Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

enero 21, 2020

Heterodoxos: dos libros de José Manuel García Leduc

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El historiador José Manuel García Leduc ha dejado a los lectores dos valiosas aportaciones investigativas. Ellas son el volumen Betances heterodoxo: contextos y pensamientos (Ediciones Puerto, 2007),  e  Intolerancia y heterodoxias en Puerto Rico (Siglo XIX) (Isla Negra, 2009).  Se trata de dos volúmenes que, por su contenido, destacan en el panorama de la creación histórica nacional. Las búsquedas serias en estos espacios poco convencionales y alternativos, podrían animar una historiografía que languidece desde hace más de una década y colaborar en el proceso de renovación de la disciplina.

En estos volúmenes García Leduc observa a las heterodoxias y los heterodoxos desde una posición  privilegiada. El autor es experto en temas de la ortodoxia católica y uno de los más respetables conocedores del papel de la Iglesia Católica en la historia política y social del siglo 19, y de la inflexión del Catolicismo durante las primeras décadas del siglo 20 a la luz del 1898 y de la expansión Evangelismo de los invasores.

La obra de García Leduc sobre la Iglesia Católica ha ampliado la discusión de la historiografía puertorriqueña  de la religión. La historiografía tradicional de la la religión en Puerto Rico se había reducida a la crónica y de su introducción y a la epopeya de su transformación en un código distintivo de la Nacionalidad. Durante mucho tiempo,  según se sabe, la discusión se centró en el entre juego contradictorio del Catolicismo y Evangelismo, bien o mal comprendidos,  en la gente y en el papel del segundo como instrumento de asimilación, americanización y/o modernización. La progresiva criollización del Evangelismo, su re-traducción y nacionalización,  proceso que puso a distinguidos evangélicos al servicio del Nacionalismo puertorriqueño hacia la década del 1930, también ha llamado la atención de algunos investigadores.

Lo que García Leduc adiciona es la mirada del Evangelismo como una manifestación de las heterodoxias  en el siglo 19, y su nivelación con el  Espiritismo Kardeciano y la Masonería.  El  procedimiento evade conscientemente las numerosas contradicciones y choques que existían entre esos tres sistemas de ideas, asunto que, por otro lado, apenas despunta como tema de investigación en años recientes. La introducción del Liberalismo como una heterodoxia análoga a aquellas completa el cuadro. De hecho, lo único que autoriza al autor a mantener esas cuatro propuestas ideológicas interconectadas bajo el ámbito de las heterodoxias,  es el hecho de que todas fueron víctimas del prejuicio de un Catolicismo rancio en retroceso durante el denominado Siglo de la Ciencia dominado por un anticlericalismo audaz.

Betances heterodoxo. Contextos y pensamientos

Un historiador

García Leduc es un Positivista Crítico con una fuerte influencia de la Nueva Historia Social, componentes que no impiden que traduzca algunos procedimientos típicos de la más tradicional Historiografía Liberal y Nacionalista . El trato reverencial que le da a la figura de Betances en el tomo que le dedica es evidente, hecho que no atenta contra la confiabilidad del tratado. Se trata por lo tanto de un historiador ecléctico, cercano por su metodología  a la producción historiográfica tardía de la década del 1970, sin que ello signifique una ruptura total con los estilos del 1950 que tuvieron en Arturo Morales Carrión y en la tradición universitaria, sus modelos más acabados. Ese carácter híbrido que ha dominado las discursividad de la disciplina durante los últimos treinta  años del siglo 20, convierte a la obra de García Leduc es un tema de estudio en sí misma. Tanto él como numerosos historiadores de calibre,  aguardan el diagnóstico de un evaluador puntilloso que los evalúe y los ubique en el contexto de una Historia de la Historia. En Puerto Rico se padece el mal de que al Historiador no se percibe como un Escritor, probablemente porque se quiere evitar la apropiación de la Historiografía como una expresión Literaria. La ausencia de estudios sobre la producción historiográfica y sobre los productores de historiografía,  parece un mal insuperable en momentos en que, insisto, la disciplina necesita reevaluar su situación en el territorio de la producción académica y literaria en general.

Dos libros

Lo más notable de la escritura de García Leduc en estos dos títulos tiene que ver con la selección de tema y con la mirada que impone al mismo. Se trata de un espacio marginal que apenas comenzó a convertirse en tema de exposiciones serias muy recientemente: las heterodoxias. Llámense de ese modo o ya bien se les denomine ideologías o sistemas ideológicos alternativos, las pesquisas en estas zonas pueden interpretarse como la manifestación del cansancio con muchas de las convenciones de la historia política, cultural, social y económica al uso. Las posibilidades de inventar una versión inédita del país, de sus procesos colectivos o de sus figuras públicas, son cada vez más seductoras.

