Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 20, 2015

Historiografía Puertorriqueña: los consensos teóricos liberales en el siglo 19

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Las redes de lectura desde Abbad y Lasierra hasta Brau Asencio fueron intensas, a pesar de que al ambiente colonial censuraba la reproducción de los saberes históricos. Son demostrativas del hecho las quejas irónicas de Tapia y Rivera en el capítulo XXXII de Mis memorias (1882). El censor había «tachado de inconveniente la Elegía de Ponce de León, de Juan de Castellanos» y le propuso que suprimiera la Octava 17 del «Canto II» cuando la publicara en la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854). Algo había en la estrofa que atentaba contra la imagen de la hispanidad. La Elegía… fue suprimida finalmente del libro. El hecho no era aislado: en agosto de 1854, un joven de nombre Daniel de Rivera y su editor Felipe Conde, fueron condenados por una situación análoga con un poema titulado «Agüeybana el bravo» publicado en Ponce. Tal parece que el frágil indianismo, indianismo sin indios, que afloraba en la década de 1850 era visto como un discurso subversivo que había que silenciar.

La censura y las limitaciones que imponía el mercado a la difusión de la palabra impresa no impidieron que los observadores y comentaristas de la historia puertorriqueña arribaran a varios consensos interpretativos. En términos generales, primero, todos aceptaban que Puerto Rico se modernizaba materialmente. En segundo lugar, la modernización que celebraban tenía que ver con un cambio económico social preciso: la transformación de la colonia de un territorio ganadero en uno agroexportador. El hecho de que la agricultura de subsistencia fuese superada por otra para la exportación era considerado un beneficio neto del cambio. En tercer lugar, aceptaron que el peso de la responsabilidad estaba en el crecimiento de la industria azucarera.

Las implicaciones políticas e ideológicas de aquel juicio eran varias. Por un lado, para Puerto Rico el camino de la modernización material había constituido una «vía alterna» a la del resto de Hispanoamérica. Puerto Rico no se separó del Imperio Español en medio del vacío de poder que implicó el 1808. Ello significaba que las relaciones políticas con el Imperio Español, la dependencia colonial, no impedía el proceso de modernización material sino que lo estimulaba. El desprestigio del separatismo entre una parte significativa de los sectores de poder era comprensible. La expresión del «progreso» en la isla acabó por poseer un carácter excepcional. En la práctica el país ya no era parte de Hispanoamérica porque Hispanoamérica ya no era España.

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Alejandro Tapia y Rivera y Salvador Brau Asencio

Por otro lado, la idea de la modernización que poseían los observadores y comentaristas de la historia era instrumental y contable. El discurso del Secretario de Gobierno Pedro Tomás de Córdova (1831-1838) es el que mejor ejemplifica esa concepción. En Córdova, integrista radical, la celebración de la modernización se convierte en un «culto a la personalidad» de aquel a quien reconoce como motor de la misma: el Gobernador Miguel de la Torre. El Capitán General, quien enfrentó el separatismo de un modo frontal, resumía para este autor los rasgos del «iluminado» y el «déspota lustrado» a la vez que asumía los atributos del «héroe» capaz de guiar a la «canalla» o el populacho, mientras se hacía «amar» y «temer». De la Torre es un modelo del príncipe de Nicolás Maquiavelo.

Al individualismo excepcional que, para Córdova, representa De la Torre, se añadía un elemento jurídico. La Cédula de 1815 era percibida como un documento fundacional del proceso de modernización. Lo cierto es que celebrando la Cédula de 1815 se elogiaba la figura autoritaria de Fernando VII, conocido como «El deseado» desde la ocupación napoleónica de la península. El mensaje era claro: Puerto Rico se modernizaba de la mano del autoritarismo, la tradición y la hispanidad. Nada de ello representaba una contradicción en el caso de Córdova. Él era integrista, antiseparatista y favorecía el absolutismo borbónico. Lo interesante es que otros comentaristas asociados al liberalismo reformista, asimilista, al especialismo y al autonomismo, compartieran buena parte de ellas. Historiadores como Alejandro Tapia y Rivera, José Julián Acosta y Calbo y Salvador Brau Asencio, las reprodujesen con algunas variantes. Aquellas disparidades se reducían a detalles producto de la plasticidad que poseía la «hispanidad compartida» en el contexto de sumisión colonial.

Tapia y Rivera valoraba del mismo modo la transición de una sociedad de ganaderos a una de agricultores pero miraba en dirección de otro «iluminado» o «héroe». En la Noticia histórica de Ramón Power (1873), proyectaba a aquel militar como «lo mejor de Puerto Rico» y lo reconocía como el artífice del cambio. De modo paralelo lo convertía en el signo de la identidad criolla apropiada como sinónimo de la puertorriqueña. Para Tapia y Rivera, Power proyectaba la posibilidad de un balance entre la hispanidad y la puertorriqueñidad. Power era fiel a la vez a Fernando VII y a los criollos, a pesar de que ser liberal y fernandino era una contradicción. Los liberales reformistas, asimilistas, especialistas y autonomistas resolvían aquella contradicción en nombre de la modernización material.

