Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

septiembre 26, 2019

La Insurrección de Lares en la memoria de Ramón E. Betances Alacán

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Los recuerdos del 1868 ocuparon esporádicamente la memoria de Ramón E. Betances Alacán durante 30 años y, por cierto, siempre fueron un pretexto valioso a la hora de formular una idea para teorizar la revolución ante los sucesos entre el 1895 y el 1898. Los comentarios dispersos a lo largo de su correspondencia política indican que reconocía el valor potencial de que se reconociese cierta  continuidad entre una y otra experiencia. En términos generales no se equivocaba. Los componentes principales y los extremos ideológicos seguían siendo los mismos. Además un fragmento del liderato más significativo de los procesos del 1868 seguía vivo y esperaba que se contara con ellos para la nueva fase revolucionaria. Pero también era innegable que, al paso de los años, algunos de los actores habían cambiado de posición en el juego.

En el caso particular de Puerto Rico y Cuba, el autonomismo y el anexionismo a Estados Unidos habían ganado una relevancia extraordinaria por lo que las posibles alianzas con elementos de aquellos sectores a la hora de la separación debían ser trabajadas con sumo cuidado. Las  relaciones entre los separatistas independentistas y los anexionistas habían generado disputas en 1868 y 1869, antes y después de Lares, y nadie quería que ello se convirtiera en un freno para las aspiraciones separatistas. Pero el conflicto entre Estados Unidos y España, que también había sido un componente del 1868, había un tomado un giro extremo por cuenta de la guerra en Cuba que, como se sabe, se usó para justificar una intervención directa de Estados Unidos, hecho que acabó por marcar el futuro de las islas tras el conflicto de 1898. La disposición de los anexionistas cubanos, mucho mejor organizados que los puertorriqueños a fines del siglo 19, para disentir de los independentistas, era mucho más notable a fines de la década de 1890 que a fines de la de 1860. Es posible que el balance de fuerzas entre ambos extremos hubiese cambiado a lo largo de aquellos 30 años.

Betances Alacán veía la Insurrección de Lares como el resultado de un largo proceso de intenso trabajo político. La correspondencia que mantuvo en 1896 con Eugenio María de Hostos Bonilla y José Julio Henna Pérez, dos de sus más cercanos colaboradores, tornaba al asunto del 1868 una y otra vez. Se trata de dos corresponsales únicos identificado el primero, con el independentismo y el confederacionismo; y el segundo, con el anexionismo. En una nota a Hostos Bonilla en noviembre de 1896 afirmaba que “la intentona de Lares me costó doce años de preparación (1856-1868), y a eso se debió que Rojas se sublevara en Lares y que Sandalio Delgado tuviese un verdadero ejército (10,000 hombres me decía él-póngale 3,000) en Cabo Rojo, donde tanto me querían”[1]. Y a Henna Pérez le insistía en que “desde antes del ’65 (José Francisco) Basora y yo teníamos la isla agitada”[2] , que la población había sido inundada de papeles revolucionarios y que habían sido capaces de introducir armas al territorio por lo que Puerto Rico estaba listo para la revolución[3]. Una de las situaciones que lamentaba era que, al momento del levantamiento que se había dado “sin darme aviso,”[4] se encontraba en Curazao preparando un embarque de armas y que cuando se disponía a dirigirse a Puerto Rico “ya se había concluido todo”[5]. A Henna Pérez le revelaba que cuando llevó el cargamento de armas “compradas por mí y con mi dinero”[6] a Santo Domingo, las confiscó el presidente Buenaventura Báez.

Betances Alacán estaba convencido de que en 1868 lo habían dejado prácticamente solo con la tarea y, de hecho, al único conspirador al cual alude en ese momento es a Basora, anexionista al igual que Henna Pérez[7]. En otra nota a Henna Pérez firmada en julio de 1897 reconocía la falta de apoyo interno a su causa y llegó al extremo de decir que “me desespera el ver a mis paisanos tan indiferentes y hasta dichosos de vivir en el oprobio con tal de vivir”[8]. Para reforzar el argumento de que le habían abandonado recordaba que en 1868 había enviado una proclama a los “ricos” de la colonia, sector del cual esperaba el sostén financiero que se resistían a brindar. En la proclama aludida apelaba al núcleo de sus temores y sus prejuicios más ominosos amenazándolos con el fantasma de la revolución racial y social con el fin de convencerlos de colaborar: “Hagamos la revolución; -decía- pues si no puedo hacerla con ustedes (los ricos), la haré con los jíbaros; y si los jíbaros no quieren la haré con los negros”[9]. La clase criolla adinerada no se conmovió ante su petición de respaldo en 1868, hecho que volvió a repetirse en 1897. Los comentarios anotados demuestran que ni siquiera la aprensión o el escrúpulo que tenían los ricos ante los sectores del abajo social los sacudía lo suficiente como para tomarse el riesgo. Aunque no pudo persuadir, salvo contadas excepciones, a los “ricos”, Betances Alacán siempre fue muy cuidadoso a la hora de concebir el separatismo como una causa común de independentistas confederacionistas y anexionistas, alianza de que dependían las posibilidades de triunfo de su proyecto.

