Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

febrero 26, 2015

Cacimar Cruz Crespo: comentarios en torno a un libro


Cruz Crespo, Cacimar (2014) Solidaridad obrero-estudiantil: las huelgas de 1973 y 1976 en la Universidad de Puerto Rico. San Juan: Fundación Francisco Manrique Cabrera / Hermandad de Empleados Exentos No Docentes / Bufete José Nicolás Medina Fuentes: 167 págs. Illust. Texto de la presentación del día 26 de febrero de 2015 en actividad apoyada por la Asociación de Estudiante de Historia  del RUM.

El libro de Cacimar Cruz Crespo tiene la arquitectura de una tesis bien elaborada. El capítulo uno, “Apuntes breves del movimiento estudiantil y obrero”, aclara el contexto internacional en el cual se desarrolló uno y otro proyecto de resistencia en Puerto Rico y el papel determinante que tuvo la relación colonial con Estados Unidos en cada una de ellos. El carácter retardatario de aquellas circunstancias está muy  bien sugerido. El colonialismo convirtió al movimiento obrero en un espécimen vinculado al estadoísmo que emergió de la invasión del 1898 limitando sus posibilidades revolucionarias. Y el hecho de que la universidad fuese una creación de los invasores al servicio de la americanización jurídica, material y cultural, le imprimió a los universitarios un carácter peculiar.

Solidaridad_obrero_estudiantil_portadaEl capítulo dos, “De la huelga de Palmer a la huelga de 1973”,  resume el intenso periodo que inició en 1968 -año de la revolución estudiantil y cultural en occidente, pero también del centenario de la Insurrección de Lares-, hasta el 1973, momento en que el proyecto capitalista elaborado por los países victoriosos durante la Segunda Guerra Mundial, colapsó y redirigió el capitalismo en una dirección nueva e impredecible.

El capítulo tres, “De la contra-ofensiva administrativa al estado de sitio”, aclara el interludio tras la huelga de 1973 y conduce al lector al interesante fenómeno de 1976. Con aquella huelga cierra un periodo histórico de las luchas universitarias. La huelga de 1981 intentaría reinventar el lenguaje de la resistencia estudiantil en su momento, a la luz de su imagen de la experiencia de la década de 1970.

La única carencia que voy a señalar en este resumen tiene que ver con un giro en el discurso protestatario del estudiantado ocurrido durante los primeros años de la década del 1930. Me refiero al esfuerzo de Pedro Albizu Campos y la Junta Nacional de su partido por organizar, primero, la Asociación Patriótica de Jóvenes Puertorriqueños (APJP) en 1931; y la Federación Nacional de Estudiantes Puertorriqueños  (FENEP) en 1932. Las propuestas ideológicas de aquellas organizaciones reflejaban el impacto del Indoamericanismo antimperialista y militante que caracterizó otras agrupaciones juveniles en Hispanoamérica en la época de la Gran Depresión. Me hubiese gustado encontrar un comentario sobre el proceso a través del cual aquella agrupaciones se transformaron en el Cuerpo de Cadetes de la República, luego Ejército Libertador, en 1935.

En cierto modo, la transformación de las vanguardias estudiantiles pre-universitarias y universitarias en una fuerza armada rebelde, limitó las posibilidades de que el Partido Nacionalismo pudiera hacerse fuerte en el seno de una universidad territorial con la cual había chocado siempre. La Masacre de Río Piedras en 1934, las huelgas universitarias  de 1931 y 1948,  corroboran a la saciedad esa tensión.

Cuatro lecciones

La lectura de Solidaridad obrero-estudiantil: las huelgas de 1973 y 1976 en la Universidad de Puerto Rico, me deja con cuatro preocupaciones que pueden ser las tesis más reveladoras de este estudio. La primera tesis tiene que ver con el hecho de que, tanto el movimiento estudiantil como el  movimiento obrero, son fenómenos recientes en la historia de Puerto Rico. Hijos putativos de la invasión de 1898 y productos indirectos del cumplimiento parcial de la promesa de progreso, modernización, democracia y libertad de los invasores, ambos nacieron mediados por la condición colonial que instituyó la Ley Joe Foraker del Congreso de 1900.  Esa condición representaba una interesante paradoja. El régimen español se había manifestado de una manera abierta no sólo contra la educación universitaria en la colonia: también había interpuesto numerosos obstáculos ideológicos y burocráticos a la educación preparatoria, a la técnica o profesional, y en especial, a la educación popular.

