Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

marzo 27, 2022

El laberinto de los indóciles de Mario R. Cancel

Mario R. Cancel Sepúlveda (Hormigueros, Puerto Rico, 1960-) es historiador. Ejerce la cátedra desde la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez. Ha sido docente en la Universidad de Sagrado Corazón en Santurce en su programa de Creación Literaria. En el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, entidad de la que es egresado, ha sido docente de Estudios Puertorriqueños y de Historia.

  • Dr. Wilkins Román Samot
  • El Post Antillano- Voces Emergentes

El laberinto de los indóciles: Estudios sobre historiografía puertorriqueña del siglo 19 (Puerto Rico 2021, Editora Educación Emergente), es un conjunto de ensayos de investigación en los que Cancel Sepúlveda reflexiona respecto a la resistencia y la conformidad que se cuaja en los procesos a partir de los cuales se debate la poco constante “noción de la identidad puertorriqueña”. Mario es un autor prolífico de poesía, cuentos y ensayos. Su primer poemario lo concibió en 1984 y lo publicó bajo el título de Estos raros orígenes en 1991. En 1992, publicó su primera serie de relatos bajo el título Las ruinas que se dicen mi casa. En 1994 ha de publicar una biografía intitulada Segundo Ruiz Belvis: El prócer y el ser humano. Sería esta su tesis de graduado en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Tres de los múltiples trabajos de investigaciones de Cancel Sepúlveda son sus libros: Anti-figuraciones: Bocetos puertorriqueños (2003), Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos (2007) y De Horomico a Hormigueros: 400 años de Resistencia (2016).

En una entrevista que le realizara en el 2016, Cancel Sepúlveda nos indicó: “He tratado de dejar atrás la comodidad que ofrecía el discurso manido de la identidad nacional y el imperativo moral que ello imponía a la escritura. Los requerimientos de ese tipo de discurso a veces se convierten en actos de censura. Cuando investigaba a los autores de “mi generación” ejecutaba un ejercicio en esa dirección. Pero metodológicamente no veo diferencia. Siempre he dirigido la mirada hacia los lugares invisibilizados por el canon literario o histórico porque ese pasado sacralizado enquista a la academia y a la universidad en unos lugares comunes. La intención no es revolucionar la academia o a la universidad ni producir un anti canon. No tengo tiempo para ello, sólo se trata de llamar la atención sobre la diversidad de los problemas que están sobre la mesa y, a la vez, satisfacer una curiosidad morbosa. De la nueva historia social, la historia cultural y los estudios culturales aprendí a mirar hacia el abajo social, hacia los márgenes, hacia las periferias, hacia las praxis y los discursos alternativos, hacia la vida de la gente como problemas, hacia la pluralidad de las percepciones de lo que aparenta ser transparente, hacia la fragilidad de las ideas que se presumían sólidas. También aprendí que todos esos lugares son porosos al arriba social y que hay una rica dialogía entre ambos extremos. Lo local y lo micro son una expresión de lo nacional y lo global en constante intersección.” (Román Samot 2016)

De El laberinto de los indóciles, el Dr. José E. Muratti Toro ha indicado: “El laberinto de los indóciles nos presenta una extensa reflexión sobre las posturas de historiadores y protagonistas del quehacer político insular de los primeros cuatro siglos de la historia política y la historiografía puertorriqueña. Cancel Sepúlveda examina minuciosamente la discursividad de los protagonistas y las relaciones políticas con las que se forjó el “proyecto inacabado” de nuestra identidad nacional. Su documentación de la reacción, los acuerdos forzosos y, posteriormente, los acomodos que continuamos concediendo a los imperios que colonizaron la isla, nos resultan familiares a la vez que no dejan de sorprendernos. Cancel nos propone, mediante el indispensable diálogo entre historiador y lector, “pensar el problema desde una sana distancia de la retórica romántica nacionalista y al margen de cualquier presunción progresista para, con ello, estimular la reevaluación de los estudios de la historia política del siglo 19 y 20 en Puerto Rico desde una perspectiva alterna”. (Muratti Toro 2022)

Cualquiera que conozca la obra historiográfica de Mario atisba que lleva casi tres décadas de producción y crecimiento dentro de los marcos transfronterizos de la literatura, la literatura y los estudios culturales. El laberinto de los indóciles es un volver a temas que ya Mario ha trabajado sin volver a lo mismo salvo que no sea para recalcarnos aquello que de lo previo le haya podido servir para argumentar. Cancel Sepúlveda busca darnos una mirada a la estadidad y a la independencia, los cuales considera los dos proyectos político-ideológicos derrotados en el entre siglo 19 y 20. Con ese fin, el autor se aproxima a los artefactos de los que se valen para persuadir aquellos otros observadores de los procesos históricos, tan historiadores como él.

Su finalidad, la de Mario, es fraguar una ojeada a una narrativa que siempre si algo tuvo como base fue el desacuerdo, la ausencia de similitud o convergencia, pero que sí fue capaz de crear una historia propia, según la causa de cada cual. Mario no es nuevo en esta tarea. Su trabajo me remite a los retos que ya en los noventa del siglo 20 retaban la historiografía entonces hegemónica, aquella que vio sobre todo un eslabón roto en los trabajos del Dr. Carlos Pabón. Hay, sin embargo, en el trabajo de Cancel Sepúlveda la madurez del conocimiento de un historiador especializado en el tema que ha investigado, no en la teoría. Creo que Mario no hace nada que a fin de cuentas invitara a hacer ya desde los propios 90, el Dr. Fernando Picó.

Visto así, Mario se puso a hacer ese anti canon a su propia manera y dentro del marco de su propia ruta de trabajo historiográfico. Cancel Sepúlveda logra lo que dice en la medida que se ubica en una “actitud de desprendimiento y tolerancia”, aquella que ha tantos otros historiadores les ha faltado. En ese sentido, la idea de lo indócil no aplica al autor, sino que a los autores de los discursos objetivos de sus estudios. El laberinto de los indóciles se publica en un momento en que Cancel Sepúlveda ha madurado su objeto de investigación. Y eso se nota. Tiene como base para ello una cátedra desde la que ha podido dialogar a la par que formar historiadores, entre los que me suelo apuntar. Pensar desde la conciencia historias que sabemos no se dieron como nos las contaron, o al decir de Mario, sobre “asuntos que todavía no han sido resueltos”.

Cancel Sepúlveda utiliza y maneja las fuentes apropiadas a su antojo. Para tratar su objeto de estudios utiliza desde fuentes historiográficas como de teoría historiográfica. Divide el texto en dos secciones, una introductoria y otra de contenido. En la introducción nos provee una idea de sus objetivos y metodología, y su actitud ante el contenido que lo provoca y provoca. El contenido de El laberinto de los indóciles es coherente, sobre todo con lo que se propuso hacer. Mario también se vale de las palabras para su manera de entrar al laberinto. Su análisis del contenido no es otro que el del discurso de sus antecesores ahora objeto de su investigación. Poeta y narrador, además de buen conocedor de la historiografía de Puerto Rico, Cancel Sepúlveda nos explica las contradicciones sin contradicción consigo.

Aquí no hay miedo de decir y reverencia a las vacas o ideas sagradas. El laberinto de los indóciles nos da esa lectura de la historiografía puertorriqueña que a tantos se les pasó hacer. Si alguna novedad metodológica nos da es la de poder hacer o narrar “independientemente de las posturas que desde mi historicidad pueda sostener”. Cancel Sepúlveda adolece de algo en El laberinto de los indóciles. Ese algo del que adolece es aquello que le sobró a la historiografía puertorriqueña, tiempo para dialogar. Mario ha logrado poner por escrito su diálogo con sus predecesores, y ese es el mejor ejemplo de que en efecto ha agotado tiempo.

