Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 18, 2015

Historiografía Puertorriqueña: Abbad y Lasierra y nosotros

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

De la Ilustración a la Modernidad

La Ilustración Española creó las condiciones para el desarrollo de una suerte de «Historia Regional» que interpretó las colonias de un modo distinto al que lo había hecho la literatura historiográfica de los siglos 16 y 17. La obra de Agustín Iñigo Abbad y Lasierra, Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico (1788) es un excelente ejemplo de ello. El lenguaje del fraile reconocía una nueva complejidad en el ámbito colonial. La sorpresa que caracterizaba la discursividad de Gonzalo Fernández de Oviedo en el siglo 16, se había convertido en un juicio que respiraba la certidumbre del racionalismo dominante.

El resultado fue promisorio. Aquella nueva complejidad confirmaba la diversidad socio-cultural de los territorios del Imperio y sugería que lo «americano» y lo «indiano» debían comprenderse en sus propios términos. Desde mi punto de vista, con ello se legitimaba la «diferencia» sin que el reconocimiento implicara un acto de celebración de la misma. Abbad y Lasierra no fue otra cosa que un religioso español integrista como todos aquellos que durante el siglo 18 hablaron en torno a Puerto Rico. La tensión que percibía el escritor entre los de la banda de acá y los de la banda de allá o entre secos y mojados fue, quizá, su mayor aportación a la historia cultural del país.

mapaAbbad y Lasierra estaba en mejor posición para llegar a ese tipo de conclusiones que, por ejemplo, los militares Alejandro O’Reilly (1765) o Fernando Miyares González (1775), por la naturaleza de su aproximación a Puerto Rico. De hecho, el componente «histórico» en el libro de Abbad y Lasierra es mucho más relevante que en aquellos dos autores. Sus observaciones culturales y sociales también. Los capítulos 1-19configuran una «narración lineal» -al menos aspiran a ello- del pasado de la isla. Los capítulos 20-40 son una «descripción» del estado de situación y su potencial futuro. Los ritmos de la escritura cambian de una manera dramática pero mantienen un diálogo esclarecedor. Como contraste, basta pensar en las Noticias particulares de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico de Miyares González en donde los capítulos 1-9 son una «descripción» del estado de situación, mientras el pasado histórico se reduce a «listas» de autoridades civiles y eclesiásticas. Lo «histórico» en Miyares González recuerda la labor propia de un logógrafo y un genealogista.

La «Historia Regional» producida por la Ilustración Española fue apropiada en el siglo 19 como la plataforma idónea para una posible «Historia Puertorriqueña». Correspondió a una intelectualidad que oscilaba entre la mirada Neoclásica y la Romántica fijarle ese papel. Las razones para esa «elección» ideológica son varias. Por un lado, la obra de Abbad y Lasierra es la única mirada «totalizadora» escrita por un autor que, primero, se ignora y, luego al ser descubierto, se venera y se le reconoce el papel de precursor. Por otro, el hecho de que la escritura del religioso incluyera una síntesis de la naturaleza, de la vida civil y cultural de la región y que, además, ofreciera un balance material y sugiriese pistas sobre su potencial futuro, me parece determinante.

Por último, la bibliografía conocida sobre el pasado insular a la altura de 1850 todavía era escasa. El tono teórico del autor no dejaba de ser atractivo. Abbad y Lasierra hablaba con el lenguaje de las «Ciencias Sociales Emergentes» o, por lo menos, apelaba al mismo. El producto era versión de la «sociedad» que la explicaba a la luz de la «naturaleza» en que la misma se desenvolvía. Su concepción de la «sociedad» como un «organismo» más que evolucionaba de lo simple a lo complejo, era expresión de un consenso del siglo 18 que seguiría siendo funcional a lo largo del siglo 19 a la luz del Evolucionismo e incluso del Positivismo, expresiones más acabadas de la Teoría del Progreso dominante.

Todo ello hacía de Abbad y Lasierra un texto atractivo por su modernidad para los intelectuales del siglo 19 al momento de articular un discurso puertorriqueño sobre la puertorriqueñidad. El asunto encierra varias paradojas, por cierto. La primera es que no hubo voces criollas en la literatura histórica insular del siglo 18 y las que hoy se imaginan como criollas -Juan Troche Ponce de León o Alonso Ramírez- no eran comprendidas de ese modo. La segunda es que se trata de la voz de un cura y no la de un laico. La toma de posesión de la obra de Abbad y Lasierra y su transformación en un antecedente de la historiografía puertorriqueña fue crítica, cuidadosa y desigual.La consagración de Abbad y Lasierra como precursor fue producto de la intelectualidad puertorriqueña del siglo 19.La ausencia de consenso se manifiesta con claridad en la mirada de tres lectores excepcionales.

 

De la Historia Regional a la Historia Puertorriqueña

Cuando Alejandro Tapia y Rivera escribió el proemio de la Biblioteca histórica de Puerto Rico (1854) fue muy cuidadoso en su juicio probablemente por el hecho de que no estaba del todo claro respecto a quién era el autor de la obra de 1788. El manuscrito de la Historia… había estaba extraviado, por lo que en el breve texto introductorio, se acredita a un tal Abad (de la Mota), a la vez que se equipara con otro que sí conoce muy bien: la crónica de Gonzalo Fernández de Oviedo. Su crítica se circunscribió a un par de generalidades: apunta que es un texto «no exento de errores» y que su valor radicaba en que el autor había vivido «próximo a la época en que pasaron los sucesos». Los comentarios son tan genéricos como los que producirían una lectura parcial de la fuente o una referencia de oídas. La valoración de la obra de Abad (de la Mota) por su cercanía a la «época en que pasaron los sucesos», sintetizaba el prejuicio propio de Neoclásicos que valoraban el saber «alto» o «antiguo» como más verdadero que el «bajo» o «reciente». Pero aplicado al autor de 1788, aquel hubiese sido una autoridad confiable sólo para el siglo 18. No hay que olvidar que para Tapia y Rivera, el siglo 18 era todavía el «pasado reciente» de una «modernidad» que había comenzado apenas en 1815.

José Julián Acosta y Calbo poseía un criterio más ambicioso hacia el 1866. El mismo provenía de una relación más íntima con el texto: lo conocía mejor que ninguno de su época. Para Acosta y Calbo se trataba de una obra «única» cuyos ejemplares eran «escasos y raros». Su edición anotada y ampliada, llenaría un «lamentable vacío» bibliográfico e intelectual. El lector se encuentra ante el rito de paso que garantizaría a Abbad y Lasierra un lugar de honor en la
Historiografía Puertorriqueña. A diferencia de Tapia y Rivera, Acosta y Calbo vería en la obra una «Historia de Puerto-Rico». Pero se trata de una historia abierta o inconclusa que debía ser puesta al día al socaire de los progresos vividos la colonia. Sus objetivos eran claros. Aseguraba haber hecho un trabajo imparcial al afirmar que había sido «parco en emitir juicios»; y escribía con la intención de que el lector pudiese «seguir cronológicamente» el pasadocolonial. La ansiedad por el relato limpio y lineal es tan obvia como en Tapia y Rivera. Por último, confiaba en que el lector obtuviese «lecciones morales y enseñanzas económicas» de la lectura.

