Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 27, 2018

Betances ante Hostos (y viceversa): una mirada mayagüezana sobre una polémica

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La prudencia con la que algunos historiadores enfrentaron la disputa entre Hostos y Betances en las décadas del 1980 y el 1990 no deja de llamar mi atención. La argumentación historiográfica y la política práctica poseen unos vínculos en extremo frágiles. La investigación profesional no siempre alimenta las premisas en las que se apoya el activismo. Muchas veces el trabajo de los historiadores, como sugería Eric Hobsbawm, lacera la “mitología retrospectiva” de la que apetecen ciertos nacionalismos y el connubio apacible que se infiere culmina en un pugilato incómodo.

El Hostos Bonilla de Rubildo López

Una mirada mayagüezana: la escuela hostosiana de Mayagüez

Germán Delgado Pasapera (1928- 1985), historiado añasqueño y especialista en temas del siglo 19, en especial el separatismo independentista, intentó en la década de 1980 una elucidación de la pugna que contrastaba con la de Ojeda Reyes. La fuente a la que aludo en su tesis doctoral sobre el separatismo puertorriqueño publicada en forma de libro con el título Puerto Rico sus luchas emancipadoras (1984), en especial, el capítulo VI, sección 7 titulado “Hostos se incorpora al independentismo”. Delgado Pasapera fue mi profesor y maestro pero, sobre todo, un amigo dispuesto a compartir ideas desde 1979 cuando yo contaba apenas 19 años. El lenguaje de Delgado Pasapera poseía unos matices que no pueden ser pasados por alto. Lo que Ojeda Reyes definía como  liberalismo reformista y republicanismo federal en Hostos, Delgado Pasapera lo traducía como autonomismo. El hecho de que Hostos vacilara entre esas tendencias y el independentismo hasta 1869, explicaría la poca credibilidad que le concedieron Betances y sus colaboradores cuando arribó a Nueva York.

La selección de conceptos de uno y otro no debe ser interpretada como una antitética. Una lectura de La peregrinación de Bayoán serviría para ubicar a Hostos cerca de cualquiera de esas corrientes en el amplio marco del liberalismo clásico. Lo que no se puede pasar por alto es el sentido que se le daba en la década del 1980 al concepto autonomía. El presente político del historiador era determinante a la hora de seleccionar el lenguaje y articular su discurso. Por aquel entonces se preveía la posibilidad de una alianza entre los menguados sectores que apelaban por la independencia y los populares disgustados que crecían en el seno de aquella organización y que soñaban con más soberanía para un ya desgastado Estado Libre Asociado.

Aquella tentación, que continúa viva hasta el presente, prescindía del hecho de que autonomía e independencia habían sido fuerzas realmente antitéticas durante el siglo 19 en el contexto de la relación con España. El autonomismo moderado o radical que maduró hacia la década de 1880 era un proyecto integrista que quería conservar la relación con España mientras que el separatismo convenía en lo contrario. La frontera entre uno y otro proyecto era porosa pero densa por lo que los autonomistas que se movieron al separatismo, como es el caso del periodista Sotero Figueroa al cual siempre se apela, fueron pocos. Por lo regular cuando se esgrimen ese tipo de argumento se obvia que muchos separatistas se hicieron liberales o autonomistas bajo la presión de las circunstancias. En el siglo 20 la evaluación jurídica de Pedro Albizu Campos había descartado la autonomía bajo la soberanía estadounidense en 1930 y 1931 porque, afirmaba, “no era posible dentro del régimen constitucional” anglosajón. Por eso me sorprende que en los años 1980 un sector del independentismo volviese a mirar hacia una “mayor soberanía” o autonomía como opción a la independencia que no adelantaba. Delgado Pasapera no era un activista, es cierto, pero se movía muy cerca de los circuitos políticos que apoyaban esas posturas.

Delgado Pasapera buscaba atenuar las diferencias entre el Hostos liberal reformista o autonomista hasta el 1869, y el separatista independentista en que desembocó el después de ese año. Para fortalecer su tesis citaba la evaluación que Hostos había hecho sobre sus diferencias con el médico de Cabo Rojo en el documento necrológico “Recuerdos de Betances” redactado en 1898. La lógica de Delgado Pasapera era interesante: Hostos no había sido un “moderado que se convirtió en revolucionario” sino un “revolucionario que fue una vez moderado”. Con ello sugería a sus lectores que debían restar relevancia a sus precedentes ideológicos vacilantes y que se concentraran en sus consecuentes ideológicos. En ese sentido, el liberalismo reformista y el autonomismo serían apropiados como etapas que conducían al separatismo independentistas a pesar de que, en la mayoría de los casos conocidos del siglo 19, la afirmación no correspondía con la realidad.

Ajustar a Hostos a una evolución progresista no le parecía suficiente al historiador. A fin de distinguirlo de los demás liberales, acentuaba que la participación de Hostos al lado de los liberales reformistas había sido “excepcional”, es decir, sus reclamos habían excedido lo que se podía esperar de un liberal común corriente. La interpretación no deja de parecerme “defensiva”. Su finalidad era excusar una postura que cualquier observador intransigente hubiese considerado un “error político” producto de la vacilación ideológica de un ser que se movía entre la racionalidad y la incertidumbre como a veces se percibía Hostos. Desde mi punto de vista, soy un historiador formado en un contexto distinto al de aquel que fue mi maestro, nunca se “rompe” con “todo” cuando se atraviesa por una transición ideológica de extremo a extremo. No se trataba de atenuar la transición sino de tratar de comprenderla en su contexto.

Delgado Pasapera, como buena parte de los intérpretes de aquel momento, apropiaban el liberalismo reformista y el autonomismo como la frontera con el separatismo independentista. Desde mi punto de vista nunca ha sido así.  Pretendía que viésemos en Hostos un liberal reformista más “exigente” que Manuel Alonso Pacheco, Julián Blanco Sosa o Santiago Oppenheimer. El episodio que utilizó para confirmar su argumento, fueron las dos reuniones del mayagüezano con el General Francisco Serrano en enero de 1869. Durante las mismas Hostos exigió la eliminación de cualquier cuota electoral para los futuros comicios en la colonia y la amnistía para todos los presos políticos de Lares, incluyendo a los extranjeros como el venezolano-portorriqueño Manuel Rojas. En verdad los reclamos eran moderados: el primero presumía que Puerto Rico seguiría siendo español y recibiría más libertades en la marco de esa soberanía; y el segundo podría comprenderse como la expresión del espíritu filantrópico que le caracterizaba y no como un signo de simpatía con los insurrectos de Lares acto que, como se sabe, cuestionó en la prensa española en 1868. El hecho de que, como señalaba Delgado Pasapera, la solicitud exacerbara a Serrano quien dio por terminada la reunión, no confirma que Hostos fuese “exigente” sino que Serrano era “intolerante” en exceso en cuanto a los asuntos antillanos. La relevancia de este episodio para la tesis de Delgado Pasapera es que, después del mismo, la transición al separatismo se aceleró.

Narrativamente el episodio es extraordinario. Alrededor de ese nudo se da el proceso que Delgado Pasapera quería resaltar. Hostos transitó del extremo integrista -un valor compartido por el liberalismo, el autonomismo y el conservadurismo-, al separatista en el término de unos meses. La lectura de sus reflexiones privadas de aquel momento, enero a septiembre de 1869, sugieren que la vacilación lo invadía de manera constante:  duda de la petición que hizo a Serrano, de su determinación de irse a París y de su audacia de viajar a Nueva York.

