Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

agosto 7, 2017

“Adiós! España”: crónicas de un cambio de soberanía

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

La emoción manifestada por Albert E. Lee Basanta cuando observaba el despliegue de la bandera americana en San Juan en los primeros días de la ocupación llama la atención pero resulta comprensible. En cierto modo él también reconocía que con aquel acto comenzaba una nueva era, lo que eso significase, para su país. Desde mi punto de vista, la solidaridad de este sajón residente criollizado con los invadidos no puede ser puesta en entredicho. La lectura de sus memorias demuestra que aquel evento trascendental le producía sentimientos encontrados. Lo curioso es que el empresario ponceño suprimiese cualquier observación en torno a la ceremonia de traspaso de soberanía y fuera tan solícito en documentar los roces que entre la comunidad sanjuanera y los recién llegados. Su subjetividad ante aquella eventualidad se entiende por el hecho de que el eje de la narración de Lee es su vida, su lugar en el entramado que imagina como historia. Sus emociones son un componente inherente de esa mirada.

Para otros cronistas la situación era distinta. Lo que les interesaba era el giro geopolítico que la situación implicaba y el valor simbólico que conferían a la derrota de un imperio legendario como el español por un imperio adolescente como Estados Unidos. Ese fue el caso del escritor Albert Gardner Robinson (1855-1932) en su breve texto “Adiós! España”. El mismo ocupa el capítulo 16 del libro The Porto-Rico of To-Day. Pen Pictures of the People and the Country, publicado por la editorial Charles Scribner’s Sons, empresa con un largo historial en el mundo de los libros fundada en 1846 por Charles Scribner e Isaac D. Baker la cual, desde 1893, tenía su centro de operaciones en la 5ta Avenida de la ciudad de Nueva York.

La relación de Robinson con Porto Rico se concretó durante la campaña bélica. En 1898 acompañó al General Nelson A. Miles durante la travesía que sucedió al desembarco por Guánica y fungió como cronista de primera línea durante la misma. Luego de los hechos permaneció en la isla varios meses durante los cuales visitó y conversó con numerosos paisanos, itinerario que lo llevó de la costa oeste del país a la capital. Sus observaciones puntillosas e irónicas sobre las localidades de San Germán, Hormigueros y Mayagüez, poseen un interés particular que discutiré en otro momento.

Aparte de esa experiencia directa, su libro se basó en una serie de cartas redactadas para The Evening Post, diario de Nueva York, publicadas entre septiembre y octubre de 1898. El interés de Robinson por los asuntos ultramarinos no se redujo a Porto Rico y su bibliografía posterior incluye temas sobre Filipinas y Cuba. En ese sentido, Robinson era un “experto” en asuntos ultramarinos al cual había que hacerle caso cuando se expresaba sobre estos temas. En términos generales el genuino interés por “conocer” a los “nativos” se unía a esa voluntad burguesa, propia de quien se sabe dueño de algo, de “tasar” las posibilidades materiales del territorio con el fin de ilustrar posibles inversionistas de su país de origen.

 

Un “cambio de soberanía”

Lo que llama mi atención en este momento es otra cosa. Me refiero a la crónica cuidadosa que hizo este autor del acto protocolar del “cambio de soberanía”, concepto que se ha convertido a lo largo del tiempo es uno de los eufemismos más comunes a la hora de mirar el 1898 y evadir la metáfora de la guerra. Robinson parece sugerir que se interprete ese momento a la luz de un significado metafórico trascendental como un “nuevo descubrimiento”. Después de todo, el estandarte español que muchos imaginaban hundió en San Juan Bautista el descubridor en algún lugar de la costa oeste en 1493, desaparecía mientras se izaba la bandera de Estados Unidos en La Fortaleza y otros lugares emblemáticos de la ciudad capital. El meticuloso relato confirma la alegoría del “nuevo comienzo” que los voceros de los invasores aspiraban significase su arribo.

Lo primero que hace Robinson es llamar la atención sobre el escenario. La sobriedad de la fachada de La Fortaleza, una “imposing structure (…) of no impressive style of architecture” se instituye como fondo. La asistencia a un acto de aquella relevancia asombra por lo exiguo de la misma. El registro es preciso: un par de oficiales del ejército y la marina, algunos 6 a 8 civiles, los cónsules extranjeros entre lo cuáles probablemente se encontraba Lee, y un puñado de miembros del gobierno insular muchos de los cuáles habían militado en Unión Autonomista y habían pactado con los invasores. La presencia de los representantes de las elites locales no debe sorprender a nadie. En Mayagüez, como ya aclaré en un artículo publicado en 1998, el autonomista y pensador heterodoxo Santiago R. Palmer quien se merecía toda la confianza de la ciudadanía bajo el dominio español, sirvió de intermediario de buena fe entre la vieja y la nueva soberanía aliviando las tensiones de un proceso que podía producir roces inesperados.

Frente a la antigua estructura capitalina, la banda de 11mo de Infantería junto a dos batallones del mismo, y la Tropa H del 6to de Caballería hicieron acto de presencia. En el balcón del palacio de gobierno se reunieron otros de los protagonistas del acto: los miembros de la Comisión estadounidense que había negociado los términos. Es curioso que Robinson destaque que la Comisión española se ausentó de los actos. Aunque no ofrece una explicación para el desplante, la lectura de su texto sugiere que el orgullo hispano o una inapropiada concepción del honor habían mediado en la decisión. Los reparos vertidos por Martha Blackford en su texto de 1828 a la concepción de la dignidad que dominaba a los españoles, volvían de un modo solapado en la retórica de Robinson. Los españoles no sabían aceptar con dignidad su derrota.

El relato del cronista es limpio y sobrio, distante de cualquier barroquismo o exuberancia.  La arquitectura textual, atada a los procedimientos descriptivos que ralentizan la narración, insiste en la representación de los uniformes de los soldados. Después de todo, el acto que le ocupa es el resultado de una guerra, pequeña y espléndida, pero guerra al fin. Aquella tropa “presented no brilliant spectacle”, es cierto. Parecían poca cosa, puntualiza, pero habían puesto a correr a los huestes hispanas en la región oeste. La campaña del oeste de la cual había sido testigo posee valores contradictorios para los cronistas estadounidenses. En una visita a Hormigueros Robinson se burlaba de las exageraciones de un interlocutor, el conducto anónimo del coche en que viajaba, quien recordaba con pasión el combate de la Bajura en la frontera entre aquel pueblo y Cabo Rojo.

Lo que para la memoria local era un evento fenomenal para Robinson no pasaba de ser una pobre escaramuza. El destino de la batalla de Hormigueros en la mentalidad estadunidense fue muy parecido al de la Insurrección de Lares en la de los liberales reformistas y autonomistas puertorriqueños. Devaluar la resistencia al enemigo parece ser una regla no escrita en la constitución de la memoria en historia en especial cuando la manejan las voces de los vencedores. En el momento en que observa a los opacos y deslucidos soldados yanquis, sin embargo, Robinson apela a aquella experiencia de un modo distinto. La alusión le sirve para resaltar la superioridad y la moderación ante el triunfo las huestes invasoras, por anteposición a la falta de dignidad de los españoles quienes no son capaces de aceptar su derrota. Cuando el lector evalúa esa situación y recuerda que la Comisión española se ausentó de los actos, el efecto se completa.