Acosta y Calbo tampoco difiere al enfrentar el tema de la modernización material en su prólogo a la obra de Iñigo Abbad y Lasierra (1866). Con alguna candidez exponía que su objetivo era explicar el «interesante periodo del desenvolvimiento de la riqueza pública del país». Para explicarlo usaba los mismos parámetros de Córdova: Puerto Rico creció al perder «los situados de México» tras la Independencia de Hispanoamérica. Los agentes modernizadores, aquellos que aprovecharon la nueva situación, fueron dos fuerzas exógenas ajenas a la voluntad del país. De un lado, la inmigración de extranjeros con capital; y de otro, la «libertad de comercio» autorizada desde 1815.

Para un abolicionista convencido el hecho de que no mencionara que la inmigración venía con capital y esclavos llama la atención. La esclavitud negra y el trabajo servil en la ruralía fueron consustanciales al crecimiento material de la colonia después de 1815. Para Acosta y Calbo, la modernización material significaba que Puerto Rico había dejado de ser «un miserable parásito» que vivía a costa de España y el Situado y se había convertido en una posesión beneficiosa para aquella. El desprecio al pasado resulta visible: la imagen de Puerto Rico como un «parásito» improductivo con un potencial no explotado era común en los comentaristas e historiadores del siglo 17 y 18. Las preguntas que surgen son muchas ¿Había sido Puerto Rico «un miserable parásito» de España antes de 1815? ¿Acaso celebraba Acosta y Calbo la relación con España en 1866? ¿Aceptaba un régimen políticamente autoritario porque era económicamente exitoso? ¿Para qué sectores fue exitoso? ¿La profundización del coloniaje desde la Ilustración y el Reformismo Ilustrado, equivalía a la modernización? Brau Asencio, autor de una «sociología histórica» o una «historia sociológica» que se confunde con un análisis socio-cultural elitista, elaboró una teoría de las etapas de la historia de Puerto Rico que no contradice a los anteriores. Su propuesta, sostenida en criterios socio-económicos comunes, reconocía dos estadios mayores: antes de 1815 y después de 1815. La tesitura de la teoría de las etapas de Augusto Comte se percibe en su discurso. El 1815 y la Cédula, representaban una frontera entre la no-modernización y la modernización material. El limen entre un pasado y un presente se define como un AC (antes de la Cédula), y un DC (después de la Cédula). Previo al 1815 el país producía azúcar, cacao y café en el marco colonial estrecho, el estancamiento dominaba y Puerto Rico permanecía al margen Progreso. Posterior al 1815, se garantizó el «despegue» económico en el marco que todavía era colonial tras el retorno del absolutismo.

Los agentes claves del «despegue» en Brau Asencio eran varios. En primer lugar, otra vez el ingreso de extranjeros con cultura y capital, suprimiendo de nuevo la cuestión de los esclavos. En segundo lugar, la liberalización, parcial por cierto, del comercio. Y en tercer lugar, la creación de la «Sociedad Económica de Amigos del País» en 1813, un cuerpo elitista asesor del Estado. Para Brau Asencio el Progreso equivalía al crecimiento de la agricultura comercial, por lo que la modernización se interpretaba en su sentido «positivo» o «material» o «contable» como en Córdova. Su propuesta constituía una celebración del protagonismo del Reino de España y Fernando VII en el proceso.

Es cierto que el cambio estaba allí, pero el mismo había conducido a una modernización material asimétrica que poseía enormes grietas. El historiador de Cabo Rojo se encargó de demostrarlo en numerosas ocasiones. En la «Herencia devota» y «La campesina», monografías publicadas en 1886, se esforzó en documentar que culturalmente el país no era «moderno» porque la gente común, la «canalla» o el populacho, vivían cegados por un conjunto de «supersticiones» que había que superar. Borrar las costumbres no ilustradas de la gente había sido la pasión de los costumbristas puertorriqueños desde Manuel Alonso Pacheco en 1849. El tono pontificador dominaba aquellos textos, salvo contadas excepciones. En gran medida, la meta de comprender el volkgeist no tenía por finalidad de conservar sino la de reformar y podar la irracionalidad de la gente.

Brau Asencio, como Acosta y Calbo antes, se cuidó de pasar juicio sobre el absolutismo fernandino. No señaló el carácter conservador y antiseparatista de la inmigración de la cual el provenía, como tampoco mencionó la intensificación de la esclavitud en el marco del crecimiento de la economía de hacienda azucarera a pesar de su abolicionismo militante. En el proceso idealizó al inmigrante: «no llegaron…para oprimir sino víctimas de la opresión…». La candidez se imponía otra vez en el discurso. La intelectualidad hispana, integrista o conservadora, y la criolla liberal reformista, asimilista, especialista y autonomista, legitimaron un proceso de modernización impulsado desde «arriba» de un modo «autoritario» que sirvió para garantizar la relación de explotación colonial y profesionalizó la misma con rendimientos para España. Aquellos argumentos se apoyaban en una presunción teórica indemostrable: la fe en que la modernización económica (y el liberalismo económico), conducirían forzosamente a la modernización política (y el liberalismo político) en un futuro no precisado. El respeto o sumisión a la hispanidad era incuestionable. Todos condenaban las luchas separatistas por igual. En el caso de Brau Asencio, el pecado separatista consistía en que aquellas luchas habían forzado la emigración. La moderación política se impuso sobre el discurso historiográfico puertorriqueño del siglo 19.

