Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

diciembre 26, 2019

¿Por qué estudiar el anexionismo y el estadoísmo puertorriqueño?


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

Para los amigos y colegas José Carlos Arroyo Muñoz, Mario Ramos y Néstor Duprey por comenzar una conversación

 

Confieso que mi curiosidad por el asunto del anexionismo del siglo 19, el estadoísmo o el movimiento estadista del siglo 20 tiene una explicación histórica. Mi formación universitaria comenzó en 1978 por lo que coincidió con el calentamiento del conflicto Moscú / Washington durante la Guerra Fría. La inquietud respondía al fenómeno de lo que en aquel entonces los adversarios de la estadidad llamaban el “romerato”. El nuevo auge del estadoísmo, que a algunos nos recordaba el de la Coalición Puertorriqueña entre 1932 y 1940, debía mucho a la figura de Carlos Romero Barceló (1977-1985). Su gestión coincidió con el tránsito entre la Deténte (1962-1979) y la Segunda Guerra Fría (1979-1991), atmósfera atestada de tensiones útil para entender el giro del discurso estadoísta del molde tradicional representado por Luis A Ferré Aguayo y la “Estadidad Jíbara”, a la concepción moderna de Romero Barceló que vinculaba la estadidad al concepto de igualdad. El vuelco era una manera de enfrentar el elefante que se había sentado en el medio de la habitación representada por el ELA, la pobreza, según se deduce del panfleto La estadidad es para los pobres (1976). No creo tener que recordar que el populismo y el estadolibrismo también habían sido pensados para los pobres con las secuelas que ya sabemos.

Mi atracción se profundizó en la década de 2000 cuando me involucré en el estudio crítico del separatismo independentista, el confederacionismo antillano y sus figuras en el siglo 19. El ejercicio me permitió confirmar que el separatismo anexionista habitaba en los entresijos del activismo antiespañol radical en aquel siglo. Visible desde la década de 1810, se había hecho notar con más intensidad desde 1850. Mis investigaciones me ubicaron ante el enigma de las alianzas entre independentistas y anexionistas y a evaluar las proyecciones de aquellas en el tránsito entre 1890 y 1910 por cuenta del 1898. Sabía que ninguna ruptura era limpia y total. Las huellas de su pasado como aliados debían estar en algún lugar.

Un recurso que encontré para documentarlas fue la indagación en torno a la “Vieja Guardia” republicana por medio de la obra impresa y la colección documental de Roberto H. Todd que obra en la biblioteca de la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce. Todd había sido cercano de Ramón E. Betances Alacán y José Celso Barbosa Alcalá antes y después del 1898. El otro recurso fue lectura de la literatura creativa no canónica en torno al 1898 a la cual me había acercado durante la conmemoración del centenario de la invasión. A la altura del 2010 aquellas pesquisas tomaron un giro innovador por los estudios que realicé en torno a la representación estadounidense de los puertorriqueños entre los años 1898 y 1926 por invitación de José Anazagasty Rodríguez, sociólogo teórico y especialista en estudios americanos.

Justificación ¿qué nos dice del pasado?

Entonces ¿por qué estudiar el anexionismo y el estadoísmo puertorriqueño? Una de las razones se relaciona con su remoto pasado. El activismo separatista ante España con el fin ulterior de anexar el territorio a México,  Gran Colombia o Estados Unidos, era notable desde los años de la Guerra de Independencia de Hispanoamérica (1808-1821). En 1821 el Gen. Antonio Valero de Bernabé planeó una incursión militar en Puerto Rico con el deseo de convertirla en un estado de la Gran Colombia. De igual modo, en 1812 y 1822 mercenarios al servicio de intereses separatistas antillanos y estadounidenses se propusieron enajenarlas del Reino de España a fin de adelantar la meta de una Confederación Antillana que tentara a Estados Unidos a anexarla. Los cerebros habían sido José Álvarez de Toledo y Luis  Guillermo  Doucoudray Holstein. Las implicaciones de ello era que la fórmula “separar para anexar” y “separar para independizar” surgieron en medio del Ciclo Revolucionario Atlántico como alternativas progresistas y modernizadoras paralelas. El sentido de los conceptos “separatismo” y “confederacionismo” estaba abierto a varias posibilidades.

“Dos patriotas”: tomada de “Havana Times: Cuba sin prejuicios”

A la coexistencia pacífica o conflictiva de ambas tendencias, asunto que no se ha estudiado con propiedad, había que añadir que el anexionismo compartía matrices ideológicas con otros movimientos radicales de aspiraciones independentistas y autonomistas. En la práctica no se trataba de opciones opuestas o irreconciliables sino de alternativas a un problema común: la insolvencia del régimen absoluto español y la apelación a nuevo orden que desafiaba la tradición señorial. La presencia de republicanos y monarquistas en cualquiera de los tres proyectos en aquella temprana fase podría documentarse sin dificultad. El bagaje compartido estaba ligado al  liberalismo clásico, al 1789 y al movimiento democrático y republicano de fines del siglo 18 y la primera mitad del 19 que culminó en el 1848. Pero también arraigó en la resistencia a los desmanes del liberalismo burgués y el imperialismo de la segunda parte del siglo 19 que dividió a unos y otros en facciones populistas (que lo resistían), y burguesas (que lo toleraban) desde 1870. El anexionismo, el independentismo y autonomismo no eran propuestas homogéneas como sugieren las miradas ortodoxas y poco documentadas del presente.

