Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

febrero 14, 2019

La insurrección de 1868 en la memoria: la década del 1930


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

Pedro Albizu Campos se impuso la tarea de dar a la Insurrección de Lares y al separatismo el lugar prominente que nunca había tenido durante los siglos 19 y 20. Buscaba confrontar la amnesia colectiva cultivada por dos órdenes coloniales distintos que resentían el acto rebelde.  La efervescencia generada por el retorno de los restos de Ramón E. Betances Alacán a la isla en 1921 fue un preludio sugestivo. Hasta esa fecha la memoria de pasado rebelde de Puerto Rico había sido suprimida y descontextualizada o, a lo sumo, edulcorada hasta reducirla a la expresión de un acto romántico, irracional y precipitado, tal y como sugería la discursividad liberal reformista y autonomista. El resultado neto de aquel proceso puede percibirse en el Lares folclórico y despolitizado que se rememoraba privadamente como un signo de disgusto con la España que se había dejado atrás en 1898 de la mano de Estados Unidos. Una vez concebido de ese modo, el acto subversivo de 1868 resultaba inofensivo para la soberanía estadounidense.

Discurso en el Sixto Escobar

Hay un detalle que no puede ser pasado por alto.  Algunos de los veteranos del 1868 y del 1895 que todavía vivían acabaron por militar en las filas del estadoísmo republicano. Además, una parte significativa de la memoria del pasado rebelde estaba en posesión de los herederos del separatismo anexionista. La reflexión de los intelectuales estadoístas republicanos en el estilo de Roberto H. Todd, cuya obra merece una lectura más profunda de la que se le ha dado hasta el presente, es un modelo de ello. Una y otra situación estimuló que se presumiera una continuidad “natural” o “lógica” entre los objetivos del separatismo del siglo 19 y los del nuevo régimen del 20, hasta el punto de que llegó a sugerirse que el 1898 había consumado el ideal revolucionario decimonónico. El argumento no solo fue esgrimido por intelectuales estadoístas republicanos sino por notables voces estadounidenses que reflexionaron sobre el fenómeno del encuentro del 1898 en numerosos libros durante el primer tercio del siglo pasado. Aquella era una manera de aplanar un escenario problemático y ponerlo al servicio del orden posinvasión.

El elemento que sellaba la continuidad entre los separatistas independentistas del siglo 19 y el nuevo régimen era el antiespañolismo agresivo de su liderato más visible, postura inherente a las teorías progresistas y modernizadoras de Betances. Aquel discurso no tomaba en cuenta, por supuesto, el antianexionismo militante del activista de Cabo Rojo, a la vez que pasaba por alto por alto las duras críticas que el dirigente había manifestado ante cualquier forma de autonomía al lado de España o de protectorado al lado de Estados Unidos. Betances no confiaba en los puntos medios, las etapas de tránsito o los acomodos tácticos que, a la larga, podían conculcar la meta de la “independencia absoluta”, nombre con el que denominaba a su proyecto político a fin de diferenciarlo de la “media independencia” de muchos países del orbe hispanoamericano.

El emborronamiento, olvido o desconocimiento del radicalismo betanciano permite comprender, por una parte, el respeto cándido en las virtudes de los ideales de los republicanos continentales y la confianza en que la autonomía era un lugar jurídico que adelantaba la independencia que manifestó José de Diego Martínez. También arroja luz sobre el hecho de que el Partido Nacionalista rindiera culto en el panteón de la nacionalidad a figuras que nada tenían que ver con su proyecto radical. Ese era el caso de José Gautier Benítez, recordado por el valor de su poesía romántica y patriótica a pesar de que en 1868 había luchado contra los insurrectos de Lares; o de Luis Muñoz Rivera, un crítico agresivo de la experiencia revolucionaria del 1868 y un declarado opositor a la independencia de Puerto Rico lo mismo ante España que ante Estados Unidos cuyo retrato engalanada la tribuna nacionalista en la década de 1920. La idea de la Nación como una “casa grande” donde las contradicciones eran ignoradas a fin de que todos cupiesen en ella funcionaba bien para los muertos del imaginario nacional, pero nunca produjo los efectos deseados en medio de un presente ominoso y lleno de contradicciones.

La imagen del pasado rebelde que desarrolló Albizu Campos en el marco del nacionalismo exigente y el principio de la “acción inmediata” tras la asamblea de mayo de 1930, fue un proyecto original y pertinente. Sin embargo, no puede obviarse que fue elaborado sobre la base de recursos limitados:   el conocimiento de la cultura revolucionaria del siglo 19 en aquella fecha era muy superficial. El contenido de aquel pasado y la arquitectura que se le dio estaba mediada por aquella condición. Su enunciación no podía depende de una historiografía profesional madura por entonces inexistente o en proceso de formación. El contenido debía suplirlo la memoria cargada de subjetividad de unos cuantos testigos directos o indirectos de los hechos. La memoria informal ocupó el lugar del pasado formalizado en el proceso de elaboración de una narración de la nación aceptable. El registro que sigue no es exhaustivo, pero me permitirá confirmar las carencias de una concepción del pasado que, desde mi punto de vista, resultó ser ineficaz.

Los fundamentos: reliquias, monumentos vivos y fuentes

Por un lado, el nacionalismo echó mano del contacto directo con los testigos directos o indirectos de la experiencia revolucionaria de 1868 y 1895. Con ello se establecían las zapatas para un panteón heroico nacional que la intelectualidad y la militancia nacionalista completarían en la reflexión y en la praxis. El vínculo se estableció por medio de los pocos sobrevivientes o los descendientes de los participantes en aquellos eventos. La reverencia a los veteranos de la experiencia armada de 1868, muy pocos a la altura de 1930, debió estar cargada de una profunda emocionalidad que invitaba al culto.