En el caso de estos libros, una lectura lleva a la otra: la imbricación de ambas narrativas historiográficas es  notable tal y como si se tratara de un solo libro. De hecho, Betances… e Intolerancia… se elaboran sobre el mismo edificio interpretativo. La discusión de la heterodoxia ostensible en la figura de  Betances, bien  podría haber sido uno de los capítulos del panorama más amplio que se incluye en el volumen de Intolerancia…

Intolerancia y heterodoxias en Puerto Rico (Siglo XIX)

El otro elemento interesante del tratamiento que da García Leduc al asunto es que el historiador privilegia en su investigación a los heterodoxos sobre las heterodoxias.  Lo que le interesa es la presencia concreta del heterodoxo en la red social, no la forma en que su condición de heterodoxo lo moldea y, a la vez, se funde en su praxis social. Me parece que esto tiene que ver con su condición de Positivista Crítico y su vinculación con la Nueva Historia Social. Por eso la discusión más exitosa la halla el lector cuando García Leduc se enfrenta al asunto del Liberalismo. En ese caso se trata de una heterodoxia social que ha sido desde el siglo 19 un tema común a los historiadores de la Modernidad y a los Modernos o, bien sea, el Liberalismo es un lugar común para positivistas y novohistoriadores.

Con esos antecedentes y preconcepciones, una aproximación al cuerpo discursivo del Espiritismo Kardeciano, la Masonería, el Evangelismo o el Libre Pensamiento resultaría problemática.  El investigador caminaría por un territorio incierto en donde la argumentación positivista se vería tentada a ceder el paso a la interpretación literaria más cercana a la especulación. Otros autores deberán elaborar ese acercamiento que falta en estos libros con el fin de desmantelar los discursos heterodoxos o alternativos, como prefiero denominarlos, desde su propia discursividad, ya sea revisitando estas mismas manifestaciones u otras como el Libre Pensamiento, la Teosofía o la Antroposofía, según sea el caso.

Yo he hecho el ejercicio en varios ensayos desde una postura no-positivista, discursiva y literaria.  El reclamo de evidencia y la prueba positiva que se hace a ese tipo de indagación evidencia un desconocimiento de las diferencias metodológicas entre uno y otro procedimiento. La  interpretación  no-positivista, discursiva y literaria no pretende negar la positivista crítica sino simplemente complementarla. Me consta que otros investigadores realizan esfuerzos análogos al mío que pronto verán la luz pública.

Lo que quiero decir es que el trabajo de García Leduc con el tema de la heterodoxias amplía las posibilidades abiertas por contados eruditos y curiosos del siglo 20 como Néstor Rodríguez Escudero o Teresa Yañez, a la vez que  confirma el excelente trabajo de Nancy Herzyg con el espiritismo. Pero adolece del problema de que no penetra el contenido de los sistemas de pensamiento que ha objetivizado en el hacer social de los heterodoxos.

También debo apuntar  que la concepción de la heterodoxia de García Leduc la encapsula dentro de los márgenes que impone la ortodoxia católica: teísmo, espiritualismo, sacralidad, autoridad, racionalidad. Se trata por ello de una heterodoxia intelectualizada y elitista, apropiable  por una minoría culta e ilustrada.  Hubiese sido saludable un comentario detenido sobre la multiplicidad de las heterodoxias que florecieron ante el celo enfermizo y monopolizador de la Iglesia Católica. Lo que quiero decir es que Puerto Rico tuvo sus Galileos, pero también sus Menocchios: los yerbateros, los santeros, las brujas y brujos negros son ejemplo vivo de ello. El problema es que su lugar social se pareció más al del espiritismo y al del catolicismo popular que al de los heterodoxos tratados en estos libros. Por lo demás, es claro que nunca se transformaron en una ortodoxia como fue el caso del Liberalismo o la Ciencia a la que tanto se apeló durante el siglo 19.

Por último y como una comprensible deuda con la Historiografía Liberal y Nacionalista, el autor apoya su discusión en torno a los heterodoxos sobre las zapatas de un análisis eminentemente juridicista y legal. En la práctica escribe una historia política de los conflictos entre la heterodoxia y la ortodoxia, en cuyos momentos de choque, la primera se hace visible en la medida en que se le criminaliza y se le condena. Si bien ello le permite vincular las heterodoxias con el movimiento liberal, reduce la expresión alternativa a una mera lucha por la libertad de pensamiento, expresión, reunión o prensa. La conciencia heterodoxa es una forma de la identidad que juega, a veces con ventaja y otras sin ella, con la idea de la conciencia sacralizada por occidente: la Nacional. Las tensiones entre ambas formas de la conciencia, y las demás que parecen en el camino, todavía aguardan por un estudio detenido.

