Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 20, 2012

¿Qué significa lo jíbaro? Apuntes para un debate

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  • Escritor e historiador

 

El concepto jíbaro aparece casualmente sugerido en la Relación del Viaje a Puerto Rico de la Expedición de Sir George Clifford, Tercer Conde de Cumberland, escrita por el Reverendo Doctor John Layfield, Capellán de la Expedición. Año 1598.  El referido texto se encuentra en la obra póstuma de Samuel Purchas (Thaxted, c. 1575 – Londres, 1626)  titulada Hakluytus Posthumus también conocida como Purchas his Pilgrimes, contayning a History of the World in Sea Voyages and Lande Travells, by Englishmen and others impresa en Londres en 1625 en cuatro volúmenes. Purchas fue un religioso e historiador inglés que estudió en el Saint John’s College de la Universidad de Cambridge quien, como Pedro Mártir de Anglería, nunca viajó a América e hizo la obra de un recopilador e intérprete. La segunda edición de su colección corresponde a los años 1905  a 1907 y alcanzó los 20 volúmenes. Su difusión entre los lectores era, en consecuencia, muy poca durante  el siglo pasado.

El Doctor John Layfield era teólogo, académico y traductor inglés muerto en 1617 en Londres. La inclusión del texto de Layfield, legitimaba el discurso de Purchas dado que Layfield  había estado en contacto directo con San Juan Bautista durante la invasión inglesa de 1598 que dejó a la isla en manos inglesas por breve tiempo. El testimonio de Layfield, fundamentado en la observación directa y en el interrogatorio a ciertos vecinos, sintetizaba la mirada inglesa en torno a la posibilidad de una colonia tropical eficiente.

Rev. Samuel Purchas

La literatura de exploraciones y viajes sajona, muestra numerosas concomitancias con la crónica de Indias latina que historizó la situación antillana durante el siglo 16. En ambas, el pintoresquismo y el interés empresarial se imbricaban para ofrecer al lector europeo, fuese un empresario en ciernes o un posible migrante, una imagen  sobre la naturaleza y la cultura observadas y su potencial material. Layfield, como algunos cronistas de  Indias, escribe sobre Puerto Rico in situ, elemento que le da un valor peculiar a su discurso.

Aparte de los datos fidedignos que el texto ofrece sobre el carácter cimarrón de la ganadería y el valor económico de las corambres, y el cuadro preciso sobre el panorama industrial y agrario, el autor realizó unas distinciones interesantes entre la costa o la bajura, y el interior o la altura que pueden ser de utilidad para comprender el sustrato de lo jíbaro como núcleo de una identidad puertorriqueña.

Layfield distinguió los ingenios como empresas de la costa, y las estancias de jengibre como empresas del interior. Las primeras requerían una mayor inversión que las segundas. La asociación de la industria azucarera a los sectores poderosos, y la de las estancias a los pobres o a la gente de escasos recursos, era inevitable. Se trata de un lugar común en la interpretación de la economía social de San Juan Bautista a fines del siglo 16 y principios del 17. En la América Hispana, las estancias apelaban a la vida en la ruralía. En San Juan Bautista sugerían las granjas de subsistencia aplicadas también al jengibre y, ocasionalmente, al ganado y los cueros.

Un aspecto por demás curioso en la obra de Layfield, son sus anotaciones sobre el ganado mayor y el ganado menor. El reverendo ofrece el detalle sorprendente de que los novillos fuesen más grandes en Puerto Rico que en Inglaterra; a la vez que destaca que el ganado caballar era de menor gracia y que no comparaba con el inglés porque se trata de animales “trotones” o que anda al trote, a saltos y, probablemente, sin elegancia. Una de  cal y otra de arena: todavía la naturaleza indiana o americana no había sido devaluada ante la naturaleza europea, como sucedió en el discurso de los naturalistas del siglo 18. Pero en su evaluación del ganado menor, concluye con el reconocimiento de que el mismo es escaso por causa de los perros salvajes que pululaban por la ciudad de Puerto Rico y se refugiaban durante las noches en los bosques. Las observaciones sobre ese episodio son bien interesantes y detalladas. Aquellos animales  se alimentaban de cangrejos que cazaban en los manglares, pero también comían ovejas, cabras y otros animales pequeños.

Lo más interesante es que en Cuba, aquellas jaurías de perros eran denominados jíbaros,  concepto que equivalía a un animal que, habiendo sido doméstico, se había hecho montaraz, mostrenco y había acabado siendo un habitantes de los bosques. La noción jíbaro en Cuba sugería la cimarronería o anarquía de la altura  y, en cierto modo, la barbarie como negación de civilidad: un jíbaro era un ser arisco, difícil de controlar. Como podrá verse, esa concepción tampoco tenía nada que ver con la raza o el color de piel. De lo que se trataba era de cifrar una actitud ante la vida y una forma de ser. Entre jíbaro y canalla, concepto que procede del italiano canaglia o “muchedumbre de perros”, no hay mucha distancia. El concepto tiene un origen despreciativo. Voltaire, pensador ilustrado aristocrático, usaba el concepto canalla para referirse a la masa irracional, a la gente común.

