Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

diciembre 6, 2018

El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y los caminos de Lares (final)

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

A mis estudiantes de todos los tiempos

¿Cómo interpretaba el orden hispano-católico a un masón radical como Segundo Ruiz Belvis o Ramón E. Betances Alacán? La imagen de ambos ante el orden colonial, que no era buena antes de 1866, empeoró cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10.

Masonería, heterodoxia, materialismo y subversión

Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que documenta la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. La insurrección de Lares exacerbó a los  integristas y estimuló la cancelación de los liberales reformistas y especialistas, quienes también defendían el integrismo más allá de la relación colonial, de cualquier contacto con los separatistas. La retórica de Pérez Moris es por demás interesante por la manera en que informa al lector del presente de la imagen que tenían los españoles de los activistas.

A Segundo Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, es decir, antes de la Junta Informativa de Reformas convocada por el Ministerio de Ultramar en 1866. El abogado de Hormigueros era poseedor de un temperamento dominado por la “audacia” y el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido” que ofendía al que le escuchaba. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Dominado por la irracionalidad y la pasión, sus aspiraciones políticas y sus hábitos sociales chocaban contra la ley y el orden hispano. La imagen del enajenado contracultural me recuerda el juego literario inventado por Alejandro Tapia y Rivera en el poco comentado cuento “El loco de Sanjuanópolis” redactado en 1880. La locura no lo hacía menos amenazante sino todo lo contrario. Pérez Moris concluía, con cierto dejo de una mala lectura de Maquiavelo, que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

El juicio del periodista e historiador dependía de los datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez quienes le habían visto actuar en el escenario de la ciudad. Aquellos lo calificaban como un librepensador y un materialista partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. En términos intelectuales un librepensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Aquellas eran posturas propias de un pensador racionalista y científico. El problema consistía en que el respeto a la razón y a la ciencia sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma que dependía de la fe y la sumisión para sostenerse. Entre librepensamiento y agnosticismo, una interpretación que niega la posibilidad de conocer cualquier absoluto incluyendo a Dios, había numerosos puntos de contacto que el catolicismo convencional rechazaba. Propuestas como aquellas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis o los que confirman su apropiación de la

Segundo Ruiz Belvis

conciencia de la modernidad como expresión de la discursividad secular son leídos como un “defecto”. Con todo el epíteto que centraba todo el perfil era el de materialista.  El materialismo moderno, que reaparece en la discusión intelectual con nuevos bríos durante los siglos 17 y 18, integraba a la tradición griega los saberes de la física, la historia natural y la medicina. Para Pérez Moris, el abogado de Hormigueros equivalía a un nuevo “Teofrasto redivivo” en el escenario de la colonia tropical con los mismo rasgos de cinismo que se atribuían al filósofo del siglo 4 antes de Cristo y al autor del anónimo volumen de 1659.

En este texto el masón radical Ruiz Belvis termina transformado en una caricatura de la “crueldad”. Los informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez le ofrecieron una red de narraciones y anécdotas que ratificaban aquella imagen. Una es la que lo describe como un “don Juan Tenorio” irrefrenable. Otra, la que lo describe como un cínico consumado que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores. Sin embargo, lo que parecía molestarle más era, de nuevo, que su materialismo le autorizaba a usar un lenguaje ofensivo y sarcástico al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”.

Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que se complace en escandalizar a los mojigatos y que es capaz de afirmar que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente, aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. El dato es por demás interesantes porque mis investigaciones sobre esta figura me dicen que Ruiz Belvis, quien descendía de una familia católica vinculada a la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros y a sus rectores o administradores, tenía una relación profesional con el Obispo Carrión en el contexto de un proyecto de colegio de segunda enseñanza que esperaba fundar en la ciudad de Mayagüez en 1866. Uno de sus socios principales en aquel proyecto era otro masón radical, Betances Alacán. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con la  acusación de que Ruiz Belvis hipotecó la Hacienda Josefa de su padre José Antonio Ruiz, ya fallecido, y la echó perder. La hipoteca de la Hacienda Josefa es, por otro lado, un hecho corroborado como ya he comentado en otras publicaciones sobre esta figura pero los problemas en el repago de la deuda estuvieron vinculado al proceso de persecución político que forzó la salida del abogado de Puerto Rico en julio de 1867 hacia el exilio. Lo interesante es que el acreedor hipotecario fue el tesoro de la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros, situación que contradice la afirmación de que Ruiz Belvis tenía una mala relación con la iglesia católica o con la autoridad episcopal. Pérez Moris, por otro lado obvia consideraciones que sí pudieron haber distanciado al abogado del obispo como lo es el hecho de que Carrión favorecía la tolerancia a la esclavitud y así los había afirmado en su Carta pastoral de 1861.

Por último, afirmaba Pérez Moris que personas como Ruiz Belvis y Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro”. Lo que sugería era que no merecían la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en que ofendían los valores hispanos tanto como los  cristianos. Con el argumento se dejaba claro que hispanidad y catolicismo iban de la mano. Creo pertinente aclarar que el médico de Cabo Rojo, en su correspondencia posterior a la insurrección de Lares, afirmaría esporádicamente la necesidad de “desespañolizar” a Puerto Rico. Exageradas o no, la imagen de un revolucionario político y social que además era masón radical no era simpática para el régimen colonial.

 

Ruiz Belvis y la Masonería: caminos de Lares

En julio de 1867, Ruiz Belvis y Betances Alacán tuvieron que tomar una decisión que los afectaría el resto de sus vidas. La razón fue el “Motín de los Artilleros” de la capital. Las acusaciones de conspiración del gobierno español encabezado por José María Marchessi y Oleaga, los dejaron ante dos opciones. O se sometían ante una autoridad que no respetaban, o tomaban la ruta del exilio y organizaban un proyecto revolucionario. El momento de romper con España que, según Betances Alacán, no podía dar lo que no tenía -libertad y progreso- había llegado. El 10 de julio era la fecha límite para presentarse ante la autoridad o serían buscados bajo partida de arresto.

Acompañados por el párroco de Hormigueros, Antonio González y Alonso hecho que vuelve a confirmar las buena relaciones de Ruiz Belvis con las autoridades eclesiásticas de su comunidad, se evadieron de la isla vía Cabo Rojo -tal vez apoyados por uno de los hermanos Cabassa, dueños de las haciendas “Acacia” y “Belvedere” y socios comerciales de los Betances- hasta algún punto de la bahía de Guánica. Desde allí partieron –vía Saint Thomas o República Dominicana- hacia la ciudad de Nueva York. Nueva York era un punto de encuentro de exiliados y emigrantes desde donde se podía articular un proyecto de aquella naturaleza.

Betances Alacán se dirigió hacia  República Dominicana en cuanto llegó a San Tomás el 29 de agosto de 1867.  Debía reanimar las alianzas políticas establecidas entre 1861 y 1863 cuando, desde Mayagüez, se conspiró al lado de los restauradores de la independencia de ese país ante la agresión recolonizadora de España. Allí encontraría hermanos masones que lo respaldarían por su vinculación con la Logia Yagüez número 10. Ruiz Belvis permaneció en la isla danesa hasta el 2 de octubre, ultimando detalles con otros conspiradores que con él se reunían.  Al parecer la policía no vio en su conducta acciones que justificaran las sospechas de Marchessi Oleaga y nunca intervinieron con el grupo de conspiradores.  El gobernador utilizó todos los recursos a su alcance para evitar la conjura pero sus esfuerzos resultaron infructuosos.  El gobierno danés no le dio al asunto la importancia que las autoridades coloniales esperaban se le diera a su reclamo.