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 2 de mayo de 2014

mayo 19, 2015

Historiografía puertorriqueña: Alejandro Tapia y Rivera

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Noticia histórica de Ramón Power, de Alejandro Tapia y Rivera, constituye el modelo más acabado de la biografía civil del siglo 19 puertorriqueño. En aquel texto, redactado durante el sexenio liberal entre los años 1868 y 1874, mirar hacia la figura del militar y diputado a cortes de principios de siglo rezumaba nostalgia. Sin duda, el culto al «doceañismo» se había fortalecido entre los liberales reformistas tras la «Revolución Gloriosa» de 1868. Power era una figura que podía llenar los requerimientos de esa doble temporalidad -1812 / 1868- que imponía el desdoblamiento ideológico. Tapia y Rivera acomete el acto ritual de la actualización del prócer.

El Power de la biografía laudatoria de Tapia y Rivera fue determinante para la canonización de aquella personalidad apenas recordada hoy. La retórica del historiador apostaba por su afirmación como un signo colectivo legítimo. El texto llamaba la atención en torno a las características que lo convertían en un icono moderno, es decir, válido para su presente y, por tanto, vanguardia o modelo de un futuro probable. Los días que sucedieron la «Revolución Gloriosa» llenaron de esperanza al Liberalismo Reformista emergente en la colonia. El Power de Tapia y Rivera era, sin embargo, inventado como una síntesis de la Hispanidad y la Puertorriqueñidad: fiel a Fernando VII pero, a la vez, voz de los puertorriqueños. Aquel argumento representaba en sí mismo una contradicción.

 

Tapia y Rivera y la historiografía en 1850

El Tapia y Rivera de la «Sociedad Recolectora de Documentos Históricos de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico» (1851) es otro. Figura con diafanidad la imagen que la tradición denominó «Padre de la Historia Puertorriqueña». El que se llame también «Padre de la Literatura Puertorriqueña», lo convierte en un icono inescapable de la Nacionalidad. La Identidad Puertorriqueña ha sido apropiada como un producto neto del trabajo intelectual. La politización de la misma también. Hijo de un militar y de una criolla, representaba bien una clase media profesional ascendente que resentía la situación crítica que minaba sus bases sociales desde 1848.

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

La «Sociedad…» fue una organización estudiantil fundada en la Universidad Central de Madrid cuya historia íntima he terminado por poseer rasgos épicos. Animada por Román Baldorioty de Castro, intelectual mulato y autonomista radical, y articulada por Tapia y Rivera, estudiante de química y física de ideas liberales reformistas, la organización involucró una diversidad de figuras. Declarados separatistas como Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances; y el enigmático del «traidor» de 1868, Calixto Romero Togores, se movieron alrededor del proyecto. De un modo u otro, la «Sociedad…» sirvió para conectar a una exigua «diáspora» puertorriqueña que se movía entre Madrid, Paris, Londres y Berlín.

La trasformación de la obra de la «Sociedad…» en un libro, la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854), consagró aquel esfuerzo. El «libro» llenaba una de las mayores ansiedades intelectuales del siglo 19 en una colonia donde esa experiencia escaseaba. El valor que posee la Biblioteca… es que funda un imaginario histórico coherente desde una perspectiva puertorriqueña. Se trata de un volumen que está más allá de la obra de Agustín Iñigo Abbad y Lasierra y ello, a pesar de que la Biblioteca… no posea la forma de la narración-exposición que caracterizó el trabajo del monje español.

La relación entre la Historia geográfica, civil y natural...de Abad y Lasierra y la Biblioteca...es más profunda. El hecho de que un miembro de la «Sociedad…», José Julián Acosta y Calbo, se ocupara en 1866 de producir unas «Notas» a la obra del monje benedictino lo ratifica. La versión de Acosta y Calbo superó el trabajo de Pedro Tomás de Córdova, el modelo de Historiador Oficial, quien había reproducido la Historia… en el tomo I de sus Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas… impresas en la Imprenta del Gobierno entre 1831 y 1833. Por otro lado, el hecho de que otro miembro de la «Sociedad.», Segundo Ruiz Belvis, produjera con Acosta y Francisco Mariano Quiñones el Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, habla del impacto que aquella asociación de jóvenes curiosos tuvo en las ideas de las elites durante aquel periodo. La obra de los recolectores de 1851 es uno de los momentos decisivos para la conciencia liberal. La Identidad Puertorriqueña, lo mismo en sus aspectos culturales que en los políticos, tuvo en La «Sociedad.» una de sus claves.

 

Un prólogo de Tapia y Rivera (1854)

Las palabras iniciales de la Biblioteca… presentan unos rasgos únicos. El que se pronuncia primero es un naturalista: describe y celebra el paisaje por medio de un acercamiento acelerado que ubica el territorio en el contexto de las Antillas. La celebración naturalista del paisaje le sirve de apoyo para llamar la atención la contradictoria situación del país. Un territorio que amerita «una página en la cartera del viajero y un recuerdo en el corazón del poeta», ha pasado inadvertido para ambos. La invitación a la lectura está servida. Entonces se pronuncia el historiador. Al contrastar la escasez de fuentes primarias respecto a Puerto Rico y contrastarla con el resto de Hispanoamérica, Tapia y Rivera lo achaca al hecho de que nuestros conquistadores fuesen «más dados a las armas que a las letras». Para el autor la escasez de fuentes documentales es suficiente para comprender la invisibilidad. La ausencia de conocimiento positivo limita las posibilidades del saber histórico.