El Betances Alacán de Rubildo López

Delgado Pasapera y las claves de la polémica

Sobre la base de ese juicio, Delgado Pasapera fijó unas claves hermenéuticas para entender la polémica entre Hostos y Betances (y viceversa) que voy a sintetizar. La primera era la afirmación de que, si bien Betances era un revolucionario práctico y probado, Hostos era “sobre todo un ideólogo”. El caborrojeño era un revolucionario de las conjuras y el mayagüezano un revolucionario de escritorio. Sobre esa base, frágil desde mi punto de vista porque separaba teoría y praxis como si se tratara de esferas sin comunicación, asignaba a Hostos un lugar en la “tribuna” o en la “prensa” que lo alejara de los combates concretos. Lo cierto era que, aún en el lugar que Delgado Pasapera le asignaba, Hostos era capaz de chocar. Las expresiones más crudas de la polémica habían brotaron cuando dirigía el foro La revolución (1869) y salpican la reflexión hostosiana durante su “viaje al sur” (1870-1874). Además, según señalé en una reflexión sobre Hostos, el pensador krausopositivista no veía el periodismo como un “acto privado” o teórico distante de la vida pública y la praxis, sino como como un “acto público” y militante.

La segunda clave era la intransigencia de Hostos. Según Delgado Pasapera, Hostos “era en extremo altivo, a veces hasta la arrogancia”. La referencia a la que aludía era una nota del Diario I en la cual afirmaba: “Yo traigo mi pensamiento organizado y no consiento alteración en él”. La misma reflejaba lo que le valían las críticas de Betances y José Francisco Basora durante e debate sobre los anexionistas en el panfleto La Revolución. Hostos confirmaba que ni siquiera por cuestiones tácticas iba a moderar su lenguaje. No se daba cuenta, o no le importaba,  que con ello ponía en peligro un proyecto de unidad cubano-puertorriqueña que avanzaba penosamente entre 1865 y 1869. Su actitud no dejaba muchas opciones: o hacían caso a Hostos y dividían la  organización, o excluían a Hostos y lo sacaban del panorama. La decisión fue la segunda. El tiempo que Hostos viajó a Sur América creó las condiciones para un encuentro más sosegado en 1874-1875 en Puerto Plata entre Gregorio Luperón y Betances

Una tercera clave que, en el caso de Delgado Pasapera derivaba de su primer argumento, era que las ideas de Hostos excedían las necesidades prácticas de la revolución antillana. El historiador citaba un texto hostosiano publicado en La revolución (22 febrero 1870) en donde hacía dos cosas que adelantaban el fin de la polémica. Por un lado, reevaluaba la Insurrección de Lares y rectificaba su juicio de El Universal de Madrid y el Irurac Bac de Bilbao. Por otro lado, reconocía la Federación de las Antillas como un eslabón necesario para la fusión de la Nación y la Raza en el camino hacia la Civilización y el Progreso hemisféricos. Ese era el krausopositivista en el cual las huellas de Immanuel Kant, Auguste Comte y Henri de Saint-Simon eran obvias. Para delgado Pasapera aquella tesis estaba más allá del realismo político que caracterizaba a Betances. Lo que Hostos conjeturaba es la fusión de las naciones (estados) antillanos y la fusión de las razas (culturas) antillanas en una unidad armónica y sin contradicciones notables. Los responsables de esa inmensa y compleja tarea no eran sólo los antillanos. Esa tarea incumbía a todo el continente, o sea, la América del Norte y la del Sur o Colombia.

Su argumento es complejo y ambiguo. El norte comenzó con “éxito” su fusión: la “libertad sajona” es resultado de la fusión de razas (culturas) europeas. El sur ha comenzado su fusión “penosamente” por medio de la fundición de las razas (culturas) europeas con las indígenas. Su interpretación es problemática. El “éxito” en el norte no toma en cuenta al nativo americano o al africano a la vez que celebra su europeísmo: Hostos admira a los Estados Unidos del norte. Cuando mira al sur no reconoce una “libertad latina” y subvalora el mestizaje con los naturales: Hostos resiente los Estados Desunidos del sur. El hecho de que construya el nombre de la región sur con los antónimos del norte es bien significativo.

En cuanto a Las Antillas, Hostos afirmaba que no habían comenzado su fusión por lo que su papel era el de medio-eslabón-lazo-fiel de una balanza norte-sur. Norte y sur tendrían en las Antillas una síntesis perfecta, armónica y su escenario más trascendental. El norte era el modelo y la meta era arribar a unos Estados Unidos de América que reuniera los dos continentes y las Antillas en uno. Con ello Delgado Pasapera apuntaba la polémica y resolvía la misma. Hostos estaba lejos de ser un nacionalista: era un trans-nacionalista culto e idealista. Las posibilidades concretas de un proyecto de esa naturaleza en 1870 eran pocas o utópicas.

abril 28, 2018

Apuntes sobre una interpretación del independentismo puertorriqueño en el siglo 20 y al filo del siglo 21

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia
Comentarios a Ché Paralitici (2017) Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico. San Juan: Gaviota.

El libro de Ché Paralitici, publicado en un momento de inflexión y de crisis que todos debemos evaluar con cuidado, manifiesta una lógica sugerente y rica. Lo que plantea es una invitación al estudio reflexivo del independentismo, una propuesta política llena de complejidades y contradicciones. Las premisas teóricas de las que parte este comentario son sencillas.  Puerto Rico experimenta un “largo siglo 20”, como diría Eric Hobsbawm, que comienza en el 1898 y que aún no ha terminado.

El rasgo más revelador de ese siglo es el ingreso del país a la esfera jurídica estadounidense bajo cuya influencia económica y cultural se encontraba desde mediados del siglo 19. El independentismo puertorriqueño expresa una forma de la resistencia a la presencia de ese “otro” y a la forma en que la misma ha ido evolucionando. Durante ese “largo siglo 20” inconcluso el independentismo ha mostrado un comportamiento específico antes y después de la Guerra Fría (1947-1991). El objetivo teórico de este libro es establecer las continuidades y discontinuidades del independentismo antes y después de ese fenómeno. Sobre esa base aspira elaborar una propuesta de futuro plausible que adelante la liberación del país.

José “Che” Paralitici

Antes de la Guerra Fría (1898-1947)

La interpretación del periodo anterior a la Guerra Fría (1898-1947) se sostiene sobre una serie de premisas. Primero, el efecto perturbador del 1898. Estados Unidos, adversario político y socio de negocios de España durante el siglo 19, un modelo de liberalismo económico y político y de crecimiento que muchos separatistas independentistas habían visto como un aliado para su causa en contra de la monarquía española, se transforma en el enemigo de la independencia de Puerto Rico tras ocuparlo al cabo de la Guerra Hispano-Cubana-Estadounidense. La lógica de que Estados Unidos era un potencial aliado era común a independentistas y anexionistas. Incluso muchos liberales reformistas y autonomistas compartían ese juicio. El limbo colonial que nos inventó la Ley Foraker de 1900, sin embargo, no difería del que se dejaba atrás. El 1898 justificó una ruptura entre independentistas y anexionistas que, predecible desde la década de 1850, siempre se había evitado a fin de favorecer la causa común: la derrota y desalojo de España de las Antillas. La incertidumbre que esos hechos produjeron es visible en dos figuras emblemáticas de cada una de esas tendencias: Eugenio María de Hostos y José Julio Henna.

Segundo, desde la invasión de 1898 hasta 1930 el independentismo vivió una era de “tanteo” en la cual sus intelectuales se vieron precisados a reformular el pasado hispánico e inventarle una mitología que Betances o Ruiz Belvis no hubiesen secundado. Aquellos habían afirmado la necesidad de “desespañolizar” nuestra cultura. El independentismo de nuevo cuño aspiraba a “re-españolizarlo” para evitar la “americanización”. El nacionalismo cultural moderado, que Albizu Campos denominó ateneísta, generó una discursividad que condujo a la hispanofilia. La reformulación de la identidad cultural o política después del 1898 acabó tomando en cuenta el efecto desestabilizador del 1898. No se trata de darle crédito a la tradicional “teoría del trauma” sino de llamar la atención sobre una situación real. Volver a la “teoría del trauma” sería reducir un proceso cargado de materialidad a un conflicto inmaterial afín al regeneracionismo hispano del cual fue un opaco reflejo.

