Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

julio 19, 2020

Apuntes y reacciones sobre “¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña?” Retornos…

  • Rodney Lebrón Rivera
  • Historiador
Sobre el autor:  Posee una maestría en Historia de América Latina y el Caribe de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha trabajado como investigador en el Centro de Acción Urbana, Comunitaria, y Empresarial de Río Piedras (CAUCE), como Oficial de enlace comunitario en la Oficina de Alianzas del Municipio de San Juan y como profesor del Departamento de Humanidades en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Humacao. Actualmente es estudiante graduado a nivel doctoral del Departamento de Spanish and Portuguese de Princeton University.
Publicado originalmente em 80 Grados-Historia el 3 de julio de 2020

Dedicado a Pedro L. San Miguel,
por el diálogo historiográfico, la risa y el humor…

¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? Es una interrogante clave que ha estado presente desde el año 2011. Recuerdo exactamente el espacio y la coyuntura cuando me encontré por primera vez con el ensayo de Mario Cancel Sepúlveda. Me iniciaba como estudiante de bachillerato y descubría la plataforma de 80grados; simultáneamente, laboraba como estudiante asistente de bibliotecario en la Biblioteca Gerardo Sellés Solá de la Facultad de Educación, de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. En esos momentos, entre el frío de la biblioteca, la espera por los estudiantes en el mostrador, y la lectura asidua de la revista que invita a pensar sin prisa, la interrogante planteada por Cancel Sepúlveda me inquietaba, pero no sabía con exactitud por qué cautivaba mi atención. A partir de ese momento, ¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? quedó codificado en mi formación como historiador y provocó diversas inquietudes, hasta el punto de que escribiera una tesis para obtener el grado de maestría cuyo tema principal es la historiografía puertorriqueña. Ricardo Piglia indica en sus Formas Breves: “La crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas. ¿No es la inversa del Quijote? El crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee.[1]

Me parece que el retorno de Mario Cancel Sepúlveda a esa interrogante nos invita a reflexionar la labor historiográfica en Puerto Rico. Ensayos como el de Cancel Sepúlveda son inquietantes ya que inducen a pensar y reflexionar en tiempos en que prevalecen sentidos comunes historiográficos que han monopolizado la discusión en torno a la imaginación y la escritura histórica. Al autor de “¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña?” Retornos… mis más sinceros agradecimientos, tanto por su provocación analítica como también por su producción historiográfica en los últimos años. Sin embargo, me parece que algunas de las consideraciones a las interrogantes que plantea el autor en su ensayo son unas muy abstractas o generales, por lo que no atienden debidamente las particularidades del campo intelectual puertorriqueño y, por consiguiente, de su historiografía.

Reconozco, como acertadamente indica Cancel Sepúlveda, que: “El trabajo de los historiadores profesionales en el siglo 21 se da en el marco de un conjunto de complejos procesos materiales e inmateriales que comenzaron a gestarse desde la década de 1990. En un contexto global, condiciones tales como la revolución informática, la proliferación de fuentes de información, la difusión de las redes sociales, todos ellos recursos accesibles tanto al investigador como al curioso, han impactado la relación del historiador profesional con los archivos, la comunidad intelectual y con sus interlocutores, sean estos estudiantes, colegas o lectores”. Resalto específicamente estas líneas por el hecho de que la historiografía puertorriqueña reciente ha estado en un constante diálogo con la aludida revolución informática. Afortunadamente, el internet y diversos medios digitales han seducido y cautivado la imaginación del historiador puertorriqueño. Cabría mirar algunos de las investigaciones de Iván Chaar-López, que abordan la plataforma Facebook como lugar de memoria, o las potencialidades de Youtube para la investigación histórica, entre otros tópicos relacionados con la revolución informática, a la cual nos remite el ensayo de Cancel Sepúlveda.

Por otro lado, me parece problemático afirmar, como hace Cancel Sepúlveda: “debo insistir en que en Puerto Rico nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable y los debates disciplinares y teóricos, por lo regular, poseen una naturaleza particular y aislada según se ha sugerido”. Me gustaría señalar que en el campo intelectual puertorriqueño sí han existido comunidades de saber estables, una de cuyas manifestaciones podría encontrarse en ese mítico Primer Seminario de Investigación del Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP), celebrado en el año de 1983. El mencionado seminario contribuyó a estructura e institucionalizar una concepción historiográfica que sería la base de una “comunidad de saber” –la Nueva Historia Puertorriqueña– que sí ha tenido una estabilidad y que Cancel Sepúlveda no reconoce en su escrito. En el seminario auspiciado por CEREP tomó forma una concepción político-instrumental de la historiografía puertorriqueña, que podría rastrearse en diversos ensayos de interpretación histórica, como también por medio de procesos de transdiscursividad, en el sentido de Michel Foucault, en diversas revistas, como Anales de Investigación Histórica y Op.Cit. del Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Los discursos historiográficos, desde la perspectiva político-instrumental impulsada en el seminario de CEREP, van atados al proyecto de un cambio en las estructuras políticas y sociales, desde la óptica de lo que Gervasio García nombró, en su ensayo Nuevos enfoques, viejos problemas: reflexión crítica sobre la nueva historia, como el “marxismo creador”.[2] Es desde este marco explicativo del pasado que el concepto “historiografía puertorriqueña” toma forma mediante lo “nuevo” en contraposición a lo “viejo”. Es decir, el análisis generacional “vieja historia/nueva historia” comienza su transcripción, cuya modalidad posee dos funciones programáticas: la primera radica en legitimar el autoproclamado grupo de la “nueva historia” como colectivo portador de una novedosa concepción historiográfica; la segunda estriba en reducir la complejidad de los análisis historiográficos por medio del prisma de lo dual, según el cual lo novedoso se contrapone a lo anticuado. Con la utilización del análisis generacional como herramienta de estudio en la historiografía puertorriqueña logramos obtener una óptica limitante donde se observa una “nueva historia” contraponiéndose a una “vieja historia”. Esto se debe a que los “nuevos” historiadores, desde un posicionamiento de “intelectuales orgánicos” de un nuevo proyecto político, buscaban, en el sentido de Edward Said, “hablarle claro al poder”.[3] Los “nuevos” historiadores se presentaron, por medio de un discurso, como: “la figura clara e individual de una universalidad de la que el proletariado sería la forma oscura y colectiva”.[4]

Por otro lado, en la actualidad, pareciera que la historiografía puertorriqueña es un campo consensual en el cual todos sus componentes –historiadores, científicos sociales, críticos literarios y otros colaboradores del campo intelectual– comparten una adhesión inquebrantable a determinadas concepciones e interpretaciones. Algunos dirán o especularán que lo indicado en este texto tiene validez, pero otros podrían preguntarse: ¿En qué se basa el autor para cuestionar el estado de la historiografía puertorriqueña? ¿Será éste otro texto de corte “posmoderno”, que no tiene nada que aportar al entendimiento histórico de la nación puertorriqueña? ¿Por qué preguntar de forma “perversa” sobre cuál es el status actual de la historiografía puertorriqueña? Ante tales interrogantes, me pregunto: ¿Hoy en día, todos los historiadores puertorriqueños, constituyen una “gran familia”, concepto que se articuló en las décadas de 1940 y 1960 como baluarte de capital social y cultural?

Resulta interesante, en su provocador ensayo, la mención que realiza Cancel Sepúlveda a la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH). Tal mención invita a pensar en esa afirmación que realiza el autor respecto a que “nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable”, por el hecho de que, por medio de una observación crítica de los carteles de las asambleas celebradas por esa Asociación, podemos rastrear la presencia de una comunidad, al parecer inalterable, cuyo sentido unitario y formativo radica en la concepción política-instrumental que venimos señalando.