Bibliografía

José Manuel García Leduc. Betances heterodoxo. Contextos y pensamientos. San Juan: Ediciones Puerto, 2007. 154 págs.

—–. Intolerancia y heterodoxias en Puerto Rico (Siglo XIX). Protestantes, Masones y espiritistas-kardecianos reclaman su espacio social. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra editores, 2009. 174 págs.

diciembre 3, 2018

El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y su generación (Parte 1)

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

A la memoria de los insurrectos de Lares, a 150 años de la rebelión

La investigación sobre papel de las heterodoxias en el Puerto Rico del siglo 19 plantea numerosas dificultades. La curiosidad de los investigadores se ha centrado en el campo de la Masonería y, tal vez sin proponérselo, ha invisibilizado la diversidad de las heterodoxias. En ese sentido el papel del Libre Pensamiento, el Rosacrucismo, la Teosofía y la Antroposofía con las cuáles convivió la Masonería, sigue siendo un territorio sub-investigado y parcialmente ignoto.

La tendencia resulta comprensible por la notoriedad de la Masonería como contestación a un orden reaccionario y obtuso. El hecho de que aquella fuese una práctica censurada por el orden monárquico hispano-católico y forzada a practicarse en secreto para proteger a sus miembros es parte del problema. La secretividad limitó el acceso a los registros masónicos a los iniciados. Aquellos que desde afuera se interesaran en el tema, dependían de fuentes secundarias por lo regular vagas. Ese tipo de archivos oficiales, si bien informaba sobre la representación que se hacía el orden monárquico hispano-católico de estas organizaciones, poco servían para entender cómo el masón se representaba a sí mismo. Tampoco se puede pasar por alto que la Masonería poseía una diversidad notable que animaba las contradicciones en su seno.

Segundo Ruiz Belvis

La situación ha sido un reto metodológico e interpretativo enorme imposible de superar del todo. El historiador no masón que investiga el tema en el marco del siglo 19, se debate entre los imaginarios masónicos a los que tiene acceso, y los imaginarios antimasónicos que repuntan de la documentación administrativa oficial. Sobre la base de esa vacilación, el investigador se ve precisado a elaborar unos juicios y conclusiones tentativos. Ese precisamente es mi caso.

Cuando el tema que se plantea gira alrededor de una figura como el licenciado Segundo Ruiz Belvis las dificultades se multiplican. El intelectual de Hormigueros tuvo una vida corta, murió cuando apenas tenía 38, y dejó un conjunto documental pequeño. Ideológicamente circuló entre el activismo político social separatista independentista, la filantropía y el abolicionismo radical y fue uno de los arquitectos tempranos de la idea de la unión de las Antillas a la luz de la experiencia dominicana y haitiana. Su vida pública se limitó al periodo de 1857 al 1867 y fue masón activo poco menos de 2 años. Todo sugiere que intentó poner el pensamiento y la acción masónica al servicio de las causas políticas, sociales y culturales que defendió.

La tentación de ver a Ruiz Belvis como la regla o un caso típico es enorme. Lo cierto es que la vinculación que estableció entre la praxis masónica y la praxis político social fue excepcional y atípica. Lo mismo puede afirmarse de su hermano masón más cercano: Ramón Emeterio Betances Alacán. Una parte significativa de los masones del siglo 19 interpretaron la relación entre la masonería y la política de modo distinto y, en ocasiones, opuesta a la de ellos.

El tema de los puntos de contacto entre masonería y política en el Puerto Rico del siglo 19 ha girado alrededor de dos hipótesis generales. La primera es la que afirma que la masonería cumplió una función esencial en la evolución de las luchas políticas en la colonia.  Desde esa perspectiva, el radicalismo masónico y el radicalismo político habrían sido el eje del progreso racional hacia ciertas metas compartidas por ambos programas. Los que defienden esta hipótesis tienden a evaluar el conjunto de la Masonería a la luz de los actos de Ruiz Belvis y Betances Alacán y pierden de perspectiva el panorama mayor.

La segunda hipótesis es la que presume que la masonería cumplió una función accesoria en la evolución de las luchas políticas en la colonia. Parte de la premisa de que, junto a los practicantes del radicalismo masónico y político, coexistía una masonería moderada que no aceptaba los métodos de Ruiz Belvis y Betances Alacán. La convergencia entre el radicalismo masónico y político respondía a consideraciones individuales que deberían ser revisadas en cada caso. Las discrepancias entre las dos tendencias no eran filosóficas o estratégicas sino prácticas y tácticas. La defensa de la racionalidad, el progreso y la fraternidad era una meta común.  Los que defienden esta hipótesis reconocen la heterogeneidad de la Masonería del siglo 19 y confirman que aquel movimiento reflejaba bien las contradicciones del orden social en el cual se desenvolvió. Desde mi punto de vista, la “verdad probable” se encuentra en algún lugar en medio de esas dos hipótesis. Desde afuera de la masonería, un buen escenario histórico para comprender esa complejidad son las décadas de 1850 y 1860 y los actos de Ruiz Belvis.