Tercero, la época de “tanteo” terminó en 1930 con la afirmación del nacionalismo político de Albizu Campos. Éste tomó lo que consideró mejor del nacionalismo cultural moderado y lo cargó de contenidos prácticos hasta la agresividad. Para la interpretación de este giro es cardinal tomar en cuenta la Gran Depresión (1929), los inicios del Nuevo Trato y el Estado Interventor (1932) y el realineamiento político por el que atravesó el país entre 1920 y 1940. Entre los nuevos actores que emergieron de aquella vorágine, el nacionalismo de la “acción inmediata” fue uno. El otro fue el populismo, un movimiento proclive aliarse con los agentes novotratistas igual que también lo hicieron las izquierdas anticapitalistas en aquel contexto.

Cuarto, todo sugiere que superar el “tanteo” y pisar terreno firme no fue suficiente. Puerto Rico, cuyo valor geoestratégico era reconocido desde la invasión de 1898, se convirtió en una clave de la política hegemónica de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Guerra Fría (1947-1991). La documentación de esa relevancia en los registros oficiales y no oficiales producidos en el marco de la ocupación entre 1898 y 1926 alrededor del nudo del Canal de Panamá (1914) y la Gran Guerra (la primera de 1914-1918), debe tomarse en cuenta para que no parezca que la evaluación emanada de la guerra del 1939 era una novedad.

Es importante recordar que durante la primera parte del siglo 20 los nacionalismos y los socialismos iban por rutas separadas. El hecho de que los socialismos fueran identificados sin problema con las “izquierdas”, facilitaba el desplazamiento de los nacionalismos hacia las “derechas”. Detrás de este argumento había un componente de clase obvio. Ese asunto, tratado de modo superficial, ha representado un dolor de cabeza para la interpretación de los nacionalismos en el marco de una teoría progresista ortodoxa que no comparto. El volumen de Paralitici no enfrenta ese problema teórico, aunque ofrece mucha información sobre las fragilidades y las fortalezas de la relación entre ambos extremos en un marco colonial como este.

De hecho, la convergencia entre socialistas e independentistas tuvo que aguardar hasta la década de 1930 y la Gran Depresión, cuando la relación con Estados Unidos puso al país en medio de la espiral del desarrollo capitalista dependiente en una posición incómoda. Los resultados del encuentro entre los extremos ideológicos fueron contradictorios y los debates entre las aspiraciones de uno y otro muy comunes entre 1930 y 1970. Hasta el 1930, el movimiento socialista y comunista habían preferido apoyar la transformación de Puerto Rico en un estado de la unión o se conformaban con una mayor autonomía para la isla. Siempre habían expresado alguna aprehensión en cuanto al asunto de la independencia y, en especial, el nacionalismo. La convergencia entre socialistas, comunistas y nacionalistas alrededor de la independencia solo se estabilizó tras el fin de la era de la contención Washington-Moscú pero siempre ha sido inestable.

Durante la Guerra Fría (1947-1991)

En medio de la Guerra Fría ocurrió otra era de “tanteo” que el autor insinúa. La ofensiva contra el movimiento anticolonial entre 1932 y 1954 fue atemorizante y eficaz. Durante ese periodo el independentismo, el nacionalismo, el populismo, las izquierdas socialistas y comunistas chocaron con intensidad. La represión condujo a un periodo de contracción, moderación y crisis en el sector. El hecho de que fragmentos de todos aquellos sectores se viesen precisados a elaborar acuerdos tácticos con Estados Unidos a la luz de la crisis económica y política, no puede ser descartado como estímulo a la crisis. En Estados Unidos las izquierdas, socialistas y comunistas, elaboraron una alianza con los reformadores demócratas. En Puerto Rico, esos mismos sectores prefirieron una alianza con los novotratistas y los populistas, y no con los nacionalistas.

Entre 1946 y 1959 la relación colonial fue “reformada” por medio de la aplicación de transformaciones que, manteniendo la dependencia, mejoraban la imagen internacional de Estados Unidos. Esa fue la era de oro de Operación Manos a la Obra y de la cirugía cultural denominada Operación Serenidad. El pesimismo filosófico que penetró la discursividad literaria del 1950 es, sin duda, una expresión de aquella situación paradójica.

Visto desde la distancia, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial habían cambiado la escena puertorriqueña planteando retos que el independentismo no siempre pudo superar. El realineamiento ideológico de este sector fue profundo. Algunos segmentos del socialismo amarillo, que había sido un aliado de Estados Unidos y los estadoístas; y del comunismo rojo, que había sido un aliado de los populares y el Nuevo Trato, se movieron hacia el independentismo. Los efectos sobre el discurso independentista fueron enormes durante la década de 1960 cuando la conflictividad de la Guerra Fría maduró en el Caribe al socaire del socialismo cubano. El caso de Cuba no fue un asunto aislado. La Guatemala de 1951 al 1954 fue una precuela, y la República Dominicana del 1962 al 1965 una secuela significativa por las relaciones históricas de ese país con Puerto Rico.

En ese tejido se dieron las condiciones para la revitalización del independentismo. El reavivamiento estuvo relacionado con las grietas que rompieron el aislamiento colonial y adelantaron el colapso de la secretividad impuesta por Estados Unidos respecto a Puerto Rico desde 1953 en la Organización de Naciones Unidas. Debo recordar que entre 1960 y 1972, el asunto de Puerto Rico volvió a discutirse en el Comité de Descolonización gracias a los esfuerzos del nuevo independentismo puertorriqueño y a la insistente diplomacia cubana. El independentismo era la única tendencia que afirmaba el carácter colonial del ELA. Tanto el estadolibrismo como el estadoísmo republicano, insistían en lo contrario y afirmaban el carácter interno (no internacional) del asunto del “estatus”.

La gran paradoja que emana de la lectura de este libro tiene que ver con el “afuera” del independentismo y con el problema de la percepción de la gente. Para la mayor parte de los puertorriqueños en las décadas del 1960 a 1990, resultaba más cómodo adoptar el discurso antinacionalista, anti-independentista y anticomunista promovido por las autoridades, que apropiarlos como un proyecto esperanzador. La criminalización del independentismo había surtido efecto.  Las posibilidades de insertar en Puerto Rico un nacionalismo innovador o un socialismo renovado y re-humanizador, fueron frenadas en el marco de una cultura política pobre. Aclaro, por otro lado, que la imagen internacional de los nacionalismos y los socialismos no era muy buena a la altura de la década de 1960. El efecto que había tenido el socialismo real soviético durante la época de Stalin; y el fascismo italiano y el nazismo alemán, explican la incómoda situación de esas propuestas en un contexto colonial y puertorriqueño anterior a la gran crisis de 1970 a 1973.

Mario R. Cancel Sepúlveda

Después de la Guerra Fría (1991 al presente)

La interpretación del periodo de la post-Guerra Fría se elabora alrededor de la “manzanas de la discordia” que Paralitici sintetiza con precisión, a saber:  la participación electoral, la violencia y la ilegalidad, y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. Cada uno de esos puntos ha sido justificado por medio de principios intransigentes, o sobre la base de necesidades tácticas a la luz de la praxis. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones une o separa al independentismo a pesar de que cada una de ellas puede validarse o invalidarse con argumentos de teórico o prácticos.

Es ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar en buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos y los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués que se entrecruzan no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas de esta naturaleza. En ese sentido, lo más apropiado sería hacer lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual se presume luchan el independentismo y el socialismo.

La otra cara del asunto posee un fuerte contenido filosófico y sociológico. Hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema del independentismo podía sintetizarse en el hipotético opuesto de la “nación” y la “clase social”. El debate de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida, en uno; o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción, en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los nacionalistas y los socialistas presentes en las luchas políticas desde 1959 en adelante, comenzaron a erosionarse a partir de 1976 en la misma frontera del orden neoliberal o post-capitalista.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de la “nación” o la “clase social” como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, pusieron en duda la eficacia de la “nación” o la “clase social” como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un inconveniente de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega Paralitici en su libro es que la inclinación por las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a qué lucha debe ser la prioritaria está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción o los circuitos de consumo. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmentos de clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen unos y otros no son las mismas.