La lentificación del relato es un recurso que Robinson utiliza para mantener la sensación de suspenso o tensión que el episodio merece. Los actos que narra y describe suceden poco antes de las 12 del mediodía del 18 de octubre, cuando se formalizará el cambio de soberanía, la marca de un “antes” y un “después” definitivos. En breve tiempo las campanas de la vieja Catedral y las del Ayuntamiento de la ciudad marcarían las 12 y con ello el “nuevo comienzo”. Aquellos acordes se combinaron, con un cañonazo disparado desde el castillo de San Felipe del Morro por el Mayor Day del 5to de Artillería. Selden A. Day, como tantos otros, había estado activo en la Guerra Civil y había ganado el rango de Mayor en mayo de 1898 cuando ya el conflicto hispano estadounidense había comenzado. Ambos “ruidos”, no eran nada más que eso, sirvieron de preámbulo a los acordes de “The Star-Spangled Banner” mientras la “Stars and Stripes” ascendía con calculada parsimonia por un mastelero o asta ubicado en el tope del palacio de gobierno. Cuando los pocos soldados presentes rugieron su presencia, “…the ceremony is over”. En menos de una hora todo había vuelto a la normalidad.

Era como si nada grandioso hubiese acaecido. La pulcritud del acto, su sosería e inocuidad, poseía el sentido de un entierro o una inhumación: “Into the grave of the past there fall four centuries of History o Spanish power in the sea-girt Porto Rico”. Para Robinson, como para para tantos otros observadores, el pasado hispano era “tiempo perdido” que, de golpe y porrazo, “moría”. La insistencia en que España significaba el aislamiento insular, eso sugiere el concepto “sea-girt”, también subsistió en la retórica cultural puertorriqueña en la forma del “insularismo”. Puerto Rico se asume como un error de la naturaleza o como un margen de la historia que, sin embargo, podía ser salvado y devuelto a la corriente del progreso.

Los testigos del acto estaban en un estado de negación. Un detalle interesante de este testimonio es que confirma que las autoridades estadounidenses temían por su seguridad durante los actos de cambio de soberanía. Los peligros eran dos. Por una parte manifestaban recelos en torno a posibles manifestaciones por el “anti-Spanish element” y, por otro lado, les preocupaba el “danger of rowdysm on the part of our soldiers”. Ambas aprensiones tenían su fundamento. Por un lado, el bandolerismo rural ejecutado por elementos antiespañoles locales, los sediciosos o tiznados, ocupó a una parte de las fuerzas armadas en la Isla Grande. Por otra parte, los choques entre los soldados borrachos y la ciudadanía fueron comunes tal y como lo demuestra el testimonio de Lee Basanta citado en otra parte de esta serie. La tranquilidad con que todo transcurrió lo desengañaría.

Robinson estaba preocupado por la seguridad de las minorías españolas que vivían en la capital, concepto que distingue entre insulares y peninsulares porque Puerto Rico es España. El habitante de la capital era un fantasma incapaz de mostrar emociones: “no excitement”, “little enthusiasm”. Todo se había alterado pero nada se había alterado. Después de todo, las variaciones eran cosméticas. El cambio se reducía a la presencia de los “bright colors of the red, white, and blue, instead of the red and yellow of Spain”; al hecho de que el Krag-Jorgensen abrirá paso al Mauser o el Remington”; o acaso al detalle de que algunos vecinos y comerciantes adoptaron los colores nacionales (estadounidenses) en sus casas o sus negocios con el fin de expresar su fidelidad al invasor o atraer a un cliente con dólares para gastar. Algo análogo sucedió en Ponce por aquellos días. En los comercios de la ciudad comenzaron a aparecer anuncios y ofertas en inglés con el fin de seducir a los soldados-clientes que pululaban con curiosidad por el “París de Puerto Rico”, según confirman las memorias de Paoli de Braschi.

 

“Well! Here to — whatever it might be”

El inmovilismo y la vacilación se impusieron en la siquis de la gente de la capital. Los conquistados no imaginaban qué sería de ellos. Pero los dos o trescientos civiles americanos que arribaron al territorio detrás de la soldadesca, los aventureros o “camp followers” que describió Lee Basanta ocupando la ciudad con una voluntad carnavalesca, tampoco estaban seguros de lo que les esperaba. Según Robinson celebraban el cambio pero, de paso, especulaban: “Well! Here to —  whatever it might be”. La sensación dominante era, como quien dice, ¿y ahora qué?

La incertidumbre manifiesta por Robinson estaba relacionada con el hecho de que para este cronista la conquista de Porto Rico no era un logro significativo del cual Estados Unidos pudiese sentirse orgullosos. Una metáfora agraria difícil de traducir le sirve de apoyo: “We have hardly laid a big enough egg to warrant our doing any great amount of cackling”. En cierto modo tenía razón, no valía la pena cacarear en exceso porque el huevo que se había puesto no era muy grande. Los hechos de Puerto Rico, comparados con los de Cuba y Filipinas, siempre fueron vistos como “poca cosa” por aquel grupo de testigos de primera mano. Pero Robinson, como para Edward S. Wilson en un volumen publicado en 1905, no estaba del todo desesperanzado respecto a las posibilidades de la nueva posesión ultramarina. Robinson confiaba en que “the coming years should be a time of sure and steady growth and development for this spot for which a beneficient Creator has done so much.” La rama de olivo estaba extendida.

Una interesante observación de Robinson ante el proceso de invasión y ocupación es la comparación que hizo de la reacción de la gente en distintas regiones del país. Su interés se centraba en las ciudades, escenario que los recién llegados observaron con gran intensidad desde el primer momento. En Ponce y Mayagüez, aseguraba, “was an affair of some abruptness”. La gente no esperaba un desenlace tan rápido de los acontecimientos por lo que la reacción española de retroceder ante el avance de las tropas estadounidense sorprendió a muchos. El carácter abrupto y la reacción de retroceso es explicada sobre la base de que el elemento hispano que se oponía al conquistador era en aquellas ciudades minoritario ante el elemento criollo que, en general, lo favorecía. Los sectores criollos habían visto en los invasores un aliado legítimo ante su enemigo común, situación que también se había manifestado en los casos cubano y filipino.

En San Juan la situación era contraria. La predominancia del elemento español en el entramado urbano era notable por lo que las tropas estadounidenses suponían más expresiones de oposición.  Por eso la pasividad ante el acto del cambio de soberanía le sorprende: “But I saw nothing of the sort”. Con alguna ironía el autor señala que el rechazo se redujo a alguna inofensiva mala mirada o descortesía casual. La reflexión de Robinson posterior a los hechos es interesante: el periodista sinceramente temía una respuesta violenta que nunca sucedió. La situación era propicia para ello. La caballería estadounidense estaba estacionada a 15 millas en Río Piedras y los estadounidenses que pululaban por la isleta eran apenas un puñado.

No se equivocaba a ese respecto. La presencia estadounidense en San Juan se reducía a la Comisión oficial, y a algunos periodistas, comerciantes y civiles que estaban alojados en los hoteles “Inglaterra” y “Francia”, hospederías de las cuáles se burlaría por su vulgaridad. La situación era apropiada para que una turbamulta los agrediera con furia, pero nada pasó. Aquella pasividad le resultaba incomprensible como también lo era para otros observadores más interesados y distantes como fue el caso del doctor Betances Alacán. San Juan había visto pasar la historia por encima de su cuerpo moribundo sin hacer nada para evitarlo o siquiera manifestar su ira. ¿Lo hacía por honor o por civilidad? ¿Lo hacía por fatalismo o por miedo? Robinson prefiere la segunda respuesta. El juego retórico de Robinson vuelve a inventar una imagen convencional del descubrimiento: igual que el natural en Guanahani había actuado con cautela y temor ante el extraño que llegó a sus costas en 1492, el habitante de la ciudad lo hacía ante el invasor en 1898. La apelación al miedo le permite volver a alabar el poder de la civilización que representa. Después de todo, afirma, cualquier resistencia hubiese sido una locura. El La Puntilla “…lay a Little bunch of graceful, but grim-looking, slate color vessels showing the bright fold of the American flag”. La nueva situación era el producto de una guerra por lo que la garantía era la fuerza y, aparte de ello, el recuerdo del bombardeo del 12 de mayo en horas de la mañana seguía fresco en la memoria de los habitantes de la capital.