La derrota de Lares, otro asunto que debía explicarse a la hora de recuperar la memoria de aquel evento, la atribuía en otra carta a Sotero Figueroa Fernández al adelanto de la fecha del golpe que, planeado para el 29 de septiembre en Camuy, había sido ejecutado en Lares el 23. Factores fuera de su control habían forzado la decisión. Su lógica era que si “no hubieran tenido los patriotas que precipitar el desenlace de la conspiración”[10] el resultado hubiese sido distinto. Recordar esos detalles le mortificaba: “no me haga usted recordar tantos dolores ¡tantos!”[11]. Todas sus observaciones historiográficas y táctico-estratégicas se apoyaban en su condición de participante de los eventos y adoptaban un tono testimonial en el cual la furia y la nostalgia convergían.

Lares, en última instancia y a pesar de todo ello, debía ser salvado como un modelo para la revolución por venir. Las alusiones a la experiencia conspirativa concreta son continuas en la correspondencia con Henna Pérez. En una larga carta de noviembre de 1895 sugiere el modelo organizativo y práctico que condujo al levantamiento de 1868 para que se aplicase al proyecto de fin de siglo: “sería importante conocer, en cuatro o cinco puntos de la isla, algún hombre capaz de formar un Comité, cuyos miembros se encargarán de constituir otros alrededor de los primeros”[12], tal y como habían hecho Basora, Segundo Ruiz Belvis y él, entre otros, durante la década de 1860. En ello insistió y en diversas ocasiones recomendó a sus co-conspiradores listas completas de nombres que valdría la pena estudiar minuciosamente desde la perspectiva de su lugar en el espectro político colonial en contraste con lo que él esperaba de ello en medio de la crisis. Las listas de posibles colaboradores contenían no sólo a figuras de independentismo como el médico Manuel Guzmán Rodríguez,[13] y Hostos Bonilla[14], sino también a otros que no lo eran como Manuel Zeno Gandía, Antonio Mattei Lluveras[15], José Celso Barbosa, Luis Sánchez Morales[16], Juan Ramón Ramos, Agustín Stahl, Santiago Veve Calzada, e incluso Luis Muñoz Rivera a quien señalaba como “el que puede dar mejores informes sobre todo el país”[17]. En aquel registro había figuras que se identificaban con el conservadurismo, el autonomismo posibilista y el ortodoxo y, con posterioridad, con el estadoísmo republicano  afín al separatismo anexionista.

Un asunto que hay que tomar en consideración es que Betances Alacán reconocía que el Puerto Rico del 1860 no era el mismo de 1890. El balance de fuerzas, según se ha sugerido,  y las posibilidades revolucionarias diferían. En 1890 por la ausencia de trabajo político intenso, el país no estaba listo para un levantamiento: “allí comienza a agitarse la opinión; pero sería preciso preparar al pueblo como lo estaba en 1868”[18]. La melancolía y el pesimismo lo abrumaban. Desde su punto de vista la separación e independencia seguían siendo una necesidad, pero las condiciones del terreno reducían las posibilidades de éxito de una empresa de aquella envergadura.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa Fernández, cerca de Betances Alacán, resultó productiva. Poco después del intercambio le adelantaba a Luis Caballer Mendoza que, a pesar de lo incompleto de sus archivos -no tenía ejemplares de algunas de su publicaciones, ni fotos suyas en buen número- no perdía la esperanza de “dar a luz mis memorias”[19], promesa que volvió a hacer en un artículo difundido en el periódico cubano Patria[20] pero que nunca cumplió. La curiosidad de Figueroa Fernández lo condujo a producir no solo la referida colección de biografías publicada en 1888, sino también una serie de artículos sobre la Insurrección de Lares difundida en Patria en 1892[21]. En ambos casos el respaldo de un revolucionario cubano de la nueva generación, José Martí Pérez, parece haber sido determinante. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional del siglo 19 había comenzado.