La argumentación permitirá a lector comprender la imagen de Puerto Rico que se mueve en el pensamiento de Tapia y Rivera: la nación de los orígenes se consolida en la metáfora de la «raza de Agueynaba» (sic).El indianismo fue uno de los rasgos distintivos de parte de aquella generación que se había formado en el nicho de Romanticismo y caminaba hacia el Positivismo. Se trata de un «indio» reducido a textos, vacío de materialidad y arqueología. El historiador lamenta, eso sí, la ausencia de una «versión de los vencidos» capaz de darle voz al conquistado y concluye que, «careciendo del conocimiento de la escritura, no pudieron aquellos legarnos la menor reseña de su primitiva historia». Sin «monumentos», sin «artes», sin «arqueología», la «raza de Agueynaba» (sic) era una ficción incomprensible.

El otro elemento valioso de este breve texto es el boceto de una crítica a la interpretación dominante en las fuentes que evalúa. Tapia y Rivera las caracterizaba como de «pueril candidez», «credulidad rústica», y como discursos en los que la «pasión individual» excede el «sentimiento de justicia innato en cada hombre». Las observaciones son las de un Racionalista y un Iusnaturalista Ilustrado maduro. En ese contexto, elabora unas observaciones de método en las cuales el poeta y el clasicista se imponen. La indagación es un «laberinto» casi como una búsqueda azarosa. La metáfora de la historiografía como una búsqueda en el interior de un recinto se impone. El «laberinto» es el Archivo Histórico, un espacio en el cual los tropiezos del investigador le dejan con un producto irregular: un «hilo cortado a trechos». El sueño del historiador moderno, el relato continuo y limpio del pasado, no aparece por ninguna parte. Todo se reduce a pistas y posibilidades, como el papel que cumplió el hilo en el mito de Ariadna, Teseo y el Minotauro.

La justificación de una publicación como la Biblioteca… destaca la conciencia que poseía Tapia y Rivera de su condición de intelectual ciudadano. Reconoce su esfuerzo como continuación de la de sus antecedentes pero toma distancia aquellos. Resalta el papel de Oviedo y de Abad (de la Mota) -probablemente Abbad y Lasierra-, pero asegura que su trabajo, aunque «no exento de errores», poseía el valor de que habían vivido «próximo a la época en que pasaron los sucesos». El observador social se manifiesta cuando Tapia y Rivera llama la atención sobre el hecho de que algunas de la obras son «costosas», y que buena parte de las mismas se hallaban «inéditas hasta el día» y «diseminados aquí y allá» o mal clasificados en los fondos documentales «con asignaturas muy ajenas a Puerto Rico». Por último, la conciencia ciudadana lo forzaba a mirar hacia un lugar social. El destinatario de su esfuerzo era «la juventud estudiosa de la nación y la provincia», es decir, de España y Puerto Rico, en ese orden. La invención de la Historiografía Liberal Puertorriqueña estaba completa.

 

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 21 de Febrero de 2014

 

marzo 20, 2011

Biografía laudatoria: Alejandro Tapia y Rivera y Ramón Power

Tomado de Alejandro tapia y Rivera, “Noticia histórica de Ramón Power”, Ediciones Rumbos: Barcelona, 1967.

Transcurría el año octavo de esta centuria, y España contestaba con grito heroico a las más negras de las traiciones, levantándose en masa a combatir al que osaba profanar el sagrado suelo de la patria; y de azar en azar y de combate en combate llegaba el 1812, fecha del primer paso en la regeneración nacional. Convocábase en Cádiz la Asamblea que había de codificar los nuevos principios proclamados por otros pueblos, y que impregnaban, por decirlo así, la atmósfera moderna. Habíanse, pues, reunido Cortes Constituyentes y extraordinarias llamadas por la Nación, huérfana de los Soberanos que hasta entonces la habían regido, y que no aceptaba a un monarca a quien reputaba intruso, por cuanto, a más de no ser de los propios, venía impuesto y amenazaba ser sustentado por las armas extranjeras.

Distaban mucho aquellas Cortes de las que antiguamente solían convocar los reyes, y que faltas de savia regeneradora habían muerto a manos del poder absoluto, de aquellas Cortes que a manera de burla solía evocar el trono como fantasma modelado a su capricho, y asaz distantes de merecer el nombre ni mucho menos la significación política que en un tiempo habían tenido.

Las de Cádiz brotaban del sepulcro de las tradiciones con la nueva vida de los principios, toda vez que traían la esencia del Parlamentarismo inglés, aunque vestido a la francesa, o sea la amalgama del estado nobiliario con el llano o tercero, descollando este último.

Pero si las Cortes resucitaban del caos del absolutismo con espíritu nuevo, no por ello osaron quebrantar el vínculo de la representación que por igual había ligado a todas las porciones del vastísimo territorio llamado las Españas; y en este concepto, la modesta isla de Puerto Rico, no de peor linaje ni condición en 1812, que en el siglo decimosexto, fue convocada a la parte que le correspondía en el todo nacional. Que si estaba contribuyendo con la hacienda de sus hijos al sostenimiento de la noble independencia española, ni eran ni debían ser pagados con olvido de los derechos, aquellos deberes no menos justos.

El salvamiento del niño Power por José Campeche

Entonces fue cuando pudo nuestra Provincia hacer oír su digna voz en la Asamblea legisladora por medio de algunos de sus más estimados hijos, entonces fue cuando alguno de éstos, don Ramón Power, grabando con nobles hechos su nombre en la memoria de los puertorriqueños agradecidos, dio motivos justos al aplauso y cimiento a esta noticia historia.

