Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 19, 2014

Democracia y coloniaje: en busca del pasado perdido (Primero de una serie)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda

Una mirada al pasado político de Puerto Rico no deja lugar a dudas de que el país tiene una amplia experiencia con los poderes ejecutivos fuertes. La monarquía autoritaria española, inventó la colonia en el siglo 16 y, hasta el 1898, la experiencia con regímenes participativos o de separación de poderes fue ínfima. La presencia de los vasallos en la vida pública se reducía a las elites que se insertaban en las estructuras del cabildo, donde lo había. Los Capitanes Generales que administraron el territorio desde la década de 1560, daban el aspecto temible del autócrata consumado.

Los periodos liberales de 1812, 1820, 1836 y 1868, fueron producto de graves crisis políticas en la península y se caracterizaron por la brevedad. Peor aún, durante aquellos periodos se la experiencia liberal se vivió en el marco de un gobierno colonial que siguió nombrando los gobernadores y mirando al insular, incluso a sus sectores criollos más privilegiados, con desdén y desprecio. Las prácticas económicas liberales se desarrollaron en medio de un mercado controlado por una monarquía autoritaria, y sólo sirvieron para profundizar las relaciones coloniales y  la dependencia.

El crecimiento económico del siglo 19 no significó un adelantamiento de las libertades civiles. Por el contrario, animó la sumisión de la clase criolla que confirmó su fidelidad a la hispanidad con un espíritu de sumisión total. La desconfianza de las autoridades españolas en la capacidad para el gobierno propio del pueblo puertorriqueño era compartida por los mismos intelectuales criollos que aspiraban a representarla. Los intelectuales criollos se resistían a tomar distancia de España, vejaban a separatistas independentistas, anexionistas y antillanistas e insistían, casi como un ruego, en que se equiparara la “hispanidad” insular y la peninsular. El sabor de la “democracia”  fue una rareza exótica para el paladar civil de los puertorriqueños.

A pesar de la promesa de progreso y democracia de los voceros de los invasores, el 1898, no cambió la situación. El gobierno militar producto de la guerra, dio paso a un régimen civil cuya maquinaria dependía de la voluntad de las fuerzas armadas. Algunas autorizadas voces criollas lamentaron que durara tan poco. Ese fue el caso de Salvador Brau Asencio quien pensaba que unos años más de gobierno militar no hubiesen venido mal en un país ausente de disciplina.

La relación colonial instituida por el gobierno civil acorde con la Ley Joe Foraker, una invención de un Congreso republicano que temía a los negros pobres que habitaban la isla y no era capaz de imaginarla como un Estado más de la Unión, no ha sido alterada en lo sustantivo desde 1900. Los parches jurídicos que se han puesto sobre esta relación asimétrica son pocos. Una mínima ración de poder para el Comisionado Residente, un Senado electivo en 1917, el derecho a elegir un gobernador en 1947 y una Constitución redactada localmente pero sometida a un cuerpo legislativo extranjero en 1952. La dolarización del mercado y la aplicación del cabotaje ya eran una realidad desde 1899. La ciudadanía estadounidense sin que ello significara un compromiso con la Estadidad futura del territorio impuesta en 1917, selló la relación hasta el presente.

Es curioso que la plena separación de poderes, una de las aspiraciones liberales más esperadas, sólo fuese posible desde 1917. Desde entonces, el poder legislativo se convirtió en un signo colectivo legítimo de la  identidad jurídica puertorriqueña ante el otro. En ocasiones también lo fue de identidad nacional. Estados Unidos, como el Reino de España, tampoco confiaba en dejar muchos espacios de poder a unos  colonos que despreciaba y cuya capacidad de autogobierno ponía en duda. El hecho de que entre  el 1900 y 1948 los primeros ejecutivos fuesen nombrados por una autoridad extranjera estimuló el desarrollo de poderes legislativos fuertes. Una Cámara de Delegados bajo la Ley Foraker retó la relación colonial en 1909 durante la llamada “huelga legislativa” de ese año. En 1928 un Senado dominado por aliancistas envío un mensaje descolonizador al Presidente Warren Harding de la mano de Charles Lindbergh. El consenso era que la relación estatutaria colonial no era “democrática”.

