Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

diciembre 13, 2021

Otros Betances: masonería, pensamiento fraterno, heterodoxias y modernidad

  • Mario R. Cancel Sepúlveda

La apertura ideológica de Ramón E. Betances Alacán no terminaba en el territorio del espiritismo: también fue por algún tiempo un masón activo. A la altura del 1864 cuando organizaba en el oeste del territorio la conjura que conduciría a la Insurrección de Lares en 1868 el catolicismo, por voz del Papa Pío IX, había condenado esa y otras prácticas en la encíclica Quanta Cura y el Syllabus Errorum: las sociedades secretas eran un acto contra la fe. La Iglesia Católica resentía y condenaba el carácter anticlerical y el potencial modernizador de las propuestas de aquella sociedad las cuales habían puesto en entredicho ciertos fundamentos del “cristianismo realmente existente”, es decir el institucional, expresión cultural que la tradición y la historiografía liberal y nacionalista había recodificado como uno de los pilares identitarios de la personalidad europea moderna. Los tiempos del ateísmo oficial de los burgueses radicales que se impusieron en cierto momento durante la Revolución Francesa habían sido dejados atrás por consideraciones de utilidad política.

Masonería, retórica y política

El activismo masónico en Betances no fue extraño durante su formación. Su padre y sus protectores en Francia previo a su ingreso a la escuela de medicina de París estuvieron vinculados a la orden[1]. La experiencia masónica se desarrolló de forma paralela con su compromiso filantrópico (el abolicionismo como expresión de la igualdad), político (la independencia como expresión de la libertad) y fraterno (la solidaridad política que desemboca en la idea de la confederación como garantía de estabilidad).  La masonería complementaba bien aquellos.

La cuestión de si Betances fue revolucionario porque militó en la masonería o, por el contrario, que militó en la masonería por sus convicciones revolucionarias no es más que una trampa. Enfrentar este dilema desde esa perspectiva maniquea evadiría el hecho de que durante el siglo 19 la masonería no fue en lo político y lo social ideológicamente homogénea: la masonería revolucionaria convivió y chocó con otra moderada y hubo numerosos revolucionarios que nunca fueron masones. 

Betances mismo, según lo ha documentado el historiador francés Paul Estrade, fue un “masón inconforme”[2]. Su relación con las logias de París a partir de 1872 estuvo llena de tropiezos ideológicos en medio del debate entre el deísmo, el libre pensamiento y el anticlericalismo en la masonería. El centro de aquel debate giró alrededor de la concepción de Dios, la Naturaleza, la fe y el clero. Pero también, y esto es de mayor relevancia para el caso, hubo choques por cuenta del compromiso político que Betances exigía a sus hermanos masones con la causa de la separación de las Antillas. El intelectual de Cabo Rojo era un libre pensador y no deísta y un verdadero intransigente a la hora de reclamar la separación e independencia de la Antillas por lo menos desde 1850. Las tensiones fueron tantas que Estrade se vio forzado a afirmar que su vinculación con la masonería se había “deteriorado” o posiblemente “roto” entre 1877 y 1878, convirtiéndose en un hermano “durmiente”.

El Betances “masón inconforme” encaja bien dentro de la imagen de los “raros” y los “bohemios” del siglo 19. Resulta evidente que, aún dentro del espacio de inconformidad que era la masonería en una Europa cristiana que se reajustaba al giro de los tiempos, Betances era capaz de importunar y reafirmar la diferencia. Las causas de la “inconformidad” dentro de la “inconformidad” respondían a que el puertorriqueño era un filántropo exigente que abogaba por la abolición inmediata de la esclavitud en las Antillas y favorecía la separación e independencia de Cuba de la Monarquía Española durante la llamada Guerra Grande (1868-1878). Una opinión uniforme respecto a problemas tan complejos como aquel no era una prioridad para los masones franceses.

Las contradicciones afloraban porque muchos de los hermanos masones franceses poseían esclavos o no sentían afinidad alguna por las luchas políticas de los antillanos a quienes consideraban gente extraña. La cuestión nacional y cultural, más allá de la hipotética fraternidad, pesaba mucho a la hora de adoptar un programa de acción. La táctica discursiva de Betances, no siempre exitosa, fue apelar a los valores fundamentales de la masonería con el propósito expreso de politizar a sus miembros y moverlos en la dirección de un propósito que él considera legítimo.

Mi hipótesis es que, por un lado, el pensamiento masónico y el revolucionario no siempre tuvieron una relación armónica. Por otro lado, en última instancia y a contrapelo de la representación dominante, Betances no fue un masón que se transformó en revolucionario sino un revolucionario que se ordenó masón por consideraciones que de momento desconozco, cuya pasión y compromiso lo condujeron a experimentar una relación contenciosa con la orden. Aclaro, sin embargo, que ello no debe interpretarse como un menosprecio a los valores fraternales, filantrópicos y, en general, progresistas del pensamiento masónico en ambos hemisferios.

Un ejercicio de retrospección ayudará a comprender lo que digo. Veinte años antes de los conflicto de París, en 1857, Betances y el abogado de Hormigueros Segundo Ruiz Belvis fundaron una organización filantrópica y militante, la “Sociedad Abolicionista Secreta”, en la zona suroeste de Puerto Rico. Los comentaristas del evento han insistido en las similitudes organizativas entre las sociedades masónicas y aquel club híbrido que lo ejecutaba tanto tareas públicas y legales que clandestinas e ilegales.  Sobre la base de aquella y otras experiencias que no voy a precisar en este momento, fue que ambos formalizaron en 1867 las “Sociedades Secretas” tipo “célula” que tendrían la responsabilidad de preparar el terreno para la Insurrección de Lares de 1868.

Algunos testigos de la época como es el caso de José Pérez Moris, autor de una valiosa obra sobre el acto rebelde, reconocían numerosos paralelos entre las sociedades secretas y las masónicas a la vez que tildaban a Betances y Ruiz Belvis, según la cita de varios testigos de la región oeste, de ser inmorales, ateos y materialistas por cuenta de su discurso anticlerical y su alarde de librepensadores.[3]  Todo sugiere que a la altura de 1857 ninguno de los dos se había ordenado masón. En el caso de Betances como se ha dicho, aunque su padre había sido masón y el joven debió estar en contacto con masones durante el periodo de estudios en Francia previo a Paría, no fue hasta 1866 cuando se inició en la Logia “Unión Germana No. 8” cuyo templo ubicaba en San Germán.

En aquella logia, además del pensador y escritor abolicionista y autonomista moderado Francisco Mariano Quiñones, defensor de la estadidad para Puerto Rico después de 1898, estaba su amigo Ruiz Belvis. Es probable que las afinidades ideológicas, Ruiz Belvis a quien conocía desde 1857 también favorecía la abolición inmediata y la separación y la independencia de Puerto Rico de España, le movieran a asociarse con aquél para fundar la “Logia Yagüez” de Mayagüez durante el 1867 a las puertas del levantamiento insurreccional[4]. Aquel fue un año lleno de obstáculos para el separatismo independentista representado por Ruiz Belvis y Betances. Las relaciones entre el referido sector y los liberales reformistas se habían roto por cuenta de la cuestión de la lucha armada tras una serie de tensas reuniones preparatoria.[5] En mayo de 1868, cuatro meses antes del alzamiento, un grupo de separatistas anexionistas a Estados Unidos de Mayagüez decidió no apoyar la causa debido a la cuestión del futuro estatus del país separado que aquellos querían incorporar a Estados Unidos. Aquel fue un segundo deslinde dentro del seno de liberalismo que, en cierto modo limitó las posibilidades de la insurrección. La reacción de los anexionistas no fue monolítica. José Francisco Basora, un médico anexionista bona fide a quien Betances conocía desde 1856, permaneció fiel de Betances hasta el final de sus días.

En medio de las disputas locales, la concepción de la fraternidad masónica pareció proyectarse sobre la idea de una futura federación o confederación antillana alrededor de la República Dominicana. Alguna proclama rebelde mayagüezana de 1864 citada por Pérez Moris así lo sugiere. El protagonismo de Cuba en aquel proyecto transnacional antillano, eso y no otra cosa parece ser la confederación, fue un fenómeno posterior al 1868 y siempre estuvo repleto de dificultades y choques ideológicos y culturales entre cubanos, dominicanos y puertorriqueños.

Valdría la pena indagar la posibilidad de que en medio de la fastidiosa situación de 1867 y 1868 las fuerzas separatistas independentistas, aisladas de los liberales reformistas y los anexionistas, se vieron precisados a echar mano de la masonería con el propósito de animar un proceso de reorganización dentro de un sector bajo amenaza. La “Logia Yagüez” pudo haber sido un medio para adelantar ese fin. De más está decir que para espíritus republicanos como el de Betances y Ruiz Belvis, entre la noción fraternidad del 1789 y la fraternidad masónica debía haber una relación simbólica estrecha.

