Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

julio 10, 2015

Miradas al treinta: del Unionismo al Aliancismo

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Uno de los problemas historiográficos que más han ocupado la atención del canon ha sido la denominada Generación del 1930. La vigencia de aquel discurso cultural solo comenzó a ser revisada en la década de 1990. La supervivencia de aquella discursividad hasta la frontera de la postmodernidad, ratifica su poder de convicción, y ese hecho no puede ser descartado mediante simplezas.

La opinión dominante sobre aquel proceso se apoya en dos premisas sencillas. La primera identifica la década del 1930 con la peor crisis económica mundial del siglo 20. Las posibilidades reales de la Independencia o de la Estadidad, que habían sido pocas en la década de 1920 como ya se ha comentado en otras columnas, eran nulas en aquel contexto. Los efectos de la crisis sobre el país fueron tan devastadores que la idea progresista de que «todo tiempo pasado fue peor», se impuso tras la avasallante victoria del Partido Popular Democrático en las elecciones de 1944. Sobre aquella base se levantó el edificio de la confianza en el Popularismo y el progreso hasta la década del 1960. La crisis, surgida de las grietas del mercado de valores en 1929, no se solventó del todo sino después de 1945. Antes y después de ese periodo crítico, Puerto Rico dejó de ser lo que era. Aquellos 16 años dejaron un amargo sabor en los puertorriqueños en la medida en polarizaron a la intelectualidad del país. Visto desde esta perspectiva, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), fue una consecuencia y una solución a la Gran Depresión de 1929.

1898Una segunda premisa presume que la Generación del 1930 interpretó y apropió la crisis, la enfrentó con eficacia y que salvó la Identidad y la Nacionalidad Puertorriqueña. Desde mi punto de vista, no se trataba de salvar un producto terminado, sino más bien de re-fundar un discurso que había que ajustar a la innovación de la presencia sajona en el país. Esto significa que la crisis del 1930 no fue solo material: el aspecto espiritual y cultural planteó un reto a la intelectualidad puertorriqueña muy similar al que presentó el 1898 a la intelectualidad española e hispanoamericana. El proyecto hegemónico del Imperialismo Plutocrático estadounidense, tenía en Porto Rico, un espacio primado. Para la Generación de 1930, la reevaluación del pasado histórico era fundamental. La intelectualidad, antes y después de la literatura del 1930, dejó también de ser lo que era. El 1930 sintetiza con vigor la idea del trauma y la ruptura que, por tradición, se ha adjudicado al 1898.

La tercera premisa tiene que ver con la presunción de que los intelectuales universitarios fueron los responsables de aquel proceso de recuperación material y espiritual. La afirmación de poder de la cultura logocéntrica y universitaria resultó convincente, dada la debilidad de ambos espacios en el pasado hispánico. El elemento que más se ha destacado, ha sido la afirmación de una hispanidad reinventada, y el cuestionamiento de la sajonidad que caracterizó a ciertos intelectuales. El Nacionalismo Puertorriqueño y la Universidad de Puerto Rico cumplieron un papel cardinal en aquel proceso. Pero el camino de la redención no estuvo exento de fisuras.

Abrir la discusión del 1930

El balance de lo que se recuerda y lo que se olvida en un relato histórico, influye en la imagen que se consagra del pasado. La tendencia de la historiografía social y literaria hasta la década de 1990, fue mostrar la discursividad del 1930 como un hecho esencial, sin antecedentes. Con ello se aspiraba a sacralizar el lenguaje de una generación de intelectuales con el fin de inmunizarla para la crítica. El dilema interpretativo radica en que ese aserto dependía de presumir el periodo de 1898 a 1928 como uno en «blanco». La investigación de aquellos tres decenios no representaba una prioridad. Aislar el treinta de sus contextos representó un problema. Hoy se sabe que la miseria que se vivió durante la Gran Depresión, no difería mucho de la que se experimentó entre 1898 y 1928: los decenios de ajuste que cimentaron la relación colonial de Puerto Rico y Estados Unidos debían ser visitados.