Cacimar Cruz Crespo, autor

La paradoja radica en que los esfuerzos en favor del desarrollo de instituciones educativas en  todos esos renglones -desde la Escuela Normal, la Secretaría de Instrucción, hasta el Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas-  implicaban un compromiso con la americanización cultural, jurídica y material de Puerto Rico. El “cumplimiento” de la promesa de Miles tenía un alto costo para la identidad nacional.

Los estudiantes comprometidos con la causa de la nación se encontraban en una situación incómoda: las instituciones de vanguardia que traían los invasores minaban las posibilidades de supervivencia de la nacionalidad. Dos intelectuales emblemáticos de 1930, el narrador Emilio S. Belaval y el dirigente Pedro Albizu Campos, ambos juristas, manifestaron con diafanidad esa contradicción. El primero en un libro de cuentos de 1935 en el cual acusaba a los universitarios de ser “flanes”; y el segundo en un discurso en Maunabo en 1934 en donde los acusaba de falta de “virilidad”.  En los dos casos se responsabilizaba a la universidad territorial por el problema. El contencioso con la universidad surgía del reconocimiento de que aquella institución servía a las autoridades coloniales  y no a la nación. Curiosamente, los estudiantes que en el 1970, 1980 y 2010, enfrentaron procesos huelgarios, tenían que reconocer que nada había cambiado desde 1934 hasta sus días en ese aspecto.

La segunda tesis incluye otra paradoja. El movimiento estudiantil y el movimiento obrero en Puerto Rico han caminado por rutas paralelas, e incluso opuestas, durante buena parte del siglo 20. El sistema educativo moderno fue una criatura de las autoridades imperiales estadounidenses. Fue construido para facilitar el proceso de asimilación cultural, jurídica y económica. En el proceso instituyó las condiciones para que las aulas de la universidad del Estado se llenaran con candidatos que provenían de las mismas clases medias y altas que favorecían el proceso de integración de la isla al país invasor, a la vez que alimentaba la maquinaria del capitalismo colonial. La educación universitaria pública no había sido pensada para los pobres o los explotados. Nada había cambiado en 1970, en 1981 o en 2010. Los grandes ausentes de los espacios universitarios eran, en efecto, los hijos de las clases populares ya fuesen campesinos u obreros. Las posibilidades de un encuentro fraterno entre aquel sector social y aquella clase social vinculada a la producción material en los tabacales, cañaverales, cafetales, cigarreras y empresas de la aguja, eran pocas. Este libro sugiere con diafanidad que las vías de comunicación entre uno y otro espacio de lucha eran escasas entre 1903 y 1950.

El argumento sirve para entender por qué los esfuerzos del movimiento estudiantil en la búsqueda de la universidad “nacional” y la “democracia institucional participativa”, estaban tan distantes de los anhelos de los trabajadores productivos que deseaban mejores condiciones laborales y salariales. El libro me deja con el sabor de que la historia moderna del movimiento estudiantil solo  comienza después de 1950. La industrialización por invitación creó las condiciones de un “encuentro” entre aquel sector y aquella clase a sabiendas de que estudiantes y obreros poseían concepciones distintas del problema nacional y de la conflictividad de clases. La crisis económica de  1973, fue un ingrediente crucial para que ese “encuentro” se materializara.