Por más complejas que parezcan estas situaciones no se trata de un problema sin solución. El volumen Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico de José “Che” Paralitici  lo deja listo para la discusión. La mesa está servida. Sólo falta que vengan los comensales y que se inicie esta necesaria tertulia.

abril 23, 2018

Betances ante Hostos (y viceversa): reflexiones en torno a una polémica

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Antecedentes de una relación controversial

Ramón E. Betances Alacán y Eugenio María de Hostos Bonilla estuvieron en contacto esporádico entre los años de 1859 y 1869. Los detalles de un encuentro epistolar en 1863 parecen haber sido cruciales en la opinión que uno desarrolló del otro. Betances, según se deduce de un comentario a la novela La peregrinación de Bayoán que el propio Hostos refiere, reconocía la tesitura reformista e integrista del texto del mayagüezano. En una nota le insiste en que, igual que no se podía hacer “tortilla” sin “romper” los huevos, no se podía hacer “revolución” sin “revoltura”. La fuente es Hostos en su artículo necrológico “Recuerdos de Betances” de 1898. En 1863, Hostos fue a Madrid donde se convirtió en un activista antillano en el circuito civil y político de la capital. Cuando se reencontraron en Nueva York en el 1869, eran casi desconocidos el uno para el otro. Buena parte de la vida política de Hostos en España desde 1866 era ignorada por Betances. La militancia de Betances en las Antillas, sin embargo, era un hecho más o menos conocido por Hostos. La proyección del caborrojeño era mayor que la del mayagüezano.

A Hostos le había atraído el activismo de Betances en Mayagüez entre 1856 y 1867. Su viaje a España en 1866 tuvo un efecto comprensible. En octubre de 1868 criticó con los argumentos de un liberal reformista la Insurrección de Lares de 1868 en un artículo que difundió El Universal de Madrid y el Irurac Bac de Bilbao. Hostos, reproduciendo el tono adoptado en La peregrinación de Bayoán de 1863, le restaba legitimidad al movimiento y proponía un programa liberal reformista para la isla. En aquel momento veía el problema de Puerto Rico desde la posición de un “español antillano”. Lares era un acto a destiempo porque España iba a ocuparse pronto de las Antillas. Para Hostos, Puerto Rico era fiel a España y estaba habitado por un pueblo “pacífico”, “sumiso” y “paciente” que poseía el “heroísmo pasivo que heredaron de los indios”, mientras que España poseía la “movilidad heroica” que a aquel le faltaba. Lo que sugería con ello era que una “revolución” era posible en España, pero no en Puerto Rico. Su argumento etno-racial no tenía nada que envidiarle a otros que posteriormente esgrimieron Salvador Brau o Antonio S. Pedreira a tenor de lo indígena y el temperamento

Hostos no estaba solo en aquel juicio sobre Lares. Los hechos de septiembre de 1868 tampoco resultaron simpáticos para el núcleo separatista independentista de Caracas encabezado por Andrés Vizcarrondo, el veterano conspirador puertorriqueño que entre 1863 y 1866 encabezó el Gran Club de Borinquen con un proyecto alterno al de Betances que nunca se pudo completar. Cuando en la década del 1980 estudiaba el fenómeno de las sociedades secretas en el contexto de la década de 1860, tuve que reconocer que los únicos puntos de contacto probables entre el proyecto de Betances y el de Vizcarrondo había que buscarlos en las figura de Segundo Ruiz Belvis y de Rufino de Goenaga. Lo cierto es que Vizcarrondo veía el problema de las Antillas desde la posición de un “hispanoamericano”. Tanto para Hostos como para Vizcarrondo, el antillanismo autóctono de Betances levantaba suspicacias que justificaban con el hecho de que no condujo a la separación y ni tan siquiera generó una guerra larga como Yara en Cuba.

Lo que alejaba a Betances de Hostos, según se colige del escrito del último, era por un lado, no la “violencia” sino el hecho de que fuera contra España. Por el otro, estaba la cuestión táctica de  cuánto se podía esperar de España de quien el caborrojeño desconfiaba por regla general. Lo que alejaba a Betances de Vizcarrondo era la cuestión de cuánto se podía esperar de Hispanoamérica. Para Betances una breve visita a Caracas en 1869 le confirmó que era poco. El “sueño de Bolívar” no conmovía a los venezolanos del Gobierno Plural y Vizcarrondo no hacía mucho por animar una cooperación en buenos términos con el rebelde antillano según demostró Santiago Román-Ramírez en un excelente trabajo de 2004.

Desde mi punto de vista, que estudié aquel proceso desde la perspectiva de Ruiz Belvis, es probable que el viaje del abogado de Hormigueros a las Repúblicas de Sur en busca de respaldo para su proyecto, esquema que encaja en la visión de Vizcarrondo, haya sido un “último esfuerzo” en la dirección hispanoamericanista del Comité Revolucionario que encabezaba. La comisión, como se sabe, fracasó se manera estrepitosa en 1867. Las gestiones, como las del General Antonio Valero de Bernabé entre 1821 y 1827: acabaron sepultados por los requiebros del pragmatismo político que no quería poner los logros de las jóvenes reúblicas en riesgo por cuenta de las Antillas.

Cuando Betances formula su antillanismo en la década de 1860 lo hace porque reconoce la inoperancia del hispanoamericanismo romántico sin que ello significase un rechazo al bolivarismo ideal o a la figura del libertador. La solución que se planteaba no era sencilla: las Antillas deberían hacer la separación e independencia por sí mismas, como los italianos construían su unidad. Tendrían que salir de España sin contar con Hispanoamérica pero también, en lo posible, evadiendo a Estados Unidos. En suma, la idea de la “revolución” y el “revolucionario” en Betances, Hostos y Vizcarrondo eran distintas como ya Germán Delgado Pasapera en un extraordinario estudio en 1984.

 

¿Cómo enfrentar una polémica de esta naturaleza?

El choque entre Betances y Hostos siempre ha llamado más la atención que el de Betances y Vizcarrondo. La forma de enfrentarlo no deja de ser curiosa: en la década de 1980 la intención parecía ser atenuarlo a fin de que no fuese malinterpretado por el enemigo político. Un componente de la discusión fue el recurso a argumentos psicológicos articulados por lo que podría denominarse la “Escuela Hostosiana de Mayagüez”, un conjunto de investigadores forjados alrededor de la conmemoración de sesquicentenario en 1989 en esa ciudad.

Un argumento central que se reiteraba era que el choque sería comprensible a la luz de diferencias de carácter debidos en parte a la diferencia en edad. Ello no dejaba de poseer valor ilustrativo. La moderación de Hostos (nacido 1839) y la inmoderación de Betances (nacido en 1827) permitía explicar el temperamento de uno y otro y entender qué los separaba. Aquella interpretación también servía, aunque no se aplicó a ese fin, para entender el choque de Betances con Vizcarrondo (nacido en 1804). El liberalismo y la confianza en España en Hostos; el separatismo independentista, las dudas sobre el apoyo de Hispanoamérica a las Antillas o la poca confianza en España de Betances; y la persistencia en el modelo hispanoamericanista de Vizcarrondo, podían ser leídas como una impronta generacional que marcó la psiquis de cada uno. El psicologismo y el historicismo se daban la mano para comprender las discrepancias entre estas tres figuras de siglo 19. En esa dirección elaboraron sus juicios el citado Delgado Pasapera, Loida Figueroa Mercado y Argimiro Ruano, entre otros, con procedimientos y fines distintos.

Una interpretación betanciana: Félix Ojeda Reyes

Ojeda en una investigación de 2001, sin descartar los argumentos psicológicos o de carácter, evalúa la polémica desde una perspectiva ideológica y política. Sus fuentes son las partes pertinentes del Diario I de Hostos y la correspondencia de Betances con terceras personas. Hay que tomar en cuenta que Betances le debe mucho al radicalismo del 1789 y el 1848 y, en ocasiones, actúa como un continuador del tercer estado rebelde: montañeses, jacobinos, sans-culottes. Una vivencia del 1848 lo convirtió en testigo, consciente o no, del “despertar” del “cuarto estado” o la clase obrera. José Manuel García Leduc en un volumen sobre Betances heterodoxo de 2007, insiste en la influencia del “liberalismo clásico” por oposición al “liberalismo burgués” en Betances como una clave interpretativa.

