Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

marzo 20, 2011

Historia oficial: Pedro Tomás de Córdova, Miguel de la Torre y el separatismo (1832)


Fragmento del Capítulo primero de la obra de Pedro Tomas de Córdova. Memorias geograficas, históricas, económicas y estadísticas de la Isla de Puerto-Rico. Tomo IV, 1832. Tomado de la versión facsímil San Juan: Coquí, 1968. La ortografía ha sido parcialmente revisada.

(…)

Si los acontecimientos últimos de Venezuela, como quedan bosquejados dan una idea exacta de nuestros apuros en aquel punto, de los esfuerzos que había hecho su General para mejorar la situación desesperada del ejército, y de cuanto debían influir aquellas desgracias en los países vecinos, nada lo probara tanto como el estado de esta Is­la al pisar su suelo el nuevo Capitán general.

En los gobiernos de los Sres. Meléndez, Vasco, Arostegui y Navarro, y en el político del Sr. Linares, se ha demostrado suficientemente la precaria situación de Puerto-rico en el ramo de las rentas, los disgustos que presentaba semejante causa, lo que se había viciado la opinión desde el año de 1820 y lo que esta había adelantado desde las últimas desgracias de Costa-firme. Lo que jamas se había visto en el país, sucedió en dichas épocas, particularmente en el tiempo de los tres últimos jefes. Reunión de salteadores en cuadrilla, proyectos de revoluciones interiores de las esclavitudes, invasiones del exterior, y continuas depredaciones de los corsarios habían tenido en continua alarma a las autoridades y a los vecinos. No faltaban genios a propósito que daban ensanche a sus miras con todos estos ensayos y que ganaban prosélitos en favor de la desorganización. En los periódicos se asomaron también ideas las más escandalosas, y en las conversaciones públicas se manifestaban con descaro e impudencia las doctrinas más peligrosas. Las desgracias de nuestras armas en Venezuela se contaban por algunos con placer y con satisfacción, y aun antes de que las supiese la autoridad corrían por el público exageradas las noticias. La crítica contra la administración de hacienda era el platillo de todas las reuniones y de todas las casas, y cuanto desmoralizase al Gobierno, otro tanto se decía y circulaba sin rebozo. Había faltado la prudencia, se había descubierto cada cual la máscara y todos se veían y trataban con desconfianza y temor. Un estado tan expuesto vino a recibir mayor impulso con la independencia de la parte española de la isla de Sto. Domingo.

Pedro Tomás de Córdova

Parece que la política no estaba en favor de un cambio como el que presentó D. José Núñez de Cáceres en aquella Isla. Situada entre las fieles de Puerto-rico y Cuba, únicas de quienes podía sacar ventaja en sus relaciones, con una población escasísima, sin rentas y naciente, como efecto de las muchas vicisitudes que había experimentado, y con un enemigo tan peligroso como inmediato en su mismo territorio, eran la mayor garantía de su seguridad. No se veían otras aspiraciones en ese pueblo, o no debía tener otras, que las de nutrirse y conservar los mismos sentimientos que mantenían los de las islas vecinas, pues cualquier otro que abrigara debía serle destructor con solo pensarlo. Fue pues asombroso el cambio que hizo, por lo mismo que no era de preverse, y fue tan fugaz su existencia, como era próximo el enemigo que tenía que temer. Si no hubiese habido este en la misma Isla, la parte española habría sucumbido con otras ventajas a los esfuerzos que hubieran hecho Cuba y Puerto-rico para sacarla de las garras de Núñez, y esta sola consideración debió no haber olvidado ese ambicioso para no haber puesto en planta su inicuo y loco proyecto. No se contentó con verificarlo, sino que en su frenesí revolucionario procuró introducir la tea de la discordia en las vecinas islas y escribió para ello a sus autoridades. Ya se ha visto lo que contestó el Sr. Arostegui al desacordado Núñez, y por cuantos medios trató este benemérito Jefe de atajar aquel pernicioso ejemplo y desacreditar la conducta de su causante. Mas por lo mismo que fue inopinado el cambio de la parte española de Sto. Domingo, habida atención a su nulidad política, al inminente peligro que corría y a la ninguna utilidad que podía sacar de él, fue un despertador para los jefes de las otras islas, donde extraordinariamente eran superiores la población, la riqueza y los recursos comparados con los de aquella, pero que habrían sido nulos en igualdad de casos, y la ruina inevitable de cualquiera de ellas que hubiese seguido aquella desleal e inoportuna marcha. Debían pues esos jefes al ver lo sucedido en Sto. Domingo temer con fundamento la existencia de un foco oculto de revolución que dirigido por los disidentes de Costa-firme, trabajaba en desquiciar la tranquilidad de todos los pueblos que se mantenían fieles. Debían vivir alerta contra este enemigo oculto cuya existencia era más que probable, y no olvidar nada en favor de la tranquilidad y seguridad del territorio. Que tales temores eran fundados y que la prudencia aconsejaba desconfiar y vigilar, vendrá a probarse en el gobierno del Sr. Latorre de una manera incontestable; entonces se verán los efectos que habían causado en el país los sucesos de Costa-firme y de Santo Domingo, y que la desconfianza del gobierno era más que fundada porque fueron más que conatos contra la seguridad de la Isla los que se habían presentado para disturbarla, porque las amenazas pasaron a realidades, las críticas a licencias, las opiniones a personalidades, y la falta de medios para sostener las cargas públicas a miseria y desesperación.