En efecto, ¿quién ha olvidado o no ha oído nombrar siquiera en esta Isla a don Ramón Power?

Nació este hombre benemérito en esta ciudad de Puerto Rico, el 7 de octubre de 1775, siendo sus legítimos padres don Joaquín Power y Morgan, natural de Bilbao, alférez Real de esta capital, y doña María Josefa Giral y Santalla, natural de Barcelona. Sus abuelos paternos fueron don Juan Bautista Power, vecino de Bilbao y oriundo de Burdeos, y doña María Morgan, natural del referido Bilbao; y los maternos don José Giral, capitán de Artillería, oriundo de Cataluña, y doña Lucía Santalla, oriunda de Granada.

Contaba don Ramón sobre 12 años de edad cuando se embarcó en compañía de su hermano mayor don José que contaba sobre 14, en la fragata Esperanza con objeto de continuar ambos sus estudios en Bilbao, patria de su padre. De esta época debe ser, sin duda, el retrato que del primero se ha conservado, y que acaso hubo de ordenar su familia al pintor Campeche con el fin de que quedase como recuerdo en la casa paterna al abandonar el niño su país con el propósito que se ha referido.

Si después ha sido y continúa siendo grande el número de jóvenes que se ven precisados a dejar este país para cursar los estudios profesionales por la falta de una Universidad que por su importancia y población debiera contar ya en su seno la Provincia, ¿qué no sería entonces cuando ésta se hallaba destituida por completo de cátedras y colegios en que cursar los estudios requeridos para las carreras científicas? Caracas y Santo Domingo ofrecían sus aulas universitarias a la juventud puertorriqueña, es verdad; pero dada la medianía de las fortunas de entonces, ¡cuán pocos estaban en aptitud de ir a utilizarlas!

Por fortuna para los Power, eran de los pocos privilegiados en esta materia; pero el mal les tocaba en cierto modo, pues si por no haber aulas suficientes en el país, podían gastar su hacienda en educar fuera a sus hijos, no por ello estaban menos condenados a sufrir las consecuencias de aquel mal aún hoy notorio. Entre la ignorancia y el ostracismo de algunos años, optaron sus padres por lo último. Entonces como ahora y como siempre, ¿no es la ciencia el pan necesario, indispensable para el Espíritu? ¿No es pan del cuerpo por la misma razón de que enseña la profesión que ha de ganarle?

En cuanto a los hermanos Power, emprendían viaje mucho más largo, sobre todo en aquel tiempo en que América respecto a Europa era otro mundo, dada la dificultad de las comunicaciones. Sin duda el padre de aquellos niños, vista la precisión de confiarlos a manos extrañas, en tan cortos años, creyó ser precavido eligiendo a Bilbao, ciudad de su cuna y residencia de parientes a quienes fiar la adolescencia de sus hijos.

Y sensible hubiera sido y frustrados para siempre sus paternales miras, a realizar la muerte sus terribles amagos como estuvo a punto de acontecer, privando a la desvalida Puerto Rico de los bienes que el menor de los dos hermanos había de dispensarle algunos años más tarde, cuando vestido por el niño hecho hombre, la toga del patricio, le fue dado consagrarse a favorecer y honrar el modesto suelo en que nació.

Los hombres extraordinarios remueven el mundo y éste les aplaude; pero en el corazón del que recibió los beneficios, tanto vale la gran figura como la modesta, lo esencial es que haya hecho el bien. En este sentir, la existencia de Power que fue la del hombre digno, la del ciudadano honrado y defensor de los derechos de un pueblo, perteneció a la esfera de los bienhechores, y, aunque modesta, será imperecedera en la memoria de los puertorriqueños agradecidos.

Volvamos a nuestra narración.

Hallábase la fragata Esperanza, conductora de los dos hermanos en la costa de Cantabria. El horizonte cubriéndose con negro manto, el viento silbando amenazador y el mar encrespándose agitado, eran pavorosas muestras de la tempestad tan terrible como frecuente en aquellos mares. La Esperanza demandaba auxilio, y del vecino puerto de Castro aparejábanse a favorecerla los animosos marinos de aquellas costas. Atracábase al costado de la fragata la lancha salvadora, y saltaban a ella en brazos del intrépido equipaje de la última los hermanos Power, que atendida su edad, debían ser los primeros en dejar el buque. Tocó su vez al niño don Ramón, cuando una inmensa ola interponiéndose entre la lancha y el costado de la fragata, puso a la primera a punto de abismarse, y el pobre niño, encontrando el vacío bajo su planta, cayó al mar…

Aquí parecía terminar segada en flor la existencia que después fue tan fecunda; pero uno de aquellos hombres avezados al dominio de las ondas, se abalanzó a la mura de la lancha, con peligro de caer también, y espiando el momento en que el niño volvía a la superficie para sumergirse de nuevo, acaso para siempre, acertó a asirle del cabello y logró salvarle, calmando la horrible ansiedad de su hermano y demás compañeros de peligro.

Esta escena que hemos oído narrar hace algunos años a su hermano don José, anciano respetable que sobrevivió a don Ramón por largo tiempo, era contada con tal colorido, con tanta verdad, que parecían revividas en el corazón del anciano las inolvidables emociones de aquel azaroso instante.

Ya hemos dicho que al partir para la Península contaba don Ramón sobre doce años. En Bilbao hizo algunos estudios, y luego se trasladó con su referido hermano don José a Burdeos y Bayona en donde aprendieron la lengua francesa que llegaron a hablar después con toda propiedad.

