Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

junio 25, 2021

El discurso feminista de Ana Roqué Géigel de Duprey: notas liminares

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

Publicado en 80 Grados-Columnas (14 de mayo de 2021)

Me propongo comentar varios asuntos que llaman mi atención tras la lectura de la investigación de la Dra. Elga del Valle La Luz titulada La transformación y afirmación del discurso feminista en las publicaciones fundadas por Ana Roqué de Duprey: 1894-1920, tesis de grado presentada en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe que ahora se convierte en libro.

Primero, debo referirme a la perspectiva teórica en la cual la autora apoya la arquitectura de sus planteamientos. En términos generales Valle La Luz  recurre con habilidad a una serie de recursos  interpretativos vinculados a dos tradiciones en apariencia contradictorias. Por un lado, la historia social y económica que penetró la práctica investigativa durante las décadas del 1960 y el 1970, uno de los momentos más significativos de la discusión de lo femenino en la historiografía puertorriqueña. Por otro lado, la nueva historia cultural a veces conocida como antropología histórica, cuya aproximación se hizo patente en las miradas posteriores a los 1980 y los 1990.

En ese sentido, en su elucidación conviven varias operaciones que dialogan de forma constante. De una parte, el análisis de clase, que le permite ubicar social e ideológicamente a la figura bajo estudio sobre la base de la evaluación de su pensamiento y su acción social, juicio que se completa, por decirlo de algún modo, con el análisis textual del discurso. En ese procedimiento la apelación al materialismo histórico tiene que ver más con las relaciones bidireccionales entre texto y contexto que con la situación de la figura bajo estudio en una jerarquía de clases concreta y cuantificable. A ello añade la autora numerosas  operaciones propias de la microhistoria social y cultural pergeñadas con otras que remiten a la tradición antropológica y, en especial cuando enfrenta el corpus textual o el archivo imaginario de Roqué alrededor de su producción periodística, camina de la mano de la crítica literaria. Esa diversidad no me sorprende y, por el contrario, me parece algo para celebrar que espero ver reproducido en otros investigadores e investigadoras en el futuro.

Su esfuerzo ratifica que no es práctico reducir la explicación de un problema historiográfico a los criterios de una sola mirada teórica. El riesgo de interpretar desde un solo punto de vista radica en que podría generar una mirada sesgada propensa a las deformaciones lo cual afectaría los propósitos del saber. Desde mi punto de vista,  la historia social y económica y la nueva historia cultural, por sí solas, no la armarían para concebir el objeto de estudio en toda su anchura o profundidad. Circunscribir la  mirada a lo social o a lo cultural imposibilitaría recuperar la inmensa complejidad del tema bajo estudio. Ana Roqué Géigel o de Duprey y el feminismo de principios de siglo 20, y la interrelación voy a decir dialéctica o de mutua determinación entre ambos polos, no serían bien apropiados desde un  punto de vista solamente. La hibrides metodológica es uno de los valores de este texto que no debe ser pasado por alto.

Otro de los logros de esta reflexión historiográfica tienen que ver con el tono y la textura que posee. Me refiero metafóricamente a la disposición de los hilos conductores del texto. En primer lugar, la investigadora  se ocupa de (re)unir los componentes discursivos de clase los cuales voy a identificar como distintivos de la materialidad; y los culturales que voy a vincular con la inmaterialidad. La imaginación historiográfica siempre ejecuta ese proceso a la hora de producir una explicación. Una vez organizados, Valle La Luz ofrece un panorama de la forma en que  aquellos se imbrican con el propósito de comprender el discurso de un personaje complejo.

No me parece necesario aclarar que la  complejidad en historiografía no está en la cosa o el objeto de estudio. Desde mi punto de vista, esa condición depende de la capacidad de historiador para producirla o construirla sobre la base de su ingenio y creatividad. En ese sentido, una vez pone a dialogar una diversidad de índices diversos con el objetivo de  entender las contradicciones de Roqué, la investigadora echa las bases de una “nueva complejidad”.

Uno de esos índices es el impacto que produjeron los eventos del 1898 y el llamado “cambio de cielo”[1] en el discurso de las mujeres y en el desenvolvimiento de un feminismo de nuevo cuño. Otro, íntimamente relacionado con el primero, es el forcejeo dualista con visos maniqueístas entre la tradición hispánica y la sajona que emanó de aquel fenómeno político, cultural y humano. La convivencia de valores modernos o sajonófilos innovadores, es decir, identificados con la tradición sajona como el feminismo; con un conjunto de valores  tradicionales o hispanófilos ancestrales o seculares identificados con la tradición hispánica, facilita la comprensión de la nueva complejidad que marca a Roqué como activista y como creadora.

Como se sabe, no fue sino al palio aquel contexto que cobró sentido cierto feminismo enquistado en el sufragismo propio de un arriba social cargado de prejuicios patriarcales, masculinistas y de clase que tan bien se manifiesta en Roqué. Para quienes investigamos el primer tercio de siglo todo ello tiene gran relevancia. En torno a ello solo voy a llamar la atención sobre dos asuntos. 

Ana Roqué Géigel de Duprey

El primero, el hecho de que los sectores considerados desde el gran relato de la nación emergente como políticamente conservadores e incluso retrógrados por su identificación con los valores estadounidenses, me refiero a los republicanos, la burguesía agraria y la burguesía intermediaria propensos a la defensa del anexionismo o el estadoísmo, validaran el sufragio femenino. El segundo, el hecho de que los sectores considerados desde el gran relato de la nación emergente como políticamente de vanguardia por su identificación con el mito de la autonomía del 1897 reconvertida en self government o territorio incorporado,  independentistas y nacionalistas, opusieran resistencia a la reforma.

A pesar de que me consta que las opiniones en uno y otro sector no eran homogéneas, había presuntos conservadores que se oponían a la reforma y había presuntos vanguardistas que lo favorecían. La situación expresa  una contradicción mayor en el seno de la elites políticas y culturales de aquel periodo. En ese caso la teorización social y económica y la cultural deben conversar con intensidad con el fin de que la complejidad señalada sea entendida a cabalidad.

Los pretextos filosóficos de los sectores que he denominado conservadores y vanguardistas para justificar o no justificar el sufragio, poseían un pasado común remoto. El mismo enraizaba en el tema de la probable racionalidad y paridad entre hombre y mujer, varón y hembra, desde una perspectiva ilustrada. Los rastros de ese debate pueden trazarse en numerosos textos difundidos durante la segunda parte del siglo 19 los cuáles signaron esa discusión a lo largo del siglo 20 hasta al menos el año 1932.[2] La conexión de Roqué con aquellas fuentes, dada su formación cultural,  es probable y valdría la pena explorarla para comprender la fisonomía del feminismo puertorriqueño de la primera parte del siglo 20.

El segundo asunto sobre el cual voy a llamar la atención es que Valle La Luz  llama la atención sobre la contradicción, aparentemente insalvable, entre ser criollista e hispanófila y feminista. Discursivamente la contradicción está allí, pero la praxis de Roqué demuestra una vez más la hibrides o porosidad de aquellas dos posturas. Roqué era hispanófila y feminista, lo que eso significase en su contexto. Aquellas formulaciones se habían estructurado, sin lugar a dudas,  acorde con su ubicación de clase y su cultura formal e informal.

Desde mi punto de vista la disposición de la autora a aceptar esa vacilación e incertidumbre enriquece la historia del feminismo en la medida en que confirma que cualquiera interpretación homogeneizadora o ingenuamente progresista debe ser descartada. Su mirada ofrece elementos suficientes para entender, como lo he hecho en varias de mis investigaciones sobre otras figuras femeninas de periodo entre siglo[3]s, la heterogeneidad de lo femenino y el feminismo en aquel contexto.

Cuando me enfrento a este asunto de inmediato llegan a mi memoria la pasión, presente en su correspondencia con su sobrina sangermeña, que mostraba Dolores “Lola” Rodríguez Astudillo de Tió por las ofertas de la tienda por departamentos Macy’s en el Nueva York de fines del siglo 19; o la nostalgia romántica que expresaba la sufragista Olivia Paoli Marcano de Braschi en sus notas autobiográficas  por la ausencia de la esclava y amiga que le ayudaba a peinar su largo cabello. Ambas mujeres simbolizaban un feminismo y una sensibilidad articuladas desde un arriba social que espera ser comprendido, como sugería Marc Bloch, de un modo empático. Pero también me remite a la figura legendaria y transgresiva de Luisa Capetillo Perón  a quien imagino practicando gimnasia sueca y yoga en un Puerto Rico que apenas conocía aquellas prácticas; o al mito hormiguereño de la activista Modesta Díaz Segarra, sufragista, primera alcaldesa y amante de los deportes, práctica que había sido hasta su tiempo un coto en lo fundamental masculino.

Esa reflexión me confirma la heterogeneidad de la condición femenina y su carácter fluyente, reflejo de la intersección de consideraciones de clase, de cultura, de raza, es cierto, pero también por hábitos y emociones que estarán siempre fuera del control de la racionalidad a la que apelan los historiadores. Estudios pormenorizados como este coadyuvan a  elucidar el palimpsesto del pasado. Invito cordialmente a la lectura de este este libro y felicito a Elga del Valle la Luz por el esfuerzo.


[1] Tomo el concepto de Irma Rivera Nieves (1999) Cambio de cielo. Viaje, sujeto y ley. San Juan: Postdata.

