Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

septiembre 8, 2013

El Capitán Alonso de Contreras en Puerto Rico: 1618


Texto tomado de “Puerto Rico visto por los extranjeros”, Revista del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe. Julio-Diciembre 1989: 74-77.

Capítulo XIII en el que se cuenta el viaje que hice a las Indias y los sucesos de el

Salí del puerto y navegué cuarenta y seis días sin ver más tierras que las Canarias. Llegué a las islas de Matalino [Matinino o Martinica], donde hice agua, y vi a algunos indios salvajes, que con la comunicación de las flotas se atreven a bajar; en cambio no lo hacen ninguno de los nuestros, porque han cogido a algunos y se los comen. Hice mi ruta disminuyendo altura y llegué a las Vírgenes Gordas, que son otras islas deshabitadas. Fui rumbo al pasaje de Puerto Rico, que es un canal angosto, donde de ordinario están corsarios ingleses, holandeses y franceses. Llegué de noche y fue en persona a reconocerle con una barca bien armada, dejando los galeones fuera de este canal, que es corto y donde hay dos puertos muy buenos. No hallé bajel ninguno y lo atravesé, amaneciendo casi en la boca de Puerto Rico, donde, arbolando mis banderas, entré y fui muy bien recibido por don Felipe de Biamonte y Navarra [Felipe de Beaumont y Navarra (1614-1620)], Gobernador de aquella isla.

Sir Walter Raleigh, Guatarral

Sir Walter Raleigh, Guatarral

Me dijo que era milagroso no haberme encontrado con Guatarral [Sir Walter Raleigh (1552-1618)], corsario inglés que andaba por allí con cinco navíos, tres grandes y dos chicos, molestándole cada día. Desembarqué la pólvora que dijo era menester, cuerda y plomo y algunas armas de fuego, con lo que el buen Gobernador quedó contento. Me pidió le dejase cuarenta soldados para reforzar el presidio, y en mi vida me vi en mayor confusión, porque no se quería quedar ninguno, y todos casi lloraban por quedar allí; tenían razón, porque era quedar esclavos eternos. “Hijos —les dije—, es forzoso dejar aquí cuarenta soldados, pero vuesas mercedes han de condenarse a sí mismos, pues yo no he de señalar a nadie, ni a un criado que traigo, que ha de quedarse, si le toca”.

Hice tantas boletas como soldados, y entre ellas, cuarenta negras, y metiéndolas en un cántaro juntas y revueltas, iba llamando por las listas, y decía: “Vuesamerced meta la mano, y si saca negra, se habrá de quedar”.

Lo fueron haciendo así, y era de ver que cuando sacaban negra, como se quedaban para siempre, se consolaban viendo la justificación y forzosidad y, sobre todo, viendo que le tocó también a un criado mío que me servía de barbero, el cual quedó el primero.

En este puerto estaban dos bajeles españoles que habían de ir a Santo Domingo, que es la corte de las islas españolas, donde hay Presidente y Oidores, y la tierra primera que pisaron españoles. Los navíos habían de cargar cueros de toros y jengibre, que hay en cantidad, y se fueron conmigo. Llegué al puerto de Santo Domingo, donde fui bien recibido, y comencé a poner en ejecución un fuertecillo que llevaba orden de hacer a la entrada del río.

A los dos días vino nueva de que Guatarral había fondeado con sus cinco bajeles cerca de allí. Traté con el Presidente de ir a buscarlos, y le pareció bien, aunque los dueños de los navíos protestaban que si se perdieran habían de pagárselos. Armé los dos que traje de Puerto Rico y otro que había venido de Cabo Verde cargado de negros, y juntos con los míos salimos del puerto, aparentando ser bajeles de mercaderías, camino de donde estaban; cuando el enemigo nos vio, hice que diésemos la vuelta como huyendo. Cargaron velas los enemigos sobre nosotros que de industria no huíamos, y al poco rato estuvimos juntos. Les volví la proa, arbolé mis estandartes y comenzamos a darnos ellos y nosotros. Eran mejores bajeles de vela que los nuestros, y así, cuando querían alcanzar o huir lo hacían, que fue causa de que no me quedase con alguno en las uñas. Se peleó y le cupo a su almirante morir de un balazo; conocieron que éramos bajeles de armada y no mercaderes, que andábamos en su busca, y se fueron, volviendo yo a Santo Domingo, donde acabé la fortificación y partí a Cuba, donde hice otro reductillo en cuatro días; quedaron diez soldados.