Lo que me parece interesante de todo este juego es la relación que se pueda establecer entre el  interior y los bosques, con la animalización que implica el retorno a la barbarie que se sintetiza en la concepción de lo jíbaro. Recuerden que el interior montañoso central, seguía inexplorado a fines del siglo 16, hecho por el cual el mismo estaba marcado por el misterio. La pregunta es ¿cómo se convirtió un insulto en el signo respetable de la Identidad Nacional puertorriqueño?

Cuando observo el concepto de lo criollo, no me queda más alternativa que reconocer en el mismo se manifiesta un acto de sumisión a los valores peninsulares. Afirmarse en la criollidad, si se me permite el neologismo, significa suprimir la condición de indiano en la medida en que se afirma una hispanidad evanescente. Cuando observo el concepto jíbaro el sabor es otro. Significa aceptar una condición alterna, la de aquel que huye de la capital como signo de hispanidad, igual que los perros salvajes en la noche, y se refugia en un interior que no ha sido civilizado o en el Piripao de la barbarie. Son conceptos difíciles de conectar gnoseológicamente. Lo criollo y lo jíbaro se contradicen, tanto como la naturaleza de la costa y del interior. Su principal punto de encuentro radica en que, tanto lo criollo como lo jíbaro, presumen de su blancura.

La forma en que ambos se encuentran en la literatura y el nacionalismo del siglo 19, será tema de otra reflexión.

marzo 5, 2011

André Pierre Ledrú: Puerto Rico en 1797

Fragmento de André Pierre Ledrú. Relación del viaje a la Isla de Puerto Rico, en el año 1797 por el naturalista francés en traducción de Julio L. Vizcarrondo. Imprenta Militar de J. González, Puerto Rico, 1863.

A las seis estábamos frente a la isla desierta de la Culebra, y al día siguiente, a mediodía, el Triunfo echó el ancla en la rada de San Juan, capital de Puerto Rico. En seguida el Capitán bajó a tierra para visitar a S. E. Don Ramón de Castro, Gobernador de la provincia, y a M. París, Agente comercial de la Francia. El primero le permitió desembarcar en la Isla, y ocuparse en ella con sus colaboradores en los trabajos relativos al objeto de la expedición. El segundo le prometió todos los socorros de dinero y víveres que dependieran de su ministerio. Desde este momento la tripulación del Triunfo tuvo la libertad de bajar a tierra.

El día siguiente el Capitán hizo desembarcar todas nuestras colecciones, que fueron cuidadosamente transportadas a la fonda, del Correo. El director de este establecimiento público prestó generosamente su jardín para depositar en él las plantas vivas, y puso a nuestra disposición tres aposentos.

Sábese cuanto gustan a los Españoles las fiestas y las ceremonias públicas. En Europa son apasionados a las corridas de toros; en América por las carreras de caballo. Hacía dos días que este último espectáculo ocupaba a la ciudad entera, que me pareció convertida en un vasto picadero. Una multitud de habitantes de los campos habían concurrido para esta diversión. Imagínense tres a cuatrocientos caballeros, enmascarados o vestidos con trages extraños, corriendo sin orden por las calles, tan pronto solos, tan pronto reunidos en grupos numerosos. Por aquí, muchos petimetres disfrazados de mendigos divertían a los espectadores con el contraste de los harapos que los cubrían y el rico arnés de los corceles que oprimían; por allá levantaba una polvareda un grupo de jóvenes oficiales. Muchos franceses, mezclados con ellos, eran reconocidos fácilmente por su ligero y bullicioso talante. Su amable locura, variada bajo mil formas diferentes, esparcía a su paso la risa y la alegría. Muchas jóvenes entraron en la lid; todas se llevaron el honor de la carrera, tanto por su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafrén. Dudo que nuestras bellas de París puedan disputar con las amazonas de Puerto Rico el arte de manejar un caballo con tanta gracia como atrevimiento. La velocidad de estos caballos indígenas es admirable: no tienen trote, ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo más atento no puede seguir el movimiento de sus patas.

Los habitantes de Puerto-Rico celebran con semejantes carreras las principales fiestas del calendario romano, especialmente las de Pascuas, San Juan, Santiago, San Mateo. Desde la víspera viene a la ciudad un gran número de ginetes de todos los puntos de la Isla. Los juegos comienzan a mediodía precisamente y continúan sin interrupción hasta la noche. Es un espectáculo agradable ver las calles y las plazas llenas de corredores al galope; y los balcones, las puertas y hasta los techos llenos de curiosos: por todas partes se oyen risas, provocaciones que recuerdan los picantes placeres del carnaval. Al día siguiente la fiesta toma un carácter más serio. El Gobernador, seguido de los miembros del Cabildo, de la oficialidad, de la nobleza, escoltado por la guarnición, todos a caballo y ricamente vestidos, sale a las nueve de la casa consistorial: el cortejo recorre gravemente las principales calles, al sonido de una música guerrera, y se dirige en seguida hacia la Catedral, en donde se celebra una solemne misa, terminada la cual vuelve en el mismo orden a la casa consistorial; y entonces dan principio de nuevo las carreras de la víspera, que duran hasta por la noche, aunque ésta no siempre da la señal de retirada. El gusto por las cabalgatas, general en toda la Isla, degenera a menudo en locura, y ocasiona gastos que arruinan a más de un padre de familia: colono hay, poco favorecido por la fortuna, que se priva durante seis meses de muchos goces ordinarios para distinguirse en las primeras carreras por la elegancia de su trage y la riqueza del arnés de su caballo.