Un ejemplo de ello es la breve relación que estableció Albizu Campos con Pedro Angleró con quien se entrevistó en Barrio Obrero en 1931 poco antes de su muerte ocurrida el 16 de octubre de aquel año. Los hermanos Angleró, Polo y en especial Pedro, quien no es mencionado por su nombre en la memoria histórica de José Pérez Moris, fueron cruciales para el imaginario nacionalista. De acuerdo con aquel periodista integrista, los hermanos Angleró habían sido parte de “la vanguardia de los salteadores (rebeldes) y fueron los primeros que, excitados por los que al grito de ¡viva la libertad!”, se integraron a la columna revolucionaria en ruta hacia el pueblo de Lares. Todo parece indicar que algunos esclavos de Ambrosio Angleró se habían incorporado a los insurrectos al mando de Manuel Rojas cuyo programa prometía la libertad a todo esclavo que tomara las armas por la independencia. La “partida” de los “hermanos Angleró” se mantuvo activa en las selvas y montes de Maricao hasta el 4 de octubre cuando fue capturada en la finca de Ambrosio en las Guabas por la fuerza del Teniente Coronel Cayetano Iborti.

El encuentro entre personal Albizu Campos y Angleró tuvo un valor simbólico incalculable. La peregrinación hacia aquella figura icónica, como la romería hacia un santón y su santuario, buscaba establecer un vínculo preciso con el pasado que se buscaba reproducir y, a la vez, confirmar la continuidad entre el separatismo independentista y el nacionalismo de nuevo cuño. Tanto es así que, cuando en 1967 el Partido Nacionalista, entonces bajo la presidencia de Jacinto Rivera Pérez, publicó el panfleto Lares 6 proclamas del nacionalismo 1930-1935 como preparación para la conmemoración del centenario, el preámbulo de aquellas fue ilustrado con los iconos de Betances, Angleró y Albizu Campos bajo el significativo epígrafe “Pasan la antorcha de la historia y la libertad”.

Un efecto análogo debió tener el culto que se levantó alrededor de Antonio Vélez Alvarado considerado, sobre la base de una anécdota, el “padre de la bandera” emblema de la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano. Aquel había sido un comité puertorriqueño en el cual los intereses de los separatistas independentistas y los separatistas anexionistas convivían y en ocasiones chocaban. El principio que los había mantenido unidos durante años había sido la animosidad que manifestaban hacia el poder político español. Aquella bandera se había convertido, a la altura de 1930, en la enseña del Partido Nacionalista que Albizu Campos conducía.

En este caso el contacto entre las dos figuras poseía una complejidad particular por dos cosas. Por un lado, Vélez Alvarado había sido corresponsal casual de Betances al final de su vida cuando a éste se le solicitó que fuese presidente honorario del nuevo comité revolucionario puertorriqueño con el fin de imbricar la experiencia del 1868 y el 1895. Por otro lado, a diferencia de otros militantes separatistas, tras la invasión de 1898 había continuado defendiendo la independencia para su país. Hasta el 1917 había sido parte del Partido Unión cerca de la figura de De Diego. Su decisión de abandonar aquel partido se produjo a raíz de la afirmación de la corriente conservadora que se impuso tras la muerte del abogado de Aguadilla y la afirmación de Antonio R. Barceló en la presidencia.

Poco después de aquellos hechos el unionismo abandonó la independencia y se impuso la defensa de un tipo de autonomía bajo la soberanía estadounidense en el contexto de un proyecto presentado por Phillip P. Campbell, un representante republicano de Kansas, en 1921. Entre 1919 y 1922 Vélez Alvarado promovió, junto de José Coll y Cuchí y José S. Alegría, entre otros, la fundación del Partido Nacionalista. En un sentido amplio, fue parte de lo que luego Albizu Campos motejó como “nacionalismo ateneísta” durante la asamblea del 1930. Su pasado lo excusaba de ello: Vélez Alvarado constituía un eslabón real entre una vieja y una nueva forma de lucha por la independencia, asunto que tampoco ha sido tratado con propiedad por los investigadores de este campo.

Aparte de ello, durante la conmemoración de la insurrección en Lares en 1932, el partido convocó a la tribuna a Josefina Cuebas y Cuebas, una sobrina de la mítica “costurera” de la bandera de 1868, Mariana Bracetti; y a un hijo adoptivo de Francisco Ramírez, figura que había ejercido como Presidente de la primera efímera república. Su presencia durante el acto también traía a la memoria al Ministro de Estado de la República de 1868, Manuel Ramírez, identificado irónicamente por Pérez Moris en su memoria como “administrador de una gallera”. Albizu Campos ansiaba que el nacionalismo al cual apelaba fuese interpretado como la culminación genuina del proyecto inacabado del 1868 al cual atribuía la génesis de un Puerto Rico libre infringido que debía ser restituido. Aquellos seres eran la expresión material de la memoria que se quería edificar independientemente de las ideas que defendieran en el nuevo siglo. Con excepción de Vélez Alvarado, nada se sabe de las posturas políticas de los demás. El nacionalismo los presentaba ante la comunidad puertorriqueña como reliquias de carne y hueso, como el residuo o vestigio tangible de un pasado glorioso y, de paso, los erigía como monumentos que invitaban a la emulación. La invención de una memoria confiable era crucial para el nacionalismo.