La pregunta es, ¿y en qué dirección se puede abrir la discusión del 1930? La primera ruta es dejar de mirar la Gran Depresión de 1929 como un fenómeno inédito y único en la historia de occidente capitalista. Estructura y efectos análogos tuvo, en un contexto global, la Gran Depresión de 1873 al 1896. En Puerto Rico, abrió con la Abolición Jurídica de la Esclavitud Negra, profundizó la crisis de la Economía de Hacienda Azucarera y dejó al país, después de la Guerra de la Tarifas entre Estados Unidos y España, en el proemio de la invasión de 1898. También en aquel entonces el revisionismo y la polarización política se impusieron, y la apuesta por la Autonomía Radical, la Anexión a Estados Unidos y la Confederación de la Antillas, se generalizó. Para los observadores europeos, aquella Gran Depresión justificó la puesta en entredicho de la fe en el Progreso y en las virtudes del Mercado Libre.

El fin del librecambismo clásico en el modelo de Adam Smith, y la situación de anarquía social que produjo la resistencia popular y obrera en los países industriales, justificó la necesidad de regular la producción y el mercado. La posibilidad de una Economía Planificada por el Estado, y no por las fuerzas del Mercado, se afirmó. Aquella fue una época dominada por la incertidumbre económica, pero también por la incertidumbre cultural. George L. Mosse ha distinguido aquel periodo con la lapidaria frase «las certezas estaban disolviéndose». En Europa, la crisis material justificó la desconfianza en los valores heredados. Las Vanguardias, el Bolchevismo, el Fascismo y el Imperialismo, fueron algunas de las respuestas a la situación.

¿Cómo nos informa esto sobre Puerto Rico? En los aspectos materiales, la Gran Depresión de 1929 también condujo al cuestionamiento de las virtudes del librecambismo clásico y colocó al país en el camino de la Economía Planificada. Sin embargo, no se trató de un decisión libre sino de una impostura colonial al amparo del Nuevo Trato. En el plano cultural, condujo a todo lo contrario. En lugar de disolverse las certezas, la crisis estimuló la voluntad de determinar nuevas certezas. Esa fue la tarea de la Generación del 1930 y del Nacionalismo Puertorriqueño.

Para ello se realizó un balance de la situación del país a la luz de su historia mediata: la que emanaba del 1898. Las opciones extremas eran dos. O se restituía la confianza en Estados Unidos, en quiebra desde 1910. O se rehabilitaba la confianza en España, en quiebra hasta 1898. Los puntos medios probables eran infinitos. La consolidación de esas miradas alternas a Estados Unidos y España, condensaron la discusión intelectual. La naturaleza contradictoria del 1930 se materializó en las preguntas respecto a qué somos, cómo somos y dónde vamos los puertorriqueños.

La segunda ruta para abrir esa discusión es aceptar que las contestaciones a aquellas cuestiones tenían el carácter de una hipótesis. Al cabo generaron un relato polémico pero funcional sobre la puertorriqueñidad. El problema ha sido sacralizarlas y canonizarlas. Lo más indicado sería apropiar el discurso de la Generación del 1930 no como el discurso, sino como un discurso más sobre la cuestión de la identidad. Para ello habría que desobstruir la imagen de pasado que se inventó y, sobre esa base, reelaborar una genealogía del 1930 partiendo de la premisa de la difidencia o la sospecha.

Lugares de la genealogía: unas (anti)figuraciones

Dos lugares me parecen críticos en ese sentido. Los lugares no son una fecha y su situación solamente. Se trata de espacios de la genealogía del 1930 y sus circunstantes, que dejaron su impronta sobre aquella estética de la crisis. Uno de ellos es el 1922, coyuntura que relaciono con la consolidación del Partido Nacionalista ante el colapso del Nacionalismo Dieguista en el Partido Unión. El otro es 1930, coyuntura que marca la radicalización del Partido Nacionalista. Son dos lugares vinculados a la praxis política pero, dado que antes como hoy, la cultura se disuelve en la política, no veo problema alguno en el asunto. Mi tesis es que buena parte de los argumentos que se esgrimieron en el debate cultural del 1930, ya se había diseñado en 1920 e, incluso, antes de esa fecha Respecto al 1922, debo recordar que aquella década inició un ciclo revisionista de alcances extraordinarios en el Nacionalismo Puertorriqueño. Un detonante fue la gestión pública del Gobernador Emmet Montgomery Reily (1921-1923). Reily venía a Puerto Rico con el objetivo expreso de «matar el empuje de la independencia», según recojo de una carta de José Celso Barbosa a Roberto H. Todd de 1921, quien celebraba el hecho. Imposibilitado de gobernar por medio de las mayorías Unionistas, tildadas por los estadoístas de radicales e independentistas, se asoció con el maltrecho Partido Republicano Puertorriqueño que no obtenía un triunfo electoral desde 1902. La postura agrió al extremo las relaciones entre estadoístas e independentistas.

