuesta de una confederación de las Antillas en el mismo tono en que lo hicieron Segundo Ruiz Belvis en 1864, Ramón Emeterio Betances en 1868 y José Martí en 1895, y de la pertinencia de aquella propuesta hoy a la luz de la globalización. La concepción parte de la premisa de la aceptación de carácter antisistémico de la confederación como una forma de resistencia a la globalización en el sentido que le da Samir Amin a ese fenómeno.

La confianza de Hostos en aquella estructura superior no se cimentaba en consideraciones positivas, es decir concretas ni verificables. La confederación era un resultado natural justificado dentro de una estructura jerárquica y teleológica de pensamiento. Por eso la comunidad conducía a la nación, y esta a la confederación. La evolución era forzosa y necesaria. Solo había que promoverla y racionalizarla. Hostos preveía, al cabo, la consolidación de una unión latinoamericana en el sentido bolivariano, pero como una liga diplomática. Creo que todos estarán de acuerdo en aceptar que por más que la Organización de Estados Americanos sea una liga diplomática en el sentido estricto de la palabra, no representa ni el sueño de Bolívar ni el de Hostos. La historiografía también demuestra que muchos sueños utópicos pueden convertirse en pesadillas.

En 1898 Hostos construyó su utopía con artificios del pasado. La unidad soñada por Bolívar puede ser interpretada como una extrapolación de la unión de los virreinos y las capitanías de la era colonial. Se dirá que no hay otro modo de construirlas. Eso se llama historicismo radical e implica que no se puede pensar al margen de la experiencia vivida. La validez de un proyecto utópico de unidad continental tenía que pensarse en relación con el desarrollo del poder hegemónico de Estados Unidos, en el cual la generación del 1898 parecía confiar.

El último punto que quiero destacar es la propuesta que hace este libro para la construcción de la identidad caribeña a partir de esas premisas hostosianas. La refundición del antillanismo exclusivista en el gran caribeñismo de la era de la globalización parece ser la fórmula. Los estudios caribeños, con su afán totalizador, han sumido las perspectivas antillanistas en el ámbito del romanticismo más vulgar. El antillanismo de José de Diego resultó ser el último ramalazo romántico de aquella índole con su centrismo lingüístico y el culturalismo de sus combates, mientras se confiaba en la buena voluntad de Estados Unidos con una inocencia atroz. Me parece que la lección, si alguna, de aquel momento histórico es evidente.

No me parece que identificar la globalización como un camino alterno o un agente facilitador para la integración cultural e ideológica de un Caribe presumiblemente balcanizado solucione nada. El Caribe estuvo integrado de algún modo durante tres siglos de coloniaje español y fue muy poco lo que se consiguió en términos de una conciencia colectiva. Integrar las economías caribeñas al mercado global regionalizando estas economías para la generación del placer turístico o la venta de servicios, no es un proyecto de todos los caribeños. Es una propuesta del postcapitalismo euroamericano. El tipo de conciencia caribeña que esa situación genere no tiene mucho que ver con el antillanismo del siglo 19.

Para concluir, este volumen es una invitación a revisitar a Hostos como teórico y ello es válido si quien le visita reconoce sus prejuicios. Su mayor aportación es que hace de Hostos un modelo en un momento de crisis ideológica para los que todavía abrigan proyectos como la independencia y la confederación. Debo confesar que no soy hostosiano ni por formación ni por pasión. Soy solo un estudioso de Hostos y su tiempo, nada más. Es probable que alguien piense que eso representa un problema insalvable al mirar un texto como este. Yo creo que no. Esa condición permite mirar el texto desde un afuera que es también un adentro. Eugenio María de Hostos se lo merece.

Comentario escrito en 2003 en torno al libro de Roberto Mori González, Hostos insepulto. Ensayos en la búsqueda de la utopía  inconclusa. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra editores, 2003. 199 págs.

diciembre 17, 2014

Reflexiones cautelosas para historiadores inquietos

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 4:54 pm
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  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Para José Muratti y José Anazagasty, colegas

Pasados(s)

¿Qué es el pasado? Para una persona sin formación, puede constituir una carga imposible de llevar o el lugar ideal para encontrar a los culpables de un presente enigmático e intolerable que le resulta incomprensible. Para un historiador no. El pasado resulta ser un escenario rico en posibilidades interpretativas e incierto que, sin resistencia, se deja poseer y manosear en la forma de un documento o una memoria. Es un lugar ansioso por sobrevivir más allá de sí mismo, que teme desaparecer en un presente que se precia de su fugacidad y su contingencia.
Buscar el “tiempo perdido”, el pasado, no es una imposibilidad. Lo que resulta imposible es recuperarlo de un todo y de una manera transparente. Su vastedad es inimaginable y, el que lo confronte, siempre hallará lugares invadidos por la extrañeza e impenetrables. La imagen que el historiador apropia del pasado será apenas un borrador sugerente. Lo que Eric Hobsbawn ha llamado el “pasado social formalizado”, aquel que afirman las tradiciones historiográficas por medio de un relato coherente en las escuelas y las universidades, siempre será una trampa o, al menos, un ejercicio banal de autoritarismo. El pasado nunca está allí como un objeto terminado, siempre está en nosotros como un objeto en proceso de construcción.