La lógica de aquella década no deja lugar a duda de que ambas logias, “Unión Germana No. 8” y la “Logia Yagüez”, tenían orientes dominicanos, elemento que ratifica el hecho de que los contactos más intensos de la promoción rebelde de aquella década fuesen con la República Dominica. Después de todo la independencia y la soberanía de aquel país había sido objeto de amenazas cada vez más intensas por parte de los gobiernos de España y de Estados Unidos durante la década de 1860.

Es probable que para Betances y Ruiz Belvis las relaciones entre masonería y revolución fuesen evidentes. Pero ello no significa que para todos los masones organizados en la “Unión Germana No. 8” y la “Logia Yagüez” lo fuesen. En el caso del Puerto Rico del siglo 19 la masonería y el separatismo independentista compartían, eso sí, un fuerte componente contracultural y antisistémico en la medida en que cuestionaban la herencia del antiguo régimen y la alianza entre el Estado Monárquico y la Iglesia Católica. Aquella actitud los hacía ver como una amenaza mayor y una combinación de fuerzas peligrosa.

La relación de Betances y Ruiz Belvis con la masonería resultó, en suma, instrumental para sus proyectos políticos. Ruiz Belvis dependió de sus contactos dentro de esa afiliación cuando realizó su viaje a Valparaíso, Chile buscando apoyo militar para la causa antillana durante el año 1867.  En 1874, cuando Betances volvió a Europa con el propósito de radicarse en París, fue invitado a integrarse “El Templo de los Amigos del Honor Francés” (Temple des Amis de l’Honneur Français) como Miembro Honorario Grado 18 o Caballero de la Rosa Cruz. El grado reconocido plantea un interesante dilema. Algunas autoridades lo definen como uno de alto contenido religioso dirigido a conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Conociendo a Betances y ocurriendo el hecho en medio del debate entre los deístas y los librepensadores la contradicción es obvia. Otros investigadores lo asocian a la vida itinerante de algunos masones recién llegados a escenarios nuevos como era el caso de Betances, concepción que, me parece, se ajusta mejor al caso.[6]

Durante la etapa masónica francesa, como ya ha documentado Estrade, el caborrojeño escribió en los foros masónicos sobre temas de actualidad política, maduró su formulación antillanista con elementos teóricos del pensamiento fraterno y a la vez exigió, sin mucho éxito, un mayor compromiso de la orden con los proyectos progresistas y de cambio que proponía. Pero, insisto, la masonería puertorriqueña y francesa no poseían una opinión unitaria con respecto a la solución idónea para los problemas que Betances y Ruiz Belvis encontraban en la relación del Puerto Rico colonial con España.

Logia Cuna de Betances, Cabo Rojo, PR

Masonería, retórica y literatura

La presencia de la experiencia masónica en la discursividad literaria betancina excede sus formulaciones teóricas y políticas. Como recurso literario la cultura masónica lo preparó para dominar un lenguaje de enorme plasticidad de carácter hierático o esotérico cargado de simbolismos y sugerencias que colocaba su discurso en las fronteras de la pararealidad o lo fantástico. Betances, como se sabe, no fue el único caso de esa índole en la experiencia literaria puertorriqueña del siglo 19. El lenguaje innovador del pensamiento alternativo masónico tenía uno de sus focos de origen en la misma cultura ilustrada y neoclásica que desembocó en la experiencia de la Revolución de 1789 y de la cual bebió el liberalismo clásico y el republicanismo. Aquella fue una discursividad compartida por el pensamiento antisistémico del siglo 19 que, como el de 1789, minaba la cultura y la canonicidad heredada propia del antiguo régimen dominado por el cristianismo.

El renacimiento de los Estudios Clásicos y los Estudios Orientales durante el siglo 19, junto a su capacidad para penetrar la discusión cultural que se ofrecía en la universidad europea moderna, resultó determinante en aquel proceso.[7] Betances se había formado intelectualmente en medio de aquella efervescencia cultural y fue un buen discípulo de todo ello, sin duda. El efecto de aquel giro no se limitó, en un contexto puertorriqueño, a la figura de Betances. Uno de los maestros masones que intervino en su integración a la orden, Francisco Mariano Quiñones, pasó por la misma experiencia según demuestra la lectura de sus novelas Kalila (1875), Fátima (1885) y Riza-kouli (s.f) bajo el pseudónimo Caballero Kadosh de fuerte sentido mágico masónico.[8] Aquella poco conocida y compleja trilogía titulada Nadir Sha permaneció inacabada. Hace algunos años me topé con un intercambio de cartas entre Lola Rodríguez y Quiñones en la Casa Museo Aurelio Tió en la cual este aclaraba que la tercera parte nunca había sido escrita y la invitaba a leer las otras. En aquellos textos narrativos la cultura persa y la masónica sirvieron a Quiñones de escudo protector para evaluar desde una perspectiva moderna el problema de la humanidad en la historia y el de la libertad. Masonería y pensamiento oriental se identificaban en estos autores a pesar del hecho de que la masonería había sido un invento plenamente occidental.

Los estudios sobre la penetración de la retórica masónica, esotérica o mágica en la obra literaria de Betances no se han realizado todavía. Los modelos retóricos que se presenten en su obra son varios, pero no parecen llamar la atención de la crítica. Uno de ellos es la forma que este autor reinvierte el saber de la numerología en particular el tránsito o progreso del 12 y el 13, un asunto vital para la Astrología Fiduciaria, las artes adivinatorias y la predicción del futuro. El hecho es patente en el antes referido relato de “La Virgen de Borinquen” (1859). En aquel el “loco suicida”, una proyección trágica del Betances doliente, cuando una “viejecita con cara de momia” se sienta frente a él, se imagina prisionero en una habitación que “tenía en todas sus dimensiones trece pies (y) trece paredes sin salida”. El “loco suicida” había sido hecho prisionero en aquella caja inexplicable y oscura habitada por alimañas por el “genio maléfico, ciego y destructivo” que había matado a su novia.[9] Muerta en Viernes Santo parece una acusación directa a Dios.

De igual modo, en el relato satírico-político “Viajes de Escaldado” (1888), el viajero venezolano que en este caso representa la voz del autor y sus contradicciones filosóficas, regresa después de su trágico periplo a su “país” a un “bosque que me pertenecía”. En medio de la soledad que asegura la naturaleza, reflexiona en un interesante discurso en torno a las 12 virtudes humanas soñadas por la filosofía representadas en 12 animales.[10] El mejor comentario en torno a este texto sigue siendo en de Carmen Lugo Filippi, sin duda, y a él me remito.

Las virtudes de las cuáles carece el mundo burgués las encontró en aquellos seres incapaces de razonar como la humanidad y prefirió vivir rodeado por aquellos. La lista es por demás interesante: temperancia en el camello, silencio en la carpa, orden en el castor, resolución en el colibrí, economía en la hormiga, trabajo en el buey, sinceridad en el perro, moderación en el cordero, limpieza en el cisne, tranquilidad en el elefante, castidad en la cotorra, humildad en el asno.[11] Pero Betances / Escaldado evade asociar la virtud número 13 que no es otra que la inalcanzable, utópica y “demasiado noble” justicia. El desaliento tragicómico con el futuro de la humanidad y el ideal liberal era patente: occidente moderno, Europa y su emanación americana, no estaban preparados para la alcanzar la justicia. En su lugar coloca en letras de oro la palabra “tolerancia”.  Se trata de un reclamo a la intolerancia europea y una reafirmación de la incapacidad de la civilización europeo-americana burguesa de cultivarla “no antes de seis mil u ocho mil años”. El occidentalismo europeísta de Betances es un mito. El asunto de que el viajero fuese venezolano complica el relato: después de todo en Venezuela comenzó el contradictorio “viaje” hispanoamericano hacia una “libertad” llena de ambigüedades que nunca se consolidó. La retórica masónica, esotérica o mágica volvía a encontrarse con la retórica política revolucionaria de manera puntual.

La numerología informa sobre el sentido atribuible a aquellas escenas trágicas. Según el mitólogo Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) el número 12 significa el orden cósmico y la salvación, mientras que el 13 sugiere la muerte y el renacimiento, el cambio y la reanudación, la revolución en su sentido más clásico y estricto. En alguna tradición masónica, el 13 recuerda la muerte del Caballero Templario el viernes 13 de octubre de 1307 a manos de la Santa Inquisición; y en la cristiana, a los 13 comensales de la última cena cuya matemática marca la condición de Judas el traidor. La magia de este número no termina allí: en el capítulo 13 del “Apocalipsis” se manifiesta el Anticristo (666); y en la “Cábala” judía son 13 los espíritus malignos que amenazan a la humanidad y 13 son los años que marcan la “Bar Mitzvah” o ceremonia de la adultez del varón y la edad casamentera de la hembra.[12]

El asunto no termina allí. El 12 y el 13 también fueron apropiados por los discursos antisistémicos del siglo 19, si es que se prefiere una interpretación mágica pero secular de este juego. Charles Gide (1847-1922) uno de los padres franceses del cooperativismo y el asociacionismo que está en base del filantropismo y los primeros socialismos decimonónicos que influyeron sin duda a Betances, codificó las 12 virtudes del cooperativismo que Betances debió conocer. El lenguaje simbólico de la literatura de Betances es complejo en extremo como él mismo lo fue. En algún momento habrá que volver a mirar a este bohemio, revolucionario antillano que tan bien representó la síntesis entre la pasión y la ciencia, entra la ciencia y la emoción en aquel siglo 19 cambiante.

