Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

noviembre 18, 2022

Jayuya: monólogo de un historiador

Por Mario R. Cancel-Sepúlveda

La transición hacia el Estado Libre Asociado y su cuestionable legitimación internacional por la Organización de Naciones Unidas (1946-1953), fue objeto de la crítica jurídica de figuras que estuvieron estrechamente vinculados a la figura de Luis Muñoz Marín y el Partido Popular Democrático. La opinión de Vicente Géigel Polanco[1], quien abandonó esa organización en 1951, el juicio de José Trías Monge [2] en sus memorias, y los comentarios al Congreso de Estados Unidos firmados por el diplomático estadounidense Jack K. McFall, son un ejemplo de ello.[3] Las tres fuentes convergían en que el proceso constitucional no era sino una farsa jurídica o un juego diplomático vacío para mejorarla imagen internacional de Estados Unidos. Las interpretaciones provenían de un militante popular que abrazó el independentismo, un popular que era una autoridad en derecho que comprendía el problema de la soberanía y que sirvió al ELA desde su Tribunal Supremo, y uno de los agentes políticos que manufacturó el entramado del presunto proceso de descolonización en Washington.

Pero la crítica jurídica no fue la única reacción en aquel momento y, en general, fue desoída. El proceso que a la larga condujo a la consolidación del ELA en 1952, combinado con otras circunstancias particulares, estimuló al Partido Nacionalista a tomar otra vez, como lo había hecho en la coyuntura de 1930, el camino de la “acción inmediata” por medio de la protesta armada. Lo cierto es que desde diciembre de 1947, una vez Pedro Albizu Campos regresó a Puerto Rico desde la ciudad de Nueva York, la militancia nacionalista atravesó por un proceso de reavivamiento notable. Otros sectores del independentismo de nuevo cuño que no compartían el pasado del Partido Nacionalista, a pesar de las notables diferencias ideológicas que podía haber entre ellos, también vieron en el retorno del líder al cual denominaban el “Maestro”, una oportunidad histórica que no podían dejar pasar por alto.

En diciembre de 1947, un grupo de estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, a pesar de la resistencia de las autoridades universitarias, izó la bandera puertorriqueña que había servido de signo del nacionalismo político desde la década de 1930. Con ello ejecutaban un gesto de “saludo a Albizu Campos” y un reto a la estabilidad del régimen colonial. La emblemática torre universitaria había sido bautizada con el nombre del presidente Franklyn Delano Roosevelt en 1939 como reconocimiento al novotratismo y su papel en la recuperación económica del territorio en medio de la Gran Depresión por lo que tenía un valor simbólico extraordinario. Albizu Campos había sido un crítico exacerbado de aquel presidente y su política del Nuevo Trato siempre.[4] El Rector Jaime Benítez, otro icono de la historia de la institución, ordenó la expulsión sumaria de los jóvenes que habían organizado la protesta: Jorge Luis Landing, Pelegrín García, José Gil de Lamadrid, Antonio Gregory y Juan Mari Brás. El castigo funcionaba como una censura de la expresión y la opinión, por lo que desató una huelga estudiantil de un fuerte contenido político.

La huelga estalló en abril de 1948 y, entre mayo y junio, ya se estaban aprobando en la legislatura local la Ley 53 o Ley de la Mordaza que convertía en delito punible la expresión y el activismo independentista, nacionalista o socialista en el país. El lenguaje fundamentalista y autoritario de la ley sigue siendo impresionante: predicarorganizarpublicardifundir o vender información que fomentara el derrocamiento del régimen estadounidense eran actos equiparados ante la ley y tratados como una acción delincuente. En última instancia, “pensar” era un acto tan peligroso como “hacer”. Las figuras detrás de la aprobación, hay que decirlo con propiedad, fueron el entonces Senador Muñoz Marín y el citado jurista Trías Monge. La calentura del Guerra Fría, la presión del discurso anticomunista, la amenaza a la hegemonía estadounidense en Europa en la segunda posguerra, había contaminado a la clase política local controlada por el Partido Popular Democrático.

Esta es una historia que se repite por lo que a nadie debe sorprender el giro a la derecha que esporádicamente domina a un segmento significativo de la dirección de los populares en el presente: la necesidad de afirmarse en el poder aliándose a los sectores moderados, presumiblemente mayoritarios, los domina. La Ley 53 era un acto de sumisión al Congreso de Estados Unidos. No era sino la expresión local de Ley Smith de aquel país redactada a la orden de la Doctrina Truman y el anticomunismo. En aquel país numerosos dirigentes sindicalistas, socialistas, comunistas, anarquistas o demasiado liberales, fueron objeto de vigilancia, persecución y represión. La Ley Smith estimuló la creación de “listas negras” en Estados Unidos y de “carpetas de subversivos” en Puerto Rico.

La huelga universitaria de 1948 representaba una amenaza a la tesis de Benítez de que la universidad debía ser un centro aséptico e ideológicamente inmune a la militancia. La tesis de la “Casa de Estudios” negaba siglos de tradición intelectual en la cual la crítica y el reto ideológico se reconocían como unos cimientos respetables de la tradición occidental moderna y, acaso, fundamento de aquella. Para Benítez, ser occidental en Puerto Rico en tiempos de la Guerra Fría, significaba todo lo contrario a lo que había sido desde la Revolución Francesa de 1789. La universidad era un espacio para el estudio y no para la participación ciudadana por lo que los estudiantes no poseían medios para la coordinación de sus reclamos tales como los Consejos de Estudiantes ni se debían organizar en grupos de opinión. En cierto modo, la participación y la política, estaban limitados a los administradores del poder.

Pensar que aquellas decisiones se tomaron por cuenta del regreso de Albizu Campos y las protestas de los estudiantes universitarios rebeldes, sería reducir el fenómeno a la eventualidad local. Lo cierto es que Puerto Rico estaba entrando a la Guerra Fría como un personaje de relevancia reproduciendo las ideologías dominantes en Estados Unidos. El efecto que aquella ley represiva e irracional pudiera tener en frenar la “ola revolucionaria” que se temía era cuestionable. Albizu Campos lo demostró de inmediato cuando, en junio de 1948, retó la censura de la Ley 53 en un discurso público en el pueblo de Manatí[5]. Las consecuencias de ello fueron las esperadas. La vigilancia sobre las actividades nacionalistas por parte de la policía aumentó. Albizu Campos tenía asignado un agente taquígrafo de nombre  Carmelo Gloró, quien llevaba récord de sus discursos con el fin de recuperar prueba para, en el futuro, establecer el acto delictivo. Bajo aquellas condiciones la violencia parecía una salida inevitable y justificada.

El proyecto insurreccional

La Insurrección Nacionalista de octubre de 1950 fue, entre otras cosas, una respuesta bien articulada a los retos políticos impuestos por la Guerra Fría, el proceso de descolonización que condujo a la fundación del Estado Libre Asociado y la actitud colaboracionista y sumisa del liderato del Partido Popular Democrático con las autoridades de Estados Unidos con el fin de asegurar las reformas que se les ofrecían. La acción protestó además contra la Ley 53 o La Mordaza de 1948, contra la Ley 600 y contra la Asamblea Constituyente que por aquel entonces se planificaba. Pero sobre todo fue un arriesgado acto de propaganda que se elaboró con el propósito de llamar la atención internacional sobre el caso colonial de Puerto Rico y confirmar las posibilidades de la resistencia armada en el territorio caribeño. En un sentido simbólico representó la reinvención de la situación que produjo, con efectos análogos, la Insurrección de Lares en septiembre de 1868. La retórica nacionalista de aquel entonces realizó un esfuerzo ingente por demostrar la continuidad espiritual, cultural y política entre el 1868 y el 1950.

El centro militar de la conjura fue el barrio Coabey de Jayuya. La finca de la militante Blanca Canales (1906-1996) sirvió como centro de entrenamiento y de mando, así como de depósito de armas para los rebeldes. Fue allí donde se proclamó la República y se izó la bandera de la Nación, muy parecida a la que en 1952 el Estado Libre Asociado de Puerto Rico oficializara como signo del nuevo orden político. Allí se fundó, como en Lares, la Nación Simbólica y se sacralizó mediante la palabra su soberanía política.

El plan de los rebeldes era, una vez tomada la municipalidad de Jayuya, resistir el tiempo que fuese necesario hasta que la comunidad internacional reconociera la beligerancia puertorriqueña y legitimara su voluntad soberana. Algunos veteranos del ejército me comentaron en Jayuya en el 2008 que la selección de la localidad se había hecho sobre la base del notable potencial agrario de la región montañosa y sus posibilidades de sobrevivir en caso de que la insurrección no fuese efectiva en otras partes del país.  El Puerto Rico agrario que Operación Manos a la Obra dejaría atrás pesaba mucho en la cultura revolucionaria de una parte significativa del liderato, asunto que habría que indagar con más detenimiento en el futuro. Las fuerzas nacionalistas de aquella localidad estaban al mando de Carlos Irizarry, militante que era además, veterano de la Segunda Guerra Mundial. La experiencia militar en las fuerzas armadas estadounidenses o en conflictos internacionales como la Guerra Civil Española era valorada por la organización militar nacionalista.

