Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 11, 2021

Notas a una conferencia de César A. Salgado en torno a Sotero Figueroa Hernández (1851-1923)

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

El pasado 4 de febrero tuve la oportunidad de compartir con el colega César A. Salgado, profesor de la Universidad de Texas en Austin. El escenario fue su presentación “San Juan / Ponce / Nueva York / La Habana: trayectoria de Sotero Figueroa”. El diálogo, prefiero ver este tipo de intercambio de ese modo, contó con el respaldo del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) y el Departamento de Ciencias Sociales del Recinto Universitario de Mayagüez. Detrás de ese esfuerzo estuvieron los doctores Edwin Asencio Pagán, José Anazagasty Rodríguez y Marcelo Luzzi. Agradezco su disposición a abrir un espacio de reflexión en torno a las relegadas materias de la cultura del siglo 19 antillano. 

Mis acotaciones a la referida ponencia se elaborarán de un modo oblicuo. Me propongo tomar distancia del asunto concreto tratado con el propósito de que los lectores estén en posición de valorar de manera informada la naturaleza de la mirada de Salgado. Con ello en mente comentaré su exposición desde una perspectiva macroscópica. El entramado macroscópico al cual voy a hacer referencia tiene que ver con los estudios históricos, sociales y culturales del siglo 19 puertorriqueño y su situación en el presente. Después de todo, se trata del territorio de investigación en el cual me formé durante la década de 1980 y al cual, tras un largo entreacto, he regresado en los últimos 10 años.

Dr. César Salgado

Como se sabe, las cuestiones del siglo 19 fueron cardinales para la discusión historiográfica durante las décadas de 1930 y 1950. Volvieron por sus fueros en medio del sordo debate entre la “historiografía tradicional” y la “nueva” durante las décadas de 1970 y el 1980. La ansiedad por aclarar la naturaleza probable del “primer Puerto Rico moderno” dominó el paisaje historiográfico por lo menos hasta mediados de la década de 1990. De entonces a esta parte, algo tuvo que ver en ello el breve interludio del “debate posmoderno criollo”, los acaecimientos del siglo 19 fueron desplazados hacia el “coxis” de la disciplina. La frase que utilizo, que para algunos podrá resultar ofensiva, es una reescritura de otra emitida en 1974  por el historiador francés vinculado a la Historia de las Mentalidades, Jacques Le Goff. El medievalista la traía para referirse a la situación de los estudios culturales ante los sociales y económicos en su país dentro del marco de la Escuela de Annales. Ese tipo de pugilatos, como se sabe, son comunes en este campo de estudio.

El trabajo historiográfico en aquellas décadas, las cuales identificaré por comodidad intelectual con las “generaciones” (una mala palabra que se ha convertido en un clisé condenar), del 1930 y el 1950, y la nueva historia social y económica del 1970 y el 1980, miraron con intensidad en aquella temporalidad. Las posibilidades eran varias. Era posible remitirse a un siglo 19 largo que podría hundir sus raíces en el reformismo ilustrado; o un siglo 19 corto que algunos anclaban en la década de 1810. La lógica del historiador materialista histórico inglés Eric Hobsbawm en torno al siglo 20, ha servido de modelo a la hora de reconocer la incertidumbre que produce la noción secular desde hace mucho tiempo.

Los énfasis de ambas coyunturas interpretativas fueron distintos. Los intelectuales del 1930 y el 1950 privilegiaron el homo politicus. Favorecieron los estudios políticos e institucionales y el  desarrollo de la conciencia ciudadana en la ruta inevitable hacia cierto tipo de libertad política. Dado que formularon sus juicios en tiempos habitados por líderes iluminados y carismáticos, insistieron en el protagonismo de las élites intelectuales en la invención de una identidad que se instrumentalizó en su tiempo de la mano del populismo y el nacionalismo. Por eso, a mi modo de ver, pusieron tanto empeño en la indagación de los avatares del liberalismo y el autonomismo decimonónicos. Sus formulaciones expresaban la insistencia en que se comprendiera el “presente” desde cual reflexionaban como una culminación inevitable de los ideales de las élites liberales del “pasado”. En ese aspecto, los intelectuales nacionalistas y los autonomistas del siglo 20, coincidieron. El trasfondo común de ambos extremos era el respeto reverencial al pasado hispano como “acreedor” de una identidad estable que había protegido a la nación de la “absorción” por parte del “otro”.

Los intelectuales del 1970 y 1980, una interesante contraparte de los anteriores, utilizaron otro prisma en la medida en que privilegiaron el homo economicus. Como si se tratará del envés de un espejo, estimularon el estudio de los engranajes económico-sociales, de las condiciones del mercado, de las relaciones entre diversos sectores de capital en la geografía económica del país y se fijaron en las condiciones de los productores directos en la ruta inevitable hacia el mercado libre.  Resaltaron los trasfondos y los apetitos concretos que movilizaron a la intelectualidad criolla en ciertas direcciones políticas y culturales y, cónsono con ello, investigaron los avatares del liberalismo y el autonomismo como reflejo “en última instancia”, la frase era de Karl Marx, de sus intereses materiales y económicos.

En general los historiadores del 1930 y el 1950, luego tildados con tirria como “tradicionales”, y los de 1970 y 1980, autoproclamados con pasión como “nuevos”, apropiaron el siglo 19 como la expresión de una “modernidad inconclusa”, “atrofiada” o “trunca” cuya marca límite había sido el 1898. La preocupación por el esclarecimiento de la situación de las relaciones de clase, el abajo social y las periferias durante el siglo 19 fue también común. Los “tradicionales” animaron una interpretación “paternalista” que resaltaba el papel dirigente de las elites iluminadas, es decir, el procerato. Los “nuevos” llamaron la atención sobre la “autonomía” y la “agencia” del abajo social y las periferias y, a veces, inventaron un “procerato” del “abajo social” por oposición al otro. Un poderoso determinismo, ordenado de manera distinta en uno y otro caso, medraba detrás de ambos discursos los cuáles, en gran medida, se cancelaban mutuamente. Los fantasmas del progreso y la libertad animaban ambas perspectivas.

Eso significa que Luis M. Díaz Soler y Gervasio García, dos figuras cuya respetabilidad no pongo en duda, aunque compartían el objeto de estudio diferían en cuanto a la “mirada”. Confieso que conocí mejor al primero que al segundo y que mi “mirada”, así como la de Salgado, no coincide con la de ninguno de los dos. En general, como decía Alejandro Tapia y Rivera en sus memorias inconclusas, la concepción dominante era que Puerto Rico nunca pudo superar la condición de “cadáver de una sociedad que no (había) nacido”, una afirmación dura que sugería la imagen de un ominoso aborto sociocultural.

Sotero Figueroa

En cierto modo me alegra que Salgado no sea historiador. Su discursividad, como ya he sugerido, se ubica más allá de aquellos parámetros que, si bien fueron útiles y contestaron interrogantes en el tejido en que fueron articulados, ya no responden las preocupaciones legítimas que se formulan desde algunos nichos de la historiografía del presente. Digo en algunos nichos porque reconozco que la diversidad interpretativa, así como las luchas por el poder y el control del saber, siempre ha sido la nota dominante en este como en cualquier otro campo intelectual.

La situación de Salgado como comparatista literario interesado en las personalidades de James Joyce, José Lezama Lima y los temas cubanos, junto a su condición de poeta y artista de la ficción, recursos denostados acrimoniosamente por algunos de los llamados “nuevos” historiadores, le permiten ver o inventar y “problematizar” aspectos inéditos que resultarían invisibles tanto para los “tradicionales” como para los “nuevos”. Uso el concepto “problematizar” en el sentido que le dio Lucien Febvre: como esa facultad para definir “problemas” donde aparentemente no los hay y como un recurso idóneo para superar la “historia historizante” que identifico con las vertientes que he denominado “tradicionales” y “nuevas”. Ninguna de las dos poseía el utillaje ni la voluntad para mirar hacia los lugares que Salgado mira.

Su reflexión sobre la vida, obra y el tránsito tanto temporal, espacial e ideológico, de Sotero Figueroa Fernández, el tipógrafo ilustrado, el periodista, el intelectual y el activista autonomista y separatista, representa un modelo que Salgado ha desarrollado en diversas instancias. Me consta que ha ejecutado gimnasias análogas en torno a Alejandro Tapia y Rivera, Lola Rodríguez de Tió, Cayetano Coll y Toste, Arturo Alfonso Schomburg, entre otros. Sé que tiene en mente otras personalidades que compartirá en el futuro con sus lectores. Su acercamiento a Figueroa Fernández es, por lo tanto, parte de un experimento interpretativo en la cual el crítico literario se empeña en elucidar la situación de otro puertorriqueño alojado en una de las numerosas diásporas. Se trata de una preocupación compartida por quienes, como yo, se sienten atraídos por los exilios de todo tipo y su impacto en el discurso de la identidad.

