Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

septiembre 26, 2019

La Insurrección de Lares en la memoria de Ramón E. Betances Alacán

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Los recuerdos del 1868 ocuparon esporádicamente la memoria de Ramón E. Betances Alacán durante 30 años y, por cierto, siempre fueron un pretexto valioso a la hora de formular una idea para teorizar la revolución ante los sucesos entre el 1895 y el 1898. Los comentarios dispersos a lo largo de su correspondencia política indican que reconocía el valor potencial de que se reconociese cierta  continuidad entre una y otra experiencia. En términos generales no se equivocaba. Los componentes principales y los extremos ideológicos seguían siendo los mismos. Además un fragmento del liderato más significativo de los procesos del 1868 seguía vivo y esperaba que se contara con ellos para la nueva fase revolucionaria. Pero también era innegable que, al paso de los años, algunos de los actores habían cambiado de posición en el juego.

En el caso particular de Puerto Rico y Cuba, el autonomismo y el anexionismo a Estados Unidos habían ganado una relevancia extraordinaria por lo que las posibles alianzas con elementos de aquellos sectores a la hora de la separación debían ser trabajadas con sumo cuidado. Las  relaciones entre los separatistas independentistas y los anexionistas habían generado disputas en 1868 y 1869, antes y después de Lares, y nadie quería que ello se convirtiera en un freno para las aspiraciones separatistas. Pero el conflicto entre Estados Unidos y España, que también había sido un componente del 1868, había un tomado un giro extremo por cuenta de la guerra en Cuba que, como se sabe, se usó para justificar una intervención directa de Estados Unidos, hecho que acabó por marcar el futuro de las islas tras el conflicto de 1898. La disposición de los anexionistas cubanos, mucho mejor organizados que los puertorriqueños a fines del siglo 19, para disentir de los independentistas, era mucho más notable a fines de la década de 1890 que a fines de la de 1860. Es posible que el balance de fuerzas entre ambos extremos hubiese cambiado a lo largo de aquellos 30 años.

Betances Alacán veía la Insurrección de Lares como el resultado de un largo proceso de intenso trabajo político. La correspondencia que mantuvo en 1896 con Eugenio María de Hostos Bonilla y José Julio Henna Pérez, dos de sus más cercanos colaboradores, tornaba al asunto del 1868 una y otra vez. Se trata de dos corresponsales únicos identificado el primero, con el independentismo y el confederacionismo; y el segundo, con el anexionismo. En una nota a Hostos Bonilla en noviembre de 1896 afirmaba que “la intentona de Lares me costó doce años de preparación (1856-1868), y a eso se debió que Rojas se sublevara en Lares y que Sandalio Delgado tuviese un verdadero ejército (10,000 hombres me decía él-póngale 3,000) en Cabo Rojo, donde tanto me querían”[1]. Y a Henna Pérez le insistía en que “desde antes del ’65 (José Francisco) Basora y yo teníamos la isla agitada”[2] , que la población había sido inundada de papeles revolucionarios y que habían sido capaces de introducir armas al territorio por lo que Puerto Rico estaba listo para la revolución[3]. Una de las situaciones que lamentaba era que, al momento del levantamiento que se había dado “sin darme aviso,”[4] se encontraba en Curazao preparando un embarque de armas y que cuando se disponía a dirigirse a Puerto Rico “ya se había concluido todo”[5]. A Henna Pérez le revelaba que cuando llevó el cargamento de armas “compradas por mí y con mi dinero”[6] a Santo Domingo, las confiscó el presidente Buenaventura Báez.

Betances Alacán estaba convencido de que en 1868 lo habían dejado prácticamente solo con la tarea y, de hecho, al único conspirador al cual alude en ese momento es a Basora, anexionista al igual que Henna Pérez[7]. En otra nota a Henna Pérez firmada en julio de 1897 reconocía la falta de apoyo interno a su causa y llegó al extremo de decir que “me desespera el ver a mis paisanos tan indiferentes y hasta dichosos de vivir en el oprobio con tal de vivir”[8]. Para reforzar el argumento de que le habían abandonado recordaba que en 1868 había enviado una proclama a los “ricos” de la colonia, sector del cual esperaba el sostén financiero que se resistían a brindar. En la proclama aludida apelaba al núcleo de sus temores y sus prejuicios más ominosos amenazándolos con el fantasma de la revolución racial y social con el fin de convencerlos de colaborar: “Hagamos la revolución; -decía- pues si no puedo hacerla con ustedes (los ricos), la haré con los jíbaros; y si los jíbaros no quieren la haré con los negros”[9]. La clase criolla adinerada no se conmovió ante su petición de respaldo en 1868, hecho que volvió a repetirse en 1897. Los comentarios anotados demuestran que ni siquiera la aprensión o el escrúpulo que tenían los ricos ante los sectores del abajo social los sacudía lo suficiente como para tomarse el riesgo. Aunque no pudo persuadir, salvo contadas excepciones, a los “ricos”, Betances Alacán siempre fue muy cuidadoso a la hora de concebir el separatismo como una causa común de independentistas confederacionistas y anexionistas, alianza de que dependían las posibilidades de triunfo de su proyecto.

La derrota de Lares, otro asunto que debía explicarse a la hora de recuperar la memoria de aquel evento, la atribuía en otra carta a Sotero Figueroa Fernández al adelanto de la fecha del golpe que, planeado para el 29 de septiembre en Camuy, había sido ejecutado en Lares el 23. Factores fuera de su control habían forzado la decisión. Su lógica era que si “no hubieran tenido los patriotas que precipitar el desenlace de la conspiración”[10] el resultado hubiese sido distinto. Recordar esos detalles le mortificaba: “no me haga usted recordar tantos dolores ¡tantos!”[11]. Todas sus observaciones historiográficas y táctico-estratégicas se apoyaban en su condición de participante de los eventos y adoptaban un tono testimonial en el cual la furia y la nostalgia convergían.

Lares, en última instancia y a pesar de todo ello, debía ser salvado como un modelo para la revolución por venir. Las alusiones a la experiencia conspirativa concreta son continuas en la correspondencia con Henna Pérez. En una larga carta de noviembre de 1895 sugiere el modelo organizativo y práctico que condujo al levantamiento de 1868 para que se aplicase al proyecto de fin de siglo: “sería importante conocer, en cuatro o cinco puntos de la isla, algún hombre capaz de formar un Comité, cuyos miembros se encargarán de constituir otros alrededor de los primeros”[12], tal y como habían hecho Basora, Segundo Ruiz Belvis y él, entre otros, durante la década de 1860. En ello insistió y en diversas ocasiones recomendó a sus co-conspiradores listas completas de nombres que valdría la pena estudiar minuciosamente desde la perspectiva de su lugar en el espectro político colonial en contraste con lo que él esperaba de ello en medio de la crisis. Las listas de posibles colaboradores contenían no sólo a figuras de independentismo como el médico Manuel Guzmán Rodríguez,[13] y Hostos Bonilla[14], sino también a otros que no lo eran como Manuel Zeno Gandía, Antonio Mattei Lluveras[15], José Celso Barbosa, Luis Sánchez Morales[16], Juan Ramón Ramos, Agustín Stahl, Santiago Veve Calzada, e incluso Luis Muñoz Rivera a quien señalaba como “el que puede dar mejores informes sobre todo el país”[17]. En aquel registro había figuras que se identificaban con el conservadurismo, el autonomismo posibilista y el ortodoxo y, con posterioridad, con el estadoísmo republicano  afín al separatismo anexionista.

Un asunto que hay que tomar en consideración es que Betances Alacán reconocía que el Puerto Rico del 1860 no era el mismo de 1890. El balance de fuerzas, según se ha sugerido,  y las posibilidades revolucionarias diferían. En 1890 por la ausencia de trabajo político intenso, el país no estaba listo para un levantamiento: “allí comienza a agitarse la opinión; pero sería preciso preparar al pueblo como lo estaba en 1868”[18]. La melancolía y el pesimismo lo abrumaban. Desde su punto de vista la separación e independencia seguían siendo una necesidad, pero las condiciones del terreno reducían las posibilidades de éxito de una empresa de aquella envergadura.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa Fernández, cerca de Betances Alacán, resultó productiva. Poco después del intercambio le adelantaba a Luis Caballer Mendoza que, a pesar de lo incompleto de sus archivos -no tenía ejemplares de algunas de su publicaciones, ni fotos suyas en buen número- no perdía la esperanza de “dar a luz mis memorias”[19], promesa que volvió a hacer en un artículo difundido en el periódico cubano Patria[20] pero que nunca cumplió. La curiosidad de Figueroa Fernández lo condujo a producir no solo la referida colección de biografías publicada en 1888, sino también una serie de artículos sobre la Insurrección de Lares difundida en Patria en 1892[21]. En ambos casos el respaldo de un revolucionario cubano de la nueva generación, José Martí Pérez, parece haber sido determinante. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional del siglo 19 había comenzado.

