Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

marzo 18, 2021

San Juan/Ponce/Nueva York/La Habana: Trayectorias de Sotero Figueroa

La siguiente entrada incluye la vídeo conferencia del Dr. César A. Salgado, comparatista de la Universidad de Texas en Austin, sobre el tipógrafo, intelectual y conspirtador puertorriqueño Sotero Figueroa. La actividad fue realizada el 4 de febrero de 202 por invitación del Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) del Departamento de Ciencias Sociales (RUM-UPR). La misma es comentada por el Prof. Mario R. Cancel (RUM-UPR). Invito a todos a elaborar una reflexión innovadora sobre el siglo 19 puertorriqueño.

mayo 21, 2019

Entre historia y memoria: apuntes al margen de la autobiografía de Silverio Pérez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

El jueves 7 de marzo recibí un mensaje de Silverio en mi teléfono móvil. Me pedía que escribiera un blurb para la reimpresión de su libro Solo cuento con el cuento que te cuento. El blurb es una descripción corta que busca convertir en objeto del deseo la obra que describe, en este caso un libro. Esas peticiones siempre me ponen nervioso. Soy un buen lector, pero un pésimo propagandista.

Aquel día había estado revisando materiales sobre el idealismo trascendental, el nacionalismo y el liberalismo para una charla que tenía pendiente en San Juan y me había atascado desarrollando modelos de conocimiento a priori que mis estudiantes de historia pudieran comprender. No me gusta fallarle a los amigos por lo que le dije a Silverio:

Mañana sin falta. Tengo (unos) apuntes sin articular, pero a primera hora te dejo un blurb que integraré a mi presentación. Dime si está bien para ti. Tengo el cerebro agotado a las (dos) de la tarde y las ideas me huyen como gatos ferales.

Silverio me dijo con su natural paciencia que estaba bien. A eso de las cuatro de la tarde volví a escribirle: “Silverio, me tomé dos copas de vino (un tinto fuerte español, por cierto) y redacté esto. A ver qué te parece”:

Leer las memorias de Silverio Pérez es cómo repasar las escenas de la vida de un viejo amigo. Aclaro que en este caso la amistad no tiene que ver con la cantidad de años acumulados sino con la intensidad del afecto.

Una de las virtudes de este libro es que en sus páginas la emocionalidad, la intuición, la reflexión y la racionalidad, entre otras muchas formas de saber el mundo, conviven como debe ser: en constante contradicción y pugna creativa. El rebelde, el ingeniero, el trovador, el satírico, el motivador, el escritor, se juntan en complejo y evocador palimpsesto. Después de todo esa es la vida de un ser humano que transita con su elusivo “yo” para formar el “nosotros” que todos somos en última instancia: el otro es el mismo al cabo del tránsito. Esta es una vida que no se ha permitido nunca una renuncia. El chico de Mamey está presente en el escritor que en estas páginas se piensa…y viceversa.

Su respuesta fue una de esas iluminaciones que me niego a desobedecer: “Por favor sigue tomando vino!!! Gracias!!!”. Hoy cumplo con la palabra empeñada. Después de todo Miguel de Cervantes, hablando de los vinos, decía que no hay néctar que se les iguale”.

Mi relación con Silverio, el escritor, no es nueva. Comenzó hacia el 2004 cuando Isla Negra editores me pidió que revisara y prologara su libro El humor nuestro de cada día. Las tres tristes tribus.  En 2016 cuidé la redacción de su volumen La vitrina rota o ¿qué carajo pasó aquí? que difundió Ediciones Callejón. Los editores Carlos Roberto Gómez Beras y Elizardo Martínez reconocían el escritor que había en Silverio, asunto sobre el cual hablamos en diversas ocasiones.

Ahora bien, leer para prologar, para asesorar un proceso de redacción, para lanzar una obra o para producir un blurb no es lo mismo. Son tareas complejas que ocupan el tiempo de esa subespecie que llamamos “escritores”. Al lado de Silverio ya he realizado todas esas faenas. Aclaro que en todas y cada una, media la condición de que soy historiador: soy un outsider o un extranjero en el mundo de la subespecie de los “escritores”. Hoy, ante Solo cuento con el cuento que te cuento voy a realizar una labor distinta. Las motivaciones de mi lectura son egoístas y epicúreas: voy a leer por leer, por placer, para saborear este texto como se degusta un vino añejo a la vez que reflexiono sobre mi condición de lector.

Lo cierto es que el “historiador” lee un texto de esta naturaleza de modo distinto a como lo haría un “escritor”. La autobiografía es un subgénero híbrido en muchos sentidos. El discurso autobiográfico se mueve entre lo individual y lo colectivo por lo que, bien leído, informa sobre las oscilaciones entre el sujeto y su contexto y enriquece la imagen del pasado. La comprensión del escenario en que se conduce una vida se profundiza en estas textualidades.

Para los que buscamos en el estudio del pasado algo más que la respuesta a la pregunta de “qué (realmente) pasó”, la autobiografía, cuando es el resultado de una reflexión inteligente y profunda, permite al historiador aproximarse a la dialéctica entre la memoria y la historia. La memoria es ese pasado pergeñado con las emociones que formulamos a través de la intuición y la sensación del acontecer. La historia es ese pasado construido con los recursos de la percepción y la reflexión racional sobre el acontecer. No se trata de que la memoria excluya o cancele a la historia o viceversa. Algo me dice que el historiador que se adhiera a cualquiera de las posturas extremas perderá de vista la hermosa complejidad de la condición humana en el tiempo y el espacio.

Silverio Pérez (RUM 2 de mayo de 2018)

La autobiografía se mueve con gracia lujuriosa entre dos formas de la escritura creativa que me sobrecogen y estremecen: la historiografía y la narrativa ficcional. Ya no se trata solo de cómo ve el historiador ese fragmento del pasado sino de cómo lo vivió y vio un testigo ocular. En cierto modo, de lo que se trata es de un retorno ritual a una tradición que una vez se denominó clásica.

 

La impresión de caos fluyente, común a la historia y la autobiografía, que producen las huellas del pasado se resuelve en la textualidad cuando nos entregamos a la “flecha del tiempo” y convenimos en que todo esa confusión condujo al exacto lugar desde el cual tratamos de otearlo. En el caso de la autobiografía la vida se aboceta como un largo filme en el cual, a veces, lo vivido adopta la forma de un cuadro estacionario y la impresión del stop motion. Lo que la imaginación histórica hace con esos callejones sin salida en la historiografía, lo hace la imaginación literaria en el caso de la autobiografía.