Guarionex Padilla Marty, Cacimar Cruz Crespo y Mario R. Cancel Sepúlveda

La tercera tesis tiene que ver con el papel protagónico que tuvo la “Nueva Lucha por la Independencia”, en especial el Movimiento Pro Independencia,  la Federación de Universitarios Pro Independencia y el periódico Claridad, en aquel proceso. El papel radical  que desempeñó el Partido Nacionalista en la década de 1930, lo cumplieron aquellas propuestas innovadoras en 1960.  Me parece que el balance entre los reclamos universitarios y los políticos fue, en ocasiones, precario. Pero desvincular el problema de la educación universitaria del problema colonial hubiese sido un error garrafal. El proceso de industrialización por invitación significado por Operación Manos a la Obra (1947-1976), había convertido a la universidad territorial en un espacio más accesible a los hijos de la clases populares -campesinos y obreros-. Yo, hijo de campesinos, me hice universitario en 1978. Lo nuevo de la década de 1970 era ese lenguaje que trataba de sintetizar nacionalismo y socialismo en un proyecto innovador.

La cuarta y última tesis tiene que ver con las perspectivas de futuro de la relación entre el movimiento estudiantil y el movimiento obrero en un mundo en cual los sectores que animan a uno y otro han vivido la conmoción del neoliberalismo y la globalización. Desde mi punto de vista, ello representa la incógnita más interesante de este libro. El ciudadano común siempre ha mirado con extrañeza al movimiento estudiantil. Tampoco ha comprendido bien la ansiedad que ha manifestado la juventud  rebelde por conectarse con la clase obrera durante la era del capitalismo y en el postcapitalismo. La pregunta que me parece que hay que responder es ¿qué posibilidades hay de que eso cambie?

El encuentro entre estudiantes y trabajadores en el siglo 21 tendrá que darse sobre bases distintas. La revolución tecnológica, la cultura de consumo conspicuo y el impacto de los procesos de cambio en las formas de uso de la mano de obra en la eran neoliberal, la crisis que nos agobia desde 2006, han cambiado las reglas de juego. Los instrumentos que sirvieron para interpretar la situación de un obrero productivo en la década de 1960, informan poco sobre cómo percibe el mundo un empleado de servicios temporero de un restaurante de comida basura o una tienda  de venta al detal en un centro comercial deshumanizado. La naturaleza y las posibilidades de la revolución social a la cual se aspira tienen que ser reinventadas. Salvar lo mejor de los discursos del pasado es una tarea meritoria y necesaria. El libro de Cacimar Cruz Crespo abona en esa dirección. Ese mérito no se lo puede negar nadie.

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enero 30, 2011

UPR, primavera 2010: Huelga como cátedra en la calle


  • Dra. Lissette Rolón Collazo
  • Departamento de Humanidades

Días previos a la ratificación de la huelga, un estudiante trasvestido –en ingeniosa y cándida gestión para evadir al oficial de la corte que lo buscaba para emplazarlo—sugirió que l@s profesor@s podíamos colaborar a través de diálogos en los portones sobre nuestras áreas de especialidad. De inmediato, mareada por el arrojo del estudiante y ávida por identificar cómo podía ser más útil, asumí la coordinación de la iniciativa “Cátedras en la calle.”

Propuse la idea en la primera asamblea del claustro convocada por la APRUM y, enseguida levanté una lista de más de sesenta colegas voluntari@s. El resto fue entusiasmo y sorpresa. L@s profesores que impartimos cátedras en diversos portones, nos percatamos de inmediato que l@s estudiantes de aquel movimiento, de aquel happening, éramos nosotr@s.

Mi primera cátedra fue sobre las consignas del 68. El objetivo era relacionar aquella primavera con la nuestra y, de paso, elaborar pancartas en cortinas de baño para evocar aquellas ideas y su inspiración. La Vita fue mi primera parada, Biología la segunda. En ambos casos aprendí mucho más de lo que pensé enseñaría. La trasvestida fui yo, pero más allá de mis ropas la huelga me trocó las utopías que hasta entonces urdía en mi mente y en mi práctica para la universidad.