Otras retóricas en pugna

Dos tradiciones consideradas no literarias alimentan la retórica literaria betanciana a partir de 1888. El tema es apasionante y apenas ha sido tocado por la crítica. Una es la de los escritos de los naturalistas que a fines del siglo 19 giraba alrededor de la obra de Charles Darwin (1809-1882), el evolucionismo, la selección natural discutían sus conclusiones. El elemento anticlerical de aquella discusión era innegable. Un debate cardinal era si el ser humano era un animal según sugería Darwin o no, según afirmaba Jean Louis Armand de Quatrefages de Bréau (1810-1892). Betances parecía tener una respuesta tentativa para aquel dilema darwiniano. Me refiero a sus planteamientos en los textos “Nicolás. Inteligencia de los animales” (1891) y “Huelga en Jacmel” (1892).[13]  El primero, el cual comentaré con más calma en otro artículo, representa una discusión de etología y sobre la base de un cuadro de la cotidianidad. El texto describe su relación con su perro faldero Nicolás y la forma en que este reaccionaba ante sus contertulios conservadores y liberales: con unos era agresivo y con los otros afectivo. Las posibilidades de un lenguaje animal y de la comunicación entre estos y los seres humanos llamaban la atención de algunos intelectuales entonces. Las observaciones satíricas sobre los lagartos, el gallo y las cotorras parlantes, le permitieron insertar la crítica política incisiva que le caracteriza. El escritor, el fabulador y el activista se integraban de manera armoniosa en estos oscuros y olvidados textos.

La segunda tradición, que también discutiré en otro momento es la de la de los panfletos de las izquierdas y las narraciones o poemas políticos con fines éticos y militantes en el estilo de Graco Babeuf (1797) o Henri de Saint-Simon (1803, 1819). No debe pasarse por alto que el anarquismo apeló mucho al lenguaje del naturalismo y el mundo animal para conjeturar sobre el fin del estado y afirmar la igualdad y la fraternidad. Ese fue el caso de Mijaíl Bakunin (1814-1876) y del anarco-comunista Piotr Kropotkin (1842-1921), entre otros.

La metáfora de la lucha de clases y los reclamos de las clases populares son comunes en textos como el de Nicolás y la huelga en Jacmel. La retórica del texto haitiano me trae a la memoria un extraordinario relato del polaco Leszek Kolakowski (1927-2009) titulado “La guerra con las cosas”[14]. En Betances el carbón, los huevos, la hierba y el asno se rebelan con un lenguaje propio de las izquierdas ante el abuso del mercado y el estado en el marco de una crisis haitiana. El pesimismo lo domina: la macana del policía los demuele y el relato cierra: “Ustedes se asemejan mucho, en todo, a las ilusiones humanas.” Aquella tradición convivió con la de las izquierdas y, juntas, minaron la seguridad de los valores burgueses y pusieron en duda la legitimidad del capitalismo y la democracia liberal. Betances Alacán fue parte de ello en “Viajes de Escaldado” (1888) y en “La estafa” (1896). En ambos reclamó a Estados Unidos y a Europa su insensibilidad respecto a Puerto Rico y Cuba ante la España criminal. Betances dejó una colección que se movió con libertad entre el cuento, la novella italiana, la leyenda, la crónica periodística y la fábula moral, conjunto que el canon, enamorado de la novela y el cuento burgués moderno, invisibilizó.

Publicada originalmente el 30 de noviembre de 2021 en Claridad-En Rojo Historia


[1] Jacques Gilard (1977) “Betances y Francia” en Ramón Emeterio Betances (San Juan: Casa Nacional de la Cultura): 67-69.

[2] Paul Estrade (2017) “Betances, masón inconforme” en En torno a Betances: hechos e ideas (San Juan: Callejón): 275-290. El artículo es de 2007.

[3] Refiero al lector a Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (2011) “José Pérez Moris: la Insurrección de Lares” en Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura URL https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2011/03/29/jose-perez-moris-la-insurreccion-de-lares/

[4] He trabajado ampliamente ese escenario desde la microhistoria en la bitácora Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura URL https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/tag/masoneria/

[5] Germán Delgado Pasapera (1984) Puerto Rico sus luchas emancipadoras (San Juan: Cultural): 118-119, evalúa la naturaleza de las disputas en la reunión de la finca “El Cacao” como un deslinde dentro del liberalismo.

[6] Véase Francisco Ayala (2018) La masonería de obediencia francesa en Puerto Rico de 1821 a 1841. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2018: 68. Tomada de Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 491 (mayo 1991):  65-82. URL: http://www.cervantesvirtual.com/descargaPdf/la-masoneria-de-obediencia-francesa-en-puerto-rico-de-1821-a-1841-884556/

[7] Los interesados en el papel de aquellos campos en el desarrollo de las ciencias sociales modernas pueden consultar a Immanuel Wallerstein, coord. (1996) Abrir las ciencias sociales (México: Siglo XXI editores): 26-28.

[8] En 1998 preparé una edición de Kalila para el Círculo de Recreo de San Germán. La introducción produjo roces con los descendientes católicos de Quiñones. Hay que reconocer que esos prejuicios antimasónicos siguen vivos en las elites locales hallazgo la mar de interesante. Véase Mario R. Cancel (1998) “De Kalila a la literatura nacional o el oprobio del cosmopolitanismo” (Introducción) en Francisco Mariano Quiñones alias Kadosh, Nadir Shah-Kalila. (San Germán: Círculo de Recreo): I-XXXI. Colección del Libro Sangermeño. URL : https://www.academia.edu/3784491/De_Kalila_a_la_literatura_nacional_o_el_oprobio_del_cosmopolitismo_apuntes_en_torno_a_una_novela_de_Francisco_Mariano_Qui%C3%B1ones  

[9] Véase Ada Suárez Díaz (1981) La Virgen de Borinquen y Epistolario íntimo (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña): 8.

[10] Carmen Lugo Filippi (1982) “Betances y Voltaire: Para un Scarmentado un Scaldado (problemas de intertextualidad en un cuento de Betances)” y Ramón E. Betances Alacán, “Viajes de Escaldado” (1888) en Caribe 3.4: 115-129. URL: https://puertoricoentresiglos.files.wordpress.com/2015/01/1164_betances_escaldado_lugo_filippi.pdf

[11] Ibid., 129.

[12] Juan Eduardo Cirlot (1992) Diccionario de símbolos (Barcelona: Labor, S.A.): 59, 148-149.

[13] Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade, editores (2008) Ramón Emeterio Betances. Obras completas. Escritos literarios (San Juan: Ediciones Puerto): 267-271 y 283-295.

[14] Leszek Kolakowski (1993) “La guerra de las cosas” en Las claves del cielo (Caracas: Monte Ávila): 147-152.

noviembre 21, 2021

Otros Betances: heterodoxias, espiritismo y modernidad

  • Mario R. Cancel Sepúlveda

Ramón E. Betances Alacán fue un pensador permeable y abierto a los reclamos de su tiempo. El estudio de una muestra de su escritura creativa, como se ha demostrado, ratifica que siempre estuvo dispuesto a apropiar y amoldar las innovaciones y los atrevimientos de la discursividad del siglo 19 a sus necesidades concretas. La heterogeneidad de los contenidos del proyecto modernizador decimonónico estimuló un experimentalismo que, en buenas manos, abrió paso al cuestionamiento de la certidumbre que emanaba de una visión de la realidad asumida como estructurada, racional y razonable.

Para un hombre de ciencia del siglo 19, la intuición debía ser cosa del pasado. Aquel fue el gran momento del Positivismo y el Krausopositivismo, sistemas que tanto influyeron a un importante sector de la intelectualidad puertorriqueña. Ese no fue el caso del Betances. Su actitud convergía con la de un pensador de vanguardia dispuesto a cuestionar las conformidades, actitud seminal para la futura crítica a la modernidad. Su reto a los convencionalismos se expresó con diafanidad en su trabajo como científico, médico, cirujano y farmacólogo. Sin embargo, también se hizo patente en su labor como pensador político, estratega revolucionario y escritor creativo. La amplia cultura humanística y científica que poseía Betances abonaba en esa dirección. La predisposición juiciosa para comprender, apropiar y reformular el cambio revolucionario que experimentó el siglo 19 representó, sin duda, la expresión más radical de su modernidad. Las circunstancias que vivió, una biografía llena de tropiezos y errancias, así lo justifican.