Por otro lado, debo destacar la contradictoria pasión betanciana que manifestara Albizu Campos desde su regreso a Puerto Rico durante su breve militancia en el Partido Unión. En 1924, poco después del arribo de los restos del patriota a la isla gracias a las gestiones de los unionistas moderados y la dispensa de su viuda Simplicia Jiménez, reclamó que se levantase un monumento en su memoria ya fuese en Cabo Rojo o San Juan, haciéndose eco de una protesta del militar, escritor y empresario hispano-puertorriqueño Ángel Rivero Méndez. La propuesta me parece significativa: en aquel momento no estaba claro si Betances debía ser rememorado como un objeto de culto local o nacional. Con posterioridad se transó en favor de la primera opción, decisión que no impidió su proyección como un valor nacional e internacional después de la década de 1960.

A todo ello habría que añadir las carencias bibliográficas del momento histórico en que se elabora la reflexión sobre la revolución del siglo 19. La gesta lareña había sido el tema de la obra El Grito de Lares (1917), un drama histórico de Luis Lloréns Torres antecedido de un prólogo de Luis Muñoz Rivera. Todo parece indicar que tras el 1898 el dirigente unionista, un viejo adversario del separatismo independentista como buen heredero del liberalismo reformista y el autonomismo, se sentía más seguro a la hora de evaluar la gesta separatista. También estaba disponible el panfleto Memorias de un revolucionario (1915) publicadas por Vicente Borges, hijo, obra que recogía el testimonio de un insurrecto lareño. Borges había sido miembro del centro Espiritista “Lazo Unión” ubicado en Lares, institución dedicada a los “Estudios Psicológicos”, de acuerdo con el membrete de una carta ubicada en el archivo de Roberto H Todd, dirigida por aquel al Mayor General George W. Davis.

Pensador de ideas progresistas que anticipan las de Rosendo Matienzo Cintrón, en 1899 Borges favorecía el reclutamiento de policías municipales de “ilustración completa”, es decir educados, con el fin de evitar “atropellos injustos” a la comunidad, e insistía en que se hiciera realidad la libertad de cultos prometida por los invasores con lo que esperaba se afirmarían la tolerancia y los valores seculares vinculados a la modernidad. Para Borges, sin embargo, Lares había sido el resultado del esfuerzo conjunto de liberales reformistas y separatistas y no la secuela del choque entre aquellas dos posturas, en efecto, excluyentes. Sus posturas políticas a altura del 1915 son inciertas, aunque se sabe que fue representante a la Cámara de Delegados por el Partido Unión entre 1906 y 1908 con toda probabilidad en el marco del independentismo dieguista.

Aunque no me consta una lectura de las obras por parte de Albizu Campos, su conocimiento sobre el fenómeno revolucionario del 1868 no podía exceder aquellos límites. En sus comentarios dispersos sobre el asunto entre 1924 y 1948 reprodujo muchas de las posturas acríticas de Borges como se verá más adelante. Sobre aquel fundamento se convenció de que el rescate de la insurrección de 1868 podía servir para reforzar el nacionalismo emergente e innovador de sus tiempos de crisis económica, política y espiritual. Las proclamas para los actos de conmemorativos 1930 a 1936 sintetizan su interpretación sobre aquel complejo conjunto de fenómenos.

Nota: Segunda parte del conversatorio “La insurrección de Lares de 1868 en la memoria nacionalista” en Lares: memoria y promesa en el Aula Magna del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, San Juan, P.R. 15 de septiembre de 2018. Publicada originalmente en 80 Grados Historia el 25 de enero de 2019

 

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diciembre 14, 2018

La insurrección de 1868 en la memoria: el tránsito del siglo 19 al 20


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 A los colegas y amigos José Paralitici y Miguel Rodríguez López

Punto de partida: dos pretextos betancinos

En agosto de 1891 Ramón E. Betances Alacán respondía una carta fechada el 29 de junio de Manuel Sanguily en la cual este le interrogaba sobre los hechos de Lares en 1868.  Sanguily planeaba escribir una historia de la revolución de Cuba por lo que Lares y Yara, movimientos antiespañoles sin conexión política concreta, eran temas de reflexión.  Dos cosas evidencian la respuesta de Betances. La primera era la desazón que le producía recordar el evento. La segunda, lo poco que podía aportar por “no tener a la mano ni el libro de Labra ni el de Moris y Cueto”.  Había perdido incluso las notas periodísticas escritas para Le XIXe Siècle, colección que “se ha llevado el viento con otras tantas cosas, como se lleva el humo de un tiroteo de guerrillas”. Sin libros ni archivos solo le quedaba la memoria, esa materia en bruto que un buen historiador podía pulir si se lo proponía.

En mayo de 1894 respondió otra nota enviada en abril esta vez por Sotero Figueroa quien se encontraba en Nueva York. Figueroa le consultaba porque quería escribir sobre, según Betances, los “patriotas puertorriqueños que tuvieron la osadía de lanzarse a lo que llama Muñoz Rivera la raquítica algarada de Lares” . El líder de Barranquitas no era el único que había devaluado el acto rebelde por motivaciones políticas sino quizá el más notable. Los autonomistas fueron consistentes en aquella actitud a fin de que no se les relacionara con el separatismo de cualquier tipo, ni el independentista ni el anexionista. La congoja que embargaba a Betances tenía que ver con lo que llamaba la ingratitud de Muñoz Rivera ante “el acto único de dignidad” de Puerto Rico al reclamar la abolición de la esclavitud y la independencia en un acto de la envergadura de Lares.

