Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

julio 10, 2015

Miradas al treinta: del Unionismo al Aliancismo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Uno de los problemas historiográficos que más han ocupado la atención del canon ha sido la denominada Generación del 1930. La vigencia de aquel discurso cultural solo comenzó a ser revisada en la década de 1990. La supervivencia de aquella discursividad hasta la frontera de la postmodernidad, ratifica su poder de convicción, y ese hecho no puede ser descartado mediante simplezas.

La opinión dominante sobre aquel proceso se apoya en dos premisas sencillas. La primera identifica la década del 1930 con la peor crisis económica mundial del siglo 20. Las posibilidades reales de la Independencia o de la Estadidad, que habían sido pocas en la década de 1920 como ya se ha comentado en otras columnas, eran nulas en aquel contexto. Los efectos de la crisis sobre el país fueron tan devastadores que la idea progresista de que “todo tiempo pasado fue peor”, se impuso tras la avasallante victoria del Partido Popular Democrático en las elecciones de 1944. Sobre aquella base se levantó el edificio de la confianza en el Popularismo y el progreso hasta la década del 1960. La crisis, surgida de las grietas del mercado de valores en 1929, no se solventó del todo sino después de 1945. Antes y después de ese periodo crítico, Puerto Rico dejó de ser lo que era. Aquellos 16 años dejaron un amargo sabor en los puertorriqueños en la medida en polarizaron a la intelectualidad del país. Visto desde esta perspectiva, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), fue una consecuencia y una solución a la Gran Depresión de 1929.

1898Una segunda premisa presume que la Generación del 1930 interpretó y apropió la crisis, la enfrentó con eficacia y que salvó la Identidad y la Nacionalidad Puertorriqueña. Desde mi punto de vista, no se trataba de salvar un producto terminado, sino más bien de re-fundar un discurso que había que ajustar a la innovación de la presencia sajona en el país. Esto significa que la crisis del 1930 no fue solo material: el aspecto espiritual y cultural planteó un reto a la intelectualidad puertorriqueña muy similar al que presentó el 1898 a la intelectualidad española e hispanoamericana. El proyecto hegemónico del Imperialismo Plutocrático estadounidense, tenía en Porto Rico, un espacio primado. Para la Generación de 1930, la reevaluación del pasado histórico era fundamental. La intelectualidad, antes y después de la literatura del 1930, dejó también de ser lo que era. El 1930 sintetiza con vigor la idea del trauma y la ruptura que, por tradición, se ha adjudicado al 1898.

La tercera premisa tiene que ver con la presunción de que los intelectuales universitarios fueron los responsables de aquel proceso de recuperación material y espiritual. La afirmación de poder de la cultura logocéntrica y universitaria resultó convincente, dada la debilidad de ambos espacios en el pasado hispánico. El elemento que más se ha destacado, ha sido la afirmación de una hispanidad reinventada, y el cuestionamiento de la sajonidad que caracterizó a ciertos intelectuales. El Nacionalismo Puertorriqueño y la Universidad de Puerto Rico cumplieron un papel cardinal en aquel proceso. Pero el camino de la redención no estuvo exento de fisuras.

Abrir la discusión del 1930

El balance de lo que se recuerda y lo que se olvida en un relato histórico, influye en la imagen que se consagra del pasado. La tendencia de la historiografía social y literaria hasta la década de 1990, fue mostrar la discursividad del 1930 como un hecho esencial, sin antecedentes. Con ello se aspiraba a sacralizar el lenguaje de una generación de intelectuales con el fin de inmunizarla para la crítica. El dilema interpretativo radica en que ese aserto dependía de presumir el periodo de 1898 a 1928 como uno en “blanco”. La investigación de aquellos tres decenios no representaba una prioridad. Aislar el treinta de sus contextos representó un problema. Hoy se sabe que la miseria que se vivió durante la Gran Depresión, no difería mucho de la que se experimentó entre 1898 y 1928: los decenios de ajuste que cimentaron la relación colonial de Puerto Rico y Estados Unidos debían ser visitados.