Amazona de José Campeche

La permanencia de las ciudades es poco conveniente a los naturalistas: en el campo, a la entrada de los bosques, es donde deben fijarse para observar y recoger a su satisfacción las más bellas producciones del suelo. San Juan de Puerto-Rico, situado a la extremidad de una lengua de tierra, entre la mar y una rada, era poco propio para el género de trabajos que debíamos emprender: el comisario París viendo la necesidad de procurarnos un alojamiento en otra parte, obtuvo permiso del Sr. O’Daly, negociante irlandés y propietario de una hacienda situada a tres leguas de la ciudad, para que pasáramos en ésta algunos meses.

Dos días después, [Nicolás] Baudin y mis colegas se hallaban instalados en esta nueva vivienda. El 28 de julio fui a reunirme a ellos: una canoa me trasportó a la extremidad de la bahía que recibe las aguas de Puerto-Nuevo. Remonté este río en la extensión de una legua: sus pantanosas orillas están cubiertas de helechos, de bejucos, de manglares (como Carpas erecta, C. rasemosa L.) y de paletuvios (Rhizo-phora mangle L.) Las ramas de este arbolillo en su mayor parte vuelven a caer a tierra, se arraigan en ella y producen nuevos tallos que a su vez implantan sus flexibles brazos en el limo. Estas ramas raíces están ordinariamente cubiertas de ostras (Ostreaparasítica L.) que se adhieren a ellas y permanecen descubiertas en la marea baja. Esto es lo que da motivo a decir que en América se cogen ostras en los árboles. Después de desembarcar, atravesé un pasto al fin del cual se encuentra la hacienda nombrada San Patricio que se nos había concedido.

Todas las haciendas de Puerto-Rico son semejantes, salvo algunas diferencias ocasionadas por el gusto, el lujo o los medios del propietario. La nuestra estaba compuesta de una casa principal, construida de madera y cubierta de hojas de caña; de un vasto tinglado que cubre los molinos puestos en movimiento por bueyes y que sirven para exprimir el jugo de las cañas recientemente cortadas: de otro en que se depositan esas mismas cañas, después de haber sido exprimidas entre dos cilindros de cobre, bajo el nombre de bagazos, para alimentar el fuego de las calderas; de un edificio construído de mampostería y que contiene la azucarería, los alambiques y el almacén. Las chozas en que se alojan los negros están reunidas en tres líneas rectas y paralelas.

Los naturalistas permanecieron dos meses y medio en San Patricio. Durante este tiempo, cada cual se entregó con entusiasmo, a pesar de las lluvias y del calor, al género de trabajos que le estaba designado.

Dos meses y medio hacía que recorría yo los alrededores de San Patricio, a cuatro o seis leguas de distancia, para conocer las producciones vegetales; y ya tenía curiosidad de visitar otras comarcas de la Isla, sobre todo algunos anillos de esa cadena de montañas que la atraviesa en toda su longitud.

Baudin, deseoso como yo de fijarse en otra parte, me encargó que hiciese un reconocimiento hasta el pueblecillo de Fajardo, situado en la costa oriental de la Isla, a catorce leguas de San Juan, a fin de buscar allí algún alojamiento conveniente para nuestro género de ocupaciones.

Partí el 5 de noviembre, acompañado de un guía y provisto de cartas para algunos colonos, a los que me proponía pedir de paso la hospitalidad.

Después de haber pasado las fortificaciones avanzadas de la ciudad y haber andado durante una hora por un terreno arenoso, cubierto de acacias (Mimosa), icacos (Chrysobalanus icaco L.), pajuiles (Anacardium occidentale L.) y otros arbustos, llegamos a la boca de Cangrejos, que se ha hecho célebre desde que los ingleses operaron allí su infructuoso desembarco el 17 de abril de 1797. No hay en ella ni puente, ni barca para la comodidad del pasagero; nos vimos obligados a pasar esta peligrosa boca con agua hasta la cintura, dirigiendo nuestros caballos por los arrecifes: el océano bate con furor esta especie de dique natural que se adelanta un metro bajo el agua. Cada ola levantaba nuestras monturas, que iban bamboleando; y la cima de las olas, reducida a lluvia por el viento norte, bastante fuerte, nos mojaba completamente.

Los habitantes de Cangrejos, casi todos negros o mulatos, han comprado con su industria la libertad de que gozan. Aunque habitan un suelo árido, cultivan con buen éxito muchos frutos y legumbres para el consumo de San Juan. Este pueblecillo cuenta ciento ochenta casas y sobre setecientos habitantes.

El territorio de esta comarca es inundado en parte por un lago de agua salada y abundante de pesca, cuyas orillas están cubiertas, en muchos lugares, por manzanillos (Hippomane mancimella L.)