El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa Fernández era un mulato muy peculiar con un pasado autonomista. Este pensador marginal no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes de su tiempo a quienes, sin duda, guardaba un especial respeto. Sus publicaciones inauguraron un discurso laudatorio y romántico sobre el separatismo independentista y confederacionista comprometido con la reivindicación de un acto subversivo cuyo significado había sido conscientemente devaluado o negado por la historiografía liberal y autonomista. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances Alacán en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894: Lares debía ser rescatado del Leteo.

Pero Figueroa Fernández excluía también conscientemente el papel singular que habían cumplido los separatistas anexionistas en aquel proceso, asunto que siempre había sido fundamental para la mirada betancina a pesar de su antianexionismo militante. Es cierto que los separatistas anexionistas se habían enajenado de la conjura que condujo a Lares durante los primeros meses del año 1867 igual que lo habían hecho los liberales reformistas desde mediados de 1867, pero su trabajo en el entramado de la conjura no podía ser puesto en entredicho[22].  Resulta por demás interesante que ningún comentario en cuanto a aquella disputa ideológica saliese a relucir en la investigación del periodista ponceño.  A pesar de que no se podría valorar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales de la década de 1890 en Puerto Rico y en el exilio, el tono adoptado por este acabó por reiterarse en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada contenía una queja franca respecto a la omisión voluntaria o no, que se repetía en la discursividad de las  elites intelectuales coloniales no separatistas. Lo mismo puede decirse de la escisión o divorcio de los defensores del independentismo y el anexionismo.

Las tensiones que ocuparon la psiquis insular entre 1897 y 1898 limitaron las posibilidades de desarrollo de una discursividad separatista o independentista sobre su papel en el relato de la nación puertorriqueña. La celebración de la autonomía moderada del 1897, arreglo cuyo valor Betances Alacán censuró hasta el momento de su muerte; y la invasión del 1898 que, desde su punto de vista representaba un obstáculo para la independencia y confederación de las Antillas, impidieron la maduración de un discurso historiográfico sobre el separatismo desde el separatismo que fuese confiable. El hecho de que el relato del siglo 19 fuese posesión de los integristas de tendencias liberales reformistas y autonomistas y que la versión separatista excluyera  la rica colaboración entre separatistas independentistas y confederacionistas y anexionistas explican la situación. Por último, el mismo subdesarrollo de una vida intelectual independiente en el país, en particular la historiografía, no ayudaba mucho, por lo que la imagen de aquella parte del pasado acabó por ser extirpada. Para que el asunto volviera a convertirse en un tema de discusión camino a su maduración habría que esperar algunos años.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de septiembre de 2019.

Notas

[1] Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade, eds. (2013) Ramón Emeterio Betances. Obras completas. Vol. V.  Escritos políticos. Correspondencia relativa a Puerto Rico (San Juan: Ediciones Puerto): 416.

[2] Ibid.: 343.

[3] Ibid.: 368.

[4] Ibid.: 404.

[5] Ibid.

[6] Ibid.: 418

[7] Ibid.: 419, 421 ambas en notas a Henna.

[8] Ibid.: 455.

[9] Ibid.: 456.

[10] Ibid.: 270-271.

[11] Ibid.: 271 y una variante del asunto en unos fragmentos sueltos en 279-280.

[12] Ibid: 312.

[13] Ibid.: 476.

[14] Ibid.: 523.

[15] Ibid.: 524.

[16] Ibid.: 380.

[17] Ibid.: 396.

[18] Ibid.: 304.

[19] Ibid.: 274.

[20] Ibid.: 280.

[21] Sotero Figueroa (1977)  La verdad de la historia (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña) 1977.

[22] Véase Carmelo Rosario Natal (1985) “Betances y los anexionistas, 1850-1870: apuntes sobre un problema” en Revista de Historia 1.2: 113-130.

julio 29, 2019

Mariana Bracetti Cuevas: un perfil y una imagen

Conferencia dictada el 25 de julio de 1985 en Añasco, Puerto Rico en actividad auspiciada por el “Círculo Fraternal Mariana Bracetti” con el título “Mariana Bracetti: símbolo de libertad”
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En la historia nacional puertorriqueña, hay figuras que han tomado la calidad de héroes y símbolos en la mente del pueblo a pesar de su sucinta aparición en lo que llamamos “historia”. Héroes anónimos que figuran con la fuerza y la brevedad de un fogonazo en la amplia gama de los hechos humanos. Figuras que subsisten a través de los años por la ruta escabrosa de la leyenda y de la tradición oral y que a veces desearíamos mantener tan nítidos como la leyenda y la tradición oral nos los ofrece. Figuras como Joaquín Parrilla que nunca, nunca se rinde; Venancio Román, que no fue a el Pepino “a juyil sino a pelial»; o Bolívar Márquez que con su sangre escribió el 22 de marzo de 1937 tras ser baleado durante la Masacre de Ponce “¡Viva la República! ¡Abajo los asesinos!”. Mariana Bracetti Cuevas es también uno de esos personajes. Una figura histórica que conocemos muy poco y que, alrededor de cuya biografía, quedan y quedarán muchas interrogantes sin responder. Son patriotas surgidos de las mismas entrañas del pueblo; urgentes hoy día en que en la nación puertorriqueña la disolución moral y material y la negación de lo nuestro son la orden del día.

Mariana Bracetti Cuevas (1825-1903)

Nace Mariana el día 26 de julio de 1825 siendo la más pequeña de los diez hijos procreados por don Francisco Bracetti y doña Antonia Cuevas; venezolano el primero y mayagüezana la segunda. El apellido “Bracetti”, parece ser una deformación del sustantivo “bracete”, diminutivo de brazo que antiguamente se utilizaba en España, proviniendo ambas palabras de la raíz catalana “braç», que significa “brazo”. Tal vez por conocimiento de este hecho o por una curiosa intuición, Mariana adoptaría posteriormente el seudónimo “Brazo de Oro”, es decir brazo magnifico, precioso, esplendoroso,

A los tres días de nacida fue bautizada con el nombre de Ana María en Mayagüez, hecho que no debe interpretarse como indicativo de que naciera en el vecino municipio, abonando a dicha consideración tal y como señala el investigador Jaime Carrero Concepción, el hecho de que la partida de bautismo no señalara el barrio o lugar preciso de nacimiento. Proveniente de una familia de pequeños propietarios, no gozó de las ventajas que tuvieron otros dirigentes del independentismo del siglo XIX. Si a esto añadimos el hecho de que se trataba de una mujer en una sociedad en donde éstas eran, y son, discriminadas surgiendo de éste modo impedimentos y escollos a su pleno desarrollo como seres humanos; podremos entender por qué su proyección y su desenvolvimiento como cuadro del separatismo es tan tardío y por qué el conocimiento de su vida es tan fragmentario.

Los años de la niñez y la adolescencia, debió vivirlos en el seno de su familia, entre las tareas cotidianas y recibiendo un mínimo de educación que la capacitara para competir en el Puerto Rico del siglo XIX. Sabemos que el 29 de julio de 1850, casó en primeras nupcias con José Adolfo Pesante Paz, matrimonio en el cual se procrearon cuatro hijos de nombres Josefa Antonia, Rita Antonia, Antonia Ramona y José Ramón Adolfo, quien con posterioridad fue alcalde del pueblo de Añasco. Es de notar el hecho de que pusiese el nombre de su madre, Antonia, a sus tres niñas. La relación entre Ana María y su madre Antonia Cuevas debió ser una muy rica, a pesar de los tiempos agobiantes que se vivían.

Residió esta época la familia Pesante-Bracetti con toda posibilidad en Añasco de donde era natural José Adolfo. En noviembre de 1856 enviuda Mariana. La epidemia del cólera morbo que entró en Puerto Rico por Naguabo causando la muerte a poco más de 30,000 personas, incluyendo 5,000 esclavos, azotaba a Mariana Bracetti. Pero la epidemia y los gastos extraordinarios que ocasionaba, precipitaban también la crisis del tesoro insular lo cual permitía que se perfilara al calor de dicha crisis un nuevo y más vigoroso liderato revolucionario que ya no esperaría libertades de España.

En Mayagüez, el 5 de agosto de 1856, el Dr. Ramón E. Betances Alacán, luego de informar a José Antonio Ruiz, Regidor del Ayuntamiento, la detección de “diez casos de colerina muy graves”, solicitaba del mismo que se tomaran las debidas disposiciones preventivas a la mayor brevedad. La ciudad de Mayagüez habría de ser dividida en dos secciones: el norte para José Francisco Basora y el sur para Betances. El espíritu de sacrificio demostrado por Betances lo convirtió de inmediato en un hombre admirado por todos.

En efecto, ante las peticiones de los comisionados de Puerto Rico y Cuba, España contestó con aumentos de impuestos, una mayor vigilancia y finalmente con órdenes de destierro. La organiza­ción de la Revolución era perentoria y desde el exilio, Betances junto a un puñado de valientes antillanos, trabajaba con ese propósito. El 6 de enero de 1868 se constituía en Santo Domingo el Comité Revolucionario Puertorriqueño. En la directiva, al lado de Betances estarían de momento Mariano Ruiz Quiñones, Carlos Elio Lacroix y Ramón Mella. La isla estaba agitada y la punzante propaganda del médico laborante comenzó a ver sus frutos con la fundación de las primeras juntas y legaciones revolucionarias. Lares y Mayagüez fueron los pueblos pioneros al informar la constitución de sendas células.

