Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

enero 28, 2022

San Germán en la historia nacional puertorriqueña: una aproximación teórica

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

El texto que sigue fue redactado y leído en 2003 como parte de una actividad de presentación del libro de José Vélez Dejardín, San Germán: de villa andariega a nuestros tiempos 1506-2000. El volumen fue publicado de nuevo en 2018. Vuelvo a difundirlo a tenor de la conmemoración del 500 aniversario de la ciudad de San Juan.

José Vélez Dejardín nos ha dejado una nueva versión de su San Germán: de villa andariega a nuestros tiempos 1506-2000. Una lectura crítica del título nos dice mucho respecto a las intenciones del autor. El marco cronológico que establece es una invitación a que el lector considere la hipótesis del poblado del Río Guaorabo como garantía de antigüedad. Pero también impone un compromiso con la idea de que el San Germán de hoy es una prolongación de aquel mítico lugar.

¿Cuál es el valor de la divulgación de este libro hoy? La pregunta tiene más relevancia de la que aparenta. Hace apenas dos días el gobierno de Puerto Rico recordó oficialmente en todo el sistema escolar público el llamado “día de la raza.” Se trata de la efeméride del descubrimiento. Ambos conceptos, raza y descubrimiento, pretenden convencer a la nación de que acepte con serenidad todas las implicaciones del complejo y violento proceso de la historia colonial de este territorio al cabo de 510 años. Los conceptos raza y descubrimiento son una exhortación a que se acepte el intercambio biológico, étnico, material y cultural entre toda una variedad de seres humanos en conflicto porque, a fin de cuentas, en ello se encuentra la base de la configuración de esta nacionalidad.

Ese fue el mismo espíritu de condescendencia con el cual se inventó hace 110 la conmemoración del Cuarto Centenario del evento. En 1893, nadie podía imaginar que cinco años más tarde Puerto Rico pasaría por un hecho de armas a manos estadounidenses. En 1893 la debilitada España borbónica buscaba en el pasado elementos para afirmar un orgullo atenuado por una modernidad aberrante. La figura del “conquistador,” que la había hecho grande ante el enemigo árabe, volvió a configurarse como una garantía de que el Imperio creado por Carlos II de Augsburgo sobreviviría para conmemorar un Quinto Centenario desde el poder.

La celebración de aquel Cuarto Centenario en 1893 estuvo pletórica de españolismo. Todos están conscientes de los debates respecto al lugar del desembarco colombino que se generaron en el discurso de pensadores de la talla de Salvador Brau Asencio, el padre José María Nazario Cancel y Manuel Zeno Gandía, entre otros forjadores del pensamiento criollo. El debate colombino del desembarco estaba sobre el tapete desde mucho antes de aquella celebración. El 1ro. de diciembre de 1889 Brau, en carta privada a Lola Rodríguez de Tió, se quejó de la actitud de ciertos intelectuales puertorriqueños que trataban de obtener capital cultural por medio de la discusión de aquel problema secular. Brau quien es considerado por muchos el “padre de la historia puertorriqueña,” afirmación sobre la cual tengo mis reservas, insistía en que durante una de sus conferencias sobre el tema “… (Manuel) Zeno Gandía actuando de Mefistófeles, hizo del (santurrón) del Padre Nazario (Cancel) un nuevo Fausto, inventando la teoría astronómica de que Colón fondeó a occidente. . . de Guayanilla.”

¿Cuál era el código oculto detrás de aquellas duras palabras de Brau? El cinismo del caborrojeño, la diafanidad con la que consignaba un asunto que ocupaba y ocupa el tiempo de tanto presunto historiador no me sorprende. Brau era un historiógrafo profesional y un pensador de gran formación para quien el problema de la historia común entre España y Puerto Rico no radicaba en el dilema de “lugar del contacto” sino en la cuestión mayor de adónde condujo a la isla de Baneque / Boriquén aquel evento. Leer apropiadamente a Brau es confirmar la concepción de la inutilidad de ciertos debates que periódicamente nos ocupan.

Brau iba más allá cuando aseguraba a la Poeta de las Lomas con cierto desenfado: “Y yo me reía, porque lo que yo comentaba no era a Colón, sino la labor social de cuatro centurias que abarca desde la india concubina del español y del bozal, arrebatado rapazmente a sus arenales patrios, hasta el extranjero que nos trajo capital, vigor físico, ideales más amplios, tintes de seriedad, relaciones cultas, libros, pasto intelectual para nutrirnos y ayudarnos a ser lo que somos.” Para Brau el descubrimiento era un simple hecho factual, una fecha vacía si no se la vinculaba a los procesos que había generado.

Me permito, sin embargo cuestionar al maestro si en efecto toda la ilustración y la cultura se la debía la clase criolla de Puerto Rico a los extranjeros. Esa fue la tendencia marcada por intelectuales peninsulares como Carlos Peñaranda en sus pocas veces discutidas Cartas puertorriqueñaspensadas por la misma época. Brau no estaba libre de ese tipo de concepciones tuertas respecto a la forma en que se construye una cultura en especial cuando se le echa una ojeada desde el exclusivismo social que es la impronta de las clases altas.

Esa interpretación que cultivaba la valía de lo europeo era la postura típica de los intelectuales, historiadores y sociólogos influenciados por la entonces venerada “ciencia positiva” teorizada por el filósofo francés Augusto Comte. Por ello se venera al Eugenio María de Hostos teórico y maestro. Y por eso se reconoce el valor grandioso de la obra abolicionista de Segundo Ruiz Belvis, Francisco Mariano Quiñones y José Julián Acosta en la Junta Informativa de Reformas de 1867. Todos ellos estaban embebidos de aquel sistema de pensamiento que era vanguardia de occidente europeo.

Brau fue tajante en 1889 al afirmar que: “Aquí Lola no salimos del ojalaterismo[1] que condena la conquista, sin ver que somos su producto…” Bien vista esa fue la lección más interesante de Brau para las generaciones posteriores especialmente la de 1930 y sus acólitos. El argumento central era que Puerto Rico, la nación, había sido la consecuencia de aquella conquista, de aquel proceso de coloniaje que en 1887 había culminado en el abuso rampante de los compontes que el propio Brau sintió como militante que era del Partido Autonomista Puertorriqueño.

¿Por qué doy todo este rodeo para conversar sobre la historia de San Germán de Vélez Dejardín? Lo que sucede es que las conmemoraciones y en especial la del descubrimiento o encuentro europeo- americano, tienen un valor profundamente contradictorio en el imaginario nacional puertorriqueño. La cuestión del lugar del desembarco todavía permanece como un misterio borgiano, o como un laberinto sin solución que sigue apasionando a la cultura oficial. Decía el historiador rumano de las religiones Mircea Eliade que las fiestas por lo general exteriorizan “el deseo de reintegrar una situación primordial” a la vida de todos los días (Lo sagrado y lo profano, 1998). La “nostalgia por la perfección del origen,” perfección concebida por todas las versiones románticas de la historia, se agazapa detrás de cada una de estas recordaciones. Demás está decir que la recordación tiene siempre la finalidad de transformarse en un modelo para un tiempo presente que se imagina desde una perspectiva totalmente diferente. El presente se asume como la pérdida de algo, y la recordación se adjudica como una forma de la recuperación. Toda recordación y todo relato histórico ocurre, sin proponérselo, dentro de esa actitud.

La conmemoración es en consecuencia catalizador de la memoria: la fortalece alrededor de ciertos elementos que se reiteran. La recordación consolida toda una serie de convenciones respecto a un pasado aceptado como válido. Los conjuntos metafóricos que se reiteran se imponen. El saber resulta ser otro acto de fuerza tal y como ya había sugerido el filósofo alemán Federico Nietzsche en algunos de sus textos. Ese fenómeno es el que crea las historias oficiales, las convencionales y es un interesante instrumento analítico para comprender las historias de resistencias y las (contra/anti) historias que cuestionan las versiones tradicionales desde los márgenes. Una historia de San Germán no es otra cosa que eso.

“La historia, -decía el pensador francés Michel Foucault- en su forma tradicional, se dedica a ‘memorizar’ los monumentos del pasado, a transformarlos en documentos y a hacer hablar esas huellas que en sí mismas no son verbales, o dicen tácitamente cosas diferentes de las que dicen explícitamente…” (La arqueología del saber, 1970). Por ese camino se apuntalan los mitos alrededor de los cuales se tejen los relatos, más o menos exactos en torno al pasado de los pueblos.

El caso de esta historia de San Germán del investigador Vélez Dejardín no es la excepción. El volumen, como ya señalé en la presentación que le hice el 18 de noviembre de 1994, recoge la mitología de una región, San Germán, que teje su propia versión alterna de la nacionalidad mirándose en el espejo cóncavo / convexo de las historias inventadas desde la capital. San Germán: de villa andariega a nuestros tiempos 1506-2003 es un interesante ejercicio de microhistoria regional alternativa.

Dentro de una estructura expositiva cronológica, hasta dónde le permite el flujo de datos, el autor nos muestra un pasado cargado de combates y conflictos, de orgullos vanos y aspiraciones no consumadas por una rancia aristocracia ligada primero a la ganadería y el tráfico ilegal, y posteriormente a los grandes intereses de la tierra a través de cinco siglos. Lo digo de este modo porque todos los historiadores sabemos que la historia, cualquier historia, nunca fue un lecho de rosas. Jorge Luis Borges tenía razón cuando sugería que todo tiempo vivido siempre fue peor que los otros. Lo interesante de este volumen es la multiplicidad de lecturas que permite a los observadores inteligentes del discurso. Una cosa es la versión que ofrece de la evolución de la Villa Andariega, metáfora plástica pero frágil, y otra muy distinta la que tácitamente impone sobre la historia de las mentalidades puertorriqueñas en la dialéctica isla-capital.

Mucho se ha conseguido, debo aclarar, desde la década de 1970 en el territorio de la microhistoria nacional. La aportación de esta forma de hacer historia a la crítica del automatismo del cambio, a la idea preconcebida de la evolución homogénea de la historia de una nación, fueron claves en el cuestionamiento de buena parte de las concepciones modernas decadentes del discurso histórico.

Al lado de la microhistoria, las historias regionales erosionaron la idea de que se podía explicar, por ejemplo, el problema de España leyendo su pasado estrictamente desde el Madrid castellano. Cataluña, Galicia, Vasconia, tenían historias alternativas que contar y la mayor parte de las veces se relataban mirando a Madrid como un adversario. Algo similar demuestra este volumen de Vélez Dejardín y espero que él tenga conciencia de lo que voy diciendo. Lo digo porque cualquier historia de San Germán es un ejercicio tanto de microhistoria como de historia regional. El hecho de que Partido inventado hacia 1514 terminara convirtiéndose en un municipio entre mucho es demostrativo de ello.

Entre las microhistorias, las historias regionales y las nacionales se ha desarrollado una dialéctica cruenta. La obra que hoy nos ocupa es prueba ostensible de que es así. Durante los últimos cuarenta años la producción histórica sobre San Germán ha implicado la voluntad de rescatar un espacio hipotético o presuntamente usurpado: el que se garantiza a los fundadores, a los administradores de los orígenes. El argumento derivado del discurso de Brau vuelve a ser útil al cabo de 114 años ¿qué sentido tiene la condición de fundador?

El énfasis de ese tipo de discurso filo-sangermeño ha sido establecer fuera de toda duda las discrepancias entre las experiencias histórico-sociales, la psiquis, e incluso la visión de mundo de la gente de la capital y aquella que no lo era –la de la isla-. Es cierto que la noción dialéctica que antepone la capital a la isla sigue teniendo sentido para mucha gente. En ocasiones da la impresión de que los viejos partidos de San Germán y Puerto Rico fundados en el siglo 16 nunca hubiesen hecho las paces y continuaran resolviendo las disensiones jurídicas coloniales después de 499 años de convivencia y unos 50 años de estado moderno.

Algunos alegan que San Germán se hizo ante el otro, Puerto Rico, y apropian una idea de la marginalidad respecto al poder hispano colonial que en ocasiones es difícil demostrar. Es cierto que para que una región se defina tiene que hacerlo ante el otro. En lo que respecta a San Germán esa concepción de lo regional es cuestionable por diversas vías. La gente de Aguada y Coamo, que estaban en la periferia de dos Partidos distintos, se parecían probablemente más entre sí en el orden sociocultural que a la gente de la Capital. La concepción de un San Germán “aislado” en el sentido estricto de la palabra es sumamente improbable. Toda noción de aislamiento tiene que matizarse espacial y temporalmente a la luz de los magníficos trabajos sobre el siglo 17 y 18 que se han publicado en los último 20 años.

Incluso cuando se ha tratado de deslindar las regiones con las nociones de urbe y ruralía, la disposición es poco clara porque los patrones de comportamiento rural no desaparecían del todo en la temprana vida urbana de Puerto Rico. La disolución palmaria de la ruralía no puede precisarse hasta entrado el siglo 20. Esto significa que la gente que vivía en poblado (la capital por ejemplo) seguía interpretando el mundo desde una perspectiva rural. No había una fractura clara entre lo uno y lo otro. En gran medida la fragilidad visceral de la postura teórica de quienes ven en San Germán el nudo de la nacionalidad radica en que el argumento se puede elaborar con argumentos análogos para el caso de Ponce, Mayagüez y quizá Yauco y Utuado. Los países están llenos de ilusiones de “capitales alternas.” Jacmel puede hacer ese reclamo a Puerto Príncipe y Santiago a La Habana.

La lección que un historiador recoge de todo esto es sencilla. La determinación de la alteridad histórica, como es el caso de San Germán en el volumen que me ocupa, no debe conducir al historiógrafo a la atomización radical de su versión del mundo. Estas reconstrucciones alternas son útiles en la medida en que no cancelen los caminos hacia una comprensión general de la nación. El dilema es mucho mayor de lo que aparenta porque ser sangermeño es un gesto enteramente simbólico tan válido como ser mayagüezano, ser ponceño o yaucano o utuadeño. En verdad cualquier revisión general de la historia de San Germán nos demuestra que la mayoría de los pueblos emanados del viejo partido lo fueron tras vencer la oposición de los grandes intereses de San Germán. La Villa Fundadora de Pueblos lo fue, en consecuencia, a su pesar.

Un último apunte aclaratorio. El San Germán de 1506 o 1508, incluso el de 1514 no era una Villa. Era un simple lugar camino a ser un pueblo que capitaneaba el Partido que llevaba su nombre. La condición de Villa era un título jurídico que implicaba ciertos privilegios que los lugareños no poseían durante el siglo 16. Si el esfuerzo de José Vélez Dejardín en su versión revisada de San Germán: de villa andariega a nuestros tiempospermite abrir una discusión madura sobre estos problemas historiográfico, la aplaudo fraternalmente. Pero la lectura de este volumen no puede ser obtusa.

San Germán, P.R., 21 de noviembre de 2003


[1] El concepto vale por fanático irracional según https://dle.rae.es/ojalatero

septiembre 29, 2011

Claridad / “We the People”: una mirada estadounidense a los boricuas

        • Mario R. Cancel
        • Historiador y escritor

Dejo al lector el enlace del comentario redactado por la escritora y editora Luz Nereida Pérez en torno al libro «We the People»: La representación americana de los puertorriqueños, 1898-1926, que edité con el Dr. José Anazagasty Rodríguez, especialista en Sociología Ambiental, en 2008.

Claridad / “We the People”: una mirada estadounidense a los boricuas

Agradecemos el interés es este volumen que intenta revisar el tema del 1898 y la invasión estadounidense, desde una perspectiva abierta.

octubre 23, 2010

Crónica de Indias: La Rebelión Arahuaca (1511)

Versión tomada de Gonzalo Fernández de Oviedo. Historia general y natural de Indias. Libro XVI (1535)

Capítulo 5  Que trata de la muerte de don Chripstóbal de Sotomayor y otros christianos: y como escapó Johan Gonçalez, la lengua, con quatro heridas muy grandes, y lo que anduvo assi herido en una noche, sin se curar, y otras cosas tocantes al discurso de la historia.

Tomando a la historia del levantamiento de los indios, digo, que después que los principales dellos se confederaron para su rebelión, cupo al cacique Agüeybana, que era el mayor señor de la isla, de matar a D. Chripstóbal de Sotomayor, su amo, a quien el mesmo cacique servía y estaba encomendado por repartimiento, según tengo dicho, en la casa del cual estaba ; y jugáronlo a la pelota o juegos que ellos llaman del batey, que es lo mesmo. Y una hermana del cacique que tenía D. Chripstóbal por amiga, le avisó y le dixo: “Señor, vete de aquí: que este mi hermano es bellaco y te quiere matar.”

Mineros aruacos

Y una lengua que D. Chripstóbal tenía llamado Johan Goncalez, se desnudó una noche y se embixó o pintó de aquella unción colorada, que se dixo en el libro VIII capítulo VI que los indios llaman bixa con que se pintan para ir a pelear, o para los areytos y cantares y cuando quieren parecer bien. Y como el Johan Gonçalez venía desnudo y pintado y era de noche y se entró entre los que cantaban en el corro del areyto, vio y oyó como cantaban la muerte de D. Chripstóbal de Sotomayor, y de los christianos que con él estaban; y salido del cantar quando vido tiempo y le paresció, avisó a D. Chripstóbal y díxole la maldad de los indios y lo que avían cantado en el areyto y tenían acordado. El qual tuvo tan mal acuerdo, que como no avía dado crédito a la india cacica, tampoco creyó al Johan Gonçalez: la qual lengua le dijo: “Señor esta noche nos podemos yr, y mirad que os va la vida en ello: que yo os llevaré por donde no os hallen.” Pero como su fin era llegado, no lo quiso hacer.

Con todo eso, assi como otro día amaneció, estimulado su ánimo y como sospechoso, acordó de se yr; mas ya era sin tiempo: y dixo al cacique, que él se quería yr donde estaba el gobernador Johan Ponce de León, y él dixo que fuesse en buena hora, y mandó luego venir indios que fuessen con él, y le llevassen las cargas y su ropa, y dióselos bien instintos de lo que avían de hacer; y mandóles que quando viesen su gente, se aleasen con el hato y lo que llevaban y fue assi: que después de ser partido D. Chripstóbal, salió tras él el mismo cacique con gente y alcanzóle una legua de allí de su assiento en un río que se dice Cauyo. [Río Cañas]

Y antes que a él llegasen, alcanzaron al Johan Gonçalez, la lengua, y tomáronle la espada y diéronle ciertas heridas grandes, y queríanle acabar de matar: y como llegó luego Agüeybana, dixo la lengua, en el lenguaje de los indios: “Señor, ¿por qué me mandas matar? Yo te serviré y seré tu naboría,” y entonces dixo el cacique: Adelante a mi datihao  [guaitiao o hermano] (que quiere decir mi señor, o el que como yo se nombra), dexa ese bellaco.” Y assi le dexaron, pero con tres heridas grandes y peligrosas, y passaron y mataron a D. Chripstóbal y a los otros chripstianos que yban con él (que eran otros quatro) a macanazos; quiero decir con aquellas macanas que usan por armas, y flechándolos.

Y hecho aquesto, volvieron atrás para acabar de matar al Johan Gonçalez, la lengua; pero él se había subido en un árbol y vido como le andaban buscando por el rastro de la sangre, y no quiso Dios que le viessen ni hallasen; porque como la tierra es muy espessa de arboledas y ramas, y él se avía desviado del camino y emboscado, se escapó desta manera. Y fuera muy grande mal si este Johan Gonçalez allí muriera, porque era grande lengua; el qual después que fue de noche, baxó del árbol y anduvo tanto que atravesó la sierra de Xacagua, y créese que guiado por Dios o por el ángel, y con favor suyo tuvo esfuerço y vida para ello, según yba mal herido. Finalmente él salió a Coa [Toa], que era una estancia del rey; pero él creía que era el Otuao, donde penssaba que lo avían de matar, porque era tierra aleada y de lo que estaba rebelado; pero su estimativa era hija de su miedo con que yba; y avía andado quince leguas más de lo que se penssaba. Y como allí avía chripstianos, viéronle; y él estaba ya tal y tan dessangrado y enflaquecido, que sin vista cayó en tierra. Pero como le vieron tal, socorriéndole con darle algo que comió y bebió y cobró algún esfuerço y vigor, y pudo hablar, aunque con pena, y dixo lo que había passado.

Y luego hicieron mandado al capitán Johan Ponce notificándole todo lo que es dicho: el qual luego apercibió su gente para castigar los indios y hacerles la guerra. En la cual sazón llegó el Diego de Salaçar con la gente que avía escapado con él, según se dixo en el capítulo de suso. Y luego Johan Ponce envió al capitán Miguel de Toro con quarenta hombres a buscar a Don Chripstóbal, al qual hallaron enterrado (porque el cacique le mandó enterrar) y tan somero o mal cubierto que tenía los pies de fuera. Y este capitán y los que con él yban hicieron una sepultura, en que lo enterraron bien, y pusieron a la par della una cruz alta y grande. Y aqueste fue el principio y causa de la guerra contra Agüeybana y los otros indios de la isla de Boriquen, llamada ahora Sanct Johan.

(…)

Capítulo 8 Como los indios tenían por inmortales a los chripstianos luego que pasearon a la isla de Sanct Johan, y como acordaron de se alear y no lo osaban emprender hasta ser certificados si los chripstianos podían morir o no. Y la manera que tuvieron para lo experimentar.

Por las cosas que avían oído los indios de la isla de Sanct Johan de la conquista y guerra passadas en esta Isla Española, y sabiendo, como sabían ellos, que esta Isla es muy grande y que estaba muy poblada y llena de gente de los naturales della, creían que era imposible averla sojuzgado los chripstianos, sino porque debían ser inmortales, y por heridas ni otro desastre no podían morir; y que como avían venido de hacia donde el sol sale, assi peleaban; que era gente celestial e hijos del Sol, y que los indios no eran poderosos para los poder ofender. Y como vieron que en la isla de Sanct Johan ya se avían entrado y hecho señores de la Isla, aunque en los chripstianos no avía sino hasta doscientas personas pocas más o menos que fuessen hombres para tomar armas, estaban determinados de no se dexar sojuzgar de tan pocos, y querían procurar su libertad y no servirlos; pero temíanlos y pensaban que eran inmortales.

Hamaca aruaca

Y juntados los señores de la Isla en secreto, para disputar desta materia, acordaron que antes que se moviessen a su rebelión, era bien experimentar primero aquesto, y salir de su dubda, y hacer la experiencia en algún chripstiano desmandado o que pudiessen aver aparte y solo; y tomó a cargo de saberlo un cacique llamado Urayoán, señor de la provincia de Yagüeca, el qual para ello tuvo esta manera. Acaescióse en su tierra un mancebo, que se llamaba Salcedo y passaba a donde los chripstianos estaban, y por manera de le hacer cortesía y ayudarle a llevar su ropa, envió este cacique con él quince o veinte indios, después que le ovo dado muy bien de comer y mostrádole mucho amor. El qual yendo seguro y muy obligado al cacique por el buen acogimiento, al pasar de un río que se dice Guaorabo, que es a la parte occidental y entra en la bahía en que agora está el pueblo y villa de Sanct Germán, dijerónle: “Señor, quieres que te passemos, porque no te mojes,” y él dijo que sí, y holgó dello, que no debiera, siquiera porque demás del peligro notorio en que caen los que confían de sus enemigos, se declaran los hombres que tal hacen por de poca prudencia. Los indios le tomaron sobre sus hombros, para lo qual se escogieron los más recios y de más esfuerço y quando fueron en la mitad del río, metiéronle debajo del agua y cargaron con él los que le passaban y los que avían quedado mirándoles, porque todos yban para su muerte de un acuerdo, y ahogáronle; y después que estuvo muerto sacáronle a la ribera y costa del río, y decíanle: “Señor Salcedo, levántate y perdónanos que caymos contigo, e iremos nuestro camino.” Y con estas preguntas y otras tales le tuvieron assi tres días, hasta que olió mal, y aun hasta entonces ni creían que aquél estaba muerto ni que los chripstianos morían.

Y desque se certificaron que eran mortales por la forma que he dicho, hiciéronlo saber al cacique, el qual cada día enviaba otros indios a ver si se levantaba el Salcedo; y aun dubdando si le decían verdad, él mismo quiso yr a lo ver, hasta tanto que passados algunos días, le vieron mucho más dañado y podrido a aquel pecador. Y de allí tomaron atrevimiento y confiança para su rebelión, y pusieron en obra de matar los chripstianos, y alearse y hacer lo que tengo dicho en los capítulos desuso.

Capítulo 9 De las batallas y recuentros más principales que ovo en el tiempo de la guerra y conquista de la isla de Sanct Johan, por otro nombre dicha Boriquen

Después que los indios se ovieron rebelado y muerto la mitad o quassi de los chripstianos, y el gobernador Johan Ponce de León dio orden en hacer los capitanes que he dicho y poner recaudo en la vida y salud de los que quedaban vivos, ovieron los chripstianos y los indios la primera batalla en la tierra de Agüeybana, en la boca del río Coayuco, a donde murieron muchos indios, assi caribes de las islas comarcanas y flecheros, con quien se habían juntado como de los de la tierra que se querían passar a un isleta que se llama Ángulo, que está cerca de la isla de Sanct Johan a la parte del Sur como lo tengo dicho. Y dieron los chripstianos sobre ellos de noche al quarto del alba, e hicieron grande estrago en ellos, y quedaron deste vencimiento muy hostigados y sospechosos de la inmortalidad de los chripstianos. Y unos indios decían que no era possible sino que los que ellos avían muerto a trayción avían resucitado; y otros decían que do quiera que oviesse chripstianos, hacían tanto los pocos como los muchos. Esta batalla venció el gobernador Johan Ponce, aviendo para cada chripstiano más de diez enemigos; y passó desde a pocos días después que se avían los indios alçado.

Desde allí se fue Johan Ponce a la villa de Caparra, y reformó la gente y capitanías con alguna más compañía que avía, y fue luego a assentar su real en Aymaco [Río Culebrinas], y envió a los capitanes Luys de Añasco y Miguel de Toro a entrar desde allí con hasta cinquenta hombres, y supo como el cacique Mabodamoca [de Guajataca] estaba con seyscientos hombres esperando en cierta parte, y decía que fuessen allá los chripstianos, que los atendería y tenía limpios los caminos. Y sabido esto por Johan Ponce, envió allá al capitán Diego de Salazar, al qual llamaban capitán de los cojos y de los muchachos; y aunque parecía escarnio por su gente la más flaca, los cuerdos lo tomaban por lo que era razón de entenderlo, porque la persona del capitán era tan valerosa, que suplía todos los defetos y flaqueza de sus soldados, no porque fuessen flacos de ánimo, pero porque a unos faltaba salud para sofrir los trabajos de la guerra, y otros que eran mancebos, no tenían edad ni experiencia. Pero con todas estas dificultades llegó donde Mabodamoca estaba con la gente que he dicho, y peleó con él, e hizo aquella noche tal matanza y castigo en los indios que murieron dellos ciento y cinquenta, sin que algún chripstiano peligrasse ni oviesse herida mortal, aunque algunos ovo heridos; y puso en huyda los enemigos restantes.

Piña de las Antillas

En esta batalla Johan de León de quien atrás se hizo memoria, se desmandó de la compañía por seguir tras un cacique que vido salir de la batalla huyendo, y llevaba en los pechos un guanín o pieza de oro de las que suelen los indios principales colgarse al cuello; y como era mancebo suelto alcançole y quísole prender; pero el indio era de grandes fuerças y vinieron a los braços por más de un quarto de ora, y de los otros indios que escapaban huyendo, ovo quien los vido assi trabados en un barranco donde estaban haciendo su batalla, y un indio socorrió al otro que estaba defendiéndose del Johan de León, el qual porque no paresciesse que pedía socorro, oviera de perder la vida. Pero no quiso Dios que tan buen hombre assi muriesse, y acaso un chripstiano salió tras otro indio y vido a Johan de León peleando con los dos que he dicho, y en estado que se viera en trabaxo o perdiera la vida; entonces el chripstiano dexó de seguir al indio, y fuele a socorrer, y assi mataron los dos chripstianos a los dos indios que eran aquel cacique, con quien Johan de León se combatía primero, y al indio que le ayudaba o le avía socorrido. Y desta manera, escapó Johan de León del peligro, en que estuvo.