Su apreciación del bombardeo manifiesta un extraordinario contraste con el de Lee Basanta en sus memorias. Devalúa la devastación y el horror que pudo producir el mismo. Los daños fueron pocos y se ciñeron a la banda norte de la isla para al cabo con algún cinismo, afirmar que “(the) city generally shows but little sign of having been used as an object of target-practice”. La Marina de Guerra, aunque podía haberlo hecho, no hubiera querido demoler una ciudad que sabía iba a caer en su posesión para luego tener que reconstruirla. El fantasma de la ucrónica devastación de Seva narrada por el narrador Luis López Nieves en la década de 1980 atravesó por la mente de este escritor en algún momento como un acto posible. Al cabo, el bombardeo iba dirigido a la banda sur y la bahía interior donde se presumía podía estar acuartelada una parte de la marina hispana, y a la línea de castillos de la banda norte. El objetivo no eran los vecinos. El orgullo con el poderío militar de su país invadía a Robinson en este breve fragmento. La alusión a los refugiados que salían rumbo a Bayamón se atenúa, el que habla es un militar, a una anécdota sin importancia aunque, en general, valida las observaciones de Lee.

 

En San Juan “all quite and peaceful”

La vida de la ciudad tomada se sintetiza en la frase “all quite and peaceful”. Pero San Juan tiene un “sonido” que molesta:  los “cries of street venders” que le resultan más ofensivos que los ruidos de las calles de Nueva York. La idea del San Juan “ruidoso” e “inarmónico” no era solo suya. El juicio también era compartido por observadores entrenados de Puerto Rico como era el caso de Salvador Brau Asencio. La incomodidad con la ciudad murada, sin murallas ya en la parte de tierra desde 1897, también fue una de las quejas de Alejandro Tapia y Rivera en alguno de sus textos tardíos. Para Robinson aquel “sonido” carecía de la resonancia de los carros de bueyes, los carros del ejército, los carruajes y tranvías tan visibles en Ponce, por ejemplo.

En última instancia, el único lugar que mostraba cierta actividad eran los cafés en especial “La Mallorquina…the best and most fashionable of these”, en donde convergían soldados y civiles de todos los orígenes sin problema. El tema de las borracheras vuelve: “there was little drunkenness, and such as there was, I regret to say, was American”. El problema no parecía ser que los estadounidenses bebieran más que los locales sino que se emborrachaban con más facilidad. El “soldado borracho” parece ser un icono común de aquellos primeros días de la presencia estadounidense en nuestro país.

 

¿Y ahora qué?

San Juan había sido era un adversario débil para la marina de Estados Unidos, sin duda, pero si sus fortalezas se modernizaban “the forts of San Juan could be made extremely offensive and dangerous to an attacking fleet”. Robinson pensaba que incluso, pudo haberlo sido durante los combates navales que Lee Basanta registra con minuciosidad y admiración en sus memorias. La observación no impide que concluya que la confrontación se convirtió en una “semi-comedy” para los invasores. Para Robinson “we had no real battles with them”. Ni lo que sucedió en la Bajura de Hormigueros ni los combates en la banda norte de San Juan eran suficientes para acreditar una verdadera guerra en este observador.

El retrato del soldado hispano es curioso. En los días del conflicto las autoridades reales le habían adelantado el sueldo de dos meses. Tenían dinero para gastar en lo que quisieran antes de ser repatriados. A pesar de ello, nunca vio a uno borracho. La imagen del militar ordenado, morigerado y respetuoso contrasta con la de los suyos. El cronista de guerra veía en aquellos hombres signos contradictorios. Algunos militares hispanos lamentaban las condiciones en que se iban, otros prometían volver porque aquí tenían familia, pero muy adentro, a pocos parecía importarle el futuro político del país que dejaban atrás. Entre el 3 y el 4 de octubre zarparon los últimos ante la indiferencia de la ciudadanía en el “Isla de Panay” y el “Satrustegui”, amontonados e incómodos. El “Adiós! España” se había completado. Lo que quedaba de ella en la recién adquirida colonia parecía tan poca cosa que pronto se disolvería en la forma de un recuerdo borroso. Me temo que se equivocaba.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 28 de julio de 2017

junio 9, 2017

El circunstante, el visitante, el residente: tres miradas sajonas sobre Puerto Rico. Parte 2

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El circunstante y el visitante expresaron esa mirada despreciativa apoyada en una serie de prejuicios que traducía más su tirria hacia la hispanidad que hacia el portorriqueño. Este resultaba invisible para una mentalidad cosmopolita como la de aquellos. Los aludidos no tenían que sentir ninguna molestia con su invisibilidad.  Después de todo, los más eminentes exponentes de las elites criollas y la casa letrada insular pretendían que se les viese de ese modo, como especímenes o facsímiles razonables de la hispanidad. El integrismo tuvo muchas gradaciones durante el siglo 19 por lo que su presencia se hizo sentir desde los extremos del incondicionalismo hasta el autonomismo radical más exigente: todos aspiraban a ser españoles porque ello era parte integrante de sus particulares proyectos modernizadores. La única excepción parece haber sido los separatistas independentistas y anexionistas que eran partidarios de la desolidarización con España y de la desespañolización radical.  El atractivo del polo imperial ha sido seductor para aquellos sectores lo mismo en el siglo 19 que en el siglo 20 y el 21.

Pero la mirada sajona no se reducía a la experiencia estadounidense. El Puerto Rico decimonónico se había ido abriendo como resultado de su timoneado proceso de  inserción en las redes del mercado internacional en especial desde 1815. El intervencionismo mercantilista y ciertos avances del mercado libre convivieron con numerosas tensiones en aquel complejo tablero. Las urbes comerciales de la colonia mostraban una interesante pluralidad. La presencia de elementos sajones en el entramado social y económico colonial también incluyó británicos como sabemos. Resulta curioso que ciertos sectores del separatismo independentista en la década de 1860 y el 1890, manifestaran tácitamente más confianza en la probabilidad de elaborar alianzas concretas con sajones británicos que con sajones estadounidenses. Ciertos detalles presentes en la discursividad conspirativa del Gran Club de Borinquen encabezado por Andrés Vizcarrondo, y en la del Delegado General del Partido Revolucionario Cubano en Francia, Ramón E. Betances Alacán, así lo demuestran

 

Ya estábamos por aquí: la mirada de residente

En ese sentido, la personalidad de Albert Edward Lee Basanta (1873-1942) puede representar un contrapunto valioso y aclarador. Para los propósitos de esta reflexión Lee es el residente, el que nos mira desde “adentro” poseído por la familiaridad producto de una larga vida en la isla cerca de distinguidas figuras de las elites criollas y la casa letrada. Un sajón de ascendencia británica nacido en el seno de una familia de comerciantes en la ciudad de Ponce y que combinaba las tareas mercantiles con la actividad consular y diplomática quien, a la vez, es capaz de desenvolverse con  los gestos de un criollo legítimo en las redes materiales y espirituales de la ciudad de San Juan, es un fenómeno excepcional. En cierto modo su vida me confirma que la cultura criolla poseía una porosidad fuera de lo común y que las condiciones materiales eran capaces de atenuar los reparos que  la circunstancia de la extranjería podía generar.

En sus memorias tituladas An Island Grows, terminadas en 1942 y publicadas en 1963  por “Albert E. Lee and Son”, Lee se proyecta como el prototipo del sajón criollizado que ha hecho suyos muchos de los hábitos culturales y aristocráticos de elites criollas y la casa letrada hasta el extremo de manifestar una genuina solidaridad con el país en el cual se mueve. En 1905, en un libro titulado Political Development of Porto Rico, Edward Stansbury Wilson, otro residente nacido en Newark que fungía como Alguacil de la Corte Federal en la capital, tras aceptar que los portorriqueños eran inasimilables, admitía la posibilidad de una “mutual assimilation” en la  cual ambas partes, invasores e invadidos, saldrían ganando algo. Lee es un modelo de hasta dónde podían llegar esas transacciones durante el último tercio del siglo 19. Ese curioso problema identitario lo convierte en un testigo de primer rango en el contexto del meandro del 1898.