Al hecho de su remoto pasado y su complejidad, habría que añadir la relevancia política, social y cultural que adquirió el anexionismo durante el siglo 19. A la altura del 1831 el Secretario de la Gobernación de Miguel de la Torre, Pedro Tomás de Córdova, veía en el separatismo hispanoamericano y en el anexionismo a Estados Unidos los mayores peligros para España. En sus textos insinúa que representaba al independentismo como un subsidiario del anexionismo. Es posible que el fantasma del poder sajón, cada vez más presente desde 1815, incidiera en su presunción y lo condujera a exagerar la relevancia del anexionismo, pero el dato no deja de ser valioso. De igual modo, en 1872 José Pérez Moris en su comentario sobre la Insurrección de Lares, reiteraba la postura y llamaba la atención sobre la estrecha relación entre Betances Alacán y el representante de negocios de Estados Unidos en Mayagüez para tildarlo, junto a Segundo Ruiz Belvis, como jefes del anexionismo. Para aquellos observadores el independentismo era un apéndice del anexionismo y no al revés como presume la discursividad dominante hoy.

De igual modo, los vínculos del anexionismo con el radicalismo político de lo que Andrés Ramos Mattei llamó el Ciclo Revolucionario Antillano (1867-1875) son múltiples. Se han documentado desde 1850, y son considerables en los actos de Yara y Lares (1868-1878) y del Partido Revolucionario Cubano, la Sección de Puerto Rico y Baire (1892-1898). La presencia de anexionistas en la cúpula y en la base de ambas organizaciones y su peso en las decisiones de una y otra de cara al conflicto entre España y Estados Unidos en ruta al 1898, era enorme. La idea de que la vocación antiespañola y anticolonial de anexionistas e independentistas era la misma no era puesta en entredicho como solía ocurrir cundo se miraba hacia el campo del autonomismo. Ello no negaba las reservas que una parte del liderato de ambos bandos tenían respecto al otro. Pero, por lo menos hasta el 1898, nunca fue suficiente para quebrar la solidaridad  entre las partes. Estudiar de manera abierta las tensiones entre independentistas y anexionistas dentro de separatismo decimonónico y el balance de poder entre esas facciones en los casos de Cuba y Puerto Rico podría orientar sobre las condiciones en que se elaboraban las alianzas bajo España y las condiciones culturales y políticas que las imposibilitaron después de la invasión. La correspondencia de Betances Alacán con los anexionistas es una fuente idónea para ese fin.

El anexionismo tenía una gran plasticidad ideológica y elaboró una praxis radical que incluyó la opción de la lucha armada ante España. En ese sentido no difería del independentismo encabezado por Betances Alacán. Una parte significativa de los activistas que planearon invasiones a la isla con el respaldo de la República de Cuba en Armas o que se alzaron contra España en Yauco en 1897 eran anexionistas. Pero tras el 1898 el anexionismo se redireccionó en apoyo de la estadidad para Puerto Rico, con incorporación previa o sin ella, y renunció calladamente a su pasado militarista. El giro era comprensible: nunca habían visto en Estados Unidos un adversario sino más bien un aliado en sus pugnas contra España. Es importante destacar que muchos independentistas y autonomistas, tanto en Cuba como en Puerto Rico, hicieron lo mismo. Para otros independentistas del periodo español bastó con el silencio, por lo que se enajenaron del asunto de estatus político de Puerto Rico o celebraron el “cambio de soberanía” pero se cuidaron mucho de expresarse públicamente a favor de la estadidad. Todo sugería que su compromiso con la independencia que había sido determinante ante España había dejado de serlo bajo Estados Unidos.  A la altura de 1920 una nueva generación de independentistas miraría con recelo aquella actitud.

Tampoco puede pasar inadvertido el papel protagónico que tuvo la intelectualidad anexionista, estadoísta tras la invasión del 1898, en el registro de la memoria del separatismo confederacionista independentista y anexionista del siglo 19. Dejar atrás el pasado militarista y violento no despintaba los actos rebeldes y las conjuras perpetradas contra España. Aquellos hechos eran proclives a la idealización en la medida en que podía insertarse en la memoria del estadoísmo. El pasado antiespañol y sus signos más reverenciados, la bandera y el himno, fueron valores compartidos por los puertorriqueños en el exilio cubano que habían defendido la independencia ante España, y los republicanos puertorriqueños de la “Vieja Guardia” que defendían la estadidad. Los ricos apuntes en el archivo de Todd o la documentación de Luis Sánchez Morales, por ejemplo, son una demostración de ello. La posesión de la memoria rebelde por destacados intelectuales anexionistas debería evaluarse a la luz de la ausencia de una memoria de la intelectualidad independentista durante el siglo 19, asunto que he comentado en otras ocasiones. Aquella carencia fue notable hasta que una parte del liderato del Partido Unión de Puerto Rico, fundado en 1904 sobre la base de un independentismo de nuevo cuño moderado que como el estadoísmo había desistido de la lucha armada y respetaba a Estados Unidos, comenzó a animar la misma.