El centro político o público fue, desde luego, San Juan donde se encontraba la casa del Partido Nacionalista y vivía su líder Albizu Campos. La voz de la nación era aquel abogado. La prensa puertorriqueña, estadounidense e internacional, miraría hacia donde él estuviese y los actos que se ejecutaran contra su persona con el fin de arrestarlo, servirían para proyectar el hecho de que en Puerto Rico se luchaba a favor de la descolonización por un camino alterno al que había marcado la Ley 600. Los centros rebeldes mejor preparados para los combates parecen haber sido los de Utuado, Mayagüez y Naranjito, aunque los combates en cada una de esas localidades fueron desiguales. Sin embargo la presencia de comandos nacionalistas era visible en una parte significativa del país.

Las acciones de Jayuya se combinaron con dos atentados que demostraban los riesgos que era capaz de tomar la militancia nacionalista. El primero fue encabezado por el militante y también veterano de guerra, Raimundo Díaz Pacheco (1906-1950) y tuvo por objetivo la residencia oficial del gobernador Muñoz Marín, es decir, La Fortaleza. Se trataba de un atrevimiento histórico que recordaba las conjuras militares del siglo 19 que siempre tenía por objetivo la toma de la casa de gobierno y la proclamación de la república. El otro estuvo compuesto por los militantes Griselio Torresola (1925-1950) y Oscar Collazo (1914-1994), quienes atacaron la Casa Blair, residencia temporera del presidente Truman en Washington.[6] Ninguno de los dos magnicidios consiguió su objetivo pero el impacto propagandístico de ambos fue enorme.

Antecedentes inmediatos

La Insurrección Nacionalista estalló el 30 de octubre de 1950. Todo parece indicar que los días previos fueron de intensa preparación para una situación que Albizu Campos había planeado con mucha calma desde su salida de la cárcel de Atlanta en 1943.  Los registros del taquígrafo de récord y funcionario de la Policía Insular Carmelo Gloró, documentan que el 26 de octubre, cuando se conmemoraba el día del natalicio del General Antonio Valero de Bernabé en Fajardo, Albizu Campos adoptó un tono marcial que inevitablemente resultaba en un llamado al combate inminente. Para quienes conocen el calendario patriótico del Partido Nacionalista, la relevancia de Valero de Bernabé y su vinculación con el mito bolivariano, explican por qué aquella fecha  resultaba idónea para informar a la militancia sobre la necesidad de una movilización.

El día 27 de octubre, un grupo de nacionalistas fueron detenidos por las autoridades mientras transitaban por el Puente Martín Peña en la capital. Durante la intervención  se les ocuparon dos pistolas  calibre  37, una subametralladora, cinco explosivos de bajo y mediano poder que incluían los clásicos cócteles molotov, algunas bombas tipo niple y varias cajas de balas. Todo parece indicar que aquel acontecimiento fue crucial para que se tomara la decisión de que la Insurrección sería el día 30 dado que se llegó a temer que aquellos arrestos fuesen la primera de una serie de intervenciones policiacas que pondrían en peligro el objetivo de los rebeldes.

El 28 de octubre estalló un motín en la Penitenciaría Estatal de San Juan bajo el liderato del presidiario Pedro Benejám Álvarez. El mismo desembocó en un escape masivo de presos. Benejám era también veterano de guerra y había sido traficante de armas robadas al ejército de Estados Unidos. Por aquel entonces se alegó que el motín estaba conectado con la conjura nacionalista y se aseguraba que Benejám estaba comprometido a suplir armas y hombres a la revuelta.

Durante los días 28 y 29 de octubre, las tropas nacionalistas se movilizaron y se reconcentraron en el Barrio Macaná de Peñuelas. La residencia de militante Melitón Muñiz Santos, fue usada como centro de distribución de armas y tareas para el evento que se acercaba.

Objetivos militares y el plan de combate

La meta principal de los Comandos Nacionalistas, cuerpo con entrenamiento militar que en 1934 se habían identificado como los Cadetes de la República, fue la toma de los cuarteles de la Policía, prioridad que parece demostrar la necesidad de armas que caracterizaba al movimiento rebelde. Aquel objetivo militar se unía a un plan concertado para ocupar las oficinas de teléfono y telégrafo locales con el fin de incomunicar las localidades una vez fuesen tomadas. Un segundo objetivo de los Comandos Nacionalistas fue ocupar las alcaldías, centro que representaban el poder colonial concreto cercano a la gente y ratificaban el colaboracionismo de los populares con las autoridades estadounidenses.

El tercer objetivo fueron las dependencias del Gobierno Federal en Puerto Rico tales como los correos y las oficinas del Servicio Selectivo de las Fuerzas Armadas. El Partido Nacionalista había conducido una campaña muy persistente en contra de la participación de los puertorriqueños en el ejército estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.  Debo llamar la atención sobre otro elemento que me parece crucial. La Guerra de Corea, la primera confrontación violenta de la Guerra Fría, había iniciado en junio de aquel año y, como se sabe, ya en las primeras semanas de octubre la tropas de la Organización de la Naciones Unidas al mando del General estadounidense Douglas MacArthur, habían sido movilizadas contra los ejércitos de Corea del Norte y la República de China.  El mundo estuvo al borde de una conflagración atómica en aquel contexto por lo que la Insurrección Nacionalista de octubre de 1950, se iniciaba en un momento muy complejo en que la fiebre anticomunista dominaba el lenguaje político internacional.

La táctica utilizada fue la de las guerrillas urbanas. Se trataba de bandas o grupos pequeños que se tomaban enormes riesgos militares hasta el punto de que algunos de ellos funcionaban más bien como comandos suicidas. Los soldados nacionalistas más experimentados contaban, como se sabe, con formación militar en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y, todo parece indicar, que los nacionalistas constituyeron un cuerpo disciplinado y dispuesto a cumplir con las órdenes de sus superiores. Los logros militares más notables de aquel esfuerzo se redujeron al hecho de que Jayuya, el centro de la conjura, permaneció en poder de los Nacionalistas hasta el 1ro. de noviembre, pero la movilización de la Guardia Nacional, cuerpo militar que contaba con armas de repetición, morteros, artillería ligera y aviones de combate, forzó la rendición de la plaza con el fin, según algunos, de evitar la devastación del barrio. En aquel momento la desventaja en capacidad de fuego de los rebeldes se hizo patente.

Un juicio tentativo

La impresión que deja aquella situación es que, igual que en el caso de la Insurrección de Lares de 1868, la Insurrección de Jayuya de 1950 parece haber sido producto de la precipitación y la prisa. Los defensores de Jayuya no contaban con armamentos capaces de enfrentar vehículos blindados, ni con artefactos bélicos antiaéreos. Entre los pertrechos ocupados a los rebeldes había pocos explosivos de alto poder: las bombas tipo niple y los explosivos a base flúor o cloro parecen haber sido el límite de su capacidad explosiva.

El gobernador Muñoz Marín, la Policía y la Guardia Nacional manejaron el asunto de una manera muy diplomática con el fin de evitar el golpe de propaganda que podría producir a nivel internacional un acto de rebelión y represión masiva contra los rebeldes. El prestigio de Albizu Campos y su proyección internacional debieron pesar mucho en aquel momento. Ejemplo de aquella actitud cuidadosa fue el hecho de que nunca se declaró un “estado de emergencia” o “ley marcial” y que, con el fin de disminuir el efecto negativo que aquel acto podía tener sobre su imagen, Muñoz Marín pidió disculpas a Estados Unidos en nombre Puerto Rico y proyectó la Insurrección como un acto aislado y de poca relevancia.

Albizu Campos, arrestado en su casa tras una intensa resistencia, fue condenado a 53 años de prisión. Su destino parecía ser morir en la cárcel. Sin embargo, la presión de una campaña humanitaria internacional a favor de su excarcelación, provocó que el líder rebelde fuese indultado por Muñoz Marín en 1953.  Como dato curioso, el indulto se ordenó el 30 de septiembre de aquel año y Albizu Campos lo rechazó. Las autoridades carcelarias tuvieron que expulsarlo de la penitenciaria a pesar de su oposición.