En febrero de 1922, una tradición radical se vino al suelo. El Partido Unión, revisó la alternativa de estatus de su programa y, aunque reafirmó su compromiso con una «Patria Libre», aceptó que para conseguirla había que reconocer la necesidad de garantizar una «noble Asociación de carácter permanente e indestructible» con Estados Unidos. Esa fue la primera vez que se optó por un Free Associated State o Estado Libre Asociado para Puerto Rico. «Libre» y «Asociado», el país advendría a la libertad soñada. El acto implicaba un reconocimiento de que Estados Unidos no concedería la Independencia a su colonia bajo las condiciones dominantes. El Unionismo se sometía a la agresividad de Reily. Con aquel lenguaje moderado, esperaba convencer al atrabiliario gobernador de que confiase en ellos.

El Partido Nacionalista se consolidó sobre la base de aquel desliz. El Unionismo se encontró en la situación de que, al someterse a Reily, vendría forzado a atacar a los nacionalistas con el fin de demostrar la sinceridad de su reconciliación con el Imperio. En septiembre de 1922, la jefatura unionista acusó de «traición» a los nacionalistas, con el argumento de que su separación del Partido Unión equivalía a favorecer al estadoísmo y a Reily. Los traidores acusaban de traidores a los refractarios. Cuando el resbalón de 1922 se reconfiguró en 1924 en el Club Deportivo de Ponce en la llamada Alianza Puertorriqueña, la «tercera vía» o el «estadolibrismo» adquirieron carta de natalidad.

Aquel debate dejó al 1930 la posibilidad de un aurea mediocritas innovador que evadía los extremos del estadoísmo y el independentismo. ¿Cómo justificó el Unionismo la huída al punto medio? Los argumentos fueron culturales. Aquellos líderes concebían a Puerto Rico como un punto de encuentro donde «las dos razas y las dos civilizaciones que pueblan el mundo de Colón pueden encontrarse fraternalmente». La situación demandaba proclamar una «tregua de Dios» para conseguir el equilibrio y la armonía entre latinos y sajones. El Partido Nacionalista de 1922, que era una organización novel, quedaba excluido de aquella Santa Alianza inventada por el unionismo con el fin de congraciarse con un sector colaboracionista del estadoísmo republicano. Una lógica distinta se aplicó al Partido Socialista.

La racialización de la historia que hacían los Unionistas / Aliancistas, coincidía con la lógica de los Nacionalistas. El carácter central del análisis racial marcó a la Generación de 1930. Para el Partido Nacionalista de los años 1922 a 1924, la Historia era el lugar de la confrontación de diversas Razas. La idea de la raza tenía sus complejidades. Para aquellos pensadores, se trataba de un complejo etnocultural que se distinguía por su civilización, concepto que a su vez apelaba a la noción de pureza, es decir, al carácter unívoco de la identidad. El catarismo identitario dominaba. La visión maniquea de los teóricos nacionalistas, les impedía aceptar la posibilidad del equilibrio y la armonía entre latinos y sajones. La Civilización Católica Latina que representaban los puertorriqueños, no podría tranzar con la Barbarie Evangélica Sajona: lo superior no podía someterse a lo inferior.

Aquel debate explica el dominio de la hispanofilia y la defensa del castellano en el 1930, a la vez que llena de contenido la concepción de la Liberación por la Cultura que marcó a los intelectuales universitarios treintistas. El problema fue que la imagen de España heredada del siglo 19 tuvo que ser revisada de una manera total. La invención de la España Benévola, que es a la vez Madre y Cuna, que había sido insostenible para el Separatismo del siglo 19, se impuso. Una respuesta a ese conflicto fue la radicalización del Partido Nacionalista.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 13 de Abril de 2012.

octubre 19, 2014

Documento: Albizu Campos y la Gran Guerra, transcripción y nota mínima

Fuente: Universidad del Sagrado Corazón.  Biblioteca Madre María Teresa Guevara. Colección de Documentos de Roberto H. Todd Wells, 1994. RT 1-023:03 Carta de Roberto H. Todd a Col. Orval P. Townsend; 1918. (P. Albizu, ejército)

Jun 7th, 1918

Colonel Orval P. Townsend,

San Juan, P.R.