Si algo denota El laberinto de los indóciles es la biblioteca historiográfica de Cancel Sepúlveda. Un trabajo de reflexión como este no sólo requiere de tiempo y actitud, es de la materia prima. Y esa sabemos que, como buen ejemplo de historiador, esa Mario la tiene. Cancel Sepúlveda es claro, tiene claridad al argumentar. Usa conceptos adecuados para ser en efecto claro, y tener argumentos claros. Conoce y tiene conocimiento de lo que trata. El laberinto de los indóciles es una puerta que se abre dentro de una historiografía puertorriqueña que Mario invita a afrontar desde todos los ángulos. Sin vacas ni dogmas sagrados. Esta es la historiografía puertorriqueña de hoy, y si no lo es, la que hace falta.

Publicado originalmente en El Post Antillano-Voces Emergentes (20 de marzo de 2022)

Referencias:

Muratti Toro, José E., “El laberinto de los indóciles: Una lectura”, Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura. Puerto Rico, 23 de febrero de 2022.

Román Samot, Wilkins, “Entrevista a Mario R. Cancel Sepúlveda (2016)”, 10 Entrevistas de Trabajo 1, 1-6. Puerto Rico: Instituto de Antropología 2016. Primera Edición (2016).

octubre 11, 2021

Otros Betances: el literato, dos relatos fantásticos y una segunda mirada

  • Mario R. Cancel Sepúlveda

A la memoria de Arturo Luis Dávila Toro por su pasión parisina y por viaje a Playa Rosada que nunca realizamos

La representación historiográfica y biográfica de la existencia social de Ramón E. Betances Alacán esboza con precisión la oposición vida / historia que el vitalismo filosófico señalaba a la mirada moderna hace más de un siglo. El Betances imaginado por la clase intelectual es el de la vida pública, una figuración que, si bien suple ciertas necesidades políticas del presente desde el cual se le evoca, en el proceso de invención es despojado de una parte significativa de su humanidad. El Betances de todos los días o el de la vida privada, a pesar de las múltiples pistas que sus textos ofrecen en torno a su cotidianidad, no aparece por ninguna parte y, para algunos, resulta imposible de reconstruir. La narrativa creativa que dejó, poca en realidad, y una lectura cuidadosa de su correspondencia puede ser de utilidad para comprender ese otro Betances y sus complejidades. Lo que me propongo es dialogar con ese otro Betances a la luz de dos textos narrativos que hablan de la complejidad de su figura. Betances la persona debe estar en algún lugar detrás del artificio.

Algo que llama mi atención es el entusiasmo del autor por lo fantástico, actitud presente en ciertos ejercicios escriturales.  Hay en la narrativa creativa, en la crónica periodística y en los segmentos narrativos de la correspondencia política de este escritor, una genuina necesidad de evadirse de la realidad, actitud propia del espíritu romántico. En ciertos momentos su discursividad penetra el problema de la oposición entre cotidianidad y extrañeza. La “inquietante extrañeza”, el balance entre el los familiar (Heimlich) y lo siniestro (umheimlich) ocupa una y otra vez su tiempo. Se trata de una nota común en numerosos escritores románticos que se movieron en las profundidades de los territorios de la psique. La experiencia de Betances coincidió en algunos puntos con la de Hostos narrador, periodista y memorialista.[1] Aquel procedimiento generaba una textualidad que se resistía a esclavizarse a la racionalidad de la realidad sensorial y conducía al creador a evadirse a las esferas de lo imaginario.

El Yo roto y la pasión por la extrañeza

La salida de la realidad y la apropiación de una pararealidad ansiada y consoladora fue notable en “La Virgen de Borinquen” (1859)[2], relato que detallaba el duelo por la muerte inesperada de su sobrina, protegida y prometida María del Carmen Henry Betances en el marco de Romanticismo oscuro. En aquel caso, la ruta de la fuga se alimentaba del saber de los alienistas y el imaginario de la irracionalidad y la locura. El escritor jugaba además con el recurso de la doble personalidad (doppelganger) con el fin de aclarar su lugar en medio de la aflicción que le arropaba. El personaje del doliente se liberaba de la realidad apabullante mediante el suicidio. Nada más secular y revolucionario en una cultura como la cristiana que ha condenado siempre ese pecado mayor. El suicidio no era un simple recurso literario.  Betances, igual que Hostos en alguna de sus narraciones juveniles, pensó recurrir a ello según se desprende de las tensiones emocionales expuestas en su “Epistolario íntimo”, un registro de los días de duelo por la muerte de Carmelita, y una de las colecciones de correspondencia literariamente más ricas del siglo 19 puertorriqueño.

Es cierto que “La Virgen de Borinquen” recuerda dos piezas del escritor bostoniano Edgar Allan Poe (1809-1849): “The Oval Portrait” (1850) y “William Wilson” (1839)[3]. La pasión por la obra de Poe es un elemento que Betances compartió, por ejemplo, con Charles Baudelaire (1821-1867) el “poeta maldito” pensador incisivo francés quien encontraba en la obra del narrador y poeta estadounidense uno de los signos más poderosos de la llamada cultura gótica, discursividad cargada de melancolía que contenía una crítica severa a la sociedad burguesa.[4] El elemento gótico fue algo más que una técnica literaria en Betances. La descripción que elaboró Salvador Brau Asencio (1842-1912) de la experiencia mayagüezana de doliente tras la muerte de Carmelita no deja dudas al respecto: “La intensidad del dolor hizo incurrir al joven médico en extravagancias; dejóse crecer sin aliño toda la barba; caíale sobre los hombros, y envuelto en negro gabán, largo y holgado como una hopalanda, tocado con inmenso sombrero negro de cuáquero que apenas dejaba verle el semblante, pasábase días enteros en el cementerio de Mayagüez, cultivando flores en torno del sepulcro que guardaba los despojos de la mujer idolatrada”[5]. Que las notas citadas provengan de la pluma de un católico ortodoxo como Brau Asencio, quien nunca convino políticamente con Betances y satirizó sus posturas tras la invasión de 1898, no deja de llamar la atención.

El relato también podría ubicarse como parte de una tradición criolla poco investigada con la cual guarda relación temática. La misma tiene en el cuadro costumbrista de Manuel Alonso Pacheco (1822-1889) “Los sabios y los locos en mi cuarto” (1849) un antecedente de sabor más cómico que trágico.[6] El tema del loco o el alienado en Betances también adelantaba la refrescante narración “El loco de Sanjuanópolis” (1880)[7] de Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882), una agresiva observación en torno a los dislates de la vida urbana de la capital de la colonia. La diferencia entre aquellas tres narraciones radicaba en el tono. Entre lo trágico de Betances y lo festivo de Alonso Pacheco y Tapia y Rivera, la alienación y la perturbación mental se transformaron en medio ideal para señalar las fisuras del ordenamiento moderno en el marco colonial o, en el caso de Betances, para expresar la inconformidad más cruda ante una situación que le resultaba incomprensible e inevitable. En una tradición literaria como la puertorriqueña, ausente de utopías literarias, la crítica social encontraba un medio original de expresión en aquella simbólica “nave de los locos”.

