Puerto Rico entre siglos

Diciembre 23, 2009

Albizu: De la admiración a la reflexión

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Pedro  Albizu  Campos  y  el  nacionalismo   puertorriqueño del Dr. Luis Ángel Ferrao, es un libro inquietante que nos conduce, invariablemente, a revisar muchas de las ideas que tradicionalmente habíamos sostenido en torno al fenónemo histórico del albizuismo en Puerto Rico. Como texto es un modelo de fina investigación que precisa una lectura sosegada y desapasionada. Libro desmitificador, sobre todo, su mayor virtud reside precisamente en que la ruptura con el mito de Albizu se cimenta en una sólida base documental inédita, y en un contexto ideológico que lejos de tratar de explicar la evolución del nacionalismo puertorriqueño de los años 1930 a 1938 en el marco meramente insular, ubica dicho proceso de evolución en el escenario mayor de la política internacional y sus efectos en el activismo puertorriqueño.

Es cierto que buena parte de los planteamientos del Dr. Ferrao habían sido debatidos en privado y en público por investigadores puertorriqueños y aún en el seno de las organizaciones de izquierda en las últimas dos décadas. Sin embargo, la sistematización  de dichas dudas, la organización del referido debate tiene en el Dr. Ferrao y su libro un alcance mucho mayor.

Este libro es lectura obligada para los estudiosos del siglo XX aparte de las convicciones políticas que atesoren cada uno y que puedan ser conflictivas con el contenido del texto. El Dr. Ferrao abre ahora un nuevo ciclo dentro de la historia revisionista y crítica que, por fortuna, hemos visto desarrollarse en Puerto Rico en los últimos veinte años. Su valor peculiar es que ese espíritu revisionista ahonda, a pie firme, en la praxis de una de las figuras más veneradas de este siglo XX nuestro: Albizu Campos.

La interpretación socio-racial del pasado puertorriqueño desde el siglo XVIII al XX tiene parentescos obvios con los juicios del Dr. José Luis González, deudas indirectas con los trabajos investigativos de los Dres. Sued Badillo y López Cantos o los trabajos lingüísticos del Dr. Álvarez Nazario. Ahora el Dr. Ferrao le da sentido a ese juicio y nos permite entroncarlo diáfanamente con el siglo XX en su contexto político-social. Puerto Rico aparece como un pueblo cuyo cimiento nacional se ofrece a lo largo de un siglo XVIII eminentemente mulato o negro. Pero al momento de cristalizar esa nacionalidad, elementos como la inmigración extranjera y el blanqueamiento progresivo del país, la tuercen hacia rumbos distintos. La mutilación de la clase criolla nacional durante el siglo XIX y su fragilidad ante los extranjeros privilegiados, explica en cierto modo la perpetuación del estado colonial en nuestro país. En ese ámbito, la figura de Albizu es una gran   paradoja.

Estamos    ante    un   mulato   descendiente   de esclavos por la vía materna cuya visión política recoge las inquietudes de ese sector blanco extranjerizante y autoritario de mediados y fines del siglo XIX. Estamos ante lo que César Andréu Iglesias hubiese llamado “un hombre acorralado por la historia”. En ese contexto el juicio del Dr. Ferrao en torno al liderato nacionalista es aclarador. Un segmento de la cúpula nacionalista descendía de migrantes privilegiado en el siglo XIX y había venido a menos a raíz de la invasión de 1898. Sus problemas con el estatus colonial de Puerto Rico eran explicables, en parte, a partir de esa premisa. Ya hemos visto como el Dr. Ricardo Camuñas interpretó las inquietudes de los Revolucionarios de Lares de 1868 en términos parecidos; y como la Dra. Olga Jiménez ahondó en dicho asunto en su estudio en torno a los hombres de dicha Revolución. El patrón de análisis es objetivamente novedoso en lo que concierne al fenómeno nacionalista del siglo XX y eso es un valor incuestionable del texto que enjuiciamos.

Es cierto que ello no explica la relativa masificación del nacionalismo en los primeros años de la década del ‘30, pero abre un camino sumamente interesante para los investigadores en el campo que permitirá la dilucidación de la variedad de causas para la vinculación de sectores de las masas populares, marginados y mulatos con la causa independentista. Hispanofilia y antiamericanismo, elementos eminentemente subjetivos; miseria y explotación, elementos eminentemente concretos y objetivos, nos parece están en la base de la explicación de esa masificación del nacionalismo albizuista del primer quinquenio de la década del ‘30.

