Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

julio 3, 2010

“Carta a Irma” (1939): la solidaridad de los comunistas


Partido Nacionalista de Puerto Rico. Documentos. Carta de José Monserrate Toro Nazario a Irma Solá, 31 de mayo de 1939. Epigrafía, transcripción y edición del Dr. Rafael Andrés Escribano. CPR 324.27295 T686c. Colección Puertorriqueña. Universidad de Puerto Rico: pág.100-101.

Fragmento 8: Los comunistas han sido consistentes

Tengo a la vista ejemplares del Daily Worker, del 25 y el 26 de febrero de 1936 –de los días que siguieron a la muerte del coronel Riggs y al linchamiento de Beauchamp y Rosado. El primero tiene un titular a ocho columnas:

Elías Beauchamp (1936)

“La policía de Puerto Rico inicia el régimen de terror después de las muertes.” El subtítulo, a dos columnas, dice: “Dos abatidos a balazos…” No tengo espacio ni derecho para traducir el despacho a continuación de esos titulares. Bastará que le diga que nada se publicó en Puerto Rico, a favor del nacionalismo, que sea comparable con ese despacho. Los comunistas han sido consistentes con nosotros.

El segundo número del Worker tiene otro titular a ocho columnas: “La infantería de marina a toda marcha hacia Puerto Rico para respaldar el terrorismo oficial.” Traduzco un epígrafe a una columna: “Se hace responsable de las massacres al gobernador imperialista.”

Un editorial de ese número del Worker recalca:

“Dos hombres fueron linchados el domingo en Puerto Rico, por una policía dominada por los norteamericanos, como el punto de partida de una campaña (terrorista) para exterminar el movimiento de liberación nacional en la isla.

“Todo el mundo sabe que nosotros los comunistas no tenemos nada en común con el método del terrorismo individual, del asesinato político. La muerte del coronel Riggs. Jefe de la policía en Puerto Rico, no ayuda en nada al movimiento de liberación. Solamente la acción de las masas, organizadas y disciplinadas para la lucha colectiva, pueda emancipar al pueblo portorriqueño de las garras del imperialismo yanqui.

“Pero la muerte del coronel Riggs está siendo utilizada por el imperialismo norteamericano para pedir la disolución del Partido nacionalista de Puerto Rico. ¿Pueden los socialistas en Estados Unidos permanecer en silencio cuando un hombre como Iglesias se suma al coro de ladrones? ¿Puede el pueblo de Estados Unidos permanecer en silencio ante esta exhibición de la política del Buen Vecino de Roosevelt en Puerto Rico? ¿Buen Vecino?

Buenos linchadores…”

¡Benedicto XV! ¡León XIII! ¡Tratado de Rusia con Estados Unidos! ¡El doctor Lanauze! ¡La carta de Cuba! ¡Los descontentos! ¡Don Ramón Medina Ramírez!

Comentario:

El último argumento de Toro Nazario para documentar la solidaridad del Partido Comunista de Estados Unidos y los comunistas en general con el Partido Nacionalista, tiene que ver con la reacción de aquellos ante el asesinato de Elías Beauchamp e Hiram Rosado en el cuartel de la policía el 23 de febrero de 1936 tras la ejecución del Coronel Elisha Francis Riggs, Jefe de la Policía Insular. (Ver relato de Enrique Ramírez Brau, periodista y testigo de la ejecución a quien Toro Nazario señala como filofascista). Los portavoces comunistas hicieron hincapié en que su respaldo no debía interpretarse como un apoyo al “método del terrorismo individual, del asesinato político”.

El “magnicidio”, “regicidio” o “tiranicidio”, hacía sentido en la tradición interpretativa católica desde la Edad Media, y en la praxis anarquista individualista de fines del siglo 19 y principios del siglo 20. Pero la misma no tenía mucho espacio en la racionalidad revolucionaria marxista leninista o stalinista, según lo demuestra los múltiples roces entre los militantes bocheviques y los sectores anaquistas antes y después del 1917. El hecho de que el “terrorismo individual” fuese respondido con el “terrorismo de Estado” y, en cierto modo, las condiciones legitimaran la disolución del nacionalismo organizado mediante la fuerza , representaba un problema para las posibilidades del futuro de la lucha por la independencia que los comunistas percibían claramente.