Para Acosta y Calbo, Abbad y Lasierra era el «historiador» de Puerto Rico: el cura español había sido adecuado y puertorriqueñizado. La mirada no dejaba de ser cuidadosa: el comentarista lo catalogaba como «un criterio generalmente adelantado y no muy común en un hombre de su estado y su época». Un cura del siglo 18 que se identifica con el preámbulo de la modernización tenía que ser algo notable. Acosta y Calbo, por último, colectiviza su lectura como antes lo había hecho Tapia y Rivera en el proemio de la Biblioteca...En su caso, agradeció a Julián Blanco Sosa y Calixto Romero Togores, dos Liberales Reformistas de tendencias moderadas y antiseparatistas. Su lectura es la lectura de su generación.

El contrapunto más sonoro lo ofrece Manuel Elzaburu y Vizcarrondo, quien fuera Presidente del Ateneo Puertorriqueño. En 1888, como parte de la conferencia «Una relación de la historia con la literatura» dictada el 20 de febrero, el autor afirmaba que «el historiador moderno en Puerto Rico todavía no había aparecido». El argumento poseía sus mensajes secretos: aplicada aquella lógica cultural a Abbad y Lasierra, significa el deslinde de dos campos: ser Ilustrado no significaba ser Moderno. El siglo 18 ya no era parte de la historia contemporánea inmediata. Si bien Elzaburu y Vizcarrondo no ve el «historiador moderno» en Abbad y Lasierra, tampoco lo descubrió en Tapia y Rivera o Acosta y Calbo, quienes ya tenían una obra notable en ese campo intelectual.

El «historiador moderno» es un fenómeno cultural europeo que ya apelaba al «historiador nacional». Pero para los intelectuales coloniales, ambos conceptos podía representar un problema. De hecho, Elzaburu y Vizcarrondo no ignoraba a Abbad y Lasierra sino que lo reducía o devaluaba a la condición de gran «historiador regional» de Puerto Rico, a la vez que tomaba distancia de aquel. Tampoco desconocía la obra de Acosta y Calbo a quien denominaba el «gran modernizador» por su lectura y anotación de aquel. Pero ser el «gran modernizador» no significaba ser el «historiador moderno».

Me parece que es importante recordar que el contexto de Elzaburu y Vizcarrondo era distinto al de los historiadores de 1850 y 1860. En la década de 1880, sobre las cenizas del Neoclasicismo y el Romanticismo, se había impuesto el Positivismo. Su revisión de la imagen de Abbad y Lasierra era comprensible. Aquí la paradoja es otra: en el Puerto Rico colonial no podía hablarse de un «historiador moderno» ni de un «historiador nacional» mirando hacia la ínsula. La intelectualidad liberal y la autonomista veían al Puerto Rico criollo como un «gesto» de la hispanidad que debía seguir siéndolo, eso sí, bajo condiciones más equitativas. La intelectualidad liberal reformista y la autonomista, imaginaban que los puertorriqueños no sólo eran españoles sino que querían seguir siéndolo y que debían seguir siéndolo siempre acorde con la idea del Progreso.

 

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 28 de Marzo de 2014

marzo 5, 2011

André Pierre Ledrú: Puerto Rico en 1797

Fragmento de André Pierre Ledrú. Relación del viaje a la Isla de Puerto Rico, en el año 1797 por el naturalista francés en traducción de Julio L. Vizcarrondo. Imprenta Militar de J. González, Puerto Rico, 1863.

A las seis estábamos frente a la isla desierta de la Culebra, y al día siguiente, a mediodía, el Triunfo echó el ancla en la rada de San Juan, capital de Puerto Rico. En seguida el Capitán bajó a tierra para visitar a S. E. Don Ramón de Castro, Gobernador de la provincia, y a M. París, Agente comercial de la Francia. El primero le permitió desembarcar en la Isla, y ocuparse en ella con sus colaboradores en los trabajos relativos al objeto de la expedición. El segundo le prometió todos los socorros de dinero y víveres que dependieran de su ministerio. Desde este momento la tripulación del Triunfo tuvo la libertad de bajar a tierra.

El día siguiente el Capitán hizo desembarcar todas nuestras colecciones, que fueron cuidadosamente transportadas a la fonda, del Correo. El director de este establecimiento público prestó generosamente su jardín para depositar en él las plantas vivas, y puso a nuestra disposición tres aposentos.

Sábese cuanto gustan a los Españoles las fiestas y las ceremonias públicas. En Europa son apasionados a las corridas de toros; en América por las carreras de caballo. Hacía dos días que este último espectáculo ocupaba a la ciudad entera, que me pareció convertida en un vasto picadero. Una multitud de habitantes de los campos habían concurrido para esta diversión. Imagínense tres a cuatrocientos caballeros, enmascarados o vestidos con trages extraños, corriendo sin orden por las calles, tan pronto solos, tan pronto reunidos en grupos numerosos. Por aquí, muchos petimetres disfrazados de mendigos divertían a los espectadores con el contraste de los harapos que los cubrían y el rico arnés de los corceles que oprimían; por allá levantaba una polvareda un grupo de jóvenes oficiales. Muchos franceses, mezclados con ellos, eran reconocidos fácilmente por su ligero y bullicioso talante. Su amable locura, variada bajo mil formas diferentes, esparcía a su paso la risa y la alegría. Muchas jóvenes entraron en la lid; todas se llevaron el honor de la carrera, tanto por su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafrén. Dudo que nuestras bellas de París puedan disputar con las amazonas de Puerto Rico el arte de manejar un caballo con tanta gracia como atrevimiento. La velocidad de estos caballos indígenas es admirable: no tienen trote, ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo más atento no puede seguir el movimiento de sus patas.