Los problemas políticos de esa masificación, la poca estabilidad del control del Albizu, lo perecedero de su influencia en las masas populares, se aclaran en la medida en que consideramos tres asuntos cardinales: la espiral autoritaria según la denomina el Dr. Ferrao, el programa social del Partido y lo que podríamos llamar el sectarismo nacionalista, la idea preconcebida de que sólo el Partido era un medio castizo para conseguir la independencia. De un modo o de otro, todos esos elementos están discutidos por José Monserrate Toro Nazario en su “Carta a Irma” (1939) y en la nota cursada por Antonio Pacheco Padró al Partido Nacionalista en 1933.

La concentración del poder en manos de Albizu, nos dice el Dr. Ferrao, y la tolerancia que hacia ese fenómeno mostró la cúpula partidaria, permitió que se abriera un proceso de resquebrajamiento organizativo entre 1932 y 1938. Ese fue un proceso continuo pero diverso, como veremos inmediatamente. La proyección de ese autoritarismo se hizo más patente entrada la década del 1940 (1946-47), cuando buena parte de los comunistas fueron separados de la organización sobreviviendo   una   significativa minoría  entre los cuales se hallaba Juan Gallardo Santiago, dirigente sindical, nacionalista militante y comunista convencido desde mediados de la década del ‘30. Esto lo sabemos por testimonio de Gallardo Santiago cuyas memorias, reveladoras por demás y de extrema importancia para la interpretación de la tesis del Dr. Ferrao, conservamos en nuestro archivo particular.

Personas como Gallardo, que no debieron ser pocas, tuvieron que sentir disgusto con un programa social que pretendía restituir una pequeña burguesía terrateniente en el poder y crear las condiciones para el desarrollo de una clase burguesa y administradora que manejara la futura república. El caso de Antonio Pacheco Padró y su rechazado programa de reivindicación obrera, es claro en este sentido (p. 182-3, 345-7). El asunto es que Gallardo, como Albizu, era otra paradoja histórica porque si bien era de ascendencia asturiana, como señala el Dr. Ferrao, no estaba dentro de las filas conservadoras y anti-revolucionarias en el seno del Partido Nacionalista ni era un privilegiado. Por el contrario, estando preso tomó conciencia de que Albizu no era el dirigente para la Revolución bajo la influencia de cubanos revolucionarios. Para ellos, y para Gallardo los importantes eran aquellos que como él, eran obreros. Gallardo, pues, entendía la problemática desde la perspectiva de que a una Revolución Nacional había que anteponer una Revolución de contenido social. Consciente de ello, a pesar de su filiación Nacionalista, había colaborado con el Partido Comunista desde su fundación en 1934.

Hay que decir que Gallardo permaneció fiel a Albizu hasta que la práctica lo sacó de aquellas estructuras anquilosadas para sus aspiraciones. Los nacionalistas que conocieron a Gallardo dicen que él se dio cuenta de que lo más importante en ese momento (1930-1940) era ser nacionalista y no socialista, pero la praxis desmiente a los que sostienen esa probabilidad. Las memorias y papeles de Gallardo son un testimonio claro de un comunista convencido fiel a Albizu que aguarda pacientemente un cambio ideológico que nunca se daría en el Partido.

Gallardo apoyó totalmente la gestión armada militar de Albizu que fue el ápice de las divisiones internas de 1935, y nos tememos, por testimonio de sus memorias, que los explosivos colocados en el local del Partido Independentista de Puerto Rico en noviembre de 1934, los colocó él y no Claudio Vázquez Santiago como decía El Imparcial de la época (p. 204). Por eso Vázquez Santiago salió absuelto. Para Gallardo, quien a la sazón era el vice-presidente de la Junta Nacionalista de Mayagüez, aquello era un escarmiento a los de línea blanda que, encabezados por los hermanos Perea y Regino Cabassa, separaron la Junta de Mayagüez en 1934 en abierta disidencia.