Albizu Campos era un mito político muy poderoso, una figura que estaba, por decirlo de algún modo, más allá de la política cotidiana y de la domesticidad. Su proyección internacional como un mártir de la independencia era incuestionable. Reducirlo a las pequeñeces de la política local en tiempos de la Guerra Fría requeriría un esfuerzo monumental. Lo cierto es que figuras como la de Albizu Campos representaban una contradicción en aquella década del 1950 en la cual el realismo, el cálculo y el pragmatismo se imponían en la vida política local. Albizu Campos era demasiado irreal para una generación política que había decidido someterse y ajustarse a la corriente que provenía de Washington.

Publicada originalmente en Claridad-En Rojo (1ro de noviembre de 2022)

[1] Mario R. Cancel Sepúlveda, notas a “Vicente Géigel Polanco y la Ley Pública 600” (1972) “Ni constitución ni convenio” (Fragmento). Publicado en El Mundo, a 19 de mayo de 1951. Tomado de (1972) La farsa del Estado Libre Asociado (Río Piedras: Edil):  21-24.URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2009/11/15/vicente-geigel-polanco-y-la-ley-600/
[2]Mario R. Cancel Sepúlveda, notas a “José Trías Monge y el ELA” tomado de (2007) “Capítulo 8. En la Secretaría de Justicia” (Fragmento) Cómo fue. Memorias (San Juan: EDUPR): 200-201.URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2009/11/15/jose-trias-monge-y-el-ela/
[3]“The Origin of the Commonwealth Label” (April 20, 2011) Puerto Rico Report. URL : https://www.puertoricoreport.com/the-origin-of-the-commonwealth-label/#.Y161xXbMKUk
[4] Refiero a los interesados a Mario R. Cancel Sepúlveda (2010) “El Partido Nacionalista, los obreros y Mayagüez (1934)” en Puerto Rico entre siglos URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2010/08/09/partido-nacionalista-obreros-mayaguez-1934/
[5] Los mejores recursos para comprender el fenómeno siguen siendo Ivonne Acosta Lespier (1989) La Mordaza. Puerto Rico 1948-1957 (Río Piedras: Edil) e Ivonne Acosta Lespier (2000) La palabra como delito (San Juan: Cultural)
[6] Un relato detallado del acto puede leerse en Ramón Medina Ramírez (2016) El movimiento libertador en la historia de Puerto Rico (San Juan: Ediciones Puerto) reproducidos en redacción (25 de octubre de 2022) “CLARIDADES- 1 de noviembre de 1950” URL: https://claridadpuertorico.com/claridades-1-de-noviembre-de-1950/

octubre 25, 2022

De Laberintos, Centro Vacilantes y Objetos Esquivos: Un Comentario sobre El Laberinto de los Indóciles

  • José Anazagasty Rodríguez

El Laberinto de los Indóciles es el fruto de un metódico y minucioso análisis de muchos años. Este manifiesta, con gran éxito, el tremendo compromiso y dedicación de Mario R. Cancel con el estudio de lo que él describe como un esquivo objeto de estudio: la historiografía puertorriqueña del siglo 19. No podíamos esperar menos de un historiador de la altura de Cancel, a quien Gary Gutiérrez llamó recientemente el “maestro Cancel”.  Y qué mucho hemos aprendido del historiador-maestro, en este caso mucho acerca de la historiografía, la historia, la política y las identidades colectivas puertorriqueñas del siglo 19.

El libro expone que los integristas y los separatistas, y las historiografías que inspiraron, pretendían liberar a Puerto Rico de un orden que pensaban retrógrado para encaminarlo hacia el progreso. Por esto concluye que estos compartían las metas, pero diferían en la selección de los medios o tácticas para realizarlas. Divergían, por supuesto, en cuanto a su posicionamiento en relación con España, con los reformistas y los autonomistas en el campo integrista, y los independentistas y anexionistas en el campo separatista. Estos grupos, aparte de sus diferencias sobre si querían separarse o integrarse a España, discrepaban también respecto al papel de la violencia en el proceso de liberación. Sólo los separatistas estaban dispuestos a la violencia revolucionaria. También diferían en su articulación de la identidad puertorriqueña. Estas posturas político-ideológicas eran, a pesar de sus convergencias, posiciones enfrentadas.

El integrismo ganó la contienda. Cancel revela en su nuevo libro el dominio de la historiografía y proyecto político integrista, cuyas corrientes—asimilismo, especialismo, y autonomismos moderados y radicales—mantenían posiciones teóricas y políticas similares. Estos eran integristas pro-españoles que pretendían con sus discursos y relatos disminuir las tensiones que producía una relación política y cultural que valoraban mucho, pero cuya fragilidad admitían. Este consenso estaba, por supuesto, presente en la historia regional del siglo 19, pues como explica el autor, los integristas, en todas sus variantes, y quienes trazaron la “historia regional,” coincidían en ver la relación con España como una garantía para la modernización de la colonia. Se trata del predominio y hegemonía de eso que Cancel llama el “centro vacilante”.

En efecto, los integristas fueron relativamente efectivos en su desplazamiento de “los proyectos políticos e ideológicos derrotados,” los de los separatistas anexionistas o independentistas. El carácter hegemónico de la historia y política integrista no se debe únicamente a su condena efectiva del separatismo, sino además a su fijación y afianzamiento de la integración misma como fin político, no importa a que cuerpo político, fuese a España, la Confederación Antillana o más tarde a los Estados Unidos. Incluso algunas corrientes separatistas anhelaban tras la separación de España integrarse a otras comunidades, como a Estados Unidos después de 1898, por ejemplo. El integrismo dominó la cultura política del siglo 19, aunque en contienda con el separatismo.

El Laberinto de los Indóciles es una extraordinaria y relevante reflexión de la cultura política del siglo 19, particularmente de la expresada en la escritura histórica de entonces, expresiones que, entre el consentimiento y la resistencia, debatieron el frágil e irresoluto concepto de la identidad puertorriqueña. Pero si esta es una aportación importantísima del libro también lo es su método, técnica o modo de investigar el elusivo objeto de estudio.

El texto de Cancel, un análisis textual y discursivo profundo, implicó el análisis de las fuentes usadas por los historiadores del siglo 19, su marco de referencia, lo que le permitió identificar las bases intelectuales de su legitimación ideológica. El registro de esas fuentes, de las autoridades intelectuales a las que estos apelaron, es una valiosa aportación de El Laberinto de los Indóciles. Entre estas fuentes está Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico del fray Agustín Íñigo Abbad y Lasierra, si se quiere un texto fundacional de la historia regional puertorriqueña. Cancel le dedica varias páginas a la relación entre ese texto y la historia regional puertorriqueña.

Cancel también revela la relación entre las justificaciones ideológicas de los historiadores del siglo 19 y su trasfondo social. El propósito de esto último era conocer desde cual posición social en la nación imaginada o anhelada, puertorriqueña o española, hablaban. Otro propósito era conocer qué aspectos de la identidad nacional o comunidad imaginada sirvieron de fundamento para sus planteamientos políticos y narraciones históricas. Esto le permitió además a Cancel examinar sus pericias ideológicas y discursivas y sus estrategias retóricas, así como su manipulación de la memoria y la historia, en nombre de sus respectivos proyectos políticos y sociales. Es precisamente la identificación de esas pericias, estrategias y manipulaciones uno de los grandes logros de El Laberinto de los Indóciles.

Cancel establece y comprueba los matices y gradaciones del integrismo y del separatismo en el Puerto Rico del siglo 19, vinculados, pero no iguales, a las modalidades y gamas políticas de hoy. También ubica esos matices en un continuo desde el asimilismo y las propuestas de integración, como el especialísmo y los autonomismos moderados y radicales, hasta a los distintos separatismos independentistas, anexionistas y confederacionistas.  El reconocimiento de esa diversidad contrarresta la tendencia a homogenizar y comprimir las corrientes políticas del país, a ocultar sus deviaciones y heterogeneidad interna.

Además, el autor se aproxima a la historia e historiografía del siglo 19 desde los extremos de ese continuo político-ideológico, disolviendo el centro, contrarrestando la tendencia dominante a narrar la historia puertorriqueña desde el “centro vacilante.” Para este, como ya indiqué, el relato histórico, tanto en el campo de la historia oficial como en el de la académica, ha sido acoplado y narrado desde ese centro inestable. Desde ese centro irresoluto los extremos han sido construidos como parciales y subjetivos, y por esto marginalizados y despachados. Pero la mirada de Cancel, desde los bordes de la historiografía y del centro político contribuye a la disolución de esa médula, a la descentralización de la historiografía integrista. Ubicarse en los extremos le permite al autor dilucidar las vacilaciones, ambigüedades, omisiones y contradicciones del centro y articular un relato alternativo y contestario respecto al centro, sin que esto implique obviar las indecisiones, rodeos, contradicciones y mutismos de los extremos derrotados.