El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa Fernández era un mulato muy peculiar con un pasado autonomista. Este pensador marginal no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes de su tiempo a quienes, sin duda, guardaba un especial respeto. Sus publicaciones inauguraron un discurso laudatorio y romántico sobre el separatismo independentista y confederacionista comprometido con la reivindicación de un acto subversivo cuyo significado había sido conscientemente devaluado o negado por la historiografía liberal y autonomista. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances Alacán en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894: Lares debía ser rescatado del Leteo.

Pero Figueroa Fernández excluía también conscientemente el papel singular que habían cumplido los separatistas anexionistas en aquel proceso, asunto que siempre había sido fundamental para la mirada betancina a pesar de su antianexionismo militante. Es cierto que los separatistas anexionistas se habían enajenado de la conjura que condujo a Lares durante los primeros meses del año 1867 igual que lo habían hecho los liberales reformistas desde mediados de 1867, pero su trabajo en el entramado de la conjura no podía ser puesto en entredicho[22].  Resulta por demás interesante que ningún comentario en cuanto a aquella disputa ideológica saliese a relucir en la investigación del periodista ponceño.  A pesar de que no se podría valorar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales de la década de 1890 en Puerto Rico y en el exilio, el tono adoptado por este acabó por reiterarse en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada contenía una queja franca respecto a la omisión voluntaria o no, que se repetía en la discursividad de las  elites intelectuales coloniales no separatistas. Lo mismo puede decirse de la escisión o divorcio de los defensores del independentismo y el anexionismo.

Las tensiones que ocuparon la psiquis insular entre 1897 y 1898 limitaron las posibilidades de desarrollo de una discursividad separatista o independentista sobre su papel en el relato de la nación puertorriqueña. La celebración de la autonomía moderada del 1897, arreglo cuyo valor Betances Alacán censuró hasta el momento de su muerte; y la invasión del 1898 que, desde su punto de vista representaba un obstáculo para la independencia y confederación de las Antillas, impidieron la maduración de un discurso historiográfico sobre el separatismo desde el separatismo que fuese confiable. El hecho de que el relato del siglo 19 fuese posesión de los integristas de tendencias liberales reformistas y autonomistas y que la versión separatista excluyera  la rica colaboración entre separatistas independentistas y confederacionistas y anexionistas explican la situación. Por último, el mismo subdesarrollo de una vida intelectual independiente en el país, en particular la historiografía, no ayudaba mucho, por lo que la imagen de aquella parte del pasado acabó por ser extirpada. Para que el asunto volviera a convertirse en un tema de discusión camino a su maduración habría que esperar algunos años.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de septiembre de 2019.

Notas

[1] Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade, eds. (2013) Ramón Emeterio Betances. Obras completas. Vol. V.  Escritos políticos. Correspondencia relativa a Puerto Rico (San Juan: Ediciones Puerto): 416.

[2] Ibid.: 343.

[3] Ibid.: 368.

[4] Ibid.: 404.

[5] Ibid.

[6] Ibid.: 418

[7] Ibid.: 419, 421 ambas en notas a Henna.

[8] Ibid.: 455.

[9] Ibid.: 456.

[10] Ibid.: 270-271.

[11] Ibid.: 271 y una variante del asunto en unos fragmentos sueltos en 279-280.

[12] Ibid: 312.

[13] Ibid.: 476.

[14] Ibid.: 523.

[15] Ibid.: 524.

[16] Ibid.: 380.

[17] Ibid.: 396.

[18] Ibid.: 304.

[19] Ibid.: 274.

[20] Ibid.: 280.

[21] Sotero Figueroa (1977)  La verdad de la historia (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña) 1977.

[22] Véase Carmelo Rosario Natal (1985) “Betances y los anexionistas, 1850-1870: apuntes sobre un problema” en Revista de Historia 1.2: 113-130.

abril 23, 2018

Betances ante Hostos (y viceversa): reflexiones en torno a una polémica

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Antecedentes de una relación controversial