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José Pérez Moris

El recuerdo de la insurrección, un icono de la lucha anticolonial para el exilio independentista resultaba embarazoso para los liberales y los autonomistas. La revolución separatista fue un tema marginal en la historiografía puertorriqueña decimonónica. La autocensura y el olvido voluntario se impusieron entre los intelectuales coloniales quienes, sin embargo, fueron capaces de configurar una Historia Regional moderada centrada en el respeto y la sumisión a los valores hispanos.

El núcleo de la versión liberal y autonomista giró alrededor del tema de las motivaciones y desembocó en un bien acoplado relato del fracaso que excluía la separación de España como una opción racional o legítima. Alejandro Tapia y Rivera (1882) lo calificó como un acto de “descontentos”, Francisco Mariano Quiñones (1888) como una “asonada” o “calaverada”, “mal planificada” y “peor ejecutada”; y Salvador Brau Asencio (1904) como un acto “prematuro” y “precipitado” que culminó en una mera “algarada”.  El Muñoz Rivera que citaba Betances en 1891 representaba un sector muy amplio de la case criolla no separatista. La idea de Lares como un motín sin sentido no sólo devaluaba sus metas políticas sino que colocaba a los no separatistas en la frontera del anti-separatismo integrista.

Acorde con aquella postura inculparon al separatismo y al 1868, no a España, por el retraso en la concesión de “libertades” hasta el 1897 olvidando que aquellas se articularon en el contexto de una crisis internacional insostenible y como expresión de la desesperación de una España débil. Independientemente de lo errado que hoy pueda resultar semejante juicio la postura resulta comprensible. Los liberales y los autonomistas eran también críticos puntillosos e inteligentes de la relación con España, pero no querían aventurarse a que se les confundiera con los separatistas porque ello ponía en peligro sus aspiraciones concretas. Las disputas por el control del protagonismo de la oposición a España en defensa del proyecto liberal y modernizador no se circunscribieron, en efecto, a la política. Los liberales y los autonomistas también compitieron a los separatistas el logro de la supresión de la esclavitud y la libreta de jornaleros en 1873, es decir, el paso clave para la modernización del mercado, triunfo que Betances reclamaba para el separatismo en la nota a Figueroa de 1894.

La censura del tema de Lares no fue responsabilidad solo de liberales y autonomistas. La versión conservadora o incondicional, la del José Pérez Moris y Luis Cueto que Betances no tenía a la mano en 1891, trató al separatismo como un virus social peligroso que había que erradicar a la fuerza en términos análogos a los que había usado Pedro Tomás de Córdova, Secretario de la Gobernación de Miguel de la Torre, en la década de 1830. Los sinsabores que produjo la separación de Hispanoamérica siguieron vivos durante una parte significativa del siglo 19. A pesar de todo, el médico rebelde sabía que la historia publicada por aquellos en 1872 era indispensable a la hora de reflexionar sobre la rebelión. El libro era un registro documental muy minucioso que informaba sobre la mentalidad del integrismo y la interpretación que daban aquellos a los valores de la hispanidad, culto que terminaría por imponerse como un canon  en el Puerto Rico posterior al 1898. El texto informaba sobre otros asuntos de gran interés: el carpeteo decimonónico y las redes de informantes de entonces no eran diferentes de las que alimentaron el fichado político en el siglo 20. El libro citado, como he comentado en otro artículo, motejaba al liderato de Lares como uno incapaz para la tarea que se propuso, insistía en que servía a intereses egoístas y extranjeros y le imputaba una disolución moral que servía para justificar su exclusión de la hispanidad.

La versión separatista que adelantaban Sanguily y Figueroa, surgía cuando más falta hacía evaluar un pasado de luchas y fracasos. Los actos del 1868 no habían conducido a donde se esperaba y el separatismo independentista había sido testigo del crecimiento del interés de Estados Unidos en la región y del anexionismo. Una nueva generación de rebeldes reconoció a la altura de 1890 la necesidad de construir un pasado con los restos de la memoria de los sobrevivientes del liderato del medio siglo 19. La segunda la segunda fase del Ciclo Revolucionario Antillano, que comienza después del Pacto de Zanjón (1878) y el fracaso de la Guerra Chiquita (1879) en el exilio, no tuvo el mismo impacto en Cuba y en Puerto Rico. La pequeña Antilla se transformó en un apéndice incómodo de la causa cubana. En ese sentido la conversión de la memoria en historia poseía una importancia particular para los antillanos puertorriqueños.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa, cerca de Betances, fue exitosa. Su curiosidad en una colección de biografías publicada en 1888, y en una serie de artículos sobre la insurrección de Lares difundida en el periódico cubano Patria en 1892 gracias al apoyo de un revolucionario de la nueva generación, José Martí Pérez. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional había comenzado. El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa, era un ex autonomista mulato de Ponce que no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes. Sus escritos inauguraron un discurso laudatorio y romántico comprometido con la reivindicación de un acto selectivamente negado. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894. A pesar de que no se puede garantizar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales, lo cierto es que el tono adoptado se reiteraría en distintos momentos en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada implicaba una queja franca respecto al omisión, voluntario o no, por parte de las elites intelectuales coloniales no separatistas.

Un evento que sin duda animó el recuerdo del 1868 fue el retorno de los restos de Betances a Puerto Rico, proyecto que involucró al gobernador colonial Arthur Yager (Dem. 1913-1921) y a los sectores nacionalistas moderados que militaban en el partido Unión de Puerto Rico, en particular a   Félix Córdova Dávila, Alfonso Lastra Charriez y Antonio R. Barceló, colaboradores cercanos al gobernador y defensores del self government.  Los autonomistas de nuevo cuño diferían de los del siglo 19: miraban con alguna nostalgia la vida y ejecuciones del líder rebelde decimonónico. Aquellas voces reiteraban, en gran medida, las ambigüedades que habían caracterizado a Muñoz Rivera, un antiguo adversario de la memoria de Lares, y José de Diego Martínez, prominente abogado de Aguadilla y fundamento de lo que luego el licenciado Pedro Albizu Campos motejó como el “nacionalismo ateneísta”.