Un estado tan lamentable en el país y de tanto influjo en los intereses de sus habitantes, no había sido contrariado por la autoridad de manera alguna, ya sea que no se creyese con bastante fuerza para variarlo, o ya porque temiese introducir una reforma que no creyera acomodada al desorden en que se hallaban los ánimos. Esta orfandad pudo haber causado males de la mayor trascendencia, pero triunfó de todo la sensatez de los puerto-riqueños, y entre la miseria y la des­confianza, el temor y la ansiedad se pasó el tiempo y oportunamente llegó a la Isla el que estaba reservado para librarla de un trastorno, el genio profetizado por el Sr. Arostegui, que sacándola del estado comprometido en que yacía la pusiese en la senda de su prosperidad, y guiara sin detención alguna a la era feliz que disfruta desde el año de 1824, tercer periodo en que se ha dividido la historia moderna de la Isla. No faltaron a la entrada del Sr. Latorre en Mayagüez las ideas de que no se le debía admitir al mando por falta de comunicaciones directas sobre su nombramiento, pero como trajese consigo la Real orden que se lo cometía, no pasaron adelante unas especies hijas de aquel tiempo turbulento y propias de los que las concibieron en conformidad de sus particulares miras y privados intereses. Lo cierto es que propalándose en aquellos momentos la noticia de una expedición que se reunía en los Estados-Unidos contra el país, tuvo avisos el gobierno del de Martinica de haber declarado allí uno de los que se habían alistado en  la expedición, que esta se había precipitado para que estallase la decisión que se suponía en algunos de la Isla antes de que el  nuevo capitán general llegase a ella, en cuyo caso podía se dudosa la empresa. Especies de esta clase comunicadas oficialmente por un Gobernador amigo que acompaña a su aviso la declaración de la persona de donde adquirió la noticia ¿no basta para ponerlo en cuidados y alarma? (…)

En el referido día 13 recibió el Sr. Latorre parte de que en el barrio del Daguado, jurisdicción de Naguabo, se habían propalado especies subversivas por un mulato francés nombrado Duboy, vecino de aquel partido. Este parte fue acompañado de una proclama manuscrita datada en los Estados-Unidos, y de otro papel en que se pedían noticias individuales de la fuerza existente en la Isla, de la opinión de los habitantes, y si era posible hacer un desembarco en la Aguadilla o Mayagüez, y tener a su favor alguna de las clases del país. Se designaba la costa del partido de Añasco como punto por donde debía desembarcar una persona con instrucciones sobre el particular.

Igual aviso recibió el Jefe político, y sin perder instante se adoptaron medidas para aprehender a Duboy y a un tal Romano, avecindado en Guayama, con quien aquel estaba en relaciones, La actividad que desplegaron las dos autoridades, comisionando el Sr. Latorre dos oficiales al efecto, fue extraordinaria. Los reos fueron presos y se les formó la correspondiente causa para averiguar una ocurrencia de tamaña importancia, que se hizo más grave por la comunicación que recibió el 16 el referido Jefe del gobernador de la isla de San Bartolomé, comunicándole el peligro en que se hallaba Puerto-rico amenazado por una próxima invasión de aventureros.

Las faltas que se experimentaban en la Isla en aquellos momentos por el estado precario de la Tesorería, la medida misma que acababa de adoptarse con los emigrados, la multitud de corsarios que infestaban las costas, el desaliento de los empleados a quienes no se suministraba la cuarta parte de sus haberes, y la desconfianza que todo esto debía ofrecer, pusieron al Sr. Latorre en una situación harto desagradable, pues falto de recursos tropezaba a cada paso con un fuerte obstáculo que le impedía llevar al cabo aquellas providencias que asegurase a los habitantes la paz alterada por unos pocos malvados, no quedándole arbitrio para reanimar el abatimiento que estos sucesos causan en todos los países donde los medios para destruirlos o son lentos o ineficaces. Pero como siempre fue la masa general de la Isla fiel a toda prueba, bastó ella para desbaratar en aquellos momentos las ideas de los pocos que pudieron pensar en un trastorno, pero no quita esto que el primer Jefe de la Isla, el primer responsable de su conservación se viese en un estrecho tan complicado de circunstancias, en unos apuros de tanto tamaño, y en una situación tan difícil a los seis días de pisar un territorio donde todo le era desconocido y nuevo.

No se había aun salido de la averiguación de la causa de Duboy cuando se presentó otro suceso de la misma y aun más inmediata trascendencia. El 25 del citado mes recibió el Sr. Latorre un aviso de que en el pueblo de Guayama estaba próxima a estallar una sublevación de los negros de algunas haciendas. En dicho pueblo se hallaba avecindado el Romano, que se decía de inteligencia con Duboy: este no quedaba ya duda era un agente de los malvados aventureros que tramaban una invasión en la Isla: entre los prosélitos que buscaban para su logro se contaba con aquella clase, y todo hacia justamente creer fuese uno mismo el plan y uno mismo el objeto. El Sr. Latorre creyó que era indispensable su presencia en Guayama para la más pronta indagación del hecho, y para inspirar mayor confianza en el pueblo. Se puso en marcha acompañado del Asesor militar, del Secretario y Ayudantes, e hizo salir al mismo tiempo una partida de 17 veteranos con un oficial. A su llegada al pueblo halló a los vecinos en la mayor consternación, los tranquilizó, tomó varias providencias de seguridad, inspiró ánimo y confianza entre aquellas gentes, y habiendo procedido con la mayor festinación a averiguar los hechos que se le habían participado, y cuyos reos encontró en seguridad, formalizó la averiguación sumaria, que elevada a proceso y celebrado inmediatamente el Consejo de guerra, fueron sentenciados a la pena capital dos esclavos confesos y convictos del atroz crimen de asesinar sus amos y a todos los blancos. Con este pronto juicio y con la ejecución de los reos, se impuso eficazmente en aquellos momentos a los malvados y se desbarató en mucha parte cualquiera combinación que pudiese existir, y la cual aún no era tiempo de completar su descubrimiento. Duboy fue pasado por las armas en la Capital el 12 de Octubre convencido del delito de agente de los malvados para tramar la revolución de la Isla, y cuyo ejemplar se hizo indispensable con prontitud para el condigno escarmiento, y se siguió instruyendo la causa a los demás complicados.

