Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 19, 2015

Historiografía puertorriqueña: Alejandro Tapia y Rivera

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Noticia histórica de Ramón Power, de Alejandro Tapia y Rivera, constituye el modelo más acabado de la biografía civil del siglo 19 puertorriqueño. En aquel texto, redactado durante el sexenio liberal entre los años 1868 y 1874, mirar hacia la figura del militar y diputado a cortes de principios de siglo rezumaba nostalgia. Sin duda, el culto al «doceañismo» se había fortalecido entre los liberales reformistas tras la «Revolución Gloriosa» de 1868. Power era una figura que podía llenar los requerimientos de esa doble temporalidad -1812 / 1868- que imponía el desdoblamiento ideológico. Tapia y Rivera acomete el acto ritual de la actualización del prócer.

El Power de la biografía laudatoria de Tapia y Rivera fue determinante para la canonización de aquella personalidad apenas recordada hoy. La retórica del historiador apostaba por su afirmación como un signo colectivo legítimo. El texto llamaba la atención en torno a las características que lo convertían en un icono moderno, es decir, válido para su presente y, por tanto, vanguardia o modelo de un futuro probable. Los días que sucedieron la «Revolución Gloriosa» llenaron de esperanza al Liberalismo Reformista emergente en la colonia. El Power de Tapia y Rivera era, sin embargo, inventado como una síntesis de la Hispanidad y la Puertorriqueñidad: fiel a Fernando VII pero, a la vez, voz de los puertorriqueños. Aquel argumento representaba en sí mismo una contradicción.

 

Tapia y Rivera y la historiografía en 1850

El Tapia y Rivera de la «Sociedad Recolectora de Documentos Históricos de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico» (1851) es otro. Figura con diafanidad la imagen que la tradición denominó «Padre de la Historia Puertorriqueña». El que se llame también «Padre de la Literatura Puertorriqueña», lo convierte en un icono inescapable de la Nacionalidad. La Identidad Puertorriqueña ha sido apropiada como un producto neto del trabajo intelectual. La politización de la misma también. Hijo de un militar y de una criolla, representaba bien una clase media profesional ascendente que resentía la situación crítica que minaba sus bases sociales desde 1848.

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

La «Sociedad…» fue una organización estudiantil fundada en la Universidad Central de Madrid cuya historia íntima he terminado por poseer rasgos épicos. Animada por Román Baldorioty de Castro, intelectual mulato y autonomista radical, y articulada por Tapia y Rivera, estudiante de química y física de ideas liberales reformistas, la organización involucró una diversidad de figuras. Declarados separatistas como Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances; y el enigmático del «traidor» de 1868, Calixto Romero Togores, se movieron alrededor del proyecto. De un modo u otro, la «Sociedad…» sirvió para conectar a una exigua «diáspora» puertorriqueña que se movía entre Madrid, Paris, Londres y Berlín.

La trasformación de la obra de la «Sociedad…» en un libro, la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854), consagró aquel esfuerzo. El «libro» llenaba una de las mayores ansiedades intelectuales del siglo 19 en una colonia donde esa experiencia escaseaba. El valor que posee la Biblioteca… es que funda un imaginario histórico coherente desde una perspectiva puertorriqueña. Se trata de un volumen que está más allá de la obra de Agustín Iñigo Abbad y Lasierra y ello, a pesar de que la Biblioteca… no posea la forma de la narración-exposición que caracterizó el trabajo del monje español.

La relación entre la Historia geográfica, civil y natural...de Abad y Lasierra y la Biblioteca...es más profunda. El hecho de que un miembro de la «Sociedad…», José Julián Acosta y Calbo, se ocupara en 1866 de producir unas «Notas» a la obra del monje benedictino lo ratifica. La versión de Acosta y Calbo superó el trabajo de Pedro Tomás de Córdova, el modelo de Historiador Oficial, quien había reproducido la Historia… en el tomo I de sus Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas… impresas en la Imprenta del Gobierno entre 1831 y 1833. Por otro lado, el hecho de que otro miembro de la «Sociedad.», Segundo Ruiz Belvis, produjera con Acosta y Francisco Mariano Quiñones el Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, habla del impacto que aquella asociación de jóvenes curiosos tuvo en las ideas de las elites durante aquel periodo. La obra de los recolectores de 1851 es uno de los momentos decisivos para la conciencia liberal. La Identidad Puertorriqueña, lo mismo en sus aspectos culturales que en los políticos, tuvo en La «Sociedad.» una de sus claves.