La pregunta es, ¿y en qué dirección se puede abrir la discusión del 1930? La primera ruta es dejar de mirar la Gran Depresión de 1929 como un fenómeno inédito y único en la historia de occidente capitalista. Estructura y efectos análogos tuvo, en un contexto global, la Gran Depresión de 1873 al 1896. En Puerto Rico, abrió con la Abolición Jurídica de la Esclavitud Negra, profundizó la crisis de la Economía de Hacienda Azucarera y dejó al país, después de la Guerra de la Tarifas entre Estados Unidos y España, en el proemio de la invasión de 1898. También en aquel entonces el revisionismo y la polarización política se impusieron, y la apuesta por la Autonomía Radical, la Anexión a Estados Unidos y la Confederación de la Antillas, se generalizó. Para los observadores europeos, aquella Gran Depresión justificó la puesta en entredicho de la fe en el Progreso y en las virtudes del Mercado Libre.

El fin del librecambismo clásico en el modelo de Adam Smith, y la situación de anarquía social que produjo la resistencia popular y obrera en los países industriales, justificó la necesidad de regular la producción y el mercado. La posibilidad de una Economía Planificada por el Estado, y no por las fuerzas del Mercado, se afirmó. Aquella fue una época dominada por la incertidumbre económica, pero también por la incertidumbre cultural. George L. Mosse ha distinguido aquel periodo con la lapidaria frase “las certezas estaban disolviéndose”. En Europa, la crisis material justificó la desconfianza en los valores heredados. Las Vanguardias, el Bolchevismo, el Fascismo y el Imperialismo, fueron algunas de las respuestas a la situación.

¿Cómo nos informa esto sobre Puerto Rico? En los aspectos materiales, la Gran Depresión de 1929 también condujo al cuestionamiento de las virtudes del librecambismo clásico y colocó al país en el camino de la Economía Planificada. Sin embargo, no se trató de un decisión libre sino de una impostura colonial al amparo del Nuevo Trato. En el plano cultural, condujo a todo lo contrario. En lugar de disolverse las certezas, la crisis estimuló la voluntad de determinar nuevas certezas. Esa fue la tarea de la Generación del 1930 y del Nacionalismo Puertorriqueño.

Para ello se realizó un balance de la situación del país a la luz de su historia mediata: la que emanaba del 1898. Las opciones extremas eran dos. O se restituía la confianza en Estados Unidos, en quiebra desde 1910. O se rehabilitaba la confianza en España, en quiebra hasta 1898. Los puntos medios probables eran infinitos. La consolidación de esas miradas alternas a Estados Unidos y España, condensaron la discusión intelectual. La naturaleza contradictoria del 1930 se materializó en las preguntas respecto a qué somos, cómo somos y dónde vamos los puertorriqueños.

La segunda ruta para abrir esa discusión es aceptar que las contestaciones a aquellas cuestiones tenían el carácter de una hipótesis. Al cabo generaron un relato polémico pero funcional sobre la puertorriqueñidad. El problema ha sido sacralizarlas y canonizarlas. Lo más indicado sería apropiar el discurso de la Generación del 1930 no como el discurso, sino como un discurso más sobre la cuestión de la identidad. Para ello habría que desobstruir la imagen de pasado que se inventó y, sobre esa base, reelaborar una genealogía del 1930 partiendo de la premisa de la difidencia o la sospecha.