Por último, la tolerancia del estadoismo con Estados Unidos tenía sus límites. La colonial  Ley Joe Foraker desengañó a anexionistas y estadoístas que esperaban más del Congreso del invasor. Agravió a Eugenio María de Hostos Bonilla, Manuel Zeno Gandía y José Julio Henna Pérez, miembros de la Comisión Puertorriqueña del 1899. Pero también ofendió a Federico Degetau y González quien ocupó la comisaría residente desde 1900 al amparo de la injusta ley orgánica. De un modo u otro, todos se sintieron traicionados porque el Congreso no había cumplido con las expectativas que tenían de aquella nación. No solo eso. Todos reconocían que los responsables principales del régimen de desigualdad que emanó del 1900 eran los intereses del Departamento de Guerra y sus fuerzas armadas bajo cuya jurisdicción estuvo la isla hasta 1934 y los grandes intereses corporativos que querían aprovechar sin frenos de derecho el potencial de la isla por lo que favorecían una relación asimétrica y colonial a cualquiera otra. La conciencia de que aquellos sectores eran el obstáculo más fuerte tanto para la estadidad como para la independencia era clara a la altura de 1930. Ello explica la consistente oposición del Partido Republicano Puertorriqueño, fundado en 1899, y de los estadoístas no vinculados a esa organización como Henna Pérez, a la ley colonial Joe Foraker en 1900. Un proyecto por desarrollar sería auscultar la reacción de los estadoístas de viejo y nuevo cuño ante ese hecho e indagar en los efectos de aquel rechazo en su representación de Estados Unidos como signo de libertad.

Lo cierto es que entre 1899 y 1904 el anexionismo estadoísta excedía los límites del Partido Republicano Puertorriqueño. El Partido Federal Americano, antecedente del Unión, y las organizaciones obreras anarcosindicalistas como el Partido Obrero Socialista y la Federación Regional de Trabajadores lo respaldaban. Había un anexionismo estadoísta “flotante” que no se comprometía con ninguna de aquellas organizaciones y era abiertamente anticolonial y puertorriqueñista. Dos ejemplos de ello fueron el citado Henna Pérez en Nueva York y Gerardo Forrest en La Habana. Algunos significados miembros de la “Vieja Guardia” republicana, pienso en Todd y Sánchez Morales, conservaron excelentes relaciones con la comunidad puertorriqueña de La Habana que había estado vinculada al Partido Revolucionario Cubano y la Sección de Puerto Rico antes de 1898. Sánchez Morales distinguían el valor de Forrest, de Sotero Figueroa Fernández y de Lola Rodríguez de Tió, entre otros. El punto en común era el antiespañolismo: todos convenían en celebrar, con más o menos pasión o cautela, la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos después de 1898 como la superación de un pasado atroz. Las posibilidades de investigación son infinitas: las continuidades y discontinuidades entre el anexionismo, el estadoísmo y el movimiento estadista, su pasado y su presente, esperan por ser aclaradas.

Notas de un conversatorio compartidas en la Mesa Redonda: Diálogo sobre la figura de Degetau el miércoles 2 de octubre de 2019, Teatro Inter-Metro. Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 29 de noviembre de 2019.

septiembre 26, 2019

La Insurrección de Lares en la memoria de Ramón E. Betances Alacán


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Los recuerdos del 1868 ocuparon esporádicamente la memoria de Ramón E. Betances Alacán durante 30 años y, por cierto, siempre fueron un pretexto valioso a la hora de formular una idea para la revolución ante los sucesos entre el 1895 y el 1898. Los comentarios dispersos a lo largo de su correspondencia política indican que reconocía el valor potencial de que se reconociese cierta  continuidad entre una y otra experiencia. En términos generales no se equivocaba. Los componentes principales y los extremos ideológicos seguían siendo los mismos. Además un fragmento del liderato más significado de los procesos del 1868 seguía vivo y esperaba que se contara con ellos para la nueva fase revolucionaria. Pero también era innegable que, al paso de los años, algunos de los actores habían cambiado de posición en el juego.

En el caso particular de Puerto Rico y Cuba, el autonomismo y el anexionismo a Estados Unidos habían ganado una relevancia extraordinaria por lo que las posibles alianzas con elementos de aquellos sectores a la hora de la separación debían ser trabajadas con sumo cuidado. Las  relaciones entre los separatistas independentistas y los anexionistas habían generado disputas en 1869 y nadie quería que ello se convirtiera en un freno para las aspiraciones separatistas. Pero el conflicto entre Estados Unidos y España, que también había sido un componente del 1868, había un tomado un giro extremo por cuenta de la guerra en Cuba que, como se sabe, se usó para justificar una intervención directa que acabó por marcar el futuro de las islas tras el conflicto de 1898. La disposición de los anexionistas cubanos, mucho mejor organizados que los puertorriqueños a fines del siglo 19, para disentir de los independentistas, era mucho más notable a fines de la década de 1890 que a fines de la de 1860. Es posible que el balance de fuerzas entre ambos extremos hubiese cambiado a lo largo de aquellos 30 años.

Betances Alacán veía la Insurrección de Lares como el resultado de un largo proceso de intenso trabajo político. La correspondencia que mantuvo en 1896 con Eugenio María de Hostos Bonilla y José Julio Henna Pérez, dos de sus más cercanos colaboradores, tornaba al del asunto del 1868 una y otra vez. Se trata de dos corresponsales únicos identificado el primero, con el independentismo y el confederacionismo; y el segundo, con el anexionismo. En una nota a Hostos Bonilla en noviembre de 1896 afirmaba que “la intentona de Lares me costó doce años de preparación (1856-1868), y a eso se debió que Rojas se sublevara en Lares y que Sandalio Delgado tuviese un verdadero ejército (10,000 hombres me decía él-póngale 3,000) en Cabo Rojo, donde tanto me querían”[1]. Y a Henna Pérez le insistía en que “desde antes del ’65 (José Francisco) Basora y yo teníamos la isla agitada”[2] que la población había sido inundada de papeles revolucionarios y que habían sido capaces de introducir armas al territorio por lo que Puerto Rico estaba listo para la revolución[3]. Una de las situaciones que lamentaba era que, al momento del levantamiento que se había dado “sin darme aviso,”[4] se encontraba en Curazao preparando un embarque de armas y que cuando se disponía a dirigirse a Puerto Rico “ya se había concluido todo”[5]. A Henna Pérez le revelaba que cuando llevó el cargamento de armas “compradas por mí y con mi dinero”[6] a Santo Domingo, las confiscó el presidente Buenaventura Báez.