Ruiz Belvis: panorama biográfico y complejidades políticas de su tiempo

Ruiz Belvis nació en 1829 en el barrio Hormigueros de San Germán. Provenía de una familia, los Belvis, que cargaba un pasado venezolano y había estado vinculada al Patronato y Mayordomía de Fábrica del Santuario de Monserrate en Hormigueros, uno de los focos de fe más poderosos de la isla a principios del siglo 19. La relación de Ruiz Belvis con esa institución hispano-católica que no encajaba del todo en el engranaje de la iglesia institucional por sus fuertes raíces populares fue determinante para algunos de sus proyectos civiles, sociales y culturales al final de su vida.

El ciudadano Ruiz Belvis se desarrolló al interior de los sectores privilegiados de la colonia. Era hijo de hacendados azucareros con propiedades en toda la región, su padre José Antonio Ruiz Gandía (1810-1868) había estado activo en la política municipal de Mayagüez y fungió como alcalde casual de la ciudad. Ruiz Belvis y sus hermanos tuvieron acceso al capital cultural que, por aquel entonces, aseguraban las carreras profesionales dado su origen de clase. Como se sabe, estudió la preparatoria en Caracas y completó Derecho Canónico y Civil, como lo requería la educación jurídica de la época, en la Universidad Central de Madrid, espacio en el cual desarrolló una red de relaciones con otros inmigrantes de la colonia que marcaron su vida por siempre.

A su regreso a Puerto Rico en 1857, según la tradición familiar, se insertó en la vida política de Mayagüez. Desde esa fecha y hasta 1867 fungió como Síndico Procurador (1857-1858), administró una oficina legal privada ubicada en La Marina Meridional en la calle de la Aduana y, luego, en la Candelaria (1862 y 1863), y actuó como Juez de Paz (1866) de la ciudad. Su labor como Síndico puntilloso molestó a algunos. El Síndico era, en el derecho clásico, el “abogado y defensor de una ciudad”, el depositario y responsable de los bienes públicos que también representaba los intereses de los esclavos registrados en caso de que sus derechos fuesen violados. Un síndico cuidadoso podía ser un dolor de cabeza para quienes pretendían usar el servicio público en el Ayuntamiento para su beneficio personal, como solía suceder. Por eso cuando se postuló para la posición en 1862 y 1863, no obtuvo los votos suficientes para ocuparla otra vez. Los colaboradores más cercanos de Ruiz Belvis en aquel periodo parecen haber sido José García de la Torre, ex-síndico de la ciudad y a quien consideraba un modelo o un maestro dado que manifestaba preocupaciones jurídicas similares a las suyas; y los médicos Betances Alacán y José Francisco Basora, con quienes compartía las ansiedades abolicionistas y separatistas.

El Puerto Rico al cual retornó Ruiz Belvis en 1857 atravesaba por una situación complicada. Junto a los viejos problemas que emanaban de la relación colonial con una monarquía autoritaria y católica, asomaban otros enormes retos. El monopolio hispano del mercado, la centralización del poder, la fragilidad de los ayuntamientos y la intención hispana de perpetuar el esclavismo y el trabajo servil que tendía a desaparecer del panorama internacional, eran algunos de ellos. El fin de la esclavitud en Estados Unidos al cabo de una guerra civil en 1864, representó un punto de giro para muchos antillanos. Lo cierto era que, terminados los tiempos de gloria de la economía de hacienda azucarera, la industria atravesaba por una situación deprimente. Las condiciones del mercado internacional le exigían entrar en un proceso de modernización del mercado de capital y laboral, y en una revolución tecnológica que la hiciese competitiva otra vez. El régimen hispano le ponía frenos a aquel proceso por miedo a perder su poder sobre el territorio.

A los imperativos materiales se sumaban los humanitarios y sociales. El espíritu filantrópico y fraterno del cual Ruiz Belvis participaba, se traducía en el reclamo de abolición de la esclavitud y de la libreta de jornaleros y la institucionalización de un mercado laboral libre más justo. Las relaciones coloniales estaban en crisis y los sectores inteligentes del país responsabilizaban al esclavismo, al trabajo servil y a la Monarquía Española que los justificaban, de una parte, significativa de la crisis. Ruiz Belvis era parte de aquella ofensiva crítica de activistas que, apoyados en el liberalismo clásico, el republicanismo y las ideas democráticas, favorecían la descentralización del poder ya fuese en el marco del federalismo o del municipalismo, y señalaban con insistencia los males de su tiempo. El sólo hecho de articular un discurso de esa naturaleza lo convirtió en una persona “sospechosa” e “inconveniente”. El panorama era más complejo. Las ideas antisistémicas que comenzaban a penetrar a la Europa avanzada a mediados del siglo 19, cuando Ruiz Belvis se formó en Madrid, también son evidentes.