tiemposHistoria(s)

Para una persona sin formación, la relación con el “tiempo perdido” o el pasado resulta menos problemática porque es mucho más laxa. En cierto modo, exige menos de sí que lo que le demandaría a un historiador. El pasado le servirá para llenar los vacíos de una memoria si brillo con las ilusiones de grandeza que encuentra en unos cuantos antepasados que se tomaron algún riesgo. Incluso será capaz de hallar lustre en las derrotas de aquellos a quienes acabará por considerar sus precedentes legítimos. Es un acto de auto compasión. Reconoce que, viéndose como un reflejo de aquellos, se ubica como cómplice de aquellos fastos. Se adjudicara a sí mismo el deber de completar la obra de quienes presume le antecedieron. Muchas veces se equivocará en su juicio, pero ello no impedirá que insista en la tarea. Su memoria se sostendrá sobre la imagen equívoca que producen los medios de comunicación cuando evocan por treinta segundos el recuerdo de una gesta o una tragedia. A la larga, se acostumbrará a una imagen mediática de la grandeza y verá como iguales a un deportista exitoso, a un escritor luminoso y a un libertador fracasado. Para una persona sin formación, respirar el pasado puede reducirse a consumir una comida tradicional en un día de fiestas, acudir a un espacio consagrado por el turismo y la cultura común. Si el pasado se pudiese reducir a un sólo relato la situación no sería tan compleja…
El problema es que para los historiadores la situación no es muy distinta. Los olvidos de estos y aquellos no son distintos. También llenarán vacíos morales, imaginarán herencias, manufacturarán compromisos y, seguramente, se equivocarán una y otra vez. El Puerto Rico la historia siempre ha corrido y tras el canto de sirena de la modernidad. Durante el siglo 19, los historiadores románticos y los positivistas celebraron la eficacia de la Cédula de 1815 y la transformación de la colonia de una economía ganadera dominada por la ilegalidad en una economía agraria dominada por la legalidad. Con ello celebraban la relación con España, la ausencia de independencia y la desconexión con la Hispanoamérica independiente.
Sobre aquellas bases, los historiadores modernistas y los del 1930 y 1950, cultivaron una hispanidad benévola, remozada e inexistente que encontraba rasgos de grandeza, nobleza y señorío donde no los había. Convirtieron a los conquistadores cristianos en padre putativo de un Puerto Rico que en nada se parecía al de sus sueños. Aunque contradijeron con pasión la inapropiada intrusión del “otro” en un cambio de siglo que muchos consideraron atroz, escribieron el homenaje a una modernización omnívora que se nutría de los cadáveres podrídos de aquel pasado imaginado. Luego cantaron un proceso de industrialización que apenas era la mueca de un “desarrollismo” que nunca demostró su legitimidad.
Luego el país estuvo en condiciones de ser metamorfoseado en el frágil modelo de una “revolución pacífica” -lo más sencillo era forzar el olvido de las víctimas y los muertos-, y en expresión de un fenómeno de “crecimiento” anómalo, monstruoso y cuestionable. “Cambiar” y “progresar” terminó por significar parecerse afirmativamente al mismo “otro” que había sido rechazado con tanta pasión en los alrededores del 1898. Los historiadores terminaron hablándose a sí mismos o, en casos extremos, conversando con sus reflejos en frente de un espejo.

Escribir

Escribir es un acto de la imaginación. Escribir es volver a componer la impresión de lo que te rodea. Podría hacer esas dos afirmaciones lo mismo para la literatura que para la historia. Hacer lo uno o lo otro es dejarse seducir por el acto de teorizar. Me he hecho cargo de los conflictos que esas afirmaciones pueden producir y ya no me preocupan. Después de medio siglo de vida me he convencido de que la precisión teórica, ya sea en la literatura o en la historia, depende cada vez más de la imprecisión retórica. Eso parece una contradicción pero ¿dónde no se encuentra una contradicción? Me parece que debo disfrutar como si se tratara de un licor excepcional o un vino único. Debo disfrutarme la falseabilidad y las fisuras de los sistemas que antes me parecían redondos y sellados. Debo aceptar que no pasan de ser un pálido reflejo de la complejidad de lo que se denomina, con alguna inocencia, la realidad.
Para una persona sin formación, la situación representará la posibilidad de un respiro, la probabilidad de un momento de irresponsabilidad con el pasado, la sensación de no ver aquellos objetos como una carga. Para un historiador no. La situación representará un reto a todo lo que le han dicho que “es” y “debe”. La carga será otra porque ser historiador significará cada vez menos ser “historiador”…y ese problema no se resuelve con un suicidio retórico. Se resuelve escribiendo historia.

En Hormigueros, PR
13-17 de diciembre de 2014

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