Ni lo uno ni lo otro surtió el efecto esperado y me consta que  son hechos que casi ni se recuerdan.  Sin embargo nadie puede negar que el poder legislativo, a pesar de los límites que le imponía el coloniaje, era muy vocal a la hora de manifestar sus posturas. No sé si deba aclarar que no se debe confundir lo que digo con la vulgar “nostalgia” por un pasado que se presume mejor. No soy nostálgico ni optimista y me consta que los señores legisladores de aquel entonces representaban muy bien sus intereses de clase y circulaban por los espacios del poder con el encanto que les daba su situación socialmente privilegiada.

A pesar de la difusión de la retórica estatutaria en el discurso local, después de 1952 nada más ha sucedido en ese ámbito. Los esfuerzos de “reformar” el estatus desde 1959 al presente, han colapsado ante el muro del estreñimiento manifiesto del Congreso para ampliar el margen de “libertad” de su posesión caribeña. El sabor de la democracia, que fue una de las aspiraciones más genuinas del populismo de primera fase cuando la caseta y el voto secreto y único que no se vendía, se vio reducido a migajas.

La reforma más celebrada del siglo 20, el derecho a elegir mediante el voto popular el gobernador local, cambio dramáticamente del balance de fuerzas entre el poder legislativo y el ejecutivo. La imagen del “gobernador” en la colonia recordaba, a quien poseía cierta cultura política, los malos humos de Romualdo Palacios, Emett Montgomery Riley o  Blanton Winship. Las heridas del pasado fueron cauterizadas con las figuras benévolas de Rexford G. Tugwell, “Rex the Red” para los republicanos, y Jesús T. Piñero, un popular moderado partidario del “Nuevo Trato”.

La llegada de Luis Muñoz Marín a la Fortaleza representó una “revolución” no porque fuese el primero en ocupar el puesto electo popularmente, sino porque terminó con la era de los poderes legislativos fuertes. Las legislaturas  ya no verían en el ejecutivo un adversario sino un socio poderoso al cual había que respetar y obedecer. Muñoz Marín, no hay que dudarlo, conocía las ventajas de un legislativo fuerte dado que, cuando fue electo Senador en 1940, ocupó la posición de Presidente del cuerpo. La “gobernación” entre 1940-1943, tuvo un pie en la Fortaleza y otro en el Capitolio.

El autoritarismo de Muñoz Marín era proverbial: su condición de caudillo iluminado, de figura legendaria que había guiado el Puerto Rico del siglo americano en su tránsito del “campo al pueblo” parecía justificarlo. Por eso los cuerpos legislativos sumisos se sucedieron en el panorama local bajo su gobernación. El balance se quebró, como se sabe, en medio de las  divisiones políticas que se concretaron en la década de 1960 cuando un plebiscito de estatus (1967) y el reto del Partido del Pueblo y el Partido Nuevo Progresista (1968), minaron el dominio de un Partido Popular Democrático que se abocaba a una primera crisis de identidad. Fíjese que cuando Muñoz abandonó la gobernación y regresó al Senado, la situación ya  no era la misma. Roberto Sánchez Vilella, el nuevo primer ejecutivo no podía permitir que el viejo caudillo gobernara desde su silla de Senador. Los constructores de la “democracia” la ponían en entredicho por la voracidad del poder.

El discurso “democrático” que había sido tan eficiente en la década del 1940 había perdido su solidez: se había quedado a la zaga del la realidad material de “Operación Manos a la Obra”. Siempre que reflexiono sobre aquel periodo acabo por reconocer que la experiencia de la democracia puertorriqueña ha pecado de numerosas flaquezas. La mayor candidez del paísha sido confundir el derecho a elegir mediante el voto popular a los funcionarios con la democracia, sin tomar en cuenta que esos procesos, cuando se ofrecen en un contexto colonial y de dependencia, siempre resultan cuestionables y frágiles.

 

Nota: Publicado originalmente como “Democracia y coloniaje: en busca del pasado perdido (Primero de una serie)” El Post Antillano-Revista Dominical Letras Café y Tostadas en http://www.elpostantillano.com/revista-dominical/332-caribe-hoy/10254-mario-r-cancel-sepulveda.html. Desparecido de la red, incluyo la versión original.

abril 24, 2014

Los comentaristas de San Germán: una aproximación interpretativa


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

Estudios Literarios (1881), un libro producido por J. Ramón González, editor  y tipógrafo de San Germán representa un interesante contrapunto al lenguaje dominante en la literatura puertorriqueña del siglo 19.  El libro recoge los ensayos premiados por el Círculo de Recreo de San Germán en un certamen literario realizado en 1880. El jurado de aquel concurso había estado presidido por José Marcial Quiñones, una de esas voces del historiografía decimonónica descubierta tardíamente y, por lo tanto, invisible para el canon. El título completo del proyecto era  Estudios Literarios Premiados en el Certamen del Círculo de Recreo de San Germán (1880), pieza rescatada gracias al interés del colega Juan Hernández Cruz quien la puso enm mis manos en 1995 para una reedición.

La peculiaridad de aquella escritura radicaba en el manifiesto afán cosmopolita y el aliento universalista de los autores.  De una manera consciente, aquellas voces tomaron distancia del “color local” o lo “puertorriqueño”, preocupaciones presuntamente dominantes en el discurso decimonónico, para producir una escritura aséptica o higienizada en la cual lo puertorriqueño se sintetiza en la voz autoral. Los escritores de estos textos se encuentra a una distancia  extraordinario de un Manuel Alonso Pacheco, un Salvador Brau Asencio un Federico Asenjo Arteaga. Aquellos tematizaron el “color local” con una voluntad correctiva y pontificadora que rayaba en la conmiseración o el rechazo al folclor. Los comentaristas del San Germán de 1881  dan, por el contrario, la impresión de que ese microcosmos no les interesa por lo que no lo evalúan ni para celebrarla ni para condenarla.

Estudios_Literarios2Incluso, cuando tratan temas tan “puertorriqueños” como la Insurrección de Lares o los partidos políticos locales, los hermanos José Marcial y Francisco Mariano Quiñones toman una distancia prudente del asunto. En ambos parece manifestarse una actitud intelectual propia de liberales que identifica aquella frialdad y mesura con la objetividad y el desapasionamiento. Ello no impide que las emociones afloren ocasionalmente en sus textos.

Tras renunciar a la mirada del color local, se apoyan en un lenguaje propia de una historiografía  que no vacilaba en celebrar los logros del Occidente: lo que les preocupa es el juego de agentes  como la Civilización, la Cultura y la Raza, entendidas como la expresión de una unidad cultural compartida por toda la cristiandad. Del mismo modo, lo que llama su atención son las estructuras ideológicas de la Filosofía, el Arte y la Religión y su entre juego con aquellas. El ser humano concreto, la preocupación principal de la Historia Social o la Sociología Histórica de Brau, queda por completo invisibilizado en estos autores. Sus escritos están en la frontera del ensayo interpretativo, creativo o especulativo, por lo que usan procedimientos propios de la Filosofía Especulativa de la Historia, la Estética y la Teología.

Aquella actitud intelectual, sin duda, favorecía o reflejaba su moderación política y su elitismo social. Ligados buena parte de ellos al liberalismo reformista, que tanto creció tras la derrota de los insurrectos de 1868, no vacilan es expresar su resistencia, a veces temor, al radicalismo tal y como se puede deducir de una lecturas de la obra de José Marcial y Francisco Mariano Quiñones en especial.

