Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 20, 2018

El separatismo independentista y las izquierdas en el contexto del siglo 19: notas al margen

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El resurgimiento de la violencia separatista en Cuba a 17 años del pacto de Zanjón fue un evento de envergadura internacional. Para mucho en el mismo no se jugaba solo el futuro de la Antilla mayor. De su resultado dependía también el futuro de las demás islas. El hecho de que el escenario involucrase un poder ascendente y ambicioso como Estados Unidos, y un imperio decadente como España parecía determinante para la historia toda del hemisferio.

En aquellas circunstancias, la situación de las Antillas fue objeto de evaluación de ideólogos anarquistas y socialistas franco-europeas durante la Guerra Necesaria (1895-1898). Con ello se abría un diálogo interesante entre dos extremos políticos complejos que vale la pena revisar con cuidado desde una perspectiva puertorriqueña hoy. El protagonismo del Dr. Ramón E. Betances Alacán en aquel proceso y el hecho de que la intelectualidad de las décadas del 1960 al presente reclamara al médico de Cabo Rojo como un icono de las izquierdas, lo justifica. El panorama más completo sobre aquel lo ofrece Paul Estrade en su volumen Solidaridad con Cuba libre, 1895-1898: la impresionante labor del Dr. Betances en París (2001).

Los hechos de Cuba fueron cruciales para el juicio que las izquierdas europeas desarrollaron sobre la situación antillana. Después de todos, Puerto Rico era invisible por el hecho de que en la pequeña colonia no se había desarrollado un proyecto de resistencia armada al coloniaje español. Betances Alacán se quejó de ese hecho en varias ocasiones a lo largo de aquellos años que precedieron a la invasión de su tierra. La resistencia que no desembocaba en un hecho de armas era inmaterial en el plano internacional y, es posible, que incluso el liderato más visible e informado, no se enterase de la diversidad de la misma en el extranjero. La condición de que no hubiese habido un alzamiento eficaz en el país después del fracaso del de 1868, explica no solo la ausencia del tema colonial puertorriqueño entre las izquierdas francesas y europeas sino también el poco interés de la misma República de Cuba en Armas después de 1895 en arriesgar esfuerzos y dinero en un territorio que no parecía contar con las condiciones para sostener una guerra contra España. Ese desinterés ha sido ampliamente documentado en las obras investigativas de Germán Delgado Pasapera y Edgardo Meléndez desde las décadas del 1980 y el 1990. El realismo político y la diversidad ideológica dominaba a la jerarquía del Partido Revolucionario Cubano, asunto que habría que tratar de manera separada por su peculiar complejidad.

«Betances» (detalle) dibujo de Andrés Hernández García

El hecho de que, desde las izquierdas franco-europeas, se viese el proceso cubano como una causa separatista y republicana que tenía como meta crear un Estado Nacional soberano, fue definitivo en la posición adoptada ante el tema. El juicio plantea un problema. A pesar de que el lenguaje de muchos historiadores insiste en el carácter independentista de la rebelión de 1895 y aplana una realidad compleja, el separatismo cubano era mucho más que eso. En el territorio de las aspiraciones políticas, los sectores independentistas y confederacionistas pugnaban intensamente con los sectores anexionistas a Estados Unidos. El balance entre las fuerzas independentistas y las anexionistas a Estados Unidos en el Partido Revolucionario Cubano siempre ha estado en discusión y no es un problema que yo pueda resolver en esta breve reflexión. Por otro lado, una situación similar se manifestaba en el seno de la Sección de Puerto Rico de aquella organización. En lo único en que estaban de acuerdo uno y otro extremo era en la necesidad de separarse de España. Delgado Pasapera, uno de los primeros en acercarse a ese espinoso asunto en la década de 1980 lo resolvía insistiendo en que la cuestión táctica (la separación) estaba resuelta, y que la cuestión estratégica (anexión o independencia) se trabajaría tras la separación. En cualquiera de los dos casos, una relación con Estados Unidos sería inevitable. Un siglo de relaciones de mercado, culturales y de tensiones políticas no pasaba en vano. La historia de Cuba desde su independencia en 1902 hasta el 1959 tradujo bien la situación dominante en el contexto del 1895. La de Puerto Rico entre 1900 y 1952 también.

Para los socialistas y anarquistas franco-europeos la apropiación del tema cubano se facilitó por el hecho de que no se trataba de la única comunidad política pequeña que luchaba por la separación de un imperio considerado retrógrado. La isla de Creta (1897), la comunidad de Armenia (1896-1897) y la de Macedonia (1890), también elaboraban resistencias armadas por la emancipación contra el Imperio Otomano en medio del auge del imperialismo europeo occidental. Aquellas confrontaciones resultaban simpáticas para las izquierdas franco-europeas por una variedad de consideraciones. La conflagración entre Cuba (1895) y España ya no era excepcional sino más bien la expresión de una lucha histórica en la cual unos territorios pequeños enfrentaban el poder de un imperio religioso decadente: el español. No difería de la de los cretenses y el turco. Ese era el aspecto moderno de aquellos conflictos. El anticlericalismo y el secularismo militante de socialistas y anarquistas fue esencial en la decisión de respaldar aquellas causas y equipararlas. En el proceso se asumía el carácter anticlerical y secular de las luchas separatistas como un valor. La cuestión de la separación para la independencia, la confederación o la anexión a Estados Unidos era otra cosa porque las izquierdas tenían posturas contradictorias en cuanto a esos puntos igual que los cubanos y los puertorriqueños.

Sería interesante indagar la opinión que tenían sobre el tema del separatismo en todos aquellos espacios dos propuestas ideológicas de las izquierdas de fines del siglo 19. Me refiero a los socialcristianos de origen católico o evangélico que crecieron desde 1850 en adelante; y los anarcocristianos que florecían a fines del siglo 19. Ambos poseían alguna influencia en el movimiento obrero internacional y competían con socialistas y anarquistas seculares y ateos los espacios de influencia en la clase obrera. El interés que despertaron entrambas propuestas en algunos activistas radicales de Puerto Rico entre 1903 y 1930 justificaría una búsqueda en esa dirección.

 

Los anarquistas y la independencia

La legitimidad del apoyo de los anarquistas franco-europeos a la causa de Cuba parece descansar en el argumento anticlerical y secular y no en el argumento político.  La interpretación anarquista ortodoxa desconfiaba del Estado Nación, uno de los ideales más emblemáticos de la revolución burguesa, por su carácter elitista, coercitivo y antipopular. Los anarquistas eran partidarios de la constitución de una “fraternidad universal” como garantía de la “libertad”. La misma se organizaría y crecería como producto de la unión voluntaria entre iguales. La voluntariedad dependía de que no mediase coacción externa en el proceso de institución de la misma. Esa postura radical, los conducía a oponerse a cualquier tipo de organización estatal. La médula del anarquismo era la aspiración de que no existiera ningún tipo de Estado en cuyo lugar maduraría una acracia administrada de manera natural, es decir, ajustada a las leyes naturales a las cuales estaba la humanidad sujeta.

Su lógica los había convencido de que posible la recuperación de ese estado natural en el que todos eran iguales en un mundo sin estructura, concepto que sirvió de base hipotética al Estado Naturaleza esgrimido por los teóricos del siglo 18. Aquella acracia sostenida en la “justicia natural” sería la base de la “sociedad libertaria”, condición distante de la “guerra de todos contra todos” con que identificaban los estatistas burgueses a la misma. Ajustar el comportamiento social a las estructuras de la naturaleza por medio de la razón fue uno de los grandes motores del pensamiento social desde Immanuel Kant (1724-1804), pasando por Auguste Comte (1798-1857), hasta Eugenio M. de Hostos Bonilla (1839-1903).

Esa “fraternidad universal” no podía constituirse sin un mínimo de estructura. Para los anarquistas su estabilidad dependería de la configuración de múltiples “poderes asociativos menores” que fuesen capaces de impedir la constitución de un poder central autoritario. La convergencia de aquella postura con el comunalismo o el federalismo eran evidentes: ambos sistemas, como el anarquismo, coincidían en el valor de la descentralización administrativa más exigente. Los “poderes asociativos menores” a los cuales se integraba de manera voluntaria el ser humano, serían la base de la “fraternidad universal” y de la “libertad”.

La idea de una República de Cuba o la de Puerto Rico o la de una confederación de estados soberanos, era inapropiada, ilegítima o secundaria: no encajaba en aquellos parámetros. La del territorio incorporado o anexado a un estado poderoso mayor tampoco porque ello no aseguraba la “fraternidad universal” y la “libertad”. Lo cierto es que la concepción de una nación o una patria no se ajusta al anarquismo teórico porque tiende a separar más que a unir a la humanidad. Mijail Bakunin (1814-1876) decía que:

“…la patria y la nacionalidad son, como la individualidad, hechos naturales y sociales, fisiológicos y al mismo tiempo históricos; ninguno de ellos es un principio. Sólo puede darse el nombre de principio humano a aquello que es universal y común a todos los hombres y la nacionalidad los separa; no es, por lo tanto, un principio.”