[2] Ejemplo de que llevo dicho son los poco conocidos libros Joaquín María Sanromá (1867) Educación social de la mujer. Madrid: Imprenta y Estereotipia de M. Rivedeneyra; y Enrique Soriano Hernández (1880) La mujer. Discurso histórico filosófico. San Germán: Imprenta de J. Ramón González. Dictada en el Círculo de Recreo el 27 de junio de 1880.

 

mayo 9, 2021

Historia de la suerte: un libro de Mario Ramos Méndez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Una introducción

La modernización de la suerte (2020), obra del historiador Mario Ramos Méndez publicada por Editorial Las Marías es uno de esos libros que, como tantos otros, ha pasado bajo el radar. Se trata de una elucidación ágil alrededor de un tema poco trabajado y sugerente: la legalización de las máquinas tragamonedas en 1974 en Puerto Rico bajo la administración de Rafael Hernández Colón (1936-2019). La aprobación de la ley del 30 de julio de aquel año representó un giro radical al enmendar en un sentido liberalizador la Ley 221 del 15 de mayo de 1948.

Si bien, como anota el prologuista Carmelo Delgado Cintrón, el 1948 fue una fecha “determinante y simbólica”, nada menos se puede decir  del 1974. A mediados de la década de 1970 el proyecto industrializador articulado alrededor de la Sección 931 del Código de Rentas Internas estadounidense, el cual había dado aire a Operación Manos a la Obra (1947-1976) colapsaba. Paralelamente se  preparaba el terreno para la aprobación de un recurso que sustituyese a aquel alrededor de la Sección 936 (1976-2005) del mismo código. El Informe Tobin de 1976, en particular sus observaciones en torno a la deuda pública y los gastos gubernamentales, representó una sentencia de muerte para aquel diseño tan ligado a la figura del gobernador Luis Muñoz Marín (1898-1980)

La muerte de una forma de capitalismo liberal animado por los valores keynesianos de la segunda posguerra el cual respondía a un tipo peculiar de Estado, abría paso a mediados de la década de 1970, acorde con el historiador David Harvey, a una nueva fase de desarrollo del capital que acabó por conocerse como neoliberalismo. El propósito de poner “freno al poder del trabajo” guiaba aquel esfuerzo. En el caso particular de Puerto Rico el giro se dio en el marco de la persistente dependencia colonial.

En aquel emblemático año 1974, en el cual las expresiones del capitalismo global y el capitalismo dependiente local se torcían, Ramos Méndez narra cómo los juegos de azar entraron con fuerza a formar parte del mercado y de la vida cotidiana puertorriqueña. Había algo de paradójico en ello: una jurisdicción como esta había resistido y condenado consistentemente aquella tentación por cuestiones culturales y morales. La frase del autor, esa “modernización de la suerte” (que bien podría nombrarse “postmodernización”) recoge aquel momento de transición de modo lúcido.

En torno a un libro

“Alea iacta  est”, una expresión que podría traducirse como “la suerte está echada” que sirve de título al breve prólogo Delgado Cintrón, es un sugestivo convite a la lectura. Debo recordar que Ramos Méndez es un experto en el tema y ya había entregado en el año 2012 el volumen Sin los dados cargados. Breve genealogía de la ley de juegos de azar. El autor nacido en Yauco fungió como Director de la División de Juegos de Azar de la Compañía de Turismo de Puerto Rico. En Ramos Méndez la experiencia concreta alrededor del ámbito de estudio y la formación historiográfica se unen a la hora de formular su reflexión sobre el asunto tratado. Me parece que si se precisa una imagen de conjunto del tema propuesto, uno  y otro volumen deben ser leídos en conjunto.

Mario Ramos Méndez, historiador

En el texto “Introducción” se dispone el esquivo tema y se contextualizan las políticas de 1948 y 1974 realzando los contrastes entre la una y la otra. Tal vez sin proponérselo, el autor hace una velada invitación a que se module una mirada cultural a la actitud del Estado ante los juegos de azar y los casinos a lo largo del tiempo. A través del texto el autor aclara la situación de Puerto Rico en la historia de la introducción de la industria del juego y los casinos en el conjunto de los Estados de la Unión, ámbito en el cual se le introduce  no empecé su condición de territorio no incorporado. Lo cierto es que en 1974 el Estado Libre Asociado de Puerto Rico fue la segunda jurisdicción después de Las Vegas Nevada en 1931, en tener una legislación de casinos. Aquella autorización precedió la que se dio a  Nueva Jersey, jurisdicción que obtuvo la autorización legal para Atlantic City, en 1978. Las circunstancias de ello no deben pasar inadvertidas. Todo sugiere cierta resistencia del Gobierno Federal a admitir ese tipo de prácticas en el territorio continental. El hecho de que Las Vegas sea conocida como la “ciudad del pecado” es un indicador cultural interesante respecto a la impresión que generaba la industria en el estadounidense común.

En la sección “Breve historia de las tragamonedas” se muestra al lector la figura del mecánico californiano Charles Fey (1862-1944) quien en 1895 inventó la primera “slot machine”. Su modelo más famoso fue la Liberty Bell, signo que no necesita presentación alguna. En 1925 y como resultado del pleito State vs. Ellis, se dispuso que aquella máquina no era otra cosa que un “gambling device” y que su uso recreativo reunía los rasgos de un “juego de azar”. Una historia llena de tropiezos culminó en la década de 1930 cuando las “fruit machines”, como se les denominaba en Inglaterra por los iconos que utilizaba, o la “one-armed bandit” como se les identificaba en Estados Unidos por la palanca que había que halar para hacerla correr, se convirtieron en un objeto común en las salas de juego de los casinos en medio de la Gran Depresión en el marco concreto de la invención de la “Sin City”: Las Vegas. 

Llama la atención el hecho de que los momentos de inflexión más relevantes de la historia de  este artefacto de la industria de las apuestas coincidan, una y otra vez, con momentos de crisis económicas generales: la había en 1895 cuando se les inventó, crisis que sirvió para legitimar los eventos del 1898, y también en 1930, preámbulo de la Segunda Guerra Mundial, cuando vivieron su época de oro. La actitud del “volver la cara hacia la suerte” ha sido recurrente y parece ligada al reconocimiento de la irracionalidad del mercado capitalista y, claro está, a la disolución del prejuicio  teórico inventado por el economista escocés Adam Smith (1723-1790) respecto a la “mano invisible”, otra metáfora de la “mano de Dios”, que tanta relevancia simbólica tuvo para el desarrollo del capitalismo emergente durante los siglos 18 y 19. A mi modo de ver, era como si la cognición de la irracionalidad del mercado, con los efectos sociales que generaba cada crisis, legitimara la necesidad de “echar a correr los dados” o apostar, tal y como sugiere la frase latina citada por el prologuista Delgado Cintrón.

La sección titulada “La Ley” contiene la tesis fundamental del volumen. El capítulo gira en torno a la Ley Núm. 2 del 30 de julio de 1974, anota sus antecedentes y apunta los parámetros del debate que generó su aprobación en un Puerto Rico distinto tanto al de 1948 como al del presente. Ramos Méndez se cuida de detallar los sectores que se opusieron y los que favorecieron la implementación de una ley que resultaba innovadora y necesaria para algunos y, disruptiva respecto a la tradición para otros. Dos retóricas entraron en conflicto en aquel momento, asunto que valdría la pena trabajar con más detalle. En el recuento no olvida señalar las fidelidades político-ideológicas y partidistas de uno y otro bando, así como tampoco la forma en que aquellas incidieron en la toma de posición ante el proyecto. Esta parte de la discusión ilustra al lector sobre otro registro de discrepancias en cuanto a la representación de lo “puertorriqueño” y su “futuro” que han marcado a los defensores de cada proyecto de estatus con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial.

En alguna medida la discusión de esta sección demuestra que el Puerto Rico moderno y económicamente exitoso que soñaban restituir los ideólogos populares en la década de 1970, precisaba recurrir al azar, a la suerte o a la Diosa Fortuna, a fin de asegurar su supervivencia. La racionalidad a la que se había apelado desde los primeros momentos del proyecto desarrollista asociado al novotratismo ya no era suficientes para los fines propuestos. El proceder también ratificaba que el liderato popular de 1974, el cual se había formado en medio de la crisis iniciada en 1971, había recalibrado los lentes con los cuales oteaba un mañana para el Estado Libre Asociado. La representación de la meta hacia la que conducía el camino “jalda arriba” era por completo distinta a la forma en que el liderato popular había imaginado las posibilidades del país en 1948 cuando se podían depositar todas las esperanzas de crecimiento material y espiritual en el mito de la “planificación” sostenido sobre la idea de la racionalidad. La clase política vinculada al PPD no estaba dispuesta a aceptar que el “jalda arriba” se había transformado en un “cuesta abajo”. Todavía hoy hay quienes no son capaces de verlo.

En la “Conclusión” Ramos Méndez contextualiza la situación de las tragamonedas o traganíqueles y los casinos en el marco de la revolución tecnológica que irrumpió en el mercado desde la década de 1990 en adelante.  

