Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 11, 2021

Notas a una conferencia de César A. Salgado en torno a Sotero Figueroa Hernández (1851-1923)

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

El pasado 4 de febrero tuve la oportunidad de compartir con el colega César A. Salgado, profesor de la Universidad de Texas en Austin. El escenario fue su presentación “San Juan / Ponce / Nueva York / La Habana: trayectoria de Sotero Figueroa”. El diálogo, prefiero ver este tipo de intercambio de ese modo, contó con el respaldo del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) y el Departamento de Ciencias Sociales del Recinto Universitario de Mayagüez. Detrás de ese esfuerzo estuvieron los doctores Edwin Asencio Pagán, José Anazagasty Rodríguez y Marcelo Luzzi. Agradezco su disposición a abrir un espacio de reflexión en torno a las relegadas materias de la cultura del siglo 19 antillano. 

Mis acotaciones a la referida ponencia se elaborarán de un modo oblicuo. Me propongo tomar distancia del asunto concreto tratado con el propósito de que los lectores estén en posición de valorar de manera informada la naturaleza de la mirada de Salgado. Con ello en mente comentaré su exposición desde una perspectiva macroscópica. El entramado macroscópico al cual voy a hacer referencia tiene que ver con los estudios históricos, sociales y culturales del siglo 19 puertorriqueño y su situación en el presente. Después de todo, se trata del territorio de investigación en el cual me formé durante la década de 1980 y al cual, tras un largo entreacto, he regresado en los últimos 10 años.

Dr. César Salgado

Como se sabe, las cuestiones del siglo 19 fueron cardinales para la discusión historiográfica durante las décadas de 1930 y 1950. Volvieron por sus fueros en medio del sordo debate entre la “historiografía tradicional” y la “nueva” durante las décadas de 1970 y el 1980. La ansiedad por aclarar la naturaleza probable del “primer Puerto Rico moderno” dominó el paisaje historiográfico por lo menos hasta mediados de la década de 1990. De entonces a esta parte, algo tuvo que ver en ello el breve interludio del “debate posmoderno criollo”, los acaecimientos del siglo 19 fueron desplazados hacia el “coxis” de la disciplina. La frase que utilizo, que para algunos podrá resultar ofensiva, es una reescritura de otra emitida en 1974  por el historiador francés vinculado a la Historia de las Mentalidades, Jacques Le Goff. El medievalista la traía para referirse a la situación de los estudios culturales ante los sociales y económicos en su país dentro del marco de la Escuela de Annales. Ese tipo de pugilatos, como se sabe, son comunes en este campo de estudio.

El trabajo historiográfico en aquellas décadas, las cuales identificaré por comodidad intelectual con las “generaciones” (una mala palabra que se ha convertido en un clisé condenar), del 1930 y el 1950, y la nueva historia social y económica del 1970 y el 1980, miraron con intensidad en aquella temporalidad. Las posibilidades eran varias. Era posible remitirse a un siglo 19 largo que podría hundir sus raíces en el reformismo ilustrado; o un siglo 19 corto que algunos anclaban en la década de 1810. La lógica del historiador materialista histórico inglés Eric Hobsbawm en torno al siglo 20, ha servido de modelo a la hora de reconocer la incertidumbre que produce la noción secular desde hace mucho tiempo.

Los énfasis de ambas coyunturas interpretativas fueron distintos. Los intelectuales del 1930 y el 1950 privilegiaron el homo politicus. Favorecieron los estudios políticos e institucionales y el  desarrollo de la conciencia ciudadana en la ruta inevitable hacia cierto tipo de libertad política. Dado que formularon sus juicios en tiempos habitados por líderes iluminados y carismáticos, insistieron en el protagonismo de las élites intelectuales en la invención de una identidad que se instrumentalizó en su tiempo de la mano del populismo y el nacionalismo. Por eso, a mi modo de ver, pusieron tanto empeño en la indagación de los avatares del liberalismo y el autonomismo decimonónicos. Sus formulaciones expresaban la insistencia en que se comprendiera el “presente” desde cual reflexionaban como una culminación inevitable de los ideales de las élites liberales del “pasado”. En ese aspecto, los intelectuales nacionalistas y los autonomistas del siglo 20, coincidieron. El trasfondo común de ambos extremos era el respeto reverencial al pasado hispano como “acreedor” de una identidad estable que había protegido a la nación de la “absorción” por parte del “otro”.

Los intelectuales del 1970 y 1980, una interesante contraparte de los anteriores, utilizaron otro prisma en la medida en que privilegiaron el homo economicus. Como si se tratará del envés de un espejo, estimularon el estudio de los engranajes económico-sociales, de las condiciones del mercado, de las relaciones entre diversos sectores de capital en la geografía económica del país y se fijaron en las condiciones de los productores directos en la ruta inevitable hacia el mercado libre.  Resaltaron los trasfondos y los apetitos concretos que movilizaron a la intelectualidad criolla en ciertas direcciones políticas y culturales y, cónsono con ello, investigaron los avatares del liberalismo y el autonomismo como reflejo “en última instancia”, la frase era de Karl Marx, de sus intereses materiales y económicos.

En general los historiadores del 1930 y el 1950, luego tildados con tirria como “tradicionales”, y los de 1970 y 1980, autoproclamados con pasión como “nuevos”, apropiaron el siglo 19 como la expresión de una “modernidad inconclusa”, “atrofiada” o “trunca” cuya marca límite había sido el 1898. La preocupación por el esclarecimiento de la situación de las relaciones de clase, el abajo social y las periferias durante el siglo 19 fue también común. Los “tradicionales” animaron una interpretación “paternalista” que resaltaba el papel dirigente de las elites iluminadas, es decir, el procerato. Los “nuevos” llamaron la atención sobre la “autonomía” y la “agencia” del abajo social y las periferias y, a veces, inventaron un “procerato” del “abajo social” por oposición al otro. Un poderoso determinismo, ordenado de manera distinta en uno y otro caso, medraba detrás de ambos discursos los cuáles, en gran medida, se cancelaban mutuamente. Los fantasmas del progreso y la libertad animaban ambas perspectivas.

Eso significa que Luis M. Díaz Soler y Gervasio García, dos figuras cuya respetabilidad no pongo en duda, aunque compartían el objeto de estudio diferían en cuanto a la “mirada”. Confieso que conocí mejor al primero que al segundo y que mi “mirada”, así como la de Salgado, no coincide con la de ninguno de los dos. En general, como decía Alejandro Tapia y Rivera en sus memorias inconclusas, la concepción dominante era que Puerto Rico nunca pudo superar la condición de “cadáver de una sociedad que no (había) nacido”, una afirmación dura que sugería la imagen de un ominoso aborto sociocultural.

Sotero Figueroa

En cierto modo me alegra que Salgado no sea historiador. Su discursividad, como ya he sugerido, se ubica más allá de aquellos parámetros que, si bien fueron útiles y contestaron interrogantes en el tejido en que fueron articulados, ya no responden las preocupaciones legítimas que se formulan desde algunos nichos de la historiografía del presente. Digo en algunos nichos porque reconozco que la diversidad interpretativa, así como las luchas por el poder y el control del saber, siempre ha sido la nota dominante en este como en cualquier otro campo intelectual.

La situación de Salgado como comparatista literario interesado en las personalidades de James Joyce, José Lezama Lima y los temas cubanos, junto a su condición de poeta y artista de la ficción, recursos denostados acrimoniosamente por algunos de los llamados “nuevos” historiadores, le permiten ver o inventar y “problematizar” aspectos inéditos que resultarían invisibles tanto para los “tradicionales” como para los “nuevos”. Uso el concepto “problematizar” en el sentido que le dio Lucien Febvre: como esa facultad para definir “problemas” donde aparentemente no los hay y como un recurso idóneo para superar la “historia historizante” que identifico con las vertientes que he denominado “tradicionales” y “nuevas”. Ninguna de las dos poseía el utillaje ni la voluntad para mirar hacia los lugares que Salgado mira.

Su reflexión sobre la vida, obra y el tránsito tanto temporal, espacial e ideológico, de Sotero Figueroa Fernández, el tipógrafo ilustrado, el periodista, el intelectual y el activista autonomista y separatista, representa un modelo que Salgado ha desarrollado en diversas instancias. Me consta que ha ejecutado gimnasias análogas en torno a Alejandro Tapia y Rivera, Lola Rodríguez de Tió, Cayetano Coll y Toste, Arturo Alfonso Schomburg, entre otros. Sé que tiene en mente otras personalidades que compartirá en el futuro con sus lectores. Su acercamiento a Figueroa Fernández es, por lo tanto, parte de un experimento interpretativo en la cual el crítico literario se empeña en elucidar la situación de otro puertorriqueño alojado en una de las numerosas diásporas. Se trata de una preocupación compartida por quienes, como yo, se sienten atraídos por los exilios de todo tipo y su impacto en el discurso de la identidad.