Por su formación Salgado trabaja con intensidad las formulaciones literarias de aquel siglo. El carácter de sus observaciones me recuerda otra postura común en la intelectualidad del siglo 19 puertorriqueño que circulaba al interior del elitista Ateneo Puertorriqueño. Me refiero a la llamada “historia psicológica” articulada teóricamente pero de manera dispersa por intelectuales como Eugenio María de Hostos y Manuel Elzaburu Vizcarrondo. La idea central de la “historia psicológica” era que la identidad maduraba en los intersticios de la literatura creativa en particular la novela, el género moderno y burgués por excelencia.

La historiografía se concebía como una lectura racional y proyectiva de la literatura creativa porque se presumía que en ella se dibujaba el espíritu colectivo de la región camino a transformarse en una nación. Dado que Puerto Rico nunca vio crecer su historiador moderno pleno, la cita es de Elzaburu Vizcarrondo, ni tampoco fue el teatro de una gran producción novelística, la conclusión lógica era que la región camino convertirse en una nación andaba al margen del progreso. Eso era lo que Tapia y Rivera sintetizaba en la metáfora del cadáver no nacido. En cierto modo la modernidad sin historiografía y sin novela se concebía como una imposibilidad o una utopía. La “conciencia” de la anomalía se impuso sin remedio.

Todo parece indicar que aquella idea prejuiciosa era la que justificaba el amor a España y la necesidad de ser reconocida por aquella como iguales que manifestaban los sectores liberales reformistas de Puerto Rico incluyendo, claro está, a los autonomistas radicales. Aquel fue un periodo condenado por la crítica peninsular e insular como uno de escasos valores y posibilidades, si bien de grandes esfuerzos que recaían sobre los hombros de la intelectualidad de la clase criolla. Aquel terreno lleno de inseguridades iba a ser culturalmente fértil para la aceptación de la promesa estadounidense de progreso y modernización en 1898 como un acto liberador por aquellos sectores.

Todo esto lo sé, voy a hacer una digresión personal, porque Salgado y yo lo hemos discutido cara a cara desde el año 1999. Por entonces yo trabajaba para la Universidad Interamericana en San Germán en el proyecto fundacional de la Casa-Museo Aurelio Tió, uno de los acervos más ricos y menos trabajados de la historiografía puertorriqueña. Fue allí donde me topé con él por primera vez. Su interés por la correspondencia de temas públicos y privados de Lola Rodríguez de Tió le habían llevado hasta el lugar. Los encuentros en la vieja casona de los Tió en San Germán se convirtieron en visitas esporádicas a las casas que habité en Hormigueros. Las tertulias se repitieron año tras año hasta que, en 2020, la pandemia de Covid 19 impidió las mismas. Desde entonces solo los medios electrónicos han permitido la comunicación. Han sido 20 años de intercambio personal y cultural y 20 años no pasan en vano. No enumero los múltiples aspectos que discutimos en mi biblioteca, en algún café, en el banco de una plaza en San Juan o en Austin desde principios del siglo 21 por qué no quiero agotarlos con una larga lista.

Lo que sí me gustaría elucidar es el hilo conductor de aquellas conversaciones centradas en las figuras, sus discursos y sus contextos en la mesa informal diálogo. Lo primero que aclaro es que, a diferencia de las miradas llamadas “tradicional” y “nueva” antes citadas, lo que interesaba a Salgado no era la clase social ni la fisonomía de una cultura elitista compartida. Tampoco se trataba de aclarar una ideología política o una concepción de la identidad regional que se pudiese definir como distintiva de una “gran familia puertorriqueña” o de una “clase criolla” con presunciones de homogeneidad. Tampoco era su intención forzar la formulación de la “conciencia” compartida como la expresión de un color de piel o una etnicidad dadas.

En cierto modo la selección de figuras ejecutada por Salgado tenía la intención de ratificar el carácter híbrido y la diversidad de una “conciencia antillana” en formación en el siglo 19 en la cual se insertaba la “puertorriqueña”, expresión que resultaba distante de la “conciencia caribeña”  en la cual se insertaba la “nacional” según la conocimos durante el siglo 20. Las conversaciones eran una entretenida aporía tras el “debate posmoderno criollo” y su sugerente asunción de la “miseria del nacionalismo”. Su planteamiento era una invitación a aceptar la fragilidad de esas identidades que muchos consideraban objetos terminados según eran congelados a través de la racionalidad instrumental. Detrás de todo ello estaba la idea de que, incluso las conciencias colectivas presumiblemente más redondas, no eran sino procesos en construcción constante a través del tiempo y el espacio. Su planteamiento era además una invitación a caminar a contrapelo de las convenciones de la mirada “tradicional”, “nueva” y “posmoderna” al uso.

La lectura que propongo de la conferencia “San Juan / Ponce / Nueva York / La Habana: trayectoria de Sotero Figueroa” es la siguiente. Voy a evaluar la mirada alternativa de Salgado a aquellas figuras selectas como una propuesta para la revisión crítica de la representación historiográfica que se ha hecho del siglo 19 antillano. Mirar el siglo 19 a 122 años de la invasión de 1898 representa todo un reto. El carácter innovador de la mirada de Salgado circula alrededor de varios elementos.

En primer lugar, el énfasis que pone en comentar figuras no canónicas o preteridas como es el caso de Figueroa Fernández. En segundo lugar, el apasionante esfuerzo que ejecuta alrededor de la archivología y los procesos de construcción de esos registros simbólicos o materiales como ocurre cuando mira hacia Coll y Toste, Tapia y Rivera o Schomburg. Los apetitos archivísticos de Figueroa Fernández están, por otro lado, vertidos en su colección de biografías publicada en Ponce en 1888, y en la fijación de la memoria rebelde en la obra historiográfica que produjo en torno a la Insurrección de Lares en el periódico Patria durante la década de 1890, proceso en el cual la correspondencia con Ramón E. Betances Alacán, un reclamo directo a su memoria, cumplió una función puntual.

En tercer lugar, para Salgado visitar críticamente la construcción de la memoria, su registro textual y su condición de materia prima de la historiografía ha sido clave. No solo eso. También se ha ocupado de evaluar la lucha por el control de la memoria que se ha desarrollado entre liberales reformistas, separatistas anexionistas e independentistas y sus herederos a lo largo de dos siglos. Las pugnas han girado alrededor del crédito por la consolidación de ciertas gestas consideradas gloriosas tales como la abolición de la esclavitud o de la libreta de jornaleros, el avance de la lucha por la libertad y el significado político concreto de dicho polisémico concepto, entre otras. Incluso el sentido que debe adjudicarse a ciertos episodios tales como las rebeliones de Lares y Yara, ha sido parte de ese pugilato histórico como lo refleja la anteposición de la imagen de la algarada a la de acto fundacional. En cuarto lugar, Salgado se ha empecinado, para bien de todos, en revisar los porosos límites de las concepciones políticas decimonónicas, me refiero al autonomismo, al separatismo, al regionalismo y el nacionalismo emergente, y la proyección de aquella incertidumbre gnoseológica hasta el presente.

El registro que antecede es tentativo e incompleto pero bastará para estimular a quien se acerque a este tipo de problemas. Por último, esta mirada a Figueroa Fernández hace algo más: revisa uno de los fundamentos de un posible discurso historiográfico puertorriqueño emanado del autonomismo radical y el separatismo independentista y antillanista, tal y como lo he señalado en diversas ocasiones. Para quienes miramos hacia la tradición nacionalista del siglo 20 desde la “comprensión” y la empatía sugerida por Marc Bloch, pero también desde la crítica incisiva que se ubica más allá del culto pueril, su aportación es invaluable. Agradezco las pistas compartidas por César A. Salgado durante los pasados 20 años. La relectura del pasado puertorriqueño se enriquece con su trabajo.

julio 24, 2020

Pensar el separatismo: el planteamiento de un problema

  • Historiador

De cara a la conmemoración del 151 aniversario de la Insurrección de Lares de septiembre de 1868, volver a mirar las circunstancias que rodearon la rebelión reviste una peculiar importancia. Revisitar los caminos que condujeron a Lares, podría animar una comprensión más abierta de los problemas que rodean a los que al presente se consideran herederos de aquel actó único en muchos sentidos.

El separatismo: una aproximación conceptual

El separatismo fue un movimiento político ideológico diverso que aparece mencionado por primera vez en documentos puertorriqueños del año 1795. En aquellos pliegos el concepto sugería una aspiración amenazante que atemorizaba a las autoridades hispanas en la medida en que ponía en peligro su control soberano sobre las colonias Hispanoamericanas y Caribeñas. La meta política inmediata del separatismo era separar o enajenar a Puerto Rico del Reino de España. La meta política futura, la cuestión de hacia dónde conduciría la separación, no estaba clara. El separatismo no terminaba con la ruptura con el poder colonial hispano. Durante el primer tercio del siglo 19 las posibilidades tras la separación eran varias. Por un lado, se podía asociar a Puerto Rico separado a otro poder mayor en busca de seguridad política y económica. Por otro lado, se podía vincular a Puerto Rico separado a las otras Antillas en una federación en el modelo de la estadounidense emanada del 1776 que desembocó en la constitución de 1787, o de la germánica articulada por Napoleón Bonaparte en 1815 en el escenario del Congreso de Viena. En ocasiones ambas posibilidades se entremezclaban, elemento que complicaba el panorama ideológico del separatismo decimonónico.

