Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 17, 2018

Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico de Ché Paralitici: Un Comentario

  • José Anazagasty Rodríguez (RUM)

Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico de Ché Paralitici es una historia del independentismo desde los postreros años del siglo 19 hasta nuestros días, destacando dos fases, la de finales del siglo 19 a la década de los cincuenta, y la de las décadas posteriores a esa primera fase. Paralitici también ofrece, al final del libro, unas reflexiones acerca de las posibilidades del independentismo en el siglo 21.

Para Paralitici su libro “presenta una breve historia” de las luchas por la independencia de Puerto Rico. Pero esa brevedad no es para nada equivalente a un relato simplista y ligero de esa historia. Es todo lo contrario. Se trata de una historia sucinta pero riquísima en información, la que Paralitici relata sobre la base de abarcadoras observaciones, profundas indagaciones, valiosos datos y acertados comentarios acerca del movimiento independentista y sus organizaciones. Su concisa historia de la lucha por la independencia irradia no sólo las prolongadas horas de trabajo dedicadas a la misma por el cronista, sino además su vasto conocimiento sobre el asunto. Asimismo, su libro transmite su gran compromiso con la lucha por la independencia. Toda esa riqueza de Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico lo convierte en una lectura imprescindible para los interesados en el estudio del independentismo, en particular para aquellos de nosotros que sabemos poco de ese movimiento. Pero es inclusive una lectura que debo recomendar a los estudiosos del movimiento independista y su historia. Aquellos independentistas que día a día, como activistas, luchan por la independencia de Puerto Rico también se beneficiarían grandemente de su lectura. Finalmente, es un libro que los independentistas de las nuevas generaciones encontrarán significativo, del que aprenderán muchísimo.

Coincido con Mario R. Cancel en que Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico es una mirada crítica, flexible y templada del independentismo, una que Paralitici realiza desde el independentismo mismo. Es por ello, como señaló Cancel, una contribución valiosa a la historiografía del independentismo, una historiografía de muchas formas limitada, en particular con respecto a la historia más actual del independentismo. Hacen falta interpretaciones tan acabadas y realizadas como la de Paralitici.

La historia narrada por Paralitici no es valiosa únicamente para los historiadores. Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico también es provechoso para los sociólogos y otros estudiosos de lo social, particularmente para aquellos de nosotros interesados en los movimientos sociales. Abordándolo desde la sociología, quiero a continuación, destacar sus contribuciones a lo que podríamos llamar una sociología del movimiento independentista. Las reflexiones sociológicas del independentismo como un movimiento social son escasas. El libro de Paralitici, aunque realizado desde la Historia, nos ofrece algunas observaciones sociológicas valiosas, y con ellas, algunas rutas para estudios e investigaciones posteriores del independentismo como un movimiento social.

Sidney Tarrow, en su libro Power in Movement, definió los movimientos sociales como retos colectivos lanzados por personas solidarias, copartícipes con propósitos comunes, que interactúan de forma sostenida con las élites del poder, las autoridades y con sus oponentes. Y eso es precisamente el movimiento independentista, un grupo de personas que más o menos solidarias comparten un propósito en común, lograr la independencia de Puerto Rico. Y ese es su reto a todos los puertorriqueños. El movimiento independentista también interactúa constantemente, en términos conflictivos, con las élites de poder, en Puerto Rico y Estados Unidos, las autoridades locales y federales, y con sus oponentes.

Para los sociólogos, un movimiento social es también una red relativamente informal de diversos individuos, grupos y organizaciones que comparten una identidad colectiva y cierta cultura, y que se movilizan para enfrentar asuntos y problemas sociales conflictivos, recurriendo a varias formas de protesta.  El independentismo es todas esas cosas. Se trata, como lo manifiesta el libro de Paralitici, de una extensa, heterogénea y compleja red de individuos, grupos y organizaciones que comparten, más o menos, una identidad colectiva, la de puertorriqueños independentistas, y una cultura particular, la del movimiento, y la que producen y reproducen mediante sus prácticas. Los elementos en esa red se movilizan a favor de la independencia para Puerto Rico, uno de los asuntos más controversiales y conflictivos del país. Se trata de un complejo tejido social cuyos elementos—grupos e individuos—se organizan y movilizan recurriendo a un diverso repertorio de acciones de protesta, incluyendo en ocasiones la violencia y la lucha armada. El libro de Paralitici nos ofrece detalles importantes sobre esa red en movimiento.

Una de las contribuciones más importantes del texto de Paralitici para una sociología del movimiento independentista es que confirma la heterogeneidad o diversidad del movimiento. Paralitici echa por tierra la idea estereotipada de un independentismo homogéneo, tan notable en aquellos que se oponen al movimiento o pretenden reprimirlo. Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico evidencia la diversidad ideológica del independentismo, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos.  Para Paralitici, el movimiento independentista se ha desarrollado y transformado, en la relación, muchas veces conflictiva, entre el nacionalismo y el socialismo. Coinciden en el movimiento independentista varias corrientes nacionalistas y diversas corrientes socialistas, lo que añade diversidad al mismo. Estas corrientes nacionalistas y socialistas, enlazadas en una dialéctica de colaboración y conflicto, convergen en el movimiento independentista. Allí también se encuentran corrientes comunistas y anarquistas. Y en el independentismo, convergen también corrientes liberales, característica de aquellos independentistas más cercanos a las instituciones políticas y los procesos electorales.

Aparte de la diversidad ideológica del movimiento independentista, Paralitici también devela su diversidad organizacional.  Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico es, aparte de una historia de esa lucha, una historia de las organizaciones independentistas involucradas en la misma. La lista de organizaciones independentistas, desde 1898 al presente, incluida por Paralitici en su libro, y la de Awilda Palau, también incluida en el mismo, son evidencia del tremendo número de organizaciones independentistas que han existido desde finales del siglo 19 hasta el presente. En el movimiento independentista encontramos distintos tipos de organizaciones sociales, incluyendo partidos políticos.  Las organizaciones independentistas no gubernamentales ni partidistas se han organizado de muchas formas, como asociaciones, agrupaciones, talleres, institutos, congresos, logias, uniones, frentes, coaliciones, alianzas, ligas, comités, brigadas, fundaciones y hasta en campamentos. Y mientras que muchas de esas organizaciones independentistas han sido legales otras han sido clandestinas.

La diversidad organizacional y su impacto sobre el movimiento independentista no ha sido estudiado. Pero, podemos suponer que la diversidad de formas organizacionales, la pluralidad de estructuras organizativas produce diversas metas y recursos.  También podemos suponer que algunas organizaciones independentistas son más centralizadas y jerárquicas que otras y que algunas son más democráticas que otras. Podemos también conjeturar que estas organizaciones también varían en términos de su membresía, sus niveles y formas de participación, sus grados de organización, en su liderato y distribución de poder, y el grado de compromiso que demandan de sus participantes o miembros. Examinar la diversidad de formas organizacionales es importante porque esto nos dice mucho no sólo sobre las estrategias y experiencias de estos grupos independentistas sino porque nos da pistas importantes sobre lo que los sociólogos llaman su “potencial de movilización”.  La forma que estos grupos se organizan y por qué toman esas formas determina si estas pueden o no aumentar, dado sus recursos, y en momentos particulares, el apoyo del público, y movilizarlos a favor de la causa independentista. También nos dice que tan bien pueden o no adaptarse a nuevas condiciones de lucha y movilización. La lista de organizaciones y detalles provistos por Paralitici sobre estas organizaciones representan una valiosísima herramienta para el estudio de la diversidad organizacional del movimiento independentista.

José “Che” Paralitici en el RUM

Finalmente, las organizaciones independentistas también varían en términos de sus acciones, en términos de cuales actividades o tipos de protesta prefieren efectuar. Las acciones más tradicionales son, por supuesto, huelgas, mítines, marchas, elecciones, peticiones, ocupaciones, insurrección, lucha armada, etc. Estas son estrategias políticas, preferidas por los movimientos políticos, como el independentista. Algunas organizaciones recurren principalmente a estrategias fundamentadas en la “lógica de los números”, movilizar apoyo popular mediante las elecciones, marchas, y recogido de firmas, entre otras. Otras organizaciones recurren a la “lógica de impactos materiales” como las huelgas, los paros, los boicots, y hasta daños directos a la propiedad. Otras organizaciones, amparadas en una lógica similar a esta última recurren a actividades mucho más violentas, como la lucha armada, característica del nacionalismo revolucionario, el socialismo y el comunismo. Otras organizaciones prefieren la lógica del testimonio o “bearing witness,” acciones riesgosas y emotivas dirigidas a demostrar el compromiso con una causa, con la independencia de Puerto Rico, en este caso. La desobediencia civil, a las que han recurrido muchos independentistas, como en la lucha contra la marina en Vieques, es un buen ejemplo. La desobediencia civil también fue la estrategia de muchos independentistas que lucharon contra el servicio militar obligatorio en Puerto Rico. Esto último es discutido por Paralitici en su libro.