Decimos esto porque entendemos que Gallardo no era conservador. Era sólo tolerante con el “albizuismo”, según lo define el Dr. Ferrao, aunque su origen dijera lo contrario. Por eso   en   sus   memorias   se hacen patentes  toda una serie de recelos atípicos en esta generación de luchadores. Con su natural humor Gallardo cuestiona que siempre al referirse a su persona lo señalaban como un nacionalista que había estado preso con Albizu, cuando también podía decirse: “Albizu fue preso con Juan Gallardo. Las acusaciones y las sentencias eran igual(es)”. En el fondo Gallardo se quejaba del caudillismo albizuista y de la visión errada por demás de que la lucha era producto del esfuerzo de un solo hombre.

Lo interesante es que cuando se planifica el ataque al Congreso de los Estados Unidos, Gallardo recibió instrucciones para que formara parte del comando, pero no pudo o no lo dejaron participar. Las razones no están claras, pero a esa altura el comunismo de Gallardo pesaba más que su nacionalismo y fidelidad absoluta a Albizu.

Narramos este caso porque el de Juan Gallardo pudo ser uno de muchos otros en el seno de la organización. Y esto empalma con el tercer criterio mencionado: la idea de que el nacionalismo era la única alternativa viable política y éticamente para hacer la República de Puerto Rico. Gallardo y otros muchos no pensaban eso. Ese podía ser el criterio de un sector de la cúpula, pero la historia se encargó de demostrar que había que dejar espacio a otras alternativas pacíficas, diplomáticas y sociales. En todo caso la confrontación causada por el radicalismo albizuista podía ser “ingenua” y “temeraria” (p. 161), pero no dejaba de ser heroica y ejemplar.

Volviendo, por último, al modelo autoritario albizuista Y su proyección en la futura república, el asunto merece consideración aparte. Resulta obvio que Albizu era autoritario y de mano dura. La tesis del Dr. Ferrao no deja lugar a dudas. También queda claro que la militarización del partido tuvo mucho que ver con ello. El caso del dictador Trujillo es dramático a este respecto. Por eso la preocupación de José M. Toro Nazario en su Carta a Irma.

En Puerto Rico la prensa independentista tuvo un criterio dividido en cuanto a cómo enjuiciar el régimen trujillista. El silencio de la oficialidad del Partido Nacionalista y la censura del periódico La Palabra a la discusión de ese tipo de temas (p. 241), tuvo que alejar a muchos demócratas de la organización. Particular es el caso de la poeta María López de Victoria de Reus, mejor conocida    por el seudónimo de Martha Lomar.

Desde las páginas de El Imparcial y Alma Latina, Lomar desplegó una amplia tarea literaria. Junto a ello se convirtió en una propagandista de la oposición al trujillismo y todo lo que ello implicaba en términos de la violación de los principios democráticos. A fines del año 1931, Lomar fue invitada a visitar la República Dominicana por el propio dictador a través del poeta Noel Henríquez para que corroborara sus opiniones sobre el terreno.

De más está decir que el viaje, de apenas 15 días, cambió dramáticamente las   opiniones   de Lomar  transformando toda la inquina en admiración al alma caballeresca y tenoria del dictador Trujillo. El diario de ese viaje, titulado Trujillo y yo, redactado en 1931 y publicado en 1959, es toda una alabanza romántica a Rafael Leónidas Trujillo y demuestra cuán proclives eran los independentistas puertorriqueños a la admiración de modelos autoritarios.

La poeta es sincera en su rechazo a las ideas democráticas cuando dice: “Cada vez estoy más convencida del fracaso de nuestra democracia…”, y claramente justifica los autoritarismos incluso como un mecanismo divino o místico inexplicable: “Los poderosos -dice- son elegidos del Señor, quien los utiliza para fines que ignoramos…”. Ello era una clara alusión a la función histórica de Trujillo, y una defensa nada velada a los regímenes de mano dura. La cuestión es clara: si en manos como éstas estaba la construcción de la independencia, no podíamos esperar otra cosa que gobiernos autoritarios en caso de concretarla.

Lomar estuvo cerca del Partido Nacionalista y en 1936 fue parte del nutrido grupo de intelectuales puertorriqueños que reclamaron el sobreseimiento de los cargos contra Albizu y sus compañeros. Albizu y su gente, respondían al espíritu de la época cargado de caudillismos y autoritarismos por el rumbo de la derecha, y de estalinismos férreos por la ruta de la izquierda.

Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño desdobla muy responsablemente el proceso de análisis   en torno a la figura de Albizu. Con este criterio modelo del Dr. Ferrao tenemos que volver sobre el nacionalismo de los años 1938-1947 y sobre la experiencia revolucionaria de 1948-1954. Con ello tendremos a un Albizu completo y podremos, como decía Hostos, transformar la admiración en reflexión sosegada. Ese es el tuétano de la historia y no otro. El Dr. Ferrao ha colocado una primera piedra en ese dramático proceso.

En Hormigueros, P.R. a 11 de septiembre de 1991.

Publicado en Cupey. Revista de la Universidad Metropolitana. Vol VIII (1991) 156-164.

Diciembre 22, 2009

Nacionalismo revolucionario puertorriqueño: reflexiones

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

El libro Nacionalismo revolucionario puertorriqueño (2006) de Michael González-Cruz, representa una excelente aportación a la historiografía de las izquierdas. El tema del papel táctico y estratégico de la lucha armada en las luchas políticas y sociales no es común. La discusión de estos asuntos está siempre mediada por la postura del emisor pero, a fin de cuentas, esa es una característica de todo discurso. El lector corriente y el profesional tienen que ser muy críticos a la hora de enjuiciar los mismos.

La premisa de González-Cruz es que el nacionalismo revolucionario ha sido el elemento unificador de las resistencias políticas más emblemáticas de los siglos 19 y 20. La codificación nacionalismo revolucionario implica que hay otro nacionalismo que no lo es y que a veces se identifica con lo que Pedro Albizu Campos llamó nacionalismo ateneísta en 1930, y Luis Muñoz Marín nacionalismo malo en la Conferencias Godkin de 1959. Albizu Campos se refería a la tradición de José de Diego y su definición incluiría al nacionalismo cultural de la tradición populista actual. Muñoz aludía de manera directa al albizuismo.

González-Cruz establece una propuesta interpretativa en tres etapas. Una primera fase decimonónica que voy a llamar separatismo revolucionario la cual gira alrededor de la revolución de 1868 pero incluye violencia de 1897 y 1898 durante la invasión de Estados Unidos. Prosigue una segunda fase que llamaré nacionalista revolucionaria que gira alrededor de las actividades del Partido Nacionalista entre 1933 y 1954. Se trata de la experiencia que Muñoz Marín pretendió relacionar con el franquismo y el fascismo italiano y alemán.

Y una tercera fase a la que me referiré como de izquierda revolucionaria que se inicia en los años 1960 y está asociada a los grupos armados y al movimiento de liberación nacional. Ese proyecto creció alrededor del anticolonialismo tercermundista y la ideología jurídica de la autodeterminación. En aquella fase convergió una variedad de artefactos ideológicos de la ilustración por la vía del nacionalismo liberal; y socialistas en la tradición del “Socialismo en un Solo País” de José Stalin. La izquierda revolucionaria del 1960 creció influida por el retroceso de la tradición liberal y democrática ante el nacionalismo de derecha de la Segunda Guerra Mundial. Gonzalez-Cruz es uno de los pocos autores que no denomina como socialistas o marxistas las prácticas discursivas de aquella época y que solo lo fueron de manera parcial.

Visto a la distancia aquella izquierda revolucionaria y la experiencia del 1968, fueron la mejor expresión del anticolonialismo y la autodeterminación.  Pero, como se sabe, ambas eran doctrinas del fin de la Primera Guerra vinculadas al pensamiento leninista y wilsoniano que la Segunda Posguerra afirmó. Despojar a los europeos de sus posesiones en el mundo era un medio de colocar aquellos mercados a expensas del poder soviético o americano. Esas dos potencias aprendieron a convivir de manera pacífica en la época de la Guerra Fría. Las virtudes de la descolonización no niegan que ella fue la embocadura del neocolonialismo.

La utilidad de una revisión por etapas es que el procedimiento faculta la apropiación comparativa de momentos distantes en el tiempo. La metodología facilita la determinación de las correspondencias o elementos comunes y de diferendos o contradicciones entre los mismos. Pero la revisión por etapas también plantea problemas. En muchas ocasiones el método fuerza al investigador a homogeneizar lo que de otro modo sería heterogéneo. A menudo se evaden los matices y contrastes entre etapas e incluso dentro de una etapa. El procedimiento puede convertirse en un “Lecho de Procusto” al cual hay que acomodar la información podando elementos contrapuestos.