A propósito de lo indicado por Cancel Sepúlveda de que “nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable”, comencemos a examinar la APH. Según su blog en el internet, la APH tiene como objetivo 12 puntos cardinales, sustentados en su meta de “fomentar la cooperación entre los profesionales de la Historia en Puerto Rico”.[5] Entre los puntos principales antes mencionados, se encuentra “fomentar la comunicación, la cooperación y la solidaridad entre los historiadores”, “organizar y promover la difusión y debate sobre el saber histórico”, y “promover la eliminación del discrimen contra personas por razón de sexo, raza, condición social, fe religiosa, ideología política u orientación sexual en el quehacer histórico”.[6] Me pregunto: ¿Los tres puntos antes señalados, los estará cumpliendo la mencionada asociación? ¿Será que los únicos eventos que se organizan y cuya difusión se promueven giran en torno a un tipo de saber historiográfico determinado? Se busca promover la eliminación del discrimen contra personas por razón de sexo, raza, condición social, fe religiosa, ideología política u orientación sexual, pero, ¿no conlleva una exclusión historiográfica palpable en el modo de operar la mencionada organización en el campo intelectual puertorriqueño? Puedo mencionar, por ejemplo, que desde el año 1995 esta asociación de historiadores no ha auspiciado un espacio para la historia intelectual ni para los debates sobre las propuestas y las problemáticas del giro lingüístico. Tampoco le ha dado continuación al crucial diálogo entre la literatura y la disciplina de la historia.

Para insistir en el diálogo historiográfico con el campo de la literatura, creo que deberíamos revisitar el libro publicado en el año de 1995 por la APH titulado historia y literatura, en el cual aparecen escritos de Ana Lydia Vega, Fernando Picó, Juan G. Gelpí y Mario R. Cancel Sepúlveda. Según Antonio Gaztambide Géigel, presidente en aquel entonces de la APH: “El tema de la relación de la historia y la literatura nos coloca en las fronteras de la profesión; zona de convergencia en la cual se están produciendo trabajos muy novedosos y fecundos. El foro y esta publicación acogen una reflexión sobre el diálogo y la intersección creativa de nuestras disciplinas. Este diálogo y sus críticos han venido desdibujando las fronteras tradicionales de los saberes”.[7]

Además, la misma APH publicó Historias vivas: Historiografía puertorriqueña contemporánea, editado por Silvia Álvarez Curbelo y Antonio Gaztambide Géigel. Partiendo del postulado de desdibujar las fronteras tradicionales del campo de la historia, Fernando Picó escribió en la introducción de esta obra colectiva que los ensayos reunidos en ese volumen: “son índice de la creciente democratización y profesionalización de la práctica historiográfica en Puerto Rico”.[8]  En los dos libros citados, se palpa que las premisas posmodernistas y literarias podían coexistir con perspectivas historiográficas “tradicionalistas” y “neotradicionalistas”, sin que tales puntos de vista se concibieran como peyorativos. Gracias a la democratización de la práctica historiográfica impulsada por la APH y otros historiadores en esos momentos, se comenzó a reflexionar acerca de cómo la historiografía puertorriqueña expandía sus fronteras imaginativas.[9]

Pero eso fue entonces: ahora es ahora. Cabe preguntarnos: ¿hasta dónde ha llegado esta frontera imaginativa, en el ámbito historiográfico, en Puerto Rico? ¿Cuáles son las diferencias entre las concepciones de la APH en la década de 1990 y las prevalecientes actualmente? ¿Cómo tales divergencias inciden sobre las concepciones acerca de la historiografía, de la “comunidad de saberes” y las funciones intelectuales y sociales de los historiadores?  Me parece que ha habido un retraso respecto a la frontera imaginativa que propulsó la APH en aquel entonces por el hecho de que la actual APH ha relegado la historia intelectual, así como los debates sobre el giro lingüístico, y del diálogo entre la literatura y la disciplina de la historia. En síntesis, se han obviado totalmente las discusiones recientes en torno a la epistemología de la historia. Lo que, a mi juicio, ha auspiciado la APH son proyectos historiográficos de carácter político-instrumental. Cabría observar las asambleas realizadas a partir del año 2015, en las cuales prevalecen las temáticas que estudian la “colonia” desde marcos analíticos en los que prevalece la noción de la “crisis”, ya sea económica, política o social. Ante tal panorama, ¿dónde quedó esa “creciente democratización y profesionalización de la práctica historiográfica en Puerto Rico” que muy bien puntualizó Fernando Picó?

Lo señalado respecto a la APH tiene como propósito demostrar que, mal que bien, ha existido y prevalecido una comunidad de saber estable en la historiografía puertorriqueña. Una comunidad que ha gozado de una estabilidad desde el año 1983 y que ha mantenido una hegemonía conceptual donde el concepto de la nación ha acaparado el protagonismo en la discursiva de la historiografía puertorriqueña. Esa misma comunidad de saber, en vez de debatir el giro lingüístico y las premisas de la posmodernidad desde los márgenes de lo conceptual, lo teórico, y lo metodológico, ha realizado más bien una apología de la concepción político instrumental de la historiografía puertorriqueña. Por lo tanto, me parece irónico que Cancel Sepúlveda alegue que “nunca ha habido una ‘comunidad de saber’ estable”, cuando en el mismo ensayo el autor versa sobre la comunidad a la que estoy aludiendo:

[…] en ocasiones, el debate reveló una superficialidad notable resultado del hecho de que el intercambio intelectual era propenso a circunscribirse a la argumentación ideológica y política tradicional. Para algunos de los interlocutores todo parecía reducirse a impugnar la situación de Puerto Rico en el marco del relato del progreso y su narración en el cual, por su condición colonial, el país no encajaba. El diálogo patinaba asido de la cuestión del estatus y su solución futura, razón por la cual era proclive a pasar por alto los efectos concretos que las nuevas condiciones materiales e inmateriales tenían para el trabajo de los historiadores. El asunto del posicionamiento del investigador ante los problemas, los imaginarios, el instrumentario y las metodologías cambiantes, no llamaba tanto la atención como los asuntos políticos.[10]

Cabría preguntarse: ¿La crisis raptó la imaginación intelectual de los académicos puertorriqueños? ¿La colonia es una especie de agujero negro que impide novedosas formas de crear discursividades históricas alternas? ¿Cuándo comenzaremos a pensar la historiografía puertorriqueña desde una postura crítica y no devota? Afortunadamente, en la actual coyuntura de crisis imaginativa, la Ediciones Laberinto publicó dos obras que muestran que es posible pensar a Puerto Rico desde la historia intelectual y que patentizan que el discurso acerca de “la crisis de la colonia” no tiene por qué monopolizar una nueva discursividad histórica. El primer texto se titula Intempestivas sobre Clío (Puerto Rico, el Caribe y América Latina) de Pedro L. San Miguel y, el segundo, La historia de los derrotados: Americanización y romanticismo en Puerto Rico, 1898-1917 de Rubén Nazario Velasco.[11]

El libro de Nazario es una historia intelectual que examina críticamente el discurso de lo que el autor llama “la conjura colonial” (todo es culpa de la colonia), predominante dicha discursividad entre los sectores hegemónicos del campo intelectual y cultural puertorriqueño, que se conciben como herederos simbólicos de la elite letrada de principios del siglo XX. El autor interroga, por medio de una lectura rigurosa de textos legales, literarios e históricos, el discurso de la elite letrada y el devenir político de Puerto Rico a comienzos del siglo pasado.[12]

Por otro lado, el texto de San Miguel es una compilación de ensayos que se conglomeran bajo el principio rector de hurgar los relatos como una forma de acceder a la dimensión metahistórica del conocimiento histórico. En el texto de San Miguel, encontramos ensayos que atienden la historiografía puertorriqueña, los campos intelectuales caribeño, mexicano y estadounidense, y, por último, los letrados y la esfera pública del Puerto Rico contemporáneo. Ambos trabajos son una muestra de una historia intelectual que no se adhiere al entendido político instrumental de la historiografía y que buscan superar los sentidos comunes historiográficos desde una postura crítica y no devota.