My dear Colonel:-

This is to introduce the bearer, Mr. Pedro Albizu Campos, who has been highly recommended to me from friends in Ponce. Mr. Albizu Campos is a graduate from Harvard University, and has taken the military training course and said place under the auspices of the Joint Commission of American and French Officers, and as you will see from his credentials, he is highly recommended for a position in the army.

He was transferred to Porto Rico on account of being drafted, belonging to the quota of Ponce.

Mr. Albizu Campos tells me that more than a year ago he offered his services to the War Department, and he was given assurances that he would be accepted, and if you can see your way clear to do as General McIntyre suggests in his letter, which the bearer will show you, it will be greatly appreciated by

Yours very truly,

Mayor of San Juan

RHT EB

Albizu_Militar_2Comentario:

En una entrevista con Francisco Cerdeira alias Bernal Díaz del Caney para la revista semanal  Los Quijotes publicada el 11 de junio de 1927, Pedro Albizu Campos explicó con algún detalle su relación con las fuerzas armadas de Estados Unidos. Cerdeira era un periodista español radicado en Puerto Rico que simpatizaba con el nacionalismo y que poseían numerosos contactos con la intelectualidad de su tiempo. Baste decir que unos años más tarde, en diciembre de 1931, según nota del ABC en su página 22, estaba en medio de una disputa con Miguel de Unamuno por la difusión de una nota confidencial del ensayista en la prensa local. La carta de Unamuno contenía una expresiones «escalofriantes de la situación (de España), de los republicanos, de las Constituyentes y de los ministros» que escandalizaron a muchos, según el periódico Gracia y justicia de noviembre de 1931. Digo esto para que se conozca la categoría y proyección de quien entrevista a Albizu Campos poco antes de que este partiera en su viaje político con el fin de recabar el apoyo iberoamericano para la independencia de Puerto Rico. El joven abogado era un líder visible que atraía la curiosidad de una prensa ávida de información.

Una de las preguntas de Cedeira tenía que ver con la carrera militar de Albizu Campos cuando estudiaba en Estados Unidos. Aclaraba el joven abogado que había estudiado Ciencias Militares bajo la Misión Militar francesa y había ido voluntario a la «Gran Guerra» con el grado de Primer Teniente de Infantería. Había ofrecido sus servicios bajo la condición de «formar parte de las tropas expedicionarias puertorriqueñas destinadas al frente europeo». Albizu Campos entendía que la «organización militar de un pueblo, es necesaria para su defensa» y lamentaba que, aptos para el reclutamiento desde 1917 cuando se impuso la ciudadanía estadounidense al país, se hubiese decretado el armisticio tan pronto como en el 1918. Desde su punto de vista Puerto Rico había perdido la oportunidad de ver crecer en su seno un sector de veteranos que hubiese sido la base de «una rebeldía organizada que impondría respeto al imperio norteamericano». Las coincidencias de su lógica con la de Ramón E. Betances Alacán y Eugenio María de Hostos en cuanto al valor  de la guerra  y la disciplina militar son incuestionables.

Terminada la «Gran Guerra», Albizu Campos rechazó un nombramiento como Primer teniente de la reserva porque «los puertorriqueños no debemos formar parte de las organizaciones militares tanto navales como terrestres de Estados Unidos». Después de todo, tras las paces, el Departamento de Guerra de Estados Unidos había decidido «desmovilizar todas las unidades militares puertorriqueñas porque no les inspiraban confianza». Al final de la conversación con Cerdeira, tras conminar a «combatir todas las dictaduras»porque estas representan un «salto atrás (y) son la rémora de los pueblos, la vergüenza del siglo XX», ratifica su desengaño con el discurso que afirmaba que la «Gran Guerra» se había peleado para «salvar (…) la Democracia y la Libertad en el mundo». La frase «según creíamos algunos ilusos» significa el hecho de que él mismo había confiado en aquel eslogan y sugiere que su relación con aquellas posturas eran parte de un pasado superado.