Winship_otros

Gob. Blanton Winship, el Dr. Eduardo Garrido Morales y el jefe de la Policía Enrique Orbeta (c. 1938)

El concepto “terrorismo” se había convertido en una invectiva directa contra los pequeños burgueses y traidores que Stalin identificaba con susopositores trotkystas, entre otras tendencias. Los comunistas veían en el magnicidio, el tiranicidio o el regicidio una expresión irracional de la violencia individual que “no ayuda en nada al movimiento de liberación” en la medida en que no lo adelantaba. Con actos como aquellos, sostenían, se le ofrecían municiones al Estado y al imperialismo para justificar su agresión a la militancia nacionalista. Los comunistas argumentaban que ese tipo de actos dañaba más que adelantaba la causa de la independencia y que el camino de la emancipación dependía de la lucha de masas de la cual el nacionalismo parecía alejarse al reiterarse en aquellas prácticas.

La lógica de Toro Nazario convergía con la de los comunistas aunque él no era militante de esa ideología. A pesar de que nada garantizaba que un cambio dramático en las tácticas de combate nacionalistas en 1939 hubiese alterado el papel del Partido Nacionalista en la lucha por la independencia, lo cierto es que el asunto de la violencia individual (ocasionalmente suicida) de los nacionalistas y sus comandos, no adelantó la causa de la libertad política en aquel contexto. Por el contrario, estimuló la represión y aseguró la criminalización de una lucha política legítima

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor
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mayo 20, 2010

“Carta a Irma” (1939): Nacionalismo, Trotkysmo y violencia


Partido Nacionalista de Puerto Rico. Documentos. Carta de José Monserrate Toro Nazario a Irma Solá, 31 de mayo de 1939. Epigrafía, transcripción y edición del Dr. Rafael Andrés Escribano. CPR 324.27295 T686c. Colección Puertorriqueña. Universidad de Puerto Rico: pag. 12-13

Fragmento 3: Nacionalismo y trotkysmo

La liaison (enlace) entre apristas y fascistas nos llevará, inevitablemente, en el curso de esta carta, a la existente entre nacionalistas y fascistas. Antes hay que pasar, sin embargo, por el trotskismo. No puedo afirmar que el aprismo sea trotskista, pero sus elementos de trotskismo son innegables. Verdad es que se hace sumamente fácil caer en la obsesión antitrotskista. El mismo Trotsky –La Revolución desfigurada, Editorial Cenit, Madrid, 1929, página 245–levanta su voz de protesta contra esta designación: “con este término /trotskismo/ totalmente oportunista, se intenta construir una teoría.”

Vea usted, no obstante, que la misma insistencia en la voz stalinismo, en la carta de Cuba, por sí prueba cierta influencia trotskista. Los trotskistas, Irma, son los únicos que insisten en llamar stalinista a los comunistas. El mismo Browder, a cuyo testimonio privado apela la esposa de Albizu Campos, tuvo que decir ante la décima asamblea del Partido comunista de Estados Unidos:

“Nuestros enemigos se han puesto de acuerdo en cuanto a llamarnos stalinistas… Recordemos cómo, en época anterior, Trotsky inventó también el despectivo de leninista.”

Victor Raúl Haya de la Torre

En esto de trotskistas, leninistas y stalinistas, no se debe olvidar, Irma, que cristiano, voz formada de la misma manera, fué una vez mote despectivo –que como mote despectivo vino al mundo de la Letras. En el citado libro de Trotsky aparece continuamente la palabra stalinismo. En la página 249 Trotsky condiciona la violencia, y en la página siguiente, se pronuncia contra el terrorismo oficial.

La prueba que tengo a mi disposición tiende a demostrar, Irma, que frente al Partido comunista, frente a la Tercera Internacional, frente a la Unión Soviética –los apristas, y, vicariamente, los nacionalistas capitalizan todo el arsenal inagotable y equívoco del trotskismo.