Gob. Miguel de la Torre (1786-1843)

No quedaba ya duda alguna de lo que se tramaba contra la Isla. Se había cogido en ella un agente con proclamas e instrucciones para el efecto; había al mismo tiempo descubiértose una conspiración horrorosa precisamente en un pueblo donde estaba avecindada una de las personas con quien decía Duboy se hallaba en inteligencia; el gobernador de San Bartolomé había dado aviso de los aventureros que se habían allí presentado y de la expedición que reclutaba un tal [Luis Guillermo] Ducodray [Holstein] contra la Isla, y el Comandante general del apostadero de Puerto-cabello avisó también sobre la existencia de la expedición y su objeto, participando por último que habían llegado dos buques a Curazao con el referido Ducodray, varios de los titulados jefes, armamento y otros objetos propios a los fines que proyectaban los malvados. No eran pues temores fundados en recelos, sino realidades que debían traer en una continua vigilia a la autoridad, cuyo cuidado y celo debían redoblarse tanto más, cuanta era la carencia de recursos en el país, su falta de conocimientos prácticos en él, y la urgencia que tenia de medios para asegurarlo, y sostener el gobierno de S. M. y la paz de los habitantes.

No puede negarse que aquellos momentos fueron críticos, que fue indispensable se desplegase toda la energía que puso en acción el Sr. Latorre, y que le era preciso adoptar medidas de precaución contra tales hechos. El Sr. Latorre vio desde luego abierto un cráter que podía absolver al país en la mayor desolación, y que por falta de recursos pudiera llegar el caso de que los aventureros, cuya patria está fundada en el desorden, el pillaje y la destrucción, lograse conseguir introducir semejantes males en una Isla cuya importancia, al paso que extraordinaria, tenía una población la más acreedora a ser socorrida por su fidelidad al Soberano y por sus sacrificios y sufrimientos. Estas consideraciones, el deber y la responsabilidad estimularon a dicho Jefe a hacer presente a S. M, el verdadero estado de Puerto-rico, y después de enumerar los hechos que habían pasado, de fijar la precaria situación de sus cajas, el abandono de sus costas, la falta absoluta de medios, y los muchos enemigos que atacaban su seguridad, pidió arbitrios para poner en servicio la fuerza sutil, y que se le auxiliase con fusiles, tropa y con los demás elementos que facilitaran la marcha de un gobierno que carecía de todo.

Hecha la completa averiguación del proyecto de Ducodray, dio el Sr. Latorre un manifiesto al público, de acuerdo con el Jefe político, el cual salía insertado ya en la narración histórica del mando de este. Reclamó del gobernador de la isla de Curazao a Ducodray y a sus compañeros como piratas perturbadores de toda sociedad culta. En los dos buques que habían llegado a aquella Isla, a causa de los malos tiempos, se hallaban el referido Ducodray, el que tenían previsto para Intendente, 2 tesoreros, 5 coroneles y 100 oficiales; los buques habían sido embargados por el Gobierno, en vista de los papeles subversivos que halló en ellos, y depositados sus cargamentos consistentes, en armas, municiones y otros varios artículos. Pidió también a la Diputación provincial que facilitase la cantidad de 100,000 pesos para que se pudiese contar can este indispensable recurso en favor de la segundad del país, y tuvo el desconsuelo de ver que a pesar de los sucesos que acababan de pasar presentara esta corporación obstáculos para reunir tan mezquina suma, cuya falta en caso de apuro, le obligarían a adoptar otras providencias más violentas pero indispensables. Esto prueba bastante lo inútil del pasado sistema, mas a propósito para debilitar que para dar vigor a la marcha publica. Nada dejó por tocar el Sr. Latorre. Interior y exteriormente buscó con ahínco cuanto creyó a propósito para conservar la Isla y se le debe en aquellos momentos de apuros la detención que dio a las maquinaciones contra ella.

La expedición de Ducodray se había proyectado y llevado a efecto en los Estados-Unidos, donde se trató como un negocio mercantil. Además de la gente que reunió allí Ducodray, debía reclutarla también en las islas de San Bartolomé y Santomas; en una palabra ella era la reunión de los malvados de todas las Colonias, su santo fin el robo, el asesinato y el desorden de Puerto-rico, y aquel jefe de bandidos contaba con prosélitos en la Isla, con los corsarios disidentes y con los auxilios que le prestasen los países insurrectos.

Puerto-rico se salvó en aquel tiempo de males que no es posible calcular, y alejó de sus habi­tantes los horrores que trae consigo la revolución, y de la clase que se los preparaba Ducodray. Con este importante beneficio abrió la carrera de su mando el Sr. Latorre, y nunca deben sus habitantes olvidar a este Jefe protector, cuyo mérito lo hallaran a la menor reflexión que hagan sobre aquella época, en su actividad, decisión y celo, en el resultado que esto tuvo, y en la felicidad que hoy disfrutan.

