Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

julio 29, 2019

Mariana Bracetti Cuevas: un perfil y una imagen

Conferencia dictada el 25 de julio de 1985 en Añasco, Puerto Rico en actividad auspiciada por el “Círculo Fraternal Mariana Bracetti” con el título “Mariana Bracetti: símbolo de libertad”
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En la historia nacional puertorriqueña, hay figuras que han tomado la calidad de héroes y símbolos en la mente del pueblo a pesar de su sucinta aparición en lo que llamamos “historia”. Héroes anónimos que figuran con la fuerza y la brevedad de un fogonazo en la amplia gama de los hechos humanos. Figuras que subsisten a través de los años por la ruta escabrosa de la leyenda y de la tradición oral y que a veces desearíamos mantener tan nítidos como la leyenda y la tradición oral nos los ofrece. Figuras como Joaquín Parrilla que nunca, nunca se rinde; Venancio Román, que no fue a el Pepino “a juyil sino a pelial”; o Bolívar Márquez que con su sangre escribió el 22 de marzo de 1937 tras ser baleado durante la Masacre de Ponce “¡Viva la República! ¡Abajo los asesinos!”. Mariana Bracetti Cuevas es también uno de esos personajes. Una figura histórica que conocemos muy poco y que, alrededor de cuya biografía, quedan y quedarán muchas interrogantes sin responder. Son patriotas surgidos de las mismas entrañas del pueblo; urgentes hoy día en que en la nación puertorriqueña la disolución moral y material y la negación de lo nuestro son la orden del día.

Mariana Bracetti Cuevas (1825-1903)

Nace Mariana el día 26 de julio de 1825 siendo la más pequeña de los diez hijos procreados por don Francisco Bracetti y doña Antonia Cuevas; venezolano el primero y mayagüezana la segunda. El apellido “Bracetti”, parece ser una deformación del sustantivo “bracete”, diminutivo de brazo que antiguamente se utilizaba en España, proviniendo ambas palabras de la raíz catalana “braç”, que significa “brazo”. Tal vez por conocimiento de este hecho o por una curiosa intuición, Mariana adoptaría posteriormente el seudónimo “Brazo de Oro”, es decir brazo magnifico, precioso, esplendoroso,

A los tres días de nacida fue bautizada con el nombre de Ana María en Mayagüez, hecho que no debe interpretarse como indicativo de que naciera en el vecino municipio, abonando a dicha consideración tal y como señala el investigador Jaime Carrero Concepción, el hecho de que la partida de bautismo no señalara el barrio o lugar preciso de nacimiento. Proveniente de una familia de pequeños propietarios, no gozó de las ventajas que tuvieron otros dirigentes del independentismo del siglo XIX. Si a esto añadimos el hecho de que se trataba de una mujer en una sociedad en donde éstas eran, y son, discriminadas surgiendo de éste modo impedimentos y escollos a su pleno desarrollo como seres humanos; podremos entender por qué su proyección y su desenvolvimiento como cuadro del separatismo es tan tardío y por qué el conocimiento de su vida es tan fragmentario.

Los años de la niñez y la adolescencia, debió vivirlos en el seno de su familia, entre las tareas cotidianas y recibiendo un mínimo de educación que la capacitara para competir en el Puerto Rico del siglo XIX. Sabemos que el 29 de julio de 1850, casó en primeras nupcias con José Adolfo Pesante Paz, matrimonio en el cual se procrearon cuatro hijos de nombres Josefa Antonia, Rita Antonia, Antonia Ramona y José Ramón Adolfo, quien con posterioridad fue alcalde del pueblo de Añasco. Es de notar el hecho de que pusiese el nombre de su madre, Antonia, a sus tres niñas. La relación entre Ana María y su madre Antonia Cuevas debió ser una muy rica, a pesar de los tiempos agobiantes que se vivían.

Residió esta época la familia Pesante-Bracetti con toda posibilidad en Añasco de donde era natural José Adolfo. En noviembre de 1856 enviuda Mariana. La epidemia del cólera morbo que entró en Puerto Rico por Naguabo causando la muerte a poco más de 30,000 personas, incluyendo 5,000 esclavos, azotaba a Mariana Bracetti. Pero la epidemia y los gastos extraordinarios que ocasionaba, precipitaban también la crisis del tesoro insular lo cual permitía que se perfilara al calor de dicha crisis un nuevo y más vigoroso liderato revolucionario que ya no esperaría libertades de España.

En Mayagüez, el 5 de agosto de 1856, el Dr. Ramón E. Betances Alacán, luego de informar a José Antonio Ruiz, Regidor del Ayuntamiento, la detección de “diez casos de colerina muy graves”, solicitaba del mismo que se tomaran las debidas disposiciones preventivas a la mayor brevedad. La ciudad de Mayagüez habría de ser dividida en dos secciones: el norte para José Francisco Basora y el sur para Betances. El espíritu de sacrificio demostrado por Betances lo convirtió de inmediato en un hombre admirado por todos.

En efecto, ante las peticiones de los comisionados de Puerto Rico y Cuba, España contestó con aumentos de impuestos, una mayor vigilancia y finalmente con órdenes de destierro. La organiza­ción de la Revolución era perentoria y desde el exilio, Betances junto a un puñado de valientes antillanos, trabajaba con ese propósito. El 6 de enero de 1868 se constituía en Santo Domingo el Comité Revolucionario Puertorriqueño. En la directiva, al lado de Betances estarían de momento Mariano Ruiz Quiñones, Carlos Elio Lacroix y Ramón Mella. La isla estaba agitada y la punzante propaganda del médico laborante comenzó a ver sus frutos con la fundación de las primeras juntas y legaciones revolucionarias. Lares y Mayagüez fueron los pueblos pioneros al informar la constitución de sendas células.

A partir de 1857, una vez vencida la epidemia, y con el arribo a la isla de Segundo Ruiz Belvis, el marco de acción del independentismo iba en aumento. La lucha abolicionista iba también en ascenso y, vinculada la abolición a una alternativa política, la situación se tornaba explosiva. La persecución y la vigilancia precipitaban la salida al destierro de los doctores Betances y Basora en 1858 y de Betances nuevamente en 1864. Pero a pesar de la ausencia de parte del alto liderato separatista, en Mayagüez y diversos pueblos se conspiraba.

Puerto Rico entraba en un período de convulsión y en este momento, Mariana Bracetti dejaría de ser una incógnita. El 7 de mayo de 1860 se había casado en segundas nupcias con Miguel Rojas Luzardo de origen venezo­lano. Este matrimonio significaría para Mariana el ingreso a ese mundo de conspiración que entonces germinaba. Miguel Rojas y Mariana Bracetti se trasladarían de Añasco a Lares poco después de su matrimonio y en dicho pueblo nacería el 22 de marzo de 1864 su hija Bruna María, a la cual bautizaban con el nombre de la madre de los Rojas, Bruna, y el de Mariana, es decir María. Fue en los primeros años de la década de 1860 también, cuando, según Luis Hernández Aquino, Miguel y Manuel Rojas, futuro comandante en jefe de los insurrectos de 1868, conocerían Betances Alacán. La red revolucionaria se iba ampliando hasta el mismo corazón de la isla.

En el comité de Lares aparecía como suplente la “benemérita ciudadana” Mariana Bracetti. No hay, sin embargo, consenso respecto a su participación concreta en la directiva de la junta encabezada por Miguel Rojas, quien entonces era su esposo. Si bien en las actas del Partido Revolucionario se incluye a este como uno de los cabecillas, en los documentos del Archivo General referentes a la “Revolución de Lares” no está. Siendo Miguel hermano de Manuel Rojas y vecino de éste, y habiéndose encontrado como veremos más tarde, las claves de los revolucionarios en su hogar, no existe la menor duda de que estaba vinculado al movimiento revolucio­nario.

A partir de aquel momento los hermanos Rojas, particularmente Manuel tendrían una participación más activa en los asuntos públicos que preo­cupaban a las mentes más alertas en la época. El 7 de mayo de 1866, sometido por el gobernador José María Marchessi y Oleaga un cuestionario sobre la libreta de jornaleros, proponía una asamblea de mayores contribuyentes de Lares que se suspendiera el uso de la fatídica libreta para todos los fines excepto para el de identificación del portador. Entre los firmantes estaba Manuel Rojas Luzardo, cuñado de Mariana. Ya sea este un criterio conservador como lo catalogó Labor Gómez Acevedo, o una posición demostrativa de la inmadurez del separatismo, como la evalúa Germán Delgado Pasapera, lo cierto y positivo es que el independentismo incidía y participaba en el proceso colectivo de tomar decisiones. Un solo hombre no iba a hacer la opinión del conjunto de mayores contribuyentes de Lares.

Entre 1860 y 1868 el independentismo había tenido un acelerado crecimiento no sólo entre los profesionales y los hacendados sino también entre las masas pobres de campesinos, jornaleros y esclavos. La independencia se iba convirtiendo en una alternativa al sistema colo­nial y en este proceso, sus dirigentes se iban radicalizando. De este modo, los veríamos lo mismo participando al lado de los liberales en espera de ciertas reformas al régimen, en la burocracia ocupando algunas posiciones dentro de los ayuntamientos y, finalmente, en la lucha armada cuando no quedó ninguna alternativa. Cuando todas las posibilidades de negociar con el Imperio Español un cambio ventajoso para las Antillas se cancelaron, el camino de la Revolución quedó libre y expedito. En la Junta Informativa de Reformas, celebrada entre noviembre de 1866 y abril de 1867, el separatismo jugó su última ficha en la legalidad sabiendo de antemano que la respuesta de España ante la solicitud de reformas iba a ser en la negativa.