El escenario del retorno contenía sus propias paradojas. La primera tenía que ver con la violación de la petición de un muerto. Traer los restos de Betances a Puerto Rico era atentar contra su voluntad testamentaria. En el inciso 15 de su testamento había sido muy enfático en que sólo “cuando llegue el anhelado día” se le devolviera a su “querido Puerto Rico (…) envuelto en la sagrada bandera de la patria mía”. Sin duda “el anhelado día” se refería a la independencia y el Puerto Rico de 1921 no era soberano, sino que seguía sometido a una relación colonial bajo el palio de la Ley Jones de 1917.  La voz del médico esbozaba en aquel inciso el sabor de un nacionalismo emotivo que presagiaba los tonos que dominarían el de los 1930.

La segunda paradoja se relacionaba con el gobernador al cual los estadoístas republicanos consideraban un aliado de los unionistas.  Aquellos afirmaban que Yager trabajaba de acuerdo con aquellos “contra el americanismo en Puerto Rico”, asunto que ya he comentado en otro momento. La alianza tenía un costo para los unionistas: Yager esperaba que los unionistas lo favorecieran en sus aspiraciones a la presidencia de la Universidad de Puerto Rico.

La tercera contradicción tenía que ver con Lastra Charriez, entonces vice-presidente de la Cámara, y una figura que merecería un estudio aparte más allá de biografía laudatoria. Su creciente moderación política lo convierte en un modelo respecto a cómo un profesional educado colonial se insertaba en las redes del poder colonial desde el unionismo. En 1936 el abogado fue parte de la defensa de los policías insulares acusados de asesinar a Elías Beauchamp e Hiram Rosado en el cuartel de San Juan tras la ejecución del jefe de la policía Elisha F. Riggs. Su presencia fue suficiente para que el testigo de los hechos, el periodista Enrique Ramírez Brau, guardara silencio sobre el asunto por algún favor que le debía al abogado según aseguraba en sus Memorias de un periodista (1968)

Yager, en un probable acto de astucia política, estuvo ausente de la isla durante los días de los actos y encargó al gobernador interino José E. Benedicto Géigel que atendiera los mismos. Además de los unionistas mencionados, el acto movilizó intelectuales estadoístas hispanófilos como Cayetano Coll y Toste, Historiador Oficial; a distinguidas figuras de anexionismo del siglo 19 y el estadoísmo del siglo 20 incluyendo a un viejo amigo de Betances y Eugenio María de Hostos Bonilla, Julio Henna, y el educador y escritor Juan B. Huyke. Henna y Huyke, como se sabe, mantenían una sana distancia del estadoísmo republicano y del doctor José Celso Barbosa, por cierto.  La figura central de la efemérides fue Simplicia Jiménez Carlo, la viuda de Betances responsable de otorgar un poder para traerlo a la isla a pesar de la voluntad testada de su compañero.

En 1920 Betances fue reinventado y ajustado a la nueva situación. En su evaluación Coll y Toste afirmó que aquel “nunca sintió odio hacia España”, un argumento que luego el nacionalismo repetirá acríticamente, a la vez que aseguraba que, si la Corona le hubiese reconocido los “10 Mandamientos de los Hombres Libres” jamás hubiese sufrido el exilio. Coll y Tosta veía en aquel documento sedicioso algo asó como un adelanto metafísico de la Carta de Derechos de Estados Unidos. Con ello el historiador validaba la apropiación de la causa del caborrojeño como una que se completaba con la invasión del 1898. La retórica es comprensible en el escenario en que se articulaba la misma.

La idea de un Betances Alacán amigo y admirador de los logros de Estados Unidos está bien documentada. La admiración a la figura en la prensa estadounidense de los días de la invasión no puede ser puesta en entredicho y algunos foros lo veían como un candidato idóneo para la presidencia de una Cuba Libre amiga del invasor y no a Tomás Estrada Palma. Sus concepciones políticas antianexionista también son bien conocidas. Pero resulta innegable que una relación entre iguales entre Puerto Rico y Estados Unidos desde la soberanía era geopolítica y económicamente inevitable en el contexto de fines del siglo 19. Admirar y respetar a aquel país y querer evitar su absorción material e inmaterial no eran posturas excluyentes.

El problema de la lógica de Coll y Toste era que reincidía en al argumento de los liberales y los autonomistas del siglo 19: la insurrección había sido un acto azaroso e innecesario.  La imagen de Lares en la educación pública no era muy distinta. También el doctor Paul G. Miller reprodujo la interpretación liberal y autonomista en un libro de historia publicado en 1922. En aquel el autor insistió en que Lares respondía a intereses extranjeros y no a la voluntad de los puertorriqueños. La idea de que Lares no representaba lo mejor del país era clara. A la altura de 1920, Betances Alacán era una caricatura de sí mismo y Lares había sido reconfigurado para ponerlo al servicio de los proyectos de autonomistas y estadoístas. El ejercicio retórico no se hacía para asegurar que “Lares nos pertenece a todos”, como románticamente aspiran algunos en el presente. La meta era que “Lares nos pertenece a todos…excepto a los independentistas” quienes nunca comprendieron su verdadero sentido. Historiográficamente en 1921 Lares y betances habían sido reducidos a un simple “bache” de poca relevancia en la “autopista” del Progreso que la hispanidad había construido y que Estados Unidos continuaba.

