Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

diciembre 17, 2014

Reflexiones cautelosas para historiadores inquietos

Filed under: Uncategorized — Mario R. Cancel-Sepúlveda @ 4:54 pm
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  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Para José Muratti y José Anazagasty, colegas

Pasados(s)

¿Qué es el pasado? Para una persona sin formación, puede constituir una carga imposible de llevar o el lugar ideal para encontrar a los culpables de un presente enigmático e intolerable que le resulta incomprensible. Para un historiador no. El pasado resulta ser un escenario rico en posibilidades interpretativas e incierto que, sin resistencia, se deja poseer y manosear en la forma de un documento o una memoria. Es un lugar ansioso por sobrevivir más allá de sí mismo, que teme desaparecer en un presente que se precia de su fugacidad y su contingencia.
Buscar el “tiempo perdido”, el pasado, no es una imposibilidad. Lo que resulta imposible es recuperarlo de un todo y de una manera transparente. Su vastedad es inimaginable y, el que lo confronte, siempre hallará lugares invadidos por la extrañeza e impenetrables. La imagen que el historiador apropia del pasado será apenas un borrador sugerente. Lo que Eric Hobsbawn ha llamado el “pasado social formalizado”, aquel que afirman las escuelas historiográficas por medio de un relato coherente en las escuelas y las universidades, siempre será una trampa o, al menos, un ejercicio banal de autoritarismo. El pasado nunca está allí como un objeto terminado, siempre está en nosotros como un objeto en proceso de construcción.

tiemposHistoria(s)

Para una persona sin formación, la relación con el “tiempo perdido” o el pasado resulta menos problemática porque es mucho más laxa. En cierto modo, exige menos de sí que lo que le demandaría a un historiador. El pasado le servirá para llenar los vacíos de una memoria si brillo con las ilusiones de grandeza que encuentra en unos cuantos antepasados que se tomaron algún riesgo. Incluso será capaz de hallar lustre en las derrotas de aquellos a quienes acabará por considerar sus precedentes legítimos. Es un acto de auto compasión. Reconoce que, viéndose como un reflejo de aquellos, se ubica como cómplice de aquellos fastos. Se adjudicara a sí mismo el deber de completar la obra de quienes presume le antecedieron. Muchas veces se equivocará en su juicio, pero ello no impedirá que insista en la tarea. Su memoria se sostendrá sobre la imagen equívoca que producen los medios de comunicación cuando evocan por treinta segundos el recuerdo de una gesta o una tragedia. A la larga, se acostumbrará a una imagen mediática de la grandeza y verá como iguales a un deportista exitoso, a un escritor luminoso y a un libertador fracasado. Para una persona sin formación, respirar el pasado puede reducirse a consumir una comida tradicional en un día de fiestas, acudir a un espacio consagrado por el turismo y la cultura común. Si el pasado se pudiese reducir a un sólo relato la situación no sería tan compleja…
El problema es que para los historiadores la situación no es muy distinta. Los olvidos de estos y aquellos no son distintos. También llenarán vacíos morales, imaginarán herencias, manufacturarán compromisos y, seguramente, se equivocarán una y otra vez. El Puerto Rico la historia siempre ha corrido y tras el canto de sirena de la modernidad. Durante el siglo 19, los historiadores románticos y los positivistas celebraron la eficacia de la Cédula de 1815 y la transformación de la colonia de una economía ganadera dominada por la ilegalidad en una economía agraria dominada por la legalidad. Con ello celebraban la relación con España, la ausencia de independencia y la desconexión con la Hispanoamérica independiente.
Sobre aquellas bases, los historiadores modernistas y los del 1930 y 1950, cultivaron una hispanidad benévola, remozada e inexistente que encontraba rasgos de grandeza, nobleza y señorío donde no los había. Convirtieron a los conquistadores cristianos en padre putativo de un Puerto Rico que en nada se parecía al de sus sueños. Aunque contradijeron con pasión la inapropiada intrusión del “otro” en un cambio de siglo que muchos consideraron atroz, escribieron el homenaje a una modernización omnívora que se nutría de los cadáveres podrídos de aquel pasado imaginado. Luego cantaron un proceso de industrialización que apenas era la mueca de un “desarrollismo” que nunca demostró su legitimidad.
Luego el país estuvo en condiciones de ser metamorfoseado en el frágil modelo de una “revolución pacífica” -lo más sencillo era forzar el olvido de las víctimas y los muertos-, y en expresión de un fenómeno de “crecimiento” anómalo, monstruoso y cuestionable. “Cambiar” y “progresar” terminó por significar parecerse afirmativamente al mismo “otro” que había sido rechazado con tanta pasión en los alrededores del 1898. Los historiadores terminaron hablándose a sí mismos o, en casos extremos, conversando con sus reflejos en frente de un espejo.