Mariana Bracetti у Miguel Rojas estaban atravesando por una situación difícil a raíz del huracán San Narciso de octubre de 1867 y de los temblores de noviembre del mismo año. Así queda demostrado en una carta suscrita por la revolucionaria dirigida al gobernador Marchessi y fechada el 12 de noviembre de 1867. En la misma dramatizaba el hecho de que con su esposo enfermo y su hijo paralítico (debe refe­rirse a José Ramón Adolfo Pesante, su único varón); su oficio de costurera no le era suficiente para mantener a flote a la familia. Solicitaba permiso Mariana para retener un esclavo de su propiedad de nombre Marcos que tenía alquilado en una panadería de Añasco. Esta carta, según señala Olga Jiménez en su libro El Grito de Lares, al parecer no recibió respuesta del gobernador Marchessi. El huracán y los temblores habían obligado a muchos pequeños propietarios y a funcionarios de algunos ayuntamientos a solicitar que cesara el cobro de tributos en el año en curso. El país estaba sumido en la pobreza. Mientras por un lado el Partido Revolucionario Puertorriqueño se fortalecía, España se tornaba más suspicaz y fortalecía también su sistema de espionaje, convirtiendo a sus agentes comerciales en diversos puntos del Caribe en informantes y presionando a sus aliados para que no dieran albergue a los conspira­dores puertorriqueños en el exilio. En la isla, un movimiento revolucionario joven y sin gran experiencia desarrollaba una organiza­ción sólida pero propensa a la infiltración y dada a los descuidos que levantan sospechas en la oficialidad.

El verano de 1868 fue uno de gran actividad que no pasó inadvertida para las autoridades españolas. En los primeros días de septiembre se acordó levantar en armas la isla el día 29. Pero por un golpe de suerte para el gobierno, la Revolución en ciernes era descubierta. El capitán de milicias de Quebradillas Juan Castañón escuchó a dos jinetes dialogando sobre el asunto. Al otro día, 20 de septiembre, Carlos Antonio López, soldado de milicias, corroboraba la versión de Castañón. El allanamiento de la residencia de Manuel María González, presidente de la Junta Lanzador del Norte el día 21, obligaba a los revolucionarios a adelantar el estallido insurreccional para el día 23 de septiembre. En Lares se daría el grito de independencia. La Revolución de Lares, en cuyos detalles no podemos entrar en el marco de esta charla, sirvió de base para el desarrollo de una de las leyendas más hermosas, emotivas y permanentes de la historia nacional puertorriqueña: la leyenda de “Brazo de Oro”.

Mariana Bracetti, al igual que la mayoría de los conspiradores había adoptado también un nombre de batalla. Un nombre de batalla acorde con su personalidad y su función dentro del movimiento revo­lucionaria, Mariana, la costurera y ama de casa de oficio, fue también la ciudadana benemérita que confeccionó la bandera de la Revolución; fue la “Brazo de Oro”. Cayetano Coll y Toste en su Boletín Histórico de Puerto Rico apunta que al momento de la Revolución de Lares existían varias banderas con el mismo diseño que había enviado Betances desde el exilio y que habían sido cosidas por Mariana, por Dolores Cos у por Eduviges Beauchamp, miembro del comité de Maya­güez. La versión de Coll у Toste aparece sustanciada por la del investigador Vicente Borges, autor de unas Memorias de un revolucionario que basó en testimonios de veteranos de la Revolución y descendientes de éstos. Señala Borges la existencia de una bandera que para los días de la insurrección confeccionaba Mariana junto a Dolores Cos y la cual tenía la cruz latina con los cuadros azules en la parte superior y los dos cuadros rojos en la parte inferior pero con una estrella roja. Señala además Borges la existencia de una bandera bordada en el extranjero con una lanza sobre un disco plateado como diseño y una tercera que fue la que ocupó el coronel Manuel de Iturriaga con la típica estrella blanca.

Residencia de Manuel Rojas

Pero cierto es que al momento de asignar los cargos a los presos de Lares, el Juez Nicasio Navascués Aísa acusó a Mariana Bracetti de poseer las claves de los revolucionarios que fueron halladas en su residencia y a Eduviges Beauchamp por bordar la bandera. Sin embargo, y vale la pena señalarlo en aras de trazar la evolución de nuestra mujer-leyenda, el coronel Manuel de Iturriaga, según el periodista José Pérez Moris, conservaba como “trofeo, una bandera puertorriqueña de los independientes de Lares…, bordada sin duda por Brazo de Oro, o sea, la mujer que, al entusiasmo… unía una hermosura singular que magnetizaba hasta el heroísmo a los jóvenes de Puerto Rico libre”. Dicha bandera había sido encontrada en una de las dos cajas de pertrechos que los revolucionarios tenían enterradas en la finca de José Antonio Hernández, vecino de Camuy, y estaba cuidadosamente guardada en el fondo de una caja repleta de cápsulas. José Antonio Hernández se había negado a apoyar a los revolucionarios a última hora y tras tres días de cárcel en Arecibo, confesaba.

Mariana Bracetti, aquella “especie de hada de la insurrección”, como le decía Pérez Moris, había nacido para la leyenda. Presa temporeramente en Lares y trasladada a Arecibo, se acogió a la amnistía decretada por el gobernador José Laureano Sanz y Posse el 25 de enero de 1869. Pero el afán del dictador Sanz de “extinguir rápidamente con actos de generosidad los aciagos efectos de la funesta sublevación” no se cumplieron. En el ámbito popular el Grito de Lares y los héroes y mártires que en él nacieron no fuero relegados al olvido. Mariana tampoco iba a ser relegada al olvido. La mujer que, según Pérez Moris, “Bordaba banderas y seducía con sus encantos a los futuros libertadores”, crecía en magnitud ante el pueblo que la cantaba en los campos y la recordaba en las tertulias. Así lo demuestran los versos que recogió Germán Delgado Pasapera de labios de su madre y que según él mismo señala “cruzaba campos y pueblos”:

Marianita se encierra en su cuarto

y allí sola se pone a pensar…

¡Si el tirano la viera bordando

la bandera de la libertad!

Retirada de las luchas políticas y ya fuera del presidio, nace en Añasco al 28 de septiembre de 1870 su hija Wencesla Higinia Rojas. Desaparecido de la isla Miguel Rojas posiblemente hacia ese mismo año, procuró Mariana disolver su matrimonio con éste y el 6 de abril de 1875 casó en terceras nupcias a la edad de cincuenta años con Ruperto Santiago Laviosa Olavarría, comerciante aguadillano.

El 25 de febrero de 1903 fallecía en Añasco aquella dama que Luis Lloréns Torres llamó “bravo modelo de patriotismo… la bella y magnánima doña Mariana Bracetti”. La vida había sido dura con ella pero aunque no se diera cuenta,  su ejemplo sería imperecedero. Había fallecido la elegante dama de la mirada perdida, los pómulos salientes, el rostro aindiado y el cabello cuidadosamente trenzado sobre el pecho. Aquella que Sanz decía que con sus “halagos y seducciones hacía prosélitos en grande escala”. La dama que signó la conciencia del pueblo y que hallamos presente en Mercedes Caraballo de Jesús, campesina que en 1895 fue condenada junto a 27 labradores más por defender con el machete la vida de los conspiradores que en Arroyo y Patillas laboraban por la independencia; presente en Natalia Vega Bonilla, esposa de Fidel Vélez, que cosió la bandera que enarbolaron los insurrectos de Yauco en 1897, y presente en Luisa Capetillo, dirigente sindical y feminista que tal día como hoy en 1915 fue arrestada por andar con falda pantalón en público. Presente en Blanca Canales, en Rosa Collazo, en Isabel Rosado, en Carmín Pérez.

Hoy, más que nunca, podemos decir con Germán Delgado Pasapera: Mariana sigue soñando, con una estrella lejana…

diciembre 14, 2018

La insurrección de 1868 en la memoria: el tránsito del siglo 19 al 20

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 A los colegas y amigos José Paralitici y Miguel Rodríguez López

Punto de partida: dos pretextos betancinos

En agosto de 1891 Ramón E. Betances Alacán respondía una carta fechada el 29 de junio de Manuel Sanguily en la cual este le interrogaba sobre los hechos de Lares en 1868.  Sanguily planeaba escribir una historia de la revolución de Cuba por lo que Lares y Yara, movimientos antiespañoles sin conexión política concreta, eran temas de reflexión.  Dos cosas evidencian la respuesta de Betances. La primera era la desazón que le producía recordar el evento. La segunda, lo poco que podía aportar por “no tener a la mano ni el libro de Labra ni el de Moris y Cueto”.  Había perdido incluso las notas periodísticas escritas para Le XIXe Siècle, colección que “se ha llevado el viento con otras tantas cosas, como se lleva el humo de un tiroteo de guerrillas”. Sin libros ni archivos solo le quedaba la memoria, esa materia en bruto que un buen historiador podía pulir si se lo proponía.

En mayo de 1894 respondió otra nota enviada en abril esta vez por Sotero Figueroa quien se encontraba en Nueva York. Figueroa le consultaba porque quería escribir sobre, según Betances, los “patriotas puertorriqueños que tuvieron la osadía de lanzarse a lo que llama Muñoz Rivera la raquítica algarada de Lares” . El líder de Barranquitas no era el único que había devaluado el acto rebelde por motivaciones políticas sino quizá el más notable. Los autonomistas fueron consistentes en aquella actitud a fin de que no se les relacionara con el separatismo de cualquier tipo, ni el independentista ni el anexionista. La congoja que embargaba a Betances tenía que ver con lo que llamaba la ingratitud de Muñoz Rivera ante “el acto único de dignidad” de Puerto Rico al reclamar la abolición de la esclavitud y la independencia en un acto de la envergadura de Lares.

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José Pérez Moris

El recuerdo de la insurrección, un icono de la lucha anticolonial para el exilio independentista resultaba embarazoso para los liberales y los autonomistas. La revolución separatista fue un tema marginal en la historiografía puertorriqueña decimonónica. La autocensura y el olvido voluntario se impusieron entre los intelectuales coloniales quienes, sin embargo, fueron capaces de configurar una Historia Regional moderada centrada en el respeto y la sumisión a los valores hispanos.