Bakunin recomendaba renunciar a las mezquindades y a los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”. La misma idea de la creación de una organización partidaria con el propósito de conseguir un fin político particular había sido rechazada por Pierre Joseph Proudhon (1809-1865). En ese sentido, las probabilidades de cooperación entre anarquistas y separatistas independentistas y confederacionistas sobre la base de la finalidad esbozada por los cubanos parecían teóricamente canceladas.

 

Los socialistas y la independencia

La interpretación socialista ortodoxa desconfiaba también del Estado Nación por razones análogas. Aquel artefacto era el producto histórico de la revolución burguesa y una estructura de poder creado por y al servicio del adversario de clase de los trabajadores y productores directos. En ese sentido, respaldar la causa separatista independentista y confederacionista, implicaba una contradicción en el marco de una concepción lineal de la historia compartida por liberales y socialistas. Para muchos militantes críticos, un compromiso con la independencia podía implicar el respaldo a un movimiento rebelde que lo que buscaba era colocar a una burguesía, la clase criolla cubana vinculada a la tierra y el comercio, en el poder. La misma lógica habrían utilizado si el caso de Puerto Rico hubiese estado en el radar. Ello explica en parte por qué el movimiento obrero surgido en Puerto Rico durante y después de la invasión del 1898 se opuso a la independencia y favorecía una relación más profunda con Estados Unidos.

Los socialistas y los marxistas franco-europeos estaban de acuerdo en esa interpretación tachada, tras la victoria de los bolcheviques en la Rusia de los zares, como una postura ortodoxa.  Un modelo será suficiente para ello. Paul Lafargue (1842-1911) un periodista, médico, teórico político y revolucionario franco-cubano nacido en Santiago, militante del Partido Obrero Francés y yerno de Karl Marx, se resistió a respaldar la lucha separatista de su pueblo por esas consideraciones. Lafargue había sido proudhoniano y luego marxista, y era enfáticamente anticlerical y antirreligioso. Desde su punto de vista, la conciencia patriótica chocaba con la conciencia de clase. Aquel era el mejor modelo de cómo un socialista reaccionaba ante los “intereses vanos y egoístas del patriotismo”, independientemente de su origen nacional. Como Betances, Lafargue era un antillano europeo, pero su concepción de la causa antillana miraba en una dirección opuesta al primero.

Como se sabe, la formulación de una teoría heterodoxa sobre la “cuestión colonial” no maduró hasta la Gran Guerra (1914-1918). El principio de autodeterminación e independencia no se impuso hasta que Vladímir Uliánov alias “Lenin” (1870-1924) y Woodrow Wilson (1856-1924) lo usaron para auspiciar el desmantelamiento de los imperios coloniales en beneficio de su situación en el tablero internacional. Sólo entonces se generalizó la concepción de que la lucha por la independencia “adelantaba” la lucha de la clase obrera o del proletariado en su avance hacia el comunismo y la “administración de las cosas”, paradigma que animó el movimiento anticolonial hasta tiempos muy recientes.

En aquel contexto, la colaboración entre socialistas, comunistas y nacionalistas se legitimó, pero no sobre la base del apoyo sincero a la separación independencia o confederación de las Antillas como un valor en sí mismo. Sobre esos puntos, como se ha comentado, había muchos problemas irresueltos y contradicciones de fondo. La colaboración debió fortalecerse sobre la base del presumido carácter anticlerical (por antiespañol) y secular de la revolución de la Antillas: derrotar y humillar a España era el sueño de muchos en aquel entonces. Bakunin, Proudhon y Lafargue eran todos anticlericales y pensadores seculares radicales. El hecho de que Cuba pudiese derrotar un imperio católico decadente justificó en algunos anarquistas y socialistas un respaldo que la cuestión de la independencia por sí sola no justificaba.

Publicado en 80 Grados-Historia el 22 de enero de 2018.

 

abril 17, 2018

Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico de Ché Paralitici: Un Comentario

  • José Anazagasty Rodríguez (RUM)

Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico de Ché Paralitici es una historia del independentismo desde los postreros años del siglo 19 hasta nuestros días, destacando dos fases, la de finales del siglo 19 a la década de los cincuenta, y la de las décadas posteriores a esa primera fase. Paralitici también ofrece, al final del libro, unas reflexiones acerca de las posibilidades del independentismo en el siglo 21.

Para Paralitici su libro “presenta una breve historia” de las luchas por la independencia de Puerto Rico. Pero esa brevedad no es para nada equivalente a un relato simplista y ligero de esa historia. Es todo lo contrario. Se trata de una historia sucinta pero riquísima en información, la que Paralitici relata sobre la base de abarcadoras observaciones, profundas indagaciones, valiosos datos y acertados comentarios acerca del movimiento independentista y sus organizaciones. Su concisa historia de la lucha por la independencia irradia no sólo las prolongadas horas de trabajo dedicadas a la misma por el cronista, sino además su vasto conocimiento sobre el asunto. Asimismo, su libro transmite su gran compromiso con la lucha por la independencia. Toda esa riqueza de Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico lo convierte en una lectura imprescindible para los interesados en el estudio del independentismo, en particular para aquellos de nosotros que sabemos poco de ese movimiento. Pero es inclusive una lectura que debo recomendar a los estudiosos del movimiento independista y su historia. Aquellos independentistas que día a día, como activistas, luchan por la independencia de Puerto Rico también se beneficiarían grandemente de su lectura. Finalmente, es un libro que los independentistas de las nuevas generaciones encontrarán significativo, del que aprenderán muchísimo.

Coincido con Mario R. Cancel en que Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico es una mirada crítica, flexible y templada del independentismo, una que Paralitici realiza desde el independentismo mismo. Es por ello, como señaló Cancel, una contribución valiosa a la historiografía del independentismo, una historiografía de muchas formas limitada, en particular con respecto a la historia más actual del independentismo. Hacen falta interpretaciones tan acabadas y realizadas como la de Paralitici.

La historia narrada por Paralitici no es valiosa únicamente para los historiadores. Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico también es provechoso para los sociólogos y otros estudiosos de lo social, particularmente para aquellos de nosotros interesados en los movimientos sociales. Abordándolo desde la sociología, quiero a continuación, destacar sus contribuciones a lo que podríamos llamar una sociología del movimiento independentista. Las reflexiones sociológicas del independentismo como un movimiento social son escasas. El libro de Paralitici, aunque realizado desde la Historia, nos ofrece algunas observaciones sociológicas valiosas, y con ellas, algunas rutas para estudios e investigaciones posteriores del independentismo como un movimiento social.

Sidney Tarrow, en su libro Power in Movement, definió los movimientos sociales como retos colectivos lanzados por personas solidarias, copartícipes con propósitos comunes, que interactúan de forma sostenida con las élites del poder, las autoridades y con sus oponentes. Y eso es precisamente el movimiento independentista, un grupo de personas que más o menos solidarias comparten un propósito en común, lograr la independencia de Puerto Rico. Y ese es su reto a todos los puertorriqueños. El movimiento independentista también interactúa constantemente, en términos conflictivos, con las élites de poder, en Puerto Rico y Estados Unidos, las autoridades locales y federales, y con sus oponentes.

Para los sociólogos, un movimiento social es también una red relativamente informal de diversos individuos, grupos y organizaciones que comparten una identidad colectiva y cierta cultura, y que se movilizan para enfrentar asuntos y problemas sociales conflictivos, recurriendo a varias formas de protesta.  El independentismo es todas esas cosas. Se trata, como lo manifiesta el libro de Paralitici, de una extensa, heterogénea y compleja red de individuos, grupos y organizaciones que comparten, más o menos, una identidad colectiva, la de puertorriqueños independentistas, y una cultura particular, la del movimiento, y la que producen y reproducen mediante sus prácticas. Los elementos en esa red se movilizan a favor de la independencia para Puerto Rico, uno de los asuntos más controversiales y conflictivos del país. Se trata de un complejo tejido social cuyos elementos—grupos e individuos—se organizan y movilizan recurriendo a un diverso repertorio de acciones de protesta, incluyendo en ocasiones la violencia y la lucha armada. El libro de Paralitici nos ofrece detalles importantes sobre esa red en movimiento.

Una de las contribuciones más importantes del texto de Paralitici para una sociología del movimiento independentista es que confirma la heterogeneidad o diversidad del movimiento. Paralitici echa por tierra la idea estereotipada de un independentismo homogéneo, tan notable en aquellos que se oponen al movimiento o pretenden reprimirlo. Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico evidencia la diversidad ideológica del independentismo, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos.  Para Paralitici, el movimiento independentista se ha desarrollado y transformado, en la relación, muchas veces conflictiva, entre el nacionalismo y el socialismo. Coinciden en el movimiento independentista varias corrientes nacionalistas y diversas corrientes socialistas, lo que añade diversidad al mismo. Estas corrientes nacionalistas y socialistas, enlazadas en una dialéctica de colaboración y conflicto, convergen en el movimiento independentista. Allí también se encuentran corrientes comunistas y anarquistas. Y en el independentismo, convergen también corrientes liberales, característica de aquellos independentistas más cercanos a las instituciones políticas y los procesos electorales.

