Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

noviembre 24, 2015

Nervio y pulso del mundo: comentarios en torno a un libro sobre el Nacionalismo Puertorriqueño


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y Profesor de Estudios Puertorriqueños
Texto de la presentación del volumen de la Junta Pedro Albizu Campos (2014) Nervio y pulso del mundo. San Juan: Talla de Sombra. Autores Mario O. Ayala Santiago, Ivette Chiclana, Raúl Guadalupe de Jesús, leída en el Recinto Universitario de Mayagüez el 18 de noviembre de 2015 en actividad de la Asociación de Estudiantes de Historia.

Mi interés por el tema del Nacionalismo Puertorriqueño surgió como producto de su invisibilidad en la discusión académica universitaria o no universitaria. Un proceso tan relevante para la historia de Puerto Rico desde 1920 hasta 1960 no debía reducirse a un breve comentario en un libro de historia. Dos pasiones opuestas monopolizaban una discusión que no conducía a ninguna parte y dificultaban la comprensión de aquel fenómeno que llamaba mi atención a los 20 años.
En mis años formativos el Nacionalismo Puertorriqueño y su figura central, seguían siendo objeto de diatribas o elogios similares a los que les habían dirigido en las décadas del 1930 y el 1940. En el momento en que la intelectualidad del Nuevo Movimiento Pro-Independencia retomó ambos temas con entusiasmo, la Nueva Historia Social se consolidaba como la expresión de una vanguardia historiográfica. Las líneas interpretativas sobre estos asuntos en las décadas de 1970 y el 1980, fueron tan antinómicas como lo habían sido durante la era del populismo. La historiografía oficial del 1950 y la nueva historia social del 1970, se hicieron cargo de estos temas a su modo. En la década del 1990 el debate postmodernista intentó una síntesis que nunca fue tal. La imagen del Nacionalismo Puertorriqueño y de Albizu Campos, una vez se dejaban atrás los resabios de una historia “proceratista” o de una historia desde “abajo” elaborada en los escritorios de una universidad, seguía enrarecida. Mi impresión, al cabo de los años, es que se les trataba como un “desencaje” o como unas eventualidades que no se acoplaban al orden que se presumía poseía una y otra cara de la historia desfigurándolas.

Nervio_pulso_mundoMi formación política ocurrió entre nacionalistas y veteranos de la Insurrección del 1950 y militantes de la Nueva Lucha Pro-Independencia. Aquel escenario no fue inmune al impacto del marxismo ni a las tensiones que proliferaron entre nacionalistas y socialistas. Para subsanar la ausencia de ambos temas del ámbito universitario preparé en 2010 un seminario subgraduado titulado “Pedro Albizu Campos, el nacionalismo y la política: una interpretación historiográfica”; en 2014 dicté el curso graduado “Pedro Albizu Campos: el nacionalismo y la modernización de Puerto Rico (1930-1950)”; y en 2015 volví a convertirlo en uno de los temas en un seminario graduado comparativo titulado “Nación y cultura en Hostos, Betances, De Diego y Albizu”.

Voy a citar algo que dije en este recinto en 2012 durante una charla sobre estos temas:

“Estudiar a Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño podría justificarse sobre una serie de bases concretas. La primera tiene que ver con el proceso de devaluación que ha sufrido el nacionalismo político en el marco de la economía neoliberal y la globalización, particularmente en el territorio de la expresión cultural posmodernista que dominó la academia desde 1990. El hecho de que el nacionalismo político no sea una clave cultural y política del presente, como lo fue en el siglo 19 americano y europeo o en el siglo 20 puertorriqueño por lo menos hasta el 1950, no significa que no se deba investigar el asunto. Tampoco se puede presumir que aquellas propuestas no tengan nada que decirle al presente. (…) Dado que, como se sabe, desde 1940 y el ascenso del populismo primero y el popularismo después, se cuestiona la pertinencia del nacionalismo político para Puerto Rico en nombre de un nacionalismo cultural tolerable, me parece que una forma legítima de responder a esa pregunta es visitando el tema desde una perspectiva crítica fresca.”

Me parece que Nervio y pulso del mundo. Nuevos ensayos sobre Pedro Albizu Campos cumple con ese empeño.

Los valores de un libro

Esta colección es una propuesta teórica y metodológica que permite enfrentar un asunto que ha sido objeto de acoso “desde una perspectiva crítica fresca”. En su conjunto, los ensayos que componen este libro toman distancia de las “pasiones opuestas” que señalé hace un rato. Dejan atrás el halago pueril y el sabor a martirologio que caracteriza ciertos proyectos de rescate de esta figura; a la vez que se alejan de la ola antinacionalista que ha dominado la interpretación de este “desencaje” desde la era del Nuevo Trato y que la Nueva Historia Social y la interpretación postmodernista de las década de 1970 y el 1990, reformularon sobre la base de argumentos distintos. El volumen no se detiene en Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño: reflexiona sobre el pensamiento histórico y sus metodologías con el propósito de establecer una versión alternativa confiable y abierta sobre dos cuestiones polémicas.

Los autores de la “Junta Pedro Albizu Campos” aspiran ver estos problemas en toda su nueva complejidad y, como señalaba Marc Boch, “comprenderlo(s)” empáticamente a pesar de los riesgos que representa esa actitud en un escenario interpretativo polarizado e invadido de actitudes exacerbadas y pasionales. Para conseguir ese objetivo (re)visitan fuentes, establecen conexiones que la investigación que les precedió no pudo o no quiso establecer, o miran hacia lugares inéditos como puede serlo el Albizu Campos del momento de la disolución del Partido Unión en la Alianza Puertorriqueña y la división que condujo a la fundación del Partido Nacionalista. El producto de ese esfuerzo, he insistido en ello en mis seminarios, es que se puede ayudar a que dejemos de ver a Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño como productos “acabados” y “congelados” en el tiempo y a que se les apropie en su dinámica y en su historicidad.

Estoy consciente de que “comprender”, a Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño plantea muchos riesgos en un terreno minado de prejuicios. En 2014, cuando anuncié que dictaría un seminario sobre el tema, alguien me dejó una nota alegando que esa era la figura que más daño le había hecho a la lucha por la independencia del país. Era como si las posturas rabiosamente antinacionalistas de Luis Abella Blanco (c. 1934) y Wenzell Brown (1945) hubiesen vuelto como fantasmas del pasado. Un inconveniente es que las posturas de los dos autores citados, un socialista amarillo puertorriqueño y un autor de pulp fiction estadounidense, traducían la evaluación del FBI a la vez que coincidían palmariamente con la imagen que el PPD y su liderato en el poder desde 1944 hasta 1964 elaboró. Esta colección de la “Junta Pedro Albizu Campos”, que no oculta su afinidad con el tema de estudio por que no tiene que hacerlo, es una excelente respuesta a esas versiones aviesas que se han canonizado desde 1930 al presente.