Apropiar el pasado colectivo o individual y construirle un sentido mediante una historia o una autobiografía, requiere destrezas que Silverio posee. La otra parte, la complicidad del lector en este caso la mía, la ganó hace tiempo. La complicidad arrancaba de que, en momentos concretos de mi lectura, las emociones se atropellaban y tenía que tomar distancia del relato para recuperar la compostura. Esa sensación de extrañeza y aturdimiento sólo me había invadido cuando, siendo adolescente, leía el diálogo de Sancho con el Quijote en el lecho de muerte de Alonso; y cuando, siendo adulto joven, cotejaba algunos de los momentos más trágicos de la vida de Pedro Albizu Campos. Se lo adelanté a Silverio en un mensaje de texto del 31 de enero de este año:

…tu libro me produce muchos sentimientos encontrados. Tiene que ver -le aclaraba- con experiencias en común contigo y con algunas reminiscencias literarias que estoy atando a ciertas lectura que no sé si conoces. La escritura es así, como una diablura…

La extrañeza y el aturdimiento tenían que ver con una serie de pulsiones, impulsos de la intuición, que actuaban como artificio de la memoria y me sacaban con brusquedad del ámbito de la lectura para conducirme a universos domésticos y ficcionales que ya yo consideraba olvidados. Los buenos libros producen ese tipo de efectos en lectores como yo: convidan al monodiálogo en el insilio que nos hemos impuesto. También tenían que ver con una serie de afirmaciones sintéticas que Silverio había inscrito en lugares estratégicos de su autobiografía. Para mi gusto funcionaban como pensamientos nodales que tenían el propósito de marcar momentos de rompimiento y discontinuidad que fueron reconvertidos en momentos de regeneración y continuidad. Cada pulsión y cada pensamiento me anclaba en la meditación por horas. Ya no me interesaba tanto la complejidad del relato sino la del ser humano atrapado y liberado que me sugería Silverio a través de sus palabras.

¿Cuántas veces me sucedió a lo largo del libro? No podría precisarlo. Tengo la manía de registrar esas pausas irracionales en los márgenes de las páginas o en la hoja de respeto o de la vergüenza que los editores dejan en blanco al principio y al final de un volumen. Para no abrumarlos solo comentaré algunos de ellos

Las pulsiones son aristas que marcan el texto y la vida que usualmente se expresan a la hora de abrir o cerrar un capítulo. Su capacidad de conmover al lector es enorme. En “El paquete de la tía Vicenta” dice el autor:

Hay una mujer recostada, con sus codos apoyados en el marco de una ventana de madera despintada y rústica. Su barbilla reposa sobre sus manos entrecruzadas. Su mirada, perdida en el horizonte. Esa mujer es Victorina Figueroa Amador, mi mamá. (23)

La reminiscencia o evocación que ocupa a Silverio es la “Muchacha en la ventana” de Salvador Dalí ubicada en el Museo Reina Sofía de Madrid ante la cual yo también me extasié alguna vez. La imagen de Victorina me llevó a otro lugar: mi madre se llama Victoria y la recuerdo igual. Era como si desde aquella posición estas mujeres observaran y eslabonaran el mundo a fin de orientar la vida de los suyos. El encuadre de Victorina me retrotrajo a la colección de poemas “Las ventanas” de Rainer Maria Rilke en traducción de Gerardo Diego cuando el poeta afirmaba:

Basta que se asome al balcón / en el marco de la ventana / una mujer que dude…y ya es sin remisión / desde su misma aparición / la que perdemos, tan temprana.

Más adelante insistía el poeta:

Jamás surge tan bella la amada / como cuando tu alféizar la exorna…

En “De parto”, Silverio cuenta como su padre, Silverio Pérez, carpintero y peón, en medio de una crisis espiritual y material, decide mudarse como quien huye del signo de una tragedia.

Mi papá se dedicó entonces a desmontar la casa, poco a poco. Y la fue llevando de un lado para otro, tabla a tabla, cuartón a cuartón, plancha de zinc a plancha de zinc, claveteando, serruchando, hasta que una noche nos fuimos a dormir a la residencia a medio construir. Dejamos la casa anterior a la misma vez que ella nos dejó a todos. Seguimos la madera como quien sigue su origen, con la certeza de que hay veces que la casa no está en la tierra -sino en nosotros- y nos la llevamos dondequiera que vamos. (51)

La escena, expresionista por demás, posee un significado moral asombroso. Imaginar a Silverio padre en medio de aquella epopeya me trajo a la memoria un hermoso texto del uruguayo Mario Benedetti. En “La casa y el ladrillo” (1976-1977) usaba como lema una frase maestra de la extrañeza del poeta alemán y creador del teatro dialéctico, Bertolt Brecht quien afirmaba: “Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo / para mostrar al mundo cómo era su casa”. La casa, el escenario del hogar y la familia, se convierte en parte inseparable de la identidad carguemos con ella, como hizo Silverio padre, o la dejemos atrás. Esos lugares de la infancia actúan como la memoria de un vientre protector insustituible. Estas pulsiones me dicen como lector el amor infinito que siente Silverio por sus padres.

Silverio Pérez, Mario R. Cancel Sepúlveda y Efrén Rivera Ramos

Los pensamientos son otra cosa. Silverio, el escritor, los articula en medio de los giros radicales que impone el azar con sus faustos e infaustos. Esta reflexiones le sirven para tomar un respiro y volver a apostar por las posibilidades de la vida. Mirarse desde lejos es un recurso que la autobiografía hace posible. La distancia a veces produce extrañeza como si al mirar al simbólico espejo encontráramos a otro. En el contexto de la memoria de su ingreso al CAAM en 1965, Silverio dice: “Se me antoja la vida como las líneas que al azar traza un niño, lápiz en mano, sobre un papel en blanco” (93). Cuando un historiador se enfrenta a una afirmación como está reconoce la huella de un debate relevante para su profesión: el de la relación entre la libertad y la determinación, entre el azar y la causalidad. En su afirmación Silverio apuesta cautelosamente por la libertad y el azar como gestores. Después de todo, cuando se trata de la memoria, eso es plausible.