A fin de comprender mejor aquella relación contradictoria del joven nacionalista con las fuerzas armadas del imperio al cual acusaba dejo este valioso documento de 1918: una carta de recomendación para el servicio militar. El remitente es Roberto H. Tood (1862-1955), un dirigente separatista anexionista a Estados Unidos que fue colabarodor de la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano, testigo de la invasión de 1898, coleccionista, memorialista y biográfo de Betances Alacán y una de las fuentes más ricas para comprender los efectos del 1898 en el tránsito del separatismo de fines del siglo 19 al nacionalismo de principios del siglo 20.  Fue además uno de los fundadores del estadoísmo republicano a principios del siglo 20, una figura cercana a los doctores José Celso Barbosa y Julio Henna. En representación del Partido Republicano Puertorriqueño ocupó una silla en la Cámara de Delegados en 1900 y la alcaldía de San Juan entre 1903 al 1923.

El destinatario de la carta es el Coronel Orval P. Townsend quien recibió poco después  la “Army Distinguished Service Medal” en 1921, por su labor en el entrenamiento de la tropas de Puerto Rico que sirvieron durante el conflicto bélico en Panamá. Townsend fue  Comandante del Porto Rican Regiment of Infantry entre el 24 de diciembre de 1918, poco después de que se firmara esta carta, y el 31 de marzo de 1919. El General Frank McIntyre (1886-1944), a quien el joven Albizu Campos se dirigió “more than a year ago” (1917) con el fin que se le remitiera al frente de combate, es otro distinguido militar que  recibió la “Distinguished Service medal” en 1919 por su labor como Asistente Ejecutivo del Jefe del Personal durante la «Gran Guerra».

El documento demuestra la ansiedad del joven egresado de la Universidad de Harvard por servir en las fuerzas armadas durante el conflicto según afirmaba en la entrevista con Cerdeira. La secuela de aquel episodio al parece casual fue enorme. La situación fue uno de los  argumentos que invirtieron los investigadores del Buró Federal de Investigaciones (FBI) y los autores del pliego acusatorio del Gran Jurado de 1936, para explicar como un joven que aparentaba ser “a lover of American institutions” se había transformado en un anti-yanqui radical. El hecho de que no hubiese sido enviado al frente como solicitaba y que, por el contrario, fuese ubicado en regimientos para negros sobre la base de la separación racial (apartheid), fue usado para justificar el desarrollo del “odio a América” que manifestó el abogado posteriormente. La lógica era que aquel episodio había producido un profundo resentimiento en el ponceño porque los puertorriqueños se veían a sí mismo como gente blanca. El giro ideológico de Albizu Campos fue reducido a un acto de venganza por una supuesta humillación racial.

Redactado 19 de octubre de 2014, revisado 19 de julio de 2018.
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

octubre 31, 2013

Puerto Rico en la década de 1970: la política y la economía (I)

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La década de 1970 al 1979 representó un momento de inflexión en la historia contemporánea de Puerto Rico. La mayor parte de los logros de la era de la segunda pos-guerra fueron puestos en entredicho.

Vida política en la década de 1970

En lo externo, el vuelco fue el reflejo de situaciones fuera del control del Estado Libre Asociado. La más relevante de ellas fue la primera Crisis del Petróleo en 1973. En lo interno, el resultado más visible fue el fin del control electoral del Partido Popular Democrático y el inicio de la era del bipartidismo. Desde 1968 el PPD ha ganado 6 elecciones y ha gobernado 24 años; y el Partido Nuevo Progresista ha vencido en  6 contiendas manejando el poder igual número de años. Los  gobiernos de 1968 bajo Luis A. Ferré; de  1980 bajo Carlos Romero Barceló; y el de  2004 bajo Aníbal Acevedo Vilá, fueron “compartidos”, es decir, el control del Ejecutivo y el Legislativo estuvo en manos distintas por lo cerrado de la contienda electoral. En los tres cuatrienios, la conflictividad dominó la gestión pública y los gobiernos “compartidos” desembocaron en el lenguaje contencioso y el inmovilismo administrativo.

Luis A. Ferré y Roberto Sánchez Vilella (1969)

Luis A. Ferré y Roberto Sánchez Vilella (1969)

A lo largo de la década de 1960 a 1969, como antesala, el PPD enfrentó un conjunto muy peculiar de desafíos. Entre 1960 y 1964, recibió en reto de una propuesta vinculada a la Social Democracia que se concretó en el activismo del Partido Acción Cristiana, una alianza táctica entre Estadoístas e Independentistas que puso  entredicho la legitimidad moral del poder de Luis Muñoz Marín y el ELA sin éxito. El otro reto fue el de una “Nueva Generación” que sembró la duda respecto a la capacidad del gobernador para ajustarse a los intereses de los más jóvenes.. Ambos procesos coadyuvaron a  acelerar la decisión de “El Vate” de retirarse de cara a las elecciones de 1964.

