Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

marzo 18, 2021

San Juan/Ponce/Nueva York/La Habana: Trayectorias de Sotero Figueroa

La siguiente entrada incluye la vídeo conferencia del Dr. César A. Salgado, comparatista de la Universidad de Texas en Austin, sobre el tipógrafo, intelectual y conspirtador puertorriqueño Sotero Figueroa. La actividad fue realizada el 4 de febrero de 202 por invitación del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) del Departamento de Ciencias Sociales (RUM-UPR). La misma es comentada por el Prof. Mario R. Cancel (RUM-UPR). Invito a todos a elaborar una reflexión innovadora sobre el siglo 19 puertorriqueño.

mayo 21, 2019

Entre historia y memoria: apuntes al margen de la autobiografía de Silverio Pérez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

El jueves 7 de marzo recibí un mensaje de Silverio en mi teléfono móvil. Me pedía que escribiera un blurb para la reimpresión de su libro Solo cuento con el cuento que te cuento. El blurb es una descripción corta que busca convertir en objeto del deseo la obra que describe, en este caso un libro. Esas peticiones siempre me ponen nervioso. Soy un buen lector, pero un pésimo propagandista.

Aquel día había estado revisando materiales sobre el idealismo trascendental, el nacionalismo y el liberalismo para una charla que tenía pendiente en San Juan y me había atascado desarrollando modelos de conocimiento a priori que mis estudiantes de historia pudieran comprender. No me gusta fallarle a los amigos por lo que le dije a Silverio:

Mañana sin falta. Tengo (unos) apuntes sin articular, pero a primera hora te dejo un blurb que integraré a mi presentación. Dime si está bien para ti. Tengo el cerebro agotado a las (dos) de la tarde y las ideas me huyen como gatos ferales.

Silverio me dijo con su natural paciencia que estaba bien. A eso de las cuatro de la tarde volví a escribirle: “Silverio, me tomé dos copas de vino (un tinto fuerte español, por cierto) y redacté esto. A ver qué te parece”:

Leer las memorias de Silverio Pérez es cómo repasar las escenas de la vida de un viejo amigo. Aclaro que en este caso la amistad no tiene que ver con la cantidad de años acumulados sino con la intensidad del afecto.

Una de las virtudes de este libro es que en sus páginas la emocionalidad, la intuición, la reflexión y la racionalidad, entre otras muchas formas de saber el mundo, conviven como debe ser: en constante contradicción y pugna creativa. El rebelde, el ingeniero, el trovador, el satírico, el motivador, el escritor, se juntan en complejo y evocador palimpsesto. Después de todo esa es la vida de un ser humano que transita con su elusivo “yo” para formar el “nosotros” que todos somos en última instancia: el otro es el mismo al cabo del tránsito. Esta es una vida que no se ha permitido nunca una renuncia. El chico de Mamey está presente en el escritor que en estas páginas se piensa…y viceversa.

Su respuesta fue una de esas iluminaciones que me niego a desobedecer: “Por favor sigue tomando vino!!! Gracias!!!”. Hoy cumplo con la palabra empeñada. Después de todo Miguel de Cervantes, hablando de los vinos, decía que no hay néctar que se les iguale”.

Mi relación con Silverio, el escritor, no es nueva. Comenzó hacia el 2004 cuando Isla Negra editores me pidió que revisara y prologara su libro El humor nuestro de cada día. Las tres tristes tribus.  En 2016 cuidé la redacción de su volumen La vitrina rota o ¿qué carajo pasó aquí? que difundió Ediciones Callejón. Los editores Carlos Roberto Gómez Beras y Elizardo Martínez reconocían el escritor que había en Silverio, asunto sobre el cual hablamos en diversas ocasiones.

Ahora bien, leer para prologar, para asesorar un proceso de redacción, para lanzar una obra o para producir un blurb no es lo mismo. Son tareas complejas que ocupan el tiempo de esa subespecie que llamamos “escritores”. Al lado de Silverio ya he realizado todas esas faenas. Aclaro que en todas y cada una, media la condición de que soy historiador: soy un outsider o un extranjero en el mundo de la subespecie de los “escritores”. Hoy, ante Solo cuento con el cuento que te cuento voy a realizar una labor distinta. Las motivaciones de mi lectura son egoístas y epicúreas: voy a leer por leer, por placer, para saborear este texto como se degusta un vino añejo a la vez que reflexiono sobre mi condición de lector.

Lo cierto es que el “historiador” lee un texto de esta naturaleza de modo distinto a como lo haría un “escritor”. La autobiografía es un subgénero híbrido en muchos sentidos. El discurso autobiográfico se mueve entre lo individual y lo colectivo por lo que, bien leído, informa sobre las oscilaciones entre el sujeto y su contexto y enriquece la imagen del pasado. La comprensión del escenario en que se conduce una vida se profundiza en estas textualidades.

Para los que buscamos en el estudio del pasado algo más que la respuesta a la pregunta de “qué (realmente) pasó”, la autobiografía, cuando es el resultado de una reflexión inteligente y profunda, permite al historiador aproximarse a la dialéctica entre la memoria y la historia. La memoria es ese pasado pergeñado con las emociones que formulamos a través de la intuición y la sensación del acontecer. La historia es ese pasado construido con los recursos de la percepción y la reflexión racional sobre el acontecer. No se trata de que la memoria excluya o cancele a la historia o viceversa. Algo me dice que el historiador que se adhiera a cualquiera de las posturas extremas perderá de vista la hermosa complejidad de la condición humana en el tiempo y el espacio.

Silverio Pérez (RUM 2 de mayo de 2018)

La autobiografía se mueve con gracia lujuriosa entre dos formas de la escritura creativa que me sobrecogen y estremecen: la historiografía y la narrativa ficcional. Ya no se trata solo de cómo ve el historiador ese fragmento del pasado sino de cómo lo vivió y vio un testigo ocular. En cierto modo, de lo que se trata es de un retorno ritual a una tradición que una vez se denominó clásica.

 

La impresión de caos fluyente, común a la historia y la autobiografía, que producen las huellas del pasado se resuelve en la textualidad cuando nos entregamos a la “flecha del tiempo” y convenimos en que todo esa confusión condujo al exacto lugar desde el cual tratamos de otearlo. En el caso de la autobiografía la vida se aboceta como un largo filme en el cual, a veces, lo vivido adopta la forma de un cuadro estacionario y la impresión del stop motion. Lo que la imaginación histórica hace con esos callejones sin salida en la historiografía, lo hace la imaginación literaria en el caso de la autobiografía.