El método de Cancel también indaga las ideologías y discursos historiográficos y políticos en términos de identidades relacionales. El autor demuestra que la historia regional, y con esta sus ideologías políticas, fueron articuladas en términos de identidades puertorriqueñas definidas en relación con España, de la relación imaginada y anhelada con la metrópolis. Así demuestra que la historia regional diferenciaba a los puertorriqueños de los españoles a la vez que recurría a equivalencias entre ambos grupos. El reclamo de una hispanidad compartida, típico de los integristas, implicaba una paridad con los españoles, cierta simetría política y cultural entre los españoles y los puertorriqueños, estos últimos imaginados como parte de la comunidad española. Los separatistas, por su parte, afirmaron las diferencias para justificar la separación, aunque algunos independentistas y nacionalistas del siglo 20 afirmarían las equivalencias culturales con España.  Los asimilistas afirmaban la equivalencia entre las identidades. Así, estas y las otras corrientes políticas examinadas por Cancel, incluyendo a los anexionistas, involucraron juicios de equivalencia y diferenciación al justificar sus proyectos.

La aproximación de Cancel es además comparativa en tanto que contrasta las corrientes historiográficas y políticas develando sus convergencias y divergencias. Por ejemplo, podemos encontrar consensos teóricos y políticos entre los diversos integrismos, manifiestos en la historia regional del siglo 19. Estos convenían en la necesidad de la modernización en el marco de la relación con España, definiendo esa unión como un resguardo necesario para el progreso de la colonia. Estos inclusive profesaban que Puerto Rico había avanzado como consecuencia de las políticas del reformismo ilustrado del siglo 18. Y todos concordaban en el protagonismo que le achacaron a la industria azucarera. Por otro lado, Cancel señala convergencias entre todas las corrientes políticas. Los liberales reformistas, los autonomistas, los separatistas independentistas y los anexionistas aspiraban todos a liberar a Puerto Rico de un orden anticuado para encaminarlo hacia el progreso. Coincidan asimismo en muchos de sus fundamentos filosóficos y compartían sus intereses de clase. Pero, también divergían en otros asuntos. Discrepaban, como mencioné antes, con respecto a la identidad colectiva y con relación a las tácticas políticas.  Sus relatos históricos reflejan además diferentes interpretaciones de eventos y procesos históricos, como el Grito de Lares. Cancel le dedica varias secciones de su libro a las distintas interpretaciones de ese evento.

El análisis del autor también subraya la inconsistencia de los discursos historiográficos, develando sus fisuras y contradicciones.  Por ejemplo, la presencia histórica de Sotero Figueroa, que ofreció, nos dice el autor, lo más cercano a una historiografía separatista, encierra una contradicción: que fuese un autonomista radical el que esparciera la semilla de la historiografía del separatismo independentista. Cancel también apunta a lo contradictorio de la pasividad de los liberales reformistas y autonomistas, quienes toleraron, a pesar de sus reclamos de libertad, la severidad de una relación desigual y autoritaria con España porque confiaban en mejorarla sobre la base de su culto a la hispanidad. Como nos demuestra, era asimismo paradójico o contradictorio que Salvador Brau Asencio recurriera a la racionalidad de la sociología positivista para evaluar la Hispanidad, pero que apelara a economías morales, ciertamente subjetivas, para describir a los puertorriqueños.

Cancel nos provee además una interpretación o lectura sintomática de las fuentes examinadas. Señala sus silencios, omisiones y ocultaciones. Su intención, la que logró, era elaborar un registro de esos silencios para examinar las intenciones y estrategias retóricas de los historiadores del siglo 19. Cancel notó, por ejemplo, el curioso silencio de Betances con respecto a varias protestas de la sociedad civil y acerca de las injusticias sufridas por los trabajadores, producto de una formación colonial que este pretendía erradicar. El historiador también encontró omisiones reveladoras en la obra de Salvador Brau Asencio, quien pasó por alto la esclavitud y el trabajo forzado, así como la desigualdad que emanó de las condiciones vinculadas al momento posterior a la Real Cédula de Gracias de 1815.  Cancel también notó que este obvió mencionar que el reclamo de abolición firmado por Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta Calbo y Francisco Mariano Quiñones había sido la antesala de la insurrección de Lares.

Esos silencios apuntan, en efecto, a la retórica o la persuasión, y más aún hacia las cualidades ideológicas de la escritura histórica del siglo 19. El autor de un relato histórico, por ejemplo, y al que Cancel le reconoce cierto “espacio de autonomía”, escoge como representar una condición ideológica desde cierta perspectiva en un contexto histórico-social específico, entrelazando compromisos, interpretaciones y su imaginación. Esto es lo que Dominick LaCapra, inspirado en Martin Heidegger llamó, los aspectos “worklike” de un texto, una labor que, aunque reproduce ideologías y discursos también introduce variaciones, alteraciones, y transformaciones de estas, lo que muchas veces requiere silencios y omisiones. Se trata de cierta poiesis, lo que César A. Salgado, basado en Severo Sarduy, describe como la “capacidad creadora para imaginar, forjar y formar otros mundos.” Hacer historia es, al final, y como dirían los críticos marxistas, un modo de producción. La representación de la condición ideológica es entonces un producto relativamente singular. Estas variaciones también responden al hecho de que como afirmaba Pierre Macherey es imposible para un relato cualquiera reproducir la totalidad de una ideología; solo una aprensión parcial de esta es posible. La representación de la ideología en un texto es siempre inacabada, imperfecta, es decir, una variación. Los silencios, decía este crítico literario, muchas veces parten de allí, de la aprensión y producción parcial de la ideología. Se trata de la articulación insuficiente de lo que es una relación imaginaria con la ideología y con la historia, y que puede ser incluso contradictoria, a lo que apuntaba no solo Macherey sino además Louis Althusser, Terry Eagleton y Frederic Jameson. Cancel apunta precisamente a la importancia de advertir y evaluar esos silencios, omisiones y contradicciones en la escritura histórica del siglo 19.

La aproximación de Cancel a las diversas fuentes que examinó presupone la porosidad de los textos respecto a su con-texto. Esto le permite dos cosas: no perder de vista las relaciones dinámicas entre la cultura material y la inmaterial y visibilizar la relación, también dinámica, entre las normas y convenciones que rigen la elaboración de los textos, discursos e ideologías, muchas institucionales, y la agencia o autonomía del sujeto. Esas relaciones facilitan, pero igualmente regulan la producción y reproducción de textos, o lo que se expresa o no en estos. Esto, por supuesto, nos ayuda también a indagar los mencionados silencios y omisiones. Por otro lado, la ubicación social de los narradores, como su posición de clase, vinculada a cierto habitus, como diría Pierre Bourdieu, y su identificación como criollos, influenció sus relatos históricos. Los casos discutidos por Cancel, incluyendo los de Betances y Brau, son ilustrativos de esa relación.

Finalmente, el método de Cancel es reflexivo, lo que es ciertamente refrescante. Reconoce que esos sujetos relativamente autónomos, incluyendo a los historiadores, y entre estos él mismo se incluye, también oscilan, dependiendo de las circunstancias contextuales, entre la racionalidad y objetivación de un fenómeno y la irracionalidad y la subjetividad.  Esto requiere que el investigador, el historiador en nuestro caso, se monitoree a sí mismo y admita no sólo sus sesgos sino además la singularidad del lugar desde el que habla o escribe. Al historiador esto le requiere, entre otras cosas, la dificilísima tarea de no confundir el presente y el pasado. Cancel, por ejemplo, evita presuponer que las aspiraciones de los movimientos a favor de la independencia o la anexión en el siglo 19 sean iguales a los del siglo 20 o los del siglo 21.

El método propuesto por Cancel constituye a su vez la base metodológica de su propuesta para una nueva historia política, otra contribución importante de su nuevo libro. Se trata de una historia cultural de la política. Con esta nueva historia política-cultural Cancel continúa, pero renueva y extiende, desde una perspectiva mucho más crítica, y desde la historia cultural, la historia política propuesta por Fernando Picó y que respondía a su vez a las propuestas para la historia política puertorriqueña de Gervasio García. En efecto, la historia cultural de la política propuesta por Cancel precisa los compromisos con la modernidad de las corrientes políticas del país, a lo que exhortó Picó, anhelos de modernidad presentes en las corrientes historiográficas del siglo 19, como bien demuestra Cancel, y que eran parte de su cultura política.

Aunque Cancel no lo propone así, me parece, que este también ha echado las bases no únicamente de una historia cultural de la política sino además de una historia cultural de la intelectualidad, una renovada historia intelectual puertorriqueña, una que escapa el culto a las personalidades de la tradicional historia política e intelectual.  El libro de Cancel es de muchas formas una historia de las ideas liberales y del pensamiento político y social moderno en Puerto Rico. Y es ciertamente una historia cultural-intelectual de la historiografía puertorriqueña del siglo 19.