Escribir

Escribir es un acto de la imaginación. Escribir es volver a componer la impresión de lo que te rodea. Podría hacer esas dos afirmaciones lo mismo para la literatura que para la historia. Hacer lo uno o lo otro es dejarse seducir por el acto de teorizar. Me he hecho cargo de los conflictos que esas afirmaciones pueden producir y ya no me preocupan. Después de medio siglo de vida me he convencido de que la precisión teórica, ya sea en la literatura o en la historia, depende cada vez más de la imprecisión retórica. Eso parece una contradicción pero ¿dónde no se encuentra una contradicción? Me parece que debo disfrutar como si se tratara de un licor excepcional o un vino único. Debo disfrutarme la falseabilidad y las fisuras de los sistemas que antes me parecían redondos y sellados. Debo aceptar que no pasan de ser un pálido reflejo de la complejidad de lo que se denomina, con alguna inocencia, la realidad.
Para una persona sin formación, la situación representará la posibilidad de un respiro, la probabilidad de un momento de irresponsabilidad con el pasado, la sensación de no ver aquellos objetos como una carga. Para un historiador no. La situación representará un reto a todo lo que le han dicho que “es” y “debe”. La carga será otra porque ser historiador significará cada vez menos ser “historiador”…y ese problema no se resuelve con un suicidio retórico. Se resuelve escribiendo historia.

En Hormigueros, PR
13-17 de diciembre de 2014

octubre 19, 2014

Documento: Albizu Campos y la Gran Guerra, transcripción y nota mínima


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Fuente: Universidad del Sagrado Corazón.  Biblioteca Madre María Teresa Guevara. Colección de Documentos de Roberto H. Todd Wells, 1994. RT 1-023:03 Carta de Roberto H. Todd a Col. Orval P. Townsend; 1918. (P. Albizu, ejército)

Jun 7th, 1918

Colonel Orval P. Townsend,

San Juan, P.R.

My dear Colonel:-

This is to introduce the bearer, Mr. Pedro Albizu Campos, who has been highly recommended to me from friends in Ponce. Mr. Albizu Campos is a graduate from Harvard University, and has taken the military training course and said place under the auspices of the Joint Commission of American and French Officers, and as you will see from his credentials, he is highly recommended for a position in the army.

He was transferred to Porto Rico on account of being drafted, belonging to the quota of Ponce.

Mr. Albizu Campos tells me that more than a year ago he offered his services to the War Department, and he was given assurances that he would be accepted, and if you can see your way clear to do as General McIntyre suggests in his letter, which the bearer will show you, it will be greatly appreciated by

Yours very truly,

Mayor of San Juan

RHT EB

Albizu_Militar_2Comentario:

Dejo los datos básicos para que el lector se oriente respecto al contexto de la carta de recomendación arriba transcrita e investigue por su cuenta. El remitente es Roberto H. Tood Wells (1862-1955), un dirigente separatista anexionista a Estados Unidos que fue testigo de la invasión de 1898. En el proceso se hizo coleccionista, memorialista e historiador interesado en el tema del separatismo de fines del siglo 19. Fue además uno de los fundadores del Estadoísmo moderno a principios del siglo 20 y del Partido Republicano Puertorriqueño en cuya representación ocupó una silla en la Cámara de Delegados en 1900 y la alcaldía de San Juan entre 1903 al 1923.

El corresponsal es el Coronel Orval P. Townsend quien recibió la “Army Distinguished Service Medal” en 1921, por su labor en el entrenamiento de la tropas de Puerto Rico que sirvieron durante el conflicto bélico en Panamá. Townsend fue  Comandante del Porto Rican Regiment of Infantry entre el 24 de diciembre de 1918, poco después de que se firmara esta carta, y el 31 de marzo de 1919.

El General Frank McIntyre (1886-1944), a quien el joven Albizu Campos se dirigió “more than a year ago” (1917) con el fin que se le remitiera al frente de combate, es otro distinguido militar que  recibió la “Distinguished Service medal” en 1919 por su labor como Asistente Ejecutivo del Jefe del Personal durante la Gran Guerra.