Hechos estos estudios, en cierta manera preparatorios, y de regreso en España, entró don Ramón en el Colegio de Guardias Marinas, de Cádiz tal vez, pues su hoja de servicios que nos ha sido facilitada por el Ministerio del ramo, no lo indica; obteniendo plaza como tal guardia, según dicha hoja en 22 de mayo de 1792 a los 17 años de edad aproximadamente. (…)

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

Volviendo a nuestra breve narración, diremos que no fueron los ya mencionados, los únicos servicios militares que prestó a la nación, toda vez que la reconquista de la ex provincia de Santo Domingo para España, le vio figurar como uno de los que más contribuyeron a aquella reversión.

Consumada por el impolítico tratado de Basilea que valió al favorito Godoy el título de Príncipe, la cesión de Santo Domingo a Francia, faltaba al hecho, para ser definitivo, la voluntad de los dominicanos. Amantes éstos de España entonces y por consiguiente mal avenidos con aquella cesión que atentaba a su natural y querida nacionalidad, diéronse a conspirar en pro de esto, ya dentro del territorio dominicano, ya desde Puerto Rico a donde emigraron no pocos por no ser de su devoción el extranjero.

Por iniciativa de aquéllos y con ayuda de éstos, dispusieron por el gobierno tropas y buques que fuesen a sostener el alzamiento de gente y poblaciones contra la dominación francesa.

No pocos puertorriqueños tomaron parte como voluntarios en esta expedición, y Power en su calidad de marino militar, tuvo a su cargo el mando de la división destinada al bloqueo y operaciones costeras en aquella Isla.

Con la acción memorable de Palo Hincado en que sucumbió el general Ferrand, caudillo de los franceses, y la rendición de la ciudad de Santo Domingo, ya bloqueada por aquel marino, terminó una guerra que devolvió a España una de sus mejores provincias.

Entonces regresó Power a Puerto Rico, y la proclama que dirigió a los dominicanos y tropas de su mando con motivo de aquellos hechos militares, cuyo documento reproducimos al final de estos apuntes, respira su acendrado españolismo y su amor al rey Fernando, tan deseado entonces como poco querido después.

También es ocasión de recordar la carta oficio en que la Dirección general de la Marina acogió con agrado las menciones honoríficas y propuestas de adelantamiento que hizo Power en favor de los que en aquella campaña estuvieron a sus órdenes, y en cuya comunicación declara el re­ferido centro, que el resultado de la expedición a Santo Domingo le honraba muy merecidamente.

Organizada en la Península, como dijimos al principio, la resistencia contra Bonaparte, formóse la Suprema Junta de Gobierno con vocales de todas las provincias, y electo por la de Puerto Rico don Ramón Power, durante su ausencia en Santo Domingo, fue recibido por la plaza y población con los honores correspondientes a Capitán General del Ejército que revestían los de aquel supremo cuerpo, y con todas las demostraciones propias de un pueblo que aplaude y espera los beneficios de una acertada y simpática elección.

La Gaceta extraordinaria del 29 de agosto de 1809 refiere los festejos que en la vía de obsequiarle, dispusieron el Municipio y la juventud de la ciudad allá sobre el 15 de dicho mes; y casi no valdría la pena de mencionar estos festejos, si no fuese porque demostraban la espontánea complacencia con que el público celebraba lo que reconocía como tributo debido al hombre íntegro en todos conceptos, eficaz servidor del Estado y siempre afanoso en la senda del bien público y de la Provincia.

Himnos, fiestas, arcos de triunfo, pinturas alegóricas y conmemorativas, de las que alguna nos ha quedado, fueron la expresión del público regocijo. Por desgracia hubo algo que sentimos tener que recordar y que calláramos ciertamente para no anublar este cuadro; pero que la franca verdad de la historia no nos permite pasar en silencio.

En aquellos días y con motivo de alguna cuestión de etiqueta o ceremonial en el Ayuntamiento, surgió, según hemos podido percibir de la tradición y de algún rasgo impreso en los pocos e importantes documentos que para el intento de trazar estos apuntes nos están sirviendo, la enemiga que el brigadier don Salvador Meléndez y Bruna, entonces primera autoridad de esta Isla, tomó contra Power, y que trocada en fuente de sinsabores para éste, amargó hasta lo último su vida; pero escrito está, que el triunfo del bien es espinoso.

Convocadas luego en Cádiz las Cortes extraordinarias, fue elegido diputado por esta Provincia, compuesta entonces de 200,000 habitantes; no sin grave oposición por parte de la primera autoridad referida, y en cuyo acto hubieron de mostrar los electores de Power, sobrada entereza y el valor cívico requerido en tales circunstancias. Hechos que alcanzó nuestra generación de labios ya trémulos por la edad, y entonces bastante firmes para mantener sus prístinos derechos de españoles.

¿Y cómo no había de mostrar cierta ojeriza a la elección de Power, reputado como liberal y por consecuencia enemigo de las facultades omnímodas, aquel gobernante que arbitrario por principios, iracundo y apasionado por carácter, como nos lo revelan algunos hechos y expresiones suyas, cuya memoria ha conservado la tradición, debía hallarse perfectamente bien avenido con las facultades discrecionales?