En fin, El Laberinto de los Indóciles es otro excelente libro de Cancel, un estupendo y excepcional mapa del laberinto historiográfico y político del siglo 19, una elusiva y confusa maraña afortunadamente desentrañada por Cancel. Pero ese laberinto es uno de los muchos laberintos alojados dentro de ese aún más amplio, enmarañado e inconstante laberinto de nuestra historia. Esos otros laberintos contienen sus propias historias políticas, culturales e intelectuales que aún tenemos que comprender. Aceptemos la exhortación de Cancel y examinemos la historia de sus culturas políticas e intelectuales.

Publicado originalmente en 80 Grados-Cultura-Historia

octubre 22, 2022

El indócil cosmos de Cancel. Parte 2. Una reflexión poslectura

© 2022 Luis Asencio Camacho

Mis conversaciones con el amigo y maestro Mario R. Cancel, en la mayoría de las veces, han sido durante encuentros fortuitos (que conste que laboramos en el RUM) y en alguna que otra contada actividad que por invitación o azar hayamos coincidido; no obstante, ninguno de dichos encuentros ha sido menos que una experiencia enriquecedora, por breves que hayan sido nuestras pláticas.
De un tiempo acá, desde que adquirí mi ejemplar de El laberinto de los indóciles —ocasión que en otro lugar igualé a un atesorado recuerdo de mi adolescencia—, he anhelado una buena charla, larga y tendida, como les apellidan por ahí, para escuchar al maestro deponer y yo, en atrevida ignorancia, retarle con preguntas y argumentos tal vez tan laberínticos como el asunto mismo del libro. Lo retaría a servir de árbitro o, quién quita, de sostenedor del ovillo que llevaría a la salida. ¿Por qué no del guía virgiliano y explicador que ninguno de los indóciles, tanto integristas como separatistas, allí atrapados tuvieron?
¿Chovinismo? ¿Insolencia?
El maestro Cancel ha dejado diáfanamente claro cómo cada una de las partes (no quiero llamarles «facciones» por eso de las añadidas acepciones a la voz) recurrió o recurría a tácticas de arraigo culturo-filosófico, en mayor o menor medida, en sus respectivas empresas cuyo fin en común era liberar a Puerto Rico de la paradójica retrocesión en que lo sumía el supuesto progreso. Como bien plantea el autor, el arma por excelencia de cada parte fue la táctica discursiva; y me atrevo a añadir que en completa indiferencia —si no desprecio— de la estrategia. Y empleo «estrategia» en su más estricta etimología de «provincia bajo el mando de un general»; o, por reducirlo a su absoluto absurdo: lugar.
Un laberinto, cual en un campo de batalla, se sortea a base de estrategia, de conciencia de dónde se está: del entorno, de las ventajas y desventajas del suelo, de los recursos con que se cuentan y, sobre todo, de una visión clara y objetiva de la mejor ruta a seguir en pos de la meta. Si se está más en las de perder, se procede con prudencia y un latente hálito de esperanza.
El laberinto en que unos entraron por volición y otros arrastrados por las corrientes cobró vida desde el primer pie dentro y mutó como un ser sintiente conforme más se allegaban; el integrista (reformistas y autonomistas) que halló su camino franco se encontró detenido en seco por el muro del separatista (independentistas y anexionistas) y viceversa. La «conciencia» del laberinto en ocasiones confrontó a compañeros de viaje, de suerte que tornó a aliados en enemigos y enemigos reconociéndose cual espíritus afines.
Si no me es demasiado audaz o imprudente decir, pensaría que la mayoría, si no encontró la salida, como mínimo encontró ese «centro vacilante» del que muchos no supieron salir y en el que, a mi humilde entender, todavía nos hallamos. Cualquier intento de apologizar me deja con dos posibles respuestas: o los jugadores de la época terminaron abandonando sus trebejos o la historiografía no les ha hecho justicia. Una o otra, el maestro Cancel ha logrado su propósito de dar sonido a esos silencios por omisión u ocultación, con un análisis concienzudo que compara y converge y contrasta y diverge con un desenfado sin rimbombancias. En mi limitado conocimiento del tema, no recuerdo que otros lo hayan hecho; por lo menos no con tan exitosa fórmula.
¿Considero al Laberinto de los indóciles una lectura obligada para historiadores y sociólogos tanto como para estudiantes o lectores recreativos? Más que eso, la conceptúo primera piedra para lo que auguro será un monumento al fenómeno de la historiografía política puertorriqueña decimonónica.
Ansío esa charla en torno a El laberinto de los indóciles.

octubre 3, 2022

Invitación a la lectura: Revista Siglo 22

Filed under: Revista Siglo 22 — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 8:01 pm
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Revista Siglo 22: Puerto Rico y Estados Unidos: análisis, opinión, crónicas e investigación

 

 

QUIENES SOMOS
Los individuos que pensamos e iniciamos Siglo 22 nos enfrentamos a un país que convoca y desorienta. Nacemos en tiempo de barruntos y en un año presagioso. El cambio climático se profundiza. Francia tuvo las temperaturas más altas desde que lleva récords. El calor calcinó a Inglaterra. En Ucrania, la invasión rusa repercute en el continente, crea un conflicto directo con la Unión Europea y la OTAN, y mustia el horizonte. En Estados Unidos, ideas y prácticas del arsenal fascista son más que evidentes. En Puerto Rico, los cadáveres se amontonan en ese trasmundo paralelo de lo cotidiano. Los cuerpos que aparecen en lo macabro de su final no parecen ser vistos. Los desarrolladores quieren vender una porción del Bosque Seco y construir un parque acuático en el Lago de Toa Baja. La elite política del binomio colonialista continúa con su corrupción, ceguera y traspiés conocidos. Bad Bunny es un fenómeno global. Nacemos en varios mundos en pugna, en un enredo.

Nuestro país desorienta y reta, y buscamos en su historia y su maraña actual asideros posibles.
En la historia definitoria del pasado siglo y este, Puerto Rico ha sufrido períodos de desazón y transformaciones colectivas.

La elite política del 1898 vio sus logros autonomistas derrumbarse tras el estruendo de una invasión militar que trajo la novedad de lenguaje, bandera y prioridades económicas. El nuevo orden encontró una clase trabajadora que ya pulseaba en lo social y desarrolló suficiente conciencia de su fuerza para competir electoralmente. Los nuevos cambios podían desorientar, pero las luchas sociales abrían puertas a la esperanza.

La generación de los años treinta, la que nos precede en azares parecidos, también vivió empobrecimiento, un huracán, inestabilidad política, aumento de los fondos federales y luchas sociales de envergadura. Pero vivían en la pobreza y los cambios que comenzaron a ver a partir del 1941 fueron de mejoría.

Los profundos cambios de la modernización, hincados en los puntales de la industrialización, emigración masiva, inversión pública en educación, salud e infraestructura y, finalmente, en el barnizado a la colonia que se llamó Estado Libre Asociado, cercenaron bolsillos de pobreza, crearon otros y aseguraron—nos dijeron–el descubrimiento de la fórmula perfecta para garantizar progreso. Cuerpos enflaquecidos del campesinado dieron paso a otros, la biopolítica vacunaba, caminos de polvo recibieron brea, terrenos baldíos fueron parada para caseríos y la Universidad de Puerto Rico fue un hervidero de ideas, refriegas y movilidad social.

Otra vez, estas transformaciones, con la acelerada llegada de lo nuevo, dislocaron el balance político y emocional de muchos. Pero el futuro no lucía lóbrego.

Las pasadas dos décadas han sido distintas. Son veinte años de empobrecimiento y precarización. El país sufrió sequía y chikungunya. María dejó una estela de más de tres mil muertos. La pandemia es responsable por más de cuatro mil. Entre el 2011 y el 2021, Puerto Rico perdió el 11% de la población, un porciento que se traduce en cuatrocientas mil personas. La tasa de fertilidad se desplomó. La depredación de lo público se hizo deporte, los torbellinos de imágenes y cháchara nos entumecen. El Estado Libre Asociado, con aquello de que era un “convenio” que no podía alterarse sin el consentimiento de las dos partes, pasó a peor vida. La Junta de Control Fiscal llegó para dictar disciplina fiscal a los partidos de la colonia. Hasta sonidos diurnos y nocturnos cambiaron. Hay ráfagas de balas de día y de noche. En avenidas y en áreas de la ruralía. De pronto, el mundo de los vivos cohabita con cadáveres inadvertidos e invisibilizados hasta por el ojo estatal. Los nacimientos escasean. Los entierros abundan. El crepúsculo abrazó a la colonia. Nuestro mapa mental se trastocó.