Aparte de la diversidad ideológica del movimiento independentista, Paralitici también devela su diversidad organizacional.  Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico es, aparte de una historia de esa lucha, una historia de las organizaciones independentistas involucradas en la misma. La lista de organizaciones independentistas, desde 1898 al presente, incluida por Paralitici en su libro, y la de Awilda Palau, también incluida en el mismo, son evidencia del tremendo número de organizaciones independentistas que han existido desde finales del siglo 19 hasta el presente. En el movimiento independentista encontramos distintos tipos de organizaciones sociales, incluyendo partidos políticos.  Las organizaciones independentistas no gubernamentales ni partidistas se han organizado de muchas formas, como asociaciones, agrupaciones, talleres, institutos, congresos, logias, uniones, frentes, coaliciones, alianzas, ligas, comités, brigadas, fundaciones y hasta en campamentos. Y mientras que muchas de esas organizaciones independentistas han sido legales otras han sido clandestinas.

La diversidad organizacional y su impacto sobre el movimiento independentista no ha sido estudiado. Pero, podemos suponer que la diversidad de formas organizacionales, la pluralidad de estructuras organizativas produce diversas metas y recursos.  También podemos suponer que algunas organizaciones independentistas son más centralizadas y jerárquicas que otras y que algunas son más democráticas que otras. Podemos también conjeturar que estas organizaciones también varían en términos de su membresía, sus niveles y formas de participación, sus grados de organización, en su liderato y distribución de poder, y el grado de compromiso que demandan de sus participantes o miembros. Examinar la diversidad de formas organizacionales es importante porque esto nos dice mucho no sólo sobre las estrategias y experiencias de estos grupos independentistas sino porque nos da pistas importantes sobre lo que los sociólogos llaman su “potencial de movilización”.  La forma que estos grupos se organizan y por qué toman esas formas determina si estas pueden o no aumentar, dado sus recursos, y en momentos particulares, el apoyo del público, y movilizarlos a favor de la causa independentista. También nos dice que tan bien pueden o no adaptarse a nuevas condiciones de lucha y movilización. La lista de organizaciones y detalles provistos por Paralitici sobre estas organizaciones representan una valiosísima herramienta para el estudio de la diversidad organizacional del movimiento independentista.

José «Che» Paralitici en el RUM

Finalmente, las organizaciones independentistas también varían en términos de sus acciones, en términos de cuales actividades o tipos de protesta prefieren efectuar. Las acciones más tradicionales son, por supuesto, huelgas, mítines, marchas, elecciones, peticiones, ocupaciones, insurrección, lucha armada, etc. Estas son estrategias políticas, preferidas por los movimientos políticos, como el independentista. Algunas organizaciones recurren principalmente a estrategias fundamentadas en la “lógica de los números”, movilizar apoyo popular mediante las elecciones, marchas, y recogido de firmas, entre otras. Otras organizaciones recurren a la “lógica de impactos materiales” como las huelgas, los paros, los boicots, y hasta daños directos a la propiedad. Otras organizaciones, amparadas en una lógica similar a esta última recurren a actividades mucho más violentas, como la lucha armada, característica del nacionalismo revolucionario, el socialismo y el comunismo. Otras organizaciones prefieren la lógica del testimonio o “bearing witness,” acciones riesgosas y emotivas dirigidas a demostrar el compromiso con una causa, con la independencia de Puerto Rico, en este caso. La desobediencia civil, a las que han recurrido muchos independentistas, como en la lucha contra la marina en Vieques, es un buen ejemplo. La desobediencia civil también fue la estrategia de muchos independentistas que lucharon contra el servicio militar obligatorio en Puerto Rico. Esto último es discutido por Paralitici en su libro.

Aunque la mayoría de las organizaciones independentistas han optado por estrategias políticas, varias organizaciones independentistas también han recurrido a protestas culturales y simbólicas, que los sociólogos asociamos con los nuevos movimientos sociales. Una dimensión poco estudiada del movimiento independentista ha sido precisamente su cultura, tanto sus prácticas culturales como sus productos culturales, con excepción quizás de sus valores, metas, ideologías y sus líderes más carismáticos y simbólicos, como Pedro Albizu Campos.  Pero, sus objetos simbólicos (logos, signos, artefactos, eventos, y lugares significativos para los independentistas); sus ocasiones, encuentros, y reuniones; sus productores y actores culturales; y su “persona” o estilos culturales de interacción apenas han sido examinadas. Paralitici, destaca en su libro varias actividades culturales del movimiento, como la conmemoración de símbolos, héroes y mártires del independentismo y eventos como el Grito de Lares y la Jornada a Betances. El análisis cultural del movimiento requiere examinar como es la cultura puertorriqueña adoptada y adaptada por el movimiento independistas en el contexto de la acción social y política. A la misma vez, debemos tener en cuenta el impacto cultural del independentismo en la cultura puertorriqueña. Por supuesto, también requiere una mirada analítica a las “dimensiones simbólicas de la acción colectiva” independentista, a sus esquemas y marcos interpretativos con respecto a la realidad social y la identidad nacional puertorriqueña. También requiere analizar su construcción de los problemas sociales. Además, no podemos asumir que el movimiento sea culturalmente homogéneo; las diferencias culturales entre grupos independistas y los conflictos culturales entre estos son una realidad que no podemos perder de vista.

Otra contribución importante de Historia de la Lucha por la Independencia de Puerto Rico para una sociología del movimiento independentista es que apunta hacia el carácter cíclico de las protestas independentistas. Como Paralitici afirmó: “No dudo que la lectura de este ensayo sobre la historia del independentismo puertorriqueño, que concluye que la lucha por este ideal ha tenido sus bajas y sus altas, sus flujos y reflujos, sus viejos y nuevos independentismos, lleve a ampliar el análisis y las luchas correctas para que en este siglo 21 se encuentre un resultado final a la férula colonial que ha tenido Puerto Rico desde el siglo 16”. (354)

Los ciclos de protesta o contención se refieren a ciclos de apogeo y ocaso en la actividad de un movimiento social. En su libro Paralitici identificó tres periodos de la lucha independentista: de 1898 al surgimiento de un nuevo independentismo en los treinta; de los treinta a la década de los cincuenta; y de finales de los cincuenta al presente. En este periodo ocurrieron dos ciclos de auge y ocaso en el movimiento independista. Los surgimientos de los nuevos independentismos, en los treinta y los cincuenta, marcan los dos momentos de auge del movimiento independentista.  En su libro Paralitici considera las posibilidades de otro nuevo independentismo, de un tercer auge y ciclo de protestas en los años por venir.  Si logramos escapar o no del dominio estadounidense, de esa férula a la que se refiere Paralitici, depende de muchos factores. Pero coincido con él, en que un requisito fundamental para ello es la reflexión crítica, profunda y sosegada de los ciclos de protesta independentista; lo que él ha ya ha avanzado en su libro. Para los estudiosos de los movimientos sociales, incluyendo los analistas del movimiento independentista, es también menester estudiar los ciclos de protesta porque corresponden a los momentos de intensificación de la acción colectiva.

Los ciclos de protesta muestran ciertas características en común. Estos coinciden con una fase intensa de conflictos y contenciones en el sistema social, con diversas crisis, económicos, políticas, sociales y hasta ambientales. La intensidad de esos conflictos produce la difusión rápida de la acción colectiva, no sólo la movilización de los sectores más activos de un movimiento sino inclusive de los menos activos y de los simpatizantes del movimiento. Los ciclos de protestan coinciden también con la innovación en las formas de protesta y con nuevo marcos o esquemas de acción colectiva. Estos lapsos también involucran no sólo la actividad de los grupos más organizados sino también la de los menos organizados y hasta provocan acciones espontaneas. Pero, los ciclos de protesta también coinciden, con las acciones y respuestas de aquellos individuos, grupos y organizaciones opuestas a un movimiento, los que promueven y ejecutan, inclusive la represión de un movimiento social. Los ciclos de protesta influencian de muchas formas las decisiones estratégicas de las organizaciones vinculadas a los movimientos sociales. Las formas adoptadas en un momento dado por estas organizaciones dependen en gran medida de su apreciación de los ciclos de protesta y de las actividades de otras organizaciones, incluyendo las vinculadas a otros movimientos sociales y la de aquellos que se oponen al movimiento.