El documento demuestra la ansiedad del joven egresado de la Universidad de Harvard por servir en las fuerzas armadas durante la guerra, argumento que los investigadores del Buró Federal de Investigaciones (FBI) y los autores del pliego acusatorio del Gran Jurado de 1936, utilizaron para indicar que de joven aparentaba ser “a lover of American institutions”. El hecho de que no fuese enviado al frente y que por el contrario fuese ubicado en regimientos para negros sobre la base de la separación racial (apartheid), se utilizó para justificar el desarrollo del “odio a América” que manifestó el abogado posteriormente. La lógica era que aquel episodio había producido un profundo resentimiento en el ponceño porque los puertorriqueños se veían a sí mismo como gente blanca. El giro ideológico de Albizu Campos fue reducido a un acto de venganza por una supuesta humillación racial. Lo otro que demuestra el documento es que Albizu Campos sabía a quién dirigirse a la hora de conseguir su propósito.

mayo 19, 2014

Democracia y coloniaje: en busca del pasado perdido (Primero de una serie)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda

Una mirada al pasado político de Puerto Rico no deja lugar a dudas de que el país tiene una amplia experiencia con los poderes ejecutivos fuertes. La monarquía autoritaria española, inventó la colonia en el siglo 16 y, hasta el 1898, la experiencia con regímenes participativos o de separación de poderes fue ínfima. La presencia de los vasallos en la vida pública se reducía a las elites que se insertaban en las estructuras del cabildo, donde lo había. Los Capitanes Generales que administraron el territorio desde la década de 1560, daban el aspecto temible del autócrata consumado.

Los periodos liberales de 1812, 1820, 1836 y 1868, fueron producto de graves crisis políticas en la península y se caracterizaron por la brevedad. Peor aún, durante aquellos periodos se la experiencia liberal se vivió en el marco de un gobierno colonial que siguió nombrando los gobernadores y mirando al insular, incluso a sus sectores criollos más privilegiados, con desdén y desprecio. Las prácticas económicas liberales se desarrollaron en medio de un mercado controlado por una monarquía autoritaria, y sólo sirvieron para profundizar las relaciones coloniales y  la dependencia.

El crecimiento económico del siglo 19 no significó un adelantamiento de las libertades civiles. Por el contrario, animó la sumisión de la clase criolla que confirmó su fidelidad a la hispanidad con un espíritu de sumisión total. La desconfianza de las autoridades españolas en la capacidad para el gobierno propio del pueblo puertorriqueño era compartida por los mismos intelectuales criollos que aspiraban a representarla. Los intelectuales criollos se resistían a tomar distancia de España, vejaban a separatistas independentistas, anexionistas y antillanistas e insistían, casi como un ruego, en que se equiparara la “hispanidad” insular y la peninsular. El sabor de la “democracia”  fue una rareza exótica para el paladar civil de los puertorriqueños.

A pesar de la promesa de progreso y democracia de los voceros de los invasores, el 1898, no cambió la situación. El gobierno militar producto de la guerra, dio paso a un régimen civil cuya maquinaria dependía de la voluntad de las fuerzas armadas. Algunas autorizadas voces criollas lamentaron que durara tan poco. Ese fue el caso de Salvador Brau Asencio quien pensaba que unos años más de gobierno militar no hubiesen venido mal en un país ausente de disciplina.

La relación colonial instituida por el gobierno civil acorde con la Ley Joe Foraker, una invención de un Congreso republicano que temía a los negros pobres que habitaban la isla y no era capaz de imaginarla como un Estado más de la Unión, no ha sido alterada en lo sustantivo desde 1900. Los parches jurídicos que se han puesto sobre esta relación asimétrica son pocos. Una mínima ración de poder para el Comisionado Residente, un Senado electivo en 1917, el derecho a elegir un gobernador en 1947 y una Constitución redactada localmente pero sometida a un cuerpo legislativo extranjero en 1952. La dolarización del mercado y la aplicación del cabotaje ya eran una realidad desde 1899. La ciudadanía estadounidense sin que ello significara un compromiso con la Estadidad futura del territorio impuesta en 1917, selló la relación hasta el presente.

Es curioso que la plena separación de poderes, una de las aspiraciones liberales más esperadas, sólo fuese posible desde 1917. Desde entonces, el poder legislativo se convirtió en un signo colectivo legítimo de la  identidad jurídica puertorriqueña ante el otro. En ocasiones también lo fue de identidad nacional. Estados Unidos, como el Reino de España, tampoco confiaba en dejar muchos espacios de poder a unos  colonos que despreciaba y cuya capacidad de autogobierno ponía en duda. El hecho de que entre  el 1900 y 1948 los primeros ejecutivos fuesen nombrados por una autoridad extranjera estimuló el desarrollo de poderes legislativos fuertes. Una Cámara de Delegados bajo la Ley Foraker retó la relación colonial en 1909 durante la llamada “huelga legislativa” de ese año. En 1928 un Senado dominado por aliancistas envío un mensaje descolonizador al Presidente Warren Harding de la mano de Charles Lindbergh. El consenso era que la relación estatutaria colonial no era “democrática”.