En diversas instancias, la unión que se buscaba constituir debía convertirse en parte de un poder internacional estable. En aquel entonces no se confiaba en la capacidad de los territorios pequeños o insulares para la independencia y la soberanía. Después de 1819, los poderes que parecían idóneos para ese fin fueron la Gran Colombia creada por el Congreso de Angostura y Estados Unidos. A pesar de que era probable que muchos separatistas deseasen constituir el Puerto Rico separado en un país independiente y soberano, aquella no parece haya sido la tendencia dominante. El separatismo fue un movimiento internacional encabezado por criollos radicales que seguía el modelo de lo que luego se denominó el Ciclo Revolucionario Atlántico en América. En términos geopolíticos y culturales, concebía a Puerto Rico como parte integrante de Hispanoamérica, modelo figurado en las estructuras seculares del Imperio Español por lo que su probable integración a aquel “otro” no planteaba problema alguno. En síntesis, el separatismo fue la base no solo del movimiento independentista en sus diversas manifestaciones sino también de todo movimiento anexionista a otro territorio continental.

El separatismo anexionista tenía como meta política separar a Puerto Rico del Reino de España para anexarlo a otra unidad política. Su tradición ha sido documentada con varios modelos más o menos conocidos por los investigadores.

  • El primero fue la conjura de 1815 organizada por el diputado a Cortes de origen hispano-cubano, el militar y mercenario José Álvarez de Toledo y Dubois (1779-1858). Álvarez de Toledo aspiraba separar las tres Antillas Mayores del Reino de España con el fin de fundar una confederación que, una vez constituida, solicitaría su integración a Estados Unidos como un territorio más. La conjura fue promovida por intereses económicos de aquel país pero no gozó del respaldo de su gobierno y el conspirador cayó en manos de las autoridades hispanas.
  • El segundo fue la conspiración de 1821 cuyo cerebro organizativo fue el General Antonio Valero de Bernabé (1760-1863). El militar nacido en Fajardo redactó un “Plan de Invasión a Puerto Rico” que proponía separar a Puerto Rico del Reino de España con la finalidad de convertirlo en el Estado de Borinquen de la Gran Colombia.
  • El tercero fue otra conjura del año 1822, preparada por el militar y mercenario alemán General Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1772-1839) la cual tuvo como centro de operaciones la isla holandesa de Curaçao. Se sabe que poseía contactos en la ciudad de Filadelfia, Pennsylvania. El conspirador planeaba invadir y administrar su proyecto desde la costa oeste del territorio probablemente Mayagüez o Aguadilla y se proponía convertir a Puerto Rico en el Estado de Boricua de Estados Unidos.

El separatismo anexionista estuvo especialmente activo durante la década de 1850 en particular en Cuba alrededor de la figura del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) y en 1868, cuando estallaron Lares y Yara, era una de las fuerzas ideológicas más pujantes dentro de los sectores separatistas. En Puerto Rico, el médico José F. Basora (1832-¿1882?) y el empresario Juan Chavarri, ambos de Mayagüez y cercanos de Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) y Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), fueron anexionistas militantes antes de la insurrección de Lares.

“1868-1968” por Lorenzo Homar, serigrafía

El separatismo independentista por su parte tenía la meta de separar a Puerto Rico del Reino de España para convertirlo en un país soberano y, desde la soberanía, promover la constitución de una federación o confederación de las Antillas hispanas, Cuba y República Dominicana. A fines del siglo 19 los potenciales miembros de la unión ya se habían ampliado hasta incluir todo el orbe antillano insular.  Como se dijo, los archivos registran su presencia desde 1795 cuando se investigó a supuestos separatistas en la isleta de San Juan en el contexto del temor producido en la oficialidad colonial por motivo de la Revolución Francesa. Aquel año se había aprobado la Constitución del Año III de la Revolución tras la desaparición del Club de los Jacobinos, como antesala del golpe militar del 18 Brumario de Napoleón Bonaparte. La presencia esporádica del separatismo independentista entre 1808 y 1827 ha sido documentada pero todo parece indicar que aquella propuesta alcanzó madurez política entre los años 1837 y 1865.

Aquellos años representaban dos lugares claves para el relato tradicional de la historia política de aquel siglo que la historiografía del 1930 y el 1950 consagraron no a la luz del desarrollo del separatismo sino del autonomismo. El relato aludido enlazaba el desarrollo del separatismo independentista al hecho de que en 1837 se había excluido a Puerto Rico del amparo de la Constitución de 1836, a la incumplida promesa de Leyes Especiales o autonomía regional y al fraude que significó la Juan Informativa de Reformas citada en 1865 y celebraba en 1867. Bajo la presión de las circunstancias los separatistas independentistas favorecieron el establecimiento de alianzas con los separatistas anexionistas y con los liberales reformistas más exigentes, en especial los que defendían la autonomía moderada o radical. La manifestación política más conocida del separatismo independentistas fue la Insurrección de Lares de 23 de septiembre de 1868 y todas las conjuras que le sucedieron hasta los Comités de Pólvora animados por Betances Alacán antes de radicarse en París que seguían activos en 1874.

El separatismo independentista no era  un movimiento homogéneo. Las tendencias dominantes parecen haber estado determinadas por la naturaleza del liderato y sus preferencias tácticas por lo que es posible distinguir entre una facción militarista y otra civilista.

  • El separatismo independentista militarista era antimonárquico y republicano. Su liderato estaba constituido por militares profesionales que provenían del Estado Mayor del Ejército Español en Puerto Rico y su centro de acción estaba en la capital, San Juan. Su activismo ha sido documentado en una diversidad de actos conspirativos  ejecutados entre 1848 y 1865. Se sabe que negociaban el apoyo político y económico de los gobiernos de la República de Venezuela y de la Monarquía de Gran Bretaña para su causa. Su republicanismo no les impedía negociar con un régimen monárquico como el británico. Hacia el 1863 se organizaron alrededor del Gran Club de Borinquen cuyos encargados eran los militares Andrés Salvador (1804-1897) y Juan Eugenio Vizcarrondo y Ortiz de Zárate (1812- ¿?). La táctica que los definía era simple: debía articularse un golpe militar eficaz con el más amplio apoyo popular a fin de proclamar la independencia. Los gastos de la guerra de independencia se pagarían con un préstamo a los británicos, pagadero después de la independencia. La confianza en que las fuerzas armadas y la gente apoyaría al liderato era completa, hecho que sugería una concepción pasiva del papel de la comunidad en el proceso.
  • El separatismo independentista civilista era también antimonárquico y republicano.  Fue una facción liderada por civiles, profesionales e intelectuales activos en Puerto Rico y atrajo a numerosos exiliados que habían hallado refugio en el Caribe y Estados Unidos. Hacia el año 1857, su centro gravitacional estaba en Mayagüez y sus dirigentes más notables eran Betances Alacán y  Ruiz Belvis quienes negociaban el apoyo de Estados Unidos y de las Repúblicas de Perú y Chile para su causa. La correspondencia de Betances Alacán demuestra que también este, a pesar de su republicanismo radical, nunca descartó  el respaldo de monarquías como la británica si se trataba de adelantar la causa de las islas. Desde 1865, se aliaron con la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en Nueva York, organización encabezada por el cubano Cirilo Villaverde (1812-1894) y el citado Basora, ambos anexionistas. La comunidad de intereses entre los separatistas independentistas civilistas y los anexionistas era visible pero no impidió que se desarrollaran tensiones en algunos momentos. Su táctica consistía en  organizar una invasión a Cuba y Puerto Rico desde Estados Unidos con el apoyo de algunos países de Hispanoamérica, a la vez que se estimulaba un levantamiento o insurrección popular en ambas islas. Todo sugiere que estaban dispuestos a contratar militares profesionales para coordinar la fase bélica pero querían asegurarse de que el protagonismo del proceso recayera en el liderato civil a fin de que la revolución representara los intereses de la gente o el pueblo común. Las relaciones con los militares profesiones siempre fueron ambiguas como quedó demostrado en los eventos de Lares y Pepino.

Ambas tendencias, la separatista independentista (militarista y civilista) y la anexionista apoyaban en principio el libre mercado, la libre competencia y, tras el fin de la Guerra Civil en Estados Unidos (1864), la abolición de la esclavitud de manera más o menos unánime. A pesar del elitismo del liderato, simpatizaban con la construcción de un sistema democrático o representativo que se apoyara en la gente común o el pueblo siguiendo el modelo francés y estadounidense. Todos reconocían que el proceso de separación de Puerto Rico de España debía tener un componente de violencia armada. La experiencia de los procesos de emancipación de las ataduras del Antiguo Régimen en América desde fines del siglo 18 así lo indicaba.