Ramón E. Betances Alacán y Eugenio María de Hostos Bonilla estuvieron en contacto esporádico entre los años de 1859 y 1869. Los detalles de un encuentro epistolar en 1863 parecen haber sido cruciales en la opinión que uno desarrolló del otro. Betances, según se deduce de un comentario a la novela La peregrinación de Bayoán que el propio Hostos refiere, reconocía la tesitura reformista e integrista del texto del mayagüezano. En una nota le insiste en que, igual que no se podía hacer “tortilla” sin “romper” los huevos, no se podía hacer “revolución” sin “revoltura”. La fuente es Hostos en su artículo necrológico “Recuerdos de Betances” de 1898. En 1863, Hostos fue a Madrid donde se convirtió en un activista antillano en el circuito civil y político de la capital. Cuando se reencontraron en Nueva York en el 1869, eran casi desconocidos el uno para el otro. Buena parte de la vida política de Hostos en España desde 1866 era ignorada por Betances. La militancia de Betances en las Antillas, sin embargo, era un hecho más o menos conocido por Hostos. La proyección del caborrojeño era mayor que la del mayagüezano.

A Hostos le había atraído el activismo de Betances en Mayagüez entre 1856 y 1867. Su viaje a España en 1866 tuvo un efecto comprensible. En octubre de 1868 criticó con los argumentos de un liberal reformista la Insurrección de Lares de 1868 en un artículo que difundió El Universal de Madrid y el Irurac Bac de Bilbao. Hostos, reproduciendo el tono adoptado en La peregrinación de Bayoán de 1863, le restaba legitimidad al movimiento y proponía un programa liberal reformista para la isla. En aquel momento veía el problema de Puerto Rico desde la posición de un “español antillano”. Lares era un acto a destiempo porque España iba a ocuparse pronto de las Antillas. Para Hostos, Puerto Rico era fiel a España y estaba habitado por un pueblo “pacífico”, “sumiso” y “paciente” que poseía el “heroísmo pasivo que heredaron de los indios”, mientras que España poseía la “movilidad heroica” que a aquel le faltaba. Lo que sugería con ello era que una “revolución” era posible en España, pero no en Puerto Rico. Su argumento etno-racial no tenía nada que envidiarle a otros que posteriormente esgrimieron Salvador Brau o Antonio S. Pedreira a tenor de lo indígena y el temperamento

Hostos no estaba solo en aquel juicio sobre Lares. Los hechos de septiembre de 1868 tampoco resultaron simpáticos para el núcleo separatista independentista de Caracas encabezado por Andrés Vizcarrondo, el veterano conspirador puertorriqueño que entre 1863 y 1866 encabezó el Gran Club de Borinquen con un proyecto alterno al de Betances que nunca se pudo completar. Cuando en la década del 1980 estudiaba el fenómeno de las sociedades secretas en el contexto de la década de 1860, tuve que reconocer que los únicos puntos de contacto probables entre el proyecto de Betances y el de Vizcarrondo había que buscarlos en las figura de Segundo Ruiz Belvis y de Rufino de Goenaga. Lo cierto es que Vizcarrondo veía el problema de las Antillas desde la posición de un “hispanoamericano”. Tanto para Hostos como para Vizcarrondo, el antillanismo autóctono de Betances levantaba suspicacias que justificaban con el hecho de que no condujo a la separación y ni tan siquiera generó una guerra larga como Yara en Cuba.

Lo que alejaba a Betances de Hostos, según se colige del escrito del último, era por un lado, no la “violencia” sino el hecho de que fuera contra España. Por el otro, estaba la cuestión táctica de  cuánto se podía esperar de España de quien el caborrojeño desconfiaba por regla general. Lo que alejaba a Betances de Vizcarrondo era la cuestión de cuánto se podía esperar de Hispanoamérica. Para Betances una breve visita a Caracas en 1869 le confirmó que era poco. El “sueño de Bolívar” no conmovía a los venezolanos del Gobierno Plural y Vizcarrondo no hacía mucho por animar una cooperación en buenos términos con el rebelde antillano según demostró Santiago Román-Ramírez en un excelente trabajo de 2004.

Desde mi punto de vista, que estudié aquel proceso desde la perspectiva de Ruiz Belvis, es probable que el viaje del abogado de Hormigueros a las Repúblicas de Sur en busca de respaldo para su proyecto, esquema que encaja en la visión de Vizcarrondo, haya sido un “último esfuerzo” en la dirección hispanoamericanista del Comité Revolucionario que encabezaba. La comisión, como se sabe, fracasó se manera estrepitosa en 1867. Las gestiones, como las del General Antonio Valero de Bernabé entre 1821 y 1827: acabaron sepultados por los requiebros del pragmatismo político que no quería poner los logros de las jóvenes reúblicas en riesgo por cuenta de las Antillas.