A partir de 1857, una vez vencida la epidemia, y con el arribo a la isla de Segundo Ruiz Belvis, el marco de acción del independentismo iba en aumento. La lucha abolicionista iba también en ascenso y, vinculada la abolición a una alternativa política, la situación se tornaba explosiva. La persecución y la vigilancia precipitaban la salida al destierro de los doctores Betances y Basora en 1858 y de Betances nuevamente en 1864. Pero a pesar de la ausencia de parte del alto liderato separatista, en Mayagüez y diversos pueblos se conspiraba.

Puerto Rico entraba en un período de convulsión y en este momento, Mariana Bracetti dejaría de ser una incógnita. El 7 de mayo de 1860 se había casado en segundas nupcias con Miguel Rojas Luzardo de origen venezo­lano. Este matrimonio significaría para Mariana el ingreso a ese mundo de conspiración que entonces germinaba. Miguel Rojas y Mariana Bracetti se trasladarían de Añasco a Lares poco después de su matrimonio y en dicho pueblo nacería el 22 de marzo de 1864 su hija Bruna María, a la cual bautizaban con el nombre de la madre de los Rojas, Bruna, y el de Mariana, es decir María. Fue en los primeros años de la década de 1860 también, cuando, según Luis Hernández Aquino, Miguel y Manuel Rojas, futuro comandante en jefe de los insurrectos de 1868, conocerían Betances Alacán. La red revolucionaria se iba ampliando hasta el mismo corazón de la isla.

En el comité de Lares aparecía como suplente la “benemérita ciudadana” Mariana Bracetti. No hay, sin embargo, consenso respecto a su participación concreta en la directiva de la junta encabezada por Miguel Rojas, quien entonces era su esposo. Si bien en las actas del Partido Revolucionario se incluye a este como uno de los cabecillas, en los documentos del Archivo General referentes a la “Revolución de Lares” no está. Siendo Miguel hermano de Manuel Rojas y vecino de éste, y habiéndose encontrado como veremos más tarde, las claves de los revolucionarios en su hogar, no existe la menor duda de que estaba vinculado al movimiento revolucio­nario.

A partir de aquel momento los hermanos Rojas, particularmente Manuel tendrían una participación más activa en los asuntos públicos que preo­cupaban a las mentes más alertas en la época. El 7 de mayo de 1866, sometido por el gobernador José María Marchessi y Oleaga un cuestionario sobre la libreta de jornaleros, proponía una asamblea de mayores contribuyentes de Lares que se suspendiera el uso de la fatídica libreta para todos los fines excepto para el de identificación del portador. Entre los firmantes estaba Manuel Rojas Luzardo, cuñado de Mariana. Ya sea este un criterio conservador como lo catalogó Labor Gómez Acevedo, o una posición demostrativa de la inmadurez del separatismo, como la evalúa Germán Delgado Pasapera, lo cierto y positivo es que el independentismo incidía y participaba en el proceso colectivo de tomar decisiones. Un solo hombre no iba a hacer la opinión del conjunto de mayores contribuyentes de Lares.

Entre 1860 y 1868 el independentismo había tenido un acelerado crecimiento no sólo entre los profesionales y los hacendados sino también entre las masas pobres de campesinos, jornaleros y esclavos. La independencia se iba convirtiendo en una alternativa al sistema colo­nial y en este proceso, sus dirigentes se iban radicalizando. De este modo, los veríamos lo mismo participando al lado de los liberales en espera de ciertas reformas al régimen, en la burocracia ocupando algunas posiciones dentro de los ayuntamientos y, finalmente, en la lucha armada cuando no quedó ninguna alternativa. Cuando todas las posibilidades de negociar con el Imperio Español un cambio ventajoso para las Antillas se cancelaron, el camino de la Revolución quedó libre y expedito. En la Junta Informativa de Reformas, celebrada entre noviembre de 1866 y abril de 1867, el separatismo jugó su última ficha en la legalidad sabiendo de antemano que la respuesta de España ante la solicitud de reformas iba a ser en la negativa.

Mariana Bracetti у Miguel Rojas estaban atravesando por una situación difícil a raíz del huracán San Narciso de octubre de 1867 y de los temblores de noviembre del mismo año. Así queda demostrado en una carta suscrita por la revolucionaria dirigida al gobernador Marchessi y fechada el 12 de noviembre de 1867. En la misma dramatizaba el hecho de que con su esposo enfermo y su hijo paralítico (debe refe­rirse a José Ramón Adolfo Pesante, su único varón); su oficio de costurera no le era suficiente para mantener a flote a la familia. Solicitaba permiso Mariana para retener un esclavo de su propiedad de nombre Marcos que tenía alquilado en una panadería de Añasco. Esta carta, según señala Olga Jiménez en su libro El Grito de Lares, al parecer no recibió respuesta del gobernador Marchessi. El huracán y los temblores habían obligado a muchos pequeños propietarios y a funcionarios de algunos ayuntamientos a solicitar que cesara el cobro de tributos en el año en curso. El país estaba sumido en la pobreza. Mientras por un lado el Partido Revolucionario Puertorriqueño se fortalecía, España se tornaba más suspicaz y fortalecía también su sistema de espionaje, convirtiendo a sus agentes comerciales en diversos puntos del Caribe en informantes y presionando a sus aliados para que no dieran albergue a los conspira­dores puertorriqueños en el exilio. En la isla, un movimiento revolucionario joven y sin gran experiencia desarrollaba una organiza­ción sólida pero propensa a la infiltración y dada a los descuidos que levantan sospechas en la oficialidad.

El verano de 1868 fue uno de gran actividad que no pasó inadvertida para las autoridades españolas. En los primeros días de septiembre se acordó levantar en armas la isla el día 29. Pero por un golpe de suerte para el gobierno, la Revolución en ciernes era descubierta. El capitán de milicias de Quebradillas Juan Castañón escuchó a dos jinetes dialogando sobre el asunto. Al otro día, 20 de septiembre, Carlos Antonio López, soldado de milicias, corroboraba la versión de Castañón. El allanamiento de la residencia de Manuel María González, presidente de la Junta Lanzador del Norte el día 21, obligaba a los revolucionarios a adelantar el estallido insurreccional para el día 23 de septiembre. En Lares se daría el grito de independencia. La Revolución de Lares, en cuyos detalles no podemos entrar en el marco de esta charla, sirvió de base para el desarrollo de una de las leyendas más hermosas, emotivas y permanentes de la historia nacional puertorriqueña: la leyenda de “Brazo de Oro”.

Mariana Bracetti, al igual que la mayoría de los conspiradores había adoptado también un nombre de batalla. Un nombre de batalla acorde con su personalidad y su función dentro del movimiento revo­lucionaria, Mariana, la costurera y ama de casa de oficio, fue también la ciudadana benemérita que confeccionó la bandera de la Revolución; fue la “Brazo de Oro”. Cayetano Coll y Toste en su Boletín Histórico de Puerto Rico apunta que al momento de la Revolución de Lares existían varias banderas con el mismo diseño que había enviado Betances desde el exilio y que habían sido cosidas por Mariana, por Dolores Cos у por Eduviges Beauchamp, miembro del comité de Maya­güez. La versión de Coll у Toste aparece sustanciada por la del investigador Vicente Borges, autor de unas Memorias de un revolucionario que basó en testimonios de veteranos de la Revolución y descendientes de éstos. Señala Borges la existencia de una bandera que para los días de la insurrección confeccionaba Mariana junto a Dolores Cos y la cual tenía la cruz latina con los cuadros azules en la parte superior y los dos cuadros rojos en la parte inferior pero con una estrella roja. Señala además Borges la existencia de una bandera bordada en el extranjero con una lanza sobre un disco plateado como diseño y una tercera que fue la que ocupó el coronel Manuel de Iturriaga con la típica estrella blanca.

Residencia de Manuel Rojas

Pero cierto es que al momento de asignar los cargos a los presos de Lares, el Juez Nicasio Navascués Aísa acusó a Mariana Bracetti de poseer las claves de los revolucionarios que fueron halladas en su residencia y a Eduviges Beauchamp por bordar la bandera. Sin embargo, y vale la pena señalarlo en aras de trazar la evolución de nuestra mujer-leyenda, el coronel Manuel de Iturriaga, según el periodista José Pérez Moris, conservaba como “trofeo, una bandera puertorriqueña de los independientes de Lares…, bordada sin duda por Brazo de Oro, o sea, la mujer que, al entusiasmo… unía una hermosura singular que magnetizaba hasta el heroísmo a los jóvenes de Puerto Rico libre”. Dicha bandera había sido encontrada en una de las dos cajas de pertrechos que los revolucionarios tenían enterradas en la finca de José Antonio Hernández, vecino de Camuy, y estaba cuidadosamente guardada en el fondo de una caja repleta de cápsulas. José Antonio Hernández se había negado a apoyar a los revolucionarios a última hora y tras tres días de cárcel en Arecibo, confesaba.