Ruiz Belvis partió a cumplir una importante “misión política” ante las autoridades chilenas, y Betances se mantuvo en el Caribe a fin de continuar agitando la cuestión de Puerto Rico. Se sabe que, en la travesía al sur, Ruiz Belvis pisó suelo colombiano y peruano antes de arribar a Valparaíso, Chile. Se presume que en los distintos puertos estableció contactos con aliados del proyecto libertario de las Antillas. Ruiz Belvis se convirtió en el primer “peregrino de la libertad” que buscó en la América Hispana respaldo material para la separación e independencia de Puerto Rico como preámbulo a una futura unión de las Antillas.

Los detalles de la travesía son bien conocidos  pero las actividades del abogado en cada una de las escalas siempre serán un misterio.  De acuerdo con el investigador Martín Gaudier, el 2 de octubre se expidió el pasaporte de Ruiz Belvis para Nueva Granada, hoy Colombia y, con toda probabilidad, esa misma tarde partió de San Tomás. En Nueva Granada abordó el vapor “Santiago” que le condujo a Chile. El “Santiago” tocó los siguientes puertos durante el mes de octubre:  Paita, Perú el día 4; el Callao, Perú el día 6; del Callao salió el 7 de octubre y llegó a Islay, Perú el 9; de Islay partió el 10 de octubre y llegó a Arica, Chile el 12; de allí zarpó el 13 y arribó a Iquique, Chile el 15; de Iquique salió el 16 de octubre y atracó en Antofagasta el 18; de ese puerto salió el 19 y llegó a Caldera el 21 de octubre; de Caldera partió el día 22 de octubre y alcanzó Coquimbo el 24 y de Coquimbo salió el 25 y tocó el puerto de Valparaíso el domingo 27 de octubre de 1867.

Algunas versiones alegan que los contactos que Ruiz Belvis estableció durante las escalas a fin de preparar el terreno para su iniciativa cerca del gobierno de Chile lo pusieron en contacto con otros hermanos masones.  Si bien se sabe que esperaba contar con el apoyo del Gran Maestro Benjamín Vicuña McKenna, quien en 1866 se puso a las órdenes de los separatistas antillanos en Nueva York, las afirmaciones en esa dirección no dejan de ser especulativas. La meta que buscaba el abogado era reanimar un viejo plan de respaldo militar chileno para una invasión de Puerto Rico y Cuba con fines antiespañoles que tuviese como base de operaciones Venezuela o Colombia, y que debía contar con el liderato militar del colombiano Santos Gutiérrez. Ruiz Belvis iba a materializar una relación que se había enfriado con el paso de los meses y los vaivenes de la política internacional.

Otras versiones indican que Ruiz Belvis empeoró de un padecimiento que ya traía desde Puerto Rico y que el viaje se convirtió en una travesía dolorosa. Betances Alacán, que era un médico brillante y comprometido, no dejó ninguna pista de que Ruiz Belvis estuviese mal de salud antes de salir de Puerto Rico o que hubiese enfermado durante el trayecto hacia el exilio. Por el contrario, el caborrojeño asegura que él fue víctima de una fiebre atroz durante el itinerario pero nada indica sobre algún quebranto en el compañero de viaje.

En Valparaíso, Ruiz Belvis se hospedó en el Hotel Aubry en el 1,107 de la calle Esmeralda. El asunto también produce alguna confusión. Algunos dicen que la hospedería era propiedad de Guillermo Jenkins, según Gaudier; otros como el médico que lo atendió citan a Julio Lanvoy. Su arribo a la ciudad llamó la atención pública de inmediato. Los periódicos El mercurio y El diario ilustrado del 28 de octubre lo anunciaron como uno de los pasajeros del vapor “Santiago” procedente de Panamá.  Ninguno de los cintillos dijo que estuviese enfermo.  No se le hizo difícil a Ruiz Belvis, por otro lado, publicar la extensa proclama “Patria, justicia, libertad”, firmada por el Comité Revolucionario de Puerto Rico, en el foro La patria del 2 de noviembre de 1867.  La patria era un periódico masón y liberal dispuesto a colaborar con la empresa antillana.  Ruiz Belvis iniciaba con éxito su campaña en Chile auxiliado, según se presume, por Vicuña McKenna y las logias masónicas de la ciudad.

Lo cierto es que Ruiz Belvis murió intempestivamente como resultado de una de infección flegmonosa del perineo que se gangrenó. De acuerdo con un certificado médico expedido en 1868 tras la muerte de su padre, tenía problemas de salud desde antes de su salida de Puerto Rico. En el Hotel Aubry no estuvo solo. El propietario se hizo cargo del enfermo y propició la intervención del Dr. E. C. Menckel asistido por el Dr. Agustín Coignard. Menckel sigue siendo una figura oscura pero Coignard era egresado de la Facultad de París, como Betances Alacán, era miembro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y médico práctico desde 1857. Esta versión aduce que desde el 6 de octubre, cuando se hallaba en El Callao, ya no podía salir del camarote y ni bajar al puerto por lo que sus gestiones políticas debieron haber sido pocas.

Sólo siete días sobrevivió Ruiz Belvis en Chile.  El 5 de noviembre El mercurio informó que el enviado puertorriqueño en cumplimiento de una “misión política” cerca de aquel gobierno, había fallecido.  El 30 de noviembre de 1867 el periódico Los Andes de Guayaquil, Ecuador, publicó un editorial en donde comentó su muerte.  Ruiz Belvis no era un desconocido en el continente.  La masonería aprovechó la situación para agitar la cuestión antillana.  El editorial en cuestión hacía un sucinto resumen de las actividades políticas de Ruiz Belvis a partir de la Junta Informativa de Reformas y de la persecución y los destierros que sucedieron a la referida junta.  El autor ubicó a Ruiz Belvis al lado de los grandes libertadores de América, Santiago Mariño y Francisco de Miranda, y resaltó el espíritu hispanoamericanista de la empresa que desempeñaba en Chile.  El anónimo editorialista afirmaba que Ruiz Belvis “desde su sepultura en Valparaíso seguirá sirviendo a su país; seguirá siendo el promotor invisible de la independencia borinqueña.”

 

Un póslogo y una tarea por hacer

La vida de Ruiz Belvis, el masón radical, comenzó en San Germán en julio de 1866 y terminó en Valparaíso en noviembre de 1867. Ruiz Belvis tenía apenas 38 años de edad.  Falleció en la plenitud de su vida y en condiciones en extremo difíciles.  En los libros de la Parroquia Matriz del Salvador en Valparaíso se anota que su deceso ocurrió el día 3 de noviembre de 1867 y que su entierro se celebró el día siguiente “con oficio menor en el Cementerio de esta ciudad.”  No recibió los sacramentos “por no haberlos pedido,” según informes del Vicario Jorge Montes. El día 4 fue trasladado al Cementerio número uno, tras el pago de $8.50 por un féretro de segunda clase y el derecho de enterramiento, suma saldada por  un tal Antonio Cruz, posiblemente masón como el fenecido.  No consta si se realizó autopsia en el cadáver.  Queda claro que Cruz sólo pagó sepultura por un año.