Apropiar el pasado colectivo o individual y construirle un sentido mediante una historia o una autobiografía, requiere destrezas que Silverio posee. La otra parte, la complicidad del lector en este caso la mía, la ganó hace tiempo. La complicidad arrancaba de que, en momentos concretos de mi lectura, las emociones se atropellaban y tenía que tomar distancia del relato para recuperar la compostura. Esa sensación de extrañeza y aturdimiento sólo me había invadido cuando, siendo adolescente, leía el diálogo de Sancho con el Quijote en el lecho de muerte de Alonso; y cuando, siendo adulto joven, cotejaba algunos de los momentos más trágicos de la vida de Pedro Albizu Campos. Se lo adelanté a Silverio en un mensaje de texto del 31 de enero de este año:

…tu libro me produce muchos sentimientos encontrados. Tiene que ver -le aclaraba- con experiencias en común contigo y con algunas reminiscencias literarias que estoy atando a ciertas lectura que no sé si conoces. La escritura es así, como una diablura…

La extrañeza y el aturdimiento tenían que ver con una serie de pulsiones, impulsos de la intuición, que actuaban como artificio de la memoria y me sacaban con brusquedad del ámbito de la lectura para conducirme a universos domésticos y ficcionales que ya yo consideraba olvidados. Los buenos libros producen ese tipo de efectos en lectores como yo: convidan al monodiálogo en el insilio que nos hemos impuesto. También tenían que ver con una serie de afirmaciones sintéticas que Silverio había inscrito en lugares estratégicos de su autobiografía. Para mi gusto funcionaban como pensamientos nodales que tenían el propósito de marcar momentos de rompimiento y discontinuidad que fueron reconvertidos en momentos de regeneración y continuidad. Cada pulsión y cada pensamiento me anclaba en la meditación por horas. Ya no me interesaba tanto la complejidad del relato sino la del ser humano atrapado y liberado que me sugería Silverio a través de sus palabras.

¿Cuántas veces me sucedió a lo largo del libro? No podría precisarlo. Tengo la manía de registrar esas pausas irracionales en los márgenes de las páginas o en la hoja de respeto o de la vergüenza que los editores dejan en blanco al principio y al final de un volumen. Para no abrumarlos solo comentaré algunos de ellos

Las pulsiones son aristas que marcan el texto y la vida que usualmente se expresan a la hora de abrir o cerrar un capítulo. Su capacidad de conmover al lector es enorme. En “El paquete de la tía Vicenta” dice el autor:

Hay una mujer recostada, con sus codos apoyados en el marco de una ventana de madera despintada y rústica. Su barbilla reposa sobre sus manos entrecruzadas. Su mirada, perdida en el horizonte. Esa mujer es Victorina Figueroa Amador, mi mamá. (23)

La reminiscencia o evocación que ocupa a Silverio es la “Muchacha en la ventana” de Salvador Dalí ubicada en el Museo Reina Sofía de Madrid ante la cual yo también me extasié alguna vez. La imagen de Victorina me llevó a otro lugar: mi madre se llama Victoria y la recuerdo igual. Era como si desde aquella posición estas mujeres observaran y eslabonaran el mundo a fin de orientar la vida de los suyos. El encuadre de Victorina me retrotrajo a la colección de poemas “Las ventanas” de Rainer Maria Rilke en traducción de Gerardo Diego cuando el poeta afirmaba:

Basta que se asome al balcón / en el marco de la ventana / una mujer que dude…y ya es sin remisión / desde su misma aparición / la que perdemos, tan temprana.

Más adelante insistía el poeta:

Jamás surge tan bella la amada / como cuando tu alféizar la exorna…

En “De parto”, Silverio cuenta como su padre, Silverio Pérez, carpintero y peón, en medio de una crisis espiritual y material, decide mudarse como quien huye del signo de una tragedia.

Mi papá se dedicó entonces a desmontar la casa, poco a poco. Y la fue llevando de un lado para otro, tabla a tabla, cuartón a cuartón, plancha de zinc a plancha de zinc, claveteando, serruchando, hasta que una noche nos fuimos a dormir a la residencia a medio construir. Dejamos la casa anterior a la misma vez que ella nos dejó a todos. Seguimos la madera como quien sigue su origen, con la certeza de que hay veces que la casa no está en la tierra -sino en nosotros- y nos la llevamos dondequiera que vamos. (51)

La escena, expresionista por demás, posee un significado moral asombroso. Imaginar a Silverio padre en medio de aquella epopeya me trajo a la memoria un hermoso texto del uruguayo Mario Benedetti. En “La casa y el ladrillo” (1976-1977) usaba como lema una frase maestra de la extrañeza del poeta alemán y creador del teatro dialéctico, Bertolt Brecht quien afirmaba: “Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo / para mostrar al mundo cómo era su casa”. La casa, el escenario del hogar y la familia, se convierte en parte inseparable de la identidad carguemos con ella, como hizo Silverio padre, o la dejemos atrás. Esos lugares de la infancia actúan como la memoria de un vientre protector insustituible. Estas pulsiones me dicen como lector el amor infinito que siente Silverio por sus padres.

Silverio Pérez, Mario R. Cancel Sepúlveda y Efrén Rivera Ramos

Los pensamientos son otra cosa. Silverio, el escritor, los articula en medio de los giros radicales que impone el azar con sus faustos e infaustos. Esta reflexiones le sirven para tomar un respiro y volver a apostar por las posibilidades de la vida. Mirarse desde lejos es un recurso que la autobiografía hace posible. La distancia a veces produce extrañeza como si al mirar al simbólico espejo encontráramos a otro. En el contexto de la memoria de su ingreso al CAAM en 1965, Silverio dice: “Se me antoja la vida como las líneas que al azar traza un niño, lápiz en mano, sobre un papel en blanco” (93). Cuando un historiador se enfrenta a una afirmación como está reconoce la huella de un debate relevante para su profesión: el de la relación entre la libertad y la determinación, entre el azar y la causalidad. En su afirmación Silverio apuesta cautelosamente por la libertad y el azar como gestores. Después de todo, cuando se trata de la memoria, eso es plausible.

Una vez hecha la apuesta, se ubica en la posición del escritor y afirma: “Caminar los laberintos de la memoria conlleva riesgos, sorpresas, decepciones. Hay archivos que parecen enmohecidos y se niegan a abrir. Otros, han tachado fechas, nombres y sucesos, tal vez para evitar el dolor o para evadir añoranzas de sueños inconclusos” (155). El contexto es distinto: se trata de los años 1974 y 1975 cuando la dulzura y la amargura ya lo habían tocado reiteradas veces. Silverio reconoce que los seres humanos, aunque predispuestos biológicamente para “recordar” son también, como sugerían Friedrich Nietzsche y Henri Bergson, máquinas que necesitan “olvidar” un sinnúmero de cosas para asegurar su subsistencia. La “memoria” y la “historia” son una navaja de doble filo que hay que saber manejar a fin de no lastimarnos.