Como es posible que, dentro de “las vicisitudes” de esta carta, alguien pueda  creer que estoy cayendo en la propaganda del “presidente del stalinismo” en Puerto Rico, deseo referirme en particular al caso concreto del hombre de las tres jotas en México –sobre todo, debido a que la carta de Cuba le da cierta prominencia. Es en México, precisamente, donde la influencia trotskista es más conspicua en el aprismo. Es México, precisamente el paraíso de los apristas. México es el refugio de Trotsky.

Juarbe podrá decir que no tiene nexos ni con el aprismo ni con el trotskismo. ¿Por qué escaló, entonces, la misma tribuna con Diego de Rivera, Mateo Fossa y Julio Ramírez –tribuna incontrovertiblemente trotskista? No olvide que el delegado nacionalista de México es aprista.

No me propongo poner pleito al trotskismo. Me conformo con anotar el hecho de que la influencia aprista en nuestro nacionalismo crece cada día. Destaco el hecho de que la influencia trotskista en el Partido socialista de Chile, en el aprista del Perú, en el nacionalista y aun el socialista de Puerto Rico, en el socialista de Estados Unidos, en la Joven Cuba de la Antilla hermana, en la O. T. M. de México y en el antitrujillismo es cada vez más conspicua.

Al pesar objetivamente esta influencia, no puedo olvidar que el fascismo está pensando en la América hispana como clímax de la drang nach Osten (“penetración hacia el este”). Con la victoria de Franco en España, la marcha hacia el oriente adquiere contorno occidental. El peligro del clímax ha dejado de ser académico y mucho menos utópico.

Las bases hobbesianas están en el Perú mismo, cuna de la esposa de Albizu Campos, patria de los apristas. Chicama es central cuyos cañaverales ocupan extensión mayor que la de Puerto Rico entero. Esta empresa estaba dominada exclusivamente por alemanes. El área que ella ocupa, con todos sus habitantes, está bajo un régimen virtualmente nazista. Por otra parte, grandes empresas algodoneras, en el Perú, están bajo el dominio de japoneses.

Hace tres años llamé la atención hacia las consecuencias de la guerra en España –“La usurpación judicial,” Revista Jurídica de la Universidad de Puerto Rico, septiembre de 1936, página 28.

Comentario:

El autor trata de establecer la liaison (enlace   o conexión)  entre el Aprismo, el Fascismo y el Nacionalismo. El Aprismo fue una propuesta de afirmación política e identitaria para la América Latina iniciada por el líder peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) hacia el año 1924. La misma se concretó en el partido Alianza Popular Revolucionaria Americana formalizado en el 1930. Para Toro Nazario resulta relevante llamar la atención sobre el hecho de la peruanidad de Laura Meneses para sugerir la conexión.

Las bases políticas del aprismo coincidían con la interpretación cultural nacionalista en muchos ámbitos. La aspiración para la unificación política y económica de América Latina ante la agresión sajona, el proyecto liberal de democratizar las instituciones políticas, la voluntad modernizadora, el sueño de una reforma agraria y la confianza en la planificación y la diversificación de la economía a través de un Estado centralizado y fuerte, eran posturas comunes del aprismo, el nacionalismo y, luego el populismo.  Algunas no eran, por cierto, invenciones de la era del imperialismo estadounidenses: Eugenio María de Hostos también soñó con unos Estados Unidos del Sur (Colombia) capaz de enfrentar en paridad de condiciones los Estados Unidos del Norte.  En general, aquellas podían considerarse como proposiciones de izquierda que incluso el socialismo, en sus diversas manifestaciones, era capaz de compartir. Todas representaban un cuestionamiento al papel del capital americano en el hemisferio.