Desde la boca de Cangrejos hasta el río de Loíza, cuatro leguas más lejos, el camino es uno de los más agradables de la Isla. Trazado a orillas del mar, entre dos líneas de arbolillos siempre verdes e impenetrables a los rayos del sol, se parece a las calles de nuestros bosquecillos, cuya sombra y verdura ofrecen al amigo de los campos un agradable paseo.

Atravesamos sin apearnos el lindo pueblecito de Loíza. que contaba en 1778 mil cuatrocientos dos habitantes y ciento tres casas; y está situado cerca de la embocadura del río que lleva su nombre. Durante tres horas continuamos andando cerca de la orilla del mar, por un terreno arenoso en medio de vastas sabanas cubiertas en muchos lugares de palmeras, de comocladias (Comocladia intergrifolia, Com. dentates L., C. ilicifoloa Sw.), de uveros (Coccoloba uvífera, C. excoriata L., C. diversifolia nivea Jacq.), de pinas, de naranjos y de plátanos.

El suelo se hace más compacto y más cubierto, a medida que se aleja uno de las costas y se interna en los campos; pero los caminos son menos cómodos. Muchas veces nos vimos obligados a atravesar montañas cubiertas de hermosos árboles; pero las cuestas son tan rápidas y malas que nuestros caballos, aunque habituados a estos senderos, bamboleando a cada paso amenazaban sepultarnos en el lodo.

Estas dificultades provienen de la humedad continua del suelo, mantenida por la sombra de las ramas que pendían sobre nuestras cabezas, y el inconcebible descuido de los habitantes, que cuando tienen que abrirse un camino por los bosques, se contentan con tumbar los árboles que les incomodan, sin cuidarse de la dirección que los mismos árboles toman al caer. Veinte veces nos detuvieron troncos enormes atravesando en el sendero y que permanecerán allí hasta que sean reducidos a polvo por la acción de los elementos. En fin llegamos a Fajardo poco antes de ponerse el sol.

Yo llevaba una carta de recomendación para Don José, rico colono que hacía largo tiempo se había fijado en aquella parte de la Isla, y obtuve por su parte la mejor acogida. Su casa está construida en la cima de un montecillo, por cuyo pie corre un arroyo. Desde aquella elevación la vista se esparce sobre una vasta sabana que embellece una eterna verdura, dividida en praderas o en campos de cañas, de en medio de las cuales se elevan aquí y allá otros montecillos aislados cubiertos de árboles montaraces y de café: algunas cabañas diseminadas en las llanuras o en los flancos de las colinas animan este lindo paisage.

No pude descubrir en Fajardo alojamiento propio para los naturalistas y partí de este pueblo el 11 de noviembre, acompañado de un guía que me proporcionó Don José; pero en vez de seguir el camino ordinario que conduce a San Juan, tomé a la izquierda el sendero de los bosques, a fin de aproximarse a las altas montañas de Aybonito, famosas por las cascadas, los sitios pintorescos y los árboles preciosos que se encuentran en ellas: después de cinco horas de marcha llegué a su pie. Mi guía iba delante en el bosque, conduciendo nuestros dos caballos de mano; yo le seguía, separándome aquí y allá para coger flores; y frecuentemente me detenía para admirar las bellezas de aquellos lugares salvages.

Empero, la noche se aproximaba y estábamos a cuatro leguas de distancia del pueblo más cercano. Al salir del bosque no descubrí más que una vasta llanura en la que no se veía una sola cabaña. Mi guía me dijo entonces: detrás de aquel platanal que limita nuestro horizonte, hay una hacienda; ése es el único asilo en que podemos pasar la noche… Vamos allá… Andábamos paso a paso según estaban de malos los caminos: llegamos al fin a la casa de Don Benito, situada cerca de las orillas del Loíza. Yo estaba agonizante de cansancio y de frío, y apenas tenía fuerzas para hablar.

Empleé los días siguientes en visitar las plantaciones de caña, las de café y los talleres de mi huésped. ¡Qué diferencia, pensaba yo, entre esta hacienda y muchas de las que he visto hasta hoy. En aquellas un amo avaro y cruel tiene sin cesar la verga de la tiranía y aun el hacha de la muerte suspendidas sobre la cabeza de sus desgraciados negros: aquí estos africanos no tienen más que el nombre de esclavos, sin sufrir las cadenas; bien vestidos, bien alimentados con una robusta salud, trabajan con celo para un colono bien hechor que dobla sus ganancias aliviando las desgracias de aquéllos.

Durante mi permanencia en casa de Don Benito, fui testigo de un baile que daba el mayordomo de la hacienda para celebrar el nacimiento de su primer hijo. La reunión estaba compuesta de cuarenta a cincuenta criollos de los alrededores, de uno y otro sexo. Algunos habían venido desde seis leguas de distancia, porque estos hombres, de ordinario indolentes, son muy apasionados por el baile. La mezcla de blancos, mulatos y negros libres formaba un grupo bastante original: los hombres con pantalón y camisa de indiana, las mugeres con trages blancos y largos collares de oro, todos con la cabeza cubierta con un pañuelo de color y un sombrero redondo galoneado, ejecutaron sucesivamente bailes africanos y criollos al son de la guitarra y del tamboril llamado vulgarmente bomba.