Ni lo uno ni lo otro surtió el efecto esperado y me consta que  son hechos que casi ni se recuerdan.  Sin embargo nadie puede negar que el poder legislativo, a pesar de los límites que le imponía el coloniaje, era muy vocal a la hora de manifestar sus posturas. No sé si deba aclarar que no se debe confundir lo que digo con la vulgar “nostalgia” por un pasado que se presume mejor. No soy nostálgico ni optimista y me consta que los señores legisladores de aquel entonces representaban muy bien sus intereses de clase y circulaban por los espacios del poder con el encanto que les daba su situación socialmente privilegiada.

A pesar de la difusión de la retórica estatutaria en el discurso local, después de 1952 nada más ha sucedido en ese ámbito. Los esfuerzos de “reformar” el estatus desde 1959 al presente, han colapsado ante el muro del estreñimiento manifiesto del Congreso para ampliar el margen de “libertad” de su posesión caribeña. El sabor de la democracia, que fue una de las aspiraciones más genuinas del populismo de primera fase cuando la caseta y el voto secreto y único que no se vendía, se vio reducido a migajas.

La reforma más celebrada del siglo 20, el derecho a elegir mediante el voto popular el gobernador local, cambio dramáticamente del balance de fuerzas entre el poder legislativo y el ejecutivo. La imagen del “gobernador” en la colonia recordaba, a quien poseía cierta cultura política, los malos humos de Romualdo Palacios, Emett Montgomery Riley o  Blanton Winship. Las heridas del pasado fueron cauterizadas con las figuras benévolas de Rexford G. Tugwell, “Rex the Red” para los republicanos, y Jesús T. Piñero, un popular moderado partidario del “Nuevo Trato”.

La llegada de Luis Muñoz Marín a la Fortaleza representó una “revolución” no porque fuese el primero en ocupar el puesto electo popularmente, sino porque terminó con la era de los poderes legislativos fuertes. Las legislaturas  ya no verían en el ejecutivo un adversario sino un socio poderoso al cual había que respetar y obedecer. Muñoz Marín, no hay que dudarlo, conocía las ventajas de un legislativo fuerte dado que, cuando fue electo Senador en 1940, ocupó la posición de Presidente del cuerpo. La “gobernación” entre 1940-1943, tuvo un pie en la Fortaleza y otro en el Capitolio.

El autoritarismo de Muñoz Marín era proverbial: su condición de caudillo iluminado, de figura legendaria que había guiado el Puerto Rico del siglo americano en su tránsito del “campo al pueblo” parecía justificarlo. Por eso los cuerpos legislativos sumisos se sucedieron en el panorama local bajo su gobernación. El balance se quebró, como se sabe, en medio de las  divisiones políticas que se concretaron en la década de 1960 cuando un plebiscito de estatus (1967) y el reto del Partido del Pueblo y el Partido Nuevo Progresista (1968), minaron el dominio de un Partido Popular Democrático que se abocaba a una primera crisis de identidad. Fíjese que cuando Muñoz abandonó la gobernación y regresó al Senado, la situación ya  no era la misma. Roberto Sánchez Vilella, el nuevo primer ejecutivo no podía permitir que el viejo caudillo gobernara desde su silla de Senador. Los constructores de la “democracia” la ponían en entredicho por la voracidad del poder.

El discurso “democrático” que había sido tan eficiente en la década del 1940 había perdido su solidez: se había quedado a la zaga del la realidad material de “Operación Manos a la Obra”. Siempre que reflexiono sobre aquel periodo acabo por reconocer que la experiencia de la democracia puertorriqueña ha pecado de numerosas flaquezas. La mayor candidez del paísha sido confundir el derecho a elegir mediante el voto popular a los funcionarios con la democracia, sin tomar en cuenta que esos procesos, cuando se ofrecen en un contexto colonial y de dependencia, siempre resultan cuestionables y frágiles.

 

Nota: Publicado originalmente como “Democracia y coloniaje: en busca del pasado perdido (Primero de una serie)” El Post Antillano-Revista Dominical Letras Café y Tostadas en http://www.elpostantillano.com/revista-dominical/332-caribe-hoy/10254-mario-r-cancel-sepulveda.html. Desparecido de la red, incluyo la versión original.

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