Betances Alacán estaba convencido de que en 1868 lo habían dejado prácticamente solo con la tarea y, de hecho, al único conspirador al cual alude en ese momento es a Basora, anexionista al igual que Henna Pérez[7]. En otra nota a Henna Pérez firmada en julio de 1897 reconocía la falta de apoyo interno a su causa y llegó al extremo de decir que “me desespera el ver a mis paisanos tan indiferentes y hasta dichosos de vivir en el oprobio con tal de vivir”[8]. Para reforzar el argumento de que le habían abandonado recordaba que en 1868 había enviado una proclama a los “ricos” de la colonia, sector del cual esperaba el sostén financiero que se resistían a brindar. En la proclama aludida apelaba al núcleo de sus temores y sus prejuicios más ominosos amenazándolos con el fantasma de la revolución racial y social con el fin de convencerlos de colaborar: “Hagamos la revolución; -decía- pues si no puedo hacerla con ustedes (los ricos), la haré con los jíbaros; y si los jíbaros no quieren la haré con los negros”[9]. La clase criolla adinerada no se conmovía ante su petición de respaldo en 1868, hecho que volvió a repetirse en 1897. Los comentarios anotados demuestran que ni siquiera la aprensión o el escrúpulo que tenían los ricos ante los sectores del abajo social los sacudía lo suficiente como para tomarse el riesgo. Aunque no pudo persuadir, salvo contadas excepciones, a los “ricos”, Betances Alacán siempre fue muy cuidadoso a la hora de concebir el separatismo como una causa común de independentistas confederacionistas y anexionistas, alianza de que dependían las posibilidades de triunfo de su proyecto.

La derrota de Lares, otro asunto que debía explicarse a la hora de recuperar la memoria de aquel evento, la atribuía en otra carta a Sotero Figueroa Fernández al adelanto de la fecha del golpe que, planeado para el 29 de septiembre en Camuy, había sido ejecutado en Lares el 23. Factores fuera de su control habían forzado la decisión. Su lógica era que si “no hubieran tenido los patriotas que precipitar el desenlace de la conspiración”[10] el resultado hubiese sido distinto. Recordar esos detalles le mortificaba: “no me haga usted recordar tantos dolores ¡tantos!”[11]. Todas sus observaciones historiográficas y táctico-estratégicas se apoyaban en su condición de participante de los eventos y adoptaban un tono testimonial en el cual la furia y la nostalgia convergían.

Lares, en última instancia y a pesar de todo ello, debía ser salvado como un modelo para la revolución por venir. Las alusiones a la experiencia conspirativa concreta son continuas en la correspondencia con Henna Pérez. En una larga carta de noviembre de 1895 sugiere el modelo organizativo y práctico que condujo al levantamiento de 1868 para que se aplicase al proyecto de fin de siglo: “sería importante conocer, en cuatro o cinco puntos de la isla, algún hombre capaz de formar un Comité, cuyos miembros se encargarán de constituir otros alrededor de los primeros”[12], tal y como habían hecho Basora, Segundo Ruiz Belvis y él, entre otros, durante la década de 1860. En ello insistió y en diversas ocasiones recomendó a sus coconspiradores listas completas de nombres que valdría la pena estudiar minuciosamente desde la perspectiva de su lugar en el espectro político colonial en contraste con lo que él esperaba de ello en medio de la crisis. Las listas de contenían a figuras de independentismo como el médico Manuel Guzmán Rodríguez,[13] y Hostos Bonilla[14], sino también a otros que no lo eran como Manuel Zeno Gandía, Antonio Mattei Lluveras[15], José Celso Barbosa, Luis Sánchez Morales[16], Juan Ramón Ramos, Agustín Stahl, Santiago Veve Calzada, e incluso Luis Muñoz Rivera a quien señalaba como “el que puede dar mejores informes sobre todo el país”[17]. En aquel registro había figuras que se identificaban con el conservadurismo, el autonomismo posibilista y el ortodoxo y, con posterioridad, con el estadoísmo republicano  afín al separatismo anexionista.

Un asunto que hay que tomar en consideración es que Betances Alacán reconocía que el Puerto Rico del 1860 no era el mismo de 1890. El balance de fuerzas, según se ha sugerido,  y las posibilidades revolucionarias diferían. En 1890 por la ausencia de trabajo político intenso, el país no estaba listo para un levantamiento: “allí comienza a agitarse la opinión; pero sería preciso preparar al pueblo como lo estaba en 1868”[18]. La melancolía y el pesimismo lo abrumaban. Desde su punto de vista la separación e independencia seguían siendo una necesidad, pero las condiciones del terreno reducían las posibilidades de éxito de una empresa de aquella envergadura.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa Fernández, cerca de Betances Alacán, resultó productiva. Poco después del intercambio le adelantaba a Luis Caballer Mendoza que a pesar de lo incompleto de sus archivos -no tenía ejemplares de algunas de su publicaciones, ni fotos suyas en buen número- no perdía la esperanza de “dar a luz mis memorias”[19], promesa que volvió a hacer en un artículo difundido en el periódico cubano Patria[20] pero que nunca cumplió. La curiosidad de Figueroa Fernández lo condujo a producir no solo la referida colección de biografías publicada en 1888, sino también una serie de artículos sobre la Insurrección de Lares difundida en Patria en 1892[21]. En ambos casos el respaldo de un revolucionario de la nueva generación, José Martí Pérez, parece haber sido determinante. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional del siglo 19 había comenzado.