Cuando Betances formula su antillanismo en la década de 1860 lo hace porque reconoce la inoperancia del hispanoamericanismo romántico sin que ello significase un rechazo al bolivarismo ideal o a la figura del libertador. La solución que se planteaba no era sencilla: las Antillas deberían hacer la separación e independencia por sí mismas, como los italianos construían su unidad. Tendrían que salir de España sin contar con Hispanoamérica pero también, en lo posible, evadiendo a Estados Unidos. En suma, la idea de la “revolución” y el “revolucionario” en Betances, Hostos y Vizcarrondo eran distintas como ya Germán Delgado Pasapera en un extraordinario estudio en 1984.

 

¿Cómo enfrentar una polémica de esta naturaleza?

El choque entre Betances y Hostos siempre ha llamado más la atención que el de Betances y Vizcarrondo. La forma de enfrentarlo no deja de ser curiosa: en la década de 1980 la intención parecía ser atenuarlo a fin de que no fuese malinterpretado por el enemigo político. Un componente de la discusión fue el recurso a argumentos psicológicos articulados por lo que podría denominarse la “Escuela Hostosiana de Mayagüez”, un conjunto de investigadores forjados alrededor de la conmemoración de sesquicentenario en 1989 en esa ciudad.

Un argumento central que se reiteraba era que el choque sería comprensible a la luz de diferencias de carácter debidos en parte a la diferencia en edad. Ello no dejaba de poseer valor ilustrativo. La moderación de Hostos (nacido 1839) y la inmoderación de Betances (nacido en 1827) permitía explicar el temperamento de uno y otro y entender qué los separaba. Aquella interpretación también servía, aunque no se aplicó a ese fin, para entender el choque de Betances con Vizcarrondo (nacido en 1804). El liberalismo y la confianza en España en Hostos; el separatismo independentista, las dudas sobre el apoyo de Hispanoamérica a las Antillas o la poca confianza en España de Betances; y la persistencia en el modelo hispanoamericanista de Vizcarrondo, podían ser leídas como una impronta generacional que marcó la psiquis de cada uno. El psicologismo y el historicismo se daban la mano para comprender las discrepancias entre estas tres figuras de siglo 19. En esa dirección elaboraron sus juicios el citado Delgado Pasapera, Loida Figueroa Mercado y Argimiro Ruano, entre otros, con procedimientos y fines distintos.

Una interpretación betanciana: Félix Ojeda Reyes

Ojeda en una investigación de 2001, sin descartar los argumentos psicológicos o de carácter, evalúa la polémica desde una perspectiva ideológica y política. Sus fuentes son las partes pertinentes del Diario I de Hostos y la correspondencia de Betances con terceras personas. Hay que tomar en cuenta que Betances le debe mucho al radicalismo del 1789 y el 1848 y, en ocasiones, actúa como un continuador del tercer estado rebelde: montañeses, jacobinos, sans-culottes. Una vivencia del 1848 lo convirtió en testigo, consciente o no, del “despertar” del “cuarto estado” o la clase obrera. José Manuel García Leduc en un volumen sobre Betances heterodoxo de 2007, insiste en la influencia del “liberalismo clásico” por oposición al “liberalismo burgués” en Betances como una clave interpretativa.

Ahora bien, Hostos según Ojeda, es producto de la reflexión político-literaria reformista presente en La peregrinación de Bayoán que Betances criticó con severidad. La idea de que aquella novela reformista e integrista que confiaba en la buena fe de España debería ser interpretada como una estancia en el camino hacia el separatismo independentista es del mismo Hostos. Betances, no la leyó de ese modo, lo cual pudo incomodar al joven Hostos. Todo sugiere que la admiración que Hostos sentía por Betances, una leyenda cívica mayagüezana, se mitigó desde ese momento. Su praxis política en Madrid expresa bien lo que sugiero. En la península militó en el liberalismo reformista y el republicanismo federal a la vez que giraba alrededor del profesor Emilio Castelar y el General Francisco Serrano, entre otros. En ellos ubicaba las posibilidades futuras de Puerto Rico. En octubre de 1868, están en campos opuestos. Betances es el líder ideológico y organizativo de Lares mientras Hostos es un dirigente intermedio con alguna influencia en la Revolución Gloriosa que se corre el riesgo de ser rechazado por su origen antillano. Su evaluación sobre Lares antes citada encaja dentro de esos parámetros.

