Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

junio 9, 2017

El circunstante, el visitante, el residente: tres miradas sajonas sobre Puerto Rico. Parte 2

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El circunstante y el visitante expresaron esa mirada despreciativa apoyada en una serie de prejuicios que traducía más su tirria hacia la hispanidad que hacia el portorriqueño. Este resultaba invisible para una mentalidad cosmopolita como la de aquellos. Los aludidos no tenían que sentir ninguna molestia con su invisibilidad.  Después de todo, los más eminentes exponentes de las elites criollas y la casa letrada insular pretendían que se les viese de ese modo, como especímenes o facsímiles razonables de la hispanidad. El integrismo tuvo muchas gradaciones durante el siglo 19 por lo que su presencia se hizo sentir desde los extremos del incondicionalismo hasta el autonomismo radical más exigente: todos aspiraban a ser españoles porque ello era parte integrante de sus particulares proyectos modernizadores. La única excepción parece haber sido los separatistas independentistas y anexionistas que eran partidarios de la desolidarización con España y de la desespañolización radical.  El atractivo del polo imperial ha sido seductor para aquellos sectores lo mismo en el siglo 19 que en el siglo 20 y el 21.

Pero la mirada sajona no se reducía a la experiencia estadounidense. El Puerto Rico decimonónico se había ido abriendo como resultado de su timoneado proceso de  inserción en las redes del mercado internacional en especial desde 1815. El intervencionismo mercantilista y ciertos avances del mercado libre convivieron con numerosas tensiones en aquel complejo tablero. Las urbes comerciales de la colonia mostraban una interesante pluralidad. La presencia de elementos sajones en el entramado social y económico colonial también incluyó británicos como sabemos. Resulta curioso que ciertos sectores del separatismo independentista en la década de 1860 y el 1890, manifestaran tácitamente más confianza en la probabilidad de elaborar alianzas concretas con sajones británicos que con sajones estadounidenses. Ciertos detalles presentes en la discursividad conspirativa del Gran Club de Borinquen encabezado por Andrés Vizcarrondo, y en la del Delegado General del Partido Revolucionario Cubano en Francia, Ramón E. Betances Alacán, así lo demuestran

 

Ya estábamos por aquí: la mirada de residente

En ese sentido, la personalidad de Albert Edward Lee Basanta (1873-1942) puede representar un contrapunto valioso y aclarador. Para los propósitos de esta reflexión Lee es el residente, el que nos mira desde “adentro” poseído por la familiaridad producto de una larga vida en la isla cerca de distinguidas figuras de las elites criollas y la casa letrada. Un sajón de ascendencia británica nacido en el seno de una familia de comerciantes en la ciudad de Ponce y que combinaba las tareas mercantiles con la actividad consular y diplomática quien, a la vez, es capaz de desenvolverse con  los gestos de un criollo legítimo en las redes materiales y espirituales de la ciudad de San Juan, es un fenómeno excepcional. En cierto modo su vida me confirma que la cultura criolla poseía una porosidad fuera de lo común y que las condiciones materiales eran capaces de atenuar los reparos que  la circunstancia de la extranjería podía generar.

En sus memorias tituladas An Island Grows, terminadas en 1942 y publicadas en 1963  por “Albert E. Lee and Son”, Lee se proyecta como el prototipo del sajón criollizado que ha hecho suyos muchos de los hábitos culturales y aristocráticos de elites criollas y la casa letrada hasta el extremo de manifestar una genuina solidaridad con el país en el cual se mueve. En 1905, en un libro titulado Political Development of Porto Rico, Edward Stansbury Wilson, otro residente nacido en Newark que fungía como Alguacil de la Corte Federal en la capital, tras aceptar que los portorriqueños eran inasimilables, admitía la posibilidad de una “mutual assimilation” en la  cual ambas partes, invasores e invadidos, saldrían ganando algo. Lee es un modelo de hasta dónde podían llegar esas transacciones durante el último tercio del siglo 19. Ese curioso problema identitario lo convierte en un testigo de primer rango en el contexto del meandro del 1898.

A diferencia del circunstante y el visitante, este residente es un testigo vinculado emocionalmente a Puerto Rico. Albert Edward Lee Basanta, hijo de Thomas Edward Lee Baggs procedente de Saint Thomas, y de Josefina Basanta Wainwright de Ponce,  casó con una hija de Alejandro Tapia y Rivera, Catalina Concepción de las Mercedes Tapia (1874-1932). Entre sus hijos se encuentra Consuelo Lee Tapia (1904-1989) esposa del poeta Juan Antonio Corretjer. Yerno del “padre” de letras, el teatro y la historia en el país, An Island Grows (1963) un texto invisible en la historiografía puertorriqueña,  aspiraba continuar la tarea de su suegro en Mis memorias.

El texto de Lee es toda una aventura. Fue revisado y editado por Earl Parker Hanson (1899-1978),  uno de los cerebros del “desarrollismo dependiente” de Puerto Rico durante  la era de “Operación Manos a la Obra”. Su producción estuvo al cuidado de sus hijos, Waldemar Fernando y Consuelo. El diseño del volumen estuvo a cargo de Irene, esposa de Jack Delano, y Margarita Ashford de Lee, hija de Bailey K. Ashford quien a la sazón era la esposa de Waldemar,  redactó una cronología histórica que serviría de marco de referencia para la vida de Albert. Se trata de un libro bien cuidado que materializa el esfuerzo de una elite sajona “amiga” de Puerto Rico y que puede informar al investigador sobre la imagen de Puerto Rico y los puertorriqueños en ese grupo de observadores. La autobiografía de Lee merecería una lectura incisiva de cara a la de Tapia para determinar las continuidades y las discontinuidades entre las miradas de estos dos intelectuales criollos tan cercanos el uno del otro.

Para los propósitos de esta reflexión voy a referirme a los apuntes de Lee en torno a los últimos días de España y los primeros de Estados Unidos. La década de 1890 en su conjunto y el 1898 en particular, llamaron mucho su atención. El irregular y asimétrico proceso de modernización puertorriqueña en aquel decenio sigue siendo un asunto por trabajar desde la perspectiva de la historia cultural y de las representaciones que las elites y la casa letrada se hicieron de los personajes presentes en aquel complejo juego.

En el capítulo “The Gay Nineties”, metáfora que recreaba la de los “Gay Twenties” estadounidenses,  Lee parecía afirmar el derecho a la nostalgia. Sus apuntes sobre la década de 1990, dejan en el lector una imagen distinta a la de los textos estadounidenses producidos entre 1898 y 1926 que el Dr. José Anazagasty Rodríguez y yo junto a otros especialistas discutíamos en dos colecciones de ensayos publicadas en 2008 y 2011. Aquellos visitantes y residentes, empecinados en devaluar el pasado hispano, parecían haberse impuesto la tarea de degradar el pasado español con una retórica que, lejos de aspirar a la comprensión empática del Otro en el sentido en que le daba a ese concepto Marc Bloch, hacían todo lo contrario: afirmaba las diferencias y, por medio de una distribución desigual del valor, degradaban a los “nativos” con el efecto de enaltecer a los invasores. En su conjunto aquellos textos, como los de Blackford y Mixer, invisibilizaban al portorriqueño y sólo veían el español y sus vestigios. La negación de la posibilidad de una identidad era por lo demás ostensible.

El texto de Lee va en otra dirección: la nostalgia romántica marcada por el embeleso se impone. El San Juan, ya viejo/provecto/antiguo, cuyos callejones a veces te recuerdan el Madrid artesano medieval que se respira en la calle de Cuchilleros de la capital española, se despliega como una ciudad moderna, con espacios cosmopolitas accesibles para las clases altas que él representa. Distinto a los sajones que llegan en el 1898 con las fuerzas armadas, Lee celebra una ciudad progresista en donde la elites urbanas no tenían mucho que envidiarle a las de cualquier otra capital europea. Su descripción de la vida capitalina recuerda la imagen de la ciudad moderna articulada en un extraordinario estudio sobre el tema por Jacques Dugast, La vida cultural en Europa entre los siglos XIX y XX, volumen publicado en 2001 en francés y en 2003 en castellano. Vivir como cualquier otro europeo, es decir ser moderno, no era sólo la ansiedad de los ciudadanos.  La aristocracia rural, si vuelvo sobre la lectura de ciertas estampas de Manuel  Alonso Pacheco en El Gíbaro de  1849, también pretendía lo mismo.