Los libros me gustan cuando me ponen a pensar. Cuando puedo establecer un diálogo con ellos. Nacionalismo revolucionario puertorriqueño consigue esa meta y sé que la conseguirá con otros lectores. La tesis de González-Cruz establece el nacionalismo revolucionario como el rasgo común a las tres etapas. En los tres casos la misión fue crearle una crisis al poder dominante como paso inicial a la ejecución de sus fines estratégicos. Mi lectura me condujo a tratar de establecer los parámetros de la heterogeneidad entre fases porque reconozco que el nacionalismo revolucionario no es un discurso uniforme. El reconocimiento de esa heterogeneidad puede ofrecer unas pistas respecto a hacia dónde se dirige después de 2005.

El separatismo revolucionario del siglo 19 que modela González-Cruz fue un movimiento anti-clerical y en ocasiones anticatólico, de fuertes raíces ilustradas y racionalistas con componentes irracionalistas románticos. Se caracterizó porque se expresó primero en las luchas públicas y terminó combinándolas con las clandestinas. Aquella presencia pública estaba garantizada por el hecho de que sus cuadros principales provenían de los sectores potentados, educados y privilegiados. Su meta era una guerra nacional estimulada por pequeños núcleos o elites, gestión que necesitaba del apoyo de una invasión militar con respaldo internacional. El proyecto anticolonial era un proyecto antiespañol que conducía a la independencia en algunos casos. En otros pensó en la integración de Puerto Rico a México o Gran Colombia o a Estados Unidos. Su discurso nacionalista fue afrancesado, recogía influencias de la democracia radical y el jacobinismo, y coincidía con la discursividad de de Renan. En ese marco González – Cruz incluye las luchas sociales de las “Partidas Sediciosas” 1898.

Sin embargo, esa definición excluye otros espacios de la violencia política del siglo 19 tales como las sociedades incendiarias y las sociedades abolicionistas, el abolicionismo afropuertorriqueño monarquista y republicano, las conspiraciones militares de 1838 y 1866, y las luchas económicas del boicott de1887. El hecho de que el estado español identificara aquellos movimientos como separatistas revolucionarios, abre las puertas para indagar las formas en que el separatismo aprovechó espacios diversos de resistencia de manera original.

La fase nacionalista revolucionaria que el autor ubica entre 1933 y 1954, fue pro-clerical y pro-católica en la cúpula, y flexible con otros cristianos y no cristianos. Pero la ideología dominante percibía el cristianismo como un valor intrínseco de la nación en el modelo irlandés. Aquel nacionalismo revolucionario mostró un fuerte componente alemán en la medida en que afirmó, a la manera de Herder y los ideólogos de la generación del 1930 en Puerto Rico, el papel protagónico del medioambiente y la geografía como factor crucial del volkgeist o el espíritu nacional. Su discurso público estuvo dominado por el irracionalismo de raíces románticas, combinado con un pensamiento jurídico legalista bien estructurado que se expresó en luchas públicas, diplomáticas e internacionales.

Por último, sus milicias se organizaron sobre la base del deber, el honor y el sexismo. Los “Cadetes de la República” y el “Cuerpo de Enfermeras,” un dístico equivalente a lo “Maestros Masones” y las “Estrellas de Oriente,” eran entidades que se exhibían desarmados ante el pueblo. Las Enfermeras se configuraron en la tradición de la Cruz Roja Internacional como un cuerpo humanitario, no militar. El entrenamiento militar que recibían era defensivo, no ofensivo y constituían un ejército de infantería que en 1950 todavía no tenía capacidad militar para enfrentar un tanque. Las bombas tipo niple no eran comunes en el arsenal de los insurrectos del 1950 de acuerdo con los informes policíacos. Para aquellos soldados sacrificar la vida por la causa era más importante que preservarla para hacer la revolución. El clandestinaje no era compatible con un ejército que desfilaba ante la policía armada como se hizo en Marzo de 1937 en Ponce. Sus objetivos fueron signos del poder público extranjero (correos, dignatarios), objetivos para buscar abastos militares (cuarteles de la policía, arsenales) o nervios del sistema (telegrafía y telefonía). En términos de ideas, los nacionalistas revolucionarios tomaron distancia de la tradición del 1868. Las alusiones son pocas y, en general, prefirieron la tradición militar de la generación bolivariana que los civiles armados de 1868, 1897 o 1898.