Más adelante, Silverio concluye en un pensamiento contundente y autoevaluativo lo siguiente: “A veces, la vida se torna en un drama que vamos escribiendo en tiempo real, sin ensayos, frente a un público que te aplaude o te critica; y te juzga siempre. Pero es así como aprendemos a vivir, disfrutando, sufriendo y creciendo. Ya voy conociéndolo mejor al personaje del cual escribo como excusa para comprender su entorno.” (273) El contexto es la década de 1990 en la cual, desde la madurez, confirma su condición de desconocido para sí y que la vida en efecto es azar, casualidad y performatividad. La determinación y causalidad que percibimos en el pasado individual o colectivo, no surge de los actos que acometemos al interior o al exterior. Ese cosmos se articula cuando nos narramos.

Un último apunte antes de culminar. Mi presencia en la autobiografía de Silverio me pone en la situación de sentirme parte “de esos relatos que a veces sentimos tan distantes” (207). Hace años me sorprendió hallarme en las memorias del jurista, académico y escritor Otto Morales Benítez. El viejo intelectual colombiano recordaba un encuentro que tuvimos en San Germán en 1990, yo tenía 30 años, para conversar sobre el General Antonio Valero de Bernabé y el libertador Simón Bolívar. Cuando revisé la escena yo no recordaba sus memorias, pero sus esbozos reanimaron la mía como si se tratara de un disparo. El amigo Miguel Hudo Ricci, cuyo testimonio autobiográfico revisé en 2010 para una presentación, me decía con sorpresa: “…me estoy viendo a través de sus ojos (profesor Cancel) y de su cosmovisión, con todos los ángulos que ha introducido a la experiencia que viví”. La persona transformada en personaje es el mismo y es otro.

A Silverio le digo dos cosas. Primero, gracias por la amistad. Es cierto que tengo pocos amigos, pero esa es la naturaleza de la amistad: su excepcionalidad. Lo excepcional es lo raro y lo único, lo que nunca es redundante ni excesivo. Relaciono los amigos a las capas de tiempo y espacio superpuestas que me ocupan y me hacen. Son como una página sobre la cual siempre puedes escribir y leer una historia. Uno los escoge arbitrariamente y de manera egoísta. Los conserva del mismo modo, y los defiende con la ferocidad que despierta un peligro. Esa hueste grande o pequeña me ayuda a ubicarme en el mundo, a ser parte de una historia.

Segundo, sigue escribiendo. El escritor es un intérprete, un esquivo ser que teoriza.  Ante el fin de los sueños, inventa una frágil estructura en la que habita. Esa fragilidad es todo lo que posee.

Comentario en torno al libro: Silverio Pérez (2018) Sólo cuento con el cuento que te cuento. San Juan: Ediciones Callejón. Leíd en el Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) el 2 de mayo de 2018. Publicado originalmente en 80 Grados-Letras 3 de mayo de 2018

 

 

 

mayo 9, 2017

José “Che” Paralitici y la reflexión historiográfica en torno al independentismo

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor
Prólogo del libro Historia d la lucha por la independencia de Puerto Rico. Río Piedras: Gaviota, 2017.

Preludio

En un seminario graduado que dictaba en torno al tema de la representación de los puertorriqueños en los escritos estadounidenses surgidos de la invasión del 1898 un  colega afirmó que el independentismo era el “gran perdedor” de la historia moderna de Puerto Rico. Era una aserción difícil de rebatir con una respuesta sintética y breve. El independentismo en el siglo 19, 20 y 21 ha sido la casa grande de una diversidad de tendencias y una propuesta hija de la pluralidad de las contradicciones materiales e inmateriales que han marcado al país desde fines del siglo 18 al presente. Hablar del independentismo y de la independencia refiere al investigador a un proyecto en construcción que ha significado muchas cosas. Lo que en el siglo 19 se identificaba con el separatismo independentista, se reubicó en el 20 entre los márgenes de los nacionalismos y los socialismos más diversos. La misma idea confederacionista tuvo un carácter distinto en ambos siglos. Hablar del independentismo como si se trata de proyecto homogéneo y único implicaría, desde mi punto de vista, una simplificación interpretativa imperdonable.

En vista de los riesgos que corría con una contestación poco reflexiva asentí, pero le aclaré que el fenómeno era más embarazoso. El estadoísmo era el otro “gran perdedor”. Aquella  propuesta, que creció en la forma del separatismo anexionista en alianza táctica con el separatismo independentista decimonónico, había visto la anexión del territorio en 1898 pero la estadidad seguía siendo un desiderátum. El hecho de que cuando se dio aquel diálogo en el 2014, la estadidad no se hubiese conseguido, confirmaba su condición de “gran perdedor”. Si adoptaba la lógica de mi interlocutor en realidad se trataba de dos “grandes perdedores”.

Los separatistas independentistas vieron la separación de España sin que pudieran completar su meta de independencia. Los separatistas anexionistas vieron la anexión a Estados Unidos sin que se completara su ansiedad de integración e igualdad. La confianza de una parte significativa del liderato de ambas tendencias en el republicanismo estadounidense fue violada y la promesa de libertad e igualdad que se hizo a aquellos sectores incumplida. Ese espacio vacío quedó disponible para que lo ocuparan los sectores colaboracionistas quienes sirvieron de intermediarios sumisos al imperio estadounidense en una historia del nunca acabar. El debate se canceló de inmediato.

Es cierto que la historia moderna de Puerto Rico ha sido un terreno fértil para el señorío  de los sumisos al imperio de turno. Los efectos de ese fenómeno sobre la imagen colectiva del país en el discurso historiográfico dominante han sido enormes. El primero efecto es que la historia de los “dos grandes perdedores” nunca ha sido una prioridad de los interesados en la disciplina. Además, el hecho de que algunos historiadores se hayan ocupado de reflexionar sobre ello nunca ha garantizado que serán escuchados por quienes articulan el canon desde el poder.  El segundo efecto es que, bien vistos, los conceptos “perdedor” y “ganador” no son confiables a la hora de dilucidar este problema con seriedad: los adjetivos reducen la lógica de las luchas colectivas -nacionales o sociales o identitarias- a la condición de un “deporte” un “juego” cuando, de hecho no lo son.

Bajo condiciones como esas el pasado puertorriqueño y en especial la historia de sus resistencias, ha sido formulado por la intelectualidad vacilante insaculada de los sectores afines a  España y Estados Unidos en un siglo y otro. No me parece necesario aclarar que esos discursos traducían bien los intereses de las fuerzas  que frenaron la integración a Estados Unidos o la separación de España en el siglo 19; y la estadidad o  la independencia en el siglo 20. Si alguna utilidad tuviese el concepto “ganador”, habría que buscarlo en el lugar de los intelectuales colonialistas. El “ganador” en esta larga historia de sumisión siempre ha sido el mismo: el centro vacilante que, en su beneficio, no ha admitido la solución de un dilema bicentenario y responsabiliza al sujeto colonial por los efectos de la irresolución. En términos concretos me refiero a los liberales reformistas o especialistas, los autonomistas radicales o moderados en el siglo 19; a los unionistas, los aliancistas, los liberales, los populares y los soberanistas en el siglo 20 sin olvidar, claro está, a los defensores del protectorado y el amparo de Estados Unidos en ambos siglos. Desde esa cómoda situación, los representantes de esos sectores han producido un discurso manido en el cual la reflexión sobre el activismo de los “perdedores” ha sido devaluada y sus discursividades suprimidas consistente o reducida a la imagen borrosa de un acto de recordación pueril.