Instrucciones para evadirse de la realidad

Pero la narrativa de Betances, un intelectual poroso a las influencias de su tiempo reflejaba también el impacto de las vertientes creativas innovadoras de la última parte del siglo 19 europeo. Los veinte y tantos años vividos por el puertorriqueño en Francia en la madurez no pasaron en vano. Betances no fue ajeno al Parnasianismo (1870), el Simbolismo (1880) y el Decadentismo (1890) franceses. Todas aquellas expresiones del postromanticismo europeo representaron una reacción visceral ante los denominados valores materialistas, entiéndase deshumanizadores, y la artificialidad de la cultura capitalista burguesa que afloraba por todas partes. Dominados por la inconformidad, aquellos intelectuales se opusieron de diversos modos tanto a los excesos del Romanticismo y su subjetivismo individualista, como a los excesos de Racionalismo propio del Realismo y el Naturalismo que, entendían, podían conducir a un objetivismo obcecado y limitante. Betances, poeta y médico, estaba en una posición incómodamente privilegiada en aquel debate.

Entre la crítica política y social y el desengaño producido por el liberalismo burgués propio del capitalismo en expansión, aquellas voces disidentes mostraron un hondo recelo ante la aparente solidez de las convenciones que afirmaban la universalidad de los valores occidentales: sus agresivos textos minaban la legitimidad cultural cristiana y occidental. El discurso confirmaba los valores anticlericales y seculares que habían ido madurando, con sus altas y sus bajas, en el pensamiento antisistémico desde la histórica revolución de 1789. De otra parte, la morigeración y la templanza asociadas a la ortodoxia liberal eran barridas simbólicamente de la mano de un lenguaje capaz de la belleza y de la violencia.

Aquella actitud atrevida y experimentalista colocaba a quienes la compartían cerca de las preocupaciones de un conjunto de las ideologías antisistémicas que, identificadas como “izquierdas”, socavaban la presumida estabilidad de la sociedad liberal y del capitalismo avanzado que, en las décadas de 1880 y 1890, entraba en su fase francamente imperialista. La actitud de aquellos escritores no los hacía “izquierdistas”, pero la convergencia abría las posibilidades de cooperación entre unos y otros. La crisis de los valores occidentales se manifestaba con diafanidad en aquel periodo y Betances, al final de sus días, era parte del fenómeno. En su caso la afición a la cultura francesa no debería ser interpretada como una celebración del imperialismo francés. En Betances se trató más bien de un calculado “dejarse llevar” que le permitía insertarse en el seno de la pequeña y mediana burguesía educada de París con el fin de recabar apoyo para su proyecto antillanista.  

El entusiasmo por lo fantástico y la voluntad de evadirse en Betances se expresó también de otro modo. En la crónica periodística “El Perú en París” (1891)[8] firmada como “El Antillano”, se asociaba al atractivo producido por los “paraísos artificiales” producidos por el consumo, muy popular en el mercado de la época, de derivados de la hoja de coca entre otros estimulantes. Su vasta experiencia como médico conocedor de los efectos benéficos de los fármacos debió ser una ventaja para el autor. El interés no debería extrañar a nadie. La invención del jarabe del que se derivaría la moderna Coca-Cola por un farmacéutico de nombre John Sith Pemberton (1831-1888), incluía dos ingredientes principales: los extractos de la hoja de coca y la nuez de cola o nuez de Sudán de cuya combinación se obtuvo el nombre con el cual se comercializó a partir 1892 la bebida desde Atlanta, Georgia. La cocaína y la cafeína, dos poderosos estimulantes, estaban detrás de los componentes del sirope.

Un asunto que llama mi atención y que puede servir para abrir la memoria de Betances a numerosas posibilidades interpretativas, es la relación de los médicos y los farmacéuticos con el mercado capitalista en desarrollo a fines del siglo 19. Aquellos sectores buscaban obtener beneficios del objeto que mejor conocían: el cuerpo humano. Acostumbrados a imaginar a los médicos como unos seres transparentes e impolutos dedicados a la gestión de la salud, Betances ha sido comentado como “médico de los pobres”, los investigadores han pasado por alto las inquietudes materiales que también atenazaron a aquel sector en acelerado proceso de modernización. La comercialización de la protección del cuerpo y la creación de recursos que garantizaran su vitalidad es un asunto que debería investigarse con más detenimiento desde una perspectiva puertorriqueña. El filántropo y el empresario convivieron en la clase médica sin mayores problemas. Betances fue parte, no siempre con éxito, de aquel interesante esfuerzo, discusión que en su caso ha sido omitido e incluso censurado por algunos investigadores.[9]

“El Perú en París” testimonia la participación del narrador en una bohemia extravagante. Se trataba de una actividad común de las clases medias urbanas vinculadas a lo que un investigador ha identificado como la “culturas de los cafés”[10] de la cual el “Le Procope” ha sido un emblema hasta el presente. El escenario elaborado por el escritor se transformó en el más franco retrato de aquello que la academia francesa tradicional había denominado decadentismo finisecular. Para quienes lean el relato y conozcan el perfil de Betances, así como el de Ruiz Belvis, elaborado por José Pérez Moris (1840-1881) en su Historia de la Insurrección de Lares, las convergencias de la representación resultarán numerosas.[11]

Pérez Moris identificaba a aquellas figuras con los antivalores decadentistas para los cuáles la ley y el orden de la sociedad burguesa eran un engaño. Por ello y sobre la base de testimonios de primera mano de importantes informantes de Mayagüez, San Germán, Cabo Rojo y Hormigueros, entre otros, proyectaba a los cabecillas rebeldes como dos seres pecaminosos, desordenados y displicentes que se movían a margen de la racionalidad y la sociedad decente. Las acusaciones morales eran numerosas: “audacia”, “mal carácter”, “lenguaje mordaz y atrevido”, o bien “agrio y agresivo”, un “carácter intratable y altanero” característico de personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

El perfil elaborado por Pérez Moris y el personaje del texto “El Perú en París”, hablan de un Betances desconocido por todos que apenas aflora en su correspondencia y su textualidad. Lo que encuentra el lector es un tipo bohemio con pocas inhibiciones pigmentado con elementos de dandismo, figuraciones que ofrecen una nueva complejidad a su extraordinaria condición de rebelde con causa. La imagen, no cabe duda, lastima la sacralidad canónica del “apóstol” mesiánico con carácter de cuáquero, inventada por un fragmento del nacionalismo romántico, ateneísta decía Albizu Campos, del siglo 20. Aquí hallamos otro Betances que, para los que valoramos la mirada secular, resulta más atractiva que la del santón impoluto.  

Las pararealidades que se visitaban en “El Perú en París” tenían otra tesitura: eran generadas por los efectos alucinógenos del popular “Vin Mariani”, bebida tónica de moda que degustaban los invitados a aquella interesante “fiesta de la coca” celebrada en la casa de su creador. El “Vin Mariani” fue un producto elaborado desde 1863 por el químico y empresario ítalo francés Ángelo Mariani (1838-1914), un contertulio y amigo de la familia de Betances. La bebida, elaborada con vino de Burdeos y extracto de hojas de coca poseía, como la Coca-Cola, un componente de cocaína que, junto con el alcohol, lo convertía en un licor comparable al láudano, un analgésico compuesto de vino blanco, opio, azafrán y otras sustancias; o la absenta o ajenjo con aromas a base de artemisa, flores hinojo y anís. El láudano es un opiáceo con el que numerosos intelectuales decimonónicos enfrentaron el problema colectivo de la “crisis del siglo” o el problema individual de la melancolía, es decir, el agotamiento o la ausencia de inspiración. La evasión producida por la bebida de opio o la de coca según fuese el caso, estimulaba la creatividad en la medida en que ponía al artista en comunicación con los ansiados y retadores “paraísos artificiales” inalcanzables mediante la racionalidad. La tradición de Thomas de Quincey (1785-1859), autor de las famosas Confesiones de un comedor de opio (1821), había documentado los usos del opio y allanado el camino de la coca a mediados del siglo 19.