A todo ello el abogado de Hormigueros añadió el componente del separatismo, el independentismo y el antillanismo emergente. Buena parte de su grandeza tiene que ver con esa concepción de que siempre se puede ser un poco más radical y contestatario si así las circunstancias lo requieren. El discurso de los activistas como Ruiz Belvis, sin ser un masón activo, estaba impregnado de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas que encontraban un eco en el ideal masónico. Por ello a nadie debe extrañar que, durante el año 1866, fuese ordenado masón, como se verá más adelante. En su caso, aquel conjunto de principios se combinó con una fuerte dosis de secularismo y el anticlericalismo como protesta ante la alianza que existía entre la Monarquía Española y la Iglesia Católica para justificar el expolio del país.

Aquel conjunto de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas, traducían la protesta universal contra los efectos deshumanizadores que derivaron del desarrollo del capitalismo moderno en Europa, y de la inserción del Puerto Rico en los circuitos de este en una condición asimétrica por colonial, durante la primera mitad del siglo 19. No todos aquellos grupos ideológicos desembocaron en el anticapitalismo, como fue el caso de una diversidad de tendencias antisistémicas. Pero la voluntad de re-humanizar el mercado y la sociedad a fin de crear un orden más educado, justo y e igualitario era moneda común.

Es importante llamar la atención, sin embargo, sobre un hecho incontestable. No todos los activistas siguieron el modelo de Ruiz Belvis y no todos los masones articularon una praxis activista como la de aquel. Cualquier generalización en esa dirección siempre será cuestionable. Las formas que tomó el activismo político social y masónico, en especial los debates al interior de los grupos que se pueden documentar en Europa y Puerto Rico no dejan dudas al respecto. El activismo político social y la Masonería mostraron una originalidad extraordinaria a la hora de enfrentar los conflictos de su tiempo. Pero el hecho de que ambas vías representaban una protesta contra un orden considerado inicuo y retrógrado por su identificación con los valores del Antiguo Régimen también es irrefutable. La Racionalidad, la Libertad y el Progreso al que aspiraban era el mismo. La pregunta que hay que responder es cómo el activismo político social y el masónico se compenetraron en la figura del abogado de Hormigueros.

La Masonería en el movimiento separatista en la década de 1860: el caso de Mayagüez

Las décadas de 1850 y 1860 fueron cruciales para el Puerto Rico en aquel siglo: la exitosa economía de hacienda azucarera entró en una crisis visible. La situación justificó el recrudecimiento del coloniaje español. El obtuso Romanticismo Isabelino nutrió la “euforia de ultramar” y, con ello, la ansiedad de Isabel II por reconstruir el imperio perdido desde 1830. La agresividad hispana polarizó las relaciones coloniales y terminó por estimular un activismo político y social que, a veces, condujo al separatismo. La consolidación de un liderato separatista fuerte está significada en Ruiz Belvis, pero también en Ramón E. Betances Alacán, José Francisco Basora y el joven Eugenio M. de Hostos Bonilla. El oeste de la isla y la ciudad de Mayagüez fueron un escenario primado en ese sentido.

Lo cierto es que Ruiz Belvis fue un activista social y político que decidió ordenarse masón. Su imagen en la ciudad se construyó sobre la base de su labor cívica y profesional como Síndico Procurador, Juez de Paz y abogado en la práctica privada de la profesión. Entre enero de 1866 en el Ayuntamiento de Mayagüez, y febrero de 1867 en el Negociado de Instrucción en Madrid, presentó el esbozo para la fundación de un colegio de segunda enseñanza “por asociación de padres de familia”. Se sabe que contaba con el respaldo de Betances Alacán y otras figuras de las elites intelectuales entre los cuales se movía desde sus años en la Universidad Central de Madrid.

El propósito del colegio era hacer asequible la educación preparatoria para los jóvenes que no podían financiarla en el extranjero por falta de recursos pecuniarios. Su compromiso era serio: el 28 de agosto de 1866 firmó un instrumento hipotecario por la suma de 4,000 escudos poniendo por garantía la Hacienda Josefa. El consignatario o prestamista era, en ausencia de un banco comercial o industrial, la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros. La relación de los Belvis con aquella institución había rendido frutos. Ruiz Belvis, el actor cívico preocupado por el progreso de la comunidad en la cual vivía, estaba completo. Pero su compromiso no se limitaba a la ciudad.