“Pan, Tierra, Libertad”, el lema político que movilizó a una generación mutó en algo distinto. Pan: esas son las siglas de un programa federal (Programa de Asistencia Nutricional) que combate el hambre. Tierra: en manos de desarrolladores y turistas buscando sitios para pagar menos impuestos. El Banco Gubernamental de Fomento, con su obrero fornido moviendo una rueda metálica, quebró. El orgullo que una vez fue la Autoridad de Energía Eléctrica pasó a manos del capital privado. La UPR vio una merma considerable en su presupuesto. El ELA intentó el refugio de la quiebra y sufrió la indignidad de que se lo negaran. En algún lugar del país hay una millonaria inversión de molinos. Sus aspas están tiesas.

La virtualidad del gobierno quedó al descubierto. Desde mediados de los años setenta, Puerto Rico bamboleaba su felicidad y desparpajo sostenido por la fragilidad. Las ganancias de las corporaciones siempre han sido reales, los corruptos siempre han amasado sus mal habidos dólares, pero todo el aparato gubernamental estaba anclado en lo externo y fuera de control: los fondos federales y el endeudamiento. Los gobernantes eran estibadores de puertos. Su legitimidad dependía de lo que llegaba. Cuando los mercados financieros pasaron factura y cancelaron el crédito, el escaparate colapsó. Las alternativas eran más subsidios federales (que el Congreso no daría); o la bancarrota (negada por el carácter territorial); o los siete.

Llegaron los siete. La “vitrina de la democracia”, “the Shining Star of the Caribbean” en los anuncios turísticos de los ochenta, está en quiebra. Es poco, si acaso algo, lo que amortigua reconocer que la precarización tocó las puertas de clases medias bajas y de los trabajadores. Los pobres, en su marginación, han levitado por cerca de medio siglo y aún levitan en una dimensión de pobreza, dependencia en ayudas federales y condiciones de violencia existencial.

En el espacio divisorio, de existir, entre un crepúsculo y una larga noche, nos insertamos. La revista se concibe como un espacio de libertad para atajarle el paso a esa posible noche. Somos un grupo que une diversidad de talentos, trabajos y militancia. No somos los primeros ni los únicos. El Verano del 19, el debilitamiento de las otrora poderosas maquinarias de los dos partidos coloniales, el surgimiento de una nueva fuerza política, el crecimiento de la opción electoral independentista, la Primavera de Justicia Salarial y las luchas ecológicas en este año, son interrupciones de la marcha nocturnal.

Nos unimos a otras revistas que hoy ennoblecen el ámbito político y cultural de Puerto Rico. Concebida en libertad, la nuestra tiene parámetros imprescindibles para proteger ese espacio que deseamos construir. Defendemos los análisis rigurosos, la descolonización, la soberanía, la justicia social, el respeto a la naturaleza, el reconocimiento de la dignidad ineludible de cada ser humano, todo el acervo de derechos que constituyen una democracia con representatividad genuina y dentro de normas constitucionales que jamás deben quedar a la discreción de mayoría alguna. Defendemos la reflexión sobre el pasado que nos define con sus luchas, errores y tormentos. Creemos y queremos que esa riqueza profunda, tan clara en distintas áreas del saber y quehacer de nuestro andar colectivo, hallen expresión en nuestras páginas como ya la encuentran en otros medios. Queremos llegar y también construir un público que puede y debe entender las posibles salidas a lo que hoy vivimos y para que no nos coja la noche. Deseamos ser un espacio donde no solo los análisis sino también la literatura, el arte, la filosofía, la fotografía y toda la creatividad de nuestro entorno sea bienvenida.

Lo anterior debe contestar la pregunta ¿Por qué otra revista? Con más claridad en nuestra respuesta, pensamos que, a mayor profundidad en la crisis social y política en Puerto Rico y en Estados Unidos y ante mayores peligros planetarios, más diversos y numerosos también deben ser los espacios de discusión y deliberación.

En un mundo acelerado donde las cosas parecen llanas y envueltas en la celeridad de imágenes cucubanas, de apariciones y desapariciones, apostamos a la reflexión que interrumpe la prisa, al arte con su traducción que ennoblece y embellece y a la palabra capaz de alumbrar en sus momentos benévolos.

La revista será bianual sin cerrar la opción de una frecuencia mayor. Sus puertas están abiertas a toda persona que coincida con los parámetros aquí expuestos.

En tiempos de barrunto, comenzamos. Aprenderemos, confiamos, a navegarlos o, como se decía con una palabra quizás olvidada, a “capearlos”.

Junta Editorial:

Eduardo Aguiar
Luis Raúl Albaladejo
Roberto Alejandro
Mario R. Cancel Sepúlveda
María de Lourdes Lara
Félix López Román
Rafael Matos
Marcos Pastrana
Aaron Gamaliel Ramos
Garvin Sierra

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septiembre 6, 2022

Una antología de textos anarquistas puertorriqueños de principios del siglo 20

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda

Páginas libres:  breve antología del pensamiento anarquista en Puerto Rico (1900-1919), editada por el Dr. Jorell Meléndez Badillo y publicado por Editora Educación Emergente en 2021, recoge una muestra de textos del anarquismo anticlerical y secular puertorriqueños de las primeras dos décadas del siglo 20, uno de los periodos menos investigados de aquella centuria. La escritura anarquista reinventaba en un contexto colonial nuevo la tradición anarquista europea posterior al 1848, momento en el cual el “cuarto estado” adquirió carta de soberanía en las luchas sociales. El amanecer de la clase obrera moderna puertorriqueña se manifestaba a través de aquellos escritos.

La discursividad de la colección posee conexiones, por un lado, con el acervo anarcosindicalista franco-español de fines del siglo 19, cuya intersección con el separatismo independentista y anexionista he comentado en otros momentos a la luz de los estudios de Paul Estrade sobre la comunidad antillana en París y Nueva York en el contexto de la Guerra Necesaria[1].  Por otro lado, evidencia afinidades con el anarcosindicalismo estadounidense antes y después de la invasión del 1898. Los (des) encuentros entre ambas vertientes reclama una discusión profunda hace tiempo. Las relaciones entre el anarquismo, el anarcosindicalismo, el separatismo independentista y los nacionalismos estuvieron plagadas de escollos. El hecho de que el anarquismo puertorriqueño creciera durante aquel periodo sigue siendo un tema apasionante y lleno de claroscuros.   

Valores del libro

El solo hecho de que mira hacia las primeras dos décadas del “siglo americano” justifica la lectura de esta recopilación. El giro visible en los hábitos políticos ciudadanos a la altura de 2022, ratifica la necesidad de evaluar aquel momento. La decadencia del orden bipartidista dominante desde 1968, el colapso de la confianza en los partidos políticos en general, la suspicacia respecto a que aquellas estructuras, heredadas de la revolución liberal del siglo 19 y fortalecida por las políticas novotratistas, adelanten una democracia participativa, es notable.

El diálogo imaginario entre las primeras dos décadas del siglo 20 y las del siglo 21 planteado por Meléndez Badillo, es por demás valioso. Ambas fases estuvieron caracterizadas por la desilusión colectiva y, en cierto modo, confirman el “presente del pasado”. La voluntad del editor es observar el anarquismo de principios del siglo 20 a la luz del “Verano de 2019”. Con ello reafirma la actualidad de la praxis ácrata al imaginarla reformulada en la “primavera del verano puertorriqueño de 2019”, protestas que propiciaron, por primera vez, la renuncia a un gobernador electo: el Dr. Ricardo Rosselló Nevárez (PNP).

La riqueza del atrevimiento teórico del antólogo es notable. Un ejercicio similar podría hacerse con otras expresiones de lucha popular articuladas en situaciones de crisis, aspecto poco investigado en nuestra historiografía a pesar de la rica tradición de historia social y económica, materialista histórica que tematizaron a los productores directos producidas durante las décadas de 1970 y 1980. Experiencias como las de los “Comités de Pólvora” de 1870, “La Torre del Viejo” y el “Contracomponte” de 1887 ambos ligados a la crisis económica de 1886, las protestas de consumidores de 1892 a 1894 como reacción a la Guerra de las Tarifas entre España y Estados Unidos[2], o las protestas de consumidores y pequeños propietarios durante la Gran Depresión de 1929 en adelante, hablan de la polisemia de la resistencia y la indocilidad.

El libro invita a visitar los activismos más próximos a un abajo social concreto, cuyo lenguaje, expresión o performatividad difería y difiere, sin restarle mérito alguno, de las retóricas nacionalista, socialista o marxista. La historiografía de la resistencia en Puerto Rico, desde mi punto de vista, no ha resaltado lo suficiente esa diversidad.