Cuando la noticia llegó a las Antillas, Betances Alacán estaba inmerso en los preparativos de la insurrección.  De inmediato difundió una proclama fechada el 22 de diciembre de 1867 firmada por el “Comité del Oeste del Comité Revolucionario de Puerto Rico”.  Ruiz Belvis fue proyectado como un modelo a seguir cuando decía que “los hombres pasan, pero los principios quedan y triunfan.”  Lo calificaba como un “mártir de la santa causa de nuestra libertad” y atesoraba la esperanza de que su muerte motivara a los puertorriqueños a entablar una guerra frontal contra el dominio español.

En 1873 Eugenio María de Hostos Bonilla se acercó a su tumba: iba a “visitar al olvidado”.  Había realizado alguna investigación antes de lanzarse a la tarea de buscar aquel sepulcro.  Sus pesquisas le llevaron a concluir que Ruiz Belvis había llegado enfermo a Valparaíso.  Hostos Bonilla no se limitó a tratar de desentrañar aquella muerte y ese mismo año envió a Antonio Ruiz Quiñones, hermano de Segundo, un “voluminoso paquete” de documentos recibidos de manos del señor Juan de Dios Arlegui, Gran Maestro de las logias chilenas, que se había hecho cargo de los mismos al momento de la muerte del enviado. Nada se sabe del destino de esos pliegos.

Cuando Betances Alacán murió en 1898, Hostos Bonilla volvió a reflexionar sobre la muerte. Para el mayagüezano, Betances y él eran dos “enfermos del ideal”: esas personas que “entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal pasar.” Ruiz Belvis también encajaba en esa metáfora. Celebremos su memoria con las armas del conocimiento.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 12 de octubre de 2018.

mayo 27, 2018

Betances ante Hostos (y viceversa): una mirada mayagüezana sobre una polémica

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La prudencia con la que algunos historiadores enfrentaron la disputa entre Hostos y Betances en las décadas del 1980 y el 1990 no deja de llamar mi atención. La argumentación historiográfica y la política práctica poseen unos vínculos en extremo frágiles. La investigación profesional no siempre alimenta las premisas en las que se apoya el activismo. Muchas veces el trabajo de los historiadores, como sugería Eric Hobsbawm, lacera la “mitología retrospectiva” de la que apetecen ciertos nacionalismos y el connubio apacible que se infiere culmina en un pugilato incómodo.

El Hostos Bonilla de Rubildo López

Una mirada mayagüezana: la escuela hostosiana de Mayagüez

Germán Delgado Pasapera (1928- 1985), historiado añasqueño y especialista en temas del siglo 19, en especial el separatismo independentista, intentó en la década de 1980 una elucidación de la pugna que contrastaba con la de Ojeda Reyes. La fuente a la que aludo en su tesis doctoral sobre el separatismo puertorriqueño publicada en forma de libro con el título Puerto Rico sus luchas emancipadoras (1984), en especial, el capítulo VI, sección 7 titulado “Hostos se incorpora al independentismo”. Delgado Pasapera fue mi profesor y maestro pero, sobre todo, un amigo dispuesto a compartir ideas desde 1979 cuando yo contaba apenas 19 años. El lenguaje de Delgado Pasapera poseía unos matices que no pueden ser pasados por alto. Lo que Ojeda Reyes definía como  liberalismo reformista y republicanismo federal en Hostos, Delgado Pasapera lo traducía como autonomismo. El hecho de que Hostos vacilara entre esas tendencias y el independentismo hasta 1869, explicaría la poca credibilidad que le concedieron Betances y sus colaboradores cuando arribó a Nueva York.

La selección de conceptos de uno y otro no debe ser interpretada como una antitética. Una lectura de La peregrinación de Bayoán serviría para ubicar a Hostos cerca de cualquiera de esas corrientes en el amplio marco del liberalismo clásico. Lo que no se puede pasar por alto es el sentido que se le daba en la década del 1980 al concepto autonomía. El presente político del historiador era determinante a la hora de seleccionar el lenguaje y articular su discurso. Por aquel entonces se preveía la posibilidad de una alianza entre los menguados sectores que apelaban por la independencia y los populares disgustados que crecían en el seno de aquella organización y que soñaban con más soberanía para un ya desgastado Estado Libre Asociado.

Aquella tentación, que continúa viva hasta el presente, prescindía del hecho de que autonomía e independencia habían sido fuerzas realmente antitéticas durante el siglo 19 en el contexto de la relación con España. El autonomismo moderado o radical que maduró hacia la década de 1880 era un proyecto integrista que quería conservar la relación con España mientras que el separatismo convenía en lo contrario. La frontera entre uno y otro proyecto era porosa pero densa por lo que los autonomistas que se movieron al separatismo, como es el caso del periodista Sotero Figueroa al cual siempre se apela, fueron pocos. Por lo regular cuando se esgrimen ese tipo de argumento se obvia que muchos separatistas se hicieron liberales o autonomistas bajo la presión de las circunstancias. En el siglo 20 la evaluación jurídica de Pedro Albizu Campos había descartado la autonomía bajo la soberanía estadounidense en 1930 y 1931 porque, afirmaba, “no era posible dentro del régimen constitucional” anglosajón. Por eso me sorprende que en los años 1980 un sector del independentismo volviese a mirar hacia una “mayor soberanía” o autonomía como opción a la independencia que no adelantaba. Delgado Pasapera no era un activista, es cierto, pero se movía muy cerca de los circuitos políticos que apoyaban esas posturas.

Delgado Pasapera buscaba atenuar las diferencias entre el Hostos liberal reformista o autonomista hasta el 1869, y el separatista independentista en que desembocó el después de ese año. Para fortalecer su tesis citaba la evaluación que Hostos había hecho sobre sus diferencias con el médico de Cabo Rojo en el documento necrológico “Recuerdos de Betances” redactado en 1898. La lógica de Delgado Pasapera era interesante: Hostos no había sido un “moderado que se convirtió en revolucionario” sino un “revolucionario que fue una vez moderado”. Con ello sugería a sus lectores que debían restar relevancia a sus precedentes ideológicos vacilantes y que se concentraran en sus consecuentes ideológicos. En ese sentido, el liberalismo reformista y el autonomismo serían apropiados como etapas que conducían al separatismo independentistas a pesar de que, en la mayoría de los casos conocidos del siglo 19, la afirmación no correspondía con la realidad.

Ajustar a Hostos a una evolución progresista no le parecía suficiente al historiador. A fin de distinguirlo de los demás liberales, acentuaba que la participación de Hostos al lado de los liberales reformistas había sido “excepcional”, es decir, sus reclamos habían excedido lo que se podía esperar de un liberal común corriente. La interpretación no deja de parecerme “defensiva”. Su finalidad era excusar una postura que cualquier observador intransigente hubiese considerado un “error político” producto de la vacilación ideológica de un ser que se movía entre la racionalidad y la incertidumbre como a veces se percibía Hostos. Desde mi punto de vista, soy un historiador formado en un contexto distinto al de aquel que fue mi maestro, nunca se “rompe” con “todo” cuando se atraviesa por una transición ideológica de extremo a extremo. No se trataba de atenuar la transición sino de tratar de comprenderla en su contexto.