Los habitantes de Puerto-Rico celebran con semejantes carreras las principales fiestas del calendario romano, especialmente las de Pascuas, San Juan, Santiago, San Mateo. Desde la víspera viene a la ciudad un gran número de ginetes de todos los puntos de la Isla. Los juegos comienzan a mediodía precisamente y continúan sin interrupción hasta la noche. Es un espectáculo agradable ver las calles y las plazas llenas de corredores al galope; y los balcones, las puertas y hasta los techos llenos de curiosos: por todas partes se oyen risas, provocaciones que recuerdan los picantes placeres del carnaval. Al día siguiente la fiesta toma un carácter más serio. El Gobernador, seguido de los miembros del Cabildo, de la oficialidad, de la nobleza, escoltado por la guarnición, todos a caballo y ricamente vestidos, sale a las nueve de la casa consistorial: el cortejo recorre gravemente las principales calles, al sonido de una música guerrera, y se dirige en seguida hacia la Catedral, en donde se celebra una solemne misa, terminada la cual vuelve en el mismo orden a la casa consistorial; y entonces dan principio de nuevo las carreras de la víspera, que duran hasta por la noche, aunque ésta no siempre da la señal de retirada. El gusto por las cabalgatas, general en toda la Isla, degenera a menudo en locura, y ocasiona gastos que arruinan a más de un padre de familia: colono hay, poco favorecido por la fortuna, que se priva durante seis meses de muchos goces ordinarios para distinguirse en las primeras carreras por la elegancia de su trage y la riqueza del arnés de su caballo.

Amazona de José Campeche

La permanencia de las ciudades es poco conveniente a los naturalistas: en el campo, a la entrada de los bosques, es donde deben fijarse para observar y recoger a su satisfacción las más bellas producciones del suelo. San Juan de Puerto-Rico, situado a la extremidad de una lengua de tierra, entre la mar y una rada, era poco propio para el género de trabajos que debíamos emprender: el comisario París viendo la necesidad de procurarnos un alojamiento en otra parte, obtuvo permiso del Sr. O’Daly, negociante irlandés y propietario de una hacienda situada a tres leguas de la ciudad, para que pasáramos en ésta algunos meses.

Dos días después, [Nicolás] Baudin y mis colegas se hallaban instalados en esta nueva vivienda. El 28 de julio fui a reunirme a ellos: una canoa me trasportó a la extremidad de la bahía que recibe las aguas de Puerto-Nuevo. Remonté este río en la extensión de una legua: sus pantanosas orillas están cubiertas de helechos, de bejucos, de manglares (como Carpas erecta, C. rasemosa L.) y de paletuvios (Rhizo-phora mangle L.) Las ramas de este arbolillo en su mayor parte vuelven a caer a tierra, se arraigan en ella y producen nuevos tallos que a su vez implantan sus flexibles brazos en el limo. Estas ramas raíces están ordinariamente cubiertas de ostras (Ostreaparasítica L.) que se adhieren a ellas y permanecen descubiertas en la marea baja. Esto es lo que da motivo a decir que en América se cogen ostras en los árboles. Después de desembarcar, atravesé un pasto al fin del cual se encuentra la hacienda nombrada San Patricio que se nos había concedido.

Todas las haciendas de Puerto-Rico son semejantes, salvo algunas diferencias ocasionadas por el gusto, el lujo o los medios del propietario. La nuestra estaba compuesta de una casa principal, construida de madera y cubierta de hojas de caña; de un vasto tinglado que cubre los molinos puestos en movimiento por bueyes y que sirven para exprimir el jugo de las cañas recientemente cortadas: de otro en que se depositan esas mismas cañas, después de haber sido exprimidas entre dos cilindros de cobre, bajo el nombre de bagazos, para alimentar el fuego de las calderas; de un edificio construído de mampostería y que contiene la azucarería, los alambiques y el almacén. Las chozas en que se alojan los negros están reunidas en tres líneas rectas y paralelas.

Los naturalistas permanecieron dos meses y medio en San Patricio. Durante este tiempo, cada cual se entregó con entusiasmo, a pesar de las lluvias y del calor, al género de trabajos que le estaba designado.

Dos meses y medio hacía que recorría yo los alrededores de San Patricio, a cuatro o seis leguas de distancia, para conocer las producciones vegetales; y ya tenía curiosidad de visitar otras comarcas de la Isla, sobre todo algunos anillos de esa cadena de montañas que la atraviesa en toda su longitud.

Baudin, deseoso como yo de fijarse en otra parte, me encargó que hiciese un reconocimiento hasta el pueblecillo de Fajardo, situado en la costa oriental de la Isla, a catorce leguas de San Juan, a fin de buscar allí algún alojamiento conveniente para nuestro género de ocupaciones.

Partí el 5 de noviembre, acompañado de un guía y provisto de cartas para algunos colonos, a los que me proponía pedir de paso la hospitalidad.

Después de haber pasado las fortificaciones avanzadas de la ciudad y haber andado durante una hora por un terreno arenoso, cubierto de acacias (Mimosa), icacos (Chrysobalanus icaco L.), pajuiles (Anacardium occidentale L.) y otros arbustos, llegamos a la boca de Cangrejos, que se ha hecho célebre desde que los ingleses operaron allí su infructuoso desembarco el 17 de abril de 1797. No hay en ella ni puente, ni barca para la comodidad del pasagero; nos vimos obligados a pasar esta peligrosa boca con agua hasta la cintura, dirigiendo nuestros caballos por los arrecifes: el océano bate con furor esta especie de dique natural que se adelanta un metro bajo el agua. Cada ola levantaba nuestras monturas, que iban bamboleando; y la cima de las olas, reducida a lluvia por el viento norte, bastante fuerte, nos mojaba completamente.

Los habitantes de Cangrejos, casi todos negros o mulatos, han comprado con su industria la libertad de que gozan. Aunque habitan un suelo árido, cultivan con buen éxito muchos frutos y legumbres para el consumo de San Juan. Este pueblecillo cuenta ciento ochenta casas y sobre setecientos habitantes.

El territorio de esta comarca es inundado en parte por un lago de agua salada y abundante de pesca, cuyas orillas están cubiertas, en muchos lugares, por manzanillos (Hippomane mancimella L.)

Desde la boca de Cangrejos hasta el río de Loíza, cuatro leguas más lejos, el camino es uno de los más agradables de la Isla. Trazado a orillas del mar, entre dos líneas de arbolillos siempre verdes e impenetrables a los rayos del sol, se parece a las calles de nuestros bosquecillos, cuya sombra y verdura ofrecen al amigo de los campos un agradable paseo.

Atravesamos sin apearnos el lindo pueblecito de Loíza. que contaba en 1778 mil cuatrocientos dos habitantes y ciento tres casas; y está situado cerca de la embocadura del río que lleva su nombre. Durante tres horas continuamos andando cerca de la orilla del mar, por un terreno arenoso en medio de vastas sabanas cubiertas en muchos lugares de palmeras, de comocladias (Comocladia intergrifolia, Com. dentates L., C. ilicifoloa Sw.), de uveros (Coccoloba uvífera, C. excoriata L., C. diversifolia nivea Jacq.), de pinas, de naranjos y de plátanos.

El suelo se hace más compacto y más cubierto, a medida que se aleja uno de las costas y se interna en los campos; pero los caminos son menos cómodos. Muchas veces nos vimos obligados a atravesar montañas cubiertas de hermosos árboles; pero las cuestas son tan rápidas y malas que nuestros caballos, aunque habituados a estos senderos, bamboleando a cada paso amenazaban sepultarnos en el lodo.

Estas dificultades provienen de la humedad continua del suelo, mantenida por la sombra de las ramas que pendían sobre nuestras cabezas, y el inconcebible descuido de los habitantes, que cuando tienen que abrirse un camino por los bosques, se contentan con tumbar los árboles que les incomodan, sin cuidarse de la dirección que los mismos árboles toman al caer. Veinte veces nos detuvieron troncos enormes atravesando en el sendero y que permanecerán allí hasta que sean reducidos a polvo por la acción de los elementos. En fin llegamos a Fajardo poco antes de ponerse el sol.

Yo llevaba una carta de recomendación para Don José, rico colono que hacía largo tiempo se había fijado en aquella parte de la Isla, y obtuve por su parte la mejor acogida. Su casa está construida en la cima de un montecillo, por cuyo pie corre un arroyo. Desde aquella elevación la vista se esparce sobre una vasta sabana que embellece una eterna verdura, dividida en praderas o en campos de cañas, de en medio de las cuales se elevan aquí y allá otros montecillos aislados cubiertos de árboles montaraces y de café: algunas cabañas diseminadas en las llanuras o en los flancos de las colinas animan este lindo paisage.

No pude descubrir en Fajardo alojamiento propio para los naturalistas y partí de este pueblo el 11 de noviembre, acompañado de un guía que me proporcionó Don José; pero en vez de seguir el camino ordinario que conduce a San Juan, tomé a la izquierda el sendero de los bosques, a fin de aproximarse a las altas montañas de Aybonito, famosas por las cascadas, los sitios pintorescos y los árboles preciosos que se encuentran en ellas: después de cinco horas de marcha llegué a su pie. Mi guía iba delante en el bosque, conduciendo nuestros dos caballos de mano; yo le seguía, separándome aquí y allá para coger flores; y frecuentemente me detenía para admirar las bellezas de aquellos lugares salvages.

Empero, la noche se aproximaba y estábamos a cuatro leguas de distancia del pueblo más cercano. Al salir del bosque no descubrí más que una vasta llanura en la que no se veía una sola cabaña. Mi guía me dijo entonces: detrás de aquel platanal que limita nuestro horizonte, hay una hacienda; ése es el único asilo en que podemos pasar la noche… Vamos allá… Andábamos paso a paso según estaban de malos los caminos: llegamos al fin a la casa de Don Benito, situada cerca de las orillas del Loíza. Yo estaba agonizante de cansancio y de frío, y apenas tenía fuerzas para hablar.

Empleé los días siguientes en visitar las plantaciones de caña, las de café y los talleres de mi huésped. ¡Qué diferencia, pensaba yo, entre esta hacienda y muchas de las que he visto hasta hoy. En aquellas un amo avaro y cruel tiene sin cesar la verga de la tiranía y aun el hacha de la muerte suspendidas sobre la cabeza de sus desgraciados negros: aquí estos africanos no tienen más que el nombre de esclavos, sin sufrir las cadenas; bien vestidos, bien alimentados con una robusta salud, trabajan con celo para un colono bien hechor que dobla sus ganancias aliviando las desgracias de aquéllos.

Durante mi permanencia en casa de Don Benito, fui testigo de un baile que daba el mayordomo de la hacienda para celebrar el nacimiento de su primer hijo. La reunión estaba compuesta de cuarenta a cincuenta criollos de los alrededores, de uno y otro sexo. Algunos habían venido desde seis leguas de distancia, porque estos hombres, de ordinario indolentes, son muy apasionados por el baile. La mezcla de blancos, mulatos y negros libres formaba un grupo bastante original: los hombres con pantalón y camisa de indiana, las mugeres con trages blancos y largos collares de oro, todos con la cabeza cubierta con un pañuelo de color y un sombrero redondo galoneado, ejecutaron sucesivamente bailes africanos y criollos al son de la guitarra y del tamboril llamado vulgarmente bomba.

Habíase preparado, en un aposento contiguo, una mesa compuesta de crema, café, sirop, casabe, confituras y frutas: éstas eran piñas, aguacates, guayabas, zapotes, cocos maduros o en leche. En este último estado el coco ofrece una bebida deliciosa; en vez de la almendra que no está aún formada, presenta un licor blanco, semejante en el gusto a la leche azucarada. Las confituras eran, una mermelada azucarada de guayabas, naranjas, calabazas, albaricoques, mameyes y papayas.

Después de mi salida de Fajardo, mi vida en San Patricio fue bien triste: las continuas incursiones por los bosques y sabanas pantanosas alteraron mi salud, y el 7 de enero de 1798 fui atacado de una fiebre gástrica intermitente que se manifestó con síntomas alarmantes. Cubrióseme todo el cuerpo de una erupción exantemática de tres centímetros de espesor y un decímetro de estensión: enflaquecí, perdí el apetito, y el estómago dejó de funcionar: al verme en este estado el Capitán me hizo conducir a la casa del Doctor Raiffer en la ciudad. El restablecimiento de mi salud lo debo a ese Profesor, que durante veinte días me prodigó todos los recursos del arte y los cuidados de un cariñoso amigo.

Con objeto de continuar mis estudios sobre la Historia Natural y Estadística de esta bella Isla, salía a menudo a San Juan, y me dirigía a distintos puntos cercanos. El mercado de Puerto-Rico se surte de las aves, frutas y legumbres que conducen diariamente a su puerto las lanchas que bajan por los ríos de la costa norte: al regreso de esas embarcaciones me unía a sus conductores y subía con ellos, ora el río de Bayamón o el de Toa, ora el de la Vega o Manatí, y cuando me encontraba a 20 ó 25 kilómetros al interior del país saltaba a tierra y me dirigía a cualquier casa, donde seguramente se me recibía con las mayores muestras de hospitalidad; una vez allí, recorría las inmediaciones y regresaba luego a la Capital por la misma ,vía, cargado de una gran cosecha plantas. A estos viages debí el enriquecimiento de mis herbarios y el conocimiento del interior de la Isla y de los usos y costumbres de sus habitantes.

Puede consultar además: Documento y comentario: André-Pierre Ledrú (1810) donde hace recomendaciones específicas para el adelantamiento o progreso de la colonia.