 

Un prólogo de Tapia y Rivera (1854)

Las palabras iniciales de la Biblioteca… presentan unos rasgos únicos. El que se pronuncia primero es un naturalista: describe y celebra el paisaje por medio de un acercamiento acelerado que ubica el territorio en el contexto de las Antillas. La celebración naturalista del paisaje le sirve de apoyo para llamar la atención la contradictoria situación del país. Un territorio que amerita «una página en la cartera del viajero y un recuerdo en el corazón del poeta», ha pasado inadvertido para ambos. La invitación a la lectura está servida. Entonces se pronuncia el historiador. Al contrastar la escasez de fuentes primarias respecto a Puerto Rico y contrastarla con el resto de Hispanoamérica, Tapia y Rivera lo achaca al hecho de que nuestros conquistadores fuesen «más dados a las armas que a las letras». Para el autor la escasez de fuentes documentales es suficiente para comprender la invisibilidad. La ausencia de conocimiento positivo limita las posibilidades del saber histórico.

La argumentación permitirá a lector comprender la imagen de Puerto Rico que se mueve en el pensamiento de Tapia y Rivera: la nación de los orígenes se consolida en la metáfora de la «raza de Agueynaba» (sic).El indianismo fue uno de los rasgos distintivos de parte de aquella generación que se había formado en el nicho de Romanticismo y caminaba hacia el Positivismo. Se trata de un «indio» reducido a textos, vacío de materialidad y arqueología. El historiador lamenta, eso sí, la ausencia de una «versión de los vencidos» capaz de darle voz al conquistado y concluye que, «careciendo del conocimiento de la escritura, no pudieron aquellos legarnos la menor reseña de su primitiva historia». Sin «monumentos», sin «artes», sin «arqueología», la «raza de Agueynaba» (sic) era una ficción incomprensible.

El otro elemento valioso de este breve texto es el boceto de una crítica a la interpretación dominante en las fuentes que evalúa. Tapia y Rivera las caracterizaba como de «pueril candidez», «credulidad rústica», y como discursos en los que la «pasión individual» excede el «sentimiento de justicia innato en cada hombre». Las observaciones son las de un Racionalista y un Iusnaturalista Ilustrado maduro. En ese contexto, elabora unas observaciones de método en las cuales el poeta y el clasicista se imponen. La indagación es un «laberinto» casi como una búsqueda azarosa. La metáfora de la historiografía como una búsqueda en el interior de un recinto se impone. El «laberinto» es el Archivo Histórico, un espacio en el cual los tropiezos del investigador le dejan con un producto irregular: un «hilo cortado a trechos». El sueño del historiador moderno, el relato continuo y limpio del pasado, no aparece por ninguna parte. Todo se reduce a pistas y posibilidades, como el papel que cumplió el hilo en el mito de Ariadna, Teseo y el Minotauro.

La justificación de una publicación como la Biblioteca… destaca la conciencia que poseía Tapia y Rivera de su condición de intelectual ciudadano. Reconoce su esfuerzo como continuación de la de sus antecedentes pero toma distancia aquellos. Resalta el papel de Oviedo y de Abad (de la Mota) -probablemente Abbad y Lasierra-, pero asegura que su trabajo, aunque «no exento de errores», poseía el valor de que habían vivido «próximo a la época en que pasaron los sucesos». El observador social se manifiesta cuando Tapia y Rivera llama la atención sobre el hecho de que algunas de la obras son «costosas», y que buena parte de las mismas se hallaban «inéditas hasta el día» y «diseminados aquí y allá» o mal clasificados en los fondos documentales «con asignaturas muy ajenas a Puerto Rico». Por último, la conciencia ciudadana lo forzaba a mirar hacia un lugar social. El destinatario de su esfuerzo era «la juventud estudiosa de la nación y la provincia», es decir, de España y Puerto Rico, en ese orden. La invención de la Historiografía Liberal Puertorriqueña estaba completa.

 

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 21 de Febrero de 2014

 

abril 14, 2011

La Historiografía Puertorriqueña hacia el 1850

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Introducción

La tradición interpretativa liberal y nacionalista acepta que la Identidad Cultural Puertorriqueña se expresa con diafanidad en la Literatura y la Historiografía Puertorriqueña desde 1850. El hecho de que numerosos autores acepten la pobreza de la literatura y la historiografía en aquel momento, no ha desmerecido esa conclusión. La impresión de pobreza de la producción cultural puertorriqueña, está condicionada por el asunto de contra qué tradición se contrasta. Una Identidad Política madura en aquel contexto contradictorio.

Lo cierto es que la situación de aquel medio siglo parece determinante para la elaboración del juicio. Hacia el 1850 ya se reconocía que el  Modelo Desarrollista Dependiente asociado a la figura de Fernando VII y a la Cédula de 1815, estaba en crisis. Desde 1848, la Economía de Hacienda Azucarera se enfrentaba al colapso y la economía colonial tuvo que reformularse. El inconveniente central de aquel Modelo Desarrollista Dependiente era el problema de la tierra. La situación abierta en 1815, tan celebrada por Pedro Tomás de Córdova y George Dawson Flinter, favorecía a los extranjeros con capital y a la inmigración hispanoamericana de tendencias realistas. La derrota de España en la contienda separatista desprestigió al reino y estimuló la resistencia en las Antillas. En ese sentido, es importante reconocer que una Identidad Política era comprensible en el marco de la competencia por la tierra.