Lugares de la genealogía: unas (anti)figuraciones

Dos lugares me parecen críticos en ese sentido. Los lugares no son una fecha y su situación solamente. Se trata de espacios de la genealogía del 1930 y sus circunstantes, que dejaron su impronta sobre aquella estética de la crisis. Uno de ellos es el 1922, coyuntura que relaciono con la consolidación del Partido Nacionalista ante el colapso del Nacionalismo Dieguista en el Partido Unión. El otro es 1930, coyuntura que marca la radicalización del Partido Nacionalista. Son dos lugares vinculados a la praxis política pero, dado que antes como hoy, la cultura se disuelve en la política, no veo problema alguno en el asunto. Mi tesis es que buena parte de los argumentos que se esgrimieron en el debate cultural del 1930, ya se había diseñado en 1920 e, incluso, antes de esa fecha Respecto al 1922, debo recordar que aquella década inició un ciclo revisionista de alcances extraordinarios en el Nacionalismo Puertorriqueño. Un detonante fue la gestión pública del Gobernador Emmet Montgomery Reily (1921-1923). Reily venía a Puerto Rico con el objetivo expreso de “matar el empuje de la independencia”, según recojo de una carta de José Celso Barbosa a Roberto H. Todd de 1921, quien celebraba el hecho. Imposibilitado de gobernar por medio de las mayorías Unionistas, tildadas por los estadoístas de radicales e independentistas, se asoció con el maltrecho Partido Republicano Puertorriqueño que no obtenía un triunfo electoral desde 1902. La postura agrió al extremo las relaciones entre estadoístas e independentistas.

En febrero de 1922, una tradición radical se vino al suelo. El Partido Unión, revisó la alternativa de estatus de su programa y, aunque reafirmó su compromiso con una “Patria Libre”, aceptó que para conseguirla había que reconocer la necesidad de garantizar una “noble Asociación de carácter permanente e indestructible” con Estados Unidos. Esa fue la primera vez que se optó por un Free Associated State o Estado Libre Asociado para Puerto Rico. “Libre” y “Asociado”, el país advendría a la libertad soñada. El acto implicaba un reconocimiento de que Estados Unidos no concedería la Independencia a su colonia bajo las condiciones dominantes. El Unionismo se sometía a la agresividad de Reily. Con aquel lenguaje moderado, esperaba convencer al atrabiliario gobernador de que confiase en ellos.

El Partido Nacionalista se consolidó sobre la base de aquel desliz. El Unionismo se encontró en la situación de que, al someterse a Reily, vendría forzado a atacar a los nacionalistas con el fin de demostrar la sinceridad de su reconciliación con el Imperio. En septiembre de 1922, la jefatura unionista acusó de “traición” a los nacionalistas, con el argumento de que su separación del Partido Unión equivalía a favorecer al estadoísmo y a Reily. Los traidores acusaban de traidores a los refractarios. Cuando el resbalón de 1922 se reconfiguró en 1924 en el Club Deportivo de Ponce en la llamada Alianza Puertorriqueña, la “tercera vía” o el “estadolibrismo” adquirieron carta de natalidad.

Aquel debate dejó al 1930 la posibilidad de un aurea mediocritas innovador que evadía los extremos del estadoísmo y el independentismo. ¿Cómo justificó el Unionismo la huída al punto medio? Los argumentos fueron culturales. Aquellos líderes concebían a Puerto Rico como un punto de encuentro donde “las dos razas y las dos civilizaciones que pueblan el mundo de Colón pueden encontrarse fraternalmente”. La situación demandaba proclamar una “tregua de Dios” para conseguir el equilibrio y la armonía entre latinos y sajones. El Partido Nacionalista de 1922, que era una organización novel, quedaba excluido de aquella Santa Alianza inventada por el unionismo con el fin de congraciarse con un sector colaboracionista del estadoísmo republicano. Una lógica distinta se aplicó al Partido Socialista.

La racialización de la historia que hacían los Unionistas / Aliancistas, coincidía con la lógica de los Nacionalistas. El carácter central del análisis racial marcó a la Generación de 1930. Para el Partido Nacionalista de los años 1922 a 1924, la Historia era el lugar de la confrontación de diversas Razas. La idea de la raza tenía sus complejidades. Para aquellos pensadores, se trataba de un complejo etnocultural que se distinguía por su civilización, concepto que a su vez apelaba a la noción de pureza, es decir, al carácter unívoco de la identidad. El catarismo identitario dominaba. La visión maniquea de los teóricos nacionalistas, les impedía aceptar la posibilidad del equilibrio y la armonía entre latinos y sajones. La Civilización Católica Latina que representaban los puertorriqueños, no podría tranzar con la Barbarie Evangélica Sajona: lo superior no podía someterse a lo inferior.