Una secuela lógica de este escenario histórico ha sido que esos sectores vacilantes han sido instrumentales en la configuración de un relato histórico que afirmará la imposibilidad de la integración y de la independencia y, con ello, legitimará la irresolución como la única condición con posibilidades reales de prevalecer. La historiografía de ese centro vacilante sigue allí con su autoridad informando a quien se  acerquen al asunto de los contenidos y límites de su identidad.

 

Una reflexión histórica

La alusión más remota a un acto vinculado al separatismo independentista es de octubre de 1795. Un dibujo amenazante sobre el cuello de la efigie del rey de España que circuló durante un juego de naipes en la capital, fue interpretado como el signo de una conjura agresiva. La investigación iniciada por el gobernador militar Ramón de Castro no condujo a ninguna parte. Lo que llama la atención de aquel episodio olvidado es el miedo que un pequeño detalle produjo en un sistema que parecía muy seguro en Puerto Rico. No se puede pasar por alto que aquellos eran los tiempos de la guillotina y que el gobierno de los jacobinos había caído de manera aparatosa apenas en noviembre de 1794. El  principal cuestionamiento al integrismo hispano había debutado en la colonia antillana.

Dr. José “Che” Paralitici

La reflexión intelectual sobre el separatismo también fue temprana. Correspondió a los intelectuales integristas formular una imagen de aquel movimiento como el opuesto de la hispanidad y sus valores. No se equivocaban, por cierto. El funcionario e historiador Pedro Tomás de Córdova (1831) aludía a su carácter peligroso y malintencionado cuando comentaba la década de 1820. José Pérez Moris (1872) retornó sobre el tema a la luz de la Insurrección de Lares de 1868 en un volumen clásico. Dos elementos en común compartían aquellas figuras. El separatismo independentista y el anexionista fueron reducidos a una misma cosa, pero ambos autores temían más a la anexión que a la independencia. Se presumía que Estados Unidos estaba detrás de ambas conjuras revolucionarias. De igual manera, los dos autores  equipararon el separatismo en cualquiera de sus manifestaciones a una patología que podía y debía ser sanada incluso por la fuerza. El lenguaje de la sociología positivista, una disciplina emergente en el siglo 19, marcó la discursividad de los intérpretes integristas.

La devaluación agresiva del separatismo independentista en particular, no fue privativa de los integristas españoles: los criollos liberales reformistas y especialistas que siempre fueron integristas como aquellos, sólo cambiaban el tono. En Alejandro Tapia y Rivera (1882) el separatismo era un acto de “descontentos”; en Salvador Brau Asencio (1904) un acto “prematuro” y “precipitado” que culminaba en una “algarada”. Los hermanos Francisco Mariano y José Marcial Quiñones, en su reflexiones históricas de 1872 y 1890, aunque resentían las posturas belicosas y prejuiciadas de Pérez Moris en su libro, evitaron todo lo más posible vincular el autonomismo con el separatismo y tomaron distancia de sus posturas de una manera consistente. Un caso emblemático es el de Tapia y Rivera quien en el “Capítulo XXX” de Mis memorias (1882) estableció que “toda regeneración y progreso eran posibles bajo la bandera de la patria española”, argumento que coincidía con la interpretación de Pérez Moris de que todo separatismo atentaba contra la evolución del progreso que sólo se garantizaba manteniendo la unión con España.

La relevancia de la obra de Pérez Moris para la historiografía del separatismo independentista es incuestionable. Cuando Sotero Figueroa, uno de los primeros historiadores en  plantearse el tema del separatismo independentismo desde el independentismo le pide a Ramón E. Betances Alacán  una reflexión sobre Lares para alimentar con el testimonio su libro, el médico le dice que tiene que revisar la obra del autor integrista español. Figueroa, un ex-autonomista de Ponce, desplegó una labor  fundacional de la historiografía del independentismo en la páginas de  Patria en la  serie titulada “La verdad en la historia” y en el libro Ensayo biográfico de los que más han contribuido al progreso de Puerto-Rico (1888).

El pasado remoto de este libro del Dr. José Paralitici está allí. La reflexión sobre el independentismo desde el independentismo encuentra en este volumen una culminación extraordinaria. En este libro el colega torna, como ya ha hecho en otros de sus títulos,  sobre un proyecto inconcluso: la reflexión sobre la historia de uno de esos extremos, el independentismo en el siglo 20 y 21. Reescribir desde la perspectiva de la alteridad la historia de los llamados “perdedores” es un proyecto no solo legítimo sino urgente.

 

Sobre la  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico

Mi experiencia investigativa me dice que la reflexión serena sobre la evolución del independentismo del siglo 20  en todas sus vertientes  es poca. El nacionalismo ateneísta o moderado, el de la “acción inmediata” o revolucionario; el independentismo de los comunistas desde 1934 y sus avenencias y desavenencias con aquellos a la luz del “Nuevo Trato” y la aparición del populismo; el de los liberales que fluctuaban entre el autonomismo y el independentismo en la misma década; el de la “Nueva Lucha por la Independencia” de 1959 ya en el marco de la primera fase de la primera Guerra Fría (1947-1979); el articulado por los socialdemócratas desde 1971 o el de las nuevas izquierdas emanadas de la crisis de 1971 y 1973 madurado a principios de las década de 1980 en el contexto de la segunda Guerra Fría (1979-1991), entre otros, representan un reto interpretativo mayúsculo.

En cierto modo, la actitud dominante ha sido asumir la continuidad y las afinidades de este complejo de sistemas de interpretación y acción como si se tratase de la expresión de una ley histórica en el sentido más pedestre. El silenciamiento de las discontinuidades y los diferendos ha representado una traba que, a veces, se ha traducido en esa incómoda mirada piadosa cargada de romanticismo que se expresa en una actitud defensiva que siempre resultará incómoda para el historiador profesional. Esta actitud, comprensible pero insana, convierte al pasado en un monumento, a sus huellas en una reliquia y a sus protagonistas en una imagen icónica incapaz de comunicarle lecciones al presente. El monumentalismo laudatorio ha dominado lo mismo la tradición interpretativa militante del autonomismo, el estadoísmo y el independentismo.