Habíase preparado, en un aposento contiguo, una mesa compuesta de crema, café, sirop, casabe, confituras y frutas: éstas eran piñas, aguacates, guayabas, zapotes, cocos maduros o en leche. En este último estado el coco ofrece una bebida deliciosa; en vez de la almendra que no está aún formada, presenta un licor blanco, semejante en el gusto a la leche azucarada. Las confituras eran, una mermelada azucarada de guayabas, naranjas, calabazas, albaricoques, mameyes y papayas.

Después de mi salida de Fajardo, mi vida en San Patricio fue bien triste: las continuas incursiones por los bosques y sabanas pantanosas alteraron mi salud, y el 7 de enero de 1798 fui atacado de una fiebre gástrica intermitente que se manifestó con síntomas alarmantes. Cubrióseme todo el cuerpo de una erupción exantemática de tres centímetros de espesor y un decímetro de estensión: enflaquecí, perdí el apetito, y el estómago dejó de funcionar: al verme en este estado el Capitán me hizo conducir a la casa del Doctor Raiffer en la ciudad. El restablecimiento de mi salud lo debo a ese Profesor, que durante veinte días me prodigó todos los recursos del arte y los cuidados de un cariñoso amigo.

Con objeto de continuar mis estudios sobre la Historia Natural y Estadística de esta bella Isla, salía a menudo a San Juan, y me dirigía a distintos puntos cercanos. El mercado de Puerto-Rico se surte de las aves, frutas y legumbres que conducen diariamente a su puerto las lanchas que bajan por los ríos de la costa norte: al regreso de esas embarcaciones me unía a sus conductores y subía con ellos, ora el río de Bayamón o el de Toa, ora el de la Vega o Manatí, y cuando me encontraba a 20 ó 25 kilómetros al interior del país saltaba a tierra y me dirigía a cualquier casa, donde seguramente se me recibía con las mayores muestras de hospitalidad; una vez allí, recorría las inmediaciones y regresaba luego a la Capital por la misma ,vía, cargado de una gran cosecha plantas. A estos viages debí el enriquecimiento de mis herbarios y el conocimiento del interior de la Isla y de los usos y costumbres de sus habitantes.

Puede consultar además: Documento y comentario: André-Pierre Ledrú (1810) donde hace recomendaciones específicas para el adelantamiento o progreso de la colonia.

Comentario:

El libro de Ledrú se publicó en 1810. Su expedición se realizó desde los primeros meses de 1797, poco después de la Invasión Inglesa. La traducción corresponde al líder liberal y abolicionista Julio L. Vizcarrondo y es de 1863. Ledrú es francés, nacido en Chatenai, cerca de Le Mans y es un naturalista y un hombre de ciencia. Su interés estaba cifrado en la naturaleza, pero entró en observaciones antropológicas y sociológicas muy originales. El viajero llegó a San Juan en el “El triunfo” con Nicolás Baudín. Fue recibido por el gobernador Ramón de Castro, el Agente Comercial francés Monsieur Paris, y de hospedó en la fonda el Correo, donde ocupó el jardín y tres habitaciones. La alianza hispano-francesa explica la apertura a una expedición científica de aquella naturaleza.

Ledrú reconoce “cuando gustan a los españoles las fiestas y las ceremonias públicas” y de inmediato establece un contraste: en Europa son famosas las “corridas de toros” y en América las “carreras de caballos”. Las “cabalgata(s)” son una costumbre de “toda la isla”, indicativo de que la condición de “caballero” tiene un gran valor social. De inmediato describe el Carnaval de San Juan con la precisión de un cronista: “cuatrocientos caballeros enmascarados”; numerosos “petimetres (petit maître o señoritos) disfrazados de mendigos”, “jóvenes oficiales” y “franceses mezclados con ellos”. Lo que más le impresiona es la presencia de “muchas jóvenes” caracterizadas lo mismo por “su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafrén” o caballos mansos. Sus observaciones sobre los caballos contrastas con las de John Layfield de 1598: los caballos “no tienen trote, ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo más atento no puede seguir el movimiento de su patas”  en una alusión al paso fino. Las cabalgatas son comunes en las fiestas de Pascuas, San Juan, Santiago, San Mateo. El Carnaval iguala socialmente a la gente a la luz de los “picantes placeres”, observación que sugiere un rico contraste con las Peregrinaciónes a un lugar sacro que también igualan pero a la luz de la “fe”.

De San Juan pasa a la Hacienda San Patricio de Tomás O’Daly donde permanece dos meses. O’Daly era militar de origen irlandés, y Miguel Kirwan, su socio de negocios en la empresa. El viaje se hizo en canoa y el traslado por tierra en caballos. Lo más valioso de esta sección es la descripción de una hacienda típica:

1. Contiene “una casa principal” de madera y cubierta de hojas de caña

2. Posee “un vasto tinglado” para los molinos que ya poseen cilindros de cobre y son movidos por bueyes. El autor aclara que el bagazo se usa de combustibe para las calderas.

3. Un “edificio (…) de mampostería” para “la azucarería, los alambiques y el almacén”

4. Y “las chozas” para los negros en tres líneas rectas y paralelas

Se trata del retrato de un hombre poderoso del interior.