Aunque la mayoría de las organizaciones independentistas han optado por estrategias políticas, varias organizaciones independentistas también han recurrido a protestas culturales y simbólicas, que los sociólogos asociamos con los nuevos movimientos sociales. Una dimensión poco estudiada del movimiento independentista ha sido precisamente su cultura, tanto sus prácticas culturales como sus productos culturales, con excepción quizás de sus valores, metas, ideologías y sus líderes más carismáticos y simbólicos, como Pedro Albizu Campos.  Pero, sus objetos simbólicos (logos, signos, artefactos, eventos, y lugares significativos para los independentistas); sus ocasiones, encuentros, y reuniones; sus productores y actores culturales; y su “persona” o estilos culturales de interacción apenas han sido examinadas. Paralitici, destaca en su libro varias actividades culturales del movimiento, como la conmemoración de símbolos, héroes y mártires del independentismo y eventos como el Grito de Lares y la Jornada a Betances. El análisis cultural del movimiento requiere examinar como es la cultura puertorriqueña adoptada y adaptada por el movimiento independistas en el contexto de la acción social y política. A la misma vez, debemos tener en cuenta el impacto cultural del independentismo en la cultura puertorriqueña. Por supuesto, también requiere una mirada analítica a las “dimensiones simbólicas de la acción colectiva” independentista, a sus esquemas y marcos interpretativos con respecto a la realidad social y la identidad nacional puertorriqueña. También requiere analizar su construcción de los problemas sociales. Además, no podemos asumir que el movimiento sea culturalmente homogéneo; las diferencias culturales entre grupos independistas y los conflictos culturales entre estos son una realidad que no podemos perder de vista.

Otra contribución importante de Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico para una sociología del movimiento independentista es que apunta hacia el carácter cíclico de las protestas independentistas. Como Paralitici afirmó: “No dudo que la lectura de este ensayo sobre la historia del independentismo puertorriqueño, que concluye que la lucha por este ideal ha tenido sus bajas y sus altas, sus flujos y reflujos, sus viejos y nuevos independentismos, lleve a ampliar el análisis y las luchas correctas para que en este siglo 21 se encuentre un resultado final a la férula colonial que ha tenido Puerto Rico desde el siglo 16”. (354)

Los ciclos de protesta o contención se refieren a ciclos de apogeo y ocaso en la actividad de un movimiento social. En su libro Paralitici identificó tres periodos de la lucha independentista: de 1898 al surgimiento de un nuevo independentismo en los treinta; de los treinta a la década de los cincuenta; y de finales de los cincuenta al presente. En este periodo ocurrieron dos ciclos de auge y ocaso en el movimiento independista. Los surgimientos de los nuevos independentismos, en los treinta y los cincuenta, marcan los dos momentos de auge del movimiento independentista.  En su libro Paralitici considera las posibilidades de otro nuevo independentismo, de un tercer auge y ciclo de protestas en los años por venir.  Si logramos escapar o no del dominio estadounidense, de esa férula a la que se refiere Paralitici, depende de muchos factores. Pero coincido con él, en que un requisito fundamental para ello es la reflexión crítica, profunda y sosegada de los ciclos de protesta independentista; lo que él ha ya ha avanzado en su libro. Para los estudiosos de los movimientos sociales, incluyendo los analistas del movimiento independentista, es también menester estudiar los ciclos de protesta porque corresponden a los momentos de intensificación de la acción colectiva.

Los ciclos de protesta muestran ciertas características en común. Estos coinciden con una fase intensa de conflictos y contenciones en el sistema social, con diversas crisis, económicos, políticas, sociales y hasta ambientales. La intensidad de esos conflictos produce la difusión rápida de la acción colectiva, no sólo la movilización de los sectores más activos de un movimiento sino inclusive de los menos activos y de los simpatizantes del movimiento. Los ciclos de protestan coinciden también con la innovación en las formas de protesta y con nuevo marcos o esquemas de acción colectiva. Estos lapsos también involucran no sólo la actividad de los grupos más organizados sino también la de los menos organizados y hasta provocan acciones espontaneas. Pero, los ciclos de protesta también coinciden, con las acciones y respuestas de aquellos individuos, grupos y organizaciones opuestas a un movimiento, los que promueven y ejecutan, inclusive la represión de un movimiento social. Los ciclos de protesta influencian de muchas formas las decisiones estratégicas de las organizaciones vinculadas a los movimientos sociales. Las formas adoptadas en un momento dado por estas organizaciones dependen en gran medida de su apreciación de los ciclos de protesta y de las actividades de otras organizaciones, incluyendo las vinculadas a otros movimientos sociales y la de aquellos que se oponen al movimiento.

El libro de Paralitici nos ofrece pistas importantes sobre todo esto, sobre la respuesta del independentismo a los momentos de crisis en Puerto Rico; la difusión de acción política desde las organizaciones independentistas más activas hacia otras menos activas; y la respuesta de la oposición al independentismo.  En el primer ciclo de protesta examinado por Paralitici el Partido Nacionalista fue determinante en la movilización de los independentistas. En el segundo, fueron la FUPI y el MPI las organizaciones más influyentes. Ambos momentos de auge coincidieron con nuevas estrategias de lucha y protesta, nuevos esquemas de acción colectiva.  En ambos momentos la respuesta de los opositores, y particularmente de las autoridades federales y locales, fue la persecución y represión del movimiento independentista.  Como nos recuerda y demuestra Paralitici, el independentismo ha sido perseguido y reprimido a lo largo de toda la historia del dominio colonial estadounidense sobre los puertorriqueños. Los ciclos de protesta independentista y las consecuencias de esas protestas, como las de todos los movimientos sociales, están atados a la represión o respuesta de las instituciones y actores políticos.  La incesante represión del independentismo puertorriqueño, muchas veces tremendamente perversa, cruel, aterradora y devastadora, aunque no el único factor, ha obstaculizado efectivamente, la independencia de Puerto Rico, y con ello su descolonización.

Otra contribución de Paralitici y su libro a una sociología del movimiento independentista es que nos ofrece datos valiosos sobre la “estructura de oportunidades” del movimiento independentista, sobre aquellos factores que han facilitado u obstaculizado la movilización de grupos y organizaciones independentistas desde 1898. La respuesta represiva del sistema de instituciones y prácticas políticas que engloba el régimen colonial, que involucra tanto instituciones locales como federales, y hasta partidos políticos y organizaciones contrarios al independentismo, ha reducido las oportunidades de participación política de los independentistas, reduciendo aún más los estrechos canales institucionales de los que dispone para influir en los procesos políticos del país. De manera simultánea, la estructura institucional del régimen ha provocado que el movimiento independentista haya adoptado en ocasiones formas extra-institucionales de acción política, incluyendo el que algunas organizaciones hayan recurriendo, en distintos momentos de su historia, formas radicales y hasta clandestinas de acción política. Esto a vez ha provocado en varias ocasiones que el gobierno recurra a la represión para detener la movilización social independentista. Por último, como resultado de la interacción entre el movimiento independentista y las respuestas gubernamentales, la influencia que los independentistas tienen en la toma de decisiones es marginada y rezagada, aunque no por ello ha dejado de ser un movimiento relativamente visible, activo y dinámico. No ha dejado de ser un movimiento crítico y desafiante, que como señala el subtítulo de Historia de la Lucha por la Independencia sigue luchando incesantemente por la soberanía y la igualdad social.

La represión del movimiento independentista opera no únicamente desde la violencia y coerción estatal sino además desde todos los ámbitos institucionales, logrando que una gran parte de la población consienta la represión del independentismo. Los independentistas enfrentan todo un régimen de desigualdad, concepto de la teórica feminista Joan Acker. Me refiero a todas esas prácticas, procesos, acciones y significados interconectados que mantienen a los independistas en una posición de desigualdad, y que institucionalizan o normalizan diversas prácticas discriminatorias y restrictivas contra estos.