Una vez hecha la apuesta, se ubica en la posición del escritor y afirma: “Caminar los laberintos de la memoria conlleva riesgos, sorpresas, decepciones. Hay archivos que parecen enmohecidos y se niegan a abrir. Otros, han tachado fechas, nombres y sucesos, tal vez para evitar el dolor o para evadir añoranzas de sueños inconclusos” (155). El contexto es distinto: se trata de los años 1974 y 1975 cuando la dulzura y la amargura ya lo habían tocado reiteradas veces. Silverio reconoce que los seres humanos, aunque predispuestos biológicamente para “recordar” son también, como sugerían Friedrich Nietzsche y Henri Bergson, máquinas que necesitan “olvidar” un sinnúmero de cosas para asegurar su subsistencia. La “memoria” y la “historia” son una navaja de doble filo que hay que saber manejar a fin de no lastimarnos.

Más adelante, Silverio concluye en un pensamiento contundente y autoevaluativo lo siguiente: “A veces, la vida se torna en un drama que vamos escribiendo en tiempo real, sin ensayos, frente a un público que te aplaude o te critica; y te juzga siempre. Pero es así como aprendemos a vivir, disfrutando, sufriendo y creciendo. Ya voy conociéndolo mejor al personaje del cual escribo como excusa para comprender su entorno.” (273) El contexto es la década de 1990 en la cual, desde la madurez, confirma su condición de desconocido para sí y que la vida en efecto es azar, casualidad y performatividad. La determinación y causalidad que percibimos en el pasado individual o colectivo, no surge de los actos que acometemos al interior o al exterior. Ese cosmos se articula cuando nos narramos.

Un último apunte antes de culminar. Mi presencia en la autobiografía de Silverio me pone en la situación de sentirme parte “de esos relatos que a veces sentimos tan distantes” (207). Hace años me sorprendió hallarme en las memorias del jurista, académico y escritor Otto Morales Benítez. El viejo intelectual colombiano recordaba un encuentro que tuvimos en San Germán en 1990, yo tenía 30 años, para conversar sobre el General Antonio Valero de Bernabé y el libertador Simón Bolívar. Cuando revisé la escena yo no recordaba sus memorias, pero sus esbozos reanimaron la mía como si se tratara de un disparo. El amigo Miguel Hudo Ricci, cuyo testimonio autobiográfico revisé en 2010 para una presentación, me decía con sorpresa: “…me estoy viendo a través de sus ojos (profesor Cancel) y de su cosmovisión, con todos los ángulos que ha introducido a la experiencia que viví”. La persona transformada en personaje es el mismo y es otro.

A Silverio le digo dos cosas. Primero, gracias por la amistad. Es cierto que tengo pocos amigos, pero esa es la naturaleza de la amistad: su excepcionalidad. Lo excepcional es lo raro y lo único, lo que nunca es redundante ni excesivo. Relaciono los amigos a las capas de tiempo y espacio superpuestas que me ocupan y me hacen. Son como una página sobre la cual siempre puedes escribir y leer una historia. Uno los escoge arbitrariamente y de manera egoísta. Los conserva del mismo modo, y los defiende con la ferocidad que despierta un peligro. Esa hueste grande o pequeña me ayuda a ubicarme en el mundo, a ser parte de una historia.

Segundo, sigue escribiendo. El escritor es un intérprete, un esquivo ser que teoriza.  Ante el fin de los sueños, inventa una frágil estructura en la que habita. Esa fragilidad es todo lo que posee.

Comentario en torno al libro: Silverio Pérez (2018) Sólo cuento con el cuento que te cuento. San Juan: Ediciones Callejón. Leíd en el Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) el 2 de mayo de 2018. Publicado originalmente en 80 Grados-Letras 3 de mayo de 2018

 

 

 

mayo 9, 2017

José “Che” Paralitici y la reflexión historiográfica en torno al independentismo

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor
Prólogo del libro Historia d la lucha por la independencia de Puerto Rico. Río Piedras: Gaviota, 2017.

Preludio

En un seminario graduado que dictaba en torno al tema de la representación de los puertorriqueños en los escritos estadounidenses surgidos de la invasión del 1898 un  colega afirmó que el independentismo era el “gran perdedor” de la historia moderna de Puerto Rico. Era una aserción difícil de rebatir con una respuesta sintética y breve. El independentismo en el siglo 19, 20 y 21 ha sido la casa grande de una diversidad de tendencias y una propuesta hija de la pluralidad de las contradicciones materiales e inmateriales que han marcado al país desde fines del siglo 18 al presente. Hablar del independentismo y de la independencia refiere al investigador a un proyecto en construcción que ha significado muchas cosas. Lo que en el siglo 19 se identificaba con el separatismo independentista, se reubicó en el 20 entre los márgenes de los nacionalismos y los socialismos más diversos. La misma idea confederacionista tuvo un carácter distinto en ambos siglos. Hablar del independentismo como si se trata de proyecto homogéneo y único implicaría, desde mi punto de vista, una simplificación interpretativa imperdonable.

En vista de los riesgos que corría con una contestación poco reflexiva asentí, pero le aclaré que el fenómeno era más embarazoso. El estadoísmo era el otro “gran perdedor”. Aquella  propuesta, que creció en la forma del separatismo anexionista en alianza táctica con el separatismo independentista decimonónico, había visto la anexión del territorio en 1898 pero la estadidad seguía siendo un desiderátum. El hecho de que cuando se dio aquel diálogo en el 2014, la estadidad no se hubiese conseguido, confirmaba su condición de “gran perdedor”. Si adoptaba la lógica de mi interlocutor en realidad se trataba de dos “grandes perdedores”.

Los separatistas independentistas vieron la separación de España sin que pudieran completar su meta de independencia. Los separatistas anexionistas vieron la anexión a Estados Unidos sin que se completara su ansiedad de integración e igualdad. La confianza de una parte significativa del liderato de ambas tendencias en el republicanismo estadounidense fue violada y la promesa de libertad e igualdad que se hizo a aquellos sectores incumplida. Ese espacio vacío quedó disponible para que lo ocuparan los sectores colaboracionistas quienes sirvieron de intermediarios sumisos al imperio estadounidense en una historia del nunca acabar. El debate se canceló de inmediato.