Por su formación Salgado trabaja con intensidad las formulaciones literarias de aquel siglo. El carácter de sus observaciones me recuerda otra postura común en la intelectualidad del siglo 19 puertorriqueño que circulaba al interior del elitista Ateneo Puertorriqueño. Me refiero a la llamada “historia psicológica” articulada teóricamente pero de manera dispersa por intelectuales como Eugenio María de Hostos y Manuel Elzaburu Vizcarrondo. La idea central de la “historia psicológica” era que la identidad maduraba en los intersticios de la literatura creativa en particular la novela, el género moderno y burgués por excelencia.

La historiografía se concebía como una lectura racional y proyectiva de la literatura creativa porque se presumía que en ella se dibujaba el espíritu colectivo de la región camino a transformarse en una nación. Dado que Puerto Rico nunca vio crecer su historiador moderno pleno, la cita es de Elzaburu Vizcarrondo, ni tampoco fue el teatro de una gran producción novelística, la conclusión lógica era que la región camino convertirse en una nación andaba al margen del progreso. Eso era lo que Tapia y Rivera sintetizaba en la metáfora del cadáver no nacido. En cierto modo la modernidad sin historiografía y sin novela se concebía como una imposibilidad o una utopía. La “conciencia” de la anomalía se impuso sin remedio.

Todo parece indicar que aquella idea prejuiciosa era la que justificaba el amor a España y la necesidad de ser reconocida por aquella como iguales que manifestaban los sectores liberales reformistas de Puerto Rico incluyendo, claro está, a los autonomistas radicales. Aquel fue un periodo condenado por la crítica peninsular e insular como uno de escasos valores y posibilidades, si bien de grandes esfuerzos que recaían sobre los hombros de la intelectualidad de la clase criolla. Aquel terreno lleno de inseguridades iba a ser culturalmente fértil para la aceptación de la promesa estadounidense de progreso y modernización en 1898 como un acto liberador por aquellos sectores.

Todo esto lo sé, voy a hacer una digresión personal, porque Salgado y yo lo hemos discutido cara a cara desde el año 1999. Por entonces yo trabajaba para la Universidad Interamericana en San Germán en el proyecto fundacional de la Casa-Museo Aurelio Tió, uno de los acervos más ricos y menos trabajados de la historiografía puertorriqueña. Fue allí donde me topé con él por primera vez. Su interés por la correspondencia de temas públicos y privados de Lola Rodríguez de Tió le habían llevado hasta el lugar. Los encuentros en la vieja casona de los Tió en San Germán se convirtieron en visitas esporádicas a las casas que habité en Hormigueros. Las tertulias se repitieron año tras año hasta que, en 2020, la pandemia de Covid 19 impidió las mismas. Desde entonces solo los medios electrónicos han permitido la comunicación. Han sido 20 años de intercambio personal y cultural y 20 años no pasan en vano. No enumero los múltiples aspectos que discutimos en mi biblioteca, en algún café, en el banco de una plaza en San Juan o en Austin desde principios del siglo 21 por qué no quiero agotarlos con una larga lista.

Lo que sí me gustaría elucidar es el hilo conductor de aquellas conversaciones centradas en las figuras, sus discursos y sus contextos en la mesa informal diálogo. Lo primero que aclaro es que, a diferencia de las miradas llamadas “tradicional” y “nueva” antes citadas, lo que interesaba a Salgado no era la clase social ni la fisonomía de una cultura elitista compartida. Tampoco se trataba de aclarar una ideología política o una concepción de la identidad regional que se pudiese definir como distintiva de una “gran familia puertorriqueña” o de una “clase criolla” con presunciones de homogeneidad. Tampoco era su intención forzar la formulación de la “conciencia” compartida como la expresión de un color de piel o una etnicidad dadas.

En cierto modo la selección de figuras ejecutada por Salgado tenía la intención de ratificar el carácter híbrido y la diversidad de una “conciencia antillana” en formación en el siglo 19 en la cual se insertaba la “puertorriqueña”, expresión que resultaba distante de la “conciencia caribeña”  en la cual se insertaba la “nacional” según la conocimos durante el siglo 20. Las conversaciones eran una entretenida aporía tras el “debate posmoderno criollo” y su sugerente asunción de la “miseria del nacionalismo”. Su planteamiento era una invitación a aceptar la fragilidad de esas identidades que muchos consideraban objetos terminados según eran congelados a través de la racionalidad instrumental. Detrás de todo ello estaba la idea de que, incluso las conciencias colectivas presumiblemente más redondas, no eran sino procesos en construcción constante a través del tiempo y el espacio. Su planteamiento era además una invitación a caminar a contrapelo de las convenciones de la mirada “tradicional”, “nueva” y “posmoderna” al uso.

La lectura que propongo de la conferencia “San Juan / Ponce / Nueva York / La Habana: trayectoria de Sotero Figueroa” es la siguiente. Voy a evaluar la mirada alternativa de Salgado a aquellas figuras selectas como una propuesta para la revisión crítica de la representación historiográfica que se ha hecho del siglo 19 antillano. Mirar el siglo 19 a 122 años de la invasión de 1898 representa todo un reto. El carácter innovador de la mirada de Salgado circula alrededor de varios elementos.

En primer lugar, el énfasis que pone en comentar figuras no canónicas o preteridas como es el caso de Figueroa Fernández. En segundo lugar, el apasionante esfuerzo que ejecuta alrededor de la archivología y los procesos de construcción de esos registros simbólicos o materiales como ocurre cuando mira hacia Coll y Toste, Tapia y Rivera o Schomburg. Los apetitos archivísticos de Figueroa Fernández están, por otro lado, vertidos en su colección de biografías publicada en Ponce en 1888, y en la fijación de la memoria rebelde en la obra historiográfica que produjo en torno a la Insurrección de Lares en el periódico Patria durante la década de 1890, proceso en el cual la correspondencia con Ramón E. Betances Alacán, un reclamo directo a su memoria, cumplió una función puntual.

En tercer lugar, para Salgado visitar críticamente la construcción de la memoria, su registro textual y su condición de materia prima de la historiografía ha sido clave. No solo eso. También se ha ocupado de evaluar la lucha por el control de la memoria que se ha desarrollado entre liberales reformistas, separatistas anexionistas e independentistas y sus herederos a lo largo de dos siglos. Las pugnas han girado alrededor del crédito por la consolidación de ciertas gestas consideradas gloriosas tales como la abolición de la esclavitud o de la libreta de jornaleros, el avance de la lucha por la libertad y el significado político concreto de dicho polisémico concepto, entre otras. Incluso el sentido que debe adjudicarse a ciertos episodios tales como las rebeliones de Lares y Yara, ha sido parte de ese pugilato histórico como lo refleja la anteposición de la imagen de la algarada a la de acto fundacional. En cuarto lugar, Salgado se ha empecinado, para bien de todos, en revisar los porosos límites de las concepciones políticas decimonónicas, me refiero al autonomismo, al separatismo, al regionalismo y el nacionalismo emergente, y la proyección de aquella incertidumbre gnoseológica hasta el presente.

El registro que antecede es tentativo e incompleto pero bastará para estimular a quien se acerque a este tipo de problemas. Por último, esta mirada a Figueroa Fernández hace algo más: revisa uno de los fundamentos de un posible discurso historiográfico puertorriqueño emanado del autonomismo radical y el separatismo independentista y antillanista, tal y como lo he señalado en diversas ocasiones. Para quienes miramos hacia la tradición nacionalista del siglo 20 desde la “comprensión” y la empatía sugerida por Marc Bloch, pero también desde la crítica incisiva que se ubica más allá del culto pueril, su aportación es invaluable. Agradezco las pistas compartidas por César A. Salgado durante los pasados 20 años. La relectura del pasado puertorriqueño se enriquece con su trabajo.

marzo 18, 2021

San Juan/Ponce/Nueva York/La Habana: Trayectorias de Sotero Figueroa

La siguiente entrada incluye la vídeo conferencia del Dr. César A. Salgado, comparatista de la Universidad de Texas en Austin, sobre el tipógrafo, intelectual y conspirtador puertorriqueño Sotero Figueroa. La actividad fue realizada el 4 de febrero de 202 por invitación del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) del Departamento de Ciencias Sociales (RUM-UPR). La misma es comentada por el Prof. Mario R. Cancel (RUM-UPR). Invito a todos a elaborar una reflexión innovadora sobre el siglo 19 puertorriqueño.

noviembre 4, 2020

Lares: monólogo de un historiador

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

¿Cómo interesar a la gente del presente en un evento ocurrido hace 152 años? El problema es complejo porque se trata de un hecho emborronado al paso los años. Un proceso que fue sujeto a una campaña oficial de desprestigio desde el momento de su ocurrencia, así como a un ejercicio de omisión por parte de quienes, desde posturas ideológicas distintas a las que se adscribía el acaecimiento, reflexionaron sobre aquel en su siglo, unas veces celebrándolo y otras deformándolo y caricaturizándolo.

