Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

noviembre 24, 2015

Nervio y pulso del mundo: comentarios en torno a un libro sobre el Nacionalismo Puertorriqueño

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y Profesor de Estudios Puertorriqueños
Texto de la presentación del volumen de la Junta Pedro Albizu Campos (2014) Nervio y pulso del mundo. San Juan: Talla de Sombra. Autores Mario O. Ayala Santiago, Ivette Chiclana, Raúl Guadalupe de Jesús, leída en el Recinto Universitario de Mayagüez el 18 de noviembre de 2015 en actividad de la Asociación de Estudiantes de Historia.

Mi interés por el tema del Nacionalismo Puertorriqueño surgió como producto de su invisibilidad en la discusión académica universitaria o no universitaria. Un proceso tan relevante para la historia de Puerto Rico desde 1920 hasta 1960 no debía reducirse a un breve comentario en un libro de historia. Dos pasiones opuestas monopolizaban una discusión que no conducía a ninguna parte y dificultaban la comprensión de aquel fenómeno que llamaba mi atención a los 20 años.
En mis años formativos el Nacionalismo Puertorriqueño y su figura central, seguían siendo objeto de diatribas o elogios similares a los que les habían dirigido en las décadas del 1930 y el 1940. En el momento en que la intelectualidad del Nuevo Movimiento Pro-Independencia retomó ambos temas con entusiasmo, la Nueva Historia Social se consolidaba como la expresión de una vanguardia historiográfica. Las líneas interpretativas sobre estos asuntos en las décadas de 1970 y el 1980, fueron tan antinómicas como lo habían sido durante la era del populismo. La historiografía oficial del 1950 y la nueva historia social del 1970, se hicieron cargo de estos temas a su modo. En la década del 1990 el debate postmodernista intentó una síntesis que nunca fue tal. La imagen del Nacionalismo Puertorriqueño y de Albizu Campos, una vez se dejaban atrás los resabios de una historia “proceratista” o de una historia desde “abajo” elaborada en los escritorios de una universidad, seguía enrarecida. Mi impresión, al cabo de los años, es que se les trataba como un “desencaje” o como unas eventualidades que no se acoplaban al orden que se presumía poseía una y otra cara de la historia desfigurándolas.

Nervio_pulso_mundoMi formación política ocurrió entre nacionalistas y veteranos de la Insurrección del 1950 y militantes de la Nueva Lucha Pro-Independencia. Aquel escenario no fue inmune al impacto del marxismo ni a las tensiones que proliferaron entre nacionalistas y socialistas. Para subsanar la ausencia de ambos temas del ámbito universitario preparé en 2010 un seminario subgraduado titulado “Pedro Albizu Campos, el nacionalismo y la política: una interpretación historiográfica”; en 2014 dicté el curso graduado “Pedro Albizu Campos: el nacionalismo y la modernización de Puerto Rico (1930-1950)”; y en 2015 volví a convertirlo en uno de los temas en un seminario graduado comparativo titulado “Nación y cultura en Hostos, Betances, De Diego y Albizu”.

Voy a citar algo que dije en este recinto en 2012 durante una charla sobre estos temas:

“Estudiar a Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño podría justificarse sobre una serie de bases concretas. La primera tiene que ver con el proceso de devaluación que ha sufrido el nacionalismo político en el marco de la economía neoliberal y la globalización, particularmente en el territorio de la expresión cultural posmodernista que dominó la academia desde 1990. El hecho de que el nacionalismo político no sea una clave cultural y política del presente, como lo fue en el siglo 19 americano y europeo o en el siglo 20 puertorriqueño por lo menos hasta el 1950, no significa que no se deba investigar el asunto. Tampoco se puede presumir que aquellas propuestas no tengan nada que decirle al presente. (…) Dado que, como se sabe, desde 1940 y el ascenso del populismo primero y el popularismo después, se cuestiona la pertinencia del nacionalismo político para Puerto Rico en nombre de un nacionalismo cultural tolerable, me parece que una forma legítima de responder a esa pregunta es visitando el tema desde una perspectiva crítica fresca.”

Me parece que Nervio y pulso del mundo. Nuevos ensayos sobre Pedro Albizu Campos cumple con ese empeño.

Los valores de un libro

Esta colección es una propuesta teórica y metodológica que permite enfrentar un asunto que ha sido objeto de acoso “desde una perspectiva crítica fresca”. En su conjunto, los ensayos que componen este libro toman distancia de las “pasiones opuestas” que señalé hace un rato. Dejan atrás el halago pueril y el sabor a martirologio que caracteriza ciertos proyectos de rescate de esta figura; a la vez que se alejan de la ola antinacionalista que ha dominado la interpretación de este “desencaje” desde la era del Nuevo Trato y que la Nueva Historia Social y la interpretación postmodernista de las década de 1970 y el 1990, reformularon sobre la base de argumentos distintos. El volumen no se detiene en Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño: reflexiona sobre el pensamiento histórico y sus metodologías con el propósito de establecer una versión alternativa confiable y abierta sobre dos cuestiones polémicas.

Los autores de la “Junta Pedro Albizu Campos” aspiran ver estos problemas en toda su nueva complejidad y, como señalaba Marc Boch, “comprenderlo(s)” empáticamente a pesar de los riesgos que representa esa actitud en un escenario interpretativo polarizado e invadido de actitudes exacerbadas y pasionales. Para conseguir ese objetivo (re)visitan fuentes, establecen conexiones que la investigación que les precedió no pudo o no quiso establecer, o miran hacia lugares inéditos como puede serlo el Albizu Campos del momento de la disolución del Partido Unión en la Alianza Puertorriqueña y la división que condujo a la fundación del Partido Nacionalista. El producto de ese esfuerzo, he insistido en ello en mis seminarios, es que se puede ayudar a que dejemos de ver a Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño como productos “acabados” y “congelados” en el tiempo y a que se les apropie en su dinámica y en su historicidad.

Estoy consciente de que “comprender”, a Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño plantea muchos riesgos en un terreno minado de prejuicios. En 2014, cuando anuncié que dictaría un seminario sobre el tema, alguien me dejó una nota alegando que esa era la figura que más daño le había hecho a la lucha por la independencia del país. Era como si las posturas rabiosamente antinacionalistas de Luis Abella Blanco (c. 1934) y Wenzell Brown (1945) hubiesen vuelto como fantasmas del pasado. Un inconveniente es que las posturas de los dos autores citados, un socialista amarillo puertorriqueño y un autor de pulp fiction estadounidense, traducían la evaluación del FBI a la vez que coincidían palmariamente con la imagen que el PPD y su liderato en el poder desde 1944 hasta 1964 elaboró. Esta colección de la “Junta Pedro Albizu Campos”, que no oculta su afinidad con el tema de estudio por que no tiene que hacerlo, es una excelente respuesta a esas versiones aviesas que se han canonizado desde 1930 al presente.