Aquel debate explica el dominio de la hispanofilia y la defensa del castellano en el 1930, a la vez que llena de contenido la concepción de la Liberación por la Cultura que marcó a los intelectuales universitarios treintistas. El problema fue que la imagen de España heredada del siglo 19 tuvo que ser revisada de una manera total. La invención de la España Benévola, que es a la vez Madre y Cuna, que había sido insostenible para el Separatismo del siglo 19, se impuso. Una respuesta a ese conflicto fue la radicalización del Partido Nacionalista.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de Abril de 2012.

marzo 2, 2010

Pedro Albizu Campos y el Unionismo (1923)


Importante acto político: Declaración Política del Lcdo. Albizu Campos

Recientemente llevóse a efecto en la ciudad de Ponce una reunión política donde se hallaban presentes los líderes de la Unión y prestigiosas personas del partido de la mayoría. Entre los concurrentes a dicha reunión estaban los Sres. Guillermo Schuck, Vicente Usera, Guillermo Vives Valdivieso, Sr. Ohms, Mr. McJones, Lcdo. Brunet y otros significados elementos dentro del partido.

Ante una inmensa concurrencia, en la que tenían representación el capital, la inteligencia y el trabajo, el culto joven abogado Pedro Albizu Campos, licenciado en filosofía y letras, licenciado en derecho de la Universidad de Harvard, Massachusetts, después de haber estudiado con gran detención las actuaciones de los partidos en el país, determinó hacer su ingreso formal en las filas del partido Unión de Puerto-Rico. El Sr. Cordero Matos, significado político de Ponce, hizo la presentación del Lcdo. Albizu Campos, quien empezó su discurso que más bien pudiera ser considerado como conferencia ateneísta, y cuyos puntos más salientes fueron más o menos como a continuación sigue:

“Afirmó el Sr. Albizu Campos en forma reposada y con absoluto dominio de la materia que iba a tratar, que fue conocido nacionalista en Estados Unidos en donde celebró varias conferencias sobre las pequeñas nacionalidades y el imperialismo de los grandes poderes. Que el partido republicano puertorriqueño se agitaría siempre dentro de una minoría, por ser un partido centralista y querer recibir su poder Ejecutivo de Washington sin apoyarse en el regionalismo que tan necesario es para fundar un “estado” de la federación.

Al llegar a este punto, el orador hizo distinguir con habilidad, elocuencia y claridad, la confederación de la federación, explicando que confederación no es otra cosa que verdaderos estados soberanos ligados casi siempre solo para la defensa contra extraños y pone como ejemplo los Estados Unidos antes de la Constitución vigente, y federación es el estado en la unidad central. Que los llamados estados carecen de soberanía; el soberano es Estados Unidos, y no ningún estado por sí o en agregado con los demás, cosa que no podría hacer aunque lo pretendiese y pone de ejemplo Estados Unidos. El orador explica las consecuencias diciendo, que la federación exige, como unidad que es, homogeneidad en sus partes integrantes y por eso no se ha admitido a la federación a ninguna comunidad, en la cual no haya estado gobernando el elemento anglo-sajón o anglo-celta que han dado forma a la nación, y a menos que la ascendencia de dichos elementos no haya sido probable. Que la ascendencia de dichos grupos entre nosotros es imposible por la densidad de nuestra población y por poseer Puerto Rico una civilización más antigua que Estados Unidos. Dijo el orador que era esa la tradición de aquel pueblo y la base de su expansión y que no podía pedírsele que trastrocase el fundamento de su existencia; que para Puerto Rico sería como ha sido para cada “estado”, la extinción de su personalidad, entendiéndose por ésta, lo distintivo en un pueblo en la comunidad de estados soberanos en el mundo.