¿Cómo aproximar a la gente del presente a la Insurrección de Lares de 1868 más allá de la mirada de conmiseración por la derrota o la de admiración por el heroísmo del riesgo que se tomaron sus figuras? ¿Cómo evitar  que se registre y codifique a sus actores como si se tratara de un martirologio? Y claro está, ¿cómo concitar a quienes apropian la experiencia desde una perspectiva despreciativa o despectiva a que ajusten la mirada? ¿Vale la pena en verdad invertir en ese esfuerzo?

El problema es complicado, ya lo asumí. Incluso el historiador profesional necesita tomar distancia del objeto que observa para volver con una imagen fresca del fragmento de pasado que le seduce. Distanciarse requiere jugar un poco a la extrañeza y estar dispuesto a dejarse asombrar otra vez por asuntos que se presumían conocidos con precisión desde hacía tiempo. Lo cierto es, lo digo por experiencia, que los contextos conocidos y las fuentes respecto a un acontecimiento como la Insurrección de Lares, comunican cosas diferentes a quienes las confrontan en la medida en que cada observador explora, desde su temporalidad y su cultura, cosas distintas en aquellas. Incluso si su búsqueda coincidiera con la de los demás nunca hallaría lo mismo:  los imperativos individuales, lo que le distingue de los demás, marcarían de modo inevitable sus hallazgos.

Historia de una historia

Mi relación con la investigación en torno a la Insurrección de Lares comenzó en la década de 1980. Fue un contacto indirecto extravagante. Germán Delgado Pasapera preparaba entonces su tesis doctoral en torno al separatismo puertorriqueño publicada bajo el título Puerto Rico sus luchas emancipadoras en 1984. Por medio de un ejercicio que ahora yo practico, Germán me comentaba al azar los avances de sus lecturas ya fuese en los pasillos, la oficina o en el salón de clases cuando le hacía alguna pregunta en torno al tema que llamaba su atención. Era una forma de organizar las ideas que bullían como resultado de sus lecturas. Loida Figueroa Mercado, ya jubilada, se ocupaba entonces con intensidad del asunto de la relación de Cuba y Puerto Rico durante la última parte del siglo 19 previo al 1898. Las figuras de Ramón E. Betances y Eugenio María de Hostos le apasionaban. Siempre que podía cada vez que se topaba con un documento, elaboraba un manuscrito o publicaba algo se cuidaba de dejarme una copia, una petición formal de lectura y una promesa de discusión. Mi relación con el tema de Lares tuvo, en ese sentido, un trasfondo emotivo y personal.

Al cabo de los años he podido “descubrir” (como historiador trato con sumo cuidado ese concepto) las fuentes en las que se apoyaban muchas de las acotaciones orales de aquellos colegas y maestros. Mis propias lecturas en torno a las cuestiones investigadas me condujeron por rutas parecidas a las suyas. En ciertos momentos durante mis lecturas, alguna inflexión retórica presente en un documento oficial o una fuente poco conocida me decía que de aquellas palabras manuscritas desgastadas, mecanografiadas y ajadas o impresas, provenían algunas de las glosas de Germán o de Loida. Aquellas reminiscencias e intuiciones me permitieron conocer mejor los procesos de pensamiento de ambos y, a la vez, reconocer la respetuosa distancia que había desarrollado frente a los maestros sin desdecir de ellos.

Revisitar los antecedentes

Aclarar los antecedentes remotos de la conjura, es decir, dónde comenzó la urdimbre que culminó en la Insurrección de Lares, siempre ha sido una interesante trampa teórica. La pasión por los “orígenes” tiene un fuerte sustrato religioso consustancial a las interpretaciones metafísicas del pasado que hace tiempo dejaron de llamar mi atención. Cuando investigué a Segundo Ruiz Belvis a principios de la década del 1980 insistí en trazar el preludio de la rebelión de 1868 en las años 1856 y 1857. Mi intención era trabar la insurrección con la experiencia contestataria del abolicionismo clandestino, la Sociedad Abolicionista Secreta y la ciudad de Mayagüez. Con posterioridad mis lecturas de José Pérez Moris y de la correspondencia del espía español Francisco de la Madrid, ubicaban el punto de partida más lejano en 1864, momento en el cual la dominicanidad del proyecto rebelde era un rasgo dominante y la cubanidad no había madurado entre los conspiradores puertorriqueños. Pérez Moris había llamado la atención sobre los hechos de 1864 en Mayagüez y no negaba la vinculación de Lares con el abolicionismo clandestino. Pero para mi gusto, los historiadores poseemos subjetividades, no le había adjudicado la relevancia que yo le confería en mi investigación sino con el fin de encontrar argumentos para estigmatizar su liderato más visible.

Los antecedentes inmediatos, acorde con el espía citado, había que ubicarlos entre octubre y diciembre de 1867. El espía asumía una conexión entre los rebeldes de Cuba y Puerto Rico. La Madrid afirmaba que “en día 4-14 o 24 de un mes que se determinaría anticipadamente pero siempre dejando uno de intermedio”, se pronunciarían en algunos pueblos de Puerto Rico y, de tener éxito, entonces lo harían algunos pueblos de Cuba. Los hechos pudieron haber detonado en octubre o diciembre de 1867 entre los días 4 y 14 o 24 de uno de esos meses. El Juez que vio la causa tras los hechos, Nicasio Navascués y Aisa,  afirmó el 29 de septiembre de 1868, seis días después de la sedición, que la conjura se urdía “desde hace más de un año …en la casa de D. Matías Brugman y Juancito Terreforte”, es decir desde el verano de 1867, en los pueblos de Mayagüez y Lares.  Los elementos en común de las tres aserciones respecto al inicio -el 1856-1857, el 1864 y el 1867- son claros: un liderato, unas localidades precisas y unas relaciones interantillanas en proceso de formación atemorizaban a España en Puerto Rico.

El asunto de quiénes eran los separatistas es un segundo problema teórico. La tendencia del discurso militante y del historiográfico formal ha sido a homogeneizar aquel sector suprimiendo su heterogeneidad ideológica. De ese punto me he ocupado en otras ocasiones. El separatismo era un amplio y diverso frente cuyos ideólogos emanaban de las clases altas y profesionales en el cual convivían separatistas independentistas federacionistas o confederacionistas; y separatistas anexionistas. Unos y otros diferían respecto a la meta final del proyecto de separación. De otra parte, los separatistas militaristas y los civilistas no estaban de acuerdo respecto a la táctica más apropiada para alcanzar la meta propuesta y manifestaban concepciones diferentes respecto al papel de la gente o el pueblo en el proceso. Entre el elitismo neto de los militaristas y el populismo romántico de los civilistas, las gradaciones podían ser muchas. Eso sí, todos los sectores ideológicos estaban contestes en varias cosas.

  • Primero, reconocían la utilidad del apoyo internacional de los adversarios de España para la causa separatista. La vida itinerante de Betances, Segundo Ruiz Belvis y tantos otros así lo corrobora.
  • Segundo, sabían que era necesario hacer propaganda en el país que pretendían sublevar, tarea que obligaba a retar la censura y las redes de espionaje del gobierno español lo mismo las de pago que las voluntarias: el choteo y el espionaje profesional compartían espacios y se caracterizaban por su gran eficacia.
  • Tercero, estaban de acuerdo en la conveniencia de organizar a los puertorriqueños para la lucha propuesta por medio de grupos o sociedades secretas a sabiendas de los peligros que ello conllevaba, aspecto en el cual la tradición organizativa masónica podía ser fundamental.
  • Cuarto, coincidían en que la violencia era ineludible. No habría victoria sin lucha armada ya fuese por medio de un golpe militar o una insurrección popular apoyada por una invasión desde el extranjero. Todos sabían que la separación de España no sería resultado de una negociación pacífica: la Monarquía no la otorgaría sin resistencia.

Las primeras tres convenciones las dictaba la racionalidad. La cuestión de la violencia y la lucha armada parecía carecer de los ribetes románticos que luego se desarrollaron alrededor de aquella experiencia. La excepción a aquella actitud eran los caídos en combate, figuras propensas a ser tratadas como “mártires”, es decir “testigos” de las causas de su tiempo. Una vez el caído era convertido en mártir, se podía tejer alrededor suyo una hagiografía o una leyenda compleja. La lucha armada en la década de 1860 era interpretada como una necesidad. El carácter inevitable de la violencia y la retórica romántica en torno a ese medio se convirtieron en componentes del imaginario separatista desde fines del siglo 19 sin que el asunto haya sido planteado como un problema interpretativo. Años después, en una carta a Lola Rodríguez de Tió fechada el 14 de agosto de 1889 Betances decía, tras lamentar la muerte de Alejandro Tapia y Rivera y citando a Helmut von Moltke, que “la guerra ennoblece al hombre”.

