Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

junio 26, 2016

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente XIX

 

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

El neoliberalismo criollo y el fin de una gran ilusión

El tránsito hacia el neoliberalismo y la globalización del 1991 al presente no ha sido comprendido del todo ni por la gente ni por la clase política. La actitud dominante en ambos sectores se ha traducido en una sensación de “pérdida” proclive a la “nostalgia”. El fin del estado providencial, interventor o beneficencia, la terminación de los privilegios fiscales a la colonia y la desarticulación de la imagen de una “bonanza” siempre cuestionable, se ha hecho evidente. La metáfora de la “gran desilusión” con respecto a las esperanzas en el orden emanado de la Segunda Guerra Mundial se generalizó. La actitud dominante ha sido dejar que las cosas pasen a ver a dónde conduce un proceso sobre el cual no se tiene control.

Algo que saltó de inmediato a la vista fue que el fin de los incentivos contributivos federales dejaría al ELA  sin opciones de crecimiento. El daño social producido por un siglo de sumisión política ya estaba hecho. La otrora poderosa y agresiva burguesía nacional puertorriqueña ahora se caracterizaba por su debilidad y subordinación al otro, por lo que en 1990 carecía de un proyecto nacional viable y se volcaba hacia el sueño del estado 51 o la continuación del orden de la posguerra.

De modo paralelo las clases medias, es decir, los profesionales, los intelectuales, la burguesía mediana y el comercio local, un sector diverso, desarticulado y contradictorio, no estaba en posición de llenar el vacío de aquella. La intelectualidad en particular se había transformado en un sector motejado de radical y atrabiliario que caminaba entre el optimismo romántico y el pesimismo cínico. Y la clase obrera, minada por la pobreza tendría que replantearse su situación en el entramado de la lucha de clase en medio del avance del neoliberalismo.

Ese vacío  explica en parte el hecho de que, al menos desde el 1996 y en medio del “rosellato”, las esperanzas de crecimiento económico se fueron cifrando en el fortalecimiento de los pequeños y medianos negocios (PYMES), conglomerado que el mercado abocaría al sinuoso tercer sector o de los servicios en el escenario del virus del  consumo conspicuo. Es como si se hubiese colocado toda la fe en la posibilidad de que se desarrollase una “nueva clase media” que, por la fragilidad de su situación, se mantendría en los márgenes de la moderación y el apoliticismo que, precisamente por ello, sería capaz de tolerar el giro hacia un orden considerado innovador e inevitable: el neoliberalismo. Lo cierto es que la realidad posible excede toda teoría y que las clases sociales no nacen como producto de la gestión o el cálculo del estado sino como resultado de complejos procesos que estaban y están fuera del alcance de la legislación. Hoy resulta innegable que la fragilidad del mercado en los últimos 25 años no ha permitido la evolución saludable de ese proyecto.

 

La necesidad de reformular la resistencia

La resistencia al cambio se ha materializado de diversas formas en las que las posturas presuntamente progresistas y reaccionarias se intersecan. Las organizaciones de la sociedad civil y no partidistas desempeñaron un papel relevante en aquel proceso por lo menos hasta el 2010. Pero,  aparte del frente amplio que culminó en la manifestación “Todo Puerto Rico Con Vieques” (1999)  y el movimiento LGBTT (2009), el éxito de la resistencia ha sido relativo. La incapacidad de reproducir la experiencia solidaria más allá de aquellos proyectos concretos habla de las limitaciones de la conciencia cívica en el país. De modo análogo, el movimiento “Playas P’al Pueblo” (2005) representó una experiencia única por su capacidad de vincular el ambientalismo y los reclamos civiles en el marco colonial. Pero resulta significativo que las  izquierdas, ya fuesen socialdemócratas, socialistas o comunistas; y el movimiento independentista moderado o nacionalista, no han podido recuperar la influencia que tuvieron en las décadas de 1960 y 1970 en el giro hacia el neoliberalismo.