Es cierto que la historia moderna de Puerto Rico ha sido un terreno fértil para el señorío  de los sumisos al imperio de turno. Los efectos de ese fenómeno sobre la imagen colectiva del país en el discurso historiográfico dominante han sido enormes. El primero efecto es que la historia de los “dos grandes perdedores” nunca ha sido una prioridad de los interesados en la disciplina. Además, el hecho de que algunos historiadores se hayan ocupado de reflexionar sobre ello nunca ha garantizado que serán escuchados por quienes articulan el canon desde el poder.  El segundo efecto es que, bien vistos, los conceptos “perdedor” y “ganador” no son confiables a la hora de dilucidar este problema con seriedad: los adjetivos reducen la lógica de las luchas colectivas -nacionales o sociales o identitarias- a la condición de un “deporte” un “juego” cuando, de hecho no lo son.

Bajo condiciones como esas el pasado puertorriqueño y en especial la historia de sus resistencias, ha sido formulado por la intelectualidad vacilante insaculada de los sectores afines a  España y Estados Unidos en un siglo y otro. No me parece necesario aclarar que esos discursos traducían bien los intereses de las fuerzas  que frenaron la integración a Estados Unidos o la separación de España en el siglo 19; y la estadidad o  la independencia en el siglo 20. Si alguna utilidad tuviese el concepto “ganador”, habría que buscarlo en el lugar de los intelectuales colonialistas. El “ganador” en esta larga historia de sumisión siempre ha sido el mismo: el centro vacilante que, en su beneficio, no ha admitido la solución de un dilema bicentenario y responsabiliza al sujeto colonial por los efectos de la irresolución. En términos concretos me refiero a los liberales reformistas o especialistas, los autonomistas radicales o moderados en el siglo 19; a los unionistas, los aliancistas, los liberales, los populares y los soberanistas en el siglo 20 sin olvidar, claro está, a los defensores del protectorado y el amparo de Estados Unidos en ambos siglos. Desde esa cómoda situación, los representantes de esos sectores han producido un discurso manido en el cual la reflexión sobre el activismo de los “perdedores” ha sido devaluada y sus discursividades suprimidas consistente o reducida a la imagen borrosa de un acto de recordación pueril.

Una secuela lógica de este escenario histórico ha sido que esos sectores vacilantes han sido instrumentales en la configuración de un relato histórico que afirmará la imposibilidad de la integración y de la independencia y, con ello, legitimará la irresolución como la única condición con posibilidades reales de prevalecer. La historiografía de ese centro vacilante sigue allí con su autoridad informando a quien se  acerquen al asunto de los contenidos y límites de su identidad.

 

Una reflexión histórica

La alusión más remota a un acto vinculado al separatismo independentista es de octubre de 1795. Un dibujo amenazante sobre el cuello de la efigie del rey de España que circuló durante un juego de naipes en la capital, fue interpretado como el signo de una conjura agresiva. La investigación iniciada por el gobernador militar Ramón de Castro no condujo a ninguna parte. Lo que llama la atención de aquel episodio olvidado es el miedo que un pequeño detalle produjo en un sistema que parecía muy seguro en Puerto Rico. No se puede pasar por alto que aquellos eran los tiempos de la guillotina y que el gobierno de los jacobinos había caído de manera aparatosa apenas en noviembre de 1794. El  principal cuestionamiento al integrismo hispano había debutado en la colonia antillana.

Dr. José “Che” Paralitici

La reflexión intelectual sobre el separatismo también fue temprana. Correspondió a los intelectuales integristas formular una imagen de aquel movimiento como el opuesto de la hispanidad y sus valores. No se equivocaban, por cierto. El funcionario e historiador Pedro Tomás de Córdova (1831) aludía a su carácter peligroso y malintencionado cuando comentaba la década de 1820. José Pérez Moris (1872) retornó sobre el tema a la luz de la Insurrección de Lares de 1868 en un volumen clásico. Dos elementos en común compartían aquellas figuras. El separatismo independentista y el anexionista fueron reducidos a una misma cosa, pero ambos autores temían más a la anexión que a la independencia. Se presumía que Estados Unidos estaba detrás de ambas conjuras revolucionarias. De igual manera, los dos autores  equipararon el separatismo en cualquiera de sus manifestaciones a una patología que podía y debía ser sanada incluso por la fuerza. El lenguaje de la sociología positivista, una disciplina emergente en el siglo 19, marcó la discursividad de los intérpretes integristas.

La devaluación agresiva del separatismo independentista en particular, no fue privativa de los integristas españoles: los criollos liberales reformistas y especialistas que siempre fueron integristas como aquellos, sólo cambiaban el tono. En Alejandro Tapia y Rivera (1882) el separatismo era un acto de “descontentos”; en Salvador Brau Asencio (1904) un acto “prematuro” y “precipitado” que culminaba en una “algarada”. Los hermanos Francisco Mariano y José Marcial Quiñones, en su reflexiones históricas de 1872 y 1890, aunque resentían las posturas belicosas y prejuiciadas de Pérez Moris en su libro, evitaron todo lo más posible vincular el autonomismo con el separatismo y tomaron distancia de sus posturas de una manera consistente. Un caso emblemático es el de Tapia y Rivera quien en el “Capítulo XXX” de Mis memorias (1882) estableció que “toda regeneración y progreso eran posibles bajo la bandera de la patria española”, argumento que coincidía con la interpretación de Pérez Moris de que todo separatismo atentaba contra la evolución del progreso que sólo se garantizaba manteniendo la unión con España.

La relevancia de la obra de Pérez Moris para la historiografía del separatismo independentista es incuestionable. Cuando Sotero Figueroa, uno de los primeros historiadores en  plantearse el tema del separatismo independentismo desde el independentismo le pide a Ramón E. Betances Alacán  una reflexión sobre Lares para alimentar con el testimonio su libro, el médico le dice que tiene que revisar la obra del autor integrista español. Figueroa, un ex-autonomista de Ponce, desplegó una labor  fundacional de la historiografía del independentismo en la páginas de  Patria en la  serie titulada “La verdad en la historia” y en el libro Ensayo biográfico de los que más han contribuido al progreso de Puerto-Rico (1888).

El pasado remoto de este libro del Dr. José Paralitici está allí. La reflexión sobre el independentismo desde el independentismo encuentra en este volumen una culminación extraordinaria. En este libro el colega torna, como ya ha hecho en otros de sus títulos,  sobre un proyecto inconcluso: la reflexión sobre la historia de uno de esos extremos, el independentismo en el siglo 20 y 21. Reescribir desde la perspectiva de la alteridad la historia de los llamados “perdedores” es un proyecto no solo legítimo sino urgente.