El núcleo de la versión liberal y autonomista giró alrededor del tema de las motivaciones y desembocó en un bien acoplado relato del fracaso que excluía la separación de España como una opción racional o legítima. Alejandro Tapia y Rivera (1882) lo calificó como un acto de “descontentos”, Francisco Mariano Quiñones (1888) como una “asonada” o “calaverada”, “mal planificada” y “peor ejecutada”; y Salvador Brau Asencio (1904) como un acto “prematuro” y “precipitado” que culminó en una mera “algarada”.  El Muñoz Rivera que citaba Betances en 1891 representaba un sector muy amplio de la case criolla no separatista. La idea de Lares como un motín sin sentido no sólo devaluaba sus metas políticas sino que colocaba a los no separatistas en la frontera del anti-separatismo integrista.

Acorde con aquella postura inculparon al separatismo y al 1868, no a España, por el retraso en la concesión de “libertades” hasta el 1897 olvidando que aquellas se articularon en el contexto de una crisis internacional insostenible y como expresión de la desesperación de una España débil. Independientemente de lo errado que hoy pueda resultar semejante juicio la postura resulta comprensible. Los liberales y los autonomistas eran también críticos puntillosos e inteligentes de la relación con España, pero no querían aventurarse a que se les confundiera con los separatistas porque ello ponía en peligro sus aspiraciones concretas. Las disputas por el control del protagonismo de la oposición a España en defensa del proyecto liberal y modernizador no se circunscribieron, en efecto, a la política. Los liberales y los autonomistas también compitieron a los separatistas el logro de la supresión de la esclavitud y la libreta de jornaleros en 1873, es decir, el paso clave para la modernización del mercado, triunfo que Betances reclamaba para el separatismo en la nota a Figueroa de 1894.

La censura del tema de Lares no fue responsabilidad solo de liberales y autonomistas. La versión conservadora o incondicional, la del José Pérez Moris y Luis Cueto que Betances no tenía a la mano en 1891, trató al separatismo como un virus social peligroso que había que erradicar a la fuerza en términos análogos a los que había usado Pedro Tomás de Córdova, Secretario de la Gobernación de Miguel de la Torre, en la década de 1830. Los sinsabores que produjo la separación de Hispanoamérica siguieron vivos durante una parte significativa del siglo 19. A pesar de todo, el médico rebelde sabía que la historia publicada por aquellos en 1872 era indispensable a la hora de reflexionar sobre la rebelión. El libro era un registro documental muy minucioso que informaba sobre la mentalidad del integrismo y la interpretación que daban aquellos a los valores de la hispanidad, culto que terminaría por imponerse como un canon  en el Puerto Rico posterior al 1898. El texto informaba sobre otros asuntos de gran interés: el carpeteo decimonónico y las redes de informantes de entonces no eran diferentes de las que alimentaron el fichado político en el siglo 20. El libro citado, como he comentado en otro artículo, motejaba al liderato de Lares como uno incapaz para la tarea que se propuso, insistía en que servía a intereses egoístas y extranjeros y le imputaba una disolución moral que servía para justificar su exclusión de la hispanidad.

La versión separatista que adelantaban Sanguily y Figueroa, surgía cuando más falta hacía evaluar un pasado de luchas y fracasos. Los actos del 1868 no habían conducido a donde se esperaba y el separatismo independentista había sido testigo del crecimiento del interés de Estados Unidos en la región y del anexionismo. Una nueva generación de rebeldes reconoció a la altura de 1890 la necesidad de construir un pasado con los restos de la memoria de los sobrevivientes del liderato del medio siglo 19. La segunda la segunda fase del Ciclo Revolucionario Antillano, que comienza después del Pacto de Zanjón (1878) y el fracaso de la Guerra Chiquita (1879) en el exilio, no tuvo el mismo impacto en Cuba y en Puerto Rico. La pequeña Antilla se transformó en un apéndice incómodo de la causa cubana. En ese sentido la conversión de la memoria en historia poseía una importancia particular para los antillanos puertorriqueños.

La gestión de los amigos de la memoria en especial Figueroa, cerca de Betances, fue exitosa. Su curiosidad en una colección de biografías publicada en 1888, y en una serie de artículos sobre la insurrección de Lares difundida en el periódico cubano Patria en 1892 gracias al apoyo de un revolucionario de la nueva generación, José Martí Pérez. El proceso de convertir a Lares en el signo de la identidad nacional había comenzado. El asunto no deja de contener una curiosa paradoja. Figueroa, era un ex autonomista mulato de Ponce que no veía la relación de Puerto Rico y España en los mismos términos que los liberales y autonomistas más influyentes. Sus escritos inauguraron un discurso laudatorio y romántico comprometido con la reivindicación de un acto selectivamente negado. Su retórica estaba acorde por completo con la queja de Betances en torno a la actitud de Muñoz Rivera en la carta de 1894. A pesar de que no se puede garantizar cuanta penetración tuvieron los escritos de Figueroa en el universo de lectores potenciales, lo cierto es que el tono adoptado se reiteraría en distintos momentos en la discursividad del nacionalismo puertorriqueño del siglo 20. La idea del “rescate” de la gesta olvidada implicaba una queja franca respecto al omisión, voluntario o no, por parte de las elites intelectuales coloniales no separatistas.

Un evento que sin duda animó el recuerdo del 1868 fue el retorno de los restos de Betances a Puerto Rico, proyecto que involucró al gobernador colonial Arthur Yager (Dem. 1913-1921) y a los sectores nacionalistas moderados que militaban en el partido Unión de Puerto Rico, en particular a   Félix Córdova Dávila, Alfonso Lastra Charriez y Antonio R. Barceló, colaboradores cercanos al gobernador y defensores del self government.  Los autonomistas de nuevo cuño diferían de los del siglo 19: miraban con alguna nostalgia la vida y ejecuciones del líder rebelde decimonónico. Aquellas voces reiteraban, en gran medida, las ambigüedades que habían caracterizado a Muñoz Rivera, un antiguo adversario de la memoria de Lares, y José de Diego Martínez, prominente abogado de Aguadilla y fundamento de lo que luego el licenciado Pedro Albizu Campos motejó como el “nacionalismo ateneísta”.

El escenario del retorno contenía sus propias paradojas. La primera tenía que ver con la violación de la petición de un muerto. Traer los restos de Betances a Puerto Rico era atentar contra su voluntad testamentaria. En el inciso 15 de su testamento había sido muy enfático en que sólo “cuando llegue el anhelado día” se le devolviera a su “querido Puerto Rico (…) envuelto en la sagrada bandera de la patria mía”. Sin duda “el anhelado día” se refería a la independencia y el Puerto Rico de 1921 no era soberano, sino que seguía sometido a una relación colonial bajo el palio de la Ley Jones de 1917.  La voz del médico esbozaba en aquel inciso el sabor de un nacionalismo emotivo que presagiaba los tonos que dominarían el de los 1930.

La segunda paradoja se relacionaba con el gobernador al cual los estadoístas republicanos consideraban un aliado de los unionistas.  Aquellos afirmaban que Yager trabajaba de acuerdo con aquellos “contra el americanismo en Puerto Rico”, asunto que ya he comentado en otro momento. La alianza tenía un costo para los unionistas: Yager esperaba que los unionistas lo favorecieran en sus aspiraciones a la presidencia de la Universidad de Puerto Rico.

La tercera contradicción tenía que ver con Lastra Charriez, entonces vice-presidente de la Cámara, y una figura que merecería un estudio aparte más allá de biografía laudatoria. Su creciente moderación política lo convierte en un modelo respecto a cómo un profesional educado colonial se insertaba en las redes del poder colonial desde el unionismo. En 1936 el abogado fue parte de la defensa de los policías insulares acusados de asesinar a Elías Beauchamp e Hiram Rosado en el cuartel de San Juan tras la ejecución del jefe de la policía Elisha F. Riggs. Su presencia fue suficiente para que el testigo de los hechos, el periodista Enrique Ramírez Brau, guardara silencio sobre el asunto por algún favor que le debía al abogado según aseguraba en sus Memorias de un periodista (1968)

Yager, en un probable acto de astucia política, estuvo ausente de la isla durante los días de los actos y encargó al gobernador interino José E. Benedicto Géigel que atendiera los mismos. Además de los unionistas mencionados, el acto movilizó intelectuales estadoístas hispanófilos como Cayetano Coll y Toste, Historiador Oficial; a distinguidas figuras de anexionismo del siglo 19 y el estadoísmo del siglo 20 incluyendo a un viejo amigo de Betances y Eugenio María de Hostos Bonilla, Julio Henna, y el educador y escritor Juan B. Huyke. Henna y Huyke, como se sabe, mantenían una sana distancia del estadoísmo republicano y del doctor José Celso Barbosa, por cierto.  La figura central de la efemérides fue Simplicia Jiménez Carlo, la viuda de Betances responsable de otorgar un poder para traerlo a la isla a pesar de la voluntad testada de su compañero.

En 1920 Betances fue reinventado y ajustado a la nueva situación. En su evaluación Coll y Toste afirmó que aquel “nunca sintió odio hacia España”, un argumento que luego el nacionalismo repetirá acríticamente, a la vez que aseguraba que, si la Corona le hubiese reconocido los “10 Mandamientos de los Hombres Libres” jamás hubiese sufrido el exilio. Coll y Tosta veía en aquel documento sedicioso algo asó como un adelanto metafísico de la Carta de Derechos de Estados Unidos. Con ello el historiador validaba la apropiación de la causa del caborrojeño como una que se completaba con la invasión del 1898. La retórica es comprensible en el escenario en que se articulaba la misma.

La idea de un Betances Alacán amigo y admirador de los logros de Estados Unidos está bien documentada. La admiración a la figura en la prensa estadounidense de los días de la invasión no puede ser puesta en entredicho y algunos foros lo veían como un candidato idóneo para la presidencia de una Cuba Libre amiga del invasor y no a Tomás Estrada Palma. Sus concepciones políticas antianexionista también son bien conocidas. Pero resulta innegable que una relación entre iguales entre Puerto Rico y Estados Unidos desde la soberanía era geopolítica y económicamente inevitable en el contexto de fines del siglo 19. Admirar y respetar a aquel país y querer evitar su absorción material e inmaterial no eran posturas excluyentes.