Contenido

El volumen abre con un denso ensayo de Mario O. Ayala Santiago que se convierte en un panorama crítico de la vida, obra y la historiografía en torno a Albizu Campos y su trayectoria en el Nacionalismo Puertorriqueño. El autor apunta el papel protagónico de esta figura en la revisión de la imagen benévola que de Estados Unidos tuvo el nacionalismo unionista, con José De Diego Martínez a la cabeza, y como la misma se erosiona durante la década de 1920. Aunque se sabe que la interpretación de De Diego Martínez, si bien fue dominante en su tiempo no fue la única, el papel de Albizu Campos entre 1923 y 1930 en el refinamiento de una postura nacionalista antiimperialista y militante fue crucial. Algo que sería importante revisar serían las conexiones ideológicas entre el abogado de Ponce y las figuras de Rosendo Matienzo Cintrón, Nemesio R. Canales y Luis Lloréns Torres quienes, en la década de 1910, ya hablaban un lenguaje agresivo muy parecido al suyo. La interpretación de Ayala Santiago lo conduce a reevaluar las interpretaciones al uso sobre la hispanofilia del nacionalismo albizuísta y dieguista como posturas retrógradas, opinión que marcó las interpretaciones progresistas oficialistas, la de la nueva historia social y la postmodernista. La “comprensión” de la hispanofilia le lleva a afirmar la pertinencia de la misma más allá de las imposturas de una aplicación mecánica de las teorías del progreso que se acodan detrás de ese debate. De hecho, cualquier lectura de la bibliografía estadounidense sobre Puerto Rico publicada entre 1898 y 1926 según la estudiamos el colega José Anazagasty Rodríguez y yo en dos libros, demostrará que esa hispanofilia puede ser interpretada como respuesta a la hispanofobia dominante en aquellas y en los adláteres del estadoísmo en la colonia.

Albizu_MilitarIvette Chiclana mira desde una interesante oblicuidad o soslayo las huellas de Albizu Campos y su discursividad. No solo posiciona esta figura en el espacio de los márgenes del orden social imperialista y colonial al lado de los productores directos, sino que logra avanzar en el proyecto de imaginar cómo se le vio desde allí. Para una bibliografía que ha ubicado la discursividad albizuísta en lo alto de una Torre de Babel tras la confusión de las lenguas y la ha valorado como la expresión de una elite que la “canalla” no podía comprender, su perspectiva representa un reto enorme. Metodológicamente su aproximación posee la virtud de que se apoya en una oralidad que el historiador positivista crítico, el nuevo historiador o el postmodernista, esté o no vinculado al poder, no toma en cuenta. La meta, demostrar hasta qué punto el Nacionalismo Puertorriqueño convergía con la voz de la gente común, en un modo de revisar la tesis de la “incapacidad del nacionalismo de comunicarse con las masas”, que se reproduce en las interpretaciones al uso. El otro esfuerzo de la investigadora va dirigido a (re)configurar desde un contexto vitalista enriquecedor, la imagen también emborronada de otro “desencaje”: la poeta nacionalista Julia de Burgos. Su crítica va dirigida al reduccionismo que la historia oficial ejecuta con esta figura. La “Julia nacionalista” aparece completa articulando un compromiso con los desposeídos. Para comprender a cabalidad esa complejidad la autora tiene que llamar la atención sobre la “primera Julia”, la estudiante de la ruralía y la normalista, con el propósito de, otra vez, superar el inmovilismo que el relato histórico dominante impone a estas personalidades complejas. La lógica de la autora parece ser la de aquel que, mientras aleja la mirada de objeto y se ubica al lado de los testigos de su vida, es capaz de apropiar detalles que de otro modo se perderían.

Raúl Guadalupe de Jesús vuelve sobre las interpretaciones dominantes de la teoría y la praxis económica en el discurso del Nacionalismo Puertorriqueño. Esa ha sido otra de las muchas “manzanas de la discordia” en el debate intelectual entre lo que en Puerto Rico se identifica con las izquierdas y el nacionalismo. El resultado ha sido que el nacionalismo ha sido forzosamente ubicado como una expresión de las derechas. El autor mira hacia la interacción entre el Partido Nacionalista y el movimiento obrero organizado en la década de 1930. Aquel movimiento obrero estaba encabezado por el Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores, dos organizaciones filoestadoístas y tradeunionistas bien conocidas. Los momentos en los que se fija se enmarcan en la Gran Depresión y en los conflictos obrero patronales que se dieron entre 1934 en el sector cañero, y el 1938 en los muelles. Quien se aventure a estudiar aquel momento no debe olvidar la presencia de Blanton Winship en la colonia, la oposición del nacionalismo a las políticas del Nuevo Trato, su plan de rebelión para 1936, las citaciones de un Gran Jurado aquel mismo año y la condena de su liderato, entre otras.

La presunción dominante es que aquellos procesos demostraron la incapacidad del Partido Nacionalista no solo para enfrentar la situación sino para representar bien a la clase obrera rural o urbana. Puedo aceptar ese argumento sin problema: el Partido Nacionalista tenía un programa económico nacionalista y social cristiano apoyado en principios corporativistas como meta en el cual la organización de los trabajadores tenía un carácter distinto. Albizu Campos mismo, en 1923, llamaba la atención sobre las concomitancias entre el socialismo y la religión cristiana pero, como de Diego Martínez, desconfiaba de su estadoísmo.
Pero lo cierto es que el Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores también fueron incapaces de representar bien a la clase obrera rural y urbana y actuaban acorde con el capital y la Coalición Puertorriqueña. Se alega que el Partido Nacionalista aspiraba “usar” el movimiento obrero para adelantar su causa independentista, pero no se aclara que Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores usaban al movimiento obrero para adelantar la suya. La clase obrera activa estaba en medio de un territorio peligroso: solo podía depender de sí misma y de sus organizadores de base, cosa que no sucedió. Los ensayos de Guadalupe de Jesús invitan al lector a interpretar la interpretación, a ser reflexivos y críticos con la crítica y a reconocer la historicidad de los historiadores que la formularon. Las “otras caras de la historia” se dibujan y aguardan porque se les devele.

Postdata

Esos comentarios generales, por sí solos, validan la lectura de este volumen. Mirar a Pedro Albizu Campos en toda su complejidad es un reto. Yo lo he visto como un ser contradictorio que pensaba a España como un Liberal Reformista o un Autonomista Moderado; a la vez que evaluaba a Estados Unidos como un antiimperialista moderno y radical. “Comprenderlo” no significa “reproducirlo”. Este es un proyecto revisionista de la mirada oficial, de la mirada de las izquierdas y de la postmodernista a un asunto lleno de complejidades y recodos. Su lectura demuestra que, en ocasiones, se ha mirado al árbol sin ver el bosque; mientras que en otras se ha mirado al bosque sin mirar el árbol. No soy optimista pero me parece que lo peor hubiese sido no haber mirado nunca en esa dirección. El libro es también una invitación para que se haga lo mismo con otras figuras de su tiempo. Ojalá alguien se fijara en la expresión de manifestaciones fascistas en la discursividad y la praxis de José Celso Barbosa, Rafael Martínez Nadal, Luis Muñoz Marín o Luis A. Ferré. Ojalá alguien estuviese dispuesto a desmantelar la neohispanofilia de Rafael Hernández Colón o el neopopulismo mediático y espectacular de Pedro Roselló González en la década de 1990 con espíritu tan puntilloso como se hace con Albizu Campos y su generación. Los resultados para el saber serían extraordinarios, sin duda.