Su fragilidad no puede explicarse con teorías de la conspiración. La táctica de esas formas tradicionales de la resistencia ha sido tratar de penetrar las organizaciones de la sociedad civil pero la oposición no madura. Las alianzas de independentistas e izquierdistas con el centro político, entiéndase el PPD a la altura de 2012 y 2016, y el hecho de que un sector del independentismo y el izquierdismo apoyaran un candidato presidencial, Bernie Sanders en 2016, demuestran una inteligencia política que lo más tradicionales y los más críticos han cuestionado. Los efectos divisionistas de estos debates en un sector abatido por la relación colonial y la crisis pueden ser terribles para su causa. Es bien probable que la ofensiva colonial que representa la Junta de Control Fiscal reanime aquellas vertientes combativas en los próximos meses. Me parece que el país lo necesita.

 

La gente y el estado ¿una relación contenciosa?

La cultura ciudadana ha dado un giro interesante. Desde 2000 al presente la desconfianza de la gente en la clase política, un rasgo propio de las minorías opositoras, ha penetrado incluso entre los simpatizantes de los partidos con acceso al poder. El largo  ciclo de confianza en los procesos electorales y en los métodos de la democracia representativa que inició el PPD desde su fundación en 1938 parece haber terminado. La partidocracia y el bipartidismo están en el banquillo de los acusados pero el proceso de su enjuiciamiento apenas comienza. Los indicadores más confiables de ese fenómeno son varios.

Slack_punoEl primero es la multiplicación de las organizaciones no gubernamentales, los grupos políticos  locales y los partidos políticos emergentes con aspiraciones nacionales. El segundo son las  fisuras ideológicas dentro de las organizaciones principales en el ejemplo del soberanismo, el libre asociacionismo y la estadidad radical en el seno de los dos partidos principales. El hecho de que se pueda hablar de penepés no estadoístas, de populares estadoístas y de independentistas populares o melones, demuestra que las preferencias partisanas se apoyan menos en la emocionalidad o los principios y más en el pragmatismo y las necesidades de la táctica. La incomodidad que estas actitudes generan han sido muchas. Los  agrios choques entre quienes todavía interpretan las posturas políticas como un rasgo determinado por el ADN  y los que las apropian como un producto contingente de la sociabilidad se hacen cada vez más visibles en la medida en que la crisis actual avanza. Los sectores conscientes se mueven entre la transigencia y la intransigencia con incomodidad.

El tercero indicador tiene que ver con la aparición de candidatos independientes a los cargos públicos como ocurrió en el 2012 con el caso de Amado Martínez Lebrón quien se postuló para la alcaldía de San Juan. El hecho se repetirá en los comicios de 2016, cuando Manuel Cidre y Alexandra Lúgaro se presenten para la candidatura a la gobernación. La visibilidad de este tipo de candidato parece depender de su situación de clase, de su vinculación al capital y de los lazos que haya establecido a través de su vida pública y privada con las organizaciones que han dominado el panorama electoral desde 1940 al presente. El fenómeno merece un estudio cuidadoso y profundo que espera por un autor capaz de contextualizarlo en el escenario material y espiritual del presente.

El cuarto indicador y no menos relevante es la proliferación de la discusión política en las comunidades cibernéticas y redes sociales. Me parece que el ciberactivismo bien articulado ha sido y seguirá siendo un elemento determinante para garantizar la eficacia de las resistencias en los próximos años. El debate sobre este asunto ha girado en torno a que el slacktivismo o el activismo virtual o de sillón, le ha dado “voz” a mucha gente que antes no la tenía. La reacción ante la presencia de esas voces nuevas en el ruedo del debate ha sido diversa. Algunos observadores la percibieron como algo que democratizaría un escenario por lo regular aristocrático e intelectualizado. Otros, siguiendo a Umberto Eco, han afirmado que la internet le “ha dado el derecho a hablar a una legión de idiotas” o, completando a Javier Marías afirman que las redes sólo han servido para “organizar la imbecilidad”. Las redes sociales, sean la expresión de la democracia o de la imbecilidad, continuarán allí y no parece que desaparecerán.