Un asunto a tomar en cuenta a fin de comprender el desenvolvimiento contradictorio del independentismo, es sin duda la relación entre las formulaciones nacionalistas y las vertientes socialistas a lo largo del siglo 20. Los puntos de encuentro entre estos dos extremos que muchos consideran inseparables hoy fueron, en ocasiones, agresivos. A fines del siglo 19, una parte significativa del liderato socialista y anarquista francés no apoyaba la separación e independencia de Cuba de España porque ello implicaba poner a los cubanos a merced de la burguesía criolla nacional y no liberarlos. De igual manera, las relaciones entre los nacionalistas y los comunistas en Puerto Rico desde 1934 cuando se fundó el Partido Comunista Puertorriqueño el 23 de septiembre de aquel año, tuvieron sus altas y sus bajas. La situación no fue  distinta en la década de 1990 y tampoco lo es en el presente.

Una dificultad ostensible para un estudio de esta naturaleza es que el fin de una era -la posguerra y la Guerra Fría- significó también el fin de la eficacia de un lenguaje. Los defensores del independentismo y el socialismo en todas sus vertientes, quienes siempre se han caracterizado porque tienen puesto “el oído en el suelo”, reconocen que defender estas causas en el siglo 21 plantea retos nuevos. La otra dificultad es que, en el caso puertorriqueño, se trata de dos proyectos inconclusos: independencia y socialismo o soberanía y justicia social, si uso un lenguaje más moderado, siguen representando una  prioridad en la agenda de los puertorriqueños rebeldes. Inconclusos, aclaro, pero no derrotados.

Mis comentarios críticos sobre la historiografía del independentismo no deben interpretarse como que no ha habido un volumen respetable de discusión sobre la independencia, el socialismo, sus propuestas y sus figuras emblemáticas. Una parte del problema tiene que ver con los cuidados que hay que poner a la hora de tratar un tema sensitivo que toca una fibra moral en quienes se sienten vinculados a estos ideales. La otra parte del problema se relaciona con la facilidad con la que los opositores de las mismas adoptan el lenguaje deportivo del “perdedor” y “ganador” y desvalorizan dos proyectos emblemáticos de la modernidad que merecen ser revisados intensamente en particular en países como este. Estas actitudes y la discursividad del centro vacilante, han sido los principales frenos a la indagación sería sobre estos asuntos.

La  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. Paratiliti es un intento de articular esa mirada crítica, abierta y sosegada. Una de sus virtudes es que establece un modelo interpretativo preciso. La primera parte, “Desde la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico hasta la revolución nacionalista de 1950”, y la segunda de “El nuevo independentismo puertorriqueño desde 1959”, ofrecen pistas concretas sobre su visión de la evolución de este movimiento contestatario. La inserción de la discursividad y la praxis socialista en el escenario de la posguerra y la Guerra Fría, se convierten en una clave a la hora de entender el giro ideológico más significativo de esta lucha bicentenaria.

La tesis de este libro es que el independentismo puertorriqueño sucede en el marco de una larga experiencia predominantemente nacionalista que ocupa medio siglo, y desemboca en otra en la cual las ideas socialistas la penetran enriqueciendo su contenido.  El texto se convierte en el mapa de ruta de una historia de gran envergadura que permite al lector, informado o no, orientarse en las complejidades de los debates que han marcado la resistencia al coloniaje desde el independentismo y el socialismo a lo largo de un siglo. El Dr. Paralitici, de hecho, no parte de la premisa de la homogeneidad de la respuesta política anticolonial sino que problematiza la misma destacando los matices temporales de cada esfuerzo.

Por eso el periodo que va del 1898 al 1950 se abre en tres etapas precisas que se articulan a la luz de las fluctuaciones de las relaciones internacionales y una geopolítica en la cual Estados Unidos, el imperio que ocupa a Puerto Rico, adquiere cada vez más poder. Lo que podríamos denominar el periodo nacionalista se revisa a la luz de la experiencia del 1898 al 1930, del 1930 al 1943 y del 1943 al 1950. La lógica del Dr. Paralitici lee con cuidado el arte de la maniobra del independentismo mientras elabora un relato en el cual la transformación del nacionalismo ateneísta en nacionalismo revolucionario, la rescisión de Luis Muñoz Marín y la persecución y procesamiento de Pedro Albizu Campos y el liderato nacionalista, y el retorno de Albizu Campos y la Insurrección de 1950, resultan ser los ejes político-ideológicos que mejor expresan las oscilaciones de la geopolítica. El escenario de forcejeo entre la resistencia nacionalista y el estado colonial y sus representantes, se proyecta por medio de un índice que el historiador domina muy bien: los registros de la represión. El entramado de la transición a un periodo enteramente nuevo está completo.

El segundo periodo de 1950 al presente se centra en otro indicador geopolítico insoslayable: la Guerra Fría (1947-1991) en sus dos fases separadas por la crisis que pone en función los resortes de los que emerge el orden neoliberal y el mercado global alrededor de 1976 y el 1983. El panorama  de las organizaciones desde 1950 al 2000 es el más completo que conozco lo mismo en cuanto a organizaciones nacionales que en cuanto a aquellas que han surgido en el exilio político y económico o en el seno de lo que muchos denominan la diáspora. La voluntad de autor por llamar la atención sobre los elementos de continuidad entre los proyectos del primer periodo y los del segundo, y a la vez por hacer los señalamientos críticos precisos a fin de comprender las fragilidades y las fortalezas  de cada uno de estos programas de combate, ratifican que el lector se encuentra ante un esfuerzo sensato, quizá el más circunspecto, al que se pueda tener acceso al presente. La bibliografía de la historia política desde la alteridad se enriquece con este título del Dr. Paralitici.

El volumen cierra con una reflexión y unas interrogantes que sólo el tiempo será capaz de contestar. Ambas plantean una preocupación oportuna que intenta penetrar el dilema de las dificultades que la era del neoliberalismo y la globalización han interpuesto al análisis nacionalista y socialista desde la década de 1990 y el fin de la Guerra Fría. La inquisición en torno a las organizaciones independentistas fundadas en el nuevo siglo cronológico y el debate abierto en torno a si surgirá un nuevo o novísimo independentismo o socialismo en el siglo 21 con la misma capacidad de impugnación que el que germinó en 1959 que, a la vez, sea capaz de provocar el avivamiento de la lucha, deja sobre la mesa un dilema mayor.

Para mí como historiador la respuesta no necesita posposición alguna y puede ser contestada en dos direcciones. La primera es que en efecto resurgirá, e incluso que es posible que esté resurgiendo ante nuestros ojos absortos. La segunda es que, en la medida en que ese novísimo independentismo lea su tiempo con la precisión y con el cuidado que le dicten su conciencia de la temporalidad el avivamiento será posible. Del mismo modo que se afirma, sin mucho empacho, que cada generación es responsable de escribir su historia, cada una de ellas también es responsable de articular su proyecto revolucionario. Nada ni nadie podrá impedir que así sea.

 

Póslogo y palabras finales

La otra aportación de este volumen del Dr. Paralitici tiene que ver con su capacidad para señalar las manzanas de la discordia que han maculado la historia del independentismo y el socialismo en el país. Por eso también puede ser leído como una invitación a la retrospección. El asunto se relaciona con esos puntos hacia dónde miran los enemigos y los acólitos cada vez que evalúan colectivamente el esfuerzo independentista y socialista y convergen en la conclusión fácil de que se trata de un movimiento pequeño y fragmentado y, por lo tanto, desechable.