julio 12, 2015

Miradas al treinta: del Aliancismo al Nacionalismo

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador escritor

 

El otro lugar de esta genealogía es el 1930, la coyuntura que marca la radicalización del Partido Nacionalista y que se ha vinculado a la gestión presidencial de Pedro Albizu Campos. Muchas de las fisuras de la Generación del 1930 se pueden leer en el albizuísmo de aquellos años. La radicalización del Partido Nacionalista ha sido reducida a su disposición, cada vez más visible, al uso de la violencia. La justificación moral de Albizu Campos era que ya se habían agotado todos los recursos de negociación diplomática y se imponía dar el frente al invasor de una manera franca y sin dobleces. El abogado estaba convencido de que estaba inventando un “Nacionalismo de Verdad” sobre las cenizas de otro “Nacionalismo de Cartón”. Se trataba de una fuerte acusación a la historia política del país. Entre los imputados se encontraban desde José De Diego hasta Antonio R. Barceló. Pero su comentario también incluía a universitarios y ateneístas de todo tipo a los que, me parece, veía como las virtuales “lenguas sin manos” del Cid.

En términos simbólicos y mediáticos, Albizu Campos había echado a “los mercaderes del templo”, según La Democracia. En términos tácticos y de praxis, apelaba a la “acción inmediata”, una traducción de la urgencia que, de acuerdo con los periódicos El Tiempo y El Mundo, imponía una era de crisis. Otra vez en El Mundo de agosto de 1930, Albizu Campos fue más gráfico cuando aseveró: “si no nos oye, recurriremos entonces a las armas”. Albizu Campos es el síntoma político de un aspecto del 1930 que se ha olvidado: la irascibilidad y la desesperación. La actitud lo condujo a cuestionar varios pilares de la cultura del treinta, hecho que lo convirtió en una figura marginal de la época en la que se formó.

1930Aquella agresividad era contraria a la sobriedad y moderación que caracterizó la generalidad de los intelectuales de la Generación del 1930. Lo que me interesa ahora es mirar aquellos pilares del treinta que no le conmovieron, sus diferendos y choques con varios iconos del pensamiento del treinta. Se trata de temas fundamentales: la democracia electoral, el socialismo y los obreros, la mujer y la universidad. Son cuatro asuntos consustanciales con la filosofía de la Generación del 1930 y que fueron esenciales para la Modernización que vivió el país después de la Segunda Guerra Mundial. En todos los casos, Albizu Campos manifestaba con pasión posturas antitéticas y, por lo tanto, inesperadas. El núcleo de todas ellas radicaba en una concepción exclusivista de la Nacionalidad.

Lo que más se recuerda es su opinión sobre la democracia electoral. A Albizu Campos le molestó la Ley Electoral que facultó la legalización de la anómala Alianza Puertorriqueña pero, a pesar de ello, concurrió a las elecciones de 1932. El resultado de las elecciones le condujo a aconsejar a los electores “a no recurrir a las urnas”. El boicot que nació como un acto de protesta, se convirtió en cuestión de principios, dejando todo el espacio a la táctica de la “acción inmediata”. La idea de producir una “crisis” a Estados Unidos en Puerto Rico, no dependía de la “acción inmediata” o de la violencia solamente. Lo cierto es que también se le podía crear una “crisis” a través de la contienda electoral. Bastaba que el Partido Nacionalista ganara los comicios, reclamara la Convención Constituyente y se le negara la petición. La paradoja consistía en que el antielectoralismo contradecía la lógica dominante desde el 1930, periodo en el cual las “elecciones limpias” fueron vistas como un logro excepcional del Popularismo.

El otro punto deriva de las opiniones de Albizu Campos respecto al socialismo y los obreros. El Novotratismo fue un tipo de Populismo Providencialista y Benefactor que ganó para Franklyn Delano Roosevelt y el gobernador Rexford Guy Tugwell, el mote de comunistas y radicales. El Popularismo se montó en el carro sin problemas sobre la base de su idea de la Independencia con Justicia Social. El Partido Nacionalista se negó. En junio de 1923, en una entrevista para El Mundo, Albizu Campos, casi como un lamento, reconocía en el socialismo “una actitud que va in crescendo” en todas partes. Su relación con el Partido Socialista siempre fue problemática por el hecho de que aquella organización fundada en 1915, favorecía de facto al Estadoísmo. El abogado los acusaba de ignorar lo que defendían: “desconoce (n) las teorías políticas filosóficas y religiosas que inspiraron el socialismo” y sugiere que “debe desarmársele con concesiones económicas”. Sin embargo, a pesar de que el arma para detener el socialismo era el Novotratismo, en 1932 condenó las ayudas federales de ese tipo como un acto de inmoral mendicidad. Sobre bases tan frágiles, descartó cualquier posibilidad de alianzas con los socialistas puertorriqueños. La contradicción radica en que todos los investigadores reconocen hoy el papel que cumplieron numerosos socialistas y comunistas en la consolidación del Popularismo entre 1936 y 1938.

El tercer nudo tiene que ver con las mujeres y con la proyección del Partido Nacionalista como una organización masculina y patriarcalista. La virtud, en una organización presumiblemente combatiente, era una posesión viril: las mujeres servían al soldado pero no peleaban. Sin embargo, debo aclarar que la cuestión femenina siempre fue una prioridad para los socialistas y los republicanos los cuales, una vez en el poder en 1932, favorecieron la institucionalización del sufragio femenino. La reticencia venía de antiguo: en una entrevista para El Mundo en mayo de 1924, Albizu Campos criticaba la promesa de Partido Unión de legalizar el sufragio femenino, acusando a aquella organización de que se valía “de la falda de una mujer como escudo” para defenderse de las críticas. Todavía en 1930, cuando advino a la presidencia del Partido Nacionalista, acusó a las mujeres de “flojedad cívica” y aseguraba que “las mujeres no pueden entrar en el juego ridículo y suicida de nuestra política partidista”. Lo que estaba detrás de aquellas palabras era el hecho de muchas de las sufragistas puertorriqueñas apoyaban el estadoísmo de cara a las elecciones de 1932, hecho que Albizu Campos tildaba como un acto de desorientación propio del género. Albizu Campos entró en un debate sordo con las sufragistas que, a la larga, afectó su imagen ante aquel sector social. La feminidad vista como ausencia de valor, traducía bien su rancio catolicismo. Pero en un orden social que, bien o mal, comenzaba a reevaluar la cuestión femenina a la luz de la secularización de los valores colectivos, resultaba chocante.