El libro de Paralitici nos ofrece pistas importantes sobre todo esto, sobre la respuesta del independentismo a los momentos de crisis en Puerto Rico; la difusión de acción política desde las organizaciones independentistas más activas hacia otras menos activas; y la respuesta de la oposición al independentismo.  En el primer ciclo de protesta examinado por Paralitici el Partido Nacionalista fue determinante en la movilización de los independentistas. En el segundo, fueron la FUPI y el MPI las organizaciones más influyentes. Ambos momentos de auge coincidieron con nuevas estrategias de lucha y protesta, nuevos esquemas de acción colectiva.  En ambos momentos la respuesta de los opositores, y particularmente de las autoridades federales y locales, fue la persecución y represión del movimiento independentista.  Como nos recuerda y demuestra Paralitici, el independentismo ha sido perseguido y reprimido a lo largo de toda la historia del dominio colonial estadounidense sobre los puertorriqueños. Los ciclos de protesta independentista y las consecuencias de esas protestas, como las de todos los movimientos sociales, están atados a la represión o respuesta de las instituciones y actores políticos.  La incesante represión del independentismo puertorriqueño, muchas veces tremendamente perversa, cruel, aterradora y devastadora, aunque no el único factor, ha obstaculizado efectivamente, la independencia de Puerto Rico, y con ello su descolonización.

Otra contribución de Paralitici y su libro a una sociología del movimiento independentista es que nos ofrece datos valiosos sobre la “estructura de oportunidades” del movimiento independentista, sobre aquellos factores que han facilitado u obstaculizado la movilización de grupos y organizaciones independentistas desde 1898. La respuesta represiva del sistema de instituciones y prácticas políticas que engloba el régimen colonial, que involucra tanto instituciones locales como federales, y hasta partidos políticos y organizaciones contrarios al independentismo, ha reducido las oportunidades de participación política de los independentistas, reduciendo aún más los estrechos canales institucionales de los que dispone para influir en los procesos políticos del país. De manera simultánea, la estructura institucional del régimen ha provocado que el movimiento independentista haya adoptado en ocasiones formas extra-institucionales de acción política, incluyendo el que algunas organizaciones hayan recurriendo, en distintos momentos de su historia, formas radicales y hasta clandestinas de acción política. Esto a vez ha provocado en varias ocasiones que el gobierno recurra a la represión para detener la movilización social independentista. Por último, como resultado de la interacción entre el movimiento independentista y las respuestas gubernamentales, la influencia que los independentistas tienen en la toma de decisiones es marginada y rezagada, aunque no por ello ha dejado de ser un movimiento relativamente visible, activo y dinámico. No ha dejado de ser un movimiento crítico y desafiante, que como señala el subtítulo de Historia de la Lucha por la Independencia sigue luchando incesantemente por la soberanía y la igualdad social.

La represión del movimiento independentista opera no únicamente desde la violencia y coerción estatal sino además desde todos los ámbitos institucionales, logrando que una gran parte de la población consienta la represión del independentismo. Los independentistas enfrentan todo un régimen de desigualdad, concepto de la teórica feminista Joan Acker. Me refiero a todas esas prácticas, procesos, acciones y significados interconectados que mantienen a los independistas en una posición de desigualdad, y que institucionalizan o normalizan diversas prácticas discriminatorias y restrictivas contra estos.

Pero hoy, el independentismo no sólo enfrenta esas formas de represión, también sufre un difícil agotamiento, uno que no podemos reducir al mero efecto de la represión.   Como explica Paralitici:

El independentismo ya entrado en el siglo 21 hacia la primera quinta parte del mismo es uno muy dividido, poco organizado, con poca presencia en la calle, con mucha debilidad electoral, con exigua participación de la juventud, con pocos portavoces de gran influencia , con algunos con buen reconocimiento pero en su longevidad y, además, si un fuerte liderato nacional, y con muy poca presencia en Estados Unidos, entre otras características negativas, parecidas muchas de ellas a las que precedieron  a los dos previos momentos del “nuevo independentismo” de las décadas de 1930 y de 1960. (352-53)

Precisamos un nuevo independentismo, uno diligente, militante y dinámico pero también profundamente reflexivo y crítico, inclusive de sí mismo. Lo precisamos porque hoy los puertorriqueños enfrentamos demasiadas crisis.  Por un lado, los puertorriqueños enfrentamos una profunda y devastadora crisis económica, que requiere que lo independistas contribuyan a la defensa de los trabajadores, que luchen contra la privatización y contra las devastadoras reformas laborales y económicas propuestas por el gobierno y la Junta de Control Fiscal. Enfrentamos además lo que Jürgen Habermas llamó una crisis de racionalidad; nuestro sistema político, administrado por una kakistocracia tan corrupta como inepta, no ha generado decisiones y políticas adecuadas para manejar la crisis económica. Y esa crisis de racionalidad se ha traducido en una crisis de legitimidad, una generalizada falta de confianza en las instituciones políticas, que lamentablemente no se han transformado en protestas masivas contra esas instituciones. Pero, una crisis adicional retarda las protestas contra las instituciones políticas, una profunda crisis de motivación. Muchos puertorriqueños, la mayoría de ellos, no se sienten lo suficientemente motivados como para ser participantes activos en la esfera pública.  Algunos no se sienten capaces de efectuar cambios sociales significativos y muchos otros, enfrentando vidas precarias, la pobreza, simplemente no tiene los medios o recursos que le permitan hacerlo. Muchos de ellos, buscando alternativas a esa precariedad, no han tenido otra opción que emigrar. Un nuevo independentismo es por todas esas cosa , apremiante.

mayo 9, 2017

José “Che” Paralitici y la reflexión historiográfica en torno al independentismo

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor
Prólogo del libro Historia d la lucha por la independencia de Puerto Rico. Río Piedras: Gaviota, 2017.

Preludio

En un seminario graduado que dictaba en torno al tema de la representación de los puertorriqueños en los escritos estadounidenses surgidos de la invasión del 1898 un  colega afirmó que el independentismo era el “gran perdedor” de la historia moderna de Puerto Rico. Era una aserción difícil de rebatir con una respuesta sintética y breve. El independentismo en el siglo 19, 20 y 21 ha sido la casa grande de una diversidad de tendencias y una propuesta hija de la pluralidad de las contradicciones materiales e inmateriales que han marcado al país desde fines del siglo 18 al presente. Hablar del independentismo y de la independencia refiere al investigador a un proyecto en construcción que ha significado muchas cosas. Lo que en el siglo 19 se identificaba con el separatismo independentista, se reubicó en el 20 entre los márgenes de los nacionalismos y los socialismos más diversos. La misma idea confederacionista tuvo un carácter distinto en ambos siglos. Hablar del independentismo como si se trata de proyecto homogéneo y único implicaría, desde mi punto de vista, una simplificación interpretativa imperdonable.

En vista de los riesgos que corría con una contestación poco reflexiva asentí, pero le aclaré que el fenómeno era más embarazoso. El estadoísmo era el otro “gran perdedor”. Aquella  propuesta, que creció en la forma del separatismo anexionista en alianza táctica con el separatismo independentista decimonónico, había visto la anexión del territorio en 1898 pero la estadidad seguía siendo un desiderátum. El hecho de que cuando se dio aquel diálogo en el 2014, la estadidad no se hubiese conseguido, confirmaba su condición de “gran perdedor”. Si adoptaba la lógica de mi interlocutor en realidad se trataba de dos “grandes perdedores”.

Los separatistas independentistas vieron la separación de España sin que pudieran completar su meta de independencia. Los separatistas anexionistas vieron la anexión a Estados Unidos sin que se completara su ansiedad de integración e igualdad. La confianza de una parte significativa del liderato de ambas tendencias en el republicanismo estadounidense fue violada y la promesa de libertad e igualdad que se hizo a aquellos sectores incumplida. Ese espacio vacío quedó disponible para que lo ocuparan los sectores colaboracionistas quienes sirvieron de intermediarios sumisos al imperio estadounidense en una historia del nunca acabar. El debate se canceló de inmediato.

Es cierto que la historia moderna de Puerto Rico ha sido un terreno fértil para el señorío  de los sumisos al imperio de turno. Los efectos de ese fenómeno sobre la imagen colectiva del país en el discurso historiográfico dominante han sido enormes. El primero efecto es que la historia de los “dos grandes perdedores” nunca ha sido una prioridad de los interesados en la disciplina. Además, el hecho de que algunos historiadores se hayan ocupado de reflexionar sobre ello nunca ha garantizado que serán escuchados por quienes articulan el canon desde el poder.  El segundo efecto es que, bien vistos, los conceptos “perdedor” y “ganador” no son confiables a la hora de dilucidar este problema con seriedad: los adjetivos reducen la lógica de las luchas colectivas -nacionales o sociales o identitarias- a la condición de un “deporte” un “juego” cuando, de hecho no lo son.