En la izquierda revolucionaria posterior al 1960 la cuestión del clericalismo ha perdido importancia. La presencia pública se articuló acorde con la evolución de los media y la información. La finalidad de aquellos grupos fue ejercer una presión militar selectiva y esporádica desde el clandestinaje y proteger la integridad de los grupos de la penetración y la represión policial y federal. Los espacios de expresión evolucionaron de la guerrilla rural filiada a Guevara, Mao y Ho Chi Minh, como es el caso del MAPA (1960); hacia la experiencia de la guerrilla urbana elaborada sobre la O.L.P. (1964). Sus objetivos originales fueron signos de poder económico (centros de consumo esclavizante, comercios, hoteles y empresas) como es el caso de los CAL (1963). Se trata de una de las fases más interesantes que prefigura los objetivos de la lucha armada en la era de la globalización y macdonalización de la economía. Pero de inmediato derivó hacia los signos de poder militar y financiero (bases, edificios federales, la banca) como ocurre con el PRTP-EPB (1978), y la lucha comunal según la experiencia de la FALN (1974). El análisis de la evolución de los patrones tácticos a la luz de la crisis económica internacional de 1971 y 1973 es crucial. Con ello se puede demostrar que no se trató de una rebeldía vacía de contenido sino de la repuesta a un momento de crisis.

El elemento en común o hilo conductor entre las tres etapas es el recurso a la violencia, la clandestinización de los rebeldes y el establecimiento de relaciones con la sociedad civil por medio de un discurso que afirma que los grupos armados traducen las aspiraciones del pueblo. Como se sabe entre 1975 y 1985 una razzia barrió buena parte de los grupos armados internacionales nacidos de la crisis de estagflación iniciada en 1971. Ese fue el caso de la “Fracción del Ejército Rojo Alemán-Baader-Meinhof” y de las “Brigadas Rojas” de Italia. Los arrestos de 1985 y 1986 que lastimaron al EPB-M y a la FALN fueron parte de aquel ciclo.

Para la discusión de la situación de independentismo hoy, Nacionalismo revolucionario puertorriqueño de Michael González-Cruz puede ser crucial. No se trata de la institución de un monumento sobre el cual pernocten las palomas.  Se trata de un debate serio en el momento en que se necesita.

Comentario sobre libro:  Michael González-Cruz. Nacionalismo revolucionario puertorriqueño. La lucha armada, intelectuales y prisioneros políticos y de guerra. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra editores, 2006. 168 págs.

Diciembre 8, 2009

Bolívar, la Independencia de América y el presente

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Mi relación con la Independencia de América se ha desarrollado a través del signo de Simón Bolívar. Ha sido parte de una transacción simbólica. Un Bolívar imaginado se fue constituyendo en un segmento de la inteligencia política puertorriqueña desde el siglo 19. Durante el siglo 20 no se ha hecho sino refinar aquel producto con un mínimo de ajustes cosméticos. En cierto modo, no podría ser de otra manera. Ha sido la manera más perspicaz de pensar el acontecimiento bolivariano y apropiarlo en un país que nunca vio su independencia y cuyas mayorías terminaron por despreciar aquel proyecto político.

Tres desencuentros

El primer desencuentro, maduró a través de la indagación sobre las relaciones del Libertador con un general y ventrílocuo puertorriqueño: Antonio Valero de Bernabé. Corría el verano de 1990 y se conmemoraba el Bicentenario de Valero en el contexto de Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Aquellas dos conmemoraciones, pienso ahora, conectaban el alfa y el omega de España en América de un modo transparente. Por aquel entonces, ya se había inventado el eufemismo “encuentro de dos mundos” para suavizar la violencia que generó aquella relación asimétrica entre el Occidente adolescente y unas sociedades ancestrales de lo que luego se denominó las Indias Occidentales.