Todos aquellos sectores estuvieron presentes en los procesos que condujeron a la Insurrección de Lares del 23 de septiembre de 1868. La complejidad y heterogeneidad del separatismo tiene que ser tomada en consideración  a la hora de evaluar su manifestación más relevante.

El separatismo: una aproximación historiográfica

El separatismo fue uno de los proyectos político ideológicos más visibles durante el siglo 19. A pesar de que nunca consiguió la meta última que se propuso, desasir a Puerto Rico del control hispano por la fuerza de las armas, asunto que se resolvió con una invasión extranjera en 1898, su impacto sobre la figuración identitaria puertorriqueña ha sido significativo. El esfuerzo del gobierno español por suprimirlo ocupó a muchos investigadores desde fines del siglo 19, momento en el cual el periodista ponceño radicado en la ciudad de Nueva York, Sotero Figueroa Fernández (1851-1923) se propuso historiarlo. Aquel intelectual vinculado a los sectores artesanales había transitado del liberalismo, al autonomismo radical, y de allí al independentismo confederacionista.

Uno de los rasgos distintivos del proyecto de Figueroa fue que no vio la experiencia separatista previa a aquella fecha: la de fines del siglo 18 y la que se había articulado desde 1808 hasta por lo menos 1848. Figueroa investigaba en una situación de emergencia, desde el exilio político y bajo la vigilancia de las autoridades hispanas. El interés que manifestaba no podía desembocar en una historia sistemática del separatismo por toda una diversidad de circunstancias materiales y espirituales. El hecho de que él no fuese un historiador, los reclamos de la inmediatez que imponían la militancia y el activismo, la ausencia de archivos o registros documentales formales a los cuáles recurrir aparte de los periódicos revolucionarios disponibles, entre otros, debe ser tomado en consideración en cualquier juicio que se haga sobre su esfuerzo. Figueroa escribió desde la experiencia conspirativa y la pasión del militante. Los registros o archivos de los que dependió fueron el testimonio del liderato separatista puertorriqueño puesto sobre papel a petición suya, en especial el de Betances Alacán. El médico de Cabo Rojo, desde su punto de vista, representaba la tradición más vigorosa del separatismo independentistas puertorriqueño a la luz de su papel en el 1868. Al apelar a la memoria de los participantes en especial los protagonistas, inauguró un tipo de historia oral sin oralidad porque muchos de sus testigos vivían dispersos por América y Europa y solo eran asequibles por correspondencia.

La discursividad de Figueroa tanto en sus notas biográficas sobre algunos líderes separatistas en el Ensayo biográfico…  (Ponce, 1888), como en sus artículos sobre la Insurrección de Lares de La verdad de la historia (Nueva York, 1892), osciló entre dos polos. Por un lado, la nostalgia respecto al punto de viraje que representó para la memoria separatista decimonónica el 1868 puertorriqueño y cubano, Lares y Yara. Por otro, la insistencia en la uniformidad ideológica de aquellos proyectos. Ambos intentos rebeldes terminaron por ser identificados como la  expresión de un separatismo de fines independentistas homogéneos. Lares, dados los numerosos mártires que produjo, fue imaginado como un acto heroico iniciático no exento de sacrificios. Un acto de aquella naturaleza invitaba a la reverencia. Ese fue el tono que le imprimió el Partido Nacionalista cuando retomó e hizo suyo aquel hito en 1930 bajo el influjo intelectual de Pedro Albizu Campos. Los historiadores del nacionalismo hicieron un esfuerzo por extender las raíces de lo que llamaban la gesta de Lares hasta las fuentes bolivarianas a través del rescate de una de las grandes figuras de aquel proyecto histórico: el General Antonio Valero de Bernabé (1790-1863)

Que el separatismo de las décadas de 1880 y 1890 estuviese integrado por personalidades identificadas con la autonomía radical, como Figueroa, y la independencia era comprensible. Los portavoces del orden español insistieron en acusar a los autonomistas moderados o radicales de ser antiespañoles y separatistas potenciales. En ocasiones también los señalaron como favorecedores de los avances de los intereses de Estados Unidos en las Antillas españolas y el anexionismo, asociación difícil de negar cuando se observa el problema desde el presente. Aquello significaba que la mirada que poseían las autoridades policiacas y de alta política o espionaje hispanas del separatismo, distaba mucho de la homogeneidad que le adjudicaba Figueroa en sus textos de fines del siglo 19 y de la que le impusieron los nacionalistas desde la década de 1930.

¿Qué le faltaba al modelo de Figueroa y de los nacionalistas? Le faltaba el componente separatista anexionista que tanto había preocupado a Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1901) durante sus primeros días en Nueva York en 1870. La exclusión de los anexionistas en la ola subversiva alrededor del 1868, práctica que cumplía una función política concreta en aquel entonces, llama mucho la atención. La omisión de los observadores del siglo 19 fue reproducida por los del siglo 20. En una serie de expresiones públicas vertidas entre 1923 y 1930, los ideólogos del nacionalismo argumentaron que la integración de Puerto Rico a aquel país como estado era imposible.

Los procesos a través de los cuales se ejecutó la purga del pasado anexionista del separatismo no han sido investigados con propiedad. El discurso a través del cual ello se realizó nunca ha sido problematizado por lo que el sentido cambiante de la anexión desde 1820 hasta 1930 tampoco ha sido precisado. La exclusión no se circunscribió al componente anexionista por cierto. La reflexión sobre el pasado de la lucha por la independencia elaborada desde el nacionalismo devaluó la herencia de los autonomistas radicales. En un artículo publicado en partes entre 1930 y 1931 en el marco de un argumento jurídico, Albizu Campos afirmaba que una autonomía liberadora si bien había sido posible bajo el orden español, su modelo era la Carta Autonómica de 1897, ello no era posible bajo el estadounidense.

Todo sugiere que las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas. La experiencia política emanada del 1898 parceló y distanció aquellas tres expresiones de la resistencia antiespañola cancelando de ese modo los vasos comunicantes que habían existido entre aquellas. Después de todo las necesidades y las circunstancias de la política y el activismo de cada día eran diferentes en los siglos 19 y 20. El problema no radica en el distanciamiento en sí mismo sino más bien en la forma en que unos y otros sepultaron ese pasado y no volvieron a reflexionar en torno el mismo. El resultado neto de aquellos para la historiografía del separatismo fue la reducción de un discurso y una praxis compleja. Circunscribir el separatismo a la propuesta independentista  simplificaba una experiencia que irradiaría la cultura política puertorriqueña de los últimos dos siglos. Aclarar el papel que cumplió aquella madeja de tendencias camino hacia el 23 de septiembre es por lo tanto esencial.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de julio de 2020.

septiembre 26, 2019

La Insurrección de Lares en la memoria de Ramón E. Betances Alacán

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Los recuerdos del 1868 ocuparon esporádicamente la memoria de Ramón E. Betances Alacán durante 30 años y, por cierto, siempre fueron un pretexto valioso a la hora de formular una idea para teorizar la revolución ante los sucesos entre el 1895 y el 1898. Los comentarios dispersos a lo largo de su correspondencia política indican que reconocía el valor potencial de que se reconociese cierta  continuidad entre una y otra experiencia. En términos generales no se equivocaba. Los componentes principales y los extremos ideológicos seguían siendo los mismos. Además un fragmento del liderato más significativo de los procesos del 1868 seguía vivo y esperaba que se contara con ellos para la nueva fase revolucionaria. Pero también era innegable que, al paso de los años, algunos de los actores habían cambiado de posición en el juego.

En el caso particular de Puerto Rico y Cuba, el autonomismo y el anexionismo a Estados Unidos habían ganado una relevancia extraordinaria por lo que las posibles alianzas con elementos de aquellos sectores a la hora de la separación debían ser trabajadas con sumo cuidado. Las  relaciones entre los separatistas independentistas y los anexionistas habían generado disputas en 1868 y 1869, antes y después de Lares, y nadie quería que ello se convirtiera en un freno para las aspiraciones separatistas. Pero el conflicto entre Estados Unidos y España, que también había sido un componente del 1868, había un tomado un giro extremo por cuenta de la guerra en Cuba que, como se sabe, se usó para justificar una intervención directa de Estados Unidos, hecho que acabó por marcar el futuro de las islas tras el conflicto de 1898. La disposición de los anexionistas cubanos, mucho mejor organizados que los puertorriqueños a fines del siglo 19, para disentir de los independentistas, era mucho más notable a fines de la década de 1890 que a fines de la de 1860. Es posible que el balance de fuerzas entre ambos extremos hubiese cambiado a lo largo de aquellos 30 años.