 

Sobre la  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico

Mi experiencia investigativa me dice que la reflexión serena sobre la evolución del independentismo del siglo 20  en todas sus vertientes  es poca. El nacionalismo ateneísta o moderado, el de la “acción inmediata” o revolucionario; el independentismo de los comunistas desde 1934 y sus avenencias y desavenencias con aquellos a la luz del “Nuevo Trato” y la aparición del populismo; el de los liberales que fluctuaban entre el autonomismo y el independentismo en la misma década; el de la “Nueva Lucha por la Independencia” de 1959 ya en el marco de la primera fase de la primera Guerra Fría (1947-1979); el articulado por los socialdemócratas desde 1971 o el de las nuevas izquierdas emanadas de la crisis de 1971 y 1973 madurado a principios de las década de 1980 en el contexto de la segunda Guerra Fría (1979-1991), entre otros, representan un reto interpretativo mayúsculo.

En cierto modo, la actitud dominante ha sido asumir la continuidad y las afinidades de este complejo de sistemas de interpretación y acción como si se tratase de la expresión de una ley histórica en el sentido más pedestre. El silenciamiento de las discontinuidades y los diferendos ha representado una traba que, a veces, se ha traducido en esa incómoda mirada piadosa cargada de romanticismo que se expresa en una actitud defensiva que siempre resultará incómoda para el historiador profesional. Esta actitud, comprensible pero insana, convierte al pasado en un monumento, a sus huellas en una reliquia y a sus protagonistas en una imagen icónica incapaz de comunicarle lecciones al presente. El monumentalismo laudatorio ha dominado lo mismo la tradición interpretativa militante del autonomismo, el estadoísmo y el independentismo.

Un asunto a tomar en cuenta a fin de comprender el desenvolvimiento contradictorio del independentismo, es sin duda la relación entre las formulaciones nacionalistas y las vertientes socialistas a lo largo del siglo 20. Los puntos de encuentro entre estos dos extremos que muchos consideran inseparables hoy fueron, en ocasiones, agresivos. A fines del siglo 19, una parte significativa del liderato socialista y anarquista francés no apoyaba la separación e independencia de Cuba de España porque ello implicaba poner a los cubanos a merced de la burguesía criolla nacional y no liberarlos. De igual manera, las relaciones entre los nacionalistas y los comunistas en Puerto Rico desde 1934 cuando se fundó el Partido Comunista Puertorriqueño el 23 de septiembre de aquel año, tuvieron sus altas y sus bajas. La situación no fue  distinta en la década de 1990 y tampoco lo es en el presente.

Una dificultad ostensible para un estudio de esta naturaleza es que el fin de una era -la posguerra y la Guerra Fría- significó también el fin de la eficacia de un lenguaje. Los defensores del independentismo y el socialismo en todas sus vertientes, quienes siempre se han caracterizado porque tienen puesto “el oído en el suelo”, reconocen que defender estas causas en el siglo 21 plantea retos nuevos. La otra dificultad es que, en el caso puertorriqueño, se trata de dos proyectos inconclusos: independencia y socialismo o soberanía y justicia social, si uso un lenguaje más moderado, siguen representando una  prioridad en la agenda de los puertorriqueños rebeldes. Inconclusos, aclaro, pero no derrotados.

Mis comentarios críticos sobre la historiografía del independentismo no deben interpretarse como que no ha habido un volumen respetable de discusión sobre la independencia, el socialismo, sus propuestas y sus figuras emblemáticas. Una parte del problema tiene que ver con los cuidados que hay que poner a la hora de tratar un tema sensitivo que toca una fibra moral en quienes se sienten vinculados a estos ideales. La otra parte del problema se relaciona con la facilidad con la que los opositores de las mismas adoptan el lenguaje deportivo del “perdedor” y “ganador” y desvalorizan dos proyectos emblemáticos de la modernidad que merecen ser revisados intensamente en particular en países como este. Estas actitudes y la discursividad del centro vacilante, han sido los principales frenos a la indagación sería sobre estos asuntos.

La  Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. Paratiliti es un intento de articular esa mirada crítica, abierta y sosegada. Una de sus virtudes es que establece un modelo interpretativo preciso. La primera parte, “Desde la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico hasta la revolución nacionalista de 1950”, y la segunda de “El nuevo independentismo puertorriqueño desde 1959”, ofrecen pistas concretas sobre su visión de la evolución de este movimiento contestatario. La inserción de la discursividad y la praxis socialista en el escenario de la posguerra y la Guerra Fría, se convierten en una clave a la hora de entender el giro ideológico más significativo de esta lucha bicentenaria.

La tesis de este libro es que el independentismo puertorriqueño sucede en el marco de una larga experiencia predominantemente nacionalista que ocupa medio siglo, y desemboca en otra en la cual las ideas socialistas la penetran enriqueciendo su contenido.  El texto se convierte en el mapa de ruta de una historia de gran envergadura que permite al lector, informado o no, orientarse en las complejidades de los debates que han marcado la resistencia al coloniaje desde el independentismo y el socialismo a lo largo de un siglo. El Dr. Paralitici, de hecho, no parte de la premisa de la homogeneidad de la respuesta política anticolonial sino que problematiza la misma destacando los matices temporales de cada esfuerzo.

Por eso el periodo que va del 1898 al 1950 se abre en tres etapas precisas que se articulan a la luz de las fluctuaciones de las relaciones internacionales y una geopolítica en la cual Estados Unidos, el imperio que ocupa a Puerto Rico, adquiere cada vez más poder. Lo que podríamos denominar el periodo nacionalista se revisa a la luz de la experiencia del 1898 al 1930, del 1930 al 1943 y del 1943 al 1950. La lógica del Dr. Paralitici lee con cuidado el arte de la maniobra del independentismo mientras elabora un relato en el cual la transformación del nacionalismo ateneísta en nacionalismo revolucionario, la rescisión de Luis Muñoz Marín y la persecución y procesamiento de Pedro Albizu Campos y el liderato nacionalista, y el retorno de Albizu Campos y la Insurrección de 1950, resultan ser los ejes político-ideológicos que mejor expresan las oscilaciones de la geopolítica. El escenario de forcejeo entre la resistencia nacionalista y el estado colonial y sus representantes, se proyecta por medio de un índice que el historiador domina muy bien: los registros de la represión. El entramado de la transición a un periodo enteramente nuevo está completo.