Las manzanas de la discordia se reducen a un conjunto preciso de asuntos: la participación electoral, la violencia y la ilegalidad y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones ha sido emparejado a un conjunto  de principios intransigentes o a una variedad de necesidades tácticas a la luz de la praxis. De hecho, el “sí” o el “no” a cualquiera de esas tres apuestas, puede validarse mediante consideraciones de principio o pragmáticas indistintamente.

Resultaría ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar el buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos, los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer  una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas esta índole. En ese sentido, lo único que resta por hacer es lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la expresión política de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual lucha el independentismo y el socialismo.

La otra matriz tiene un fuerte contenido filosófico y sociológico: hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema de Puerto Rico se podía sintetizar en el hipotético opuesto de la nación y la clase social. La cuestión de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida en uno, o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los polos nacionalista y socialista que dominaron el panorama de las luchas políticas desde 1959 en adelante,  comenzaron a erosionarse desde 1976 en adelante.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de  la nación  o la clase social como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, ponían en duda la eficacia de la nación o la clase social como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un problema de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega el Dr. Paralitici en su libro es que  la prelación de las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a que lucha debe ser la prioritaria en este momento está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmento de  clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen  unos y otros no son las mismas.

La complicación más peligrosa es que se asuma que se trata de retóricas antinómicas o de contradicciones sin solución. A veces me da la impresión de que eso es lo que está pasando y me resisto a creer que el independentismo, el socialismo y los nuevos movimiento sociales no puedan encontrar un punto de convergencia en el proyecto común de la libertad. Las virtudes de un libro se descubren en los debates que inaugura y en la disposición que produce  en los lectores para enfrentar maduramente los mismos. Esta Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. José “Che” Paralitici ofrece una oportunidad invaluable para ello.

febrero 2, 2017

¿Para qué sirve un historiador? En torno a un libro de Silverio Pérez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia (RUM-UPR)
  • Profesor de Estudios Puertorriqueños (CEAPRC)

Introducción

Primero quisiera agradecer a Silverio Pérez la oportunidad de ser parte de este proyecto. En el 2004 me pidió una tarea menos compleja pero igualmente retadora: prologar El humor nuestro de cada día. Las tres tristes tribus. Un año antes yo había publicado la colección Anti-figuraciones. Bocetos puertorriqueños. El contraste entre ambos títulos era enorme. El de Silverio revisaba la situación del país por la ruta del ludismo y la ironía. El mío intentaba lo mismo, pero la ventaja de su libro era que hacía el ejercicio mirando a la historia inmediata y sus personajes más visibles: la clase política. El mío se apoyaba en un pasado distante cuya clase política ya no llamaba la atención de nadie.

Uno podría derivar lecciones de esto. El paso del tiempo desgasta las huellas que dejan los seres humanos por lo que la impresión que vamos percibiendo del pasado siempre vacila entre lo real y lo irreal. Los libros, aquellos y este que hoy comento, La vitrina rota o ¿qué carajo pasó aquí? son un intento de llenar de luces y sombras esas huellas. Por eso cuando Silverio se me acercó con este proyecto no vacilé en decirle que contará conmigo. El riesgo era suyo: le habían dicho que yo era una persona “difícil” pero en Puerto Rico la indocilidad y el carácter se confunden fácilmente con eso.

s_perez_1La vitrina rota…  es un libro sobre la fragilidad y el desgaste de una utopía. El principio no debe sorprender a nadie. La utopías o sistemas imaginarios producto del cálculo y la ingeniería social, tiende a la inconsistencia. Su eficacia depende de que sus componentes funcionen como una máquina bien aceitada y que cada engranaje se mueva milimétricamente del mismo modo siempre.  Cuando no se dan esas condiciones la utopía desemboca en distopía. Una forma de leer este libro es apropiarlo como el comentario de un observador del tránsito de una utopía polimorfa y atractiva a una distopía degradante y antipática. Esa es la historia del Puerto Rico estadounidense reducida a un esbozo simple. La forma que tomó durante los primeros días de la invasión de 1898, la que adoptó en 1947, en 1948,  en 1952 y en 1976, era la de un arma cargada de futuro. Desde ese punto en adelante la utopía se desencaja hasta conducirnos a este presente retador. El escenario de este volumen es, por lo tanto, un largo siglo 20 que no termina y que, paradójicamente, sigue cargando problemas irresueltos de un siglo 19 emborronado, de un siglo 20 mal entendido y de un siglo 21 perturbador.

Nuestro siglo 20 parece una interminable “soap opera” o culebrón. La relación entre un segmento de los invasores y los invadidos evolucionó como una historia lineal de amor romántico, burgués y  neurótico. Relación consentida o estupro  seguidos de una corta luna de miel sobre hojuelas que confluye en una  larga relación ilegal que a veces amenaza con la separación. El  tiempo, el implacable,  ha deshecho los lazos afectivos sinceros o no de los primeros días y la oferta de matrimonio nunca ha llegado. El género de cada uno de los involucrados no es relevante. Esta utopía que se deshace es responsabilidad de mucha gente. Fue inventada por puertorriqueños de la mano de los estadounidenses en el marco de una correlación asimétrica o desigual. La vitrina rota… relata  la historia de una desilusión.

Sobre este libro

La vitrina rota… es un texto híbrido que recurre a un amplio registro de recursos a la hora de elaborar su discursividad. En sus páginas conviven la memoria, el recuerdo y la autobiografía propios del testigo del acontecer; con el ensayo historiográfico e investigativo propio del  profesional de la disciplina. Los efectos de ello en el tono de la escritura son enriquecedores. La narración de Silverio se mueve libremente desde los extremos de la emocionalidad y el impresionismo, como en los momentos en que camina de la mano de su mamá o de su papá, hasta los de la cientificidad más fría como cuando diagnóstica el desbaratamiento de la utopía en el marco de la crisis actual. Después de todo, conocer el pasado no serviría de nada si no lo sintiéramos como parte de nosotros. La única forma en que podemos poseerlo es reconociéndonos como actores o agentes de cualquier rango en medio de ese entramado complejo. Si la historia no se parece a la vida y viceversa, revisarla no tendría ningún sentido. Silverio me deja un relato entre la historia y la literatura que yo puedo poner a chocar con mi mirada de historiador profesional. Los filtros que su vida le imponen son numerosos: artista, escritor, periodista, ingeniero, empresario, humorista pero también hijo y padre, activista reflexivo y sobre todo ser humano completo.