Luego describe su viaje a Fajardo. El paso por la boca de Cangrejos, población de “negros o mulatos” libres, y por la desembocadura del Río Grande de Loíza y el “lindo pueblecito de Loíza” son literariamente ricos. En el proceso, anota las dificultades para un viajero en la isla. No hay “ni puente ni barca” para cruzar por Boca de Cangrejos, el viaje es difícil por la “humedad continua del suelo” y el peligro de los caminos, y le impresiona “el inconcebible descuido de los habitantes” con los mismos ya que no les dan mantenimiento alguno. La ausencia de infraestructura para el transporte, el clima tropical húmedo y la desidia de los vecinos se combinan para explicar el atraso.

Ledrú documenta una entrevista con “Don José, colono rico” de Fajardo, productor de caña y café y poseedor de predios montaraces. De regreso realizó una gira por las Montañas de Aybonito y tuvo que pasar la noche en “la casa de Don Benito”, cerca del río Loíza también plantador de caña y café. Benito es un esclavista humanitario: “aquí estos africanos no tienen más que el nombre de esclavos”. Los datos sugieren que café y caña competían la tierra en condiciones pares al menos en la zona visitada por Ledrú. En aquella hacienda Ledrú fue testigo de un baile de bomba por el nacimiento del hijo del mayordomo. La descripción es extraordinaria: 40 a 50 “criollos” definidos como “indolentes” pero “muy apasionados al baile”, asistieron. Eran gente dispuesta a mezclarse: “blancos, mulatos y negros libres”, ejecutaban “bailes africanos y criollos”.  También se detiene en las comidas -crema, café, sirop, casabe-, en las frutas -piñas, aguacates, guayabas, zapote, cocos maduros o en leche-, y en las confituras o frutas en almíbar elaboradas a base de guayaba, naranja, calabaza, albaricoques, mameyes y papayas.

Por último, comenta como San Juan se suple de alimentos frescos. Hay un rico tráfico de lanchas procedentes de la costa norte  a través de los ríos Bayamón, Toa, Vega y hasta Manatí. El tránsito de lanchas desde y hacia el interior de la Isla era enorme y, en cierto modo, suplía la escasez de caminos, a la vez que facilitaba una labor común en aquel entonces: la pesca.

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  • Historiador

noviembre 15, 2010

Reverendo John Layfield: Testimonio de 1598

“Relación del Viaje a Puerto Rico de la Expedición de Sir George Clifford, Tercer Conde de Cumberland, escrita por el Reverendo Doctor John Layfield, Capellán de la Expedición. Año 1598” (Fragmentos). Tomado de Samuel Purchas, His Pilgrims, Parte IV. Londres, 1625.

 

Mapa del asalto de 1595

Otras noticias y curiosidades de la isla: El Monte Luquillo

La isla entera está graciosa y agradablemente dividida en montes y valles. Entre los montes hay uno sobre todos llamado el Luquillo en donde se dice que hay la mayor cantidad y riqueza de minas. Y ninguno de los ríos que he oído mencionar tiene su nacimiento en él, quizás sea ésa la razón por qué en todos los montes es él el menos gas­tado. Pues ellos dicen que en los otros montes se encuentran venas, de cuya pobreza nadie necesita discutir. Este monte, que ellos llaman Luquillo, está situado al E(ste) de Luisa. Los valles son muy selvosos, pero en muchos sitios entrelazados con grandes llanos y es­paciosos prados. Los bosques no son solamente de madera inferior, como la mayor parte de la isla menor, si no de árboles de buena ma­dera y de hermosa altura, a propósito para la fabricación de barcos o cualquiera parte de ellos. Y no he hablado de un barco, que encon­tramos aquí, una embarcación con la carga de cien, el gran Bugonia, de mil toneladas, que habiendo perdido los mástiles en el mar, los tenía hechos de maderas de esta isla. El mástil principal de dos ár­boles solamente, y estando preparado para marchar para España, estaba ya muy cerca el momento de partir cuando Sir Francis Drake y Sir John Hawkins llegaron con el honorable intento de apoderarse de la isla y de un tesoro de cuatro millones que habían traído de la Habana. Dicho barco era el almirante de la flota, que este año había ido a Tierra Firme y habiéndolo cogido una tormenta y habiendo perdido los mástiles había venido a esta isla a recobrarse con mucho trabajo y aquí fue otra vez arreglado. Pero la escuadra de la reina Isabel de Inglaterra advertida de este accidente, vino en tan opor­tuna ocasión que los españoles tuvieron que hundir la nave y con tanta prisa que los pasajeros no tuvieron tiempo de tomar sus ropas y el cargamento y los víveres y todo se perdió. Algunas de las costi­llas de esta gran bestia se encontraron aquí, pero el tuétano y el va­lor de ella se había ido; pues traía consigo cuatro millones de tesoro. Y la destrucción de las fragatas que Sir Francis Drake mandó que­mar en esta bahía fue a propósito. Mientras Sir Francis estaba ha­ciendo aguada en Guadalupe, algunos barcos de su flota descubrieron el paso de estas fragatas por Dominica; tan buenas noticias, como verdaderamente eran, aseguró a Sir Francis, como públicamente dijo a la flota, que el tesoro no había salido aún de San Juan de Puerto Rico, y él mismo se aseguraba que estos barcos habían ido a tomarlo.