Pero a pesar de todo, tomó asiento Power en la Cámara el 24 de septiembre, y tanto en aquel lugar como en la vice-presidencia que ocupó después y en las varias comisiones que hubo de desempeñar en aquellas Constituyentes, prestó a la nación y a Puerto Rico servicios importantes.

Por ellos guarda esta provincia su nombre en el santuario de su memoria; pues desde la separación de la Intendencia que obtuvo, proponiendo y logrando que se nombrase para ella al sabio y honrado hacendista don Alejandro Ramírez, regenerador económico de Puerto Rico, hasta la abolición de las facultades omnímodas, autorizadas por Real Orden de 4 de septiembre de 1810 (restauradas por desgracia en 1825), todos sus esfuerzos fueron una serie de hechos favorables al Comercio, Agricultura y bienestar de su provincia.

Baste decir que si desde la administración de Ramírez que llegó a esta isla en 1813, data su riqueza y prosperidad con la extinción del dañoso papel moneda, la sustitución de la Hacienda propia a los situados que venían de Méjico y que eran recibidos con campanas a vuelo, música y fiestas, como único recurso para todas sus cargas y fuente de vida para todas las clases, con la fundación del Diario Económico destinado a esparcir luces benéficas, con la creación de la Sociedad Económica de Amigos del País que tantos servicios ha prestado en lo posible, y con el planteamiento o propuesta de otras medidas que trocaron el hato de Puerto Rico en país de agricultores y comerciantes, dejando vestido de seda y paño, según la expresión de un benemérito patricio, el pueblo que encontró, vistiendo coleta. Todo esto se debió y debe a Power que, con instinto de verdadero repúblico y patriota, comprendió por algunos trabajos y noticias del digno Ramírez, lo que podría valer para la desatendida provincia aquel insigne hacendista; y en adelante no podrá hablarse de la prosperidad de Puerto Rico, sin nombrar a Ramírez ni podrá mentarse a éste sin que asome a los labios el nombre de Power.

Y no dejaron de serle amargados estos triunfos, sobre todo, la revocación de las facultades absolutas; que rara vez al ser vencido el mal, deja de lastimar con su ponzoña. La enemiga del gobernador Meléndez estaba allí para recordarle que no puede atentarse impunemente contra la enconada pasión de lo arbitrario, ni mucho menos denun­ciarse abusos cometidos a la sombra de éste.

Sea pues por unas y otras causas, es lo cierto que Power fue atacado acerbamente en algunos escritos de tal origen, no embozado lo bastante, y sobre todo, en un folleto anónimo que no hemos visto, pero que circuló en la Asamblea nacional bajo el título de «Primeros sucesos desagradables en la isla de Puerto Rico consecuente a la formación de la Junta de Caracas».

De las palabras de Power ante la Cámara explicando su conducta, colegimos que nada tuvo que ver con aquellos sucesos desagradables, ocurridos entre el obispo y el gobernador en que figuran algunos jóvenes ordenados procedentes de Caracas, si no es que se quisiera ver un conflicto en que la autoridad gubernativa echase de menos para imponerse al obispo, la falta de facultades extraordinarias suprimidas a petición de Power.

En el Apéndice podrá verse su discurso referente a esto, así como la contestación que dio al folleto mencionado, si bien es de lamentarse la vaguedad de este último docu­mento, en que, sin embargo, se advierte la justa indignación y la amargura del hombre honrado que padece por la justicia.

En el Apéndice referido, a más de los documentos citados en estos apuntes, podrán verse sus discursos exponiendo el derecho de igualdad en la representación nacional, en que se sentían menoscabadas las vastas regiones ultramarinas tan celosas de igualdad, como toda la raza española de ambos mundos, sentimiento que, como ha dicho un nota­ble escritor, es sensible en ella hasta la susceptibilidad.

Nada consiguió Power por entonces en este concepto, realizado hoy por la revolución de septiembre que ha abierto para Puerto Rico la representación nacional bajo la misma base electoral de que disfruta la Península, es decir, con igual proporción respecto al censo de almas.

Power era un diputado de quien no pudo decirse que debiese su elección a influencias ni recomendaciones oficiales, ni pasó el tiempo en recabar de los Ministerios otras concesiones que las del bien general, ni fue a pedir restricciones en vez de franquicias, ni abultó temores, ni sem­bró desconfianzas, ni entorpeció proyectos justos, ni el escaño de las Cortes fue trono de vanidad o baño de opio para sus infatigables anhelos del bien público, ni hubo medio que le embarazara, ni promesa que lograra alucinarle. Aquel escaño fue para él verdadero puesto de sacrificios, de honra, de valor y de amarguras. Nunca calló cuando debía hablar, ni dejó oír su voz para transacciones indebidas. Fue un digno ciudadano antes, un digno ciudadano allí y siempre un legítimo y verdadero diputado de Puerto Rico.

Su opinión en cuanto a Ultramar fue la de atraer por la justicia, y clamó contra toda especialidad sinónimo de exclusión.

Así fue en todo: lógico para aquellos tiempos y para éstos como quiera toma por pauta la justicia; pero por desgracia, poco más podríamos extendernos al narrar su bravísima existencia, puesto que a más de esta circunstancia, desnuda aquella de lances y accidentes que den pasto al novelesco interés, tiene sin duda que ser poco variada y pintoresca, tropezando presto con el sepulcro.

A él le llevó la letal fiebre en Cádiz el 10 de junio de 1813, es decir, a los 38 años de edad, cuando ejercía tan notablemente las funciones de diputado y cuando tanto podía esperarse aún de aquella vida laboriosa.