Ahora bien, Hostos según Ojeda, es producto de la reflexión político-literaria reformista presente en La peregrinación de Bayoán que Betances criticó con severidad. La idea de que aquella novela reformista e integrista que confiaba en la buena fe de España debería ser interpretada como una estancia en el camino hacia el separatismo independentista es del mismo Hostos. Betances, no la leyó de ese modo, lo cual pudo incomodar al joven Hostos. Todo sugiere que la admiración que Hostos sentía por Betances, una leyenda cívica mayagüezana, se mitigó desde ese momento. Su praxis política en Madrid expresa bien lo que sugiero. En la península militó en el liberalismo reformista y el republicanismo federal a la vez que giraba alrededor del profesor Emilio Castelar y el General Francisco Serrano, entre otros. En ellos ubicaba las posibilidades futuras de Puerto Rico. En octubre de 1868, están en campos opuestos. Betances es el líder ideológico y organizativo de Lares mientras Hostos es un dirigente intermedio con alguna influencia en la Revolución Gloriosa que se corre el riesgo de ser rechazado por su origen antillano. Su evaluación sobre Lares antes citada encaja dentro de esos parámetros.

Cualquier interpretación de la polémica debería partir de la consideración de que la imagen que proyecta Hostos en 1869 cuando se integra al separatismo no es convincente para los separatistas veteranos. A lo sumo se le apropia como un liberal reformista con una pobre una experiencia dado que su papel en la Noche de San Daniel (1865) y la Revolución Gloriosa (1868) fue secundario. Su pasado inmediato sugiere que, en España estuvo asociado al poder ya que antes de llegar a Nueva York, había recibido una oferta para gobernar a Barcelona. Lo mismo sucede con su imagen en relación con Puerto Rico donde se le reconocía como un liberal reformista. Ojeda recuerda que en 1869 lo postularon a Cortes por Mayagüez a pesar de que no vivía en la jurisdicción y obtuvo casi tantos votos, uno menos, que Román Baldorioty de Castro. Su cercanía al liderato liberal reformista que había traicionado la confianza de Betances desde 1867, despertaría recelos en los separatistas.

Es bien probable que la impresión de inmadurez o poca previsión política que dejó Hostos en Betances y José Francisco Basora cuando entraron en contacto animara la polémica. La proposición que hace en Nueva York a Betances de “jugar el todo por el todo” (“simple y llanamente dejarse matar por las autoridades españolas” según lo traduce Ojeda) lo delata. La idea de venir juntos a Puerto Rico con la seguridad de que con ello “provocamos un levantamiento” no era realista. Betances, en su cautela, aconseja que se le aísle: “No creo que Hostos debe estar en nuestros secretos” dice a Carlos E. Lacroix. Hay algo de madurez y respeto en esta afirmación privada del caborrojeño que desdice la de Hostos. Al pensador krausopositivista le desesperó el rechazo y llegó a reaccionar de una forma francamente inmadura. Ojeda afirma que “Hostos se siente superior a Betances”. También se siente superior a Ruiz Belvis ya fallecido, a Basora, a Lacroix. Incluso imagina que puede manipularlos para ponerlos a su servicio. Lo cierto es que el Diario I está lleno de afirmaciones de esa naturaleza. Sólo añado que Hostos escogió mal el objetivo porque Betances era ya una figura de culto para cubanos, dominicanos y puertorriqueños en el insilio y en el exilio.

Eso no fue todo. También hubo choques en cuanto a la política de alianzas con los separatistas anexionistas. Betances, siendo antianexionista estratégico, defendió una coalición táctica con aquel sector hasta el 1898. Después de todo Basora, José Julio Henna, Juan Chavarri eran anexionistas puertorriqueños que apoyaban la causa de la separación de España. De igual modo, José Morales Lemus, Manuel Aldama y José Manuel Mestre eran anexionistas cubanos cercanos a Basora desde 1865. Betances veía la alianza entre anexionistas e independentistas como un “realista político”. Era una necesidad táctica que no alteraba su objetivo estratégico. Delgado Pasapera la interpretaba como un acuerdo tácito que afirmaba la prelación de separarse de España y hacía necesaria la posposición del fin último para el porvenir.

Hostos, un ideólogo de principios o fundamentos, un ortodoxo intransigente, no lo veía así. Con ello ganaba adversarios entre cubanos y puertorriqueños anexionistas e independentistas. Desde la perspectiva de la militancia, el asunto era más complicado. Hostos usaba el foro La revolución que dirigía, órgano compartido por ambos sectores donde lo habían colocado Betances y Basora, para atacar el anexionismo. Su labor divisionista generó presiones que lo forzaron a renunciar al cargo a pesar de la insistencia de Betances y Basora de que no lo hiciera. En gran medida su “viaje al sur” desde octubre de 1870, respondía a su incapacidad o poca disposición para integrarse a la disciplina organizativa de los separatistas de Nueva York. No creo que haga falta aclarar que, en la ruta de su maduración política, su opinión respecto a Estados Unidos cambiaría. Entre 1875 y 1898 Hostos se transmutó en un admirador de las “virtudes” de la civilización estadounidense tal y como lo documentaron en la década de 1980 tanto Delgado Pasapera como Figueroa Mercado, entre otros. El sueño le duró poco y en 1900 ya andaba por otras rutas como se sabe.

En suma, Betances es ideólogo extremista, es cierto, pero Hostos es un ideólogo de extremos y, por ello, a veces acusa aparentes inconsistencias o vacilaciones, pienso en una reflexión de Richard Rosa en 2003, en sus posturas. En ambos casos se trata de dos figuras ricas de contenidos cuyas diferencias nunca desembocaron en la antinomia.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 6 de abril de 2018.

abril 22, 2018

El separatismo independentista y las izquierdas en el contexto del siglo 19: el papel de Ramón E. Betances Alacán

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Entre la discursividad separatista independentista y la anticapitalista existía un abismo que no se resolvería de alguna manera sino después de la Segunda Guerra Mundial. La antipatía de los activistas antisistémicos con cualquier expresión cercana al nacionalismo, incluyendo el activismo criollo, era enorme.  El socialismo amarillo que se movía entre el anarquismo y el sindicalismo y que encontró un espacio legal de acción en el marco de la autonomía de 1897 y tras la invasión de 1898, fue un aliado de Estados Unidos y de los propulsores del estadoísmo.

Las razones para ello tenían que ver con que los teóricos y militantes anarquistas y socialistas franceses que miraban la lucha de las Antillas en contra del colonialismo no identificaban el concepto “independencia” con la idea de la “libertad”. Para los anarquistas la separación e independencia no garantizaba la eliminación de la coerción de una estructura artificial como el Estado sobre el productor directo al cual consideraban el protagonista de los procesos sociales.

Para los socialistas aquella solución política sólo le quitaba el poder a una clase explotadora extranjera para dársela a otra clase explotadora local por lo que, de ninguna manera, redimía de la explotación del capital. En ese sentido, para aquellas dos tradiciones antisistémicas la independencia hacía un buen servicio a las clases explotadas. La independencia era una forma de continuarla y de perpetuar la explotación del hombre por el hombre. Partiendo de aquellos supuestos interpretativos, nada justificaba el reconocimiento de legitimidad a la causa independentista de Cuba o de Puerto Rico.

 

Ramón E. Betances Alacán en el Album Mariani (1892)

Una mirada de la izquierda europea al asunto de las Antillas

Lo innovador del conflicto de 1895 a 1898 en Cuba era que, como la lucha de Armenia, Macedonia o Creta, la misma se podía popularizar entre las izquierdas si se la concebía como la expresión de una ofensiva secular contra dos imperios religiosos retrógrados y decadentes como lo eran la España católica y la Turquía islámica, y se hacía hincapié en su potencial modernizador o progresista. Llamo la atención sobre el hecho de que ese fue el tono dominante en la discursividad de una muestra significativa en los escritores estadounidenses al evaluar y justificar la toma de Puerto Rico por las fuerzas estadounidenses en 1898, según hemos comentado el sociólogo José Anazagasty Rodríguez y el que suscribe en dos volúmenes de ensayos recientes. La insistencia en el carácter retrógrado y feudal del Reino de España por cuenta de su catolicismo fetichista fue constante. El apoyo tácito de las izquierdas a los proyectos separatistas, secesionistas o independentistas se sostenía si se interpretaba a aquellos como expresiones de resistencia de raíces populares y no por su regionalismo, criollismo o proto-nacionalismo.

En el contexto europeo el anti-islamismo de los separatistas armenios, macedonios o cretenses era una fuerza que se apoyaba en el cristianismo ortodoxo. De igual manera, el carácter secular de los rebeldes antillanos sigue siendo una impresión cuestionable que deriva del hecho de que una parte del liderato más visible eran anticlericales. Ese es el caso de Ramón E. Betances Alacán. Pero en Cuba la guerra no se hacía contra el catolicismo español ni prometía una renuncia al mismo después de la independencia. De hecho, muchos de los rebeldes eran católicos como lo habían sido algunos de los iconos separatistas de México y como lo serían muchos nacionalistas cubanos y puertorriqueños en el siglo 20.

El balance entre lo religioso y lo político en el separatismo independentista de fines del siglo 19 es un asunto que valdría la pena investigar dada la costumbre de asociar esa propuesta con el anticlericalismo y el secularismo modernos. Lo cierto es que la modernidad es mucho más compleja que eso y no puede interpretarse desde una estrecha postura dualista. Betances Alacán era un pensador anticlerical y secular que convergía con anarquistas y socialistas franceses sin participar activamente de aquellas ideologías. Dadas las condiciones concretas de su lucha, tampoco desechaba una alianza productiva con un icono del catolicismo como los fue el Padere Fernando Arturo Meriño quien llegó a ser presidente de la República Dominicana. Los socialistas y los anarquistas franceses podían simpatizar con el separatismo independentista a pesar de los choques obvios con sus esquemas teóricos. El principio de la utilidad y el realismo político parece dominar la actitud de ambos extremos.

 

Una variedad de formas de colaboración

Varias situaciones favorecieron la colaboración de anarquistas y socialistas franceses con el separatismo independentista. De una parte, la evolución del fenómeno del capitalismo industrial a otro modelo en el cual los sectores financieros dominaban el panorama, el desarrollo de monopolios, trust y grandes conglomerados de capital que ubicaban la explotación en un nuevo nivel. De otra parte, el fenómeno del imperialismo de fines del siglo 19 y su voracidad con aquellas zonas que no había sido controladas del todo por los poderes más avanzados de Europa, hecho que excedía el colonialismo nacido en los siglos 15 y 16. Y, por último, el hecho intelectual de que la mayor parte de las certezas de la cultura decimonónica comenzaban a derrumbarse a fines de aquel periodo.

En aquel contexto la separación de un territorio pequeño del imperio que lo sojuzgaba podía interpretarse como un proyecto progresista. Lo era porque hipotéticamente debilitaba las redes del capital internacional y servía para dejar atrás formas caducas de coloniaje. Algunos anarquistas podían conjeturar que con ello se adelantaría el fin estratégico de la “fraternidad universal”. Los socialistas, por su parte, podían imaginar que el derrumbe de los viejos sistemas coloniales allanaría el camino a la “sociedad sin clases” y la rehumanización del ser enajenado. Ambas actitudes se apuntalaban en una concepción progresista de la historia y en la confianza en su telos o meta de libertad.

La solidaridad de anarquistas y socialistas franceses y del resto de Europa con los movimientos separatistas en Europa o las Antillas era también la expresión de cuestiones más concretas, por ejemplo, el carácter de sus luchas en el seno de las naciones estado en que se movían: Francia, Italia o España. Las tensiones dentro de las naciones estado favorecían la toma de posición respecto a los separatismos de todo tipo a la luz de consideraciones de táctica y estrategia. Naturalmente, favorecer a Cuba, Armenia, Macedonia o Creta significaba oponerse al estado coercitivo o a las burguesías y las clases dominantes de uno u otro imperio retrógrado. En el caso de las posesiones del Imperio Turco, la separación las devolvería a la ruta europea según se interpretó la liberación de Grecia entre 1821 y 1832. Las consideraciones de política nacional resultan cruciales para comprender la solidaridad y la ausencia de ella. A fines del siglo 19 Eugenio María de Hostos Bonilla se quejaba de la falta de apoyo a la causa de Cuba en el Cono Sur y explicaba la actitud a la luz de la intensas relaciones económicas y diplomáticas de aquellos países con España.

La separación, por cierto, no siempre condujo a la independencia. En el caso de Creta la llevó a integrarse a Grecia en 1908; Armenia permaneció entre la influencia de turcos y rusos hasta 1918; y Macedonia acabó integrándose a Serbia en 1912. Es importante llamar la atención de que la separación no equivalía siempre a la independencia y que, por el contrario, las arrastró a la dependencia de otros poderes hegemónicos o regionales. Para los territorios pequeños, separarse era la precondición para cambiar las relaciones de dependencia arreglándose a una tradición que se presumía valiosa. Pero la independencia de los territorios pequeños era inadmisible y Cuba y Puerto Rico encajaban de algún modo en aquel prejuicio desde la perspectiva de los poderosos observadores europeos.

La situación de Cuba y las Antillas, territorios coloniales pequeños, era distinta por el hecho de que había otros actores en el escenario, el más importante Estados Unidos. Separarse de España los dejaría al alcance de aquel poder sin que nadie pudiese impedirlo a la altura del 1890. La evaluación que hicieron anarquistas y socialistas del papel de Estados Unidos en el conflicto cubano y antillano puede parecer paradójica pero poesía una lógica extraordinaria en el contexto de su tiempo. Una de las fuentes más precisas para comprender ese laberinto son los escritos de la fase francesa Betances Alacán del historiador Paul Estrade

 

La imagen de Estados Unidos ante la izquierda europea

En el caso de los anarquistas el juicio sobre la función de Estados Unidos en el conflicto no era uniforme, generaba fricciones con los separatistas independentistas y, en ocasiones, favorecía a los anexionistas. Algunos parecían favorecer el separatismo independentista pero otros lo rechazaban. Anarquistas como Louise Michel (1830-1905), maestra, poeta, trabajadora de la salud y uno de los emblemas de la Comuna de París, activista blanquista y una de las figuras más influyentes entre intelectuales y estudiantes socialistas franceses de fines de siglo 19, veía en los estadounidenses que agredían a España una fuerza libertadora y emancipadora. La idea de que los “americanos no tienen otro objetivo que apoderarse de Cuba” era consideraba falsa porque “el pueblo americano sabría impedirlo” opinión, por otro lado, compartida por Hostos Bonilla en 1899.  Michel daba por buena la versión del “Destino Manifiesto” y la concepción de la “inocencia americana”.

Sebastién Fauré (1858-1942), escritor socialista hasta 1888 y anarquista desde ese momento en adelante, también veía en los estadounidenses un aliado lícito para los cubanos y no un enemigo. Su lógica era la de un republicano progresista: Estados Unidos ayudaría a “expulsar de su territorio el ejército real”. La intervención de ese país en el conflicto entre cubanos y españoles también fue aplaudida por J. R. Brunet como un acto de apoyo a la liberación de Cuba y no como un acto imperialista agresivo. Aquel conjunto convergía con el separatismo anexionista pero no con el independentista: entendían que la presencia de Estados Unidos en el futuro de Cuba y de Puerto Rico, a la larga, cumpliría un papel progresista y no retardatario como sugerían los independentistas.

En socialista Paul Lafargue (1842-1911), cubano y yerno de Carlos Marx, veía en la independencia el nicho de otra república burguesa por lo que se resistía a favorecer la lucha cubana. En buena parte de los casos, según el citado Estrade, prefirieron no expresarse con respecto al tema. Este investigador sostiene que la Segunda Internacional demuestra “su incomprensión del problema colonial”. En realidad es que aquellos teóricos comprendían el asunto de un modo muy europeo y hasta ortodoxo que luego fue revisado en el contexto de la Gran Guerra (1914-1918).  Betances Alacán, que era independentista y antiseparatista convencido, debía sentir cierta incomodidad ante aquella lógica teórica.