Bajo condiciones como esas el pasado puertorriqueño y en especial la historia de sus resistencias, ha sido formulado por la intelectualidad vacilante insaculada de los sectores afines a  España y Estados Unidos en un siglo y otro. No me parece necesario aclarar que esos discursos traducían bien los intereses de las fuerzas  que frenaron la integración a Estados Unidos o la separación de España en el siglo 19; y la estadidad o  la independencia en el siglo 20. Si alguna utilidad tuviese el concepto “ganador”, habría que buscarlo en el lugar de los intelectuales colonialistas. El “ganador” en esta larga historia de sumisión siempre ha sido el mismo: el centro vacilante que, en su beneficio, no ha admitido la solución de un dilema bicentenario y responsabiliza al sujeto colonial por los efectos de la irresolución. En términos concretos me refiero a los liberales reformistas o especialistas, los autonomistas radicales o moderados en el siglo 19; a los unionistas, los aliancistas, los liberales, los populares y los soberanistas en el siglo 20 sin olvidar, claro está, a los defensores del protectorado y el amparo de Estados Unidos en ambos siglos. Desde esa cómoda situación, los representantes de esos sectores han producido un discurso manido en el cual la reflexión sobre el activismo de los “perdedores” ha sido devaluada y sus discursividades suprimidas consistente o reducida a la imagen borrosa de un acto de recordación pueril.

Una secuela lógica de este escenario histórico ha sido que esos sectores vacilantes han sido instrumentales en la configuración de un relato histórico que afirmará la imposibilidad de la integración y de la independencia y, con ello, legitimará la irresolución como la única condición con posibilidades reales de prevalecer. La historiografía de ese centro vacilante sigue allí con su autoridad informando a quien se  acerquen al asunto de los contenidos y límites de su identidad.

 

Una reflexión histórica

La alusión más remota a un acto vinculado al separatismo independentista es de octubre de 1795. Un dibujo amenazante sobre el cuello de la efigie del rey de España que circuló durante un juego de naipes en la capital, fue interpretado como el signo de una conjura agresiva. La investigación iniciada por el gobernador militar Ramón de Castro no condujo a ninguna parte. Lo que llama la atención de aquel episodio olvidado es el miedo que un pequeño detalle produjo en un sistema que parecía muy seguro en Puerto Rico. No se puede pasar por alto que aquellos eran los tiempos de la guillotina y que el gobierno de los jacobinos había caído de manera aparatosa apenas en noviembre de 1794. El  principal cuestionamiento al integrismo hispano había debutado en la colonia antillana.

Dr. José «Che» Paralitici

La reflexión intelectual sobre el separatismo también fue temprana. Correspondió a los intelectuales integristas formular una imagen de aquel movimiento como el opuesto de la hispanidad y sus valores. No se equivocaban, por cierto. El funcionario e historiador Pedro Tomás de Córdova (1831) aludía a su carácter peligroso y malintencionado cuando comentaba la década de 1820. José Pérez Moris (1872) retornó sobre el tema a la luz de la Insurrección de Lares de 1868 en un volumen clásico. Dos elementos en común compartían aquellas figuras. El separatismo independentista y el anexionista fueron reducidos a una misma cosa, pero ambos autores temían más a la anexión que a la independencia. Se presumía que Estados Unidos estaba detrás de ambas conjuras revolucionarias. De igual manera, los dos autores  equipararon el separatismo en cualquiera de sus manifestaciones a una patología que podía y debía ser sanada incluso por la fuerza. El lenguaje de la sociología positivista, una disciplina emergente en el siglo 19, marcó la discursividad de los intérpretes integristas.

La devaluación agresiva del separatismo independentista en particular, no fue privativa de los integristas españoles: los criollos liberales reformistas y especialistas que siempre fueron integristas como aquellos, sólo cambiaban el tono. En Alejandro Tapia y Rivera (1882) el separatismo era un acto de “descontentos”; en Salvador Brau Asencio (1904) un acto “prematuro” y “precipitado” que culminaba en una “algarada”. Los hermanos Francisco Mariano y José Marcial Quiñones, en su reflexiones históricas de 1872 y 1890, aunque resentían las posturas belicosas y prejuiciadas de Pérez Moris en su libro, evitaron todo lo más posible vincular el autonomismo con el separatismo y tomaron distancia de sus posturas de una manera consistente. Un caso emblemático es el de Tapia y Rivera quien en el “Capítulo XXX” de Mis memorias (1882) estableció que “toda regeneración y progreso eran posibles bajo la bandera de la patria española”, argumento que coincidía con la interpretación de Pérez Moris de que todo separatismo atentaba contra la evolución del progreso que sólo se garantizaba manteniendo la unión con España.

La relevancia de la obra de Pérez Moris para la historiografía del separatismo independentista es incuestionable. Cuando Sotero Figueroa, uno de los primeros historiadores en  plantearse el tema del separatismo independentismo desde el independentismo le pide a Ramón E. Betances Alacán  una reflexión sobre Lares para alimentar con el testimonio su libro, el médico le dice que tiene que revisar la obra del autor integrista español. Figueroa, un ex-autonomista de Ponce, desplegó una labor  fundacional de la historiografía del independentismo en la páginas de  Patria en la  serie titulada “La verdad en la historia” y en el libro Ensayo biográfico de los que más han contribuido al progreso de Puerto-Rico (1888).

El pasado remoto de este libro del Dr. José Paralitici está allí. La reflexión sobre el independentismo desde el independentismo encuentra en este volumen una culminación extraordinaria. En este libro el colega torna, como ya ha hecho en otros de sus títulos,  sobre un proyecto inconcluso: la reflexión sobre la historia de uno de esos extremos, el independentismo en el siglo 20 y 21. Reescribir desde la perspectiva de la alteridad la historia de los llamados “perdedores” es un proyecto no solo legítimo sino urgente.

 

Sobre la  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico

Mi experiencia investigativa me dice que la reflexión serena sobre la evolución del independentismo del siglo 20  en todas sus vertientes  es poca. El nacionalismo ateneísta o moderado, el de la “acción inmediata” o revolucionario; el independentismo de los comunistas desde 1934 y sus avenencias y desavenencias con aquellos a la luz del “Nuevo Trato” y la aparición del populismo; el de los liberales que fluctuaban entre el autonomismo y el independentismo en la misma década; el de la “Nueva Lucha por la Independencia” de 1959 ya en el marco de la primera fase de la primera Guerra Fría (1947-1979); el articulado por los socialdemócratas desde 1971 o el de las nuevas izquierdas emanadas de la crisis de 1971 y 1973 madurado a principios de las década de 1980 en el contexto de la segunda Guerra Fría (1979-1991), entre otros, representan un reto interpretativo mayúsculo.

En cierto modo, la actitud dominante ha sido asumir la continuidad y las afinidades de este complejo de sistemas de interpretación y acción como si se tratase de la expresión de una ley histórica en el sentido más pedestre. El silenciamiento de las discontinuidades y los diferendos ha representado una traba que, a veces, se ha traducido en esa incómoda mirada piadosa cargada de romanticismo que se expresa en una actitud defensiva que siempre resultará incómoda para el historiador profesional. Esta actitud, comprensible pero insana, convierte al pasado en un monumento, a sus huellas en una reliquia y a sus protagonistas en una imagen icónica incapaz de comunicarle lecciones al presente. El monumentalismo laudatorio ha dominado lo mismo la tradición interpretativa militante del autonomismo, el estadoísmo y el independentismo.

Un asunto a tomar en cuenta a fin de comprender el desenvolvimiento contradictorio del independentismo, es sin duda la relación entre las formulaciones nacionalistas y las vertientes socialistas a lo largo del siglo 20. Los puntos de encuentro entre estos dos extremos que muchos consideran inseparables hoy fueron, en ocasiones, agresivos. A fines del siglo 19, una parte significativa del liderato socialista y anarquista francés no apoyaba la separación e independencia de Cuba de España porque ello implicaba poner a los cubanos a merced de la burguesía criolla nacional y no liberarlos. De igual manera, las relaciones entre los nacionalistas y los comunistas en Puerto Rico desde 1934 cuando se fundó el Partido Comunista Puertorriqueño el 23 de septiembre de aquel año, tuvieron sus altas y sus bajas. La situación no fue  distinta en la década de 1990 y tampoco lo es en el presente.

Una dificultad ostensible para un estudio de esta naturaleza es que el fin de una era -la posguerra y la Guerra Fría- significó también el fin de la eficacia de un lenguaje. Los defensores del independentismo y el socialismo en todas sus vertientes, quienes siempre se han caracterizado porque tienen puesto “el oído en el suelo”, reconocen que defender estas causas en el siglo 21 plantea retos nuevos. La otra dificultad es que, en el caso puertorriqueño, se trata de dos proyectos inconclusos: independencia y socialismo o soberanía y justicia social, si uso un lenguaje más moderado, siguen representando una  prioridad en la agenda de los puertorriqueños rebeldes. Inconclusos, aclaro, pero no derrotados.

Mis comentarios críticos sobre la historiografía del independentismo no deben interpretarse como que no ha habido un volumen respetable de discusión sobre la independencia, el socialismo, sus propuestas y sus figuras emblemáticas. Una parte del problema tiene que ver con los cuidados que hay que poner a la hora de tratar un tema sensitivo que toca una fibra moral en quienes se sienten vinculados a estos ideales. La otra parte del problema se relaciona con la facilidad con la que los opositores de las mismas adoptan el lenguaje deportivo del “perdedor” y “ganador” y desvalorizan dos proyectos emblemáticos de la modernidad que merecen ser revisados intensamente en particular en países como este. Estas actitudes y la discursividad del centro vacilante, han sido los principales frenos a la indagación sería sobre estos asuntos.

La  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. Paratiliti es un intento de articular esa mirada crítica, abierta y sosegada. Una de sus virtudes es que establece un modelo interpretativo preciso. La primera parte, “Desde la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico hasta la revolución nacionalista de 1950”, y la segunda de “El nuevo independentismo puertorriqueño desde 1959”, ofrecen pistas concretas sobre su visión de la evolución de este movimiento contestatario. La inserción de la discursividad y la praxis socialista en el escenario de la posguerra y la Guerra Fría, se convierten en una clave a la hora de entender el giro ideológico más significativo de esta lucha bicentenaria.

La tesis de este libro es que el independentismo puertorriqueño sucede en el marco de una larga experiencia predominantemente nacionalista que ocupa medio siglo, y desemboca en otra en la cual las ideas socialistas la penetran enriqueciendo su contenido.  El texto se convierte en el mapa de ruta de una historia de gran envergadura que permite al lector, informado o no, orientarse en las complejidades de los debates que han marcado la resistencia al coloniaje desde el independentismo y el socialismo a lo largo de un siglo. El Dr. Paralitici, de hecho, no parte de la premisa de la homogeneidad de la respuesta política anticolonial sino que problematiza la misma destacando los matices temporales de cada esfuerzo.

Por eso el periodo que va del 1898 al 1950 se abre en tres etapas precisas que se articulan a la luz de las fluctuaciones de las relaciones internacionales y una geopolítica en la cual Estados Unidos, el imperio que ocupa a Puerto Rico, adquiere cada vez más poder. Lo que podríamos denominar el periodo nacionalista se revisa a la luz de la experiencia del 1898 al 1930, del 1930 al 1943 y del 1943 al 1950. La lógica del Dr. Paralitici lee con cuidado el arte de la maniobra del independentismo mientras elabora un relato en el cual la transformación del nacionalismo ateneísta en nacionalismo revolucionario, la rescisión de Luis Muñoz Marín y la persecución y procesamiento de Pedro Albizu Campos y el liderato nacionalista, y el retorno de Albizu Campos y la Insurrección de 1950, resultan ser los ejes político-ideológicos que mejor expresan las oscilaciones de la geopolítica. El escenario de forcejeo entre la resistencia nacionalista y el estado colonial y sus representantes, se proyecta por medio de un índice que el historiador domina muy bien: los registros de la represión. El entramado de la transición a un periodo enteramente nuevo está completo.

El segundo periodo de 1950 al presente se centra en otro indicador geopolítico insoslayable: la Guerra Fría (1947-1991) en sus dos fases separadas por la crisis que pone en función los resortes de los que emerge el orden neoliberal y el mercado global alrededor de 1976 y el 1983. El panorama  de las organizaciones desde 1950 al 2000 es el más completo que conozco lo mismo en cuanto a organizaciones nacionales que en cuanto a aquellas que han surgido en el exilio político y económico o en el seno de lo que muchos denominan la diáspora. La voluntad de autor por llamar la atención sobre los elementos de continuidad entre los proyectos del primer periodo y los del segundo, y a la vez por hacer los señalamientos críticos precisos a fin de comprender las fragilidades y las fortalezas  de cada uno de estos programas de combate, ratifican que el lector se encuentra ante un esfuerzo sensato, quizá el más circunspecto, al que se pueda tener acceso al presente. La bibliografía de la historia política desde la alteridad se enriquece con este título del Dr. Paralitici.

El volumen cierra con una reflexión y unas interrogantes que sólo el tiempo será capaz de contestar. Ambas plantean una preocupación oportuna que intenta penetrar el dilema de las dificultades que la era del neoliberalismo y la globalización han interpuesto al análisis nacionalista y socialista desde la década de 1990 y el fin de la Guerra Fría. La inquisición en torno a las organizaciones independentistas fundadas en el nuevo siglo cronológico y el debate abierto en torno a si surgirá un nuevo o novísimo independentismo o socialismo en el siglo 21 con la misma capacidad de impugnación que el que germinó en 1959 que, a la vez, sea capaz de provocar el avivamiento de la lucha, deja sobre la mesa un dilema mayor.

Para mí como historiador la respuesta no necesita posposición alguna y puede ser contestada en dos direcciones. La primera es que en efecto resurgirá, e incluso que es posible que esté resurgiendo ante nuestros ojos absortos. La segunda es que, en la medida en que ese novísimo independentismo lea su tiempo con la precisión y con el cuidado que le dicten su conciencia de la temporalidad el avivamiento será posible. Del mismo modo que se afirma, sin mucho empacho, que cada generación es responsable de escribir su historia, cada una de ellas también es responsable de articular su proyecto revolucionario. Nada ni nadie podrá impedir que así sea.

 

Póslogo y palabras finales

La otra aportación de este volumen del Dr. Paralitici tiene que ver con su capacidad para señalar las manzanas de la discordia que han maculado la historia del independentismo y el socialismo en el país. Por eso también puede ser leído como una invitación a la retrospección. El asunto se relaciona con esos puntos hacia dónde miran los enemigos y los acólitos cada vez que evalúan colectivamente el esfuerzo independentista y socialista y convergen en la conclusión fácil de que se trata de un movimiento pequeño y fragmentado y, por lo tanto, desechable.

Las manzanas de la discordia se reducen a un conjunto preciso de asuntos: la participación electoral, la violencia y la ilegalidad y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones ha sido emparejado a un conjunto  de principios intransigentes o a una variedad de necesidades tácticas a la luz de la praxis. De hecho, el “sí” o el “no” a cualquiera de esas tres apuestas, puede validarse mediante consideraciones de principio o pragmáticas indistintamente.

Resultaría ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar el buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos, los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer  una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas esta índole. En ese sentido, lo único que resta por hacer es lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la expresión política de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual lucha el independentismo y el socialismo.

La otra matriz tiene un fuerte contenido filosófico y sociológico: hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema de Puerto Rico se podía sintetizar en el hipotético opuesto de la nación y la clase social. La cuestión de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida en uno, o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los polos nacionalista y socialista que dominaron el panorama de las luchas políticas desde 1959 en adelante,  comenzaron a erosionarse desde 1976 en adelante.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de  la nación  o la clase social como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, ponían en duda la eficacia de la nación o la clase social como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un problema de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega el Dr. Paralitici en su libro es que  la prelación de las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a que lucha debe ser la prioritaria en este momento está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmento de  clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen  unos y otros no son las mismas.

La complicación más peligrosa es que se asuma que se trata de retóricas antinómicas o de contradicciones sin solución. A veces me da la impresión de que eso es lo que está pasando y me resisto a creer que el independentismo, el socialismo y los nuevos movimiento sociales no puedan encontrar un punto de convergencia en el proyecto común de la libertad. Las virtudes de un libro se descubren en los debates que inaugura y en la disposición que produce  en los lectores para enfrentar maduramente los mismos. Esta Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. José “Che” Paralitici ofrece una oportunidad invaluable para ello.

diciembre 23, 2015

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente VI

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

En el campo académico la década del 1990 fue testigo del inicio del debate sobre el tema de la modernidad y postmodernidad. En términos generales, la validez de la herencia material y cultural moderna, que en Puerto Rico se había desarrollada en el marco de la dependencia colonial. El Puerto Rico moderno se asociaba al proceso de industrialización, el tránsito de la industria liviana a la pesada, la inversión en la producción de fármacos y alta tecnología, el desarrollo urbano y el enrarecimiento del pasado rural. Aquellos índices estaban vinculados a la segunda posguerra mundial, la Guerra Fría, el estado interventor y benefactor y, por supuesto, al ELA y el dominio del PPD y el PNP en el periodo anterior al rosellato. El Puerto Rico más allá de la modernidad surgiría de las cenizas de aquel.