El asunto no se limitaba al capital cultural que poseía Betances. Todo sugiere que desde la coyuntura de 1859 cuando pierde a su prometida, conservó una estampa algo insólita según lo señalado por Brau Asencio. El emigrado cubano Orestes Ferrara Marino (1876-1992), en una reflexión publicada en 1941 y quien conoció a Betances en la vejez, lo señalaba como un revolucionario “fuera de tiempo” y hasta un poco “estrafalario”. La impresión de Ferrara podría ser explicada por la distancia generacional propia de un joven cubano de fin de siglo conociendo a un venerable anciano de la promoción del 1868. Además, los testimonios de la irascibilidad de Betances ante quien se le acercaba son numerosos. Pero lo cierto es que el asunto parece ser más complicado y, en cierto modo, la expresión reflejaba la incomodidad que producía Betances en un sector de la emigración cubana, problema que nunca se ha difundido con propiedad por consideraciones políticas pertinentes al mito del antillanismo transparente que pueda servir a una causa común.[1]

¿Qué hacer ante la muerte de la amada?

Betances reconocía que los engaños de lo que se presumía como real eran numerosos: la realidad excedía la racionalidad. Para llamar la atención en torno a esas trampas recurrió a la evasión calculada y juiciosa. La sátira acrimoniosa del celebrado orden burgués presente en su relato en torno a los “compontes”, o la ingesta de Vin Mariani en busca de pararealidades sugerentes son dos ejemplos de ello. Su voluntad experimental adquirió en ciertas ocasiones un tono más íntimo o personal.

En el contexto del duelo por la muerte de su sobrina y prometida, María del Carmen Henry Betances su imaginación se exacerbó: el Betances romántico se dibuja con precisión en el relato “La Virgen de Borinquen”[2]. La retórica del texto demuestra que el escritor se sintió atraído por los planteamientos del espiritismo científico. La confrontación con la muerte de la prometida en un texto firmado en “Charenton, Viernes Santo,22 de abril de 18… a medianoche” en una fecha emblemática para un ideólogo secular hijo de masones, lo angustió en extremo según se desprende de la colección titulada Epistolario íntimo. No se trataba simplemente de la prometida: aquella era la hija de su hermana Clara y de Justin Henry.

Ese tipo de búsquedas más allá de la materialidad no debe extrañar a nadie. Betances no se encontraba solo en el territorio de las pasiones espiritistas: en el contexto europeo figuras como Charles Dickens (1812-1870), Víctor Hugo (1802-1885), Charles Baudelaire (1821-1867), entre otros, también se sintieron atraídos por aquel problema filosófico por una diversidad de razones. En el contexto puertorriqueño ocurre un fenómeno similar. Tapia y Rivera, pensador reflexivo y creativo de gran talento, fue un espiritista activo y elaboró una rica narrativa que hoy se identifica con la tradición de lo fantástico alrededor de ese sistema de pensamiento. Lola Rodríguez de Tió (1843-1924), poeta, maestra y empresaria, se interesó en la comunicación con los espíritus y el espiritualismo en general tras la muerte de su esposo, el empresario Bonocio Tió Segarra (1839-1905). Su apenas investigada relación epistolar con dos importantes ideólogos del republicanismo puertorriqueño, Francisco Mariano Quiñones (1830-1908) y Federico Degetau González (1862-1914), ofrece una serie de valiosos detalles al respecto. Después de todo el Espiritismo Científico no era otra cosa que una impugnación al clericalismo dominante y una propuesta que teóricamente se comprometía con el ideal del progreso más allá de lo material: el progreso espiritual.[3] Las implicaciones de una afirmación de aquella naturaleza son diversas: la condición moderna nunca fue un fenómeno unidireccional u homogéneo reductible a un programa único.

Durante las décadas de 1850 a 1870, cuando Betances conoce y apropia la cultura gala, las figuras de Hippolyte-Léon Denizard Rivail (1804-1869) mejor conocido como Allan Kardec, Nicolas Camilo Flammarion (1842-1925) y León Denis (1846-1927) difusor y continuador del proyecto de Kardec, elaboraron un discurso fundamentado en el reconocimiento de las limitaciones de la Ciencia Positiva para explicar lo inmaterial o lo espiritual. Se trata de un tema de discusión apropiado para bohemios en el ambiente de los cafés y los clubes. Aquel saber, en el caso de Kardec estuvo muy influido por las posturas del pedagogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1726-1827). Los lazos entre Espiritismo Científico y pedagogía moderna fueron notables en otras personalidades vinculadas a ese tipo de reflexión como es el caso del abogado liberal reformista isabelino Manuel Corchado Juarbe (1840-1884) quien insistió en crear una cátedra universitaria de espiritismo accesible a las clases acomodadas.

Tomado de Carmen Ana Romeu Toro, Espiritismo, transformación y compromiso social (2015)

El espiritismo fue explicado ocasionalmente como la experimentación con la “pluralidad de los mundos habitados”, una frase acuñada por Flammarion, astrónomo popularizador de esa materia quien estuvo vinculado al consorcio editorial Groupe Flammarion fundado en 1875 por su hermano Ernest. La relación de Betances con el espiritismo parece haber tenido raíces más remotas ligadas a los modelos literarios utilizados por el médico y escritor en su obra literaria. El narrador bostoniano Edgar Allan Poe quien (1809-1849), quien aparenta ser una lectura habitual de Betances, se había aficionado a las actividades paranormales ejecutadas por las hermanas Leah, Catherine y Margaret Fox en Nueva York, como tantos otros intelectuales de vanguardia de su tiempo.

El romanticismo literario impregnado del imaginario gótico fue una reacción imputada como nostálgica ante el racionalismo exagerado y el presunto materialismo de un discurso cultural burgués, el cual aspiraba a volcarse sobre la realidad material o sensorial. Por ello, en alguna medida, representó una de las primeras expresiones de resistencia a aquel pilar de la cultura occidental. Que Betances conoció la obra de Poe antes del 1859 es obvio. Debió leerlo en francés, lengua a la que fue traducido antes que al castellano, pero el laberinto de su correspondencia conocida, siempre lleno de información sorprendente, dice poco al efecto. Si bien es posible saber cuándo leyó a Don Quijote o a Auguste Comte y cuáles fueron sus impresiones de lectura, la carencia de fuentes escritas de la época formativa me impide calcular una fecha. Un estudio de las ediciones Poe en francés podría arrojar luz respecto al tema.

En el relato citado “La Virgen de Borinquen” (1859), el deceso de su sobrina y prometida Lita le planteó el problema de la relación entre la vida y la muerte, una pregunta clave del Vitalismo Científico que había animado a sus maestros de medicina y cirugía en su etapa formativa. Aquel era un sistema interpretativo que exploraba la naturaleza de los organismos vivos e intentaba aclarar lo que distinguía un organismo vivo de otro que no lo estaba. Marie François Xavier Bichat (1771-1802), fisiólogo y anatomista francés, fue uno de sus pilares y siempre insistió en la necesidad de que la vida y lo orgánico fuesen estudiados con “un lenguaje diferente” al utilizado por la ciencia natural de su tiempo.[4] Explicar la diferencia entre la vida y la muerte, sin reconocer lo profundo de la fosa entre uno y otro estado o mundo habitado, parece ser un problema fundamental de la reflexión mortuoria betanciana sobre la amada Lita. En su caso el científico y el espiritista se tocaban con sutileza porque, después de todo, aquella frontera tan relevante al Vitalismo Científico estaba presente en toda su crudeza en el cadáver de la prometida.

En el tenso relato de Betances el personaje del “loco suicida”, figura literaria imposible de separar del Betances doliente, se aproxima al espiritismo a la luz de las enseñanzas de Kardec. El libro de los espíritus, pieza clave de la arquitectura ideológica de aquella teoría, acababa de ser publicado en 1857 con algún éxito. El relato de Betances emborronaba la frontera entre la vida y la muerte con el propósito de posibilitar la comunicación entre el acá y el allá. Las pistas ofrecidas sobre este asunto en la narración aludida son numerosas: el doliente, asegura, “se dedicará, como yo, al estudio de las ciencias que revelan los mundos del más allá”[5],  para luego insistir en que “todavía debo estudiar ciencias desconocidas y descubrir el mundo que ELLA habita”[6]. El uso de mayúscula al referirse a Lita, magnifica y deifica la imagen de la joven.

La actitud de Betances ante la muerte de la sobrina según se materializa en el Epistolario íntimo y su leyenda mayagüezana recogida por Brau Asencio, presenta a un doliente ansioso por transformarse en un médium capaz de mantener una comunicación activa con la muerta. El lector se topa con una situación confusa y contradictoria en el cual las metáforas espiritistas de fuerte contenido religioso se reiteran. La referencia a Lita como un “espíritu de luz”, “santa” o “ángel” que significa o traduce a la “Patria” es una de ellas. La voz del revolucionario secular, anticlerical y sarcástico que se manifestará en una parte significativa de su narrativa, correspondencia y proclamas, no está por ninguna parte.

La fijación extrema de Betances con los ojos de la chica, los cuáles resultan imposibles de reproducir en toda su vitalidad en una estatuilla de terracota o de mármol que pide que elaboren recuerdan, por otro lado, la manía de Poe con ese lugar del rostro que muchos espiritistas consideraban el punto de acceso o el espejo del alma.  En el caso de Betances, la compulsión con los ojos de Lita radicaliza su encono. A pesar de la arquitectura precisa de la imagen de terracota o de mármol preparada por el artista, nada sugiere la vida tanto como los ojos: sin ellos falta el elán o impulso vital, concepto central del Vitalismo a la hora de explicar la diferencia entre lo vivo y lo no vivo.