La derrota electoral de 1968 y el ascenso del PNP con el ingeniero e industrial  Ferré a la cabeza, culminó aquellos procesos de un modo trágico para los populares. Durante el Plebiscito de estatus de 1967, el grupo  “Estadistas Unidos” hizo un papel extraordinario al obtener 274,312 votos o el 38.98 %. Refundado aquel movimiento bajo el nombre de Partido Progresistas Unidos,  luego Partido Nuevo Progresista, el estadoísmo no dejó de crecer en simpatías. En los comicios  de 1968 aquella organización novel obtuvo 400,815 votos o el 43.6 % ante un PPD dividido por la figura pujante de Roberto Sánchez Villela y su Partido del Pueblo, de tendencias abiertamente soberanistas y anti-caudillistas, quienes obtuvieron 107,359 votos o el 11.7 % de las boletas para la gobernación.

Aunque el PP fue responsabilizado de la derrota, lo cierto es que el desgaste de Muñoz Marín y su discurso, responde a numerosas razones. La derrota del PPD en 1968 respondió a aquella división, sin duda. Pero el ELA no estaba en su mejor momento: la naturaleza colonial de aquel arreglo de 1952 se discutía en la Organización de Naciones Unidas mismo en la ONU. El mismo hecho de que el Estadoísmo estuviese en el poder abonaba a la fragilidad de su imagen. Ello a pesar de que, en el Plebiscito de 1967, 6 de cada 10 electores habían favorecido el ELA. La polarización entre el ELA y la Estadidad se confirmó a la larga por el hecho de que el Independentismo electoral perdió poder y fluctuó apenas entre el 3.5 %  de los votos en 1968, y el 5.4%  en las de 1980 y nunca superó los 90,000 sufragios. Debo recordar que a la contienda de 1968 comparecieron tres partidos independentistas que, sin duda, ayudaron a debilitar el voto popular llamando la atención de los Soberanistas que militaban en el partido rojo.

Esto significa que, en enero de 1969, se estrenó una situación que no se veía desde 1944. El Presidente del Senado controlado por el PPD bajo Ferré, el Lcdo. Rafael Hernández Colón un abogado de Ponce,  afirmó su poder en la organización. Hernández Colón había sido miembro de la “Nueva Generación” y era una figura de confianza para  Muñoz Marín.

 

Carlos Romero barceló y Rafael Hernández Colón

Carlos Romero Barceló y Rafael Hernández Colón

Vida económica en la década de 1970

La década de 1970 a 1979 marcó, por otro lado,  el colapso de “Operación Manos a la Obra”. Después de 1979 el costo del barril de crudo superó la media de los $10.00 por unidad y ya no volvió a bajar. El proyecto económico del ELA, para la década de 1960 se había apoyado  en el refinamiento de crudo barato, por lo cual corría peligro. A la altura de año 1982 la CORCO, el emblema de las refinerías, cerró casi todas sus operaciones y sus funciones se redujeron a mero centro almacenamiento de crudo.

La primera Crisis del Petróleo (1973) generó dos crisis locales que recuerdan la que azota al país desde el 2008. Una de ellas ocupó el periodo que va entre 1973 y 1976: siendo gobernador Hernández Colón. Entre 1976 y 1979 cuando gobernaba C. Romero Barceló, hubo una “recuperación” parcial que no ilusionó a muchos observadores. De inmediato se aceleró otro periodo recesivo entre los años  1980 y 1983. La gravedad de las circunstancias generó violencia social, sindical y estudiantil y justificó la represión del Estado a los sectores protestatarios.

Los dos signos más conocidos de aquel periodo son el crimen del Cerro Maravilla (1979) y Huelga Estudiantil de la Universidad de Puerto Rico (1981). En términos generales, el ELA estuvo en crisis desde 1973 hasta 1983 y la “recuperación” no fue sino fue una ralentización de la degradación económica dominante. En su momento, la situación llegó a ser comparada con la Gran Depresión de 1929, pero su naturaleza era distinta.