La cocaína había sido sintetizada de la hoja de la coca en 1859 por el farmacéutico y químico de Gotinga Albert Niemann (1834-1861), hecho que representó uno de los logros farmacológicos más importantes de su tiempo. Su aplicación comercial por Mariani en su conocida bebida embriagante era la expresión más acabada no solo del espíritu y la creatividad científica sino también de la capacidad empresarial de la clase médica. también expresaba el alma misma de la bohemia en una cultura altamente desarrollada como aquella.

En su texto, que circuló en La Revue Diplomatique del 11 de abril de 1891, Betances resumía la leyenda del origen de la coca como regalo del dios de la luz a los Incas en el lago Titij-Haca (Titicaca) en medio de una “eclipse interminable”. En el lugar de la donación se fundó Cuzco, un verdadero Dorado desde la perspectiva del autor. De inmediato elaboraba la sugerente y surrealista crónica de la “fiesta de la coca” del 4 de abril de 1891, celebrada en un recinto de la casa de Mariani. El salón estaba adornado con cuadros de Francisco Domingo Marqués (1842-1920), artista que pintó tanto a Betances como a su perro faldero Nicolás, iconos de la grandeza de los Incas e invitados vestidos con atuendos alusivos al mito de la divina coca. La fiesta descrita expresaba un poderoso sabor carnavalesco y hermosamente mundano.

La transgresión de la realidad sensorial obsedía: en el salón “todo brillaba con los destellos más dorados, desde las naranjas glaseadas, hasta la barba y los cabellos de Mariani”. Si hubiese podido mirarse desde afuera, también Betances habría estado brillando. En medio de suave frenesí del relato el autor afirma que “una hoja de coca (es) más exuberante que la hoja de la vid”. La hoja de coca no sugería otra cosa que la “rama dorada” a la que aludía en su libro de historia de la magia el antropólogo escocés James George Frazer (1854-1941). Cuando todo termina cerca del amanecer y el grupo se dispersa, Betances lamenta que no podrá asistir al centenario de la fiesta: la mortalidad asoma en el horizonte.

Se trata de un texto intrincado, lleno de alusiones a los detalles y personalidades de la época que no voy a discutir en este breve trabajo. Con posterioridad Betances, en un tono más formal, volvería sobre el tema de la coca en el interesante texto “Leyenda y ciencia”[12], artículo que dedicó al también investigador Antonio de María Gordon y Acosta (1848-1897), autor a su vez del folleto científico Medicina indígena de Cuba: su valor histórico, trabajo leído en la sesión celebrada el día 28 de octubre de 1894, publicado en La Habana por los editores Sarachaga y H. Miyares. Pero esa es una historia que compete a otro Betances, el médico, que miraré luego.

Recogiendo fragmentos dispersos

“La Virgen de Borinquen” y “El Perú en París” representan dos momentos de lo fantástico: uno en el cual el acercamiento se elabora desde el lugar del romanticismo lacrimoso cargado de tragedia; y otro desde el decadentismo pleno posicionado en las fronteras del más sano cinismo. El decadentismo, me parece necesario recordarlo, fue una de las expresiones más radicales del horror producido por las derivas del capitalismo moderno a fines del siglo 19, coincidiendo con el desarrollo del imperialismo europeo en África, la rapiña, cuando occidente imaginaba su proyecto colonial como la expresión genuina del cumplimiento de un deber civilizador impuesto por la Providencia o el Destino.

El 1898 puertorriqueño y cubano fue parte integrante de aquel fenómeno que agarrotó el imaginario occidental en las décadas previas a la Gran Guerra (1914-1918). Los decadentistas imaginaban a la civilización occidental como una sombra maltrecha del Imperio Romano decadente según lo había retratado Publio Cornelio Tácito ​(c. 55-c. 120) en De Germania, y auguraban su pronta disolución. En cierto modo, aquella intuición reproducía el argumento de Tácito y anticipa el decadentismo moderno de un Oswald Spengler (1880-1936), por ejemplo. Aquel pesimismo, sin duda, poseía numerosas convergencias con el vitalismo filosófico y el materialismo histórico práctico que se difundían en ciertos sectores del ámbito intelectual en el cual Betances se movía. Pero el puertorriqueño, atento marginalmente a aquellas tendencias, nunca se hizo acólito de ninguna de aquellas. En ello radicaba una parte fundamental de la complejidad de lo moderno en esta figura.

Publicado originalmente el 28 de septiembre de 2021 en Claridad-En Rojo-Literatura


[1] He comentado la relación de Hostos con el cuento en Mario R. Cancel-Sepúlveda (25 de diciembre de 2017) “Eugenio María de Hostos literato: el cuento” en Lugares imaginarios: Literatura puertorriqueña

[2] Ramón E. Betances “La virgen de Borinquen”  (1859/1981) en Ada Suárez Díaz. La virgen de Borinquen y Epistolario íntimo (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña): 2-11.

[3] Edgar Allan Poe (1971) Obras selectas. Tomo I (Barcelona: Nauta): 59-64, 215-241.

[4] Recomiendo la lectura de Charles Baudelaire (1995) Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos (Madrid: Visor).

[5] El texto proviene de Salvador Brau (31 de octubre de1943) “Vigilia de Difuntos” en Pica-Pica. Año XXXIII, núm. 1038 citado en Ada Suárez Díaz (1981) Op. Cit.: 166-167.

[6] Ver Manuel Alonso pacheco (1849) “Escena X. Los sabios y los locos en mi cuarto” en El Gíbaro (Barcelona: D. Juan Oliveras, Impresor de S.M.): 109-121

[7] Alejandro Tapia y Rivera (25 de noviembre de 2012) “El loco de  Sanjuanópolis” en Lugares imaginarios: Literatura puertorriqueña

[8] Ramón Emeterio Betances (2008) Obras completas. Vol. III. Escritos literarios. Op. Cit.: 273-276.

[9] Una interesante excepción es Amado Martínez Lebrón (2015) Betances, un empresario sin dios en 80 Grados. Es poco lo que puedo añadir al respecto porque la investigación se realizó como requisito de un seminario sobre Betances que yo dictaba en aquel momento.

[10] Jacques Dugast (2003) La vida cultural en Europa entre los siglos XIX y XX. Barcelona: Paidós: 91-96.

[11] El perfil puede consultarse en Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (29 de marzo de 2011) “José Pérez Moris: la Insurrección de Lares” en Puerto Rico entre siglos

[12] Ramón Emeterio Betances (2008) Obras completas. Vol. I. Escritos médicos y científicos. San Juan: Puerto: 259-262.

noviembre 9, 2013

Miguel de la Torre: mensaje de 1837

Exposición que hizo el gobernador Miguel de la Torre al dejar el mando político y militar de la isla a la Reina Isabel II de Puerto Rico en 1837. (Fragmento) Tomado de: Coll y Toste, Cayetano. Boletín Histórico de Puerto Rico. San Juan: Tipografía Cantero Fernández y Compañía, 1914-1927, IX, p. 303.