Betances Alacán veía la Insurrección de Lares como el resultado de un largo proceso de intenso trabajo político. La correspondencia que mantuvo en 1896 con Eugenio María de Hostos Bonilla y José Julio Henna Pérez, dos de sus más cercanos colaboradores, tornaba al asunto del 1868 una y otra vez. Se trata de dos corresponsales únicos identificado el primero, con el independentismo y el confederacionismo; y el segundo, con el anexionismo. En una nota a Hostos Bonilla en noviembre de 1896 afirmaba que “la intentona de Lares me costó doce años de preparación (1856-1868), y a eso se debió que Rojas se sublevara en Lares y que Sandalio Delgado tuviese un verdadero ejército (10,000 hombres me decía él-póngale 3,000) en Cabo Rojo, donde tanto me querían”[1]. Y a Henna Pérez le insistía en que “desde antes del ’65 (José Francisco) Basora y yo teníamos la isla agitada”[2] , que la población había sido inundada de papeles revolucionarios y que habían sido capaces de introducir armas al territorio por lo que Puerto Rico estaba listo para la revolución[3]. Una de las situaciones que lamentaba era que, al momento del levantamiento que se había dado “sin darme aviso,”[4] se encontraba en Curazao preparando un embarque de armas y que cuando se disponía a dirigirse a Puerto Rico “ya se había concluido todo”[5]. A Henna Pérez le revelaba que cuando llevó el cargamento de armas “compradas por mí y con mi dinero”[6] a Santo Domingo, las confiscó el presidente Buenaventura Báez.

Betances Alacán estaba convencido de que en 1868 lo habían dejado prácticamente solo con la tarea y, de hecho, al único conspirador al cual alude en ese momento es a Basora, anexionista al igual que Henna Pérez[7]. En otra nota a Henna Pérez firmada en julio de 1897 reconocía la falta de apoyo interno a su causa y llegó al extremo de decir que “me desespera el ver a mis paisanos tan indiferentes y hasta dichosos de vivir en el oprobio con tal de vivir”[8]. Para reforzar el argumento de que le habían abandonado recordaba que en 1868 había enviado una proclama a los “ricos” de la colonia, sector del cual esperaba el sostén financiero que se resistían a brindar. En la proclama aludida apelaba al núcleo de sus temores y sus prejuicios más ominosos amenazándolos con el fantasma de la revolución racial y social con el fin de convencerlos de colaborar: “Hagamos la revolución; -decía- pues si no puedo hacerla con ustedes (los ricos), la haré con los jíbaros; y si los jíbaros no quieren la haré con los negros”[9]. La clase criolla adinerada no se conmovió ante su petición de respaldo en 1868, hecho que volvió a repetirse en 1897. Los comentarios anotados demuestran que ni siquiera la aprensión o el escrúpulo que tenían los ricos ante los sectores del abajo social los sacudía lo suficiente como para tomarse el riesgo. Aunque no pudo persuadir, salvo contadas excepciones, a los “ricos”, Betances Alacán siempre fue muy cuidadoso a la hora de concebir el separatismo como una causa común de independentistas confederacionistas y anexionistas, alianza de que dependían las posibilidades de triunfo de su proyecto.

La derrota de Lares, otro asunto que debía explicarse a la hora de recuperar la memoria de aquel evento, la atribuía en otra carta a Sotero Figueroa Fernández al adelanto de la fecha del golpe que, planeado para el 29 de septiembre en Camuy, había sido ejecutado en Lares el 23. Factores fuera de su control habían forzado la decisión. Su lógica era que si “no hubieran tenido los patriotas que precipitar el desenlace de la conspiración”[10] el resultado hubiese sido distinto. Recordar esos detalles le mortificaba: “no me haga usted recordar tantos dolores ¡tantos!”[11]. Todas sus observaciones historiográficas y táctico-estratégicas se apoyaban en su condición de participante de los eventos y adoptaban un tono testimonial en el cual la furia y la nostalgia convergían.

Lares, en última instancia y a pesar de todo ello, debía ser salvado como un modelo para la revolución por venir. Las alusiones a la experiencia conspirativa concreta son continuas en la correspondencia con Henna Pérez. En una larga carta de noviembre de 1895 sugiere el modelo organizativo y práctico que condujo al levantamiento de 1868 para que se aplicase al proyecto de fin de siglo: “sería importante conocer, en cuatro o cinco puntos de la isla, algún hombre capaz de formar un Comité, cuyos miembros se encargarán de constituir otros alrededor de los primeros”[12], tal y como habían hecho Basora, Segundo Ruiz Belvis y él, entre otros, durante la década de 1860. En ello insistió y en diversas ocasiones recomendó a sus co-conspiradores listas completas de nombres que valdría la pena estudiar minuciosamente desde la perspectiva de su lugar en el espectro político colonial en contraste con lo que él esperaba de ello en medio de la crisis. Las listas de posibles colaboradores contenían no sólo a figuras de independentismo como el médico Manuel Guzmán Rodríguez,[13] y Hostos Bonilla[14], sino también a otros que no lo eran como Manuel Zeno Gandía, Antonio Mattei Lluveras[15], José Celso Barbosa, Luis Sánchez Morales[16], Juan Ramón Ramos, Agustín Stahl, Santiago Veve Calzada, e incluso Luis Muñoz Rivera a quien señalaba como “el que puede dar mejores informes sobre todo el país”[17]. En aquel registro había figuras que se identificaban con el conservadurismo, el autonomismo posibilista y el ortodoxo y, con posterioridad, con el estadoísmo republicano  afín al separatismo anexionista.

Un asunto que hay que tomar en consideración es que Betances Alacán reconocía que el Puerto Rico del 1860 no era el mismo de 1890. El balance de fuerzas, según se ha sugerido,  y las posibilidades revolucionarias diferían. En 1890 por la ausencia de trabajo político intenso, el país no estaba listo para un levantamiento: “allí comienza a agitarse la opinión; pero sería preciso preparar al pueblo como lo estaba en 1868”[18]. La melancolía y el pesimismo lo abrumaban. Desde su punto de vista la separación e independencia seguían siendo una necesidad, pero las condiciones del terreno reducían las posibilidades de éxito de una empresa de aquella envergadura.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa Fernández, cerca de Betances Alacán, resultó productiva. Poco después del intercambio le adelantaba a Luis Caballer Mendoza que, a pesar de lo incompleto de sus archivos -no tenía ejemplares de algunas de su publicaciones, ni fotos suyas en buen número- no perdía la esperanza de “dar a luz mis memorias”[19], promesa que volvió a hacer en un artículo difundido en el periódico cubano Patria[20] pero que nunca cumplió. La curiosidad de Figueroa Fernández lo condujo a producir no solo la referida colección de biografías publicada en 1888, sino también una serie de artículos sobre la Insurrección de Lares difundida en Patria en 1892[21]. En ambos casos el respaldo de un revolucionario cubano de la nueva generación, José Martí Pérez, parece haber sido determinante. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional del siglo 19 había comenzado.

El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa Fernández era un mulato muy peculiar con un pasado autonomista. Este pensador marginal no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes de su tiempo a quienes, sin duda, guardaba un especial respeto. Sus publicaciones inauguraron un discurso laudatorio y romántico sobre el separatismo independentista y confederacionista comprometido con la reivindicación de un acto subversivo cuyo significado había sido conscientemente devaluado o negado por la historiografía liberal y autonomista. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances Alacán en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894: Lares debía ser rescatado del Leteo.

Pero Figueroa Fernández excluía también conscientemente el papel singular que habían cumplido los separatistas anexionistas en aquel proceso, asunto que siempre había sido fundamental para la mirada betancina a pesar de su antianexionismo militante. Es cierto que los separatistas anexionistas se habían enajenado de la conjura que condujo a Lares durante los primeros meses del año 1867 igual que lo habían hecho los liberales reformistas desde mediados de 1867, pero su trabajo en el entramado de la conjura no podía ser puesto en entredicho[22].  Resulta por demás interesante que ningún comentario en cuanto a aquella disputa ideológica saliese a relucir en la investigación del periodista ponceño.  A pesar de que no se podría valorar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales de la década de 1890 en Puerto Rico y en el exilio, el tono adoptado por este acabó por reiterarse en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada contenía una queja franca respecto a la omisión voluntaria o no, que se repetía en la discursividad de las  elites intelectuales coloniales no separatistas. Lo mismo puede decirse de la escisión o divorcio de los defensores del independentismo y el anexionismo.