Los firmantes de las obras premiadas son Francisco Mariano Quiñones (1830-1908), Vicente Pagán y Enrique Soriano Hernández. Los ensayos interpretativos son redactados de cara a un siglo nuevo: el 20. En el discurso de estos intelectuales convergen posturas tradicionales emparentadas con el Providencialismo Cristiano; y modernas  en especial derivadas de Racionalismo Ilustrado, el Romanticismo, la Teoría del Progreso y el Positivismo. Los tres poseían cultura compleja y rica que convergía en la apropiación de su contemporaneidad o presente como tabú: los autores aceptan que los valores modernos se enfrentan a una crisis.

La forma en que los ensayistas enfrentan la  historia materia o proceso, es decir, la situación del ser humano en el tiempo y el espacio, informa al lector sobre su visión de mundo. La historia materia o proceso es apropiada como un todo orgánico y estructurado, autónomo de la voluntad humana, caracterizada por el movimiento, la contingencia y el cambio constante (Pagán). El “motor más poderoso” del cambio constante son las ideas, a la vez que todo cambio obedece a unas “leyes de desarrollo”  que son “ineludibles” y “universales”. Eso cambios se organizan u ordenan progresivamente, etapa por etapa, conduciendo “de lo simple a lo complejo” o del “caos” al “orden” (Pagán). El movimiento la  historia materia o proceso, tiene el fin preestablecido del Progreso General de la Humanidad, la Civilización y la unidad del Espíritu Humano. La tentación de identificar a Dios con el motor del Progreso es enorme, y en algún caso no se vacila en sostener que el Progreso es la expresión de una “acción divina” (Quiñones). La “Autoridad Divina” -la acción de Dios por medio del Progreso, traduce la “Naturaleza” o el “Orden Natural” (Hernández).

Se trata de una concepción determinista plena -cada causa tiene su efecto y viceversa- que se mueve entre la tradición y la modernidad. Los pre-textos teóricos son diversos e informan al investigador sobre la red de lecturas de los escritores: Agustín de Hipona (siglo 5), Jacques Bossuet y Giambattista Vico (siglo 17); Inmannuek Kant, Friedrich Hegel y el Marqués de Condorcet (transición 18-19); August Comte, Ferdinand Tönnies y Herbert Spencer (fines del siglo 19). Las citas indirectas o directas de estos autores son numerosas.

La ‘”historia relato” o la escritura histórica, se sostiene sobre la concepción tríadica o trinitaria del pasado. La Civilización Occidental evoluciona de una Edad Antigua, a una Edad Media, a una Edad Moderna, pero también viaja o emigra de Oriente hacia Occidente tal y como lo había sugerido el historiógrafo clásico  Polibio (siglo 2 AC). Lo cierto es que la teoría de las tres edades apenas se había codificado académicamente hacia 1688, momento en el cual el profesor Christophorus Cellarius o Cristóbal Cellarius (1638-1707), la impuso en un manual de historia  por aquel entonces. Hacia el siglo 19 la teoría de las tres edades se había constituido en una celebración del poder del capitalismo y el cristianismo como signos de Occidente, por cierto.

Para los autores de San Germán, como para sus fuentes teóricas, las transformaciones de una edad a otra eran “necesarios” o “inevitables” y se explicaban sobre la base de la causalidad a veces denominada “maldición divina” y, por lo tanto, equiparada con la voluntad o permisivisas de Dios (Pagán).

Los ensayistas de los Estudios Literarios son modernos pero siguen siendo buenos católicos y, en gran medida, hijos de la Restauración y herederos del “Orden de 1815”. La Edad Media, mal conocida por aquel entonces, era salvada filosóficamente por haber sido el espacio idóneo para la invención del cristianismo católico, ideología a la cual le adjudican un papel atenuador sobre la esclavitud, sistema de producción identificado con el Imperio Romano Tardío en especial.Para Quiñones, Pagar y Hernández, lo Universal es lo Europeo primero por su asociación con el Cristianismo, y luego por su asociación al Progreso. Para estos intelectuales Oriente ha “traicionado” el Progreso y  ha dejado de evolucionar o cambiar (Quiñones).Comprender la “historia materia” mediante la “historia relato” es una tarea aleccionadora que prepara para la vida: esa es la función de la historiografía y el valor de ser historiador.