Puerto Rico, Señora, en la cuna de su riqueza, de su industria y aun de su organización económica y administrativa á mi arribo á ella, hoy ocupa con todo una esfera muy interesante en la consideración del mundo. Segunda en el número y calidad de sus productos entre los establecimientos coloniales de aquella parte, pero primera en elementos morales y de producción misma que aún están por desarrollar, nada hay en ella que no haga estimable su posesión para la madre patria, á quien puede servir de un recurso inapreciable en todas circunstancias. Su localidad la constituye la llave y como la vigía de todo el archipiélago. Sus fortalezas como de primer orden, y el pié brillante en que hoy quedan tanto ellas como el tren de artillería y todo lo necesario al servicio de la plaza, sin embargo de haberla encontrado á mi ingreso en estado del más absoluto abandono, la hacen de todo punto inexpugnable. Los fuertes construidos por mi orden en diferentes puertos, la aptitud defensable que adquirió toda la circunferencia de la Isla desde que con la aprobación soberana llevé á cabo la creación de los siete batallones de Milicias que guarnecen con especialidad los pueblos litorales, y sobre todo la disciplina de estos mismos cuerpos, objeto particular de mis esmeros durante mi mando, hacen que se pueda en todos tiempos contar con un ejército proporcionado á las necesidades del país y de muy poco costo á la nación, á medida que puede también decirse, que desde la fecha de este útil establecimiento fué desde cuando el gobierno se contó capaz de dominar las circunstancias, y reposándose en la confianza de un poder de que antes carecía, se halló en aptitud de garantizar la suerte del país en todo género de vicisitudes, …su fuerza puesta en armonía con la de los siete batallones, y en aptitud por tanto de poder ocurrir instantáneamente á prevenir ó resistir cualquiera tentativa exterior en el punto que se necesite, ofrecerá la idea más lisonjera de seguridad, y un apoyo el más respetable para el sostenimiento del orden en todos los trances á que las circunstancias locales, y el espíritu de defección generalizado en los continentes de la América, pudiera exponerla. A esta especie de garantías de la seguridad de aquel país, tan digno de todos los esmeros del gobierno Supremo, puede añadirse la abundancia de sus crías y elementos de primera necesidad, para no tener que implorar auxilios extraños, la fidelidad y sumisión característica de sus habitantes, el número de más de cincuenta mil que cuenta de armas llevar, la mayor parte de ellos organizados en cuerpos de milicias urbanas, y el valor y denuedo que les es connatural, heredado de sus mismas costumbres, é inherente en cierto modo á su espíritu hazañoso y bizarro…

Gral. Miguel de La TorreLa posición material y local de la Isla, si bien es la que por una parte la hace tan apreciable á la España en toda la extensión de sus intereses políticos, comerciales y de todas clases, no deja de ser también por otra la que la impone el deber de emplear los cuidados más exquisitos en precaver á sus habitantes y propiedades de los influjos perniciosos de los otros países, que más ó menos inmediatamente la rodean. Están de más los pormenores en esta materia: las formas de gobierno que rigen á los más notables de los pueblos vecinos, la variedad de castas de aquélla y éstos se componen, y la natural tendencia de la clase negra al quebrantamiento ó disolución de los vínculos que la ligarán y aun ligan á la servidumbre, explican bastantemente la delicadeza de la posición de un país, que sin esto sería el más venturoso del universo; delicadeza tanto más remarcable en las circunstancias de la época presente, en que el grito encantador de la libertad, escalado en los transportes juiciosos de aquellos pacíficos vecinos, no ha dejado de recibir inteligencias siniestras de parte de los esclavos, y producir consternaciones y cuidados poco desemejantes de la alarma. Si se reflexiona además de esto, que el número de esclavos que ya pueblan la Isla es tan considerable que pasa de cuarenta y cinco mil; que éstos por necesidad se hallan armados la mayor parte del día con los machetes, que son el instrumento en sus labores, y que el influjo de las instituciones de las otras Islas en cuanto á emancipación ó libertad de los siervos, y lo pegadizo de la opinión en esta parte por lo menos y entre la clase que resulta favorecida, es un incentivo continuo que entretiene la aversión hacia sus dominadores ó señores, y exalta con igual frecuencia las propensiones naturales hacia la libertad, á cualquier costa que esta pueda obtenerse, se concluirá necesariamente que la localidad geográfica de la Isla, que es la que constituye una de sus principales ventajas, es el aviso continuo de las precauciones que se deben tener en gobernarla, y en el modo de hacer aplicables á sus circunstancias los principios políticos que gloriosamente rigen á la nación, en cuyos derechos participa.

La población de Puerto Rico ha aumentado bajo el influjo de la prosperidad de todos sus ramos, y de las particulares atenciones que se le han prestado por el gobierno supremo, y por el mío como su vicegente. El número de sus habitantes es hoy próximamente el de cuatrocientos mil, entre los cuales es digno de notarse que la mitad á corta diferencia la componen la dos castas de pardos y negros tan libres como esclavos, y la otra mitad los blancos: circunstancia que no se puede perder de vista en el cálculo de su conservación y de su futura suerte. Su estado de cultura no está en el tercio de lo que puede incrementarse en solo los terrenos de mayor feracidad y más apropiados para toda clase de cosechas. Sus producciones exportables tienen un valor bastante regular, y esto vigoriza de día en día la industria. Las ventajas y franquicias que la Isla ha gozado desde la cédula de gracias de 1815, de que aún continúa gozando en los términos prescriptos por la reciente soberana disposición sobre este particular; las esperanzas lisonjeras que se pueden formar sobre la bondad y considerable cantidad de sus terrenos, y sobre el incremento futuro de los más estimables y preciosos de sus frutos; los atractivos de su orden administrativo que convida con la seguridad y la confianza, y más que todo el estado inseguro de la mayor parte de las Antillas extranjeras y caída consiguiente de sus establecimientos agrícolas, le han proporcionado algunas más gentes industriosas y aún capitales para su fomento…

…Háganse ostensibles tantos atractivos á la industria extranjera, enteramente desalentada en las restantes colonias con las irreflexivas medidas de sus gabinetes acerca de la esclavitud: auméntese la seguridad del país, fundándola sobre la política de instituciones locales prudentemente meditadas y deliberadas: sítiese la vagancia por medio la más rigurosa vigilancia en este punto, corrigiéndola con ejercicios útiles á la agricultura y á los propietarios, para que sin el menor gravamen del estado en sostener á los vagos en las correcciones públicas, y haciéndose estos más inteligentes y laboriosos al lado de los propietarios, sea menos necesario el recurso de los esclavos: no se perdone medio de aumentar la población blanca, proporcionando la inmigración en la Isla de familias de buenas costumbres, como los canarios, que al emigrar de sus países donde les falta ya la extensión suficiente, se tendrían tal vez por dichosos en pasar á gozar de las ventajas que se les ofrezcan en Puerto Rico, y últimamente si la humanidad y la política tienen medios para hacer menos oprobiosa la calidad de los pardos, y hay un punto en donde esta clase y la de los blancos casi se confunde, el cual puede hacerse favorable á aquellos sin agravio de estos, y si la atención á las verdaderas necesidades del país, estimulada por los sentimientos del verdadero patriotismo, puede producir mil otras mejoras de esta clase, favorecidas por el gobierno supremo, á quien únicamente corresponden las que salen del círculo de la administración local ó se relacionan con las leyes, veránse la población, la riqueza y la seguridad formando el encanto del país más prometedor y ameno de la tierra…

Comentario

Miguel de la Torre (1786-1838), Conde de Torrepando, fue Gobernador  Militar  de Puerto Rico durante el difícil periodo del auge de las luchas separatistas en Hispanoamérica (1822-1837), periodo que también se caracterizó por el notable crecimiento económico y material de la isla. Como Gobernador procuró evitar a toda costa el crecimiento del separatismo en la “siempre fiel” colonia antillana. Fiel a Fernando VII, adversario de las libertades civiles promovidas por el Liberalismo español, su discurso político demuestra, mejor que ninguno, lo que significaba el Absolutismo y el Conservadurismo a principios del siglo 19 También demuestra que el Conservadurismo no se oponía al progreso material de la colonia sino que, por el contrario lo veía como un mecanismo para garantizar la permanencia de Puerto Rico en el marco jurídico del Imperio Español y como un freno para la Independencia.