Una lectura cultural

Este breve trabajo de Ramos Méndez  ilustra al investigador en torno a aspectos poco problematizados que formaron parte del proyecto modernizador impuesto durante la segunda parte del siglo 20 en Puerto Rico. En torno al juego y la industria de los casinos y otros temas relacionados, el lector apenas cuenta con algún trabajo del Dr. Luis López Rojas en torno a la mafia y la industria del turismo durante el dominio del PPD, y a algún trabajo esclarecedor de la Dra. Mayra Rosario Urrutia en relación con el popular juego de la bolita. Se trata de aproximaciones y ámbitos distintos pero los autores citados convergen en la intención de aclarar el lugar de esta práctica polémica a la hora de mirar el largo periodo de control del PPD sobre el gobierno de Puerto Rico. En su conjunto el interés señalado parece ser un elemento propio de un puñado de investigadores de los últimos 20 años. Valdría la pena mirar en esa dirección y estimular una revisión más sistemática y detallada del fenómeno y su impacto en la transición de la modernidad a la posmodernidad en el país, en especial por el hecho de que el turismo se fue convirtiendo después de 1976 en uno de los nichos económicos en el que más esperanzas se depositaron en el marco de la era de las industrias 936.  

Los juegos de azar poseen un pasado nebuloso documentable en las fuentes más diversas, asunto que ningún investigador se ha propuesto aclarar todavía. En general se les proyecta como una serie de prácticas caracterizadas por su pasado “cuestionable”. El desinterés puede deberse a la  complejidad ínsita de la práctica, pero tampoco se puede descartar la ambigüedad moral que siempre genera su ejecución en un entorno cultural, histórico, social y moral como el puertorriqueño.  Esta observación me parece aplicable tanto para la evolución cultural del país antes del 1898 cómo después de esa fecha. El sentido que se le ha dado a ese pasado “cuestionable” no ha sido formulado de manera apropiada. Las pistas sin embargo están allí, como se verá de inmediato. El ejercicio no es exhaustivo. Se trata a lo sumo de un muestreo con la intención de sugerir pistas respecto a la percepción cambiante de esta práctica en el imaginario puertorriqueño moderno a ambos lados de 1898.

El juego  fue  condenado por la moral católica y la jurisprudencia civil como un nicho de subversión propio de gente inconveniente al orden público. Por un lado, fue en medio de un juego de naipes celebrado en San Juan en 1795 donde se identificó la que ha sido considerada la primera conjura señalada como separatista en la historia de Puerto Rico. Los hallazgos hablaban por sí solos: la efigie de un rey en una moneda mutilada con letras diminutas a la altura del cuello del monarca recordaba la amenazante guillotina.  El detalle fue suficiente para que se levantara una investigación e interrogatorio a la gente que ocupaba la mesa. En el proceso investigativo el pintor José Campeche actuó como perito ilustrando el hecho subversivo en un dibujo.

Por otro lado, una de las acusaciones que con más intensidad esgrimió el periodista José  Pérez Moris en su Historia de la Insurrección de Lares (1872) a la hora de representar las personalidades de Ramón E. Betances Alacán y el licenciado segundo Ruiz Belvis tenía que ver con su propensión a la bebida, las mujeres y al juego en garitos propios para conjurarse contra el orden establecido. El hecho de que en otra parte del volumen equiparaba el separatismo a un virus ofrece al historiador cultural una imagen precisa de la idea que se tenía de aquellos espacios.

Todo sugiere que la condena del juego y el azar fue esgrimida lo mismo por el poder instituido y las fuerzas conservadoras como por la oposición crítica y educada de los liberales. Para ambos extremos se trataba de una práctica degradante y deshumanizadora indigna.  El conservadurismo moral integrista y el liberalismo racionalista recurrieron a la censura del juego como una práctica impropia de la condición moderna. Uno de los textos narrativos autobiográficos del joven  Eugenio María de Hostos escrito en 1859, el relato “La última carta de un jugador”, presenta una imagen atroz del jugador compulsivo. Hostos describía un comportamiento rayano en lo antisocial y la locura. El registro de citas podría ampliarse a numerosos observaciones de la intelectualidad criolla desde las estampas  de Manuel Alonso Pacheco hasta la observación social de Salvador Brau Asencio.

En términos generales el juego, la fortuna, el azar, se percibían como un atentado contra cualquier presunción de “orden” ya fuese teológico, natural o social. La idea de un “orden universal” era puesta en  entredicho cada vez que se tiraban los dados o se repartían los naipes. Aquellos actos proyectaban una discursividad que llamaba la atención sobre la contingencia, el acaso y la casualidad: de allí su carácter subversivo. En aquel escenario sin “orden” solo quedaba  lugar para la veleidad y la inconstancia. La feminización de la suerte parece haber jugado un papel en todo ello. Nicolás Maquiavelo, al discutir la Rueda de la Fortuna, identificaba aquel fenómeno con el culto a la popular Diosa Fortuna de origen latino, entidad que chocaba con el estricto ordenamiento patriarcal y masculino dominante. En cierto modo, el patriarcalismo del culto al orden estaba agazapado detrás de todo ataque o censura al juego. Resultaba innegable que el poder subversivo y desordenador estaba siendo asociado al femenino azar.

El juego también fue un entorno cuya praxis generó opiniones discordantes durante el siglo 20 en el marco de la presencia estadounidense. La situación se hizo más tensa en el contexto de la Gran Depresión desde 1929, condiciones que pusieron a prueba la relación entre las elites puertorriqueñas y el poder colonial. Los argumentos morales tradicionales y los económicos modernizadores pujaban en direcciones opuestas. Los primeros pugnaban para, con el fin de proteger  una  tradición y herencia comprendida de modo peculiar, oponerse a su legitimación. Los segundos para, con el fin de respaldar una modernidad comprendida de modo peculiar, favorecer su legitimación.

Aquella ambigüedad explica por qué en 1930 Muñoz Marín, un activista que se movía entre las izquierdas y el nacionalismo moderado, se opusiese a las tragamonedas o traganíqueles. Permite también comprender por qué mediante la Ley 11 del 22 de agosto de 1933 se ilegalizó aquellos artefactos hasta el punto de que, en un simbólico espectáculo, las máquinas existentes confiscadas fueron “destruidas y lanzadas al mar frente al Morro”. Era como si la tradición se hubiese impuesto ante un signo modernizador que se despreciaba:  la presunción de que Puerto Rico podía ser moderno sin apelar a la “suerte”, es decir, dependiendo sólo de la razón instrumental, estaba allí. Las posturas reflejaban valores culturales distintos.

La legitimación del juego de azar en 1948 puso frente a frente el conjunto de los valores tradicionales y modernos. El dualismo maniqueo de la oposición no me sorprende. Puerto Rico se encontraba entre dos aguas, al garete quizá,  si pienso en la metáfora de Antonio S. Pedreira. El país se movía por las aguas inseguras de su modernización material y espiritual dependiente. En aquel momento daba sus primeros pasos dentro del proceso de industrialización por invitación conocido como Operación Manos a la Obra (1947-1976).  Los opositores al juego se apoyaban en los parámetros de un idealismo abstracto y en el culto a la limpieza moral y al valor del trabajo propios de la ética burguesa. Los defensores del juego se apoyaban en los parámetros de un realismo pragmático y en el culto a la necesidad de un hipotético acceso a los bienes materiales a cualquier costo.

A nadie debería extrañar que la revisión del estatuto de 1948 se diese en 1974, momento en que la crisis del proyecto económico de 1947 era evidente y se cuajaba su reformulación en el marco de Era de las Empresas 936 (1976- 2005). La garantía de que los juegos de azar no desembocaran en la disolución moral correspondía el Estado. Estatalizadas las traganíqueles se presumía que cumplirían una función sanadora en un mercado que se asomaba al colapso. De igual manera los avatares del mercado, revisión que debe hacerse con sumo cuidado, justificaron la privatización del recurso y estimularon su multiplicación en el año 1996 bajo una administración PNP, la de Pedro Rosselló González (1944- ).

Este libro de Ramos Méndez ratifica la importancia de la historia de las tragamonedas o traganíqueles y la industria de los casino como un indicador  más de la evolución de un mercado dependiente y anómalo desde el periodo entreguerras y la Gran Depresión hasta la fractura del orden de posguerra y la intrusión del neoliberalismo colonial. El autor hace un esfuerzo loable por comprender el papel de aquel giro, la intolerancia o la tolerancia a los juegos de azar por cuenta de las fuerzas del Estado, en el contexto mayor de la transición de una economía liberal moderna desarrollada en medio de la segunda posguerra mundial, a una economía neoliberal posmoderna en medio de la transición al fin de la guerra fría y el inicio de la posguerra fría, siempre en el marco de la dependencia colonial. Tampoco pasa por alto las transformaciones del productor directo y el ciudadano de consumidores moderados a consumidores neuróticos o gente que “vive para consumir” como sugería el sociólogo Zygmund Bauman. La transición de un estadio a otro, fases siempre superpuestas e imposibles de separar,  requería acorde con este volumen,  una mayor confianza en la alea o la suerte y el liderato del PPD estuvo dispuesto a negociar en esa dirección.

Notas en torno al libro de Mario Ramos Méndez (2020) La modernización de la suerte: la legalización de las máquinas tragamonedas en 1974. (San Juan): Editorial Las Marías. 87 págs.

diciembre 18, 2020

Reescritura y divertimento: pensar otro entre siglos

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Fragmentos del panfleto Memoria e Historia: monólogos en torno a la historia reciente (inédito)

Primera estación: del siglo 20 al 21

Las condiciones que hicieron posible la creación del Puerto Rico industrial desde 1947 y el Estado Libre Asociado (ELA) desde 1950 no existen a partir de 2006. Aquellas habían comenzado a ser puestas en entredicho desde inicios de la década de 1980 en el escenario de la Iniciativa para la Cuenca del Caribe y el Programa de Plantas Gemelas ligado a la administración republicana de Ronald Reagan. El thatcherismo y la reaganomía resultaron desastrosos para aquella invención jurídica de inicios de la Guerra Fría que, para algunos observadores, se había convertido en una curiosa pieza de museo.