Contenido

El volumen abre con un denso ensayo de Mario O. Ayala Santiago que se convierte en un panorama crítico de la vida, obra y la historiografía en torno a Albizu Campos y su trayectoria en el Nacionalismo Puertorriqueño. El autor apunta el papel protagónico de esta figura en la revisión de la imagen benévola que de Estados Unidos tuvo el nacionalismo unionista, con José De Diego Martínez a la cabeza, y como la misma se erosiona durante la década de 1920. Aunque se sabe que la interpretación de De Diego Martínez, si bien fue dominante en su tiempo no fue la única, el papel de Albizu Campos entre 1923 y 1930 en el refinamiento de una postura nacionalista antiimperialista y militante fue crucial. Algo que sería importante revisar serían las conexiones ideológicas entre el abogado de Ponce y las figuras de Rosendo Matienzo Cintrón, Nemesio R. Canales y Luis Lloréns Torres quienes, en la década de 1910, ya hablaban un lenguaje agresivo muy parecido al suyo. La interpretación de Ayala Santiago lo conduce a reevaluar las interpretaciones al uso sobre la hispanofilia del nacionalismo albizuísta y dieguista como posturas retrógradas, opinión que marcó las interpretaciones progresistas oficialistas, la de la nueva historia social y la postmodernista. La “comprensión” de la hispanofilia le lleva a afirmar la pertinencia de la misma más allá de las imposturas de una aplicación mecánica de las teorías del progreso que se acodan detrás de ese debate. De hecho, cualquier lectura de la bibliografía estadounidense sobre Puerto Rico publicada entre 1898 y 1926 según la estudiamos el colega José Anazagasty Rodríguez y yo en dos libros, demostrará que esa hispanofilia puede ser interpretada como respuesta a la hispanofobia dominante en aquellas y en los adláteres del estadoísmo en la colonia.

Albizu_MilitarIvette Chiclana mira desde una interesante oblicuidad o soslayo las huellas de Albizu Campos y su discursividad. No solo posiciona esta figura en el espacio de los márgenes del orden social imperialista y colonial al lado de los productores directos, sino que logra avanzar en el proyecto de imaginar cómo se le vio desde allí. Para una bibliografía que ha ubicado la discursividad albizuísta en lo alto de una Torre de Babel tras la confusión de las lenguas y la ha valorado como la expresión de una elite que la “canalla” no podía comprender, su perspectiva representa un reto enorme. Metodológicamente su aproximación posee la virtud de que se apoya en una oralidad que el historiador positivista crítico, el nuevo historiador o el postmodernista, esté o no vinculado al poder, no toma en cuenta. La meta, demostrar hasta qué punto el Nacionalismo Puertorriqueño convergía con la voz de la gente común, en un modo de revisar la tesis de la “incapacidad del nacionalismo de comunicarse con las masas”, que se reproduce en las interpretaciones al uso. El otro esfuerzo de la investigadora va dirigido a (re)configurar desde un contexto vitalista enriquecedor, la imagen también emborronada de otro “desencaje”: la poeta nacionalista Julia de Burgos. Su crítica va dirigida al reduccionismo que la historia oficial ejecuta con esta figura. La “Julia nacionalista” aparece completa articulando un compromiso con los desposeídos. Para comprender a cabalidad esa complejidad la autora tiene que llamar la atención sobre la “primera Julia”, la estudiante de la ruralía y la normalista, con el propósito de, otra vez, superar el inmovilismo que el relato histórico dominante impone a estas personalidades complejas. La lógica de la autora parece ser la de aquel que, mientras aleja la mirada de objeto y se ubica al lado de los testigos de su vida, es capaz de apropiar detalles que de otro modo se perderían.

Raúl Guadalupe de Jesús vuelve sobre las interpretaciones dominantes de la teoría y la praxis económica en el discurso del Nacionalismo Puertorriqueño. Esa ha sido otra de las muchas “manzanas de la discordia” en el debate intelectual entre lo que en Puerto Rico se identifica con las izquierdas y el nacionalismo. El resultado ha sido que el nacionalismo ha sido forzosamente ubicado como una expresión de las derechas. El autor mira hacia la interacción entre el Partido Nacionalista y el movimiento obrero organizado en la década de 1930. Aquel movimiento obrero estaba encabezado por el Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores, dos organizaciones filoestadoístas y tradeunionistas bien conocidas. Los momentos en los que se fija se enmarcan en la Gran Depresión y en los conflictos obrero patronales que se dieron entre 1934 en el sector cañero, y el 1938 en los muelles. Quien se aventure a estudiar aquel momento no debe olvidar la presencia de Blanton Winship en la colonia, la oposición del nacionalismo a las políticas del Nuevo Trato, su plan de rebelión para 1936, las citaciones de un Gran Jurado aquel mismo año y la condena de su liderato, entre otras.

La presunción dominante es que aquellos procesos demostraron la incapacidad del Partido Nacionalista no solo para enfrentar la situación sino para representar bien a la clase obrera rural o urbana. Puedo aceptar ese argumento sin problema: el Partido Nacionalista tenía un programa económico nacionalista y social cristiano apoyado en principios corporativistas como meta en el cual la organización de los trabajadores tenía un carácter distinto. Albizu Campos mismo, en 1923, llamaba la atención sobre las concomitancias entre el socialismo y la religión cristiana pero, como de Diego Martínez, desconfiaba de su estadoísmo.
Pero lo cierto es que el Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores también fueron incapaces de representar bien a la clase obrera rural y urbana y actuaban acorde con el capital y la Coalición Puertorriqueña. Se alega que el Partido Nacionalista aspiraba “usar” el movimiento obrero para adelantar su causa independentista, pero no se aclara que Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores usaban al movimiento obrero para adelantar la suya. La clase obrera activa estaba en medio de un territorio peligroso: solo podía depender de sí misma y de sus organizadores de base, cosa que no sucedió. Los ensayos de Guadalupe de Jesús invitan al lector a interpretar la interpretación, a ser reflexivos y críticos con la crítica y a reconocer la historicidad de los historiadores que la formularon. Las “otras caras de la historia” se dibujan y aguardan porque se les devele.

Postdata

Esos comentarios generales, por sí solos, validan la lectura de este volumen. Mirar a Pedro Albizu Campos en toda su complejidad es un reto. Yo lo he visto como un ser contradictorio que pensaba a España como un Liberal Reformista o un Autonomista Moderado; a la vez que evaluaba a Estados Unidos como un antiimperialista moderno y radical. “Comprenderlo” no significa “reproducirlo”. Este es un proyecto revisionista de la mirada oficial, de la mirada de las izquierdas y de la postmodernista a un asunto lleno de complejidades y recodos. Su lectura demuestra que, en ocasiones, se ha mirado al árbol sin ver el bosque; mientras que en otras se ha mirado al bosque sin mirar el árbol. No soy optimista pero me parece que lo peor hubiese sido no haber mirado nunca en esa dirección. El libro es también una invitación para que se haga lo mismo con otras figuras de su tiempo. Ojalá alguien se fijara en la expresión de manifestaciones fascistas en la discursividad y la praxis de José Celso Barbosa, Rafael Martínez Nadal, Luis Muñoz Marín o Luis A. Ferré. Ojalá alguien estuviese dispuesto a desmantelar la neohispanofilia de Rafael Hernández Colón o el neopopulismo mediático y espectacular de Pedro Roselló González en la década de 1990 con espíritu tan puntilloso como se hace con Albizu Campos y su generación. Los resultados para el saber serían extraordinarios, sin duda.

agosto 6, 2015

Betances Alacán en la imaginación y la memoria: unos apuntes. Primera parte


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La fama de Betances Alacán como un activista republicano era bien conocida en su tiempo. Los españoles conocían de la misma desde antes de 1868 y su relación  profesional y personal con Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895) no era un misterio. En 1869, sin llegar a los extremos de ilusión manifestados por Hostos respecto a los fines de la Revolución Gloriosa, reconocía en aquel proceso una experiencia que retaba a la monarquía. De igual modo, en una carta enviada a  Ramón  Marín en 1888 en la cual le comentaba su texto satírico sobre los compontes titulado “Viajes de Escaldado”, le sugería al amigo que sólo la España republicana podría acaso hacer algo por Puerto Rico. La idea de que España no podía dar lo que no tenía estaba asociada a la monarquía decadente y no a la España que podía ser, a la moderna. Betances Alacán era republicano pero no se dejaba seducir por fantasmagorías y era capaz de reconocer la distancia ideológica que le separaba de un español aunque aquel fuese republicano.

Lo mismo podría inferirse de su postura respecto a los republicanos que en 1898 invadieron a Cuba, Filipinas y Puerto Rico. El republicanismo tenía sus grados  y los contextos etnoculturales en los cuáles se desarrollaba lo diversificaban. Un separatista independentista republicano y confederacionista por más señas como él, jamás se llamaría a engaño con el Partido Republicano de Estados Unidos y mucho menos con las aspiraciones imperialistas de su presidente William McKinley (1843-1901).  Aquella era la expresión más acabada del “minotauro”, metáfora que había usado en repetidas ocasiones para referirse al imperialismo. Esa es la diferencia más marcada entre Betances Alacán y, por ejemplo,  José Celso Barbosa (1857-1921) como republicanos. La concepción del progreso y la modernización en uno y otro se asociaban a polos distintos por los contextos culturales en los cuáles cada uno se formó.

Charles Freycinet

Charles Freycinet

La imagen de Betances Alacán en un segmento significativo de la prensa estadounidense de 1898 refirmaba el valor de su republicanismo mientras trataba de atraerlo a su causa. En septiembre de 1898 el periódico The Globe-Republican publicó una interesante columna titulada “Betances may be Cuba’s first president”. Los subtítulos de aquella columna de consumo son suficientes para catalogar la atracción que sentía el público estadounidense  por la figura del rebelde: “Scientist, Philanthropist and Patriot –Bought Children from Bondage Spanish–Spy System Drove Him to Seek Autonomy for all the West Indies”. El científico sacrificado, filántropo y abolicionista perseguido por buscar la autonomía (independencia) de las Indias Occidentales domina la versión. El confederacionista y antianexionista  no están por ninguna parte: no hacen falta. Llamar la atención sobre esta figura más allá en esa dirección hubiese sido contraproducente para las intenciones de la prensa republicana que aspiraba mostrarlo como un aliado de la gesta “libertadora” que en Puerto Rico había comenzado el 25 de julio de 1898.

Según la fuente Betances Alacán es un intelectual europeo y un helenista nativo de Porto Rico que ha sido capaz de convertirse en uno de los mejores oculistas no sólo de Europa sino del mundo, que escribe en Le temps y ha sido amigo personal; de Charles Louis de Saulces de Freycinet (1828-1923) primer ministro republicano oportunista de centro-izquierda, protestante y miembro de la Academia de la Ciencia;  y León Michel Gambetta (1838-1882) también republicano de tendencias democráticas abiertamente anticlerical. Freycinet y Gambetta, como Betances Alacán, recurrieron durante sus gestiones ministeriales en la Francia del siglo 19 al apoyo de las izquierdas socialistas cuando lo consideraron necesario por medio de inteligentes y tolerantes políticas de alianzas. El artículo manufacturaba una gran ilusión para consumo de los lectores estadounidenses de Kansas. El día de la publicación el rebelde antillano agonizaba en medio de numerosas disputas con el liderato del Partido Revolucionario Cubano a tenor del anexionismo manifiesto del mismo. El Directorio Cubano, seducido por anexión a Estados Unidos como garantía de progreso, jamás hubiese admitido al caborrojeño en el puesto. El 16 de septiembre moría el conspirador puertorriqueño en París.

The Globe-Republican era un foro semanal que se publicó en  Dodge City, Kansas entre 1889 y 1910. Se trataba de un periodismo de tendencias republicanas cuyo director era el abogado Daniel M. Frost. De acuerdo con las fuentes, Frost no era el republicano puritano común. Por el contrario, se opuso abiertamente a las campañas “secas” de la era de la prohibición y defendió la causa “mojada” públicamente. Al momento de la divulgación de la columna  aludida estaba a cargo del semanario el empresario Nicholas B. Klaine. Este recorte y otros que he podido ubicar en la prensa de la década de 1890, me indican que el mito de Betances Alacán y su generación era conocido entre diversos sectores de la sociedad estadounidense de aquel momento. Una indagación sobre la presencia de esta y otras  figuras del separatismo puertorriqueño y antillano en la prensa de ese país, aportaría valiosa información sobre qué buscaban y qué encontraban en aquel liderato los grupos de interés que se fijaron en ellos durante los días de la invasión. No hay que olvidar que durante la ocupación Mayagüez como ya he señalado en varias publicaciones, las autoridades militares bautizaron con el nombre de Betances Alacán una de las calles principales de la ciudad produciendo un efecto vinculante entre los invasores y el libertador que la ciudadanía interpretó con beneplácito. Los invasores necesitaban al médico de Cabo Rojo para legitimarse ante una comunidad que lo recordaba a pesar del exilio.

La visibilidad de Betances Alacán en el imaginario liberal y entre la intelectualidad reformista y autonomista puertorriqueña era poca. Los intelectuales liberales reformistas veían el separatismo radical como un peligro, según he apuntado en una columna recientemente. El integrismo de los primeros era incompatible con el separatismo de los segundos. Los lazos de colaboración política entre ambos debían ser frágiles por lo que la cooperación requeriría, si la relación con España estaba en juego, la transformación del reformista en separatista o viceversa, tal y como ocurrió en numerosas ocasiones. Los intelectuales que evolucionaron en la dirección del autonomismo moderado o radical no adoptaron una actitud distinta. En otra columna comentaba como marcaban con cuidado las fronteras del autonomismo y el separatismo confirmando el integrismo de la autonomía e insistían en infantilizar al liderato que condujo a los hechos de Lares. La idea de que la autonomía era un paso hacia la independencia, un absurdo para los separatistas, tomó forma y estructura en el liderato posterior a la invasión por influencia de Luis Muñoz Rivera quien la insufló en José De Diego y Antonio R. Barceló. Esa concepción contradictoria de la autonomía y la independencia tenía mucho que ver con la imagen que unos y otros poseían Estados Unidos, tema que se discutirá en otro momento.