Avida esta victoria y vencimiento que he dicho, assi como esclaresció el día, llegó el gobernador Johan Ponce de León por la mañana con la gente que él traía y la retaguarda, algo desviado del capitán Diego de Salaçar y no supo cosa alguna hasta que halló los vencedores bebiendo y descansando de lo que avían trabaxado, en espacio de tiempo de dos horas y media o tres que habían peleado con los enemigos. De lo qual todos los chripstianos dieron muchas gracias a nuestro Señor porque assi favorescía y ayudaba milagrosamente a los chripstianos.

Capítulo 10 De otra guazábara o recuento que ovieron los españoles con los indios de la isla de Boriquen o de Sanct Johan

Después que se passó la batalla, de quien se tracto en el capítulo precedente, juntáronse la mayor parte de los indios de la isla de Boriquen; y sabido por el gobernador Johan Ponce ovo nueva como en la provincia de Yagüeca se hacía el ayuntamiento de los contrarios contra los chripstianos, y con entera determinación de morir todos los indios o acabar de matar todos los chripstianos, pues eran pocos y sabían que eran mortales como ellos. Y con mucha diligencia el gobernador juntó sus capitanes, y poco más de ochenta hombres, y fue a buscar a los indios, los quales passaban de once mil hombres; y como llegaron a vista los unos de los otros quassi al poner del sol, assentaron real los chripstianos con algunas ligeras escaramuzas; y como los indios vieron con tan buen ánimo y voluntad de pelear los españoles, y que los avían ydo a buscar, comenzaron a tentar si pudieran de presto ponerlos en huyda o vencerlos. Pero los chripstianos comportando y resistiendo, assentaron a su despecho de los contrarios, su real muy cerca de los enemigos, y salían algunos indios sueltos y de buen ánimo a mover la batalla; pero los chripstianos estuvieron quedos y en mucho concierto y apercibidos junto a sus banderas, y salían algunos mancebos sueltos de los nuestros y tornaban a su batallón, aviendo fecho algún buen tiro de asta o de ballesta.

Y assi los unos y los otros temporiçando esperaban que el contrario principiasse el rompimiento de la batalla; y assi atendiéndosse los unos por los otros, siguióse que un escopetero derribó de un tiro un indio, y creyóse que debiera ser hombre muy principal, porque luego los indios perdieron el ánimo que hasta aquella hora mostraba y arredraron un poco atrás su ejército donde la escopeta no alcançasse. Y assi como la misma noche fue bien oscuro se retiró para fuera el gobernador, y se salió con toda su gente, aunque contra voluntad y parescer de algunos porque parescía que de temor rehusaban la batalla; pero en fin a él le paresció que era tentar a Dios pelear con tanta moltitud y poner a tanto riesgo los pocos que eran, y que a guerra guerreada, harían mejor sus hechos que no metiendo todo el resto a una jornada: lo cual él miró como prudente capitán, según paresció por el efeto y subcesso de las cosas adelante.

Comentario:

Los capítulos 5, 8, 9 y 10 de la Crónica de Fernández de Oviedo, contiene una de las versiones más difundidas de la rebelión de los arahuacos insulares de Puerto Rico, llamado hoy taínos, contra los españoles en 1511. He separado los capítulos en párrafos breves para facilitar su lectura y he apuntado algunas referencias geográficas para comprender el escenario de la guerra.

La idea de que se trata de una Guerra Santa y de que los arahuacos insulares tuvieron el apoyo de los Caribes, me parecen puntos cruciales. Del mismo modo, el carácter mágico de la guerra que proyectan los arahuacos insulares, contrasta con la táctica racional de los españoles. La invención del Conquistador Heroico tiene en Sotomayor, Ponce de León y González y el escopetero León, excelentes modelos. El Mártir se personifica en Salcedo. La imagen del arahuaco insular rebelde contrasta vivamente con aquellas. La devaluación del arahuaco es tal que Sotomayor no da crédito a la conspiración cuando se la confiesa la hermana del cabecilla. Sin embargo la acepta como real cuando quien la delata es González, el traductor o lengua.

La forma en que se configura el Héroe, combinando racionalidad y sagacidad, devalúa al Indio. González es el mejor modelo de ello y cuando se contrasta su capacidad para el engaño con la de los arahuacos que ahogan a Salcedo, el texto justifica la primera pero censura la otra. El Héroe es capaz de alcanzar extraordinarios extremos: la travesía desde el oeste de la isla hasta el Toa en el noreste, es una tarea titánica que resulta inconcebible pero no imposible. La devaluación de la racionalidad del Indio se confirma con el relato de su percepción de los Cristianos como inmortales. Lo más probable es que los asociaran con seres excepcionales provenientes del Oriente, como sucede en buena parte de los mitos  Indoamericanos y que los vincularan a alguna promesa de retorno de seres celestes que estuviese por cumplirse. La noción de la inmortalidad posee un fuerte contenido semántico ligado a la tradición cristiana que oscurece el texto. Los arahuacos conocían la idea de la inmortalidad pero más bien la adjudicaban a sus hombre másgicos tales como los behíques y, probablemente, sus caciques.

La descripción de las batallas es valiosa en especial cuando se compararan los movimientos de una y otra tropa. El relato sugiere que, como en el caso del resto de América, los naturales hacían un tipo de guerra en donde la táctica racional era menos influyente que la magia. La idea de que el opositor era un ser mágico, debió ser crucial en la actitud de los combatientes arahuacos: con toda probabilidad peleaban a sabiendas de que iban a ser derrotados por el Otro y los Cristianos lo sabían y fueron capaces de sacar ventaja de ello. La Magicalidad que expresan los Indios y la Sacralidad que los Cristianos otorgan a la Guerra Santa son diferentes, como se demuestra en el texto.

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octubre 10, 2010

La Carta de Cristóbal Colón a Luis de Santangel (1493)

15 de febrero de 1493

1. Señor, porque sé que habréis placer de la gran victoria que Nuestro Señor me ha dado en mi viaje, vos escribo ésta, por la cual sabréis como en 33 días pasé de las islas de Canaria a las Indias con la armada que los ilustrísimos rey y reina nuestros señores me dieron, donde yo hallé muy muchas islas pobladas con gente sin número; y de ellas todas he tomado posesión por Sus Altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho.
2. A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador [isla Watling] a comemoración de Su Alta Majestad, el cual maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción [Cayo Rum]; a la tercera Fernandina [Isla Long]; a la cuarta la Isabela [Isla Crooked]; a la quinta la isla Juana [Cuba], y así a cada una nombre nuevo.

 

Cristóbal Colón

 

3. Cuando yo llegué a la Juana, seguí yo la costa de ella al poniente, y la hallé tan grande que pensé que sería tierra firme, la provincia de Catayo. Y como no hallé así villas y lugares en la costa de la mar, salvo pequeñas poblaciones, con la gente de las cuales no podía haber habla, porque luego huían todos, andaba yo adelante por el dicho camino, pensando de no errar grandes ciudades o villas; y, al cabo de muchas leguas, visto que no había innovación, y que la costa me llevaba al setentrión, de adonde mi voluntad era contraria, porque el invierno era ya encarnado, y yo tenía propósito de hacer de él al austro, y también el viento me dio adelante, determiné de no aguardar otro tiempo, y volví atrás hasta un señalado puerto, de adonde envié dos hombres por la tierra, para saber si había rey o grandes ciudades. Anduvieron tres jornadas, y hallaron infinitas poblaciones pequeñas y gente sin número, mas no cosa de regimiento; por lo cual se volvieron.

4. Yo entendía harto de otros Indios, que ya tenía tomados, como continuamente esta tierra era isla, y así seguí la costa de ella al oriente ciento y siete leguas hasta donde hacía fin. Del cual cabo vi otra isla al oriente, distante de esta diez y ocho leguas, a la cual luego puse nombre la Española y fui allí, y seguí la parte del setentrión, así como de la Juana al oriente, 188 grandes leguas por línea recta del Oriente, así como de la Juana, la cual y todas las otras son fertilísimas en demasiado grado, y ésta en extremo. En ella hay muchos puertos en la costa de la mar, sin comparación de otros que yo sepa en cristianos, y hartos ríos y buenos y grandes, que es maravilla. Las tierras de ella son altas, y en ella muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Tenerife; todas hermosísimas, de mil fechuras, y todas andables, y llenas de árboles de mil maneras y altas, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la hoja, según lo puedo comprehender, que los ví tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España, y de ellos estaban floridos, de ellos con fruto, y de ellos en otro término, según es su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pajaricos de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o ocho maneras, que es admiración verlas, por la deformidad hermosa de ellas, mas así como los otros árboles y frutos e hierbas. En ella hay pinares a maravilla y hay campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas maneras de aves, y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales, y hay gente en estimable número. En ésta hay muchas especierías, y grandes minas de oro y do otros metales y hay gente instimabile numero.

5. La Española es maravilla: las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas y las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos del mar, aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes y buenas aguas, los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutos y yerbas hay grandes diferencias de aquella de la Juana: en ésta hay muchas especierías y grandes minas de oro y de otros metales. La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas aunque, cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de dos castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían, mucho más; ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían, aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón filado. Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas tomaban, y daban lo que tenían como bestias; así que me pareció mal, y yo lo defendí, y daba yo graciosas mil cosas buenas, que yo llevaba, porque tomen amor, y allende de esto se hagan cristianos, y se inclinen al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la nación castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de las cosas que tienen en abundancia, que nos son necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo, y creían muy firme que yo con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y esto no procede porque sean ignorantes, y salvo de muy sutil ingenio y hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan que de todo; salvo porque nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos.

 

Ruta del viaje de 1493-1493 (Marque con su cursor para agrandar)

 

6. Y luego que llegué a Indias, en la primera isla que hallé tomé por fuerza algunos de ellos, para que deprendiesen y me diesen noticia de lo que había en aquellas partes, así fue que luego entendieron, y nos a ellos, cuando por lengua o señas; y estos han aprovechado mucho. Hoy en día los traigo que siempre están de propósito que vengo del cielo, por mucha conversación que hayan habido conmigo; y éstos eran los primeros a pronunciarlo adonde yo llegaba, y los otros andaban corriendo de casa en casa y a las villas cercanas con voces altas: venid, venid a ver la gente del cielo; así, todos, hombres como mujeres, después de haber el corazón seguro de nos, venían que no quedaban grande ni pequeño, y todos traían algo de comer y de beber, que daban con un amor maravilloso.

7. Ellos tienen en todas las islas muy muchas canoas, a manera de fustas de remo, de ellas mayores, de ellas menores; y algunas son mayores que una fusta de diez y ocho bancos. No son tan anchas, porque son de un solo madero; mas una fusta no terná con ellas al remo, porque van que no es cosa de creer. Y con éstas navegan todas aquellas islas que son innumerables, y tratan sus mercaderías. Alguna de estas canoas he visto con 70 y 80 hombres en ella, y cada uno con su remo.

8. En todas estas islas no vi mucha diversidad de la hechura de la gente, ni en las costumbres ni en la lengua; salvo que todos se entienden, que es cosa muy singular para lo que espero que determinaran Sus Altezas para la conversión de ellos a nuestra santa fe, a la cual son muy dispuestos.

9. Ya dije como yo había andado 107 leguas por la costa de la mar por la derecha línea de occidente a oriente por la isla de Juana, según el cual camino puedo decir que esta isla es mayor que Inglaterra y Escocia juntas; porque, allende de estas 107 leguas, me quedan de la parte de poniente dos provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Avan, adonde nace la gente con cola; las cuales provincias no pueden tener en longura menos de 50 o 60 leguas, según pude entender de estos Indios que yo tengo, los cuales saben todas las islas. Esta otra Española en cierco tiene más que la España toda, desde Colibre, por costa de mar, hasta Fuenterrabía en Viscaya, pues en una cuadra anduve 188 grandes leguas por recta línea de occidente a oriente. Esta es para desear, y vista, para nunca dejar; en la cual, puesto que de todas tenga tomada posesión por Sus Altezas, y todas sean más abastadas de lo que yo sé y puedo decir, y todas las tengo por de Sus Altezas, cual de ellas pueden disponer como y tan cumplidamente como de los reinos de Castilla, en esta Española, en el lugar más convenible y mejor comarca para las minas del oro y de todo trato así de la tierra firme de aquí como de aquella de allá del Gran Can, adonde habrá gran trato y ganancia, he tomado posesión de una villa grande, a la cual puse nombre la villa de Navidad; y en ella he hecho fuerza y fortaleza, que ya a estas horas estará del todo acabada, y he dejado en ella gente que abasta para semejante hecho, con armas y artellarías y vituallas por más de un ano, y fusta, y maestro de la mar en todas artes para hacer otras, y grande amistad con el rey de aquella tierra, en tanto grado, que se preciaba de me llamar y tener por hermano, y, aunque le mudase la voluntad a ofender esta gente, él ni los suyos no saben que sean armas, y andan desnudos, como ya he dicho, y son los más temerosos que hay en el mundo; así que solamente la gente que allá queda es para destruir toda aquella tierra; y es isla sin peligros de sus personas, sabiéndose regir.

10.  En todas estas islas me parece que todos los hombres sean contentos con una mujer, y a su mayoral o rey dan hasta veinte. Las mujeres me parece que trabajan más que los hombres. Ni he podido entender si tienen bienes propios; que me pareció ver que aquello que uno tenía todos hacían parte, en especial de las cosas comederas.

11.  En estas islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos, como muchos pensaban, mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se crían adonde hay ímpeto demasiado de los rayos solares; es verdad que el sol tiene allí gran fuerza, puesto que es distante de la línea equinoccial veinte y seis grados. En estas islas, adonde hay montañas grandes, allí tenía fuerza el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre, y con la ayuda de las viandas que comen con especias muchas y muy calientes en demasía. Así que mostruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla Quaris, la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana. Estos tienen muchas canoas, con las cuales corren todas las islas de India, y roban y toman cuanto pueden; ellos no son más disformes que los otros, salvo que tienen costumbre de traer los cabellos largos como mujeres, y usan arcos y flechas de las mismas armas de cañas, con un palillo al cabo, por defecto de hierro que no tienen. Son feroces entre estos otros pueblos que son en demasiado grado cobardes, mas yo no los tengo en nada más que a los otros. Estos son aquéllos que tratan con las mujeres de Matinino, que es la primera isla, partiendo de España para las Indias, que se halla en la cual no hay hombre ninguno. Ellas no usan ejercicio femenil, salvo arcos y flechas, como los sobredichos, de cañas, y se arman y cobijan con launes de arambre, de que tienen mucho.

12.  Otra isla hay, me aseguran mayor que la Española, en que las personas no tienen ningún cabello. En ésta hay oro sin cuento, y de ésta y de las otras traigo conmigo Indios para testimonio.

13.  En conclusión, a hablar de esto solamente que se ha hecho este viaje, que fue así de corrida, pueden ver Sus Altezas que yo les daré oro cuanto hubieren menester, con muy poquita ayuda que Sus Altezas me darán; ahora, especiería y algodón cuanto Sus Altezas mandarán, y almástiga cuanta mandarán cargar, y de la cual hasta hoy no se ha hallado salvo en Grecia en la isla de Xío, y el Señorío la vende como quiere, y ligunáloe cuanto mandarán cargar, y esclavos cuantos mandarán cargar, y serán de los idólatras; y creo haber hallado ruibarbo y canela, y otras mil cosas de sustancia hallaré, que habrán hallado la gente que yo allá dejo; porque yo no me he detenido ningún cabo, en cuanto el viento me haya dado lugar de navegar; solamente en la villa de Navidad, en cuanto dejé asegurado y bien asentado. Y a la verdad, mucho más hiciera, si los navíos me sirvieran como razón demandaba.

14.  Esto es harto y eterno Dios Nuestro Señor, el cual da a todos aquellos que andan su camino victoria de cosas que parecen imposibles; y ésta señaladamente fue la una; porque, aunque de estas tierras hayan hablado o escrito, todo va por conjectura sin allegar de vista, salvo comprendiendo a tanto, los oyentes los más escuchaban y juzgaban más por habla que por poca cosa de ello. Así que, pues Nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros ilustrísimos rey e reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas, y dar gracias solemnes a la Santa Trinidad con muchas oraciones solemnes por el tanto ensalzamiento que habrán, en tornándose tantos pueblos a nuestra santa fe, y después por los bienes temporales; que no solamente la España, mas todos los cristianos ternán aquí refrigerio y ganancia. Esto, según el hecho, así en breve.

Fecha en la carabela, sobre las islas de Canaria, a 15 de febrero, año 1493.

Hará lo que mandaréis

El almirante.

Anima que venía dentro en la carta

Después de ésta escrita, y estando en mar de Castilla, salió tanto viento conmigo sur y sureste, que me ha hecho descargar los navíos. Pero corrí aquí en este puerto de Lisboa hoy, que fue la mayor maravilla del mundo, adonde acordé escribir a Sus Altezas. En todas las Indias he siempre hallado los temporales como en mayo; adonde yo fui en 33 días, y volví en 28, salvo que estas tormentas me han detenido 13 días corriendo por este mar. Dicen acá todos los hombres de la mar que jamás hubo tan mal invierno ni tantas pérdidas de naves.

Fecha a 4 días de marzo.

Comentario:

El original de esta carta de Colón ha desaparecido y su autenticidad ha sido puesta en tela de juicio. El contenido de la misma sigue siendo de gran valor para interpretar la imagen que Colón desarrolló de las tierras descubiertas en su viaje de 1492.  Se conservan varias versiones en español, italiano y latín. Esta que se incluye está parcialmente modernizada para facilitar su lectura y proviene de  Lionel Cecil Jane, ed. Selected Documents Illustrating the four Voyages of Columbus. 2 vols. (1930) London: The Hakluyt Society. Vol. I, 2-19.  Hay una versión sin modernizar en Consuelo Varela, ed. Cristóbal Colón. Textos y documentos completos (1984) Madrid: Alianza Editorial. 139-147. He hecho algunas revisiones contrastando ambas versiones para obtener un cuadro completo del asunto, y he numerado los párrafos para facilitar las referencias al contenido.

El párrafo (1) establece el dato relevante de la nota Providencialista dominante en la Carta… asunto sobre el que vuelve el (14): los Descubrimientos son presentados como  una dádiva de «Nuestro Señor» y a Él se agradecen. La legalidad de los hallazgos y de la toma de posesión, se afirma mediante el ritual del pregón o anuncio público, y el despliegue de la Bandera Real. En la selección de nombres con que se bautiza a las Islas presente en el párrafo (2), Colón equipara la autoridad Real con la autoridad Divina. Afirmar su sumisión a ambos parece ser parte del juego del descubridor. Entonces articula la Crónica o el relato ordenado en el tiempo de la aventura.

El párrafo (3), el relato de la visita a la isla de Juana (Cuba), establece las prioridades de los viajeros. Recuerden que esperaban llegar al Lejano Oriente. La ausencia de «villas» y «ciudades» y el temor manifiesto de los habitantes ante su presencia lo desilusiona. El desembarco y exploración del Oriente de la Isla tampoco rindió frutos: las grandes poblaciones no estaban por ninguna parte. El párrafo (4) demuestra que los Indios lo orientaron respecto a la insularidad de Juana y le dieron datos que le llevaron a otras islas. Colón debía saber de la Española (Aití) cuando se dirigió a Oriente. La detallada descripción del paisaje se culmina con la metáfora de que «Española es maravilla», territorio admirable y sin igual. Su seguridad de que en la misma hay «especierías» y «oro» tenía que resultar convincente para los Reyes Católicos. La transformación de aquella isla en la «Primada de América» estaba determinada desde entonces. La constante afirmación de que hay gente «sin número» será crucial, pero Colón no ha realizado hasta ese momento ningún juicio sobre la misma.

En el párrafo (5) aparece la gente bajo el signo de la sorpresa: «andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren». Es el signo de un orden natural, edénico, paradisíaco que recuerda el mito de la Edad de Oro de la Antigüedad griega o del Paraíso Terrenal judío. La inocencia del Indio se afirma con sugerencias que afirman su infantilidad e incluso su subhumanidad. Como bestias, al acercarse los Españoles «huían, a no aguardar padre a hijo».  La inocencia se afirma en su desconocimiento del valor de las mercancías y de la propiedad, situación que Colón aprovecha para convertirse en el protector de los Indios al prohibir que se les engañe en aquellos intercambios elementales. Además confirma que no se encuentra ante infieles convencionales cuando establece que «no conocían ninguna seta (secta) ni idolatría salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo «. La idea del origen celeste o mágico de los Españoles se confirma en este apartado y en el párrafo (6).

El párrafo (7) reconoce las virtudes técnicas de la canoa y el párrafo (8) establece  la unidad lingüística de las islas. Desde este momento se puede aceptar que se trata de Aruacos Insulares que pueden comunicarse entre sí y mantienen relaciones interantillanas. La propaganda en torno a las virtudes de la Española vuelve en al párrafo (9) con el fin de justificar la fundación del Fortín de la Navidad con las maderas de la Santa María. Colón confía en la «grande amistad con el rey de aquella tierra» que han desarrollado los Españoles. Pero no deja de apuntar que lo Indios «no saben que sean armas» y que son temerosos como para rebelarse. Se equivocaba.

Los párrafos (10), (11) y (12) entran en observaciones etnoculturales cruciales para los Cristianos, en especial la del matrimonio y la familia India. La apelación a los monstruos es propia de la época. El «Otro» fantástico se resume en la «Quaris» o «Carib» de los antropófagos, en la de Matinino o de la Amazonas, o en la de los hombres calvos. Los apartados (13) y (14) representan el alegato final de la Carta… La propuesta empresarial es obvia: «yo les daré oro cuanto hubieren menester, con muy poquita ayuda» y «esclavos cuantos mandarán carga», dice Colón. La empresa está sobre la mesa.

septiembre 9, 2010

Puerto Rico y América: intersecciones

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Dos cuestiones me invaden ante el problema planteado. Puerto Rico es un concepto problemático que nace como puerto casual en la colonia de San Juan Bautista en el siglo 16. Su evolución en una Nacionalidad enraizó en el siglo 19 y se arraigó apenas a principios del siglo 20. América es otro concepto plural que señala lo mismo hacia Hispano o Iberoamérica deudoras de la península, que al orbe sajón. Otras, refiere a la Indoamérica de Vasconcelos, o se vierte en la Latinoamérica o la América Latina de franceses y afrancesados del siglo 19. Son conceptos equívocos. Si se tratara de elegir preferiría Euroamérica. Entonces estaría en posición para apropiar la relación fluida entre aquellos conceptos.

El contacto entre las culturas de América antes del 1492, debió ser notable. La colisión material y cultural entre comunidades mexicas a través de Yucatán, y andinas desde Sur América en el espacio del Mar Caribe, ha sido documentada arqueológica y simbólicamente. Las Antillas fueron un eslabón y una frontera desde entonces. El 1492 abrió para los europeos una zona que hollada por muchas canoas y piraguas protegidas por Ek Chuah por siglos. Los Descubrimientos fueron un agente de desequilibrio inédito para los protagonistas de aquellos procesos.

La Conquista definió los parámetros del choque. San Juan Bautista fue esencial en el proceso de colonización parcial de las Antillas. Invadido desde Española, sirvió para articular el control sobre Juana. Allí nació una filiación histórica a la que se apeló hasta el siglo 20. Las Antillas, aparte de un prejuicio europeo, agilizaron la colonización del resto de la América.

San Juan Bautista fue una zona liminar: Barlovento y Sotavento fueron territorios reclamados pero no colonizados. El Puerto-Rico se contaminó con una vocación de Antilla Mayor que nunca le abandonaría. Parte de su orgullo se relaciona con su función en el engrandecimiento de Castilla y en la defensa de su expansión en el hemisferio. El título de Siempre Fiel que se le otorgó no fue tinta desperdiciada.

Tierra adentro, fue un laboratorio capaz de producir  un escritor abarrocado como Francisco Ayerra, o un conquistador-panadero como Juan Garrido; nicho de seres entre la ficción y la realidad como Alonso Ramírez y Rosa de Lima, tan caros al nacionalismo cultural puertorriqueño y al regionalismo americano. El territorio fue refugio de seres marginales desde esclavos indios y africanoseuropeos, siervos prófugos y una invisible gitanería aislada. La tierra que esclavizaba a algunos, liberaba a otros. Esa diversidad adelantaba una identidad tan fluida y liminar como la geografía de las Islas.

Mar afuera, fue ocasional puerto de trasbordo para las naves rezagadas de una Flota que la ignoraba, y centro de las relaciones materiales y sociales con las otras Américas y las otras Españas, en especial  la insular. San Juan Bautista fue un collage que atrajo lo mismo dominicanos y mexicanos que canarios y baleáricos. En la resistencia al monopolio mercantilista, fue escenario del surgimiento del mercado moderno como lugar primado de contrabando. Las Indias Insulares y las Continentales expresan una contradicción que rompió la unidad impuesta por el 1492. Hacia el siglo 18 la misma estaba minada y la diferencia era vista como una amenaza, un delito o un pecado.

Lo que ofreció Puerto Rico in illo tempore, siguió activo en la Modernidad. La región fue clave en la lucha de España contra el separatismo y, después de 1821, culminar a América requería echar al  Hispano de las Antillas. Si para la Unidad Iberoamericana el país era la última frontera, para España era igual de relevante para la Unidad Imperial. Estados Unidos lo vio como el umbral de otra cosa: en su imaginación la zona liminar fue reinventada como un dulce y apetecible Dorado. El futuro de la región estaría sometido a ese forcejeo. Lo más curioso es que a pesar de su protagonismo en el discurso de la Independencia de América, Puerto Rico nunca consiguió la suya. Esa situación sirvió para dar al 1898 la imagen de Necesidad Histórica a que han apelado muchos intérpretes antes y después de la invasión.

Ante América, Puerto Rico era el espécimen de territorio rezagado y al margen del Progreso. Era como si el país hubiese evadido el Metarrelato Moderno de la Historia esquivando al Dios del siglo, la Nación. Aquello fue el caldo de cultivo ideal para la elaboración de utopías capaces de insertarnos en la corriente y ligarnos con el pasado común. Carlos Rama llamó la atención sobre el papel de los puertorriqueños en la idea de la Federación, la Confederación y la Unidad Iberoamericana redivivas. A la hora de Lares-Yara (1868) y de Baire (1895), el país fue peón de los intereses ingleses, franceses, alemanes, españoles, estadounidenses e hispanoamericanos. Andrés Vizcarrondo y Ramón Emeterio Betances, que se oponían a un Puerto Rico español o americano, estaban dispuestos a aceptar un Puerto Rico europeo. Ser euroamericanos fue un discurso cuya relevancia no debe ignorarse.

El 1898 lo cambió todo. Más que como un trauma, muchos lo vivieron como la invitación a un ajuste cultural y material. Para las elites significó el acceso a un umbral: el de la Modernización. En 1898 la Modernización tenía  más valor que la Soberanía y la Nacionalidad. Rosendo Matienzo Cintrón era capaz de desgajar la una de la otra y favorecer la Americanización Institucional y la Independencia. El tema de la incapacidad de Puerto Rico para la Independencia, atisbado por Betances y Eugenio María de Hostos, dejó el amargo sabor de que el siglo 19 había sido un error.

Pero el 1898 también representó un reto a la imaginación que produjo el Nacionalismo Puertorriqueño Moderno. Lo que el resto de América creó por medio de la Independencia, el país lo hizo desde la colonia reorganizando la memoria de las más amargas derrotas. La ansiedad de encabalgar el pasado con el presente y el futuro de forma coherente explica la Hispanofilia, el mito de la Gran Familia y la percepción de la Autonomía como Soberanía. Puerto Rico aparecía como un proyecto trunco y una excepción.

Estados Unidos otorgó un papel a su colonia en el nuevo siglo: adelantado del Panamericanismo, frontón del Anticomunismo en la Guerra Fría, Vitrina de la Democracia. Lo convirtió en muestrario que sugería la posibilidad de un orden justo como el Nuevo Trato, como  ápice de una dependencia benévola con la que muchos soñaban. Lo que ha ganado el país es que se le vea con piedad y se le conciba como una gigantesca feria híbrida en donde se realiza el sueño de ser sajón y latino a la vez.

Las lecciones que derivo son varias. El panorama demuestra la inutilidad del insularismo: la interacción con las Américas ha sido larga y multidireccional y ha sido coronada con la ignorancia mutua más notable. Puerto Rico demuestra que es posible ser americano de una diversidad de modos. ¿Existe mejor herencia que esa?

Publicado en Claridad-En Rojo 9 de septiembre de 2009: 15.

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