El problema de la lógica de Coll y Toste era que reincidía en al argumento de los liberales y los autonomistas del siglo 19: la insurrección había sido un acto azaroso e innecesario.  La imagen de Lares en la educación pública no era muy distinta. También el doctor Paul G. Miller reprodujo la interpretación liberal y autonomista en un libro de historia publicado en 1922. En aquel el autor insistió en que Lares respondía a intereses extranjeros y no a la voluntad de los puertorriqueños. La idea de que Lares no representaba lo mejor del país era clara. A la altura de 1920, Betances Alacán era una caricatura de sí mismo y Lares había sido reconfigurado para ponerlo al servicio de los proyectos de autonomistas y estadoístas. El ejercicio retórico no se hacía para asegurar que “Lares nos pertenece a todos”, como románticamente aspiran algunos en el presente. La meta era que “Lares nos pertenece a todos…excepto a los independentistas” quienes nunca comprendieron su verdadero sentido. Historiográficamente en 1921 Lares y betances habían sido reducidos a un simple “bache” de poca relevancia en la “autopista” del Progreso que la hispanidad había construido y que Estados Unidos continuaba.

Nota: Primera parte del conversatorio “La insurrección de Lares de 1868 en la memoria nacionalista” en Lares: memoria y promesa en el Aula Magna del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, San Juan, P.R. 15 de septiembre de 2018.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de noviembre de 2018

diciembre 6, 2018

El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y los caminos de Lares (final)

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

A mis estudiantes de todos los tiempos

¿Cómo interpretaba el orden hispano-católico a un masón radical como Segundo Ruiz Belvis o Ramón E. Betances Alacán? La imagen de ambos ante el orden colonial, que no era buena antes de 1866, empeoró cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10.

Masonería, heterodoxia, materialismo y subversión

Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que documenta la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. La insurrección de Lares exacerbó a los  integristas y estimuló la cancelación de los liberales reformistas y especialistas, quienes también defendían el integrismo más allá de la relación colonial, de cualquier contacto con los separatistas. La retórica de Pérez Moris es por demás interesante por la manera en que informa al lector del presente de la imagen que tenían los españoles de los activistas.

A Segundo Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, es decir, antes de la Junta Informativa de Reformas convocada por el Ministerio de Ultramar en 1866. El abogado de Hormigueros era poseedor de un temperamento dominado por la “audacia” y el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido” que ofendía al que le escuchaba. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Dominado por la irracionalidad y la pasión, sus aspiraciones políticas y sus hábitos sociales chocaban contra la ley y el orden hispano. La imagen del enajenado contracultural me recuerda el juego literario inventado por Alejandro Tapia y Rivera en el poco comentado cuento “El loco de Sanjuanópolis” redactado en 1880. La locura no lo hacía menos amenazante sino todo lo contrario. Pérez Moris concluía, con cierto dejo de una mala lectura de Maquiavelo, que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

El juicio del periodista e historiador dependía de los datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez quienes le habían visto actuar en el escenario de la ciudad. Aquellos lo calificaban como un librepensador y un materialista partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. En términos intelectuales un librepensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Aquellas eran posturas propias de un pensador racionalista y científico. El problema consistía en que el respeto a la razón y a la ciencia sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma que dependía de la fe y la sumisión para sostenerse. Entre librepensamiento y agnosticismo, una interpretación que niega la posibilidad de conocer cualquier absoluto incluyendo a Dios, había numerosos puntos de contacto que el catolicismo convencional rechazaba. Propuestas como aquellas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis o los que confirman su apropiación de la

Segundo Ruiz Belvis

conciencia de la modernidad como expresión de la discursividad secular son leídos como un “defecto”. Con todo el epíteto que centraba todo el perfil era el de materialista.  El materialismo moderno, que reaparece en la discusión intelectual con nuevos bríos durante los siglos 17 y 18, integraba a la tradición griega los saberes de la física, la historia natural y la medicina. Para Pérez Moris, el abogado de Hormigueros equivalía a un nuevo “Teofrasto redivivo” en el escenario de la colonia tropical con los mismo rasgos de cinismo que se atribuían al filósofo del siglo 4 antes de Cristo y al autor del anónimo volumen de 1659.

En este texto el masón radical Ruiz Belvis termina transformado en una caricatura de la “crueldad”. Los informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez le ofrecieron una red de narraciones y anécdotas que ratificaban aquella imagen. Una es la que lo describe como un “don Juan Tenorio” irrefrenable. Otra, la que lo describe como un cínico consumado que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores. Sin embargo, lo que parecía molestarle más era, de nuevo, que su materialismo le autorizaba a usar un lenguaje ofensivo y sarcástico al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”.

Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que se complace en escandalizar a los mojigatos y que es capaz de afirmar que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente, aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. El dato es por demás interesantes porque mis investigaciones sobre esta figura me dicen que Ruiz Belvis, quien descendía de una familia católica vinculada a la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros y a sus rectores o administradores, tenía una relación profesional con el Obispo Carrión en el contexto de un proyecto de colegio de segunda enseñanza que esperaba fundar en la ciudad de Mayagüez en 1866. Uno de sus socios principales en aquel proyecto era otro masón radical, Betances Alacán. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con la  acusación de que Ruiz Belvis hipotecó la Hacienda Josefa de su padre José Antonio Ruiz, ya fallecido, y la echó perder. La hipoteca de la Hacienda Josefa es, por otro lado, un hecho corroborado como ya he comentado en otras publicaciones sobre esta figura pero los problemas en el repago de la deuda estuvieron vinculado al proceso de persecución político que forzó la salida del abogado de Puerto Rico en julio de 1867 hacia el exilio. Lo interesante es que el acreedor hipotecario fue el tesoro de la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros, situación que contradice la afirmación de que Ruiz Belvis tenía una mala relación con la iglesia católica o con la autoridad episcopal. Pérez Moris, por otro lado obvia consideraciones que sí pudieron haber distanciado al abogado del obispo como lo es el hecho de que Carrión favorecía la tolerancia a la esclavitud y así los había afirmado en su Carta pastoral de 1861.

Por último, afirmaba Pérez Moris que personas como Ruiz Belvis y Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro”. Lo que sugería era que no merecían la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en que ofendían los valores hispanos tanto como los  cristianos. Con el argumento se dejaba claro que hispanidad y catolicismo iban de la mano. Creo pertinente aclarar que el médico de Cabo Rojo, en su correspondencia posterior a la insurrección de Lares, afirmaría esporádicamente la necesidad de “desespañolizar” a Puerto Rico. Exageradas o no, la imagen de un revolucionario político y social que además era masón radical no era simpática para el régimen colonial.

 

Ruiz Belvis y la Masonería: caminos de Lares

En julio de 1867, Ruiz Belvis y Betances Alacán tuvieron que tomar una decisión que los afectaría el resto de sus vidas. La razón fue el “Motín de los Artilleros” de la capital. Las acusaciones de conspiración del gobierno español encabezado por José María Marchessi y Oleaga, los dejaron ante dos opciones. O se sometían ante una autoridad que no respetaban, o tomaban la ruta del exilio y organizaban un proyecto revolucionario. El momento de romper con España que, según Betances Alacán, no podía dar lo que no tenía -libertad y progreso- había llegado. El 10 de julio era la fecha límite para presentarse ante la autoridad o serían buscados bajo partida de arresto.

Acompañados por el párroco de Hormigueros, Antonio González y Alonso hecho que vuelve a confirmar las buena relaciones de Ruiz Belvis con las autoridades eclesiásticas de su comunidad, se evadieron de la isla vía Cabo Rojo -tal vez apoyados por uno de los hermanos Cabassa, dueños de las haciendas “Acacia” y “Belvedere” y socios comerciales de los Betances- hasta algún punto de la bahía de Guánica. Desde allí partieron –vía Saint Thomas o República Dominicana- hacia la ciudad de Nueva York. Nueva York era un punto de encuentro de exiliados y emigrantes desde donde se podía articular un proyecto de aquella naturaleza.

Betances Alacán se dirigió hacia  República Dominicana en cuanto llegó a San Tomás el 29 de agosto de 1867.  Debía reanimar las alianzas políticas establecidas entre 1861 y 1863 cuando, desde Mayagüez, se conspiró al lado de los restauradores de la independencia de ese país ante la agresión recolonizadora de España. Allí encontraría hermanos masones que lo respaldarían por su vinculación con la Logia Yagüez número 10. Ruiz Belvis permaneció en la isla danesa hasta el 2 de octubre, ultimando detalles con otros conspiradores que con él se reunían.  Al parecer la policía no vio en su conducta acciones que justificaran las sospechas de Marchessi Oleaga y nunca intervinieron con el grupo de conspiradores.  El gobernador utilizó todos los recursos a su alcance para evitar la conjura pero sus esfuerzos resultaron infructuosos.  El gobierno danés no le dio al asunto la importancia que las autoridades coloniales esperaban se le diera a su reclamo.

Ruiz Belvis partió a cumplir una importante “misión política” ante las autoridades chilenas, y Betances se mantuvo en el Caribe a fin de continuar agitando la cuestión de Puerto Rico. Se sabe que, en la travesía al sur, Ruiz Belvis pisó suelo colombiano y peruano antes de arribar a Valparaíso, Chile. Se presume que en los distintos puertos estableció contactos con aliados del proyecto libertario de las Antillas. Ruiz Belvis se convirtió en el primer “peregrino de la libertad” que buscó en la América Hispana respaldo material para la separación e independencia de Puerto Rico como preámbulo a una futura unión de las Antillas.