Nota: Primera parte del conversatorio “La insurrección de Lares de 1868 en la memoria nacionalista” en Lares: memoria y promesa en el Aula Magna del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, San Juan, P.R. 15 de septiembre de 2018.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de noviembre de 2018

diciembre 6, 2018

El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y los caminos de Lares (final)


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

A mis estudiantes de todos los tiempos

¿Cómo interpretaba el orden hispano-católico a un masón radical como Segundo Ruiz Belvis o Ramón E. Betances Alacán? La imagen de ambos ante el orden colonial, que no era buena antes de 1866, empeoró cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10.

Masonería, heterodoxia, materialismo y subversión

Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que documenta la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. La insurrección de Lares exacerbó a los  integristas y estimuló la cancelación de los liberales reformistas y especialistas, quienes también defendían el integrismo más allá de la relación colonial, de cualquier contacto con los separatistas. La retórica de Pérez Moris es por demás interesante por la manera en que informa al lector del presente de la imagen que tenían los españoles de los activistas.

A Segundo Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, es decir, antes de la Junta Informativa de Reformas convocada por el Ministerio de Ultramar en 1866. El abogado de Hormigueros era poseedor de un temperamento dominado por la “audacia” y el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido” que ofendía al que le escuchaba. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Dominado por la irracionalidad y la pasión, sus aspiraciones políticas y sus hábitos sociales chocaban contra la ley y el orden hispano. La imagen del enajenado contracultural me recuerda el juego literario inventado por Alejandro Tapia y Rivera en el poco comentado cuento “El loco de Sanjuanópolis” redactado en 1880. La locura no lo hacía menos amenazante sino todo lo contrario. Pérez Moris concluía, con cierto dejo de una mala lectura de Maquiavelo, que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

El juicio del periodista e historiador dependía de los datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez quienes le habían visto actuar en el escenario de la ciudad. Aquellos lo calificaban como un librepensador y un materialista partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. En términos intelectuales un librepensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Aquellas eran posturas propias de un pensador racionalista y científico. El problema consistía en que el respeto a la razón y a la ciencia sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma que dependía de la fe y la sumisión para sostenerse. Entre librepensamiento y agnosticismo, una interpretación que niega la posibilidad de conocer cualquier absoluto incluyendo a Dios, había numerosos puntos de contacto que el catolicismo convencional rechazaba. Propuestas como aquellas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis o los que confirman su apropiación de la

Segundo Ruiz Belvis

conciencia de la modernidad como expresión de la discursividad secular son leídos como un “defecto”. Con todo el epíteto que centraba todo el perfil era el de materialista.  El materialismo moderno, que reaparece en la discusión intelectual con nuevos bríos durante los siglos 17 y 18, integraba a la tradición griega los saberes de la física, la historia natural y la medicina. Para Pérez Moris, el abogado de Hormigueros equivalía a un nuevo “Teofrasto redivivo” en el escenario de la colonia tropical con los mismo rasgos de cinismo que se atribuían al filósofo del siglo 4 antes de Cristo y al autor del anónimo volumen de 1659.

En este texto el masón radical Ruiz Belvis termina transformado en una caricatura de la “crueldad”. Los informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez le ofrecieron una red de narraciones y anécdotas que ratificaban aquella imagen. Una es la que lo describe como un “don Juan Tenorio” irrefrenable. Otra, la que lo describe como un cínico consumado que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores. Sin embargo, lo que parecía molestarle más era, de nuevo, que su materialismo le autorizaba a usar un lenguaje ofensivo y sarcástico al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”.

Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que se complace en escandalizar a los mojigatos y que es capaz de afirmar que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente, aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. El dato es por demás interesantes porque mis investigaciones sobre esta figura me dicen que Ruiz Belvis, quien descendía de una familia católica vinculada a la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros y a sus rectores o administradores, tenía una relación profesional con el Obispo Carrión en el contexto de un proyecto de colegio de segunda enseñanza que esperaba fundar en la ciudad de Mayagüez en 1866. Uno de sus socios principales en aquel proyecto era otro masón radical, Betances Alacán. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con la  acusación de que Ruiz Belvis hipotecó la Hacienda Josefa de su padre José Antonio Ruiz, ya fallecido, y la echó perder. La hipoteca de la Hacienda Josefa es, por otro lado, un hecho corroborado como ya he comentado en otras publicaciones sobre esta figura pero los problemas en el repago de la deuda estuvieron vinculado al proceso de persecución político que forzó la salida del abogado de Puerto Rico en julio de 1867 hacia el exilio. Lo interesante es que el acreedor hipotecario fue el tesoro de la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros, situación que contradice la afirmación de que Ruiz Belvis tenía una mala relación con la iglesia católica o con la autoridad episcopal. Pérez Moris, por otro lado obvia consideraciones que sí pudieron haber distanciado al abogado del obispo como lo es el hecho de que Carrión favorecía la tolerancia a la esclavitud y así los había afirmado en su Carta pastoral de 1861.

Por último, afirmaba Pérez Moris que personas como Ruiz Belvis y Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro”. Lo que sugería era que no merecían la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en que ofendían los valores hispanos tanto como los  cristianos. Con el argumento se dejaba claro que hispanidad y catolicismo iban de la mano. Creo pertinente aclarar que el médico de Cabo Rojo, en su correspondencia posterior a la insurrección de Lares, afirmaría esporádicamente la necesidad de “desespañolizar” a Puerto Rico. Exageradas o no, la imagen de un revolucionario político y social que además era masón radical no era simpática para el régimen colonial.