El joven letrado disertó luego acerca del ciudadano en su aspecto confederativo y dijo que, siendo cada estado soberano de hecho y de derecho, es el único soberano sobre sus ciudadanos y que siendo la federación el único soberano, es el soberano de cada ciudadano, y por supuesto, lo ordena de acuerdo con su interpretación de las necesidades del soberano; y puede movilizar a los ciudadanos dentro de cada “estado”, para destruir a éste si lo creyese necesario a la única soberanía poniendo como ejemplo la guerra civil en Estados Unidos desde 1861-65.

Refiriéndose al partido socialista, el joven orador dijo, que dicho partido sólo se contrae a un programa económico, siéndole indiferente la personalidad de Puerto Rico, tan necesario para el desarrollo de cualquier programa económico que quiera llevarse a la práctica. Que tal partido postula la lucha de clases, dividiendo a nuestro pueblo que requiere para su salvación un esfuerzo conjunto. Hizo así mismo alusión al naciente Partido Nacionalista de Puerto Rico y dijo que lastimosamente divide las fuerzas regionales. Habló también sobre el Bill Jones llamándole el mito de los derechos en él contenidos y afirmó categóricamente y dentro de una lógica irrebatible, que el derecho es derecho, cuando su sanción “última” está en la comunidad que lo ejerce. El Bill Jones, dijo el orador a la concurrencia, ha alargado el procedimiento en la aprobación de las leyes; pero su fondo es idéntico al del Bill Foraker. Toda la Legislación, por más beneficiosa que sea al país tropieza finalmente con el “veto absoluto” del Presidente de Estados Unidos. Los agentes del ejecutivo de la Nación en Puerto Rico, que sean incapacitados, dejan ver fácilmente esa verdad y por eso no son tan perjudiciales como un agente culto e inteligente, que puede disimular la verdadera fuente del poder, y de aquí la imperiosa necesidad de laborar a fin de que Puerto Rico tenga, dentro del derecho que le asiste, un gobierno responsable a él nada más y elegido por él y que la sanción última de todas sus leyes esté en nuestro pueblo: y de aquí que no sea la remoción de un agente del poder ejecutivo de Estados Unidos y de la política que por su instrucción desarrolla, porque eso sería dejar los derechos sagrados de nuestro pueblo a merced de individuos en la Presidencia: lo importante está en luchar tesoneramente con fe y patriotismo por la derogación de la Carta Orgánica vigente, sustituyéndola por una Constitución que establezca un gobierno responsable solo a nuestro pueblo. Por último, el joven orador aconsejó la necesidad de abandonar, de desterrar la mala costumbre de la súplica y petición; que Puerto Rico debe exigir lo quende derecho le correspóndase pertenece y entonces y sólo entonces, merecerá el respeto y la admiración de los pueblos que han luchado por perfeccionar su personalidad, como ha hecho el mismo pueblo de Estados Unidos.”

Publicado en El mundo, 31 de enero de 1923, pág. 10

Comentario:

El acto en que Pedro Albizu Campos se integra a la política activa nacional, informa al lector sobre sus percepciones ideológicas en 1923. El hecho de decida militar en el Partido Unión y no en el Partido Nacionalista, deja claro que el discurso de Coll y Cuchí no lo convenció. La explicación más precisa de la decisión ha sido que Albizu Campos decidió integrarse a la organización que más opciones tenía para completar el proyecto de Independencia. Pero la misma no toma en cuenta el proceso de moderación y conservadurización que tomó el Unionismo una vez se impuso el gobierno autoritario de Emmet Montgomery Riley.

La integración de Albizu Campos a las luchas civiles se anunció con la “vocación espectacular” dominante por  aquel entonces. Ante “el capital, la inteligencia y el trabajo, el culto joven abogado Albizu Campos” hizo su anuncio con un discurso que “más bien pudiera ser considerado como conferencia ateneísta”. El elitismo del acto resulta evidente.