Cualquier interpretación de la polémica debería partir de la consideración de que la imagen que proyecta Hostos en 1869 cuando se integra al separatismo no es convincente para los separatistas veteranos. A lo sumo se le apropia como un liberal reformista con una pobre una experiencia dado que su papel en la Noche de San Daniel (1865) y la Revolución Gloriosa (1868) fue secundario. Su pasado inmediato sugiere que, en España estuvo asociado al poder ya que antes de llegar a Nueva York, había recibido una oferta para gobernar a Barcelona. Lo mismo sucede con su imagen en relación con Puerto Rico donde se le reconocía como un liberal reformista. Ojeda recuerda que en 1869 lo postularon a Cortes por Mayagüez a pesar de que no vivía en la jurisdicción y obtuvo casi tantos votos, uno menos, que Román Baldorioty de Castro. Su cercanía al liderato liberal reformista que había traicionado la confianza de Betances desde 1867, despertaría recelos en los separatistas.

Es bien probable que la impresión de inmadurez o poca previsión política que dejó Hostos en Betances y José Francisco Basora cuando entraron en contacto animara la polémica. La proposición que hace en Nueva York a Betances de “jugar el todo por el todo” (“simple y llanamente dejarse matar por las autoridades españolas” según lo traduce Ojeda) lo delata. La idea de venir juntos a Puerto Rico con la seguridad de que con ello “provocamos un levantamiento” no era realista. Betances, en su cautela, aconseja que se le aísle: “No creo que Hostos debe estar en nuestros secretos” dice a Carlos E. Lacroix. Hay algo de madurez y respeto en esta afirmación privada del caborrojeño que desdice la de Hostos. Al pensador krausopositivista le desesperó el rechazo y llegó a reaccionar de una forma francamente inmadura. Ojeda afirma que “Hostos se siente superior a Betances”. También se siente superior a Ruiz Belvis ya fallecido, a Basora, a Lacroix. Incluso imagina que puede manipularlos para ponerlos a su servicio. Lo cierto es que el Diario I está lleno de afirmaciones de esa naturaleza. Sólo añado que Hostos escogió mal el objetivo porque Betances era ya una figura de culto para cubanos, dominicanos y puertorriqueños en el insilio y en el exilio.

Eso no fue todo. También hubo choques en cuanto a la política de alianzas con los separatistas anexionistas. Betances, siendo antianexionista estratégico, defendió una coalición táctica con aquel sector hasta el 1898. Después de todo Basora, José Julio Henna, Juan Chavarri eran anexionistas puertorriqueños que apoyaban la causa de la separación de España. De igual modo, José Morales Lemus, Manuel Aldama y José Manuel Mestre eran anexionistas cubanos cercanos a Basora desde 1865. Betances veía la alianza entre anexionistas e independentistas como un “realista político”. Era una necesidad táctica que no alteraba su objetivo estratégico. Delgado Pasapera la interpretaba como un acuerdo tácito que afirmaba la prelación de separarse de España y hacía necesaria la posposición del fin último para el porvenir.

Hostos, un ideólogo de principios o fundamentos, un ortodoxo intransigente, no lo veía así. Con ello ganaba adversarios entre cubanos y puertorriqueños anexionistas e independentistas. Desde la perspectiva de la militancia, el asunto era más complicado. Hostos usaba el foro La revolución que dirigía, órgano compartido por ambos sectores donde lo habían colocado Betances y Basora, para atacar el anexionismo. Su labor divisionista generó presiones que lo forzaron a renunciar al cargo a pesar de la insistencia de Betances y Basora de que no lo hiciera. En gran medida su “viaje al sur” desde octubre de 1870, respondía a su incapacidad o poca disposición para integrarse a la disciplina organizativa de los separatistas de Nueva York. No creo que haga falta aclarar que, en la ruta de su maduración política, su opinión respecto a Estados Unidos cambiaría. Entre 1875 y 1898 Hostos se transmutó en un admirador de las “virtudes” de la civilización estadounidense tal y como lo documentaron en la década de 1980 tanto Delgado Pasapera como Figueroa Mercado, entre otros. El sueño le duró poco y en 1900 ya andaba por otras rutas como se sabe.

En suma, Betances es ideólogo extremista, es cierto, pero Hostos es un ideólogo de extremos y, por ello, a veces acusa aparentes inconsistencias o vacilaciones, pienso en una reflexión de Richard Rosa en 2003, en sus posturas. En ambos casos se trata de dos figuras ricas de contenidos cuyas diferencias nunca desembocaron en la antinomia.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 6 de abril de 2018.

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