Los rasgos dominantes de la crisis fueron los siguientes:

            1. El estancamiento económico, manifiesto en el hecho de que el  Producto Interno Bruto decayó y los niveles de ingreso personal se estancaron empobreciendo a las clases medias

            2. La inflación de los precios incluso los de primera necesidad

            3. El desempleo galopante, índice que  en 1977 llegó al 20 % y en 1984 alcanzó el 22%

            4. La consolidación de la resistencia popular en todos los niveles: bajo el gobierno de Hernández Colón (1972-1976) hubo 270 huelgas laborales y estudiantiles, y  la criminalidad se disparó en el renglón de delitos contra la persona y la propiedad

A ello habría que añadir que  la  “emigración de retorno” de 1975 cuando un segmento de la diáspora puertorriqueña que  huía de los estragos de la crisis en Estados Unidos regresó al país a pasar los malos momentos. Los economistas del 1970 acuñaron el concepto “estagflación” para sintetizar el fenómeno que vivía el capitalismo internacional.

septiembre 9, 2013

La Transición al Estado Libre Asociado de Puerto Rico

El Dr. José Anazagasty Rodríguez evalúa la creación del ELA a la luz de la evolución del imperialismo estadounidense.

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La transición al Estado Libre Asociado (ELA) significó la transformación del estado colonial, una mutación del estado colonial clásico a un estado colonial con una autonomía restringida, circunscrita a los confines establecidos por el Gobierno Federal de los Estados Unidos.

En las décadas de los cuarenta y los cincuenta el estado colonial que se formó poco después de la Guerra Hispanoamericana se transformó en otro tipo de estado colonial. Aquel estado colonial de la posguerra había logrado consolidarse con la Ley Foraker y la Ley Jones en las primeras décadas del dominio estadounidense sobre la Isla. Pero, y tras enfrentar una dura crisis en los años treinta, se transformaría ente 1940 y 1952 en un estado colonial con algo de autonomía vis-a-vis el gobierno Federal de los Estados Unidos.

Esa transformación ocurrió en una coyuntura marcada por la transformación de la economía capitalista, una crisis política, y una legislación federal…

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agosto 22, 2013

¿Qué es Historiografía puertorriqueña?

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La Historiografía Puertorriqueña se ocupa del estudio del conjunto de las fuentes primarias y secundarias sobre Puerto Rico.  Una definición convencional de su objeto de estudio sería el siguiente. Las fuentes primarias son aquellas que no tienen antecedente, tales como los manuscritos ubicados en archivos privados o públicos, o los textos fundacionales que inician una discusión sobre un tema. Las fuentes secundarias son aquellas que se apoyan en las primarias, las interpretan y valoran.

El conjunto representa una “biblioteca imaginaria colectiva” que hipotéticamente abarca la producción historiográfica sobre Puerto Rico escrita por puertorriqueños o extranjeros. Siempre hay que tener en cuenta que no existe una fuente pura o inocente y que todas están mediadas por las circunstancias en que fueron producidas. Los preceptos que anteceden solo se presumen para los fines de una discusión introductoria al tema.

El estudio de la Historiografía puertorriqueña permite dos cosas. Por un lado, determinar la imagen de Puerto Rico elaborada por los puertorriqueños; por el otro, determinar la imagen de Puerto Rico elaborada por los extranjeros. En el proceso el especialista estará en posición de establecer las convergencias y divergencias entre ambos extremos. Estudiar la Historiografía Puertorriqueña es una inquisición sobre la evolución de la Identidad Puertorriqueña  a través de sus textos históricos. La discusión que sigue es una guía para la comprensión de la Historiografía Puertorriqueña hasta el siglo 19.

Textos históricos: definición

El concepto “textos históricos” es abarcador e inclusivo. Incluye, sin duda, los textos de historia, política, asuntos jurídicos y administrativos sobre Puerto Rico redactado durante sus cinco siglos de historia bajo el reino de España y Estados Unidos. Pero involucra discursos y productos textuales procedentes de las más diversas disciplinas desde la teología y la religión, hasta la filosofía, la literatura y las disciplinas humanísticas. Desde el siglo 18 en particular, también incluye textos procedentes de las emergentes ciencias sociales. La clave para comprender  un “texto histórico” no es si el mismo ha sido producido por un “historiador” sino la lectura que le demos al mismo: la información histórica puede ser apoyarse en cualquier tipo de texto.