Mijaíl Gorbachev y Ronald Reagan

Mijaíl Gorbachev y Ronald Reagan

El fin de la era de la empresas 936 fue un evento que marcó el fin de una época y el inicio de otra, como ya se ha sugerido: el liberalismo abría paso al neoliberalismo. El cambio fue dramático porque planteaba enormes paradojas. Desde la invasión de 1898 y la Ley Foraker de 1900 había “comercio libre” entre Puerto Rico y Estados Unidos precisamente porque el país era un territorio no incorporado al imperio. La relación colonial aseguraba el libre comercio entre ambos mercados. Pero en la década de 1990 en el marco del neoliberalismo, se decidió demoler las barreras arancelarias y el “privilegio” del ELA se convirtió en moneda común. El “libre comercio” instituido en 1900 era asimétrico y estaba mediado por la Leyes de Cabotaje y el monopolio de ciertas compañías de transporte que encarecían los consumos en el mercado local pero aún así representaba una excepción que muchos valoraban. Lo que legitimaba su existencia era el valor militar de la isla caribeña en el contexto de la Guerra Fría. Después de la decisión de 1996 y terminada la Guerra Fría en 1991, dado que no se revisó la relación estatutaria entre ambos pueblos, la única manera de mantener el “libre comercio” con Estados Unidos era la soberanía. El tránsito de la modernidad a la postmodernidad, del liberalismo al neoliberalismo una vez dejado atrás el conflicto este-oeste, reclamaba la solución del estatus.

Me parece que buena parte de la intelectualidad de todas las tendencias estaba consciente de ello en la década del 1990. Sin embargo, la dejadez  de la clase política que había crecido al amparo del ELA y su causa y la morosidad del Congreso que estaba ocupado en otros asuntos, freno aquella posibilidad. A aquella dilación habría que añadir que los sectores tradicionalistas y moderados en el PPD, los que todavía concebían el ELA como una “solución final” al dilema de estatus, se enquistaron en el poder e imposibilitaron una revisión ideológica creativa de aquella organización. Muchos de los que en 1960 militaron cerca de la “nueva generación” de populares soberanistas se habían movido de la izquierda a  la derecha del PPD, como fue el caso del exgobernador Hernández Colón.

 

Los debates académicos

En términos intelectuales los paradigmas, presunciones o certidumbres modernas más interpeladas en aquella década de debate tenían que ver en Puerto Rico con la resistencia a la situación dominante. Por un lado se ponía en entredicho el nacionalismo político y cultural, ideologías que salieron muy lastimadas de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, del desarrollo de la sociedad de consumo y la revolución de las comunicaciones y la informática que se afianzó en los 1990. Por igual situación pasaba el socialismo en todas sus formas, sistema que se había deteriorado desde la segunda posguerra al calor de los regímenes de Josip Stalin y el neoestalinista Leonid Brézhnev y cuya crítica articularon de modo convincente Lech Waleza y el sindicato “Solidaridad” desde Polonia, y Mijaíl Gorbachov por medio de la glasnost y la perestroika, en los años 1980. El fin de la Guerra Fría (1989-1991), catapultado por el inicio del derribo del Muro de Berlín el 10 de noviembre de 1989, fue interpretado como un signo del triunfo del oeste sobre el este. El “socialismo realmente existente” y el socialismo en general, se vieron en la necesidad de reformularse de cara a una era inédita.

Lech Waleza y "Solidaridad"

Lech Waleza y «Solidaridad»

Es cierto que el “socialismo realmente existente” desaparecía con el bloque socialista. Pero el “capitalismo realmente existente”, identificado con el estado interventor y benefactor y que actuaba como intermediario entre el pueblo y el mercado, también desaparecía en medio del fenómeno. El neoliberalismo era otra cosa y todavía estaban por establecerse, a la larga eso se determinaría en la práctica, sus efectos sobre las relaciones políticas  y sociales. El debilitamiento de la ilusión de igualdad al amparo del estado que había animado al “socialismo realmente existente”, era sustituido por otra ilusión más peligrosa: la que partía de la premisa de que la igualdad se conseguiría en el mercado mediante el consumo. El nuevo modelo capitalista requeriría nuevos y agresivos proyectos socialistas que sólo comenzarían a madurar, con numerosos tropiezos, después del año 2000.

En Puerto Rico las izquierdas socialistas, que desde la década de 1930 había articulado una estrecha  alianza con los sectores nacionalistas de todas las tendencias y que habían sido los protagonistas de la resistencia cultural, social y anticolonial desde 1959, estaban en reflujo del mismo en que estaban a nivel global. Tanto las certidumbres racionalistas, filosóficas y científicas del socialismo, como las certezas morales del nacionalismo habían sido vulneradas. En la segunda parte de la década del 1990, en medio de la confrontación cultural y en el auge de la popularidad del estadoísmo y la figura de Rosselló González que llegó a tener los caracteres de un culto tan irracional como cualquiera otro, no asomaba en el panorama una alternativa legítima de resistencia antisistémica.

La cuestión cultural durante la década de 1990 exigía una reflexión intensa, sosegada y abierta en torno al cambio. En 1993 una organización novel,  la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH), fue el escenario de numerosos debates al respecto. La agrupación atrajo a historiadores de la nueva historia social y de la promoción de los que entonces se denominaban los “novísimos historiadores” interesados en la mirada y la interpretación que ya se denominaba, a pesar de la resistencia, “postmodernista”. En la práctica la organización cumplió el papel de evaluar el lugar del “historiador” y la situación de la “historia”. La relación de la historia con las ciencias sociales, las humanidades, la filosofía, el lenguaje, la identidad: todo fue puesto sobre la mesa. El papel de la disciplina con las resistencias socialistas y nacionalistas también. La situación de cambio enriqueció el temario de los historiadores profesionales y estimuló la autonomía del trabajo del historiador con respecto a los proyectos políticos y sociales  que habían promovido una historiografía al servicio de sus causas. La APH desarrolló una línea editorial en alianza con la editorial Postdata, un foro postmodernista, que entre 1994 y 2000 produjo una colección de títulos que marcó una pauta para el debate al margen del marco institucional universitario pero sin desvincularse del mismo. El impacto de aquella asociación en la disciplina, todavía al presente sigue activa, merecería una investigación más profunda que todavía no se ha hecho.

Berlín (1989)

Berlín (1989)

El debate cultural e historiográfico durante la década de 1990 también tocó al independentismo de ideología socialdemócrata o nacionalista, y el socialismo puertorriqueño. Todas aquellas propuestas estaban en proceso de revisión desde adentro pero las presiones de la tradición pesaban mucho a la hora de la revisión. Es curioso que las propuestas que con más agresividad apelaban a la necesidad del “cambio” mostraran tanta resistencia a la autocrítica en un momento de la historia en el cual la reflexión era mandatorio. El sector ideológico más dispuesto al revisionismo fue el socialismo y las izquierdas en general. En las izquierdas cuestionadas floreció el anarquismo, la estadidad radical y el pesimismo fronterizo con el cinismo filosófico. En el Puerto Rico colonial del 1990, aquel abanico de opositores denominados de manera genérica “izquierdas” estaba en crisis y en retroceso y, con el estadolibrismo cuestionado al final de la Guerra Fría, la propuesta más atractiva y de más coherencia fue el estadoísmo animado por la atrayente figura de Rosselló González.

La revitalización de un discurso de la resistencia original y prometedor se desarrolló donde menos se esperaba. Un problema de la vieja época de la Guerra Fría sirvió de laboratorio al mismo. Me refiero a la presencia de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques y sus prácticas de combate en la isla municipio desde 1947.

 

julio 29, 2015

Ramón E. Betances Alacán: el separatismo y las izquierdas. Tercera parte

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Los anarquistas y socialistas franceses no identificaban el concepto “independencia” con el concepto “libertad”. La postura es comprensible. Para los anarquistas, por un lado, la independencia no garantizaba la eliminación de la coerción de una  estructura artificial como el estado sobre el individuo al que consideraba el protagonista de los procesos sociales. Para los socialistas, por otro lado, aquel proyecto sólo le quitaba el poder a una clase explotadora extranjera para dársela a otra local pero de ninguna manera redimía de la explotación del capital. En ese sentido, para ninguna de las dos tradiciones antisistémicas la independencia hacía un buen servicio al progreso de la situación del individuo o de las clases explotadas. La independencia era una forma de continuar ambas o de perpetuar el sistema. Aquella lógica estaba más que clara en numerosos anarquistas y socialistas que no veían razón alguna para  reconocer legitimidad a la causa independentista cubana y, en consecuencia, a la de Puerto Rico.

Louise Michel

Louise Michel

Como ya he señalado, lo innovador del conflicto de 1895 a 1898 en Cuba era que, como la lucha de Armenia, Macedonia o Creta, se podía popularizar entre las izquierdas como la expresión de un combate secular contra dos imperios religiosos retrógrados y decadentes como lo eran España o Turquía. No hay que olvidar que ese fue el tono dominante en la discursividad de una muestra significativa en los escritores estadounidenses que evaluaron y legitimaron la toma de Puerto Rico por las fuerzas estadounidenses en 1898, según hemos comentado el sociólogo José Anazagasty Rodríguez y el que suscribe en dos volúmenes de ensayos. Lo que justificaba el apoyo a aquellos proyectos separatistas, secesionistas o independentistas era que los interpretaban como resistencias de profundas raíces populares y no su regionalismo o proto-nacionalismo.