Pero hoy, el independentismo no sólo enfrenta esas formas de represión, también sufre un difícil agotamiento, uno que no podemos reducir al mero efecto de la represión.   Como explica Paralitici:

El independentismo ya entrado en el siglo 21 hacia la primera quinta parte del mismo es uno muy dividido, poco organizado, con poca presencia en la calle, con mucha debilidad electoral, con exigua participación de la juventud, con pocos portavoces de gran influencia , con algunos con buen reconocimiento pero en su longevidad y, además, si un fuerte liderato nacional, y con muy poca presencia en Estados Unidos, entre otras características negativas, parecidas muchas de ellas a las que precedieron  a los dos previos momentos del “nuevo independentismo” de las décadas de 1930 y de 1960. (352-53)

Precisamos un nuevo independentismo, uno diligente, militante y dinámico pero también profundamente reflexivo y crítico, inclusive de sí mismo. Lo precisamos porque hoy los puertorriqueños enfrentamos demasiadas crisis.  Por un lado, los puertorriqueños enfrentamos una profunda y devastadora crisis económica, que requiere que lo independistas contribuyan a la defensa de los trabajadores, que luchen contra la privatización y contra las devastadoras reformas laborales y económicas propuestas por el gobierno y la Junta de Control Fiscal. Enfrentamos además lo que Jürgen Habermas llamó una crisis de racionalidad; nuestro sistema político, administrado por una kakistocracia tan corrupta como inepta, no ha generado decisiones y políticas adecuadas para manejar la crisis económica. Y esa crisis de racionalidad se ha traducido en una crisis de legitimidad, una generalizada falta de confianza en las instituciones políticas, que lamentablemente no se han transformado en protestas masivas contra esas instituciones. Pero, una crisis adicional retarda las protestas contra las instituciones políticas, una profunda crisis de motivación. Muchos puertorriqueños, la mayoría de ellos, no se sienten lo suficientemente motivados como para ser participantes activos en la esfera pública.  Algunos no se sienten capaces de efectuar cambios sociales significativos y muchos otros, enfrentando vidas precarias, la pobreza, simplemente no tiene los medios o recursos que le permitan hacerlo. Muchos de ellos, buscando alternativas a esa precariedad, no han tenido otra opción que emigrar. Un nuevo independentismo es por todas esas cosa , apremiante.

diciembre 10, 2015

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente I

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

Los caminos hacia el neoliberalismo

En términos globales la década del 1990 fue el escenario del fin de una era y el inicio de otra. Los efectos sobre Puerto Rico fueron enormes aunque su papel en el giro, dada su relación de sumisión colonial con Estados Unidos, fue muy poco. El Puerto Rico moderno y dependiente, producto de las prácticas legitimadas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), vio como se cancelaban sus posibilidades, situación que abrió paso a un periodo de vacilación cuyos efectos aún no han sido superados. La incertidumbre económica, política y cultural, se manifestaron por doquier por el hecho de que las frágiles garantías que había ofrecido Operación Manos a la Obra (1947-1976) y su secuela,  la Sección 936 desde 1976, estaban en entredicho. Como se sabe, la condena final de la política de exenciones impuesta en 1976 se anunció en 1996 dejando al país con un periodo de 10 años, hasta 2006, para que hiciese los ajustes pertinentes para sobrevivir sin aquel recurso.

Los paradigmas sobre los cuales se habían apoyado las  políticas económicas de 1947 y 1976 se derrumbaron en la medida en que el capitalismo internacional, encabezado por Estados Unidos, se reorganizó recuperando la tradición del liberalismo clásico y la libre competencia desembocando en el discurso y la praxis neoliberal. La “relación especial” entre Puerto Rico y Estados Unidos, si alguna vez lo fue, dejó de serlo. El libre comercio con Estados Unidos se generalizó y la moneda común dejó de ser un rasgo exclusivo de nuestro mercado. Las “teorías del pacto” esgrimidas en 1952 por los defensores del estadolibrismo, había creado la ilusión de que existía un “pacto bilateral” entre  dos hipotéticos “iguales”. Los cambios de la década del 1990 demolieron aquella presunción.

Puerto Rico vio como las columnas sobre las cuales se había levantado el crecimiento económico (y dependiente) del Estado Libre Asociado -exenciones contributivas, trato preferencial selectivo, proteccionismo, asimetría salarial, austeridad en el gasto público, intervencionismo del estado en el mercado, ahorro individual- comenzaron a perder legitimidad en el nuevo orden. Incluso el papel adjudicado a la isla en el contexto de la Guerra Fría (1947-1991) tuvo que ser reevaluado: la “vitrina de la democracia” ante la “amenaza comunista” en Hispanoamérica era cosa del pasado tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. El derrumbe de aquel espejismo hacía necesaria la reformulación de las relaciones entre, por un lado, Puerto Rico y Estados Unidos; y, por otro lado, Puerto Rico y el mundo.

 

Neoliberalismo y anticolonialismo

Aquellas circunstancias explican el hecho de que la década de 1990 fuese interpretada como un momento apropiado para la descolonización. De un modo u otro se comprendía que el orden de 1952 dejaría de ser funcional y que la soberanía, ya fuese en la forma del Estado 51, la Independencia o un Pacto de Libre Asociación, sería necesaria para facilitar la inserción del país en la economía neoliberal y global. El consenso, excepto en el influyente sector de los populares más conservadores, era que el ELA no era un estatuto soberano sino un régimen de dependencia colonial y que la interdependencia que la era global imponía como pauta, requería soberanía o independencia jurídica en buenos términos con Estados Unidos. Un tropiezo cardinal de aquel proceso fue que, cuando llegó el 2006 y cerró el periodo de transición tras la eliminación del amparo de la Sección 936, nada se había conseguido: la economía  estaba estancada y el tema del estatus empantanado.

El giro al neoliberalismo vino acompañado en Puerto Rico por el desprestigio del “orden democrático” emanado de la Segunda Guerra Mundial. La discursividad de la guerra contra el totalitarismo nazi y fascista había sido uno de los componentes del populismo del primer Partido Popular Democrático (1938). La confianza en la democracia electoral y el saneamiento de la imagen maltrecha de los partidos políticos como instrumento confiable de lucha para los puertorriqueños no tuvo un efecto permanente. El escándalo de la aplicación de la Ley Smith criollizada en la forma de la Ley de la Mordaza de 1948,  el asunto de la recopilación de las carpetas informativas de ciudadanos considerados potencialmente  subversivos  destapado en 1986,  su devolución y la demanda civil que generó el caso en 1992, desenmascararon el significado de la “democracia” en la era de la Guerra Fría. Aquella democracia electoral, partidista y constitucionalista había violado los derechos civiles de numerosos ciudadanos comunes de múltiples formas. Entre la Cheká, la Schutzstaffel, el Buró Federal de Investigaciones y la División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico no había mucha diferencia. La discusión sobre este verdadero “déficit democrático” en el marco de la relación colonial, se hizo pública en numerosas publicaciones académicas y en la prensa del país.

La inestabilidad del orden heredado propició un auge inusitado pero comprensible del estadoísmo y sus organizaciones. Después de todo, el PPD era uno de los principales acusados y el independentismo, ya fuese socialdemócrata, socialista o nacionalista, atravesaba por un momento de reflexión que más bien parecía una crisis. Por eso la década de 1990 da la impresión de haber sido el decenio de un estadoísmo dinámico, encabezado por un liderato innovador y agresivo. El estadoísmo radical, exigente e inmediatista en cuanto al reclamo de Estado 51, cuya genealogía podría trazarse hasta la figura del abogado Carlos Romero Barceló, se impuso como el estilo dominante. Lo cierto es que desde 1968 al presente el estadoísmo ha ejecutado una revisión profunda de las posturas de su fundador, Luis A. Ferré Aguayo, y ha tomado tanta distancia de aquel como ya había tomado de José Celso Barbosa.