Es cierto que Lee habla desde un nicho privilegiado. Sus observaciones hubiesen significado  poco o nada, a lo sumo una pretensión de clase, para el liberto, el artesano o el vagabundo que (sobre) vivía en medio de un orden autoritario y un mercado degradado que lo rechazaban. Sus afirmaciones tampoco hubiesen sido convincentes para un exilio político, pienso en Betances Alacán, que no celebraba la desigual relación política que sufría el país. Lo interesante es como a través de este texto se ratifica el principio interpretativo marxista de que la producción de ideas y representaciones es una “emanación”  de la actividad material y la posición de clase de los individuos que la formulan. El otro dato relevante de este fragmento es el efecto que genera la observación de las estrechas calles de la ciudad en dos observadores: donde el citado Mixer encuentra “aglomeración urbana”, Lee encuentra “armonía”. Lo apretado de una ciudad con resabios tardo medievales produce emociones distintas en uno de otro: de rechazo en el visitante, de atracción en el residente. Lo que cambia es la “mirada”, no lo “observado”.

Lo que desde la perspectiva de Lee enriquecía a San Juan  era la presencia de los mismos  elementos que las evaluaciones estadounidenses de 1898 a 1926 alegan que falta: la complejidad, la sofisticación y la aceleración de la vida urbana propia de una ciudad moderna. Los observadores estadounidenses no fueron, por cierto, los únicos en quejarse de esas ausencias. Muchos miembros de la elites criollas y la casa letrada, lo mismo liberales reformistas, autonomistas o separatistas se quejaban de lo mismo. Los estudiosos de este tipo de asuntos deben recordar las observaciones por ejemplo de Carlos Peñaranda en sus Cartas puertorriqueñas redactadas entre 1880 y 1887, o las de Tapia y Rivera en su autobiografía terminada en 1882 antes citada. Betances mismo, refiriéndose a Tapia en una carta a Lola Rodríguez afirmaba con pesar que “en otro país, en otras circunstancias ¿qué cosas no hubiera dado ese cerebro?» La idea de que no éramos “modernos” producía una visible ansiedad a los sectores educados del país.

La situación privilegiada de Lee, su refinamiento, los lugares sociales en los cuales se mueve le  autorizaban a emitir una opinión distinta. Todo parece indicar que para la gente de su clase los indicadores de la modernidad estaban accesibles. El registro de las obras de teatro clásico, las zarzuelas y los conciertos públicos semanales en la Plaza de Armas, tan relevantes para el diseño de lo moderno en aquel entonces, no faltan. La visita del actor español Paulino Delgado y su troupe y la presencia del dramaturgo y poeta Leopoldo Cano, conmovía a la juventud educada

Los deportes competitivos que llaman la atención de los jóvenes pudientes tampoco: la equitación, el ciclismo y las regatas eran parte de la atractiva oferta. El “Club Neptuno”, luego “Club de Regatas” y más tarde “Union Club” ubicado en La Puntilla, era la sede de las diversiones marina. Pero no hay que olvidar que un buen caballo, una bicicleta o un velero no eran accesibles a todos los jóvenes de la capital para fines de diversión. El gusto de las clases altas por los deportes competitivos era reforzado por el sistema educativo elitista en el cual se formaban fuese en Europa, Estados Unidos o Hispanoamérica. Estando en Toulouse Betances obtuvo algún premio en el deporte de la esgrima y que también tomó clases de gimnasia. Todas las leyendas urbanas que conozco de Segundo Ruiz Belvis ratifican que era un excelente jinete y un buen esgrimista.

La memoria de Lee demuestra que existía toda una red de espacios y multiplicidad de rituales complejos y ostentosos que alimentan la solidaridad de las clases altas. La imagen pública se constituía en las actividades de Casino Español, donde la presencia de puertorriqueños era muy poca,  y el rival “Liceo Militar” al parece más exclusivo que aquel. Ello junto al ritual cortesano del “Besa Manos” auspiciado por La Fortaleza y sus  “carreras de cintas”,  parecían llamar la atención de los “chicos bien”. Las “carreras de cintas” eran un ritual de apareamiento con retazos de justa medieval. Las citas tenía las iniciales de los nombre de las jóvenes solteras y los varones debía demostrar su habilidad tomándolas al galope.

Pero Lee “mira” desde un lugar de “excluyente” y en una sola dirección: desde las clases altas y hacia las clases altas. En una parte de su memoria, refiriéndose a los conciertos públicos, afirma que “since each class knew its alloted place in the scheme of things, police intervention was never necessary”. La plebe o la canalla, como se refería al común de la gente Voltaire en algún texto, es una sombra  que apenas se esboza cuando relata el episodio de lo “quintos” o los reclutas recién llegados. El episodio, que recuerda algunas de las quejas de Alejando O’Reilly en su informe de 1765 con su frío lenguaje administrativo, es de erotismo tropical sugerente en el criollo sajón: las “mulatas” están allí dispuestas para seducirlos expresando su disposición a someterse a ellos. La metáfora es interesante. Los conscriptos las perciben como mujeres “willing to take them in and slave for the, doing their washing and other chores”

En medio de su reflexión, Lee hace una afirmación que llama la atención sobre la diferencia entre un peninsular y un insular que completa, en cierto modo, las reflexiones de Iñigo Abbad y Lasierra de 1788: “Spanish could have anything they want in Puerto Rico except Spanish children”. Por otro lado, el planteamiento parece una paráfrasis de una afirmación de  Betances escrita en 1876 quien afirmaba que “trescientos años” de coloniaje no han podido crear “españoles” en América.

 

¿Qué significa la hispanidad? Un contraste

En suma, el San Juan de Lee conserva “The Old World Flavor”, un rasgo que Mixer también había anotado  en sus observaciones de 1926. Lee, el romántico, “siente” el placer del viejo mundo cuando se extasía ante el castillo de San Felipe del Morro y rememora los “old days of the buccaneers and the Inquisition”. La sensación es que reconoce que los castillos no dejan de ser sino los vestigios de una “(falsa) Edad Media boricua” y que representan un pasado que ya se dejó atrás y al cual no se quiere regresar. Mixer, el pragmático, entiende que “The Old World Flavor” posee otras potencialidades. Mirando el paisaje del distante y sencillo pueblo de Isabela, descubre las reminiscencias de “La Mancha, the land of Don Quixote” y, afirma, “the old world flavor which gives the Island its chief charm to the American traveller” Para este observador Puerto Rico es España y está congelado en el tiempo y así podría venderse.

Isabela y el Morro eran  España en Puerto Rico. La sensación es análoga. La actitud de uno y otro ante ese fenómeno es la que cambia. Se trata de dos formas distintas de posesión. La discrepancia radica en  que, lo que para Lee es un espacio vital, formativo y cercano porque es memoria cumplida; para Mixer es exotismo, atractivo empresarial y distancia porque es futuro potencial. El pasado hispano como  mercancía capaz de ser consumido por el viajero o el turista estadounidense replantea la asimilación del territorio colonial como un problema. Para que ese engranaje funcione debe ser protegido, domesticado, etiquetado y estandarizado. De ese modo, dejará de resultar amenazante. La modernidad, bajo el imperio estadounidense, se molestaba con las cicatrices de hispanidad presentes, es cierto. Capitalizarlas les devolvería valor.

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia

mayo 30, 2017

El circunstante, el visitante, el residente: tres miradas sajonas sobre Puerto Rico. Parte 1

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

A José Anazagasty, por llamarme la atención sobre estas lecturas

Un prólogo remoto: la mirada del circunstante

A mediados de la década del 1990 una colega de la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla puso en mis manos un curioso y poco conocido escrito estadounidense sobre Puerto Rico. Era un panfleto para niños titulado The Young West-Indian  atribuido a Mrs. M. Blackford e impreso en 1828 en Boston. Mis indagaciones preliminares demostraron que había sido vuelto a imprimir en Philadelphia en 1848 por lo que la posibilidad de que hubiesen sido difundidas otras ediciones era muy alta.