El último nudo tiene que ver con la universidad y los universitarios, otro de los signos de la Generación del 1930. En 1930, ya presidente de su colectividad, criticaba el colaboracionismo de la Universidad de Puerto Rico con el régimen colonial. En marzo de ese año, otra vez en El Mundo, descartaba el activismo estudiantil como una opción política cuando alegaba que “los jóvenes que actualmente estudian en la universidad no deben hacer política activa. Ellos necesitan sus energías para el estudio”. En 1935 tuvo su mayor choque con la Universidad. En un discurso público en Maunabo, acusó a la institución de producir “traidores”, “cobardes” y “afeminados” y recordaba a la institución la necesidad producir “patriotas viriles”. En la práctica, le reclamaba a la Universidad Territorial y Colonial, los deberes de una Universidad Nacional. Albizu Campos siempre consideró al Canciller Carlos Chardón, uno de los artífices del Novotratismo y de la Modernización Populista, como un enemigo de la Nacionalidad. La contradicción radica en que en esa universidad se gestó la Generación del Treinta.

 

Mal llamadas conclusiones

Ahora retorno a las premisas iniciales:

  1. La década del 1930 se caracteriza por la peor crisis económica del siglo 20.
  2. La Generación del 1930 interpretó y apropió la crisis, la enfrentó con eficacia y salvó la Identidad y la Nacionalidad Puertorriqueña.
  3. Los intelectuales universitarios fueron los responsables de aquel proceso de recuperación económica y cultural.

La deriva es que la primera conduce a la otra, la crisis a la síntesis original. Todo esto me parece una simpleza que evade la complejidad y las contradicciones. El Partido Nacionalista y el Nacionalismo de “acción inmediata” representan un contrapunto generacional, si cabe el concepto. No compartieron todos los valores de la Generación del 1930. A pesar de ello, todavía se les proclama como el rostro político más emblemático de aquel momento.

La tendencia a la racialización de la historia en la que insistió el Nacionalismo Treintista, no condujo a la confrontación con el otro. Pesó más la idea de la hibridación o del mestizaje articulado por los aliancistas y que luego maduró en el contexto de Novotratismo y el Popularismo. La concepción exclusivista de la Nacionalidad -una Nación sin socialistas, sin obreros, sin mujeres y sin universitarios colonizados-, en lugar de favorecer la victoria del Partido Nacionalista, vigorizó a la Coalición Puertorriqueña de tendencias estadoístas en 1932 y 1936.

Lo cierto es que el Nacionalismo de Albizu Campos, representó un fenómeno único de su tiempo, fue una cuña interesante en la década y en la Generación de 1930. Hubo otras igualmente originales. El Independentismo con Justicia Social, luego Popularismo, fue otra de ellas. La conciencia del 1930 fue el escenario de dos nacionalismos o bien de populismos. Una serie de condiciones como el Nuevo Trato y la Segunda Guerra Mundial, movieron la balanza a favor del Popularismo y forzaron la cancelación del sueño de la independencia. Lo que se salvó para la cultura no fue poca cosa: una versión de la Identidad y la Nacionalidad Puertorriqueña que transgredía numerosas tradiciones. Se trataba de un collage que garantizaba la renovación del ideal de la Modernidad que muchos consideraban perdida en tiempos de la Gran Depresión.

 

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 11 de Mayo de 2012.

junio 2, 2015

El 1898: la alternativa radical y la crisis del estadoísmo

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

La estadidad dejó de ser la alternativa radical. Algo minó la confianza en la americanización y la anexión: su condición de puentes sobre el Leteo en el rumbo de la modernidad colapsó. Los eslabones de aquel proceso fueron varios. El cuestionamiento y el fin de la breve hegemonía del Partido Republicano Puertorriqueño y la consolidación del unionismo, han sido las huellas más discutidas por la historiografía tradicional. Me parece evidente que la prepotencia de la mirada proceritista que dominó la discusión durante años, fue una de las claves para que esos desencajamientos ocuparan una posición protagónica en la explicación.

En aquel contexto confuso, 1903 a 1904, maduró un nuevo concepto de la independencia que desdecía la tradición betancina en contados y cruciales aspectos mientras continuaba y completaba otros. Los esfuerzos por empalmar la una con la otra sobre la sinapsis del 1898, fueron coronados con el espectacular y performativo entierro de sus restos en el país en agosto de 1920. La inhumación honrosa de un perseguido del siglo 19, anticlerical y masón por más señas, no puede ser pasada por alto.

1898_2_almacenLa alternativa radical se (re)semantizó en un sentido muy original. La idea de la independencia en un momento en que el crecimiento de la clase obrera y su organización marcaba una pauta amenazante para las aristocracias locales, se desarrolló con un visible sabor a democracia popular, a cierto jacobinismo exigente y procaz con algunas tangencias con el socialismo francés en boga. En su lenguaje convergían procedimientos lo mismo del populismo ruso como del anarquismo y el anarcosindicalismo europeos. Otro elemento que he discutido en otras ocasiones, fue la reinversión de una variedad de fuentes heterodoxas tales como la del saber masónico, el espiritismo, la teosofía, la antroposofía, entre otros. En aquel discurso confluían propuestas anticlericales y anticapitalistas como las ideas fraternas y el cooperativismo inglés. Si a ello se añade una pizca del fogonazo utilitarista que cruza desde David Hume hasta William James, se tendrá una idea más precisa de la riqueza intelectual de lo que he denominado el primer independentismo del siglo 20. Nada más distante de la idea del nacionalismo puertorriqueño que luego se haría con el terreno en la década del 1930. A ello habría que añadir un elemento consustancial con el escenario y el contenido: la discusión pública no dependía de políticos profesionales. El camino de la modernidad se había multiplicado.

La lógica de la década del 1910 muestra una organicidad sorprendente. Un sector de la intelectualidad, vanguardia o no es indistinto, reconoció que las posibilidades de concretar el sueño hegeliano y liberal por medio del estadoísmo era irreal. La correspondencia política y privada de José Celso Barbosa en aquel momento, asunto que me propongo discutir en otra ocasión, no deja lugar a dudas de que la estadidad se percibía como un proyecto en retroceso, incluso en la conciencia de su más alto líder.

El otro elemento curioso de aquella situación resulta patético. Otra vez, como en 1903, la eficacia de los partidos políticos profesionales estaba en entredicho. La imagen de la clase política puertorriqueña ante la elite americana  era muy mala. Si a ello se añade cierta incapacidad, consustancial con su condición de clase, para comunicarse eficazmente con la gente o pueblo, se tendrá una idea de lo que pretendo plantear. Pienso en la lírica engolada y ateneísta de José de Diego o en el preciosismo de Luis Muñoz Rivera. A la luz de ello se comprenderá por qué la lógica hostosiana de la Liga de Patriotas o la matiencista de la Unión Puertorriqueña, ambas no partidistas, se convirtió nuevamente en una opción concreta. Se trataba de una protesta contra el pasado y las clases que controlaban la expresión pública. Ese fue el caldo de cultivo en el que germinó la Asociación Cívica Puertorriqueña, luego Partido de la Independencia. Se trata de un inesperado chispazo que apenas duró hasta 1914.