Un quinto elemento que no debe pasarse por alto es la evidente apatía de los más jóvenes con la participación en procesos electorales, actitud que no puede traducirse en un desinterés en los asuntos que atañen al país. Mi experiencia universitaria me dice que esa apatía no es un sinónimo de enajenación voluntaria respecto al acontecer social. Muchos de estos jóvenes no se identifican con ninguno de los grupos o proyectos que se discuten en el ámbito público pero tampoco poseen el entrenamiento o la voluntad para articular grupos o proyectos alternos. El orden dominante tampoco los anima a inventarlos porque probablemente los interpretará  como un peligro para la partidocracia y el orden bipartidista dominante. Esa enajenación defensiva también debería ser investigada a fondo a fin de comprender la apatía de los más jóvenes con los procesos electorales y la democracia liberal.

enero 11, 2016

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente VIII

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

 

Vieques: una herencia de lucha

Algunos observadores teorizaron que el éxito del proyecto “Todo Puerto Rico con Vieques” representaba algo así como un laboratorio o un experimento que  podría (re)producirse para enfrentar proyectos colectivos más abarcadores: el neoliberalismo o el coloniaje, por ejemplo. Sin embargo, las únicas causas que ha conseguido un apoyo semejante desde el 2000 al presente han sido aquellas vinculadas a las cuestiones del género y al ambiente cuya discursividad ha girado en torno a cuestiones concretas de derecho. El ambientalismo se ha ideo vaciando de cometido político abierto si se le compara con la militancia de la década de 1960 o 1970, por ejemplo.

El éxito de movimiento LGBTT, por ejemplo, se ha medido por el logro de la meta de la paridad ante la ley en cuestiones como el acceso a la legalización de sus relaciones en un matrimonio civil y el acceso a una serie de derechos -adopción, seguros médicos, herencia, bienes gananciales- que antes se limitaban a las parejas heterosexuales legalmente constituidas. El valor de esta revolución, no deja de serlo, se encuentra en que conmueve los fundamentos ancestrales de una cultura patriarcal y discriminatoria que apoyaba sus prejuicios en principios considerados sagrados o de origen divino, a pesar de discurso liberal, secular y moderno del cual hacían alarde. La acritud de los sectores religiosos y teístas fundamentalistas o no ante el logro, demuestra la profundidad del logro. No hay que olvidar que, en general, las izquierdas socialistas o socialdemócratas no hicieron suyo ese proyecto de igualdad sino tardíamente y que la percepción de buena parte de la gente que no es de izquierdas es que la reforma en el ámbito del género tiene un fuerte contenido humanitario y justicialista que legitima la defensa de la causa.

 

Rubén Berríos Martínez en Vieques

Rubén Berríos Martínez en Vieques

Vieques: del consenso al disenso

A fines de la década de 1990, la administración Rosselló González enfrentó la crisis producida por la muerte accidental de Sanes Rodríguez creando una Comisión Especial de Vieques (CEV). Ello resultaba una novedad: en lugar de echar el asunto debajo de la alfombra por tratarse de un incidente fuera de su jurisdicción, se tomaban cartas en el asunto. No solo eso, el primer informe rendido por la CEV apoyó los argumentos de los activistas que presionaban a la Marina de Guerra: el poder y la oposición coincidían de manera evidente por primera vez desde hacía mucho tiempo. La inusual armonía de 1998 no duró mucho. El 31 de enero de 2000,  Rosselló González aceptó una propuesta del presidente  Clinton para poner fin al conflicto sin tomar en cuenta muchas de las posturas de quienes defendían el fin de las prácticas en el terreno. El frágil consenso “humanitario” se quebró y el conflicto, que nunca había dejado de ser  “político” tomó un rumbo inesperado. La experiencia de una “frente amplio” y “popular” capaz de convocar a todos los sectores para alcanzar  causa común no tuvo un efecto permanente. El partidismo lo minó.