Desde una perspectiva cultural, la crisis temprana de los valores occidentales en el marco del desarrollo del capitalismo condujo a algunos observadores críticos por el camino del pensamiento de la crítica social antisistémica, es decir, las diversas formas del anarquismo y el socialismo. A otros, de la mano del secularismo radical, los llevó por el sendero de los sistemas ideo-religiosos alternativos como es el caso del Espiritismo Científico, la Teosofía y la Antroposofía.  En Betances ambos extremos se encuentran. Si ante la muerte de Lita recurre al espiritismo y coquetea con la idea del suicidio, al final de su vida se acercó con meditada diplomacia a los movimiento socialista y anarquista francés recabando apoyo para la causa de la separación de las Antillas de España. Todo lo que cuestionase un orden internacional injusto poseía alguna utilidad para este pensador revolucionario atormentado y pasional.

La historia de los puntos de contacto de Betances con el espiritismo todavía está escribirse. En 1921 se había fundado en Aguadilla un “Club de Estudios Psicológicos Ramón Emeterio Betances”; y en 1972 existía una “Cátedra Ciudadana Ramón Emeterio Betances en Carolina. La primera estaba asociada al espiritismo kardeciano y la segunda a la tradición trincadista argentina tan cercana al Anarquismo Pacifista vinculado a Lev Tolstoi (1828-1910) que tanto influyó el pensamiento social y la praxis política de Rosendo Matienzo Cintrón (1855-1913). Betances seguía presente en la tradición que había tocado en medio de su crisis de 1858.[7]

Las búsquedas de Betances en “La Virgen de Borinquen” no se limitan al orbe del Espiritismo Científico. El mundo de la magia también le atrajo de modo intenso en aquel momento difícil. Pero ese asunto requiere una reflexión aparte.


[1] El mejor recurso para comprender el tema es el volumen de Paul Estrade (2001) Solidaridad con Cuba Libre, 1895-1898: la impresionante labor del Dr. Betances en París. San Juan: EDUPR: 183-195

[2] El texto puede ser consultado en Ada Suárez Díaz (1981) La virgen de Borinquen y Epistolario íntimo. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña: 2-11; y en Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade (2008). Una versión digital proveniente de Suárez Díaz puede ser descargada en  “La virgen de Borinquen” (1859).

[3] He trabajado este tema a la luz de Quiñones en Mario R. Cancel (2003) “De Kalila a la literatura nacional…” en Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra: 60-84.

[4] Sobre este asunto recomiendo en versión descargable el artículo de Francisco X. Veray (1980) “Betances, el médico” en Ramón Emeterio Betances. San Juan: Casa Nacional de la Cultura / Instituto de Cultura Puertorriqueña: 27-37.

[5] A. Suárez Díaz, Op.Cit.: 7.

[6] Ibid.: 11.

[7] Sobre este asunto véase a Carmen Ana Romeu Toro (2015) Espiritismo, transformación y compromiso social. San Juan: Gaviota: 157-166, y Mario R. Cancel Sepúlveda (27 de junio de 2015) “El espiritismo en la historiografía puertorriqueña y un libro de Carmen Romeu” en Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura Sobre las negociaciones, no siempre productivas con las izquierdas en favor de la causa antillana y las contradicciones entre independentistas y anexionistas se puede consultar a P. Estrade, Op. Cit.: 261-288.

octubre 11, 2021

Otros Betances: el literato, dos relatos fantásticos y una segunda mirada

  • Mario R. Cancel Sepúlveda

A la memoria de Arturo Luis Dávila Toro por su pasión parisina y por viaje a Playa Rosada que nunca realizamos

La representación historiográfica y biográfica de la existencia social de Ramón E. Betances Alacán esboza con precisión la oposición vida / historia que el vitalismo filosófico señalaba a la mirada moderna hace más de un siglo. El Betances imaginado por la clase intelectual es el de la vida pública, una figuración que, si bien suple ciertas necesidades políticas del presente desde el cual se le evoca, en el proceso de invención es despojado de una parte significativa de su humanidad. El Betances de todos los días o el de la vida privada, a pesar de las múltiples pistas que sus textos ofrecen en torno a su cotidianidad, no aparece por ninguna parte y, para algunos, resulta imposible de reconstruir. La narrativa creativa que dejó, poca en realidad, y una lectura cuidadosa de su correspondencia puede ser de utilidad para comprender ese otro Betances y sus complejidades. Lo que me propongo es dialogar con ese otro Betances a la luz de dos textos narrativos que hablan de la complejidad de su figura. Betances la persona debe estar en algún lugar detrás del artificio.

Algo que llama mi atención es el entusiasmo del autor por lo fantástico, actitud presente en ciertos ejercicios escriturales.  Hay en la narrativa creativa, en la crónica periodística y en los segmentos narrativos de la correspondencia política de este escritor, una genuina necesidad de evadirse de la realidad, actitud propia del espíritu romántico. En ciertos momentos su discursividad penetra el problema de la oposición entre cotidianidad y extrañeza. La “inquietante extrañeza”, el balance entre el los familiar (Heimlich) y lo siniestro (umheimlich) ocupa una y otra vez su tiempo. Se trata de una nota común en numerosos escritores románticos que se movieron en las profundidades de los territorios de la psique. La experiencia de Betances coincidió en algunos puntos con la de Hostos narrador, periodista y memorialista.[1] Aquel procedimiento generaba una textualidad que se resistía a esclavizarse a la racionalidad de la realidad sensorial y conducía al creador a evadirse a las esferas de lo imaginario.

El Yo roto y la pasión por la extrañeza

La salida de la realidad y la apropiación de una pararealidad ansiada y consoladora fue notable en “La Virgen de Borinquen” (1859)[2], relato que detallaba el duelo por la muerte inesperada de su sobrina, protegida y prometida María del Carmen Henry Betances en el marco de Romanticismo oscuro. En aquel caso, la ruta de la fuga se alimentaba del saber de los alienistas y el imaginario de la irracionalidad y la locura. El escritor jugaba además con el recurso de la doble personalidad (doppelganger) con el fin de aclarar su lugar en medio de la aflicción que le arropaba. El personaje del doliente se liberaba de la realidad apabullante mediante el suicidio. Nada más secular y revolucionario en una cultura como la cristiana que ha condenado siempre ese pecado mayor. El suicidio no era un simple recurso literario.  Betances, igual que Hostos en alguna de sus narraciones juveniles, pensó recurrir a ello según se desprende de las tensiones emocionales expuestas en su “Epistolario íntimo”, un registro de los días de duelo por la muerte de Carmelita, y una de las colecciones de correspondencia literariamente más ricas del siglo 19 puertorriqueño.

Es cierto que “La Virgen de Borinquen” recuerda dos piezas del escritor bostoniano Edgar Allan Poe (1809-1849): “The Oval Portrait” (1850) y “William Wilson” (1839)[3]. La pasión por la obra de Poe es un elemento que Betances compartió, por ejemplo, con Charles Baudelaire (1821-1867) el “poeta maldito” pensador incisivo francés quien encontraba en la obra del narrador y poeta estadounidense uno de los signos más poderosos de la llamada cultura gótica, discursividad cargada de melancolía que contenía una crítica severa a la sociedad burguesa.[4] El elemento gótico fue algo más que una técnica literaria en Betances. La descripción que elaboró Salvador Brau Asencio (1842-1912) de la experiencia mayagüezana de doliente tras la muerte de Carmelita no deja dudas al respecto: “La intensidad del dolor hizo incurrir al joven médico en extravagancias; dejóse crecer sin aliño toda la barba; caíale sobre los hombros, y envuelto en negro gabán, largo y holgado como una hopalanda, tocado con inmenso sombrero negro de cuáquero que apenas dejaba verle el semblante, pasábase días enteros en el cementerio de Mayagüez, cultivando flores en torno del sepulcro que guardaba los despojos de la mujer idolatrada”[5]. Que las notas citadas provengan de la pluma de un católico ortodoxo como Brau Asencio, quien nunca convino políticamente con Betances y satirizó sus posturas tras la invasión de 1898, no deja de llamar la atención.

El relato también podría ubicarse como parte de una tradición criolla poco investigada con la cual guarda relación temática. La misma tiene en el cuadro costumbrista de Manuel Alonso Pacheco (1822-1889) “Los sabios y los locos en mi cuarto” (1849) un antecedente de sabor más cómico que trágico.[6] El tema del loco o el alienado en Betances también adelantaba la refrescante narración “El loco de Sanjuanópolis” (1880)[7] de Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882), una agresiva observación en torno a los dislates de la vida urbana de la capital de la colonia. La diferencia entre aquellas tres narraciones radicaba en el tono. Entre lo trágico de Betances y lo festivo de Alonso Pacheco y Tapia y Rivera, la alienación y la perturbación mental se transformaron en medio ideal para señalar las fisuras del ordenamiento moderno en el marco colonial o, en el caso de Betances, para expresar la inconformidad más cruda ante una situación que le resultaba incomprensible e inevitable. En una tradición literaria como la puertorriqueña, ausente de utopías literarias, la crítica social encontraba un medio original de expresión en aquella simbólica “nave de los locos”.