Los valles. El ganado crece salvaje

Los valles y prados de la isla principal están dotados con gran variedad de frutas, pues además de las grandes porciones de terrenos donde el ganado pace con tan ilimitada licencia que salvaje crece. La llanura que han escogido para hacer su estañera e ingenios está rica­mente cubierta con jengibre y caña de azúcar. Los ingenios están comúnmente, cerca de algún río o de terreno pantanoso, pues en sitios de esta clase la caña de azúcar prospera más. Y además se usa mucho del agua para los molinos y otros trabajos, aunque comúnmente los molinos trabajan con la fuerza de hombres y caballos, a mi entender, como los de Inglaterra, y si yo mismo los hubiera visto podría ser más extenso y describirlos con más precisión. Los que los han visto pueden hablar de ellos con más exactitud y elogiarlos.

Estancias de jengibre

Las estancias están situadas más al interior y a conveniente dis­tancia de algún río para el mejor transporte del jengibre a Puerto Rico, de donde dan salida sus productos para otros países. Yo creo que una de las causas de que unos prefieran el cultivo del jengibre al de la caña de azúcar, es porque las fincas de jengibre no necesitan tanto escoger el terreno, de manera que los pobres pueden tenerlas fácilmente y no necesitan grandes recursos para principiar dicho cul­tivo. Aquí, en general, los principales productos son el azúcar y el jengibre.

Un hombre que tiene doce mil cabezas de ganado, que son mayores que los de Inglaterra

Un tercer producto de esta isla además del jengibre y del azúcar, son los cueros, de los que ya hice mención. De éstos, sin contradic­ción, hay mucha abundancia. Me informó un español, que el vecino Chereno, cuya finca está muy cerca de la Aguada, al lado opuesto a Cabo Rojo, se dice que tiene unas doce mil cabezas de ganado. De esto podemos deducir lo abundante que es en ganado esta isla, cuan­do en el oeste, en el último extremo, que se considera de los peores lugares para la cría, comparado con el este de la isla, hay tanta abun­dancia. Una vez, lo cuenta todo el mundo y se cree, que por causa de la mucha abundancia de ganado, era permitido conforme a la ley, el que un hombre matase cuantos necesitase para su uso, si era tan honrado que traía los cueros a los amos. Estas pieles producen enor­mes sumas de dinero, teniendo en cuenta que sus novillos son más grandes que los que se crían en Inglaterra.

Los bueyes prosperan más que los caballos

Las vacas que yo he visto aquí pueden ser comparadas con el ga­nado inglés por su cabeza y cuerpo. No sé por qué estas bestias tienen parecido especial con las de las partes suroestes del mundo. No he visto ningún caballo más hermoso ni más alto que los que ordinaria­mente se ven en Inglaterra. Son bien formados y abundan, pero me parece que les faltan muchas cosas que poseen nuestros ligeros caba­llos ingleses. Todos son muy trotones. No me acuerdo haber visto más que un andador y muy pocas jacas que caminan de lado. Pero si hubiese mejores criaderos, habría mayor incremento en la produc­ción; así y todo son bastante buenos para caballos de alquiler que es al uso que se les destina.

Cabras, loros y cotorras

De ovejas y cabras no puedo decir que haya abundancia; y de los dos, hay menos ovejas que cabras. He visto y gustado de muchas cabras, pero según mi memoria no me acuerdo haber visto una oveja, aunque me han informado que en la isla hay rebaños; y este informe procede de personas que lo han visto. La escasez de ovejas no puede atribuirse a la naturaleza del terreno, como siendo impropio para criar estos animales, más bien se debe a una clase de perros salvajes, que habitan en los bosques y andan en grandes jaurías. Esto sucede porque dichos perros encuentran en el bosque alimento bastante y prefieren esa vida salvaje a la doméstica con mucha más ganancia para ellos. Estos perros comen también cangrejos, cuyo alimento también los hombres aprecian mucho. Los bosques están llenos de estos cangrejos, cuyo tamaño es mayor que los que yo he visto en Inglaterra. No hablo de ellos por lo que me hayan informado, si no por mi propia experiencia. He visto grandes cantidades de estos can­grejos en esta isla y en Dominica. Los más blancos, pues hay unos negros, muy feos, los han comido nuestros hombres con gusto y sin sufrir daño alguno, de lo que se quejaban otros. Cuando nuestra primera venida a Puerto Rico, los perros de la ciudad aullaban todas las noches y por el día se les veía ir en grupos por los bosques a lo lar­go de la costa. Esto lo creímos al principio como una sensible lamen­tación por la ausencia de sus amos, que los habían abandonado; pero después ya se acostumbran a nuestra presencia, que al principio les era extraña, y dejaron de ladrar, aunque continuaron su paseo diario a los bosques, en grupos. Por fin nos enteramos que estos viajes eran para cazar cangrejos, de los que encontraban gran abundancia en los manglares. Este es el alimento principal de los perros de Puerto Rico y cuando encuentran ovejas las atacan haciendo grandes daños en ellas, lo cual sería fácil de evitar si los españoles quisieran molestar­se un poco matando estos perros. Las cabras viven más seguras por­que les gusta las escabrosidades de las rocas y las cimas de las colinas, de modo que casi siempre están fuera del alcance de estos perros hambrientos, que merodean por las costas en busca de cangrejos. Además de las cabras y las ovejas hay gran abundancia de cerdos, que en éstas islas, al oeste y noroeste, producen el más gustoso toci­no. No me acuerdo haber visto en esta isla liebres ni conejos; pero sé que hay buena provisión de excelentes aves caseras, como gallos, ga­llinas y capones, algunos pavos y guineas, palomas en maravillosa cantidad, no en palomares como las tenemos nosotros, si no criadas y viviendo en los árboles. Además de otros sitios, hay dos o tres islotes inmediatos a Puerto Rico, cerca de la boca del Toa, donde un bote puede ir en una tarde o en una mañana, y cazar nueve, diez o una docena de docenas. La más importante de las tres islitas es una llamada, según he oído decir, la isla del Gobernador. No he marcado la provisión de aves de esta pequeña isla porque no he oído decir nada de ella a los que han estado en la isla principal. Loros y cotorras hay aquí como cuervos y cornejas en Inglaterra. Las veo ordinariamente volar en apretados grupos y excepto que son extraordinariamente habladoras, no son muy estimadas aquí como parece serlo.