Para los puertorriqueños aquella no era una situación inédita. Después de todo Puerto Rico había entrado en el escenario de la modernidad y el capitalismo liberal como una colonia y salía de aquel en las mismas condiciones. Tocaría al país experimentar el tránsito hacia la era global y la condición postmoderna (lo que eso signifique hoy en día no es relevante) como una colonia jurídica, plutocrática y de consumo convencional. Me parece que la evaluación ecuánime de los efectos de esa situación es un reto teórico extraordinario al cual los intelectuales del interior y los de la diáspora han respondido de manera distinta.

De un modo u otro, el discurso de los activistas reconoce que la necesidad de resolver el problema colonial o del estatus sigue siendo urgente en 2020. También deberían reconocer que las circunstancias, una crisis fiscal y económica devastadora, no favorecen ni aceleran su resolución. Por otro lado el asunto no es tan sencillo. Al presente el significado de la “solución final” se ha pluralizado hasta el punto de que el abanico de opciones que se han puesto sobre la mesa choca con la forma de solventarlo a la que se apeló en la modernidad plena. Para la mirada moderna la soberanía dependía de la separación y la independencia. Ello explica, desde mi punto de vista, una actitud que se imprimió en el lenguaje de los intelectuales que se aproximaron al problema a la luz de las experiencias del siglo 19. Me refiero a la manía de disimular las  pugnas entre los independentistas bona fide y los anexionistas a la Gran Colombia o Estados Unidos durante el siglo 19. Aquella complejidad fue silenciada por todos.

Si al presente se sugiriera, como suele suceder, que la soberanía es una condición que sólo puede ser garantizada por la independencia mucho oyentes fruncirían el entrecejo y se correría el peligro de que se acusara a quien lo afirma de simplificar un asunto complejo. Para algunos observadores el exclusivismo independentista que domina todavía a muchos no es sino un retroceso ideológico y, sobre esa base, arguyen que la suya no lo es. La idea de que la soberanía y la descolonización pueda manufacturarse al través del estado 51 o un tratado de libre asociación tanto como con la independencia, tortura a los que enfrentan el asunto desde la perspectiva moderna nacionalista y romántica. No voy a tomarme el atrevimiento de tratar de resolver ese asunto. Mi intención se limitará a plantearlo.

Algo que llama mi atención es que, en general desde 1990, parece existir un consenso en torno a que el ELA es una estructura disfuncional o algo así como un monumento de la guerra fría. La quiebra financiera y la instauración de una Junta de Supervisión Fiscal así lo ratifica. En el marco del liberalismo de la segunda posguerra y el welfare state, el ELA “cumplió” su cometido. En el marco del neoliberalismo de la posguerra fría y el workfare state, ya no ha sido capaz de ello. Independientemente de la veracidad de la primera afirmación -si “cumplió” su misión entre 1947 y 2005 apoyado en la sección 931 y 936, cosa que pongo en duda-, los sectores moderados del Partido Popular Democrático (PPD) que dominaron la organización de cara a las elecciones 2020, no estuvieron  dispuestos a aceptar el fracaso del proyecto de Luis Muñoz Marín.

El control de una nueva “vieja guardia” en el PPD ha cumplido la función de expulsar, como si se tratará de un simbólico Naranjales o de otra razia contra un innovador Congreso Pro Independencia, a los soberanistas que cohabitaban en la organización. La solución histórica de los populares moderados del PPD parece ser la misma: inocular ideológicamente a la organización mediante la amputación de la membresía crítica o exigente. Ese, me parece, es el signo más evidente de un partido conservador que permanece agarrado a los fantasmas o  a los imaginarios grandiosos de su pasado. El aislamiento de los populares soberanistas o su emigración a otras organizaciones más tolerantes minará las posibilidades futuras del PPD a menos que se convierta en una organización difícil de distinguir del PNP o del Proyecto Dignidad.

Por otro lado, mi experiencia me dice que la opinión en Estados Unidos sobre el asunto de Puerto Rico, las veces que el congreso y la presidencia se han expresado tácitamente sobre ello desde 1990, parece favorecer la creación de un tratado de libre asociación bilateral que no sea el ELA pero que sirva, como aquel, para evadir la estadidad y la independencia. Esa también es una postura histórica manifiesta desde 1899 y 1900, momento en el cual se echaron las bases de una relación anómala que se ha transformado en una parodia del coloniaje en el 2020. La gente, la sociedad civil y los partidos políticos más visibles no han comprendido bien el proceso y han tendido a reproducir el lenguaje estatucentrista tradicional esencialmente maniqueo y reduccionista y cargado de subjetividad. La gran excepción en el 2020, a pesar de ciertos baches, ha sido el Movimiento Victoria Ciudadana (MVC), cuya lectura del tema parece más acertada que la del PPD, el Partido Nuevo Progresista (PNP) y el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP).

El estatus se resolverá sólo que se sabe cuándo, por lo que sería saludable que se  evitara en lo posible que los fantasmas de la guerra fría obstaculizaran ese proceso. Hacerlo es más fácil para el PPD, el PIP y el MVC que para el PNP, organización que depende del red scare o “miedo rojo” para movilizar a su electorado más irracional y obtuso. Esa táctica le ha sido de utilidad a pesar de la mala imagen que la corrupción y el clientelismo político más atroz le han creado desde 1990 al presente. Es como si la lógica del “malo conocido” se fortaleciera cada vez que se apela a un enemigo inexistente: el comunismo rojo por lo regular encarnado en lo jóvenes rebeldes.

Un obstáculo mayor en el camino a la solución de la soberanía es que tanto el PNP, el PPD como el PIP se han enquistado en sus conchas y han rehusado abrirse al debate sobre el estatus a la luz de una nueva relación con Estados Unidos que no sea la independencia, la estadidad o el estadolibrismo tal cual se inventó en 1952. El dilema del bipartidismo, en ese sentido, es trinitario. Un PIP que pospone la independencia en las elecciones de 2020 recuerda mucho un PPD que hizo lo mismo en la de 1940. El resultado no fue el mismo pero es un buen comienzo. Por otro lado, la tendencia de la administración republicana de Donald Trump (2016) fue un contrapeso eficaz para reanimar las viejas heridas de la guerra fría en su afán por imponer la hegemonía del dólar en Hispanoamérica tras su pérdida de poder en Asia y Europa.

Segunda estación: ¿qué pasa con la cultura?

Una nota cultural es importante en este momento: cualquier proyección descolonizadora debe tomar en consideración la condición caribeña e hispanoamericana de Puerto Rico sin olvidar los 122 años de relaciones con Estados Unidos. Me parece que, en general, las organizaciones políticas principales tanto las tradicionales como las emergentes, no han tocado con propiedad el tema. Es como si toda la discusión sobre la soberanía se hubiese reducido a consideraciones jurídicas y económicas: terreno fértil para el monopolio de los abogados y los economistas para quienes la caribeñidad o la hispanoamericanidad pueden ser reducidas a consideraciones de derecho y mercado.

En este aspecto el debate público, lo que eso signifique en un país en que la gente no debate sino que se atrinchera y blinda en sus posturas, contrasta con el tono que poseía en medio de la guerra fría en especial durante las décadas de 1970 y 1980. Los intelectuales que no sean economistas académicos o mediáticos, o juristas brillantes o mediocres, no parecen tener mucho que decir en este momentos. Las excepciones están allí: Eduardo Lalo y Cezanne Cardona son voces originales, sin duda. Sin embargo no deja de sorprenderme que la “(absurda) opinión pública” dependa tanto de politólogos y comentaristas  sensacionalistas y que la presencia de intelectuales con formación, más allá de los economistas y los abogados, no sea tanta como la de aquellos. Es como si se repudiara todo pensamiento denso en favor de cualquier pensamiento líquido o fluido. Consumir ideas ya no es diferente de consumir teléfonos móviles. Me parece que la sociedad puertorriqueña necesita de sus historiadores, sociólogos, psicólogos  y antropólogos conscientes en estos momentos.

En este fenómeno percibo cierto anti intelectualismo selectivo que  irrumpe y se impone que sirve muy bien a la industria de la información. Se trata de una tendencia que, al parecer, va de la mano del hecho de que el trabajo creativo de los escritores y artistas ha sido convertido por la fuerza de los hechos en una pequeña y mediana industria (PYMES) más, alrededor de la cual los productores culturales se distraen y dan vida a una industria creativa, editorial y de tráfico de libros llena de inconsistencias. Emancipados de las autoridades e instituciones culturales del Estado como el Instituto de Cultura Puertorriqueña o la universidad del estado, que ya no son capaces de financiar y dirigir una producción cultural que se le ha ido de las manos, los productores culturales viven su fase neoliberal y su literary workfare: el “precariado literario” está por todas partes.

Esto no es nuevo, ya lo había señalado en un libro de 2008. No empecé debo insistir en que la explotación del talento de los creadores de todo tipo ya sea  por intermediarios, editores,  libreros, ferias y premios, es una queja que aflora por doquier y que he escuchado desde hace años. Los productores culturales parecen vivir dentro de una burbuja en la medida en que la creación estética ha sido condenada a la condición de entretenimiento y espectáculo o, a lo sumo, actividad de sanación emocional en tiempos del derrumbe para unos pocos. El talento de estos sectores creadores es, por otro lado, significativo pero dada la condición de que la industria cultural dominante ha forjado un nuevo balance entre el objeto estético y el objeto de mercado, ello también ha afectado la condición del creador por lo que la dispersión se ha impuesto en aquel importante sector de la opinión.