El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa Fernández era un mulato muy peculiar con un pasado autonomista. Este pensador marginal no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes de su tiempo a quienes, sin duda, guardaba un especial respeto. Sus publicaciones inauguraron un discurso laudatorio y romántico sobre el separatismo independentista y confederacionista comprometido con la reivindicación de un acto subversivo cuyo significado había sido conscientemente devaluado o negado por la historiografía liberal y autonomista. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances Alacán en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894: Lares debía ser rescatado del Leteo. Pero Figueroa Fernández excluía también conscientemente el papel singular que habían cumplido los separatistas anexionistas en aquel proceso, asunto que siempre había sido fundamental para la mirada betancina a pesar de su antianexionismo militante. Es cierto que los separatistas anexionistas se habían enajenado de la conjura que condujo a Lares durante los primeros meses del año 1867 igual que lo habían hecho los liberales reformistas, pero su trabajo en el entramado de la conjura no podía ser puesto en entredicho[22].  Resulta por demás interesante que ningún comentario en cuanto a aquella disputa ideológica saliese a relucir en la investigación del periodista ponceño.  A pesar de que no se podría valorar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales de la década de 1890 en Puerto Rico y en el exilio, el tono adoptado por este acabó por reiterarse en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada contenía una queja franca respecto a la omisión voluntaria o no, que se repetía en la discursividad de las  elites intelectuales coloniales no separatistas. Lo mismo puede decirse de la escisión o divorcio de los defensores del independentismo y el anexionismo.

Las tensiones que ocuparon la psiquis insular entre 1897 y 1898 limitaron las posibilidades de desarrollo de una discursividad separatista o independentista sobre su papel en el relato de la nación puertorriqueña. La celebración de la autonomía moderada del 1897, arreglo cuyo valor Betances Alacán censuró hasta el momento de su muerte; y la invasión del 1898 que, desde su punto de vista representaba un obstáculo para la independencia y confederación de las Antillas, impidieron la maduración de un discurso historiográfico sobre el separatismo desde el separatismo que fuese confiable. El hecho de que el relato del siglo 19 fuese posesión de los integristas de tendencias liberales reformistas y autonomistas y que la versión separatistas  excluyera  la rica colaboración entre separatistas independentistas y confederacionistas y anexionistas explican la situación. Por último, el mismo subdesarrollo de una vida intelectual independiente en el país en particular la historiografía, no ayudaba mucho, por lo que la imagen de aquella parte del pasado acabó por ser extirpada. Para que el asunto volviera a convertirse en un tema de discusión camino a su maduración habría que esperar algunos años.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de septiembre de 2019.

Notas

[1] Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade, eds. (2013) Ramón Emeterio Betances. Obras completas. Vol. V.  Escritos políticos. Correspondencia relativa a Puerto Rico (San Juan: Ediciones Puerto): 416.

[2] Ibid.: 343.

[3] Ibid.: 368.

[4] Ibid.: 404.

[5] Ibid.

[6] Ibid.: 418

[7] Ibid.: 419, 421 ambas en notas a Henna.

[8] Ibid.: 455.

[9] Ibid.: 456.

[10] Ibid.: 270-271.

[11] Ibid.: 271 y una variante del asunto en unos fragmentos sueltos en 279-280.

[12] Ibid: 312.

[13] Ibid.: 476.

[14] Ibid.: 523.

[15] Ibid.: 524.

[16] Ibid.: 380.

[17] Ibid.: 396.

[18] Ibid.: 304.

[19] Ibid.: 274.

[20] Ibid.: 280.

[21] Sotero Figueroa (1977)  La verdad de la historia (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña) 1977.

[22] Véase Carmelo Rosario Natal (1985) “Betances y los anexionistas, 1850-1870: apuntes sobre un problema” en Revista de Historia 1.2: 113-130.

julio 29, 2019

Mariana Bracetti Cuevas: un perfil y una imagen


Conferencia dictada el 25 de julio de 1985 en Añasco, Puerto Rico en actividad auspiciada por el “Círculo Fraternal Mariana Bracetti” con el título “Mariana Bracetti: símbolo de libertad”
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En la historia nacional puertorriqueña, hay figuras que han tomado la calidad de héroes y símbolos en la mente del pueblo a pesar de su sucinta aparición en lo que llamamos “historia”. Héroes anónimos que figuran con la fuerza y la brevedad de un fogonazo en la amplia gama de los hechos humanos. Figuras que subsisten a través de los años por la ruta escabrosa de la leyenda y de la tradición oral y que a veces desearíamos mantener tan nítidos como la leyenda y la tradición oral nos los ofrece. Figuras como Joaquín Parrilla que nunca, nunca se rinde; Venancio Román, que no fue a el Pepino “a juyil sino a pelial”; o Bolívar Márquez que con su sangre escribió el 22 de marzo de 1937 tras ser baleado durante la Masacre de Ponce “¡Viva la República! ¡Abajo los asesinos!”. Mariana Bracetti Cuevas es también uno de esos personajes. Una figura histórica que conocemos muy poco y que, alrededor de cuya biografía, quedan y quedarán muchas interrogantes sin responder. Son patriotas surgidos de las mismas entrañas del pueblo; urgentes hoy día en que en la nación puertorriqueña la disolución moral y material y la negación de lo nuestro son la orden del día.