Comentario:

El libro de Ledrú se publicó en 1810. Su expedición se realizó desde los primeros meses de 1797, poco después de la Invasión Inglesa. La traducción corresponde al líder liberal y abolicionista Julio L. Vizcarrondo y es de 1863. Ledrú es francés, nacido en Chatenai, cerca de Le Mans y es un naturalista y un hombre de ciencia. Su interés estaba cifrado en la naturaleza, pero entró en observaciones antropológicas y sociológicas muy originales. El viajero llegó a San Juan en el “El triunfo” con Nicolás Baudín. Fue recibido por el gobernador Ramón de Castro, el Agente Comercial francés Monsieur Paris, y de hospedó en la fonda el Correo, donde ocupó el jardín y tres habitaciones. La alianza hispano-francesa explica la apertura a una expedición científica de aquella naturaleza.

Ledrú reconoce “cuando gustan a los españoles las fiestas y las ceremonias públicas” y de inmediato establece un contraste: en Europa son famosas las “corridas de toros” y en América las “carreras de caballos”. Las “cabalgata(s)” son una costumbre de “toda la isla”, indicativo de que la condición de “caballero” tiene un gran valor social. De inmediato describe el Carnaval de San Juan con la precisión de un cronista: “cuatrocientos caballeros enmascarados”; numerosos “petimetres (petit maître o señoritos) disfrazados de mendigos”, “jóvenes oficiales” y “franceses mezclados con ellos”. Lo que más le impresiona es la presencia de “muchas jóvenes” caracterizadas lo mismo por “su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafrén” o caballos mansos. Sus observaciones sobre los caballos contrastas con las de John Layfield de 1598: los caballos “no tienen trote, ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo más atento no puede seguir el movimiento de su patas”  en una alusión al paso fino. Las cabalgatas son comunes en las fiestas de Pascuas, San Juan, Santiago, San Mateo. El Carnaval iguala socialmente a la gente a la luz de los “picantes placeres”, observación que sugiere un rico contraste con las Peregrinaciónes a un lugar sacro que también igualan pero a la luz de la “fe”.

De San Juan pasa a la Hacienda San Patricio de Tomás O’Daly donde permanece dos meses. O’Daly era militar de origen irlandés, y Miguel Kirwan, su socio de negocios en la empresa. El viaje se hizo en canoa y el traslado por tierra en caballos. Lo más valioso de esta sección es la descripción de una hacienda típica:

1. Contiene “una casa principal” de madera y cubierta de hojas de caña

2. Posee “un vasto tinglado” para los molinos que ya poseen cilindros de cobre y son movidos por bueyes. El autor aclara que el bagazo se usa de combustibe para las calderas.

3. Un “edificio (…) de mampostería” para “la azucarería, los alambiques y el almacén”

4. Y “las chozas” para los negros en tres líneas rectas y paralelas

Se trata del retrato de un hombre poderoso del interior.

Luego describe su viaje a Fajardo. El paso por la boca de Cangrejos, población de “negros o mulatos” libres, y por la desembocadura del Río Grande de Loíza y el “lindo pueblecito de Loíza” son literariamente ricos. En el proceso, anota las dificultades para un viajero en la isla. No hay “ni puente ni barca” para cruzar por Boca de Cangrejos, el viaje es difícil por la “humedad continua del suelo” y el peligro de los caminos, y le impresiona “el inconcebible descuido de los habitantes” con los mismos ya que no les dan mantenimiento alguno. La ausencia de infraestructura para el transporte, el clima tropical húmedo y la desidia de los vecinos se combinan para explicar el atraso.

Ledrú documenta una entrevista con “Don José, colono rico” de Fajardo, productor de caña y café y poseedor de predios montaraces. De regreso realizó una gira por las Montañas de Aybonito y tuvo que pasar la noche en “la casa de Don Benito”, cerca del río Loíza también plantador de caña y café. Benito es un esclavista humanitario: “aquí estos africanos no tienen más que el nombre de esclavos”. Los datos sugieren que café y caña competían la tierra en condiciones pares al menos en la zona visitada por Ledrú. En aquella hacienda Ledrú fue testigo de un baile de bomba por el nacimiento del hijo del mayordomo. La descripción es extraordinaria: 40 a 50 “criollos” definidos como “indolentes” pero “muy apasionados al baile”, asistieron. Eran gente dispuesta a mezclarse: “blancos, mulatos y negros libres”, ejecutaban “bailes africanos y criollos”.  También se detiene en las comidas -crema, café, sirop, casabe-, en las frutas -piñas, aguacates, guayabas, zapote, cocos maduros o en leche-, y en las confituras o frutas en almíbar elaboradas a base de guayaba, naranja, calabaza, albaricoques, mameyes y papayas.

Por último, comenta como San Juan se suple de alimentos frescos. Hay un rico tráfico de lanchas procedentes de la costa norte  a través de los ríos Bayamón, Toa, Vega y hasta Manatí. El tránsito de lanchas desde y hacia el interior de la Isla era enorme y, en cierto modo, suplía la escasez de caminos, a la vez que facilitaba una labor común en aquel entonces: la pesca.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador

Fernando Miyares González: Puerto Rico en 1775

Fragmento de Fernando Miyares González. Noticias particulares de la Isla y Plaza de San Juan Bautista de Puerto Rico. Actual estado, noticia de los pueblos siguiendo de norte a sur, y diferencia que se advierte según el antiguo estado de la Plaza e Isla y el presente. Año 1775. Tomado de Noticias particulares de la isla y Plaza de San Juan bautista de Puerto Rico. Río Piedras: UPR, 1954.

En el día tendrá esta ciudad [de San Juan] trescientas y cincuenta tuesas de longitud y poco más de doscientas de latitud. Sus calles principales corren de este a oeste y son cortadas por otras en ángulos rectos. El mayor número de casas son de un alto; otras, terreras de piedra y algunos barrios de bojíos o chozas cubiertas de paja o yaguas, siendo notable la ventajosa diferencia que se advierte, así en el mayor número de casas como en la reedificación de muchas que acompañadas del famoso frente que presenta a la plaza el castillo de San Cristóbal, le facilitan una lucida vista.

Hállase enteramente concluido el frente de tierra de esta plaza, cuya situación por la parte norte se eleva como unos cien pies sobre el nivel del mar y desciende su terreno hasta formar playa en la bahía. Su fortificación consta de un semibaluarte llamado del Norte, un baluarte plano y otro que se nombra de Santiago. En frente de las cortinas que resultan de los dichos tres baluartes se han construído dos revellines, de los cuales, el que está entre el semibaluarte del Norte y el plano, se llama de San Carlos y el otro, del Príncipe. Entre estos dos revellines (cuya situación corresponde en frente del ángulo flanqueado del baluarte plano) se halla una plaza de armas llamada de la Trinidad, por constar de tres baterías en anfiteatro que siguen la irregularidad del terreno, teniendo así ésta como los revellines su foso que se comunica con el principal. Toda esta obra está guarnecida de un camino cubierto, con sus traversas correspondientes y estacada. En la cortina que está entre el baluarte plano y el de Santiago se halla la puerta de este nombre, única para salir a la campaña con carruajes, cubriéndola, como se ha dicho, el revellín del Príncipe.