Aprendí otras formas de convivencia entre la comunidad universitaria. Estas eran horizontales, flexibles y libres. Aprendí el balance entre la espontaneidad y el rigor. Aprendí que la toma de decisiones participativas nos comprometía a tod@s en cada momento y no había pasos sin compañía. Aprendí que la mejor universidad que había conocido hasta entonces se estaba construyendo bajo aquellos toldos frágiles ante cada aguacero de mayo que caía puntual sobre l@s muchach@s. Aprendí sobre una solidaridad básica que no había vivido en Puerto Rico y sobre una generosidad joven que no escatimó en dormir al terrazo para que tant@s estudiantes pudieran vivir otra universidad. La huelga fue una cátedra en la calle para tod@s los que, al menos, nos atrevimos a asomarnos sin ínfulas ni libretos previos. La huelga fue una cátedra para esta profesora que ya no puede ser la misma.

Portones y portoner@s

No había vivido una huelga universitaria con estos perfiles. Ocupar la universidad, apostarse en los portones que marcaban sus linderos y su acceso, adueñarse del bien público como debe ser, fue solo parte de lo que ocurrió. Portones afuera la mayoría de l@s profesor@s que apoyamos la huelga tratamos de estar a la altura de las circunstancias. Cada día se presentaba un reto a nuestra historia, a nuestros conocimientos, a nuestra voluntad.

La huelga nos resignificó. Nos convertimos en l@s portoner@s. Nuestra sala de clase perdió sus paredes y sus objetos de estudio cerrados. Nosotr@s perdimos nuestras metodologías trasnochadas y nuestra zona cómoda.

Nos empezamos a convocar autónomamente, al margen de organismos establecidos, pero en franca colaboración. De lo que se trataba era de apoyar la huelga de l@s estudiantes. Nuestras agendas se estacionaron y, un@s cuant@s, se retiraron con sus lamentos individuales. Reconozco mi desconcierto entonces. No sabía cómo ser una profesora portonera. Estaba acostumbrada a otras formas y contenidos. Pero fui aprendiendo, como otr@s, sobre la marcha…

Ser portonera supuso ser testigo de un@s estudiantes que iban a todas en contra de todo pronóstico. Ser portonera supuso ser colega de otro modo. Suspirar a ratos y guardar silencio para no arruinar el desparpajo de est@s muchach@s que no sabíamos de dónde habían salido. Ser portonera supuso alimentar otras utopías y reconocer que la huelga le había enseñado a la universidad y al país cómo se tejen los hilos tras bastidores y cómo se combaten los tinglados del poder. Ser portonera es un proceso que aún vivo y que me reta a no olvidar la primavera de 2010.

Larga noche después de la huelga

Cada noche de esos días luminosos, escribí una fábula que dedicaba a es@s muchach@s que dormían en casetas de campaña cuando dormían. Debo confesar que sólo así podía conciliar el sueño. Titulé ese fabulario: Fábulas en huelga y se lo dediqué a ell@s y a mi perro. Esperaba que cuando pasaran esas noches de la huelga podríamos celebrar las fábulas.

Pero desde el mismo 21 de junio de 2010 por la tarde comenzó la larga noche de la universidad. Ese día se bajó por descargue en la incompetente Legislatura de Puerto Rico el proyecto que aumentaba el número de síndicos cínicos. Poco después se aprobó en dicho organismo el jaque mate de la democracia participativa al decretar que las votaciones serían por voto electrónico y en ausencia del debate universitario.

Se han mantenido en el poder universitario la misma presidenta de la Junta de Síndicos y el mismo presidente que de manera tan mediocre y mal intencionada manejaron el conflicto huelgario. Han sido nombrad@s rector@s a capricho político y en clara violación de las recomendaciones de los comités de consulta de los senados académicos. Se han congelado plazas docentes, se han reducido los derechos marginales y los salarios de tod@s. Se han elaborado calendarios académicos en clara venganza y desatino, y se insiste en la aplicación de la cuota de $800 en enero de 2011. Se está violentando cada día nuestra universidad de múltiples modos.