El Aprismo además proclamaba el Indoamericanismo que definía como la  integración de la población india al orden moderno. La cuestión del indio y la peruanidad también había sido motivo de preocupación para los primeros comunistas de ese país: las reflexiones de José Carlos Mariátegui sobre ese particular ratifican esa aseveración. Naturalmente, en este ámbito difería del Nacionalismo que hablaba el lenguaje del Iberoamericanismo y el peculiar Hispanofilismo puertorriqueño. El Aprismo impactó con toda probabilidad a las juventudes nacionalistas desde antes de 1930 cuando Albizu Campos se hizo con la presidencia de la organización. Cuando el 23 de marzo de 1931 se fundó la Asociación Patriótica de Jóvenes Puertorriqueños (APJP) con 28 jóvenes, el Indoamericanismo era una de los fundamentos de su programa. El tercer punto de sus bases era “fomentar la creación de la sociedad indoamericana A.P.R.A”. En cierto modo, para enfrentar el Imperialismo apelaban al Indoamericanismo. En el proceso de transformación de la APJR en los Cadetes de la República, el Indoamericanismo fue sustituido por el por el concepto Indo-Hispanismo. Todo parece indicar que Albizu Campos, quien influyó mucho en la configuración de la APJP-CR y en su nuevo programa del 21 de junio de 1931, no favorecía del todo ese aspecto del lenguaje cultural del Aprismo. Después de todo, el indio no tenía en 1940 la categoría de agente cultural primario en la configuración de la identidad que adquirió después de 1950.

Dado que Toro Nazario reconoce elementos Trotkystas en el Aprismo, no le resulta difícil hacer partícipe al Nacionalismo de los mismos. La postura es altamente cuestionable: el Socialismo y el Nacionalismo se encuentran en lugares muy distantes del espectro político y ocasionalmente los ubicamos en las antípodas. Lo que denominamos Trotkysmo fue una reacción contra las prácticas nacionalistas de lo que se denomina Stalinismo traducido en la idea de factura nacionalistas del “Socialismo en un Solo País”. Como se sabe,  Stalinismo y Trotkysmo son conceptos inventados a la luz de una lucha por el poder dentro de PCUS entre los dos potenciales herederos del  poder y la posición de Lenin, muerto en 1924. Aquellas actitudes traducían diferencias de criterio en torno a la ruta que debía tomar el socialismo soviético: “Socialismo en un solo país” o “Revolución Permanente e Internacional”. El hecho de que Stalin usara los conceptos terrorista y terrorismo para referirse a Trotsky y los trotkistas en paridad de condiciones que cualquier enemigo de la burguesía y la pequeña burguesía, explica también porqué Toro Nazario usará el epíteto para referirse al activismo nacionalista.

Al principio del fragmento el autor parece reconocer que la utilidad política de conceptos como leninismo, stalinismo y trotkismo puede ser viciada dada la situación de que todos  emanan de un debate concreto en el seno de las izquierdas rusas entre 1917 y el momento en que escribe. La Revolución Rusa cambió la naturaleza del activismo social y produjo un interesante y contradictorio lenguaje político que sólo comenzó a disolverse tras la disolución del “Socialismo Real” entre 1989 y 1991. La transformación de esos conceptos de una mera acusación alevosa en herramientas de lenguaje útiles para definir  una actitud política concreta fue un proceso atropellado y, a veces, una comedia de errores. El hecho de que Toro Nazario recuerde que el concepto cristiano también fue utilizado como una injuria contra los seguidores de Jesús en el contexto del Imperio Romano, ratifica la incertidumbre de este tipo de definiciones.  Trotsky no fue trotkista como Jesús no fue cristiano, es cierto. Albizu, en consecuencia, no fue albizuísta. La figura y la actitud son cosas distintas que dependen de quien las articula en una praxis.

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor

diciembre 23, 2009

Albizu: De la admiración a la reflexión


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Pedro  Albizu  Campos  y  el  nacionalismo   puertorriqueño del Dr. Luis Ángel Ferrao, es un libro inquietante que nos conduce, invariablemente, a revisar muchas de las ideas que tradicionalmente habíamos sostenido en torno al fenónemo histórico del albizuismo en Puerto Rico. Como texto es un modelo de fina investigación que precisa una lectura sosegada y desapasionada. Libro desmitificador, sobre todo, su mayor virtud reside precisamente en que la ruptura con el mito de Albizu se cimenta en una sólida base documental inédita, y en un contexto ideológico que lejos de tratar de explicar la evolución del nacionalismo puertorriqueño de los años 1930 a 1938 en el marco meramente insular, ubica dicho proceso de evolución en el escenario mayor de la política internacional y sus efectos en el activismo puertorriqueño.