En Santo Domingo había dejado cincuenta soldados y los tres bajeles, y ya no llevaba más que uno; pero éste bien armado. Santiago de Cuba es un lugar en la isla del mismo nombre, en la que están construidos la Habana, San Salvador de Bayamo y otros lugares que no recuerdo.

Salí de Santiago de Cuba y en la isla de Pinos encontré un bajel fondeado. Peleé muy poco con él; era inglés, uno de los cinco de Guatarral. Me explicó cómo se había ido y desembocado el canal de Bahama y cómo le había matado a su hijo que era almirante, y a otras trece personas, y por temor se había ido a Inglaterra con algunas presas que llevaba. Avisé al Presidente de ello y al Gobernador de Puerto Rico para que no estuviesen con cuidado. Tenía este bajel dentro palo del Brasil y algo de azúcar que había tomado. Eran veintiún ingleses; los traje a la Habana, donde estuvieron hasta que llegó la flota y los llevó a España.

Entregué los pertrechos que me habían quedado, y la infantería, a Sancho de Alquiza, [Sancho de Alquizas (1616-1620)] Capitán General de aquella isla y de todos sus lugares, y me volví en la flota que vino a España con don Carlos de Ibarra, General de ella. Yo fui el año 1618 y volví el 19. 

Nota del Dr. Ángel López Cantos, Universidad de Sevilla

Alonso de Contreras nació en la capital de España, Madrid, en 1582. Era hijo primogénito de una familia ilustre. Su nombre completo era Alonso de Guillén y de Contreras. Tuvo siempre una insaciable sed de aventuras. Pendenciero desde su juventud, causó la muerte desde entonces a varios contrincantes con los que se enfrentó. Cuando sólo tenía trece años, en 1595, marchó de Madrid enrolado en las tropas del príncipe Alberto. Soldado de fortuna peleó en Sicilia, en Flandes, en Malta, Grecia, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, otra vez en Flandes, en Italia, en Francia… Se hizo pirata y atacó y saqueó las embarcaciones berberiscas y turcas, consiguiendo en poco tiempo una gran fortuna. Vivió algunos meses como ermitaño. Dio en varias ocasiones con sus huesos en la cárcel. La. Orden de Malta le nombró gobernador de la isla Pantelaria. En Madrid conoció a Lope de Vega. Sus Memorias o Vida las escribió en once días. Es una obra de un gran interés y encanto. En ella abundan noticias del máximo valor histórico, como las que da sobre Puerto Rico, y que reproducimos.

Contreras_MadridComentario

El fragmento que presento ofrece un cuadro preciso de la imagen de San Juan Bautista de Puerto Rico entre los viajeros que venía a la colonia a principios del siglo 17. El viaje de la península a la ínsula tomaba 46 días. Puerto Rico era la primera isla grande con la que se topaban los europeos en la ruta hacia las Indias tras perder de vista a las Islas Canarias. La pobreza de la colonia parece evidente: cuando el gobernador Felipe de Beaumont y Navarra (1614-1620) pidió que le dejaran 40 efectivos ninguno quería quedarse ni siquiera en nombre del sagrado cumplimiento de un deber. Contreras tuvo que echar a la suerte quienes ocuparían las plazas vacantes en la capital presionado por las quejas de su tripulación. La resistencia no se reitera en Santo Domingo y Cuba, como se deduce el texto.

Por otro lado, la narración documenta la inseguridad y la incertidumbre que caracterizaba la vida en las islas. La amenaza de los corsarios ingleses -piratas desde la perspectiva de los españoles- era patente. Guatarral, Sir Walter Raleigh (1552-1618), sintetizaba todos los miedos de colono común en ese sentido. Los ingleses se movían sin problemas desde las Antillas Menores hasta las Bahamas amenazando el tráfico comercial hispano. El otro miedo tenía que ver con los “indios salvajes” de Matalino -Matinino o Martinica-, que el autor no vacila en catalogar como caníbales. Se trata de los Kalinagos o Caribes quienes, con su audacia y resistencia, acabaron grabando su nombre en el del mar en el cual navegaba. Puerto Rico representaba algo así como una frontera agredida por adversarios que estaban muy por encima de sus capacidades defensivas. Todo ello hacía que el comerciante y el soldado se integrase en un personaje común.

 

Alonso de Guillén conocido como Alonso de Contreras, no era un escritor de poca monta. Se dice que escribió su autobiografía a instancias de su amigo Lope de Vega. Su Vida…es una de las pocas autobiografía de soldados activos en el ejército de los austrias a la tienen acceso los interesados, junto a la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, concluida en 1575 e impresa en 1632, escrita por Bernal Díaz del Castillo (1496-1584).

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

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