Desde mi punto de vista los separatistas manejaban tácticas militares propias de una guerra convencional. La guerra popular que enaltecía o ensalzaba el papel del pueblo o la gente en el proceso revolucionario era secundaria. Los separatistas en general confiaban en que el pueblo apoyaría la causa en cuanto iniciara la rebelión como si se tratara de una reacción automática cuya seguridad se sostenía sobre la convicción de que ellos, las elites y el liderato iluminado, traducían de manera trasparente y prístina la voluntad del pueblo. El peso de la responsabilidad de la revolución recaía en la minoría iluminada o ilustrada

Problemas del separatismo

Las condiciones de cualquier conjura de aquella índole eran difíciles. El Estado no se cruzó de brazos ante los separatistas que veía por todas partes desde 1808. Como ya se ha sugerido, los gastos en seguridad y “alta política” o espionaje fueron consistentes y elevados a lo largo del siglo. Los resultados de la inversión fueron excelentes: todas las conspiraciones, reales o ficticias, hasta 1868 fueron descubiertas y desmanteladas. La conjura que condujo a Lares fue monitoreada y obstaculizada desde 1867 y se asumía como algo probable desde 1864. El espía La Madrid actuaba cerca de Betances y gozaba de su confianza hasta el punto de que este le encargaba misiones concretas que aquel cumplía mientras mantenía informadas a las autoridades hispanas. En una carta de 12 de enero de 1868,  La Madrid informó que tenía “el encargo del Dr. Betances de avisarle a mi llegada a Sto. Domingo para convenir el día en que he de ir con (Juan Manuel) Macías y para otras cosas”. El confidente estaba en el círculo más cercano a Betances y tenía acceso a los secretos del movimiento. De hecho, aunque por aquella fecha se encontraba en medio de una disputa laboral con su patrono, el Estado, por atrasos en sus pagos, nunca cesó de remitir pliegos detallados de sus labores.

La eficiencia del espionaje hispano en el Caribe se ratificó cuando la insurrección tuvo que ser adelantada del 29 de septiembre al 23 una vez descubierta casualmente. Lo mismo ocurrió con la mayoría de las conjuras separatistas hasta 1898 cuando ya las circunstancias del 1868 habían quedado atrás. Todo sugiere que, sobre la base de aquella experiencia, los conspiradores o la gente dispuesta a tomarse un riesgo se redujeron, condición que facilitó su control. La vigilancia constante, como la de un ojo que todo lo ve, limitaba la difusión de sus ideas y el reclutamiento de militantes.

La diversidad, el carácter y el compromiso de los reclutas tampoco era homogéneo. Algunas de las consideraciones para que el pronunciamiento no se diese durante los últimos meses de 1867 no eran precisamente políticas. En una nota de abril de 1868, el espía La Madrid elaboró un interesante juicio sobre los conspiradores que valdría la pena investigar detenidamente. Alegaba que la manifestación programada para alguno de los días entre el 4 y el 14 de diciembre de 1867 no había podido ejecutarse como resultado del embate del huracán San Narciso del 19 de octubre y el terremoto del día de San Odón de Cluny el 18 de noviembre. De acuerdo con el espía las negociaciones de Ruiz Belvis en Chile, dirigidas a conseguir apoyo militar del gobierno de aquel país, debían ser reforzadas con un acto rebelde a consumarse en Mayagüez donde, desde mi punto de vista, había comenzado el ciclo conspirativo entre 1856 y 1857. El acto armado nunca se ejecutó. Ruiz Belvis murió el 3 de noviembre en Valparaíso y la combinación de eventos dio al traste con los planes. La cronología no encaja como quisiera el historiador -el levantamiento o Grito de Mayagüez debió ser en noviembre de 1867 cuando Ruiz Belvis negociaba en Valparaíso- pero las notas del espía son sugerentes.

Para La Madrid después de la muerte de Ruiz Belvis, del huracán y el terremoto, “los ánimos, poco esforzados” de los conspiradores se “apocaron más y más al extremo” de que, algunos militantes confiables de Mayagüez, Eugenio Cuevas en particular, escribió a Betances “preguntando si no sería un aviso de la Providencia” como el de Caracas, Venezuela del 26 de marzo de 1812. Aquel signo de tradicionalismo católico ybtemor a Dios de un conspirador de Mayagüez me parece valioso para entender la pluralidad ideológica de los rebeldes.  

El asunto es más perturbador. En su correspondencia Betances hizo algunas alusiones a los efectos del referido terremoto en un tono entre familiar, impresionista, descuidado y, en ocasiones, jocoso. Las réplicas del terremoto del 18 de noviembre de 1867 se extendieron hasta el 17 de marzo de 1868 cuando ocurrió la más grande.  Por aquella fecha Betances se encontraba con su compañera Simplicia Jiménez en Santo Tomás y, tras los hechos, viajó a Santo Domingo. En una carta a Pedro Lovera fechada en Santo Domingo el 18 de abril de 1868, le dijo al corresponsal que “el techo de nuestro aposento estuvo a punto de caer sobre nosotros. No habíamos dado Simplicia y yo cuatro pasos fuera de él cuando se desplomó.” Betances tenía una mentalidad distinta de la del militante de Mayagüez quien presumía una señal de oposición divina en los remezones. Sobre su salvación decía:  “No hubo ningún milagro en todo eso” y continuaba:  “salimos huyendo sin zapatos ella y yo y hasta en enaguas ella y yo en mangas de camisa”.

El maremoto le dio la impresión de un “mar subiendo como una montaña más blanca que las nieves del Chimborazo, bramando como un millón de leones y presentándose sobre la isla a tragársela; pero trayendo en sus crines de espuma el arcoíris de Bolívar”. Su poética alucinante politizó de inmediato la desgracia: “todavía tiembla la isla y se estremece Puerto Rico de ver a sus hijos insensibles a la servidumbre”. La señal, si alguna, del terremoto y el maremoto no era para detener la revolución sino para animarla. Tenía razón La Madrid al afirmar que “solo el Dr. Betances, enérgico e infatigable cada día más lleno de odio pensó en la revolución y continuó consagrándose a ella pero solo porque los otros no se ocupaban más que del peligro que creían ver en los continuados temblores de tierra”.

Hay algo más detrás de esos personajes o fuerzas no políticas en la conjura.  Durante el huracán de San Narciso del 19 de octubre de 1867 Betances perdió parte de sus pertenencias incluyendo un maletín de mano el cual no se describe con precisión. El neceser o estuche contenía “documentos de la revolución”. Betances confiaba en recuperar el objeto entre los escombros producto del evento tropical pero nunca dio con el mismo por lo que se presumía, y así lo sugería el espía, aquel había caído en manos del gobierno. La Madrid insistió en que Betances estaba dispuesto a tomarse cualquier riesgo a pesar de las circunstancias.

La naturaleza tropical, la sismicidad, el azar y la voluntad cambiante de los militantes estaban bajo examen entre octubre de 1867 y abril de 1868. Debo recordar un asunto más en cuanto a esto. En su mensaje oficial al pueblo tras la Insurrección de Lares, fechado el 8 de octubre de 1868, el Gobernador Julián Juan Pavía y Lacy corroboraba y manipulaba el entre juego de aquellos componentes extra políticos en el acto rebelde. Pavía, como era de esperarse, se proyectaba como un funcionario colonial comprometido con “aliviar las calamidades que, efectos naturales habían acumulado sobre esta parte de la monarquía. Bien lo habéis visto: día y noche me dediqué a remediar vuestros males…” Al huracán y el terremoto añadía otro: la “sequía que en los últimos meses se ha experimentado”. La retórica paternalista del poder siempre ha sido la misma en los últimos 152 años de coloniaje.

El gobernador afirmaba que los rebeldes habían intentado “aprovechar esta situación especial y transitoria” para, aliados a algunos venezolanos y dominicanos, y “arrastrando” a unos cuantos jornaleros, “la mayor parte por el terror”, conducir el país a la revolución. La Insurrección de Lares había sido un acto irracional y de desesperación articulado por personas dispuestas a manipular a la comunidad en aquel momento de crisis. En la instrucción de la causa fechada el 29 de septiembre de 1868 en Ponce, el Juez Navascués y Aisa había llamado la atención sobre el hecho de que la rebelión era “democrática socialista, habiéndose proclamado la República, la Independencia de la Isla, la Libertad y la destrucción del elemento peninsular”.  La retórica acusatoria del poder tampoco ha cambiado mucho en los últimos 152 años.