Gracias, Mario Cancel Sepúlveda, por invitar a reflexionar y pensar la practica historiográfica en un Puerto Rico carente de dialogo, debates y polémicas, por lo que deseo cerrar este escrito con unas palabras de Carlos Pabón Ortega que nos invita a reflexionar sobre lo discutido: “la polémica no es bienvenida y se evita a toda costa porque polemizar se considera dañino, se asocia con el ataque personal, con tonos agresivos, con disquisiciones improductivas o con lo que no es constructivo; se asocia, en fin, con el disenso y el desacuerdo, y no ayudan a ‘resolver los problemas del país’. Lo que importa en nuestro campo intelectual es el consenso, no la polémica que divide”.[13]

______________

[1] Ricardo Piglia, Formas breves. Barcelona, Editorial Anagrama, 2000, p. 141.

[2] Gervasio L. García, “Nuevos enfoques, viejos problemas: reflexión crítica sobre la nueva historia” en Historia crítica, historia sin coartadas. Algunos problemas de la historia en Puerto Rico. Río Piedras, Ediciones Huracán, 1985.

[3] “La formación de los intelectuales” en Antonio Gramsci, Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán.  México, Siglo XXI, 1988. Edward Said, Representaciones del intelectual. Barcelona, Paidós, 1996. Se puede apreciar lo expuesto sobre la visión político-instrumental del concepto historiografía puertorriqueña por Gervasio L. García con su reseña sobre el libro: Puerto Rico: una interpretación histórica-social de Manuel Maldonado Denis. En esta reseña García expone: “Sin embargo, Puerto Rico: una interpretación histórico-social no añade ningún arma nueva al arsenal ideológico e intelectual de la lucha independentista y de la historiografía puertorriqueña”. En Gervasio L. García, “Apuntes sobre una interpretación de la realidad puertorriqueña”, en Historia crítica, historia sin coartadas: Algunos problemas de la historia en Puerto Rico. Río Piedras, Ediciones Huracán, 1985, p. 107. Manuel Maldonado Denis, Puerto Rico: una interpretación histórico-social. México, Siglo XXI Editores, 1969.

[4] Michel Foucault, “Verdad y poder” en Estrategias del poder. Barcelona, Paidós, 1999, p. 49.

[5] Sobre lo indicado, puede visitarse la página de internet: https://historiadoresaph.wordpress.com/acerca-de/.

[6] Ibíd.

[7] Antonio, Gaztambide, “A manera de presentación” en Ana Lydia Vega, Fernando Picó, Juan G. Gelpí y Mario R. Cancel. historia y literatura. San Juan, Editorial Postdata, 1995.

[8] Fernando Picó, “Ser historiador en Puerto Rico hoy” en Antonio Gaztambide y Silvia Álvarez, historias vivas: Historiografía puertorriqueña contemporánea. San Juan, Editorial Postdata, 1996, p. 12.

[9]Sobre lo indicado, véase la disertación para el grado de Maestría disponible en el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras: Creación, Control y Disputas: Los debates sobre la significación del concepto historiografía puertorriqueña, 1983-2010 de Rodney Lebrón Rivera, pp. 111-112.

[10] https://www.80grados.net/que-pasa-en-la-historiografia-puertorriquena-retornos/

[11] Pedro L. San Miguel, Intempestivas sobre Clío (Puerto Rico, el Caribe y América Latina). San Juan, Ediciones Laberinto, 2019; y Rubén Nazario Velasco, La historia de los derrotados: Americanización y romanticismo, 1898-1917. San Juan, Ediciones Laberinto, 2019.

[12] Sobre el trabajo de Rubén Nazario Velasco véase: La historia de los derrotados o el conjuro colonial de Carlos Pabón Ortega en https://www.80grados.net/la-historia-de-los-derrotados-o-el-conjuro-colonial/

[13] Carlos Pabón Ortega, Polémicas: política, intelectuales, violencia. San Juan Ediciones Callejón, 2014, p. 12.

 

 

julio 7, 2020

“¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? Retornos…

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

El 19 de agosto de 2011 publiqué en la sección de historia de 80 Grados la columna  “¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña?”. Aquella fue mi primera colaboración con este proyecto intelectual al cual tanto debo. Recuerdo que el texto fue ilustrado con la imagen de la cabeza de un poderoso y masivo Karl Marx y, como contraparte, la portada del volumen Posmodernismo para principiantes (2004) de Richard Appignanesi y Chris Garratt sobre una mesa. Aquel Marx me recordaba el busto de plástico de alta resistencia creado por Lev Kerbel ubicada en Chemnitz desde 1971. El ilustrador(a), parecía ver en aquellas imágenes los extremos de un debate. Lo cierto era que aquellos objetos sugerían con precisión la tónica de una disputa que había tenido lugar en Puerto Rico a mediados de la década de 1990 la cual, a la altura del 2011, había quedado en el olvido.

Preludio

La referida discusión en torno al postmodernismo involucró, de un lado, a historiadores socioeconómicos así como a marxistas ortodoxos y revisionistas, nacionalistas e,  incluso, tradicionales; y del otro a historiadores del giro cultural y lingüístico que se identificaban como novísimos historiadores. No todas las voces participantes provenían de la historiografía: antropólogos, sociólogos y economistas hicieron acto de presencia. Uno de los  registros más enriquecedores de aquel intercambio fue la experiencia intelectual y editorial de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH). El amplio temario de las conferencias de sus asambleas anuales, que entonces se celebraban a lo largo de todo el país como parte de su compromiso de descentralización del saber, y su producción editorial, sirvieron para difundir un conjunto de problemas pertinentes al debate posmodernista que, de otro modo, nunca hubieran salido a flote. El Centro de Investigaciones Históricas y la revista Op. Cit., adscritas a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, y un pequeño conjunto de publicaciones tales como Posdata, Bordes y Nómada, entre otras, completaron el cuadro de aquel instante polémico e inspirador. En la literatura creativa también se debatía pero ese es un asunto que discutí en un volumen de 2008.

Tomada de Left Voice

Es lamentable que, dada la carencia de una historiografía del tiempo presente, inmediata o actual,  aquella experiencia  no haya sido objeto de un estudio sistemático al día de hoy. Tampoco lo ha sido desde la crítica literaria a pesar de que para un historiador joven, como era mi caso, una de las lecciones que se podía obtener del proceso de transición del siglo 20 al 21 era que el ensayo interpretativo denso y profundo había vuelto por sus fueros. La ensayística había sido una expresión protagónica durante las décadas del 1930 al 1960 y, al filo del cambio de siglo, había regresado para convertirse  en uno de los pilares de la imaginación y la creatividad entre los intelectuales del país.

Es cierto que, en ocasiones, el debate reveló una superficialidad notable resultado del hecho de que el intercambio intelectual era propenso a circunscribirse a la argumentación ideológica y política tradicional. Para algunos de los interlocutores todo parecía reducirse a impugnar la situación de Puerto Rico en el marco del relato del progreso y su narración en el cual, por su condición colonial, el país no encajaba. El diálogo patinaba asido de la cuestión del estatus y su solución futura, razón por la cual era proclive a pasar por alto los efectos concretos que las nuevas condiciones materiales e inmateriales tenían para el trabajo de los historiadores. El asunto del posicionamiento del investigador ante los problemas, los imaginarios, el instrumentario y las metodologías cambiantes, no llamaba tanto la atención como los asuntos políticos.

A muchos les seducía la devaluación del marxismo y el nacionalismo como instrumentos hermenéuticos ante los retos de una aproximación cultural y discursiva. Una crítica que había sido formulada contra el marxismo ortodoxo y el nacionalismo de derecha que representaban el totalitarismo de izquierda y derecha históricos, se hacía extensiva con torpeza y mala fe a cualquier expresión de aquellos sistemas de pensamiento y acción. La politización simplista del debate traducía actitudes que recordaban, desde mi punto de vista, los de un conflicto teológico, confesional, partisano o faccioso y producían un mal sabor que truncó muchas de las posibilidades que la situación ofrecía. “Posmoderno” se convirtió en un insulto o una broma de pasillo de mal gusto para los “marxistas” y “nacionalistas”… y viceversa. Entre la reflexión y la irreflexión siempre ha habido puentes que no cobran peaje.