A diferencia del circunstante y el visitante, este residente es un testigo vinculado emocionalmente a Puerto Rico. Albert Edward Lee Basanta, hijo de Thomas Edward Lee Baggs procedente de Saint Thomas, y de Josefina Basanta Wainwright de Ponce,  casó con una hija de Alejandro Tapia y Rivera, Catalina Concepción de las Mercedes Tapia (1874-1932). Entre sus hijos se encuentra Consuelo Lee Tapia (1904-1989) esposa del poeta Juan Antonio Corretjer. Yerno del “padre” de letras, el teatro y la historia en el país, An Island Grows (1963) un texto invisible en la historiografía puertorriqueña,  aspiraba continuar la tarea de su suegro en Mis memorias.

El texto de Lee es toda una aventura. Fue revisado y editado por Earl Parker Hanson (1899-1978),  uno de los cerebros del “desarrollismo dependiente” de Puerto Rico durante  la era de “Operación Manos a la Obra”. Su producción estuvo al cuidado de sus hijos, Waldemar Fernando y Consuelo. El diseño del volumen estuvo a cargo de Irene, esposa de Jack Delano, y Margarita Ashford de Lee, hija de Bailey K. Ashford quien a la sazón era la esposa de Waldemar,  redactó una cronología histórica que serviría de marco de referencia para la vida de Albert. Se trata de un libro bien cuidado que materializa el esfuerzo de una elite sajona “amiga” de Puerto Rico y que puede informar al investigador sobre la imagen de Puerto Rico y los puertorriqueños en ese grupo de observadores. La autobiografía de Lee merecería una lectura incisiva de cara a la de Tapia para determinar las continuidades y las discontinuidades entre las miradas de estos dos intelectuales criollos tan cercanos el uno del otro.

Para los propósitos de esta reflexión voy a referirme a los apuntes de Lee en torno a los últimos días de España y los primeros de Estados Unidos. La década de 1890 en su conjunto y el 1898 en particular, llamaron mucho su atención. El irregular y asimétrico proceso de modernización puertorriqueña en aquel decenio sigue siendo un asunto por trabajar desde la perspectiva de la historia cultural y de las representaciones que las elites y la casa letrada se hicieron de los personajes presentes en aquel complejo juego.

En el capítulo “The Gay Nineties”, metáfora que recreaba la de los “Gay Twenties” estadounidenses,  Lee parecía afirmar el derecho a la nostalgia. Sus apuntes sobre la década de 1990, dejan en el lector una imagen distinta a la de los textos estadounidenses producidos entre 1898 y 1926 que el Dr. José Anazagasty Rodríguez y yo junto a otros especialistas discutíamos en dos colecciones de ensayos publicadas en 2008 y 2011. Aquellos visitantes y residentes, empecinados en devaluar el pasado hispano, parecían haberse impuesto la tarea de degradar el pasado español con una retórica que, lejos de aspirar a la comprensión empática del Otro en el sentido en que le daba a ese concepto Marc Bloch, hacían todo lo contrario: afirmaba las diferencias y, por medio de una distribución desigual del valor, degradaban a los “nativos” con el efecto de enaltecer a los invasores. En su conjunto aquellos textos, como los de Blackford y Mixer, invisibilizaban al portorriqueño y sólo veían el español y sus vestigios. La negación de la posibilidad de una identidad era por lo demás ostensible.

El texto de Lee va en otra dirección: la nostalgia romántica marcada por el embeleso se impone. El San Juan, ya viejo/provecto/antiguo, cuyos callejones a veces te recuerdan el Madrid artesano medieval que se respira en la calle de Cuchilleros de la capital española, se despliega como una ciudad moderna, con espacios cosmopolitas accesibles para las clases altas que él representa. Distinto a los sajones que llegan en el 1898 con las fuerzas armadas, Lee celebra una ciudad progresista en donde la elites urbanas no tenían mucho que envidiarle a las de cualquier otra capital europea. Su descripción de la vida capitalina recuerda la imagen de la ciudad moderna articulada en un extraordinario estudio sobre el tema por Jacques Dugast, La vida cultural en Europa entre los siglos XIX y XX, volumen publicado en 2001 en francés y en 2003 en castellano. Vivir como cualquier otro europeo, es decir ser moderno, no era sólo la ansiedad de los ciudadanos.  La aristocracia rural, si vuelvo sobre la lectura de ciertas estampas de Manuel  Alonso Pacheco en El Gíbaro de  1849, también pretendía lo mismo.

Es cierto que Lee habla desde un nicho privilegiado. Sus observaciones hubiesen significado  poco o nada, a lo sumo una pretensión de clase, para el liberto, el artesano o el vagabundo que (sobre) vivía en medio de un orden autoritario y un mercado degradado que lo rechazaban. Sus afirmaciones tampoco hubiesen sido convincentes para un exilio político, pienso en Betances Alacán, que no celebraba la desigual relación política que sufría el país. Lo interesante es como a través de este texto se ratifica el principio interpretativo marxista de que la producción de ideas y representaciones es una “emanación”  de la actividad material y la posición de clase de los individuos que la formulan. El otro dato relevante de este fragmento es el efecto que genera la observación de las estrechas calles de la ciudad en dos observadores: donde el citado Mixer encuentra “aglomeración urbana”, Lee encuentra “armonía”. Lo apretado de una ciudad con resabios tardo medievales produce emociones distintas en uno de otro: de rechazo en el visitante, de atracción en el residente. Lo que cambia es la “mirada”, no lo “observado”.

Lo que desde la perspectiva de Lee enriquecía a San Juan  era la presencia de los mismos  elementos que las evaluaciones estadounidenses de 1898 a 1926 alegan que falta: la complejidad, la sofisticación y la aceleración de la vida urbana propia de una ciudad moderna. Los observadores estadounidenses no fueron, por cierto, los únicos en quejarse de esas ausencias. Muchos miembros de la elites criollas y la casa letrada, lo mismo liberales reformistas, autonomistas o separatistas se quejaban de lo mismo. Los estudiosos de este tipo de asuntos deben recordar las observaciones por ejemplo de Carlos Peñaranda en sus Cartas puertorriqueñas redactadas entre 1880 y 1887, o las de Tapia y Rivera en su autobiografía terminada en 1882 antes citada. Betances mismo, refiriéndose a Tapia en una carta a Lola Rodríguez afirmaba con pesar que “en otro país, en otras circunstancias ¿qué cosas no hubiera dado ese cerebro?” La idea de que no éramos “modernos” producía una visible ansiedad a los sectores educados del país.

La situación privilegiada de Lee, su refinamiento, los lugares sociales en los cuales se mueve le  autorizaban a emitir una opinión distinta. Todo parece indicar que para la gente de su clase los indicadores de la modernidad estaban accesibles. El registro de las obras de teatro clásico, las zarzuelas y los conciertos públicos semanales en la Plaza de Armas, tan relevantes para el diseño de lo moderno en aquel entonces, no faltan. La visita del actor español Paulino Delgado y su troupe y la presencia del dramaturgo y poeta Leopoldo Cano, conmovía a la juventud educada

Los deportes competitivos que llaman la atención de los jóvenes pudientes tampoco: la equitación, el ciclismo y las regatas eran parte de la atractiva oferta. El “Club Neptuno”, luego “Club de Regatas” y más tarde “Union Club” ubicado en La Puntilla, era la sede de las diversiones marina. Pero no hay que olvidar que un buen caballo, una bicicleta o un velero no eran accesibles a todos los jóvenes de la capital para fines de diversión. El gusto de las clases altas por los deportes competitivos era reforzado por el sistema educativo elitista en el cual se formaban fuese en Europa, Estados Unidos o Hispanoamérica. Estando en Toulouse Betances obtuvo algún premio en el deporte de la esgrima y que también tomó clases de gimnasia. Todas las leyendas urbanas que conozco de Segundo Ruiz Belvis ratifican que era un excelente jinete y un buen esgrimista.