Instrucciones para evadirse de la realidad

Pero la narrativa de Betances, un intelectual poroso a las influencias de su tiempo reflejaba también el impacto de las vertientes creativas innovadoras de la última parte del siglo 19 europeo. Los veinte y tantos años vividos por el puertorriqueño en Francia en la madurez no pasaron en vano. Betances no fue ajeno al Parnasianismo (1870), el Simbolismo (1880) y el Decadentismo (1890) franceses. Todas aquellas expresiones del postromanticismo europeo representaron una reacción visceral ante los denominados valores materialistas, entiéndase deshumanizadores, y la artificialidad de la cultura capitalista burguesa que afloraba por todas partes. Dominados por la inconformidad, aquellos intelectuales se opusieron de diversos modos tanto a los excesos del Romanticismo y su subjetivismo individualista, como a los excesos de Racionalismo propio del Realismo y el Naturalismo que, entendían, podían conducir a un objetivismo obcecado y limitante. Betances, poeta y médico, estaba en una posición incómodamente privilegiada en aquel debate.

Entre la crítica política y social y el desengaño producido por el liberalismo burgués propio del capitalismo en expansión, aquellas voces disidentes mostraron un hondo recelo ante la aparente solidez de las convenciones que afirmaban la universalidad de los valores occidentales: sus agresivos textos minaban la legitimidad cultural cristiana y occidental. El discurso confirmaba los valores anticlericales y seculares que habían ido madurando, con sus altas y sus bajas, en el pensamiento antisistémico desde la histórica revolución de 1789. De otra parte, la morigeración y la templanza asociadas a la ortodoxia liberal eran barridas simbólicamente de la mano de un lenguaje capaz de la belleza y de la violencia.

Aquella actitud atrevida y experimentalista colocaba a quienes la compartían cerca de las preocupaciones de un conjunto de las ideologías antisistémicas que, identificadas como “izquierdas”, socavaban la presumida estabilidad de la sociedad liberal y del capitalismo avanzado que, en las décadas de 1880 y 1890, entraba en su fase francamente imperialista. La actitud de aquellos escritores no los hacía “izquierdistas”, pero la convergencia abría las posibilidades de cooperación entre unos y otros. La crisis de los valores occidentales se manifestaba con diafanidad en aquel periodo y Betances, al final de sus días, era parte del fenómeno. En su caso la afición a la cultura francesa no debería ser interpretada como una celebración del imperialismo francés. En Betances se trató más bien de un calculado “dejarse llevar” que le permitía insertarse en el seno de la pequeña y mediana burguesía educada de París con el fin de recabar apoyo para su proyecto antillanista.  

El entusiasmo por lo fantástico y la voluntad de evadirse en Betances se expresó también de otro modo. En la crónica periodística “El Perú en París” (1891)[8] firmada como “El Antillano”, se asociaba al atractivo producido por los “paraísos artificiales” producidos por el consumo, muy popular en el mercado de la época, de derivados de la hoja de coca entre otros estimulantes. Su vasta experiencia como médico conocedor de los efectos benéficos de los fármacos debió ser una ventaja para el autor. El interés no debería extrañar a nadie. La invención del jarabe del que se derivaría la moderna Coca-Cola por un farmacéutico de nombre John Sith Pemberton (1831-1888), incluía dos ingredientes principales: los extractos de la hoja de coca y la nuez de cola o nuez de Sudán de cuya combinación se obtuvo el nombre con el cual se comercializó a partir 1892 la bebida desde Atlanta, Georgia. La cocaína y la cafeína, dos poderosos estimulantes, estaban detrás de los componentes del sirope.

Un asunto que llama mi atención y que puede servir para abrir la memoria de Betances a numerosas posibilidades interpretativas, es la relación de los médicos y los farmacéuticos con el mercado capitalista en desarrollo a fines del siglo 19. Aquellos sectores buscaban obtener beneficios del objeto que mejor conocían: el cuerpo humano. Acostumbrados a imaginar a los médicos como unos seres transparentes e impolutos dedicados a la gestión de la salud, Betances ha sido comentado como “médico de los pobres”, los investigadores han pasado por alto las inquietudes materiales que también atenazaron a aquel sector en acelerado proceso de modernización. La comercialización de la protección del cuerpo y la creación de recursos que garantizaran su vitalidad es un asunto que debería investigarse con más detenimiento desde una perspectiva puertorriqueña. El filántropo y el empresario convivieron en la clase médica sin mayores problemas. Betances fue parte, no siempre con éxito, de aquel interesante esfuerzo, discusión que en su caso ha sido omitido e incluso censurado por algunos investigadores.[9]

“El Perú en París” testimonia la participación del narrador en una bohemia extravagante. Se trataba de una actividad común de las clases medias urbanas vinculadas a lo que un investigador ha identificado como la “culturas de los cafés”[10] de la cual el “Le Procope” ha sido un emblema hasta el presente. El escenario elaborado por el escritor se transformó en el más franco retrato de aquello que la academia francesa tradicional había denominado decadentismo finisecular. Para quienes lean el relato y conozcan el perfil de Betances, así como el de Ruiz Belvis, elaborado por José Pérez Moris (1840-1881) en su Historia de la Insurrección de Lares, las convergencias de la representación resultarán numerosas.[11]

Pérez Moris identificaba a aquellas figuras con los antivalores decadentistas para los cuáles la ley y el orden de la sociedad burguesa eran un engaño. Por ello y sobre la base de testimonios de primera mano de importantes informantes de Mayagüez, San Germán, Cabo Rojo y Hormigueros, entre otros, proyectaba a los cabecillas rebeldes como dos seres pecaminosos, desordenados y displicentes que se movían a margen de la racionalidad y la sociedad decente. Las acusaciones morales eran numerosas: “audacia”, “mal carácter”, “lenguaje mordaz y atrevido”, o bien “agrio y agresivo”, un “carácter intratable y altanero” característico de personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

El perfil elaborado por Pérez Moris y el personaje del texto “El Perú en París”, hablan de un Betances desconocido por todos que apenas aflora en su correspondencia y su textualidad. Lo que encuentra el lector es un tipo bohemio con pocas inhibiciones pigmentado con elementos de dandismo, figuraciones que ofrecen una nueva complejidad a su extraordinaria condición de rebelde con causa. La imagen, no cabe duda, lastima la sacralidad canónica del “apóstol” mesiánico con carácter de cuáquero, inventada por un fragmento del nacionalismo romántico, ateneísta decía Albizu Campos, del siglo 20. Aquí hallamos otro Betances que, para los que valoramos la mirada secular, resulta más atractiva que la del santón impoluto.  

Las pararealidades que se visitaban en “El Perú en París” tenían otra tesitura: eran generadas por los efectos alucinógenos del popular “Vin Mariani”, bebida tónica de moda que degustaban los invitados a aquella interesante “fiesta de la coca” celebrada en la casa de su creador. El “Vin Mariani” fue un producto elaborado desde 1863 por el químico y empresario ítalo francés Ángelo Mariani (1838-1914), un contertulio y amigo de la familia de Betances. La bebida, elaborada con vino de Burdeos y extracto de hojas de coca poseía, como la Coca-Cola, un componente de cocaína que, junto con el alcohol, lo convertía en un licor comparable al láudano, un analgésico compuesto de vino blanco, opio, azafrán y otras sustancias; o la absenta o ajenjo con aromas a base de artemisa, flores hinojo y anís. El láudano es un opiáceo con el que numerosos intelectuales decimonónicos enfrentaron el problema colectivo de la “crisis del siglo” o el problema individual de la melancolía, es decir, el agotamiento o la ausencia de inspiración. La evasión producida por la bebida de opio o la de coca según fuese el caso, estimulaba la creatividad en la medida en que ponía al artista en comunicación con los ansiados y retadores “paraísos artificiales” inalcanzables mediante la racionalidad. La tradición de Thomas de Quincey (1785-1859), autor de las famosas Confesiones de un comedor de opio (1821), había documentado los usos del opio y allanado el camino de la coca a mediados del siglo 19.

La cocaína había sido sintetizada de la hoja de la coca en 1859 por el farmacéutico y químico de Gotinga Albert Niemann (1834-1861), hecho que representó uno de los logros farmacológicos más importantes de su tiempo. Su aplicación comercial por Mariani en su conocida bebida embriagante era la expresión más acabada no solo del espíritu y la creatividad científica sino también de la capacidad empresarial de la clase médica. también expresaba el alma misma de la bohemia en una cultura altamente desarrollada como aquella.

En su texto, que circuló en La Revue Diplomatique del 11 de abril de 1891, Betances resumía la leyenda del origen de la coca como regalo del dios de la luz a los Incas en el lago Titij-Haca (Titicaca) en medio de una “eclipse interminable”. En el lugar de la donación se fundó Cuzco, un verdadero Dorado desde la perspectiva del autor. De inmediato elaboraba la sugerente y surrealista crónica de la “fiesta de la coca” del 4 de abril de 1891, celebrada en un recinto de la casa de Mariani. El salón estaba adornado con cuadros de Francisco Domingo Marqués (1842-1920), artista que pintó tanto a Betances como a su perro faldero Nicolás, iconos de la grandeza de los Incas e invitados vestidos con atuendos alusivos al mito de la divina coca. La fiesta descrita expresaba un poderoso sabor carnavalesco y hermosamente mundano.