Delgado Pasapera, como buena parte de los intérpretes de aquel momento, apropiaban el liberalismo reformista y el autonomismo como la frontera con el separatismo independentista. Desde mi punto de vista nunca ha sido así.  Pretendía que viésemos en Hostos un liberal reformista más “exigente” que Manuel Alonso Pacheco, Julián Blanco Sosa o Santiago Oppenheimer. El episodio que utilizó para confirmar su argumento, fueron las dos reuniones del mayagüezano con el General Francisco Serrano en enero de 1869. Durante las mismas Hostos exigió la eliminación de cualquier cuota electoral para los futuros comicios en la colonia y la amnistía para todos los presos políticos de Lares, incluyendo a los extranjeros como el venezolano-portorriqueño Manuel Rojas. En verdad los reclamos eran moderados: el primero presumía que Puerto Rico seguiría siendo español y recibiría más libertades en la marco de esa soberanía; y el segundo podría comprenderse como la expresión del espíritu filantrópico que le caracterizaba y no como un signo de simpatía con los insurrectos de Lares acto que, como se sabe, cuestionó en la prensa española en 1868. El hecho de que, como señalaba Delgado Pasapera, la solicitud exacerbara a Serrano quien dio por terminada la reunión, no confirma que Hostos fuese “exigente” sino que Serrano era “intolerante” en exceso en cuanto a los asuntos antillanos. La relevancia de este episodio para la tesis de Delgado Pasapera es que, después del mismo, la transición al separatismo se aceleró.

Narrativamente el episodio es extraordinario. Alrededor de ese nudo se da el proceso que Delgado Pasapera quería resaltar. Hostos transitó del extremo integrista -un valor compartido por el liberalismo, el autonomismo y el conservadurismo-, al separatista en el término de unos meses. La lectura de sus reflexiones privadas de aquel momento, enero a septiembre de 1869, sugieren que la vacilación lo invadía de manera constante:  duda de la petición que hizo a Serrano, de su determinación de irse a París y de su audacia de viajar a Nueva York.

El Betances Alacán de Rubildo López

Delgado Pasapera y las claves de la polémica

Sobre la base de ese juicio, Delgado Pasapera fijó unas claves hermenéuticas para entender la polémica entre Hostos y Betances (y viceversa) que voy a sintetizar. La primera era la afirmación de que, si bien Betances era un revolucionario práctico y probado, Hostos era “sobre todo un ideólogo”. El caborrojeño era un revolucionario de las conjuras y el mayagüezano un revolucionario de escritorio. Sobre esa base, frágil desde mi punto de vista porque separaba teoría y praxis como si se tratara de esferas sin comunicación, asignaba a Hostos un lugar en la “tribuna” o en la “prensa” que lo alejara de los combates concretos. Lo cierto era que, aún en el lugar que Delgado Pasapera le asignaba, Hostos era capaz de chocar. Las expresiones más crudas de la polémica habían brotaron cuando dirigía el foro La revolución (1869) y salpican la reflexión hostosiana durante su “viaje al sur” (1870-1874). Además, según señalé en una reflexión sobre Hostos, el pensador krausopositivista no veía el periodismo como un “acto privado” o teórico distante de la vida pública y la praxis, sino como como un “acto público” y militante.

La segunda clave era la intransigencia de Hostos. Según Delgado Pasapera, Hostos “era en extremo altivo, a veces hasta la arrogancia”. La referencia a la que aludía era una nota del Diario I en la cual afirmaba: “Yo traigo mi pensamiento organizado y no consiento alteración en él”. La misma reflejaba lo que le valían las críticas de Betances y José Francisco Basora durante e debate sobre los anexionistas en el panfleto La Revolución. Hostos confirmaba que ni siquiera por cuestiones tácticas iba a moderar su lenguaje. No se daba cuenta, o no le importaba,  que con ello ponía en peligro un proyecto de unidad cubano-puertorriqueña que avanzaba penosamente entre 1865 y 1869. Su actitud no dejaba muchas opciones: o hacían caso a Hostos y dividían la  organización, o excluían a Hostos y lo sacaban del panorama. La decisión fue la segunda. El tiempo que Hostos viajó a Sur América creó las condiciones para un encuentro más sosegado en 1874-1875 en Puerto Plata entre Gregorio Luperón y Betances

Una tercera clave que, en el caso de Delgado Pasapera derivaba de su primer argumento, era que las ideas de Hostos excedían las necesidades prácticas de la revolución antillana. El historiador citaba un texto hostosiano publicado en La revolución (22 febrero 1870) en donde hacía dos cosas que adelantaban el fin de la polémica. Por un lado, reevaluaba la Insurrección de Lares y rectificaba su juicio de El Universal de Madrid y el Irurac Bac de Bilbao. Por otro lado, reconocía la Federación de las Antillas como un eslabón necesario para la fusión de la Nación y la Raza en el camino hacia la Civilización y el Progreso hemisféricos. Ese era el krausopositivista en el cual las huellas de Immanuel Kant, Auguste Comte y Henri de Saint-Simon eran obvias. Para delgado Pasapera aquella tesis estaba más allá del realismo político que caracterizaba a Betances. Lo que Hostos conjeturaba es la fusión de las naciones (estados) antillanos y la fusión de las razas (culturas) antillanas en una unidad armónica y sin contradicciones notables. Los responsables de esa inmensa y compleja tarea no eran sólo los antillanos. Esa tarea incumbía a todo el continente, o sea, la América del Norte y la del Sur o Colombia.

Su argumento es complejo y ambiguo. El norte comenzó con “éxito” su fusión: la “libertad sajona” es resultado de la fusión de razas (culturas) europeas. El sur ha comenzado su fusión “penosamente” por medio de la fundición de las razas (culturas) europeas con las indígenas. Su interpretación es problemática. El “éxito” en el norte no toma en cuenta al nativo americano o al africano a la vez que celebra su europeísmo: Hostos admira a los Estados Unidos del norte. Cuando mira al sur no reconoce una “libertad latina” y subvalora el mestizaje con los naturales: Hostos resiente los Estados Desunidos del sur. El hecho de que construya el nombre de la región sur con los antónimos del norte es bien significativo.

En cuanto a Las Antillas, Hostos afirmaba que no habían comenzado su fusión por lo que su papel era el de medio-eslabón-lazo-fiel de una balanza norte-sur. Norte y sur tendrían en las Antillas una síntesis perfecta, armónica y su escenario más trascendental. El norte era el modelo y la meta era arribar a unos Estados Unidos de América que reuniera los dos continentes y las Antillas en uno. Con ello Delgado Pasapera apuntaba la polémica y resolvía la misma. Hostos estaba lejos de ser un nacionalista: era un trans-nacionalista culto e idealista. Las posibilidades concretas de un proyecto de esa naturaleza en 1870 eran pocas o utópicas.

agosto 7, 2017

“Adiós! España”: crónicas de un cambio de soberanía

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

La emoción manifestada por Albert E. Lee Basanta cuando observaba el despliegue de la bandera americana en San Juan en los primeros días de la ocupación llama la atención pero resulta comprensible. En cierto modo él también reconocía que con aquel acto comenzaba una nueva era, lo que eso significase, para su país. Desde mi punto de vista, la solidaridad de este sajón residente criollizado con los invadidos no puede ser puesta en entredicho. La lectura de sus memorias demuestra que aquel evento trascendental le producía sentimientos encontrados. Lo curioso es que el empresario ponceño suprimiese cualquier observación en torno a la ceremonia de traspaso de soberanía y fuera tan solícito en documentar los roces que entre la comunidad sanjuanera y los recién llegados. Su subjetividad ante aquella eventualidad se entiende por el hecho de que el eje de la narración de Lee es su vida, su lugar en el entramado que imagina como historia. Sus emociones son un componente inherente de esa mirada.