Sin embargo, no prevalecerán… Mientras la huelga de la primavera de 2010 nos recuerde lo que queremos y podemos ser en la universidad, no convencerán. Recuerden, como bien consignó el Popol Vuh: “nunca es más oscura la noche que cuando va a amanecer…”

Vea además  Fábulas en huelga: deja vú de un sueño

enero 26, 2011

La Universidad y la Generación del 30: ¿una historia del presente? (Segunda parte)


  • Mario R. Cancel
  • Historiador

Incertidumbres

El Lcdo. Pedro Albizu Campos, producto de la Ponce High y de las Universidades de Vermont y Harvard, no aceptó un puesto en la Universidad de Puerto Rico por consideraciones de principios. Albizu Campos compartía la visión de Belaval de que la entidad atentaba contra la Nación. Por el contrario, el Partido Nacionalista que Albizu Campos reinventó desde mayo de 1930, aspiró a tomar por asalto la Universidad. Su táctica para enfrentar el proyecto de la concientización y politización de la juventud, se diseñó sobre la bases de la tradición anterior a  la escisión de la juventud puertorriqueña  en 1930. En 1931 ayudó a fundar la Asociación Patriótica de Jóvenes Puertorriqueños (APJP) cuya meta era organizar y politizar a los estudiantes de la Escuela Superior y la Universidad. Y en 1932 promovió la creación de la Federación Nacional de Estudiantes Puertorriqueños (FENEP) que se proponía organizar y politizar jóvenes muchos de los cuales solo votarían después de graduarse.

Pedro Albizu Campos (1934)

En 1935 Albizu Campos tuvo su mayor choque con la Universidad. En un discurso público en Maunabo, el caudillo acusó a la institución de producir traidores cobardes y afeminados. Albizu Campos le recordaba la necesidad producir patriotas valientes y viriles, es decir le reclamaba a la Universidad Territorial los deberes de una Universidad Nacional. Declarado Persona Non Grata por inspiración de un segmento anexionista del estudiantado, la disputa desembocó en la conocida Masacre de Río Piedras del 24 de octubre. Si a ello se añade que Albizu Campos siempre consideró al Canciller Carlos Chardón (1931-1936), quien fuera uno de los artífices del New Deal y de la Modernización Criolla asociada al Populismo y al nuevo colonialismo, como un enemigo declarado de la Nacionalidad, se comprenderá lo volatilidad de aquella relación.

En cierto modo, el retorno de Albizu Campos de la cárcel de Atlanta, representó la posibilidad de una revancha.  En diciembre de 1947, la situación era otra. Estaba el país al borde de la Ley del Gobernador Electivo y de la Ley de la Mordaza que facultó el silencio colectivo forzado de muchos radicales.  Impedido de hablar en el Recinto de Río Piedras por ser un “terrorista”, se decretó una huelga encabezada por el fenecido Juan Mari Brás en protesta contra aquella anomalía. El Rector desde 1942 era el Lcdo. Jaime Benítez, la figura más emblemática y más contradictoria de la Universidad de Puerto Rico en todo el siglo 20. Si la década del 1930 dejó a Puerto Rico una Universidad Nacional, en 1947 la misma dormía el sueño de los justos.

El periodista y gobernador Luis Muñoz Marín, un fracasado de Georgetown University, mantuvo siempre una relación muy tensa con el mundo universitario. Los testimonios de dos personas muy cercanas al Vate, Juan Manuel García Passalacqua y José Trías Monje, ambos fallecidos, parecen corroborarlo. En 1941, Muñoz Marín metió la pata con la Universidad cuando era Presidente del Senado, la posición de más poder e influencia política cuando todavía la gobernación se llenaba por el mandato del Presidente y el visto bueno del Congreso de Estados Unidos. El Senador, perdido entre la inocencia y el cálculo, insistió en que el Gobernador Rexford G. Tugwell, un novotratista radical, fuese a la vez Canciller de la Universidad colonial. La Ley Universitaria de 1942 fue, en cierto modo, un intento de domesticar a la Universidad de la mano de Benítez.

Las reservas no eran tantas. Muñoz Marín, cuidadoso de los ambientes universitarios por mor de su practicismo político y su carácter acomodaticio, cuando fungió como Senador y Gobernador, siempre  se rodeó de Universitarios de alto calibre. Sus cerebros fueron Vicente Géigel Polanco, Ernesto Ramos Antonini, Roberto Sánchez Vilella, entre otros. La relación fue funcional hasta el momento en que alguno de ellos amenazó su nicho de poder. Para Muñoz Marín los Universitarios servían para pensar los problemas del país pero no para resolverlos eficazmente.

 

La utopía de la Universidad Nacional en la década del 1930

El proyectó de  una Universidad Nacional maduró en el contexto de la Depresión Económica y el Nuevo Trato. En la arquitectura de la Universidad Nacional,  los Hispanistas de la Generación del 30 cumplieron una función crucial. Los protagonistas de aquel proceso, hay que decirlo, sobrepujan el ambiente puramente literario y exceden la hispanofilia. Entre ellos habría que contar a Muñoz Marín, a Chardón, a Benítez, a Tugwell y, con este, al mismo presidente Franklyn D. Roosevelt, cuyo nombre recuerda la Torre de Río Piedras. Los antagonistas, como era de esperarse, siempre han sido invisibles y lo serán aún más en tiempos de nostalgia centenaria y pasatismo romántico y trasnochado.

De ese modo, la Universidad re-nació en medio de una situación catastrófica. El pensador Carlos Gil ha sugerido en su ensayo  “Pedreira o el parricidio” una verdad: la añorada Universidad Nacional se creó sobre las cenizas de la problemática Universidad Territorial. El proceso resulta pueril y poco épico. La multiplicación de las  transferencias del Nuevo Trato, sentó las bases de un drama maniqueo en el estilo del clásico caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Aquellos dineros ofrecidos por el Otro, se usaron para construir un signo de resistencia a la Americanización y de afirmación de la Identidad Nacional más o menos coherente. En gran medida, se  trató de algo así como una suerte de Venganza de los Intelectuales por el desprecio evidente en las actitudes del Otro.

Pero el arma que se usó en aquel proceso, la invención de un pasado feliz con España o el mito de la Gran Familia que requirió e instituyó el discurso hispanófilo, significó el olvido de que aquel había sido un pasado sin Universidad: se conmemoraba un pasado que, en lo tocante a nosotros los universitarios, nunca había sido. Renan no se equivocaba cuando decía que la Nación es un cúmulo bizarro de recuerdos y de olvidos. Aquel pasado era una eutopía frágil como toda ensoñación perfecta. La eutopia era más bien una outopia: el sitio perfecto del pasado era un territorio inexistente, o un tipo enfermizo de nostalgia de nada.

La presunta Universidad Nacional inventada por la generación del 30, vertió y filtró sus rebeldías en un Nacionalismo Cultural inofensivo y doméstico. Después de 1942 se pudo expatriar el Nacionalismo Político de la Universidad. Lo que hicieron fue vestir la discusión de la Nacionalidad con los trapos de la más cándida  imparcialidad académica. De ese modo, la Universidad Nacional del 1930 pudo alinearse otra vez al lado del poder y medrar como uno más de los proyectos fracasados que carga el país. La Universidad Nacional retornó a su cauce y volvió a ser una Universidad Colonial con toga doctoral.

 

El 30 y el presente

Del 30 acá han pasado 80 años. En efecto, hay cosas recordar y que justifican la reflexión. Una universidad murió y otra nació en aquel entonces. Pero ¿podremos decir en 80 años más que la Universidad de Puerto Rico re-nació en este otro momento de crisis dramática? No lo sé. Tal vez ya ni siquiera se parezca a lo que fue y haya que fijarle otros orígenes.

 

Segunda parte de la síntesis de la presentación del autor en el foro La Universidad y la Generación del 30: ¿una historia del presente? celebrado el 14 de Octubre de 2010 Sala A de la Biblioteca General del Recinto Universitario de Mayagüez.

 

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