Mariana Bracetti Cuevas (1825-1903)

Nace Mariana el día 26 de julio de 1825 siendo la más pequeña de los diez hijos procreados por don Francisco Bracetti y doña Antonia Cuevas; venezolano el primero y mayagüezana la segunda. El apellido “Bracetti”, parece ser una deformación del sustantivo “bracete”, diminutivo de brazo que antiguamente se utilizaba en España, proviniendo ambas palabras de la raíz catalana “braç”, que significa “brazo”. Tal vez por conocimiento de este hecho o por una curiosa intuición, Mariana adoptaría posteriormente el seudónimo “Brazo de Oro”, es decir brazo magnifico, precioso, esplendoroso,

A los tres días de nacida fue bautizada con el nombre de Ana María en Mayagüez, hecho que no debe interpretarse como indicativo de que naciera en el vecino municipio, abonando a dicha consideración tal y como señala el investigador Jaime Carrero Concepción, el hecho de que la partida de bautismo no señalara el barrio o lugar preciso de nacimiento. Proveniente de una familia de pequeños propietarios, no gozó de las ventajas que tuvieron otros dirigentes del independentismo del siglo XIX. Si a esto añadimos el hecho de que se trataba de una mujer en una sociedad en donde éstas eran, y son, discriminadas surgiendo de éste modo impedimentos y escollos a su pleno desarrollo como seres humanos; podremos entender por qué su proyección y su desenvolvimiento como cuadro del separatismo es tan tardío y por qué el conocimiento de su vida es tan fragmentario.

Los años de la niñez y la adolescencia, debió vivirlos en el seno de su familia, entre las tareas cotidianas y recibiendo un mínimo de educación que la capacitara para competir en el Puerto Rico del siglo XIX. Sabemos que el 29 de julio de 1850, casó en primeras nupcias con José Adolfo Pesante Paz, matrimonio en el cual se procrearon cuatro hijos de nombres Josefa Antonia, Rita Antonia, Antonia Ramona y José Ramón Adolfo, quien con posterioridad fue alcalde del pueblo de Añasco. Es de notar el hecho de que pusiese el nombre de su madre, Antonia, a sus tres niñas. La relación entre Ana María y su madre Antonia Cuevas debió ser una muy rica, a pesar de los tiempos agobiantes que se vivían.

Residió esta época la familia Pesante-Bracetti con toda posibilidad en Añasco de donde era natural José Adolfo. En noviembre de 1856 enviuda Mariana. La epidemia del cólera morbo que entró en Puerto Rico por Naguabo causando la muerte a poco más de 30,000 personas, incluyendo 5,000 esclavos, azotaba a Mariana Bracetti. Pero la epidemia y los gastos extraordinarios que ocasionaba, precipitaban también la crisis del tesoro insular lo cual permitía que se perfilara al calor de dicha crisis un nuevo y más vigoroso liderato revolucionario que ya no esperaría libertades de España.

En Mayagüez, el 5 de agosto de 1856, el Dr. Ramón E. Betances Alacán, luego de informar a José Antonio Ruiz, Regidor del Ayuntamiento, la detección de “diez casos de colerina muy graves”, solicitaba del mismo que se tomaran las debidas disposiciones preventivas a la mayor brevedad. La ciudad de Mayagüez habría de ser dividida en dos secciones: el norte para José Francisco Basora y el sur para Betances. El espíritu de sacrificio demostrado por Betances lo convirtió de inmediato en un hombre admirado por todos.

En efecto, ante las peticiones de los comisionados de Puerto Rico y Cuba, España contestó con aumentos de impuestos, una mayor vigilancia y finalmente con órdenes de destierro. La organiza­ción de la Revolución era perentoria y desde el exilio, Betances junto a un puñado de valientes antillanos, trabajaba con ese propósito. El 6 de enero de 1868 se constituía en Santo Domingo el Comité Revolucionario Puertorriqueño. En la directiva, al lado de Betances estarían de momento Mariano Ruiz Quiñones, Carlos Elio Lacroix y Ramón Mella. La isla estaba agitada y la punzante propaganda del médico laborante comenzó a ver sus frutos con la fundación de las primeras juntas y legaciones revolucionarias. Lares y Mayagüez fueron los pueblos pioneros al informar la constitución de sendas células.

A partir de 1857, una vez vencida la epidemia, y con el arribo a la isla de Segundo Ruiz Belvis, el marco de acción del independentismo iba en aumento. La lucha abolicionista iba también en ascenso y, vinculada la abolición a una alternativa política, la situación se tornaba explosiva. La persecución y la vigilancia precipitaban la salida al destierro de los doctores Betances y Basora en 1858 y de Betances nuevamente en 1864. Pero a pesar de la ausencia de parte del alto liderato separatista, en Mayagüez y diversos pueblos se conspiraba.