El Puerto Rico que se proyecta en su texto, similar al caso de Pedro Tomás de Córdova, se aleja de la colonia pobre y sin perspectivas de crecimiento que los textos del siglo 17 y los comentarios de los autores extranjeros proyectaban. La tesis medular del mensaje a Isabel II es que “nada hay en ella que no haga estimable su posesión”: el territorio, antes olvidado, ahora es imprescindible. El contexto concreto para ello es la pérdida de los territorios continentales y el crecimiento de la riqueza en la localidad. Pero el valor más concreto que le adjudica el Conde de Torrepando es el militar: la colonia es “la vigía de todo el archipiélago”. Para justificar el argumento, exalta las defensas como “inexpugnables” y la fidelidad de las 50,000 plazas con las que cuenta para su defensa. Por su relevancia la isla debe ser protegida de las influencias “perniciosas” de la políticas de sus vecinos y de las amenazantes minorías negras, propensa a darle crédito a las ideas libertarias y a las de abolición.

Para el Conde de Torrepando, el aliado fundamenta para la conservación de la isla es el sector blanco que representaba, según sus datos, la mitad de los 400,000 habitantes del territorio. La población se ha ido “blanqueando” en la medida en que el conservadurismo y la riqueza crecen. De inmediato hace una crítica favorable a la Cédula de 1815 como factor crucial en ese proceso de crecimiento material, un punto en el cual la historiografía en general coincide con el autor. Al final elabora sus propias recomendaciones a la Reina las cuáles, en lo esencial sugieren que se continúe con las políticas económicas hasta ese momento implementadas.

marzo 20, 2011

Historia oficial: Pedro Tomás de Córdova, Miguel de la Torre y el separatismo (1832)

Fragmento del Capítulo primero de la obra de Pedro Tomas de Córdova. Memorias geograficas, históricas, económicas y estadísticas de la Isla de Puerto-Rico. Tomo IV, 1832. Tomado de la versión facsímil San Juan: Coquí, 1968. La ortografía ha sido parcialmente revisada.

(…)

Si los acontecimientos últimos de Venezuela, como quedan bosquejados dan una idea exacta de nuestros apuros en aquel punto, de los esfuerzos que había hecho su General para mejorar la situación desesperada del ejército, y de cuanto debían influir aquellas desgracias en los países vecinos, nada lo probara tanto como el estado de esta Is­la al pisar su suelo el nuevo Capitán general.

En los gobiernos de los Sres. Meléndez, Vasco, Arostegui y Navarro, y en el político del Sr. Linares, se ha demostrado suficientemente la precaria situación de Puerto-rico en el ramo de las rentas, los disgustos que presentaba semejante causa, lo que se había viciado la opinión desde el año de 1820 y lo que esta había adelantado desde las últimas desgracias de Costa-firme. Lo que jamas se había visto en el país, sucedió en dichas épocas, particularmente en el tiempo de los tres últimos jefes. Reunión de salteadores en cuadrilla, proyectos de revoluciones interiores de las esclavitudes, invasiones del exterior, y continuas depredaciones de los corsarios habían tenido en continua alarma a las autoridades y a los vecinos. No faltaban genios a propósito que daban ensanche a sus miras con todos estos ensayos y que ganaban prosélitos en favor de la desorganización. En los periódicos se asomaron también ideas las más escandalosas, y en las conversaciones públicas se manifestaban con descaro e impudencia las doctrinas más peligrosas. Las desgracias de nuestras armas en Venezuela se contaban por algunos con placer y con satisfacción, y aun antes de que las supiese la autoridad corrían por el público exageradas las noticias. La crítica contra la administración de hacienda era el platillo de todas las reuniones y de todas las casas, y cuanto desmoralizase al Gobierno, otro tanto se decía y circulaba sin rebozo. Había faltado la prudencia, se había descubierto cada cual la máscara y todos se veían y trataban con desconfianza y temor. Un estado tan expuesto vino a recibir mayor impulso con la independencia de la parte española de la isla de Sto. Domingo.

Pedro Tomás de Córdova

Parece que la política no estaba en favor de un cambio como el que presentó D. José Núñez de Cáceres en aquella Isla. Situada entre las fieles de Puerto-rico y Cuba, únicas de quienes podía sacar ventaja en sus relaciones, con una población escasísima, sin rentas y naciente, como efecto de las muchas vicisitudes que había experimentado, y con un enemigo tan peligroso como inmediato en su mismo territorio, eran la mayor garantía de su seguridad. No se veían otras aspiraciones en ese pueblo, o no debía tener otras, que las de nutrirse y conservar los mismos sentimientos que mantenían los de las islas vecinas, pues cualquier otro que abrigara debía serle destructor con solo pensarlo. Fue pues asombroso el cambio que hizo, por lo mismo que no era de preverse, y fue tan fugaz su existencia, como era próximo el enemigo que tenía que temer. Si no hubiese habido este en la misma Isla, la parte española habría sucumbido con otras ventajas a los esfuerzos que hubieran hecho Cuba y Puerto-rico para sacarla de las garras de Núñez, y esta sola consideración debió no haber olvidado ese ambicioso para no haber puesto en planta su inicuo y loco proyecto. No se contentó con verificarlo, sino que en su frenesí revolucionario procuró introducir la tea de la discordia en las vecinas islas y escribió para ello a sus autoridades. Ya se ha visto lo que contestó el Sr. Arostegui al desacordado Núñez, y por cuantos medios trató este benemérito Jefe de atajar aquel pernicioso ejemplo y desacreditar la conducta de su causante. Mas por lo mismo que fue inopinado el cambio de la parte española de Sto. Domingo, habida atención a su nulidad política, al inminente peligro que corría y a la ninguna utilidad que podía sacar de él, fue un despertador para los jefes de las otras islas, donde extraordinariamente eran superiores la población, la riqueza y los recursos comparados con los de aquella, pero que habrían sido nulos en igualdad de casos, y la ruina inevitable de cualquiera de ellas que hubiese seguido aquella desleal e inoportuna marcha. Debían pues esos jefes al ver lo sucedido en Sto. Domingo temer con fundamento la existencia de un foco oculto de revolución que dirigido por los disidentes de Costa-firme, trabajaba en desquiciar la tranquilidad de todos los pueblos que se mantenían fieles. Debían vivir alerta contra este enemigo oculto cuya existencia era más que probable, y no olvidar nada en favor de la tranquilidad y seguridad del territorio. Que tales temores eran fundados y que la prudencia aconsejaba desconfiar y vigilar, vendrá a probarse en el gobierno del Sr. Latorre de una manera incontestable; entonces se verán los efectos que habían causado en el país los sucesos de Costa-firme y de Santo Domingo, y que la desconfianza del gobierno era más que fundada porque fueron más que conatos contra la seguridad de la Isla los que se habían presentado para disturbarla, porque las amenazas pasaron a realidades, las críticas a licencias, las opiniones a personalidades, y la falta de medios para sostener las cargas públicas a miseria y desesperación.