Mariana Bracetti, aquella “especie de hada de la insurrección”, como le decía Pérez Moris, había nacido para la leyenda. Presa temporeramente en Lares y trasladada a Arecibo, se acogió a la amnistía decretada por el gobernador José Laureano Sanz y Posse el 25 de enero de 1869. Pero el afán del dictador Sanz de “extinguir rápidamente con actos de generosidad los aciagos efectos de la funesta sublevación” no se cumplieron. En el ámbito popular el Grito de Lares y los héroes y mártires que en él nacieron no fuero relegados al olvido. Mariana tampoco iba a ser relegada al olvido. La mujer que, según Pérez Moris, “Bordaba banderas y seducía con sus encantos a los futuros libertadores”, crecía en magnitud ante el pueblo que la cantaba en los campos y la recordaba en las tertulias. Así lo demuestran los versos que recogió Germán Delgado Pasapera de labios de su madre y que según él mismo señala «cruzaba campos y pueblos»:

Marianita se encierra en su cuarto

y allí sola se pone a pensar…

¡Si el tirano la viera bordando

la bandera de la libertad!

Retirada de las luchas políticas y ya fuera del presidio, nace en Añasco al 28 de septiembre de 1870 su hija Wencesla Higinia Rojas. Desaparecido de la isla Miguel Rojas posiblemente hacia ese mismo año, procuró Mariana disolver su matrimonio con éste y el 6 de abril de 1875 casó en terceras nupcias a la edad de cincuenta años con Ruperto Santiago Laviosa Olavarría, comerciante aguadillano.

El 25 de febrero de 1903 fallecía en Añasco aquella dama que Luis Lloréns Torres llamó “bravo modelo de patriotismo… la bella y magnánima doña Mariana Bracetti”. La vida había sido dura con ella pero aunque no se diera cuenta,  su ejemplo sería imperecedero. Había fallecido la elegante dama de la mirada perdida, los pómulos salientes, el rostro aindiado y el cabello cuidadosamente trenzado sobre el pecho. Aquella que Sanz decía que con sus “halagos y seducciones hacía prosélitos en grande escala”. La dama que signó la conciencia del pueblo y que hallamos presente en Mercedes Caraballo de Jesús, campesina que en 1895 fue condenada junto a 27 labradores más por defender con el machete la vida de los conspiradores que en Arroyo y Patillas laboraban por la independencia; presente en Natalia Vega Bonilla, esposa de Fidel Vélez, que cosió la bandera que enarbolaron los insurrectos de Yauco en 1897, y presente en Luisa Capetillo, dirigente sindical y feminista que tal día como hoy en 1915 fue arrestada por andar con falda pantalón en público. Presente en Blanca Canales, en Rosa Collazo, en Isabel Rosado, en Carmín Pérez.

Hoy, más que nunca, podemos decir con Germán Delgado Pasapera: Mariana sigue soñando, con una estrella lejana…

mayo 21, 2019

Entre historia y memoria: apuntes al margen de la autobiografía de Silverio Pérez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

El jueves 7 de marzo recibí un mensaje de Silverio en mi teléfono móvil. Me pedía que escribiera un blurb para la reimpresión de su libro Solo cuento con el cuento que te cuento. El blurb es una descripción corta que busca convertir en objeto del deseo la obra que describe, en este caso un libro. Esas peticiones siempre me ponen nervioso. Soy un buen lector, pero un pésimo propagandista.

Aquel día había estado revisando materiales sobre el idealismo trascendental, el nacionalismo y el liberalismo para una charla que tenía pendiente en San Juan y me había atascado desarrollando modelos de conocimiento a priori que mis estudiantes de historia pudieran comprender. No me gusta fallarle a los amigos por lo que le dije a Silverio:

Mañana sin falta. Tengo (unos) apuntes sin articular, pero a primera hora te dejo un blurb que integraré a mi presentación. Dime si está bien para ti. Tengo el cerebro agotado a las (dos) de la tarde y las ideas me huyen como gatos ferales.

Silverio me dijo con su natural paciencia que estaba bien. A eso de las cuatro de la tarde volví a escribirle: “Silverio, me tomé dos copas de vino (un tinto fuerte español, por cierto) y redacté esto. A ver qué te parece”:

Leer las memorias de Silverio Pérez es cómo repasar las escenas de la vida de un viejo amigo. Aclaro que en este caso la amistad no tiene que ver con la cantidad de años acumulados sino con la intensidad del afecto.

Una de las virtudes de este libro es que en sus páginas la emocionalidad, la intuición, la reflexión y la racionalidad, entre otras muchas formas de saber el mundo, conviven como debe ser: en constante contradicción y pugna creativa. El rebelde, el ingeniero, el trovador, el satírico, el motivador, el escritor, se juntan en complejo y evocador palimpsesto. Después de todo esa es la vida de un ser humano que transita con su elusivo “yo” para formar el “nosotros” que todos somos en última instancia: el otro es el mismo al cabo del tránsito. Esta es una vida que no se ha permitido nunca una renuncia. El chico de Mamey está presente en el escritor que en estas páginas se piensa…y viceversa.

Su respuesta fue una de esas iluminaciones que me niego a desobedecer: “Por favor sigue tomando vino!!! Gracias!!!”. Hoy cumplo con la palabra empeñada. Después de todo Miguel de Cervantes, hablando de los vinos, decía que no hay néctar que se les iguale”.

Mi relación con Silverio, el escritor, no es nueva. Comenzó hacia el 2004 cuando Isla Negra editores me pidió que revisara y prologara su libro El humor nuestro de cada día. Las tres tristes tribus.  En 2016 cuidé la redacción de su volumen La vitrina rota o ¿qué carajo pasó aquí? que difundió Ediciones Callejón. Los editores Carlos Roberto Gómez Beras y Elizardo Martínez reconocían el escritor que había en Silverio, asunto sobre el cual hablamos en diversas ocasiones.

Ahora bien, leer para prologar, para asesorar un proceso de redacción, para lanzar una obra o para producir un blurb no es lo mismo. Son tareas complejas que ocupan el tiempo de esa subespecie que llamamos “escritores”. Al lado de Silverio ya he realizado todas esas faenas. Aclaro que en todas y cada una, media la condición de que soy historiador: soy un outsider o un extranjero en el mundo de la subespecie de los “escritores”. Hoy, ante Solo cuento con el cuento que te cuento voy a realizar una labor distinta. Las motivaciones de mi lectura son egoístas y epicúreas: voy a leer por leer, por placer, para saborear este texto como se degusta un vino añejo a la vez que reflexiono sobre mi condición de lector.

Lo cierto es que el “historiador” lee un texto de esta naturaleza de modo distinto a como lo haría un “escritor”. La autobiografía es un subgénero híbrido en muchos sentidos. El discurso autobiográfico se mueve entre lo individual y lo colectivo por lo que, bien leído, informa sobre las oscilaciones entre el sujeto y su contexto y enriquece la imagen del pasado. La comprensión del escenario en que se conduce una vida se profundiza en estas textualidades.

Para los que buscamos en el estudio del pasado algo más que la respuesta a la pregunta de “qué (realmente) pasó”, la autobiografía, cuando es el resultado de una reflexión inteligente y profunda, permite al historiador aproximarse a la dialéctica entre la memoria y la historia. La memoria es ese pasado pergeñado con las emociones que formulamos a través de la intuición y la sensación del acontecer. La historia es ese pasado construido con los recursos de la percepción y la reflexión racional sobre el acontecer. No se trata de que la memoria excluya o cancele a la historia o viceversa. Algo me dice que el historiador que se adhiera a cualquiera de las posturas extremas perderá de vista la hermosa complejidad de la condición humana en el tiempo y el espacio.

Silverio Pérez (RUM 2 de mayo de 2018)

La autobiografía se mueve con gracia lujuriosa entre dos formas de la escritura creativa que me sobrecogen y estremecen: la historiografía y la narrativa ficcional. Ya no se trata solo de cómo ve el historiador ese fragmento del pasado sino de cómo lo vivió y vio un testigo ocular. En cierto modo, de lo que se trata es de un retorno ritual a una tradición que una vez se denominó clásica.

 

La impresión de caos fluyente, común a la historia y la autobiografía, que producen las huellas del pasado se resuelve en la textualidad cuando nos entregamos a la “flecha del tiempo” y convenimos en que todo esa confusión condujo al exacto lugar desde el cual tratamos de otearlo. En el caso de la autobiografía la vida se aboceta como un largo filme en el cual, a veces, lo vivido adopta la forma de un cuadro estacionario y la impresión del stop motion. Lo que la imaginación histórica hace con esos callejones sin salida en la historiografía, lo hace la imaginación literaria en el caso de la autobiografía.

Apropiar el pasado colectivo o individual y construirle un sentido mediante una historia o una autobiografía, requiere destrezas que Silverio posee. La otra parte, la complicidad del lector en este caso la mía, la ganó hace tiempo. La complicidad arrancaba de que, en momentos concretos de mi lectura, las emociones se atropellaban y tenía que tomar distancia del relato para recuperar la compostura. Esa sensación de extrañeza y aturdimiento sólo me había invadido cuando, siendo adolescente, leía el diálogo de Sancho con el Quijote en el lecho de muerte de Alonso; y cuando, siendo adulto joven, cotejaba algunos de los momentos más trágicos de la vida de Pedro Albizu Campos. Se lo adelanté a Silverio en un mensaje de texto del 31 de enero de este año:

…tu libro me produce muchos sentimientos encontrados. Tiene que ver -le aclaraba- con experiencias en común contigo y con algunas reminiscencias literarias que estoy atando a ciertas lectura que no sé si conoces. La escritura es así, como una diablura…

La extrañeza y el aturdimiento tenían que ver con una serie de pulsiones, impulsos de la intuición, que actuaban como artificio de la memoria y me sacaban con brusquedad del ámbito de la lectura para conducirme a universos domésticos y ficcionales que ya yo consideraba olvidados. Los buenos libros producen ese tipo de efectos en lectores como yo: convidan al monodiálogo en el insilio que nos hemos impuesto. También tenían que ver con una serie de afirmaciones sintéticas que Silverio había inscrito en lugares estratégicos de su autobiografía. Para mi gusto funcionaban como pensamientos nodales que tenían el propósito de marcar momentos de rompimiento y discontinuidad que fueron reconvertidos en momentos de regeneración y continuidad. Cada pulsión y cada pensamiento me anclaba en la meditación por horas. Ya no me interesaba tanto la complejidad del relato sino la del ser humano atrapado y liberado que me sugería Silverio a través de sus palabras.

¿Cuántas veces me sucedió a lo largo del libro? No podría precisarlo. Tengo la manía de registrar esas pausas irracionales en los márgenes de las páginas o en la hoja de respeto o de la vergüenza que los editores dejan en blanco al principio y al final de un volumen. Para no abrumarlos solo comentaré algunos de ellos

Las pulsiones son aristas que marcan el texto y la vida que usualmente se expresan a la hora de abrir o cerrar un capítulo. Su capacidad de conmover al lector es enorme. En “El paquete de la tía Vicenta” dice el autor:

Hay una mujer recostada, con sus codos apoyados en el marco de una ventana de madera despintada y rústica. Su barbilla reposa sobre sus manos entrecruzadas. Su mirada, perdida en el horizonte. Esa mujer es Victorina Figueroa Amador, mi mamá. (23)

La reminiscencia o evocación que ocupa a Silverio es la “Muchacha en la ventana” de Salvador Dalí ubicada en el Museo Reina Sofía de Madrid ante la cual yo también me extasié alguna vez. La imagen de Victorina me llevó a otro lugar: mi madre se llama Victoria y la recuerdo igual. Era como si desde aquella posición estas mujeres observaran y eslabonaran el mundo a fin de orientar la vida de los suyos. El encuadre de Victorina me retrotrajo a la colección de poemas “Las ventanas” de Rainer Maria Rilke en traducción de Gerardo Diego cuando el poeta afirmaba:

Basta que se asome al balcón / en el marco de la ventana / una mujer que dude…y ya es sin remisión / desde su misma aparición / la que perdemos, tan temprana.

Más adelante insistía el poeta:

Jamás surge tan bella la amada / como cuando tu alféizar la exorna…

En “De parto”, Silverio cuenta como su padre, Silverio Pérez, carpintero y peón, en medio de una crisis espiritual y material, decide mudarse como quien huye del signo de una tragedia.

Mi papá se dedicó entonces a desmontar la casa, poco a poco. Y la fue llevando de un lado para otro, tabla a tabla, cuartón a cuartón, plancha de zinc a plancha de zinc, claveteando, serruchando, hasta que una noche nos fuimos a dormir a la residencia a medio construir. Dejamos la casa anterior a la misma vez que ella nos dejó a todos. Seguimos la madera como quien sigue su origen, con la certeza de que hay veces que la casa no está en la tierra -sino en nosotros- y nos la llevamos dondequiera que vamos. (51)

La escena, expresionista por demás, posee un significado moral asombroso. Imaginar a Silverio padre en medio de aquella epopeya me trajo a la memoria un hermoso texto del uruguayo Mario Benedetti. En “La casa y el ladrillo” (1976-1977) usaba como lema una frase maestra de la extrañeza del poeta alemán y creador del teatro dialéctico, Bertolt Brecht quien afirmaba: “Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo / para mostrar al mundo cómo era su casa”. La casa, el escenario del hogar y la familia, se convierte en parte inseparable de la identidad carguemos con ella, como hizo Silverio padre, o la dejemos atrás. Esos lugares de la infancia actúan como la memoria de un vientre protector insustituible. Estas pulsiones me dicen como lector el amor infinito que siente Silverio por sus padres.

Silverio Pérez, Mario R. Cancel Sepúlveda y Efrén Rivera Ramos

Los pensamientos son otra cosa. Silverio, el escritor, los articula en medio de los giros radicales que impone el azar con sus faustos e infaustos. Esta reflexiones le sirven para tomar un respiro y volver a apostar por las posibilidades de la vida. Mirarse desde lejos es un recurso que la autobiografía hace posible. La distancia a veces produce extrañeza como si al mirar al simbólico espejo encontráramos a otro. En el contexto de la memoria de su ingreso al CAAM en 1965, Silverio dice: “Se me antoja la vida como las líneas que al azar traza un niño, lápiz en mano, sobre un papel en blanco” (93). Cuando un historiador se enfrenta a una afirmación como está reconoce la huella de un debate relevante para su profesión: el de la relación entre la libertad y la determinación, entre el azar y la causalidad. En su afirmación Silverio apuesta cautelosamente por la libertad y el azar como gestores. Después de todo, cuando se trata de la memoria, eso es plausible.

Una vez hecha la apuesta, se ubica en la posición del escritor y afirma: “Caminar los laberintos de la memoria conlleva riesgos, sorpresas, decepciones. Hay archivos que parecen enmohecidos y se niegan a abrir. Otros, han tachado fechas, nombres y sucesos, tal vez para evitar el dolor o para evadir añoranzas de sueños inconclusos” (155). El contexto es distinto: se trata de los años 1974 y 1975 cuando la dulzura y la amargura ya lo habían tocado reiteradas veces. Silverio reconoce que los seres humanos, aunque predispuestos biológicamente para “recordar” son también, como sugerían Friedrich Nietzsche y Henri Bergson, máquinas que necesitan “olvidar” un sinnúmero de cosas para asegurar su subsistencia. La “memoria” y la “historia” son una navaja de doble filo que hay que saber manejar a fin de no lastimarnos.

Más adelante, Silverio concluye en un pensamiento contundente y autoevaluativo lo siguiente: “A veces, la vida se torna en un drama que vamos escribiendo en tiempo real, sin ensayos, frente a un público que te aplaude o te critica; y te juzga siempre. Pero es así como aprendemos a vivir, disfrutando, sufriendo y creciendo. Ya voy conociéndolo mejor al personaje del cual escribo como excusa para comprender su entorno.” (273) El contexto es la década de 1990 en la cual, desde la madurez, confirma su condición de desconocido para sí y que la vida en efecto es azar, casualidad y performatividad. La determinación y causalidad que percibimos en el pasado individual o colectivo, no surge de los actos que acometemos al interior o al exterior. Ese cosmos se articula cuando nos narramos.

Un último apunte antes de culminar. Mi presencia en la autobiografía de Silverio me pone en la situación de sentirme parte “de esos relatos que a veces sentimos tan distantes” (207). Hace años me sorprendió hallarme en las memorias del jurista, académico y escritor Otto Morales Benítez. El viejo intelectual colombiano recordaba un encuentro que tuvimos en San Germán en 1990, yo tenía 30 años, para conversar sobre el General Antonio Valero de Bernabé y el libertador Simón Bolívar. Cuando revisé la escena yo no recordaba sus memorias, pero sus esbozos reanimaron la mía como si se tratara de un disparo. El amigo Miguel Hudo Ricci, cuyo testimonio autobiográfico revisé en 2010 para una presentación, me decía con sorpresa: “…me estoy viendo a través de sus ojos (profesor Cancel) y de su cosmovisión, con todos los ángulos que ha introducido a la experiencia que viví”. La persona transformada en personaje es el mismo y es otro.

A Silverio le digo dos cosas. Primero, gracias por la amistad. Es cierto que tengo pocos amigos, pero esa es la naturaleza de la amistad: su excepcionalidad. Lo excepcional es lo raro y lo único, lo que nunca es redundante ni excesivo. Relaciono los amigos a las capas de tiempo y espacio superpuestas que me ocupan y me hacen. Son como una página sobre la cual siempre puedes escribir y leer una historia. Uno los escoge arbitrariamente y de manera egoísta. Los conserva del mismo modo, y los defiende con la ferocidad que despierta un peligro. Esa hueste grande o pequeña me ayuda a ubicarme en el mundo, a ser parte de una historia.