Para otros cronistas la situación era distinta. Lo que les interesaba era el giro geopolítico que la situación implicaba y el valor simbólico que conferían a la derrota de un imperio legendario como el español por un imperio adolescente como Estados Unidos. Ese fue el caso del escritor Albert Gardner Robinson (1855-1932) en su breve texto “Adiós! España”. El mismo ocupa el capítulo 16 del libro The Porto-Rico of To-Day. Pen Pictures of the People and the Country, publicado por la editorial Charles Scribner’s Sons, empresa con un largo historial en el mundo de los libros fundada en 1846 por Charles Scribner e Isaac D. Baker la cual, desde 1893, tenía su centro de operaciones en la 5ta Avenida de la ciudad de Nueva York.

La relación de Robinson con Porto Rico se concretó durante la campaña bélica. En 1898 acompañó al General Nelson A. Miles durante la travesía que sucedió al desembarco por Guánica y fungió como cronista de primera línea durante la misma. Luego de los hechos permaneció en la isla varios meses durante los cuales visitó y conversó con numerosos paisanos, itinerario que lo llevó de la costa oeste del país a la capital. Sus observaciones puntillosas e irónicas sobre las localidades de San Germán, Hormigueros y Mayagüez, poseen un interés particular que discutiré en otro momento.

Aparte de esa experiencia directa, su libro se basó en una serie de cartas redactadas para The Evening Post, diario de Nueva York, publicadas entre septiembre y octubre de 1898. El interés de Robinson por los asuntos ultramarinos no se redujo a Porto Rico y su bibliografía posterior incluye temas sobre Filipinas y Cuba. En ese sentido, Robinson era un “experto” en asuntos ultramarinos al cual había que hacerle caso cuando se expresaba sobre estos temas. En términos generales el genuino interés por “conocer” a los “nativos” se unía a esa voluntad burguesa, propia de quien se sabe dueño de algo, de “tasar” las posibilidades materiales del territorio con el fin de ilustrar posibles inversionistas de su país de origen.

 

Un “cambio de soberanía”

Lo que llama mi atención en este momento es otra cosa. Me refiero a la crónica cuidadosa que hizo este autor del acto protocolar del “cambio de soberanía”, concepto que se ha convertido a lo largo del tiempo es uno de los eufemismos más comunes a la hora de mirar el 1898 y evadir la metáfora de la guerra. Robinson parece sugerir que se interprete ese momento a la luz de un significado metafórico trascendental como un “nuevo descubrimiento”. Después de todo, el estandarte español que muchos imaginaban hundió en San Juan Bautista el descubridor en algún lugar de la costa oeste en 1493, desaparecía mientras se izaba la bandera de Estados Unidos en La Fortaleza y otros lugares emblemáticos de la ciudad capital. El meticuloso relato confirma la alegoría del “nuevo comienzo” que los voceros de los invasores aspiraban significase su arribo.

Lo primero que hace Robinson es llamar la atención sobre el escenario. La sobriedad de la fachada de La Fortaleza, una “imposing structure (…) of no impressive style of architecture” se instituye como fondo. La asistencia a un acto de aquella relevancia asombra por lo exiguo de la misma. El registro es preciso: un par de oficiales del ejército y la marina, algunos 6 a 8 civiles, los cónsules extranjeros entre lo cuáles probablemente se encontraba Lee, y un puñado de miembros del gobierno insular muchos de los cuáles habían militado en Unión Autonomista y habían pactado con los invasores. La presencia de los representantes de las elites locales no debe sorprender a nadie. En Mayagüez, como ya aclaré en un artículo publicado en 1998, el autonomista y pensador heterodoxo Santiago R. Palmer quien se merecía toda la confianza de la ciudadanía bajo el dominio español, sirvió de intermediario de buena fe entre la vieja y la nueva soberanía aliviando las tensiones de un proceso que podía producir roces inesperados.

Frente a la antigua estructura capitalina, la banda de 11mo de Infantería junto a dos batallones del mismo, y la Tropa H del 6to de Caballería hicieron acto de presencia. En el balcón del palacio de gobierno se reunieron otros de los protagonistas del acto: los miembros de la Comisión estadounidense que había negociado los términos. Es curioso que Robinson destaque que la Comisión española se ausentó de los actos. Aunque no ofrece una explicación para el desplante, la lectura de su texto sugiere que el orgullo hispano o una inapropiada concepción del honor habían mediado en la decisión. Los reparos vertidos por Martha Blackford en su texto de 1828 a la concepción de la dignidad que dominaba a los españoles, volvían de un modo solapado en la retórica de Robinson. Los españoles no sabían aceptar con dignidad su derrota.

El relato del cronista es limpio y sobrio, distante de cualquier barroquismo o exuberancia.  La arquitectura textual, atada a los procedimientos descriptivos que ralentizan la narración, insiste en la representación de los uniformes de los soldados. Después de todo, el acto que le ocupa es el resultado de una guerra, pequeña y espléndida, pero guerra al fin. Aquella tropa “presented no brilliant spectacle”, es cierto. Parecían poca cosa, puntualiza, pero habían puesto a correr a los huestes hispanas en la región oeste. La campaña del oeste de la cual había sido testigo posee valores contradictorios para los cronistas estadounidenses. En una visita a Hormigueros Robinson se burlaba de las exageraciones de un interlocutor, el conducto anónimo del coche en que viajaba, quien recordaba con pasión el combate de la Bajura en la frontera entre aquel pueblo y Cabo Rojo.

Lo que para la memoria local era un evento fenomenal para Robinson no pasaba de ser una pobre escaramuza. El destino de la batalla de Hormigueros en la mentalidad estadunidense fue muy parecido al de la Insurrección de Lares en la de los liberales reformistas y autonomistas puertorriqueños. Devaluar la resistencia al enemigo parece ser una regla no escrita en la constitución de la memoria en historia en especial cuando la manejan las voces de los vencedores. En el momento en que observa a los opacos y deslucidos soldados yanquis, sin embargo, Robinson apela a aquella experiencia de un modo distinto. La alusión le sirve para resaltar la superioridad y la moderación ante el triunfo las huestes invasoras, por anteposición a la falta de dignidad de los españoles quienes no son capaces de aceptar su derrota. Cuando el lector evalúa esa situación y recuerda que la Comisión española se ausentó de los actos, el efecto se completa.