Un estado tan lamentable en el país y de tanto influjo en los intereses de sus habitantes, no había sido contrariado por la autoridad de manera alguna, ya sea que no se creyese con bastante fuerza para variarlo, o ya porque temiese introducir una reforma que no creyera acomodada al desorden en que se hallaban los ánimos. Esta orfandad pudo haber causado males de la mayor trascendencia, pero triunfó de todo la sensatez de los puerto-riqueños, y entre la miseria y la des­confianza, el temor y la ansiedad se pasó el tiempo y oportunamente llegó a la Isla el que estaba reservado para librarla de un trastorno, el genio profetizado por el Sr. Arostegui, que sacándola del estado comprometido en que yacía la pusiese en la senda de su prosperidad, y guiara sin detención alguna a la era feliz que disfruta desde el año de 1824, tercer periodo en que se ha dividido la historia moderna de la Isla. No faltaron a la entrada del Sr. Latorre en Mayagüez las ideas de que no se le debía admitir al mando por falta de comunicaciones directas sobre su nombramiento, pero como trajese consigo la Real orden que se lo cometía, no pasaron adelante unas especies hijas de aquel tiempo turbulento y propias de los que las concibieron en conformidad de sus particulares miras y privados intereses. Lo cierto es que propalándose en aquellos momentos la noticia de una expedición que se reunía en los Estados-Unidos contra el país, tuvo avisos el gobierno del de Martinica de haber declarado allí uno de los que se habían alistado en  la expedición, que esta se había precipitado para que estallase la decisión que se suponía en algunos de la Isla antes de que el  nuevo capitán general llegase a ella, en cuyo caso podía se dudosa la empresa. Especies de esta clase comunicadas oficialmente por un Gobernador amigo que acompaña a su aviso la declaración de la persona de donde adquirió la noticia ¿no basta para ponerlo en cuidados y alarma? (…)

En el referido día 13 recibió el Sr. Latorre parte de que en el barrio del Daguado, jurisdicción de Naguabo, se habían propalado especies subversivas por un mulato francés nombrado Duboy, vecino de aquel partido. Este parte fue acompañado de una proclama manuscrita datada en los Estados-Unidos, y de otro papel en que se pedían noticias individuales de la fuerza existente en la Isla, de la opinión de los habitantes, y si era posible hacer un desembarco en la Aguadilla o Mayagüez, y tener a su favor alguna de las clases del país. Se designaba la costa del partido de Añasco como punto por donde debía desembarcar una persona con instrucciones sobre el particular.

Igual aviso recibió el Jefe político, y sin perder instante se adoptaron medidas para aprehender a Duboy y a un tal Romano, avecindado en Guayama, con quien aquel estaba en relaciones, La actividad que desplegaron las dos autoridades, comisionando el Sr. Latorre dos oficiales al efecto, fue extraordinaria. Los reos fueron presos y se les formó la correspondiente causa para averiguar una ocurrencia de tamaña importancia, que se hizo más grave por la comunicación que recibió el 16 el referido Jefe del gobernador de la isla de San Bartolomé, comunicándole el peligro en que se hallaba Puerto-rico amenazado por una próxima invasión de aventureros.

Las faltas que se experimentaban en la Isla en aquellos momentos por el estado precario de la Tesorería, la medida misma que acababa de adoptarse con los emigrados, la multitud de corsarios que infestaban las costas, el desaliento de los empleados a quienes no se suministraba la cuarta parte de sus haberes, y la desconfianza que todo esto debía ofrecer, pusieron al Sr. Latorre en una situación harto desagradable, pues falto de recursos tropezaba a cada paso con un fuerte obstáculo que le impedía llevar al cabo aquellas providencias que asegurase a los habitantes la paz alterada por unos pocos malvados, no quedándole arbitrio para reanimar el abatimiento que estos sucesos causan en todos los países donde los medios para destruirlos o son lentos o ineficaces. Pero como siempre fue la masa general de la Isla fiel a toda prueba, bastó ella para desbaratar en aquellos momentos las ideas de los pocos que pudieron pensar en un trastorno, pero no quita esto que el primer Jefe de la Isla, el primer responsable de su conservación se viese en un estrecho tan complicado de circunstancias, en unos apuros de tanto tamaño, y en una situación tan difícil a los seis días de pisar un territorio donde todo le era desconocido y nuevo.

No se había aun salido de la averiguación de la causa de Duboy cuando se presentó otro suceso de la misma y aun más inmediata trascendencia. El 25 del citado mes recibió el Sr. Latorre un aviso de que en el pueblo de Guayama estaba próxima a estallar una sublevación de los negros de algunas haciendas. En dicho pueblo se hallaba avecindado el Romano, que se decía de inteligencia con Duboy: este no quedaba ya duda era un agente de los malvados aventureros que tramaban una invasión en la Isla: entre los prosélitos que buscaban para su logro se contaba con aquella clase, y todo hacia justamente creer fuese uno mismo el plan y uno mismo el objeto. El Sr. Latorre creyó que era indispensable su presencia en Guayama para la más pronta indagación del hecho, y para inspirar mayor confianza en el pueblo. Se puso en marcha acompañado del Asesor militar, del Secretario y Ayudantes, e hizo salir al mismo tiempo una partida de 17 veteranos con un oficial. A su llegada al pueblo halló a los vecinos en la mayor consternación, los tranquilizó, tomó varias providencias de seguridad, inspiró ánimo y confianza entre aquellas gentes, y habiendo procedido con la mayor festinación a averiguar los hechos que se le habían participado, y cuyos reos encontró en seguridad, formalizó la averiguación sumaria, que elevada a proceso y celebrado inmediatamente el Consejo de guerra, fueron sentenciados a la pena capital dos esclavos confesos y convictos del atroz crimen de asesinar sus amos y a todos los blancos. Con este pronto juicio y con la ejecución de los reos, se impuso eficazmente en aquellos momentos a los malvados y se desbarató en mucha parte cualquiera combinación que pudiese existir, y la cual aún no era tiempo de completar su descubrimiento. Duboy fue pasado por las armas en la Capital el 12 de Octubre convencido del delito de agente de los malvados para tramar la revolución de la Isla, y cuyo ejemplar se hizo indispensable con prontitud para el condigno escarmiento, y se siguió instruyendo la causa a los demás complicados.

Gob. Miguel de la Torre (1786-1843)

No quedaba ya duda alguna de lo que se tramaba contra la Isla. Se había cogido en ella un agente con proclamas e instrucciones para el efecto; había al mismo tiempo descubiértose una conspiración horrorosa precisamente en un pueblo donde estaba avecindada una de las personas con quien decía Duboy se hallaba en inteligencia; el gobernador de San Bartolomé había dado aviso de los aventureros que se habían allí presentado y de la expedición que reclutaba un tal [Luis Guillermo] Ducodray [Holstein] contra la Isla, y el Comandante general del apostadero de Puerto-cabello avisó también sobre la existencia de la expedición y su objeto, participando por último que habían llegado dos buques a Curazao con el referido Ducodray, varios de los titulados jefes, armamento y otros objetos propios a los fines que proyectaban los malvados. No eran pues temores fundados en recelos, sino realidades que debían traer en una continua vigilia a la autoridad, cuyo cuidado y celo debían redoblarse tanto más, cuanta era la carencia de recursos en el país, su falta de conocimientos prácticos en él, y la urgencia que tenia de medios para asegurarlo, y sostener el gobierno de S. M. y la paz de los habitantes.