La memoria de Lee demuestra que existía toda una red de espacios y multiplicidad de rituales complejos y ostentosos que alimentan la solidaridad de las clases altas. La imagen pública se constituía en las actividades de Casino Español, donde la presencia de puertorriqueños era muy poca,  y el rival “Liceo Militar” al parece más exclusivo que aquel. Ello junto al ritual cortesano del “Besa Manos” auspiciado por La Fortaleza y sus  “carreras de cintas”,  parecían llamar la atención de los “chicos bien”. Las “carreras de cintas” eran un ritual de apareamiento con retazos de justa medieval. Las citas tenía las iniciales de los nombre de las jóvenes solteras y los varones debía demostrar su habilidad tomándolas al galope.

Pero Lee “mira” desde un lugar de “excluyente” y en una sola dirección: desde las clases altas y hacia las clases altas. En una parte de su memoria, refiriéndose a los conciertos públicos, afirma que “since each class knew its alloted place in the scheme of things, police intervention was never necessary”. La plebe o la canalla, como se refería al común de la gente Voltaire en algún texto, es una sombra  que apenas se esboza cuando relata el episodio de lo “quintos” o los reclutas recién llegados. El episodio, que recuerda algunas de las quejas de Alejando O’Reilly en su informe de 1765 con su frío lenguaje administrativo, es de erotismo tropical sugerente en el criollo sajón: las “mulatas” están allí dispuestas para seducirlos expresando su disposición a someterse a ellos. La metáfora es interesante. Los conscriptos las perciben como mujeres “willing to take them in and slave for the, doing their washing and other chores”

En medio de su reflexión, Lee hace una afirmación que llama la atención sobre la diferencia entre un peninsular y un insular que completa, en cierto modo, las reflexiones de Iñigo Abbad y Lasierra de 1788: “Spanish could have anything they want in Puerto Rico except Spanish children”. Por otro lado, el planteamiento parece una paráfrasis de una afirmación de  Betances escrita en 1876 quien afirmaba que “trescientos años” de coloniaje no han podido crear “españoles” en América.

 

¿Qué significa la hispanidad? Un contraste

En suma, el San Juan de Lee conserva “The Old World Flavor”, un rasgo que Mixer también había anotado  en sus observaciones de 1926. Lee, el romántico, “siente” el placer del viejo mundo cuando se extasía ante el castillo de San Felipe del Morro y rememora los “old days of the buccaneers and the Inquisition”. La sensación es que reconoce que los castillos no dejan de ser sino los vestigios de una “(falsa) Edad Media boricua” y que representan un pasado que ya se dejó atrás y al cual no se quiere regresar. Mixer, el pragmático, entiende que “The Old World Flavor” posee otras potencialidades. Mirando el paisaje del distante y sencillo pueblo de Isabela, descubre las reminiscencias de “La Mancha, the land of Don Quixote” y, afirma, “the old world flavor which gives the Island its chief charm to the American traveller” Para este observador Puerto Rico es España y está congelado en el tiempo y así podría venderse.

Isabela y el Morro eran  España en Puerto Rico. La sensación es análoga. La actitud de uno y otro ante ese fenómeno es la que cambia. Se trata de dos formas distintas de posesión. La discrepancia radica en  que, lo que para Lee es un espacio vital, formativo y cercano porque es memoria cumplida; para Mixer es exotismo, atractivo empresarial y distancia porque es futuro potencial. El pasado hispano como  mercancía capaz de ser consumido por el viajero o el turista estadounidense replantea la asimilación del territorio colonial como un problema. Para que ese engranaje funcione debe ser protegido, domesticado, etiquetado y estandarizado. De ese modo, dejará de resultar amenazante. La modernidad, bajo el imperio estadounidense, se molestaba con las cicatrices de hispanidad presentes, es cierto. Capitalizarlas les devolvería valor.

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia

mayo 21, 2015

Historiografía puertorriqueña: los consensos político-ideológicos de los liberales en el siglo 19

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Los conservadores e integristas, los liberales reformistas y los autonomistas moderados y radicales, no sólo convergían al ver la relación con España como una garantía para el progreso de la colonia. El argumento se convertía para todos ellos en una justificación intelectual legítima de su oposición al separatismo. Teóricamente la historia de Puerto Rico desde 1808 demostraba que la modernización era posible sin la separación de España, argumento que contravenía la discursividad radical fuese independentista, confederacionista o anexionista. La Historiografía Criolla no ponía en duda aquella aseveración.

Desde ese punto de vista, las posibilidades de una concertación entre cualquiera de aquellos sectores y el movimiento separatista eran pocas. La afirmación era irrefutable cuando se aplicaba a conservadores e incondicionales españoles cuyo integrismo nadie ponía en duda. Sin embargo, la interpretación nacionalista de la historia de Puerto Rico ha insistido en la disposición de la amplia y diversa gama de pensadores liberales a transitar hacia el separatismo, en particular cuando se trata de los autonomistas radicales. Me parece que esa postura interpretativa ha tenido más que ver más con una ansiedad manifiesta en numerosos ideólogos nacionalistas del siglo 20, en especial durante la era de la Guerra Fría, que con una posibilidad real dentro de los parámetros del siglo 19.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales autonomistas moderados y radicales, prefirieron adoptar la defensa de la estadidad después de la invasión de 1898 porque veían en Estados Unidos la promesa radical y la garantía de modernización y progreso que habían soñado. No sólo eso, en ocasiones se apropió la Estadidad como el equivalente de la Autonomía simplificando un problema complejo. En cierto modo, en el tránsito del 1898, lo único que hicieron fue cambiar el objeto de su compromiso integrista: en lugar de España colocaron a Estados Unidos.

Tapia_BetancesLos matices son muchos. En historiadores como Pedro Tomás de Córdova, el separatismo era representado como un virus del cual había que evitar el “contagio”. Una metáfora análoga, “virus revolucionario y antinacional”, usó José Pérez Moris cuando comentó la Insurrección de Lares en un volumen poco comentado. El “tono antiseparatista” de los historiógrafos criollos tenía sus grados pero era igualmente manifiesto. En Alejandro Tapia y Rivera (1882) Lares aparece como un acto de “descontentos”. Del mismo modo, en Salvador Brau Asencio (1904), se trata de un evento “prematuro” y “precipitado” que culminó en una “algarada”. En línea análoga, Francisco Mariano Quiñones (1888) arguye que no vale la pena “recordar una calaverada, una verdadera calaverada”, y acusa indirectamente de Pérez Moris de que “abulta el hecho”, todo ello en un texto titulado “Lo de Lares” en el cual devalúa cualquier proyecto que se opusiese al integrismo. Y José Marcial Quiñones, hermano de aquel, lo reproduce: Lares es una “calaverada” responsabilidad de Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances que, “por lo aislada que pareció, lo mal concertada y lo peor ejecutada”, fracasó estrepitosamente.

Conservadores y liberales compartían una opinión devastadora sobre Lares apoyados en metáforas distintas. Los ejemplos podrían multiplicarse pero no vale la pena hacerlo en este momento. La desvalorización del acto rebelde separatista -Lares era el único que reconocían como tal- permitía a Tapia y Rivera en el “Capítulo XXX” de Mis memorias (1882), imponer la tesis de que “toda regeneración y progreso eran posibles bajo la bandera de la patria española”. Si para Betances “España no puede dar lo que no tiene”, es decir libertades y el acceso a la Modernidad, para Tapia y Rivera era todo lo contrario.