Lo cierto era que todos aquellos problemas “naturales” tenían un costo económico extraordinario para el Estado y un efecto emocional significativo para la gente: a algunos los animaba a comprometerse con la causa pero a otros los desanimaba e inhibía. Así re humanizada y re problematizada la Insurrección de Lares de 1868 adopta una tonalidad distinta que me informa que, quienes persistieron en el proyecto, fueron personas valiosas y atrevidas. De eso no cabe la menor duda.

La muerte de Ruiz Belvis en Valparaíso, un hecho no natural, había sido traído a la mesa por La Madrid. Este monólogo terminará con estos apuntes. Desde de mi punto de vista, Ruiz Belvis fue parte de Lares aunque hubiese fallecido 11 meses antes de su ejecución. Pérez Moris decía que un piquete con su imagen había sido utilizado en Mayagüez en los días posteriores  a la revuelta como parte de un acto de protesta en favor de los presos políticos. En mi investigación sobre esta figura sostuve que había fallecido de estreches en la uretra de acuerdo con un certificado médico autorizado por el Dr. E. C. Menckel emitido mucho después de su muerte, el 31 de mayo de 1868. La aclaración se hizo como requisito de un pleito civil de división de herencia que se llevaba a cabo en Puerto Rico.

De acuerdo con el espía La Madrid, aquel deceso había sido uno de los “golpes terribles que han sufrido los revolucionarios”. La salida de Ruiz Belvis hacia Chile obligó a Betances a “ponerse al frente de los negocios”. Igual que Pérez Moris, La Madrid insinuaba que el jefe de los rebeldes era Ruiz Belvis por lo que su desaparición física habría de producir una crisis organizativa que tampoco se ha investigado con propiedad. La consideración de quién ocuparía su lugar era otro asunto espinoso.  Su hermano, Antonio Ruiz Quiñones no satisfacía a todos. Ruiz Quiñones era “irritable” en extremo, poco mesurado y la muerte de su hermano lo había convertido en “uno de esos enemigos que es necesario dominar a cualquier costa, y que seguramente se venderá por su genio díscolo y altivo”. El talante moral que le imponía La Madrid a Ruiz Quiñones recuerda la opinión de Pérez Moris sobre Ruiz Belvis: “un hombre temido por sus mismos amigos” pero que, a diferencia de su hermano muerto, no estaba “enterado de ninguna situación”, es decir, no participaba de las grandes decisiones del liderato del proyecto porque no era parte de este. Todo parece indicar que el único que podía atenuar el apasionamiento y la violencia de Ruiz Quiñones era Betances.

En una carta a José Francisco Basora a Nueva York desde Santo Domingo, fechada el 14 de enero de 1868, Betances reconocía todos los defectos de que adolecía Ruiz Belvis pero no vacilaba en afirmar que era “incontestablemente el mejor”. Y en otra a Ruiz Quiñones en Hormigueros del 21 de abril de 1868, todavía no se había expedido el certificado del Dr. Menckel, protestaba porque no se conseguía el dinero para financiar una investigación sobre el episodio trágico de Valparaíso.

La recomendación de La Madrid era la misma de Betances. El Estado, en nombre de su seguridad, debía comisionar una “persona de confianza y sagacidad que se presente en Valparaíso como pariente de Dn. Segundo Ruiz” para que recogiera los documentos ligados a su gestión. El interés provenía del hecho de que la versión dominante entre los conspiradores y el espionaje, la cual también circuló en Puerto Rico, era que Ruiz Belvis había sido “envenenado para robarle porque así lo hace creer la carta en que un posadero de Valparaíso anuncia su fallecimiento”.

Y eso pienso estas tardes de encierro sobre Lares a apenas unos días de otra conmemoración. Saber la Insurrección de Lares de 1868 sigue siendo un proyecto en construcción. Saberla una y otra vez desde cada presente es parte de la aventura. En ello radica su riqueza.

En Hormigueros, 15 a 19 de septiembre de 2020.

Publicado originalmente en Claridad-En Rojo (22 de septiembre de 2020)

 

septiembre 16, 2020

Separatistas anexionistas e independentistas: un balance ideológico

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En una columna anterior llamé la atención sobre el hecho de que “las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas”. Los múltiples puntos de encuentro entre aquellas tres versiones de la crítica al régimen español, cada una de las cuáles correspondía a una forma de figurar la modernización, no estuvieron ausentes de choques y de rupturas. Las tres expresaban una crítica al absolutismo monárquico y reconocían su incapacidad para modernizar y adelantar el progreso en el orbe antillano.

Un balance ideológico

En el plano político, el independentismo y el anexionismo compartían valores republicanos y demandaban la separación de las islas de España y la federación o confederación con otros países, ya fuesen las Antillas o Estados Unidos. Después de 1864 y 1873, la cuestión de la esclavitud dejó de producir choques en el seno de aquel sector: la esclavitud había dejado de ser un problema tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico. Otra cosa debieron ser las relaciones con los no-blancos pero ese es un asunto que habrá que discutir en otro momento.

El autonomismo por su parte no favorecía la separación y confiaba en que la España liberal en la cual confiaba se impusiera a la absolutista ya fuese bajo la forma de una monarquía limitada o una república dispuesta a redimir las aspiraciones de los insulares. Dada  fragilidad del republicanismo en la península tuvieron que acostumbrarse a negociar con monarquistas más o menos liberales. En gran medida los autonomistas se movían al interior de un integrismo crítico y condicionado más o menos optimista con respecto de la buena voluntad de los sectores progresistas de España.

En el plano cultural e identitario, los independentistas y los anexionistas eran duros críticos de los valores hispanos aunque reconocían tácitamente que no era posible extirparlos por completo de su visión de mundo. La cubanidad, puertorriqueñidad o dominicanidad no fueron objeto de reflexión teórica formal y profunda tanto como lo fue la macro identidad regional o antillana. Es probable, habría que indagar en el asunto, que las identidades insulares formuladas desde cada una de las Antillas estuviesen siendo asociadas al regionalismo, una idea presente en la historiografía ilustrada desde Iñigo Abbad y Lasierra, por ejemplo. El regionalismo había sido un artefacto teórico que el liberalismo reformista, el especialismo y el autonomismo habían reformulado y hecho suyo. El regionalismo, que no equivalía al nacionalismo, acabó en el siglo 19 vinculándose a ideologías no separatistas de fuerte acento español.

Lo cierto es que la alternativa de la macro identidad antillana no dejaba de expresar unos fuertes vínculos discursivos con el pasado hispano. Las Antillas habían sido el núcleo inicial de Imperio Español durante el siglo 16 y el escenario de choque entre el explorador Cristóbal Colón y la Corona de Castilla y Aragón. Su nominación había expresado el sueño de los exploradores de cultura humanista respecto al mito de la Isla de las Siete Ciudades o las Islas Afortunadas y a veces las Islas de Colón.  No puede pasarse por alto que Colón y la conquista fueron un punto de intenso debate entre significados intelectuales separatistas de todas las tendencias. La reflexión dominante, el caso de Eugenio María de Hostos Bonilla es emblemático, tendía a salvar a Colón como héroe civilizador pero no vacilaba en condenar los procesos de conquista como un acto de exterminio.

En última instancia, las condiciones que legitimaban la antillanidad tenían poco que ver con el pasado remoto tal y como lo sentiría un nacionalista del siglo 20 en el marco de la idea de la “raza” y la “latinidad” como un valor. La antillanidad del siglo 19 respondía, por un lado, al hecho de que el compromiso bolivariano de apoyo a su emancipación documentable por lo menos hasta fines de la década de 1820 y representado por el General Antonio Valero de Bernabé, entre otros, había perdido credibilidad. Por otro lado, respondía a los recelos geopolíticos del presente y el futuro inmediato en que fue formulada en especial el interés de Estados Unidos en las islas para fines económicos y estratégicos. A ello habría que añadir el empuje del Romanticismo Isabelino significado en la voluntad de la monarquía española por restituir parte de su imperio perdido a lo cual,  con posterioridad, se sumó el interés creciente del Imperio Alemán en la región antillana.

Un balance de fuerzas

¿Qué papel jugó el anexionismo en la ruta del movimiento separatista que desembocó en la Insurrección de Lares de 1868? La genealogía de la Insurrección de Lares habría que trazarla, así lo hice en una biografía sobre Segundo Ruiz Belvis, hasta los años 1856 y 1857 cuando el activismo abolicionista radical y cívico se hizo visible Mayagüez y San Germán. Después del episodio que condujo a la ejecución del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) en Cuba, la presencia del anexionismo parece haberse hecho más notable. La Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico (Nueva York, 1865) y el escenario de las audiencias de la Junta Informativa de Reformas (Madrid, 1867) en torno al asunto de la esclavitud en particular demostraron varias  cosas.