Sin embargo, aquel carácter secular era una impresión cuestionable. En el contexto europeo el anti-islamismo de los separatistas armenios, macedonios o cretenses era una fuerza que se apoyaba también en el cristianismo ortodoxo. En el caribeño, la guerra no se hacía contra el catolicismo español ni implicaba una renuncia al mismo después de la independencia y muchos de los rebeldes no dejaban de ser católicos. El balance entre lo religiosos y lo político en el separatismo de fines del siglo es un asunto que valdría la pena investigar con calma, dada la costumbre dominante de asociar esa propuesta con el anticlericalismo y el secularismo modernos. Lo cierto es que la modernidad es mucho más compleja que ello y no puede interpretarse desde una estrecha postura dualista. Betances Alacán era un pensador anticlerical y secular que convergía por ello con anarquistas y socialistas franceses sin participar activamente de aquellas propuestas. Y estos podían simpatizar con el separatismo sin encontrar en ello una solución a los problemas que consideraban claves en sus esquemas teóricos. El principio de la utilidad y el realismo político, parece dominar la actitud de ambos extremos.

Varias situaciones favorecieron la colaboración ideológica de anarquistas y socialistas franceses con el separatismo. De una parte, la evolución del fenómeno del capitalismo industrial a otro modelo en el cual los sectores financieros dominaban el panorama, el desarrollo de monopolios, trust y grandes conglomerados de capital que ubican la explotación en un nuevo nivel. De otra parte, el fenómeno del imperialismo de fines del siglo 19 y su voracidad con aquellas regiones que no había sido controladas del todo por los poderes más avanzados de Europa, hecho que excede el colonialismo nacido en los siglo 15 y 16. Y por último, el hecho intelectual de que la mayor parte de las certezas de la cultura decimonónica comenzaran a derrumbarse a fines de aquel periodo, fueron la base para una reevaluación de la mirada de ciertos anarquistas y socialistas sobre el asunto de la separación como opción legítima ante el coloniaje.

En aquel nuevo contexto la separación de un territorio pequeño del imperio que lo sojuzgaba podía interpretar como un proyecto progresista. Lo era porque hipotéticamente debilitaba las redes del capital internacional y servía para dejar atrás formas caducas de coloniajes. Algunos anarquistas podían llegar a pensar que con ello se adelantaría el fin estratégico de la “fraternidad universal”. Los socialistas, por su parte, podían interpretar que el derrumbe de los viejos sistemas coloniales allanaría el camino a la “sociedad sin clases”. Ambas posturas se apoyaban en una concepción progresista de la historia y en la confianza en su telos de libertad.

La solidaridad de anarquistas y socialistas franceses y del resto de Europa con los movimientos separatistas en Europa o las Antillas era también la expresión de cuestiones más concretas, por ejemplo, sus luchas concretas en el contexto de las naciones estado  en que se movían: Francia, Italia o España. Las tensiones entre las naciones estado favorecían la toma de posición respecto a cuestiones. En ese sentido, favorecer la causa de Cuba, Armenia, Macedonia o Creta significaba oponerse activamente al estado coercitivo o a las burguesías y las clases dominantes de uno u otro imperio retrógrado. Para las posesiones del Imperio Turco la separación las devolvería a la ruta europea de algún modo. La separación de Creta la condujo a integrarse a Grecia en 1908; Armenia permaneció entre la influencia de turcos y rusos hasta 1918; y Macedonia acabó integrando parte de Serbia en 1912. La separación no significó la independencia en ninguno de los tres casos y, por el contrario, las condujo a la dependencia de otros poderes hegemónicos. Para los territorios pequeños, separarse era la condición para cambiar las relaciones de dependencia. La independencia de los territorios pequeños era inadmisible.

Sebastien_Faure

Sébastien Fauré

Pero en el caso de Cuba y las Antillas, territorios coloniales pequeños, la situación era distinta por el hecho de que había otros actores en el escenario, el más importante, Estados Unidos. Separarse de España los dejaría al alcance de aquel poder que no tenía mucha competencia en el hemisferio a la altura de la década de 1890. La evaluación que hicieron anarquistas y socialistas del papel de Estados Unidos en el conflicto cubano y antillano puede parecer paradójica pero poesía una lógica extraordinaria en el contexto de su tiempo. Otra vez, quien mejor la documenta en el citado Paul Estrade.

En el caso de los anarquistas el juicio sobre el papel de Estados Unidos en el conflicto no era uniforme y producía roces con los sectores separatistas independentistas y parecía favorecer a los anexionistas. Del mismo modo que algunos sectores parecían estar de acuerdo con el separatismo independentista otro lo rechazaban. Anarquistas como Louise Michel (1830-1905), maestra, poeta, trabajadora de la salud y uno de los emblemas de la Comuna de París,  activista de  tendencia blanquista, una de las más influyentes entre intelectuales y estudiantes socialistas franceses de fines de siglo 19,  veía en los estadounidenses que agredían a España una fuerza libertadora y emancipadora. La idea de que los “americanos no tienen otro objetivo que apoderarse de Cuba” era consideraba  falsa porque “el pueblo americano sabría impedirlo”. Michel daba por buena la versión del “Destino Manifiesto” y la concepción de la inocencia americana. Sebastién Fauré (1858-1942), escritor socialista hasta 1888 y anarquista desde ese momento en adelante, también veían en las fuerzas armadas  estadounidenses un aliado legítimo de los cubanos y no un enemigo. Su lógica era la de un republicano progresista: Estados Unidos ayudaría a “expulsar de su territorio el ejército real”. La intervención de Estados Unidos en el conflicto entre cubanos y españoles también fue aplaudida por J. R. Brunet como un acto de apoyo a la liberación ce Cuba y no como un acto imperialista. Aquel sector convergían con el separatismo anexionista pero no con el independentista: entendían que la presencia de Estados Unidos en el futuro de Cuba y de Puerto Rico a la larga cumplía un papel progresista  y no retardatario como sugerían los antianexionistas.

Los socialistas franceses como el antes citado Paul Lafargue, veían en la independencia el nicho de otra república burguesa por lo que se resistían a favorecer la lucha cubana. En buena parte de los casos, según el citado Estrade, prefirieron no expresarse con respecto al tema. Este investigador sostiene que la Segunda Internacional demuestra  “su incomprensión del problemas colonial”. En realidad es que aquellos teóricos comprendían el asunto de un modo muy europeo y hasta ortodoxo que luego fue revisado en el contexto de la Gran Guerra (1914-1918).  Betances Alacán, que era independentista y antiseparatista convencido, debía sentir cierta incomodidad ante aquella lógica teórica.

La posición sobre estas posturas de los anarquistas y socialistas franceses sobre el separatismo, el papel de Estados Unidos, el futuro de Cuba en la independencia, en respaldo a la insurrección, la independencia o la anexión, es crucial para comprender a Betances Alacán y la situación de las clases productivas antillanas al momento de la invasión. No hay que olvidar que en Cuba y en Puerto Rico el movimiento obrero emergente nacido de la era de las aboliciones, tomó una actitud paralela. Influidos por las doctrinas anarcosindicalistas y socialistas,  se resistieron a apoyar los movimientos separatistas independentistas y vieron con buenos ojos la presencia de Estados Unidos en el escenario del 1898. Lo cierto es que el segmento separatista independentista y aquel segmento del anarquismo y el socialismo franceses de fines del siglo 19, veían el problema antillano desde perspectivas distintas. La oposición es comprensible a la luz de sus perspectivas teóricas. La distancia de la clase obrera y sus representantes del independentismo puertorriqueño del siglo 20, un fenómeno que preocupó muchísimo a la nueva historia social de los años 1970, tiene sus raíces en aquel escenario. Los desencuentros entre productores directos y líderes nacionalistas en el siglo 20 tienen en el 1904, 1922 y 1934, tres modelos  extraordinarios. La Unión, la Alianza y el Nacionalismo, pasaron por esa experiencia en momentos muy específicos.

Otras influyentes figuras del anarquismo como el escritor Charles Malato (1857-1938), el geógrafo Elisée Reclu (1830-1905) , el artesano y teórico Jean Grave (1854-1939), entre otros; y socialistas procedentes de las tendencias  blanquistas y ocasionalmente guesdistas, ambas  de influencia marxistas,  apoyaran la causa de Cuba porque la valoraban como una propuesta antimonárquica y anticlerical ejecutada contra un imperio decadente. Todas las opiniones se vertían mirando hacia Cuba. Puerto Rico, sin una resistencia armada, era invisible en la discusión internacional. Después del 1898 la relación entre el separatismo reformulado en independentismo y las izquierdas será reformulada. También habría que inventar de nuevo a Betances Alacán. Una cosa era esta figura bajo España y otra bajo Estados Unidos.

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