El interesado puede consultar también Pedro Tomás de Córdova: La Cédula de Gracia

Comentario:

En la Historia Oficial el Poder habla por medio de sus Intelectuales y justifica sus acciones defensivas u ofensivas. Se trata de un producto de la Era Napoleónica propia del Estado Burgués Moderno que celebra el triunfo de su clase. Todavía hoy Puerto Rico tiene un Historiador Oficial casi invisible en acción. Pedro Tomás de Córdova se ocupa de inventar una imagen de Miguel de la Torre orlada con los atributos de un padre colectivo cuyo autoritarismo, en ocasiones extremo, se justifica en nombre del hipotético Bien Común. Pero el Bien Común es el Integrismo, hay que evitar la Separación de las colonias a cualquier precio. Por eso insiste tanto en el grave estado de la Isla cuando el funcionario llegó a ella por el puerto de Mayagüez: las rentas en crisis, la opinión extraviada o viciada, salteadores y esclavos rebeldes activos por todas partes e invasiones foráneas cerniéndose  sobre el territorio.

Las “ideas escandalosas” y “las doctrinas peligrosas” parecían muy populares entre los puertorriqueños, concepto que el autor usa para referirse a los que no son españoles ni integristas y alude expresamente al Separatismo Hispanoamericano y el Anexionismo a Estados Unidos. El relato de la Independencia Dominicana de 1821 y el fracaso de la gestión de José Núnez de Cáceres en invitar a Cuba y Puerto Rico a proclamarla con ella, sirve al autor para ratifica la fidelidad de ambas islas. Los puertorriqueños son fieles, pero muy susceptibles de ser impresionados por los aires de Revolución dominantes. Infantilizar al puertorriqueño es una nota común en este tipo de textos. Su sensatez es una virtud que no tiene precio.

La virtud de De la Torre es que reconoce ese hecho y establece un tipo de política agresiva con las amenazas que se ciernen. Se trata de un elegido: “el genio profetizado” por sus precedentes. La Colonia es el escenario de un conflicto entre los intereses españoles que son legítimos, y los intereses extranjeros que son ilegítimos. Para Córdova De la Torre inicia el “el tercer periodo en que se ha divido la historia moderna de la Isla”. Power y Giralt y Ramírez no significan nada para este autor.

La parte más interesante de este texto es el relato detallado de la conjura de Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1822) y su conexión con los negros esclavos de Naguabo. El papel amenazante de Estados Unidos y la cooperación de los gobiernos de Curaçao, San Bartolomé y Martinica, hablan de la capacidad del gobierno colonial de entonces. La mano dura del gobernador con los conjurados de Naguabo, el mulato francés Pedro Dubois y el negro Pedro Romano, también resulta de interés para el investigador. El apunte de que “como siempre fue la masa general de la Isla fiel a toda prueba” es emblemático.

Este tipo de tratamiento del asunto Puerto-rico fue muy eficaz. En 1825 se reimpusieron en el país el privilegio de las Facultades Omnímodas como resultado de la histeria política promovida por Miguel de la Torre. En realidad el lector se encuentra ante una figura opuesta a los valores destacados por Alejandro Tapia y Rivera en Ramón Power y Giralt. Pero lo que Tapia y Rivera veía como defectos en Salvador Meléndez Bruna en 1808, Córdova lo justifica y evalúa elogiosamente en De la Torre.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

5 comentarios »

  1. En el fragmento del capítulo primero de la obra: Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas de la isla de Puerto Rico de Pedro Tomás de Córdova, observamos el análisis de la situación de la isla de Puerto Rico, de la política y el efecto que había tenido las medidas políticas de Miguel de la Torre.

    La obra de Córdova puede considerarse que contiene un sentido típicamente español, administrativo e historiográfico y esto queda demostrado cuando expresa: Las faltas que se experimentaban en la Isla en aquellos momentos por el estado precario de la Tesorería, (…) la multitud de corsarios que infestaban las costas, (…) y la desconfianza que todo esto debía ofrecer, pusieron al Sr. Latorre en una situación harto desagradable.