Las tensiones que ocuparon la psiquis insular entre 1897 y 1898 limitaron las posibilidades de desarrollo de una discursividad separatista o independentista sobre su papel en el relato de la nación puertorriqueña. La celebración de la autonomía moderada del 1897, arreglo cuyo valor Betances Alacán censuró hasta el momento de su muerte; y la invasión del 1898 que, desde su punto de vista representaba un obstáculo para la independencia y confederación de las Antillas, impidieron la maduración de un discurso historiográfico sobre el separatismo desde el separatismo que fuese confiable. El hecho de que el relato del siglo 19 fuese posesión de los integristas de tendencias liberales reformistas y autonomistas y que la versión separatista excluyera  la rica colaboración entre separatistas independentistas y confederacionistas y anexionistas explican la situación. Por último, el mismo subdesarrollo de una vida intelectual independiente en el país, en particular la historiografía, no ayudaba mucho, por lo que la imagen de aquella parte del pasado acabó por ser extirpada. Para que el asunto volviera a convertirse en un tema de discusión camino a su maduración habría que esperar algunos años.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de septiembre de 2019.

Notas

[1] Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade, eds. (2013) Ramón Emeterio Betances. Obras completas. Vol. V.  Escritos políticos. Correspondencia relativa a Puerto Rico (San Juan: Ediciones Puerto): 416.

[2] Ibid.: 343.

[3] Ibid.: 368.

[4] Ibid.: 404.

[5] Ibid.

[6] Ibid.: 418

[7] Ibid.: 419, 421 ambas en notas a Henna.

[8] Ibid.: 455.

[9] Ibid.: 456.

[10] Ibid.: 270-271.

[11] Ibid.: 271 y una variante del asunto en unos fragmentos sueltos en 279-280.

[12] Ibid: 312.

[13] Ibid.: 476.

[14] Ibid.: 523.

[15] Ibid.: 524.

[16] Ibid.: 380.

[17] Ibid.: 396.

[18] Ibid.: 304.

[19] Ibid.: 274.

[20] Ibid.: 280.

[21] Sotero Figueroa (1977)  La verdad de la historia (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña) 1977.

[22] Véase Carmelo Rosario Natal (1985) “Betances y los anexionistas, 1850-1870: apuntes sobre un problema” en Revista de Historia 1.2: 113-130.

diciembre 14, 2018

La insurrección de 1868 en la memoria: el tránsito del siglo 19 al 20

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 A los colegas y amigos José Paralitici y Miguel Rodríguez López

Punto de partida: dos pretextos betancinos

En agosto de 1891 Ramón E. Betances Alacán respondía una carta fechada el 29 de junio de Manuel Sanguily en la cual este le interrogaba sobre los hechos de Lares en 1868.  Sanguily planeaba escribir una historia de la revolución de Cuba por lo que Lares y Yara, movimientos antiespañoles sin conexión política concreta, eran temas de reflexión.  Dos cosas evidencian la respuesta de Betances. La primera era la desazón que le producía recordar el evento. La segunda, lo poco que podía aportar por “no tener a la mano ni el libro de Labra ni el de Moris y Cueto”.  Había perdido incluso las notas periodísticas escritas para Le XIXe Siècle, colección que “se ha llevado el viento con otras tantas cosas, como se lleva el humo de un tiroteo de guerrillas”. Sin libros ni archivos solo le quedaba la memoria, esa materia en bruto que un buen historiador podía pulir si se lo proponía.

En mayo de 1894 respondió otra nota enviada en abril esta vez por Sotero Figueroa quien se encontraba en Nueva York. Figueroa le consultaba porque quería escribir sobre, según Betances, los “patriotas puertorriqueños que tuvieron la osadía de lanzarse a lo que llama Muñoz Rivera la raquítica algarada de Lares” . El líder de Barranquitas no era el único que había devaluado el acto rebelde por motivaciones políticas sino quizá el más notable. Los autonomistas fueron consistentes en aquella actitud a fin de que no se les relacionara con el separatismo de cualquier tipo, ni el independentista ni el anexionista. La congoja que embargaba a Betances tenía que ver con lo que llamaba la ingratitud de Muñoz Rivera ante “el acto único de dignidad” de Puerto Rico al reclamar la abolición de la esclavitud y la independencia en un acto de la envergadura de Lares.

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José Pérez Moris

El recuerdo de la insurrección, un icono de la lucha anticolonial para el exilio independentista resultaba embarazoso para los liberales y los autonomistas. La revolución separatista fue un tema marginal en la historiografía puertorriqueña decimonónica. La autocensura y el olvido voluntario se impusieron entre los intelectuales coloniales quienes, sin embargo, fueron capaces de configurar una Historia Regional moderada centrada en el respeto y la sumisión a los valores hispanos.

El núcleo de la versión liberal y autonomista giró alrededor del tema de las motivaciones y desembocó en un bien acoplado relato del fracaso que excluía la separación de España como una opción racional o legítima. Alejandro Tapia y Rivera (1882) lo calificó como un acto de “descontentos”, Francisco Mariano Quiñones (1888) como una “asonada” o “calaverada”, “mal planificada” y “peor ejecutada”; y Salvador Brau Asencio (1904) como un acto “prematuro” y “precipitado” que culminó en una mera “algarada”.  El Muñoz Rivera que citaba Betances en 1891 representaba un sector muy amplio de la case criolla no separatista. La idea de Lares como un motín sin sentido no sólo devaluaba sus metas políticas sino que colocaba a los no separatistas en la frontera del anti-separatismo integrista.

Acorde con aquella postura inculparon al separatismo y al 1868, no a España, por el retraso en la concesión de “libertades” hasta el 1897 olvidando que aquellas se articularon en el contexto de una crisis internacional insostenible y como expresión de la desesperación de una España débil. Independientemente de lo errado que hoy pueda resultar semejante juicio la postura resulta comprensible. Los liberales y los autonomistas eran también críticos puntillosos e inteligentes de la relación con España, pero no querían aventurarse a que se les confundiera con los separatistas porque ello ponía en peligro sus aspiraciones concretas. Las disputas por el control del protagonismo de la oposición a España en defensa del proyecto liberal y modernizador no se circunscribieron, en efecto, a la política. Los liberales y los autonomistas también compitieron a los separatistas el logro de la supresión de la esclavitud y la libreta de jornaleros en 1873, es decir, el paso clave para la modernización del mercado, triunfo que Betances reclamaba para el separatismo en la nota a Figueroa de 1894.

La censura del tema de Lares no fue responsabilidad solo de liberales y autonomistas. La versión conservadora o incondicional, la del José Pérez Moris y Luis Cueto que Betances no tenía a la mano en 1891, trató al separatismo como un virus social peligroso que había que erradicar a la fuerza en términos análogos a los que había usado Pedro Tomás de Córdova, Secretario de la Gobernación de Miguel de la Torre, en la década de 1830. Los sinsabores que produjo la separación de Hispanoamérica siguieron vivos durante una parte significativa del siglo 19. A pesar de todo, el médico rebelde sabía que la historia publicada por aquellos en 1872 era indispensable a la hora de reflexionar sobre la rebelión. El libro era un registro documental muy minucioso que informaba sobre la mentalidad del integrismo y la interpretación que daban aquellos a los valores de la hispanidad, culto que terminaría por imponerse como un canon  en el Puerto Rico posterior al 1898. El texto informaba sobre otros asuntos de gran interés: el carpeteo decimonónico y las redes de informantes de entonces no eran diferentes de las que alimentaron el fichado político en el siglo 20. El libro citado, como he comentado en otro artículo, motejaba al liderato de Lares como uno incapaz para la tarea que se propuso, insistía en que servía a intereses egoístas y extranjeros y le imputaba una disolución moral que servía para justificar su exclusión de la hispanidad.

La versión separatista que adelantaban Sanguily y Figueroa, surgía cuando más falta hacía evaluar un pasado de luchas y fracasos. Los actos del 1868 no habían conducido a donde se esperaba y el separatismo independentista había sido testigo del crecimiento del interés de Estados Unidos en la región y del anexionismo. Una nueva generación de rebeldes reconoció a la altura de 1890 la necesidad de construir un pasado con los restos de la memoria de los sobrevivientes del liderato del medio siglo 19. La segunda la segunda fase del Ciclo Revolucionario Antillano, que comienza después del Pacto de Zanjón (1878) y el fracaso de la Guerra Chiquita (1879) en el exilio, no tuvo el mismo impacto en Cuba y en Puerto Rico. La pequeña Antilla se transformó en un apéndice incómodo de la causa cubana. En ese sentido la conversión de la memoria en historia poseía una importancia particular para los antillanos puertorriqueños.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa, cerca de Betances, fue exitosa. Su curiosidad en una colección de biografías publicada en 1888, y en una serie de artículos sobre la insurrección de Lares difundida en el periódico cubano Patria en 1892 gracias al apoyo de un revolucionario de la nueva generación, José Martí Pérez. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional había comenzado. El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa, era un ex autonomista mulato de Ponce que no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes. Sus escritos inauguraron un discurso laudatorio y romántico comprometido con la reivindicación de un acto selectivamente negado. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894. A pesar de que no se puede garantizar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales, lo cierto es que el tono adoptado se reiteraría en distintos momentos en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada implicaba una queja franca respecto al omisión, voluntario o no, por parte de las elites intelectuales coloniales no separatistas.