La vitrina rota posee una arquitectura bien calculada. El lector tiene a la mano un mapa del largo siglo que aún no termina encapsulado en unos capítulos de títulos sugerentes y agresivos.  La cronología me parece impecable: entre 1898 y 1960 se crea el espacio para la “vitrina”, esta nace y madura. Desde 1972 al presente la progeria la agrede y colapsa. El intermezzo de 1960 al 1972 es la frontera entre un antes y un después bien definidos. El entretejido histórico se elabora sobre la base de varias premisas y un lenguaje metafóricamente provocativo.

El texto introductorio, “Preludio en tiempo de bombas”, y el capítulo 1, “Lo que mal comienza…”, asumen que la crisis estaba inscrita en el drama del 1898. El largo siglo 20 estadounidense posee, en efecto, un carácter teleológico difícil de evadir: la semilla del fracaso se sembró en el erial de la invasión. A veces la apelación a códigos de fuerte contenido religioso ofrece pistas al lector. El capítulo 8 “El Mesías y el Juicio Final de la vitrina”, y el capítulo 11 “Epílogo en tiempo apocalípticos”, ratifican el derrumbe de un orden con un lenguaje que el lector corriente y el informado comprenderán sin dificultad. Un velo ha sido quitado, eso significa el apocalipsis o la revelación, y el modelo de vida política que maduró en 1952 en la forma del Estado Libre Asociado muestra su verdadero rostro reducido a la condición de una mueca.

Otros títulos representan un fogonazo que de inmediato inserta su mensaje con intensidad. El capítulo 4 “Revueltas y revoltillos” llama la atención sobre la resistencia nacionalista al proyecto colonizador, pero también me recuerda unas duras palabras de Ramón E. Betances Alacán a Eugenio María Hostos Bonilla en 1863 tras la lectura de  La peregrinación de Bayoán. El caborrojeño le decía al mayagüezano que así como no se podía hacer “tortilla” sin “romper” los huevos, no se podía hacer “revolución” sin “revoltura”. El capítulo 5 “Máximo esplendor de la vitrina”, es el más testimonial y rico del volumen: un joven Silverio estudiante de ingeniería en el Recinto Universitario de Mayagüez enfrenta su lugar en el mundo cuando se autoevalúa desde lejos como si mirara a una persona que no fuese él.

A partir del capítulo 6,  “Primeras fisuras de la vitrina”, el volumen toma un tono distinto. El carpeteo de subversivos, los avances del estadoísmo, el crimen del Cerro Maravilla, las incongruencias del romerato, los choques entre aquel gobernador y Rafael Hernández Colón por controlar el país, se combinaron para crear un nuevo tipo de rebeldía acorde con el tiempo. El presente apabullante, esa larga reflexión sobre el periodo del 1992 al 2016, dejan al lector con la sensación de que tiene en las manos los restos de una bomba de tiempo con conteo regresivo iniciado en 1898 que estalló en el 2006 pero nadie estuvo en posición de ver la onda expansiva.

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Silverio Pérez y Mario R. Cancel

Un libro es la persona que lo escribe. Una historia es la persona que la vive. El papel que yo podía cumplir detrás de este texto era el de mero apuntador, atar cabos sueltos y, dada mi condición de actor o agente e histórico, llamar su atención sobre las interrogantes que afloraban de mi lectura. Los libros siempre son el producto de un diálogo que se multiplica y de la ansiedad de saciar una curiosidad que nunca termina.

Después de todo ese esfuerzo, me pregunto, ¿para qué sirve un historiador? Desde 1979, año en que decidí que me dedicaría a esta tarea, me he hecho la pregunta muchas veces. No se trata de un problema académico sino de una preocupación personal y humana. El pasado convertido en historia es como un animal feral y cimarrón que seduces y domesticas durante años y un día te muerde la conciencia en respuesta de todo ese amor. “El escritor/historiador es un intérprete, un esquivo ser que teoriza (…) Ante el fin de los sueños, inventa una frágil estructura en la que habita. Esa fragilidad es todo lo que posee”. El que se dedica a esas tareas sobrevive en medio de la incertidumbre de su saber. Silverio, me parece, ha reconocido ese hecho al cabo de su vida. Pero si todo se reduce a  eso  ¿para qué sirve un historiador?

El historiador sirve para humanizar: aprender y enseñar historia demuestra que la humanidad no es reductible a fórmulas simples. Conocer las huellas del pasado es como el “trabajo” para los materialistas históricos o el “aliento de Dios” para los cristianos: el muñeco vacío que somos sin la conciencia de nuestra ubicación en el tiempo, el espacio y la cultura se llena de contenido y nos sentimos parte de algo.

El historiador como dice Jörn Rüsen, sirve para “mejorar” el pasado: lo que para la mayoría a prima facie no es más que “tiempo perdido” o caos,  deja de serlo provisionalmente tras la mirada del profesional. Es importante recordar que todo tiene algo que decirnos y, sin el historiador que interprete ese código, el mensaje se perdería. El historiador te prepara para que las circunstancias que vivas no te excedan y te aplasten y para que el pasado no se convierta en un peso insostenible sino en un reto para el cambio porque el ser humano se hace responsable del pasado no para lamentarlo sino para comprenderlo empáticamente.

El historiador sirve para demostrar que “saber historia” no equivale a “conocer todo lo que pasó” y aceptarlo. Por el contrario, “saber historia” es apropiar “una parte de lo que pasó” con libertad y sin reverencia pueril, reconociendo que al apropiarlo lo transformamos para hacerlo más accesible y que la utilidad del pasado para el presente depende únicamente de nosotros.

El historiador sirve para tomar conciencia de las inconsistencias de lo que llamamos historia, de su incapacidad para explicar los asuntos más netamente humanos y triviales. El reconocimiento de esas inconsistencias es el arma intelectual más valiosa para entender lo único que siempre está allí -el cambio- en sus diversas formas.  Hay algo emocionante y subjetivo en entender la derrota de una causa o de un proyecto. El saber histórico bien administrado revela la fragilidad de los anhelos humanos y la fragilidad de las utopías. Eso hace Silverio en este libro.

Conclusión

Cuando crecí en la ruralía de Hormigueros nunca imaginé que estaría un día aquí rodeado de gente a la que aprecio y respeto. En la década de 1970 admiré a Silverio desde los 12 o 13 años que tenía en aquel entonces. Esa imagen del  hippie benévolo que cantaba con sentido y cargaba una guitarra siempre me sedujo. En algún momento quise ser como él pero nunca aprendí a tocar la guitarra. Después de 1975, “Haciendo punto en otro son” y “Los rayos gamma” fueron parte de los componentes que me movieron en una dirección ideológica que nunca he dejado de perseguir. Por eso prologarle un libro en 2004 y otro en 2016 tienen un pasado que nadie ha escrito y que nadie escribirá porque es sólo mío: yo lo inventé para mí. Esa es mi historia.

Las causas que hicieron posible que llegara este día fueron muchas y podría estipularlas, soy historiador, dicen. Pero, dado que lo soy, también reconozco que podría equivocarme muchas veces con ellas y que escogería las más atractivas para que la historia de dos amigos casuales y esporádicos resultara coherente y simpática. También podría argumentar que fue el azar o la fortuna o la providencia quien nos trajo aquí a colaborar en la creación de un volumen en el que aparezco como una sombra.