Castillo de San Cristóbal

Toda la muralla principal de este frente de tierra se ha levantado y engrosado sobre el recinto antiguo, pero los revellines y demás obras exteriores se han formado desde cimientos.

En el baluarte plano hay construido un caballero o macho, cuyas obras, juntas con el semibaluarte del Norte, tienen la nominación del castillo de San Cristóbal, detrás del cual hay una grande plaza de armas con sus bóvedas, en las que puede alojarse cómodamente un batallón. Asimismo, hay un magnífico aljibe que consta de cinco bóvedas igualmente a prueba; resultando por el cálculo que con prolijidad se ha hecho que sobran aguas para llenarse en un año, pues aprovecha todas las vertientes del castillo.

Entre las caras, flancos y cortinas de las obras de este frente, se pueden montar cien piezas de cañón. Los glaciales se hallan contraminados, pero ignoro su detall.

El castillo del Morro está situado en la punta más occidental de la plaza. Se halla, en el día, en un bellísimo estado para impedir la entrada en el puerto de los navíos enemigos, pues sus tres principales baterías de cañones, que por la natural pendiente del terreno hacia la mar logran la situación de anfiteatro y corren por todo lo largo del castillo, tienen sus fuegos en tal disposición que pueden seguir la nave por toda la canal. Se continúan sus obras con el mayor esfuerzo, pues desde que se concluyó el frente de tierra es el único objeto, por lo que se reunieron en él todas las fuerzas. (Su figura como antes he dicho) es irregular, principalmente por los costados que miran al mar, pues en éstos, por la irregularidad del terreno y aprovechar el recinto antiguo, ha sido preciso dejar algunos ángulos muertos, aunque vistos por sarracena que a este efecto se han construido. El único frente hacia la plaza está fortificado con una cortina y dos semibaluartes. Debe igualmente hacerse en la parte superior del castillo una batería de morteros y en la inferior un aljibe, para la cual hay suficiente capacidad y podrá proveerse de agua la guarnición de un batallón, que es la que admiten cómodamente sus bóvedas a prueba, de suerte que puede muy bien este castillo, aún en el adverso accidente de perderse la plaza, resistir lo suficiente para hacer disputable su posesión.

Resuelto por S. M. aumentar la guarnición de esta plaza con dos batallones de infantería y una compañía de artilleros del ejército, se expidió la orden correspondiente, con fecha de veinte de septiembre de setecientos sesenta y cinco y con la de trece de junio de sesenta seis, se aprobó la reforma del batallón fijo y compañía de artillería de la antigua dotación, comunicándose en la primera haberse dado los avisos correspondientes al virrey de México para el envío de los cien mil pesos asignados a reales obras.

Aumentóse igualmente al cuerpo de ingenieros, un ordinario que corre con el detall y tres subalternos que subsisten y a la maestranza de fortificación, los maestros mayores, aparejadores, canteros y demás que corresponden al número de seiscientos forzados, brigadas de tropa y peones voluntarios que trabajan diariamente en reales obras.

Inmediatamente se embarcó en El Ferrol para esta isla el regimiento de León y una compañía de artillería, cuyo capitán se encargó del mando de este ramo, estableciendo sin pérdida de tiempo maestranza para construcción de cureñas, parque, sala de armas, almacenes y demás trenes de que carecía absolutamente la plaza, lográndose por este medio y el eficaz celo del referido comandante, teniente coronel don Josef Pedraza, hallarse hoy pertrechada con el mayor arreglo y abundancia en sus repuestos, de modo que no le falta circunstancia conducente a dar una gloria a las armas del rey en cualquiera acontecimiento de guerra.

Pidiendo ya esta plaza, por su mayor consideración, un cabo subalterno en quien recayese el mando de ella por ausencia y enfermedades, creó S. M. la tenencia de rey por su real orden de trece de febrero de setecientos sesenta y ocho, confiriéndola con tres mil pesos de sueldo anual al teniente coronel graduado y capitán de granaderos del regimiento de infantería de Toledo don Josef Tentor.

Exigiendo estos crecidos expendios de caudales mayor formalidad y despacho en la real contaduría, dispensó S. M. a los oficiales reales de ella, por Real orden de veinte y dos de julio de setecientos sesenta y cinco, la gracia de que se les guardasen los mismos privilegios que a los de Caracas y por otra de diez y ocho de febrero de sesenta y seis, se les aumentó el sueldo hasta la cantidad de mil y doscientos pesos anuales, en lugar de los quinientos setenta y cuatro que gozaban antes.

Para más bien poder atender al cúmulo de asuntos que ocurren, resolvió el rey, por su orden de doce de junio de mil setecientos sesenta y seis, crear en la misma contaduría las plazas de oficial mayor, con quinientos pesos al año y la de segundo, con cuatrocientos, cuyos empleos subsisten auxiliados con algunos escribientes supernumerarios, que se consideran indispensables por constar esta oficina de treinta y seis ramos, sin otras muchas ocupaciones extraordinarias que llenan bastante tiempo.

Para resguardo de rentas hay un guarda mayor con treinta pesos mensuales y sus gajes; dos cabos de ronda con veinte pesos cada uno y tres guardas con quince. En los demás pueblos de la isla, para la recaudación de reales intereses se consigna ordinariamente a los tenientes a guerra.

Por Real cédula de veinte y seis de agosto de setecientos sesenta y cuatro, se creó en esta isla el nuevo establecimiento de Correos de los dominios de España a los de estas Indias Occidentales, teniendo por objeto S. M. los perjuicios que ha ocasionado la retardación en el cumplimiento de sus reales órdenes y de las providencias de justicia, trascendiendo a los vasallos ultramarinos, cuyas quejas o recursos llegaban con tal atraso y dificultad que las decisiones más imparciales y prudentes se frustraban por la mudanza de circunstancias.

Es esta caja la primera donde tocan los correos de España. Sin detenerse más tiempo que el preciso para entregar y recibir la correspondencia continúan a la Habana. Para el cargo y gobierno de este ramo hay un administrador principal con mil y trescientos pesos al año y un oficial mayor interventor con quinientos pesos, cuyos sueldos y demás gastos cubre la misma renta.

En el referido año de mil setecientos sesenta y cinco, terminó la época miserable de esta isla que en muchos tiempos estuvo constituida, pues es increíble el conocido aumento que ha tenido en todas sus partes debido a las crecidas entradas de caudales en reales arcas, que por situación corresponde su expendio anual a cuatrocientos ochenta y siete mil, ochocientos cincuenta y ocho pesos, siete reales.