Los detalles de la travesía son bien conocidos  pero las actividades del abogado en cada una de las escalas siempre serán un misterio.  De acuerdo con el investigador Martín Gaudier, el 2 de octubre se expidió el pasaporte de Ruiz Belvis para Nueva Granada, hoy Colombia y, con toda probabilidad, esa misma tarde partió de San Tomás. En Nueva Granada abordó el vapor “Santiago” que le condujo a Chile. El “Santiago” tocó los siguientes puertos durante el mes de octubre:  Paita, Perú el día 4; el Callao, Perú el día 6; del Callao salió el 7 de octubre y llegó a Islay, Perú el 9; de Islay partió el 10 de octubre y llegó a Arica, Chile el 12; de allí zarpó el 13 y arribó a Iquique, Chile el 15; de Iquique salió el 16 de octubre y atracó en Antofagasta el 18; de ese puerto salió el 19 y llegó a Caldera el 21 de octubre; de Caldera partió el día 22 de octubre y alcanzó Coquimbo el 24 y de Coquimbo salió el 25 y tocó el puerto de Valparaíso el domingo 27 de octubre de 1867.

Algunas versiones alegan que los contactos que Ruiz Belvis estableció durante las escalas a fin de preparar el terreno para su iniciativa cerca del gobierno de Chile lo pusieron en contacto con otros hermanos masones.  Si bien se sabe que esperaba contar con el apoyo del Gran Maestro Benjamín Vicuña McKenna, quien en 1866 se puso a las órdenes de los separatistas antillanos en Nueva York, las afirmaciones en esa dirección no dejan de ser especulativas. La meta que buscaba el abogado era reanimar un viejo plan de respaldo militar chileno para una invasión de Puerto Rico y Cuba con fines antiespañoles que tuviese como base de operaciones Venezuela o Colombia, y que debía contar con el liderato militar del colombiano Santos Gutiérrez. Ruiz Belvis iba a materializar una relación que se había enfriado con el paso de los meses y los vaivenes de la política internacional.

Otras versiones indican que Ruiz Belvis empeoró de un padecimiento que ya traía desde Puerto Rico y que el viaje se convirtió en una travesía dolorosa. Betances Alacán, que era un médico brillante y comprometido, no dejó ninguna pista de que Ruiz Belvis estuviese mal de salud antes de salir de Puerto Rico o que hubiese enfermado durante el trayecto hacia el exilio. Por el contrario, el caborrojeño asegura que él fue víctima de una fiebre atroz durante el itinerario pero nada indica sobre algún quebranto en el compañero de viaje.

En Valparaíso, Ruiz Belvis se hospedó en el Hotel Aubry en el 1,107 de la calle Esmeralda. El asunto también produce alguna confusión. Algunos dicen que la hospedería era propiedad de Guillermo Jenkins, según Gaudier; otros como el médico que lo atendió citan a Julio Lanvoy. Su arribo a la ciudad llamó la atención pública de inmediato. Los periódicos El mercurio y El diario ilustrado del 28 de octubre lo anunciaron como uno de los pasajeros del vapor “Santiago” procedente de Panamá.  Ninguno de los cintillos dijo que estuviese enfermo.  No se le hizo difícil a Ruiz Belvis, por otro lado, publicar la extensa proclama “Patria, justicia, libertad”, firmada por el Comité Revolucionario de Puerto Rico, en el foro La patria del 2 de noviembre de 1867.  La patria era un periódico masón y liberal dispuesto a colaborar con la empresa antillana.  Ruiz Belvis iniciaba con éxito su campaña en Chile auxiliado, según se presume, por Vicuña McKenna y las logias masónicas de la ciudad.

Lo cierto es que Ruiz Belvis murió intempestivamente como resultado de una de infección flegmonosa del perineo que se gangrenó. De acuerdo con un certificado médico expedido en 1868 tras la muerte de su padre, tenía problemas de salud desde antes de su salida de Puerto Rico. En el Hotel Aubry no estuvo solo. El propietario se hizo cargo del enfermo y propició la intervención del Dr. E. C. Menckel asistido por el Dr. Agustín Coignard. Menckel sigue siendo una figura oscura pero Coignard era egresado de la Facultad de París, como Betances Alacán, era miembro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y médico práctico desde 1857. Esta versión aduce que desde el 6 de octubre, cuando se hallaba en El Callao, ya no podía salir del camarote y ni bajar al puerto por lo que sus gestiones políticas debieron haber sido pocas.

Sólo siete días sobrevivió Ruiz Belvis en Chile.  El 5 de noviembre El mercurio informó que el enviado puertorriqueño en cumplimiento de una “misión política” cerca de aquel gobierno, había fallecido.  El 30 de noviembre de 1867 el periódico Los Andes de Guayaquil, Ecuador, publicó un editorial en donde comentó su muerte.  Ruiz Belvis no era un desconocido en el continente.  La masonería aprovechó la situación para agitar la cuestión antillana.  El editorial en cuestión hacía un sucinto resumen de las actividades políticas de Ruiz Belvis a partir de la Junta Informativa de Reformas y de la persecución y los destierros que sucedieron a la referida junta.  El autor ubicó a Ruiz Belvis al lado de los grandes libertadores de América, Santiago Mariño y Francisco de Miranda, y resaltó el espíritu hispanoamericanista de la empresa que desempeñaba en Chile.  El anónimo editorialista afirmaba que Ruiz Belvis “desde su sepultura en Valparaíso seguirá sirviendo a su país; seguirá siendo el promotor invisible de la independencia borinqueña.”

 

Un póslogo y una tarea por hacer

La vida de Ruiz Belvis, el masón radical, comenzó en San Germán en julio de 1866 y terminó en Valparaíso en noviembre de 1867. Ruiz Belvis tenía apenas 38 años de edad.  Falleció en la plenitud de su vida y en condiciones en extremo difíciles.  En los libros de la Parroquia Matriz del Salvador en Valparaíso se anota que su deceso ocurrió el día 3 de noviembre de 1867 y que su entierro se celebró el día siguiente “con oficio menor en el Cementerio de esta ciudad.”  No recibió los sacramentos “por no haberlos pedido,” según informes del Vicario Jorge Montes. El día 4 fue trasladado al Cementerio número uno, tras el pago de $8.50 por un féretro de segunda clase y el derecho de enterramiento, suma saldada por  un tal Antonio Cruz, posiblemente masón como el fenecido.  No consta si se realizó autopsia en el cadáver.  Queda claro que Cruz sólo pagó sepultura por un año.

Cuando la noticia llegó a las Antillas, Betances Alacán estaba inmerso en los preparativos de la insurrección.  De inmediato difundió una proclama fechada el 22 de diciembre de 1867 firmada por el “Comité del Oeste del Comité Revolucionario de Puerto Rico”.  Ruiz Belvis fue proyectado como un modelo a seguir cuando decía que “los hombres pasan, pero los principios quedan y triunfan.”  Lo calificaba como un “mártir de la santa causa de nuestra libertad” y atesoraba la esperanza de que su muerte motivara a los puertorriqueños a entablar una guerra frontal contra el dominio español.

En 1873 Eugenio María de Hostos Bonilla se acercó a su tumba: iba a “visitar al olvidado”.  Había realizado alguna investigación antes de lanzarse a la tarea de buscar aquel sepulcro.  Sus pesquisas le llevaron a concluir que Ruiz Belvis había llegado enfermo a Valparaíso.  Hostos Bonilla no se limitó a tratar de desentrañar aquella muerte y ese mismo año envió a Antonio Ruiz Quiñones, hermano de Segundo, un “voluminoso paquete” de documentos recibidos de manos del señor Juan de Dios Arlegui, Gran Maestro de las logias chilenas, que se había hecho cargo de los mismos al momento de la muerte del enviado. Nada se sabe del destino de esos pliegos.

Cuando Betances Alacán murió en 1898, Hostos Bonilla volvió a reflexionar sobre la muerte. Para el mayagüezano, Betances y él eran dos “enfermos del ideal”: esas personas que “entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal pasar.” Ruiz Belvis también encajaba en esa metáfora. Celebremos su memoria con las armas del conocimiento.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 12 de octubre de 2018.

diciembre 4, 2018

El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y masonería (Parte 2)

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

 

A la memoria de la sociedad secreta “Capá Prieto”, a 150 años de la rebelión

Para entender a Segundo Ruiz Belvis el pensador y activista heterodoxo, toda la información referida en la primera parte de esta serie es relevante. Es innegable que una parte significativa de sus gestiones cívicas y políticas se ejecutaron antes de su integración a la masonería. Todo sugiere que su compromiso con la racionalidad, el progreso, la fraternidad, la filantropía; igual que su espíritu crítico y su radicalización político social lo condujeron a que, en 1866, se ordenará masón en San Germán al lado del médico de Cabo Rojo, Ramón E. Betances Alacán.  Ordenarse masón era la forma de completar una travesía de cara a los proyectos que se planteaban para el futuro: la abolición de la esclavitud y la separación e independencia de Puerto Rico del coloniaje español.

Este tipo de personalidades reflexivas no tomaba decisiones a la ligera. Después de todo, la masonería no era una práctica desconocida para ellos: ambos habían estado en contacto con masones activos de manera constante a lo largo de sus vidas. En el caso de Betances Alacán su padre Felipe y su tutor en Toulousse, el señor Jacques Catherine Maurice Prévost, un boticario que se había casado en Mayagüez con María Catalina de Caballiery y Bey natural de Cabo Rojo, eran masones. La confianza de Felipe de dejar a su hijo de 13 años bajo la protección y supervisión de la familia Prévost-Caballiery era total, según se deriva de la lectura de las investigaciones del fenecido conocedor del periodo tolosano del rebelde puertorriqueño, Jacques Gilard.

 

Ruiz Belvis y el eje masónico San Germán-Mayagüez

En el caso de Ruiz Belvis, sus amigos de la infancia y “casi parientes”, los sangermeños Francisco Mariano y José Marcial Quiñones, eran masones activos. Francisco Mariano dejó al menos dos novelas de tema masónico e histórico-político publicadas en Bruselas en 1875 que se rescataron del olvido en 1998 y en 2002 gracias a las gestiones del Círculo de Recreo de San Germán: me refiero a Kalila y Fátima.  Las mismas eran parte de una trilogía que nunca se completó. Su obra literaria, marginada por la crítica canónica tradicional que inventó el registro maestro de las letras puertorriqueñas, ha sido ignorada por los estudiosos de la literatura puertorriqueña decimonónica.