El segundo periodo de 1950 al presente se centra en otro indicador geopolítico insoslayable: la Guerra Fría (1947-1991) en sus dos fases separadas por la crisis que pone en función los resortes de los que emerge el orden neoliberal y el mercado global alrededor de 1976 y el 1983. El panorama  de las organizaciones desde 1950 al 2000 es el más completo que conozco lo mismo en cuanto a organizaciones nacionales que en cuanto a aquellas que han surgido en el exilio político y económico o en el seno de lo que muchos denominan la diáspora. La voluntad de autor por llamar la atención sobre los elementos de continuidad entre los proyectos del primer periodo y los del segundo, y a la vez por hacer los señalamientos críticos precisos a fin de comprender las fragilidades y las fortalezas  de cada uno de estos programas de combate, ratifican que el lector se encuentra ante un esfuerzo sensato, quizá el más circunspecto, al que se pueda tener acceso al presente. La bibliografía de la historia política desde la alteridad se enriquece con este título del Dr. Paralitici.

El volumen cierra con una reflexión y unas interrogantes que sólo el tiempo será capaz de contestar. Ambas plantean una preocupación oportuna que intenta penetrar el dilema de las dificultades que la era del neoliberalismo y la globalización han interpuesto al análisis nacionalista y socialista desde la década de 1990 y el fin de la Guerra Fría. La inquisición en torno a las organizaciones independentistas fundadas en el nuevo siglo cronológico y el debate abierto en torno a si surgirá un nuevo o novísimo independentismo o socialismo en el siglo 21 con la misma capacidad de impugnación que el que germinó en 1959 que, a la vez, sea capaz de provocar el avivamiento de la lucha, deja sobre la mesa un dilema mayor.

Para mí como historiador la respuesta no necesita posposición alguna y puede ser contestada en dos direcciones. La primera es que en efecto resurgirá, e incluso que es posible que esté resurgiendo ante nuestros ojos absortos. La segunda es que, en la medida en que ese novísimo independentismo lea su tiempo con la precisión y con el cuidado que le dicten su conciencia de la temporalidad el avivamiento será posible. Del mismo modo que se afirma, sin mucho empacho, que cada generación es responsable de escribir su historia, cada una de ellas también es responsable de articular su proyecto revolucionario. Nada ni nadie podrá impedir que así sea.

 

Póslogo y palabras finales

La otra aportación de este volumen del Dr. Paralitici tiene que ver con su capacidad para señalar las manzanas de la discordia que han maculado la historia del independentismo y el socialismo en el país. Por eso también puede ser leído como una invitación a la retrospección. El asunto se relaciona con esos puntos hacia dónde miran los enemigos y los acólitos cada vez que evalúan colectivamente el esfuerzo independentista y socialista y convergen en la conclusión fácil de que se trata de un movimiento pequeño y fragmentado y, por lo tanto, desechable.

Las manzanas de la discordia se reducen a un conjunto preciso de asuntos: la participación electoral, la violencia y la ilegalidad y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones ha sido emparejado a un conjunto  de principios intransigentes o a una variedad de necesidades tácticas a la luz de la praxis. De hecho, el “sí” o el “no” a cualquiera de esas tres apuestas, puede validarse mediante consideraciones de principio o pragmáticas indistintamente.

Resultaría ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar el buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos, los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer  una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas esta índole. En ese sentido, lo único que resta por hacer es lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la expresión política de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual lucha el independentismo y el socialismo.

La otra matriz tiene un fuerte contenido filosófico y sociológico: hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema de Puerto Rico se podía sintetizar en el hipotético opuesto de la nación y la clase social. La cuestión de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida en uno, o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los polos nacionalista y socialista que dominaron el panorama de las luchas políticas desde 1959 en adelante,  comenzaron a erosionarse desde 1976 en adelante.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de  la nación  o la clase social como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, ponían en duda la eficacia de la nación o la clase social como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un problema de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega el Dr. Paralitici en su libro es que  la prelación de las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a que lucha debe ser la prioritaria en este momento está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos.  La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmento de  clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen  unos y otros no son las mismas.

La complicación más peligrosa es que se asuma que se trata de retóricas antinómicas o de contradicciones sin solución. A veces me da la impresión de que eso es lo que está pasando y me resisto a creer que el independentismo, el socialismo y los nuevos movimiento sociales no puedan encontrar un punto de convergencia en el proyecto común de la libertad. Las virtudes de un libro se descubren en los debates que inaugura y en la disposición que produce  en los lectores para enfrentar maduramente los mismos. Esta Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico del Dr. José “Che” Paralitici ofrece una oportunidad invaluable para ello.

junio 10, 2016

“We the People”: La representación americana de los puertorriqueños, 1898-1926

  • Wilkins Román Samot
Reseña de la colección de ensayos editada por el Dr.José Anazagasty Rodríguez y el Prof. Mario R. Cancel Sepúlveda en 2008 publicada originalmente en la Revista Icono, Núm. 17, noviembre 2011:58-60.

Este libro es una compilación de cuatro escritos preparados en calidad de ponencia o conferencia en un seminario para docentes universitarios y de las escuelas públicas de Puerto Rico. El seminario fue celebrado en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez, entre el 15 de octubre y el 26 de noviembre de 2005, y tuvo por título: “Los americanos y sus ‘textos imaginarios’: La economía de la alegoría maniqueísta y la representación americana de los puertorriqueños, 1898-1926”. Sus dos editores y tres de sus ponentes, salvo la representación femenina, son docentes vinculados a dicho recinto universitario. Los cuatro ponentes incluidos en este texto son: Camille R. Krawiec, Michael González Cruz, Aníbal J. Aponte y José Eduardo Martínez.

We_the_peopleEl título del seminario hacía referencia a los textos que sobre los puertorriqueños escribieran los estadounidenses poco después de invadir a Puerto Rico a finales de julio de 1898. Se trata de una serie de textos que en el seminario pretendían ser objeto de análisis e interpretación, luego que varios de estos textos fueran publicados ese mismo año por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. Se trata de textos que, al decir de Krawiec, fueron escritos por los agentes coloniales de los Estados Unidos de América en Puerto Rico (p. 13). Eran éstos, Charles H. Allen (1901), Henry K. Carroll (1899), William Dinwiddie (1899), Frederick A. Ober (1899), Albert Gardner Robinson (1899), Rudolph Adams Van Middeldyk (1903), Edward S. Wilson (1905) y Knowlton Mixer (1926). Las cuatro ponencias compiladas nos dan de los textos escritos por los estadounidenses cuatro lecturas alternativas a las de sus propios autores.