La praxis de aquella organización política fue la responsable de transformar la independencia y la soberanía en la alternativa radical de los modernizadores. Esta reconversión podría explicarse mediante la revisión de tres episodios sorprendentes. Primero, la denominada huelga legislativa de 1909: el famoso contencioso por el presupuesto estatal que permitió determinar hasta dónde llegaba la paciencia del Congreso, y cuánto estaba dispuesta arriesgar la clase política local. Segundo, la Enmienda Olmstead a la Ley Foraker en 1909, artificio que limitó los pocos poderes de la Cámara de Representantes colonial al arrebatarles el poder de dejar sin presupuesto al Estado. Y tercero, el Proyecto Olmstead de estatus para sustituir la Ley Foraker, presentado en 1910: la amenaza fue convertir la relación colonial en una más autoritaria.

La situación parecía ideal para que floreciera un independentismo radical. Pero desde 1911, el contencioso entre la elite radical y las autoridades americanas se aplacó. El dilema del estatus perdió relevancia ante la crisis de las relaciones económicas impuestas por el Congreso en 1900. Como se sabe, el nervio de la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos, era la creciente industria azucarera. La burguesía agraria puertorriqueña, mediante una palpable alianza con los azucareros extranjeros, nunca cedió todo el control de la situación a los inversionistas estadounidenses. Los nichos de acción política de aquella burguesía eran precisamente los partidos Unión de Puerto Rico y Republicano. La sumisión del Partido Socialista al mercado, convertían a la colonia en un paraíso para el capital americano.

Por eso, cuando entre 1912 y 1913 se discutió la aplicación de la Ley Underwood a Puerto Rico y el proteccionismo de azúcar era amenazado por el impulso del mercado libre, el balance ideológico de la relación con Estados Unidos se alteró. El problema de la Ley Underwood era que abolía los privilegios del azúcar del país al ingresar al mercado americano, colocando esta industria en igualdad de condiciones que la del café. La aspiración de los unionistas de principios de siglo de equiparar ambos sectores, se conseguía pero de una manera aviesa: ninguno disfrutaría de la protección americana. Los efectos de aquella discusión fueron inmediatos. Primero, la contracción de crédito industrial a los azucareros se generalizó. Segundo, el flujo del comercio de azúcar se redujo. La artificialidad de la crisis económica de 1913 resulta palmaria. La desilusión con las posibilidades de una solución del problema colonial en la estadidad, se impuso.

La alternativa radical tomó en 1912 la forma del Partido de la Independencia y tuvo como jefe político al abogado Rosendo Matienzo Cintrón. Lo más valioso de aquel natimuerto proyecto revolucionario fue su capacidad para revisar la praxis política al uso. Ante su difusión pública, el poderoso Speaker de la Cámara, de Diego, en un artículo titulado “¡Alerta y en guardia!”, cuestionó la validez del mismo porque no se trataba de un partido político electoral tradicional. No se equivocaba: el recién fundado organismo no iría a elecciones, a pesar de lo cual realizó una intensa campaña de orientación popular entre 1912 y 1913.

El discurso público de los independentistas ratificó que, en general, se había idealizado al nuevo régimen impuesto en el 1898. En la realidad de las cosas, aquel fue el primer llamado a combatir la presencia americana en nombre de la independencia. Desde un punto de vista cultural y simbólico, la noción del 1898 se impuso como un gran desengaño. El affaire de la Ley Underwood fue clave en toda aquella transformación ideológica. Matienzo Cintrón, un pensador excepcional, acabó interpretando la Ley Underwood como una que favorecía a los monopolios. Su alegato no ha perdido un ápice de actualidad. De acuerdo con el abogado, en un “mercado libre autoregulado”, aquellos pulpos económicos disfrutarían de una enorme ventaja ante los débiles y los menos competitivos.

El carácter radical de, valga la redundancia, la alternativa radical consistía en que la independencia, que había sido un instrumento de resistencia ante la vieja España, ahora también lo era ante Estados Unidos. Pero de paso, la coherencia del relato de la modernidad heredado de la invasión había dejado de ser funcional: el estadoísmo había sido derribado de su trono, al menos por el momento. El independentismo cuestionaba todo coloniaje pasado y presente en nombre de un concepto más abierto e inclusivo de la noción gente o pueblo.

 

Nota: publicado originalmente en 80 Grados-Historia  el 28 de octubre de 2011

marzo 30, 2013

Reformas económicas y cambio social: el papel de la Guerra Fría

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La “Operación Manos a la Obra” inició formalmente bajo la gobernación de Luis Muñoz Marín, una vez este fue electo por voto popular en 1948. Aquellas prácticas marcaron el modelo de desarrollo económico de Puerto Rico hasta 1964, cuando el veterano líder abandona el poder y señala como sucesor al ingeniero  Roberto Sánchez Vilella (1913-1997). “Operación Manos a la Obra” se desarrolló en el contexto peculiar: el capitalismo acababa de salir de salir de una crisis económica enorme que había desembocado en la debacle política de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) mientras en el horizonte maduraba la Guerra Fría (1947-1991). La Gran Depresión había conducido a la conflagración mundial pero la paz no había impedido la división del mundo de la posguerra entre socialistas y capitalistas. En verdad, la competencia por el control de los mercados coloniales y el capital internacional seguía siendo la orden del día en la posguerra.

En el campo socialista dominaba una aparente seguridad con respecto a la función del Estado como agente protagónico de los procesos económicos. En el campo capitalista, el momento era apropiado para revisar algunos artículos de fe de la economía liberal tal y como se había conducido hasta aquel momento. Los cuestionamientos al capitalismo clásico miraban hacia sus fundamentos teóricos. La idea de que el Mercado se autorregulaba por obra de la “mano invisible” y la “ley de oferta y demanda”, comenzó a parecer una ilusión y fue dejada atrás.

Del mismo modo, la confianza en que el avance del capitalismo garantizaría acceso igual a la riqueza a todos y eliminaría las carencias sobre la base de la libre competencia ya no resultaba convincente. Los espasmos producidos por la Gran Depresión y la profundización de la desigualdad, fenómenos que se repiten en la crisis del presente, minaban la confianza en el capitalismo liberal y estimulaban la oposición a ese orden social a nivel global. Después de la guerra el socialismo internacional encontró el terreno preparado para su difusión como una opción real. Incluso los teóricos del capitalismo reconocían la validez de ciertos razonamientos del socialismo teórico: la experiencia concreta de aquel orden social podía palparse en la Unión Soviética desde 1917.

Earl Browder, dirigente de Partido Comunista de Estados Unidos

Earl Browder, dirigente de Partido Comunista de Estados Unidos

Para Estados Unidos y  Puerto Rico aquello significaba que se penetraba en una nueva era económica. El Estado no sería un observador ajeno de la actividad económica y el mercado sino que intervendría como un agente activo en ambas e incluso competiría como un agente más en igualdad de condiciones y, por aquel entonces, con numerosas ventajas. Con ello se consolidaba lo que se ha denominado el Estado Interventor. La implicación era que el Estado fungiría como un árbitro o mediador que representaría los intereses del Pueblo en aquel juego de lucha de clases e intereses contradictorios. Su arbitraje iría dirigido a reducir o  podar los desequilibrios y las injusticias del mercado capitalista, a la vez que estimularía una justa distribución de la riqueza a la vez que adelantaba la igualdad y la justicia social. Para ello articularía políticas que favorecieran a los parados o desempleados, los pobres y los marginados.

El parentesco intelectual de aquella propuesta con los movimientos asociacionistas, mutualistas y cooperativistas del siglo 19 era  evidente. En cierto modo, los capitalistas clásicos podían ver con resentimiento un esfuerzo público que parecía atentar contra la libre competencia a favor de un sistema menos competitivo pero más eficaz y estable. Al día de hoy se sabe, ya se reconocíaen aquel entonces, que la intención  era estimular la descomprensión de las contradicciones sociales existentes que, en el contexto de la Guerra Fría, podían estimular las respuestas socialistas al problema. Se trataba de una bien articulada campaña para salvar el capitalismo con un nuevo rostro más humano. El producto neto de ello fue lo que se ha denominado el Estado Providencial o Benefactor. La justicia social sería planificada y administrada desde arriba.

La Revolución Socialista era una “amenaza” real después de 1945.  La Unión Soviética no abandonó los territorios ocupados durante la guerra tras su avance hacia Europa. Aquellos territorios comenzaron a adoptar bajo la presión interna y externa, el modelo socialista de producción. En 1946 lo hicieron Albania y Bulgaria, aquel  mismo año en China y Filipinas los comunistas presionaban militarmente. Ya para el 1947,  las tensiones entre Estados Unidos y Unión Soviética llegaron al extremo de la confrontación en Berlín. Y en 1948, Checoslovaquia y Corea del Norte proclamaron el socialismo con apoyo soviético. Para esa fecha ya se hablaba de la existencia de un “Telón de Acero” que separaba las dos Europas, la occidental y la oriental, el  “Bloque Socialista” comenzaba a consolidarse y el bipolarismo de la era de la Guerra Fría estaba por madurar.

Norman Thomas, dirgente del Partido Socialista de Estados Unidos

Norman Thomas, dirigente del Partido Socialista de Estados Unidos

El Estado Interventor, Providencial y Benefactor se instituyó para frenar aquella tendencia y el Puerto Rico el “Nuevo Trato”, el Partido Popular Democrático, Rexford G. Tugwell, Luis Muñoz Marín, la Ley 600 y el Estado Libre Asociado, representaban cabalmente la situación. La meta de aquel esfuerzo reformista y racionalizador era estimular el crecimiento  y evitar una crisis que podría facilitar la expansión de los movimientos socialistas.

Una pregunta que se cae del tintero es si Puerto Rico corría peligro de “caer en manos de los comunistas” en los años 1940 y 1950. En la isla existía un Partido Comunista desde 1934. Se trataba de una organización  prosoviética pequeña que, en 1938 recomendó a su militancia que apoyara al Partido Popular Democrático a la luz de la política de “frentes populares” auspiciadas por el Comunismo Internacional. También existía desde 1915 un Partido Socialista. Pero se trataba de una organización amarilla y no roja, es decir, no respaldaba la revolución proletaria y tendía al reformismo y al obrerismo. Por otro lado, su dirección era estadoísta y se reconocía que estaba asociada al capital puertorriqueño y extranjero por lo que  no era para nada amenazante. Aliados con el Partido Republicano, habían estado en el poder entre 1933 y 1940 en la denominada Coalición Puertorriqueña. Una vez ganó el PPD, su influencia en el movimiento obrero quedó en entredicho. Ninguno de ellos era un agente capaz de hacer una revolución socialista en el país.

Mirando hacia fuera del país, el Partido Comunista de Estados Unidos, dirigido por Earl Browder (1891-1973) hasta 1945, apoyaba abiertamente a la independencia para Puerto Rico. Las relaciones entre aquella organización y el Partido Nacionalista se habían profundizado por los contactos entre prisioneros políticos de ambas tendencias en la cárcel de Atlanta entre los años 1937 y 1943. Una vez los presos comenzaron a salir de la penitenciaría, las mismas se hicieron más profundas. En Nueva York, militantes nacionalistas bona fide como Juan Antonio Corretjer, Clemente Soto Vélez, Juan Gallardo Santiago, José Enamorado Cuesta, entre otros, se afiliaron al comunismo. Sin embargo, las relaciones entre las comunistas y nacionalistas se rompieron cuando Estados Unidos intervino en la Segunda Guerra Mundial como un aliado de la Unión Soviética.

Por último, el Partido Socialista de Estados Unidos dirigido por Norman Thomas (1884-1968), apoyaba las políticas del “Nuevo Trato” y prefería mayor autonomía para Puerto Rico y no la independencia ni la estadidad. En realidad, la amenaza socialista en Puerto Rico era un fantasma y una invención de la histeria anticomunista estadounidense. La única revuelta política violenta, la Insurrección Nacionalista de 1950, no respondía a reclamos socialistas o de igualdad social en el sentido que las izquierdas adjudican a esos principios. Lo cierto es que el Partido Nacionalista no encajaba en el lenguaje de la Guerra Fría sino más bien en el discurso antifascista de la Segunda Guerra Mundial.  La tendencia de las autoridades federales y estatales a asociarlos al fascismo, al nazismo e incluso a la Cosa Nostra o mafia fue muy común. A pesar de ello se les arrastró hacia las invectivas propias de las Guerra Fría y se les asoció al comunismo y al socialismo si mucho recato.

Conclusiones

El Puerto Rico contemporáneo, como se habrá podido palpar, se configuró en el contexto de complejas crisis globales y nacionales. La Gran Depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial de 1939 a 1945, la Guerra Fría y el anticomunismo exhibicionista de la Doctrina Truman de 1947 impactaron, sin quitarle toda su autonomía de acción, a la clase política puertorriqueña dominada por el Partido Popular Democrático. Pero es importante recordar que Puerto Rico pasó por aquel proceso sin soberanía política, lo que significa que siempre alguna fuerza externa decidió en su nombre hacia dónde debía dirigirse y cuál discurso era legítimo esgrimir desde la oficialidad y cuál no. La transfiguración de la Ley Smith en Ley de la Mordaza (1947-1948) es la prueba más dramática de ello. Fue en aquel contexto complejo que las reformas se aplicaron al país.

septiembre 27, 2012

Pedro Albizu Campos: Perspectivas para la investigación

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El documento que sigue es un resumen anotado  del conversatorio celebrado el 27 de septiembre de 2012 en el Recinto Universitario de Mayagüez, auspiciado por la Asociación de Estudiantes de Historia.

Introducción al estudio de Pedro Albizu Campos y el nacionalismo político puertorriqueño

Enfrentar el tema  de Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño a través de los libros puede resultar problemático. A pesar de lo abultado de su bibliografía, los títulos críticos escasean. Varios de ellos, sin embargo,  me parecen imprescindibles para obtener una imagen panorámica de los problemas historiográficos que plantea el tema.

Pedro Albizu Campos

Para una aproximación biográfica recomiendo la lectura de dos volúmenes:

  • Marisa Rosado (2006). Las llamas de la aurora: Acercamiento a una biografía de Pedro Albizu Campos. Biblioteca del Caribe. San Juan, Puerto Rico: Ediciones Puerto.

Se trata de un esfuerzo biográfico abarcador y un texto bien documentado redactado por una escritora filo-nacionalista. La erudición que despliega la autora le permite incluso plantear los asuntos más polémicos del líder nacionalista, elemento que da margen al lector a para que  desarrolle su propia interpretación respecto a esas polémicas

  • Luis A. Ferrao (1990). Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño. [San Juan]: Editorial Cultural.

Se trata de un estudio cuyas conclusiones resultaron escandalosas en 1990  por el hecho de que  llevaba a sus extremos interpretativos las ideas revisionistas de fuerte contenido materialista del intelectual  dominico-puertorriqueño José Luis González. El volumen, revisaba los paralelos teóricos y prácticos entre el nacionalismo y el fascismo de una manera documentada y sobria. En general, abrió una discusión que ya estaba presente desde 1930 y que aún no ha cesado del todo.

En el campo de la interpretación teórica me parece que todavía hoy, el mejor esfuerzo sigue siendo:

  • Juan Manuel Carrión, Teresa C. Gracia Ruiz, T. C., y Carlos Rodríguez Fraticelli (1993). La nación puertorriqueña: Ensayos en torno a Pedro Albizu Campos. San Juan: Ed. de la Universidad de Puerto Rico.

Es una colección de ensayos crítica e ideológicamente diversa que se puede apropiar como una respuesta intelectual al reto representado por el volumen de Ferrao. El volumen trabaja los temas de raza y nación en el nacionalismo, ofrece estudios detallados de la praxis nacionalista apuntando  la diversidad de sus tácticas con el fin de alejarlo del fantasma de la violencia, y trabaja el asunto de Albizu Campos y su formación en Derecho y sus choques con el Derecho en la colonia. El volumen cierra con una búsqueda en torno a su presencia en la literatura puertorriqueña.

Para introducir al lector en el pensamiento nacionalista recomiendo una antología.

  • Laura Esperanza Albizu [Campos] Meneses y Fray Mario Rodríguez León , editores (2007). Escritos. Hato Rey: Publicaciones Puertorriqueñas.

Se trata de una selección de textos con un prólogo político breve de Fidel Castro Ruz que intenta conectar la tradición de aquel líder con la actualidad y poner al día su pensamiento reafirmando su utilidad en el presente. La trabazón con la tradición se garantiza por el hecho de que una descendiente del líder, y un respetado fraile y académico, estén a cargo de la selección.

Pertinencia de la investigación del tema de Pedro Albizu Campos y el Nacionalismo Político

Estudiar a Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño podría justificarse sobre una serie de bases concretas. La primera tiene que ver con el proceso de devaluación que ha sufrido el nacionalismo político en el marco de la economía neoliberal y la globalización, particularmente en el territorio de la expresión cultural posmodernista que dominó la academia desde 1990. El hecho de que el nacionalismo político no sea una clave cultural y política del presente, como lo fue en el siglo 19 americano y europeo o en el siglo 20 puertorriqueño por lo menos hasta el 1950, no significa que no se deba investigar el asunto. Tampoco se puede presumir que aquellas propuestas no tengan nada que decirle al presente.

Dado que, como se sabe, desde 1940 y el ascenso del populismo primero y el popularismo después, se cuestiona la pertinencia del nacionalismo político para Puerto Rico en nombre de un nacionalismo cultural tolerable, me parece que una forma legítima de responder a esa pregunta es visitando el tema desde una perspectiva crítica fresca. Por último, la presencia del nacionalismo político  por medio de uno de sus emblemas más tradicionales, el Partido Nacionalista, en la prensa en los últimos años amerita una revisión del tema. La crisis política que se desató tras la muerte de Lolita Lebrón y la disposición de su herencia, y los conflictos que se debaten en las redes sociales desde la conmemoración de la Insurrección de Lares de 2012, son una argumento más que suficiente para mirar hacia las tradiciones a las que apelan uno y otro bando en conflicto.

 

Fuentes documentales internas accesibles en línea

La fuente mayor impacto desde su re-descubrimiento en 1990 sigue siendo la siguiente:

  • Partido Nacionalista de Puerto Rico. Documentos. Carta de José Monserrate Toro Nazario a Irma Solá, 31 de mayo de 1939. Epigrafía, transcripción y edición del Dr. Rafael Andrés Escribano. CPR 324.27295 T686c. Colección Puertorriqueña. Universidad de Puerto Rico en Carta a Irma

La  “Carta a Irma” fue redactada en mayo de 1938 en medio de un intenso debate en el Partido Nacionalista. Su autor fue José Monserrate Toro Nazario, un abogado de San Germán que fungió como director del panfleto  La palabra en ausencia de Juan Antonio Corretjer, preso por aquel entonces en Atlanta, Georgia. También laboró como Secretario Interino bajo la Presidencia Interina del desaparecido abogado Julio Pinto Gandía. El autor era una figura de la confianza de Albizu Campos, sin duda. La destinataria  fue Irma Solá, secretaria personal de Albizu Campos quien, por su cercanía a este,  tenía una relación personal con su esposa, Laura Meneses del Carpio. El documento resume la postura de aquellos que se oponían al giro violento derivado de la táctica de la “Acción inmediata”,  era la praxis dominante en la organización desde mayo de 1930 cuando Albizu Campos alcanzó la presidencia de la misma.

La crisis de 1938 parece haber sido consecuencia, por un lado, del vacío de poder producido por el encarcelamiento del liderato tras el juicio por conspiración sediciosa de 1936. Aquella situación agitó una serie de contradicciones ideológicas que nunca se habían superado desde 1930. El texto manifiesta el choque de diversos proyectos dentro de la organización

Las cuestiones centrales de aquellos debates fueron varias:

  • La contradicción entre un proyecto democrático y uno autoritario
  • La contradicción que planteaba la cuestión del capitalismo ante el Novotratismo, programa que tendía a confundirse con una forma de socialismo por los republicanos,  y como un acto de mendicidad por los nacionalistas
  • La contradicción entre  socialismo y el comunismo ante el fascismo en el partido
  • La contradicción entre  el populismo y el nacionalismo político

“La carta…”  documenta los debates más álgidos del momento pre-guerra, ratifica la volatilidad del alto liderato del  Partido Nacionalista y la fragilidad de la organización ante el embate represivo. Toro Nazario era un intelectual de gran formación, muy informado de la situación internacional. La anotación erudita de su texto es, por lo tanto, una prioridad. La “Carta …”deja la impresión de que incluso personas que reconocían a Albizu Campos como su líder, consideraban su autoritarismo un problema y ratifican la idea de que el partido se había convertido en un caldo de cultivo para los filofascistas. El  temor era que aquellos sectores tomaran la organización, y  la transformaran en una organización  anticomunista.

Dejo en lo inmediato una serie de recursos que preparé sobre el tema para un seminario que dicté hace varios años. Los comentarios y las críticas son bienvenidas.

Fuentes documentales externas accesibles en línea

Se trata de un archivo digital organizado y cuidado  por el Centro de Estudios Puertorriqueños de Hunter College (CUNY). El mismo contiene archivos en formato Pdf descargables, procedentes  del  Federal Bureau of Investigation (FBI) y elaborados desde las década del 1930 hasta la del 1990. Esta fuente es útil para documentar la vigilancia y las actividades de contra inteligencia auspiciadas por el FBI contra una diversidad de organizaciones políticas e individuos dentro y fuera de Puerto Rico.

Los archivos fueron liberados como producto de un esfuerzo del Congresista (D-NY) José E. Serrano (2000) y se dejaron al cuidado del Centro para su catalogación y difusión. Los primeros expedientes en hacerse públicos fueron los de Pedro Albizu Campos y Luis Muñoz Marín, dos protagonistas de las décadas del 1930 al 1950. El sitio tiene buscadores especializados que permiten la investigación por individuos, programas y organizaciones. También posee instrumentos de investigaciones muy útiles, y apoyo bibliográfico en línea que facilita su manejo

Dos  recursos alternos que puede ser consultados para ampliar la indagación y contextualizar la actitud del poder ante el nacionalismo puertorriqueño son:

Estos archivos fuero abiertos desde el 11 de enero de 1999 por autorización de Bill Clinton en acuerdo con el Nazi War Criminal Records Interagency Working Group (IWG). La meta era localizar, inventariar y recomendar la desclasificación de los archivos de los criminales de guerra nazis que fuera posible y facilitar que esas fuentes estuviesen a disposición del público en un año de ser posible. El 23 de mayo de 2000 se anunció que iniciaría una labor similar con las fuentes respecto crímenes de guerra  japoneses.

Political Research Associates  es un think tank que apoya movimientos progresistas en Estados Unidos, cuyos derechos humanos han sido violados por las agencias de seguridad del estado

Fuentes literarias

Otra forma original de aproximarse al asunto de la imagen del nacionalismo puertorriqueño y Albizu Campos en los medios de comunicación, es la indagación en la literatura de la época. Dejo dos recomendaciones específicas que llaman poderosamente mi atención.

  • Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Es una novela que ofrece pistas sobre la imagen del Nacionalismo Político y Albizu Campos mediante la voz narrativa de un socialista amarillo. Abella Blanco militaba en el  Partido Socialista, fundado en 1915, organización que no tenía el asunto del estatus en su agenda o programa político. Aquel partido evolucionó hasta convertirse en proyecto estadoísta que estrechó relaciones organizativas con el Partido Republicano Puertorriqueño hasta 1960. El contencioso del nacionalismo con el socialismo debe interpretarse a la luz de esa contradicción primero.

Luis Abella Blanco

Lo cierto es que, desde 1934, el Partido Nacionalista se había hundido  en una crisis que parecía no tener solución. Un resorte fue el choque cada vez más visible entre los Cadetes de la República y la Policía Insular quienes mantenían una virtual guerra civil al margen de la nación. El otro fueron los cuestionamientos a la táctica de “Acción inmediata” que Albizu Campos introdujo en el 1930 desde la presidencia.

La narración de Abella Blanco se inserta en la tradición de la sátira política panfletaria.  Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932, es el personaje central. La República es una anomalía: es una República con el Protectorado de Estados Unidos, como la soñó José De Diego. Sin embargo el “protectorado” es utilizado por el gobierno de la nación ación para succionar fondos federales para proyectos cuestionables.

La arquitectura del libro también recuerda ciertos  textos clásicos del pensamiento socialista del siglo 19 europeo. El tono magisterial y racionalista me remite a la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales. Una larga escena de la narración prácticamente reescribe el texto “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui. Se trata de un interrogatorio jurídico que se aplica a Albozo del Campo tras el fracaso de la República y previo a su suicidio.

La novela informa sobre una imagen de Pedro Albizu Campos que se ha ido emborronando tras la leyenda de “El Maestro”. Su lectura permite establecer un balance sobre la percepción contradictoria del líder político en su tiempo y manifiesta con claridad meridiana los argumentos de sus adversarios: su vesania o su enajenación. Su lectura ratifica que Albizu Campos tenía enemigos a la derecha, en el centro y a la izquierda y que su adversario no fue solo el yanqui. El texto está disponible en la Sala Manuel María Sama y su Colección Puertorriqueña, bajo la codificación  PQ7439.A24 R4 1900Z

Dejo en lo inmediato una serie de recursos que preparé sobre el tema para varios proyectos periodísticos. Los comentarios y las críticas son bienvenidas.

  • Wenzell Brown. Dynamite on our Doorstep. Puerto Rican Paradox. New York: Greenberg Publisher, 1945. Illustrations by Jack Crane. 302 págs.

Debo el conocimiento de este texto al colega César Salgado de la Universidad de Austin en Texas quien también me ha facilitado un archivo sobre el autor de la misma cuyo contenido me reservo. La novela es una diatriba libelosa contra Puerto Rico, el nacionalismo político y Pedro Albizu Campos.

Wenzell Brown (1911-1981)

La lectura ofrece un panorama de la representación que se hizo un sector visible de la intelectualidad y los medios de aquel país sobre nosotros. Llama la atención la persistencia de prejuicios culturales que ya hemos señalado José Anazagasty Rodríguez y yo en dos libros: We the People (2008)  y Porto Rico: hecho en Estados Unidos (2011). La conclusión obvia es que la forma en que se figuraba al puertorriqueño en 1945, no difería de los modelos maniqueos dominantes entre 1898 y 1926: no se había avanzado nada en un entendimiento entre las partes si es que esa era la meta de la relación colonial impuesta en 1900.

Dejo para finalizar varios fragmentos que pueden orientar al investigador en torno a la imagen de este país caribeño dominante en el texto. Las preguntas que se pueden formular a ese texto son numerosas, como se verá de inmediato:

Puerto Rico y los puertorriqueños eran vistos como:

  • “…frustrated neurotic people” p. 5
  • “…frightened people, a hungry people, a dissatisfied people” p. 31
  • “…towns unbelievably dirty” p. 12

Albizu Campos es resaltado por el color de su piel, su hispanofilia y su odio al sajón:

  • “…the coloured leader” p. 18
  • “…Albizu was a coloured man who aped the mannerisms of Spanish grandee” p. 69
  • “On his round face there was always an expression of gracious condescension, save when he talked about the Americans. Then the face was a mask of hate” p. 69

El nacionalismo politico es interpretado de una modo avieso en diversos sentidos:

  • Su fin era “set up a black dictatorship in the Island” p. 70
  • Vincula los Cadetes de la república con las partidas fascistas:  “black shirted thugs who walks the streets in gangs”

La búsqueda del lenguaje del crítico y del adversario, puede ser de gran utilidad para recuperar una imagen más humana de Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño.

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