El principal elemento de divergencia tiene que ver con la evaluación del “presente” o el siglo 19 que termina.  Quiñones (1830-1908), masón y católico, en el escrito “Influencia de las Bellas Artes en el carácter de los pueblos”,  “siente” la “decadencia” producto del relajamiento de los valores morales, a la vez que afirma la finalidad pedagógica y moralizadora del Arte. De formación germánica, Quiñones es un pensador único, dominado por un pesimismo que adelanta el talante expresionista postrero. Por su parte Pagán, firmante de “Apuntes sobre la Civilización”, confía en el presente y lo “siente” como un tiempo en el cual se hace realidad la democracia. La mirada va en otra dirección. El Puerto Rico de 1880 se caracterizaba por todo lo contrario: la crisis económica y política de 1886 y 1887, es una demostración de ello. Por último Hernández,  autor de “La religión fundamento de la moral”, si bien no se expresa sobre el presente posee una peculiaridad al alejarse de ciertas convenciones. Este autor amplía semánticamente el concepto  “Religión” evitando circunscribirlo al mero “Catolicismo Español” adelantando posturas que lo aproximan a un ecumenismo intelectual que debió ser raro en el país por aquel entonces.

Los pocos datos con los que se cuenta sobre Pagán y Hernández no me permiten elaborar  una hipótesis sobre sus posturas ideológicas. Lo que sí se puede afirmar es que se trata de pensadores Modernos, Progresistas, Deterministas, Liberales, con un fuerte influjo del Racionalismo Ilustrado. Imaginan un mundo Legislado, o sea,  sujeto a Leyes Universales que son cognoscibles y que se identifican con la Naturaleza, siguiendo las doctrinas del Barón de Montesquieu. Presumen que las Leyes de Desarrollo Histórico tienen una existencia objetiva y no son meros discursos o presunciones, y están obsesionados con la Causalidad Histórica a la vez que confían ciegamente en el Determinismo. El Progresismo Idealista hegeliano es aceptado como una explicación legítima de la relación pasado presente. Y sin duda, aceptan el protagonismo europeo en la historia universal: son ideológicamente Occidentalistas o Eurocentristas Radicales que aspiran que se les perciba como europeos del mismo modo que Brau Asencio aspiraba que se le percibiese como un español.

 

abril 1, 2014

Puerto Rico en la imaginación barroca: una mirada irónica


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

En 1989 me enteré de que el Capitán Alonso de Contreras  había visitado Puerto Rico en el año 1618. El hallazgo no había sido mío: debo el dato a una publicación casual del investigador Ángel López Cantos en la Revista del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe de aquel año. El dato estaba en uno de los muchos textos que conforman el olvidado discurso historiográfico nacional.

"Migrantes" por Ismael Rodríguez Báez

“Migrantes” por Ismael Rodríguez Báez

Contreras había sido un aventurero madrileño con amplia hoja militar quien, además, practicó la piratería  contra berberiscos y turcos y llegó a ser gobernador de Pantelaria, una isla de los mares italianos tan desconocida como él mismo. Amigo alegado de Lope de Vega, escribió su autobiografía por petición del “Monstruo de la Naturaleza”. El militar y el pícaro que convivían en Contreras se proyectaban en una autobiografía que lindaba la frontera de la novela, como suele suceder. Tuve la oportunidad de visitar la casa  de Contreras en los alrededores de la Plazuela de San Ginés en Madrid en el verano de 2008.