Pedro Rosselló González

Pedro Rosselló González

Uno de los misterios que valdría la pena indagar en cuanto a aquel giro se develaría  si se pudiera responder la pregunta de cuánto pesa  dentro de estadoísmo puertorriqueño la afiliación demócrata y la republicana a la hora de diseñar una táctica para alcanzar la meta propuesta. La transición de un estadoísmo gradualista a uno inmediatista que se da entre 1968 y 1976 está marcada por ese fenómeno. En la década de 1990 los estadoístas  demócratas con  Pedro Rosselló González a la cabeza, coincidieron con el dominio demócrata en Estados Unidos con Bill Clinton. Pero no hay que olvidar que los demócratas de la segunda pos-guerra mundial, Franklyn D. Roosevelt y Harry S. Truman, y los del tránsito al neoliberalismo como Clinton,  eran distintos por completo. Roosevelt y Truman estuvieron dispuestos a  trabajar con un PPD que no quería ni la estadidad ni la independencia, a la vez que  manifestaba simpatías con las políticas del Nuevo Trato y la formulación del Estado Interventor. La relación Clinton/Rosselló era escabrosa: el presidente tuvo que trabajar con demócratas que presionaban por la incorporación y el  Estado 51 que él no defendía. Del mismo modo, el interés del gobierno federal por “descolonizar” que dominó en la década de 1940, ya no era tan visible en década de 1990 porque, entre otras cosas, el fin de la Guerra Fría (1989-1991) convirtió el tema de Puerto Rico, que nunca había sido  prioritario, en un asunto invisible. En 1990, la incomprensión entre las partes involucradas era bidireccional o mutua.

 

Conservadores y soberanistas

El auge estadoísta de la década de 1990 estimuló el reavivamiento de lo que ahora se conocía como “soberanismo” en el PPD, actitud que persistía en la creencia de que el Estado Libre Asociado era una forma de “autonomía” que serviría como preparación para la independencia. El soberanismo reproducía la teoría de los “tres pasos o etapas” que sirvió de apoyo a Luis Muñoz Rivera y José De Diego Martínez cuando fundaron el Partido Unión de Puerto Rico, y la teoría de la “independencia a la vuelta de la esquina” apoyada por Luis Muñoz Marín en la década de 1940.  La paradoja de aquella hipótesis interpretativa era que, tanto los unionistas como los populares, terminaron por renunciar a la independencia en algún momento.

La “Nueva Tesis” de Rafael Hernández Colón (1978-1979) fue un intento de cerrar desde arriba y autoritariamente el debate sobre la relación colonial dentro del PPD.  El momento en que se formuló representó, desde mi punto de vista, una respuesta defensiva a la victoria del PNP entonces bajo la dirección de Romero Barceló. El alegato de Hernández Colón era que, dada que la  independencia era irrealizable y la estadidad económicamente inconveniente, había que aceptar que el  ELA era la “solución final” al debate estatutario. La tesis no obligaba al inmovilismo pero reducía el margen de acción del cambio estatutario a los límites dominantes desde el 1952. El conservadurismo se impuso en ese segmento de la cúpula del PPD.

Williie MIranda Marín

Willie Miranda Marín

El problema era que, en la década de 1990 el argumento de Hernández Colón,  no hacía sentido. Las razones de los críticos de la “Nueva Tesis” dentro y fuera del PPD eran predecibles. El orden que había inventado al ELA ya no existía y el “déficit democrático” del régimen de relaciones había de ser reconocido por el mismo Hernández Colón en 1998. En su retórica jurídica, el reconocimiento del problema no  tenía que interpretarse como una señal de que debía romperse con los esquemas del 1952. Por el contrario, los conservadores han insistido en que lo más práctico es y será trabajar el cambio -superar el “déficit democrático”- en el marco del ELA sin quebrar sus fundamentos más celebrados: la autonomía fiscal y arancelaria. La actitud es comprensible pero, me parece, debería ser discutida con más profundidad a fin de que resulte más convincente al día de hoy. La meta de una táctica política como la de los conservadores del PPD ha sido denominada en ocasiones con el nombre de ELA Soberano o Culminado, pero el concepto jurídico no parece encajar en el lenguaje estándar del Derecho Internacional como tampoco encajaba el concepto jurídico del ELA.  Del mismo modo, tampoco ha tenido mucho éxito entre los soberanistas más exigentes que parecen concebirlo como una propuesta contradictoria, poco clara o como una paradoja de derecho.

El soberanismo articuló durante la década de 1990 una respuesta más o menos coherente al problema del estatus al calor de dos procesos de consulta: los plebiscitos de estatus de 1993 y 1998. La década de estadoísmo radical necesitaba medir el pulso de su proyecto y los plebiscitos siempre han sido considerados en la tradición electoral local como la más precisa encuesta de opinión. Lo interesante es que las figuras dominantes de la nueva ola soberanista del 1990  no surgiese del alto liderato de la organización popular sino de tres poderosos alcaldes: William Miranda Marín de Caguas, José Aponte de la Torre de Carolina y Rafael Cordero Santiago de Ponce, todos ya fallecidos. Me da la impresión de que, ideológicamente y en su praxis, los tres representaban la tradición populista y radical del primer PPD, el de 1938 a 1943. La gran diferencia entre estos y aquellos es que el soberanismo populista de los años 1940 se alimentaba de un fuerte corriente ruralista propia de un Puerto Rico preindustrial y agrario. En la década del 1990 la propuesta ideológica ya se había urbanizado y poseía una tesitura completamente distinta. El resultado de aquel proceso fue la fundación de Alianza Pro Libre Asociación Soberana cuyo efecto sobre los sectores moderados del PPD sigue siendo poco. El superviviente de aquel grupo fundacional fue Marco A. Rigau, figura fuerte detrás de la líder soberanista Carmen Yulín Cruz, alcaldesa de la capital.

marzo 4, 2013

El Estado Libre Asociado y el Partido Nacionalista (1950-1954)

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La Insurrección Nacionalista de octubre de 1950 fue, entre otras cosas, una respuesta bien articulada a los retos políticos impuestos por la Guerra Fría, el  proceso de descolonización y la actitud colaboracionista del Partido Popular Democrático con las autoridades de Estados Unidos. La acción protestó además contra la Ley 53 o La Mordaza de 1948, contra la Ley 600 y contra la Asamblea Constituyente que por aquel entonces se planificaba. Pero sobre todo fue un arriesgado acto de propaganda que se elaboró con el propósito de llamar la atención internacional sobre el caso colonial de Puerto Rico y las posibilidades de la resistencia armada en el territorio. En un sentido simbólico representó la reinvención de la situación que produjo, con efectos análogos, la Insurrección de Lares en septiembre de 1868.

Residencia de Pedro Albizu Campos en San Juan

Residencia de Pedro Albizu Campos en San Juan

El centro militar de la conjura fue el barrio Coabey de Jayuya. La finca de la militante Blanca Canales (1906-1996) sirvió como  centro de entrenamiento y de mando, así como de depósito de armas para los rebeldes. Fue allí donde se proclamó la República y se izó la bandera de la Nación, muy parecida a la que en 1952 el Estado Libre Asociado de Puerto Rico oficializara como signo del país. Allí se fundó, como en Lares, la Nación Simbólica y se sacralizó su soberanía política.

El plan de los rebeldes era, una vez tomada la municipalidad de Jayuya,  resistir el tiempo que fuese necesario hasta que la comunidad internacional reconociera la beligerancia puertorriqueña y legitimara  su voluntad soberana. Algunos veteranos del ejército me comentaron en Jayuya en el 2008 que la selección de la localidad se había hecho sobre la base del notable potencial agrario de la región montañosa y sus posibilidades de sobrevivir en caso de que la insurrección no fuese efectiva en otras partes del país.  Las fuerzas nacionalistas de aquella localidad estaban al mando de Carlos Irizarry, militante que era, además, veterano de la Segunda Guerra Mundial.

El centro político o público fue, desde luego, San Juan donde se encontraba la casa del Partido Nacionalista y vivía su líder Albizu Campos. La Voz de la Nación era aquel abogado. La prensa puertorriqueña e internacional, miraría hacia donde él estuviese y los actos que se ejecutaran contra su persona con el fin de arrestarlo, servirían para proyectar el hecho de que en Puerto Rico se luchaba a favor de la descolonización por un camino alterno al que había marcado la Ley 600. Los centros rebeldes mejor preparados fueron los de los pueblos de Utuado, Mayagüez y Naranjito, pero la presencia de comandos nacionalistas era visible en una parte significativa de la isla.

Las acciones de Jayuya se combinaron con dos atentados suicidas que demostraban los riesgos que era capaz de tomar el Nacionalismo Revolucionario. El primero fue encabezado por el nacionalista y también veterano de guerra, Raimundo Díaz Pacheco (1906-1950)  y tuvo por objetivo la residencia oficial del gobernador Muñoz Marín , es decir, La Fortaleza. El otro estuvo compuesto por los militantes Griselio Torresola (1925-1950) y Oscar Collazo (1914-1994), quienes atacaron la Casa Blair, residencia temporera del presidente Truman en Washington. Ninguno de los dos magnicidios consiguió su objetivo pero el impacto propagandístico de ambos fue enorme.