La circulación de éstos y demás proporciones que exige el mayor comercio dio fomento a varios vecinos que se aprovecharon del primer tiempo para adquirir caudales, pues aunque no pasan de cuatro los sobresalientes, son muchos los de diez a veinte mil pesos y es evidente que si a esta isla se le facilitasen arbitrios para proveerse de negros a un moderado precio, lograrían sus habitantes las mayores ventajas y el rey infinita utilidad en sus derechos, respecto a que por carecer en el día de este auxilio sólo extienden las siembras a lo pre­ciso para vivir.

Conociendo yo que estas noticias, por su mala narración y poco orden, no sufragan la pena de leerlas, he procurado ceñirme a las más inexcusables, prefiriendo siempre no embarazar el tiempo con molestas digresiones.

Noticia de cada pueblo en particular, siguiendo de norte a sur(…) [Costa oeste]

(12) Aguadilla

Es población moderna de la isla y la que ha tenido mayores oposiciones en su principio siguiendo dilatadas competencias judiciales sus fundadores con los vecinos de Aguada, de quien se separó. Pero instruido el actual gobernador muy por menor de lo más conveniente, por un ministro de la Real Audiencia de Santo Domingo, que la casualidad de una arribada le hizo conocer en este asunto, se determinó con arreglo a su acertado dictamen y se libraron los expedientes para el efecto de la división real, con fecha de primero de febrero de mil setecientos setenta y cinco. En este corto tiempo han dado manifiestas pruebas los nuevos pobladores de la justicia con que se les protegió, pues se dedican incesantemente a la conclusión de la iglesia, cuya fábrica siguen de piedra.

A este puerto llegan las flotas, navíos de azogues y otros de guerra y machantes a hacer agua y refrescar víveres. Su situación es amena y deliciosa, por cuya razón le llamaban los indios naturales de esta isla, Guadá, que quiere decir en su idioma jardín, aunque después se ha vulgarizado con el de Aguada, por la que allí se hace cogiéndola de las mismas bocas de dos ríos y dos quebradas, las cuales están rodeadas de naranjos, limones y otros árboles frondosos que patentizan su fertilidad.

Con motivo de haber estado hasta ahora comprendido este territorio en la jurisdicción de la Aguada, ha llevado aquel nombre y no el de Aguadilla, a el cual debe el primero mucha parte de los elogios que le dispensan los pasajeros.

Hay en este paraje varias casas a lo largo del puerto, cuyas inmediaciones son sumamente agradables; un río nombrado Culebrinas va serpenteando por la playa y se introduce a la tierra más deliciosa suceden alternativamente caños y quebradas que forman la más hermosa vista. Por una parte se descubren palmares, úcares y otros árboles de gran magnitud; por la otra, platanales, espinillos y monte bajo; aquí bosques de naranjos y limones con la más exquisita fragancia; al otro lado, fértiles estancias; de suerte, que todo parece que concurre para el recreo de los sentidos.

El río Culebrinas no es donde hacen aguada las embarcaciones, aunque atraviesa la playa, sino el riachuelo llamado Aguadilla, que se halla al este de este puerto, capaz de contener muchos navíos, pero tienen la falta de estar casi descubierto del norte.

(13) Aguada

Dista este partido del anterior legua y media de camino bueno. Su fundación fue la quinta de la isla. Tiene el pueblo unidas ciento y ochenta casas, dos compañías de infantería y una de caballería y un cuerpo de milicias disciplinadas con su correspondiente casa de cuartel. El terreno es muy abundante y fértil.

Al oeste está el puerto llamado la Peña de San Francisco, capaz de navíos de guerra y fue el primero que se descubrió en la isla.

(14) Rincón

Esta población fue fundada por el actual gobernador don Miguel de Muesas, en veinte y siete de julio de 1771. Sus vecinos continúan aplicados y promete ser un pueblo muy útil, así por la fertilidad de sus terrenos como por el buen uso que hacen de ellos.

(15) Añasco

Para llegar a este partido se anda parte del camino por la orilla del mar y como la playa es monte bajo y arenal, hace allí un calor insufrible, cuando en otras partes será tolerable. Una legua larga antes de llegar al lugar, se encuentra un puerto espacioso del mismo nombre, cubierto del norte, pero muy lleno de bajos. Es aquí penoso el hacer aguada, porque mezclándose el agua de la bahía con la del río, la mantiene salobre hasta mucha distancia. Las embarcaciones de porte no pueden dar fondo sino una legua de la orilla, a causa de los bajos que encierra y se han perdido diferentes buques, lo que no ha sucedido en la Aguadilla, que es sumamente limpio.

Por todo el camino desde el puerto se encuentran muchas cacerías. La situación de este pueblo es un llano, siendo uno de los mejores de la isla por su planta, número de casas y buena construcción. La iglesia, que es espaciosa, está fabricada en medio de una gran plaza, en que no se embarazarían tres corridas de toros; a espaldas de ella sigue una calle, además de algunas casas sueltas. Tiene tres compañías de milicias, dos de infantería y una de caballería con su correspondiente casa de cuartel.

De este partido al de Mayagüez hay dos caminos; uno por la costa, que es de tres leguas y el otro por dentro, que es de una y no se usa sino en tiempos secos. A la salida de la población se encuentra un río, luego de algunos caños y en todo el camino diferentes cuestas de terreno gredoso, que lo hace impracticable con las aguas. Todo este tránsito es muy frondoso, compitiendo entre sí, los árboles, hasta que se pasa un río a la entrada del lugar siguiente.

(16) Mayagüez

Dista un cuarto de legua del mar y domina su puerto y agradables terrenos circunvecinos. Esta amena situación atrajo gentes que en cinco años formaron pueblo con cincuenta casas a las inmediaciones de su buena iglesia. Tiene una compañía de milicias disciplinadas de infantería, y el puerto, que es capaz de fragatas, tiene para su defensa cuatro cañones montados.

Inmediato a este pueblo hay una altura, de donde se descubre desde Cabo Rojo hasta la punta de Bujío Azúcar, que es la que forma por el oeste el puerto de la Aguada.

El tránsito de dos leguas desde Mayagüez al territorio de Hormigueros, está sucesivamente cortado por varios riachuelos y se encuentran algunas cuestas. En un alto que domina todos los alrededores está una ermita de nuestra señora de Monserrate, conocida por el principal santuario de la isla; tiene en frente una regular hospedería.