 

Ruiz Belvis y la Masonería: caminos de Lares

En julio de 1867, Ruiz Belvis y Betances Alacán tuvieron que tomar una decisión que los afectaría el resto de sus vidas. La razón fue el “Motín de los Artilleros” de la capital. Las acusaciones de conspiración del gobierno español encabezado por José María Marchessi y Oleaga, los dejaron ante dos opciones. O se sometían ante una autoridad que no respetaban, o tomaban la ruta del exilio y organizaban un proyecto revolucionario. El momento de romper con España que, según Betances Alacán, no podía dar lo que no tenía -libertad y progreso- había llegado. El 10 de julio era la fecha límite para presentarse ante la autoridad o serían buscados bajo partida de arresto.

Acompañados por el párroco de Hormigueros, Antonio González y Alonso hecho que vuelve a confirmar las buena relaciones de Ruiz Belvis con las autoridades eclesiásticas de su comunidad, se evadieron de la isla vía Cabo Rojo -tal vez apoyados por uno de los hermanos Cabassa, dueños de las haciendas “Acacia” y “Belvedere” y socios comerciales de los Betances- hasta algún punto de la bahía de Guánica. Desde allí partieron –vía Saint Thomas o República Dominicana- hacia la ciudad de Nueva York. Nueva York era un punto de encuentro de exiliados y emigrantes desde donde se podía articular un proyecto de aquella naturaleza.

Betances Alacán se dirigió hacia  República Dominicana en cuanto llegó a San Tomás el 29 de agosto de 1867.  Debía reanimar las alianzas políticas establecidas entre 1861 y 1863 cuando, desde Mayagüez, se conspiró al lado de los restauradores de la independencia de ese país ante la agresión recolonizadora de España. Allí encontraría hermanos masones que lo respaldarían por su vinculación con la Logia Yagüez número 10. Ruiz Belvis permaneció en la isla danesa hasta el 2 de octubre, ultimando detalles con otros conspiradores que con él se reunían.  Al parecer la policía no vio en su conducta acciones que justificaran las sospechas de Marchessi Oleaga y nunca intervinieron con el grupo de conspiradores.  El gobernador utilizó todos los recursos a su alcance para evitar la conjura pero sus esfuerzos resultaron infructuosos.  El gobierno danés no le dio al asunto la importancia que las autoridades coloniales esperaban se le diera a su reclamo.

Ruiz Belvis partió a cumplir una importante “misión política” ante las autoridades chilenas, y Betances se mantuvo en el Caribe a fin de continuar agitando la cuestión de Puerto Rico. Se sabe que, en la travesía al sur, Ruiz Belvis pisó suelo colombiano y peruano antes de arribar a Valparaíso, Chile. Se presume que en los distintos puertos estableció contactos con aliados del proyecto libertario de las Antillas. Ruiz Belvis se convirtió en el primer “peregrino de la libertad” que buscó en la América Hispana respaldo material para la separación e independencia de Puerto Rico como preámbulo a una futura unión de las Antillas.

Los detalles de la travesía son bien conocidos  pero las actividades del abogado en cada una de las escalas siempre serán un misterio.  De acuerdo con el investigador Martín Gaudier, el 2 de octubre se expidió el pasaporte de Ruiz Belvis para Nueva Granada, hoy Colombia y, con toda probabilidad, esa misma tarde partió de San Tomás. En Nueva Granada abordó el vapor “Santiago” que le condujo a Chile. El “Santiago” tocó los siguientes puertos durante el mes de octubre:  Paita, Perú el día 4; el Callao, Perú el día 6; del Callao salió el 7 de octubre y llegó a Islay, Perú el 9; de Islay partió el 10 de octubre y llegó a Arica, Chile el 12; de allí zarpó el 13 y arribó a Iquique, Chile el 15; de Iquique salió el 16 de octubre y atracó en Antofagasta el 18; de ese puerto salió el 19 y llegó a Caldera el 21 de octubre; de Caldera partió el día 22 de octubre y alcanzó Coquimbo el 24 y de Coquimbo salió el 25 y tocó el puerto de Valparaíso el domingo 27 de octubre de 1867.

Algunas versiones alegan que los contactos que Ruiz Belvis estableció durante las escalas a fin de preparar el terreno para su iniciativa cerca del gobierno de Chile lo pusieron en contacto con otros hermanos masones.  Si bien se sabe que esperaba contar con el apoyo del Gran Maestro Benjamín Vicuña McKenna, quien en 1866 se puso a las órdenes de los separatistas antillanos en Nueva York, las afirmaciones en esa dirección no dejan de ser especulativas. La meta que buscaba el abogado era reanimar un viejo plan de respaldo militar chileno para una invasión de Puerto Rico y Cuba con fines antiespañoles que tuviese como base de operaciones Venezuela o Colombia, y que debía contar con el liderato militar del colombiano Santos Gutiérrez. Ruiz Belvis iba a materializar una relación que se había enfriado con el paso de los meses y los vaivenes de la política internacional.

Otras versiones indican que Ruiz Belvis empeoró de un padecimiento que ya traía desde Puerto Rico y que el viaje se convirtió en una travesía dolorosa. Betances Alacán, que era un médico brillante y comprometido, no dejó ninguna pista de que Ruiz Belvis estuviese mal de salud antes de salir de Puerto Rico o que hubiese enfermado durante el trayecto hacia el exilio. Por el contrario, el caborrojeño asegura que él fue víctima de una fiebre atroz durante el itinerario pero nada indica sobre algún quebranto en el compañero de viaje.