Desde 1857 estaba maduro su compromiso con la abolición inmediata de la esclavitud negra. Para ello dependió de la Sociedad Abolicionista Secreta, una organización que se dedicaba a la promoción de la abolición en dos frentes.  Uno legal que manumitía niños en las iglesias de la región pagando un derecho fijo durante el ritual del bautismo. Otro ilegal que apoyaba a esclavos prófugos o cimarrones para que salieran del país hacia lugares donde la esclavitud hubiese sido abolida tales como las Antillas Menores o algunas localidades en Estados Unidos. Él mismo, por su mano o por poder a través de su hermano Antonio Ruiz Quiñones, consiguió entre enero de 1866 y mayo de 1867 liberar a 8 infantes de la Hacienda Josefa propiedad de su padre en Hormigueros, según se registra en los libros de bautismos de la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros.

Su compromiso con la abolición inmediata se ratificó el 10 de abril de 1867 cuando, con Francisco Mariano Quiñones y José Julián Acosta Calbo, presentó el Informe sobre la abolición inmediata de la esclavitud en la isla de Puerto Rico, en las sesiones de la Junta de Información convocada por el Ministerio de Ultramar. Aquel documento excepcional en la argumentación histórica, jurídica, económica, social, política y moral ha sido considerado como el texto fundacional del discurso de la modernidad en Puerto Rico y una fuente idónea para no solo la ideología abolicionista, sino también la liberal y la separatista en toda su complejidad. Los tres firmantes eran masones.

Con todo, la abolición inmediata de la esclavitud no fue su único reclamo subversivo. Entre 1863 y 1865, al lado de Betances Alacán, colaboró en proyecto de solidaridad con el movimiento armado que en República Dominica luchaba por la restauración de la independencia conculcada por España en el marco de la “Euforia de Ultramar”. De acuerdo con fuentes españolas de “alta política”, es decir espionaje, el plan consistía en producir un levantamiento en Mayagüez durante el mes de diciembre de 1864. El acto llamaría la atención de España, animaría la resistencia dominicana e incitaría la lucha por la liberación de Puerto Rico. En aquella conjura los investigadores vemos dos cosas. Primero, una de las bases del proyecto de unión de las Antillas que más tarde se convirtió en el norte del liderato antillano hasta fines del siglo 19. Segundo, un primer ensayo para lo que en septiembre de 1868 sería la Insurrección de Lares.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia 10 de agosto de 2018

 

abril 28, 2018

Apuntes sobre una interpretación del independentismo puertorriqueño en el siglo 20 y al filo del siglo 21

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia
Comentarios a Ché Paralitici (2017) Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico. San Juan: Gaviota.

El libro de Ché Paralitici, publicado en un momento de inflexión y de crisis que todos debemos evaluar con cuidado, manifiesta una lógica sugerente y rica. Lo que plantea es una invitación al estudio reflexivo del independentismo, una propuesta política llena de complejidades y contradicciones. Las premisas teóricas de las que parte este comentario son sencillas.  Puerto Rico experimenta un “largo siglo 20”, como diría Eric Hobsbawm, que comienza en el 1898 y que aún no ha terminado.

El rasgo más revelador de ese siglo es el ingreso del país a la esfera jurídica estadounidense bajo cuya influencia económica y cultural se encontraba desde mediados del siglo 19. El independentismo puertorriqueño expresa una forma de la resistencia a la presencia de ese “otro” y a la forma en que la misma ha ido evolucionando. Durante ese “largo siglo 20” inconcluso el independentismo ha mostrado un comportamiento específico antes y después de la Guerra Fría (1947-1991). El objetivo teórico de este libro es establecer las continuidades y discontinuidades del independentismo antes y después de ese fenómeno. Sobre esa base aspira elaborar una propuesta de futuro plausible que adelante la liberación del país.

José «Che» Paralitici

Antes de la Guerra Fría (1898-1947)

La interpretación del periodo anterior a la Guerra Fría (1898-1947) se sostiene sobre una serie de premisas. Primero, el efecto perturbador del 1898. Estados Unidos, adversario político y socio de negocios de España durante el siglo 19, un modelo de liberalismo económico y político y de crecimiento que muchos separatistas independentistas habían visto como un aliado para su causa en contra de la monarquía española, se transforma en el enemigo de la independencia de Puerto Rico tras ocuparlo al cabo de la Guerra Hispano-Cubana-Estadounidense. La lógica de que Estados Unidos era un potencial aliado era común a independentistas y anexionistas. Incluso muchos liberales reformistas y autonomistas compartían ese juicio. El limbo colonial que nos inventó la Ley Foraker de 1900, sin embargo, no difería del que se dejaba atrás. El 1898 justificó una ruptura entre independentistas y anexionistas que, predecible desde la década de 1850, siempre se había evitado a fin de favorecer la causa común: la derrota y desalojo de España de las Antillas. La incertidumbre que esos hechos produjeron es visible en dos figuras emblemáticas de cada una de esas tendencias: Eugenio María de Hostos y José Julio Henna.