Krawiec se interesa por examinar el “performance” colonial y el discurso de los agentes coloniales, uno que según ésta crea una geografía imaginativa entre el lugar y la naturaleza (p. 13). González-Cruz se concentra en examinar el texto de Wilson, titulado Political Development of Porto Rico. Esta obra, según González-Cruz:

“devela cómo Wilson, agente del orden colonial, va construyendo la identidad e imagen ‘del otro’, del sujeto subordinado. Esta lectura nos permite descubrir las contradicciones inherentes en todo discurso y proyecto colonial. Mr. Wilson se considera a sí mismo un amigo de Puerto Rico, un agente de la nación invasora interesado en salvar a los habitantes puertorriqueños de la inmoralidad de ser puertorriqueños” (pp. 39-40).

En el texto de Wilson, Aponte ha de también concentrar el contenido de su ponencia. Para Aponte, resulta en una necesidad el que se ausculte el discurso político de Wilson quien, según él, ve en los puertorriqueños el reflejo de la polis colonial. Aponte considera su obra una de las obras pioneras de lo que eventualmente serían las corrientes pre-conductivistas de la ciencia política. La gran aportación de la obra de Wilson es para Aponte el que se adelantara a estudiar y analizar el desarrollo de lo político desde su proceso. Y ello lo hizo desde el contexto de su aplicabilidad por primera vez al caso de Puerto Rico.

Por último, Martínez nos pretende dar una lectura general del contenido de los textos publicados por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades (pp. 103-104). Para él, sus autores pretendían presentarle un panorama geográfico y demográfico de las posesiones recién  adquiridas en el Caribe y el pacífico. Martínez considera que sus autores tenían por objetivo el interesar a los estadounidenses en los recursos naturales y humanos de los nuevos territorios adquiridos. Su análisis de los discursos elaborados con tal objetivo se desarrolla a base de o influenciado por conceptos desarrollados por Michel Foucault, mucho más aceptado en la academia  puertorriqueña que Frantz Fanon o Albert Memmi.

Esta compilación, debo añadir, es una aportación al conocimiento del contenido de los textos, no una mera interpretación que resulte en nuevos textos o lecturas propias del proceso político dado en el Puerto Rico de finales del Siglo XIX y principios del XX. La lectura que de la obra de Wilson aportan González Cruz y Aponte es una particular, pero sobre todo, sustentada en el texto y el contexto en que ésta es desarrollada. Igual podemos decir del trabajo de Krawiec y Martínez, en cuanto a textos que nos dan una lectura mucho más textos publicados en el 2005 por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.

El enfoque de los ponentes a los autores o agentes coloniales suele ser o pretender ser lo que desde las ciencias sociales y humanas consideramos un análisis del discurso. Ese análisis del discurso, sobre todo en los tres docentes de la Universidad de Puerto Rico, se ve aventajado dado su conocimiento de la historia social, cultural y política de Puerto Rico, o de las lecturas que sobre ésta se ha realizado en la historiografía puertorriqueña. En fin, debo decir que su publicación es sin duda una aportación que merece la pena tomar en cuenta al momento de estudiar o analizar los textos y el período comprendido entre el 1898 y el 1926. Debería ser considerada fuente secundaria fundamental en cuanto a éstos y su época.

 

Nota curiosa

El 23 de octubre de 1898, después de la invasión americana los miembros del Gabinete Autonómico dirigieron al país el siguiente mensaje:

Puerto Rico ha menester que todos sus hijos se agrupen en torno a la bandera a cuya sombra se devolverán sus progresos y se afirmarán sus libertades. Cedido por España el territorio de la Isla en que nacimos, y sometiéndonos sin reserva de ninguna clase a los hechos consumados, no serviremos de hoy más a una bandería, serviremos a la nueva metrópoli, que nos asegura el bienestar y el derecho, y a la tierra en que radican nuestros afectos y nuestros intereses…

…Por lo que a nosotros toca, aspiraremos a la pura satisfacción de que los Estados Unidos al fijarse en estos dominios suyos, se convenzan de que aquí hay un pueblo sensato, dócil, digno de que hasta él se extiendan las conquistas de la Democracia, que han hecho tan grande a la patria de Franklin y Lincoln. Si aspiramos a fraternizar con nuestros compatriotas del Norte, es necesario que las igualemos en sus altas virtudes cívicas y en sus grandes aptitudes para la lucha y para el triunfo.

mayo 19, 2014

Democracia y coloniaje: en busca del pasado perdido (Primero de una serie)

  • Mario R. Cancel Sepúlveda

Una mirada al pasado político de Puerto Rico no deja lugar a dudas de que el país tiene una amplia experiencia con los poderes ejecutivos fuertes. La monarquía autoritaria española, inventó la colonia en el siglo 16 y, hasta el 1898, la experiencia con regímenes participativos o de separación de poderes fue ínfima. La presencia de los vasallos en la vida pública se reducía a las elites que se insertaban en las estructuras del cabildo, donde lo había. Los Capitanes Generales que administraron el territorio desde la década de 1560, daban el aspecto temible del autócrata consumado.

Los periodos liberales de 1812, 1820, 1836 y 1868, fueron producto de graves crisis políticas en la península y se caracterizaron por la brevedad. Peor aún, durante aquellos periodos se la experiencia liberal se vivió en el marco de un gobierno colonial que siguió nombrando los gobernadores y mirando al insular, incluso a sus sectores criollos más privilegiados, con desdén y desprecio. Las prácticas económicas liberales se desarrollaron en medio de un mercado controlado por una monarquía autoritaria, y sólo sirvieron para profundizar las relaciones coloniales y  la dependencia.

El crecimiento económico del siglo 19 no significó un adelantamiento de las libertades civiles. Por el contrario, animó la sumisión de la clase criolla que confirmó su fidelidad a la hispanidad con un espíritu de sumisión total. La desconfianza de las autoridades españolas en la capacidad para el gobierno propio del pueblo puertorriqueño era compartida por los mismos intelectuales criollos que aspiraban a representarla. Los intelectuales criollos se resistían a tomar distancia de España, vejaban a separatistas independentistas, anexionistas y antillanistas e insistían, casi como un ruego, en que se equiparara la “hispanidad” insular y la peninsular. El sabor de la “democracia”  fue una rareza exótica para el paladar civil de los puertorriqueños.