Albizu Campos planteó su tesis en torno a la imposibilidad de la anexión sobre la base de su tesis en torno a la relación de oposición entre los conceptos confederación – federación y sus efectos en la soberanía. Apuntó además la tesis culturalista de la contradicción entre la Civilización Anglosajona y la Civilización Latina en ese contexto.

Explicó por qué no militaría en el Partido Socialista al cual veía como una organización que “se contrae a un programa económico, siéndole indiferente la personalidad de Puerto Rico (…) [y que] postula la lucha de clases, dividiendo a nuestro pueblo que requiere para su salvación un esfuerzo conjunto”. Las posturas antisocialistas estaban claras en el abogado desde su estadía en Harvard. Rechazó al Partido Nacionalista por que también “divide las fuerzas regionales”. La afirmación de Albizu Campos de que él “fue conocido nacionalista en Estados Unidos en donde celebró varias conferencias sobre las pequeñas nacionalidades y el imperialismo de los grandes poderes”, da la impresión de que en aquel momento no se consideraba nacionalista.

La crítica al Bill Jones como una ley “idéntica” al Bill Foraker es muy lúcida y precisa. Sus metas inmediatas en aquel entonces eran la derogación del Estatuto Jones “sustituyéndola por una Constitución que estableciera un gobierno responsable solo a nuestro pueblo” sin aclarar si aquel proceso debería hacer con la anuencia de Estados Unidos o sin ella.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

febrero 27, 2010

Nacionalismo e Independentismo: Hispanofilia y Modernización (1900-1920)


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Entre los años 1900 y 1920 se definieron en Puerto Rico dos tendencias dentro del Independentismo. El  Independentismo Hispanófilo y el Independentismo Modernizador diferían en términos de su percepción del pasado colonial español. El juicio sobre España dependía e influía la imagen que se poseía de Estados Unidos. El impacto de aquel juicio en las tácticas de cada segmento también sería notable. La expresión más concreta de aquella competencia por el poder fue el reto público que expuso Rosendo Matienzo Cintrón y el Partido de la Independencia (1912)  a José De Diego Martínez y el Partido Unión de Puerto Rico (1904).

Las diferencias provenían de una diversidad de fuentes. El choque cultural y material que significó el 1898, el Movimiento Modernista en la literatura puertorriqueña, la asimetría de la relación entre los invasores y los invadidos y el poco espacio para maniobrar que dejaron la Ley Foraker de 1900 y la Ley Jones de 1917, entre otras condiciones,  promovieron el desarrollo de aquellas posturas que animaron las pugnas dentro del Nacionalismo Puertorriqueño.

Los choques entre los dos sectores  eran visibles en el seno del Partido Unión desde el 1909. El 13 de agosto de 1910, se concretaron en un documento, el “Manifiesto político del Partido Independiente”, publicado en la página dos del diario The Puerto Rico Eagle / El águila de Puerto Rico. Se trataba de un foro fundado en 1902 que veía la luz en Ponce y que se definía como un órgano oficial republicano. Se trataba de  la primera expresión pública del Independentismo Modernizador. El documento sintetizaba los problemas del Independentismo Unionista y del nacionalismo Puertorriqueño de un modo transparente. Las críticas estaban dirigidas a la figura de De Diego Martínez. Cuestionaban,  su liderato monolítico y exclusivista, y su sumisión política a la figura de Luis Muñoz Rivera. El asunto no se limitaba al autoritarismo de De Diego. También cuestionaban la legitimidad del proyecto de Independencia con Protectorado defendido por el partido en su Base Quinta. Las similitudes entre la Independencia con Protectorado y el Derecho de Intervención garantizado por la Enmienda Platt de la Constitución de la República de Cuba, eran muy obvias.

Rosendo Matienzo Cintrón

Los críticos de De Diego, se organizaron, como en 1899 y en 1902, en asociaciones cívicas no electorales que aspiraban a la creación de un frente amplio nacional para enfrentar el coloniaje de Estados Unidos. Ejemplo de ello fueron los denominados Partido Independiente, la Asociación Nacionalista y la Asociación Cívica Puertorriqueña. La aparición de grupos como aquellos, a pesar de su pequeñez, era un augurio de que el Nacionalismo y el Independentismo estaban al borde de la fragmentación.