Martha Blackford era el pseudónimo de Lady Isabella Wellwood Stoddart, de origen escocés y autora de numerosas obras de literatura para jóvenes, historia y biografía entre 1810 y 1850. La búsqueda respecto a esta, para mí, obscura figura me condujo a un callejón sin salida. Blackford tuvo a su haber 58 títulos que se difundieron en inglés, francés y alemán pero ninguna de las fuentes revisadas podía aclararme cosas tan simples como su fecha de nacimiento o algún dato concreto de su vida personal. Me encontraba ante una figura marginal. Los registros de la Biblioteca del Congreso me informaron que había fallecido en 1846, pero los ficheros de las bibliotecas europeas y americanas que revisé demostraban que su obra había continuado reproduciéndose durante todo el resto del siglo 19.

La lectura del panfleto The Young West-Indian  y de los títulos de una parte significativa de su bibliografía revelaban un hecho irrebatible: la preocupación profunda de Blackford por la educación de los pequeños y los adolescentes, rasgo que ya había conocido en la obra escritural de la poeta sangermeña Lola Rodríguez de Tió y en los cuentos del mayagüezano Eugenio María de Hostos para sus hijos. Los escenarios familiares, el asunto de la orfandad como antípoda de aquella y la utilización de la literatura creativa e histórica como un medio de moralizar a las nuevas generaciones dominaban aquel conjunto. El que Blackford escribiera sobre Puerto Rico en 1828, momento en el cual las relaciones de la colonia española con el mercado estadounidense se iban haciendo más intensas al amparo del orden de 1815 y cuando, sin duda, la imagen de progreso de aquel país del norte comenzaba a seducir a algunos grupos de interés en la colonia española, llamó poderosamente mi atención. Lo que ella dijera sobre Puerto Rico podía darme indicaciones de la imagen que un estadounidense de su peculiar condición social poseía sobre aquel territorio remoto del Imperio Español. La revisión del relato me dijo mucho más de que hubiese esperado.

The Young West-Indian  narra la historia de Francisco Gómez, a “native of Porto Rico” de 7 años, hijo de un hacendado español cuyo nombre se suprime. Warthon, un “American gentlemen” de Long Island con espíritu de filántropo, le pide al  padre de Francisco que le permita llevarlo a su país para que acompañe a un hijo suyo de la misma edad. La petición oculta una preocupación particular: Warthon no deseaba que el chico llegase a la adultez, “ruined by a false mode of education”. La imagen del estadounidense recto, puritano y piadoso que se preocupa genuinamente por el otro, se impone en el relato. El juicio sobre la naturaleza retrógrada del escenario de la colonia hispana se transparenta de inmediato en el sencillo relato. Desarraigar a Francisco del escenario en el cual iba a crecer redundaría a la larga en el bien del muchacho. Warthon rechazaba los valores hispanos representados por el muchacho, no su condición de portorriqueño la cual es por completo invisible.  Un portorriqueño es un español de la islas y nada más que eso.

Durante su estadía en Long Island, Francisco aprende dos lecciones morales al lado de Charles, hijo de Warthon. La primera tiene que ver con la libertad. Francisco se empecina en  enjaular unos gorriones que le seducen con su canto para conservarlos en su cuarto. Charles lo corrige: los gorriones enjaulados se sentirían prisioneros y dejarían de cantar. El tema de egoísmo autoritario de uno y el respeto reverente a la  libertad como el estado natural de las cosas, diafaniza la oposición maniquea entre el hispano egoísta y el sajón altruista.

La segunda lección ilustra al lector sobre el asunto de los prejuicios de clase. Francisco, sobre la base de su “honor” herido, trata mal a un muchacho mayor que él porque no le obedece cuando le da una orden. La narración insiste en que lo humilla de modo análogo al que lo haría  con la esclava negra Juana, su nana. La moraleja del episodio se completa cuando, al final del texto,  ese mismo chico salva a Francisco de ahogarse en un lago. El  villano y pícaro de mala sangre al cual ha humillado le demuestra con aquel acto que el “honor” hispano es un valor inútil. La escena diafaniza la oposición maniquea entre el hispano aristocrático y el sajón liberal.

Las preconcepciones que la autora manifiesta a través del personaje de Francisco son el modelo de una representación cultural generalizada y comprensible. En los chicos se manifiesta el choque de dos mentalidades antinómicas. Aquella mirada devaaluadora del otro dominó la opinión estadounidense sobre la hispanidad decadente a lo largo de todo el siglo 19.  El etnocentrismo del discurso de Blackford es notable: los valores sajones, altruistas y liberales, son superiores a los hispanos, egoístas y aristocráticos. La devaluación de Francisco y lo que este significa culturalmente se completa mediante un  proceso de infantilización de sus valores más caros. De igual modo, Charles manifiesta la voluntad sajona de actuar como  mentora del hispano por medio de ese  juego en el cual un Charles civilizado pontifica de buena fe a un Francisco bárbaro que, a la larga, conviene con el proceso.

La idea de que ser portorriqueño equivale a ser español, perceptible por demás en el contexto de la escritura de este relato, me parece crucial. Los procedimientos discursivos de esta escritora mostraban  una tendencia que se repetiría una y otra vez en el contexto generado a raíz de la invasión del 1898. Lady Isabella Wellwood Stoddart alias Martha Blackford, la circunstante, la espectadora y observadora desde la distancia, expresaba bien un interés y un forcejeo presente en un segmento de las elites estadounidenses respecto al tema la hispanidad. Vale la pena recordar que  Ramón E. Betances Alacán, en su conocido ensayo “Cuba” escrito en 1874, había trazado esas tensiones hasta 1823 por medio de una cita de Thomas Jefferson. Para Betances, sin duda,  los hijos de “Medea furibunda” estaban en la mirilla de la “constrictor” del norte desde aquel remoto entonces.

 

La troupe del 1898: la mirada del visitante

En 1926 Knowlton Mixer, Jr. publicó el volumen Porto Rico History and Conditions. El libro ha tenido 13 ediciones entre aquella fecha y el 2005, cuando se difundió una versión facsimilar en Puerto Rico como secuela de la conmemoración del centenario de la invasión del 1898. Con Mixer sucede algo análogo que con Blackford: las posibilidades de construirle un perfil que llene de humanidad su nombre son pocas por lo que le queda al investigador es el diálogo contencioso con la textualidad que nos deja esta figura difícil de identificar con la imagen del historiador o escritor profesional.

En el capítulo 7 de su  libro “Customs and Habits of the People” Mixer, armado con la sensibilidad del burgués confiado, se ocupaba de la cultura de la gente que hallaron los invasores en la posesión ultramarina. El discurso de este autor proyecta la soberbia, el orgullo, la satisfacción y la altivez propia del periodo de prosperidad que Estados Unidos disfrutó desde 1922 hasta 1929. El final de la Gran Guerra en 1918, el cobro de las deudas de guerra de los aliados, el retorno al aislamiento vinculado al inicio de una nueva era de dominio republicano desde 1921 y el fin de la presidencia de Woodrow Wilson fueron, como se sabe, el caldo de cultivo de los “alegres veintes”.

Mixer era un excelente fotógrafo sin duda, pero no pasó de ser un modesto escritor que se abrazaba una perspectiva idílica del pasado de su país como buen nacionalista. El expansionismo hacia aquellos lugares exóticos que garantizó el 1898, fue un componente crucial para aquel nacionalismo que apropiaba el imperialismo como una culminación de la identidad. Mixer también mostró especial interés en las tradiciones que habían hecho a su país grande en especial la arquitectura colonial. Old Houses of New England (1927), obra en el cual comenta diseños arquitectónicos estadounidenses desde 1627 hasta el 1900, es su título  más conocido.

La relación de Mixer con Porto Rico es la del visitante, el forastero o el transeúnte. Su texto refleja la mirada de la extrañeza armada de la frialdad y el cálculo, capaz de resaltar sin pudor la diferencia y la inferioridad del “otro”. La devaluación de lo que se observa se apoya en los  instrumentos de una interpretación elitista elaborada desde arriba. Mixer parte de la premisa de que la historia de una sociedad o un pueblo “concerns itself necessarily with the record of activities of the ruling class”. Hablar sobre Porto Rico, en consecuencia, equivale a representar los actos de la “ruling class” local.