La lentificación del relato es un recurso que Robinson utiliza para mantener la sensación de suspenso o tensión que el episodio merece. Los actos que narra y describe suceden poco antes de las 12 del mediodía del 18 de octubre, cuando se formalizará el cambio de soberanía, la marca de un “antes” y un “después” definitivos. En breve tiempo las campanas de la vieja Catedral y las del Ayuntamiento de la ciudad marcarían las 12 y con ello el “nuevo comienzo”. Aquellos acordes se combinaron, con un cañonazo disparado desde el castillo de San Felipe del Morro por el Mayor Day del 5to de Artillería. Selden A. Day, como tantos otros, había estado activo en la Guerra Civil y había ganado el rango de Mayor en mayo de 1898 cuando ya el conflicto hispano estadounidense había comenzado. Ambos “ruidos”, no eran nada más que eso, sirvieron de preámbulo a los acordes de “The Star-Spangled Banner” mientras la “Stars and Stripes” ascendía con calculada parsimonia por un mastelero o asta ubicado en el tope del palacio de gobierno. Cuando los pocos soldados presentes rugieron su presencia, “…the ceremony is over”. En menos de una hora todo había vuelto a la normalidad.

Era como si nada grandioso hubiese acaecido. La pulcritud del acto, su sosería e inocuidad, poseía el sentido de un entierro o una inhumación: “Into the grave of the past there fall four centuries of History o Spanish power in the sea-girt Porto Rico”. Para Robinson, como para para tantos otros observadores, el pasado hispano era “tiempo perdido” que, de golpe y porrazo, “moría”. La insistencia en que España significaba el aislamiento insular, eso sugiere el concepto “sea-girt”, también subsistió en la retórica cultural puertorriqueña en la forma del “insularismo”. Puerto Rico se asume como un error de la naturaleza o como un margen de la historia que, sin embargo, podía ser salvado y devuelto a la corriente del progreso.

Los testigos del acto estaban en un estado de negación. Un detalle interesante de este testimonio es que confirma que las autoridades estadounidenses temían por su seguridad durante los actos de cambio de soberanía. Los peligros eran dos. Por una parte manifestaban recelos en torno a posibles manifestaciones por el “anti-Spanish element” y, por otro lado, les preocupaba el “danger of rowdysm on the part of our soldiers”. Ambas aprensiones tenían su fundamento. Por un lado, el bandolerismo rural ejecutado por elementos antiespañoles locales, los sediciosos o tiznados, ocupó a una parte de las fuerzas armadas en la Isla Grande. Por otra parte, los choques entre los soldados borrachos y la ciudadanía fueron comunes tal y como lo demuestra el testimonio de Lee Basanta citado en otra parte de esta serie. La tranquilidad con que todo transcurrió lo desengañaría.

Robinson estaba preocupado por la seguridad de las minorías españolas que vivían en la capital, concepto que distingue entre insulares y peninsulares porque Puerto Rico es España. El habitante de la capital era un fantasma incapaz de mostrar emociones: “no excitement”, “little enthusiasm”. Todo se había alterado pero nada se había alterado. Después de todo, las variaciones eran cosméticas. El cambio se reducía a la presencia de los “bright colors of the red, white, and blue, instead of the red and yellow of Spain”; al hecho de que el Krag-Jorgensen abrirá paso al Mauser o el Remington”; o acaso al detalle de que algunos vecinos y comerciantes adoptaron los colores nacionales (estadounidenses) en sus casas o sus negocios con el fin de expresar su fidelidad al invasor o atraer a un cliente con dólares para gastar. Algo análogo sucedió en Ponce por aquellos días. En los comercios de la ciudad comenzaron a aparecer anuncios y ofertas en inglés con el fin de seducir a los soldados-clientes que pululaban con curiosidad por el “París de Puerto Rico”, según confirman las memorias de Paoli de Braschi.

 

“Well! Here to — whatever it might be”

El inmovilismo y la vacilación se impusieron en la siquis de la gente de la capital. Los conquistados no imaginaban qué sería de ellos. Pero los dos o trescientos civiles americanos que arribaron al territorio detrás de la soldadesca, los aventureros o “camp followers” que describió Lee Basanta ocupando la ciudad con una voluntad carnavalesca, tampoco estaban seguros de lo que les esperaba. Según Robinson celebraban el cambio pero, de paso, especulaban: “Well! Here to —  whatever it might be”. La sensación dominante era, como quien dice, ¿y ahora qué?

La incertidumbre manifiesta por Robinson estaba relacionada con el hecho de que para este cronista la conquista de Porto Rico no era un logro significativo del cual Estados Unidos pudiese sentirse orgullosos. Una metáfora agraria difícil de traducir le sirve de apoyo: “We have hardly laid a big enough egg to warrant our doing any great amount of cackling”. En cierto modo tenía razón, no valía la pena cacarear en exceso porque el huevo que se había puesto no era muy grande. Los hechos de Puerto Rico, comparados con los de Cuba y Filipinas, siempre fueron vistos como “poca cosa” por aquel grupo de testigos de primera mano. Pero Robinson, como para Edward S. Wilson en un volumen publicado en 1905, no estaba del todo desesperanzado respecto a las posibilidades de la nueva posesión ultramarina. Robinson confiaba en que “the coming years should be a time of sure and steady growth and development for this spot for which a beneficient Creator has done so much.” La rama de olivo estaba extendida.

Una interesante observación de Robinson ante el proceso de invasión y ocupación es la comparación que hizo de la reacción de la gente en distintas regiones del país. Su interés se centraba en las ciudades, escenario que los recién llegados observaron con gran intensidad desde el primer momento. En Ponce y Mayagüez, aseguraba, “was an affair of some abruptness”. La gente no esperaba un desenlace tan rápido de los acontecimientos por lo que la reacción española de retroceder ante el avance de las tropas estadounidense sorprendió a muchos. El carácter abrupto y la reacción de retroceso es explicada sobre la base de que el elemento hispano que se oponía al conquistador era en aquellas ciudades minoritario ante el elemento criollo que, en general, lo favorecía. Los sectores criollos habían visto en los invasores un aliado legítimo ante su enemigo común, situación que también se había manifestado en los casos cubano y filipino.

En San Juan la situación era contraria. La predominancia del elemento español en el entramado urbano era notable por lo que las tropas estadounidenses suponían más expresiones de oposición.  Por eso la pasividad ante el acto del cambio de soberanía le sorprende: “But I saw nothing of the sort”. Con alguna ironía el autor señala que el rechazo se redujo a alguna inofensiva mala mirada o descortesía casual. La reflexión de Robinson posterior a los hechos es interesante: el periodista sinceramente temía una respuesta violenta que nunca sucedió. La situación era propicia para ello. La caballería estadounidense estaba estacionada a 15 millas en Río Piedras y los estadounidenses que pululaban por la isleta eran apenas un puñado.

No se equivocaba a ese respecto. La presencia estadounidense en San Juan se reducía a la Comisión oficial, y a algunos periodistas, comerciantes y civiles que estaban alojados en los hoteles “Inglaterra” y “Francia”, hospederías de las cuáles se burlaría por su vulgaridad. La situación era apropiada para que una turbamulta los agrediera con furia, pero nada pasó. Aquella pasividad le resultaba incomprensible como también lo era para otros observadores más interesados y distantes como fue el caso del doctor Betances Alacán. San Juan había visto pasar la historia por encima de su cuerpo moribundo sin hacer nada para evitarlo o siquiera manifestar su ira. ¿Lo hacía por honor o por civilidad? ¿Lo hacía por fatalismo o por miedo? Robinson prefiere la segunda respuesta. El juego retórico de Robinson vuelve a inventar una imagen convencional del descubrimiento: igual que el natural en Guanahani había actuado con cautela y temor ante el extraño que llegó a sus costas en 1492, el habitante de la ciudad lo hacía ante el invasor en 1898. La apelación al miedo le permite volver a alabar el poder de la civilización que representa. Después de todo, afirma, cualquier resistencia hubiese sido una locura. El La Puntilla “…lay a Little bunch of graceful, but grim-looking, slate color vessels showing the bright fold of the American flag”. La nueva situación era el producto de una guerra por lo que la garantía era la fuerza y, aparte de ello, el recuerdo del bombardeo del 12 de mayo en horas de la mañana seguía fresco en la memoria de los habitantes de la capital.

Su apreciación del bombardeo manifiesta un extraordinario contraste con el de Lee Basanta en sus memorias. Devalúa la devastación y el horror que pudo producir el mismo. Los daños fueron pocos y se ciñeron a la banda norte de la isla para al cabo con algún cinismo, afirmar que “(the) city generally shows but little sign of having been used as an object of target-practice”. La Marina de Guerra, aunque podía haberlo hecho, no hubiera querido demoler una ciudad que sabía iba a caer en su posesión para luego tener que reconstruirla. El fantasma de la ucrónica devastación de Seva narrada por el narrador Luis López Nieves en la década de 1980 atravesó por la mente de este escritor en algún momento como un acto posible. Al cabo, el bombardeo iba dirigido a la banda sur y la bahía interior donde se presumía podía estar acuartelada una parte de la marina hispana, y a la línea de castillos de la banda norte. El objetivo no eran los vecinos. El orgullo con el poderío militar de su país invadía a Robinson en este breve fragmento. La alusión a los refugiados que salían rumbo a Bayamón se atenúa, el que habla es un militar, a una anécdota sin importancia aunque, en general, valida las observaciones de Lee.

 

En San Juan “all quite and peaceful”

La vida de la ciudad tomada se sintetiza en la frase “all quite and peaceful”. Pero San Juan tiene un “sonido” que molesta:  los “cries of street venders” que le resultan más ofensivos que los ruidos de las calles de Nueva York. La idea del San Juan “ruidoso” e “inarmónico” no era solo suya. El juicio también era compartido por observadores entrenados de Puerto Rico como era el caso de Salvador Brau Asencio. La incomodidad con la ciudad murada, sin murallas ya en la parte de tierra desde 1897, también fue una de las quejas de Alejandro Tapia y Rivera en alguno de sus textos tardíos. Para Robinson aquel “sonido” carecía de la resonancia de los carros de bueyes, los carros del ejército, los carruajes y tranvías tan visibles en Ponce, por ejemplo.

En última instancia, el único lugar que mostraba cierta actividad eran los cafés en especial “La Mallorquina…the best and most fashionable of these”, en donde convergían soldados y civiles de todos los orígenes sin problema. El tema de las borracheras vuelve: “there was little drunkenness, and such as there was, I regret to say, was American”. El problema no parecía ser que los estadounidenses bebieran más que los locales sino que se emborrachaban con más facilidad. El “soldado borracho” parece ser un icono común de aquellos primeros días de la presencia estadounidense en nuestro país.

 

¿Y ahora qué?

San Juan había sido era un adversario débil para la marina de Estados Unidos, sin duda, pero si sus fortalezas se modernizaban “the forts of San Juan could be made extremely offensive and dangerous to an attacking fleet”. Robinson pensaba que incluso, pudo haberlo sido durante los combates navales que Lee Basanta registra con minuciosidad y admiración en sus memorias. La observación no impide que concluya que la confrontación se convirtió en una “semi-comedy” para los invasores. Para Robinson “we had no real battles with them”. Ni lo que sucedió en la Bajura de Hormigueros ni los combates en la banda norte de San Juan eran suficientes para acreditar una verdadera guerra en este observador.

El retrato del soldado hispano es curioso. En los días del conflicto las autoridades reales le habían adelantado el sueldo de dos meses. Tenían dinero para gastar en lo que quisieran antes de ser repatriados. A pesar de ello, nunca vio a uno borracho. La imagen del militar ordenado, morigerado y respetuoso contrasta con la de los suyos. El cronista de guerra veía en aquellos hombres signos contradictorios. Algunos militares hispanos lamentaban las condiciones en que se iban, otros prometían volver porque aquí tenían familia, pero muy adentro, a pocos parecía importarle el futuro político del país que dejaban atrás. Entre el 3 y el 4 de octubre zarparon los últimos ante la indiferencia de la ciudadanía en el “Isla de Panay” y el “Satrustegui”, amontonados e incómodos. El “Adiós! España” se había completado. Lo que quedaba de ella en la recién adquirida colonia parecía tan poca cosa que pronto se disolvería en la forma de un recuerdo borroso. Me temo que se equivocaba.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 28 de julio de 2017

agosto 9, 2010

El Partido Nacionalista, los obreros y Mayagüez (1934)

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

La Gran Depresión y la inclusión de Puerto Rico en los programas de transferencias federales del Nuevo Trato, alteraron el panorama político local. La crisis económica fue un espacio que favoreció la inserción del Partido Nacionalista y de la carismática figura de Pedro Albizu Campos en las luchas obreras.

La tesis dominante entre los investigadores de izquierda y la tradición de la Nueva Historia Social y Económica, ha sido que el Partido Nacionalismo fue incapaz de aprovechar la oportunidad que tuvo para vincular a la clase trabajadora con las luchas nacionales. En cierto modo, lo que sugieren es que esa situación garantizó el fracaso del Proyecto Nacionalista, y allanó el camino al triunfo del Proyecto Populista.

Huelga de estibadores en Ponce (1938)

La interpretación aludida se consideró legítima en una época en que la confianza en una concepción progresista de la historia  dominaba el panorama interpretativo. La situación condujo a que se generalizara la evaluación del Nacionalismo como una ideología anquilosada, actitud que se volvió más radical en el marco de la interpretación Postmodernista y el Giro Lingüístico. La fragilidad de la concepción radica en que nada garantiza que, si el Partico Nacionalista hubiese aprovechado la coyuntura del 1934, la situación del país hubiese sido otra. Tampoco evalúa con propiedad la debilidad ideológica y material de las izquierdas, socialistas, comunistas y anarcosindicalistas, en aquel momento crucial de la historia social puertorriqueña.

Contextos de una relación

La relación de las clases trabajadoras con sus representantes, con el Capital y el Estado presentaban entonces una situación única. Primero, la desconfianza de los sectores en sus representantes políticos había decaído. El Partido Nacionalista, como se sabe, había insistido mucho en cuestionar la sinceridad tanto del Partido Socialista, como de la Federación Libre de Trabajadores con argumentos económicos, culturales y jurídicos. A muchos trabajadores lo que más les molestaba era la trabazón de aquellas organizaciones con el partido homónimo de Estados Unidos y con la  American Federation of Labor. A ello se unía el compromiso abierto del liderato socialista y federacionista con los grandes intereses azucareros y tabacaleros, y la condición del Partido Socialista como  “partido de gobierno” y su alianza con el Partido Unión Republicana en la Coalición Puertorriqueña.

Segundo, y no menos importante, muchos socialistas críticos reconocían la notable incapacidad de liderato obrero tradicional para enfrentar la crisis económica y resentían la renuencia de la Coalición Puertorriqueña a apoyar los proyectos de reconstrucción económico-social promovidos por la administración de Franklyn D. Roosevelt. En ese renglón, sin embargo, Nacionalistas y Coalicionistas coincidían aunque sobre la base de argumentos diferentes. En aquella situación, tanto el Partido Socialista como la Federación Libre de Trabajadores, entraron en un proceso de fragmentación y reorganización ampliamente investigado por la historia social y económica y la historiografía del Populismo.

Las fisuras del socialismo y el sindicalismo

En 1934 tres líderes socialistas, Tadeo Rodríguez, Florencio Cabello y Luis Pino, organizaron Afirmación Socialista. Se trató del primer reto al liderato de la organización con un discurso que sugería la necesidad de recuperar una tradición de militancia que se había dejado atrás. Paralelamente, el Dr. Eugenio Vera, líder nacionalista asociado a Albizu Campos, impulsaba desde Guayama la creación de una Asociación de Trabajadores que retara al liderato de la Federación Libre de Trabajadores. Albizu Campos manifestó su optimismo respecto a las posibilidades de crecimiento de aquel proyecto organizativo.

Por otro lado, en septiembre de 1934 se fundó el Partido Comunista Puertorriqueño en Ponce, bajo la dirección de Alberto Sánchez, Secretario General. El partido tuvo entre sus fundadores a los señores Juan Sáez Corrales, Juan Santos Rivera, y los ex nacionalistas Luis Vergne y Eugenio Font Suárez. Se trataba de una organización pro-soviética de férrea postura estalinista que aspiraba crear la República Soviética de Puerto Rico. En 1935, como era de esperarse, se afilió a la III Internacional Comunista y articuló en la colonia la conocida política de los Frentes Populares. Un segmento del Partido Nacionalista siempre miró con reserva aquel proyecto político y llegaron a considerarla como una propuesta amenazante para la personalidad puertorriqueña, como se podrá deducir de una lectura cuidadosa de la Carta a Irma de 1939. Aquellas fisuras iniciaron una era nueva en la historia social y política de Puerto Rico que todavía debe investigarse con cuidado.

Las respuestas del Estado

La respuesta del estado como se sabe, fue en dos direcciones: transferencias federales para paliar la crisis; y mano dura para reprimir la oposición radical. Por eso, entre los años 1933 y 1934,  bajo las gobernaciones sucesivas de Robert H. Gore y Blanton Winship, la Policía Insular aumentó sus efectivos y fue reentrenada. Parte de la reforma consistió en rearmar la fuerza con tercerolas, subametralladoras Thompson conocidas como las tommyboy. Aquella AK-47 de la década del 1930 era la favorita de los gansters y arma básica del British Army. Además de eso, se creó una Fuerza Antimotines con 150 agentes especiales, tarea que se inició desde diciembre de 1933.

Pedro Albizu campos (1934)

La otra novedad fue que se refinaron los protocolos de cooperación entre la Policía Insular, la Guardia Nacional y el Regimiento 65 de Infantería. Todo parece indicar que el temor a la violencia social y/o política era enorme en aquel entonces. En la práctica se equiparaba la violencia civil de los consumidores, desempleados y obreros con la violencia política de los Cadetes Nacionalistas. Hacia el 1935, en efecto, había 9,474 obreros en huelga. La apelación al sabotaje de los obreros y al macaneo policiaco era común. El Estado favoreció el uso de rompehuelgas protegidos por la Policía Insular y la alianza defensiva entre el Capital, el Estado y las fuerzas del orden público nunca fue más evidente.

En ese momento tan grave, Albizu Campos y el Partido Nacionalista entraron en las luchas obreras en un momento difícil no solo por la actitud de potencialmente agresiva de las fuerzas del orden, sino por que la organización atravesaba por una crisis que tenía sus raíces en la derrota electoral de 1932. Los viejos dilemas aparentemente vencidos en la Asamblea de mayo de 1930 habían retornado. Volvía a cuestionarse el lenguaje agresivo y la apelación a la “Acción Inmediata” que Albizu Campos había impuesto.

La fisuras políticas: la división de Mayagüez

El foco de la crítica y de la crisis fue la Junta Municipal de Mayagüez, por cierto, una de las más grandes e influyentes. Y la piedra de toque fue la visita del Presidente Roosevelt a la isla en el contexto concreto del Nuevo Trato. Roosevelt atracaría en el puerto de Mayagüez en agosto de 1934 para una visita a la región oeste. La Junta Nacional del partido, órgano supremo del mismo, lo proclamó persona non grata para la Nación puertorriqueña. Lo que nadie esperaba era que la Junta Municipal de Mayagüez se resistiera a la decisión y se opusiera a distribuir una propaganda que consideraban insultante y ofensiva para el Presidente. El alegato de los mayagüezanos fue que se trataba de una imposición: la Junta Municipal no había sido consultada democráticamente respecto al asunto y devolvieron al mensajero, Juan A. Corretjer Montes, con las hojas para San Juan. Se trataba de un acto de indisciplina y rebelión que un carácter como el de Corretjer, a quien conocí en la ancianidad, no podía tolerar. Lo que aquella situación demostraba era que el liderato de Albizu Campos no era tan monolítico: la Junta de Mayagüez había puesto en entredicho el mismo, acusándolo de falta de democracia y autoritarismo.

Los cabecillas de aquella revuelta fueron los historiadores y juristas Juan A. y Salvador Perea, el mulato y luego coleccionista Regino Cabassa, y Emilio Soler López descendiente de cafetaleros catalanes. No sólo encabezaron la resistencia sino que fundaron una Junta Independiente en la ciudad. Cabassa recibió la visita de Roosevelt con una bandera de Estados Unidos en su casa. La amenaza de que los desobedientes serían “castigados físicamente” no se hizo esperar. La actitud de la Junta de Mayagüez tenía que ver con que no todos los Nacionalistas rechazaban el Nuevo Trato como un acto de limosna, tal y como sugería la política oficial del partido.

El Partido Nacionalista y su Junta Nacional, enviaron otra vez a Corretjer y Ulises Pabón a Mayagüez y crearon una Junta Provisional que el propio Albizu Campos inauguró con un discurso el 19 de agosto de 1934. La Junta Nacional favoreció que se eligiera a Juan Gallardo Santiago, alias  El Indio y natural de Hormigueros, como Presidente. Gallardo Santiago fue luego reclutador del Ejército de Liberación o los Cadetes de la República con oficina en la calle San Vicente y acompañó a la prisión de Atlanta, Georgia a Albizu Campos y Corretjer, entre otros, tras los procesos de 1936. Los disidentes fundaron la Junta de Mayagüez Pro Independencia de Puerto Rico, luego  Partido Independentista Puertorriqueño.

Esta debilidad organizativa del Partido Nacionalista me parece crucial en su incapacidad de enfrentar el problema obrero de un modo más inteligente y eficaz. En todo caso, la prioridad del Nacionalismo no es el conflicto entre las clases sino el conflicto que atañe a la Nación como un todo imaginario. Es en el contexto de esa contradicción que las luchas obreras deben insertarse para que sean eficaces para la Nación.

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