Los intercambios, por último, no superaron los circuitos limitados de los participantes. El sistema universitario, dominado por una educación bancaria, por la racionalidad instrumental y los apetitos del mercado según avanzaba el orden neoliberal, nunca fue un espacio apropiado para ese fin a pesar de que una parte significativa de los contendientes provenía de la universidad. Así lo señalé en un volumen de historia de Puerto Rico que se hizo público en 2008. La conmemoración del 1898 en el 1998, el centenario reflexivo de la invasión de 1898, como antes la recordación del 1873 en 1973, tuvo un efecto inquietante que habría  que explorar con más serenidad. Aquellos dos signos de la modernidad puertorriqueña habían ocurrido en el marco del coloniaje más atroz. El tema del 1898 era oportuno para echar una ojeada al dístico moderno/posmoderno. Por eso muchos de los componentes de la porfía en torno al posmodernismo se materializaron en la producción intelectual alrededor del 1898. Después de ello las aguas volvieron a su nivel en medio de un proceso en el cual el derrumbe de lo que había sido la promesa de progreso de la segunda posguerra mundial en 1947 se hizo patente entre 2001 y 2005.

En aquellos diálogos del 1990 al 2005, muchos de los cuáles se redujeron al monólogo o el soliloquio,  participaron un puñado de académicos que al cabo del tiempo nunca elaboraron un balance en torno a las nuevas condiciones en que el pensamiento histórico y social se desarrollarían a partir de entonces. Tampoco ejecutaron ese ejercicio los historiadores sociales y económicos: la reflexión sobre la reflexión  no ha sido una práctica común en el territorio de la historiografía y las ciencias sociales.

El giro cultural y su convocatoria a la redefinición de la disciplina a la luz de la cultura, la literatura, el lenguaje y la narración, cambió poco las condiciones del saber en esos campos. La afirmación de que la historia cultural no poseía los atributos o instrumentos para explicar, como la historia social y económica, un problema de orden material, es aceptable. Pero ello nunca ha significado que no sea posible ni pertinente producir una interpretación cultural de lo social y lo económico o de la apropiación inmaterial de lo material. El 2020 parece un buen momento para retornar a ese tipo de deliberaciones: los momentos de crisis, aquellos que propician el derrumbe de órdenes que habían sido tenidos durante largo tiempo como estables,  siempre son fértiles para meditaciones de esta naturaleza. Tal vez no se trate de la caída del Imperio Romano o de la disolución del orden señorial, pero algo de ello posee metamorfoseado este presente. Claro está, los historiadores saben desde tiempos inmemoriales que las “caídas” nunca son totales y que las  “disoluciones” no borran toda huella del pasado.La evolución de la historiografía no es una excepción.

Una de las razones para el silenciamiento de estos procesos y la mitigación de sus efectos ha sido el quietismo que ha caracteriza a la tradición universitaria en este país desde la segunda posguerra mundial. Esta ha sido una institución demasiado inclinada, desde mi punto de vista, a la conservación y renuente a la revisión por consideraciones que no estoy en condiciones de explicar ahora. Si ello se combina con el hecho de que paralelamente las ciencias sociales y humanas han sufrido un visible retroceso en el ámbito de los saberes en Puerto Rico neoliberal y postindustrial, tendremos un cuadro más completo del problema.

Y ahora ¿qué?

El trabajo de los historiadores profesionales en el siglo 21 se da en el marco de un conjunto de complejos procesos materiales e inmateriales que comenzaron a gestarse desde la década de 1990. En un contexto global, condiciones tales como la revolución informática, la proliferación de fuentes de información, la difusión de las redes sociales, todos ellos recursos accesibles  tanto al investigador como al curioso, han impactado la relación del historiador profesional con los archivos, la comunidad intelectual y con sus interlocutores, sean estos estudiantes, colegas o lectores. El hecho de que la sociabilidad y el contacto virtual parezcan querer imponerse a las forman convencionales de socializar y relacionarse con el resto de la humanidad, es indicativo de ello.

En lo que incumbe a este campo de trabajo, una de las secuelas más visibles de todo ello ha sido que la universidad ha dejado de ser la única institución en condición de emitir juicios, confiables o no, con respecto a la representación del pasado. Aunque la competencia entre una variedad de emisores de saber no es un asunto nuevo, las tensiones entre ambos extremos se han multiplicado hasta el presente minando la confiabilidad que poseía el intelectual académico. El debate posmoderno de la década de 1990 fue uno de los componentes de ese problema en la medida en que articuló un inteligente cuestionamiento en torno a la solidez y la confiabilidad de la Historia Relato según la había formulado la tradición occidental moderna amparada en la racionalidad instrumental, sugiriendo de modo convincente su condición de mera ficción al servicio del poder de una ideología, una veces vinculada al capital y otras a todo lo contrario.

El nuevo orden capitalista neoliberal y la globalización, han provocado un cambio profundo que ha tenido efectos precisos en la práctica de la reflexión histórica mundial.

  • En lo que incumbe a la concepción de eso que llamamos historia, ha conducido a la revisión de la tácticas (métodos) y estrategias (teorías) para representar el pasado. Una parte significativa de los instrumentos interpretativos de la época de la Guerra Fría perdieron toda utilidad en la pos Guerra Fría.
  • En lo que concierne a la figura de historiador, ha estimulado la reflexión sobre su condición como productor de conocimiento y ha justificado la revisión de las metodologías y las fuentes de información legítimas a la hora de formular sus conclusiones.
  • Y en lo que atañe a la historiografía como un campo profesional y académico ha viabilizado, y a veces forzado, la revisión de los procedimientos para su reproducción, es decir, la educación y difusión del saber, sin excluir los artefactos de su difusión editorial en donde texto e hipertexto compiten espacios. Todo ello ha reconfigurado lo que antes se consideraba una “comunidad de saber” más o menos estable.

Ninguno de los tres casos pueden ser considerados problemas “menores”. Las transformaciones generaron una “conmoción” en la medida en que alteraron unas condiciones de vida del historiador que, en el marco europeo, habían alcanzado estabilidad institucional desde fines del siglo 19, y en el puertorriqueño desde 1950. El tema de la educación a distancia en medio de la pandemia de Covid19 de 2020, un indicador global, es sólo la expresión más reciente de un dilema más hondo que viene exteriorizándose desde la década de 1990. Si a ello se añade la degradación de la situación laboral de los profesionales de la historia, asunto que también afecta a las demás disciplinas del saber, y las dificultades que los costos de estudio imponen a los interesados en ese campo, se tendrá una idea de la situación crítica que vive la disciplina hoy en día.

En cuanto a los primeros dos casos, la concepción de la historia y la figura del historiador, debe reconocerse que en el escenario puertorriqueño ha habido en ciertos núcleos una revisión intensa. La representación del pasado ha cambiado y, vinculado a  ello, algunos historiadores ha sido capaces de revisar sus herramientas de trabajo de manera creativa. Ello no debe sorprender a nadie: la práctica de la historiografía no escapa a la historicidad y en 2020 no serviría de mucho imaginar el pasado con los instrumentos que se invirtieron a ese fin en las  décadas de 1850, 1880, 1930, 1950 o 1970.

La práctica historiográfica puertorriqueña ha seguido girando en torno a unos núcleos temáticos concretos, apelando a tradiciones interpretativas de uno y otro origen sin que en realidad se haya dado una revolución intelectual como la que muchos imaginaban en la década del 1990. La polémica de entonces no tuvo un efecto profundo sobre el imaginario histórico y social puertorriqueño. El hecho de que las revoluciones intelectuales, como las revoluciones políticas,  nunca hayan sido totales ni hayan conseguido efectos homogéneos sobre sus testigos, explica la heterogeneidad del hacer historiográfico durante los primeros dos decenios del siglo 21. Lo que sí ha cambiado ha sido el observador que siempre es otro. El hecho es importante porque las crisis, si bien se parecen, no poseen siempre el mismo sabor.

Debe reconocerse que una reflexión historiográfica confiable se puede elaborar desde una variedad de perspectivas, siempre y cuando las artes y las destrezas básicas de la profesión sean bien invertidas. Siempre habrá problemas concretos que será pertinente interpretar recurriendo a las herramientas de la historia social económica, el marxismo o, incluso, la historiografía tradicional, miradas que algunos presumen han sido “dejadas atrás”. La hibrides de la producción historiográfica de los últimos 20 años así lo demuestra porque, después de todo, una historiografía respetable depende más del trabajo cuidadoso del historiador que de los contextos teóricos de vanguardia o de moda a los cuáles apele: también estos pueden generar un producto defectuoso. En última instancia, la garantía de la innovación no se encuentra en los parámetros ideológicos que se inviertan en una interpretación sino en el intérprete, en el pensador que propone, como un artista, una meditación. Pensar históricamente sigue siendo un campo abierto y un reto en especial en tiempos tan atroces como los que se viven. 

En cuanto al tercero de los casos relacionado con la reproducción del saber, debo insistir en que en Puerto Rico nunca ha habido una “comunidad de saber” estable y los debates disciplinares y teóricos, por lo regular, poseen una naturaleza particular y aislada según se ha sugerido. En ese sentido, es realmente poco lo que se pierde en este aspecto. Si a ello se suma el hecho de que esas condiciones deben ser vividas, comprendidas y apropiadas desde la multiplicidad de las crisis -económica, política, cultural, administrativa, financiera, jurídica, moral, ambiental y salubrista acompañada de un largo etcétera- el riesgo que se corre aquel que se ubique como historiador en el presente es de un rango superior. El camino de los historiógrafos del 1990 al 2020 ha estado lleno de entuertos. Habrá que mirarlos con calma a ver cómo se desenredan.

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia  el 12 de junio de 2020.

abril 28, 2018

Apuntes sobre una interpretación del independentismo puertorriqueño en el siglo 20 y al filo del siglo 21

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia
Comentarios a Ché Paralitici (2017) Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico. San Juan: Gaviota.

El libro de Ché Paralitici, publicado en un momento de inflexión y de crisis que todos debemos evaluar con cuidado, manifiesta una lógica sugerente y rica. Lo que plantea es una invitación al estudio reflexivo del independentismo, una propuesta política llena de complejidades y contradicciones. Las premisas teóricas de las que parte este comentario son sencillas.  Puerto Rico experimenta un “largo siglo 20”, como diría Eric Hobsbawm, que comienza en el 1898 y que aún no ha terminado.

El rasgo más revelador de ese siglo es el ingreso del país a la esfera jurídica estadounidense bajo cuya influencia económica y cultural se encontraba desde mediados del siglo 19. El independentismo puertorriqueño expresa una forma de la resistencia a la presencia de ese “otro” y a la forma en que la misma ha ido evolucionando. Durante ese “largo siglo 20” inconcluso el independentismo ha mostrado un comportamiento específico antes y después de la Guerra Fría (1947-1991). El objetivo teórico de este libro es establecer las continuidades y discontinuidades del independentismo antes y después de ese fenómeno. Sobre esa base aspira elaborar una propuesta de futuro plausible que adelante la liberación del país.

José “Che” Paralitici

Antes de la Guerra Fría (1898-1947)

La interpretación del periodo anterior a la Guerra Fría (1898-1947) se sostiene sobre una serie de premisas. Primero, el efecto perturbador del 1898. Estados Unidos, adversario político y socio de negocios de España durante el siglo 19, un modelo de liberalismo económico y político y de crecimiento que muchos separatistas independentistas habían visto como un aliado para su causa en contra de la monarquía española, se transforma en el enemigo de la independencia de Puerto Rico tras ocuparlo al cabo de la Guerra Hispano-Cubana-Estadounidense. La lógica de que Estados Unidos era un potencial aliado era común a independentistas y anexionistas. Incluso muchos liberales reformistas y autonomistas compartían ese juicio. El limbo colonial que nos inventó la Ley Foraker de 1900, sin embargo, no difería del que se dejaba atrás. El 1898 justificó una ruptura entre independentistas y anexionistas que, predecible desde la década de 1850, siempre se había evitado a fin de favorecer la causa común: la derrota y desalojo de España de las Antillas. La incertidumbre que esos hechos produjeron es visible en dos figuras emblemáticas de cada una de esas tendencias: Eugenio María de Hostos y José Julio Henna.

Segundo, desde la invasión de 1898 hasta 1930 el independentismo vivió una era de “tanteo” en la cual sus intelectuales se vieron precisados a reformular el pasado hispánico e inventarle una mitología que Betances o Ruiz Belvis no hubiesen secundado. Aquellos habían afirmado la necesidad de “desespañolizar” nuestra cultura. El independentismo de nuevo cuño aspiraba a “re-españolizarlo” para evitar la “americanización”. El nacionalismo cultural moderado, que Albizu Campos denominó ateneísta, generó una discursividad que condujo a la hispanofilia. La reformulación de la identidad cultural o política después del 1898 acabó tomando en cuenta el efecto desestabilizador del 1898. No se trata de darle crédito a la tradicional “teoría del trauma” sino de llamar la atención sobre una situación real. Volver a la “teoría del trauma” sería reducir un proceso cargado de materialidad a un conflicto inmaterial afín al regeneracionismo hispano del cual fue un opaco reflejo.

Tercero, la época de “tanteo” terminó en 1930 con la afirmación del nacionalismo político de Albizu Campos. Éste tomó lo que consideró mejor del nacionalismo cultural moderado y lo cargó de contenidos prácticos hasta la agresividad. Para la interpretación de este giro es cardinal tomar en cuenta la Gran Depresión (1929), los inicios del Nuevo Trato y el Estado Interventor (1932) y el realineamiento político por el que atravesó el país entre 1920 y 1940. Entre los nuevos actores que emergieron de aquella vorágine, el nacionalismo de la “acción inmediata” fue uno. El otro fue el populismo, un movimiento proclive aliarse con los agentes novotratistas igual que también lo hicieron las izquierdas anticapitalistas en aquel contexto.

Cuarto, todo sugiere que superar el “tanteo” y pisar terreno firme no fue suficiente. Puerto Rico, cuyo valor geoestratégico era reconocido desde la invasión de 1898, se convirtió en una clave de la política hegemónica de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Guerra Fría (1947-1991). La documentación de esa relevancia en los registros oficiales y no oficiales producidos en el marco de la ocupación entre 1898 y 1926 alrededor del nudo del Canal de Panamá (1914) y la Gran Guerra (la primera de 1914-1918), debe tomarse en cuenta para que no parezca que la evaluación emanada de la guerra del 1939 era una novedad.

Es importante recordar que durante la primera parte del siglo 20 los nacionalismos y los socialismos iban por rutas separadas. El hecho de que los socialismos fueran identificados sin problema con las “izquierdas”, facilitaba el desplazamiento de los nacionalismos hacia las “derechas”. Detrás de este argumento había un componente de clase obvio. Ese asunto, tratado de modo superficial, ha representado un dolor de cabeza para la interpretación de los nacionalismos en el marco de una teoría progresista ortodoxa que no comparto. El volumen de Paralitici no enfrenta ese problema teórico, aunque ofrece mucha información sobre las fragilidades y las fortalezas de la relación entre ambos extremos en un marco colonial como este.

De hecho, la convergencia entre socialistas e independentistas tuvo que aguardar hasta la década de 1930 y la Gran Depresión, cuando la relación con Estados Unidos puso al país en medio de la espiral del desarrollo capitalista dependiente en una posición incómoda. Los resultados del encuentro entre los extremos ideológicos fueron contradictorios y los debates entre las aspiraciones de uno y otro muy comunes entre 1930 y 1970. Hasta el 1930, el movimiento socialista y comunista habían preferido apoyar la transformación de Puerto Rico en un estado de la unión o se conformaban con una mayor autonomía para la isla. Siempre habían expresado alguna aprehensión en cuanto al asunto de la independencia y, en especial, el nacionalismo. La convergencia entre socialistas, comunistas y nacionalistas alrededor de la independencia solo se estabilizó tras el fin de la era de la contención Washington-Moscú pero siempre ha sido inestable.

Durante la Guerra Fría (1947-1991)

En medio de la Guerra Fría ocurrió otra era de “tanteo” que el autor insinúa. La ofensiva contra el movimiento anticolonial entre 1932 y 1954 fue atemorizante y eficaz. Durante ese periodo el independentismo, el nacionalismo, el populismo, las izquierdas socialistas y comunistas chocaron con intensidad. La represión condujo a un periodo de contracción, moderación y crisis en el sector. El hecho de que fragmentos de todos aquellos sectores se viesen precisados a elaborar acuerdos tácticos con Estados Unidos a la luz de la crisis económica y política, no puede ser descartado como estímulo a la crisis. En Estados Unidos las izquierdas, socialistas y comunistas, elaboraron una alianza con los reformadores demócratas. En Puerto Rico, esos mismos sectores prefirieron una alianza con los novotratistas y los populistas, y no con los nacionalistas.

Entre 1946 y 1959 la relación colonial fue “reformada” por medio de la aplicación de transformaciones que, manteniendo la dependencia, mejoraban la imagen internacional de Estados Unidos. Esa fue la era de oro de Operación Manos a la Obra y de la cirugía cultural denominada Operación Serenidad. El pesimismo filosófico que penetró la discursividad literaria del 1950 es, sin duda, una expresión de aquella situación paradójica.

Visto desde la distancia, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial habían cambiado la escena puertorriqueña planteando retos que el independentismo no siempre pudo superar. El realineamiento ideológico de este sector fue profundo. Algunos segmentos del socialismo amarillo, que había sido un aliado de Estados Unidos y los estadoístas; y del comunismo rojo, que había sido un aliado de los populares y el Nuevo Trato, se movieron hacia el independentismo. Los efectos sobre el discurso independentista fueron enormes durante la década de 1960 cuando la conflictividad de la Guerra Fría maduró en el Caribe al socaire del socialismo cubano. El caso de Cuba no fue un asunto aislado. La Guatemala de 1951 al 1954 fue una precuela, y la República Dominicana del 1962 al 1965 una secuela significativa por las relaciones históricas de ese país con Puerto Rico.

En ese tejido se dieron las condiciones para la revitalización del independentismo. El reavivamiento estuvo relacionado con las grietas que rompieron el aislamiento colonial y adelantaron el colapso de la secretividad impuesta por Estados Unidos respecto a Puerto Rico desde 1953 en la Organización de Naciones Unidas. Debo recordar que entre 1960 y 1972, el asunto de Puerto Rico volvió a discutirse en el Comité de Descolonización gracias a los esfuerzos del nuevo independentismo puertorriqueño y a la insistente diplomacia cubana. El independentismo era la única tendencia que afirmaba el carácter colonial del ELA. Tanto el estadolibrismo como el estadoísmo republicano, insistían en lo contrario y afirmaban el carácter interno (no internacional) del asunto del “estatus”.

La gran paradoja que emana de la lectura de este libro tiene que ver con el “afuera” del independentismo y con el problema de la percepción de la gente. Para la mayor parte de los puertorriqueños en las décadas del 1960 a 1990, resultaba más cómodo adoptar el discurso antinacionalista, anti-independentista y anticomunista promovido por las autoridades, que apropiarlos como un proyecto esperanzador. La criminalización del independentismo había surtido efecto.  Las posibilidades de insertar en Puerto Rico un nacionalismo innovador o un socialismo renovado y re-humanizador, fueron frenadas en el marco de una cultura política pobre. Aclaro, por otro lado, que la imagen internacional de los nacionalismos y los socialismos no era muy buena a la altura de la década de 1960. El efecto que había tenido el socialismo real soviético durante la época de Stalin; y el fascismo italiano y el nazismo alemán, explican la incómoda situación de esas propuestas en un contexto colonial y puertorriqueño anterior a la gran crisis de 1970 a 1973.

Mario R. Cancel Sepúlveda

Después de la Guerra Fría (1991 al presente)

La interpretación del periodo de la post-Guerra Fría se elabora alrededor de la “manzanas de la discordia” que Paralitici sintetiza con precisión, a saber:  la participación electoral, la violencia y la ilegalidad, y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. Cada uno de esos puntos ha sido justificado por medio de principios intransigentes, o sobre la base de necesidades tácticas a la luz de la praxis. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones une o separa al independentismo a pesar de que cada una de ellas puede validarse o invalidarse con argumentos de teórico o prácticos.

Es ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar en buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos y los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués que se entrecruzan no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas de esta naturaleza. En ese sentido, lo más apropiado sería hacer lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual se presume luchan el independentismo y el socialismo.

La otra cara del asunto posee un fuerte contenido filosófico y sociológico. Hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema del independentismo podía sintetizarse en el hipotético opuesto de la “nación” y la “clase social”. El debate de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida, en uno; o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción, en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los nacionalistas y los socialistas presentes en las luchas políticas desde 1959 en adelante, comenzaron a erosionarse a partir de 1976 en la misma frontera del orden neoliberal o post-capitalista.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de la “nación” o la “clase social” como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, pusieron en duda la eficacia de la “nación” o la “clase social” como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un inconveniente de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega Paralitici en su libro es que la inclinación por las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a qué lucha debe ser la prioritaria está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción o los circuitos de consumo. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmentos de clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen unos y otros no son las mismas.

Por más complejas que parezcan estas situaciones no se trata de un problema sin solución. El volumen Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico de José “Che” Paralitici  lo deja listo para la discusión. La mesa está servida. Sólo falta que vengan los comensales y que se inicie esta necesaria tertulia.

diciembre 23, 2015

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente VI

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

En el campo académico la década del 1990 fue testigo del inicio del debate sobre el tema de la modernidad y postmodernidad. En términos generales, la validez de la herencia material y cultural moderna, que en Puerto Rico se había desarrollada en el marco de la dependencia colonial. El Puerto Rico moderno se asociaba al proceso de industrialización, el tránsito de la industria liviana a la pesada, la inversión en la producción de fármacos y alta tecnología, el desarrollo urbano y el enrarecimiento del pasado rural. Aquellos índices estaban vinculados a la segunda posguerra mundial, la Guerra Fría, el estado interventor y benefactor y, por supuesto, al ELA y el dominio del PPD y el PNP en el periodo anterior al rosellato. El Puerto Rico más allá de la modernidad surgiría de las cenizas de aquel.

Mijaíl Gorbachev y Ronald Reagan

Mijaíl Gorbachev y Ronald Reagan

El fin de la era de la empresas 936 fue un evento que marcó el fin de una época y el inicio de otra, como ya se ha sugerido: el liberalismo abría paso al neoliberalismo. El cambio fue dramático porque planteaba enormes paradojas. Desde la invasión de 1898 y la Ley Foraker de 1900 había “comercio libre” entre Puerto Rico y Estados Unidos precisamente porque el país era un territorio no incorporado al imperio. La relación colonial aseguraba el libre comercio entre ambos mercados. Pero en la década de 1990 en el marco del neoliberalismo, se decidió demoler las barreras arancelarias y el “privilegio” del ELA se convirtió en moneda común. El “libre comercio” instituido en 1900 era asimétrico y estaba mediado por la Leyes de Cabotaje y el monopolio de ciertas compañías de transporte que encarecían los consumos en el mercado local pero aún así representaba una excepción que muchos valoraban. Lo que legitimaba su existencia era el valor militar de la isla caribeña en el contexto de la Guerra Fría. Después de la decisión de 1996 y terminada la Guerra Fría en 1991, dado que no se revisó la relación estatutaria entre ambos pueblos, la única manera de mantener el “libre comercio” con Estados Unidos era la soberanía. El tránsito de la modernidad a la postmodernidad, del liberalismo al neoliberalismo una vez dejado atrás el conflicto este-oeste, reclamaba la solución del estatus.

Me parece que buena parte de la intelectualidad de todas las tendencias estaba consciente de ello en la década del 1990. Sin embargo, la dejadez  de la clase política que había crecido al amparo del ELA y su causa y la morosidad del Congreso que estaba ocupado en otros asuntos, freno aquella posibilidad. A aquella dilación habría que añadir que los sectores tradicionalistas y moderados en el PPD, los que todavía concebían el ELA como una “solución final” al dilema de estatus, se enquistaron en el poder e imposibilitaron una revisión ideológica creativa de aquella organización. Muchos de los que en 1960 militaron cerca de la “nueva generación” de populares soberanistas se habían movido de la izquierda a  la derecha del PPD, como fue el caso del exgobernador Hernández Colón.

 

Los debates académicos

En términos intelectuales los paradigmas, presunciones o certidumbres modernas más interpeladas en aquella década de debate tenían que ver en Puerto Rico con la resistencia a la situación dominante. Por un lado se ponía en entredicho el nacionalismo político y cultural, ideologías que salieron muy lastimadas de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, del desarrollo de la sociedad de consumo y la revolución de las comunicaciones y la informática que se afianzó en los 1990. Por igual situación pasaba el socialismo en todas sus formas, sistema que se había deteriorado desde la segunda posguerra al calor de los regímenes de Josip Stalin y el neoestalinista Leonid Brézhnev y cuya crítica articularon de modo convincente Lech Waleza y el sindicato “Solidaridad” desde Polonia, y Mijaíl Gorbachov por medio de la glasnost y la perestroika, en los años 1980. El fin de la Guerra Fría (1989-1991), catapultado por el inicio del derribo del Muro de Berlín el 10 de noviembre de 1989, fue interpretado como un signo del triunfo del oeste sobre el este. El “socialismo realmente existente” y el socialismo en general, se vieron en la necesidad de reformularse de cara a una era inédita.

Lech Waleza y "Solidaridad"

Lech Waleza y “Solidaridad”

Es cierto que el “socialismo realmente existente” desaparecía con el bloque socialista. Pero el “capitalismo realmente existente”, identificado con el estado interventor y benefactor y que actuaba como intermediario entre el pueblo y el mercado, también desaparecía en medio del fenómeno. El neoliberalismo era otra cosa y todavía estaban por establecerse, a la larga eso se determinaría en la práctica, sus efectos sobre las relaciones políticas  y sociales. El debilitamiento de la ilusión de igualdad al amparo del estado que había animado al “socialismo realmente existente”, era sustituido por otra ilusión más peligrosa: la que partía de la premisa de que la igualdad se conseguiría en el mercado mediante el consumo. El nuevo modelo capitalista requeriría nuevos y agresivos proyectos socialistas que sólo comenzarían a madurar, con numerosos tropiezos, después del año 2000.

En Puerto Rico las izquierdas socialistas, que desde la década de 1930 había articulado una estrecha  alianza con los sectores nacionalistas de todas las tendencias y que habían sido los protagonistas de la resistencia cultural, social y anticolonial desde 1959, estaban en reflujo del mismo en que estaban a nivel global. Tanto las certidumbres racionalistas, filosóficas y científicas del socialismo, como las certezas morales del nacionalismo habían sido vulneradas. En la segunda parte de la década del 1990, en medio de la confrontación cultural y en el auge de la popularidad del estadoísmo y la figura de Rosselló González que llegó a tener los caracteres de un culto tan irracional como cualquiera otro, no asomaba en el panorama una alternativa legítima de resistencia antisistémica.

La cuestión cultural durante la década de 1990 exigía una reflexión intensa, sosegada y abierta en torno al cambio. En 1993 una organización novel,  la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH), fue el escenario de numerosos debates al respecto. La agrupación atrajo a historiadores de la nueva historia social y de la promoción de los que entonces se denominaban los “novísimos historiadores” interesados en la mirada y la interpretación que ya se denominaba, a pesar de la resistencia, “postmodernista”. En la práctica la organización cumplió el papel de evaluar el lugar del “historiador” y la situación de la “historia”. La relación de la historia con las ciencias sociales, las humanidades, la filosofía, el lenguaje, la identidad: todo fue puesto sobre la mesa. El papel de la disciplina con las resistencias socialistas y nacionalistas también. La situación de cambio enriqueció el temario de los historiadores profesionales y estimuló la autonomía del trabajo del historiador con respecto a los proyectos políticos y sociales  que habían promovido una historiografía al servicio de sus causas. La APH desarrolló una línea editorial en alianza con la editorial Postdata, un foro postmodernista, que entre 1994 y 2000 produjo una colección de títulos que marcó una pauta para el debate al margen del marco institucional universitario pero sin desvincularse del mismo. El impacto de aquella asociación en la disciplina, todavía al presente sigue activa, merecería una investigación más profunda que todavía no se ha hecho.

Berlín (1989)

Berlín (1989)

El debate cultural e historiográfico durante la década de 1990 también tocó al independentismo de ideología socialdemócrata o nacionalista, y el socialismo puertorriqueño. Todas aquellas propuestas estaban en proceso de revisión desde adentro pero las presiones de la tradición pesaban mucho a la hora de la revisión. Es curioso que las propuestas que con más agresividad apelaban a la necesidad del “cambio” mostraran tanta resistencia a la autocrítica en un momento de la historia en el cual la reflexión era mandatorio. El sector ideológico más dispuesto al revisionismo fue el socialismo y las izquierdas en general. En las izquierdas cuestionadas floreció el anarquismo, la estadidad radical y el pesimismo fronterizo con el cinismo filosófico. En el Puerto Rico colonial del 1990, aquel abanico de opositores denominados de manera genérica “izquierdas” estaba en crisis y en retroceso y, con el estadolibrismo cuestionado al final de la Guerra Fría, la propuesta más atractiva y de más coherencia fue el estadoísmo animado por la atrayente figura de Rosselló González.

La revitalización de un discurso de la resistencia original y prometedor se desarrolló donde menos se esperaba. Un problema de la vieja época de la Guerra Fría sirvió de laboratorio al mismo. Me refiero a la presencia de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques y sus prácticas de combate en la isla municipio desde 1947.

 

diciembre 17, 2015

Reflexiones: Puerto Rico desde 1990 al presente IV

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

 

La meta de convertir el turismo en uno de los protagonistas  del crecimiento económico tras el fin de la era de la 936 ha sido un planteamiento común a las administraciones penepés y populares desde 1990 al presente. Vender la imagen de un Puerto Rico plural y apetecible para el consumo en la era global a un precio razonable y competitivo, sin embargo, no ha sido fácil y no parece que esa situación cambie en lo inmediato.

 

Las opciones económicas del rosellato: la alta tecnología de consumo

La segunda dirección de la administración Roselló González fue promover el desarrollo de la alta tecnología y ponerla al servicio del mercado con el fin de revitalizarlo y fortalecerlo. Lo cierto es que la revolución informática y de la industria de las comunicaciones comenzó en la década de 1990 y que, en el contexto caribeño, Puerto Rico poseía ventajas tácticas notables en ese sector. El Estado Libre Asociado había invertido alrededor de 1,200 millones de dólares en una red de fibra óptica construida entre los años de 1976 y 1981. Aquella red era el valor o bien de capital más importante de la Puerto Rico Telephone Company (PRTC), empresa que había sido estatalizada por un gobierno popular encabezado por Hernández Colón en 1974. En medio de la crisis de 1971 y 1973, el gobierno colonial había hecho una inversión inteligente que podía rendirle beneficios extraordinarios en el futuro.

Huelga de telefónicos en Guaynabo: 22 de junio de 1998

Protesta de telefónicos: Guaynabo, 22 de junio de 1998

La inversión no fue en vano. Entre 1977 y 1989 Puerto Rico desarrolló una plataforma tecnológica envidiable que permitió la computadorización de la telefonía, la expansión de la capacidad de comunicación ultramarina y ofreció acceso a una serie de recursos de comunicación envidiables desde 1981 tales como la llamada en espera, las transferencias de llamadas y la teleconferencia. La eficacia de los mismos era reconocida a nivel regional. Aquellos recursos representaban un atractivo a la hora de atraer el capital extranjero al espacio local para la inversión. En medio de aquel proceso, en 1986 se introdujo la red móvil vinculada a la American Telephone and Telegraph (ATT) bajo el nombre de Cellular One;  y, entre  1994 y 1995 comenzaron a ofrecerse conexiones de Internet, se formalizaron los servicios del 911 e inició el servicio de celulares telefónica. En 1990 la administración Hernández Colón articuló un intento de privatización de la PRTC que fracasó por la presión popular. El lenguaje de los opositores se apoyaba en la defensa de un “bien público”, es decir, del “pueblo”, que rendía dividendos y podía seguir produciéndolos en medio de aquella década de cambios en el mercado y la política. Para el gobernador de turno una decisión a favor de la privatización tendría un alto costo electoral por lo que se desistió de la idea.

Un asunto fuera del control del gobierno local y justificado por la ruta que tomaba el mercado internacional tras el fin de la Guerra Fría alteró la situación. En 1996 el Congreso de Estados Unidos aprobó una nueva Ley de Telecomunicaciones que desreguló ese mercado y permitió la libre competencia en el mismo. Como parte del proceso se comenzó la transición de la televisión análoga a la digital. Para el mercado aquella decisión garantizaba una inyección de capital enorme: la tecnología de consumo y la televisión ocuparon en el mercado el lugar que a principios del siglo 20 habían ocupado los electrodomésticos y el automóvil. El lenguaje social con el que se justificó iba dirigido a sufragar la necesidad de darles acceso a las comunidades desventajadas a aquellos recursos tecnológicos que marcaban una era nueva. Claro, el acceso se los ofrecería el mercado y el capital privado y, del mismo modo, los beneficios netos de proceso de igualación serían para esos sectores. El papel del Estado en ese proceso, como bien había reconocido la administración Rosselló González sería “facilitar” el proceso y, convenientemente, evitarle tropiezos al avance del capital. Las prácticas neoliberales se imponían y se legitimaban con suma facilidad.

Los efectos de aquella decisión fueron inmediatos en Puerto Rico. En 1996 se creó Junta Reglamentadora de Telecomunicaciones de Puerto Rico (JRTPR) y comenzó una verdadera invasión de proveedores de servicios inalámbricos. Un modelo de ello fue Centennial de Puerto Rico que ofrecía telefonía, televisión e Internet. Fue a la luz de la ley de desregulación de 1996 que la administración Rosselló González elaboró en 1997 un segundo intento por privatizar la PRTC. El alegato de Rosselló González era que, bajo un régimen de libre competencia, la PRTC no estaría en igualdad de condiciones ante la telefonía privada por su condición de corporación pública. En 1998 se recibió una oferta de un consorcio compuesto por GTE Corp. (luego Verizon GTA Corp.) y Popular Inc., y la venta se concretó en el 1999, generando unos $2 mil millones para el gobierno del ELA.  Puerto Rico. La decisión produjo una intensa actividad de protesta que se extendió durante mes y medio por parte de los empleados de la compañía. La movilización de una parte significativa de la comunidad en oposición a la privatización del bien público y un paro nacional o general de dos días desembocó en la violencia policiaca. El efecto de la represión en la imagen de Rosselló González fue determinante para sus posibilidades electorales en el 2000. La era de la “telefonía salvaje” caracterizada por la competencia por el acaparamiento del mercado inalámbrico comenzó con aquella privatización.

Conflicto de la PRTC en 1998

Protesta de telefónicos en 1998

La privatización de la PRTC no incluyó la infraestructura de fibra óptica en que se apoya la telefonía, la televisión y la Internet. El control de las fuentes de fibra óptica está en manos de PREPA Networks, una subsidiaria de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) que “alquila” el uso del recurso a los servidores privados de telefonía e Internet como ATT, Claro, Open Mobile) desde 2004. PREPA Networks opera como una empresa privada y no tiene conexiones con el gobierno del ELA y la posibilidad de que entre como competidor en el mercado de la telefonía, la Internet y la televisión digital preocupa a los gestores privados de esos servicios. Su entrada en el mercado podría abaratar los costos de funcionamiento del Estado si este la contrata para esos fines. En meses recientes se ha acusado tanto a la AEE y PREPA Networks de “monopolizar” un bien de capital. Las fuerzas neoliberales están presionando para desmantelar uno y otro “monopolio” y abrir la energía eléctrica y la fibra óptica  a la libre competencia.

La apuesta a la tecnología también ha sido un elemento común a las administraciones populares y penepés desde la década del 1990 y no parece que esa postura vaya a variar en lo inmediato.

 

Las opciones económicas del rosellato: los servicios especializados y empresarismo

La tercera dirección fue, aprovechar la experiencia acumulada desde 1976 al servicio del capital emanado de la Sección 936, y vender esa experiencia a inversores dispuestos a venir a Puerto Rico sin los beneficios que aquella garantizaba. La experiencia financiera, gerencial y de planeación, en el campo de los seguros laborales, al capital o de salud, la inteligencia empresarial, la publicidad, las destrezas acumuladas por una mano de obra educada, diestra y sumisa, es decir, el saber y sus aplicaciones prácticas: todo era y es  considerado como una mercancía o un bien de capital provechoso si se vende bien al inversor. La táctica estaba de acuerdo con un nuevo tipo de economía de lo “inmaterial” o del “conocimiento” y podía ser rentable en un mercado en que, si bien Puerto Rico se descapitalizaba (perdía capital), otras economías en Hispanoamérica en Europa Oriental y Asia se capitalizaban (ganaban capital).

Plaza del Caribe: madrugadora

Plaza del Caribe: venta madrugadora

El proceso, de ser exitoso,  serviría también para ofrecer servicios a compañías puertorriqueñas y animar el “empresarismo” local. El empresarismo actuaría como una siembra de capital y destrezas de mercado promovida y amparada por el Estado. La esperanza de ver cómo crece,  una clase burguesa puertorriqueña que se arriesgue su capital en el mercado libre nunca se ha cumplido. La preocupación por el empresarismo puertorriqueño, en gran medida llega tarde. El Estado colonial y la economía dependiente del ELA, no le permite desarrollar mecanismos para proteger a sus inversores. Pero las ventajas de las empresas foráneas (estadounidenses) en Puerto Rico, amparadas en las premisas oblicuas  el neoliberalismo, no garantizan un escenario de libre competencia entre iguales como se asume. Entre una empresa local y Walmart, Walgreens o CVS hay una gran distancia. El inversionismo político de unas y otras se ha convertido, siempre lo fue, en un problema visible de la frágil democracia puertorriqueña: en este renglón también hay un visible “déficit democrático” que resulta invisible para muchos observadores. El empresarismo puertorriqueño tampoco está exento de estos juegos y forcejeos que representan un costo extraordinario para el Estado.

La utopía de abonar al crecimiento de un una burguesía creativa y activa de pequeños y medianas empresarios (PYMES) se combinaría  con la revitalización de los centros urbanos municipales y tradicionales que habían venidos a menos tras la explosión de la era de las megatiendas. Plaza de las Américas fundado en 1968, expandido en 1979 y remodelado en 2000, el Mayagüez Mall abierto en 1972,  Plaza del Caribe en servicio desde 1992 y expandido en 2015, y Mall of San Juan dirigido a las clase medias altas e inaugurado en 2015, se han convertido en los iconos de la era del “consumo neurótico” del cual hablaba Erich Fromm en la década de 1960. Los privilegios fiscales de las megatiendas hacen que la competencia sea desleal. Ese fenómeno social y cultural y la competencia de la oferta del mercado estadounidense en las ventas al detal, los servicios y los mercados virtuales, impiden el desarrollo saludable del empresarismo puertorriqueño. Lo cierto es que desde el  1990 al presente, el esfuerzo no ha tenido el éxito que se esperaba.

A pesar de todos los escollos, el desarrollo de empresarismo y los servicios especializados también ha sido adoptado como metas por todos los gobiernos del 1990 al presente.


 

Página siguiente »

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: