Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

julio 22, 2015

Ramón E. Betances Alacán: el separatismo y las izquierdas. Segunda parte

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

La causa de las Antillas fue objeto de evaluación de anarquistas y socialistas franceses durante la llamada Guerra Necesaria (1895-1898). El panorama más completo sobre ese asunto lo ofrece Paul Estrade en su volumen Solidaridad con Cuba libre, 1895-1898: la impresionante labor del Dr. Betances en París (2001). La cuestión de Cuba y la guerra que inició en 1895, fue clave para el juicio de las izquierdas sobre la cuestión antillana. Puerto Rico era invisible para aquellas fuerzas contestatarias  por el hecho de que en la pequeña colonia no se había desarrollado un proyecto de resistencia armada al coloniaje español. La resistencia que no desembocaba en un hecho de armas era invisible en el plano internacional y es posible que, incluso el liderato más visible, no se enterase de la diversidad de la misma en el extranjero. El hecho de que no hubiese un levantamiento efectivo en el país después del fracaso del de 1868, explica no solo la ausencia del tema colonial puertorriqueño entre las izquierdas francesas sino también el poco interés de la República de Cuba en Armas después de 1895 en arriesgar esfuerzos y dinero en un territorio que no parecía contar con las condiciones para sostener una guerra contra España.

El hecho de que desde las izquierdas francesas se viese el proceso cubano como una causa separatista y republicana que tenía como meta crear un Estado Nacional soberano, fue determinante en la posición adoptada por aquellas. Esto planteaba un problema. A pesar de que el lenguaje de muchos historiadores insiste en el carácter independentista de la rebelión de 1895 y aplana una realidad compleja, el separatismo cubano era mucho más que eso. En el territorio de las aspiraciones políticas, los sectores independentistas y confederacionistas pugnaban intensamente con los anexionistas a Estados Unidos. El balance entre las fuerzas independentistas y anexionistas a Estados Unidos en el Partido Revolucionario Cubano siempre ha estado en discusión y no es un problema que yo pueda resolver en esta breve reflexión. Por otro lado, aquella situación también se manifestaba en el seno de la Sección de Puerto Rico de aquella organización. En lo único en que estaban de acuerdo uno y otro extremo era en la necesidad de separarse de España.

Betances_Mariani_1892

Retrato de Betances en el album de Angelo Mariani

El investigador Germán Delgado Pasapera (1928-1985), uno de los primeros en acercarse a ese espinoso asunto en la década de 1980 lo resolvía insistiendo en que la cuestión táctica (la separación) estaba resuelta, y que la cuestión estratégica (anexión o independencia) se trabajaría tras la separación. En cualquiera de los dos casos, una relación intensa con Estados Unidos sería inevitable. Un siglo de relaciones de mercado, culturales y de tensiones políticas no pasaba en vano. La historia de Cuba desde su independencia en 1902 hasta el 1959 tradujo bien la situación dominante en el contexto del 1895. La de Puerto Rico entre 1900 y 1952 tampoco.

Para los socialistas y anarquistas franceses la apropiación del tema cubano se facilitó por el hecho de que no se trataba de la única comunidad política pequeña que luchaba por la separación de un imperio considerado retrógrado. La isla de Creta (1897), la comunidad de Armenia (1896-1897) y la de Macedonia (1890 ss), también elaboraban resistencias armadas por la emancipación contra el Imperio Otomano en medio del auge imperialista. Aquellas luchas resultaban simpáticas para las izquierdas francesas por una variedad de consideraciones. La confrontación de Cuba (1895) y España ya no era excepcional sino más bien la expresión de una lucha histórica en la cual una serie de territorios pequeños enfrentaban el poder de imperios religiosos decadentes: el español y el turco. Ese era el aspecto moderno de aquellos conflictos. El anticlericalismo y el secularismo militante de socialistas y anarquistas fue determinante en la decisión de respaldar discursivamente aquellas causas y equipararlas. En el proceso se asumía el carácter anticlerical y secular de las luchas separatistas como un valor. La cuestión de la separación para la independencia, la confederación o la anexión a Estados Unidos era otra cosa porque las izquierdas tenían posturas contradictorias en cuanto a esos puntos igual que los cubanos y los puertorriqueños.

Sería interesante indagar la opinión que tenían sobre el tema del separatismo en todos aquellos espacios dos propuestas ideológicas híbridas de las izquierdas de fines del siglo 19. Me refiero a los socialcristianos de origen católico o evangélico que crecieron desde 1850 en adelante; y los anarcocristianos que florecían a fines del siglo 19. Ambos tenían mucha influencia en el movimiento obrero internacional y competían a socialistas y anarquistas los espacios de influencia en aquel sector. El interés que despertaron ambas propuestas en algunos activistas radicales de Puerto Rico entre 1903 y 1930 justificaría una búsqueda en esa dirección.

 

Los anarquistas y la independencia

La legitimidad del apoyo de los anarquistas franceses a la causa de Cuba parece descansar en el argumento anticlerical y secular y no en el argumento político.  La interpretación anarquista ortodoxa desconfiaba del Estado Nación, uno de los ideales más emblemáticos de la revolución burguesa, por su carácter elitista, coercitivo y antipopular. Los anarquistas eran partidarios de la constitución de una “fraternidad universal” como garantía de la “libertad”. La misma se organizaría y crecería como producto de la unión voluntaria  entre iguales. La voluntariedad dependía de que no mediase coacción externa en el proceso de institución de la misma. Esa postura radical, los conducía a oponerse a cualquier tipo de orden estatal. La médula del anarquismo era la aspiración de que no existiera ningún tipo de Estado en cuyo lugar maduraría una acracia administrada naturalmente, es decir, ajustada a las leyes naturales a las cuales estaba la humanidad sujeta.

Se trata de algo así como una recuperación del estado natural en que todos eran iguales en un mundo sin estructura, concepto que sirvió de base hipotética al Estado Naturaleza esgrimido por los teóricos del siglo 18. Aquella acracia sostenida en la “justicia natural” sería la base de la “sociedad libertaria”, condición distante de la “guerra de todos contra todos” con que identificaban los estatistas burgueses a la misma. Ajustar el comportamiento social a las estructuras de la naturaleza por medio de la razón fue uno de los grandes motores del pensamiento social desde Inmanuel Kant (1724-1804), pasando por Auguste Comte (1798-1857), hasta Eugenio M. de Hostos (1839-1903).

Esa “fraternidad universal” no podía constituirse sin un mínimo de estructura. Para los anarquistas su estabilidad dependería de la configuración de múltiples “poderes asociativos menores” que fuesen capaces de impedir la constitución de un poder central autoritario. La convergencia de aquella postura con el comunalismo o el federalismo eran evidentes: ambos sistemas, como el anarquismo, coincidían en el valor de la descentralización administrativa más exigente. Los “poderes asociativos menores” a los cuales se integraba voluntariamente el ser humano, serían la base de la “fraternidad universal” y de la “libertad”.

La idea de una República de Cuba o la de Puerto Rico o la de una confederación de estados soberanos, era inapropiada, ilegítima o secundaria: no encajaba en aquellos parámetros. La del territorio incorporado o anexado a un estado poderoso mayor tampoco porque ello no garantizaría la “fraternidad universal” y de la “libertad”. Lo cierto es que la concepción de una nación o una patria no se ajusta al anarquismo teórico porque tiende a separar más que a unir a la humanidad. Mijail Bakunin (1814-1876) decía que:

“…la patria y la nacionalidad son, como la individualidad, hechos naturales y sociales, fisiológicos y al mismo tiempo históricos; ninguno de ellos es un principio. Sólo puede darse el nombre de prin­cipio humano a aquello que es universal y común a todos los hombres y la nacionalidad los separa; no es, por lo tanto, un principio.”

Bakunin recomendaba renunciar a las mezquindades y a los  “intereses vanos y egoístas del patriotismo”. La misma idea de la creación de una organización partidaria con el propósito de conseguir un fin político particular había sido rechazada por Pierre Joseph Proudhon (1809-1865). En ese sentido, las probabilidades de cooperación entre anarquistas y separatistas independentistas y confederacionistas sobre la base de la finalidad esbozada por los cubanos parecían teóricamente canceladas.

 

Los socialistas y la independencia

La interpretación socialista ortodoxa desconfiaba también del Estado Nación por razones análogas a las de los anarquistas. Aquel artefacto era el producto histórico de la revolución burguesa y una estructura de poder creado por y al servicio del adversario de clase de los trabajadores y productores directos. En ese sentido, respaldar la causa separatista independentista y confederacionista, implicaba una contradicción en el marco de una concepción lineal de la historia compartida por liberales y socialistas. Para muchos  militantes críticos, un compromiso con la independencia podía implicar el respaldo un movimiento rebelde que lo que buscaba era coloca a una burguesía, la clase criolla cubana vinculada a la tierra y el comercio, en el poder. La misma lógica hubiese utilizado si el caso de Puerto Rico hubiese estado en el radar. Ello explica que el movimiento obrero surgido en Puerto Rico durante y después de la invasión del 1898 se opusiese a la independencia y favoreciese tácitamente una relación más profunda con Estados Unidos.

Los socialistas y los marxistas franceses ortodoxo o no, estaban de acuerdo en esa interpretación tachada, tras la victoria de los bolcheviques en la Rusia de los zares, como una postura ortodoxa.  Un modelo será suficiente para ello. Paul Lafargue (1842-1911) un periodista, médico, teórico político y revolucionario franco-cubano  nacido en Santiago, militante del Partido Obrero Francés y yerno de Karl Marx, se resistió a respaldar la lucha separatista de su pueblo por esas consideraciones. Lafargue  había sido proudhoniano y luego marxista, era enfáticamente  anticlerical y antirreligioso para quien la conciencia patriótica chocaba con la conciencia de clase. En ese sentido era el mejor modelo de cómo un socialista reaccionaba ante los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”, independientemente de su origen nacional. Como Betances, Lafargue es un antillano europeo, pero su concepción de la causa antillana miraba en una dirección opuesta al primero.

Como se sabe, la formulación de una teoría heterodoxa sobre la “cuestión colonial”  no maduró hasta la Gran Guerra (1914-1918). El principio de autodeterminación e independencia no se impuso hasta que Vladimir Lenin (1870-1924) y Woodrow Wilson (1856-1924)  lo usaron para auspiciar el desmantelamiento de los imperios coloniales (1914-1918) en beneficio de su situación particular en el tablero internacional. Sólo entonces se generalizó la concepción de que la lucha por la independencia “adelantaba” la lucha de la clase obrera o del proletariado en su avance hacia el comunismo y la “administración de las cosas”, paradigma que animó el movimiento anticolonial hasta tiempos muy recientes.

En aquel contexto, la colaboración entre socialistas, comunistas y nacionalistas se legitimó pero no sobre la base del apoyo sincero a la separación independencia o confederación de las Antillas como un valor en sí mismo. Sobre esos puntos, como se ha comentado, había muchos problemas irresueltos y contradicciones de fondo. La colaboración debió fortalecerse sobre la base del presumido carácter anticlerical (por antiespañol) y secular de la revolución de la Antillas: derrotar y humillar a España era el sueño de muchos en aquel entonces. Bakunin, Proudhon y Lafargue eran todos anticlericales y pensadores seculares radicales. El hecho de que Cuba pudiese derrotar un imperio católico decadente, legitimó en algunos anarquistas y socialistas un respaldo que la cuestión de la independencia por sí sola no justificaba.