Luis Bonafoux

Luis Bonafoux

Libia M. González en el artículo “Betances y el imaginario nacional en Puerto Rico: 1880-1920” publicado en la colección de Ojeda Reyes y Estrade titulada Pasión por la libertad en el 2000, ya había  señalado que al menos entre los años 1880 y 1898 tanto los intelectuales conservadores como los liberales reformistas y los autonomistas coincidieron en invisibilizar a Betances Alacán como un emblema puertorriqueño. La impresión que da aquella intelectualidad es que incluso cuando miran hacia la Insurrección de Lares la conexión que establecen con el médico exiliado es frágil. Un autonomista de Ponce transformado al separatismo, Sotero Figueroa, cambió el panorama en 1888, momento que en alguna medida inaugura la interpretación y la historiografía separatista sobre la base del liderato incontestable de Betances Alacán y Ruiz Belvis en aquel evento revolucionario. El autor elaboró una versión proceratista romántica por medio de un relato bien articulado en el cual la  lealtad política a Puerto Rico ante España  y la patria martirizada  por aquella eran los protagonistas.

Ambas consideraciones, la ética y el martirologio civil, se impusieron como modelo hasta llegar a marcar cierta mirada separatista, independentista y nacionalista del asunto de Puerto Rico. Sin embargo el relato de Figueroa pasó inadvertido en 1888. En la década de 1890 se podría achacar  a la incomunicación de la intelectualidad separatista con su gente y, después del 1900, es probable que se deba a que el lenguaje del separatismo ya no resultaba funcional bajo la soberanía de Estados Unidos.  Después de 1898 una nueva lealtad a España era posible y se podría poner a resguardo la hispanofobia progresista y antimonárquica de aquella propuesta radical. No se puede pasar por alto que los años que corren entre 1898 y 1920 fueron el escenario de la generación de una hispanofilia  o amor a España lo suficientemente fuerte como para invisibilizar y hacer tolerable el pasado más duro. Betances Alacán no encajaba en el discurso en ciernes porque era antiespañol, republicano radical y anticlerical. Si la hispanofilia debería ser interpretada como un discurso retrógrado o progresista, las opiniones están divididas, es un asunto que habrá que aclarar en otro momento.

Una figura tan visible no podía desaparecer. La memoria de Betances Alacán se afirma en dos hechos: uno cultural y otro cívico. A pesar de la tormenta hispanófila que se cierne sobre el país, en 1901 Luis Bonafoux Quintero (1855-1918) publica su antología Betances con textos en español y en francés. Ese fue el volumen fundacional de la imagen del revolucionario de Cabo Rojo y base de la leyenda betancina. La afinidad de Bonafoux Quintero con el asunto no tenía que ver sólo con las ideas políticas. Bonafoux Quintero se movió ideológicamente cerca del anarquismo y simpatizó con la causa cubana.  La afinidad también se había fraguado sobre la base de que los dos pensadores, por su formación europea y su vida mundana, habían sido duros críticos de la poquedad y la sumisión de la clase criolla puertorriqueña a una hispanidad decadente por lo que habían sido víctimas del desprecio de aquella. La sátira de una comunidad en “El avispero” (1882) de Bonafoux,  y la de  Valeriano Weyler en “La estafa” (1896) de Betances Alacán guardan numerosas similitudes.

Luis_BonafouxAparte de Bonafoux Quintero, el recuerdo  de Betances fue responsabilidad de los invasores y de la intelectualidad separatista anexionista que se integró al nuevo régimen estadounidense porque identificaban en el mismo la garantía de progreso y modernidad a la que habían aspirado a fines del siglo 19. En ese sentido la voz de Julio Henna y, en especial Roberto H. Todd, hizo posible la supervivencia de su mito. Lo más interesante es que quienes echan las bases del imaginario betancino entre 1898 y 1920 no encajan en el discurso hispanófilo o de amor a España que se instituyó como factor dominante en la (re)invención de la identidad puertorriqueña.

El hecho cívico que sella la relación de Betances Alacán con Puerto Rico, por otro lado, fue su suntuoso y emotivo entierro en 1920 en Cabo Rojo. Sus restos y su viuda llegan al país en un momento de inflexión del nacionalismo en el cual los unionistas debaten sobre el futuro del proyecto de independencia y vuelven la vista otra vez hacia la autonomía, ahora denominada self-government. Su inhumación representó la ocasión para reapropiarlo y ajustarlo a un escenario innovador.

agosto 2, 2015

Ramón E. Betances Alacán: el separatismo y las izquierdas. Cuarta parte


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La relación de Betances Alacán con los anarquistas ha sido debatida en términos de dos procesos mal conocidos y con toda probabilidad imposibles de aclarar al día de hoy. Por un lado, se apela a un oscuro y bien articulado plan que elaboró con el ingeniero cubano Francisco Cisneros (1836-1898) de provocar un levantamiento republicano en España soliviantando a los anarquistas catalanes. La lógica de conspirador le decía  que una España estable, a pesar de la crisis que la minaba, seguía siendo un enemigo formidable para los cubanos. Por eso estimular la agitación en Barcelona (1895-1896),  incitar la violencia anarquista (1897-1898) o, incluso, promover un desembarco en España (1898) a fin de crearle un frente el interior que desviara el envío de tropas a Cuba no resultaba ser ideas descabelladas. Investigadores cuidadosos como Ojeda Reyes y Estrade reconocen las dificultades de pormenorizar las referidas gestiones.

Michele Angiolillo

Michele Angiolillo

Por otro lado, se encuentra el affaire Angiolillo. Michele Angiolillo (1871-1897),  un anarquista individualista fuertemente influido por el espontaneísmo y el voluntarismo revolucionario e hijo de artesanos de Foggia en las cercanías de Nápoles, ha sido clave en la configuración de la relación entre el separatista independentista y republicano antillano con aquella ideología. El italiano fue quien ejecutó a Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) en el balneario de Santa Águeda de Mondragón en Guipúzcoa, escándalo político que recorrió el mundo y justificó el ascenso de Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) como primer ministro. Aquella línea de evento condujo a la oferta de autonomía para Cuba y su instauración en Puerto Rico, evento que para mucho inaugura la experiencia soberana bajo España y que otros consideran el modelo a imitar a la hora de revisar  la limitada autonomía que el país posee hasta el presente. La clase política cubana, que se debatía entre la anexión a Estados Unidos o la independencia, no vio la oferta hispana con los mismos ojos que la moderada clase política puertorriqueña. El hecho de que en Cuba hubiese guerra y en Puerto Rico no, parece haber sido determinante en la diferencia.

Tanto las conjuras al lado de los anarquistas como el magnicidio de Santa Águeda se dan independientemente de que Betances Alacán no es un anarquista. Los estudiosos han insistido mucho en el hecho sin necesidad alguna. Se trata de situaciones concretas en la cuales un republicano radical se acerca al enemigo de su enemigo con el fin de adelantar su causa. Entre el diplomático y el conspirador no hay muchas diferencias: en ambos casos el realismo político se impone como una necesidad en el marco de situaciones altamente complejas que requieren menos rigidez ideológica.

La conexión de Betances Alacán con el affaire Angiolillo, un hecho indudable,  ha sido  convertida en un complemento de la imagen romántica y contracultural que el revolucionario puertorriqueño desarrolló desde la década de 1850. Pío Baroja (1872-1956) en su novela Aurora roja (1904), achacaba a la propaganda antiespañola del polemista francés Henri Rochefort (1830-1913), director de L’Intransigeant, y al doctor Betances Alacán, la decisión de Angiolillo de cometer aquel magnicidio. La participación directa de ambos en la conjura no se aseguraba pero se sugería su responsabilidad ideológica en el mismo.

Los liberales autonomistas han manifestado la tendencia a ver en aquel suceso un aliado aleatorio del autonomismo y lo celebran calladamente para evitar que se les asocie con el laborantismo y el terrorismo individual. A fin de que el suceso encaje en su lógica, pasan por alto el hecho de que la autonomía se aprobara de manera atropellada y al margen del debido proceso parlamentario y niegan que  Sagasta estuviese utilizando  la autonomía para aplacar la furia estadounidense y evitar la agresión y la disolución del decadente imperio español. Otros intérpretes ubicados en las variopintas izquierdas revolucionarias del siglo 20,  han manipulado el escenario descrito a fin de inventar un Betances Alacán conspirador más afín con sus ideologías y, a veces, con sus métodos preferidos de combate. El asesinato de Cánovas guarda muchos paralelos con el de Elisha Francis Riggs en 1935: el hecho de que el ejecutor se entregase a las fuerzas policiacas en cuanto terminó el acto es demostrativo de ello. La crítica al carácter suicida de ambos actos, un lugar común en la izquierdas socialistas del siglo 20, es comprensible.

Francesco Tamburini, autor de un ensayo “Betances, los mambises italianos y Michelle Angiolillo” publicado en el 2000 en una antología de temas betancinos editada por  Ojeda Reyes y Estrade bajo el título Pasión por la libertad, aclaró la complejidad de lo que denominaba los “aspectos italianos” de la vida del activista de Cabo Rojo de los cuales el controversial eslabón Angiolillo es parte. Pero como se deducirá de lo que llevo dicho, los “aspectos italianos” son también “aspectos españoles”. Como comenté en otro momento, el abanico radical en el cual se ubicaba el antillano se movía desde el republicanismo convencional hasta el anarquismo extremo colectivista o individualista. Todos aquellos discursos contestatarios eran la expresión del agobio con el liberalismo burgués dominante y habían madurado en el marco del desarrollo del capital financiero y de su expresión política imperialista, considerada por muchos como una forma del colonialismo más cruenta que amenazaba con dejar el mercado internacional a los pies de una burguesía más agresiva.

Tamburini deja claro que la relación de solidaridad de Angiolillo con la cuestión cubana y antillana era contingente y hasta cuestionable. El magnicidio de Cánovas no se realizó con el fin de favorecer a los cubanos los cuales, decía Angiolillo, “no me importan”. El acto se realizaba  para protestar por las torturas a los anarquistas presos en el Castillo de Montjuich en Barcelona. En el fondo no se trataba de un acto de solidaridad lo cual quizá explique la reticencia de Betances Alacán a colaborar con el asunto. El investigador se encuentra ante lo que con toda probabilidad no fue sino una relación que se levantó sobre la base de la utilidad y no sobre una moral revolucionaria o un internacionalismo ideológico bien articulada. Utilizar a los anarquistas catalanes o a un anarquista italiano contra España no requiere mucha afinidad ideológica sino mucho pragmatismo e inteligencia.

Ejecución de Angiolillo

Ejecución de Angiolillo

Betances Alacán cultiva los “aspectos italianos” que Tamburini señala no sólo a través del anarquismo. También se apoyó en otras figuras que, como él, eran republicanos radicales  y manifestaban tendencias democráticas y que provenían de las clases medias y altas de aquel país. La figura de  Francisco Federico Falco (1866-1944), médico como él, nacido en Penne que apoyaba la causa de Cuba libre desde la perspectiva republicana, adquirió un papel protagónico en ese sentido. En 1982, Ojeda Reyes publicó una serie de cartas de Betances Alacán a Falco en la revista Caribe, las cuales permiten darle forma a aquella conexión italiana y ratifican  el sentido republicano que le daba el puertorriqueño a la misma. Toda la colección está estructurada dentro del más formal lenguaje diplomático. Las notas personales son pocas y algunas piezas se reducen a mensajes telegráficos puramente burocráticos, aunque el puertorriqueño se refiere a los “demócratas” italianos como “hermanos”. Desde mi punto de vista lo que le interesaba a Betances Alacán de aquella Italia republicana era ese modelo voluntarista y pasional sintetizado en el lema “Italia fara da se”.  El aislamiento y el silencio en el cual esporádicamente caía el asunto de Cuba y la invisibilidad de  Puerto Rico parecen justificarlo.

Tamburini confirmó, por otro lado, que la opinión de Betances Alacán en torno al apoyo italiano a Cuba que ofrecía Falco y que incluía el envío de voluntarios al frente de combate, lo colocó en una  posición incómoda ante Tomás Estrada Palma y el Directorio del Partido Revolucionario Cubano. El voluntariado italiano apoyado por republicanos radicales como Falco probablemente incluiría anarquistas o socialistas que se movían en las mismas esferas que los denominados demócratas. Dos elemento, según Tamburini, favorecían la decisión de emigrar para combatir en Cuba. No se descarta la atracción que produce la causa nacional cubana. Muchos jóvenes  también veían en el acto una manifestación de protesta contra el gobierno italiano. Pero el autor también aclara que la grave situación económica que se vivía en Italia favorecía la emigración y deja abierta la  puerta para tomar en cuenta el aventurerismo como una motivación más detrás del acto.

La reticencia de Estrada Palma y el Directorio a aceptar voluntarios italianos (o de otras partes) en las filas es un asunto que habría que trabajar con más profundidad. Sobre esa base se daban choques entre Betances Alacán y el Partido Revolucionario. En el proceso se esgrimían cuestiones de contabilidad: transportar y preparar a los extranjeros resultaba costoso. Se esbozaron argumentos propios del determinismo geográfico y climatológico: no están acostumbrados al trópico húmedo y caliente. Pero con toda probabilidad había consideraciones ideológicas y culturales legitimando la oposición: los republicanos radicales podían terminar siendo un estorbo si acababan defendiendo la independencia en lugar de la anexión a Estados Unidos que favorecía la cúpula del partido. Por último la presencia de anarquistas europeos podría producir problemas inéditos que los cubanos querían, con toda probabilidad, evitar en aquel momento. Los cubanos del 1895 manejaban la guerra como una empresa profesional que tenía que ser exitosa. Las pasiones románticas quedaban para la prensa y el consumo popular.

julio 29, 2015

Ramón E. Betances Alacán: el separatismo y las izquierdas. Tercera parte


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Los anarquistas y socialistas franceses no identificaban el concepto “independencia” con el concepto “libertad”. La postura es comprensible. Para los anarquistas, por un lado, la independencia no garantizaba la eliminación de la coerción de una  estructura artificial como el estado sobre el individuo al que consideraba el protagonista de los procesos sociales. Para los socialistas, por otro lado, aquel proyecto sólo le quitaba el poder a una clase explotadora extranjera para dársela a otra local pero de ninguna manera redimía de la explotación del capital. En ese sentido, para ninguna de las dos tradiciones antisistémicas la independencia hacía un buen servicio al progreso de la situación del individuo o de las clases explotadas. La independencia era una forma de continuar ambas o de perpetuar el sistema. Aquella lógica estaba más que clara en numerosos anarquistas y socialistas que no veían razón alguna para  reconocer legitimidad a la causa independentista cubana y, en consecuencia, a la de Puerto Rico.

Louise Michel

Louise Michel

Como ya he señalado, lo innovador del conflicto de 1895 a 1898 en Cuba era que, como la lucha de Armenia, Macedonia o Creta, se podía popularizar entre las izquierdas como la expresión de un combate secular contra dos imperios religiosos retrógrados y decadentes como lo eran España o Turquía. No hay que olvidar que ese fue el tono dominante en la discursividad de una muestra significativa en los escritores estadounidenses que evaluaron y legitimaron la toma de Puerto Rico por las fuerzas estadounidenses en 1898, según hemos comentado el sociólogo José Anazagasty Rodríguez y el que suscribe en dos volúmenes de ensayos. Lo que justificaba el apoyo a aquellos proyectos separatistas, secesionistas o independentistas era que los interpretaban como resistencias de profundas raíces populares y no su regionalismo o proto-nacionalismo.

Sin embargo, aquel carácter secular era una impresión cuestionable. En el contexto europeo el anti-islamismo de los separatistas armenios, macedonios o cretenses era una fuerza que se apoyaba también en el cristianismo ortodoxo. En el caribeño, la guerra no se hacía contra el catolicismo español ni implicaba una renuncia al mismo después de la independencia y muchos de los rebeldes no dejaban de ser católicos. El balance entre lo religiosos y lo político en el separatismo de fines del siglo es un asunto que valdría la pena investigar con calma, dada la costumbre dominante de asociar esa propuesta con el anticlericalismo y el secularismo modernos. Lo cierto es que la modernidad es mucho más compleja que ello y no puede interpretarse desde una estrecha postura dualista. Betances Alacán era un pensador anticlerical y secular que convergía por ello con anarquistas y socialistas franceses sin participar activamente de aquellas propuestas. Y estos podían simpatizar con el separatismo sin encontrar en ello una solución a los problemas que consideraban claves en sus esquemas teóricos. El principio de la utilidad y el realismo político, parece dominar la actitud de ambos extremos.

Varias situaciones favorecieron la colaboración ideológica de anarquistas y socialistas franceses con el separatismo. De una parte, la evolución del fenómeno del capitalismo industrial a otro modelo en el cual los sectores financieros dominaban el panorama, el desarrollo de monopolios, trust y grandes conglomerados de capital que ubican la explotación en un nuevo nivel. De otra parte, el fenómeno del imperialismo de fines del siglo 19 y su voracidad con aquellas regiones que no había sido controladas del todo por los poderes más avanzados de Europa, hecho que excede el colonialismo nacido en los siglo 15 y 16. Y por último, el hecho intelectual de que la mayor parte de las certezas de la cultura decimonónica comenzaran a derrumbarse a fines de aquel periodo, fueron la base para una reevaluación de la mirada de ciertos anarquistas y socialistas sobre el asunto de la separación como opción legítima ante el coloniaje.

En aquel nuevo contexto la separación de un territorio pequeño del imperio que lo sojuzgaba podía interpretar como un proyecto progresista. Lo era porque hipotéticamente debilitaba las redes del capital internacional y servía para dejar atrás formas caducas de coloniajes. Algunos anarquistas podían llegar a pensar que con ello se adelantaría el fin estratégico de la “fraternidad universal”. Los socialistas, por su parte, podían interpretar que el derrumbe de los viejos sistemas coloniales allanaría el camino a la “sociedad sin clases”. Ambas posturas se apoyaban en una concepción progresista de la historia y en la confianza en su telos de libertad.

La solidaridad de anarquistas y socialistas franceses y del resto de Europa con los movimientos separatistas en Europa o las Antillas era también la expresión de cuestiones más concretas, por ejemplo, sus luchas concretas en el contexto de las naciones estado  en que se movían: Francia, Italia o España. Las tensiones entre las naciones estado favorecían la toma de posición respecto a cuestiones. En ese sentido, favorecer la causa de Cuba, Armenia, Macedonia o Creta significaba oponerse activamente al estado coercitivo o a las burguesías y las clases dominantes de uno u otro imperio retrógrado. Para las posesiones del Imperio Turco la separación las devolvería a la ruta europea de algún modo. La separación de Creta la condujo a integrarse a Grecia en 1908; Armenia permaneció entre la influencia de turcos y rusos hasta 1918; y Macedonia acabó integrando parte de Serbia en 1912. La separación no significó la independencia en ninguno de los tres casos y, por el contrario, las condujo a la dependencia de otros poderes hegemónicos. Para los territorios pequeños, separarse era la condición para cambiar las relaciones de dependencia. La independencia de los territorios pequeños era inadmisible.

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Sébastien Fauré

Pero en el caso de Cuba y las Antillas, territorios coloniales pequeños, la situación era distinta por el hecho de que había otros actores en el escenario, el más importante, Estados Unidos. Separarse de España los dejaría al alcance de aquel poder que no tenía mucha competencia en el hemisferio a la altura de la década de 1890. La evaluación que hicieron anarquistas y socialistas del papel de Estados Unidos en el conflicto cubano y antillano puede parecer paradójica pero poesía una lógica extraordinaria en el contexto de su tiempo. Otra vez, quien mejor la documenta en el citado Paul Estrade.

En el caso de los anarquistas el juicio sobre el papel de Estados Unidos en el conflicto no era uniforme y producía roces con los sectores separatistas independentistas y parecía favorecer a los anexionistas. Del mismo modo que algunos sectores parecían estar de acuerdo con el separatismo independentista otro lo rechazaban. Anarquistas como Louise Michel (1830-1905), maestra, poeta, trabajadora de la salud y uno de los emblemas de la Comuna de París,  activista de  tendencia blanquista, una de las más influyentes entre intelectuales y estudiantes socialistas franceses de fines de siglo 19,  veía en los estadounidenses que agredían a España una fuerza libertadora y emancipadora. La idea de que los “americanos no tienen otro objetivo que apoderarse de Cuba” era consideraba  falsa porque “el pueblo americano sabría impedirlo”. Michel daba por buena la versión del “Destino Manifiesto” y la concepción de la inocencia americana. Sebastién Fauré (1858-1942), escritor socialista hasta 1888 y anarquista desde ese momento en adelante, también veían en las fuerzas armadas  estadounidenses un aliado legítimo de los cubanos y no un enemigo. Su lógica era la de un republicano progresista: Estados Unidos ayudaría a “expulsar de su territorio el ejército real”. La intervención de Estados Unidos en el conflicto entre cubanos y españoles también fue aplaudida por J. R. Brunet como un acto de apoyo a la liberación ce Cuba y no como un acto imperialista. Aquel sector convergían con el separatismo anexionista pero no con el independentista: entendían que la presencia de Estados Unidos en el futuro de Cuba y de Puerto Rico a la larga cumplía un papel progresista  y no retardatario como sugerían los antianexionistas.

Los socialistas franceses como el antes citado Paul Lafargue, veían en la independencia el nicho de otra república burguesa por lo que se resistían a favorecer la lucha cubana. En buena parte de los casos, según el citado Estrade, prefirieron no expresarse con respecto al tema. Este investigador sostiene que la Segunda Internacional demuestra  “su incomprensión del problemas colonial”. En realidad es que aquellos teóricos comprendían el asunto de un modo muy europeo y hasta ortodoxo que luego fue revisado en el contexto de la Gran Guerra (1914-1918).  Betances Alacán, que era independentista y antiseparatista convencido, debía sentir cierta incomodidad ante aquella lógica teórica.

La posición sobre estas posturas de los anarquistas y socialistas franceses sobre el separatismo, el papel de Estados Unidos, el futuro de Cuba en la independencia, en respaldo a la insurrección, la independencia o la anexión, es crucial para comprender a Betances Alacán y la situación de las clases productivas antillanas al momento de la invasión. No hay que olvidar que en Cuba y en Puerto Rico el movimiento obrero emergente nacido de la era de las aboliciones, tomó una actitud paralela. Influidos por las doctrinas anarcosindicalistas y socialistas,  se resistieron a apoyar los movimientos separatistas independentistas y vieron con buenos ojos la presencia de Estados Unidos en el escenario del 1898. Lo cierto es que el segmento separatista independentista y aquel segmento del anarquismo y el socialismo franceses de fines del siglo 19, veían el problema antillano desde perspectivas distintas. La oposición es comprensible a la luz de sus perspectivas teóricas. La distancia de la clase obrera y sus representantes del independentismo puertorriqueño del siglo 20, un fenómeno que preocupó muchísimo a la nueva historia social de los años 1970, tiene sus raíces en aquel escenario. Los desencuentros entre productores directos y líderes nacionalistas en el siglo 20 tienen en el 1904, 1922 y 1934, tres modelos  extraordinarios. La Unión, la Alianza y el Nacionalismo, pasaron por esa experiencia en momentos muy específicos.

Otras influyentes figuras del anarquismo como el escritor Charles Malato (1857-1938), el geógrafo Elisée Reclu (1830-1905) , el artesano y teórico Jean Grave (1854-1939), entre otros; y socialistas procedentes de las tendencias  blanquistas y ocasionalmente guesdistas, ambas  de influencia marxistas,  apoyaran la causa de Cuba porque la valoraban como una propuesta antimonárquica y anticlerical ejecutada contra un imperio decadente. Todas las opiniones se vertían mirando hacia Cuba. Puerto Rico, sin una resistencia armada, era invisible en la discusión internacional. Después del 1898 la relación entre el separatismo reformulado en independentismo y las izquierdas será reformulada. También habría que inventar de nuevo a Betances Alacán. Una cosa era esta figura bajo España y otra bajo Estados Unidos.

julio 22, 2015

Ramón E. Betances Alacán: el separatismo y las izquierdas. Segunda parte


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

La causa de las Antillas fue objeto de evaluación de anarquistas y socialistas franceses durante la llamada Guerra Necesaria (1895-1898). El panorama más completo sobre ese asunto lo ofrece Paul Estrade en su volumen Solidaridad con Cuba libre, 1895-1898: la impresionante labor del Dr. Betances en París (2001). La cuestión de Cuba y la guerra que inició en 1895, fue clave para el juicio de las izquierdas sobre la cuestión antillana. Puerto Rico era invisible para aquellas fuerzas contestatarias  por el hecho de que en la pequeña colonia no se había desarrollado un proyecto de resistencia armada al coloniaje español. La resistencia que no desembocaba en un hecho de armas era invisible en el plano internacional y es posible que, incluso el liderato más visible, no se enterase de la diversidad de la misma en el extranjero. El hecho de que no hubiese un levantamiento efectivo en el país después del fracaso del de 1868, explica no solo la ausencia del tema colonial puertorriqueño entre las izquierdas francesas sino también el poco interés de la República de Cuba en Armas después de 1895 en arriesgar esfuerzos y dinero en un territorio que no parecía contar con las condiciones para sostener una guerra contra España.

El hecho de que desde las izquierdas francesas se viese el proceso cubano como una causa separatista y republicana que tenía como meta crear un Estado Nacional soberano, fue determinante en la posición adoptada por aquellas. Esto planteaba un problema. A pesar de que el lenguaje de muchos historiadores insiste en el carácter independentista de la rebelión de 1895 y aplana una realidad compleja, el separatismo cubano era mucho más que eso. En el territorio de las aspiraciones políticas, los sectores independentistas y confederacionistas pugnaban intensamente con los anexionistas a Estados Unidos. El balance entre las fuerzas independentistas y anexionistas a Estados Unidos en el Partido Revolucionario Cubano siempre ha estado en discusión y no es un problema que yo pueda resolver en esta breve reflexión. Por otro lado, aquella situación también se manifestaba en el seno de la Sección de Puerto Rico de aquella organización. En lo único en que estaban de acuerdo uno y otro extremo era en la necesidad de separarse de España.

Betances_Mariani_1892

Retrato de Betances en el album de Angelo Mariani

El investigador Germán Delgado Pasapera (1928-1985), uno de los primeros en acercarse a ese espinoso asunto en la década de 1980 lo resolvía insistiendo en que la cuestión táctica (la separación) estaba resuelta, y que la cuestión estratégica (anexión o independencia) se trabajaría tras la separación. En cualquiera de los dos casos, una relación intensa con Estados Unidos sería inevitable. Un siglo de relaciones de mercado, culturales y de tensiones políticas no pasaba en vano. La historia de Cuba desde su independencia en 1902 hasta el 1959 tradujo bien la situación dominante en el contexto del 1895. La de Puerto Rico entre 1900 y 1952 tampoco.

Para los socialistas y anarquistas franceses la apropiación del tema cubano se facilitó por el hecho de que no se trataba de la única comunidad política pequeña que luchaba por la separación de un imperio considerado retrógrado. La isla de Creta (1897), la comunidad de Armenia (1896-1897) y la de Macedonia (1890 ss), también elaboraban resistencias armadas por la emancipación contra el Imperio Otomano en medio del auge imperialista. Aquellas luchas resultaban simpáticas para las izquierdas francesas por una variedad de consideraciones. La confrontación de Cuba (1895) y España ya no era excepcional sino más bien la expresión de una lucha histórica en la cual una serie de territorios pequeños enfrentaban el poder de imperios religiosos decadentes: el español y el turco. Ese era el aspecto moderno de aquellos conflictos. El anticlericalismo y el secularismo militante de socialistas y anarquistas fue determinante en la decisión de respaldar discursivamente aquellas causas y equipararlas. En el proceso se asumía el carácter anticlerical y secular de las luchas separatistas como un valor. La cuestión de la separación para la independencia, la confederación o la anexión a Estados Unidos era otra cosa porque las izquierdas tenían posturas contradictorias en cuanto a esos puntos igual que los cubanos y los puertorriqueños.

Sería interesante indagar la opinión que tenían sobre el tema del separatismo en todos aquellos espacios dos propuestas ideológicas híbridas de las izquierdas de fines del siglo 19. Me refiero a los socialcristianos de origen católico o evangélico que crecieron desde 1850 en adelante; y los anarcocristianos que florecían a fines del siglo 19. Ambos tenían mucha influencia en el movimiento obrero internacional y competían a socialistas y anarquistas los espacios de influencia en aquel sector. El interés que despertaron ambas propuestas en algunos activistas radicales de Puerto Rico entre 1903 y 1930 justificaría una búsqueda en esa dirección.

 

Los anarquistas y la independencia

La legitimidad del apoyo de los anarquistas franceses a la causa de Cuba parece descansar en el argumento anticlerical y secular y no en el argumento político.  La interpretación anarquista ortodoxa desconfiaba del Estado Nación, uno de los ideales más emblemáticos de la revolución burguesa, por su carácter elitista, coercitivo y antipopular. Los anarquistas eran partidarios de la constitución de una “fraternidad universal” como garantía de la “libertad”. La misma se organizaría y crecería como producto de la unión voluntaria  entre iguales. La voluntariedad dependía de que no mediase coacción externa en el proceso de institución de la misma. Esa postura radical, los conducía a oponerse a cualquier tipo de orden estatal. La médula del anarquismo era la aspiración de que no existiera ningún tipo de Estado en cuyo lugar maduraría una acracia administrada naturalmente, es decir, ajustada a las leyes naturales a las cuales estaba la humanidad sujeta.

Se trata de algo así como una recuperación del estado natural en que todos eran iguales en un mundo sin estructura, concepto que sirvió de base hipotética al Estado Naturaleza esgrimido por los teóricos del siglo 18. Aquella acracia sostenida en la “justicia natural” sería la base de la “sociedad libertaria”, condición distante de la “guerra de todos contra todos” con que identificaban los estatistas burgueses a la misma. Ajustar el comportamiento social a las estructuras de la naturaleza por medio de la razón fue uno de los grandes motores del pensamiento social desde Inmanuel Kant (1724-1804), pasando por Auguste Comte (1798-1857), hasta Eugenio M. de Hostos (1839-1903).

Esa “fraternidad universal” no podía constituirse sin un mínimo de estructura. Para los anarquistas su estabilidad dependería de la configuración de múltiples “poderes asociativos menores” que fuesen capaces de impedir la constitución de un poder central autoritario. La convergencia de aquella postura con el comunalismo o el federalismo eran evidentes: ambos sistemas, como el anarquismo, coincidían en el valor de la descentralización administrativa más exigente. Los “poderes asociativos menores” a los cuales se integraba voluntariamente el ser humano, serían la base de la “fraternidad universal” y de la “libertad”.

La idea de una República de Cuba o la de Puerto Rico o la de una confederación de estados soberanos, era inapropiada, ilegítima o secundaria: no encajaba en aquellos parámetros. La del territorio incorporado o anexado a un estado poderoso mayor tampoco porque ello no garantizaría la “fraternidad universal” y de la “libertad”. Lo cierto es que la concepción de una nación o una patria no se ajusta al anarquismo teórico porque tiende a separar más que a unir a la humanidad. Mijail Bakunin (1814-1876) decía que:

“…la patria y la nacionalidad son, como la individualidad, hechos naturales y sociales, fisiológicos y al mismo tiempo históricos; ninguno de ellos es un principio. Sólo puede darse el nombre de prin­cipio humano a aquello que es universal y común a todos los hombres y la nacionalidad los separa; no es, por lo tanto, un principio.”

Bakunin recomendaba renunciar a las mezquindades y a los  “intereses vanos y egoístas del patriotismo”. La misma idea de la creación de una organización partidaria con el propósito de conseguir un fin político particular había sido rechazada por Pierre Joseph Proudhon (1809-1865). En ese sentido, las probabilidades de cooperación entre anarquistas y separatistas independentistas y confederacionistas sobre la base de la finalidad esbozada por los cubanos parecían teóricamente canceladas.

 

Los socialistas y la independencia

La interpretación socialista ortodoxa desconfiaba también del Estado Nación por razones análogas a las de los anarquistas. Aquel artefacto era el producto histórico de la revolución burguesa y una estructura de poder creado por y al servicio del adversario de clase de los trabajadores y productores directos. En ese sentido, respaldar la causa separatista independentista y confederacionista, implicaba una contradicción en el marco de una concepción lineal de la historia compartida por liberales y socialistas. Para muchos  militantes críticos, un compromiso con la independencia podía implicar el respaldo un movimiento rebelde que lo que buscaba era coloca a una burguesía, la clase criolla cubana vinculada a la tierra y el comercio, en el poder. La misma lógica hubiese utilizado si el caso de Puerto Rico hubiese estado en el radar. Ello explica que el movimiento obrero surgido en Puerto Rico durante y después de la invasión del 1898 se opusiese a la independencia y favoreciese tácitamente una relación más profunda con Estados Unidos.

Los socialistas y los marxistas franceses ortodoxo o no, estaban de acuerdo en esa interpretación tachada, tras la victoria de los bolcheviques en la Rusia de los zares, como una postura ortodoxa.  Un modelo será suficiente para ello. Paul Lafargue (1842-1911) un periodista, médico, teórico político y revolucionario franco-cubano  nacido en Santiago, militante del Partido Obrero Francés y yerno de Karl Marx, se resistió a respaldar la lucha separatista de su pueblo por esas consideraciones. Lafargue  había sido proudhoniano y luego marxista, era enfáticamente  anticlerical y antirreligioso para quien la conciencia patriótica chocaba con la conciencia de clase. En ese sentido era el mejor modelo de cómo un socialista reaccionaba ante los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”, independientemente de su origen nacional. Como Betances, Lafargue es un antillano europeo, pero su concepción de la causa antillana miraba en una dirección opuesta al primero.

Como se sabe, la formulación de una teoría heterodoxa sobre la “cuestión colonial”  no maduró hasta la Gran Guerra (1914-1918). El principio de autodeterminación e independencia no se impuso hasta que Vladimir Lenin (1870-1924) y Woodrow Wilson (1856-1924)  lo usaron para auspiciar el desmantelamiento de los imperios coloniales (1914-1918) en beneficio de su situación particular en el tablero internacional. Sólo entonces se generalizó la concepción de que la lucha por la independencia “adelantaba” la lucha de la clase obrera o del proletariado en su avance hacia el comunismo y la “administración de las cosas”, paradigma que animó el movimiento anticolonial hasta tiempos muy recientes.

En aquel contexto, la colaboración entre socialistas, comunistas y nacionalistas se legitimó pero no sobre la base del apoyo sincero a la separación independencia o confederación de las Antillas como un valor en sí mismo. Sobre esos puntos, como se ha comentado, había muchos problemas irresueltos y contradicciones de fondo. La colaboración debió fortalecerse sobre la base del presumido carácter anticlerical (por antiespañol) y secular de la revolución de la Antillas: derrotar y humillar a España era el sueño de muchos en aquel entonces. Bakunin, Proudhon y Lafargue eran todos anticlericales y pensadores seculares radicales. El hecho de que Cuba pudiese derrotar un imperio católico decadente, legitimó en algunos anarquistas y socialistas un respaldo que la cuestión de la independencia por sí sola no justificaba.

 

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