El prólogo, “Genealogías incompletas del anarquismo puertorriqueño”, establece los hilos ideológicos del anarquismo, a saber:

  • La Razón y la Ciencia como gestores de la verdad comprendida como una e incontestable.
  • La Teoría del Progreso “indefinido” imaginado acorde con la retórica del Marqués de Condorcet (1794) en sus notas en torno a “El progreso humano» [3]
  • La Revolución entendida como una fuerza irrefrenable ligada a la abolición de la propiedad privada y la desigualdad que su posesión produce y, en consecuencia, de toda forma de Estado y autoridad emanada de la necesidad de protegerla
  • El papel emancipador de la clase obrera como base de una “nueva humanidad” y un “nuevo humanismo” identificada con los productores directos y el trabajo como taller de la identidad
  • El papel regenerador de la educación secular en el proceso de fundación de esa “nueva humanidad” y ese “nuevo humanismo”
  • El secularismo y anticlericalismo radical justificad por la asociación de las instituciones del Clero a las del Estado

Las convergencias entre el discurso anarquista y el moderno son obvias. El anarquismo fue un proyecto modernizador alternativo, ajustado al abajo social y las clases populares que señalaba la injusticia del proyecto modernizador burgués propio del arriba social y las elites.

Una muestra textual

El escrito de Venancio Cruz (1905), “Hacia el porvenir: ideales humanitarios y libres” (29-78) es un libro de teoría anarquista muy completo que contiene, en primer lugar, una concepción de la historia que asume su continuidad orgánica o natural. De ella me interesa la mirada de autor a su presente. Un elemento central en Cruz es la representación del siglo 20 como uno “enfermo”. La metáfora realista-naturalista de La charca de Manuel Zeno Gandía (1894), un tópico literario que sugiere la ausencia de progreso es reformulada.

Su argumento es que, en el plano histórico-social, la “civilización moderna” niega la “civilización” en general. El capitalismo avanzado era visto como un anticipo de su “derrumbe” (33, 45, 46, 57). El teórico ruso Vladimir Ulianov alias Lenin en su obra de 1917, El imperialismo fase superior del capitalismo,coincidía con el argumento a la luz de factores distintos: el capitalismo financiero y los monopolios propios del imperialismo habían causado la Gran Guerra, evento bélico que adelantaría la revolución y el ascenso al poder del proletariado internacional. Aquella era una teoría sustraída de la Historiografía Latina clásica inventada por Tácito (98 d. C.) en su De Germania, cuando presumía quela expansión imperialista de Roma mutilaba la base de la civilización latina y adelantaba su decadencia y disolución.[4]

En el plano cultural, Cruz veía el siglo 20 como el escaparate de unas “artes decadentes / (y una) literatura viciosa y prostituida…” que confundía a las masas (33). Aquella crítica iba dirigida a los intelectuales contemplativos y era similar a la que elaboró Karl Marx en sus comentarios a la tesis de Ludwig Feuerbach (1845)[5]. El escritor alegaba que los “actuales filósofos, los modernos sabio-hondos”, carecían de la originalidad de sus antecesores (46), buena parte de los cuales incluye en su genealogía del anarquismo. Una versión más completa de esos antecedentes obra en el texto de Juan José López, “Voces libertarias”, escrito entre 1911 y 1914 (175 ss). Tanto en Cruz como López, si uso el lenguaje de Friedrich Nietzsche, el “monumentalismo” del pasado les obsesiona.[6] En suma, el siglo 20 era “medio del vicio y del escándalo” (57) o un “Cambalache” (1934) como lo calificó un tango de Enrique Santos Discépolo.

Aquella concepción negativa del siglo 20 no era privativa de los anarquistas. Numerosos observadores vieron en el 1900 el fin de una época y el inicio de otra. Eugenio María de Hostos (c. 1900) en su ensayo “El siglo 20” también lo evaluó con pesimismo. El mito del milenarismo cristiano pesaba mucho. Su representación como uno de totalitarismos y retrocesos ha sido tema de discusión de historiadores como Eric Hobsbawm (1995) y Enzo Traverso (2016) tras fin de la Guerra Fría[7]. Las diferencias en la mirada de unos y otros se reducen a matices, mientras la nostalgia común por una inexistente Belle époque se impone.

Aparte de ello Cruz coincide con otras propuestas culturales de principios de siglo 20. Por un lado, con el escepticismo respecto al liberalismo expresado por algunas vanguardias estéticas antes, durante y después de la Gran Guerra (1914-1918). Sus proponentes tendieron a afiliarse a las derechas fascistas, al nazismo o a las izquierdas radicales y bolcheviques. Por otro lado, converge con la producción historiográfica propia de la “industria cultural” del cambio de siglo 19 al 20 y el periodo entreguerras. Aludo a los decadentistas culturales y otros críticos de los valores occidentales como Arnold Toynbee, Oswald Spengler y Pitirim Sorokin, entre otros, visibles en el escenario de la Gran Guerra y la epidemia de influenza (1917). En fin, mi lectura asume a Cruz como un “testigo” del fin de la Belle époque y de la grandeza de la Europa capitalista pero sin la melancolía mostrada por Marcel Proust (1913) en su novela En busca del tiempo perdido.

En segundo lugar, Cruz incluye una genealogía del anarquismo que gira alrededor de varios principios, a saber:

  • La confianza en la inevitabilidad de la revolución ácrata y en la victoria del abajo social resultado del progresismo natural / orgánico que adjudica a la historia (30, 31, 32)
  • El poder de los valores seculares y el anticlericalismo radical anticristiano como contraparte de la alianza de la burguesía (el capital) y la Iglesia (la ideología) en el expolio del abajo social en un tono análogo al de Marx (1848) en El manifiesto comunista
  • La valoración de la racionalidad, el cientifismo, la experiencia y el empirismo como generadores de un saber verdadero, permanente y dirigido a la praxis
  • La valoración de la educación como un acto liberador con dos rostros opuestos: la crítica a la educación burguesa como una esclavizadora; y la afirmación de la educación anarquista como una liberadora. En este aspecto posee coincidencias con el krausopositivismo y las pedagogías de la segunda parte del siglo 19 en especial con Johan H. Pestalozzi, Karl Krausse, Fernando Giner de los Ríos, entre otros.
  • La confianza en el papel emancipador/salvador de la clase obrera y la convicción de que la vida solidaria de los obreros anticipa una “nueva humanidad” más allá de las clases sociales emanadas de la propiedad privada. El argumento le sirve para confirmar la superioridad de la “solidaridad de clase” ante la “solidaridad nacional” (56, 57)
  • La subversión del orden en la vida cotidiana. Cruz participa de una teoría del matrimonio y la familia que involucra su abolición por su condición de aliados de la propiedad privada (65), y favorece el amor libre o natural que involucra a la mujer en la decisión. Todo sugiere una relectura de Mijail Bakunin (1845) quien hablaba del “amor activo”; y Friedrich Engels (1884) que vinculaba la familia a la propiedad privada.[8] En Cruz, un pensador no carente de romanticismo, la acracia supone un retorno a un “estado natural” ubicado in illo tempore como un beatus ille (70) ahistóricos.

En general la arquitectura del imaginario anarquista en Cruz se nutre de la cultura burguesa revolucionaria: critica los valores modernos burgueses con sus instrumentos interpretativos. Construye el anarquismo como un “mesianismo profético” secular si uso el concepto de Erich Fromm (1961) en Marx y su concepto del hombre,[9] articulado en un lenguaje evangélico profano: el libertario, ácrata, o anarquista es un cátaro o un hombre puro (45).

En el texto de Juan José López, “Voces libertarias” (sin fecha) (175-208) llama mi atención el editor, la Tipografía La Bomba de Ponce. En 1899 Evaristo Izcoa Díaz poseía una tipografía con ese nombre de modo que estoy en posición de suponer que podría tratarse de la misma. Una lectura cuidadosa del documento sugiere que aquel debió ser escrito entre los años 1910 y 1914. Tres alusiones concretas lo sugieren: una al Presidente de Francia Raymond Poincaré (1912-1913) (175), otra a la Gran Guerra (1914-1918) (199), y una tercera al Presidente de México Porfirio Díaz hasta 1911, fallecido en 1915 (204, 206).

Una marca de estilo única en este texto es el recurso a la poesía. “La mentira” (188) está organizada en octavas reales con versos endecasílabos; y “Lucha roja” (175) en sextinas con versos endecasílabos. Algunos de los ejercicios en prosa tienen un rasgo distintivo. “Anarquía” (183), por ejemplo, es un poema prosificado en dísticos octosílabos. No se trata de un hecho aislado. Venancio Cruz (1905) en Hacia el porvenir… incluye un poema/canción al final de su texto que posee rasgos similares (75-78):  un poema híbrido que usa quintetos endecasílabos mezclados con cuartetas endecasílabas. A ello añade el formato del madrigal italiano: un endecasílabo seguido de un heptasílabo. Todas son formas clásicas dotadas del lenguaje grandilocuente y pomposo de la revolución distantes de las formas populares. El resto de los textos de López es prosa rítmica de tono modernista, con influencias románticas y parnasianas. El “exotismo” modernista se traduce en el imaginario de la “utopía natural”: una sociedad más allá de la propiedad privada y la desigualdad.

El poema revolucionario posee raíces remotas. Graco Babeuf (1797) escribió “Nueva canción al uso (o estilo) de los suburbios)” y “Otra canción de los iguales” (1797) como parte del programa de la “Rebelión de los Iguales” durante la Primera República Francesa (1792-1804).[10] Este es un tema de investigación apasionante que plantea numerosas interrogantes. ¿Por qué prosificar un texto poético teórico? ¿Por qué usar métrica clásica? ¿Por qué no depender de metros más populares y accesibles como las cuartetas, redondillas o serventesios? ¿Por qué no recurrir a la décima o espinela popular?

Ideológicamente López no difiere de Cruz. El redentorismo, el lenguaje evangélico, el “mesianismo secular” son notables en su discurso (183, 184, 204, 207). La premisa es que el anarquismo es superior al socialismo (182) porque asegura una libertad que se identifica con el Estado Natural, metáfora de una condición edénica. La comparación con otras retóricas redentoristas es tentadora. Por un lado, con del nacionalismo esencialista en el estilo de Johan Herder, Johan Ficthe o, el más cercano, Pedro Albizu Campos y su propósito de construir una hermandad solidaria de productores directos y pequeños y medianos propietarios conectada por el volkgeist natural y sagrado. Por otro lado, con la imagen del comunismo articulada por  Sergei Platónov (1928-1929) en la novela Chevengur quien aspiraba consolidar una hermandad solidaria de agricultores sin tierra basada en una identidad natural y en la inocencia rural.[11] Todo sugiere que el redentorismo tiene que ver con el pasado clerical del anarquismo y sus relaciones con el evangelismo fundamentalista antes del 1848 en la tradición de los Diggers y los Levellers ingleses del siglo 18, asunto que valdría la pena indagar en otra ocasión.[12]

Comentario aparte merece el apéndice firmado por M. Sastre, “A Luisa Capetillo y demás yerbas que les venga” (245-247). El texto proviene del Periódico sindicalista publicado en Cuba en 1914 y refleja las “luces y sombras” del anarquismo. Me refiero a los debates internos por desacuerdos ideológicos, sindicales y de género que afloraron en el seno del movimiento. Sastre, probable seudónimo de un líder no identificado, señala numerosos problemas ideológicos a Capetillo. Su espiritismo, su idea del amor libre, su campaña internacional, la venta de panfletos de propaganda y el empresarismo ácrata, una práctica común de organizaciones rebeldes de todo tipo a fines del siglo 19, son tratadas con agresiva ironía.

La sátira contra Capetillo se elabora desde la “masculinidad patriarcal anarquista”, actitud tan problemática como la burguesa. El autor la acusa de “sentimentalismo semi-caritativo-espíritu-cristiano-burgués-liberno”, un insulto muy castizo, por cierto. “Liberno(a)” es un concepto en desuso que sugiere una “cosa baladí” o sin importancia y, en sentido figurado, una moneda de poco valor como el ochavo o el maravedí y que “uno se quedó pobre”.[13] Para Sastre, Capetillo negaba los valores del anarquismo y era una demagoga: “no es lo mismo hablar de amor libre revuelto con espiritismo, cuando la naturaleza se rebela, que tratar de actos revolucionarios…” (246). En su reflexión, el citado López afirmaba que “…en la marcha de engaño y de cinismos toma parte el infuso espiritismo” (180). Aquel sistema era interpretado como otra “religión” más: “infuso” significa inculcado por Dios. La crítica a Lev Tolstoi (48-50) posee rasgos análogos. El autor devalúa su espiritualismo contemplativo que, por otra parte, era admirado por Rosendo Matienzo Cintrón.[14] El anarco-cristianismo y el espiritismo-cristiano son rechazados de forma tajante. Todo indica que algunos anarquistas no favorecían la penetración del espiritismo o la libertad sexual en su propuesta.

El secularismo y el anticlericalismo usados contra Capetillo excedían el diferendo filosófico. Los debates por cuenta de la fidelidad a las grandes centrales sindicales o el juicio respecto a los inmigrantes en Estados Unidos generaban roces. La American Federation of Labor (AFL) fundada en 1886 por Samuel Gompers, y la Industrial Workers of the World (IWW) fundada en 1905 por Eugene Debs, competían por el favor de los obreros estadounidenses. (cfr. 97-90). El estudio de estas pugnas o fisuras ideológicas y de género así como la evaluación de su impacto en el anarquismo puertorriqueño es importante para evitar una imagen homogénea o edulcorada del fenómeno. Invito a la lectura crítica de estos textos.

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia (5 de agosto de 2022)


[1] Mario R. Cancel Sepúlveda (2018) “El separatismo independentista y las izquierdas…” (Varios) Hilo en Puerto Rico entre siglos URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/?s=Betances+anarquistas

[2] Mario R. Cancel Sepúlveda (2009) “Historia que cuentan: una metáfora y un juego” en Academia.edu URL : https://www.academia.edu/39882614/Historias_que_cuentan_Una_met%C3%A1fora_y_un_juego . Prólogo del libro de Lissette Rolón Collazo (2009) Historias que cuentan: El motín contra Esquilache en Madrid y las mujeres dieciochescas según voces del XVIII, XIX y XX. (Madrid: Aconcagua Publishing): 19-30.

[3] Marqués de Condorcet (3 de marzo de 2010) “Documento y comentario: Condorcet, el Progreso Humano” (Notas de Mario R. Cancel Sepúlveda) en Historiografía: la invención de la memoria URL: https://mariocancel.wordpress.com/2010/03/13/condorcet-progreso-humano/

[4] Cornelio Tácito (6 de octubre de 2009) “Documento y comentario: Cornelio Tácito, los germanos” (Notas de Mario R. Cancel Sepúlveda) en Historiografía: la invención de la memoria URL: https://mariocancel.wordpress.com/2009/10/16/cornelio-tacito-germanos/

[5] Ludwig Feuerbach (6 de enero de 2018) “Documento y comentario: Karl Marx (1845) Tesis sobre Feuerbach” en Historiografía: la invención de la memoria URL: https://mariocancel.wordpress.com/2018/01/06/documento-y-comentario-karl-marx-1845-tesis-sobre-feuerbach/

[6] Friedrich Nietzsche (11 de mayo de 2010) “Documento y comentario: Historia: tres concepciones) (Notas de Mario R. Cancel Sepúlveda) en Historiografía: la invención de la memoria URL: https://mariocancel.wordpress.com/2010/05/11/historia-tres-concepciones/

[7] Eric Hobsbawm (1998) Historia del siglo XX (Buenos Aires: Crítica / Grijalbo / Mondador); Enzo Traverso (2017) La historia como campo de batalla (México: Fondo de Cultura Económica).

[8] Laura Vicente (6 de marzo de 2014) “Mijaíl Bakunin: mujer, libertad y amor” en Diagonal URL: https://www.diagonalperiodico.net/saberes/22926-mijail-bakunin-mujer-libertad-y-amor.html ; Mijaíl Bakunin (1973) El sistema del anarquismo (Buenos Aires: Proyección): 127-129; y Friedrich Engels (2006) El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (Madrid: Fundación Federico Engels)

[9] Erich Fromm (1970) Marx y su concepto del hombre (México: Fondo de Cultura Económica): 9, 10, 44, 46.

[10] Graco Babeuf et. al. (1975) “Chanson nouvelle á l’usage des faubougs” (1797) y “Autre chanson des égaux” (1797) en El socialismo anterior a Marx (México: Grijalbo): 27-31 y 33-37

[11] Las pistas de aquella utopía están dispersas en Andrei Platónov (2009) Chevengur (Madrid: Cátedra): 168, 187, 192, 257, 264, 304, 308, 399, 403, 438-439, 442, 452, entre otras, en particular la relación de Kopionkin con su caballo “Fuerza Proletaria”, el mito de Rosa Luxemburgo y el militante Dvánov.

[12] Mario R. Cancel Sepúlveda (31 de octubre de 2012)  “Anarquía y Anarquismo: antecedentes ingleses” en  Pensamiento social URL: https://historiasociologia.wordpress.com/2012/10/31/anarquia-y-anarquismo-antecedentes-ingleses/

[13] José de Lamano y Beneite (1915) El dialecto vulgar salmantino (Salamanca: Tipografía Popular): 513; y  (P. Juan Mir y Noguera (1907) Rebusco de voces castizas (Madrid: Sáenz de Jubera Hermanos-Editores):  466.

[14]Luis M. Díaz Soler, ed. (1960) “Tolstoi” en Rosendo Matienzo Cintrón: Recopilación de su obra escrita (San Juan: Instituto de Literatura Puertorriqueña/ Universidad de Puerto Rico): 428-432.

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