(17) Villa de San Germán

Es la segunda población la isla. Hállase situada en la costa del sur. Poco después de la conquista fue removida a más de tres leguas tierra adentro por las continuas hostilidades de los piratas. En el día subsiste su ayuntamiento con regidores, procurador general, alcaldes  de la Santa Hermandad y ordinarios, que tienen jurisdicción en los pueblos que hay desde la boca de Camuy hasta el lugar de Ponce y conocen en lo político; pues un teniente que el gobernador de esta isla ponía en el siglo pasado, lo prohibió la Real Audiencia de Santo Domingo y aunque en el día tiene como los demás un teniente a guerra, sólo se extienden sus facultades a hacer cumplir las órdenes de la Capital, sin que pueda entender en asunto que pase de cincuenta pesos.

Hállase fundada en una ladera y cerca de barrancos precipitados. Pasa por junto a ella un río principal, cuyo nombre es Guánica; por este lado no puede ser la vista más deliciosa; la llanura por todas partes vestida de árboles de diferente magnitud; los arroyos, quebradas y el mismo río que se descubre a distancias completan el mejor aspecto. El pueblo forma dos calles algo regulares con trescientas casas. En la Iglesia hay unas medianas pinturas junto al altar mayor. Tiene tres ermitas y hospicio de dominicos con uno o dos religiosos, que mantiene la villa.

Tiene a poca distancia el puerto y bahía de Guánica, nombre que se tomó el río. Es capaz de navíos de porte. El puerto estrecho a la entrada, en la misma forma que el de Puerto Rico. Junto a su ensenada hay una salina muy abundante. Tiene una compañía de infantería de milicias disciplinadas y otra de caballería.

Sus vecinos son de espíritu bizarro, manifestándolo, entre otras ocasiones, el año de mil setecientos cuarenta y tres, con motivo de haber varado en aquella costa con carga de ropas un paquebot inglés, los que intentaron recobrarle a fuerza de armas, pero lo impidió la más constante oposición en los vecinos de San Germán, sufriendo a cuerpo descubierto, con serenidad y tesón, el vivo fuego de los enemigos; distinguiéndose en esta acción don Marcos Candosa de Matos, don Juan y don Pedro de Rivera y don Juan Ortiz de Matos, de los cuales murieron en ella los tres últimos; por cuyo mérito se concedió a cada una de las viudas y a don Marcos Candosa, por Real orden de 28 de enero de 1748, una plaza de las que gozaban los soldados de este presidio.

(18) Cabo-Rojo

Dista dos leguas de la villa. Tiene buena iglesia. Una compañía de Infantería de milicias disciplinadas con su correspondiente cuartel. Sus vecinos no ceden en aplicación a los demás. Hay allí unas salinas muy abundantes que se forman con el agua del mar que sube por unas concavidades y después cuaja, aunque no sucede en todas (las) estaciones.

De la altura de Buenavista, cerca del mismo pueblo, se descubren por el norte el pueblo de la Aguada y por el sur hasta Ponce.

Desde la villa al partido de Guayama se come la raíz de una planta llamada marunguey, que abunda mucho en los montes que intermedian hasta Yauco; será de media vara de alto, el tallo tierno y las hojas en su proporción muy largas; la raíz es una batata que rallan y ponen a podrir en agua, después la secan y pasada por tamiz, forman de este polvo unos bollos, los cuales ponen sobre ascuas envueltos en hojas y se los comen, sin quitarles el apetito lo negro que quedan.

Comentario:

El autor es de origen cubano y su obra es una celebración de la administración de la gestión de Miguel de Muesas (1770-1776). El fragmento abre con una serie de observaciones sobre San Juan de Puerto Rico que enfatizan en las defensas del presidio militar. Describe primero el fuerte más moderno: el San Cristóbal, sus recursos y la zona de la Puerta de Santiago o de Tierra, la Plaza de Armas y el sistema de recolección de aguas de lluvia y el aljibe. De inmediato comenta el ya antiguo San Felipe del Morro y su diseño irregular, ajustado al morro natural en que fue construido. Lo que más impresiona al autor es su eficacia como defensa de la entrada de la bahía interior que conduce al puerto aunque, como se sabe, la misma  fue violada por la flota de Balduino Enrico en 1625. Se trata de observaciones convencionales.

Lo interesante es su documentación del aumento de la guarnición y el reconocimiento de su relevancia. Desde 1765, en la medida en que crece la relevancia económica de la colonia se reevalúa su papel militar. Miyares González informa que se han añadido al presidio Militar dos batallones de infantería (10 sept. 1765), y una compañía de artillería (13 julio 1776) y que todos los gastos han sido pagados por el Virrey de México mediante el Situado. La dependencia militar de Puerto Rico de aquella jurisdicción se demuestra. Carlos III además equiparó los privilegios de sus oficiales a los de Caracas y nombró Tenientes a Guerra para las localidades fuera de la Capital, todo con el fin de mejorar la recolección de impuestos en la colonia. La introducción de San Juan en la ruta del Servicio de Correo colonial el 6 de agosto de 1764 como puerto de paso hacia La Habana, también era parte de aquel conjunto de reformas.

Miyares González demuestra un interés peculiar por las rentas del estado y comenta el “aumento… (en las) entradas de caudales en (las) reales arcas” desde 1765. El autor es parte del proyecto de desarrollo dominante en su tiempo, en la medida en que recomienda que crecería más “si a esta isla se le facilitasen arbitrios para proveerse de negros a un moderado precio”.

La segunda parte resume la gira realizada por la costa oeste del territorio. Los asuntos que llaman su atención son varios:

1. El papel crucial de construir una Iglesia en la consolidación de una comunidad como refiere en el caso de Aguadilla, el pueblo más moderno de la colonia, y cuando destaca que en Hormigueros se encuentra el “principal Santuario de la isla”.

2. La evaluación de los puertos, su calado y su capacidad como cuando destaca que el de Mayagüez es capaz de recibir fragatas.

3. La descripción de los ríos y su valor como recurso a la hora de aguar y refrescar flotas.

4. Los recursos naturales de cada región como cotos de caza, fuentes de frutas, salinas como en el caso de Cabo Rojo y Guánica, y la fertilidad de la tierra.

5. Los choques regionales en el proceso de erección de Pueblos en el modelo del contencioso Aguada-Aguadilla.

6. La presencia militar en la forma de cuerpos de Milicias Disciplinadas de Infantería y Caballería y de piezas de cañón en algún número, como se alega de la costa de Mayagüez.

El autor se detiene en San Germán por ser el segundo pueblo más antiguo. Explica su gobierno, la extensión de su soberanía de Camuy a Ponce, su autonomía relativa de la capital y su condición de jurisdicción legal de la Audiencia de Santo Domingo desde 1508. Describe a sus vecinos como gente de “espíritu bizarro” cuando cuenta una anécdota bélica de 1743 y el choque de los vecinos con los tripulantes de un paquebot inglés varado. “Bizarro” vale por iracundo y se traduce como valiente y esforzado.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador

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