Antecedentes inmediatos

La Insurrección Nacionalista estalló el 30 de octubre de 1950. Todo parece indicar que los días previos fueron de intensa preparación para una situación que Albizu Campos había planeado con mucha calma desde su salida de la cárcel de Atlanta en 1943.  Los registros del taquígrafo de  record y funcionario de la Policía Insular Carmelo Gloró documentan que el 26 de octubre, cuando se conmemoraba el día del natalicio del General Antonio Valero de Bernabé en Fajardo, Albizu Campos adoptó un tono marcial que inevitablemente resultaba en un llamado al combate inminente. Para quienes conocen el calendario patriótico del Partido Nacionalista, la relevancia de Valero de Bernabé y su vinculación con el mito bolivariano, explican por qué aquella fecha  resultaba idónea para informar a la militancia sobre la necesidad de una movilización.

Ataque a La Fortaleza en 1950

Ataque a La Fortaleza en 1950

El día 27 de octubre, un grupo de nacionalistas fueron detenidos por la Policía Insular mientras transitaban por el Puente Martín Peña en la capital. Durante la intervención  se les ocuparon dos pistolas  calibre  37, una subametralladora, cinco explosivos de bajo y mediano poder que incluían los clásicos coctel,  algunas bombas tipo niple y varias cajas de balas. Todo parece indicar que aquel acontecimiento fue crucial para que se tomara  la decisión de que la Insurrección sería el día 30 dado que se llegó a temer que aquellos arrestos fuesen la primera de una serie de actos represivos que pondrían en peligro el objetivo de los rebeldes.

El 28 de octubre estalló un motín en la Penitenciaría Estatal de San Juan bajo el liderato del presidiario  Pedro Benejám Álvarez. El mismo  desembocó en un escape masivo de presos. Benejám era también  veterano de guerra  y había sido traficante de armas robadas al ejército de Estados Unidos. Por aquel entonces se alegó que el motín estaba conectado con la conjura nacionalista y se aseguraba que Benejám estaba comprometido a suplir armas y hombres a la revuelta.

Durante los días 28 y 29 de octubre,  las tropas nacionalistas se movilizaron y se reconcentraron en el Barrio Macaná de Peñuelas. La residencia de militante  Melitón Muñiz Santos, fue usada como centro de distribución de armas y tareas para el evento que se acercaba.

Objetivos militares y el plan de combate

La meta principal de los Comandos Nacionalistas, conocidos desde 1934 como Cadetes de la República, fue la toma de los cuarteles de la Policía Insular, prioridad que parece demostrar la necesidad de armas que caracterizaba al movimiento rebelde. Aquel objetivo militar se unía a un plan concertado para ocupar las oficinas de teléfono y telégrafo locales con la intención de incomunicar las localidades una vez fuesen tomadas. Un segundo objetivo de los Comandos Nacionalistas fue ocupar las alcaldías, centro que representaban el poder colonial y el colaboracionismo de los populares con las autoridades estadounidenses.

El tercer objetivo fueron las dependencias del Gobierno Federal en Puerto Rico tales como los correos y las oficinas del Servicio Selectivo de las Fuerzas Armadas. El Partido Nacionalista había conducido una campaña muy persistente en contra de la participación de los puertorriqueños en el ejército estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.  Debo llamar la atención sobre otro elemento que me parece crucial. La Guerra de Corea, la primera confrontación violenta de la Guerra Fría, había iniciado en junio de aquel año y, como se sabe, ya en las primeras semanas de octubre la tropas de la Organización de la Naciones Unidas al mando del General estadounidense Douglas MacArthur, habían sido movilizadas contra los ejércitos de Corea del Norte y la República de China.  El mundo estuvo al borde de una conflagración atómica en aquel contexto por lo que la Insurrección Nacionalista de octubre de 1950, se iniciaba en un momento muy complejo en que la fiebre anticomunista dominaba el lenguaje político internacional.

Arresto de Pedro Albizu Campos en 1950

Arresto de Pedro Albizu Campos en 1950

La táctica utilizada fue la de las guerrillas urbanas. Se trataba de  bandas o grupos pequeños que se tomaban enormes riesgos militares hasta el punto de que algunos de ellos funcionaban más bien como  comandos suicidas. Los soldados nacionalistas más experimentados contaban, como se sabe, con formación militar en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y, todo parece indicar, que los nacionalistas constituyeron un ejército muy disciplinado y dispuesto a cumplir con las órdenes de sus superiores. Los logros militares más notables de aquel esfuerzo se redujeron al hecho de que Jayuya, el centro de la conjura, permaneció en poder de los Nacionalistas hasta el 1ro. de noviembre , pero la movilización de la Guardia Nacional, cuerpo militar que contaba con armas de repetición, morteros, artillería ligera y aviones de combate, forzó la rendición de la plaza con el fin, según algunos, de evitar la devastación del barrio. En aquel momento la desventaja en capacidad de fuego de los rebeldes se hizo patente.

Un juicio

La impresión que deja aquella situación es que, igual que en el caso de la Insurrección de Lares de 1868, la Insurrección de Jayuya parece haber sido también producto de la precipitación y la prisa. Los defensores de Jayuya no contaban con armamentos capaces de enfrentar vehículos blindados, ni con artefactos bélicos antiaéreos. Entre los pertrechos ocupados a los rebeldes había pocos explosivos de alto poder: las bombas tipo niple y los explosivos a base flúor parecen haber sido el límite de su capacidad explosiva.

Nacionalistas indultado por la administración de Roberto Sánchez Vilella en 1968

Nacionalistas indultado por la administración de Roberto Sánchez Vilella en 1968

El gobernador Muñoz Marín, la Policía Insular y la Guardia Nacional manejaron el asunto de una manera muy diplomática con el fin de evitar el golpe de propaganda que podría producir a nivel internacional un acto de represión masiva contra los rebeldes. El prestigio de Albizu Campos y su proyección mundial debieron pesar mucho en aquel momento. Ejemplo de aquella actitud cuidadosa fue el hecho de que nunca se declaró un “estado de emergencia” y que, con el fin de disminuir el efecto negativo que aquel acto podía tener sobre su imagen, Muñoz Marín pidió disculpas a Estados Unidos en nombre Puerto Rico y proyectó la Insurrección como un acto aislado y de poca relevancia.

Albizu Campos, arrestado en su casa tras una intensa resistencia, fue condenado a 53 años de  prisión. Su destino parecía ser morir en la cárcel. Sin embargo, la presión de una campaña humanitaria internacional  a favor de su excarcelación, provocó que el líder rebelde fuese indultado por Muñoz Marín en 1953.  Como dato curioso, el indulto se ordenó el 30 de septiembre de aquel año y Albizu Campos lo rechazó. Las autoridades carcelarias tuvieron que expulsarlo de la penitenciaria a pesar de su oposición.

Albizu Campos era un mito político muy poderoso, una figura que estaba, por decirlo de algún modo, más allá de la política cotidiana y de la domesticidad. Su proyección internacional como un mártir de la independencia era incuestionable. Reducirlo a las pequeñeces de la política local en tiempos de la Guerra Fría requeriría un esfuerzo monumental. Lo cierto es que figuras como la de Albizu Campos representaban una contradicción en aquella década del 1950 en la cual el Realismo Político y el pragmatismo se imponían en la vida política local. Albizu Campos era demasiado irreal para una generación política que había decidido someterse y ajustarse a la corriente que provenía de Washington.

marzo 3, 2013

El Estado Libre Asociado y el Partido Nacionalista (1946-1950)

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La transición hacia el Estado Libre Asociado y su legitimación internacional (1946-1953), fue objeto de la crítica jurídica de figuras que estuvieron  estrechamente vinculados a la figura de Luis Muñoz Marín el Partido Popular Democrático. La opinión de Vicente Géigel Polanco, quien abandonó esa organización en 1951, el juicio de José Trías Monge en sus memorias, y los comentarios al Congreso de Estados Unidos firmados por Jack K. McFall, son un ejemplo de ello. Las tres fuentes convergían en que el proceso constitucional no era sino una farsa jurídica. Las interpretaciones provenían de un militante popular que abrazó el independentismo, un popular soberanista que sirvió al ELA desde su Tribunal Supremo y uno de los agentes que manufacturó el entramado del presunto proceso de descolonización en Washington.

Juan Maldonado Noriega, líder estudiantil (1948)

Juan Maldonado Noriega, líder estudiantil (1948)

Pero la crítica jurídica no fue la única reacción en aquel momento. El proceso, combinado con otras circunstancias particulares, estimuló al Partido Nacionalista a tomar otra vez, como lo había hecho en la coyuntura de 1930, el camino de la “acción inmediata” por medio de la protesta violenta. Lo cierto es que desde diciembre de 1947, una vez Pedro Albizu Campos regresó a Puerto Rico desde la ciudad de Nueva York, la militancia nacionalista atravesó por un proceso de reavivamiento notable. Otros sectores del independentismo de nuevo cuño que no compartían el pasado del Partido Nacionalista, también vieron en el retorno del líder al cual denominaban el Maestro, una oportunidad histórica que no podían dejar pasar por alto.

En diciembre de 1947, cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de Puerto Rico izaron la bandera puertorriqueña que había servido de signo del nacionalismo político a pesar de la resistencia de la guardia universitaria, ejecutaban un gesto de “saludo a Albizu Campos”. El hecho de que la emblemática torre universitaria hubiese sido bautizada con el nombre del presidente Franklyn Delano Roosevelt en 1939, tenía un valor simbólico extraordinario: Albizu Campos había sido un crítico exacerbado de aquel presidente y su política del Nuevo Trato siempre. El Rector Jaime Benítez, otro icono de la historia de la institución, ordenó la expulsión sumaria de los jóvenes que habían organizado la protesta: Jorge Luis Landing, Pelegrín García, José Gil de Lamadrid, Antonio Gregory y Juan Mari Brás. El castigo funcionaba como una censura de la expresión y la opinión, por lo que desató una huelga estudiantil de un fuerte contenido político.

La huelga estalló en abril de 1948 y, entre mayo y junio, ya se estaban aprobando en la legislatura local la Ley 53 o Ley de la Mordaza que convertía en delito punible la expresión de ideas independentistas, nacionalistas o socialistas en el país. El lenguaje fundamentalista de la ley sigue siendo impresionante: predicar, organizar, publicar, difundir o vender información que fomentara el derrocamiento del régimen estadounidense eran equiparados ante la ley y convertido en un acto delincuente. En última instancia, “pensar” era un acto tan peligroso como “hacer”. Las figuras detrás de la aprobación , hay que decirlo con propiedad, fueron el entonces Senador Muñoz Marín y el citado jurista Trías Monge. La calentura del Guerra Fría había contaminado a la clase política local controlada por el Partido Popular Democrático.

Esta es una historia que se repite por lo que a nadie debe sorprender el giro a la derecha que esporádicamente domina a un segmento significativo de esa organización en el presente. La Ley 53 era un acto de sumisión al Congreso de Estados Unidos. No era sino la expresión local de Ley Smith de aquel país redactada a la orden de la Doctrina Truman y el anticomunismo. En aquel país numerosos dirigentes sindicalistas, socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas fueron objeto de vigilancia, persecución y represión. La Ley Smith estimuló la creación de “listas negras” en Estados Unidos y de “carpetas de subversivos” en Puerto Rico.

Juan Maldonado Noriega se dirige a los estudiantes en el Teatro de la Universidad

Juan Maldonado Noriega se dirige a los estudiantes en el Teatro de la Universidad

La huelga universitaria de 1948 representaba una amenaza a la tesis de Benítez de que la universidad debía ser un centro aséptico e ideológicamente inmune a la militancia. La tesis de la Casa de Estudios negaba siglos de tradición intelectual en la cual la crítica y el reto ideológico se reconocían como unos cimientos respetables de la tradición Occidental moderna y, acaso, fundamento del mismo. Para Benítez, ser Occidental en Puerto Rico en tiempos de la Guerra Fría, significaba todo lo contrario a lo que había sido desde la Revolución Francesa de 1789. La universidad era un espacio para el estudio y no para la participación ciudadana por lo que los estudiantes no poseían medios para la coordinación de sus reclamos tales como los Consejos de Estudiantes ni se debían organizar en grupos de opinión. En cierto modo, la participación y la política, estaban limitados a los administradores del poder.

Pensar que aquellas decisiones se tomaron por cuenta de Albizu Campos y los estudiantes universitarios rebeldes, sería reducir el fenómeno a la eventualidad local. Lo cierto es que Puerto Rico estaba entrando a la Guerra Fría como un personaje de relevancia reproduciendo las ideologías dominantes en Estados Unidos. El efecto que aquello pudiera tener en frenar la “ola revolucionaria” era cuestionable. Albizu Campos lo demostró de inmediato cuando, en junio de 1948, retó la censura de la Ley 53 en un discurso público en el pueblo de Manatí. Las consecuencias de ello fueron las esperadas. La vigilancia sobre las actividades por parte de la policía aumentó. Albizu Campos tenía asignado un agente taquígrafo que firmaba con el nombre  Carmelo Gloró, quien llevaba récord de sus discursos con el fin de recuperar prueba para, en el futuro, establecer el acto delictivo. Bajo aquellas condiciones la violencia parecía una salida inevitable y justificada.

marzo 29, 2011

José Pérez Moris: la Insurrección de Lares

Tomado de José Pérez Moris y Luis Cueto y González Quijano. Historia de la Insurrección de Lares. Río Piedras: Edil, 1985. Publicada originalmente en 1872.

Al leer el artículo y la proclama que preceden, figúrase cualquiera persona que no conozca los héroes de manigua, que el difunto abogado don Segundo Ruiz Belvis fue uno de esos genios de alma grande y generosa que, aunque por erradas opiniones, están siempre prontos al sacrificio y a la abnegación en pro de su idea. Nosotros mismos vacilamos antes de hacer una calificación sobre este personaje, porque habiendo muerto un año antes de los acontecimientos de Lares, su nombre nos parece velado por la distancia, la muerte y el tiempo. Sólo algunos testigos hablan de Ruiz Belvis por referencia. Es indudable que él fue el jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid a evacuar la información de 1866 pero su carácter, su moralidad, sus costumbres, sus creencias nos eran desconocidas. No era natural que un laborante de esta talla, aunque ya no existe, quedase olvidado casi en nuestra obra, destinada principalmente a hacer patente que hay separatistas, y no pocos, en Puerto Rico. En consecuencia escribimos a varios amigos respetables que tenemos en Mayagüez para que nos hicieran una relación sucinta de la clase de sujeto que era Ruiz, y he aquí los apuntes biográficos que nos han enviado, que el lector puede leer en la confianza de que son fidedignos:

Ramón E. Betances y Antonio Cabassa Tassara (1860)

Despuntó don Segundo Ruiz Belvis desde muy niño por su extremada audacia, por su mal carácter, por su desprecio a todo lo que en la sociedad es respetable y, en fin, por su lenguaje mordaz y atrevido.

Joven, casi adolescente, fue enviado a Caracas, donde sin duda tuvieron un rápido desarrollo sus buenos instintos y sobre todo su amor a la nacionalidad española, en un colegio de aquella ciudad.

De Caracas pasó a Madrid, donde continuó sus estudios de abogado, recibido de cuya facultad regresó a Puerto Rico. En Mayagüez, su villa natal, abrió su bufete.

En sus conversaciones y hasta en sus escritos profesionales empezó a demostrar desde luego su odio a España.

Su carácter intratable y altanero y su lenguaje agrio y agresivo le hubieran dejado en el más completo aislamiento si el temor de unos y las simpatías políticas en otros no hubieran atraído a su casa algunos visitantes. Los hombres de espíritu dominante, como Ruiz lo era, ejercen siempre cierta fascinación en torno de los que les rodean: no se hacen amar, pero se imponen.

Sus opiniones manifiestamente filibusteras le hicieron pronto entrar en relaciones con don Ramón Emeterio Betances y don José Paradís, que visitaban frecuentemente su casa y él la del primero, pues Paradís era de Cabo Rojo, donde hacía de cabeza de los separatistas.

Durante un cierto período de tiempo, empero, Betances y Belvis estuvieron sin verse ni hablarse. El motivo de este disgusto decíase públicamente, si bien a nosotros no nos consta, que fue un abuso de confianza que don Segundo cometió en el hogar doméstico de Betances con una persona muy allegada a éste. Sus afinidades políticas vencieron, sin embargo, bien pronto sus antipatías particulares y volvieron a ser amigos, a reunirse con frecuencia y a trabajar contra España.