Un último comentario. A partir de 1980 la producción cultural y los sistemas educativos públicos y privados anduvieron por rutas distintas y a veces opuestas. La invención de la industria cultural, la burocratización extrema y la (re)politización de la educación pública preuniversitaria y universitaria han sido claves. Si la educación pública está allí para liberar o domesticar depende de la voluntad del educando.

El sistema preuniversitario se caracteriza pornla politización de su jerarquía, el burocratismo, sus costos cada vez más elevados y la ineficacia de su producto en medio de un mercado cambiante. Durante las década del 1990 y 2000 el desfase entre sus métodos educativos y los requerimientos del mercado laboral eran notables. El asunto ha sido utilizado para devaluar la educación en ciencias humanas y artes en favor de carrera científicas, tecnológicas, matemáticas e ingeniería. Tengo experiencia con ese asunto: trabajo en un colegio de ingeniería que ofrece artes y humanidades porque el programa educativo así lo requiere. El sistema universitario se caracteriza se caracteriza también por la politización de su jerarquía, el burocratismo, por sus altos costos y por la insistencia en desplazar la responsabilidad de cubrirlos hacia el estudiante-consumidor. El otro problema es su desconexión con el sistema preuniversitario.

La solución del Estado en ambos casos ha sido amenazar con cerrar planteles universitarios y escuelas luego de un superficial análisis contable que siempre se ocupa de asegurar los réditos de la jerarquía burocrática costosa y altamente politizada. La oposición a ese tipo de políticas ha sido el escenario más fecundo para la subsistencia del lenguaje de la guerra fría: un estudiante preocupado es un comunista potencial resignificado en la metáfora del “peludo”, recuerden que los comunistas nunca son calvos. Desde mi punto de vista en este entre siglos la “educación pública” acabó por convertirse en una ficción y un mito.

Una buena señal es que cada vez hay más tensiones entre el establishment y el Estado, por un lado, y los sectores intelectuales activos (lo que quede de ellos) del otro. Esa contradicción me dice que no todo es silencio y aceptación. El anti intelectualismo oficial y su afán por silenciar desde “arriba” a los intelectuales, puede ser interpretado como el reconocimiento de una fuerza que no ha desaparecido del todo. Espero que así sea.

noviembre 15, 2020

Reescritura y divertimento: pensar el panorama electoral

Filed under: Historia de Puerto Rico contemporáneo,Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 7:01 pm
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Fragmentos del panfleto Memoria e Historia: monólogos en torno a la historia reciente (inédito). Publicado originalmente en 80 Grados-Historia 31 de octubre de 2020

Primera estación: 1960

La década de 1960 fue crucial en el deterioro del poder electoral del Partido Popular Democrático (PPD). Esa es una afirmación por demás generalizada. Su hegemonía estaba bajo amenaza como si la magia de la segunda posguerra hubiese perdido eficacia al comenzar aquella década inquieta. Los procesos de industrialización y urbanización que le mantuvieron en el poder desde 1940 y estimularon la confianza irracional en los populares crearon las condiciones para el cuestionamiento de su poder. Una serie de circunstancias propiciaron el desprestigio del proyecto desarrollista dependiente que favorecían y, claro está, del Estado Libre Asociado como una entidad “soberana”. Aquel conjunto de factores facilitó el triunfo del estadoísmo en 1968 a través del recién fundado Partido Nuevo Progresista (PNP).

Lo primero que llama la atención del observador de los sesentas es el desarrollo de una confrontación “generacional” dentro del PPD. La denominada “vieja guardia”, representada por el liderato que había dado vida al partido en 1938, fue retada por una “nueva generación” encabezada por un conjunto de  líderes que habían crecido en medio del proceso de industrialización y urbanización al que los hombres y mujeres de Luis Muñoz Marín (1898-1980) , menos mujeres por cierto, había animado desde 1940. El choque entre ambas tendencias  maduró a principios de los sesentas y coincidió con el último cuatrienio de Muñoz Marín como gobernador.

La reacción inicial de la “vieja guardia”, como era de esperarse, fue oponer una resistencia cautelosa. Todo sugiere que una de las pocas figuras de poder que se identificó con la “nueva generación” fue el ingeniero mayagüezano Roberto Sánchez Vilella (1913-1997). Sánchez Vilella no solo poseía un “estilo” distinto al de Muñoz Marín sino que se había proyectado como uno de posibles sucesores del vate para las elecciones de 1964. Su alianza con la “nueva generación” se profundizó cuando sus choques con Muñoz Marín se hicieron más intensos.

La “nueva generación” se organizó alrededor del llamado “Grupo de los 22”, asociación fundada en Manatí. Algunas de las figuras, entre los ya fallecidos, que llaman la atención de aquel colectivo fueron el abogado y profesor Juan Manuel García Passalacqua (1937-2010),  el legislador Severo Colberg Ramírez (1924-1990) y el gobernador Rafael Hernández Colón (1936-2019). Entre los que aún viven habría que destacar a Victoria Muñoz Mendoza (1940- ), una  personalidad que sigue siendo uno de los pilares simbólicos del PPD a pesar de su silencio, el abogado Marcos A. Rigau (1946- ), el historiador y profesor Samuel Silva Gotay (1935- ), el profesor y abogado José Arsenio Torres (1926- ) y el abogado independentista Noel Colón Martínez, entre otros. El grupo fundó el periódico Foro libre para expresar sus ideas.

Las críticas del “Grupo de los 22” a la “Vieja Guardia” al PPD fueron incisivas. En términos generales se quejaban de la poca participación que tenían los jóvenes en el partido y del  distanciamiento del pueblo común que la organización había desarrollado. El pueblo, alegaban con cierta nostalgia, había sido reducido a la condición de votante. Para algunos militantes del grupo, Muñoz Marín era ya un líder obsoleto que había cumplido su función histórica y debía abrir paso a los más jóvenes.

Visto desde la distancia, de lo que se trataba era de una lucha abierta por el control de una maquinaria política exitosa. La confrontación se justificada sobre la base del reconocimiento de que la política práctica en la era industrial y urbana ya no podía hacerse con las tácticas que habían sido exitosas en el Puerto Rico agrario y rural que produjo la experiencia del primer PPD, el de las elecciones de 1940, una lógica por demás comprensible. Claro está, la racionalidad no era el mejor aliado cuando en medio de una competencia por el control de una maquinaria y el acceso al poder.

Los efectos de las críticas fueron diversos. Por una parte, promovieron la discusión ideológica y llamaron la atención sobre la necesidad de revisar no solo al partido sino el ELA, su obra más acabada,  en busca de “más soberanía”. Aquella había sido también una preocupación de Muñoz Marín, por cierto, pero en la década del 1960 el lenguaje se tornó más exigente y miró en otra dirección. Lo cierto es que algunos ideólogos de la juventud del PPD reconocían los rasgos coloniales del ELA y confiaban en la buena voluntad de las autoridades estadounidenses respecto al país, actitud que recordaba la de la clase política de principios del siglo 20. Uno de los críticos fue el abogado y escritor Vicente Géigel Polanco (1904-1979) quien acabó militando en el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP). Otro fue el historiador y jurista,  José Trías Monge (1920-2003) quien llegó a ser Juez Presidente del Tribunal Supremo.

Un segmento significativo de la intelligentsia del PPD, favorecía la idea de “culminar” el ELA sobre la base de una mayor soberanía respecto al gobierno federal, pero temían que en ese proceso se les confundiera con los nacionalistas y los independentistas a quienes tanto y con tanta pasión habían atacado. Otros buscaban la profundizar la  identidad del ELA con los demás Estados de la unión sin que tuviera que serlo. Al PPD le resultaba más llevadero buscar aliados en el estadoísmo que en el independentismo. El atasco más importante en el proceso de revisión del ELA, aparte del desinterés del Congreso de Estados Unidos, ha sido ese.

La “vieja guardia” se organizó alrededor del “Grupo de Jájome”, localidad de Cayey donde ubica la residencia veraniega del gobernador. La tropa de Jájome estuvo encabezado por los abogados Santiago Polanco Abreu (1920-1988) y Luis Negrón López (1909-1991), personas de la confianza de Muñoz Marín. En medio de aquella pugna se decidió el retiro político de Muñoz Marín. El anuncio se realizó en una Asamblea celebrada en Mayagüez (1964) donde se impuso la candidatura de Sánchez Vilella a pesar de las protestas intensas de una multitud que no estaba en condición de desprenderse de su caudillo político. El fenómeno Luis Muñoz Marín en los 1960 y el fenómeno Pedro Rosselló González (1944- ) en los 2000 poseen interesantes paralelos en el renglón de las pasiones. Lo cierto es que el retiro de Muñoz Marín fue un giro histórico pero no inesperado. El líder o no quería o no se sentía capaz de gobernar con la “nueva generación” y abandonaba sus aspiraciones por el bien de la unidad del partido.