Lo cierto es que las cosas del pasado, cuando se trata de la vida, no necesitan ser explicadas de ese modo racional para que tengan sentido. Lo que puedo afirmar sin ninguna duda es que ha sido un encuentro que celebro mucho y que nunca lamentaré. Que todos tengan buena lectura.

Nota: Texto de la presentación del libro en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en San Juan Antiguo.

junio 10, 2016

“We the People”: La representación americana de los puertorriqueños, 1898-1926

  • Wilkins Román Samot
Reseña de la colección de ensayos editada por el Dr.José Anazagasty Rodríguez y el Prof. Mario R. Cancel Sepúlveda en 2008 publicada originalmente en la Revista Icono, Núm. 17, noviembre 2011:58-60.

Este libro es una compilación de cuatro escritos preparados en calidad de ponencia o conferencia en un seminario para docentes universitarios y de las escuelas públicas de Puerto Rico. El seminario fue celebrado en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez, entre el 15 de octubre y el 26 de noviembre de 2005, y tuvo por título: “Los americanos y sus ‘textos imaginarios’: La economía de la alegoría maniqueísta y la representación americana de los puertorriqueños, 1898-1926”. Sus dos editores y tres de sus ponentes, salvo la representación femenina, son docentes vinculados a dicho recinto universitario. Los cuatro ponentes incluidos en este texto son: Camille R. Krawiec, Michael González Cruz, Aníbal J. Aponte y José Eduardo Martínez.

We_the_peopleEl título del seminario hacía referencia a los textos que sobre los puertorriqueños escribieran los estadounidenses poco después de invadir a Puerto Rico a finales de julio de 1898. Se trata de una serie de textos que en el seminario pretendían ser objeto de análisis e interpretación, luego que varios de estos textos fueran publicados ese mismo año por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. Se trata de textos que, al decir de Krawiec, fueron escritos por los agentes coloniales de los Estados Unidos de América en Puerto Rico (p. 13). Eran éstos, Charles H. Allen (1901), Henry K. Carroll (1899), William Dinwiddie (1899), Frederick A. Ober (1899), Albert Gardner Robinson (1899), Rudolph Adams Van Middeldyk (1903), Edward S. Wilson (1905) y Knowlton Mixer (1926). Las cuatro ponencias compiladas nos dan de los textos escritos por los estadounidenses cuatro lecturas alternativas a las de sus propios autores.

Krawiec se interesa por examinar el “performance” colonial y el discurso de los agentes coloniales, uno que según ésta crea una geografía imaginativa entre el lugar y la naturaleza (p. 13). González-Cruz se concentra en examinar el texto de Wilson, titulado Political Development of Porto Rico. Esta obra, según González-Cruz:

“devela cómo Wilson, agente del orden colonial, va construyendo la identidad e imagen ‘del otro’, del sujeto subordinado. Esta lectura nos permite descubrir las contradicciones inherentes en todo discurso y proyecto colonial. Mr. Wilson se considera a sí mismo un amigo de Puerto Rico, un agente de la nación invasora interesado en salvar a los habitantes puertorriqueños de la inmoralidad de ser puertorriqueños” (pp. 39-40).

En el texto de Wilson, Aponte ha de también concentrar el contenido de su ponencia. Para Aponte, resulta en una necesidad el que se ausculte el discurso político de Wilson quien, según él, ve en los puertorriqueños el reflejo de la polis colonial. Aponte considera su obra una de las obras pioneras de lo que eventualmente serían las corrientes pre-conductivistas de la ciencia política. La gran aportación de la obra de Wilson es para Aponte el que se adelantara a estudiar y analizar el desarrollo de lo político desde su proceso. Y ello lo hizo desde el contexto de su aplicabilidad por primera vez al caso de Puerto Rico.

Por último, Martínez nos pretende dar una lectura general del contenido de los textos publicados por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades (pp. 103-104). Para él, sus autores pretendían presentarle un panorama geográfico y demográfico de las posesiones recién  adquiridas en el Caribe y el pacífico. Martínez considera que sus autores tenían por objetivo el interesar a los estadounidenses en los recursos naturales y humanos de los nuevos territorios adquiridos. Su análisis de los discursos elaborados con tal objetivo se desarrolla a base de o influenciado por conceptos desarrollados por Michel Foucault, mucho más aceptado en la academia  puertorriqueña que Frantz Fanon o Albert Memmi.

Esta compilación, debo añadir, es una aportación al conocimiento del contenido de los textos, no una mera interpretación que resulte en nuevos textos o lecturas propias del proceso político dado en el Puerto Rico de finales del Siglo XIX y principios del XX. La lectura que de la obra de Wilson aportan González Cruz y Aponte es una particular, pero sobre todo, sustentada en el texto y el contexto en que ésta es desarrollada. Igual podemos decir del trabajo de Krawiec y Martínez, en cuanto a textos que nos dan una lectura mucho más textos publicados en el 2005 por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.

El enfoque de los ponentes a los autores o agentes coloniales suele ser o pretender ser lo que desde las ciencias sociales y humanas consideramos un análisis del discurso. Ese análisis del discurso, sobre todo en los tres docentes de la Universidad de Puerto Rico, se ve aventajado dado su conocimiento de la historia social, cultural y política de Puerto Rico, o de las lecturas que sobre ésta se ha realizado en la historiografía puertorriqueña. En fin, debo decir que su publicación es sin duda una aportación que merece la pena tomar en cuenta al momento de estudiar o analizar los textos y el período comprendido entre el 1898 y el 1926. Debería ser considerada fuente secundaria fundamental en cuanto a éstos y su época.

 

Nota curiosa

El 23 de octubre de 1898, después de la invasión americana los miembros del Gabinete Autonómico dirigieron al país el siguiente mensaje:

Puerto Rico ha menester que todos sus hijos se agrupen en torno a la bandera a cuya sombra se devolverán sus progresos y se afirmarán sus libertades. Cedido por España el territorio de la Isla en que nacimos, y sometiéndonos sin reserva de ninguna clase a los hechos consumados, no serviremos de hoy más a una bandería, serviremos a la nueva metrópoli, que nos asegura el bienestar y el derecho, y a la tierra en que radican nuestros afectos y nuestros intereses…

…Por lo que a nosotros toca, aspiraremos a la pura satisfacción de que los Estados Unidos al fijarse en estos dominios suyos, se convenzan de que aquí hay un pueblo sensato, dócil, digno de que hasta él se extiendan las conquistas de la Democracia, que han hecho tan grande a la patria de Franklin y Lincoln. Si aspiramos a fraternizar con nuestros compatriotas del Norte, es necesario que las igualemos en sus altas virtudes cívicas y en sus grandes aptitudes para la lucha y para el triunfo.

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