Segundo, desde la invasión de 1898 hasta 1930 el independentismo vivió una era de “tanteo” en la cual sus intelectuales se vieron precisados a reformular el pasado hispánico e inventarle una mitología que Betances o Ruiz Belvis no hubiesen secundado. Aquellos habían afirmado la necesidad de “desespañolizar” nuestra cultura. El independentismo de nuevo cuño aspiraba a “re-españolizarlo” para evitar la “americanización”. El nacionalismo cultural moderado, que Albizu Campos denominó ateneísta, generó una discursividad que condujo a la hispanofilia. La reformulación de la identidad cultural o política después del 1898 acabó tomando en cuenta el efecto desestabilizador del 1898. No se trata de darle crédito a la tradicional “teoría del trauma” sino de llamar la atención sobre una situación real. Volver a la “teoría del trauma” sería reducir un proceso cargado de materialidad a un conflicto inmaterial afín al regeneracionismo hispano del cual fue un opaco reflejo.

Tercero, la época de “tanteo” terminó en 1930 con la afirmación del nacionalismo político de Albizu Campos. Éste tomó lo que consideró mejor del nacionalismo cultural moderado y lo cargó de contenidos prácticos hasta la agresividad. Para la interpretación de este giro es cardinal tomar en cuenta la Gran Depresión (1929), los inicios del Nuevo Trato y el Estado Interventor (1932) y el realineamiento político por el que atravesó el país entre 1920 y 1940. Entre los nuevos actores que emergieron de aquella vorágine, el nacionalismo de la “acción inmediata” fue uno. El otro fue el populismo, un movimiento proclive aliarse con los agentes novotratistas igual que también lo hicieron las izquierdas anticapitalistas en aquel contexto.

Cuarto, todo sugiere que superar el “tanteo” y pisar terreno firme no fue suficiente. Puerto Rico, cuyo valor geoestratégico era reconocido desde la invasión de 1898, se convirtió en una clave de la política hegemónica de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Guerra Fría (1947-1991). La documentación de esa relevancia en los registros oficiales y no oficiales producidos en el marco de la ocupación entre 1898 y 1926 alrededor del nudo del Canal de Panamá (1914) y la Gran Guerra (la primera de 1914-1918), debe tomarse en cuenta para que no parezca que la evaluación emanada de la guerra del 1939 era una novedad.

Es importante recordar que durante la primera parte del siglo 20 los nacionalismos y los socialismos iban por rutas separadas. El hecho de que los socialismos fueran identificados sin problema con las “izquierdas”, facilitaba el desplazamiento de los nacionalismos hacia las “derechas”. Detrás de este argumento había un componente de clase obvio. Ese asunto, tratado de modo superficial, ha representado un dolor de cabeza para la interpretación de los nacionalismos en el marco de una teoría progresista ortodoxa que no comparto. El volumen de Paralitici no enfrenta ese problema teórico, aunque ofrece mucha información sobre las fragilidades y las fortalezas de la relación entre ambos extremos en un marco colonial como este.

De hecho, la convergencia entre socialistas e independentistas tuvo que aguardar hasta la década de 1930 y la Gran Depresión, cuando la relación con Estados Unidos puso al país en medio de la espiral del desarrollo capitalista dependiente en una posición incómoda. Los resultados del encuentro entre los extremos ideológicos fueron contradictorios y los debates entre las aspiraciones de uno y otro muy comunes entre 1930 y 1970. Hasta el 1930, el movimiento socialista y comunista habían preferido apoyar la transformación de Puerto Rico en un estado de la unión o se conformaban con una mayor autonomía para la isla. Siempre habían expresado alguna aprehensión en cuanto al asunto de la independencia y, en especial, el nacionalismo. La convergencia entre socialistas, comunistas y nacionalistas alrededor de la independencia solo se estabilizó tras el fin de la era de la contención Washington-Moscú pero siempre ha sido inestable.

Durante la Guerra Fría (1947-1991)

En medio de la Guerra Fría ocurrió otra era de “tanteo” que el autor insinúa. La ofensiva contra el movimiento anticolonial entre 1932 y 1954 fue atemorizante y eficaz. Durante ese periodo el independentismo, el nacionalismo, el populismo, las izquierdas socialistas y comunistas chocaron con intensidad. La represión condujo a un periodo de contracción, moderación y crisis en el sector. El hecho de que fragmentos de todos aquellos sectores se viesen precisados a elaborar acuerdos tácticos con Estados Unidos a la luz de la crisis económica y política, no puede ser descartado como estímulo a la crisis. En Estados Unidos las izquierdas, socialistas y comunistas, elaboraron una alianza con los reformadores demócratas. En Puerto Rico, esos mismos sectores prefirieron una alianza con los novotratistas y los populistas, y no con los nacionalistas.