Los propietarios puertorriqueños se sentían amenazados por el poder de los propietarios extranjeros y españoles. En el proceso desarrollaron una relación tensa con el Estado que favorecía a los segundos. La politización de esas tensiones era una realidad palpable desde antes del 1850. La tensión se tradujo, por un lado,  en su ansiedad por una relación menos cercana a España. El Liberalismo, el Autonomismo y el Separatismo Independentista cumplían con ese cometido.  También produjo animó la curiosa tentación por sustituir al Otro, como fue el caso del Anexionismo a la Gran Colombia o a Estados Unidos, y el Confederacionismo que tendía a reformular entre las islas mediante un Antillanismo en que convergían utopías del pasado y del futuro.

Una Identidad Política es, por lo tanto, una forma de la conciencia propia de un segmento de la burguesía agraria puertorriqueña. Florece en la mente de los hijos de un sector socialmente privilegiado: los Hacendados, Comerciantes e Industriales puertorriqueños. Se trataba de estudiantes puertorriqueños residentes en el extranjero. La coincidencia con la experiencia del Álbum puertorriqueño, publicado también por estudiantes en Barcelona en 1844, es relevante. Aquellos jóvenes eran lo más cercano a una clase media profesional emergente. Nacidos en el seno de los Señores de la Tierra, estaban dispuestos a desprenderse de los mismos. Poseían una Cultura Ilustrada y Científica impresionante, producto de la Universidad Moderna,  y eran una manifestación novedosa de la Civilidad de Grandes Urbes. Aquel sector era proclive a expresa sus posturas heterodoxas en una época en que el liberalismo y la ciencia todavía eran consideradas amenazantes por la Iglesia Católica Romana.

Esa Generación fue el modelo más cercano de un Tercer Estado Rebelde en el país. Me parecen la expresión -en ciertos casos- de un cierto Jacobinismo Tropical, como sucede en la imagen de Betances y Ruiz Belvis en el pensamiento conservador e integrista de su tiempo. Con ellos, la contradicción entre criollos o insulares y peninsulares fue revisada, y tomó la forma de la contradicción entre puertorriqueños y españoles. Esa fue base suficiente para la elaboración de un  Proyecto Político Radical que adelanta el Nacionalismo Político en el país. El Cosmopolitismo de aquellos jóvenes distaba mucho del Criollismo dominante en el Aguinaldo puertorriqueño  publicado en San Juan en 1843.

La Sociedad Recolectora de Documentos Históricos

La experiencia y la obra derivada de la Sociedad, sintetiza un Imaginario Historiográfico marcado por varias tendencias. Por una parte, la actitud dominante en el Racionalismo y la Historiografía Liberal francesa, a la manera de Thierry y Guizot, entre otros, centrada en la convención del Progreso. Por la otra, la meticulosidad de la Erudición Alemana, al modo de Niehbur, Von Ranke y Mommsen. La actitud Positivista y/o Científica en la cual el documento histórico, su transcripción y anotación resulta crucial, es evidente. Se trata de Historicistas Críticos  bien articulados que consideran que la interpelación e interpretación de los documentos o la evidencia, conduce a la Verdad. Son intelectuales Liberales y Burgueses que aceptan que el conocimiento tiene un fin activo y que el intelectual tiene una Responsabilidad Social ineluctable. Con su trabajo de recolección, interpretación y traducción, echan las bases de un Relato Nacional confiable y fundan una Versión Canónica  de la Historia de Puerto Rico. La politización de aquel  discurso justificó al Liberalismo y el Separatismo decimonónicos, y sirvió de cimiento al Modernismo literario de entreguerras, a la Generación del 1930 y a la del 1950.

La Sociedad fue una organización estudiantil universitaria fundada en 1851 en la Universidad Central de Madrid. La misma fue presumiblemente animada por Román Baldorioty de Castro (1823-1889), educador y autonomista radical en su madurez, y Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882), estudiante de química y física y escritor polifacético e historiador. A su rededor giraron figuras hoy olvidadas como José Cornelio Cintrón, Jenaro Aranzamendi, Lino Dámaso Saldaña, José Vargas, Juan Viñals y Federico González. Pero también llamó la atención de otros más conocidos como lo fueron Calixto Romero Togores, líder liberal; y Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), separatista y abolicionista radical quien estudió en Caracas y Madrid. Fuera de Madrid vinculó a  Ramón E. Betances (1827-1898), estudiante en Toulousse y Paris; y a José Julián Acosta (1825-1891),  estudiante de física, matemáticas y geografía en Madrid quien completó estudios en París, Londres y Berlín. Se trataba de un grupo diverso caracterizado por su vigorosa cultura: Ruiz Belvis y Betances dominaban el francés; Acosta el inglés y el alemán; y Tapia y Rivera además del francés, conocía el inglés y el árabe.