Aquellas voces del abanico liberal, al igual que los conservadores, eran afirmativamente integristas, imaginaban que el progreso del siglo se debía a España y apostaban a su verdad sostenidos en la seguridad que les daba su “condición de clase” y el lugar que ocupaban en el engranaje colonial decimonónico. Todos hablaban desde un “arriba social” afín a los valores de la hispanidad que, igual que ellos, despreciaba a la “canalla” o al pueblo. La única excepción en aquel territorio ideológico dominado por la fe cándida en España era el campo separatista en todas sus manifestaciones. Los independentistas, confederacionistas y anexionistas, no eran parte de la Intelectualidad Criolla por ello. Desde la perspectiva criolla, el separatismo no pertenecía a la “Gran Familia” porque había abandonado el hogar simbólico de la Hispanidad.

Hay que dejar por sentado un asunto. El separatismo del siglo 19 incluyó independentistas de tendencias republicanas y democráticas, confederacionistas que tras separar a Puerto Rico aspiraban unirlo a las Antillas españolas o a todas ellas en un arreglo político común; y anexionistas que tras separar a Puerto Rico querían unirlo lo mismo a Gran Colombia, México y Estados Unidos en diversos momentos del siglo 19. Valero quería que Puerto Rico fuese estado de la Gran Colombia. En la segunda mitad del siglo 19 el anexionismo que quedaba activo era el pro-estadounidense y sobre esa base ha sido enjuiciado todo anexionismo. Mi tesis es que la intelectualidad criolla, que defiende la unidad con España no considera a los separatistas parte de su proyecto porque su condición de separatistas. El separatismo era una negación del integrismo o de la unidad con España fuese mediante el asimilismo o la autonomía. Las afinidades entre liberales reformistas, asimilistas, autonomistas e independentistas no podían ser muchas porque, en lo sustancial, diferían con respecto a lo central: el futuro de la relación con España

La virtud de “arriba social” y su orgullo por la hispanidad también atravesaron por un proceso de intelectualización agresiva. En este aspecto la figura cimera fue la de Brau Asencio (1882). Su respeto por la Hispanidad irradiaba en todas direcciones, lo cual lo condujo a concluir que la conquista había sido un “acto regenerador” porque logró imponer la “civilización”. Con aquel argumento manifestaba su deprecio al pasado precolonial y a los naturales al equipararlos, como los conquistadores ante la resistencia en el siglo 16, con la “barbarie”. Aquella “regeneración” producida por la conquista había sido necesaria, forzosa y hasta providencial. Conquistar al precio que fuese, constituía una responsabilidad histórica, como se sugiere en el folleto “Las clases jornaleras”.

En Brau Asencio la disquisición le condujo a una versión confiable de la “Teoría de las Tres Fuentes”. El trinitarismo criollo veía la identidad como el agregado asimétrico de tres razas: la “indígena”, la “europea” y la “africana”, las cuales eran tratadas como las “tres piedras angulares” de la identidad. El concepto “Raza”, como en el Nacionalismo de principios del siglo 20, valía por “Cultura” o “Etnicidad” más que por color de piel. La asimetría de la tríada se convertía en una jerarquía natural: el elemento civilizador era la raza “europea” pero las otras no, se limitaban a la condición de recipientes.

La herencia de las tres razas era desigual y servía para evaluar los defectos colectivos del criollo, defectos que gente como Brau Asencio no identificaban en su propia clase sino en la “canalla” y en el pueblo común. Del indio, la taciturnidad, el desinterés, la indolencia y la hospitalidad; del africano, la resistencia, la sensualidad, la superstición y el fatalismo. Pero del español venía la gravedad caballeresca, la altivez, los gustos festivos, la austera devoción, la constancia, el patriotismo y el amor a la independencia. La superioridad española era racional, natural o positiva y, en consecuencia, irrefutable.

Para Brau Asencio los criollos no eran mestizos ni híbridos por el hecho de que no se trataba de una mezcla entre iguales. El indio y el africano habían sido absorbidos por el español. Sobre esa base convenía con Tapia y Rivera: la superioridad de los “europeos” servía para reclamar que somos españoles, queremos y debemos serlo siempre. La clase criolla era responsable de hacer valer ese desiderátum integrista.

Como se verá en otro momento, el acontecimiento que rompió aquel consenso fue el 1898 cuando los liberales reformistas y autonomistas radicales y moderados fueron proclives a respaldar la presencia de Estados Unidos, mientras los conservadores e integristas mostraron más resistencia a ello y se convirtieron en un eslabón esencial para el surgimiento del nacionalismo hispanófilo emergente desde 1910 en un sector de la intelectualidad puertorriqueña. Al menos en ese sentido, la idea del 1898 como trauma no resulta tan absurda.

Para ampliar esta discusión puede consultarse: Separatismo y nacionalismo: continuidad y discontinuidad, y Reflexiones en torno al separatismo.

 

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el  6 de Junio de 2014

mayo 20, 2015

Historiografía Puertorriqueña: los consensos teóricos liberales en el siglo 19

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Las redes de lectura desde Abbad y Lasierra hasta Brau Asencio fueron intensas, a pesar de que al ambiente colonial censuraba la reproducción de los saberes históricos. Son demostrativas del hecho las quejas irónicas de Tapia y Rivera en el capítulo XXXII de Mis memorias (1882). El censor había “tachado de inconveniente la Elegía de Ponce de León, de Juan de Castellanos” y le propuso que suprimiera la Octava 17 del “Canto II” cuando la publicara en la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854). Algo había en la estrofa que atentaba contra la imagen de la hispanidad. La Elegía… fue suprimida finalmente del libro. El hecho no era aislado: en agosto de 1854, un joven de nombre Daniel de Rivera y su editor Felipe Conde, fueron condenados por una situación análoga con un poema titulado “Agüeybana el bravo” publicado en Ponce. Tal parece que el frágil indianismo, indianismo sin indios, que afloraba en la década de 1850 era visto como un discurso subversivo que había que silenciar.

La censura y las limitaciones que imponía el mercado a la difusión de la palabra impresa no impidieron que los observadores y comentaristas de la historia puertorriqueña arribaran a varios consensos interpretativos. En términos generales, primero, todos aceptaban que Puerto Rico se modernizaba materialmente. En segundo lugar, la modernización que celebraban tenía que ver con un cambio económico social preciso: la transformación de la colonia de un territorio ganadero en uno agroexportador. El hecho de que la agricultura de subsistencia fuese superada por otra para la exportación era considerado un beneficio neto del cambio. En tercer lugar, aceptaron que el peso de la responsabilidad estaba en el crecimiento de la industria azucarera.

Las implicaciones políticas e ideológicas de aquel juicio eran varias. Por un lado, para Puerto Rico el camino de la modernización material había constituido una “vía alterna” a la del resto de Hispanoamérica. Puerto Rico no se separó del Imperio Español en medio del vacío de poder que implicó el 1808. Ello significaba que las relaciones políticas con el Imperio Español, la dependencia colonial, no impedía el proceso de modernización material sino que lo estimulaba. El desprestigio del separatismo entre una parte significativa de los sectores de poder era comprensible. La expresión del “progreso” en la isla acabó por poseer un carácter excepcional. En la práctica el país ya no era parte de Hispanoamérica porque Hispanoamérica ya no era España.

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Alejandro Tapia y Rivera y Salvador Brau Asencio

Por otro lado, la idea de la modernización que poseían los observadores y comentaristas de la historia era instrumental y contable. El discurso del Secretario de Gobierno Pedro Tomás de Córdova (1831-1838) es el que mejor ejemplifica esa concepción. En Córdova, integrista radical, la celebración de la modernización se convierte en un “culto a la personalidad” de aquel a quien reconoce como motor de la misma: el Gobernador Miguel de la Torre. El Capitán General, quien enfrentó el separatismo de un modo frontal, resumía para este autor los rasgos del “iluminado” y el “déspota lustrado” a la vez que asumía los atributos del “héroe” capaz de guiar a la “canalla” o el populacho, mientras se hacía “amar” y “temer”. De la Torre es un modelo del príncipe de Nicolás Maquiavelo.