Puerto Rico entraba en un período de convulsión y en este momento, Mariana Bracetti dejaría de ser una incógnita. El 7 de mayo de 1860 se había casado en segundas nupcias con Miguel Rojas Luzardo de origen venezo­lano. Este matrimonio significaría para Mariana el ingreso a ese mundo de conspiración que entonces germinaba. Miguel Rojas y Mariana Bracetti se trasladarían de Añasco a Lares poco después de su matrimonio y en dicho pueblo nacería el 22 de marzo de 1864 su hija Bruna María, a la cual bautizaban con el nombre de la madre de los Rojas, Bruna, y el de Mariana, es decir María. Fue en los primeros años de la década de 1860 también, cuando, según Luis Hernández Aquino, Miguel y Manuel Rojas, futuro comandante en jefe de los insurrectos de 1868, conocerían Betances Alacán. La red revolucionaria se iba ampliando hasta el mismo corazón de la isla.

En el comité de Lares aparecía como suplente la “benemérita ciudadana” Mariana Bracetti. No hay, sin embargo, consenso respecto a su participación concreta en la directiva de la junta encabezada por Miguel Rojas, quien entonces era su esposo. Si bien en las actas del Partido Revolucionario se incluye a este como uno de los cabecillas, en los documentos del Archivo General referentes a la “Revolución de Lares” no está. Siendo Miguel hermano de Manuel Rojas y vecino de éste, y habiéndose encontrado como veremos más tarde, las claves de los revolucionarios en su hogar, no existe la menor duda de que estaba vinculado al movimiento revolucio­nario.

A partir de aquel momento los hermanos Rojas, particularmente Manuel tendrían una participación más activa en los asuntos públicos que preo­cupaban a las mentes más alertas en la época. El 7 de mayo de 1866, sometido por el gobernador José María Marchessi y Oleaga un cuestionario sobre la libreta de jornaleros, proponía una asamblea de mayores contribuyentes de Lares que se suspendiera el uso de la fatídica libreta para todos los fines excepto para el de identificación del portador. Entre los firmantes estaba Manuel Rojas Luzardo, cuñado de Mariana. Ya sea este un criterio conservador como lo catalogó Labor Gómez Acevedo, o una posición demostrativa de la inmadurez del separatismo, como la evalúa Germán Delgado Pasapera, lo cierto y positivo es que el independentismo incidía y participaba en el proceso colectivo de tomar decisiones. Un solo hombre no iba a hacer la opinión del conjunto de mayores contribuyentes de Lares.

Entre 1860 y 1868 el independentismo había tenido un acelerado crecimiento no sólo entre los profesionales y los hacendados sino también entre las masas pobres de campesinos, jornaleros y esclavos. La independencia se iba convirtiendo en una alternativa al sistema colo­nial y en este proceso, sus dirigentes se iban radicalizando. De este modo, los veríamos lo mismo participando al lado de los liberales en espera de ciertas reformas al régimen, en la burocracia ocupando algunas posiciones dentro de los ayuntamientos y, finalmente, en la lucha armada cuando no quedó ninguna alternativa. Cuando todas las posibilidades de negociar con el Imperio Español un cambio ventajoso para las Antillas se cancelaron, el camino de la Revolución quedó libre y expedito. En la Junta Informativa de Reformas, celebrada entre noviembre de 1866 y abril de 1867, el separatismo jugó su última ficha en la legalidad sabiendo de antemano que la respuesta de España ante la solicitud de reformas iba a ser en la negativa.

Mariana Bracetti у Miguel Rojas estaban atravesando por una situación difícil a raíz del huracán San Narciso de octubre de 1867 y de los temblores de noviembre del mismo año. Así queda demostrado en una carta suscrita por la revolucionaria dirigida al gobernador Marchessi y fechada el 12 de noviembre de 1867. En la misma dramatizaba el hecho de que con su esposo enfermo y su hijo paralítico (debe refe­rirse a José Ramón Adolfo Pesante, su único varón); su oficio de costurera no le era suficiente para mantener a flote a la familia. Solicitaba permiso Mariana para retener un esclavo de su propiedad de nombre Marcos que tenía alquilado en una panadería de Añasco. Esta carta, según señala Olga Jiménez en su libro El Grito de Lares, al parecer no recibió respuesta del gobernador Marchessi. El huracán y los temblores habían obligado a muchos pequeños propietarios y a funcionarios de algunos ayuntamientos a solicitar que cesara el cobro de tributos en el año en curso. El país estaba sumido en la pobreza. Mientras por un lado el Partido Revolucionario Puertorriqueño se fortalecía, España se tornaba más suspicaz y fortalecía también su sistema de espionaje, convirtiendo a sus agentes comerciales en diversos puntos del Caribe en informantes y presionando a sus aliados para que no dieran albergue a los conspira­dores puertorriqueños en el exilio. En la isla, un movimiento revolucionario joven y sin gran experiencia desarrollaba una organiza­ción sólida pero propensa a la infiltración y dada a los descuidos que levantan sospechas en la oficialidad.

El verano de 1868 fue uno de gran actividad que no pasó inadvertida para las autoridades españolas. En los primeros días de septiembre se acordó levantar en armas la isla el día 29. Pero por un golpe de suerte para el gobierno, la Revolución en ciernes era descubierta. El capitán de milicias de Quebradillas Juan Castañón escuchó a dos jinetes dialogando sobre el asunto. Al otro día, 20 de septiembre, Carlos Antonio López, soldado de milicias, corroboraba la versión de Castañón. El allanamiento de la residencia de Manuel María González, presidente de la Junta Lanzador del Norte el día 21, obligaba a los revolucionarios a adelantar el estallido insurreccional para el día 23 de septiembre. En Lares se daría el grito de independencia. La Revolución de Lares, en cuyos detalles no podemos entrar en el marco de esta charla, sirvió de base para el desarrollo de una de las leyendas más hermosas, emotivas y permanentes de la historia nacional puertorriqueña: la leyenda de “Brazo de Oro”.