El acuerdo Clinton-Roselló González estipulaba que la Marina de Guerra se marcharía de la isla municipio  en o antes del 1ro. de mayo de 2003. Vieques sería desmilitarizado y devuelto en  etapas: en diciembre de 2000 se liberaría la parte oeste y en mayo de 2003 el resto del territorio. La manzana de la discordia entre la administración Rosselló González y “Todo Puerto Rico con Vieques” fue que los términos del acuerdo aceptaban que, en tanto durase la transición, la Marina de Guerra podría seguir haciendo ejercicios bélicos con balas inertes. y la condición que se imponía de que, para que todo funcionara como lo acordado,  la “desobediencia civil” debía terminar. La garantía de que las prácticas finalizarían se afirmaba a través del hecho de que el calendario de las mismas se reduciría a la mitad. El acuerdo se había elaborado con el propósito de mediar entre los intereses civiles moderando la protesta y, a la vez, cumplir con los intereses militares. Sin embargo, en un momento de alta militancia como aquel, era poco probable que los términos del mismo fuesen aceptados sin resistencia por las partes. El acuerdo comprometía a la Marina de Guerra a descontaminar y limpiar las zonas una vez abandonase los predios, acordaba el nombramiento de un  Comisionado de Vieques que articularía el proceso y sugería la celebración de un referéndum sobre el contenido de los acuerdo entre la población viequenses, consulta que debía celebrarse en febrero de  2002. No hay que olvidar que el 2000 era un año electoral en Puerto Rico, la imagen de Rosselló González se había ido degradando en el favor popular  y los primeros síntomas del fin de la era de las empresas 936 habían comenzado a sentirse con el aumento acusado de la deuda pública durante su administración.

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José Paralitici

El acuerdo produjo que la cuestión de Vieques volviera a “politizarse”. Es cierto que el conflicto nunca había dejado de ser político, la presencia de una fuerza de combate del imperio en su colonia nunca dejará de serlo, pero el tono en el cual se había desenvuelto aquella lucha poseía un fuerte cariz humanitario en el cual los medios habían enfatizado constantemente. Cuando el acuerdo Clinton-Rosselló González se hizo público ocurrió un realineamiento de fuerzas que era predecible: el PNP y el PPD coincidieron en apoyarlo deslegitimaron la “desobediencia civil”. El PIP, “Todo Puerto Rico con Vieques” y el activismo soberanista e independentista no afiliado se opusieron al inciso y ratificaron su derecho a expresar su resistencia de manera no violenta cuando así lo requirieran las circunstancias. La protesta del 21 de febrero de 2000 contra el acuerdo Clinton-Rosselló González fue la más grande desde la marcha contra la privatización de la telefónica en 1999.

A pesar de todo, el acuerdo Clinton-Rosselló González fue puesto en práctica y el 4 de mayo de 2000 los alguaciles federales desalojaron a los desobedientes civiles sin procesar jurídicamente a nadie y sin incidentes que lamentar. El PIP fue la organización política más persistente y más visible en el propósito de mantener la “desobediencia civil” como un recurso legítimo al cual se podía apelar en aquel contexto, actitud que condujo al arresto de buena parte de su liderato aquel año. La ola de arrestos fue documentada intensamente por la prensa: entre 1999 y 2003 más de 1000 personas fueron procesadas sin que la situación condujera a la violencia. El desenvolvimiento del conflicto de Vieques parece haber sido uno de los componentes decisivos para la derrota de Rosselló González en los comicios de 2000. Tras los mismos, la solución definitiva del asunto quedó en manos del PPD y la gobernadora Sila M. Calderón Serra

enero 10, 2016

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente VII

• Mario R. Cancel Sepúlveda
• Catedrático de Historia

Vieques: unos antecedentes

El laboratorio más original y prometedor para el futuro de la resistencia de todo tipo en el Puerto Rico de la década de 1990 giró alrededor de las prácticas de la Marina de Guerra de Estados Unidos en la isla municipio de Vieques. No hay que olvidar que la anexión de Puerto Rico fue producto de un acto bélico en el cual aquel cuerpo armado cumplió un papel protagónico. Las posesiones insulares eran fundamentales para la defensa de aquel país y para sus proyectos hegemónicos en el hemisferio sur. Los asuntos de Puerto Rico habían estado bajo la jurisdicción del Departamento de Guerra por lo menos hasta 1934 cuando pasaron a la del Departamento de Interior. Una cosa era ser colonia ultramarina bajo la supremacía de los republicanos antes de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y otra muy bajo la de los demócratas después de la depresión económica (1929).

A lo largo del siglo 20 el interés primordial de las fuerzas armadas, que se había centrado en la isla de Culebra desde 1902, se había ido desplazando en otras direcciones. Cuando en 1913 José De Diego Martínez articulaba su polémica petición de “Independencia con Protectorado”, ofrecía a Estados Unidos la posesión permanente de Culebra. De igual modo, cuando en 1936, Myllard Tydings presentaba su alternativa de independencia en el Congreso, la posesión de Culebra era una de sus condiciones para la aprobación del mismo. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el inicio de la Guerra Fría (1947-1991) alteraron aquel consenso.