¿Qué había cambiado? En 1964 Puerto Rico era otro -urbano e industrial- y se reconocía que Muñoz Marín representaba un pasado dejado atrás. Las campañas políticas directas con el pueblo que habían caracterizado al PPD desde su fundación en 1938, apoyadas en el micro y el macro mitin, habían cumplido la función de comprometer emocionalmente a la gente con unas estructuras político-partidistas en las que antes había desconfiado desde mucho antes de los “tiempos de la Coalición”. El “poder moral” y el “carisma” del caudillo fueron claves en la recuperación de aquella confianza.

La evolución de los medios de comunicación masiva alteró el panorama. Aquellos escenarios artificiales del mercado se convirtiendo en el espacio ideal para el rediseño de la opinión pública. La radio estaba accesible en Puerto Rico desde 1922 -WKAQ en San Juan fue la primera de ellas-, y entre 1934 y 1937 se inauguraron la WNEL también en la capital, la WPRP en Ponce y la WPRA en Mayagüez. En 1954 apareció la televisión y ya en 1958 había radio y televisión del Estado. Aquellos fenómenos tecnológicos innovadores, junto con el desarrollo de la prensa diaria masiva, afectaron la formas de hacer política militante en el país. La despersonalización del liderato político no dejó de avanzar hasta el presente y, por el contrario se profundizó en el marco de la revolución digital: el líder se ha reducido a la condición de un avatar y el compromiso a la de un icono.

A la altura del 1968 la sátira política televisada, “Se alquilan habitaciones” ligada a la actriz y escritora Gilda Galán (1917-2009) que se transmitía por el Canal 11, llamaba mucho la atención. La sátira fue tan intensa que el programa fue sacado del aire varias veces por presiones políticas del Partido Nuevo Progresista cuando aquel accedió al poder. Ese mismo año se fundó el grupo musical satírico “Los Rayos Gamma”,  obra del ingenio del periodista y comediante Eddie López (1940-1971), quien falleció víctima del cáncer en plena juventud. Y en 1969 ya se difundía la serie de pasos de comedia y crítica, “Esto no tiene nombre”, producido por Tommy Muñiz (1922-2009) para el Canal 4. La mordacidad inteligente y seductora de la sátira se unió con la crítica seria de programas como “Cara a cara ante el país”. Aquellos esfuerzos democratizaron la relación entre la gente, el Gobierno y el Estado y estimularon la desacralización de la figura del líder. El humor y la sorna en torno a los actos de la clase política siempre habían estado allí, es cierto, pero el poder de los medios multiplicó sus efectos. El 1968 puertorriqueño tuvo un carácter distinto al de París y el México pero allí está, esperando que se le mire de manera atrevida y se le desmenuce.

Segunda estación 1990

La expresión de las preferencias electorales en Puerto Rico nunca ha sido un acto racional y pensado. Ser elector “flotante” o del “corazón del rollo” no es resultado de la reflexión sino de la pasión. La presunción de que el primero es “crítico” y el segundo es “acrítico” simplifica un problema complejo. En los entresijos del bipartidismo insano post 1968, ser “flotante” no ha sido otra cosa que votar a veces por el PNP y otra por el PPD. Con ello no se resolvía nada sino que se entraba en un círculo vicioso de locura. En la década de 1990 la situación se hizo más patente: votar significaba “comprar” una “imagen” metamorfoseada en “promesa” de “progreso” una y otra vez. Los fracasos que acumulase aquel objeto del deseo o las concepciones que representase, nada tenía que ver con la elección: el elector, como el consumidor conspicuo, no leía las letras pequeñas de la etiqueta del candidato. Tampoco lo hace hoy.

Las cicatrices de la partidocracia bipartidista ya eran visibles. La campaña de 1992, en especial el debate de los candidatos a la gobernación, un espectáculo de medios más; y la de 1996, centrada en “Espectacular 1996”  en la cual el PNP apeló al lema “Lo mejor está por venir”, fueron cruciales. Rosselló González, el  top model político criollo teorizado por el sociólogo Paul Virilio, se impuso.

La mediatización y espectacularización del espacio electoral, de la discusión pública y del tema del estatus, tendencia que había comenzado en los 1960, redundó en la simplificación del debate público y en que ninguno de los asuntos bajo discusión fuese visto como un “problema intelectual”. Aquel antiintelectualismo, que tantos buenos ejemplos tiene en la politología comercial del presente, limitaba la victoria electoral a factores como la “publicidad” y la “imagen”. Si usted quiere ser otra persona, postúlese para un puerto público por cualquiera de los partidos políticos existentes y a la larga no podrá reconocerse ante el espejo.

Las elecciones  se convirtieron en un acto de “consumo” de objetos del deseo que podían ser descartados cuando no alcanzaban la mayoría. El giro transformó al “sondeo” y la “encuesta” de opinión en una clave del proceso electoral pero, en la realidad de las cosas, esos recursos de mercado no “medían” la opinión. Más bien la “creaban” y la “timoneaban” a la vez que favorecían su “liquidez”, concepto que tomo del sociólogo Sygmunt Bauman. Cuando se observa detenidamente el proceso de mediatización y espectacularización de la política electoral y, claro está estatutaria, que comenzó durante la campaña plebiscitaria de 1967 y los comicios de 1968, y se vuelve la mirada hacia la década de 1990, tengo que aceptar que la tendencia había alcanzado un extremo insospechado. El candidato con posibilidades no era otro el top model político. ¿Qué decir de las de 2020 cuando se cuenta con el primer top model político independentista? Prefiero el silencio más respetuoso y cínico en torno a ello.

De modo paralelo,  la discusión se hizo más superficial hasta imponerse una discursividad kitsch caracterizada por la frivolidad y, en ocasiones, la vulgaridad. A fines de la década de 1990, ya era posible la imagen distorsionada, absurda y cómica de Edwin Rivera Sierra, alias “El amolao”, ingiriendo “palmolives” o cervezas Heineken. El hecho de que en el 1998, cosas de la alegre post Guerra Fría, ese funcionario viajara a Rusia a fin de adquirir una estatua gigantesca de Cristóbal Colón producto del artista Zurab Tsereteli (1934- ) es, quizá, el mejor modelo de lo que llevo dicho. La vida pública de Antonio “El Chuchin” Soto Díaz (1949-2016) y el episodio del auto Bentley de lujo en 2011 que alegó le habían obsequiado, ratifican que la tendencia se ha radicalizado dejando la discusión política en el campo del entretenimiento.

El fenómeno del “político vociferante”, cuánto no gritan desde el atril del capitolio,  fue poblando la praxis administrativa local e invadiendo los medios de comunicación masiva. De modo paralelo la sátira como expresión teatral seria que repuntó en la década de 1960 y 1970, evolucionó en la dirección de la industria del chisme y el cotilleo más o menos profesional. La distancia entre el programa televisivo “Se alquilan habitaciones” encabezado por Gilda Galán en 1968, y  la discursividad irritante de Antulio “Kobbo” Santarrosa y el personaje de la “La Comay” en SuperXclusivo entre 2000 y 2013, es enorme. El contrate demuestra que el gusto de la teleaudiencia también ha cambiado en los últimos 40 años. La sátira política seria hoy, parece desviarse hacia los espacios de comunicación innovadores generados por la revolución tecnológica: la internet y las comunidades virtuales de imágenes fijas o en movimiento, son un lugar preciado para la expresión de este arte social en tiempos de crisis.

Y el futuro de Puerto Rico… ¿qué? La opinión sobre el futuro político de Puerto Rico, es decir, del Estado Libre Asociado colonial, no cambió entre 1993 y 1998. Las consultas de aquellos dos años tan emblemáticos fueron administradas por el PNP en el poder durante la larga administración Rosselló González. La finalidad de aquellas parece haber sido auscultar el crecimiento del estadoísmo mediante la estadística infalible: la consulta directa al electorado pagada con fondos públicos. El hecho de que el fin de la Guerra Fría hubiese promovido la imagen de que la década de 1990 sería adecuada para la “descolonización” y la popularidad frenética con la personalidad del gobernador, justificó los dos procesos.

Los resultados no fueron los que los estadoístas esperaban. El ritmo de crecimiento del estadoísmo, que había sido acelerado entre los años 1968 y 1984, se lentificó al final de los 1990 y hoy parece en franco retroceso. Todo conduce a concluir que la división del PNP y la aparición del Partido Renovación Puertorriqueña (PRP) tras el conflicto entre Romero Barceló y Hernán Padilla (1938- ) fue  responsable en parte del fenómeno. Los efectos de la división de 1984 en el largo plazo no han sido estudiados todavía pero las heridas que produjo nunca sanaron del todo. Las  probabilidades reales de que el estadoísmo superara el 50 % de las preferencias de los votantes en las consultas de 1990 eran pocas. Para aquellos que observaban ese desarrollo desde afuera del estadoísmo resultaba evidente que no todos los votantes del PNP estaban comprometidos con la estadidad. Los expertos comenzaron a denominar ese fenómeno, como se sabe, como un electorado “flotante”.

El plebiscito de 1993 trató de aprovechar la “ola rossellista” surgida de la contienda electoral en la cual se derrotó a una débil candidata popular: Muñoz Mendoza. Los resultados de esta no dejan de ser sorprendentes:

  • ELA 826,326 (48.6%)
  • Estadidad 788,296 (46.3%)
  • Independencia 75,620 (4.4%)

En un contexto amplio los porcentajes no dejaban de ser halagadores para el estadoísmo. Comparado con los resultados del plebiscito de 1967 -el 38.9 %-, el avance de la opción de la estadidad era significativo pero no decisivo. Para el PPD no se trataba de buenas noticias. En 1967 la “montaña” estadolibrista había alcanzado el 60.4 % de las preferencias, hasta caer al 48.6 % en 1993. Las potencias de la partidocracia bipartidista estaban balanceadas.

El problema era que  en la década de 1990 se sabía que el Congreso no aceptaría una mayoría plural para autorizar la incorporación y la estadidad. Lo más probable era que se le requiriera una  supermayoría, es decir, hasta  dos terceras partes de las preferencias. La exigencia de una supermayoría tuvo el efecto de fomentar el inmovilismo o la desesperación. El debate sobre la cuestión de la supermayoría se articuló de una manera predecible y reflejó las aspiraciones y prejuicios políticos subyacentes en cada uno de los casos. El PPD y Hernández Colón tuvieron algo que celebrar porque veían en ello una garantía de que para los estadoístas era una meta inalcanzable. El PNP y Carlos Romero Barceló (1932- ) evaluaba la condición como un acto “injusto” y hasta antidemocrático. Y el  PIP y Rubén Berríos Martínez (1939- ) la rechazaban porque la independencia era un derecho que no dependía “de la imposición de mayoría alguna”, expresión con la que reconocían su poca visibilidad en la preferencia de los electores puertorriqueños.

Lo cierto que en 1993 el PNP y la estadidad no tenían siquiera la mitad más uno del apoyo electoral y muchos pensaban que nunca lo conseguiría. No lo ha conseguido, de hecho, a la altura del 2020. La cuestión del estatus se “empantanó” por una diversidad de razones. La debilidad del independentismo electoral que sólo consiguió el 4.4 % en la consulta de 1993, es una de ellas. El balance de fuerzas entre el Estado 51 y el  ELA, y el escollo que ponía el Congreso al hablar en términos de una  supermayoría completaban el cuadro. En el “arriba social” no había voluntad para el cambio. En el “abajo social” se imponía la apatía y el desinterés producto del desconocimiento de la situación real del país y los avances de una sociedad de consumo de nuevo cuño en el contexto de la revolución digital, entre otros asuntos. La virtualización e irrealización, los tiempos del slacktivismo o la militancia de sillón, estaban a la vuelta de la esquina.

Tercera estación:  2010

En 2012 los observadores del proceso electoral pensaban que el PNP iba a revalidar en los comicios. Yo era uno de ellos, lo confieso. La victoria de Alejandro García Padilla (1971- ) sorprendió, pero el hecho era comprensible a la luz de la erosión de la imagen de la administración Luis Fortuño Burset (1960- ). Varios elementos favorecieron su triunfo.

Uno fue su recurso a un lenguaje (neo)populista que recordaba al PPD de los años 1938 y 1940. El 25 de julio de 2012 García Padilla ofreció un discurso en la conmemoración del ELA en la ciudad de Mayagüez vestido de impecable blanco como Muñoz Marín en sus mejores años. En tiempos de crisis la nostalgia podía desarticular la desconfianza de mucha gente. Otro recurso fue la promoción de una  imagen de líder cercano a la gente que desarrolló cuando ejerció como Secretario de Departamento de Asuntos del Consumidor entre el 2005 y el 2007. Parece que en Puerto Rico esos índices emocionales son suficientes para movilizar al electorado popular e indeciso. Los pilares de la victoria fueron varios.

  • Primero, la promesa de enfrentar el asunto del estatus o de iniciar una discusión serena sobre el mismo.
  • Segundo, enfrentar de la crisis fiscal poniendo el pueblo por delante de los acreedores. Se trataba de dos artificios que no podía cumplir pero de eso precisamente se ha tratado la política colonial desde hacía mucho tiempo. Eduardo Bhatia Gautier (1964- ) y su reclamo para que el pueblo hablara fue importante en aquel tenso momento.
  • Tercero, su compromiso de afrontar la crisis económica que se había acelerado desde 2005. La oferta de crear 60,000 empleos y el hoy olvidado proyecto económico del Dr. Ángel Rosa, eran parte de sus municiones.

Un elemento importante de todo ello fue la seducción que provocaba su confianza inocente en la capacidad del país para enfrentar las contrariedades más complejas. El estancamiento y el decrecimiento de la economía ha sido uno de los ejes de la crisis fiscal, la relación entre ambos componentes es dialéctica. El otro elemento fue el tema del estatus colonial que ha servido de entramado para aquellas crisis. La interrelación de esos tres componentes es innegable y no se puede resolver la una sin resolver las otras y viceversa. En ello radica la dificultad de la situación del país.

La devaluación el crédito y el cierre de los mercados financieros minaron el poco prestigio que le quedaba al ELA y minaron la unidad del PPD: el país era gobernable pero el PPD no. El debate al interior del partido por el asunto de IVA y la rebelión de los soberanistas encabezados por Carmen Yulín Cruz (1957- ) lo ratifican. El fracaso de esta figura en la primarias de 2020 no se podía vislumbrar en aquel momento. Me parece que la unidad perdida en 2013 no pudo ser recuperada a la altura de las elecciones de 2016. En 2020 aquella unidad no es sino otro elemento de la nostalgia que habita esa organización. La crisis de grande proporciones que se vive silenció a las voces más confiables y le dio voz a los acólitos. La imagen de que el PPD se derrumbaba era precisa.

Un último punto: la tolerancia, a pesar de todo, ganó terreno durante aquel cuatrienio de García Padilla. La discusión, atropellada y superficial en ocasiones, de algunos asuntos ambientales, tocantes al género, al cannabis medicinal y recreativo y a las minorías legales o ilegales, resultó refrescante. El problema, me parece, es que su utilización para fines político-partidistas era muy obvia y generó contradicciones. El liderato PPD quería rejuvenecer su imagen de organización liberal y abierta. No funcionó: el tono de Charlie delgado Altieri (1960 – ) dramatiza un retroceso en ese sentido en 2020.

En cierto modo, la justicia y el partidismo son asuntos que chocan. Los discursos por sí solos no subsanan los defectos de una cultura dominada por el prejuicio, el discrimen y el conservadurismo. La elecciones de 2016 dramatizaron un retorno que fue en realidad un regresión. Eso me consta desde, en medio de la calle de la Fortaleza bajo una refrescante y pertinaz llovizna acompañado de mis dos hijos, fui testigo de los primeros momentos del verano del 2019.

Cuarta estación: hoy

¿Y ahora qué? Bienvenido 2020. Miraré con calma la fisonomía de este abismo ante el cual me encuentro previo a emitir cualquier opinión. El vértigo puede ser un aliado.

Fuentes de las reescrituras

Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (15 de noviembre de 2009) “Vicente Géigel Polanco y la Ley 600” en Puerto Rico entre siglos

Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (15 de noviembre de 2009) “José Trías Monge y el ELA” en  Puerto Rico entre siglos

Mario R. Cancel-Sepúlveda (7 de mayo de 2013) , “La crisis del PPD (1960-1980): la política nacional en Puerto Rico entre siglos

Mario R. Cancel-Sepúlveda (26 de enero de 2016) “Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente XI” en Puerto Rico entre siglos

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abril 28, 2018

Apuntes sobre una interpretación del independentismo puertorriqueño en el siglo 20 y al filo del siglo 21

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia
Comentarios a Ché Paralitici (2017) Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico. San Juan: Gaviota.

El libro de Ché Paralitici, publicado en un momento de inflexión y de crisis que todos debemos evaluar con cuidado, manifiesta una lógica sugerente y rica. Lo que plantea es una invitación al estudio reflexivo del independentismo, una propuesta política llena de complejidades y contradicciones. Las premisas teóricas de las que parte este comentario son sencillas.  Puerto Rico experimenta un “largo siglo 20”, como diría Eric Hobsbawm, que comienza en el 1898 y que aún no ha terminado.

El rasgo más revelador de ese siglo es el ingreso del país a la esfera jurídica estadounidense bajo cuya influencia económica y cultural se encontraba desde mediados del siglo 19. El independentismo puertorriqueño expresa una forma de la resistencia a la presencia de ese “otro” y a la forma en que la misma ha ido evolucionando. Durante ese “largo siglo 20” inconcluso el independentismo ha mostrado un comportamiento específico antes y después de la Guerra Fría (1947-1991). El objetivo teórico de este libro es establecer las continuidades y discontinuidades del independentismo antes y después de ese fenómeno. Sobre esa base aspira elaborar una propuesta de futuro plausible que adelante la liberación del país.

José “Che” Paralitici

Antes de la Guerra Fría (1898-1947)

La interpretación del periodo anterior a la Guerra Fría (1898-1947) se sostiene sobre una serie de premisas. Primero, el efecto perturbador del 1898. Estados Unidos, adversario político y socio de negocios de España durante el siglo 19, un modelo de liberalismo económico y político y de crecimiento que muchos separatistas independentistas habían visto como un aliado para su causa en contra de la monarquía española, se transforma en el enemigo de la independencia de Puerto Rico tras ocuparlo al cabo de la Guerra Hispano-Cubana-Estadounidense. La lógica de que Estados Unidos era un potencial aliado era común a independentistas y anexionistas. Incluso muchos liberales reformistas y autonomistas compartían ese juicio. El limbo colonial que nos inventó la Ley Foraker de 1900, sin embargo, no difería del que se dejaba atrás. El 1898 justificó una ruptura entre independentistas y anexionistas que, predecible desde la década de 1850, siempre se había evitado a fin de favorecer la causa común: la derrota y desalojo de España de las Antillas. La incertidumbre que esos hechos produjeron es visible en dos figuras emblemáticas de cada una de esas tendencias: Eugenio María de Hostos y José Julio Henna.