Segundo Ruiz Belvis por Rubildo López

Segundo Ruiz Belvis por Rubildo López

Francisco Mariano fue instrumental para la iniciación Ruiz Belvis y Betances Alacán en la masonería a pesar de la distancia ideológica que siempre manifestó respecto a aquellos. Según se sabe, compartía la preocupación por la abolición inmediata de la esclavitud negra y fue uno de los firmantes del proyecto abolicionista radical presentado en Madrid en 1867 con Ruiz Belvis y José Julián Acosta y Calbo. Pero no favorecía los afanes subversivos propios del separatismo, ni la independencia y confederación futura de las Antillas y mucho menos el recurso a las armas que aquellas propuestas habían legitimado. El intelectual y empresario de San Germán fue integrista hasta el 1898 y un conspicuo defensor del liberalismo reformista y el autonomismo moderado.

A diferencia de Ruiz Belvis y Betances Alacán, confiaba en la buena voluntad de España y fue un duro crítico de la Insurrección de Lares de 1868 con objeciones parecidas a las que también utilizó Salvador Brau Asencio, entre otros. Resulta curioso por demás confirmar que el olvido de y la devaluación de los actos rebeldes de 1868 fueron resultado neto del desprecio que produjo el acto rebelde en los ideólogos liberales reformistas y autonomistas y no en la propaganda activa de los conservadores e incondicionales. Estos, por el contrario, consideraban al separatismo en todas sus expresiones como un peligro real y un movimiento al cual había que temer y reprimir con fuerza. La reflexión sobre el separatismo desde el conservadurismo, la cual tiene en Pedro Tomás de Córdova y José Pérez Moris dos modelos, así lo confirma.

En las memorias históricas y autobiográficas escritas por los hermanos Quiñones en 1888 y 1890, las referencias a Ruiz Belvis son varias y confirman aquella afinidad. Para los dos el abogado de Hormigueros había sido uno de los protagonistas de una década, la del 1860 al 1869, que como resultado del activismo revolucionario de figuras como Ruiz Belvis y Betances Alacán, había puesto en peligro las posibilidades de triunfo del proyecto integrista liberal y autonomista que ello defendían: los separatistas eran parte del enemigo porque eran antiespañoles. Todo parece indicar que el activismo abolicionista fue la clave para que en 1866 aquellos amigos se juntaran alrededor de la filosofía y la praxis masónica.

La distancia política entre los hermanos Quiñones y Ruiz Belvis y Betances Alacán no se limitaba a la antinomia integrismo-separatismo.  El médico de Cabo Rojo cargaba consigo una leyenda política mayagüezana que hacía que muchos se apartaran de él.  Un joven Eugenio María de Hostos Bonilla reconocía la misma desde 1863 cuando le envió una ejemplar de su novela La peregrinación de Bayoán para que la leyera. Ruiz Belvis era un componente de la imagen radicalismo social y de la leyenda política mayagüezana. Dos años antes de su ingreso a la masonería, las autoridades habían desterrado a Betances Alacán dos veces, en 1858 y en 1864. El asunto tenía que ver con la campaña abolicionista, la solidaridad con los rebeldes dominicanos y su separatismo independentista que, de acuerdo con ciertas fuentes, no ocultaba a nadie. El caso de Ruiz Belvis no era diferente: los dos estaban políticamente “quemados” y sus posibilidades conspirativas se habían visto limitadas después de 1864. Cuando llegan a la masonería ambos son unos revolucionarios completos.

Algunos investigadores hemos concluido que lo que buscaban en la masonería era un nuevo espacio de secretividad y solidaridad cerca de personas con valores afines los suyos: el respeto a la racionalidad, el progreso, la fraternidad y la filantropía. Todo ello lo hacían a sabiendas de que en las actitudes políticas pudiesen manifestarse diferencias significativas. Ese tipo de organización secreta cuidadosa que rendía culto a la inteligencia podía serles de utilidad para sus proyectos futuros. La masonería era un lugar desde el cual se podría revitalizar el activismo radical que habían venido practicando desde hacía cerca de 10 años. Ambos reconocían el papel que habían cumplido las Logias Masónicas alrededor de la figura de Giuseppe Mazzini (1805-1872) y la “Joven Italia” en el proceso de unificación de la Italia en formación desde 1837; y el que había tenido la Masonería en la otra lucha por la independencia de la República Dominicana ante el dominio de Haití desde 1838 alrededor de la figura de Juan Pablo Duarte y “La Trinitaria”.

El caso de Ruiz Belvis es representativo. La liberación de sus esclavos, la formulación de su proyecto de colegio de segunda enseñanza en Mayagüez y Madrid, la hipoteca de la Hacienda Josefa y la presentación del proyecto abolicionista en Madrid, coinciden con su tránsito hacia la masonería. Cuando fue desterrado por primera vez, el 7 de junio de 1867 -para Betances Alacán era el tercero- ya había sido ordenado.  El destierro fue resultado de una orden emitida por el Capitán General José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) y no tenía relación alguna con las afinidades masónicas de los dos perseguidos. La Capitanía los vinculó, junto a otros militamtes liberales, con la promoción de un motín acaecido en los cuarteles del Cuerpo de Artilleros del capital aquel mismo día.

En realidad, se trataba de un caso fabricado por la vigilancia estatal como tantos otros en la historia del Puerto Rico moderno. La acusación era demagógica. El “Motín de los Artilleros”, como se conoció a aquel episodio, era resultado de problemas de cuartel y nada tenían que ver con el dilema integristas y separatistas. Los artilleros reclamaban ciertos derechos que les habían sido vulnerados y no había detrás del mismo instigación antiespañola o separatista alguna. Lo que preocupaba a Marchessi era el activismo social, político y cultural de Ruiz Belvis y Betances Alacán en Mayagüez y las posibles repercusiones de este en el resto de la colonia. Los puntos claves del encono gubernamental eran, claro está, la pública defensa de la separación e independencia de Puerto Rico, de la abolición radical de la esclavitud y las conexiones de aquel abogado y aquel médico con los liberales dominicanos conocidos como los “azules” que habían vuelto a echar a España de la República Dominicana en 1863. Por aquel entonces nadie podía imaginar el valor que Betances Alacán adjudicaba a la cuestión dominicana, a los “azules” y el papel que cumplieron aquellos liberales en el auspicio de la causa puertorriqueña hasta fines del siglo 20. Eso sí, visto desde la distancia, Marchessi no estaba en posición de reconocer como nosotros, que desde 1866 en Ruiz Belvis y Betances Alacán se juntaban dos peligros: el radicalismo masónico y el radicalismo político.

De acuerdo con el investigador Oscar Gerardo Dávila del Valle, en 1866 existían en Puerto Rico tres grupos de obediencias masónicas: los orientes españoles, las adscritas a la Gran Logia de Colón de Cuba fundada en 1859, y las adscritas a la Gran Logia de Santo Domingo surgida de un proyecto de rehabilitación de la hermandad iniciado en 1858. Aquellos orientes convivían con una masonería de filiación estadounidense que algunas vinculan a Filadelfia. Fue en la logia Unión Germana número 8, fundada el 26 de julio de 1866 en San Germán, de oriente dominicano, donde se ordenaron. De esa manera, la afinidad política de 1861 a 1863 culminó en afinidad masónica.

Acorde con algunas fuentes, allí laboró hasta 1867 y alcanzó el grado de Gran Maestro lo cual es poco probable dada la complejidad de los requerimientos de este tipo de órdenes para un ascenso de esa naturaleza. Otras fuentes proponen que Ruiz Belvis auxilió a Betances Alacán en la fundación de la Logia Yagüez número 10 también de oriente dominicano.  Los comentaristas sugieren que esa logia “nunca tuvo solar”, se reunía en “templo abierto” y practicaba la “masonería forestal” propia de los “carbonarios”. Aparte de Ruiz Belvis y Betances Alacán, componían la misma algunos de los expulsados a raíz del “Motín de los Artilleros”, que ingresaron al “Comité Revolucionario de Puerto Rico” en Santo Domingo y promovieron la creación de “Sociedades Secretas” camino de la insurrección de 1868. Desde mi punto de vista esta puede considerarse el núcleo germinal de los luego fue “Capá Prieto” de Mayagüez.

Aquel proceso informa sobre la diversidad ideológica en el seno de la Masonería. Si bien la filosofía masónica exigía profesión de tolerancia y neutralidad en temas religiosos y políticos, la reflexión sobre esos asuntos siempre estuvo presente. Los investigadores han confirmado la orientación integrista, conservadora y asimilista de los orientes españoles, las afinidades separatistas anexionistas de algunas logias de oriente estadounidense y la orientación liberal, separatista independentista y antillanista de las logias dominicanas de aquellos años. Las tendencias no derivaban de la filosofía masónica sino de la heterogeneidad de las preferencias político-ideológicas de los hermanos masones y de la forma en que evaluaban la relación con España.

 

¿Qué tipo de masones fueron Ruiz Belvis y Betances Alacán?

A fin de comprender la situación de Ruiz Belvis y Betances Alacán en la Masonería voy a depender de un argumento de Dávila del Valle en un artículo de 1998. Este autor sugiere la existencia en la masonería de una masonería radical. Algo similar argumenta el investigador francés Paul Estrade cuando evalúa al Betances Alacán masón en una conferencia de 2007 publicada en 2017. Si uso el lenguaje de otro investigador del tema, José Antonio Ayala en un texto de 1989, las diferencias entre ambas eran obvias. A pesar de que coincidían en la “profesión de progresismo, tolerancia y amor al género humano”, en temas como la neutralidad en religión y política diferían.

La excepcionalidad de Ruiz Belvis y Betances Alacán como masones se relacionaba con ello. Su activismo entre 1856 y 1866 no dejaba duda de que fueron “masones radicales”. El “radicalismo” tenía que ver con lo que Dávila del Valle denomina la “herencia carbonaria” y “jacobina” que tuvo en Louis Blanc (1811-1882) y el ya citado Mazzini dos iconos. Es su conjunto, los tonos dominantes eran su republicanismo antimonárquico, el anticlericalismo feroz, su predisposición por la acción revolucionaria, su proximidad al “asociacionismo”, el “cooperativismo” y la “filantropía” y por su ansiedad por construir la “fraternidad universal” o “Liga de la Naciones” en el modelo de la “Anfictionía” kantiana.