David_Sanes_RodriguezEn 1947 el proyecto de la Marina de Guerra y el gobierno local, encabezado por Muñoz Marín desde el Senado ya camino a convertirse en el primer gobernador electo por voto popular en la colonia, consistía en despoblar la isla municipio de Culebra y de Vieques con el fin de ponerlas al servicio de las fuerzas armadas y dedicarlas por entero a fines militares. Aquel proyecto, que ha sido comentado en una excelente publicación por la historiadora Evelyn Vélez Rodríguez, se conoció con el mediático pero sugerente nombre de “Plan Drácula” (1958-1964). El escenario de la Guerra Fría y el conflicto de Corea (1951-1953) que animaron el temor irracional a la “amenaza roja”, justificaron el uso de las tierras ocupadas para prácticas de tiro lo mismo con bala “inerte” o de bajo impacto que con bala “viva”. Las zonas de práctica de combate también se convirtieron en un negocio lucrativo para la milicia en la medida en que las mismas eran arrendadas a países aliados para fines análogos. Las presiones psicológicas que imponía el anticomunismo durante aquella época poseían un poder material incuestionable que debería investigarse con cuidado ahora que las mismas han sido dejadas atrás. En aquel ámbito, muchas de las acciones de Estados Unidos en Puerto Rico, su colonia caribeña, eran apropiadas como una garantía contra la agresión comunista por lo que eran bienvenidas lo mismo por la clase política que por el ciudadano común.

Cuando cesaron las prácticas de combate en la isla de Culebra (1973-1975), sólo se había ganado una batalla más en una guerra que parecía no tener fin. El abandono de Culebra justificó que los ejercicios bélicos fuesen reconcentraron en la vecina Vieques bajo las misma condiciones. En un territorio acostumbrado a la presencia de Estados Unidos y con un movimiento nacionalista y socialista en crisis, la protesta de fuerte contenido político dominante no parecía ser convincente. El activismo social, político y cultural de la década de 1960 estimuló la articulación de otros discursos alternativos que, sin dejar de reconocer que la asimetría colonial era parte importante del problema de Vieques, el mismo no podía reducirse a simples factores políticos. El fin de la Guerra Fría había disminuido la legitimidad de aquellos argumentos que para muchos resultaban simplificadores y que evadían la complejidad del problema. La lógica de muchos observadores era que, si Puerto Rico había dejado de ser una clave militar en la era de la posguerra fría, la permanencia de las prácticas de combate en la isla municipio ya no era necesaria.

Vieques: un nuevo tipo de activismo

El innovador activismo comenzó a señalar los efectos contaminantes de las prácticas de combate. Las aguas, el aire, los suelos eran víctimas de aquel ejercicio pueril. Los desperdicios sólidos, residuos nucleares y en mismo ruido fueron objeto de crítica por el efecto que podían tener en la pesca y la salud de los pobladores. Por otro lado, el activismo cultural se quejaba de que la isla de Vieques, por su ubicación en la cadena de islas antillanas, era uno de los repositorios naturales con mayor potencial arqueológico del país, riqueza que se encontraban amenazada por las prácticas de combate. En general, sin dejar a un lado la crítica política, los señalamientos se diversificaban.

Los observadores aceptaban que las actividades de la marina habían deprimido, en lugar de estimular, la economía de la isla municipio y que su potencial pesquero y turístico dejaba mucho que desear. Las estadísticas oficiales confirmaban el alegato. En 1999 el desempleo en Vieques era de un 18.6 %, es decir, 7 % más alto que en la isla grande, mientras la Marina de Guerra empleaba tan solo 120 personas de la isla para suplir servicios civiles y de seguridad. El 19 de abril de aquel año, un avión F-18 lanzó una bomba de 500 libras que erró el objetivo y mató a un guardia de seguridad, David Sanes Rodríguez, e hirió a otros cuatro obreros. El incidente se mundializó de inmediato y fue la chispa de una intensa campaña que, a la larga, consiguió un acuerdo que condujo al fin de las prácticas para el año 2003

Todo_PR_Vieques“Todo Puerto Rico con Vieques”, un grupo amplio de la sociedad civil, fue la primera experiencia de lucha político, social y mediática en la posguerra fría y la era neoliberal. En medio de las propuestas nacionalistas y socialistas, un historiador estaba a la cabeza del proyecto: José Paralitici. El activismo de aquella organización popular cambió la tesitura de las luchas colectivas en el país a principios del siglo 21. Los elementos innovadores fueron muchos. Aquellos combates por Vieques fueron el escenario del “fenómeno Tito Kayak”.