Es cierto que buena parte de los planteamientos del Dr. Ferrao habían sido debatidos en privado y en público por investigadores puertorriqueños y aún en el seno de las organizaciones de izquierda en las últimas dos décadas. Sin embargo, la sistematización  de dichas dudas, la organización del referido debate tiene en el Dr. Ferrao y su libro un alcance mucho mayor.

Este libro es lectura obligada para los estudiosos del siglo XX aparte de las convicciones políticas que atesoren cada uno y que puedan ser conflictivas con el contenido del texto. El Dr. Ferrao abre ahora un nuevo ciclo dentro de la historia revisionista y crítica que, por fortuna, hemos visto desarrollarse en Puerto Rico en los últimos veinte años. Su valor peculiar es que ese espíritu revisionista ahonda, a pie firme, en la praxis de una de las figuras más veneradas de este siglo XX nuestro: Albizu Campos.

La interpretación socio-racial del pasado puertorriqueño desde el siglo XVIII al XX tiene parentescos obvios con los juicios del Dr. José Luis González, deudas indirectas con los trabajos investigativos de los Dres. Sued Badillo y López Cantos o los trabajos lingüísticos del Dr. Álvarez Nazario. Ahora el Dr. Ferrao le da sentido a ese juicio y nos permite entroncarlo diáfanamente con el siglo XX en su contexto político-social. Puerto Rico aparece como un pueblo cuyo cimiento nacional se ofrece a lo largo de un siglo XVIII eminentemente mulato o negro. Pero al momento de cristalizar esa nacionalidad, elementos como la inmigración extranjera y el blanqueamiento progresivo del país, la tuercen hacia rumbos distintos. La mutilación de la clase criolla nacional durante el siglo XIX y su fragilidad ante los extranjeros privilegiados, explica en cierto modo la perpetuación del estado colonial en nuestro país. En ese ámbito, la figura de Albizu es una gran   paradoja.

Estamos    ante    un   mulato   descendiente   de esclavos por la vía materna cuya visión política recoge las inquietudes de ese sector blanco extranjerizante y autoritario de mediados y fines del siglo XIX. Estamos ante lo que César Andréu Iglesias hubiese llamado “un hombre acorralado por la historia”. En ese contexto el juicio del Dr. Ferrao en torno al liderato nacionalista es aclarador. Un segmento de la cúpula nacionalista descendía de migrantes privilegiado en el siglo XIX y había venido a menos a raíz de la invasión de 1898. Sus problemas con el estatus colonial de Puerto Rico eran explicables, en parte, a partir de esa premisa. Ya hemos visto como el Dr. Ricardo Camuñas interpretó las inquietudes de los Revolucionarios de Lares de 1868 en términos parecidos; y como la Dra. Olga Jiménez ahondó en dicho asunto en su estudio en torno a los hombres de dicha Revolución. El patrón de análisis es objetivamente novedoso en lo que concierne al fenómeno nacionalista del siglo XX y eso es un valor incuestionable del texto que enjuiciamos.

Es cierto que ello no explica la relativa masificación del nacionalismo en los primeros años de la década del ’30, pero abre un camino sumamente interesante para los investigadores en el campo que permitirá la dilucidación de la variedad de causas para la vinculación de sectores de las masas populares, marginados y mulatos con la causa independentista. Hispanofilia y antiamericanismo, elementos eminentemente subjetivos; miseria y explotación, elementos eminentemente concretos y objetivos, nos parece están en la base de la explicación de esa masificación del nacionalismo albizuista del primer quinquenio de la década del ’30.

Los problemas políticos de esa masificación, la poca estabilidad del control del Albizu, lo perecedero de su influencia en las masas populares, se aclaran en la medida en que consideramos tres asuntos cardinales: la espiral autoritaria según la denomina el Dr. Ferrao, el programa social del Partido y lo que podríamos llamar el sectarismo nacionalista, la idea preconcebida de que sólo el Partido era un medio castizo para conseguir la independencia. De un modo o de otro, todos esos elementos están discutidos por José Monserrate Toro Nazario en su “Carta a Irma” (1939) y en la nota cursada por Antonio Pacheco Padró al Partido Nacionalista en 1933.