Lo que me interesaba entonces era el lugar común del compromiso bolivariano con la independencia de Puerto Rico y el papel que ocuparía, si alguno,  este país en la utópica Unidad Hispanoamericana. La idea de que Puerto Rico y Cuba debían ser parte de ella, era todavía un dogma dentro de la interpretación nacionalista. Traducía un forma romántica de la solidaridad y servía para colocar a las rezagadas Antillas en el interior del otro “sueño americano”. Para mi sorpresa, todavía era capaz de sorprenderme, la modernidad de la diplomacia bolivariana era proverbial, y su pragmatismo político le impedía tomar cualquier decisión que hiriera los sentimientos de los americanos o los británicos.

El discurso de la unidad hispanoamericana y la necesidad de integrar a las Antillas a aquella comunidad, se minimizaba ante el poder del capital internacional y la deuda pública de la América Libre. Mi imagen de Bolívar y con él la Independencia, poniendo un pie en Vieques el 5 de agosto de 1816,  perdió su contenido mágico. Por entonces había vuelto a leer los apuntes manuscritos de los hermanos Juan Augusto y Salvador Perea sobre aquel asunto. La visita monumental al contencioso Vieques, isla que tanto preocupó a Pedro Albizu Campos a su regreso de Nueva York en diciembre de 1947, recuperó el cariz de un mero accidente o naufragio.

El segundo desencuentro ocurrió hacia el 2003. Un manuscrito de Bolívar fechado un 11 de noviembre –faltaba el año- ordenaba la preparación de una letra de cambio por 200 libras a favor del General Rafael Urdaneta, compañero de armas de Bolívar en Carabobo en 1814. El dinero se giraría contra la Compañía de Minas de Bolívar. El libertador estaba negociando desde 1827 sus Minas de Aroa con aquella firma que tenía cede en Londres. La nota abría con las palabras “quisiera tener una fortuna material que dar á cada colombiano; pero no tengo nada. No tengo más que corazón pa(ra) amarlos y una espada pa(ra) defenderlos.” La melancolía romántica de aquellas palabras, repetidas tantas veces en aquel momento de su vida, me conmovió.

La carta estaba en San Germán, laminada y cumpliendo la función de un adorno en la vieja casona que había servido de residencia temporera de Lola Rodríguez y Bonoció Tió, luego hogar del ingeniero Aurelio Tió. La viuda del general Urdaneta había regalado el documento a la poeta puertorriqueña probablemente durante la estadía de la escritora en Venezuela. La firma de Bolívar, la alusión a su memoria recogida en aquel cuadrito se había convertido en un interesante ídolo u objeto de culto. El colega historiador Juan González Mendoza, descendiente de los Tió,y yo estuvimos varias horas trabajando con aquel documento transformado en monumento para sustraerlo de los restos de polvo y polilla.

El tercer desencuentro fue una mera casualidad en el 2004.  Ocurrió cuando revisaba las listas de ganado de la Central Playa Grande de Vieques de 1947. Aquella empresa había sido propiedad de los Benítez y fue adquirida por Juan Ángel Tió en algún momento. Resultó ser una de las fincas expropiadas por la Marina de Guerra  Estados Unidos entre 1947 y 1948 con el fin de convertir la isla en un campo de tiro y prácticas de combate. En la larga e interesante lista de bestias, la cual incluía notas sobre los rasgos físicos o de carácter de cada uno de las más de 500 bestias, había uno que se denominaba “Bolívar”. No recuerdo los rasgos con los que fue caracterizado.

Simón Bolívar se había transformado en un curioso objeto de adoración. A lo largo del tiempo sus empeños habían adquirido una apostura distinta y original, menos ceremoniosa y, en consecuencia, mucho más humana. En cierto modo, había asistido a la degradación de un signo y su discurso. Pero también atisbaba su proceso de humanización. Los tres desencuentros me dejaron el interesante sabor del “desengaño” con la historia tal y como la había aprendido.

Otros rostros

La Independencia de América significó la rearticulación de una meta muy particular. Un sector de la elite americana, orgullosa del apelativo que había configurado para ella el conquistador europeo, pretendió establecer distancia respecto a aquel pasado. La Independencia sintetizaba muchas de las aspiraciones de las elites criollas de “ser como los europeos” y, a la vez, reconocía que para ser como los europeos había que romper los lazos que los unían con ellos. La Independencia fue una manera de “dejar de ser” algo y “seguir siendo”  lo mismo.