Con todo, la figura central fue la de Tapia y Rivera por el hecho de que dio continuidad a la obra juvenil y el antólogo y autor de la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854). Aquel volumen puede considerarse como una verdadera base de datos y, en general, documenta textualmente el pasado colonial insular. Desde mi punto de vista el problema de Tapia y Rivera es que nunca produjo un Relato Orgánico sobre la historia del país y su obra, en este caso emblemático, conservó el aire de enciclopedia y libro de consulta que todavía hoy proyecta cuando se consulta. En el campo historiográfico, siempre prefirió los denominados Géneros Menores como la biografía, la autobiografía o memoria personal, género que la historiografía tradicional identificaba con la Literatura y con la Escritura Creativa, marginándolos de la Historiografía que preciaban como Científica. Ejemplo de ellos son la Vida del pintor José Campeche (1854),  biografía laudatoria escrita por encargo de encargo de la Real Junta de Fomento de Puerto Rico; La Noticia histórica de Ramón Power (1873), en la cual propone una genealogía de la Modernidad y del Liberalismo basada en la obra de esa figura; El bardo de Guamaní (La Habana, 1862), donde integra uno de los mitos fundacionales de la nacionalidad; y Mis memorias, redactadas en 1880-1882, inéditas hasta 1928, donde se queja de la pobreza cultural del Puerto Rico colonial.

El producto más acabado maduró de la Sociedad después de 1854 en dos obras. Por un lado, las “Notas” de José Julián Acosta a la historia de  Fray Iñigo Abbad y Lasierra (1866) que, coincidiendo con Pedro Tomás de Córdova, reconocen el carácter precursor de la obra y pretenden corregir y completar el esfuerzo del fraile benedictino. Acosta fue aficionado a la Historia Antigua y del Cercano Oriente, gusto común a la Generación Romántica y a los Heterodoxos en una época en que aparece la Arqueología Moderna. También cultivó la biografía en El brigadier don Luis Padial y Vizcarrondo (San Juan, 1879).

Por otro lado, está la obra de Segundo Ruiz Belvis (1829-1867),  Francisco M. Quiñones (1830-1908) y el propio Acosta. Se trata del  Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico presentado por los comisionados en 1867 en la Junta Informativa de Reformas en Madrid y publicado poco después en Nueva York. Quiñones, era de San Germán, había estudiado en Bremen y dominaba el alemán y el inglés. El Proyecto combina procedimientos de interpretación historiográfica, jurídica, económica, estadística y social. La relevancia de la Junta Informativa de Reformas en la interpretación historiográfica ha sido afirmada por el historiador Ángel Acosta Quintero en su libro José Julián Acosta y su tiempo (1965) y por Silvia Álvarez Curbelo, Un país de porvenir. El afán de modernidad en Puerto Rico (siglo XIX) (2001). En ambos se sugiere que este documento es crucial en la configuración de la Modernidad en Puerto Rico. Su valor político como preámbulo textual de la Insurrección o Grito de Lares  en 1868, tampoco debe ser pasado por alto.

La Biblioteca Histórica de Puerto Rico incluye en su primera parte es una antología de Textos de Indias o Crónicas. Se trata de una transcripción del Libro 16 de Gonzalo Fernández de Oviedo, pero también comenta los textos de Castellanos y Las Casas. En el conjunto se añade una  novedad de la bibliografía holandesa: los capítulo 1, 2 y 3 del Libro 1º Islas del Océano. Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, de Juan de Läet, procedentes de su Historia del Nuevo Mundo o Descripción de la Indias Occidentales (1640). La traducción fue de Ruiz Belvis. La segunda parte incluye “algunos escritos” de Colón. La tercera parte contiene documentos del siglo 16. La Cuarta parte son documentos del siglo 17 hasta 1647 donde aparecen los textos del Obispo Damián López de Haro y el Canónigo Diego de Torres Vargas. La Quinta parte contiene  documentos desde 1750 hasta el ataque inglés de 1797. La colección es discontinua: deja un “siglo en blanco”  desde 1647 hasta 1750. La única excepción es un informe sobre la defensa de Arecibo por el Teniente a Guerra Antonio de los Reyes Correa en el año de 1703. Con todo, se trata del esfuerzo erudito más impresionante del siglo 19 y todavía hoy puede ser consultado por los interesados en la historia colonial del país.

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