Al individualismo excepcional que, para Córdova, representa De la Torre, se añadía un elemento jurídico. La Cédula de 1815 era percibida como un documento fundacional del proceso de modernización. Lo cierto es que celebrando la Cédula de 1815 se elogiaba la figura autoritaria de Fernando VII, conocido como “El deseado” desde la ocupación napoleónica de la península. El mensaje era claro: Puerto Rico se modernizaba de la mano del autoritarismo, la tradición y la hispanidad. Nada de ello representaba una contradicción en el caso de Córdova. Él era integrista, antiseparatista y favorecía el absolutismo borbónico. Lo interesante es que otros comentaristas asociados al liberalismo reformista, asimilista, al especialismo y al autonomismo, compartieran buena parte de ellas. Historiadores como Alejandro Tapia y Rivera, José Julián Acosta y Calbo y Salvador Brau Asencio, las reprodujesen con algunas variantes. Aquellas disparidades se reducían a detalles producto de la plasticidad que poseía la “hispanidad compartida” en el contexto de sumisión colonial.

Tapia y Rivera valoraba del mismo modo la transición de una sociedad de ganaderos a una de agricultores pero miraba en dirección de otro “iluminado” o “héroe”. En la Noticia histórica de Ramón Power (1873), proyectaba a aquel militar como “lo mejor de Puerto Rico” y lo reconocía como el artífice del cambio. De modo paralelo lo convertía en el signo de la identidad criolla apropiada como sinónimo de la puertorriqueña. Para Tapia y Rivera, Power proyectaba la posibilidad de un balance entre la hispanidad y la puertorriqueñidad. Power era fiel a la vez a Fernando VII y a los criollos, a pesar de que ser liberal y fernandino era una contradicción. Los liberales reformistas, asimilistas, especialistas y autonomistas resolvían aquella contradicción en nombre de la modernización material.

Acosta y Calbo tampoco difiere al enfrentar el tema de la modernización material en su prólogo a la obra de Iñigo Abbad y Lasierra (1866). Con alguna candidez exponía que su objetivo era explicar el “interesante periodo del desenvolvimiento de la riqueza pública del país”. Para explicarlo usaba los mismos parámetros de Córdova: Puerto Rico creció al perder “los situados de México” tras la Independencia de Hispanoamérica. Los agentes modernizadores, aquellos que aprovecharon la nueva situación, fueron dos fuerzas exógenas ajenas a la voluntad del país. De un lado, la inmigración de extranjeros con capital; y de otro, la “libertad de comercio” autorizada desde 1815.

Para un abolicionista convencido el hecho de que no mencionara que la inmigración venía con capital y esclavos llama la atención. La esclavitud negra y el trabajo servil en la ruralía fueron consustanciales al crecimiento material de la colonia después de 1815. Para Acosta y Calbo, la modernización material significaba que Puerto Rico había dejado de ser “un miserable parásito” que vivía a costa de España y el Situado y se había convertido en una posesión beneficiosa para aquella. El desprecio al pasado resulta visible: la imagen de Puerto Rico como un “parásito” improductivo con un potencial no explotado era común en los comentaristas e historiadores del siglo 17 y 18. Las preguntas que surgen son muchas ¿Había sido Puerto Rico “un miserable parásito” de España antes de 1815? ¿Acaso celebraba Acosta y Calbo la relación con España en 1866? ¿Aceptaba un régimen políticamente autoritario porque era económicamente exitoso? ¿Para qué sectores fue exitoso? ¿La profundización del coloniaje desde la Ilustración y el Reformismo Ilustrado, equivalía a la modernización? Brau Asencio, autor de una “sociología histórica” o una “historia sociológica” que se confunde con un análisis socio-cultural elitista, elaboró una teoría de las etapas de la historia de Puerto Rico que no contradice a los anteriores. Su propuesta, sostenida en criterios socio-económicos comunes, reconocía dos estadios mayores: antes de 1815 y después de 1815. La tesitura de la teoría de las etapas de Augusto Comte se percibe en su discurso. El 1815 y la Cédula, representaban una frontera entre la no-modernización y la modernización material. El limen entre un pasado y un presente se define como un AC (antes de la Cédula), y un DC (después de la Cédula). Previo al 1815 el país producía azúcar, cacao y café en el marco colonial estrecho, el estancamiento dominaba y Puerto Rico permanecía al margen Progreso. Posterior al 1815, se garantizó el “despegue” económico en el marco que todavía era colonial tras el retorno del absolutismo.

Los agentes claves del “despegue” en Brau Asencio eran varios. En primer lugar, otra vez el ingreso de extranjeros con cultura y capital, suprimiendo de nuevo la cuestión de los esclavos. En segundo lugar, la liberalización, parcial por cierto, del comercio. Y en tercer lugar, la creación de la “Sociedad Económica de Amigos del País” en 1813, un cuerpo elitista asesor del Estado. Para Brau Asencio el Progreso equivalía al crecimiento de la agricultura comercial, por lo que la modernización se interpretaba en su sentido “positivo” o “material” o “contable” como en Córdova. Su propuesta constituía una celebración del protagonismo del Reino de España y Fernando VII en el proceso.

Es cierto que el cambio estaba allí, pero el mismo había conducido a una modernización material asimétrica que poseía enormes grietas. El historiador de Cabo Rojo se encargó de demostrarlo en numerosas ocasiones. En la “Herencia devota” y “La campesina”, monografías publicadas en 1886, se esforzó en documentar que culturalmente el país no era “moderno” porque la gente común, la “canalla” o el populacho, vivían cegados por un conjunto de “supersticiones” que había que superar. Borrar las costumbres no ilustradas de la gente había sido la pasión de los costumbristas puertorriqueños desde Manuel Alonso Pacheco en 1849. El tono pontificador dominaba aquellos textos, salvo contadas excepciones. En gran medida, la meta de comprender el volkgeist no tenía por finalidad de conservar sino la de reformar y podar la irracionalidad de la gente.

Brau Asencio, como Acosta y Calbo antes, se cuidó de pasar juicio sobre el absolutismo fernandino. No señaló el carácter conservador y antiseparatista de la inmigración de la cual el provenía, como tampoco mencionó la intensificación de la esclavitud en el marco del crecimiento de la economía de hacienda azucarera a pesar de su abolicionismo militante. En el proceso idealizó al inmigrante: “no llegaron…para oprimir sino víctimas de la opresión…”. La candidez se imponía otra vez en el discurso. La intelectualidad hispana, integrista o conservadora, y la criolla liberal reformista, asimilista, especialista y autonomista, legitimaron un proceso de modernización impulsado desde “arriba” de un modo “autoritario” que sirvió para garantizar la relación de explotación colonial y profesionalizó la misma con rendimientos para España. Aquellos argumentos se apoyaban en una presunción teórica indemostrable: la fe en que la modernización económica (y el liberalismo económico), conducirían forzosamente a la modernización política (y el liberalismo político) en un futuro no precisado. El respeto o sumisión a la hispanidad era incuestionable. Todos condenaban las luchas separatistas por igual. En el caso de Brau Asencio, el pecado separatista consistía en que aquellas luchas habían forzado la emigración. La moderación política se impuso sobre el discurso historiográfico puertorriqueño del siglo 19.

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 2 de mayo de 2014

mayo 19, 2015

Historiografía puertorriqueña: Alejandro Tapia y Rivera

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Noticia histórica de Ramón Power, de Alejandro Tapia y Rivera, constituye el modelo más acabado de la biografía civil del siglo 19 puertorriqueño. En aquel texto, redactado durante el sexenio liberal entre los años 1868 y 1874, mirar hacia la figura del militar y diputado a cortes de principios de siglo rezumaba nostalgia. Sin duda, el culto al “doceañismo” se había fortalecido entre los liberales reformistas tras la “Revolución Gloriosa” de 1868. Power era una figura que podía llenar los requerimientos de esa doble temporalidad -1812 / 1868- que imponía el desdoblamiento ideológico. Tapia y Rivera acomete el acto ritual de la actualización del prócer.