Un evento que sin duda animó el recuerdo del 1868 fue el retorno de los restos de Betances a Puerto Rico, proyecto que involucró al gobernador colonial Arthur Yager (Dem. 1913-1921) y a los sectores nacionalistas moderados que militaban en el partido Unión de Puerto Rico, en particular a   Félix Córdova Dávila, Alfonso Lastra Charriez y Antonio R. Barceló, colaboradores cercanos al gobernador y defensores del self government.  Los autonomistas de nuevo cuño diferían de los del siglo 19: miraban con alguna nostalgia la vida y ejecuciones del líder rebelde decimonónico. Aquellas voces reiteraban, en gran medida, las ambigüedades que habían caracterizado a Muñoz Rivera, un antiguo adversario de la memoria de Lares, y José de Diego Martínez, prominente abogado de Aguadilla y fundamento de lo que luego el licenciado Pedro Albizu Campos motejó como el “nacionalismo ateneísta”.

El escenario del retorno contenía sus propias paradojas. La primera tenía que ver con la violación de la petición de un muerto. Traer los restos de Betances a Puerto Rico era atentar contra su voluntad testamentaria. En el inciso 15 de su testamento había sido muy enfático en que sólo “cuando llegue el anhelado día” se le devolviera a su “querido Puerto Rico (…) envuelto en la sagrada bandera de la patria mía”. Sin duda “el anhelado día” se refería a la independencia y el Puerto Rico de 1921 no era soberano, sino que seguía sometido a una relación colonial bajo el palio de la Ley Jones de 1917.  La voz del médico esbozaba en aquel inciso el sabor de un nacionalismo emotivo que presagiaba los tonos que dominarían el de los 1930.

La segunda paradoja se relacionaba con el gobernador al cual los estadoístas republicanos consideraban un aliado de los unionistas.  Aquellos afirmaban que Yager trabajaba de acuerdo con aquellos “contra el americanismo en Puerto Rico”, asunto que ya he comentado en otro momento. La alianza tenía un costo para los unionistas: Yager esperaba que los unionistas lo favorecieran en sus aspiraciones a la presidencia de la Universidad de Puerto Rico.

La tercera contradicción tenía que ver con Lastra Charriez, entonces vice-presidente de la Cámara, y una figura que merecería un estudio aparte más allá de biografía laudatoria. Su creciente moderación política lo convierte en un modelo respecto a cómo un profesional educado colonial se insertaba en las redes del poder colonial desde el unionismo. En 1936 el abogado fue parte de la defensa de los policías insulares acusados de asesinar a Elías Beauchamp e Hiram Rosado en el cuartel de San Juan tras la ejecución del jefe de la policía Elisha F. Riggs. Su presencia fue suficiente para que el testigo de los hechos, el periodista Enrique Ramírez Brau, guardara silencio sobre el asunto por algún favor que le debía al abogado según aseguraba en sus Memorias de un periodista (1968)

Yager, en un probable acto de astucia política, estuvo ausente de la isla durante los días de los actos y encargó al gobernador interino José E. Benedicto Géigel que atendiera los mismos. Además de los unionistas mencionados, el acto movilizó intelectuales estadoístas hispanófilos como Cayetano Coll y Toste, Historiador Oficial; a distinguidas figuras de anexionismo del siglo 19 y el estadoísmo del siglo 20 incluyendo a un viejo amigo de Betances y Eugenio María de Hostos Bonilla, Julio Henna, y el educador y escritor Juan B. Huyke. Henna y Huyke, como se sabe, mantenían una sana distancia del estadoísmo republicano y del doctor José Celso Barbosa, por cierto.  La figura central de la efemérides fue Simplicia Jiménez Carlo, la viuda de Betances responsable de otorgar un poder para traerlo a la isla a pesar de la voluntad testada de su compañero.

En 1920 Betances fue reinventado y ajustado a la nueva situación. En su evaluación Coll y Toste afirmó que aquel “nunca sintió odio hacia España”, un argumento que luego el nacionalismo repetirá acríticamente, a la vez que aseguraba que, si la Corona le hubiese reconocido los “10 Mandamientos de los Hombres Libres” jamás hubiese sufrido el exilio. Coll y Tosta veía en aquel documento sedicioso algo asó como un adelanto metafísico de la Carta de Derechos de Estados Unidos. Con ello el historiador validaba la apropiación de la causa del caborrojeño como una que se completaba con la invasión del 1898. La retórica es comprensible en el escenario en que se articulaba la misma.

La idea de un Betances Alacán amigo y admirador de los logros de Estados Unidos está bien documentada. La admiración a la figura en la prensa estadounidense de los días de la invasión no puede ser puesta en entredicho y algunos foros lo veían como un candidato idóneo para la presidencia de una Cuba Libre amiga del invasor y no a Tomás Estrada Palma. Sus concepciones políticas antianexionista también son bien conocidas. Pero resulta innegable que una relación entre iguales entre Puerto Rico y Estados Unidos desde la soberanía era geopolítica y económicamente inevitable en el contexto de fines del siglo 19. Admirar y respetar a aquel país y querer evitar su absorción material e inmaterial no eran posturas excluyentes.

El problema de la lógica de Coll y Toste era que reincidía en al argumento de los liberales y los autonomistas del siglo 19: la insurrección había sido un acto azaroso e innecesario.  La imagen de Lares en la educación pública no era muy distinta. También el doctor Paul G. Miller reprodujo la interpretación liberal y autonomista en un libro de historia publicado en 1922. En aquel el autor insistió en que Lares respondía a intereses extranjeros y no a la voluntad de los puertorriqueños. La idea de que Lares no representaba lo mejor del país era clara. A la altura de 1920, Betances Alacán era una caricatura de sí mismo y Lares había sido reconfigurado para ponerlo al servicio de los proyectos de autonomistas y estadoístas. El ejercicio retórico no se hacía para asegurar que “Lares nos pertenece a todos”, como románticamente aspiran algunos en el presente. La meta era que “Lares nos pertenece a todos…excepto a los independentistas” quienes nunca comprendieron su verdadero sentido. Historiográficamente en 1921 Lares y betances habían sido reducidos a un simple “bache” de poca relevancia en la “autopista” del Progreso que la hispanidad había construido y que Estados Unidos continuaba.

Nota: Primera parte del conversatorio “La insurrección de Lares de 1868 en la memoria nacionalista” en Lares: memoria y promesa en el Aula Magna del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, San Juan, P.R. 15 de septiembre de 2018.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de noviembre de 2018

agosto 6, 2015

Betances Alacán en la imaginación y la memoria: unos apuntes. Primera parte

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La fama de Betances Alacán como un activista republicano era bien conocida en su tiempo. Los españoles conocían de la misma desde antes de 1868 y su relación  profesional y personal con Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895) no era un misterio. En 1869, sin llegar a los extremos de ilusión manifestados por Hostos respecto a los fines de la Revolución Gloriosa, reconocía en aquel proceso una experiencia que retaba a la monarquía. De igual modo, en una carta enviada a  Ramón  Marín en 1888 en la cual le comentaba su texto satírico sobre los compontes titulado “Viajes de Escaldado”, le sugería al amigo que sólo la España republicana podría acaso hacer algo por Puerto Rico. La idea de que España no podía dar lo que no tenía estaba asociada a la monarquía decadente y no a la España que podía ser, a la moderna. Betances Alacán era republicano pero no se dejaba seducir por fantasmagorías y era capaz de reconocer la distancia ideológica que le separaba de un español aunque aquel fuese republicano.

Lo mismo podría inferirse de su postura respecto a los republicanos que en 1898 invadieron a Cuba, Filipinas y Puerto Rico. El republicanismo tenía sus grados  y los contextos etnoculturales en los cuáles se desarrollaba lo diversificaban. Un separatista independentista republicano y confederacionista por más señas como él, jamás se llamaría a engaño con el Partido Republicano de Estados Unidos y mucho menos con las aspiraciones imperialistas de su presidente William McKinley (1843-1901).  Aquella era la expresión más acabada del “minotauro”, metáfora que había usado en repetidas ocasiones para referirse al imperialismo. Esa es la diferencia más marcada entre Betances Alacán y, por ejemplo,  José Celso Barbosa (1857-1921) como republicanos. La concepción del progreso y la modernización en uno y otro se asociaban a polos distintos por los contextos culturales en los cuáles cada uno se formó.