    Como podemos observar el autor señala que los principales problemas de la isla eran el escaso recogido de impuestos, el contrabando y las agresiones los “rebeldes”. Al analizar lo antes mencionado, sus datos nos permite construir una imagen parcial sobre la desacreditación de los movimientos insurgentes (rebeldes) y la exaltación del régimen “benéfico” que gozaba Puerto Rico por haberse mantenido leal a España.

    Córdova a lo largo de la obra sigue un esquema tradicional apologista del absolutismo, donde su labor era solo agradar a los que en ese momento ostentaban el poder y de esa manera quizás conseguir alguna finalidad de poder en la isla. A los ojos de él, un buen gobierno o de buen orden se identificaba si había una estabilidad monárquica (fidelidad al rey y sumisión a los reyes), lo que aseguraba su progreso y grandeza. En síntesis, su obra fue una justificación de una era opresora, su exaltación apologista sobre los puertorriqueños es negativa ya que los considera meramente como niños/as y los únicos que los pueden llevar a vivir una vida “idónea” o correcta era el gobierno Español.

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    Comentario por Cindy L Pacheco Espinosa — abril 4, 2011 @ 11:06 pm | Responder

  2. Miguel de la Torre es un personaje conflictivo y contradictorio. Siendo uno de los generales españoles más preparados en la táctica militar fue derrotado por fuerzas muy inferiores en capacidad militar y cantidad comparadas con las aguerridas fuerzas españolas enviadas a Venezuela para suprimir el movimiento separatista liderado por Simón Bolívar.

    Al llegar a Puerto Rico este general derrotado se rehabilita convirtiéndose en un salvador de la honra española al evitar la pérdida de Puerto Rico. En realidad, contó a su favor con el amplio apoyo de una creciente población de incondicionales emigrados desde las antiguas colonias españolas de Tierra Firme quienes fueron su mejor base de apoyo junto a la determinación del gobierno español en retener lo poquito que le quedaba de su imperio colonial y además retenerlo firmemente.

    Viendo analíticamente la descripción de las gestiones de la Torre, Pedro Tomás de Córdova exagera la importancia de los logros del gobernador al abortar proyectos de rebelión de esclavos y de invasión insurrecta. “Logros” de poca monta comparados con las batallas perdidas en Venezuela, pero con el valor propagandístico suficientemente útil para lograr dar un nuevo lustre al humillado general.

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    Comentario por Harold Marquez Tirado — abril 5, 2011 @ 11:54 am | Responder

  3. La visión de Don Tomás de Córdova sobre el gobernador Miguel de la Torre proyecta una admiración hacia este personaje que es presentado como el héroe que enaltece la honra de España en medio de un tiempo de crisis. Siendo Córdova un incondicional al gobierno español sobre Puerto Rico, halla conveniente detallar los méritos que justifican hacer “digna de encomio” a la figura del gobernador De la Torre.

    Si no se conociera el historial previo de Don Miguel de Torre como militar competente, pero vencido en Venezuela, estaría viendo en esta descripción un héroe perfecto, sin tacha, ejemplo digno de seguir por todos los incondicionales a España.

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    Comentario por Harold Marquez Tirado — abril 6, 2011 @ 3:11 pm | Responder

  4. […] José Julián Acosta a la historia de  Fray Iñigo Abbad y Lasierra (1866) que, coincidiendo con Pedro Tomás de Córdova, reconocen el carácter precursor de la obra y pretenden corregir y completar el esfuerzo del […]

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    Pingback por La Historiografía Puertorriqueña hacia el 1850 « Puerto Rico entre siglos — abril 14, 2011 @ 8:08 pm | Responder

  5. Para Harold Márquez.- Las batallas perdidas en Venezuela, podría ud.estudiar mejor las fuerzas con que contaba el general La Torre. Mas de las tres cuartas partes eran “criollos” y los problemas con ciertos generales, además del dinero “ninguneado” por la metrópoli. Estúdielo detenidamente y luego opine.

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    Comentario por alfonso — diciembre 25, 2014 @ 2:52 pm | Responder


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