Sus mortales cenizas descansan en el elegante mausoleo que el Ayuntamiento de Cádiz consagró a los diputados de las Constituyentes doceañistas, muertos en aquella ciudad, y el Municipio de ésta, al saber su fallecimiento, ordenó y llevó a cabo, con anuencia de la Diputación Provincial, pomposos funerales por cuenta de los fondos propios.

Pero Power vive aún, pues viven sus obras. Y si amarguras le costaron éstas, la satisfacción íntima de quien obra el bien, debió colmar en cierto modo las aspiraciones de su alma generosa. Que no era egoísta el hombre que como Power, mimado por la cuna, heredero de honoríficos cargos y de hacienda con que holgar, llamado a las distinciones por su carrera, hijo de una familia considerada por los hombres que se sucedían en el poder y poseedor de los respetos públicos; en vez de abandonarse al sueño del bienestar, como tantos otros, que así lo harían, dada la negligente vida de nuestra sociedad en aquellos tiempos, no rehuyó las pesadumbres que lleva consigo el afanarse por el bien de los demás. Sin duda comprendió que el bien y la dignidad particulares no pueden estar garantizados debidamente sin el bien y dignidad de todos, y desdeñó la indiferente holganza del espíritu a que le atraía lo que debió rodearle. Por eso, ardiendo en cívicas virtudes, sacrificó al ejercicio de éstas, como deber que se imponen las nobles almas, una tranquilidad que rara vez se compra sin serviles complacencias y sin pérdida o desmedro del carácter; por eso la posteridad agradecida le paga recordándole como debió pagarle en vida su conciencia.

No son ni el torrente asolador, ni el aguacero tropical los que fecundizan mejor la tierra; el modesto arroyo perseverante, la lluvia tenue y continuada, se filtran y penetran mejor en el limo vegetal sin arrastrarlo.

Le celebramos por lo que hizo y por lo que hubiera hecho a vivir más tiempo. Fue un carácter, porque era una voluntad reflexiva; fue digno, porque quiso y realizó el bien. ¡Estimable carácter, noble y fecunda existencia!

Comentario:

Un aspecto determinante de este texto de Alejandro Tapia y Rivera es que se fija en una figura determinada, Ramón Power y Giralt, y lo transforma en signo de lo mejor de Puerto Rico y en un emblema de la Identidad que dominó hasta la década de 1970. Sólo la Nueva Historiografía Social y la Historiografía Post-estructural, han revisado el protagonismo de Power en el discurso identitario desde entonces. La Identidad Puertorriqueña se sintetiza en un hombre excepcional: “Los hombres extraordinarios remueven el mundo y éste les aplaude”. La idea de que la Historia es un proceso en que, como ha dicho Fernando Picó, se ha “venido saltando de prócer en prócer”, queda instituida. La Historia se convierte en la expresión de las elites y en una gestión desde arriba, no muy distinta a la mirada de los historiógrafos españoles y extranjeros antes citados.

El texto está manufacturado como una obra dramática, tal y como la imaginaba Voltaire. Inicia con un paseo o introducción, plantea el conflicto con sus protagonistas y antagonistas, y articula un desenlace con el elogio de despedida. El héroe se convierte en signo moral y en un modelo social digno de ser imitado. El recurso a la Rueda de la Fortuna, es patente fortuna y azar convergen en la consolidación de la figura prócer y lo convierten en un inmortal. Y en el azar, como buen Romántico, una “tempestad tan terrible como frecuente” amenaza al niño Power en el mar de Cantabria.

La Biografía Laudatoria se caracterizó por su fin cívico y moral, o la voluntad de ser “útil” y “agradable” como las antologías literarias  publicadas en 1843 y 1844. El biógrafo destaca los valores de la verticalidad y la integridad del biografiado. Se trata de la proyección de una figura sin dobleces, sin cambios y que, en sí misma, representa un todo. Esa condición lo trasforma en el motor de cambio. El documento de Tapia y Rivera consagra dos fechas. El 1812 como momento de “regeneración nacional”, y el 1813 como el momento en que entramos a la Modernidad y se trocó “el hato de Puerto Rico en país de agricultores y comerciantes”. Los gestores son dos hombres: el Militar Ramón Power y Giralt y el Hacendista o Intendente Alejandro Ramírez. Vistos desde el presente, se trata de dos simplificaciones atroces.

Es importante destacar que en el caso de Power y Giralt, la hispanidad y la puertoriqueñidad son equiparadas. El autor no vacila en destacar “su acendrado españolismo y su amor al rey Fernando” cuando aquel era denominado el “Deseado”. Pero cuando habla en las Córtes de Cádiz, lo hace como puertorriqueño digno de “la memoria de los puertorriqueños agradecidos”. La dualidad de Liberalismo Insular en ciernes es evidente, pero la hispanidad se impone porque es la fuerza que permite la expresión del puertorriqueño.

En términos técnicos debo destacar, el uso de fuentes orales y escritas, de notas al calce informativas que he suprimido en el texto, el recurso a los apéndices documentales que expresan la voluntad de que “el documento hable por sí mismo” y convierte a la biografía en una introducción o prefacio a la colección documental; y el recurso de la digresión para insertar reflexiones críticas como la que se hace respecto al tema de la educación. Debo recordar que el  documento se escribió en el Sexenio Democrático (1868-1874) cuando había espacio y libertad suficiente para ello.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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