La Europa que se deseaba mimetizar se reducía a la excepción. Europa era el mito de la Revolución Francesa de 1789 y el alzamiento del Tercer Estado como centro de autoridad. La intención de la elite criolla era introducir la América Libre, un concepto impreciso por aquel entonces, en las estructuras de una racionalidad que conducía de manera inevitablemente hacia el reino de la libertad.  El personaje de la América Libre quería dar cumplimiento al sueño hegeliano. La Unidad Hispanoamericana, dictada por las necesidades geopolíticas según algunos, o por el idealismo romántico según otros, traducía el artefacto de la anfictionía kantiana.

El relato hegeliano y el kantiano, propios de la modernidad junto al mito del progreso, se fueron reproduciendo en una diversidad de niveles por todo el continente americano. El proyecto de una Confederación de la Antillas de Ramón E. Betances, revisitado después por José Martí fue una expresión de aquella actitud. El Antillanismo de José de Diego y el Hispanoamericanismo de Albizu Campos con su reclamo radical por la supremacía de la Civilización Latina sobre la Sajona, también lo fueron. Incluso la idea de Luis Muñoz Marín y Vicente Géigel Polanco de que Puerto Rico podría ser libre dentro de una amplia confederación de pueblos hispanoamericanos,  reformuló de modo original aquella voluntad de “dejar de ser” y “seguir siendo”.

El problema siempre ha sido que la elite americana no era toda la América que había que libertar. Que no todos los habitantes de América querían “dejar de ser” y “seguir siendo”. Incluso muchas de las comunidades de estas comarcas nunca habían dejado de ser los que habían sido antes del violento “encuentro de dos mundos”. Los olvidados del relato hegeliano y kantiano, indios y negros en particular, fueron también los ausentes de la fiesta de la guerra y por lo tanto, tampoco podían esperar participar en el banquete de la libertad. Como se sabe, la guerra no fue una fiesta y el banquete de la libertad fue, en verdad, relativamente breve. Y los olvidados y ausentes fueron mucho más numerosos que los protagonistas.

Salvador Brau escribió el poco conocido “Cuento de Juan petaca” hacia el 1910. El curioso personaje puertorriqueño radicado en Yucatán, decidió regresar a Puerto Rico en 1915 al enterarse de que los americanos han abandonado la colonia, el producto principal de la isla eran los viñedos y se había proclamado la profética Confederación de las Antillas. En un solo hecho, Juan Petaca da cuenta de la forma en que  los mitos kantianos y hegelianos, y el afán de ser un espécimen europeo, se consumaban.

En el relato de Brau todo resulta al cabo en un engaño vicioso. El vino aludido a lo sumo se elabora con uvas de mar. Los americanos se habían ido no porque los echaran por la fuerza o tras una negociación política, sino porque “para berengenales ya tenía bastante con el de Panamá”. Y la Confederación de la Antillas se reducía a las “islas inmediatas a Puerto Rico, (…) Vieques, Culebra, Culebrita, Mona, Monito, Cabras, Ratones, Palumitos, Caja de Muerto, Desechado, Hicacos, Cayo Santiago”. A Juan le cuentan la historia en San Tomás. Nunca regresó a su patria.  La desilusión del historiador con el pasado, su presente y el futuro del país me parece proverbial.

Los retornos

La conmemoración de la Independencia me conduce al reconocimiento de lo incompleto. De allí puede surgir la desilusión más atroz o el proyecto mejor coordinado. Los retornos de ese pasado después del fin de la guerra fría son bien conocidos. En la década de 1960 se consolidó en los proyectos de  liberación nacional en las Antillas sometidas y en las revoluciones populares en el continente. En la década del 1990 tomó la forma de la “Revolución Bolivariana” estructurada sobre las bases del denominado  ”Socialismo del siglo XXI” tras la caída del “Socialismo Real”. Las vinculaciones de Bolívar con cualquier forma de socialismo son cuestionables pero resultan seductoras en pueblos que, desde la independencia, siguen luchando por un tipo de libertad plausible que les deje tiempo para enfrentar una realidad que siempre ha sido problemática. Pero este tipo de retorno siempre me parece indicador del reconocimiento de una ausencia.

Publicado en Diálogo, Año 23, Núm. 222 (Noviembre-Diciembre de 2009) 8-9.

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