El resultado de  aquellos esfuerzos fue la fundación del Partido de la Independencia (1912), grupo que se autodefinió como una organización económico-política probablemente con el propósito de confirmar sus preocupaciones por el problema del capital, la riqueza y su distribución en el país. Después de todo, buena parte del núcleo fundador había participado de las campañas anti-trust o anti-monopolios en el cambio de siglo y tenían sentimiento filo-obrerista muy claro. El proyecto organizativo atrajo a una serie de figuras emblemáticas del Puerto Rico de entonces. Entre sus organizadores se encontraba el ya mencionado Matienzo Cintrón, el médico y novelista  Manuel Zeno Gandía, el abogado poeta y periodista Luis Lloréns Torres y el artista Ramón Frade. Alrededor de ellos se movían los empresarios Eugenio Benítez Castaño, Santiago Oppenheimer y José Coll y Cuchí. El abogado y librepensador Rafael  López Landrón, se integró un poco más tarde al núcleo fundador.

Manuel Zeno Gandía

El Partido de la Independencia (1912)  pretendió crear una unión o frente con el carácter de  una  fraternidad racional con el fin de articular la resistencia ante la agresión del capital extranjero.  El Nacionalismo de aquel sector ponía el acento en la discursividad económica hecho que colocaba su propuesta en la frontera de un socialismo moderado y de las propuestas antiimperialistas que en Puerto Rico se han asociado a Ramón E. Betances (1898) y a Pedro Albizu Campos (1923 ss.). De hecho figuras como Matienzo Cintrón y López Landrón, habían elaborado una intensa crítica a la España Retrógrada y habían reconocido el Progresismo Americano como valores legítimos en numerosos documentos públicos. Pero su culto al Progreso y la Modernización nunca significaron una sumisión total a los valores americanos ni  sacrificio de la Identidad Puertorriqueña vinculada indisolublemente a su pasado español. El hecho de que Matienzo inventar la figura de Pancho Ibero para enfrentarla al Tío Sam es más que demostrativo de ello.

La organización adoptó, por otra parte, un discurso anti-militarista y pacifista que los distanció de los antecedentes y subsecuentes aludidos. La justificación para ello se puede encontrar en la ética fraterna y el espiritismo militante de algunas figuras claves en el diseño del discurso público de la organización. En este aspecto eran extremadamente consistentes: el Programa de 1912 se quejaba sin el menor empacho de que  “los veteranos de la guerra, cuyos merecimientos consisten en la matanza humana, no deben ser de mejor condición social que los veteranos del trabajo”. Hay algo de un obrerismo romántico actuando en el imaginario de aquel liderato que, desde mi punto de vista, los convirtió en una experiencia única en su tiempo. El Partido de la Independencia realizó una campaña intensa en los años 1912 y 1913, momentos de crisis en la Industria Azucarera por motivo de la discusión de la posible aplicación de la Ley Underwood en el país. Pero la muerte de Matienzo Cintrón (1913), aceleró la disolución de la organización, elemento que dejó el campo abierto para la difusión de Independentismo Hispanófilo encabezado por la figura de De Diego y el Partido Unión.

José De Diego

José De Diego Martínez

La reacción agresiva de De Diego puede ser documentada en la prensa de la época. Los debates entre aquellas figuras demuestran varias cosas. Primero, la capacidad de debate de la clase política puertorriqueña por aquel entonces. Segundo, la agresividad con que defendían sus posturas recurriendo, en ocasiones, a ataques a la persona, a la caricatura volteriana y al insulto. Tercero, la incapacidad de Independentismo para reconocer los elementos comunes que poseían los dos extremos. Curiosamente, la reducción maniquea del debate a una disputa entre un espiritista y un ultracatólico, concentró el choque de ideas en momentos particulares.

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