Entre 1946 y 1959 la relación colonial fue “reformada” por medio de la aplicación de transformaciones que, manteniendo la dependencia, mejoraban la imagen internacional de Estados Unidos. Esa fue la era de oro de Operación Manos a la Obra y de la cirugía cultural denominada Operación Serenidad. El pesimismo filosófico que penetró la discursividad literaria del 1950 es, sin duda, una expresión de aquella situación paradójica.

Visto desde la distancia, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial habían cambiado la escena puertorriqueña planteando retos que el independentismo no siempre pudo superar. El realineamiento ideológico de este sector fue profundo. Algunos segmentos del socialismo amarillo, que había sido un aliado de Estados Unidos y los estadoístas; y del comunismo rojo, que había sido un aliado de los populares y el Nuevo Trato, se movieron hacia el independentismo. Los efectos sobre el discurso independentista fueron enormes durante la década de 1960 cuando la conflictividad de la Guerra Fría maduró en el Caribe al socaire del socialismo cubano. El caso de Cuba no fue un asunto aislado. La Guatemala de 1951 al 1954 fue una precuela, y la República Dominicana del 1962 al 1965 una secuela significativa por las relaciones históricas de ese país con Puerto Rico.

En ese tejido se dieron las condiciones para la revitalización del independentismo. El reavivamiento estuvo relacionado con las grietas que rompieron el aislamiento colonial y adelantaron el colapso de la secretividad impuesta por Estados Unidos respecto a Puerto Rico desde 1953 en la Organización de Naciones Unidas. Debo recordar que entre 1960 y 1972, el asunto de Puerto Rico volvió a discutirse en el Comité de Descolonización gracias a los esfuerzos del nuevo independentismo puertorriqueño y a la insistente diplomacia cubana. El independentismo era la única tendencia que afirmaba el carácter colonial del ELA. Tanto el estadolibrismo como el estadoísmo republicano, insistían en lo contrario y afirmaban el carácter interno (no internacional) del asunto del “estatus”.

La gran paradoja que emana de la lectura de este libro tiene que ver con el “afuera” del independentismo y con el problema de la percepción de la gente. Para la mayor parte de los puertorriqueños en las décadas del 1960 a 1990, resultaba más cómodo adoptar el discurso antinacionalista, anti-independentista y anticomunista promovido por las autoridades, que apropiarlos como un proyecto esperanzador. La criminalización del independentismo había surtido efecto.  Las posibilidades de insertar en Puerto Rico un nacionalismo innovador o un socialismo renovado y re-humanizador, fueron frenadas en el marco de una cultura política pobre. Aclaro, por otro lado, que la imagen internacional de los nacionalismos y los socialismos no era muy buena a la altura de la década de 1960. El efecto que había tenido el socialismo real soviético durante la época de Stalin; y el fascismo italiano y el nazismo alemán, explican la incómoda situación de esas propuestas en un contexto colonial y puertorriqueño anterior a la gran crisis de 1970 a 1973.

Mario R. Cancel Sepúlveda

Después de la Guerra Fría (1991 al presente)

La interpretación del periodo de la post-Guerra Fría se elabora alrededor de la “manzanas de la discordia” que Paralitici sintetiza con precisión, a saber:  la participación electoral, la violencia y la ilegalidad, y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. Cada uno de esos puntos ha sido justificado por medio de principios intransigentes, o sobre la base de necesidades tácticas a la luz de la praxis. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones une o separa al independentismo a pesar de que cada una de ellas puede validarse o invalidarse con argumentos de teórico o prácticos.

Es ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar en buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos y los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués que se entrecruzan no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas de esta naturaleza. En ese sentido, lo más apropiado sería hacer lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual se presume luchan el independentismo y el socialismo.

La otra cara del asunto posee un fuerte contenido filosófico y sociológico. Hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema del independentismo podía sintetizarse en el hipotético opuesto de la “nación” y la “clase social”. El debate de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida, en uno; o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción, en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los nacionalistas y los socialistas presentes en las luchas políticas desde 1959 en adelante, comenzaron a erosionarse a partir de 1976 en la misma frontera del orden neoliberal o post-capitalista.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de la “nación” o la “clase social” como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, pusieron en duda la eficacia de la “nación” o la “clase social” como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un inconveniente de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega Paralitici en su libro es que la inclinación por las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a qué lucha debe ser la prioritaria está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción o los circuitos de consumo. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmentos de clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen unos y otros no son las mismas.

Por más complejas que parezcan estas situaciones no se trata de un problema sin solución. El volumen Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico de José “Che” Paralitici  lo deja listo para la discusión. La mesa está servida. Sólo falta que vengan los comensales y que se inicie esta necesaria tertulia.

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