 

Una “incomprensión” que es “comprensible”

Las posturas de los anarquistas y socialistas franceses sobre el separatismo independentista y anexionista, el papel de Estados Unidos, el futuro de Cuba, en respaldo o rechazo a la insurrección, es determinante para comprender a Betances Alacán.  En Cuba y en Puerto Rico el movimiento obrero emergente nacido de la era de las aboliciones, tomó una actitud paralela a la de los modelos antisistémicos europeos. Influidos por las doctrinas anarcosindicalistas y socialistas filtradas a la España decimonónica, se resistieron a apoyar a los separatistas independentistas y vieron con buenos ojos la presencia de Estados Unidos en el escenario post-invasión. La contradicción es comprensible a la luz de sus respectivas perspectivas teóricas. La distancia entre la clase obrera y el independentismo puertorriqueño del siglo 20, un fenómeno que preocupó muchísimo a la nueva historia social de los años 1970, extiende sus raíces hasta aquel escenario. Los desencuentros entre productores directos y los líderes nacionalistas en el siglo 20 (en 1904, 1922 y 1934) son tres modelos extraordinarios. La Unión, la Alianza y el Nacionalismo, pasaron por una experiencia similar.

El socialismo y el anarquismo teóricos y prácticos de fines del siglo XIX no estaban preparados intelectualmente para comprender las problemáticas particulares de Cuba y Puerto Rico. A eso se refiere estrada cuando semana “su incomprensión del problema colonial”. Me temo que tampoco estaban dispuestos a hacer el esfuerzo por “comprenderlo”. Después de todo, aquellas eran interpretaciones formuladas por pensadores europeos para entender problemas europeos propios de una sociedad capitalista avanzada que se movía orgullosamente en el marco del imperialismo y seguía mirando con ojeriza a los pueblos no europeos. La opinión del socialismo y el anarquismo teóricos y prácticos sobre el tema antillano, no dejaba de ser otra expresión propia del eurocentrismo dominante en su militancia.

Las excepciones están allí también presentes, según lo confirma la lectura de las investigaciones de Estrade. El escritor anarquista Charles Malato (1857-1938), el geógrafo Elisée Reclu (1830-1905), el artesano y teórico Jean Grave (1854-1939), entre otros; y socialistas procedentes de las tendencias blanquistas y guesdistas, ambas  de influencia marxistas,  apoyaran la causa de Cuba porque la valoraban como una propuesta antimonárquica y anticlerical ejecutada contra un imperio decadente y retrógrado. Todas las opiniones se vertían mirando hacia Cuba. Puerto Rico, sin una resistencia armada activa, hecho del cuál Betances Alacán se quejaba en 1898, era invisible en la discusión internacional. Después del 1898 la relación entre el separatismo independentista reformulado en independentismo o nacionalismo cultural, y las izquierdas sería reformulada. El asunto fue más complejo de lo que parecía.  Para madurar ese nuevo discurso también tuvieron que reinventar a Betances Alacán. Una cosa era esta figura bajo España y otra fue bajo Estados Unidos.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 18 de febrero de 2018

abril 20, 2018

El separatismo independentista y las izquierdas en el contexto del siglo 19: notas al margen

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El resurgimiento de la violencia separatista en Cuba a 17 años del pacto de Zanjón fue un evento de envergadura internacional. Para mucho en el mismo no se jugaba solo el futuro de la Antilla mayor. De su resultado dependía también el futuro de las demás islas. El hecho de que el escenario involucrase un poder ascendente y ambicioso como Estados Unidos, y un imperio decadente como España parecía determinante para la historia toda del hemisferio.

En aquellas circunstancias, la situación de las Antillas fue objeto de evaluación de ideólogos anarquistas y socialistas franco-europeas durante la Guerra Necesaria (1895-1898). Con ello se abría un diálogo interesante entre dos extremos políticos complejos que vale la pena revisar con cuidado desde una perspectiva puertorriqueña hoy. El protagonismo del Dr. Ramón E. Betances Alacán en aquel proceso y el hecho de que la intelectualidad de las décadas del 1960 al presente reclamara al médico de Cabo Rojo como un icono de las izquierdas, lo justifica. El panorama más completo sobre aquel lo ofrece Paul Estrade en su volumen Solidaridad con Cuba libre, 1895-1898: la impresionante labor del Dr. Betances en París (2001).

Los hechos de Cuba fueron cruciales para el juicio que las izquierdas europeas desarrollaron sobre la situación antillana. Después de todos, Puerto Rico era invisible por el hecho de que en la pequeña colonia no se había desarrollado un proyecto de resistencia armada al coloniaje español. Betances Alacán se quejó de ese hecho en varias ocasiones a lo largo de aquellos años que precedieron a la invasión de su tierra. La resistencia que no desembocaba en un hecho de armas era inmaterial en el plano internacional y, es posible, que incluso el liderato más visible e informado, no se enterase de la diversidad de la misma en el extranjero. La condición de que no hubiese habido un alzamiento eficaz en el país después del fracaso del de 1868, explica no solo la ausencia del tema colonial puertorriqueño entre las izquierdas francesas y europeas sino también el poco interés de la misma República de Cuba en Armas después de 1895 en arriesgar esfuerzos y dinero en un territorio que no parecía contar con las condiciones para sostener una guerra contra España. Ese desinterés ha sido ampliamente documentado en las obras investigativas de Germán Delgado Pasapera y Edgardo Meléndez desde las décadas del 1980 y el 1990. El realismo político y la diversidad ideológica dominaba a la jerarquía del Partido Revolucionario Cubano, asunto que habría que tratar de manera separada por su peculiar complejidad.

“Betances” (detalle) dibujo de Andrés Hernández García

El hecho de que, desde las izquierdas franco-europeas, se viese el proceso cubano como una causa separatista y republicana que tenía como meta crear un Estado Nacional soberano, fue definitivo en la posición adoptada ante el tema. El juicio plantea un problema. A pesar de que el lenguaje de muchos historiadores insiste en el carácter independentista de la rebelión de 1895 y aplana una realidad compleja, el separatismo cubano era mucho más que eso. En el territorio de las aspiraciones políticas, los sectores independentistas y confederacionistas pugnaban intensamente con los sectores anexionistas a Estados Unidos. El balance entre las fuerzas independentistas y las anexionistas a Estados Unidos en el Partido Revolucionario Cubano siempre ha estado en discusión y no es un problema que yo pueda resolver en esta breve reflexión. Por otro lado, una situación similar se manifestaba en el seno de la Sección de Puerto Rico de aquella organización. En lo único en que estaban de acuerdo uno y otro extremo era en la necesidad de separarse de España. Delgado Pasapera, uno de los primeros en acercarse a ese espinoso asunto en la década de 1980 lo resolvía insistiendo en que la cuestión táctica (la separación) estaba resuelta, y que la cuestión estratégica (anexión o independencia) se trabajaría tras la separación. En cualquiera de los dos casos, una relación con Estados Unidos sería inevitable. Un siglo de relaciones de mercado, culturales y de tensiones políticas no pasaba en vano. La historia de Cuba desde su independencia en 1902 hasta el 1959 tradujo bien la situación dominante en el contexto del 1895. La de Puerto Rico entre 1900 y 1952 también.