En Valparaíso, Ruiz Belvis se hospedó en el Hotel Aubry en el 1,107 de la calle Esmeralda. El asunto también produce alguna confusión. Algunos dicen que la hospedería era propiedad de Guillermo Jenkins, según Gaudier; otros como el médico que lo atendió citan a Julio Lanvoy. Su arribo a la ciudad llamó la atención pública de inmediato. Los periódicos El mercurio y El diario ilustrado del 28 de octubre lo anunciaron como uno de los pasajeros del vapor “Santiago” procedente de Panamá.  Ninguno de los cintillos dijo que estuviese enfermo.  No se le hizo difícil a Ruiz Belvis, por otro lado, publicar la extensa proclama “Patria, justicia, libertad”, firmada por el Comité Revolucionario de Puerto Rico, en el foro La patria del 2 de noviembre de 1867.  La patria era un periódico masón y liberal dispuesto a colaborar con la empresa antillana.  Ruiz Belvis iniciaba con éxito su campaña en Chile auxiliado, según se presume, por Vicuña McKenna y las logias masónicas de la ciudad.

Lo cierto es que Ruiz Belvis murió intempestivamente como resultado de una de infección flegmonosa del perineo que se gangrenó. De acuerdo con un certificado médico expedido en 1868 tras la muerte de su padre, tenía problemas de salud desde antes de su salida de Puerto Rico. En el Hotel Aubry no estuvo solo. El propietario se hizo cargo del enfermo y propició la intervención del Dr. E. C. Menckel asistido por el Dr. Agustín Coignard. Menckel sigue siendo una figura oscura pero Coignard era egresado de la Facultad de París, como Betances Alacán, era miembro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y médico práctico desde 1857. Esta versión aduce que desde el 6 de octubre, cuando se hallaba en El Callao, ya no podía salir del camarote y ni bajar al puerto por lo que sus gestiones políticas debieron haber sido pocas.

Sólo siete días sobrevivió Ruiz Belvis en Chile.  El 5 de noviembre El mercurio informó que el enviado puertorriqueño en cumplimiento de una “misión política” cerca de aquel gobierno, había fallecido.  El 30 de noviembre de 1867 el periódico Los Andes de Guayaquil, Ecuador, publicó un editorial en donde comentó su muerte.  Ruiz Belvis no era un desconocido en el continente.  La masonería aprovechó la situación para agitar la cuestión antillana.  El editorial en cuestión hacía un sucinto resumen de las actividades políticas de Ruiz Belvis a partir de la Junta Informativa de Reformas y de la persecución y los destierros que sucedieron a la referida junta.  El autor ubicó a Ruiz Belvis al lado de los grandes libertadores de América, Santiago Mariño y Francisco de Miranda, y resaltó el espíritu hispanoamericanista de la empresa que desempeñaba en Chile.  El anónimo editorialista afirmaba que Ruiz Belvis “desde su sepultura en Valparaíso seguirá sirviendo a su país; seguirá siendo el promotor invisible de la independencia borinqueña.”

 

Un póslogo y una tarea por hacer

La vida de Ruiz Belvis, el masón radical, comenzó en San Germán en julio de 1866 y terminó en Valparaíso en noviembre de 1867. Ruiz Belvis tenía apenas 38 años de edad.  Falleció en la plenitud de su vida y en condiciones en extremo difíciles.  En los libros de la Parroquia Matriz del Salvador en Valparaíso se anota que su deceso ocurrió el día 3 de noviembre de 1867 y que su entierro se celebró el día siguiente “con oficio menor en el Cementerio de esta ciudad.”  No recibió los sacramentos “por no haberlos pedido,” según informes del Vicario Jorge Montes. El día 4 fue trasladado al Cementerio número uno, tras el pago de $8.50 por un féretro de segunda clase y el derecho de enterramiento, suma saldada por  un tal Antonio Cruz, posiblemente masón como el fenecido.  No consta si se realizó autopsia en el cadáver.  Queda claro que Cruz sólo pagó sepultura por un año.

Cuando la noticia llegó a las Antillas, Betances Alacán estaba inmerso en los preparativos de la insurrección.  De inmediato difundió una proclama fechada el 22 de diciembre de 1867 firmada por el “Comité del Oeste del Comité Revolucionario de Puerto Rico”.  Ruiz Belvis fue proyectado como un modelo a seguir cuando decía que “los hombres pasan, pero los principios quedan y triunfan.”  Lo calificaba como un “mártir de la santa causa de nuestra libertad” y atesoraba la esperanza de que su muerte motivara a los puertorriqueños a entablar una guerra frontal contra el dominio español.

En 1873 Eugenio María de Hostos Bonilla se acercó a su tumba: iba a “visitar al olvidado”.  Había realizado alguna investigación antes de lanzarse a la tarea de buscar aquel sepulcro.  Sus pesquisas le llevaron a concluir que Ruiz Belvis había llegado enfermo a Valparaíso.  Hostos Bonilla no se limitó a tratar de desentrañar aquella muerte y ese mismo año envió a Antonio Ruiz Quiñones, hermano de Segundo, un “voluminoso paquete” de documentos recibidos de manos del señor Juan de Dios Arlegui, Gran Maestro de las logias chilenas, que se había hecho cargo de los mismos al momento de la muerte del enviado. Nada se sabe del destino de esos pliegos.

Cuando Betances Alacán murió en 1898, Hostos Bonilla volvió a reflexionar sobre la muerte. Para el mayagüezano, Betances y él eran dos “enfermos del ideal”: esas personas que “entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal pasar.” Ruiz Belvis también encajaba en esa metáfora. Celebremos su memoria con las armas del conocimiento.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 12 de octubre de 2018.

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