Mixer la descubre en ciertos nichos dentro del ambiente de abrumadora pobreza en el cual vivía el país a unos años plazo de la Gran Depresión. Para este autor el problema central de la “ruling class” en la isla fue que la misma arribó tarde al territorio. La genealogía que establece Mixer para esa “ruling class” no difiere de la que los historiógrafos liberales reformistas del siglo 19 puertorriqueño le dieron a la misma. La “clase dirigente” insular y, por lo tanto, la  “historia” de Puerto Rico comenzó con los procesos migratorios de la gente con capital y capacidad empresarial auspiciada por el decreto autoritario de 1815: la Cédula de Gracias.  Todo el periodo anterior, se deduce, fue solo pre-historia, preámbulo, preparación y, en consecuencia, barbarie. Mixer descubre esa “ruling class” en la ciudad en la forma del comerciante, el profesional o el burócrata;  y en el campo en la expresión del terrateniente o el “cacique”. La mirada liberal se impone con su señorío: la tesis es que los avances de la economía de mercado, el progreso comercial e industrial y la modernización material “inauguran” el tiempo histórico verdadero. Mixer como Blackford, identifica a Porto Rico como un espécimen de sus clases privilegiadas.

Una diferencia entre Mixer y Blackford tiene que ver con su condición de visitante. El discurso del autor apoya numerosas valoraciones sobre la base del contacto directo con el otro, el portorriqueño. No vacila en llamar la atención sobre la sociabilidad natural de la gente pero de inmediato antepone el defecto que la acompaña: “privacy is almost unknown”. No niega la profunda y visible lealtad que manifiesta el portorriqueño hacia la familia,  pero en la medida en que la entrelaza con la fidelidad férrea a la cultura latina – “Our Country-Our Flag-Our Latin culture”- el valor se convierte en un defecto. La forma en que Mixer, como Blackford, apropiaba al portorriqueño, en última instancia invisible,  era como el equivalente del español.

Detrás de la argumentación de Mixer subyace cierta incomodidad por la radical hispanidad manifiesta en la gente que observa. No debe pasarse por alto que de cara a la década del 1930 el discurso de la hispanidad, redivivo desde la primera década de siglo 20, se hacía cada vez más manifiesto en las elites del país. Dos distinguidos pensadores nacionalistas, Cayetano Coll y Cuchí (1923) y Pedro Albizu Campos  (1930), afirmaron sin recato de ninguna clase que el puertorriqueño era, en efecto “inasimilable” sobre la base de la presunción de que la civilización latina era superior a la sajona.

Más allá de la “ruling class”, las notas dominantes de portorriqueño común producían desazón al escritor: el “ruido” que lo penetra todo,  “a by-product of the over-crowding of the Island” llama su atención. La contaminación sonora generaba escenarios confusos e inarmónicos que afectaban el oído educado y civilizado de Mixer. Los sonidos de la cotidianidad insular le ofendían: las camas, las victrolas, las “barbaric notes of the Bomba”, las bandas musicales populares eran reducidas a simples “ruidos” que vejaban el gusto del visitante. El arrebato interpretativo era más profundo: el uso del ajo y el aceite de oliva en la comida le incomodaba. La persistencia entre la gente ordinaria de usos y costumbres indígenas en la zona cafetalera y el la altura llamaba su atención.

Para Mixer la cultura hispano criolla o mulata o mestiza eran indicadores de barbarie. Sin proponérselo confirmaba que la  promesa de progreso y democracia de 1898, lo que ello significara para el Gen. Nelson A. Miles, no había sido cumplida. Para Mixer el progreso no era otra cosa que la la ruptura con el pasado primitivo y medieval español sintetizado en la trilogía “Borinquen, the Conquistador, the Buccaneer.” Tanto para Blackford como para Mixer el portorriqueño era el otro y el otro era España.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia

mayo 9, 2017

José “Che” Paralitici y la reflexión historiográfica en torno al independentismo

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor
Prólogo del libro Historia d la lucha por la independencia de Puerto Rico. Río Piedras: Gaviota, 2017.

Preludio

En un seminario graduado que dictaba en torno al tema de la representación de los puertorriqueños en los escritos estadounidenses surgidos de la invasión del 1898 un  colega afirmó que el independentismo era el “gran perdedor” de la historia moderna de Puerto Rico. Era una aserción difícil de rebatir con una respuesta sintética y breve. El independentismo en el siglo 19, 20 y 21 ha sido la casa grande de una diversidad de tendencias y una propuesta hija de la pluralidad de las contradicciones materiales e inmateriales que han marcado al país desde fines del siglo 18 al presente. Hablar del independentismo y de la independencia refiere al investigador a un proyecto en construcción que ha significado muchas cosas. Lo que en el siglo 19 se identificaba con el separatismo independentista, se reubicó en el 20 entre los márgenes de los nacionalismos y los socialismos más diversos. La misma idea confederacionista tuvo un carácter distinto en ambos siglos. Hablar del independentismo como si se trata de proyecto homogéneo y único implicaría, desde mi punto de vista, una simplificación interpretativa imperdonable.

En vista de los riesgos que corría con una contestación poco reflexiva asentí, pero le aclaré que el fenómeno era más embarazoso. El estadoísmo era el otro “gran perdedor”. Aquella  propuesta, que creció en la forma del separatismo anexionista en alianza táctica con el separatismo independentista decimonónico, había visto la anexión del territorio en 1898 pero la estadidad seguía siendo un desiderátum. El hecho de que cuando se dio aquel diálogo en el 2014, la estadidad no se hubiese conseguido, confirmaba su condición de “gran perdedor”. Si adoptaba la lógica de mi interlocutor en realidad se trataba de dos “grandes perdedores”.

Los separatistas independentistas vieron la separación de España sin que pudieran completar su meta de independencia. Los separatistas anexionistas vieron la anexión a Estados Unidos sin que se completara su ansiedad de integración e igualdad. La confianza de una parte significativa del liderato de ambas tendencias en el republicanismo estadounidense fue violada y la promesa de libertad e igualdad que se hizo a aquellos sectores incumplida. Ese espacio vacío quedó disponible para que lo ocuparan los sectores colaboracionistas quienes sirvieron de intermediarios sumisos al imperio estadounidense en una historia del nunca acabar. El debate se canceló de inmediato.

Es cierto que la historia moderna de Puerto Rico ha sido un terreno fértil para el señorío  de los sumisos al imperio de turno. Los efectos de ese fenómeno sobre la imagen colectiva del país en el discurso historiográfico dominante han sido enormes. El primero efecto es que la historia de los “dos grandes perdedores” nunca ha sido una prioridad de los interesados en la disciplina. Además, el hecho de que algunos historiadores se hayan ocupado de reflexionar sobre ello nunca ha garantizado que serán escuchados por quienes articulan el canon desde el poder.  El segundo efecto es que, bien vistos, los conceptos “perdedor” y “ganador” no son confiables a la hora de dilucidar este problema con seriedad: los adjetivos reducen la lógica de las luchas colectivas -nacionales o sociales o identitarias- a la condición de un “deporte” un “juego” cuando, de hecho no lo son.

Bajo condiciones como esas el pasado puertorriqueño y en especial la historia de sus resistencias, ha sido formulado por la intelectualidad vacilante insaculada de los sectores afines a  España y Estados Unidos en un siglo y otro. No me parece necesario aclarar que esos discursos traducían bien los intereses de las fuerzas  que frenaron la integración a Estados Unidos o la separación de España en el siglo 19; y la estadidad o  la independencia en el siglo 20. Si alguna utilidad tuviese el concepto “ganador”, habría que buscarlo en el lugar de los intelectuales colonialistas. El “ganador” en esta larga historia de sumisión siempre ha sido el mismo: el centro vacilante que, en su beneficio, no ha admitido la solución de un dilema bicentenario y responsabiliza al sujeto colonial por los efectos de la irresolución. En términos concretos me refiero a los liberales reformistas o especialistas, los autonomistas radicales o moderados en el siglo 19; a los unionistas, los aliancistas, los liberales, los populares y los soberanistas en el siglo 20 sin olvidar, claro está, a los defensores del protectorado y el amparo de Estados Unidos en ambos siglos. Desde esa cómoda situación, los representantes de esos sectores han producido un discurso manido en el cual la reflexión sobre el activismo de los “perdedores” ha sido devaluada y sus discursividades suprimidas consistente o reducida a la imagen borrosa de un acto de recordación pueril.

Una secuela lógica de este escenario histórico ha sido que esos sectores vacilantes han sido instrumentales en la configuración de un relato histórico que afirmará la imposibilidad de la integración y de la independencia y, con ello, legitimará la irresolución como la única condición con posibilidades reales de prevalecer. La historiografía de ese centro vacilante sigue allí con su autoridad informando a quien se  acerquen al asunto de los contenidos y límites de su identidad.

 

Una reflexión histórica

La alusión más remota a un acto vinculado al separatismo independentista es de octubre de 1795. Un dibujo amenazante sobre el cuello de la efigie del rey de España que circuló durante un juego de naipes en la capital, fue interpretado como el signo de una conjura agresiva. La investigación iniciada por el gobernador militar Ramón de Castro no condujo a ninguna parte. Lo que llama la atención de aquel episodio olvidado es el miedo que un pequeño detalle produjo en un sistema que parecía muy seguro en Puerto Rico. No se puede pasar por alto que aquellos eran los tiempos de la guillotina y que el gobierno de los jacobinos había caído de manera aparatosa apenas en noviembre de 1794. El  principal cuestionamiento al integrismo hispano había debutado en la colonia antillana.

Dr. José «Che» Paralitici

La reflexión intelectual sobre el separatismo también fue temprana. Correspondió a los intelectuales integristas formular una imagen de aquel movimiento como el opuesto de la hispanidad y sus valores. No se equivocaban, por cierto. El funcionario e historiador Pedro Tomás de Córdova (1831) aludía a su carácter peligroso y malintencionado cuando comentaba la década de 1820. José Pérez Moris (1872) retornó sobre el tema a la luz de la Insurrección de Lares de 1868 en un volumen clásico. Dos elementos en común compartían aquellas figuras. El separatismo independentista y el anexionista fueron reducidos a una misma cosa, pero ambos autores temían más a la anexión que a la independencia. Se presumía que Estados Unidos estaba detrás de ambas conjuras revolucionarias. De igual manera, los dos autores  equipararon el separatismo en cualquiera de sus manifestaciones a una patología que podía y debía ser sanada incluso por la fuerza. El lenguaje de la sociología positivista, una disciplina emergente en el siglo 19, marcó la discursividad de los intérpretes integristas.

La devaluación agresiva del separatismo independentista en particular, no fue privativa de los integristas españoles: los criollos liberales reformistas y especialistas que siempre fueron integristas como aquellos, sólo cambiaban el tono. En Alejandro Tapia y Rivera (1882) el separatismo era un acto de “descontentos”; en Salvador Brau Asencio (1904) un acto “prematuro” y “precipitado” que culminaba en una “algarada”. Los hermanos Francisco Mariano y José Marcial Quiñones, en su reflexiones históricas de 1872 y 1890, aunque resentían las posturas belicosas y prejuiciadas de Pérez Moris en su libro, evitaron todo lo más posible vincular el autonomismo con el separatismo y tomaron distancia de sus posturas de una manera consistente. Un caso emblemático es el de Tapia y Rivera quien en el “Capítulo XXX” de Mis memorias (1882) estableció que “toda regeneración y progreso eran posibles bajo la bandera de la patria española”, argumento que coincidía con la interpretación de Pérez Moris de que todo separatismo atentaba contra la evolución del progreso que sólo se garantizaba manteniendo la unión con España.

La relevancia de la obra de Pérez Moris para la historiografía del separatismo independentista es incuestionable. Cuando Sotero Figueroa, uno de los primeros historiadores en  plantearse el tema del separatismo independentismo desde el independentismo le pide a Ramón E. Betances Alacán  una reflexión sobre Lares para alimentar con el testimonio su libro, el médico le dice que tiene que revisar la obra del autor integrista español. Figueroa, un ex-autonomista de Ponce, desplegó una labor  fundacional de la historiografía del independentismo en la páginas de  Patria en la  serie titulada “La verdad en la historia” y en el libro Ensayo biográfico de los que más han contribuido al progreso de Puerto-Rico (1888).

El pasado remoto de este libro del Dr. José Paralitici está allí. La reflexión sobre el independentismo desde el independentismo encuentra en este volumen una culminación extraordinaria. En este libro el colega torna, como ya ha hecho en otros de sus títulos,  sobre un proyecto inconcluso: la reflexión sobre la historia de uno de esos extremos, el independentismo en el siglo 20 y 21. Reescribir desde la perspectiva de la alteridad la historia de los llamados “perdedores” es un proyecto no solo legítimo sino urgente.

 

Sobre la  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico

Mi experiencia investigativa me dice que la reflexión serena sobre la evolución del independentismo del siglo 20  en todas sus vertientes  es poca. El nacionalismo ateneísta o moderado, el de la “acción inmediata” o revolucionario; el independentismo de los comunistas desde 1934 y sus avenencias y desavenencias con aquellos a la luz del “Nuevo Trato” y la aparición del populismo; el de los liberales que fluctuaban entre el autonomismo y el independentismo en la misma década; el de la “Nueva Lucha por la Independencia” de 1959 ya en el marco de la primera fase de la primera Guerra Fría (1947-1979); el articulado por los socialdemócratas desde 1971 o el de las nuevas izquierdas emanadas de la crisis de 1971 y 1973 madurado a principios de las década de 1980 en el contexto de la segunda Guerra Fría (1979-1991), entre otros, representan un reto interpretativo mayúsculo.

En cierto modo, la actitud dominante ha sido asumir la continuidad y las afinidades de este complejo de sistemas de interpretación y acción como si se tratase de la expresión de una ley histórica en el sentido más pedestre. El silenciamiento de las discontinuidades y los diferendos ha representado una traba que, a veces, se ha traducido en esa incómoda mirada piadosa cargada de romanticismo que se expresa en una actitud defensiva que siempre resultará incómoda para el historiador profesional. Esta actitud, comprensible pero insana, convierte al pasado en un monumento, a sus huellas en una reliquia y a sus protagonistas en una imagen icónica incapaz de comunicarle lecciones al presente. El monumentalismo laudatorio ha dominado lo mismo la tradición interpretativa militante del autonomismo, el estadoísmo y el independentismo.

Un asunto a tomar en cuenta a fin de comprender el desenvolvimiento contradictorio del independentismo, es sin duda la relación entre las formulaciones nacionalistas y las vertientes socialistas a lo largo del siglo 20. Los puntos de encuentro entre estos dos extremos que muchos consideran inseparables hoy fueron, en ocasiones, agresivos. A fines del siglo 19, una parte significativa del liderato socialista y anarquista francés no apoyaba la separación e independencia de Cuba de España porque ello implicaba poner a los cubanos a merced de la burguesía criolla nacional y no liberarlos. De igual manera, las relaciones entre los nacionalistas y los comunistas en Puerto Rico desde 1934 cuando se fundó el Partido Comunista Puertorriqueño el 23 de septiembre de aquel año, tuvieron sus altas y sus bajas. La situación no fue  distinta en la década de 1990 y tampoco lo es en el presente.

Una dificultad ostensible para un estudio de esta naturaleza es que el fin de una era -la posguerra y la Guerra Fría- significó también el fin de la eficacia de un lenguaje. Los defensores del independentismo y el socialismo en todas sus vertientes, quienes siempre se han caracterizado porque tienen puesto “el oído en el suelo”, reconocen que defender estas causas en el siglo 21 plantea retos nuevos. La otra dificultad es que, en el caso puertorriqueño, se trata de dos proyectos inconclusos: independencia y socialismo o soberanía y justicia social, si uso un lenguaje más moderado, siguen representando una  prioridad en la agenda de los puertorriqueños rebeldes. Inconclusos, aclaro, pero no derrotados.