Para los socialistas y anarquistas franco-europeos la apropiación del tema cubano se facilitó por el hecho de que no se trataba de la única comunidad política pequeña que luchaba por la separación de un imperio considerado retrógrado. La isla de Creta (1897), la comunidad de Armenia (1896-1897) y la de Macedonia (1890), también elaboraban resistencias armadas por la emancipación contra el Imperio Otomano en medio del auge del imperialismo europeo occidental. Aquellas confrontaciones resultaban simpáticas para las izquierdas franco-europeas por una variedad de consideraciones. La conflagración entre Cuba (1895) y España ya no era excepcional sino más bien la expresión de una lucha histórica en la cual unos territorios pequeños enfrentaban el poder de un imperio religioso decadente: el español. No difería de la de los cretenses y el turco. Ese era el aspecto moderno de aquellos conflictos. El anticlericalismo y el secularismo militante de socialistas y anarquistas fue esencial en la decisión de respaldar aquellas causas y equipararlas. En el proceso se asumía el carácter anticlerical y secular de las luchas separatistas como un valor. La cuestión de la separación para la independencia, la confederación o la anexión a Estados Unidos era otra cosa porque las izquierdas tenían posturas contradictorias en cuanto a esos puntos igual que los cubanos y los puertorriqueños.

Sería interesante indagar la opinión que tenían sobre el tema del separatismo en todos aquellos espacios dos propuestas ideológicas de las izquierdas de fines del siglo 19. Me refiero a los socialcristianos de origen católico o evangélico que crecieron desde 1850 en adelante; y los anarcocristianos que florecían a fines del siglo 19. Ambos poseían alguna influencia en el movimiento obrero internacional y competían con socialistas y anarquistas seculares y ateos los espacios de influencia en la clase obrera. El interés que despertaron entrambas propuestas en algunos activistas radicales de Puerto Rico entre 1903 y 1930 justificaría una búsqueda en esa dirección.

 

Los anarquistas y la independencia

La legitimidad del apoyo de los anarquistas franco-europeos a la causa de Cuba parece descansar en el argumento anticlerical y secular y no en el argumento político.  La interpretación anarquista ortodoxa desconfiaba del Estado Nación, uno de los ideales más emblemáticos de la revolución burguesa, por su carácter elitista, coercitivo y antipopular. Los anarquistas eran partidarios de la constitución de una “fraternidad universal” como garantía de la “libertad”. La misma se organizaría y crecería como producto de la unión voluntaria entre iguales. La voluntariedad dependía de que no mediase coacción externa en el proceso de institución de la misma. Esa postura radical, los conducía a oponerse a cualquier tipo de organización estatal. La médula del anarquismo era la aspiración de que no existiera ningún tipo de Estado en cuyo lugar maduraría una acracia administrada de manera natural, es decir, ajustada a las leyes naturales a las cuales estaba la humanidad sujeta.

Su lógica los había convencido de que posible la recuperación de ese estado natural en el que todos eran iguales en un mundo sin estructura, concepto que sirvió de base hipotética al Estado Naturaleza esgrimido por los teóricos del siglo 18. Aquella acracia sostenida en la “justicia natural” sería la base de la “sociedad libertaria”, condición distante de la “guerra de todos contra todos” con que identificaban los estatistas burgueses a la misma. Ajustar el comportamiento social a las estructuras de la naturaleza por medio de la razón fue uno de los grandes motores del pensamiento social desde Immanuel Kant (1724-1804), pasando por Auguste Comte (1798-1857), hasta Eugenio M. de Hostos Bonilla (1839-1903).

Esa “fraternidad universal” no podía constituirse sin un mínimo de estructura. Para los anarquistas su estabilidad dependería de la configuración de múltiples “poderes asociativos menores” que fuesen capaces de impedir la constitución de un poder central autoritario. La convergencia de aquella postura con el comunalismo o el federalismo eran evidentes: ambos sistemas, como el anarquismo, coincidían en el valor de la descentralización administrativa más exigente. Los “poderes asociativos menores” a los cuales se integraba de manera voluntaria el ser humano, serían la base de la “fraternidad universal” y de la “libertad”.

La idea de una República de Cuba o la de Puerto Rico o la de una confederación de estados soberanos, era inapropiada, ilegítima o secundaria: no encajaba en aquellos parámetros. La del territorio incorporado o anexado a un estado poderoso mayor tampoco porque ello no aseguraba la “fraternidad universal” y la “libertad”. Lo cierto es que la concepción de una nación o una patria no se ajusta al anarquismo teórico porque tiende a separar más que a unir a la humanidad. Mijail Bakunin (1814-1876) decía que:

“…la patria y la nacionalidad son, como la individualidad, hechos naturales y sociales, fisiológicos y al mismo tiempo históricos; ninguno de ellos es un principio. Sólo puede darse el nombre de principio humano a aquello que es universal y común a todos los hombres y la nacionalidad los separa; no es, por lo tanto, un principio.”

Bakunin recomendaba renunciar a las mezquindades y a los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”. La misma idea de la creación de una organización partidaria con el propósito de conseguir un fin político particular había sido rechazada por Pierre Joseph Proudhon (1809-1865). En ese sentido, las probabilidades de cooperación entre anarquistas y separatistas independentistas y confederacionistas sobre la base de la finalidad esbozada por los cubanos parecían teóricamente canceladas.

 

Los socialistas y la independencia

La interpretación socialista ortodoxa desconfiaba también del Estado Nación por razones análogas. Aquel artefacto era el producto histórico de la revolución burguesa y una estructura de poder creado por y al servicio del adversario de clase de los trabajadores y productores directos. En ese sentido, respaldar la causa separatista independentista y confederacionista, implicaba una contradicción en el marco de una concepción lineal de la historia compartida por liberales y socialistas. Para muchos militantes críticos, un compromiso con la independencia podía implicar el respaldo a un movimiento rebelde que lo que buscaba era colocar a una burguesía, la clase criolla cubana vinculada a la tierra y el comercio, en el poder. La misma lógica habrían utilizado si el caso de Puerto Rico hubiese estado en el radar. Ello explica en parte por qué el movimiento obrero surgido en Puerto Rico durante y después de la invasión del 1898 se opuso a la independencia y favorecía una relación más profunda con Estados Unidos.

Los socialistas y los marxistas franco-europeos estaban de acuerdo en esa interpretación tachada, tras la victoria de los bolcheviques en la Rusia de los zares, como una postura ortodoxa.  Un modelo será suficiente para ello. Paul Lafargue (1842-1911) un periodista, médico, teórico político y revolucionario franco-cubano nacido en Santiago, militante del Partido Obrero Francés y yerno de Karl Marx, se resistió a respaldar la lucha separatista de su pueblo por esas consideraciones. Lafargue había sido proudhoniano y luego marxista, y era enfáticamente anticlerical y antirreligioso. Desde su punto de vista, la conciencia patriótica chocaba con la conciencia de clase. Aquel era el mejor modelo de cómo un socialista reaccionaba ante los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”, independientemente de su origen nacional. Como Betances, Lafargue era un antillano europeo, pero su concepción de la causa antillana miraba en una dirección opuesta al primero.

Como se sabe, la formulación de una teoría heterodoxa sobre la “cuestión colonial” no maduró hasta la Gran Guerra (1914-1918). El principio de autodeterminación e independencia no se impuso hasta que Vladímir Uliánov alias “Lenin” (1870-1924) y Woodrow Wilson (1856-1924) lo usaron para auspiciar el desmantelamiento de los imperios coloniales en beneficio de su situación en el tablero internacional. Sólo entonces se generalizó la concepción de que la lucha por la independencia “adelantaba” la lucha de la clase obrera o del proletariado en su avance hacia el comunismo y la “administración de las cosas”, paradigma que animó el movimiento anticolonial hasta tiempos muy recientes.

En aquel contexto, la colaboración entre socialistas, comunistas y nacionalistas se legitimó, pero no sobre la base del apoyo sincero a la separación independencia o confederación de las Antillas como un valor en sí mismo. Sobre esos puntos, como se ha comentado, había muchos problemas irresueltos y contradicciones de fondo. La colaboración debió fortalecerse sobre la base del presumido carácter anticlerical (por antiespañol) y secular de la revolución de la Antillas: derrotar y humillar a España era el sueño de muchos en aquel entonces. Bakunin, Proudhon y Lafargue eran todos anticlericales y pensadores seculares radicales. El hecho de que Cuba pudiese derrotar un imperio católico decadente justificó en algunos anarquistas y socialistas un respaldo que la cuestión de la independencia por sí sola no justificaba.

Publicado en 80 Grados-Historia el 22 de enero de 2018.

 

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