 

junio 8, 2015

Ramón E. Betances Alacán literato: la complejidad de lo moderno

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Historia de una exclusión

Ubicar a Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) en el contexto de la historia literaria de Puerto Rico no debería ser, a altura del siglo 21, un problema mayor. El esfuerzo de recuperar una obra olvidada ha sido superado por el trabajo de investigadores como Paul Estrade y Félix Ojeda Reyes. La impresión que deja la lectura de su colección de textos es que, como médico y literato, el caborrojeño significa bien los valores del científico moderno y el revolucionario político que posee además un proyecto social que mira hacia un abajo social. Como creador de poesía y ficción, Betances  sintetiza algunas de las  corrientes más ricas y complejas de su tiempo. Se trata de un intelectual redondo que escribe lo mismo en castellano que en francés y traduce de aquel idioma y del latín mientras comparte los valores de lo mejor de la vieja Europa y de la antillanidad / caribeñidad en la cual también se mueve. El  producto es un intelectual y un artista híbrido y lleno de contrastes que, en ocasiones, entran en contradicción.

Ramón E. Betances por Mario Brau Zuzuárregui

Ramón E. Betances por Mario Brau Zuzuárregui

El hecho de que su obra literaria no sea muy voluminosa no lo convierte en un caso excepcional ni justifica su olvido. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, si tomo en cuenta las anotaciones bibliográficas de Manuel María Sama y las quejas de los productores culturales del canon como Alejandro Tapia y Rivera o Lola Rodríguez de Tió, no fue mucha y la industria del libro fue en verdad pobre. La vida literaria de Betances no difiere de otros casos del siglo 19 al menos en ese aspecto cuantificable.

Un asunto a considerar es el vehículo de lenguaje en el cual Betances se expresaba. No hay que olvidar que el castellano o el español de las Antillas fueron utilizados pocas veces por Betances en sus escritos literarios. Para la literatura creativa el caborrojeño prefiere el francés, idioma literario del siglo, y todo parece indicar que escribía para el público europeo. Es bien probable  que por ello no haya sido considerado parte de la tradición hispánica de la literatura puertorriqueña que la crítica converge en tomar como fundamento de la literatura nacional. Betances no es hispanófilo y mira con cautela la cultura criolla y sus representantes a los cuales, en numerosas ocasiones, reclamó su ausencia de compromiso con la independencia y su sumisión a España, tanto como aquellos desdecían y criticaban su antiespañolismo. El hecho de que el discurso dominante de la identidad puertorriqueña durante el siglo 20 fuese hispanófilo está en la base de la supresión de esta figura del canon. La exclusión también es comprensible a la luz de otras de sus prácticas. “Bin Tah” y  “Louis Raymond”, dos de los seudónimos que usó para firmar sus trabajos literarios, no tienen el sabor tropical manifiesto en  “El Antillano”, alias utilizado para su producción política.

Por último, el hecho de  que el   castellano o el español de las Antillas dominan sus documentos políticos y su correspondencia personal y política también es parte del problema. La crítica convencional no vio en estos subgéneros una expresión literaria sujeta a la crítica formal o discursiva. El archivo literario de Betances crece dramáticamente cuando se altera la mirada sobre su colección textual. El cambio de óptica -abrir el concepto de lo literario- puede producir un efecto distinto al que la tradición ha impuesto a la elucidación de esta figura central de la cultura del siglo 19.

La exclusión, en última instancia no puede ser comprendida sólo en el contexto de los (pre)juicios culturales de la identidad puertorriqueña. Su exclusión del canon es más compleja que eso.  Su condición de separatista independentista y confederacionista, justificó por mucho tiempo su supresión del panteón político diseñado por liberales reformistas, autonomistas y conservadores integristas. Todos aquellos sectores integristas, que se oponían a la separación de Puerto Rico, confluyeron en el proyecto de “invisibilizar” a Betances sobre la base común del respeto a la hispanidad considerada madre de la expresión local. A la altura del siglo  21, cuando la hispanidad e hispanofilia ya no significan mucho en un mundo de identidades fluidas o líquidas, ya no debería representar un problema. Es posible que así sea, veremos.

 

Literatura de Betances: un contexto abierto

En la obra literaria de Betances coinciden una diversidad de tradiciones culturales complejas. Los valores del Racionalismo y la Ilustración francesas de la segunda parte del siglo 18, han sido señalados a la luz de la lectura detenida de su relato satírico “Viajes de Escaldado” (1888), traducido y comentado por Carmen Lugo Filippi (1982). La interpretación social como crítica anticlerical en el estilo de Voltaire, uno de los fundadores de la mirada moderna del mundo social, es innegable en el texto aludido el cual ha sido tratado como una reescritura creativa del texto del autor francés. De igual modo, los valores del Romanticismo alemán y británico de fines del siglo 18 y principios del siglo 19 (1820), han sido apuntados en el volumen precursor Betances, poeta (1986), antología recopilada y comentada por el poeta trascendentalista y crítico Luis Hernández Aquino, y en las traducciones que hizo de algunos poemas suyos la profesora e investigadora de la Generación del 1930 Concha Meléndez.

Ese es el Betances de las convenciones literarias, el que se mueve entre el Neoclasicismo y el Romanticismo con suma comodidad. No hay que olvidar que el bautismo de la literatura regional según se concibe en la academia se da en medio de aquel contencioso europeo. Esa imagen de Betances literato es producto indirecto de la selección de poemas recogidos por su primer antólogo y comentarista, Luis Bonafoux Quintero, en su clásico volumen Betances (1903). El antólogo y el antologado curiosamente, estaban de acuerdo en dos cosas. Ambos eran rechazados por la clase culta criolla y ambos resentían de la pusilanimidad de la misma desde una perspectiva muy europea pero ciertamente dispar.

El Betances que se forma entre Tolosa y París, fluye en aquellos espacios de  debate entre los valores neoclásicos y los románticos, sin duda, pero no puede ser reducido a ellos. El autor puertorriqueño se encuentra más allá de aquel dualismo en el cual la crítica canónica ha encontrado los fundamentos de la literatura europea moderna y los de la literatura criolla (puertorriqueña) emergente. En todo caso, servirá para comprender el Betances literato de las décadas de 1850 al 1889. Pero será poco lo que diga del Betances literato de la década de 1890 quien, del relato y el poema de ocasión, emigra al periodismo creativo y a la reflexión crítica en el significativo registro que es su correspondencia personal.

La pasión por la extrañeza

El entusiasmo por lo fantástico parece dominar a Betances. Hay en la narrativa creativa y periodística de este escritor una manifiesta atracción por esa discursividad que indaga en torno a  la oposición cotidianidad  / extrañeza (heimlich / umheimlich) que sugiere una genuina necesidad de evadirse. Se trata de una de las notas características de numerosos escritores románticos que se movían en medio de la discursividad que se hundía en los territorios de la sicología prefreudiana. Aquel procedimiento desemboca en una textualidad que huye de la realidad sensorial y conduce al escritor las esferas de lo fantástico.

Por un lado, la salida de la realidad y la apropiación de una pararealidad posible y ansiada, es notable en  “La Virgen de Borinquen” (1859), relato que puntualiza la tragedia del duelo por la muerte de su sobrina, protegida y prometida. En este caso, la fuga se apoya en el saber de los alienistas y en el recurso de la locura. El escritor juega además con el recurso de la doble personalidad (doppelganger)  a fin de aclarar su posición ante la tragedia que le arropa. El personaje se libera de la realidad apabullante mediante el suicidio, nada más revolucionario en una cultura como la cristiana que condena duramente ese pecado mayor. El suicidio no es un simple recurso literario: Betances pensó recurrir en algún momento a ello, según se desprende de las tensiones expuestas en su “Epistolario íntimo”, una de las colecciones de correspondencia literariamente más ricas acreditadas a este autor.

Es cierto que “La Virgen de Borinquen” recuerda al Edgar Allan Poe de “William Wilson” (1839)  y “The Oval Portrait” (1850). La pasión por Poe es un elemento común que Betances comparte, por ejemplo, con Charles Baudelaire el poeta maldito quien encontraba en este escritor estadounidense uno de los signos más poderosos de la llamada cultura gótica. Pero el relato del autor de Cabo Rojo también puede ubicarse en medio de una tradición criolla con la cual guarda alguna relación temática y que tiene en el cuadro costumbrista de  Manuel Alonso Pacheco “Los sabios y los locos en mi cuarto” (1849) un antecedente. El tema del loco en Betances también adelanta  la refrescante narración crítica  “El loco de Sanjuanópolis” (1880) de Alejandro Tapia y Rivera. La diferencia es el tono de unas y otra. Entre lo trágico de Betances  y lo festivo de Alonso Pacheco y Tapia y Rivera, la alienación y la perturbación se convierten en el sostén ideal para que este exponga la furia ante una tragedia que no se pudo evitar o la crítica y la inconformidad más cruda ante una situación que le resulta incomprensible.

El arte de la evasión

Pero la obra literaria de Betances refleja también el impacto de las vertientes creativas innovadoras de la última parte del siglo 19. Los veinte y tantos años vividos por el puertorriqueño en Francia en la madurez no fueron en vano. Betances no fue ajeno al Parnasianismo (1870), el Simbolismo (1880) y el Decadentismo (1890) franceses durante el periodo finisecular. Todas aquellas expresiones del postromanticismo europeo representaban una reacción visceral ante los denominados valores materialistas, entiéndase deshumanizadores, y la artificialidad de la cultura capitalista burguesa que afloraba por todas partes. Dominados por la inconformidad, aquellos intelectuales se opusieron de diversos modos lo mismo a los excesos del Romanticismo y su subjetivismo individualista, que a los excesos de Racionalismo propio del Realismo y el Naturalismo que, entendían, podían conducir a un objetivismo obcecado y limitante.

Vin_mariani_publiciteEntre la crítica sociopolítica y la evasión de la sordidez del mundo burgués, aquellas voces disidentes ponían en entredicho la solidez de las convenciones que afirmaban la universalidad de los valores occidentales con el propósito de minar su legitimidad cultural. La morigeración y la templanza liberal eran barridas de la mano de los excesos, fuesen estos calculados o no. Aquella actitud atrevida y experimentalista colocaba a quienes la compartían en un terreno común al conjunto de las ideologías antisistémicas que socavaban la presumida estabilidad de la sociedad liberal y del capitalismo avanzado  que, en las décadas de 1880 y 1890, entraba en su fase imperialista. Con aquel discurso confirmaban los valores anticlericales y seculares que habían ido madurando con sus altas y sus bajas en el pensamiento antisistémico desde la histórica revolución de 1789. La crisis de los valores occidentales se manifestaba con diafanidad en aquel contexto finisecular y Betances, al final de sus días, era parte de aquel fenómeno.

El entusiasmo por lo fantástico en Betances se expresó también de otro modo. En el texto periodístico  “El Perú en París” (1891),  lo fantástico se sostiene sobre el atractivo producido por los “paraísos artificiales”. El texto describe la participación del narrador en una bohemia extravagante. El escenario elaborado por el escritor se transforma en el más franco retrato del decadentismo finisecular. La imagen del Betances (y el Ruiz Belvis) decadentes, desordenados y displicentes que había elaborado sobre la base de testimonios de primera mano el historiador conservador José Pérez Moris se concreta de manera dramática. El Betances de Pérez Moris es un “dandy” inmoral sin remedio, diametralmente opuesto al “apóstol” mesiánico inventado por un fragmento del nacionalismo del siglo 20.  Las pararealidades que se visitan en el citado relato de Betances son generadas por los efectos alucinógenos del popular  “Vin Mariani” que degustan los invitados a aquella interesante  “fiesta de la coca”.

El “Vin Mariani” fue un producto elaborado desde 1863 por Angelo Mariani (1838-1914) un contertulio y amigo de la familia de Betances. La bebida poseía un componente de cocaína que junto con el alcohol, lo convertía en un licor tan fuerte como el láudano o absenta. El láudano es opiáceo con el que numerosos intelectuales decimonónicos enfrentaron el problema colectivo de la “crisis del siglo” o el problema individual de la melancolía, el agotamiento o la ausencia de inspiración. La evasión producida por la bebida de opio o la de coca según fuese el caso, estimulaba la creatividad en la medida en que ponía al artista en contacto con aquellos ansiados y retadores “paraísos artificiales” racionalmente inalcanzables.

La tradición de Thomas de Quincey, autor de las famosas Confesiones de un comedor de opio (1821), había superado la ruta del opio en el camino de la coca a mediados del siglo 19. La cocaína había sido aislada de la hoja de la coca en 1859 por el científico Albert Niemann (1834-1861), hecho que representó uno de los logros farmacológicos más importantes de su tiempo. Su uso comercial por Mariani en su conocida bebida embriagante, era la expresión más acabada no solo del espíritu y la creatividad empresarial sino del alma misma de lo que significaba la bohemia en una cultura altamente desarrollada como aquella. Betances celebra no sólo en “El Perú en París”. Con posterioridad vuelve sobre el tema en su interesante texto  “Tradición y ciencia” publicado en 1894, artículo que dedicara al también investigador Antonio de María Gordon y Acosta, autor a su vez del folleto científico Medicina indígena de Cuba: Su valor histórico. Trabajo leído en la sesión celebrada el día 28 de octubre de 1894, publicado en La  Habana por los editores Sarachaga y H. Miyares.

vin-mariani-coca-wine-tonicSe trata de dos momentos de lo fantástico: uno en el cual el acercamiento se elabora desde el lugar del romanticismo lacrimoso cargado de tragedia; y otro desde el decadentismo pleno que se posicione en las fronteras mismas de un sano cinismo. El decadentismo, me parece necesario recordarlo, fue una de las expresiones más radicales del horror producido por las derivas del capitalismo moderno en aquel periodo finisecular. Cuando se le ubica en un contexto histórico más o menos preciso, resulta evidente que madura en el escenario del  desarrollo del imperialismo europeo en África, la rapiña, cuando occidente imagina su proyecto colonial como la expresión genuina del cumplimiento de un deber civilizador impuesto por la Providencia o el Destino.

Resulta innegable que el 1898 puertorriqueño y cubano fue parte integrante de aquel fenómeno que agarrotó el imaginario occidental en las décadas previas a la Gran Guerra (1914-1918). Los decadentistas imaginaban a la civilización occidental como una sombra del Imperio Romano decadente según lo había retratado Torcuato Tácito en De Germania, y auguraban su pronta disolución. En cierto modo, aquella intuición reproduce el argumento de Tácito y anticipa el de Oswald Spengler.

Aquel pesimismo, sin duda, poseía numerosas convergencias con el vitalismo filosófico y el materialismo histórico que se difundían en ciertos sectores del ámbito intelectual en el cual Betances se movía. Pero el puertorriqueño, atento marginalmente a todas aquellas tendencias, nunca se hizo acólito de ninguna de aquellas. Es un vitalista científico por su condición de médico y entra en contacto con socialistas, anarquistas y marxistas a la luz de su mirada revolucionaria y las necesidades impuestas por la campaña de liberación de las Antillas reiniciada por José Martí a principios de la década de 1890. Pero sigue siendo, nadie lo dude, un separatista independentista y confederacionista antillano partidario del republicanismo radical y un pensador producto de las particularidades y de la experiencia de la década de 1860.  Esa, me parece, es la “complejidad” de lo “moderno” en esta figura.

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