El Power de la biografía laudatoria de Tapia y Rivera fue determinante para la canonización de aquella personalidad apenas recordada hoy. La retórica del historiador apostaba por su afirmación como un signo colectivo legítimo. El texto llamaba la atención en torno a las características que lo convertían en un icono moderno, es decir, válido para su presente y, por tanto, vanguardia o modelo de un futuro probable. Los días que sucedieron la “Revolución Gloriosa” llenaron de esperanza al Liberalismo Reformista emergente en la colonia. El Power de Tapia y Rivera era, sin embargo, inventado como una síntesis de la Hispanidad y la Puertorriqueñidad: fiel a Fernando VII pero, a la vez, voz de los puertorriqueños. Aquel argumento representaba en sí mismo una contradicción.

 

Tapia y Rivera y la historiografía en 1850

El Tapia y Rivera de la “Sociedad Recolectora de Documentos Históricos de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico” (1851) es otro. Figura con diafanidad la imagen que la tradición denominó “Padre de la Historia Puertorriqueña”. El que se llame también “Padre de la Literatura Puertorriqueña”, lo convierte en un icono inescapable de la Nacionalidad. La Identidad Puertorriqueña ha sido apropiada como un producto neto del trabajo intelectual. La politización de la misma también. Hijo de un militar y de una criolla, representaba bien una clase media profesional ascendente que resentía la situación crítica que minaba sus bases sociales desde 1848.

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

La “Sociedad…” fue una organización estudiantil fundada en la Universidad Central de Madrid cuya historia íntima he terminado por poseer rasgos épicos. Animada por Román Baldorioty de Castro, intelectual mulato y autonomista radical, y articulada por Tapia y Rivera, estudiante de química y física de ideas liberales reformistas, la organización involucró una diversidad de figuras. Declarados separatistas como Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances; y el enigmático del “traidor” de 1868, Calixto Romero Togores, se movieron alrededor del proyecto. De un modo u otro, la “Sociedad…” sirvió para conectar a una exigua “diáspora” puertorriqueña que se movía entre Madrid, Paris, Londres y Berlín.

La trasformación de la obra de la “Sociedad…” en un libro, la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854), consagró aquel esfuerzo. El “libro” llenaba una de las mayores ansiedades intelectuales del siglo 19 en una colonia donde esa experiencia escaseaba. El valor que posee la Biblioteca… es que funda un imaginario histórico coherente desde una perspectiva puertorriqueña. Se trata de un volumen que está más allá de la obra de Agustín Iñigo Abbad y Lasierra y ello, a pesar de que la Biblioteca… no posea la forma de la narración-exposición que caracterizó el trabajo del monje español.

La relación entre la Historia geográfica, civil y natural...de Abad y Lasierra y la Biblioteca...es más profunda. El hecho de que un miembro de la “Sociedad…”, José Julián Acosta y Calbo, se ocupara en 1866 de producir unas “Notas” a la obra del monje benedictino lo ratifica. La versión de Acosta y Calbo superó el trabajo de Pedro Tomás de Córdova, el modelo de Historiador Oficial, quien había reproducido la Historia… en el tomo I de sus Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas… impresas en la Imprenta del Gobierno entre 1831 y 1833. Por otro lado, el hecho de que otro miembro de la “Sociedad.”, Segundo Ruiz Belvis, produjera con Acosta y Francisco Mariano Quiñones el Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, habla del impacto que aquella asociación de jóvenes curiosos tuvo en las ideas de las elites durante aquel periodo. La obra de los recolectores de 1851 es uno de los momentos decisivos para la conciencia liberal. La Identidad Puertorriqueña, lo mismo en sus aspectos culturales que en los políticos, tuvo en La “Sociedad.” una de sus claves.

 

Un prólogo de Tapia y Rivera (1854)

Las palabras iniciales de la Biblioteca… presentan unos rasgos únicos. El que se pronuncia primero es un naturalista: describe y celebra el paisaje por medio de un acercamiento acelerado que ubica el territorio en el contexto de las Antillas. La celebración naturalista del paisaje le sirve de apoyo para llamar la atención la contradictoria situación del país. Un territorio que amerita “una página en la cartera del viajero y un recuerdo en el corazón del poeta”, ha pasado inadvertido para ambos. La invitación a la lectura está servida. Entonces se pronuncia el historiador. Al contrastar la escasez de fuentes primarias respecto a Puerto Rico y contrastarla con el resto de Hispanoamérica, Tapia y Rivera lo achaca al hecho de que nuestros conquistadores fuesen “más dados a las armas que a las letras”. Para el autor la escasez de fuentes documentales es suficiente para comprender la invisibilidad. La ausencia de conocimiento positivo limita las posibilidades del saber histórico.

La argumentación permitirá a lector comprender la imagen de Puerto Rico que se mueve en el pensamiento de Tapia y Rivera: la nación de los orígenes se consolida en la metáfora de la “raza de Agueynaba” (sic).El indianismo fue uno de los rasgos distintivos de parte de aquella generación que se había formado en el nicho de Romanticismo y caminaba hacia el Positivismo. Se trata de un “indio” reducido a textos, vacío de materialidad y arqueología. El historiador lamenta, eso sí, la ausencia de una “versión de los vencidos” capaz de darle voz al conquistado y concluye que, “careciendo del conocimiento de la escritura, no pudieron aquellos legarnos la menor reseña de su primitiva historia”. Sin “monumentos”, sin “artes”, sin “arqueología”, la “raza de Agueynaba” (sic) era una ficción incomprensible.

El otro elemento valioso de este breve texto es el boceto de una crítica a la interpretación dominante en las fuentes que evalúa. Tapia y Rivera las caracterizaba como de “pueril candidez”, “credulidad rústica”, y como discursos en los que la “pasión individual” excede el “sentimiento de justicia innato en cada hombre”. Las observaciones son las de un Racionalista y un Iusnaturalista Ilustrado maduro. En ese contexto, elabora unas observaciones de método en las cuales el poeta y el clasicista se imponen. La indagación es un “laberinto” casi como una búsqueda azarosa. La metáfora de la historiografía como una búsqueda en el interior de un recinto se impone. El “laberinto” es el Archivo Histórico, un espacio en el cual los tropiezos del investigador le dejan con un producto irregular: un “hilo cortado a trechos”. El sueño del historiador moderno, el relato continuo y limpio del pasado, no aparece por ninguna parte. Todo se reduce a pistas y posibilidades, como el papel que cumplió el hilo en el mito de Ariadna, Teseo y el Minotauro.

La justificación de una publicación como la Biblioteca… destaca la conciencia que poseía Tapia y Rivera de su condición de intelectual ciudadano. Reconoce su esfuerzo como continuación de la de sus antecedentes pero toma distancia aquellos. Resalta el papel de Oviedo y de Abad (de la Mota) -probablemente Abbad y Lasierra-, pero asegura que su trabajo, aunque “no exento de errores”, poseía el valor de que habían vivido “próximo a la época en que pasaron los sucesos”. El observador social se manifiesta cuando Tapia y Rivera llama la atención sobre el hecho de que algunas de la obras son “costosas”, y que buena parte de las mismas se hallaban “inéditas hasta el día” y “diseminados aquí y allá” o mal clasificados en los fondos documentales “con asignaturas muy ajenas a Puerto Rico”. Por último, la conciencia ciudadana lo forzaba a mirar hacia un lugar social. El destinatario de su esfuerzo era “la juventud estudiosa de la nación y la provincia”, es decir, de España y Puerto Rico, en ese orden. La invención de la Historiografía Liberal Puertorriqueña estaba completa.

 

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 21 de Febrero de 2014

 

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