A pesar de la promesa de progreso y democracia de los voceros de los invasores, el 1898, no cambió la situación. El gobierno militar producto de la guerra, dio paso a un régimen civil cuya maquinaria dependía de la voluntad de las fuerzas armadas. Algunas autorizadas voces criollas lamentaron que durara tan poco. Ese fue el caso de Salvador Brau Asencio quien pensaba que unos años más de gobierno militar no hubiesen venido mal en un país ausente de disciplina.

La relación colonial instituida por el gobierno civil acorde con la Ley Joe Foraker, una invención de un Congreso republicano que temía a los negros pobres que habitaban la isla y no era capaz de imaginarla como un Estado más de la Unión, no ha sido alterada en lo sustantivo desde 1900. Los parches jurídicos que se han puesto sobre esta relación asimétrica son pocos. Una mínima ración de poder para el Comisionado Residente, un Senado electivo en 1917, el derecho a elegir un gobernador en 1947 y una Constitución redactada localmente pero sometida a un cuerpo legislativo extranjero en 1952. La dolarización del mercado y la aplicación del cabotaje ya eran una realidad desde 1899. La ciudadanía estadounidense sin que ello significara un compromiso con la Estadidad futura del territorio impuesta en 1917, selló la relación hasta el presente.

Es curioso que la plena separación de poderes, una de las aspiraciones liberales más esperadas, sólo fuese posible desde 1917. Desde entonces, el poder legislativo se convirtió en un signo colectivo legítimo de la  identidad jurídica puertorriqueña ante el otro. En ocasiones también lo fue de identidad nacional. Estados Unidos, como el Reino de España, tampoco confiaba en dejar muchos espacios de poder a unos  colonos que despreciaba y cuya capacidad de autogobierno ponía en duda. El hecho de que entre  el 1900 y 1948 los primeros ejecutivos fuesen nombrados por una autoridad extranjera estimuló el desarrollo de poderes legislativos fuertes. Una Cámara de Delegados bajo la Ley Foraker retó la relación colonial en 1909 durante la llamada “huelga legislativa” de ese año. En 1928 un Senado dominado por aliancistas envío un mensaje descolonizador al Presidente Warren Harding de la mano de Charles Lindbergh. El consenso era que la relación estatutaria colonial no era “democrática”.

Ni lo uno ni lo otro surtió el efecto esperado y me consta que  son hechos que casi ni se recuerdan.  Sin embargo nadie puede negar que el poder legislativo, a pesar de los límites que le imponía el coloniaje, era muy vocal a la hora de manifestar sus posturas. No sé si deba aclarar que no se debe confundir lo que digo con la vulgar “nostalgia” por un pasado que se presume mejor. No soy nostálgico ni optimista y me consta que los señores legisladores de aquel entonces representaban muy bien sus intereses de clase y circulaban por los espacios del poder con el encanto que les daba su situación socialmente privilegiada.

A pesar de la difusión de la retórica estatutaria en el discurso local, después de 1952 nada más ha sucedido en ese ámbito. Los esfuerzos de “reformar” el estatus desde 1959 al presente, han colapsado ante el muro del estreñimiento manifiesto del Congreso para ampliar el margen de “libertad” de su posesión caribeña. El sabor de la democracia, que fue una de las aspiraciones más genuinas del populismo de primera fase cuando la caseta y el voto secreto y único que no se vendía, se vio reducido a migajas.

La reforma más celebrada del siglo 20, el derecho a elegir mediante el voto popular el gobernador local, cambio dramáticamente del balance de fuerzas entre el poder legislativo y el ejecutivo. La imagen del “gobernador” en la colonia recordaba, a quien poseía cierta cultura política, los malos humos de Romualdo Palacios, Emett Montgomery Riley o  Blanton Winship. Las heridas del pasado fueron cauterizadas con las figuras benévolas de Rexford G. Tugwell, “Rex the Red” para los republicanos, y Jesús T. Piñero, un popular moderado partidario del “Nuevo Trato”.

La llegada de Luis Muñoz Marín a la Fortaleza representó una “revolución” no porque fuese el primero en ocupar el puesto electo popularmente, sino porque terminó con la era de los poderes legislativos fuertes. Las legislaturas  ya no verían en el ejecutivo un adversario sino un socio poderoso al cual había que respetar y obedecer. Muñoz Marín, no hay que dudarlo, conocía las ventajas de un legislativo fuerte dado que, cuando fue electo Senador en 1940, ocupó la posición de Presidente del cuerpo. La “gobernación” entre 1940-1943, tuvo un pie en la Fortaleza y otro en el Capitolio.

El autoritarismo de Muñoz Marín era proverbial: su condición de caudillo iluminado, de figura legendaria que había guiado el Puerto Rico del siglo americano en su tránsito del “campo al pueblo” parecía justificarlo. Por eso los cuerpos legislativos sumisos se sucedieron en el panorama local bajo su gobernación. El balance se quebró, como se sabe, en medio de las  divisiones políticas que se concretaron en la década de 1960 cuando un plebiscito de estatus (1967) y el reto del Partido del Pueblo y el Partido Nuevo Progresista (1968), minaron el dominio de un Partido Popular Democrático que se abocaba a una primera crisis de identidad. Fíjese que cuando Muñoz abandonó la gobernación y regresó al Senado, la situación ya  no era la misma. Roberto Sánchez Vilella, el nuevo primer ejecutivo no podía permitir que el viejo caudillo gobernara desde su silla de Senador. Los constructores de la “democracia” la ponían en entredicho por la voracidad del poder.

El discurso “democrático” que había sido tan eficiente en la década del 1940 había perdido su solidez: se había quedado a la zaga del la realidad material de “Operación Manos a la Obra”. Siempre que reflexiono sobre aquel periodo acabo por reconocer que la experiencia de la democracia puertorriqueña ha pecado de numerosas flaquezas. La mayor candidez del paísha sido confundir el derecho a elegir mediante el voto popular a los funcionarios con la democracia, sin tomar en cuenta que esos procesos, cuando se ofrecen en un contexto colonial y de dependencia, siempre resultan cuestionables y frágiles.

 

Nota: Publicado originalmente como “Democracia y coloniaje: en busca del pasado perdido (Primero de una serie)” El Post Antillano-Revista Dominical Letras Café y Tostadas en http://www.elpostantillano.com/revista-dominical/332-caribe-hoy/10254-mario-r-cancel-sepulveda.html. Desparecido de la red, incluyo la versión original.

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