Alberto de Jesús Mercado, con su protesta espectacular, cambió el panorama de la resistencia político social de una forma sin paralelo hasta el presente. Su “captura” junto a otros cinco activistas en el piso superior de la Estatua de la Libertad en Liberty Island, Manhattan el 5 de noviembre de 2000 tras colocar una bandera de Puerto Rico en su frente, consiguió llamar la atención del mundo sobre el tema de la isla municipio. En el acto había algo de aventurerismo combinado con una buena dosis de activismo mediático cuyos efectos concretos estaban por verse.

Bajo aquellas circunstancias innovadoras, la protesta contra las fuerzas navales de Estados Unidos en Vieques se convirtió en punto de peregrinación que llamó la atención de figuras de los medios masivos de comunicación y de la vida pública que aceptaban ser arrestadas por una causa legítima. Ese fue el caso de Edward James Olmos, conocido actor; o de José “Chegüí” Torres, excampeón de boxeo retirado, entre otros muchos que la prensa se ocupaba de mostrar en su planas.

Más allá del atractivo que la causa de Vieques producía, lo cierto es que el incidente Sanes Rodríguez tuvo el suficiente poder de convocatoria para movilizar personas de todas las tendencias políticas, ideológicas o religiosas sin problema aparente por el hecho de que no había sido un asesinato político sino producto de un error humano o de cálculo. En 11 de noviembre de 1979, un militante de la Liga Socialista Puertorriqueña, Ángel Rodríguez Cristóbal, había muerto en condiciones sospechosas en prisión federal en Tallahassee, Florida, donde cumplía una condena tras haber sido arrestado en la isla de Vieques. A pesar de que las autoridades indicaron que se trataba de un suicidio las circunstancias apuntaban en otra dirección. La muerte del militante de Ciales nunca se convirtió en una causa común de tanto arraigo como la de Sanes Rodríguez.

Arresto de Edward James Olmos.

Arresto de Edward James Olmos.

La impresión que deja aquel proceso es que las circunstancias de la muerte accidental de Sanes Rodríguez, un amigo de la Marina de Guerra que trabajaba para ella, “despolitizó” el issue y permitió llamar la atención sobre su filo “humanitario”. Las izquierdas, fuesen socialdemócratas o socialistas, y los nacionalistas, se sumaron y acomodaron a una ola humanitaria que no podían frenar. El otro aspecto que garantizó el amplio apoyo popular fue que la “desobediencia civil” y la “resistencia pasiva”, más que la confrontación, se habían impuesto como táctica. Los efectos que tuvo ese proceso de ajuste tanto en el lenguaje como en su praxis de la resistencia antisistémica, todavía no se ha investigado con formalidad. Del mismo modo, la pregunta de cuánto cambió la recepción de los sectores rebeldes por parte del puertorriqueño común que siempre lo había identificado como una fuerza hostil y antiamericana, tampoco ha sido respondida.

Un recurso relacionado con la revolución informática que favoreció la generalización de la causa viequense y su rápida difusión, fue la posibilidad de la protesta virtual o no presencial que ofrecía la Internet. El acceso a la información, fidedigna o no, a través de un terminal de procesadora por medio de una lista de mensajes, el correo electrónico, los mensajeros o un hogar virtual, afectó el panorama de esa y otras luchas. El proceso de desenvolvimiento hacia los espacios del “revolucionario virtual” o lo que hoy se denomina “slacktivismo” o “activismo de sofá”, había comenzado a pesar de que todavía estaba la tecnología lejos de la consolidación del microblogueo (Twitter) y las comunidades virtuales (Facebook), fenómenos de mediados de la década de 2001 a 2010.

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