Mariana Bracetti, al igual que la mayoría de los conspiradores había adoptado también un nombre de batalla. Un nombre de batalla acorde con su personalidad y su función dentro del movimiento revo­lucionaria, Mariana, la costurera y ama de casa de oficio, fue también la ciudadana benemérita que confeccionó la bandera de la Revolución; fue la “Brazo de Oro”. Cayetano Coll y Toste en su Boletín Histórico de Puerto Rico apunta que al momento de la Revolución de Lares existían varias banderas con el mismo diseño que había enviado Betances desde el exilio y que habían sido cosidas por Mariana, por Dolores Cos у por Eduviges Beauchamp, miembro del comité de Maya­güez. La versión de Coll у Toste aparece sustanciada por la del investigador Vicente Borges, autor de unas Memorias de un revolucionario que basó en testimonios de veteranos de la Revolución y descendientes de éstos. Señala Borges la existencia de una bandera que para los días de la insurrección confeccionaba Mariana junto a Dolores Cos y la cual tenía la cruz latina con los cuadros azules en la parte superior y los dos cuadros rojos en la parte inferior pero con una estrella roja. Señala además Borges la existencia de una bandera bordada en el extranjero con una lanza sobre un disco plateado como diseño y una tercera que fue la que ocupó el coronel Manuel de Iturriaga con la típica estrella blanca.

Residencia de Manuel Rojas

Pero cierto es que al momento de asignar los cargos a los presos de Lares, el Juez Nicasio Navascués Aísa acusó a Mariana Bracetti de poseer las claves de los revolucionarios que fueron halladas en su residencia y a Eduviges Beauchamp por bordar la bandera. Sin embargo, y vale la pena señalarlo en aras de trazar la evolución de nuestra mujer-leyenda, el coronel Manuel de Iturriaga, según el periodista José Pérez Moris, conservaba como “trofeo, una bandera puertorriqueña de los independientes de Lares…, bordada sin duda por Brazo de Oro, o sea, la mujer que, al entusiasmo… unía una hermosura singular que magnetizaba hasta el heroísmo a los jóvenes de Puerto Rico libre”. Dicha bandera había sido encontrada en una de las dos cajas de pertrechos que los revolucionarios tenían enterradas en la finca de José Antonio Hernández, vecino de Camuy, y estaba cuidadosamente guardada en el fondo de una caja repleta de cápsulas. José Antonio Hernández se había negado a apoyar a los revolucionarios a última hora y tras tres días de cárcel en Arecibo, confesaba.

Mariana Bracetti, aquella “especie de hada de la insurrección”, como le decía Pérez Moris, había nacido para la leyenda. Presa temporeramente en Lares y trasladada a Arecibo, se acogió a la amnistía decretada por el gobernador José Laureano Sanz y Posse el 25 de enero de 1869. Pero el afán del dictador Sanz de “extinguir rápidamente con actos de generosidad los aciagos efectos de la funesta sublevación” no se cumplieron. En el ámbito popular el Grito de Lares y los héroes y mártires que en él nacieron no fuero relegados al olvido. Mariana tampoco iba a ser relegada al olvido. La mujer que, según Pérez Moris, “Bordaba banderas y seducía con sus encantos a los futuros libertadores”, crecía en magnitud ante el pueblo que la cantaba en los campos y la recordaba en las tertulias. Así lo demuestran los versos que recogió Germán Delgado Pasapera de labios de su madre y que según él mismo señala “cruzaba campos y pueblos”:

Marianita se encierra en su cuarto

y allí sola se pone a pensar…

¡Si el tirano la viera bordando

la bandera de la libertad!

Retirada de las luchas políticas y ya fuera del presidio, nace en Añasco al 28 de septiembre de 1870 su hija Wencesla Higinia Rojas. Desaparecido de la isla Miguel Rojas posiblemente hacia ese mismo año, procuró Mariana disolver su matrimonio con éste y el 6 de abril de 1875 casó en terceras nupcias a la edad de cincuenta años con Ruperto Santiago Laviosa Olavarría, comerciante aguadillano.

El 25 de febrero de 1903 fallecía en Añasco aquella dama que Luis Lloréns Torres llamó “bravo modelo de patriotismo… la bella y magnánima doña Mariana Bracetti”. La vida había sido dura con ella pero aunque no se diera cuenta,  su ejemplo sería imperecedero. Había fallecido la elegante dama de la mirada perdida, los pómulos salientes, el rostro aindiado y el cabello cuidadosamente trenzado sobre el pecho. Aquella que Sanz decía que con sus “halagos y seducciones hacía prosélitos en grande escala”. La dama que signó la conciencia del pueblo y que hallamos presente en Mercedes Caraballo de Jesús, campesina que en 1895 fue condenada junto a 27 labradores más por defender con el machete la vida de los conspiradores que en Arroyo y Patillas laboraban por la independencia; presente en Natalia Vega Bonilla, esposa de Fidel Vélez, que cosió la bandera que enarbolaron los insurrectos de Yauco en 1897, y presente en Luisa Capetillo, dirigente sindical y feminista que tal día como hoy en 1915 fue arrestada por andar con falda pantalón en público. Presente en Blanca Canales, en Rosa Collazo, en Isabel Rosado, en Carmín Pérez.

Hoy, más que nunca, podemos decir con Germán Delgado Pasapera: Mariana sigue soñando, con una estrella lejana…

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