  • Primero, la capacidad de cooperación que poseían los independentistas y los anexionistas a la luz del reconocimiento de que era urgente separarse de España. La conciencia separatista y el antiespañolismo eran eslabones capaces de asegurar la colaboración entre dos sectores ideológicos que luchaban por la consecución de metas estratégicas que a la larga resultaban excluyentes. Debo aclarar que la idea de “separar” para “anexar” a la federación de Estados Unidos estaba más madura a la altura de 1867 que la de separar para crear una federación o confederación antillana. La idea de la “unidad antillana” tomó fuerzas después de los estallidos de 1868 en Lares y Yara en el contexto de la amenaza estadounidense y el crecimiento del anexionismo en el seno de ambos movimientos.
  • Segundo, aunque la pregunta de cuál era el sector más poderoso dentro del separatismo, los anexionistas o los independentistas, es imposible de responder, se puede presumir cierto balance de fuerzas entre uno y otro dada la persistencia de la alianza hasta el 1900. En aquella fecha Hostos Bonilla, un independentista, y José Julio Henna Pérez, un anexionista -ambos militantes de confianza de Ramón E. Betances Alacán- pudieron colaborar para tratar de transformar la invasión de 1898 en un elemento que adelantase el progreso de la libertad para Puerto Rico en una dirección descolonizadora y racional. El ejemplo de Hostos Bonilla es sugerente porque el sociólogo mayagüezano había sido un agresivo opositor al anexionismo poco después de Lares (La Revolución 1870).
  • Tercero, habría que preguntarse cuál era la percepción que tenía el gobierno español y la comunidad puertorriqueña sobre los separatistas anexionistas e independentistas. Historiográficamente el asunto de la percepción del Estado es más fácil de aclarar que la de la comunidad. Los fondos documentales oficiales en Puerto Rico y España están llenos de registros que permiten imaginar la imaginación del poder. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, tanto la producida por autores vinculados al liberalismo, al autonomismo y al conservadurismo, volvió sobre el asunto de los separatistas de manera reiterada, actitud que refleja la relevancia que se le dio a su activismo en aquel contexto.

La amenaza anexionista

Todo parece indicar que el enemigo a temer para el gobierno español era el separatismo anexionista, actitud que contradiría el silenciamiento de ese proyecto político modernizador por la historiografía puertorriqueña.  La razón para ello debieron ser las tensiones históricas desarrolladas entre el Reino de España y Estados Unidos desde la primeras décadas del siglo 19. La aprensiones eran tan profundas que, ocasionalmente, se utilizaba el adjetivo “anexionista” como un noción inclusiva que representaba no solo a los separatistas anexionistas sino también a los independentistas y los confederacionistas antillanos. Por eso en diversos documentos conocidos, Betances Alacán y Ruiz Belvis fueron tachados con el mote de anexionistas a pesar de que nada sugiere que hubiesen defendido esa postura.  La consistente colaboración entre anexionistas e independentistas era prueba bastante para llegar a aquella conclusión.

La innegable alianza entre anexionistas e independentistas justificaba en los observadores españoles temores mayores. Se presumía que la voluntad de los “anexionistas” estaba plenamente respaldada por el  gobierno o por diversos e influyentes grupos de poder de Estados Unidos. Si bien era cierto que variados sectores de aquel país valoraban la posesión de cierta injerencia en las Antillas por consideraciones económicas o geopolíticas, el gobierno de Estados Unidos acostumbró a expresarse de manera evasiva respecto a ello, siempre a la espera de que las Antillas cayeran bajo su esfera de influencia de manera “natural” (John Quincy Adams, “Política de la Fruta Madura”, 1823). La doctrina James Monroe (“América para los Americanos”, 1823) era la expresión voluntarista de un fenómeno que era considerado inevitable o un telos.

En el preámbulo de la Insurrección de Lares, el asunto alcanzó alturas inusitadas.  Desde 1852, poco después de la ejecución de López de Urriola en La Habana, la intervención de Estados Unidos Caribe parecía ser un peligro real.  Un decreto de esa fecha del presidente dominicano Buenaventura Báez Méndez (1812-1884) conocido como “El Jabao”, en el cual se apoyaba la inmigración “extranjera” a la región, animó el recelo de que, una vez instalados en territorio dominicano los inmigrantes avanzarían sobre Cuba.  La posibilidad de que los estadounidenses utilizaran el decreto en beneficio de su expansionismo hizo que España llamara la atención a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico sobre el tema a la vez que presionó a Báez a fin de que limitara las dispensas del decreto referido.

En 1854 se temía que Báez entregara a la Bahía de  Samaná a intereses estadounidenses y que aquella posesión se utilizase como  base para aumentar la influencia de aquel país en la isla de Cuba. El expansionismo estadounidense, la presencia física de sus inmigrantes con capital, y la sintonía entre las autoridades de Santo Domingo y Washington anunciaban tiempos difíciles para Cuba y Puerto Rico que todavía seguían bajo la autoridad de España. Los argumentos de España contra la presencia estadounidense se apoyaban en consideraciones geopolíticas y económicas más que culturales.

El pugilato se hizo más intenso a fines de la década de 1850 y principios de la de 1860 cuando el espíritu del Romanticismo Isabelino, con un fuerte tono populista, abrazó el proyecto de recuperar una parte del imperio perdido durante las guerras de emancipación. El historiador Germán Delgado Pasapera en su obra clásica sobre la historia del separatismo en el siglo 19, afirmaba que en la década de 1860 el anexionismo “se movía en el clandestinaje” y que sus ejecutorias ya habían comenzado a “afectar” al independentismo. La lectura de Delgado Pasapera de aquel momento histórico tendía a evaluar al anexionismo y el independentismo separatistas como opuestos “naturales”. El peso del presente desde el cual escribía, la década de 1980 caracterizada por el Estadoísmo Radical y el polarizador “romerato”,  se proyectaba en su juicio en torno a los antecedentes ideológicos del estadoísmo y el independentismo que se manifestaba a su alrededor.

Delgado Pasapera no ignoraba la coexistencia de anexionistas e independentistas en el separatismo decimonónico. La investigación durante la década de 1980 fue rica en aproximaciones al fenómeno, esfuerzos que fueron en cierto modos censurados por la cultura historiográfica dominante entonces. Sin embargo sus juicios llamaban más la atención sobre las divergencias estratégicas que sobre las convergencias tácticas que animaban aquella alianza que, si bien había sido viable en el siglo 19, resultaba irrealizable en el 20. Para el historiador citado, el hecho de que las autoridades españolas usaran el concepto “anexionista” para representar a los separatistas anexionistas, a los independentistas y los confederacionista antillanos, expresaba una “confusión” comprensible. Con ello buscaba afirmar  el carácter protagónico del independentismo en el separatismo y el carácter secundario del anexionismo. Su “conclusión” no dejaba de ser una “presunción” indemostrable.

El Motín de los Artilleros de la capital en julio de 1867 es un excelente modelo para comprender las pesadillas que producían los yanquis de los españoles en la isla antes de la Insurrección de Lares. Para el gobernador de turno José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) el motín no se reducía a reclamos laborales sino que era cuestión una de “alta política”. El gobernador alegaba que detrás del acto había sociedades secretas separatistas que el gobierno de Estados Unidos, a través de Alexander Jourdan cónsul de esa nación en Puerto Rico, habían promovido para inestabilizar su gobierno. A ello añadía el hecho de que dos barcos de bandera estadounidense habían atracado en los puertos de San Juan, Ponce y Mayagüez los mismos días en que había estallado la sedición. Los temores más manifiestos de Marchessi eran respecto a la política expansionista de Estados Unidos y a las sociedades secretas que laboraban en la isla y en el exilio en favor, desde su punto de vista, de la anexión a aquel país y no de la independencia. Las órdenes que llevaron al exilio a Ruiz Belvis y Betances Alacán al exilio en 1867 representaban la respuesta del gobierno español a una amenaza anexionista que se presumía contaba con el apoyo de Estados Unidos.

El aislamiento del separatismo

La actividad represiva antianexionista de Marchessi sucedió a  una importante reunión llevada a cabo en la finca “El Cacao” propiedad de Luis Gustavo Acosta Calbo, hermano de José Julián. En la mítica reunión de “El Cacao” una muestra del liderato liberal reformista y separatista anexionista e independentista discutió, según se presume, las condiciones del país tras el cierre de la Junta Informativa de Reformas.  En la concurrencia había por lo menos seis separatistas.  Terminado el informe de los comisionados a Madrid y analizado el estado político de España, se debatió  la situación de Puerto Rico y el camino a seguir.  En la reunión Betances Alacán propuso la idea de organizar una revolución en la isla. La revolución en Betances Alacán era  desde 1856, concepción que hoy puede parecer romántica o cándida, un deber de todos que superaba las diferencias ideológicas. La oposición de José Julián no se hizo esperar y la concurrencia se dividió.  El liberalismo reformista se autoexcluyó de la causa rebelde.

La revolución que Betances Alacán sugería en los meses de mayo y junio de 1867 una vez evaluada la tarea ejecutada en la Junta Informativa de Reforma, que luego se conoció como la Insurrección de Lares, tendría que articularse sin el apoyo del liderato más visible del liberalismo reformista. Asimilistas y especialistas se oponían por igual a la separación de Puerto Rico de España en la medida en que confiaban, desde su  integrismo crítico, en la posibilidad de sanar una relación malsana o enfermiza y alcanzar la modernidad bajo el palio de la hispanidad.

La pregunta era ¿hasta dónde podrían contar los separatistas independentistas con los anexionistas para la revolución? Todo dependería de los objetivos estratégicos del golpe. A ese tema dedicaré la siguiente reflexión.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia (22 de agosto de 2020)

julio 24, 2020

Pensar el separatismo: el planteamiento de un problema

  • Historiador

De cara a la conmemoración del 151 aniversario de la Insurrección de Lares de septiembre de 1868, volver a mirar las circunstancias que rodearon la rebelión reviste una peculiar importancia. Revisitar los caminos que condujeron a Lares, podría animar una comprensión más abierta de los problemas que rodean a los que al presente se consideran herederos de aquel actó único en muchos sentidos.

El separatismo: una aproximación conceptual

El separatismo fue un movimiento político ideológico diverso que aparece mencionado por primera vez en documentos puertorriqueños del año 1795. En aquellos pliegos el concepto sugería una aspiración amenazante que atemorizaba a las autoridades hispanas en la medida en que ponía en peligro su control soberano sobre las colonias Hispanoamericanas y Caribeñas. La meta política inmediata del separatismo era separar o enajenar a Puerto Rico del Reino de España. La meta política futura, la cuestión de hacia dónde conduciría la separación, no estaba clara. El separatismo no terminaba con la ruptura con el poder colonial hispano. Durante el primer tercio del siglo 19 las posibilidades tras la separación eran varias. Por un lado, se podía asociar a Puerto Rico separado a otro poder mayor en busca de seguridad política y económica. Por otro lado, se podía vincular a Puerto Rico separado a las otras Antillas en una federación en el modelo de la estadounidense emanada del 1776 que desembocó en la constitución de 1787, o de la germánica articulada por Napoleón Bonaparte en 1815 en el escenario del Congreso de Viena. En ocasiones ambas posibilidades se entremezclaban, elemento que complicaba el panorama ideológico del separatismo decimonónico.

En diversas instancias, la unión que se buscaba constituir debía convertirse en parte de un poder internacional estable. En aquel entonces no se confiaba en la capacidad de los territorios pequeños o insulares para la independencia y la soberanía. Después de 1819, los poderes que parecían idóneos para ese fin fueron la Gran Colombia creada por el Congreso de Angostura y Estados Unidos. A pesar de que era probable que muchos separatistas deseasen constituir el Puerto Rico separado en un país independiente y soberano, aquella no parece haya sido la tendencia dominante. El separatismo fue un movimiento internacional encabezado por criollos radicales que seguía el modelo de lo que luego se denominó el Ciclo Revolucionario Atlántico en América. En términos geopolíticos y culturales, concebía a Puerto Rico como parte integrante de Hispanoamérica, modelo figurado en las estructuras seculares del Imperio Español por lo que su probable integración a aquel “otro” no planteaba problema alguno. En síntesis, el separatismo fue la base no solo del movimiento independentista en sus diversas manifestaciones sino también de todo movimiento anexionista a otro territorio continental.

El separatismo anexionista tenía como meta política separar a Puerto Rico del Reino de España para anexarlo a otra unidad política. Su tradición ha sido documentada con varios modelos más o menos conocidos por los investigadores.

  • El primero fue la conjura de 1815 organizada por el diputado a Cortes de origen hispano-cubano, el militar y mercenario José Álvarez de Toledo y Dubois (1779-1858). Álvarez de Toledo aspiraba separar las tres Antillas Mayores del Reino de España con el fin de fundar una confederación que, una vez constituida, solicitaría su integración a Estados Unidos como un territorio más. La conjura fue promovida por intereses económicos de aquel país pero no gozó del respaldo de su gobierno y el conspirador cayó en manos de las autoridades hispanas.
  • El segundo fue la conspiración de 1821 cuyo cerebro organizativo fue el General Antonio Valero de Bernabé (1760-1863). El militar nacido en Fajardo redactó un “Plan de Invasión a Puerto Rico” que proponía separar a Puerto Rico del Reino de España con la finalidad de convertirlo en el Estado de Borinquen de la Gran Colombia.
  • El tercero fue otra conjura del año 1822, preparada por el militar y mercenario alemán General Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1772-1839) la cual tuvo como centro de operaciones la isla holandesa de Curaçao. Se sabe que poseía contactos en la ciudad de Filadelfia, Pennsylvania. El conspirador planeaba invadir y administrar su proyecto desde la costa oeste del territorio probablemente Mayagüez o Aguadilla y se proponía convertir a Puerto Rico en el Estado de Boricua de Estados Unidos.

El separatismo anexionista estuvo especialmente activo durante la década de 1850 en particular en Cuba alrededor de la figura del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) y en 1868, cuando estallaron Lares y Yara, era una de las fuerzas ideológicas más pujantes dentro de los sectores separatistas. En Puerto Rico, el médico José F. Basora (1832-¿1882?) y el empresario Juan Chavarri, ambos de Mayagüez y cercanos de Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) y Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), fueron anexionistas militantes antes de la insurrección de Lares.

“1868-1968” por Lorenzo Homar, serigrafía

El separatismo independentista por su parte tenía la meta de separar a Puerto Rico del Reino de España para convertirlo en un país soberano y, desde la soberanía, promover la constitución de una federación o confederación de las Antillas hispanas, Cuba y República Dominicana. A fines del siglo 19 los potenciales miembros de la unión ya se habían ampliado hasta incluir todo el orbe antillano insular.  Como se dijo, los archivos registran su presencia desde 1795 cuando se investigó a supuestos separatistas en la isleta de San Juan en el contexto del temor producido en la oficialidad colonial por motivo de la Revolución Francesa. Aquel año se había aprobado la Constitución del Año III de la Revolución tras la desaparición del Club de los Jacobinos, como antesala del golpe militar del 18 Brumario de Napoleón Bonaparte. La presencia esporádica del separatismo independentista entre 1808 y 1827 ha sido documentada pero todo parece indicar que aquella propuesta alcanzó madurez política entre los años 1837 y 1865.

Aquellos años representaban dos lugares claves para el relato tradicional de la historia política de aquel siglo que la historiografía del 1930 y el 1950 consagraron no a la luz del desarrollo del separatismo sino del autonomismo. El relato aludido enlazaba el desarrollo del separatismo independentista al hecho de que en 1837 se había excluido a Puerto Rico del amparo de la Constitución de 1836, a la incumplida promesa de Leyes Especiales o autonomía regional y al fraude que significó la Juan Informativa de Reformas citada en 1865 y celebraba en 1867. Bajo la presión de las circunstancias los separatistas independentistas favorecieron el establecimiento de alianzas con los separatistas anexionistas y con los liberales reformistas más exigentes, en especial los que defendían la autonomía moderada o radical. La manifestación política más conocida del separatismo independentistas fue la Insurrección de Lares de 23 de septiembre de 1868 y todas las conjuras que le sucedieron hasta los Comités de Pólvora animados por Betances Alacán antes de radicarse en París que seguían activos en 1874.

El separatismo independentista no era  un movimiento homogéneo. Las tendencias dominantes parecen haber estado determinadas por la naturaleza del liderato y sus preferencias tácticas por lo que es posible distinguir entre una facción militarista y otra civilista.