Segundo, sigue escribiendo. El escritor es un intérprete, un esquivo ser que teoriza.  Ante el fin de los sueños, inventa una frágil estructura en la que habita. Esa fragilidad es todo lo que posee.

Comentario en torno al libro: Silverio Pérez (2018) Sólo cuento con el cuento que te cuento. San Juan: Ediciones Callejón. Leíd en el Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) el 2 de mayo de 2018. Publicado originalmente en 80 Grados-Letras 3 de mayo de 2018

 

 

 

abril 11, 2019

Intersecciones entre historiografía y política hasta la década de 1930

Presentado durante el Primer Encuentro de Investigación de la Facultad del Departamento de Ciencias Sociales del RUM el 6 de marzo de 2019 en conmemoración del 60 aniversario de la institución.
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

Uno de los campos de estudio que más ha llamado mi atención en los últimos 10 años es el de la escritura histórica en Puerto Rico durante el siglo 19 y la primera parte del 20 hasta la década de 1930. Desde la invasión del 1898 hasta la Gran Depresión de 1929, la historiografía puertorriqueña estuvo dominado por un conjunto de voces vacilantes, situación comprensible en el contexto de la consolidación y el desencanto con la relación con Estados Unidos. Fue en medio de la crisis material e inmaterial que la reflexión historiográfica se estabilizó alrededor unos paradigmas confiables. El debate sobre el papel de los valores hispanos que se emborronaban y los estadounidenses que se profundizaban y la reflexión sobre la inserción de aquellos en la puertorriqueñidad, se resolvió de modo tentativo en la discursividad de la llamada generación de 1930. La crisis material de 1929, sin embargo, abrió paso a un duro cuestionamiento a la relación con Estados Unidos con los efectos que todos conocemos.

Otra historia política

Mi investigación busca establecer los artilugios retóricos invertidos en la enunciación del pasado colectivo a la luz de una muestra de intelectuales integristas y separatistas del siglo 19; e independentistas y estadoístas del siglo 20. Se trata de una mirada desde los “extremos” en la cual las posturas de “centro” se disuelven conscientemente. Mi argumento es que liberales reformistas, fuesen asimilistas o especialistas, autonomistas moderados o radicales, seguían siendo integristas a España que solo buscaban disminuir las tensiones que producía un vínculo que valoraban mucho. La misma lógica se aplica a los centros bajo Estados Unidos. Los defensores del self-government, de la autonomía, del gobierno propio, de la soberanía local, del dominio, del protectorado, igual que aquellos que hoy aspiran a la soberanía o la libre asociación, expresaban el deseo de que Puerto Rico no se convirtiera en estado ni fuera independiente porque valoraban en extremo la relación que se había establecido con aquel país desde el 1898. De un modo u otro el relato de la historia de Puerto Rico ha sido articulado desde ese centro vacilante y no desde los extremos políticos.

Para ello se evaluará la relación de las voces con el otro imperial partiendo de la premisa de que separarse o no separarse de España antes del 1898; e independizarse o integrarse a Estados Unidos después del 1898, es la diferencia más representativa en la discursividad de los autores revisados. Ello no excluye que no haya otras discrepancias de igual o mayor notabilidad cuando se les mira desde un territorio que no sea la política, ni que no existan otros criterios para definir las posturas extremistas en la historia política del país durante el periodo estudiado.

Lo que se busca es establecer las convergencias y las divergencias de los historiógrafos del siglo 19 y del siglo 20; apuntalar el estudio de las contradicciones al interior de los integristas, separatistas, independentistas y estadoístas; establecer los silencios o la elipsis en torno a ciertos temas y la insistencia de otros en llamar la atención sobre los mismos. El panorama de la fuentes demuestra que la idea de la nación y de la identidad difiere cuando se la formula ante España y cuando se la formula ante Estados Unidos desde uno u otro bando. Elucidar el pugilato por el control de esa discursividad (un valor inmaterial) y su reinversión en el mundo político y social (un valor material) es clave para la creación de una historia política innovadora. Mi intención es elaborar un análisis textual intensivo sin desasirme de la relación dinámica entre la cultura material y la inmaterial en un contexto colonial. Por otro lado, la investigación busca evitar que el análisis de la política de aquella época sea invadido por las preconcepciones del presente. Me parece evidente que hablar de autonomía, anexión, estadidad o independencia, no significa lo mismo a lo largo del tiempo.

La lectura de las fuentes se hace con dos fines en mente. Por una parte, establecer las fuentes teórico-interpretativas y empíricas a las que apelan los historiadores a fin de confeccionar un mapa de sus lecturas y las modulaciones de su interpretación a la hora de invertirlas en la evaluación de la historia de Puerto Rico para fines concretos. Elaborar un “mapa” que informe sobre las fuentes de legitimación ideológica de la intelectualidad integrista y separatista en el siglo 19; y la independentista y estadoísta en el siglo 20, es un proyecto de envergadura que tiene que ver con el registro textual que utilizaron y las lecturas de aquellos.

Un elusivo objeto de estudio

Los medios para adelantar esa meta son las autoridades intelectuales a las que apelan directa o indirectamente los autores para legitimar sus argumentos, las notas al calce cuando las usan, las bibliografías cuando las incluyen y los marcos retóricos en los cuales se apoyan. También se recurrirá a las reflexiones sobre historiografía, teoría y metodología de una muestra de historiadores del siglo 19 presente en los prólogos, notas y comentarios a terceros y conferencias públicas.

El ejercicio servirá para ratificar la diversidad del pensamiento historiográfico puertorriqueño en el siglo 19, documentar su entronque europeo y aclarar en qué forma el 1898 afectó esa relación cultural. Mis investigaciones sugieren que el entronque europeo y el estadounidense convergieron en la intelectualidad insular durante la segunda mitad del siglo 19 en ideólogos de todas las tendencias y que, como ya ha planteado el investigador César A. Salgado a la luz del tema de la abolición de la esclavitud en 1873, la “posesión del pasado” también fue parte de una pugna que se manifestó en el canon histórico. Lo mismo puede afirmarse para gestas e iconos asociados al 1812, el 1868 o el 1897. La “posesión del pasado” era fundamental para justificar el proyecto modernizador de cada uno de los sectores bajo estudio.

La lectura de las fuentes se hace con un segundo fin: aclarar la relación de las concepciones ideológicas, políticas y culturales con el lugar desde el cual se emiten en cuyo caso, establecer el perfil social y económico de las voces es cardinal. En este sentido, lo que se intenta es conocer desde qué lugar de la nación hablan y qué aspecto de la identidad sirvió de sostén a los argumentos. Lo que busco es penetrar los mecanismos de manipulación de la memoria y la historia para fines políticos en la discursividad histórica del siglo 19 y el siglo 20 y ver cómo la historiografía afectó el activismo modernizador en aquellos escenarios.

Un asunto para tomar en cuenta es que gran parte de las fuentes no son libros de historia. La muestra incluye artículos periodísticos, correspondencia, memorias, autobiografías, ensayos, reflexiones, notas sueltas al calce o la margen de ciertos textos. Pensar históricamente no es monopolio de historiadores: la escritura histórica no puede limitarse a las convenciones del formalismo porque, en todo caso, una parte significativa del acervo se perdería. Un ejemplo es la obra de Ramón E. Betances Alacán quien habla de su contemporaneidad en una diversidad de medios y formas. Escribe narrativa a la manera de Voltaire para enjuiciar e impugnar la idea de la libertad en la modernidad; aprovecha una lectura de El Quijote para azotar a España en la misma época en que codifica el concepto “desespañolizar” para nutrir su separatismo; y comenta sus impresiones de lectura de un libro de John Stuart Mill sobre Augusto Comte y la Física Social o Positivismo en una carta a José F. Basora como parte de un debate intelectual y político con Eugenio M. de Hostos Bonilla. En ese sentido la Historia, el pasado formalizado; la Memoria, el pasado no formalizado; y el presente desde el cual se emite el juicio, se intersecan y nutren mutuamente.

Con esos recursos a la mano, estaré en posición de evaluar el papel de la memoria y la historia en la reflexión antiespañola y proespañola en el siglo 19; y en la reflexión hispanófila y americanizadora en el siglo 20. El giro del 1898 sigue teniendo relevancia. Mirar hacia el eufemístico “cambio de soberanía” a la luz de la historia, la política y la cultura servirá para entender por qué la retórica de las elites puertorriqueñas y los sectores populares siguió rigiéndose por valores hispanos hasta 1950 no empecé la presencia estadounidense. En este proyecto veo los fundamentos para una historia revisionista que sea una “historia cultural de la política” tal y como sugirió, en otros términos, Fernando Picó en un artículo publicado en 2008.