Historiografía puertorriqueña: categorías

Las categorías que propongo se apoyan en varios criterios. El más importante de ellos es la nacionalidad del emisor del discurso y su relación con el concepto de lo puertorriqueño. Se apoya en la relación entre el Yo Colectivo y el Otro para des ese modo, evaluar el desarrollo de la autoimagen del Yo Colectivo, en contraste con la imagen que el Otro desarrolla de nosotros.

pasado-presente-futuro2La primera categoría recoge los textos escritos por los conquistadores y otros oficiales del Reino de España y sus asociados, redactados durante los siglos 16 al 19. Corresponden al periodo formativo de la Identidad Puertorriqueña e incluye una variedad de textos españoles cuyos modelos más conocidos son: las Crónicas, las Cartas y Relaciones, entre otros. Se trata de  textos eminentemente narrativos que informaban sobre la situación de la colonia a las autoridades. En la categoría también se encuentras las  Memorias e Informes de los Gobernadores y el Episcopado, a veces redactados por ellos y otras bajo su dirección. La finalidad de aquellos textos era práctica e informativa: aspiraban ofrecerle al  Reino de España una imagen de sus posesiones y las potenciales fuentes de riqueza para, sobre esa base, establecer políticas concretas o correctivas  en beneficio de la Corona Española. Eran  documentos administrativos que contenían datos estadísticos más o menos confiables. Su utilidad para el historiador es enorme. Para el historiador positivista crítico, ofrecen la oportunidad de conocer numerosos detalles del proceso colonial. Para el historiador cultural, ofrecen un material invaluable a la hora de estudiar la mentalidad de los conquistadores y le informan sobre la opinión que tenían las elites de poder sobre los grupos conquistados

La segunda Categoría incluye los textos escritos por autores insulares, criollos o puertorriqueños desde el siglo 16 al 19. Lo cierto es que la presencia de autores de este origen fue una rareza en el periodo que va del siglo 16 al 18.  Su presencia fue más común durante el siglo 19, en especial desde la década de  1850 en adelante. La dialéctica entre el Yo y el Otro dominaba la escritura en el camino hacia la afirmación de una Identidad. El “insular” era el habitante de las islas por oposición al “peninsular”. El “criollo” era el hijo español nacido en las colonias por oposición al “español” puro. Ambos conceptos equivalían al “indiano” o al habitante de la Indias y su codificación subrayaba la devaluación y el desprecio que el peninsular sentía ante ellos. Nacer en Indias lo devaluaba y eran considerados españoles de segundo grado a pesar de que compartían valores etnoculturales. Esa situación fue crucial para el desarrollo de una  Identidad Puertorriqueña. En Puerto Rico no hay Crónicas criollas, pero existen existen Cartas, Relaciones, Memorias e Informes escritos por insulares y criollos al servicio del Reino de España durante los siglos 16 al 18. Tenían una finalidad informativa pero,  muchos lectores del siglo 19 y el 20, encontraron en ello un “tono” distinto que parecía  ofrecer una “representación alternativa” de la vida colonial. Los autores puertorriqueños del siglo 19 y 20 usaron aquellos textos para justificar  proyectos políticos y culturales modernizadores antiespañoles o para afirmar el nacionalismo puertorriqueño por lo que, a su función informativa, se añadió su valor formativo.

La tercera categoría son los textos escritos por extranjeros no españoles desde el siglo 16 al 19. Incluye Crónicas Europeas,  Cartas y Relaciones y Memorias e Informes, redactadas al servicio del Imperio Español o de sus competidores: Reino de Francia, Reino de Holanda o Gran Bretaña.  Hay también una diversidad de obras de autores italianos, irlandeses, daneses, alemanes, cubanos y estadounidenses. Su finalidad era informativa y en muchas ocasiones trataban de llamar la atención sobre el potencial del territorio por lo que se constituían en una crítica a la administración colonial española. Algunos incluso, hacían propuestas sobre cómo explotar eficazmente al país. La impresión que deja este conjunto de textos es que el Reino de España no aprovechaba a Puerto Rico y que su pobreza se podía explicar sobre la base de ese argumento. Informal al historiador sobre la intimidad de la geopolítica y las relaciones diplomáticas de su tiempo y cómo ello apoyada y alimentaba un discurso cultural antiespañol. Es la parte menos conocida de la Historiografía Puertorriqueña, aunque varios proyectos para su revisión han madurado desde 1990 al presente.

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