La concentración del poder en manos de Albizu, nos dice el Dr. Ferrao, y la tolerancia que hacia ese fenómeno mostró la cúpula partidaria, permitió que se abriera un proceso de resquebrajamiento organizativo entre 1932 y 1938. Ese fue un proceso continuo pero diverso, como veremos inmediatamente. La proyección de ese autoritarismo se hizo más patente entrada la década del 1940 (1946-47), cuando buena parte de los comunistas fueron separados de la organización sobreviviendo   una   significativa minoría  entre los cuales se hallaba Juan Gallardo Santiago, dirigente sindical, nacionalista militante y comunista convencido desde mediados de la década del ’30. Esto lo sabemos por testimonio de Gallardo Santiago cuyas memorias, reveladoras por demás y de extrema importancia para la interpretación de la tesis del Dr. Ferrao, conservamos en nuestro archivo particular.

Personas como Gallardo, que no debieron ser pocas, tuvieron que sentir disgusto con un programa social que pretendía restituir una pequeña burguesía terrateniente en el poder y crear las condiciones para el desarrollo de una clase burguesa y administradora que manejara la futura república. El caso de Antonio Pacheco Padró y su rechazado programa de reivindicación obrera, es claro en este sentido (p. 182-3, 345-7). El asunto es que Gallardo, como Albizu, era otra paradoja histórica porque si bien era de ascendencia asturiana, como señala el Dr. Ferrao, no estaba dentro de las filas conservadoras y anti-revolucionarias en el seno del Partido Nacionalista ni era un privilegiado. Por el contrario, estando preso tomó conciencia de que Albizu no era el dirigente para la Revolución bajo la influencia de cubanos revolucionarios. Para ellos, y para Gallardo los importantes eran aquellos que como él, eran obreros. Gallardo, pues, entendía la problemática desde la perspectiva de que a una Revolución Nacional había que anteponer una Revolución de contenido social. Consciente de ello, a pesar de su filiación Nacionalista, había colaborado con el Partido Comunista desde su fundación en 1934.

Hay que decir que Gallardo permaneció fiel a Albizu hasta que la práctica lo sacó de aquellas estructuras anquilosadas para sus aspiraciones. Los nacionalistas que conocieron a Gallardo dicen que él se dio cuenta de que lo más importante en ese momento (1930-1940) era ser nacionalista y no socialista, pero la praxis desmiente a los que sostienen esa probabilidad. Las memorias y papeles de Gallardo son un testimonio claro de un comunista convencido fiel a Albizu que aguarda pacientemente un cambio ideológico que nunca se daría en el Partido.

Gallardo apoyó totalmente la gestión armada militar de Albizu que fue el ápice de las divisiones internas de 1935, y nos tememos, por testimonio de sus memorias, que los explosivos colocados en el local del Partido Independentista de Puerto Rico en noviembre de 1934, los colocó él y no Claudio Vázquez Santiago como decía El Imparcial de la época (p. 204). Por eso Vázquez Santiago salió absuelto. Para Gallardo, quien a la sazón era el vice-presidente de la Junta Nacionalista de Mayagüez, aquello era un escarmiento a los de línea blanda que, encabezados por los hermanos Perea y Regino Cabassa, separaron la Junta de Mayagüez en 1934 en abierta disidencia.

Decimos esto porque entendemos que Gallardo no era conservador. Era sólo tolerante con el “albizuismo”, según lo define el Dr. Ferrao, aunque su origen dijera lo contrario. Por eso   en   sus   memorias   se hacen patentes  toda una serie de recelos atípicos en esta generación de luchadores. Con su natural humor Gallardo cuestiona que siempre al referirse a su persona lo señalaban como un nacionalista que había estado preso con Albizu, cuando también podía decirse: “Albizu fue preso con Juan Gallardo. Las acusaciones y las sentencias eran igual(es)”. En el fondo Gallardo se quejaba del caudillismo albizuista y de la visión errada por demás de que la lucha era producto del esfuerzo de un solo hombre.

Lo interesante es que cuando se planifica el ataque al Congreso de los Estados Unidos, Gallardo recibió instrucciones para que formara parte del comando, pero no pudo o no lo dejaron participar. Las razones no están claras, pero a esa altura el comunismo de Gallardo pesaba más que su nacionalismo y fidelidad absoluta a Albizu.

Juan Santiago Santiago, ex-preso político nacionalista

Narramos este caso porque el de Juan Gallardo pudo ser uno de muchos otros en el seno de la organización. Y esto empalma con el tercer criterio mencionado: la idea de que el nacionalismo era la única alternativa viable política y éticamente para hacer la República de Puerto Rico. Gallardo y otros muchos no pensaban eso. Ese podía ser el criterio de un sector de la cúpula, pero la historia se encargó de demostrar que había que dejar espacio a otras alternativas pacíficas, diplomáticas y sociales. En todo caso la confrontación causada por el radicalismo albizuista podía ser “ingenua” y “temeraria” (p. 161), pero no dejaba de ser heroica y ejemplar.

Volviendo, por último, al modelo autoritario albizuista Y su proyección en la futura república, el asunto merece consideración aparte. Resulta obvio que Albizu era autoritario y de mano dura. La tesis del Dr. Ferrao no deja lugar a dudas. También queda claro que la militarización del partido tuvo mucho que ver con ello. El caso del dictador Trujillo es dramático a este respecto. Por eso la preocupación de José M. Toro Nazario en su Carta a Irma.

En Puerto Rico la prensa independentista tuvo un criterio dividido en cuanto a cómo enjuiciar el régimen trujillista. El silencio de la oficialidad del Partido Nacionalista y la censura del periódico La Palabra a la discusión de ese tipo de temas (p. 241), tuvo que alejar a muchos demócratas de la organización. Particular es el caso de la poeta María López de Victoria de Reus, mejor conocida    por el seudónimo de Martha Lomar.

Desde las páginas de El Imparcial y Alma Latina, Lomar desplegó una amplia tarea literaria. Junto a ello se convirtió en una propagandista de la oposición al trujillismo y todo lo que ello implicaba en términos de la violación de los principios democráticos. A fines del año 1931, Lomar fue invitada a visitar la República Dominicana por el propio dictador a través del poeta Noel Henríquez para que corroborara sus opiniones sobre el terreno.

De más está decir que el viaje, de apenas 15 días, cambió dramáticamente las   opiniones   de Lomar  transformando toda la inquina en admiración al alma caballeresca y tenoria del dictador Trujillo. El diario de ese viaje, titulado Trujillo y yo, redactado en 1931 y publicado en 1959, es toda una alabanza romántica a Rafael Leónidas Trujillo y demuestra cuán proclives eran los independentistas puertorriqueños a la admiración de modelos autoritarios.

La poeta es sincera en su rechazo a las ideas democráticas cuando dice: “Cada vez estoy más convencida del fracaso de nuestra democracia…”, y claramente justifica los autoritarismos incluso como un mecanismo divino o místico inexplicable: “Los poderosos -dice- son elegidos del Señor, quien los utiliza para fines que ignoramos…”. Ello era una clara alusión a la función histórica de Trujillo, y una defensa nada velada a los regímenes de mano dura. La cuestión es clara: si en manos como éstas estaba la construcción de la independencia, no podíamos esperar otra cosa que gobiernos autoritarios en caso de concretarla.

Lomar estuvo cerca del Partido Nacionalista y en 1936 fue parte del nutrido grupo de intelectuales puertorriqueños que reclamaron el sobreseimiento de los cargos contra Albizu y sus compañeros. Albizu y su gente, respondían al espíritu de la época cargado de caudillismos y autoritarismos por el rumbo de la derecha, y de estalinismos férreos por la ruta de la izquierda.

Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño desdobla muy responsablemente el proceso de análisis   en torno a la figura de Albizu. Con este criterio modelo del Dr. Ferrao tenemos que volver sobre el nacionalismo de los años 1938-1947 y sobre la experiencia revolucionaria de 1948-1954. Con ello tendremos a un Albizu completo y podremos, como decía Hostos, transformar la admiración en reflexión sosegada. Ese es el tuétano de la historia y no otro. El Dr. Ferrao ha colocado una primera piedra en ese dramático proceso.

En Hormigueros, P.R. a 11 de septiembre de 1991.

Publicado en Cupey. Revista de la Universidad Metropolitana. Vol VIII (1991) 156-164.

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