Segundo, desde la invasión de 1898 hasta 1930 el independentismo vivió una era de “tanteo” en la cual sus intelectuales se vieron precisados a reformular el pasado hispánico e inventarle una mitología que Betances o Ruiz Belvis no hubiesen secundado. Aquellos habían afirmado la necesidad de “desespañolizar” nuestra cultura. El independentismo de nuevo cuño aspiraba a “re-españolizarlo” para evitar la “americanización”. El nacionalismo cultural moderado, que Albizu Campos denominó ateneísta, generó una discursividad que condujo a la hispanofilia. La reformulación de la identidad cultural o política después del 1898 acabó tomando en cuenta el efecto desestabilizador del 1898. No se trata de darle crédito a la tradicional “teoría del trauma” sino de llamar la atención sobre una situación real. Volver a la “teoría del trauma” sería reducir un proceso cargado de materialidad a un conflicto inmaterial afín al regeneracionismo hispano del cual fue un opaco reflejo.

Tercero, la época de “tanteo” terminó en 1930 con la afirmación del nacionalismo político de Albizu Campos. Éste tomó lo que consideró mejor del nacionalismo cultural moderado y lo cargó de contenidos prácticos hasta la agresividad. Para la interpretación de este giro es cardinal tomar en cuenta la Gran Depresión (1929), los inicios del Nuevo Trato y el Estado Interventor (1932) y el realineamiento político por el que atravesó el país entre 1920 y 1940. Entre los nuevos actores que emergieron de aquella vorágine, el nacionalismo de la “acción inmediata” fue uno. El otro fue el populismo, un movimiento proclive aliarse con los agentes novotratistas igual que también lo hicieron las izquierdas anticapitalistas en aquel contexto.

Cuarto, todo sugiere que superar el “tanteo” y pisar terreno firme no fue suficiente. Puerto Rico, cuyo valor geoestratégico era reconocido desde la invasión de 1898, se convirtió en una clave de la política hegemónica de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Guerra Fría (1947-1991). La documentación de esa relevancia en los registros oficiales y no oficiales producidos en el marco de la ocupación entre 1898 y 1926 alrededor del nudo del Canal de Panamá (1914) y la Gran Guerra (la primera de 1914-1918), debe tomarse en cuenta para que no parezca que la evaluación emanada de la guerra del 1939 era una novedad.

Es importante recordar que durante la primera parte del siglo 20 los nacionalismos y los socialismos iban por rutas separadas. El hecho de que los socialismos fueran identificados sin problema con las “izquierdas”, facilitaba el desplazamiento de los nacionalismos hacia las “derechas”. Detrás de este argumento había un componente de clase obvio. Ese asunto, tratado de modo superficial, ha representado un dolor de cabeza para la interpretación de los nacionalismos en el marco de una teoría progresista ortodoxa que no comparto. El volumen de Paralitici no enfrenta ese problema teórico, aunque ofrece mucha información sobre las fragilidades y las fortalezas de la relación entre ambos extremos en un marco colonial como este.

De hecho, la convergencia entre socialistas e independentistas tuvo que aguardar hasta la década de 1930 y la Gran Depresión, cuando la relación con Estados Unidos puso al país en medio de la espiral del desarrollo capitalista dependiente en una posición incómoda. Los resultados del encuentro entre los extremos ideológicos fueron contradictorios y los debates entre las aspiraciones de uno y otro muy comunes entre 1930 y 1970. Hasta el 1930, el movimiento socialista y comunista habían preferido apoyar la transformación de Puerto Rico en un estado de la unión o se conformaban con una mayor autonomía para la isla. Siempre habían expresado alguna aprehensión en cuanto al asunto de la independencia y, en especial, el nacionalismo. La convergencia entre socialistas, comunistas y nacionalistas alrededor de la independencia solo se estabilizó tras el fin de la era de la contención Washington-Moscú pero siempre ha sido inestable.

Durante la Guerra Fría (1947-1991)

En medio de la Guerra Fría ocurrió otra era de “tanteo” que el autor insinúa. La ofensiva contra el movimiento anticolonial entre 1932 y 1954 fue atemorizante y eficaz. Durante ese periodo el independentismo, el nacionalismo, el populismo, las izquierdas socialistas y comunistas chocaron con intensidad. La represión condujo a un periodo de contracción, moderación y crisis en el sector. El hecho de que fragmentos de todos aquellos sectores se viesen precisados a elaborar acuerdos tácticos con Estados Unidos a la luz de la crisis económica y política, no puede ser descartado como estímulo a la crisis. En Estados Unidos las izquierdas, socialistas y comunistas, elaboraron una alianza con los reformadores demócratas. En Puerto Rico, esos mismos sectores prefirieron una alianza con los novotratistas y los populistas, y no con los nacionalistas.

Entre 1946 y 1959 la relación colonial fue “reformada” por medio de la aplicación de transformaciones que, manteniendo la dependencia, mejoraban la imagen internacional de Estados Unidos. Esa fue la era de oro de Operación Manos a la Obra y de la cirugía cultural denominada Operación Serenidad. El pesimismo filosófico que penetró la discursividad literaria del 1950 es, sin duda, una expresión de aquella situación paradójica.

Visto desde la distancia, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial habían cambiado la escena puertorriqueña planteando retos que el independentismo no siempre pudo superar. El realineamiento ideológico de este sector fue profundo. Algunos segmentos del socialismo amarillo, que había sido un aliado de Estados Unidos y los estadoístas; y del comunismo rojo, que había sido un aliado de los populares y el Nuevo Trato, se movieron hacia el independentismo. Los efectos sobre el discurso independentista fueron enormes durante la década de 1960 cuando la conflictividad de la Guerra Fría maduró en el Caribe al socaire del socialismo cubano. El caso de Cuba no fue un asunto aislado. La Guatemala de 1951 al 1954 fue una precuela, y la República Dominicana del 1962 al 1965 una secuela significativa por las relaciones históricas de ese país con Puerto Rico.

En ese tejido se dieron las condiciones para la revitalización del independentismo. El reavivamiento estuvo relacionado con las grietas que rompieron el aislamiento colonial y adelantaron el colapso de la secretividad impuesta por Estados Unidos respecto a Puerto Rico desde 1953 en la Organización de Naciones Unidas. Debo recordar que entre 1960 y 1972, el asunto de Puerto Rico volvió a discutirse en el Comité de Descolonización gracias a los esfuerzos del nuevo independentismo puertorriqueño y a la insistente diplomacia cubana. El independentismo era la única tendencia que afirmaba el carácter colonial del ELA. Tanto el estadolibrismo como el estadoísmo republicano, insistían en lo contrario y afirmaban el carácter interno (no internacional) del asunto del “estatus”.

La gran paradoja que emana de la lectura de este libro tiene que ver con el “afuera” del independentismo y con el problema de la percepción de la gente. Para la mayor parte de los puertorriqueños en las décadas del 1960 a 1990, resultaba más cómodo adoptar el discurso antinacionalista, anti-independentista y anticomunista promovido por las autoridades, que apropiarlos como un proyecto esperanzador. La criminalización del independentismo había surtido efecto.  Las posibilidades de insertar en Puerto Rico un nacionalismo innovador o un socialismo renovado y re-humanizador, fueron frenadas en el marco de una cultura política pobre. Aclaro, por otro lado, que la imagen internacional de los nacionalismos y los socialismos no era muy buena a la altura de la década de 1960. El efecto que había tenido el socialismo real soviético durante la época de Stalin; y el fascismo italiano y el nazismo alemán, explican la incómoda situación de esas propuestas en un contexto colonial y puertorriqueño anterior a la gran crisis de 1970 a 1973.

Mario R. Cancel Sepúlveda

Después de la Guerra Fría (1991 al presente)

La interpretación del periodo de la post-Guerra Fría se elabora alrededor de la “manzanas de la discordia” que Paralitici sintetiza con precisión, a saber:  la participación electoral, la violencia y la ilegalidad, y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. Cada uno de esos puntos ha sido justificado por medio de principios intransigentes, o sobre la base de necesidades tácticas a la luz de la praxis. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones une o separa al independentismo a pesar de que cada una de ellas puede validarse o invalidarse con argumentos de teórico o prácticos.

Es ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar en buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos y los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués que se entrecruzan no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas de esta naturaleza. En ese sentido, lo más apropiado sería hacer lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual se presume luchan el independentismo y el socialismo.

La otra cara del asunto posee un fuerte contenido filosófico y sociológico. Hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema del independentismo podía sintetizarse en el hipotético opuesto de la “nación” y la “clase social”. El debate de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida, en uno; o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción, en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los nacionalistas y los socialistas presentes en las luchas políticas desde 1959 en adelante, comenzaron a erosionarse a partir de 1976 en la misma frontera del orden neoliberal o post-capitalista.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de la “nación” o la “clase social” como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, pusieron en duda la eficacia de la “nación” o la “clase social” como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un inconveniente de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega Paralitici en su libro es que la inclinación por las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a qué lucha debe ser la prioritaria está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción o los circuitos de consumo. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmentos de clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen unos y otros no son las mismas.

Por más complejas que parezcan estas situaciones no se trata de un problema sin solución. El volumen Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico de José “Che” Paralitici  lo deja listo para la discusión. La mesa está servida. Sólo falta que vengan los comensales y que se inicie esta necesaria tertulia.

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