Betances le había precedido en estos trabajos de zapa. Como hemos consignado ya al principio de este libro, su profesión de médico le había servido de medio para inocular entre las masas su odio a la nación de que Puerto Rico forma parte. Betances no cobraba sus visitas a los puertorriqueños a menos que fuesen conservadores, o lo que es lo mismo, españoles de corazón. Pero, en cambio, a los peninsulares que le ocupaban les cobraba cantidades enormes por sus curas.

Porque, elogiado por las masas, naturalmente hubo un tiempo en que, en opinión de los profanos, era Betances el mejor médico que existía en la Isla y a él acudía la mayoría de los enfermos con preferencia, los peninsulares lo mismo que los demás. Mas en opinión de otros facultativos no era su colega sino una medianía como médico. Un médico peninsular le probó científicamente y refiriéndose a casos en que había intervenido Betances, y esto bajo su firma, en un periódico de aquella localidad, que el renombrado doctor era una nulidad médica, un embaucador, un jugador que conspiraba contra la madre patria y que aspiraba a la presidencia de la república borinqueña. Lo más extraño de esto fue que a tan rudo ataque no contestó una palabra el señor Betances.

De público se supo que Betances, en un convite a que asistía con Ruiz, Paradís y otros parciales, y después de oír unas palabras, en forma de discurso, que un negro repitió, pues se las habían enseñado para que delante de todos insultase soezmente a la nacionalidad española, como lo hizo con aplauso de todos los comensales; que Betances, decimos, había tomado una copa de licor y, arrojando ostentosamente su contenido, dijo estas palabras ya célebres, pues corrieron de boca en boca y se citan con horror por unos y con admiración laborantil por otros: «Brindo porque así como yo derramo este licor veamos correr la sangre de los españoles,»

Otra anécdota se refiere de Betances, y ésta no tiene nada de cuento, pues la refiere uno de los protagonistas a todo el que se la pregunta y la contaba igualmente cuando Betances estaba en la Isla.

Iba el joven catalán que esta anécdota refiere, a un pueblo inmediato a Mayagüez, donde se encontró con Betances. Y era tal el afán de propaganda del doctor laborante, que tomando al peninsular por insular, le preguntó, después de otras cosas, si quería entrar en una sociedad de personas liberales y llenas de patriotismo. ¿Qué fin se propone esa asociación? —le preguntó su interlocutor—. V. me inspira confianza, respondió Betances, y voy a decírselo sin más rodeos: el objeto de esta asociación es el arrojar a los españoles de la Isla. Una sola dificultad encuentro para tomar parte en tan grandioso plan —repuso el catequizado. ¿Cuál? Que soy catalán —contestó con candidez el leal del ilustre Principado. Betances volvió la espalda corrido de su error.

Cuartel de Milicias de San Germán (1878)

Imposible era que donde estaba el dominante e inquieto Ruiz Belvis hubiera nadie más alto que él. Belvis fue el general de la conspiración desde mucho antes de pasar a Madrid de comisionado; Betances y Paradis eran sus ayudantes de órdenes. El odio a los peninsulares, que hasta entonces no se conocía entre los individuos que constituyen la masa de la población, lo fue llevando Betances de casa en casa, lo esparcía en su hospital de pobres, de donde no salía nadie que no fuese enemigo de España y de sus hijos; y en las visitas a los campos, todo lo empleaba Betances en hacer que se esparciese el virus revolucionario y antinacional por los pueblos de la Isla y sobre todo que penetrase hasta las últimas capas sociales y que cundiese en la multitud. Él y otros que Belvis empleaba, extraviaban la opinión de la población sana, suponiendo calumniosos monopolios y robos ejercidos por los españoles y prometiéndoles el reparto de los bienes de éstos cuando fuesen arrojados de la Isla.

Cuando se retiraron nuestras tropas de Santo Domingo, llegó a su colmo la insolencia del señor Ruiz Belvis y sus secuaces. Decían, poco menos que públicamente, que si un puñado de dominicanos habían echado de su Isla a los españoles, con más razón y facilidad los podían lanzar de su suelo los puertorriqueños. Las reuniones en Mayagüez y en otros puntos se hicieron entonces ya más numerosas y todo indica que en 1864 fue cuando empezaron a funcionar metódicamente parte de las sociedades secretas bajo la organización que hemos descrito. Se sabe que la sociedad Capá Prieto, a cuyo frente estaba Matías Bruckman, tenía afiliados y no pocas reuniones por este tiempo.

Don Fernando Acosta, leal hijo de Puerto Rico, fue convidado a una reunión el campo de San Germán, reunión que estaba presidida por, don Segundo Ruiz Belvis y a la cual asistían otros prohombres del reformismo actual que dicen que son españoles, y allí propusieron a Acosta si, como hombre de acción, accedería a secundar el movimiento que se acordase en uno de los puestos de más importancia. Este buen español rechazó indignado semejante proposición, los apostrofó y reconvino y en seguida dio de todo cuenta a la autoridad. La autoridad no atendió este oportuno aviso, pero en cambio los traidores trataron de asesinar al señor Acosta. [Le dieron a los pocos días un terrible machetazo en la cabeza que lo derri­bó del caballo, y su agresor, que también estaba a caballo, lo dejo por muerto. Este dignísimo español puertorriqueño es en la actualidad Corregidor de San Germán. Dícese que de resultas de la herida ha perdido algo de su memoria, pero nada de su energía y decisión para defender a España.]

El nombramiento de Ruiz Belvis para comisionado en Madrid merece bien un párrafo aparte, porque a no ser por la intriga, no hubiera obtenido semejante comisión. Estaba entonces al frente del corregimiento y ayuntamiento de Mayagüez un señor cuyo nombre nos callamos (Antonio de Balboa) y que, según se dice, era hipócrita, astuto y simpatizaba con la causa de los filibusteros, y así lo dio a entender con la torcida conducta que observó en este asunto. El número de votos que obtuvo el candidado filibustero fue exactamente igual al que obtuvo el candidato español; pero el corregidor simpatizador decidió la cuestión con su voto en favor del enemigo de España. Así cumplió aquel buen señor con la confianza que le había dado el Gobierno colocándole en el puesto de primera autoridad local de aquella villa y su jurisdicción. El ayuntamiento, notando, aunque tarde, que había sido sorprendido por la notoria mala fe de su presidente, pidió acto continuo convocatoria para que se procediese a la anulación del acta. Detuvo el cumplimiento de esta orden el corregidor bajo diferentes pretextos hasta que pudo participar el acuerdo al Gobierno de esta elección arrancada por sorpresa. Verificóse en efecto la reunión municipal, y habiéndose esclarecido la intriga del corregidor, elevó al Gobernador Superior Civil un acuerdo pidiéndole que diera por nula y de ningún valor la elección recaída en el señor Belvis. Pero el Gobernador contestó que ya era tarde, que se había comunicado al interesado su nombramiento, única razón que alegó al contestar al ayuntamiento que le había probado los vicios de ilegalidad de que adolecía la elección. No sabemos por qué, pero siempre hemos notado que en La Habana, lo mismo que en Puerto Rico, estos laborantes que tanto hablan del despotismo español y que por tan oprimidos se dan, son generalmente los más protegidos, los más mimados y los más considerados. Se ha pretendido contentarlos con concesiones y distinciones, como si se contentaran con tan poco los que aspiran a ser presidentes y ministros de una república. En este caso, por no hacerle el señor Ruiz Belvis el desaire de retirarle su nombramiento, se aprobó una ilegalidad.

Más tarde, los mayores contribuyentes y propietarios de Mayagüez, entre los cuales había varios electores del abogado, elevaron una representación al Gobierno Supremo, contra la opinión de Ruiz Belvis.

Vuelto este personaje de Madrid, siguió con más ardor que nunca sus trabajos separatistas. Pero entonces sufrió la pérdida de uno de sus ayudantes, Paradís, el grande agitador de Cabo-Rojo. Paradís, el que tomaba el nombre de la libertad para conspirar contra España, el que trabajaba, decía, por la abolición, hizo morir a azotes un negro suyo a su presencia del modo más bárbaro, cruel e inhumano de que hay memoria en los fastos de la servidumbre. El homicida huyó para salvar su cabeza, amenazada por la ley y por la vindicta pública, y desde entonces está fuera de la Isla.

Heredó Ruiz Belvis un ingenio o hacienda de caña de su padre, excelente por sus terrenos, y en poco tiempo la, empeñó con esclavos y todo y por fin la cedió a sus acreedores, que continuamente le hostigaban.