  • El separatismo independentista militarista era antimonárquico y republicano. Su liderato estaba constituido por militares profesionales que provenían del Estado Mayor del Ejército Español en Puerto Rico y su centro de acción estaba en la capital, San Juan. Su activismo ha sido documentado en una diversidad de actos conspirativos  ejecutados entre 1848 y 1865. Se sabe que negociaban el apoyo político y económico de los gobiernos de la República de Venezuela y de la Monarquía de Gran Bretaña para su causa. Su republicanismo no les impedía negociar con un régimen monárquico como el británico. Hacia el 1863 se organizaron alrededor del Gran Club de Borinquen cuyos encargados eran los militares Andrés Salvador (1804-1897) y Juan Eugenio Vizcarrondo y Ortiz de Zárate (1812- ¿?). La táctica que los definía era simple: debía articularse un golpe militar eficaz con el más amplio apoyo popular a fin de proclamar la independencia. Los gastos de la guerra de independencia se pagarían con un préstamo a los británicos, pagadero después de la independencia. La confianza en que las fuerzas armadas y la gente apoyaría al liderato era completa, hecho que sugería una concepción pasiva del papel de la comunidad en el proceso.
  • El separatismo independentista civilista era también antimonárquico y republicano.  Fue una facción liderada por civiles, profesionales e intelectuales activos en Puerto Rico y atrajo a numerosos exiliados que habían hallado refugio en el Caribe y Estados Unidos. Hacia el año 1857, su centro gravitacional estaba en Mayagüez y sus dirigentes más notables eran Betances Alacán y  Ruiz Belvis quienes negociaban el apoyo de Estados Unidos y de las Repúblicas de Perú y Chile para su causa. La correspondencia de Betances Alacán demuestra que también este, a pesar de su republicanismo radical, nunca descartó  el respaldo de monarquías como la británica si se trataba de adelantar la causa de las islas. Desde 1865, se aliaron con la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en Nueva York, organización encabezada por el cubano Cirilo Villaverde (1812-1894) y el citado Basora, ambos anexionistas. La comunidad de intereses entre los separatistas independentistas civilistas y los anexionistas era visible pero no impidió que se desarrollaran tensiones en algunos momentos. Su táctica consistía en  organizar una invasión a Cuba y Puerto Rico desde Estados Unidos con el apoyo de algunos países de Hispanoamérica, a la vez que se estimulaba un levantamiento o insurrección popular en ambas islas. Todo sugiere que estaban dispuestos a contratar militares profesionales para coordinar la fase bélica pero querían asegurarse de que el protagonismo del proceso recayera en el liderato civil a fin de que la revolución representara los intereses de la gente o el pueblo común. Las relaciones con los militares profesiones siempre fueron ambiguas como quedó demostrado en los eventos de Lares y Pepino.

Ambas tendencias, la separatista independentista (militarista y civilista) y la anexionista apoyaban en principio el libre mercado, la libre competencia y, tras el fin de la Guerra Civil en Estados Unidos (1864), la abolición de la esclavitud de manera más o menos unánime. A pesar del elitismo del liderato, simpatizaban con la construcción de un sistema democrático o representativo que se apoyara en la gente común o el pueblo siguiendo el modelo francés y estadounidense. Todos reconocían que el proceso de separación de Puerto Rico de España debía tener un componente de violencia armada. La experiencia de los procesos de emancipación de las ataduras del Antiguo Régimen en América desde fines del siglo 18 así lo indicaba.

Todos aquellos sectores estuvieron presentes en los procesos que condujeron a la Insurrección de Lares del 23 de septiembre de 1868. La complejidad y heterogeneidad del separatismo tiene que ser tomada en consideración  a la hora de evaluar su manifestación más relevante.

El separatismo: una aproximación historiográfica

El separatismo fue uno de los proyectos político ideológicos más visibles durante el siglo 19. A pesar de que nunca consiguió la meta última que se propuso, desasir a Puerto Rico del control hispano por la fuerza de las armas, asunto que se resolvió con una invasión extranjera en 1898, su impacto sobre la figuración identitaria puertorriqueña ha sido significativo. El esfuerzo del gobierno español por suprimirlo ocupó a muchos investigadores desde fines del siglo 19, momento en el cual el periodista ponceño radicado en la ciudad de Nueva York, Sotero Figueroa Fernández (1851-1923) se propuso historiarlo. Aquel intelectual vinculado a los sectores artesanales había transitado del liberalismo, al autonomismo radical, y de allí al independentismo confederacionista.

Uno de los rasgos distintivos del proyecto de Figueroa fue que no vio la experiencia separatista previa a aquella fecha: la de fines del siglo 18 y la que se había articulado desde 1808 hasta por lo menos 1848. Figueroa investigaba en una situación de emergencia, desde el exilio político y bajo la vigilancia de las autoridades hispanas. El interés que manifestaba no podía desembocar en una historia sistemática del separatismo por toda una diversidad de circunstancias materiales y espirituales. El hecho de que él no fuese un historiador, los reclamos de la inmediatez que imponían la militancia y el activismo, la ausencia de archivos o registros documentales formales a los cuáles recurrir aparte de los periódicos revolucionarios disponibles, entre otros, debe ser tomado en consideración en cualquier juicio que se haga sobre su esfuerzo. Figueroa escribió desde la experiencia conspirativa y la pasión del militante. Los registros o archivos de los que dependió fueron el testimonio del liderato separatista puertorriqueño puesto sobre papel a petición suya, en especial el de Betances Alacán. El médico de Cabo Rojo, desde su punto de vista, representaba la tradición más vigorosa del separatismo independentistas puertorriqueño a la luz de su papel en el 1868. Al apelar a la memoria de los participantes en especial los protagonistas, inauguró un tipo de historia oral sin oralidad porque muchos de sus testigos vivían dispersos por América y Europa y solo eran asequibles por correspondencia.

La discursividad de Figueroa tanto en sus notas biográficas sobre algunos líderes separatistas en el Ensayo biográfico…  (Ponce, 1888), como en sus artículos sobre la Insurrección de Lares de La verdad de la historia (Nueva York, 1892), osciló entre dos polos. Por un lado, la nostalgia respecto al punto de viraje que representó para la memoria separatista decimonónica el 1868 puertorriqueño y cubano, Lares y Yara. Por otro, la insistencia en la uniformidad ideológica de aquellos proyectos. Ambos intentos rebeldes terminaron por ser identificados como la  expresión de un separatismo de fines independentistas homogéneos. Lares, dados los numerosos mártires que produjo, fue imaginado como un acto heroico iniciático no exento de sacrificios. Un acto de aquella naturaleza invitaba a la reverencia. Ese fue el tono que le imprimió el Partido Nacionalista cuando retomó e hizo suyo aquel hito en 1930 bajo el influjo intelectual de Pedro Albizu Campos. Los historiadores del nacionalismo hicieron un esfuerzo por extender las raíces de lo que llamaban la gesta de Lares hasta las fuentes bolivarianas a través del rescate de una de las grandes figuras de aquel proyecto histórico: el General Antonio Valero de Bernabé (1790-1863)

Que el separatismo de las décadas de 1880 y 1890 estuviese integrado por personalidades identificadas con la autonomía radical, como Figueroa, y la independencia era comprensible. Los portavoces del orden español insistieron en acusar a los autonomistas moderados o radicales de ser antiespañoles y separatistas potenciales. En ocasiones también los señalaron como favorecedores de los avances de los intereses de Estados Unidos en las Antillas españolas y el anexionismo, asociación difícil de negar cuando se observa el problema desde el presente. Aquello significaba que la mirada que poseían las autoridades policiacas y de alta política o espionaje hispanas del separatismo, distaba mucho de la homogeneidad que le adjudicaba Figueroa en sus textos de fines del siglo 19 y de la que le impusieron los nacionalistas desde la década de 1930.

¿Qué le faltaba al modelo de Figueroa y de los nacionalistas? Le faltaba el componente separatista anexionista que tanto había preocupado a Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1901) durante sus primeros días en Nueva York en 1870. La exclusión de los anexionistas en la ola subversiva alrededor del 1868, práctica que cumplía una función política concreta en aquel entonces, llama mucho la atención. La omisión de los observadores del siglo 19 fue reproducida por los del siglo 20. En una serie de expresiones públicas vertidas entre 1923 y 1930, los ideólogos del nacionalismo argumentaron que la integración de Puerto Rico a aquel país como estado era imposible.

Los procesos a través de los cuales se ejecutó la purga del pasado anexionista del separatismo no han sido investigados con propiedad. El discurso a través del cual ello se realizó nunca ha sido problematizado por lo que el sentido cambiante de la anexión desde 1820 hasta 1930 tampoco ha sido precisado. La exclusión no se circunscribió al componente anexionista por cierto. La reflexión sobre el pasado de la lucha por la independencia elaborada desde el nacionalismo devaluó la herencia de los autonomistas radicales. En un artículo publicado en partes entre 1930 y 1931 en el marco de un argumento jurídico, Albizu Campos afirmaba que una autonomía liberadora si bien había sido posible bajo el orden español, su modelo era la Carta Autonómica de 1897, ello no era posible bajo el estadounidense.

Todo sugiere que las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas. La experiencia política emanada del 1898 parceló y distanció aquellas tres expresiones de la resistencia antiespañola cancelando de ese modo los vasos comunicantes que habían existido entre aquellas. Después de todo las necesidades y las circunstancias de la política y el activismo de cada día eran diferentes en los siglos 19 y 20. El problema no radica en el distanciamiento en sí mismo sino más bien en la forma en que unos y otros sepultaron ese pasado y no volvieron a reflexionar en torno el mismo. El resultado neto de aquellos para la historiografía del separatismo fue la reducción de un discurso y una praxis compleja. Circunscribir el separatismo a la propuesta independentista  simplificaba una experiencia que irradiaría la cultura política puertorriqueña de los últimos dos siglos. Aclarar el papel que cumplió aquella madeja de tendencias camino hacia el 23 de septiembre es por lo tanto esencial.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de julio de 2020.
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