Por último, este proyecto aspira adentrarse en la interpretación de 1898 alrededor de la afirmación de que el “trauma” o “ruptura”, resabio que emana de una concepción estrecha del cambio histórico como expresión del Progreso, no fue tan profundo. En primer lugar, se pretende darle continuidad a un esfuerzo interpretativo cuyos antecedentes se encuentra en la ensayística revisionista de 1980 a 1990 que incluyó las voces de José L. González, Juan Flores, Juan Gelpí, Arcadio Díaz Quiñones, entre otros. En segundo lugar, a las aproximaciones originales generadas entre 1995 a 1998 alrededor del Centenario del 1898 en particular los esfuerzos de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores. En tercer lugar, a las investigaciones que realicé entre 2008 y 2011 sobre la representación de los puertorriqueños en los textos estadounidenses difundidos entre 1898 y 1926, proyecto en el cual me involucré con José Anazagasty Rodríguez y sobre el cual estamos trabajando un nuevo volumen.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia  el 5 de abril de 2019.

 

marzo 21, 2019

La insurrección de 1868 en la memoria: Lares en la retórica nacionalista y un centenario

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

De la memoria/historia al culto

En 1967, previo al centenario de la insurrección de Lares, el Partido Nacionalista publicó el panfleto Lares 6 proclamas del nacionalismo 1930-1935. [Descargar documento] ¿Qué papel podría adjudicarse hoy a una publicación tan poco difundida como aquella?  El esfuerzo editorial de los nacionalistas apareció un medio de una situación conflictiva. El hecho de que se difundiera el año del plebiscito, tema del interés del nacionalismo, no debe pasar inadvertido. Con aquella consulta se intentaba refrendar una relación colonial que sufría una crisis de legitimidad por los señalamientos de vestigios coloniales, junto a una del liderato dado el caso de que Luis Muñoz Marín envejecía e iba en pleno retroceso. Después de la contienda, presumían los populares, el estatus dejaría de ser un “problema”.  El proceso no condujo donde los populares esperaban y, en 1968, el PPD sufrió su primera derrota electoral desde 1940 ante un partido estadoísta de reciente fundación: el Partido Nuevo Progresista (PNP).

La conmemoración de Lares de 1968 se dio, por lo tanto, en el contexto de una inflexión política predecible. El retorno de un partido estadoísta al poder desde 1940 debió sorprender al independentismo tradicional y de nuevo cuño. La situación tuvo un efecto inmediato en la consolidación de una “nueva lucha por la independencia” cuyos antecedentes más remotos podrían trazarse hasta la segunda posguerra y las experiencias rebeldes de Guatemala y Cuba durante la década del 1950. En aquellas instancias, la retórica populista y la izquierdista convivieron según se desprende del estudio del discurso público del Movimiento Pro-Independencia (MPI) y la Federación de Universitarios Pro-Independencia (FUPI). La incapacidad de convertirse en movimientos de masas de aquellas organizaciones rebeldes podría atribuirse a la presencia directa de Estados Unidos bajo el palio una relación jurídica que la oficialidad y el derecho internacional habían validado como no-colonial: el Estado Libre Asociado.

Con la publicación de las proclamas el Partido Nacionalista se insertaba en un proceso de reflexión del cual Lares era uno de los temas centrales. La innovación del independentismo no sólo tenía que tratar el tema del ocaso de los populares y el ascenso de los estadoístas sino que, dado que se miraba desde la “izquierda”, también debía reflexionar sobre el nacionalismo. El Partido Nacionalista poseía un pasado de lucha que no podía obviarse. La meditación sobre Lares, o al menos los parámetros generales en la cual esta se inscribió en el nuevo independentismo, fueron los del nacionalismo treintista. Pedro Albizu Campos, voz principal tras la redacción de las seis proclamas, según aseguraba Juan Antonio Corretjer Montes, legaba en aquellos pliegos una teoría nacionalista del 1868 que penetraría la retórica del independentismo hasta el presente.

La reflexión científica y académica sobre la insurrección de 1868 correspondió a algunos intelectuales vinculados a la generación del 1950 y a la nueva historia social de los 1970. En su conjunto aquella búsqueda sistemática problematizó y profesionalizó la imagen que se poseía del siglo 19. Los grandes temas del 1920 y el 1930 acreedores del tema de la hispanidad, abrieron paso a la pasión por comprender las condiciones materiales y espirituales de la maduración y fractura de aquella rebelión. La oscilación entre las miradas positivistas, el sociologismo y la cliometría puntillosa en la muestra de la obras que discutieron el tema es por demás interesante y merecería una revisión más profunda. De un modo u otro, un dejo de romanticismo nostálgico respecto a los significados atribuibles al 1868 siempre estuvo presente.

La conmemoración del centenario de Lares en 1968, por su carácter contestatario, no tuvo tanto efecto en la renovación de la discusión como el que se puede adjudicar a la conmemoración de la abolición de la esclavitud que sí gozó del apoyo oficial. En cierto modo, entre 1968 y 1973 los liberales reformistas y autonomistas volvieron a ganarle la partida a los separatistas independentistas asegurando la “posesión” del “logro” abolicionista de 1873, un asunto del cual Ramón E. Betances Alacán se había quejado a fines del siglo 19.

El folleto aludido contiene una “Proclama” del Partido Nacionalista firmada por Jacinto Rivera Pérez, Presidente, y Wm. Valentín Cancel, Secretario General, fechada en marzo de 1967. El lenguaje ha sido adecuado al de Albizu Campos de manera premeditada insertando citas directas de aquel al principio y al final del hilo discursivo. Por eso el texto es capaz de reproducir el tono general de las proclamas de Albizu Campos emitidas en la década de 1930. El 23 de septiembre se proyecta como “día máximo de la gesta patria” y punto de partida de la “cronología de la República independiente”. La penetración del lenguaje místico religioso, la alusión a Lares como “Altar de la Patria”, “tierra privilegiada y consagrada”, la homologación del rebelde y el “mártir” y la independencia con la “redención”, le da cierto patetismo anacrónico. La invitación estaba servida: “el reto…no es para los políticos, es para los patriotas, únicos salvadores de los pueblos”.

Una introducción que es un eslabón

El documento oficial está acompañado de un breve texto prologal firmado por  Corretjer Montes, titulado “Un recuerdo y un punto de partida”. El hecho me parece significativo porque Corretjer, Secretario General de la organización en 1936, había transitado hacia el marxismo o comunismo en el marco de la experiencia carcelaria en Atlanta, Georgia, desde la década del 1940 sin que esa transición minara el respeto que exhibió siempre por el nacionalismo y Albizu Campos.

En otra investigación que publiqué en 2011 llegué a la conclusión de que sus antecedentes cerca de las izquierdas socialistas podían trazarse a su experiencia con la vanguardia noísta que se desarrolló alrededor de los poetas Vicente Palés Matos y Emilio R. Delgado hacia el año 1925. El noísmo articuló una protesta radical contra el modernismo, el utilitarismo y la sociedad burguesa en general, con las armas del irracionalismo y el irrealismo en un sentido innovador. Es probable que el nacionalismo de Corretjer desde 1930 haya sido una decisión táctica o un intermedio consciente a la que lo condujo la ausencia de instrumentos partidarios estables a través de los cuales expresar sus aspiraciones radicales. En 1936, cuando se fundó el Partido Comunista Puertorriqueño, tampoco vio en aquel una opción viable a pesar de que los lazos de cooperación entre los nacionalistas y los comunistas sobre la base de la común defensa de la independencia parecen haber sido intensos por lo menos hasta 1938.

El Corretjer que escribía “Un recuerdo…” era, desde 1962, el dirigente de la Liga Socialista Puertorriqueña (LSP) y un innovador en el marco del socialismo en este país. Por eso al final del texto introductorio se define como marxista revolucionario. Para los que conocemos las tensiones vividas entre comunistas y nacionalistas a partir del año 1938, la afirmación no deja de ser un acto de valentía. En este breve texto el papel de Albizu Campos en la historia de Puerto Rico se elabora desde una perspectiva materialista y geopolítica incisiva por demás interesante. Para definirlo Corretjer llamaba la atención sobre las tres vertientes que, según su juicio, convergían en el abogado de Ponce. El nacionalismo “pugnaz”, “concéntrico” apoyado en la “fraternidad”; el iberoamericanismo de “fibra histórica y cultural”; y el internacionalismo basado en el “respeto” a la diversidad ideológica.

Convertir a Albizu Campos en un signo apropiado para “todos” era su meta principal: eso reclamaba el centenario que se conmemoraba. El “todos” aludía a las nuevas generaciones independentistas que estaban haciendo suyos los postulados de las izquierdas en el contexto complicado de la Guerra Fría. Por ello la sintonía simbólica entre Lares 1868/1968, el acto rebelde remoto y su centenario, debía servir de punto de giro o eslabón en dos direcciones. Por una parte cómo “síntesis” (al modo de la culminación de una reflexión histórica) y, por otro lado, como “punto de partida hacia el futuro” (al modo de resorte para la acción). La reverencia a Albizu Campos no excluía la afirmación de una saludable distancia respecto de aquel, sostenida sobre las bases de la argumentación histórica. La conmemoración del acto rebelde, que había adoptado el carácter de la peregrinación a una tierra sagrada en el marco de la retórica nacionalista de 1930, fue cuidadosamente secularizada por el poeta y teórico cialeño.

Las proclamas y la inserción de un pasado en un presente

Las seis proclamas de Albizu Campos elaboraban una red compleja de tesis políticas que hablando de Lares -el pasado-, se pronunciaban sobre el nacionalismo -el presente-. El encabalgamiento o imbricación de las dos temporalidades era necesario para que la discursividad fluyera y consiguiera sus objetivos. La sincronía entre la conmemoración del 1868 y la Asamblea Nacional de 1930 serviría para ratificar la continuidad pasado/presente.

La proclama de 1930 estaba firmada por Corretjer quien admite en su introducción la responsabilidad autoral de Albizu Campos. El documento gira alrededor de una tesis que el nacionalismo reiteró desde entonces: el 1868 era el punto de partida de cronología de la República de Puerto Rico. En ese sentido, al fijar “la voluntad a ser libre” se podía argumentar que la independencia “no ha fracasado” y que la tarea que restaba por completar era “restaurarla”. El fundamento filosófico es que la “libertad” es el estado “natural” de las cosas e irrumpe como un “destino”. El calendario revolucionario, 1868 era el año 1, no contradecía el tradicional o gregoriano propio de la Europa cristiana sino que, como en el caso de revoluciones como la francesa o la rusa, se insertaba en aquel.

El elogio a la Asamblea Municipal de Lares de 1930 que declaró el día 23 feriado, se presenta como un modelo a seguir por otras municipalidades. Albizu Campos insistía en que los gobiernos municipales eran “representación legítima de la soberanía popular”, argumento que volvió a esgrimir en 1936 en el contexto de la discusión del proyecto Millard Tydings a la hora de la posible convocatoria a una Asamblea Constituyente.  En aquella fecha, desilusionado con la actitud del poder legislativo y los partidos políticos, insistió en que el único valor del plan Tydings era que reconocía el hecho de la independencia y que lo que procedía de allí en adelante era articularla y no aprobarla en un referéndum. De acuerdo con Albizu Campos, los gobiernos municipales poseían las condiciones necesarias para citar una Convención Constituyente que representara a la Nación en la negociación de los términos de la soberanía. La afirmación confirmaba el respeto del jurista al autonomismo, rasgo que caracterizó al independentismo emanado de la tradición unionista.

Albizu Campos, al mirar hacia el periodo colonial hispano, identificaba autonomía, soberanía e independencia, aspecto en el cual difería del separatismo independentista betanciano, hostosiano y martiano. Su respeto a la Carta Autonómica de 1897 así lo corrobora. Se trata de una contradicción interesante a la cual valdría la pena retornar en algún momento. El texto de 1930 está dominado por un lenguaje jurídico limpio y preciso, y exterioriza un tono místico moderado que equipara a los rebeldes con los mártires a la vez que da un sentido de “urgencia” a la lucha por la independencia en el marco de la “acción inmediata” que impuso desde la presidencia de la organización. Aquella actitud no había sido parte de la discursividad dominante en las primeras dos décadas del siglo 20.

La proclama de 1931, reiteraba la tesis de la independencia como un acto de “restauración” e insiste en la “urgencia”: se trata de un deber “inaplazable”. El lenguaje místico se profundiza: Lares es “tabernáculo augusto” y conmemorarlo “depurará (…) la conciencia colectiva” revitalizándola. Ese proceso de purga de las “profanaciones”, combinado con un escenario internacional que reconocía la relevancia del caso colonial de Puerto Rico, se conjugarían para adelantar la meta deseada. Albizu Campos era, sin embargo, cuidadoso. Las condiciones internacionales por sí solas no lograrían “restaurar” la independencia:  todo “depende exclusivamente de la voluntad nacional que llegue al sacrificio”.

El internacionalismo albizuista que señalaba Corretjer se significaba en el Iberoamericanismo Bolivariano en cuya culminación “los próceres del 68, (…) encendieron en Puerto Rico, antes que los cubanos en Yara” el fuego de la libertad. La continuidad iberoamericanismo/antillanismo que sugiere Albizu Campos es otro tema polémico. Desde mi punto de vista, el antillanismo pugnaba por completar un proyecto iberoamericano que las generaciones posteriores a la de Bolívar habían olvidado. El fracaso de las gestiones de Segundo Ruiz Belvis en Chile o las críticas de Eugenio María de Hostos Bonilla al orden dominante en el cono sur me parecen cruciales para volver sobre el tema de las relaciones político-culturales entre el “sur”, como le denominaba Hostos Bonilla, y las Antillas.

El 1932 la crisis material iniciada en 1929 alcanzó unos niveles ominosos. El Partido Nacionalista participó en la convocatoria electoral confiado en las posibilidades de una victoria. Algunas de las grandes polémicas de la organización con el orden colonial se dieron en aquel contexto en el cual, además, una parte significativa de las mujeres puertorriqueñas advenían al derecho al sufragio. Para la historia del nacionalismo, aquel momento representó un giro radical. En la proclama de 1932 el lenguaje místico se impone: “algo de perfumada veste recorre nuestras recordaciones, semejante a una clarinada de fe religiosa”. Para Albizu Campos, Puerto Rico era “el único país de América que ha producido la santidad”. La referencia era a Rosa de Lima, santa reclamada como puertorriqueña por el nacionalismo y numerosos intelectuales de la sangermeñidad no precisamente nacionalistas.

El asunto me parece relevante. En cierto modo, el sentimiento patriótico y el éxtasis religioso, el libertador y el inmortal, el patriota y el mártir, son de buenas a primeras equiparados. Luchar por la independencia es apropiado como un deber ante Dios. La memoria de Lares había fructificado en una imagen altamente cuestionable: los rebeldes de 1868 “se inspiraron en Dios”. Con aquella afirmación las corrientes seculares que convergieron en el acto de la mano de Betances y Ruiz Belvis tales como la masonería, el anticlericalismo y el librepensamiento, calificado como materialismo y ateísmo por comentaristas como José Pérez Moris, no eran tomados en cuenta. De manera análoga, el respeto a los actores del pasado se adopta como un acto de “devoción” propio de un acto de la memoria o la emoción, y no como el resultado de un acto reflexivo propio de la historia o la reflexión. En 1932 se celebraba Lares para confirmar una promesa y ejecutar un voto de fe que compelería a la acción revolucionaria. Sin proponérselo y tal vez con toda la buena fe posible, la retórica invertida en el rescate de acto rebelde actuaba también como un acto de censura en nombre de un presente-la década del 1930- que reclama una versión peculiar del pasado.

La proclama de 1933 poseía un valor incalculable porque coincidía con el 150 aniversario del nacimiento de Bolívar. El tema del iberoamericanismo, al cual se aludió en la proclama de 1931, retornó con nuevos bríos. Para Albizu Campos, Bolívar era la raíz de la cual partía el 1868: “Lares es la repercusión bolivariana de Ayacucho en las Antillas”. La conmemoración se ejecuta para reafirmar “la fe en los ideales de Bolívar” y, reiterando la retórica de su concepción de la “Raza”, para renovar la confianza en la posibilidad de una “unión de las naciones de nuestra raza para imponer su hegemonía para la difusión de la civilización que el mundo necesita”, es decir, la latina.

La proclama para el 1934 fue la más densamente dirigida al presente y estaba dominada por el lenguaje incendiario. En la misma se enunciaba con diafanidad la tesis radical del nacionalismo:  los partidos políticos, la legislatura y el sufragio coloniales son una farsa. La ruptura con el orden colonial con el cual aún se podía transar en 1932, se profundiza. La crítica agresiva al imperialismo, que Albizu Campos había hecho suya desde mediados de la década de 1920 adquiere forma definitiva. Para Albizu Campos, Estados Unidos mantiene a la Coalición Puertorriqueña, una organización estadoísta, en el poder pero prefiere gobernar con el Partido Liberal Puertorriqueño, partido que defiende la independencia en buenos términos con el invasor del 1898. Con aquel argumento reconocía que el liberalismo era parte del problema en la medida en que se había aliado con el enemigo. Las posibilidades de un frente amplio popular e independentista eran nulas.

Las injusticias jurídicas del orden colonial eran señaladas con precisión meridiana:  el “veto absoluto” pende sobre toda legislación, la Ley Electoral que el nacionalismo presionó para que se enmendara antes y después de los comicios de 1932 desfavorece a los partidos políticos pequeños, la “Rehabilitadora” o el “novotratismo” debilitan la “fibra viril” del “pueblo proletario” y las fuerzas políticas locales han sido reducidas a la condición de instrumento del imperio. “Y este orden es deber patriótico reversar pero, para ello hay que suprimir toda intervención extranjera”. El escenario de confrontación que marcó la historia del nacionalismo entre 1935 y 1938 estaba abonado. Las guías tácticas concretas eran la política de no participación electoral y la no cooperación con el régimen

La breve proclama de 1935 cierra un ciclo y abre otro. El documento reitera la tesis de la independencia como “restauración” y hace un llamado concreto a las armas: “Lares es la consagración de la nación a la revolución armada, la trayectoria fija de todos los pueblos libres”. La hora cero del nacionalismo había llegado.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 8 de marzo de 2019
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