Contreras fue  recibido por el Felipe de Biamonte (Beaumont) y Navarra), Gobernador entre los años 1614 y 1620. La  experiencia del visitante en Puerto Rico fue episódica pero no deja de llamar la atención del lector. Cuando el gobernador le pidió que “le dejase cuarenta soldados para reforzar el presidio”, uno de los eslabones más importantes en la seguridad del Imperio Español y su control de las Indias, “no se quería quedar ninguno, y todos casi lloraban por quedar allí”. El Capitán, a pesar de la rudeza de su vida, no les quitaba la razón porque aceptaba que, permanecer en la isla, “era quedar esclavos eternos”. “Llorar” era lamentar un infortunio, reconocerse pobre y mísero. Puerto Rico era un lugar del cual había que distanciarse.

Para Contreras el deseo del gobernador debía ser era una orden. Para no hacerse responsable de la desgracia de terceros, el Capitán decidió dejar la selección en manos de Fortuna. Fortuna era una deidad femenina veleidosa muy popular  en el Imperio Romano Tardío la cual  Maquiavelo rescató en las argumentaciones de El Príncipe.  Se quedarían en Puerto Rico quienes al azar recibiesen una “boleta negra”. El juego lingüístico es muy sabroso en este caso. En milicia dar “bola negra” es rechazar el servicio inmediato de un recluta: un hecho degradante que no lo libera del deber castrense futuro. El “bola negra” era un reservista que quedaba a expensas de los hechos futuro, de la Fortuna. La veleidosa dama, según se recoge en el mito, traicionó al Capitán cuando “le tocó también a un criado mío que me servía de barbero, el cual quedó el primero”.

Las implicaciones del breve relato de Contreras sobre la imagen de Puerto Rico son devastadoras. “Huir” o “evadir” a San Juan Bautista era la regla en 1618. Se trataba de un lugar que había que evitar. Basta recordar como el “Dios me lleve al Perú” se impuso en la década 1530. En 1690, en una novela firmada por Carlos Sigüenza y Góngora titulada  Los infortunios de Alonso Ramírez se narra como un chico de 13 años decide salir del Puerto-Rico en 1675 y acaba dándole la vuelta al mundo. Todavía a fines del siglo 18 el destierro San Juan de Puerto Rico se utilizaba como “castigo ejemplar”, tal y como ocurrió en el caso del pintor Luis Paret y Alcázar.

La caricatura del Capitán Alonso de  Contreras posee una actualidad extraordinaria. La idea de que Puerto Rico es un lugar del cual hay que “huir” tiene un largo pedigrí. Arico sólo se retorna cuando la crisis en el “afuera” es peor que en el “adentro”. El pasado no retorna. En realidad no tiene que hacerlo: siempre está allí agazapado mirando el presente con la ventaja de que para las mayorías la historia es el gran arcano y un misterio incomprensible.

Lo cierto es que siempre se encontrará una razón legítima para evadir los sistemas en crisis. El hecho de que entre el 2000 y el 2010 la población del país se haya reducido y que hoy vivan más puertorriqueños fuera del país que en él, es una prueba de ello. La paradoja es que el Puerto Rico que hemos presumido “moderno”, el que se forjó bajo el impacto de “Operación Manos a la Obra”, se apoyó en la evacuación de un porcentaje significativo de la población hacia el norte. La emigración era entonces un mecanismo de control de crisis que el Estado utilizaba para reducir la presión de una olla a punto de estallar y garantizar su imagen de proyecto exitoso y de “milagro económico”.

Sorprende que, a la altura de 2013 pretendan convertir la disyuntiva entre  emigrar o permanecer en una cuestión moral. El discurso de que el que se va hoy traiciona una hipotética “causa nacional” o “proyecto de país” no tiene sentido. En Puerto Rico, las elites de poder no poseen ni lo uno ni lo otro. Lo que lamenta esa mentalidad contable es la huida de un consumidor potencial cuya ausencia del mercado se convierte en una ganancia para el mercado al cual se integra. Lo peor de todo es que nada parece indicar que las condiciones que justifican la fuga cambiarán en un futuro cercano. Los soldados de Contreras y los Alonsos que huyen seguirán reproduciéndose, sin duda.

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