No puede negarse que aquellos momentos fueron críticos, que fue indispensable se desplegase toda la energía que puso en acción el Sr. Latorre, y que le era preciso adoptar medidas de precaución contra tales hechos. El Sr. Latorre vio desde luego abierto un cráter que podía absolver al país en la mayor desolación, y que por falta de recursos pudiera llegar el caso de que los aventureros, cuya patria está fundada en el desorden, el pillaje y la destrucción, lograse conseguir introducir semejantes males en una Isla cuya importancia, al paso que extraordinaria, tenía una población la más acreedora a ser socorrida por su fidelidad al Soberano y por sus sacrificios y sufrimientos. Estas consideraciones, el deber y la responsabilidad estimularon a dicho Jefe a hacer presente a S. M, el verdadero estado de Puerto-rico, y después de enumerar los hechos que habían pasado, de fijar la precaria situación de sus cajas, el abandono de sus costas, la falta absoluta de medios, y los muchos enemigos que atacaban su seguridad, pidió arbitrios para poner en servicio la fuerza sutil, y que se le auxiliase con fusiles, tropa y con los demás elementos que facilitaran la marcha de un gobierno que carecía de todo.

Hecha la completa averiguación del proyecto de Ducodray, dio el Sr. Latorre un manifiesto al público, de acuerdo con el Jefe político, el cual salía insertado ya en la narración histórica del mando de este. Reclamó del gobernador de la isla de Curazao a Ducodray y a sus compañeros como piratas perturbadores de toda sociedad culta. En los dos buques que habían llegado a aquella Isla, a causa de los malos tiempos, se hallaban el referido Ducodray, el que tenían previsto para Intendente, 2 tesoreros, 5 coroneles y 100 oficiales; los buques habían sido embargados por el Gobierno, en vista de los papeles subversivos que halló en ellos, y depositados sus cargamentos consistentes, en armas, municiones y otros varios artículos. Pidió también a la Diputación provincial que facilitase la cantidad de 100,000 pesos para que se pudiese contar can este indispensable recurso en favor de la segundad del país, y tuvo el desconsuelo de ver que a pesar de los sucesos que acababan de pasar presentara esta corporación obstáculos para reunir tan mezquina suma, cuya falta en caso de apuro, le obligarían a adoptar otras providencias más violentas pero indispensables. Esto prueba bastante lo inútil del pasado sistema, mas a propósito para debilitar que para dar vigor a la marcha publica. Nada dejó por tocar el Sr. Latorre. Interior y exteriormente buscó con ahínco cuanto creyó a propósito para conservar la Isla y se le debe en aquellos momentos de apuros la detención que dio a las maquinaciones contra ella.

La expedición de Ducodray se había proyectado y llevado a efecto en los Estados-Unidos, donde se trató como un negocio mercantil. Además de la gente que reunió allí Ducodray, debía reclutarla también en las islas de San Bartolomé y Santomas; en una palabra ella era la reunión de los malvados de todas las Colonias, su santo fin el robo, el asesinato y el desorden de Puerto-rico, y aquel jefe de bandidos contaba con prosélitos en la Isla, con los corsarios disidentes y con los auxilios que le prestasen los países insurrectos.

Puerto-rico se salvó en aquel tiempo de males que no es posible calcular, y alejó de sus habi­tantes los horrores que trae consigo la revolución, y de la clase que se los preparaba Ducodray. Con este importante beneficio abrió la carrera de su mando el Sr. Latorre, y nunca deben sus habitantes olvidar a este Jefe protector, cuyo mérito lo hallaran a la menor reflexión que hagan sobre aquella época, en su actividad, decisión y celo, en el resultado que esto tuvo, y en la felicidad que hoy disfrutan.

El interesado puede consultar también Pedro Tomás de Córdova: La Cédula de Gracia

Comentario:

En la Historia Oficial el Poder habla por medio de sus Intelectuales y justifica sus acciones defensivas u ofensivas. Se trata de un producto de la Era Napoleónica propia del Estado Burgués Moderno que celebra el triunfo de su clase. Todavía hoy Puerto Rico tiene un Historiador Oficial casi invisible en acción. Pedro Tomás de Córdova se ocupa de inventar una imagen de Miguel de la Torre orlada con los atributos de un padre colectivo cuyo autoritarismo, en ocasiones extremo, se justifica en nombre del hipotético Bien Común. Pero el Bien Común es el Integrismo, hay que evitar la Separación de las colonias a cualquier precio. Por eso insiste tanto en el grave estado de la Isla cuando el funcionario llegó a ella por el puerto de Mayagüez: las rentas en crisis, la opinión extraviada o viciada, salteadores y esclavos rebeldes activos por todas partes e invasiones foráneas cerniéndose  sobre el territorio.

Las “ideas escandalosas” y “las doctrinas peligrosas” parecían muy populares entre los puertorriqueños, concepto que el autor usa para referirse a los que no son españoles ni integristas y alude expresamente al Separatismo Hispanoamericano y el Anexionismo a Estados Unidos. El relato de la Independencia Dominicana de 1821 y el fracaso de la gestión de José Núnez de Cáceres en invitar a Cuba y Puerto Rico a proclamarla con ella, sirve al autor para ratifica la fidelidad de ambas islas. Los puertorriqueños son fieles, pero muy susceptibles de ser impresionados por los aires de Revolución dominantes. Infantilizar al puertorriqueño es una nota común en este tipo de textos. Su sensatez es una virtud que no tiene precio.

La virtud de De la Torre es que reconoce ese hecho y establece un tipo de política agresiva con las amenazas que se ciernen. Se trata de un elegido: “el genio profetizado” por sus precedentes. La Colonia es el escenario de un conflicto entre los intereses españoles que son legítimos, y los intereses extranjeros que son ilegítimos. Para Córdova De la Torre inicia el “el tercer periodo en que se ha divido la historia moderna de la Isla”. Power y Giralt y Ramírez no significan nada para este autor.

La parte más interesante de este texto es el relato detallado de la conjura de Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1822) y su conexión con los negros esclavos de Naguabo. El papel amenazante de Estados Unidos y la cooperación de los gobiernos de Curaçao, San Bartolomé y Martinica, hablan de la capacidad del gobierno colonial de entonces. La mano dura del gobernador con los conjurados de Naguabo, el mulato francés Pedro Dubois y el negro Pedro Romano, también resulta de interés para el investigador. El apunte de que “como siempre fue la masa general de la Isla fiel a toda prueba” es emblemático.

Este tipo de tratamiento del asunto Puerto-rico fue muy eficaz. En 1825 se reimpusieron en el país el privilegio de las Facultades Omnímodas como resultado de la histeria política promovida por Miguel de la Torre. En realidad el lector se encuentra ante una figura opuesta a los valores destacados por Alejandro Tapia y Rivera en Ramón Power y Giralt. Pero lo que Tapia y Rivera veía como defectos en Salvador Meléndez Bruna en 1808, Córdova lo justifica y evalúa elogiosamente en De la Torre.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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