Mis comentarios críticos sobre la historiografía del independentismo no deben interpretarse como que no ha habido un volumen respetable de discusión sobre la independencia, el socialismo, sus propuestas y sus figuras emblemáticas. Una parte del problema tiene que ver con los cuidados que hay que poner a la hora de tratar un tema sensitivo que toca una fibra moral en quienes se sienten vinculados a estos ideales. La otra parte del problema se relaciona con la facilidad con la que los opositores de las mismas adoptan el lenguaje deportivo del “perdedor” y “ganador” y desvalorizan dos proyectos emblemáticos de la modernidad que merecen ser revisados intensamente en particular en países como este. Estas actitudes y la discursividad del centro vacilante, han sido los principales frenos a la indagación sería sobre estos asuntos.

La  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. Paratiliti es un intento de articular esa mirada crítica, abierta y sosegada. Una de sus virtudes es que establece un modelo interpretativo preciso. La primera parte, “Desde la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico hasta la revolución nacionalista de 1950”, y la segunda de “El nuevo independentismo puertorriqueño desde 1959”, ofrecen pistas concretas sobre su visión de la evolución de este movimiento contestatario. La inserción de la discursividad y la praxis socialista en el escenario de la posguerra y la Guerra Fría, se convierten en una clave a la hora de entender el giro ideológico más significativo de esta lucha bicentenaria.

La tesis de este libro es que el independentismo puertorriqueño sucede en el marco de una larga experiencia predominantemente nacionalista que ocupa medio siglo, y desemboca en otra en la cual las ideas socialistas la penetran enriqueciendo su contenido.  El texto se convierte en el mapa de ruta de una historia de gran envergadura que permite al lector, informado o no, orientarse en las complejidades de los debates que han marcado la resistencia al coloniaje desde el independentismo y el socialismo a lo largo de un siglo. El Dr. Paralitici, de hecho, no parte de la premisa de la homogeneidad de la respuesta política anticolonial sino que problematiza la misma destacando los matices temporales de cada esfuerzo.

Por eso el periodo que va del 1898 al 1950 se abre en tres etapas precisas que se articulan a la luz de las fluctuaciones de las relaciones internacionales y una geopolítica en la cual Estados Unidos, el imperio que ocupa a Puerto Rico, adquiere cada vez más poder. Lo que podríamos denominar el periodo nacionalista se revisa a la luz de la experiencia del 1898 al 1930, del 1930 al 1943 y del 1943 al 1950. La lógica del Dr. Paralitici lee con cuidado el arte de la maniobra del independentismo mientras elabora un relato en el cual la transformación del nacionalismo ateneísta en nacionalismo revolucionario, la rescisión de Luis Muñoz Marín y la persecución y procesamiento de Pedro Albizu Campos y el liderato nacionalista, y el retorno de Albizu Campos y la Insurrección de 1950, resultan ser los ejes político-ideológicos que mejor expresan las oscilaciones de la geopolítica. El escenario de forcejeo entre la resistencia nacionalista y el estado colonial y sus representantes, se proyecta por medio de un índice que el historiador domina muy bien: los registros de la represión. El entramado de la transición a un periodo enteramente nuevo está completo.

El segundo periodo de 1950 al presente se centra en otro indicador geopolítico insoslayable: la Guerra Fría (1947-1991) en sus dos fases separadas por la crisis que pone en función los resortes de los que emerge el orden neoliberal y el mercado global alrededor de 1976 y el 1983. El panorama  de las organizaciones desde 1950 al 2000 es el más completo que conozco lo mismo en cuanto a organizaciones nacionales que en cuanto a aquellas que han surgido en el exilio político y económico o en el seno de lo que muchos denominan la diáspora. La voluntad de autor por llamar la atención sobre los elementos de continuidad entre los proyectos del primer periodo y los del segundo, y a la vez por hacer los señalamientos críticos precisos a fin de comprender las fragilidades y las fortalezas  de cada uno de estos programas de combate, ratifican que el lector se encuentra ante un esfuerzo sensato, quizá el más circunspecto, al que se pueda tener acceso al presente. La bibliografía de la historia política desde la alteridad se enriquece con este título del Dr. Paralitici.

El volumen cierra con una reflexión y unas interrogantes que sólo el tiempo será capaz de contestar. Ambas plantean una preocupación oportuna que intenta penetrar el dilema de las dificultades que la era del neoliberalismo y la globalización han interpuesto al análisis nacionalista y socialista desde la década de 1990 y el fin de la Guerra Fría. La inquisición en torno a las organizaciones independentistas fundadas en el nuevo siglo cronológico y el debate abierto en torno a si surgirá un nuevo o novísimo independentismo o socialismo en el siglo 21 con la misma capacidad de impugnación que el que germinó en 1959 que, a la vez, sea capaz de provocar el avivamiento de la lucha, deja sobre la mesa un dilema mayor.

Para mí como historiador la respuesta no necesita posposición alguna y puede ser contestada en dos direcciones. La primera es que en efecto resurgirá, e incluso que es posible que esté resurgiendo ante nuestros ojos absortos. La segunda es que, en la medida en que ese novísimo independentismo lea su tiempo con la precisión y con el cuidado que le dicten su conciencia de la temporalidad el avivamiento será posible. Del mismo modo que se afirma, sin mucho empacho, que cada generación es responsable de escribir su historia, cada una de ellas también es responsable de articular su proyecto revolucionario. Nada ni nadie podrá impedir que así sea.

 

Póslogo y palabras finales

La otra aportación de este volumen del Dr. Paralitici tiene que ver con su capacidad para señalar las manzanas de la discordia que han maculado la historia del independentismo y el socialismo en el país. Por eso también puede ser leído como una invitación a la retrospección. El asunto se relaciona con esos puntos hacia dónde miran los enemigos y los acólitos cada vez que evalúan colectivamente el esfuerzo independentista y socialista y convergen en la conclusión fácil de que se trata de un movimiento pequeño y fragmentado y, por lo tanto, desechable.

Las manzanas de la discordia se reducen a un conjunto preciso de asuntos: la participación electoral, la violencia y la ilegalidad y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones ha sido emparejado a un conjunto  de principios intransigentes o a una variedad de necesidades tácticas a la luz de la praxis. De hecho, el “sí” o el “no” a cualquiera de esas tres apuestas, puede validarse mediante consideraciones de principio o pragmáticas indistintamente.

Resultaría ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar el buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos, los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer  una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas esta índole. En ese sentido, lo único que resta por hacer es lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la expresión política de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual lucha el independentismo y el socialismo.

La otra matriz tiene un fuerte contenido filosófico y sociológico: hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema de Puerto Rico se podía sintetizar en el hipotético opuesto de la nación y la clase social. La cuestión de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida en uno, o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los polos nacionalista y socialista que dominaron el panorama de las luchas políticas desde 1959 en adelante,  comenzaron a erosionarse desde 1976 en adelante.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de  la nación  o la clase social como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, ponían en duda la eficacia de la nación o la clase social como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un problema de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega el Dr. Paralitici en su libro es que  la prelación de las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a que lucha debe ser la prioritaria en este momento está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmento de  clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen  unos y otros no son las mismas.

La complicación más peligrosa es que se asuma que se trata de retóricas antinómicas o de contradicciones sin solución. A veces me da la impresión de que eso es lo que está pasando y me resisto a creer que el independentismo, el socialismo y los nuevos movimiento sociales no puedan encontrar un punto de convergencia en el proyecto común de la libertad. Las virtudes de un libro se descubren en los debates que inaugura y en la disposición que produce  en los lectores para enfrentar maduramente los mismos. Esta Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. José “Che” Paralitici ofrece una oportunidad invaluable para ello.

febrero 2, 2017

¿Para qué sirve un historiador? En torno a un libro de Silverio Pérez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia (RUM-UPR)
  • Profesor de Estudios Puertorriqueños (CEAPRC)

Introducción

Primero quisiera agradecer a Silverio Pérez la oportunidad de ser parte de este proyecto. En el 2004 me pidió una tarea menos compleja pero igualmente retadora: prologar El humor nuestro de cada día. Las tres tristes tribus. Un año antes yo había publicado la colección Anti-figuraciones. Bocetos puertorriqueños. El contraste entre ambos títulos era enorme. El de Silverio revisaba la situación del país por la ruta del ludismo y la ironía. El mío intentaba lo mismo, pero la ventaja de su libro era que hacía el ejercicio mirando a la historia inmediata y sus personajes más visibles: la clase política. El mío se apoyaba en un pasado distante cuya clase política ya no llamaba la atención de nadie.