La transgresión de la realidad sensorial obsedía: en el salón “todo brillaba con los destellos más dorados, desde las naranjas glaseadas, hasta la barba y los cabellos de Mariani”. Si hubiese podido mirarse desde afuera, también Betances habría estado brillando. En medio de suave frenesí del relato el autor afirma que “una hoja de coca (es) más exuberante que la hoja de la vid”. La hoja de coca no sugería otra cosa que la “rama dorada” a la que aludía en su libro de historia de la magia el antropólogo escocés James George Frazer (1854-1941). Cuando todo termina cerca del amanecer y el grupo se dispersa, Betances lamenta que no podrá asistir al centenario de la fiesta: la mortalidad asoma en el horizonte.

Se trata de un texto intrincado, lleno de alusiones a los detalles y personalidades de la época que no voy a discutir en este breve trabajo. Con posterioridad Betances, en un tono más formal, volvería sobre el tema de la coca en el interesante texto “Leyenda y ciencia”[12], artículo que dedicó al también investigador Antonio de María Gordon y Acosta (1848-1897), autor a su vez del folleto científico Medicina indígena de Cuba: su valor histórico, trabajo leído en la sesión celebrada el día 28 de octubre de 1894, publicado en La Habana por los editores Sarachaga y H. Miyares. Pero esa es una historia que compete a otro Betances, el médico, que miraré luego.

Recogiendo fragmentos dispersos

“La Virgen de Borinquen” y “El Perú en París” representan dos momentos de lo fantástico: uno en el cual el acercamiento se elabora desde el lugar del romanticismo lacrimoso cargado de tragedia; y otro desde el decadentismo pleno posicionado en las fronteras del más sano cinismo. El decadentismo, me parece necesario recordarlo, fue una de las expresiones más radicales del horror producido por las derivas del capitalismo moderno a fines del siglo 19, coincidiendo con el desarrollo del imperialismo europeo en África, la rapiña, cuando occidente imaginaba su proyecto colonial como la expresión genuina del cumplimiento de un deber civilizador impuesto por la Providencia o el Destino.

El 1898 puertorriqueño y cubano fue parte integrante de aquel fenómeno que agarrotó el imaginario occidental en las décadas previas a la Gran Guerra (1914-1918). Los decadentistas imaginaban a la civilización occidental como una sombra maltrecha del Imperio Romano decadente según lo había retratado Publio Cornelio Tácito ​(c. 55-c. 120) en De Germania, y auguraban su pronta disolución. En cierto modo, aquella intuición reproducía el argumento de Tácito y anticipa el decadentismo moderno de un Oswald Spengler (1880-1936), por ejemplo. Aquel pesimismo, sin duda, poseía numerosas convergencias con el vitalismo filosófico y el materialismo histórico práctico que se difundían en ciertos sectores del ámbito intelectual en el cual Betances se movía. Pero el puertorriqueño, atento marginalmente a aquellas tendencias, nunca se hizo acólito de ninguna de aquellas. En ello radicaba una parte fundamental de la complejidad de lo moderno en esta figura.

Publicado originalmente el 28 de septiembre de 2021 en Claridad-En Rojo-Literatura


[1] He comentado la relación de Hostos con el cuento en Mario R. Cancel-Sepúlveda (25 de diciembre de 2017) “Eugenio María de Hostos literato: el cuento” en Lugares imaginarios: Literatura puertorriqueña

[2] Ramón E. Betances “La virgen de Borinquen”  (1859/1981) en Ada Suárez Díaz. La virgen de Borinquen y Epistolario íntimo (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña): 2-11.

[3] Edgar Allan Poe (1971) Obras selectas. Tomo I (Barcelona: Nauta): 59-64, 215-241.

[4] Recomiendo la lectura de Charles Baudelaire (1995) Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos (Madrid: Visor).

[5] El texto proviene de Salvador Brau (31 de octubre de1943) “Vigilia de Difuntos” en Pica-Pica. Año XXXIII, núm. 1038 citado en Ada Suárez Díaz (1981) Op. Cit.: 166-167.

[6] Ver Manuel Alonso pacheco (1849) “Escena X. Los sabios y los locos en mi cuarto” en El Gíbaro (Barcelona: D. Juan Oliveras, Impresor de S.M.): 109-121

[7] Alejandro Tapia y Rivera (25 de noviembre de 2012) “El loco de  Sanjuanópolis” en Lugares imaginarios: Literatura puertorriqueña

[8] Ramón Emeterio Betances (2008) Obras completas. Vol. III. Escritos literarios. Op. Cit.: 273-276.

[9] Una interesante excepción es Amado Martínez Lebrón (2015) Betances, un empresario sin dios en 80 Grados. Es poco lo que puedo añadir al respecto porque la investigación se realizó como requisito de un seminario sobre Betances que yo dictaba en aquel momento.

[10] Jacques Dugast (2003) La vida cultural en Europa entre los siglos XIX y XX. Barcelona: Paidós: 91-96.

[11] El perfil puede consultarse en Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (29 de marzo de 2011) “José Pérez Moris: la Insurrección de Lares” en Puerto Rico entre siglos

[12] Ramón Emeterio Betances (2008) Obras completas. Vol. I. Escritos médicos y científicos. San Juan: Puerto: 259-262.

septiembre 24, 2021

Otros Betances: el literato, la exclusión y una primera mirada

Fragmento del libro inédito El laberinto de los indóciles: epílogos (2021). Pblicado originalmente en Claridad-En Rojo el 31 de agosto de 2021.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Ubicar a Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) en el contexto de la historia cultural de Puerto Rico no debería ser, a altura del siglo 21, un problema mayor. La recuperación y anotación parcial de la mayor parte de una obra relegada al olvido ha sido posible gracias al trabajo de recopilación de Paul Estrade y Félix Ojeda Reyes en su meticulosa obra completa. La lectura de esta colección sugiere que, como médico, pensador y literato, el caborrojeño tradujo bien los valores del científico y el revolucionario modernos. Su obra política y su correspondencia, por otra parte, ratifican que como teórico y activista poseía un proyecto social que aspiraba a representar los intereses del abajo social, como insistiría la interpretación romántica y nacionalista de su vida, así como los intereses de aquel sector del cual provenía, la clase criolla insular que, a pesar de que disfrutaban cierto poder material, era marginada por una minoría peninsular celosa que los devaluaba y excluía de la hispanidad plena.

Historia de una exclusión

Como creador de poesía y narrativa, Betances Alacán sintetizó de forma original algunas de las corrientes más ricas y complejas de su tiempo. En su conjunto el estudioso se encuentra ante un polímata complejo y polifacético que se movía con seguridad entre las artes y las ciencias. Como autor escribía lo mismo en castellano que en francés, traducía de aquel idioma y del latín y era capaz de compartir, en una época en que ello representaba una virtud y no un vicio, los valores de la vieja Europa y de la antillanidad / caribeñidad desplazándose con comodidad en ambos espacios. Su cultura científica y su condición de médico y cirujano destacado, una excepción en esa profesión, completaban el cuadro de lo que Eugenio María de Hostos denominó el “hombre completo”[1], un interesante signo del balance ecuánime entre racionalidad y emocionalidad.  El resultado de aquella vorágine de elementos era ese intelectual y artista híbrido lleno de contrastes que, en ocasiones, entraban en contradicción y podía resultar difícil de comprender para las gentes del presente. Una figura de esa índole no debería admitir simplificaciones que en última instancia solo mutilarían su imagen.

El hecho de que su obra literaria no fuese muy voluminosa no justifica su omisión. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, si doy crédito a las anotaciones bibliográficas de Manuel María Sama[2] y las quejas de los productores culturales del canon desde Alejandro Tapia y Rivera hasta Lola Rodríguez de Tió o a las observaciones de estudiosos casuales como Carlos Peñaranda[3], no fue mucha. La industria del libro, un concepto difícil de precisar para aquel siglo tanto como pude serlo en el siglo 21, surgió con dificultad en un escenario poblado de censuras. La producción de editorial fue pobre, fue resultado de la autogestión de tipógrafos e impresores y en general representó un riesgo político y económico para los pequeños inversionistas. La vida literaria de Betances Alacán, aparte de su condición de exiliado desde 1867, no difirió de otros casos del siglo 19 al menos en ese aspecto cuantificable. La paradoja de que los puertorriqueños del siglo 20 pudieron haber conocido mejor que los puertorriqueños del siglo 19 la literatura del siglo 19 está allí, mirándonos con encono. Entre la censura y el analfabetismo el escritor puertorriqueño del siglo 19 produjo objetos de consumo accesible solo a minorías y elites. El olvido sistemático de aquel acervo en la posmodernidad en un tema que debería debatirse con más profundidad en otra ocasión: desmontar la modernidad esquivando la mirada a aquel siglo no me parece práctico.

«Betances» (detalle) dibujo de Andrés Hernández García

Para entender a este otro Betances sí debe tomarse en consideración que el vehículo de lenguaje en el cual se expresaba en su escritura creativa no era el castellano o el español de las Antillas. Para la literatura el caborrojeño prefería el francés, idioma literario del siglo. No solo eso: en algunos casos su lenguaje sugiere que escribía para el público europeo. En este aspecto su actitud recuerda la de Eugenio María de Hostos Bonilla quien, durante la década de 1860, vivía ansioso por convertirse en un escritor reconocido en España y en lengua castellana con el fin de invertir el prestigio adquirido como escritor, le sirviese para trabajar políticamente en favor del futuro de las Antillas. El castellano o el español de las Antillas sirvieron a Betances Alacán para organizar su discurso militante y político. Es bien probable que su predilección por el francés como lenguaje literario contribuyera a su exclusión del canon de entronque hispánico de la literatura puertorriqueña decimonónica que la crítica converge en considerar como fundamento de la literatura nacional. No sería tampoco un caso único. Numerosos escritores nacido en Puerto Rico y que incluso escribieron en español disparos por el mundo son también ignorados por el canon, asunto que habría que tratar en otra ocasión. La idea de la identidad legítima es una trampa de muchas bocas.

El affaire y el canon poseía otras complejidades que se hicieron patentes a lo largo del siglo 20. La más notable era que Betances era todo menos hispanófilo. Cuando Pedro Albizu Campos lo rescata como signo identitario del asunto obvia el hecho por completo. De acuerdo con el líder nacionalista Los rebeldes de 1868 “se inspiraron en Dios”, un argumento que chocaba con el secularismo betanciano, y que los problemas entre España y Puerto Rico eran asuntos menoren que podían resolverse en el seno de la familia.[4]

No solo eso. Como lector Betances miraba con suma cautela ideológica las expresiones literarias de la clase culta criolla y sus representantes a quienes reprochaba su ausencia de compromiso con la independencia y su sumisión a la España autoritaria. La respuesta de la clase culta criolla a aquel reclamo estuvo marcada por la crítica intensa y acrimoniosa a su antiespañolismo, actitud en la cual liberales reformistas y conservadores estaban de acuerdo. El hecho de que el discurso dominante de la identidad puertorriqueña durante el siglo 20 fuese hispanófilo está, por lo tanto, en la base de la supresión de esta figura del canon. La exclusión también es comprensible a la luz de otras de sus prácticas. “Bin Tah” y “Louis Raymond”[5], dos de los seudónimos que usó para firmar sus trabajos literarios, no tienen el sabor tropical manifiesto en “El Antillano”, alias utilizado para su producción política.

Por último, el hecho de que el castellano o el español de las Antillas se enseñoreara en sus ensayos, oratoria y correspondencia personal y pública no deja de ser un problema. La crítica convencional nunca estuvo dispuesta a apropiar aquellos subgéneros como una expresión literaria legítima sujeta a la crítica formal. De hacerlo el archivo betanciano crece de manera dramática, hecho que multiplica las posibilidades interpretativas. El cambio de óptica -abrir el concepto de lo literario y hacerlo más inclusivo- produciría un efecto distinto al que la tradición ha impuesto a la elucidación de esta figura central de la cultura del siglo 19.

La exclusión de Betances del canon, en última instancia no puede ser comprendida sólo en el contexto de los (pre)juicios culturales presente en la definición de la identidad puertorriqueña el siglo 19 -dominada por la moderación política de los liberales-, y el siglo 20 -dominada por la hispanofilia clerical de ciertos nacionalistas-. Su exclusión del canon también derivó de su condición de separatista independentista y confederacionista, una postura que excedía los límites de tolerancia de liberales reformistas, autonomistas y conservadores. Ello justificó por mucho tiempo su supresión del panteón político oficial. El hecho de que ideológicamente tampoco encajara en las convenciones nacionalistas emergentes durante las décadas de 1910 y 1920 por su concepción de una identidad colectiva e interinsular, la antillanidad, dificultaba encajarlo en el universo plano de la canonicidad discursiva.

Los liberales reformistas, autonomistas y conservadores, como defensores de la integridad de la relación de Puerto Rico y España y francos opositores de la separación de Puerto Rico confluyeron en el proyecto de “invisibilizar” a Betances sobre la base común del respeto cándido a la hispanidad considerada madre de la expresión local. Me imagino la incomodidad de aquellos sectores ante el médico rebelde que, con refinada ironía, en lugar de referirse a España como “Madre Patria” la reducía, con plena conciencia literaria, a la condición de “madrastra patria”[6]  o, como cuando en entrevista con Luis Bonafoux Quintero en Neuilly afirmaba que no había sido España una “madre cariñosa”[7]. A la altura del siglo 21, cuando hispanidad e hispanofilia han dejado de significar algo en un mundo de identidades fluidas o líquidas, ya no debería representar un problema. Es posible que así sea, veremos.

Literatura de Betances: un contexto abierto

En la obra literaria de Betances coinciden una diversidad de tradiciones culturales complejas. Los valores del Racionalismo y la Ilustración francesas de la segunda parte del siglo 18, han sido señalados a la luz de la lectura detenida de su relato satírico “Viajes de Escaldado” (1888), traducido y comentado por Carmen Lugo Filippi (1982)[8]. La interpretación social como crítica anticlerical en el estilo de Voltaire, uno de los fundadores de la mirada moderna del mundo social, es innegable en el texto aludido el cual ha sido tratado como una reescritura creativa del texto del autor francés. De igual modo, los valores del Romanticismo alemán y británico de fines del siglo 18 y principios del siglo 19 (1820), han sido apuntados en el volumen precursor Betances, poeta (1986)[9], antología recopilada y comentada por el poeta trascendentalista y crítico Luis Hernández Aquino, y en las traducciones que hizo de algunos poemas suyos la profesora e investigadora de la Generación del 1930 Concha Meléndez[10].

Ese es el Betances de las convenciones literarias, el que se movía entre el Neoclasicismo y el Romanticismo con suma facilidad. No hay que olvidar que el bautismo de la literatura criolla regional, según se concibe en la canonicidad, se dio en medio de aquel contencioso europeo. Esa imagen de Betances literato era producto indirecto de la selección de poemas recogidos por su primer antólogo y comentarista, Bonafoux, en su clásico volumen Betances (1901). El antólogo y el antologado curiosamente, estaban coincidían en dos cosas. Ambos eran rechazados por la clase culta criolla y ambos resentían de la pusilanimidad política de esta desde una perspectiva muy europea o cosmopolita pero ciertamente dispar.

El Betances que se formó intelectualmente entre Tolosa y París, fluyó en aquellos espacios de debate entre los valores neoclásicos y los románticos, sin duda, pero no puede ser reducido a ellos. Este autor se encuentra más allá de aquel dualismo en el cual la crítica canónica ha encontrado los fundamentos de la literatura europea moderna y los de la literatura criolla (puertorriqueña) emergente. En todo caso, el esquema servirá para comprender el Betances literato de las décadas de 1850 al 1889. Pero será poco lo que diga del Betances literato de la década de 1890 quien, del relato y el poema de ocasión, había emigrado al periodismo creativo y a la reflexión crítica en el significativo registro que es su correspondencia personal.


[1] Eugenio María de Hostos (1939) Obras completas. Vol. XIV. Hombres e ideas. La Habana: Cultural S.A.: 291.

[2] Manuel María Sama (1887) Bibliografía puerto-riqueña. Mayagüez: Tipografía Comercial.

[3] Carlos Peñaranda (1878-1880 / 1967) “VI” en Cartas puertorriqueñas. San Juan: Editorial El Cemí: 49-56.

[4] Refiero al lector la lectura del panfleto Partido Nacionalista de Puerto Rico (1930-1935/ 1967) Lares. Proclamas del Nacionalismo 1930-1935. Lares: Ediciones Año Pre-Centenario de la Proclamación de la República.

[5] Paul Estrade (2017) “Louis Raymond” en En torno a Betances: hechos e ideas San Juan: Callejón: 29-33.

[6] Ramón E. Betances “Carta de París” (1876) en Haroldo Dilla y Emilio Godínez Sosa (1983) Ramón Emeterio Betances. La Habana: Casa de las Américas: 157-159.

[7] Ibid.: 365-368, y Luis Bonafoux (1987) Betances. San Juan: ICP: LXIX-LXXIII.

[8] Carmen Lugo Filippi (1982) “Betances y Voltaire: Para un Scarmentado un Scaldado (problemas de intertextualidad en un cuento de Betances)” y Ramón E. Betances Alacán, “Viajes de Escaldado” (1888) en Caribe 3.4: 115-129.

[9] Luis Hernández Aquino (1986) “Betances, poeta” en Betances, poeta Bayamón: Sarobei: 6-15.

[10] Concha Meléndez (1968) “Día y noche de Betances” en Revista del Instituto de Cultura puertorriqueña 11.40: 48-51

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