Charles Freycinet

Charles Freycinet

La imagen de Betances Alacán en un segmento significativo de la prensa estadounidense de 1898 refirmaba el valor de su republicanismo mientras trataba de atraerlo a su causa. En septiembre de 1898 el periódico The Globe-Republican publicó una interesante columna titulada “Betances may be Cuba’s first president”. Los subtítulos de aquella columna de consumo son suficientes para catalogar la atracción que sentía el público estadounidense  por la figura del rebelde: “Scientist, Philanthropist and Patriot –Bought Children from Bondage Spanish–Spy System Drove Him to Seek Autonomy for all the West Indies”. El científico sacrificado, filántropo y abolicionista perseguido por buscar la autonomía (independencia) de las Indias Occidentales domina la versión. El confederacionista y antianexionista  no están por ninguna parte: no hacen falta. Llamar la atención sobre esta figura más allá en esa dirección hubiese sido contraproducente para las intenciones de la prensa republicana que aspiraba mostrarlo como un aliado de la gesta “libertadora” que en Puerto Rico había comenzado el 25 de julio de 1898.

Según la fuente Betances Alacán es un intelectual europeo y un helenista nativo de Porto Rico que ha sido capaz de convertirse en uno de los mejores oculistas no sólo de Europa sino del mundo, que escribe en Le temps y ha sido amigo personal; de Charles Louis de Saulces de Freycinet (1828-1923) primer ministro republicano oportunista de centro-izquierda, protestante y miembro de la Academia de la Ciencia;  y León Michel Gambetta (1838-1882) también republicano de tendencias democráticas abiertamente anticlerical. Freycinet y Gambetta, como Betances Alacán, recurrieron durante sus gestiones ministeriales en la Francia del siglo 19 al apoyo de las izquierdas socialistas cuando lo consideraron necesario por medio de inteligentes y tolerantes políticas de alianzas. El artículo manufacturaba una gran ilusión para consumo de los lectores estadounidenses de Kansas. El día de la publicación el rebelde antillano agonizaba en medio de numerosas disputas con el liderato del Partido Revolucionario Cubano a tenor del anexionismo manifiesto del mismo. El Directorio Cubano, seducido por anexión a Estados Unidos como garantía de progreso, jamás hubiese admitido al caborrojeño en el puesto. El 16 de septiembre moría el conspirador puertorriqueño en París.

The Globe-Republican era un foro semanal que se publicó en  Dodge City, Kansas entre 1889 y 1910. Se trataba de un periodismo de tendencias republicanas cuyo director era el abogado Daniel M. Frost. De acuerdo con las fuentes, Frost no era el republicano puritano común. Por el contrario, se opuso abiertamente a las campañas “secas” de la era de la prohibición y defendió la causa “mojada” públicamente. Al momento de la divulgación de la columna  aludida estaba a cargo del semanario el empresario Nicholas B. Klaine. Este recorte y otros que he podido ubicar en la prensa de la década de 1890, me indican que el mito de Betances Alacán y su generación era conocido entre diversos sectores de la sociedad estadounidense de aquel momento. Una indagación sobre la presencia de esta y otras  figuras del separatismo puertorriqueño y antillano en la prensa de ese país, aportaría valiosa información sobre qué buscaban y qué encontraban en aquel liderato los grupos de interés que se fijaron en ellos durante los días de la invasión. No hay que olvidar que durante la ocupación Mayagüez como ya he señalado en varias publicaciones, las autoridades militares bautizaron con el nombre de Betances Alacán una de las calles principales de la ciudad produciendo un efecto vinculante entre los invasores y el libertador que la ciudadanía interpretó con beneplácito. Los invasores necesitaban al médico de Cabo Rojo para legitimarse ante una comunidad que lo recordaba a pesar del exilio.

La visibilidad de Betances Alacán en el imaginario liberal y entre la intelectualidad reformista y autonomista puertorriqueña era poca. Los intelectuales liberales reformistas veían el separatismo radical como un peligro, según he apuntado en una columna recientemente. El integrismo de los primeros era incompatible con el separatismo de los segundos. Los lazos de colaboración política entre ambos debían ser frágiles por lo que la cooperación requeriría, si la relación con España estaba en juego, la transformación del reformista en separatista o viceversa, tal y como ocurrió en numerosas ocasiones. Los intelectuales que evolucionaron en la dirección del autonomismo moderado o radical no adoptaron una actitud distinta. En otra columna comentaba como marcaban con cuidado las fronteras del autonomismo y el separatismo confirmando el integrismo de la autonomía e insistían en infantilizar al liderato que condujo a los hechos de Lares. La idea de que la autonomía era un paso hacia la independencia, un absurdo para los separatistas, tomó forma y estructura en el liderato posterior a la invasión por influencia de Luis Muñoz Rivera quien la insufló en José De Diego y Antonio R. Barceló. Esa concepción contradictoria de la autonomía y la independencia tenía mucho que ver con la imagen que unos y otros poseían Estados Unidos, tema que se discutirá en otro momento.

Luis Bonafoux

Luis Bonafoux

Libia M. González en el artículo “Betances y el imaginario nacional en Puerto Rico: 1880-1920” publicado en la colección de Ojeda Reyes y Estrade titulada Pasión por la libertad en el 2000, ya había  señalado que al menos entre los años 1880 y 1898 tanto los intelectuales conservadores como los liberales reformistas y los autonomistas coincidieron en invisibilizar a Betances Alacán como un emblema puertorriqueño. La impresión que da aquella intelectualidad es que incluso cuando miran hacia la Insurrección de Lares la conexión que establecen con el médico exiliado es frágil. Un autonomista de Ponce transformado al separatismo, Sotero Figueroa, cambió el panorama en 1888, momento que en alguna medida inaugura la interpretación y la historiografía separatista sobre la base del liderato incontestable de Betances Alacán y Ruiz Belvis en aquel evento revolucionario. El autor elaboró una versión proceratista romántica por medio de un relato bien articulado en el cual la  lealtad política a Puerto Rico ante España  y la patria martirizada  por aquella eran los protagonistas.

Ambas consideraciones, la ética y el martirologio civil, se impusieron como modelo hasta llegar a marcar cierta mirada separatista, independentista y nacionalista del asunto de Puerto Rico. Sin embargo el relato de Figueroa pasó inadvertido en 1888. En la década de 1890 se podría achacar  a la incomunicación de la intelectualidad separatista con su gente y, después del 1900, es probable que se deba a que el lenguaje del separatismo ya no resultaba funcional bajo la soberanía de Estados Unidos.  Después de 1898 una nueva lealtad a España era posible y se podría poner a resguardo la hispanofobia progresista y antimonárquica de aquella propuesta radical. No se puede pasar por alto que los años que corren entre 1898 y 1920 fueron el escenario de la generación de una hispanofilia  o amor a España lo suficientemente fuerte como para invisibilizar y hacer tolerable el pasado más duro. Betances Alacán no encajaba en el discurso en ciernes porque era antiespañol, republicano radical y anticlerical. Si la hispanofilia debería ser interpretada como un discurso retrógrado o progresista, las opiniones están divididas, es un asunto que habrá que aclarar en otro momento.

Una figura tan visible no podía desaparecer. La memoria de Betances Alacán se afirma en dos hechos: uno cultural y otro cívico. A pesar de la tormenta hispanófila que se cierne sobre el país, en 1901 Luis Bonafoux Quintero (1855-1918) publica su antología Betances con textos en español y en francés. Ese fue el volumen fundacional de la imagen del revolucionario de Cabo Rojo y base de la leyenda betancina. La afinidad de Bonafoux Quintero con el asunto no tenía que ver sólo con las ideas políticas. Bonafoux Quintero se movió ideológicamente cerca del anarquismo y simpatizó con la causa cubana.  La afinidad también se había fraguado sobre la base de que los dos pensadores, por su formación europea y su vida mundana, habían sido duros críticos de la poquedad y la sumisión de la clase criolla puertorriqueña a una hispanidad decadente por lo que habían sido víctimas del desprecio de aquella. La sátira de una comunidad en “El avispero” (1882) de Bonafoux,  y la de  Valeriano Weyler en “La estafa” (1896) de Betances Alacán guardan numerosas similitudes.

Luis_BonafouxAparte de Bonafoux Quintero, el recuerdo  de Betances fue responsabilidad de los invasores y de la intelectualidad separatista anexionista que se integró al nuevo régimen estadounidense porque identificaban en el mismo la garantía de progreso y modernidad a la que habían aspirado a fines del siglo 19. En ese sentido la voz de Julio Henna y, en especial Roberto H. Todd, hizo posible la supervivencia de su mito. Lo más interesante es que quienes echan las bases del imaginario betancino entre 1898 y 1920 no encajan en el discurso hispanófilo o de amor a España que se instituyó como factor dominante en la (re)invención de la identidad puertorriqueña.

El hecho cívico que sella la relación de Betances Alacán con Puerto Rico, por otro lado, fue su suntuoso y emotivo entierro en 1920 en Cabo Rojo. Sus restos y su viuda llegan al país en un momento de inflexión del nacionalismo en el cual los unionistas debaten sobre el futuro del proyecto de independencia y vuelven la vista otra vez hacia la autonomía, ahora denominada self-government. Su inhumación representó la ocasión para reapropiarlo y ajustarlo a un escenario innovador.

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