Debo destacar dos asuntos de relevancia. No es difícil descubrir en ese conjunto coincidencias con el separatismo independentista, abolicionismo radical y la idea de la unión o confederación de las Antillas en una nación colectiva de pequeñas nacionalidades. Tampoco es difícil percibir ciertas coincidencias con el pensamiento antisistémico que develaba las injusticias del capitalismo ascendente por aquel entonces. Ruiz Belvis, si uso un argumento Estrade en su conferencia de 2007, era un “masón inconforme” o un “heterodoxo dentro de la heterodoxia” como señalaba Dávila del Valle. Su actitud demostraba que siempre se podía ser más radical si la situación lo exigía.

Aquel secularismo feroz, radical y polisémico poseía un valor trascendental. Siempre representó una amenaza para la hispanidad y su proyección lo mismo en el siglo 19 cuando era un poder efectivo, como en el siglo 20 cuando se constituyó en un modelo identitario. Baste recordar cómo, en una conferencia dictada en la Universidad de Puerto Rico en 1931 en medio de la “marea hispanófila”, Pedro Albizu Campos afirmaba:

Nuestros revolucionarios (se refiere a los del siglo 19) aspiraban a constituir un estado republicano con educación heterodoxa pero a mi juicio en este particular estaban equivocados porque toda nacionalidad debe fundarse sobre el espíritu religioso que anima a su habitantes (El Mundo, 7 de abril de 1931)

 

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia el 14 de septiembre de 2018

junio 18, 2018

El pensamiento masónico en el pensamiento y la praxis de Segundo Ruiz Belvis durante la década de 1860: una aproximación interpretativa

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

Segundo Ruiz Belvis: una lectura desde el presente

Ruiz Belvis nació en 1829 en el barrio Hormigueros de San Germán. Provenía de una familia, los Belvis, que cargaba un pasado venezolano y había estado vinculada al Patronato y Mayordomía de Fábrica del Santuario de Monserrate en Hormigueros, uno de los focos de fe más poderosos de la isla a principios del siglo 19. La relación de Ruiz Belvis con esa institución hispano católica que no encajaba del todo en el engranaje de la iglesia institucional por sus fuertes raíces populares, fue determinante para algunos de sus proyectos civiles, sociales y culturales al final de su vida.

El ciudadano Ruiz Belvis se desarrolló al interior de los sectores privilegiados de la colonia. Era hijo de hacendados azucareros con propiedades en toda la región, su padre José Antonio Ruiz Gandía (1810-1868) había estado activo en la política municipal de Mayagüez y fungió como alcalde casual de la ciudad. Ruiz Belvis y sus hermanos tuvieron acceso al capital cultural que, por aquel entonces, aseguraban las carreras profesionales dado su origen de clase. Como se sabe, estudió la preparatoria en Caracas y completó Derecho Canónico y Civil, como lo requería la educación jurídica de la época, en la Universidad Central de Madrid, espacio en el cual desarrolló una red de relaciones con otros inmigrantes de la colonia que marcaron su vida para siempre.

A su regreso a Puerto Rico en 1857, según la tradición familiar, se insertó en la vida política de Mayagüez. Desde esa fecha y hasta 1867 fungió como Síndico Procurador (1857-1858), administró una oficina legal privada ubicada en La Marina Meridional en la calle de la Aduana y, luego, en la Candelaria (1862 y 1863), y actuó como Juez de Paz (1866) de la ciudad. Su labor como Síndico puntilloso molestó a algunos. El Síndico era, en el derecho clásico, el “abogado y defensor de una ciudad”, el depositario y responsable de los bienes públicos que también representaba los intereses de los esclavos registrados en caso de que sus derechos fuesen violados.

Un síndico cuidadoso podía ser un dolor de cabeza para quienes pretendían usar el servicio público en el Ayuntamiento para su beneficio personal, como solía suceder. Por eso cuando se postuló para la posición en 1862 y 1863, no obtuvo los votos suficientes para ocuparla otra vez. Los colaboradores más cercanos de Ruiz Belvis en aquel periodo parecen haber sido José García de la Torre, ex-síndico de la ciudad y a quien consideraba un modelo o un maestro dado que manifestaba preocupaciones jurídicas similares a las suyas; y los médicos Betances Alacán y José Francisco Basora, con quienes compartía las ansiedades abolicionistas y separatistas.

El Puerto Rico al cual retornó Ruiz Belvis en 1857 atravesaba por una situación complicada. Junto a los viejos problemas que emanaban de la relación colonial con una monarquía autoritaria y católica, asomaban otros enormes retos. El monopolio hispano del mercado, la centralización del poder, la fragilidad de los ayuntamientos y la intención hispana de perpetuar el esclavismo y el trabajo servil que tendía a desaparecer del panorama internacional, eran algunos de ellos. El fin de la esclavitud en Estados Unidos al cabo de una guerra civil en 1864, representó un punto de giro para muchos antillanos. Lo cierto era que, terminados los tiempos de gloria de la economía de hacienda azucarera, la industria atravesaba por una situación deprimente. Las condiciones del mercado internacional le exigían entrar en un proceso de modernización del mercado de capital y laboral, y en una revolución tecnológica que la hiciese competitiva otra vez. El régimen hispano le ponía frenos a aquel proceso por miedo a perder su poder sobre el territorio.

A los imperativos materiales se sumaban los humanitarios y sociales. El espíritu filantrópico y fraterno del cual Ruiz Belvis participaba, se traducía en el reclamo de abolición de la esclavitud y de la libreta de jornaleros y la institucionalización de un mercado laboral libre más justo. Las relaciones coloniales estaban en crisis y los sectores inteligentes del país responsabilizaban al esclavismo, al trabajo servil y a la Monarquía Española que los justificaban, de una parte significativa de la crisis.

Ruiz Belvis era parte de aquella ofensiva crítica de activistas que, apoyados en el liberalismo clásico, el republicanismo y las ideas democráticas, favorecían la descentralización del poder ya fuese en el marco del federalismo o del municipalismo, y señalaban con insistencia los males de su tiempo. El sólo hecho de articular un discurso de esa naturaleza lo convirtió en una persona “sospechosa” e “inconveniente”. El panorama era más complejo. Las ideas antisistémicas que comenzaban a penetrar a la Europa avanzada a mediados del siglo 19, cuando Ruiz Belvis se formó en Madrid, también son evidentes.

A todo ello el abogado de Hormigueros añadió el componente del separatismo, el independentismo y el antillanismo emergente. Buena parte de su grandeza tiene que ver con esa concepción de que siempre se puede ser un poco más radical y contestatario si así las circunstancias lo requieren. El discurso de los activistas como Ruiz Belvis, sin ser un masón activo, estaba impregnado de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas que encontraban un eco en el ideal masónico. Por ello a nadie debe extrañar que, durante el año 1866, fuese ordenado masón, como se verá más adelante. En su caso, aquel conjunto de principios se combinó con una fuerte dosis de secularismo y el anticlericalismo como protesta ante la alianza que existía entre la Monarquía Española y la Iglesia Católica para justificar el expolio del país.

Aquel conjunto de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas, traducían la protesta universal contra los efectos deshumanizadores que derivaron del desarrollo del capitalismo moderno en Europa, y de la inserción del Puerto Rico en los circuitos del mismo en una condición asimétrica por colonial, durante la primera mitad del siglo 19. No todos aquellos grupos ideológicos desembocaron en el anticapitalismo, como fue el caso de una diversidad de tendencias antisistémicas. Pero la voluntad de re-humanizar el mercado y la sociedad a fin de crear un orden más educado, justo y e igualitario era moneda común.

Es importante llamar la atención, sin embargo, sobre un hecho incontestable. No todos los activistas siguieron el modelo de Ruiz Belvis y no todos los masones articularon una praxis activista como la de aquel. Cualquier generalización en esa dirección siempre será cuestionable. Las formas que tomó el activismo político social y masónico, en especial los debates al interior de los grupos que se pueden documentar en Europa y Puerto Rico no dejan dudas al respecto. El activismo político social y la Masonería mostraron una originalidad extraordinaria a la hora de enfrentar los conflictos de su tiempo. Pero el hecho de que ambas vías representaban una protesta contra un orden considerado inicuo y retrógrado por su identificación con los valores del Antiguo Régimen también es irrefutable. La Racionalidad, la Libertad y el Progreso al que aspiraban era el mismo. La pregunta que hay que responder es cómo el activismo político social y el masónico se compenetraron en la figura del abogado de Hormigueros.

 

Segundo Ruiz belvis

Ruiz Belvis y Betances Alacán masones

De acuerdo con el investigador Oscar Gerardo Dávila del Valle, en 1866 existían en Puerto Rico tres grupos de obediencias masónicas: los orientes españoles, las adscritas a la Gran Logia de Colón de Cuba fundada en 1859, y las adscritas a la Gran Logia de Santo Domingo surgida de un proyecto de rehabilitación de la hermandad iniciado en 1858. Aquellas convivían con una masonería de filiación estadounidense que algunas vinculan a Filadelfia. Fue en la logia Unión Germana número 8, fundada acorde con esta fuente el 26 de julio de 1866 en San Germán, de oriente dominicano, donde se ordenó. La afinidad política con la causa dominica y su lucha por restaurar la independencia frente a España durante los años 1861 a 1863 culminó en afinidad masónica.

Acorde con algunas fuentes, allí laboró hasta 1867 y alcanzó el grado de Gran Maestro lo cual es poco probable dada la complejidad de los requerimientos de este tipo de órdenes para un ascenso de esa naturaleza. Otras fuentes sugieren que Ruiz Belvis auxilió a Betances Alacán en la fundación de la Logia Yagüez número 10 también de oriente dominicano.  Los comentaristas sugieren que esa logia “nunca tuvo solar”, se reunía en “templo abierto” y practicaba la “masonería forestal” propia de los “carbonarios”. Aparte de Ruiz Belvis y Betances, componían la misma algunos de los expulsados a raíz del “Motín de los Artilleros”, que ingresaron al “Comité Revolucionario de Puerto Rico” en Santo Domingo y promovieron la creación de “Sociedades Secretas” camino de la insurrección de 1868 incluyendo a “Capá Prieto” de Mayagüez.

Aquel proceso nos informa sobre la diversidad ideológica en el seno de la Masonería. Si bien la filosofía masónica exigía profesión de tolerancia y neutralidad en temas religiosos y políticos, la reflexión sobre esos temas siempre estuvo presente. La diversidad es patente. Los investigadores han confirmado la orientación integrista, conservadora y asimilista de los orientes españoles, las afinidades separatistas anexionistas de algunas logias de oriente estadounidense y la orientación liberal, separatista independentista y antillanista de las logias dominicanas de aquellos años. Las tendencias no derivaban de la filosofía masónica sino de la heterogeneidad de las preferencias político-ideológicas de los hermanos masones.

¿Qué tipo de masones fueron Ruiz Belvis y Betances Alacán? A fin de comprender la situación de Ruiz Belvis y Betances Alacán en la Masonería voy a depender de un argumento de Dávila del Valle en un artículo de 1998. Este autor sugiere la existencia en la Masonería de una Masonería radical. Si uso el lenguaje de otro investigador del tema, José Antonio Ayala en un texto de 1989, las diferencias entre ambas eran obvias. A pesar de que coincidían en la “profesión de progresismo, tolerancia y amor al género humano”, en temas como la neutralidad en religión y política diferían.

La excepcionalidad de Ruiz Belvis y Betances Alacán como masones se relacionaba con ello. Su activismo entre 1856 y 1866 no dejaba duda de que fueron “masones radicales”. El “radicalismo” tenía que ver con lo que Dávila del Valle denomina la “herencia carbonaria” y “jacobina” que tuvo en Louis Blanc (1811-1882) y Giuseppe Mazzini (1805-1872) dos iconos. Es su conjunto, los tonos dominantes eran su republicanismo antimonárquico, el anticlericalismo feroz, su predisposición por la acción revolucionaria, su proximidad al “asociacionismo”, el “cooperativismo” y la “filantropía” y por su ansiedad por construir la “fraternidad universal” o “Liga de la Naciones” en el modelo de la “Anfictionía” kantiana.

Debo destacar dos asuntos de relevancia. No es difícil descubrir en ese conjunto coincidencias con el separatismo independentista, abolicionismo radical y la idea de la unión o confederación de las Antillas en una nación colectiva de pequeñas naciones. Tampoco es difícil percibir ciertas coincidencias con el pensamiento antisistémico que develaba las injusticias del capitalismo ascendente. Ruiz Belvis, si uso un argumento del investigador francés Paul Estrade en una conferencia de 2007 era un “masón inconforme” o un “heterodoxo dentro de la heterodoxia” como señalaba Dávila del Valle. Su actitud demostraba que siempre se podía ser más radical si la situación lo exigía.

Ramón E. Betances Alacán

La imagen del orden hispano-católico de la masonería

La imagen de Ruiz Belvis y Betances Alacán ante el orden colonial no era buena antes de 1866. Cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10, la misma empeoró. Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que se ajusta a la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. A Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, poseedor de un temperamento dominado por la “audacia”, el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido”. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Afirmaba que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

Pérez Moris, acorde con datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez, lo calificaba como un librepensador, materialista, partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. Un libre pensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Esa postura sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma. Entre librepensamiento y agnosticismo había numerosos puntos de conexión que el catolicismo rechazaba. Aquellas prácticas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis son leídos como un “defecto”.

El perfil de Pérez Moris sobre Ruiz Belvis, el masón radical, desemboca en una impresionante caricatura de la “crueldad”. De las anécdotas que adjudica al abogado de Hormigueros, la que lo describe como un “don Juan Tenorio” y un cínico que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores es poca cosa. Lo que realmente le preocupaba era el lenguaje ofensivo y sarcásticos que usaba al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”. Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que afirmaba que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente, aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. Lo cierto es que Ruiz Belvis tenía una relación profesional con el Obispo en el contexto de su proyecto de colegio se segunda enseñanza para la ciudad de Mayagüez en 1866. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con una acusación de que hipotecó la Hacienda Josefa de su padre y la echó perder y que personalidades como la suya y la de Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro” por lo que no merecen la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en cómo ofendían los valores hispanos y cristianos. Exageradas o no estas afirmaciones, la imagen de un revolucionario político y social que también era masón radical no era simpática para el régimen colonial. (…)

Una tarea por hacer

En julio de 1867, Ruiz Belvis y Betances Alacán tuvieron que tomar una decisión que los afectaría el resto sus vidas. La razón fue el “Motín de los Artilleros” de la capital. Las acusaciones de conspiración del gobierno español encabezado por el gobernador militar José María Marchessi y Oleaga, los dejaron ante dos opciones. O se sometían ante una autoridad que no respetaban, o tomaban la ruta del exilio y organizaban un proyecto revolucionario. Ruiz Belvis y Betances Alacán no tenían nada que ver con la conjura de la guarnición militar de la capital. El momento de romper con España que, según Betances Alacán, no podía dar lo que no tenía, libertad, había llegado. El 10 de julio era la fecha límite para presentarse o ser buscados bajo partida de arresto. (…) Santo Domingo, New York y Saint Thomas se convirtieron desde el verano de 1867 en refugio temporero de los dos perseguidos.

Desde Saint Thomas, Ruiz Belvis partió a cumplir una importante “misión política” ante las autoridades chilenas. Betances se mantuvo en el Caribe a fin de continuar agitando la cuestión de Puerto Rico. Se sabe que, en la travesía al sur, Ruiz Belvis pisó suelo colombiano y peruano antes de arribar a Valparaíso, Chile. Se presume que en los distintos puertos estableció contactos con aliados del proyecto libertario de las Antillas. Ruiz Belvis se convirtió en el primer “peregrino de la libertad” que buscó en la América Hispana respaldo material para la separación e independencia de Puerto Rico como preámbulo a una futura unión de las Antillas. (…) Al cabo de una poco elucidada travesía arribó al cono sur.

Sólo siete días sobrevivió Ruiz Belvis en Chile.  El 5 de noviembre el periódico El mercurio informó que el enviado puertorriqueño en cumplimiento de una “misión política” cerca de aquel gobierno, había fallecido.  El 30 de noviembre de 1867 el periódico Los Andes de Guayaquil, Ecuador, publicó un editorial en donde comentó su muerte.  Ruiz Belvis no era un desconocido en el continente.  La masonería aprovechó, al parecer, la situación para agitar la cuestión antillana.  El editorial en cuestión hacía un sucinto resumen de las actividades políticas de Ruiz Belvis a partir de la Junta Informativa de Reformas de 1867 y de la persecución y los destierros que sucedieron a la referida junta.  El autor ubicó a Ruiz Belvis al lado de los grandes libertadores de América, Santiago Mariño y Francisco de Miranda, y resaltó el espíritu hispanoamericanista de la empresa que desempeñaba en Chile.  El anónimo editorialista afirmaba que Ruiz Belvis “desde su sepultura en Valparaíso seguirá sirviendo a su país; seguirá siendo el promotor invisible de la independencia borinqueña.” (…)

La vida de Ruiz Belvis, el masón radical, comenzó en San Germán en julio de 1866 y terminó en Valparaíso en noviembre de 1867. Ruiz Belvis tenía apenas 38 años.  Falleció en la plenitud de su vida y en condiciones en extremo difíciles. En los libros de la Parroquia Matriz del Salvador en Valparaíso se anota que su deceso ocurrió el día 3 de noviembre de 1867 y que su entierro se celebró el día siguiente “con oficio menor en el Cementerio de esta ciudad.”  No recibió los sacramentos “por no haberlos pedido,” según informes del Vicario Jorge Montes. El día 4 fue trasladado al Cementerio número uno, tras el pago de $8.50 por un féretro de segunda clase y el derecho de enterramiento, suma saldada por un tal Antonio Cruz, posiblemente masón como el fenecido.  No consta si se realizó autopsia en el cadáver.  Queda claro que Cruz sólo pagó sepultura por un año.

Cuando la noticia llegó a las Antillas, Betances Alacán estaba inmerso en los preparativos de la insurrección.  De inmediato difundió una proclama fechada el 22 de diciembre de 1867 firmada por el “Comité del Oeste del Comité Revolucionario de Puerto Rico”.  Ruiz Belvis fue proyectado como un modelo a seguir cuando decía que “los hombres pasan, pero los principios quedan y triunfan.”  Lo calificaba como un “mártir de la santa causa de nuestra libertad” y atesoraba la esperanza de que su muerte motivara a los puertorriqueños a entablar una guerra frontal contra el dominio español.

En 1873 Eugenio María de Hostos Bonilla se acercó a su tumba: iba a “visitar al olvidado”.  Había realizado alguna investigación antes de lanzarse a la tarea de buscar aquel sepulcro.  Sus pesquisas le llevaron a concluir que Ruiz Belvis había llegado enfermo a Valparaíso.  Hostos Bonilla no se limitó a tratar de desentrañar aquella muerte y ese mismo año envió a Antonio Ruiz Quiñones, su hermano, un “voluminoso paquete” de documentos recibidos de manos del señor Juan de Dios Arlegui, Gran Maestro de las logias chilenas, quien se había hecho cargo de los mismos a la muerte de Segundo Ruiz Belvis. Nada se sabe del destino de esos pliegos.

Cuando Betances Alacán murió en 1898, Hostos Bonilla volvió a reflexionar sobre la muerte. Para el mayagüezano, Betances y él eran dos “enfermos del ideal”: esas personas que “entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal pasar.” Ruiz Belvis también encajaba en esa metáfora. Celebremos su memoria con las armas del conocimiento.

Fragmento de una conferencia dictada en la Logia Amor Fraternal número 1, Mayagüez, PR, 20 de mayo de 2018.

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