En otro convite que dio Ruiz Belvis a Betances y a otros, hablábase incidentalmente o exprofeso de los soldados de nuestro ejército a causa de dos que habían sido condenados a muerte por delito de deserción. «Tanto mejor: dos menos», dijo Ruiz con aprobación de todos los circunstantes, menos un extranjero que se hallaba presente, el doctor (Claudio Federico) Block, que hoy es capitán de voluntarios y acérrimo defensor de España. «¿Qué quiere usted decir con dos menos?», preguntó este caballero. «Que son dos enemigos menos que combatir.» «Pero, ¿por qué son enemigos de ustedes?, ¿por ser peninsulares?, ¿por ser españoles?» «Así es», se le replicó. «¿Y ustedes, ¿no son españoles?, ¿no es suya la bandera a cuya sombra nacieron?» «No, señor; nosotros no somos españoles, somos puertorriqueños.» «Pues yo creo que el hombre que no tiene nacionalidad —replicó el extranjero— no merece consideración de ningún otro hombre de honor y de vergüenza. Esta opinión estoy dispuesto a sostenerla en todos los terrenos. Quien reniega de la nacionalidad de sus padres y sigue viviendo en ella y contra ella conspirando, es un cobarde, un miserable indigno del trato de las personas honradas y bien nacidas.» Y tomando el sombrero, los miró a todos con altanería y desprecio, les volvió la espalda y salió lentamente del local, sin que nadie se moviera ni despegara los labios para contestar a su reto.

Y volviendo al señor Ruiz Belvis, diremos que por lo que respecta a moral y creencias, era ateo, y de ello hacía ostentación, haciendo público alarde de sus convicciones materialistas. Sus conversaciones eran tan cínicas, que helaban la sangre del infeliz creyente que tenía la desgracia de oírlas. La Iglesia y el clero y todas las instituciones dignas de respeto eran objeto de continuas burlas v sarcasmos del señor Ruiz Belvis.

Y tan sin reserva hacía ostentación de sus opiniones antirreligiosas, que en una reunión en donde había señoras y señoritas habló de todos los misterios de la Religión con tanta chacota y desprecio, que habiéndole advertido algunas de las primeras las niñas presentes cuyas creencias e inocencia ofendía, contestó Ruiz con una risotada burlona, diciendo que les hacía él un gran favor a las señoritas abriéndoles los ojos para que no fueran víctimas de la superstición; que no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo; que el hombre es un animal que no se diferencia de los brutos sino por su mayor inteligencia y que todo concluye con la desorganización de la materia. Tanto cinismo, tan imprudentemente manifestado, alarmó a aquellas madres de familia y elevaron una queja al señor obispo fray Benigno Carrión, que a los pocos días de este incidente hizo su visita pastoral a la villa de Mayagüez. El obispo llamó al señor Ruiz Belvis y le reprendió con firmeza e indignación, previniéndole que acudiría a la autoridad civil si seguía dando escándalos así en presencia de las familias honradas y cristianas.

Otras aventuras pudiéramos referir si nuestro intento fuera exhibir a la vista del público el hombre privado, a la manera que tratamos de dar a conocer al hombre público; empresas dignas de don Juan Tenorio reseñaríamos en que hizo el papel de protagonista el señor Ruiz Belvis. Pero no es ésta nuestra misión. Lo indicado basta para que nuestros lectores puedan colegir la índole de este héroe que tan por las nubes se le pone.

Estos liberales que empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro y que hasta osan dirigir sus venenosos tiros contra la memoria de la misma reina Isabel la Católica, hacen ídolos aunque sea de cieno. Un nombre que tenga audacia para conspirar sin esconderse mucho y que no pierda ocasión de zaherir a España y a su Gobierno y que sepa criticar con apariencia de razón todos los actos de la Administración, es ya un héroe libertador, un semidiós, un mártir si no se le permite conspirar a sus anchas, ya se llame Ruiz Belvis o Morales Lemus.

Comentario:

He separado un fragmento que sirve para comprender cómo se configura el personaje histórico del separatista desde la perspectiva conservadora e integrista. El documento guarda numerosas similitudes con la opinión de Córdova en torno a Docoudray y sus contactos rebeldes en Naguabo. El juicio no varió mucho durante el siglo 19. En este caso, las figuras que ocupan la atención del autor son Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances.

Nótese el tono irónico con el que abre el texto al referirse a Ruiz Belvis, figura que le atrae en particular por su condición de “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, y cuando apunta su estadía en Caracas, Venezuela. Acorde con su actitud hace un retrato moral del abogado. Su “audacia”, su “mal carácter”, su “lenguaje mordaz y atrevido”, o bien “agrio y agresivo”, su “carácter intratable y altanero”, hablan de un hombre que se quería hacer notar y se tomaba riesgos. La imagen es de un maquiavelismo mal comprendido cuando asegura que esta figuras “no se hacen amar, pero se imponen”.

La figura de Betances es manufacturada acorde con su fama. Se trata de un médico y las metáforas patológicas se suceden cuando alega que aquel acostumbraba “inocular entre las masas el odio a la nación” y cuando equipara la revolución a un “virus”. Betances antecede a Ruiz Belvis en las conspiraciones pero luego cede el liderato al abogado. Los años de 1855 al 1857 fueron el escenario de ello. Desmerecer a Betances como médico fue parte de su trabajo: “una medianía” acorde con un facultativo español.

Lo que se recoge es la imagen de dos hombres crueles. El brindis de Betances llamando a derramar “la sangre de los españoles”, o el comentario de Ruiz Belvis que disfruta la muerte de dos soldados españoles o su lenguaje agresivo ante las damas de la ciudad es demostrativo de ello. La idea de un Ruiz Belvis librepensador, materialista y partidario de la ciencia, anticatólico y ateo, es muy atractiva, aunque sus biógrafos han establecido su estrecha relación con la jerarquía católica a la saciedad apoyada en el hecho de que su abuelo materno Meteo Belvis había sido mayordomo tesorero de la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros.

El otro punto valioso del documento es que ofrece pistas sobre la forma en que se difundía el separatismo: contactos personales en los campos, en las áreas de trabajo, reuniones regulares en pueblos y campos de la zona oeste, y aparentemente, la violencia individual contra los traidores. El comentario sobre el Corregidor de San Germán, Fernando Acosta es valioso porque se puede comparar con la opinión de José Marcial Quiñones sobre el mismo. Lo mismo podría decirse de los apuntes sobre el Corregidor de Mayagüez, Antonio de Balboa al cual tilda de traidor al Integrismo. El relato de la elección de Ruiz Belvis a la Junta informativa de Reformas puede corroborarse en el Archivo Histórico de la ciudad de Mayagüez.

El autor, por último, recurre a todos los medios para desprestigiar a los opositores. José Paradís, el conspirador de Cabo Rojo y tercero al mando en la organización, “hizo morir a azotes un negro suyo” y huyó del país. De hecho, falleció años después en Haití. Ruiz Belvis hipotecó la Hacienda Josefa de su padre con esclavos y todo según asegura la fuente y la perdió a manos de sus acreedores. La liquidación de la deuda, cuyo acreedor principal era el tesoro de la Iglesia de la Monserrate, no pudo hacerse por el hecho de que Ruiz Belvis había salido al destierro tras su regreso de la Junta Informativa de Reformas. El hecho es cierto, pero los dineros eran para fundar un Colegio de Segunda Enseñanza en la ciudad de Mayagüez en el que contaría con Betances como socio. El discurso del Dr. Claudio Federico Block contra ambos es crucial: sintetiza la opinión de Pérez Moris. Block autorizó varios certificados médicos para Betances mientras este ocupó el puesto de Médico Titular de la Villa de Mayagüez y parece haber sido uno de sus  facultativos particulares. Estas figuras “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro”, es decir, lastiman la Hispanidad, atentan contra los valores del Romanticismo Isabelino y desprecian a la llamada Madre Patria.

Las fuentes son testimoniales en el caso de la biografía de ambos. La entrevista fue crucial. El autor, como Córdova, tuvo acceso a la documentación oficial hecho que servía para legitimar su opinión. El libro se publicó en 1872 en medio del llamado “Sexenio Democrático” y fue censurado por el general liberal Simón de la Torre porque encomiaba la “sedición derechista”. La censura, en ese sentido, fue usada desde todas las posiciones del espectro político lo mismo para frenar a las derechas integristas que  a las izquierdas separatistas.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Escritor e historiador
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