Comentario:

El texto de Layfield aclara las razones para el ataque de Drake y Hawkins a Puerto Rico y ofrece un cuadro sobre la riqueza potencial de la misma. La información se obtuvo durante la breve ocupación inglesa de la colonia en 1598 y contó con el testimonio de algunos colonos locales. Lo primero que resalta es la riqueza potencial de las Minas de Luquillo y el potencial industrial de la madera de los bosques de la Isla. Su ejemplo, los mástiles del Bugonia, debía impresionar positivamente a un lector educado de la época. El arribo de esa nave de la Flota en arribada forzosa a Puerto Rico, colocó el Tesoro de Indias en la mirilla del Corsario inglés y justificó su fracasado intento de asalto en 1595, acto que Layfield celebra sin el menor empacho.

El Corsario Francis Drake

La riqueza de la colonia giraba alrededor del la caña de azúcar, industria entonces en crisis, y el  jengibre, que crecía a costa de aquella. El ganado “pace con tan ilimitada licencia que salvaje crece”, o sea, es cimarrón, y el paisaje ofrece una infinita variedad de frutas. Layfield no puede ser más específico porque, según confiesa, no ha sido testigo directo de ello. Los ríos eran fundamentales lo mismo para la caña, cerca de la costa, que para el jengibre, industria del interior. Buena parte de la producción jengibrera era transportada por esas vías pluviales hacia el mercado. Las ventajas del jengibre sobre la caña son apuntadas por el reverendo: los costos de producción son más bajos, hecho que favorece que el jengibre sea preferido por los pobres.

La otra industria es la del cuero de res. La ganadería se proyecta como una empresa difundida por todo el territorio. La referencia a un propietario de Aguada de apellido Chereno, es un dato importante. Chereno aparece en otra parte del texto identificado como mulato y como un persistente cultivador del trigo en la colonia. El dato de que la “mucha abundancia” de ganado, justificase en un momento no especificado la matanza indiscriminada de reses para la venta de sus cueros en desprecio de la carne, sorprende al reverendo inglés. El hecho de que el rendimiento del cuero en el mercado fuese elevado, justificaba el mito. El detalle de que los novillos fuesen más grandes en Puerto Rico que en Inglaterra, implica que no siempre se despreció la naturaleza americana en favor de la naturaleza europea. El poder de la ganadería cimarrona se reiterará posteriormente en los textos históricos redactados por criollos y constituirá uno de los problemas más interesantes de la historia social de Puerto Rico en los siglos 17 y 18.

En el caso de los caballos, el juicio es el opuesto: no comparan con el ganado caballar inglés y son «trotones». El ganado menor, cabras y ovejas, tampoco sale bien parado. Pero para un observador que provenía de un rico país lanero, cualquier cosa que Puerto Rico pudiese ofrecer en el campo del ganado ovino sería poco. Con todo, no atribuye el problema de las ovejas a la naturaleza sino a la plaga de perros salvajes que habitan los bosques. La descripción de las jaurías de perros salvajes, sus viajes a los montes y su contumaz consumo de cangrejos es valiosa. En Cuba esas jaurías de perros alzados eran denominados jíbaros, equivalente a montaraz. La genealogía del concepto tiene en este texto una fuente invaluable sobre la evolución del significado del mismo. Los cerdos y las aves de corral completan el cuadro. Los islotes del norte resultaba en un valioso coto de caza, según el testimonio del autor inglés.

Layfield tenía informantes que, desde el interior, le orientaban sobre la situación de la Isla con mucho detalle. Sería interesante establecer la situación de los mismos y su finalidad al colaborar con un enemigo de la soberanía hispana en el país. Otros apuntes sobre el texto pueden consultarse en Documento y comentario: relación de John Layfield (1598)

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