Uno podría derivar lecciones de esto. El paso del tiempo desgasta las huellas que dejan los seres humanos por lo que la impresión que vamos percibiendo del pasado siempre vacila entre lo real y lo irreal. Los libros, aquellos y este que hoy comento, La vitrina rota o ¿qué carajo pasó aquí? son un intento de llenar de luces y sombras esas huellas. Por eso cuando Silverio se me acercó con este proyecto no vacilé en decirle que contará conmigo. El riesgo era suyo: le habían dicho que yo era una persona “difícil” pero en Puerto Rico la indocilidad y el carácter se confunden fácilmente con eso.

s_perez_1La vitrina rota…  es un libro sobre la fragilidad y el desgaste de una utopía. El principio no debe sorprender a nadie. La utopías o sistemas imaginarios producto del cálculo y la ingeniería social, tiende a la inconsistencia. Su eficacia depende de que sus componentes funcionen como una máquina bien aceitada y que cada engranaje se mueva milimétricamente del mismo modo siempre.  Cuando no se dan esas condiciones la utopía desemboca en distopía. Una forma de leer este libro es apropiarlo como el comentario de un observador del tránsito de una utopía polimorfa y atractiva a una distopía degradante y antipática. Esa es la historia del Puerto Rico estadounidense reducida a un esbozo simple. La forma que tomó durante los primeros días de la invasión de 1898, la que adoptó en 1947, en 1948,  en 1952 y en 1976, era la de un arma cargada de futuro. Desde ese punto en adelante la utopía se desencaja hasta conducirnos a este presente retador. El escenario de este volumen es, por lo tanto, un largo siglo 20 que no termina y que, paradójicamente, sigue cargando problemas irresueltos de un siglo 19 emborronado, de un siglo 20 mal entendido y de un siglo 21 perturbador.

Nuestro siglo 20 parece una interminable “soap opera” o culebrón. La relación entre un segmento de los invasores y los invadidos evolucionó como una historia lineal de amor romántico, burgués y  neurótico. Relación consentida o estupro  seguidos de una corta luna de miel sobre hojuelas que confluye en una  larga relación ilegal que a veces amenaza con la separación. El  tiempo, el implacable,  ha deshecho los lazos afectivos sinceros o no de los primeros días y la oferta de matrimonio nunca ha llegado. El género de cada uno de los involucrados no es relevante. Esta utopía que se deshace es responsabilidad de mucha gente. Fue inventada por puertorriqueños de la mano de los estadounidenses en el marco de una correlación asimétrica o desigual. La vitrina rota… relata  la historia de una desilusión.

Sobre este libro

La vitrina rota… es un texto híbrido que recurre a un amplio registro de recursos a la hora de elaborar su discursividad. En sus páginas conviven la memoria, el recuerdo y la autobiografía propios del testigo del acontecer; con el ensayo historiográfico e investigativo propio del  profesional de la disciplina. Los efectos de ello en el tono de la escritura son enriquecedores. La narración de Silverio se mueve libremente desde los extremos de la emocionalidad y el impresionismo, como en los momentos en que camina de la mano de su mamá o de su papá, hasta los de la cientificidad más fría como cuando diagnóstica el desbaratamiento de la utopía en el marco de la crisis actual. Después de todo, conocer el pasado no serviría de nada si no lo sintiéramos como parte de nosotros. La única forma en que podemos poseerlo es reconociéndonos como actores o agentes de cualquier rango en medio de ese entramado complejo. Si la historia no se parece a la vida y viceversa, revisarla no tendría ningún sentido. Silverio me deja un relato entre la historia y la literatura que yo puedo poner a chocar con mi mirada de historiador profesional. Los filtros que su vida le imponen son numerosos: artista, escritor, periodista, ingeniero, empresario, humorista pero también hijo y padre, activista reflexivo y sobre todo ser humano completo.

La vitrina rota posee una arquitectura bien calculada. El lector tiene a la mano un mapa del largo siglo que aún no termina encapsulado en unos capítulos de títulos sugerentes y agresivos.  La cronología me parece impecable: entre 1898 y 1960 se crea el espacio para la “vitrina”, esta nace y madura. Desde 1972 al presente la progeria la agrede y colapsa. El intermezzo de 1960 al 1972 es la frontera entre un antes y un después bien definidos. El entretejido histórico se elabora sobre la base de varias premisas y un lenguaje metafóricamente provocativo.

El texto introductorio, “Preludio en tiempo de bombas”, y el capítulo 1, “Lo que mal comienza…”, asumen que la crisis estaba inscrita en el drama del 1898. El largo siglo 20 estadounidense posee, en efecto, un carácter teleológico difícil de evadir: la semilla del fracaso se sembró en el erial de la invasión. A veces la apelación a códigos de fuerte contenido religioso ofrece pistas al lector. El capítulo 8 “El Mesías y el Juicio Final de la vitrina”, y el capítulo 11 “Epílogo en tiempo apocalípticos”, ratifican el derrumbe de un orden con un lenguaje que el lector corriente y el informado comprenderán sin dificultad. Un velo ha sido quitado, eso significa el apocalipsis o la revelación, y el modelo de vida política que maduró en 1952 en la forma del Estado Libre Asociado muestra su verdadero rostro reducido a la condición de una mueca.

Otros títulos representan un fogonazo que de inmediato inserta su mensaje con intensidad. El capítulo 4 “Revueltas y revoltillos” llama la atención sobre la resistencia nacionalista al proyecto colonizador, pero también me recuerda unas duras palabras de Ramón E. Betances Alacán a Eugenio María Hostos Bonilla en 1863 tras la lectura de  La peregrinación de Bayoán. El caborrojeño le decía al mayagüezano que así como no se podía hacer “tortilla” sin “romper” los huevos, no se podía hacer “revolución” sin “revoltura”. El capítulo 5 “Máximo esplendor de la vitrina”, es el más testimonial y rico del volumen: un joven Silverio estudiante de ingeniería en el Recinto Universitario de Mayagüez enfrenta su lugar en el mundo cuando se autoevalúa desde lejos como si mirara a una persona que no fuese él.

A partir del capítulo 6,  “Primeras fisuras de la vitrina”, el volumen toma un tono distinto. El carpeteo de subversivos, los avances del estadoísmo, el crimen del Cerro Maravilla, las incongruencias del romerato, los choques entre aquel gobernador y Rafael Hernández Colón por controlar el país, se combinaron para crear un nuevo tipo de rebeldía acorde con el tiempo. El presente apabullante, esa larga reflexión sobre el periodo del 1992 al 2016, dejan al lector con la sensación de que tiene en las manos los restos de una bomba de tiempo con conteo regresivo iniciado en 1898 que estalló en el 2006 pero nadie estuvo en posición de ver la onda expansiva.

s_perez_2

Silverio Pérez y Mario R. Cancel

Un libro es la persona que lo escribe. Una historia es la persona que la vive. El papel que yo podía cumplir detrás de este texto era el de mero apuntador, atar cabos sueltos y, dada mi condición de actor o agente e histórico, llamar su atención sobre las interrogantes que afloraban de mi lectura. Los libros siempre son el producto de un diálogo que se multiplica y de la ansiedad de saciar una curiosidad que nunca termina.

Después de todo ese esfuerzo, me pregunto, ¿para qué sirve un historiador? Desde 1979, año en que decidí que me dedicaría a esta tarea, me he hecho la pregunta muchas veces. No se trata de un problema académico sino de una preocupación personal y humana. El pasado convertido en historia es como un animal feral y cimarrón que seduces y domesticas durante años y un día te muerde la conciencia en respuesta de todo ese amor. “El escritor/historiador es un intérprete, un esquivo ser que teoriza (…) Ante el fin de los sueños, inventa una frágil estructura en la que habita. Esa fragilidad es todo lo que posee”. El que se dedica a esas tareas sobrevive en medio de la incertidumbre de su saber. Silverio, me parece, ha reconocido ese hecho al cabo de su vida. Pero si todo se reduce a  eso  ¿para qué sirve un historiador?

El historiador sirve para humanizar: aprender y enseñar historia demuestra que la humanidad no es reductible a fórmulas simples. Conocer las huellas del pasado es como el “trabajo” para los materialistas históricos o el “aliento de Dios” para los cristianos: el muñeco vacío que somos sin la conciencia de nuestra ubicación en el tiempo, el espacio y la cultura se llena de contenido y nos sentimos parte de algo.

El historiador como dice Jörn Rüsen, sirve para “mejorar” el pasado: lo que para la mayoría a prima facie no es más que “tiempo perdido” o caos,  deja de serlo provisionalmente tras la mirada del profesional. Es importante recordar que todo tiene algo que decirnos y, sin el historiador que interprete ese código, el mensaje se perdería. El historiador te prepara para que las circunstancias que vivas no te excedan y te aplasten y para que el pasado no se convierta en un peso insostenible sino en un reto para el cambio porque el ser humano se hace responsable del pasado no para lamentarlo sino para comprenderlo empáticamente.

El historiador sirve para demostrar que “saber historia” no equivale a “conocer todo lo que pasó” y aceptarlo. Por el contrario, “saber historia” es apropiar “una parte de lo que pasó” con libertad y sin reverencia pueril, reconociendo que al apropiarlo lo transformamos para hacerlo más accesible y que la utilidad del pasado para el presente depende únicamente de nosotros.

El historiador sirve para tomar conciencia de las inconsistencias de lo que llamamos historia, de su incapacidad para explicar los asuntos más netamente humanos y triviales. El reconocimiento de esas inconsistencias es el arma intelectual más valiosa para entender lo único que siempre está allí -el cambio- en sus diversas formas.  Hay algo emocionante y subjetivo en entender la derrota de una causa o de un proyecto. El saber histórico bien administrado revela la fragilidad de los anhelos humanos y la fragilidad de las utopías. Eso hace Silverio en este libro.

Conclusión

Cuando crecí en la ruralía de Hormigueros nunca imaginé que estaría un día aquí rodeado de gente a la que aprecio y respeto. En la década de 1970 admiré a Silverio desde los 12 o 13 años que tenía en aquel entonces. Esa imagen del  hippie benévolo que cantaba con sentido y cargaba una guitarra siempre me sedujo. En algún momento quise ser como él pero nunca aprendí a tocar la guitarra. Después de 1975, “Haciendo punto en otro son” y “Los rayos gamma” fueron parte de los componentes que me movieron en una dirección ideológica que nunca he dejado de perseguir. Por eso prologarle un libro en 2004 y otro en 2016 tienen un pasado que nadie ha escrito y que nadie escribirá porque es sólo mío: yo lo inventé para mí. Esa es mi historia.

Las causas que hicieron posible que llegara este día fueron muchas y podría estipularlas, soy historiador, dicen. Pero, dado que lo soy, también reconozco que podría equivocarme muchas veces con ellas y que escogería las más atractivas para que la historia de dos amigos casuales y esporádicos resultara coherente y simpática. También podría argumentar que fue el azar o la fortuna o la providencia quien nos trajo aquí a colaborar en la creación de un volumen en el que aparezco como una sombra.

Lo cierto es que las cosas del pasado, cuando se trata de la vida, no necesitan ser explicadas de ese modo racional para que tengan sentido. Lo que puedo afirmar sin ninguna duda es que ha sido un encuentro que celebro mucho y que nunca lamentaré. Que todos tengan buena lectura.

Nota: Texto de la presentación del libro en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en San Juan Antiguo.

noviembre 10, 2016

Cuatrienio de grandes retos para Alejandro García Padilla y el PPD: una mirada retrospectiva

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

En 2012 los observadores del proceso electoral pensaban que el PNP iba a revalidar en los comicios. Yo era uno de ellos, lo confieso. La victoria de García Padilla nos sorprendió pero resultaba comprensible a la luz de la erosión de la imagen de la administración Fortuño Burset. Varios elementos favorecieron su triunfo.

Uno fue su apelación por medio de un lenguaje populista que recordaba al PPD de los años 1938 y 1940. El 25 de julio de 2012 García padilla ofreció un discurso en la conmemoración del ELA en Mayagüez vestido de impecable blanco como Muñoz Marín en sus mejores años. Otro recurso eficaz fue la promoción de su imagen de líder cercano a la gente y accesible que desarrolló cuando ejerció como Secretario de DACO entre el 2005 y el 2007. Parece que en Puerto Rico esos índices emocionales son suficientes para movilizar al electorado popular e indeciso.

Alejandro García Padilla

Alejandro García Padilla, gobernador saliente

Los pilares de victoria fueron varios. Primero, la promesa de enfrentar el asunto del estatus o de iniciar una discusión serena sobre el mismo. Segundo, enfrentar de la crisis fiscal poniendo el pueblo por delante de los acreedores. Eduardo Bhatia y su reclamo para que hablara el pueblo fue importante en ese momento. Tercero, había un compromiso de afrontar la crisis económica que se aceleró desde 2005. La oferta de crear 60,000 empleos y el hoy olvidado proyecto económico de Ángel Rosa, eran parte de sus municiones. Un elemento importante de todo aquello fue la seducción que provocaba su confianza inocente en la capacidad del país para enfrentar las contrariedades.

El estancamiento y el decrecimiento de la economía es uno de los ejes de la crisis fiscal, y la cuestión del estatus colonial es el entramado en el cual aquellas se cuajan. La interrelación de esos tres componentes es innegable y no se puede resolver la una sin resolver las otras. En ello radica la dificultad de nuestra situación.

Si se trata de las áreas menos exitosas me parece que allí están las mismas. La devaluación el crédito y el cierre de los mercados financieros minaron la unidad del PPD y lesionaron su liderato: el país era gobernable pero el PPD no lo era. El debate al interior del partido por el asunto de IVA y la rebelión de los soberanistas encabezados por Carmen Yulín Cruz lo ratifican. Me parece que la unidad perdida en 2013 no ha sido recuperada a la altura de las elecciones de 2016. David Bernier Rivera no ha sido capaz de restablecerla. Nada me indica que un PPD unido tenga mayores opciones que con uno que no lo está. Me sorprende, no lo niego, el silencio reciente de figuras de la legislatura en las cuáles solía confianza: Rossana López León, por ejemplo. La crisis creciente silenció a las mejores voces más confiables y le dio voz a los acólitos. La imagen de que el PPD se derrumba es ineludible.

Los mayores éxitos, al menos los que ha reclamado esta administración, tienen que ver con el estímulo de la agricultura, el crecimiento del turismo en general y del de cruceros en particular y con el establecimiento de representantes de negocios del ELA en algunos países. Los tomo con pinzas y con mucho escepticismo. Ese es un discurso que está circulando desde la década de 1990 con muchas altas y bajas. Se trata de escenarios que se caracteriza por la fragilidad. Me consta que la aplicación de PROMESA puede erosionar los avances de la agricultura y las relaciones interamericanas del ELA. No solo eso: un fenómeno natural como un mosquito y el zika lastiman con facilidad las posibilidades del turismo en un momento en que una Cuba que retorna al mercado capitalista apasiona al turista con dinero de Estados Unidos continental. En los tres renglones las trampas de la relación colonial se hacen evidentes. El cabotaje marítimo y aéreo, la competencia de la agricultura de aquel país con la nuestra y la falta de soberanía para proteger los interese de los puertorriqueños limitan las posibilidades del país.

Un último punto: la tolerancia, a pesar de todo, ha ganado algo durante este cuatrienio tan intolerante y trágico. La discusión, atropellada y superficial en ocasiones, de algunos asuntos tocantes al género, al cannabis medicinal y recreativo y a las minorías, resultó refrescante. El problema, me parece, es que su utilización para fines político-partidistas era muy obvia y generó contradicciones. El liderato PPD quería rejuvenecer su imagen de organización liberal y abierta. No funcionó. La justicia y el partidismo son asuntos que chocan y, una vez se les vincula en la gobernanza, no subsanan los defectos de una cultura dominada por el prejuicio, el discrimen y el conservadurismo.

Nota: Versión completa de una reflexión publicada en Metro 10 de noviembre de 2016:8.
« Página anteriorPágina siguiente »

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: