Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

septiembre 24, 2021

Otros Betances: el literato, la exclusión y una primera mirada

Fragmento del libro inédito El laberinto de los indóciles: epílogos (2021). Pblicado originalmente en Claridad-En Rojo el 31 de agosto de 2021.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Ubicar a Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) en el contexto de la historia cultural de Puerto Rico no debería ser, a altura del siglo 21, un problema mayor. La recuperación y anotación parcial de la mayor parte de una obra relegada al olvido ha sido posible gracias al trabajo de recopilación de Paul Estrade y Félix Ojeda Reyes en su meticulosa obra completa. La lectura de esta colección sugiere que, como médico, pensador y literato, el caborrojeño tradujo bien los valores del científico y el revolucionario modernos. Su obra política y su correspondencia, por otra parte, ratifican que como teórico y activista poseía un proyecto social que aspiraba a representar los intereses del abajo social, como insistiría la interpretación romántica y nacionalista de su vida, así como los intereses de aquel sector del cual provenía, la clase criolla insular que, a pesar de que disfrutaban cierto poder material, era marginada por una minoría peninsular celosa que los devaluaba y excluía de la hispanidad plena.

Historia de una exclusión

Como creador de poesía y narrativa, Betances Alacán sintetizó de forma original algunas de las corrientes más ricas y complejas de su tiempo. En su conjunto el estudioso se encuentra ante un polímata complejo y polifacético que se movía con seguridad entre las artes y las ciencias. Como autor escribía lo mismo en castellano que en francés, traducía de aquel idioma y del latín y era capaz de compartir, en una época en que ello representaba una virtud y no un vicio, los valores de la vieja Europa y de la antillanidad / caribeñidad desplazándose con comodidad en ambos espacios. Su cultura científica y su condición de médico y cirujano destacado, una excepción en esa profesión, completaban el cuadro de lo que Eugenio María de Hostos denominó el “hombre completo”[1], un interesante signo del balance ecuánime entre racionalidad y emocionalidad.  El resultado de aquella vorágine de elementos era ese intelectual y artista híbrido lleno de contrastes que, en ocasiones, entraban en contradicción y podía resultar difícil de comprender para las gentes del presente. Una figura de esa índole no debería admitir simplificaciones que en última instancia solo mutilarían su imagen.

El hecho de que su obra literaria no fuese muy voluminosa no justifica su omisión. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, si doy crédito a las anotaciones bibliográficas de Manuel María Sama[2] y las quejas de los productores culturales del canon desde Alejandro Tapia y Rivera hasta Lola Rodríguez de Tió o a las observaciones de estudiosos casuales como Carlos Peñaranda[3], no fue mucha. La industria del libro, un concepto difícil de precisar para aquel siglo tanto como pude serlo en el siglo 21, surgió con dificultad en un escenario poblado de censuras. La producción de editorial fue pobre, fue resultado de la autogestión de tipógrafos e impresores y en general representó un riesgo político y económico para los pequeños inversionistas. La vida literaria de Betances Alacán, aparte de su condición de exiliado desde 1867, no difirió de otros casos del siglo 19 al menos en ese aspecto cuantificable. La paradoja de que los puertorriqueños del siglo 20 pudieron haber conocido mejor que los puertorriqueños del siglo 19 la literatura del siglo 19 está allí, mirándonos con encono. Entre la censura y el analfabetismo el escritor puertorriqueño del siglo 19 produjo objetos de consumo accesible solo a minorías y elites. El olvido sistemático de aquel acervo en la posmodernidad en un tema que debería debatirse con más profundidad en otra ocasión: desmontar la modernidad esquivando la mirada a aquel siglo no me parece práctico.

“Betances” (detalle) dibujo de Andrés Hernández García

Para entender a este otro Betances sí debe tomarse en consideración que el vehículo de lenguaje en el cual se expresaba en su escritura creativa no era el castellano o el español de las Antillas. Para la literatura el caborrojeño prefería el francés, idioma literario del siglo. No solo eso: en algunos casos su lenguaje sugiere que escribía para el público europeo. En este aspecto su actitud recuerda la de Eugenio María de Hostos Bonilla quien, durante la década de 1860, vivía ansioso por convertirse en un escritor reconocido en España y en lengua castellana con el fin de invertir el prestigio adquirido como escritor, le sirviese para trabajar políticamente en favor del futuro de las Antillas. El castellano o el español de las Antillas sirvieron a Betances Alacán para organizar su discurso militante y político. Es bien probable que su predilección por el francés como lenguaje literario contribuyera a su exclusión del canon de entronque hispánico de la literatura puertorriqueña decimonónica que la crítica converge en considerar como fundamento de la literatura nacional. No sería tampoco un caso único. Numerosos escritores nacido en Puerto Rico y que incluso escribieron en español disparos por el mundo son también ignorados por el canon, asunto que habría que tratar en otra ocasión. La idea de la identidad legítima es una trampa de muchas bocas.

El affaire y el canon poseía otras complejidades que se hicieron patentes a lo largo del siglo 20. La más notable era que Betances era todo menos hispanófilo. Cuando Pedro Albizu Campos lo rescata como signo identitario del asunto obvia el hecho por completo. De acuerdo con el líder nacionalista Los rebeldes de 1868 “se inspiraron en Dios”, un argumento que chocaba con el secularismo betanciano, y que los problemas entre España y Puerto Rico eran asuntos menoren que podían resolverse en el seno de la familia.[4]

No solo eso. Como lector Betances miraba con suma cautela ideológica las expresiones literarias de la clase culta criolla y sus representantes a quienes reprochaba su ausencia de compromiso con la independencia y su sumisión a la España autoritaria. La respuesta de la clase culta criolla a aquel reclamo estuvo marcada por la crítica intensa y acrimoniosa a su antiespañolismo, actitud en la cual liberales reformistas y conservadores estaban de acuerdo. El hecho de que el discurso dominante de la identidad puertorriqueña durante el siglo 20 fuese hispanófilo está, por lo tanto, en la base de la supresión de esta figura del canon. La exclusión también es comprensible a la luz de otras de sus prácticas. “Bin Tah” y “Louis Raymond”[5], dos de los seudónimos que usó para firmar sus trabajos literarios, no tienen el sabor tropical manifiesto en “El Antillano”, alias utilizado para su producción política.

Por último, el hecho de que el castellano o el español de las Antillas se enseñoreara en sus ensayos, oratoria y correspondencia personal y pública no deja de ser un problema. La crítica convencional nunca estuvo dispuesta a apropiar aquellos subgéneros como una expresión literaria legítima sujeta a la crítica formal. De hacerlo el archivo betanciano crece de manera dramática, hecho que multiplica las posibilidades interpretativas. El cambio de óptica -abrir el concepto de lo literario y hacerlo más inclusivo- produciría un efecto distinto al que la tradición ha impuesto a la elucidación de esta figura central de la cultura del siglo 19.

La exclusión de Betances del canon, en última instancia no puede ser comprendida sólo en el contexto de los (pre)juicios culturales presente en la definición de la identidad puertorriqueña el siglo 19 -dominada por la moderación política de los liberales-, y el siglo 20 -dominada por la hispanofilia clerical de ciertos nacionalistas-. Su exclusión del canon también derivó de su condición de separatista independentista y confederacionista, una postura que excedía los límites de tolerancia de liberales reformistas, autonomistas y conservadores. Ello justificó por mucho tiempo su supresión del panteón político oficial. El hecho de que ideológicamente tampoco encajara en las convenciones nacionalistas emergentes durante las décadas de 1910 y 1920 por su concepción de una identidad colectiva e interinsular, la antillanidad, dificultaba encajarlo en el universo plano de la canonicidad discursiva.

Los liberales reformistas, autonomistas y conservadores, como defensores de la integridad de la relación de Puerto Rico y España y francos opositores de la separación de Puerto Rico confluyeron en el proyecto de “invisibilizar” a Betances sobre la base común del respeto cándido a la hispanidad considerada madre de la expresión local. Me imagino la incomodidad de aquellos sectores ante el médico rebelde que, con refinada ironía, en lugar de referirse a España como “Madre Patria” la reducía, con plena conciencia literaria, a la condición de “madrastra patria”[6]  o, como cuando en entrevista con Luis Bonafoux Quintero en Neuilly afirmaba que no había sido España una “madre cariñosa”[7]. A la altura del siglo 21, cuando hispanidad e hispanofilia han dejado de significar algo en un mundo de identidades fluidas o líquidas, ya no debería representar un problema. Es posible que así sea, veremos.

Literatura de Betances: un contexto abierto

En la obra literaria de Betances coinciden una diversidad de tradiciones culturales complejas. Los valores del Racionalismo y la Ilustración francesas de la segunda parte del siglo 18, han sido señalados a la luz de la lectura detenida de su relato satírico “Viajes de Escaldado” (1888), traducido y comentado por Carmen Lugo Filippi (1982)[8]. La interpretación social como crítica anticlerical en el estilo de Voltaire, uno de los fundadores de la mirada moderna del mundo social, es innegable en el texto aludido el cual ha sido tratado como una reescritura creativa del texto del autor francés. De igual modo, los valores del Romanticismo alemán y británico de fines del siglo 18 y principios del siglo 19 (1820), han sido apuntados en el volumen precursor Betances, poeta (1986)[9], antología recopilada y comentada por el poeta trascendentalista y crítico Luis Hernández Aquino, y en las traducciones que hizo de algunos poemas suyos la profesora e investigadora de la Generación del 1930 Concha Meléndez[10].

Ese es el Betances de las convenciones literarias, el que se movía entre el Neoclasicismo y el Romanticismo con suma facilidad. No hay que olvidar que el bautismo de la literatura criolla regional, según se concibe en la canonicidad, se dio en medio de aquel contencioso europeo. Esa imagen de Betances literato era producto indirecto de la selección de poemas recogidos por su primer antólogo y comentarista, Bonafoux, en su clásico volumen Betances (1901). El antólogo y el antologado curiosamente, estaban coincidían en dos cosas. Ambos eran rechazados por la clase culta criolla y ambos resentían de la pusilanimidad política de esta desde una perspectiva muy europea o cosmopolita pero ciertamente dispar.

El Betances que se formó intelectualmente entre Tolosa y París, fluyó en aquellos espacios de debate entre los valores neoclásicos y los románticos, sin duda, pero no puede ser reducido a ellos. Este autor se encuentra más allá de aquel dualismo en el cual la crítica canónica ha encontrado los fundamentos de la literatura europea moderna y los de la literatura criolla (puertorriqueña) emergente. En todo caso, el esquema servirá para comprender el Betances literato de las décadas de 1850 al 1889. Pero será poco lo que diga del Betances literato de la década de 1890 quien, del relato y el poema de ocasión, había emigrado al periodismo creativo y a la reflexión crítica en el significativo registro que es su correspondencia personal.


[1] Eugenio María de Hostos (1939) Obras completas. Vol. XIV. Hombres e ideas. La Habana: Cultural S.A.: 291.

[2] Manuel María Sama (1887) Bibliografía puerto-riqueña. Mayagüez: Tipografía Comercial.

[3] Carlos Peñaranda (1878-1880 / 1967) “VI” en Cartas puertorriqueñas. San Juan: Editorial El Cemí: 49-56.

[4] Refiero al lector la lectura del panfleto Partido Nacionalista de Puerto Rico (1930-1935/ 1967) Lares. Proclamas del Nacionalismo 1930-1935. Lares: Ediciones Año Pre-Centenario de la Proclamación de la República.

[5] Paul Estrade (2017) “Louis Raymond” en En torno a Betances: hechos e ideas San Juan: Callejón: 29-33.

[6] Ramón E. Betances “Carta de París” (1876) en Haroldo Dilla y Emilio Godínez Sosa (1983) Ramón Emeterio Betances. La Habana: Casa de las Américas: 157-159.

[7] Ibid.: 365-368, y Luis Bonafoux (1987) Betances. San Juan: ICP: LXIX-LXXIII.

[8] Carmen Lugo Filippi (1982) “Betances y Voltaire: Para un Scarmentado un Scaldado (problemas de intertextualidad en un cuento de Betances)” y Ramón E. Betances Alacán, “Viajes de Escaldado” (1888) en Caribe 3.4: 115-129.

[9] Luis Hernández Aquino (1986) “Betances, poeta” en Betances, poeta Bayamón: Sarobei: 6-15.

[10] Concha Meléndez (1968) “Día y noche de Betances” en Revista del Instituto de Cultura puertorriqueña 11.40: 48-51

Otros Betances: representaciones de un revolucionario en la prensa de principios del siglo 20

Fragmento del libro inédito El laberinto de los indóciles: nueva visita (2021), publicado originalmente en Claridad-En Rojo el 28 de julio de 2021.

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda

Un evento que sin duda animó el recuerdo del 1868 fue el retorno de los restos de Betances Alacán a Puerto Rico, acto que contó con la colaboración de las autoridades estadounidenses y el gobernador colonial, el demócrata Arthur Yager quien sirvió el puesto entre 1913 y 1921. El funcionario no tuvo el menor empacho en respaldar a los nacionalistas moderados que militaban en el Partido Unión tales como Félix Córdova Dávila, Alfonso Lastra Charriez y Antonio R. Barceló, colaboradores cercanos del ejecutivo y defensores del home rule, self government, o autonomía, en una tarea cultural que iba a animar la polémica en el país.  Los autonomistas de nuevo cuño diferían en algunos aspectos de los del siglo 19. A diferencia de aquellos que lo habían visto como un adversario y un sedicioso del cual había que distanciarse, los del siglo 20 manifestaban cierta nostalgia respetuosa por la vida y ejecutorias de El Antillano por antonomasia. Aquellas voces reiteraban, en gran medida, muchas de las ambigüedades que habían caracterizado a Muñoz Rivera, un antiguo adversario de la memoria de Lares según se ha documentado; y De Diego Martínez, prominente abogado de Aguadilla defensor de la independencia con el protectorado de Estados Unidos y uno de los fundamentos de lo que luego el licenciado Albizu Campos motejó como el “nacionalismo ateneísta”.

La atmósfera del retorno de los restos poseía sus propias paradojas o antilogías que llaman la atención de quien observa el proceso con detenimiento. La primera tenía que ver con la violación de la petición de un muerto: traer aquellos despojos a Puerto Rico era atentar contra la última voluntad del fenecido líder[1]. En el inciso 15 de su testamento, cuyo testigo había sido el prominente militante autonomista ortodoxo de Aguadilla José Tomás Silva Rodríguez, Betances Alacán había sido muy enfático en que sólo “cuando llegue el anhelado día” se le devolviera a su “querido Puerto Rico (…) envuelto en la sagrada bandera de la patria mía”[2]. Sin duda “el anhelado día” se refería a la independencia y el Puerto Rico de 1921 no era soberano ni estaba cerca de serlo. Por el contrario, el país seguía sometido a la voluntad del Congreso de Estados Unidos en una relación colonial bajo los estatutos de la Ley Jones de 1917 la cual, además, le había impuesto una ciudadanía extranjera que algunos interpretaban como una promesa de integración futura como estado de la unión, mientras otros imaginaban que representaría  un problema a la hora de la organización de la independencia en caso de que una u otra se consiguieran alguna vez.  La voz del médico en aquel inciso delineaba el sabor nacionalista emotivo que presagiaba los tonos que dominarían esa tendencia ideológica según avanzaba la década de 1920 camino a la del 1930.

La segunda paradoja se relacionaba con el gobernador Yager al cual los republicanos consideraban un aliado de los unionistas y un enemigo de la estadidad para el país.  Las relaciones de aquel con los unionistas incomodaban a la jefatura estadoísta y su disposición a auxiliar en el asunto de Betances Alacán parece haber profundizado el encono. En una carta de Barbosa Alcalá a Todd Wells de marzo de 1921, el médico delataba las aspiraciones de Yager a la presidencia de la Universidad de Puerto Rico, posición por la cual ganaría unos  5 mil dólares anuales. No sólo eso. También buscaba asegurar con la negociación una posición administrativa fija para un hijo suyo como “director de emergencia y asistencia a obreros lesionados”. Todo parece indicar que Yager tenía planes concretos para la institución universitaria y que pretendía integrar el Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas de Mayagüez a la Universidad de Puerto Rico en San Juan, entre otras medidas. De acuerdo con las fuentes del líder republicano puertorriqueño el acuerdo sobre los nombramientos había sido negociado con los unionistas quienes con ello buscaban pagarle lo que este había hecho por la organización política, si uso el lenguaje de Barbosa Alcalá, “en contra del americanismo” en Puerto Rico[3]. El caudillo estadoísta concluía que aquellos hechos demostraban que no se podía contar con el gobernador Yager porque estaba “completamente entregado a los unionistas”[4], asunto que ya he comentado en una reflexión en torno a la figura de Barbosa Alcalá.[5]

La tercera paradoja tenía que ver con la figura de Lastra Charriez, entonces vicepresidente de la Cámara de Representantes, y una figura que merecería un estudio aparte más allá de la mera ficha de servicio público o la biografía laudatoria acostumbrada. Su creciente moderación política entre 1920 y 1940 lo convierte en un modelo para comprender el proceso mediante el cual un profesional, educado en el marco de una relación colonial, conseguía insertarse en las redes del poder desde el unionismo, un movimiento que se identificaba con los valores puertorriqueños, nacionalistas e independentistas, por medio de la defensa del home rule, self-government o la autonomía. En 1936 el prestigioso abogado fue parte de la defensa de los policías insulares acusados de asesinar a los cadetes nacionalistas Elías Beauchamp e Hiram Rosado en el cuartel de San Juan tras la ejecución del jefe de la policía insular Elisha F. Riggs, uno de los hechos de armas más atrevidos que el nacionalismo ejecutó durante la década de 1930. Su presencia en el estrado fue suficiente para que el testigo de los hechos de sangres del cuartel, el periodista Enrique Ramírez Brau intimidado por ella, guardara silencio sobre el asunto y no los identificara. En 1968 este aclaró en sus Memorias de un periodista que tomó aquella decisión histórica por algún favor que le debía al letrado[6]. Ramírez Brau, quien de acuerdo con algunas fuentes contemporáneas era simpatizante del fascismo italiano como tantos otros puertorriqueños de todas las ideologías de su tiempo, nunca aclaró la naturaleza del favor.[7] El comportamiento de Yager no deja de sorprender a quien lo evalúa. En un probable acto de astucia política o consciente de que sus días en el puesto se agotaban, se cuidó de ausentarse de la isla durante los actos públicos en memoria de Betances Alacán y encargó al gobernador interino, el puertorriqueño José E. Benedicto Géigel, que atendiera los mismos.

El homenaje movilizó a intelectuales estadoístas hispanófilos afines al unionismo como Cayetano Coll y Toste a la sazón Historiador Oficial desde 1912 tras la muerte de Brau Asencio; y a distinguidas personalidades de anexionismo del siglo 19 y el estadoísmo del siglo 20 incluyendo al doctor Henna Pérez, el viejo amigo, corresponsal y hombre de confianza de Betances Alacán y Hostos Bonilla; a Todd Wells alcalde de San Juan entre 1903 y 1923; y al educador y escritor Juan B. Huyke Bozello, unionista y defensor de la americanización del país, quien llegó a ser Comisionado de Instrucción entre 1921 y 1929. Henna Pérez mantenía una sana distancia del estadoísmo republicano y de Barbosa Alcalá por consideraciones que habrá que evaluar en otra investigación.  La figura central de la efemérides fue Simplicia Jiménez Carlo, la viuda de Betances Alacán, responsable de otorgar un poder para traerlo a la isla a pesar de la voluntad testada en contrario por su compañero.   

En el contexto de la década de 1920, Betances Alacán tuvo que ser reinventado y ajustado a la nueva situación. El éxito del esfuerzo no fue, por cierto muy duradero, como se verá más adelante. En su evaluación de esta figura en una velada en el Ateneo Puertorriqueño, Coll y Toste quien había sido parte de la Cámara de Delegados entre 1900 y 1902 por los republicanos, afirmaría que aquel “nunca sintió odio hacia España”, argumento que más tarde Albizu Campos repetiría acríticamente desde la tribuna del nacionalismo[8]. Coll y Toste razonaba que si la Corona Española le hubiese reconocido los “10 Mandamientos de los Hombres Libres” que había solicitado en una proclama de noviembre de 1867, jamás hubiese sufrido el ostracismo o el exilio. El historiador, para fines de consumo público, reducía el complicado trance que condujo a la insurrección de 1868 a un tema de derechos civiles que pudo haberse resuelto por medio de una discusión franca entre los separatistas independentistas y las autoridades españolas, diálogo que, en la realidad de las cosas resultaba imposible. La afirmación de que Betances Alacán había ido a la revolución “cuando se convenció que ese era el único medio de obtener la liberación del país”[9] reivindicaba la imagen de Lares como la última opción desesperada de un ideólogo afiebrado, representación que no traduce ni la lógica ni la labor concreta de Betances Alacán en aquel proceso.  El caborrojeño no había articulado la revolución tras de fracasar en una negociación formal con España sino porque, desde hacía algún tiempo, reconocía con fina ironía que España no podía dar lo que no tenía. Lares tampoco había sido resultado directo de la pasiones del dirigente rebelde porque, como confesara, se enteró de la ejecución del golpe después de los hechos.

Lo que más llama la atención de un investigador cultural de la historia política sobre los “10 mandamientos” es, por un lado, que la “propuesta”  de los rebeldes partía de la premisa de que las esperanzas de una negociación pacífica eran nulas. La Junta Informativa de Reformas de 1867 en la cual Ruiz Belvis presentó en nombre del separatismo independentista abolicionista, con el apoyo de los liberales reformistas Quiñones y José Julián Acosta y Calbo, un proyecto para la abolición inmediata de la esclavitud con o sin indemnización, no había sido una “negociación” de la naturaleza que presumía, pretendía o sugería Coll y Toste. De hecho, de los cuatro delegados de Puerto Rico en la información él era el único separatista independentista. La alianza táctica de los liberales reformistas con Ruiz Belvis se reducía al tema de la abolición porque el separatismo nunca pudo convencer a aquellos de los méritos de aquel propósito.

Otro aspecto que sorprende de los “10 mandamientos” es la ironía de que un pensador, activista y teórico eminentemente secular, heterodoxo y antiespañol solicitara con un lenguaje que apelaba al cristianismo más tradicional un cambio revolucionario, a sabiendas de que nada de lo pedía iba a ser concedido. La ironía de Betances Alacán se materializaba al final del texto cuando prometía que, si se los reconocían, estarían tan dispuestos a la revolución como si no lo hacían. Coll y Toste quería que se viese en el contenido de aquel documento sedicioso y circunstancial cargado de sarcasmo y desconfianza hacia la hispanidad algo así como una precuela metafísica de la aplicación a Puerto Rico de la Carta de Derechos de Estados Unidos después de 1898. Con ello buscaba validar la apropiación de la causa del caborrojeño como una que había sido completada con la invasión estadounidense.

La retórica del historiador oficial estaba, aparte de todo, perfectamente ajustada al escenario en que se enunciaba. Betances Alacán ya no era la figura amenazante y subversiva que había sido bajo el dominio español, era cierto. Había, en efecto, elementos de continuidad entre los derechos exigidos  por el caborrojeño en los “10 mandamientos” y los garantizados en la carta estadounidense de 1791, pero también en la declaración universal francesa de 1789. Vincular el documento con la primera y no con la segunda era una decisión ideológica apropiada al caso desde la perspectiva de Coll y Toste pero traicionaba la cultura política de Betances Alacán, un francófilo liberal y republicano declarado.[10] La tradición republicana y el respeto a la condición ciudadana eran expresiones de la modernidad compartidas por ambos polos que el ideólogo antillano hizo suyas desde muy joven. Es cierto que a la altura de 1867 la imagen de Estados Unidos era evocada con respeto por los sectores que integraban el separatismo tanto en Cuba como en Puerto Rico, aparte de sus preferencias independentistas o anexionistas. La tradición abolicionista estadounidense de la era de su guerra civil era un componente de ello que, acompañado con la presencia del capital comercial de aquel país en el engranaje de las economías coloniales antillanas y el carácter de su competencia a la injerencia española en aquellos espacios, hacía imposible evadir el asunto. Pero como se sabe, en el caso de Betances Alacán y Hostos Bonilla el respeto y la admiración no desembocó en el anexionismo abierto como fue el caso de Basora, Henna Pérez y Todd Wells, entre otros. Las diferencias, por otro lado, no parecen haber representado un peligro para la unidad de la causa separatista hasta los días de la guerra entre España y Estados Unidos por la cuestión filipina y cubana lo cual no impidió que Hostos Bonilla colaborara con Henna Pérez en la Comisión Puertorriqueña que intentó negociar una salida no colonial al problema en 1899[11].

La idea de Betances Alacán como un admirador cauteloso de los logros de Estados Unidos que, sin embargo, se oponía a la anexión pero era capaz de trabajar al lado de los defensores de ese propósito está bien documentada. Pero el respeto de la prensa estadounidense, un factor clave para la popularización de la decisión de invadir los restos del imperio español, era también patente.  En el contexto del 1898, el médico y diplomático de la manigua era mucho más visible que el liderato político autonomista moderado al interior de la colonia. El respeto a esta figura en la prensa estadounidense de los días de la invasión no puede ser puesta en entredicho hasta el punto de que algunos foros lo veían como un candidato idóneo para la presidencia de una Cuba Libre amiga del invasor y no al anexionista Tomás Estrada Palma quien acabó presidiéndola. El artículo “Betances, May Be Cuba’s First President” se publicó el 8 de septiembre de 1898 en The Globe-Republican, un semanario que acorde con la Biblioteca del Congreso[12] fue fundado en 1889 y subsistió hasta 1910, en Dodge City, Kansas[13]. Los pilares del relato periodístico son varios. Primero, llama la atención sobre los valores filantrópicos del puertorriqueño poniendo especial atención en su activismo con la Sociedad Abolicionista Secreta en Mayagüez. Es bien probable que esto se haya hecho con la intención de documentar las afinidades betancianas con el republicanismo de la era de la guerra civil estadounidense. De inmediato concluye que su abolicionismo fue la causa directa de su radical antiespañolismo. Segundo, asegura que el médico y científico era un potentado. El éxito financiero y los intereses empresariales de Betances Alacán es un tema que los estudiosos de la figura evaden o atenúan, prefiriendo  proyectarlo como el patriota empobrecido y humilde que todo lo sacrificó por los ideales políticos superiores. Es probable que para el público estadounidense el patriota económicamente exitoso fuese más atractivo que lo contrario. A ese fin en el artículo se lo compara con el Dr. Thomas Wiltberger Evans, dentista de Eugenia la consorte de Napoleón III quien tuvo una brillante y exitosa carrera como médico en aquella corte. Tercero, presume que el destierro lo convenció de los valores republicanos y de que la monarquía era un error. Lo cierto es que Betances Alacán se convenció del valor de aquella ideas en su etapa formativa y que, al momento del destierro, ya era un pensador y un activista republicano radical. Todo ello sucedió mucho antes de sus destierros. Cuarto, se le presenta como un helenista, científico, higienista, oculista y revolucionario más cubano que puertorriqueño para concluir que bien podría ser el primer presidente de Cuba Libre. El parte de prensa estaba  destinado al consumo popular y catalogaba la toma de Puerto Rico tras la invasión del 25 de julio como una campaña “brillante”. La retórica del texto, igual que en el caso de Coll y Toste, intentaba llamar la atención sobre las afinidades del invasor con los invadidos por medio de uno de sus signos más internacionalmente conocidos. Como era lo usual en estos casos, nada se decía del Betances Alacán activista antianexionista que había sido desde 1850 hasta aquella fecha.

La textualidad de la fuente dejaba claras dos cosas. La primera es que no había planes de quedarse con Cuba después de la invasión y la paz. La segunda es que no confiaban en la figura de Estrada Palma al cual el delegado puertorriqueño en París criticaba con mordacidad por su anexionismo desenfrenado. El texto parecería manifestar la poca voluntad del gobierno de Estados Unidos, dada la pujanza de las ideas anexionistas en la Cuba de 1898, de convertir aquel territorio en un estado tropical y caribeño, pero ese es un tema que habrá que indagar en otra ocasión.

Si bien la voluntad antianexionista del caborrojeño era bien conocida, ello no impedía que reconociese que tras los hechos del 1898, aún en el caso de que Puerto Rico obtuviese su independencia,  una relación material con Estados Unidos era inevitable según había ocurrido a lo largo del siglo 19. El problema consistiría en cómo aprovecharla en ventaja de su país sin cederle mucho espacio al gigante económico y militar del norte. Para Betances Alacán, sin duda, lo idóneo hubiese sido elaborar esa relación desde la soberanía y en condición de iguales y no dentro de los parámetros de una relación colonial como la que se configuró tras la paz de París, el régimen militar y la aplicación de la ley Foraker en 1900. En ese aspecto nadie puede quitarle la razón. No cabe la menor duda de que admirar y respetar a aquel país y sus instituciones, y querer evitar su absorción material e inmaterial no eran posturas excluyentes sino hijas de la misma lógica.  

El problema de la interpretación de Coll y Toste, como ya se sugirió, era que reincidía en el topos o lugar común de los liberales y los autonomistas del siglo 19: la Insurrección de Lares, que era un asunto inseparable de la reflexión sobre Betances Alacán como lo es hasta el día de hoy, pudo haberse evitado y había sido un acto azaroso e innecesario.  No debe pasar inadvertido el interés que manifestaba un segmento de la intelectualidad estadoísta de principios del siglo 20, aquellos que tenían afinidades con el separatismo anexionista previo al 1898, de integrar al discurso identitario puertorriqueño que aspiraban construir bajo la soberanía de Estados Unidos a figuras del separatismo independentista en especial su personalidad más visible y cosmopolita: Betances Alacán. Su meta, genuina por demás, era establecer la continuidad entre los procesos de liberación de uno y otro siglo precisamente porque no todos estaban de acuerdo en que los hechos posteriores al 1900 redundaran en un proceso real de liberación. Para quienes habían defendido el separatismo para la independencia, una vez anexado el país por la fuerza de las armas la estadidad, que era la culminación de la anexión, ya no resultaba confiable ni traducía la libertad. El nacionalismo emergente de las décadas del 1910, 1920 y 1930 le daría a esta noción la condición de un principio moral incuestionable. De haberse impuesto la idea de la igualación de los procesos liberadores del siglo 19 y el 20, la interpretación canónica del 1898 como un “trauma” o una “ruptura” nunca hubiese madurado. La incapacidad de imponerla discursivamente explica el florecimiento de un uso de la memoria y el pasado alternativos, que a la larga se exteriorizó en la hispanofilia in crescendo del primer tercio del siglo 20.


[1] Haroldo Dilla y Emilio Godínez Sosa (1983) Ramón Emeterio Betances (La Habana: Casa de las Américas): 374-375; y Mario R. Cancel Sepúlveda, notas (2016) “Correspondencia en la muerte de Betances Alacán. Testamento” en Documentalia: Ramón E. Betances Alacán. URL: https://documentaliablog.files.wordpress.com/2016/02/1164_betances_muerte.pdf

[2] Haroldo Dilla y Emilio Godínez Sosa (1983) Ibid.: 375.

[3] Universidad del Sagrado Corazón. Biblioteca Madre María Teresa Guevara. Colección de Documentos de Roberto H. Todd Wells, 1994. RT 1-025: 14 Carta de José Celso Barbosa a Roberto H. Todd; 1921: f. 2.

[4] Universidad del Sagrado Corazón. Biblioteca Madre María Teresa Guevara. Colección de Documentos de Roberto H. Todd Wells, 1994. RT 1-026: 06 Carta de José Celso Barbosa a Roberto H. Todd; 1921: f. 2

[5] Mario R. Cancel Sepúlveda (24 de julio de 2013) “José Celso Barbosa: un divertimento y un homenaje” en Puerto Rico: su transformación en el tiempo. URL: https://historiapr.wordpress.com/2013/07/24/jose-celso-barbosa-un-divertimento-y-un-homenaje/

[6] Enrique Ramírez Brau (1968) Memorias de un periodista (San Juan): 49-53.

[7] José Monserrate Toro Nazario (31 de mayo de 1938) “Carta…a Irma Solá”. Epigrafía, transcripción y edición por Rafael Andrés Escribano: f. 3. UPR-CPR 324.27295 T686c

[8] Francisco Ortiz Santini (1998) “Apéndices: La velada del Ateneo” en  Apuntes sobre el traslado a Puerto Rico de las cenizas del Doctor Ramón Emeterio Betances. San Juan: Casa Aboy: 87.

[9] Ibid.

[10] Sobre este asunto véase Paul Estrade (2017) “Francófilo” en En torno a Betances: hechos e ideas (San Juan: Ediciones Callejón): 291-299.

[11] En torno a este asunto refiero al lector a Eugenio María de Hostos (1969) “La primera comisión de Puerto Rico en Washington” en Obras Completas. Tomo V. Madre Isla (San Juan: Ediciones Borinquen/Ediciones Coquí): 65-94.

[12] Library of Congress. Chronicling América. Historic American Newspapers. About The Globe-republican. (Dodge City, Kan.) 1889-1910. URL: https://www.loc.gov/item/sn84029853/

[13] “Betances, May Be Cuba’s First President” (September 8, 1898) The Globe. URL: https://documentaliablog.files.wordpress.com/2016/02/1164_betances_the-globe_sept_8_1898_recorte.pdf

noviembre 4, 2020

Lares: monólogo de un historiador

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

¿Cómo interesar a la gente del presente en un evento ocurrido hace 152 años? El problema es complejo porque se trata de un hecho emborronado al paso los años. Un proceso que fue sujeto a una campaña oficial de desprestigio desde el momento de su ocurrencia, así como a un ejercicio de omisión por parte de quienes, desde posturas ideológicas distintas a las que se adscribía el acaecimiento, reflexionaron sobre aquel en su siglo, unas veces celebrándolo y otras deformándolo y caricaturizándolo.

¿Cómo aproximar a la gente del presente a la Insurrección de Lares de 1868 más allá de la mirada de conmiseración por la derrota o la de admiración por el heroísmo del riesgo que se tomaron sus figuras? ¿Cómo evitar  que se registre y codifique a sus actores como si se tratara de un martirologio? Y claro está, ¿cómo concitar a quienes apropian la experiencia desde una perspectiva despreciativa o despectiva a que ajusten la mirada? ¿Vale la pena en verdad invertir en ese esfuerzo?

El problema es complicado, ya lo asumí. Incluso el historiador profesional necesita tomar distancia del objeto que observa para volver con una imagen fresca del fragmento de pasado que le seduce. Distanciarse requiere jugar un poco a la extrañeza y estar dispuesto a dejarse asombrar otra vez por asuntos que se presumían conocidos con precisión desde hacía tiempo. Lo cierto es, lo digo por experiencia, que los contextos conocidos y las fuentes respecto a un acontecimiento como la Insurrección de Lares, comunican cosas diferentes a quienes las confrontan en la medida en que cada observador explora, desde su temporalidad y su cultura, cosas distintas en aquellas. Incluso si su búsqueda coincidiera con la de los demás nunca hallaría lo mismo:  los imperativos individuales, lo que le distingue de los demás, marcarían de modo inevitable sus hallazgos.

Historia de una historia

Mi relación con la investigación en torno a la Insurrección de Lares comenzó en la década de 1980. Fue un contacto indirecto extravagante. Germán Delgado Pasapera preparaba entonces su tesis doctoral en torno al separatismo puertorriqueño publicada bajo el título Puerto Rico sus luchas emancipadoras en 1984. Por medio de un ejercicio que ahora yo practico, Germán me comentaba al azar los avances de sus lecturas ya fuese en los pasillos, la oficina o en el salón de clases cuando le hacía alguna pregunta en torno al tema que llamaba su atención. Era una forma de organizar las ideas que bullían como resultado de sus lecturas. Loida Figueroa Mercado, ya jubilada, se ocupaba entonces con intensidad del asunto de la relación de Cuba y Puerto Rico durante la última parte del siglo 19 previo al 1898. Las figuras de Ramón E. Betances y Eugenio María de Hostos le apasionaban. Siempre que podía cada vez que se topaba con un documento, elaboraba un manuscrito o publicaba algo se cuidaba de dejarme una copia, una petición formal de lectura y una promesa de discusión. Mi relación con el tema de Lares tuvo, en ese sentido, un trasfondo emotivo y personal.

Al cabo de los años he podido “descubrir” (como historiador trato con sumo cuidado ese concepto) las fuentes en las que se apoyaban muchas de las acotaciones orales de aquellos colegas y maestros. Mis propias lecturas en torno a las cuestiones investigadas me condujeron por rutas parecidas a las suyas. En ciertos momentos durante mis lecturas, alguna inflexión retórica presente en un documento oficial o una fuente poco conocida me decía que de aquellas palabras manuscritas desgastadas, mecanografiadas y ajadas o impresas, provenían algunas de las glosas de Germán o de Loida. Aquellas reminiscencias e intuiciones me permitieron conocer mejor los procesos de pensamiento de ambos y, a la vez, reconocer la respetuosa distancia que había desarrollado frente a los maestros sin desdecir de ellos.

Revisitar los antecedentes

Aclarar los antecedentes remotos de la conjura, es decir, dónde comenzó la urdimbre que culminó en la Insurrección de Lares, siempre ha sido una interesante trampa teórica. La pasión por los “orígenes” tiene un fuerte sustrato religioso consustancial a las interpretaciones metafísicas del pasado que hace tiempo dejaron de llamar mi atención. Cuando investigué a Segundo Ruiz Belvis a principios de la década del 1980 insistí en trazar el preludio de la rebelión de 1868 en las años 1856 y 1857. Mi intención era trabar la insurrección con la experiencia contestataria del abolicionismo clandestino, la Sociedad Abolicionista Secreta y la ciudad de Mayagüez. Con posterioridad mis lecturas de José Pérez Moris y de la correspondencia del espía español Francisco de la Madrid, ubicaban el punto de partida más lejano en 1864, momento en el cual la dominicanidad del proyecto rebelde era un rasgo dominante y la cubanidad no había madurado entre los conspiradores puertorriqueños. Pérez Moris había llamado la atención sobre los hechos de 1864 en Mayagüez y no negaba la vinculación de Lares con el abolicionismo clandestino. Pero para mi gusto, los historiadores poseemos subjetividades, no le había adjudicado la relevancia que yo le confería en mi investigación sino con el fin de encontrar argumentos para estigmatizar su liderato más visible.

Los antecedentes inmediatos, acorde con el espía citado, había que ubicarlos entre octubre y diciembre de 1867. El espía asumía una conexión entre los rebeldes de Cuba y Puerto Rico. La Madrid afirmaba que “en día 4-14 o 24 de un mes que se determinaría anticipadamente pero siempre dejando uno de intermedio”, se pronunciarían en algunos pueblos de Puerto Rico y, de tener éxito, entonces lo harían algunos pueblos de Cuba. Los hechos pudieron haber detonado en octubre o diciembre de 1867 entre los días 4 y 14 o 24 de uno de esos meses. El Juez que vio la causa tras los hechos, Nicasio Navascués y Aisa,  afirmó el 29 de septiembre de 1868, seis días después de la sedición, que la conjura se urdía “desde hace más de un año …en la casa de D. Matías Brugman y Juancito Terreforte”, es decir desde el verano de 1867, en los pueblos de Mayagüez y Lares.  Los elementos en común de las tres aserciones respecto al inicio -el 1856-1857, el 1864 y el 1867- son claros: un liderato, unas localidades precisas y unas relaciones interantillanas en proceso de formación atemorizaban a España en Puerto Rico.

El asunto de quiénes eran los separatistas es un segundo problema teórico. La tendencia del discurso militante y del historiográfico formal ha sido a homogeneizar aquel sector suprimiendo su heterogeneidad ideológica. De ese punto me he ocupado en otras ocasiones. El separatismo era un amplio y diverso frente cuyos ideólogos emanaban de las clases altas y profesionales en el cual convivían separatistas independentistas federacionistas o confederacionistas; y separatistas anexionistas. Unos y otros diferían respecto a la meta final del proyecto de separación. De otra parte, los separatistas militaristas y los civilistas no estaban de acuerdo respecto a la táctica más apropiada para alcanzar la meta propuesta y manifestaban concepciones diferentes respecto al papel de la gente o el pueblo en el proceso. Entre el elitismo neto de los militaristas y el populismo romántico de los civilistas, las gradaciones podían ser muchas. Eso sí, todos los sectores ideológicos estaban contestes en varias cosas.

  • Primero, reconocían la utilidad del apoyo internacional de los adversarios de España para la causa separatista. La vida itinerante de Betances, Segundo Ruiz Belvis y tantos otros así lo corrobora.
  • Segundo, sabían que era necesario hacer propaganda en el país que pretendían sublevar, tarea que obligaba a retar la censura y las redes de espionaje del gobierno español lo mismo las de pago que las voluntarias: el choteo y el espionaje profesional compartían espacios y se caracterizaban por su gran eficacia.
  • Tercero, estaban de acuerdo en la conveniencia de organizar a los puertorriqueños para la lucha propuesta por medio de grupos o sociedades secretas a sabiendas de los peligros que ello conllevaba, aspecto en el cual la tradición organizativa masónica podía ser fundamental.
  • Cuarto, coincidían en que la violencia era ineludible. No habría victoria sin lucha armada ya fuese por medio de un golpe militar o una insurrección popular apoyada por una invasión desde el extranjero. Todos sabían que la separación de España no sería resultado de una negociación pacífica: la Monarquía no la otorgaría sin resistencia.

Las primeras tres convenciones las dictaba la racionalidad. La cuestión de la violencia y la lucha armada parecía carecer de los ribetes románticos que luego se desarrollaron alrededor de aquella experiencia. La excepción a aquella actitud eran los caídos en combate, figuras propensas a ser tratadas como “mártires”, es decir “testigos” de las causas de su tiempo. Una vez el caído era convertido en mártir, se podía tejer alrededor suyo una hagiografía o una leyenda compleja. La lucha armada en la década de 1860 era interpretada como una necesidad. El carácter inevitable de la violencia y la retórica romántica en torno a ese medio se convirtieron en componentes del imaginario separatista desde fines del siglo 19 sin que el asunto haya sido planteado como un problema interpretativo. Años después, en una carta a Lola Rodríguez de Tió fechada el 14 de agosto de 1889 Betances decía, tras lamentar la muerte de Alejandro Tapia y Rivera y citando a Helmut von Moltke, que “la guerra ennoblece al hombre”.

Desde mi punto de vista los separatistas manejaban tácticas militares propias de una guerra convencional. La guerra popular que enaltecía o ensalzaba el papel del pueblo o la gente en el proceso revolucionario era secundaria. Los separatistas en general confiaban en que el pueblo apoyaría la causa en cuanto iniciara la rebelión como si se tratara de una reacción automática cuya seguridad se sostenía sobre la convicción de que ellos, las elites y el liderato iluminado, traducían de manera trasparente y prístina la voluntad del pueblo. El peso de la responsabilidad de la revolución recaía en la minoría iluminada o ilustrada

Problemas del separatismo

Las condiciones de cualquier conjura de aquella índole eran difíciles. El Estado no se cruzó de brazos ante los separatistas que veía por todas partes desde 1808. Como ya se ha sugerido, los gastos en seguridad y “alta política” o espionaje fueron consistentes y elevados a lo largo del siglo. Los resultados de la inversión fueron excelentes: todas las conspiraciones, reales o ficticias, hasta 1868 fueron descubiertas y desmanteladas. La conjura que condujo a Lares fue monitoreada y obstaculizada desde 1867 y se asumía como algo probable desde 1864. El espía La Madrid actuaba cerca de Betances y gozaba de su confianza hasta el punto de que este le encargaba misiones concretas que aquel cumplía mientras mantenía informadas a las autoridades hispanas. En una carta de 12 de enero de 1868,  La Madrid informó que tenía “el encargo del Dr. Betances de avisarle a mi llegada a Sto. Domingo para convenir el día en que he de ir con (Juan Manuel) Macías y para otras cosas”. El confidente estaba en el círculo más cercano a Betances y tenía acceso a los secretos del movimiento. De hecho, aunque por aquella fecha se encontraba en medio de una disputa laboral con su patrono, el Estado, por atrasos en sus pagos, nunca cesó de remitir pliegos detallados de sus labores.

La eficiencia del espionaje hispano en el Caribe se ratificó cuando la insurrección tuvo que ser adelantada del 29 de septiembre al 23 una vez descubierta casualmente. Lo mismo ocurrió con la mayoría de las conjuras separatistas hasta 1898 cuando ya las circunstancias del 1868 habían quedado atrás. Todo sugiere que, sobre la base de aquella experiencia, los conspiradores o la gente dispuesta a tomarse un riesgo se redujeron, condición que facilitó su control. La vigilancia constante, como la de un ojo que todo lo ve, limitaba la difusión de sus ideas y el reclutamiento de militantes.

La diversidad, el carácter y el compromiso de los reclutas tampoco era homogéneo. Algunas de las consideraciones para que el pronunciamiento no se diese durante los últimos meses de 1867 no eran precisamente políticas. En una nota de abril de 1868, el espía La Madrid elaboró un interesante juicio sobre los conspiradores que valdría la pena investigar detenidamente. Alegaba que la manifestación programada para alguno de los días entre el 4 y el 14 de diciembre de 1867 no había podido ejecutarse como resultado del embate del huracán San Narciso del 19 de octubre y el terremoto del día de San Odón de Cluny el 18 de noviembre. De acuerdo con el espía las negociaciones de Ruiz Belvis en Chile, dirigidas a conseguir apoyo militar del gobierno de aquel país, debían ser reforzadas con un acto rebelde a consumarse en Mayagüez donde, desde mi punto de vista, había comenzado el ciclo conspirativo entre 1856 y 1857. El acto armado nunca se ejecutó. Ruiz Belvis murió el 3 de noviembre en Valparaíso y la combinación de eventos dio al traste con los planes. La cronología no encaja como quisiera el historiador -el levantamiento o Grito de Mayagüez debió ser en noviembre de 1867 cuando Ruiz Belvis negociaba en Valparaíso- pero las notas del espía son sugerentes.

Para La Madrid después de la muerte de Ruiz Belvis, del huracán y el terremoto, “los ánimos, poco esforzados” de los conspiradores se “apocaron más y más al extremo” de que, algunos militantes confiables de Mayagüez, Eugenio Cuevas en particular, escribió a Betances “preguntando si no sería un aviso de la Providencia” como el de Caracas, Venezuela del 26 de marzo de 1812. Aquel signo de tradicionalismo católico ybtemor a Dios de un conspirador de Mayagüez me parece valioso para entender la pluralidad ideológica de los rebeldes.  

El asunto es más perturbador. En su correspondencia Betances hizo algunas alusiones a los efectos del referido terremoto en un tono entre familiar, impresionista, descuidado y, en ocasiones, jocoso. Las réplicas del terremoto del 18 de noviembre de 1867 se extendieron hasta el 17 de marzo de 1868 cuando ocurrió la más grande.  Por aquella fecha Betances se encontraba con su compañera Simplicia Jiménez en Santo Tomás y, tras los hechos, viajó a Santo Domingo. En una carta a Pedro Lovera fechada en Santo Domingo el 18 de abril de 1868, le dijo al corresponsal que “el techo de nuestro aposento estuvo a punto de caer sobre nosotros. No habíamos dado Simplicia y yo cuatro pasos fuera de él cuando se desplomó.” Betances tenía una mentalidad distinta de la del militante de Mayagüez quien presumía una señal de oposición divina en los remezones. Sobre su salvación decía:  “No hubo ningún milagro en todo eso” y continuaba:  “salimos huyendo sin zapatos ella y yo y hasta en enaguas ella y yo en mangas de camisa”.

El maremoto le dio la impresión de un “mar subiendo como una montaña más blanca que las nieves del Chimborazo, bramando como un millón de leones y presentándose sobre la isla a tragársela; pero trayendo en sus crines de espuma el arcoíris de Bolívar”. Su poética alucinante politizó de inmediato la desgracia: “todavía tiembla la isla y se estremece Puerto Rico de ver a sus hijos insensibles a la servidumbre”. La señal, si alguna, del terremoto y el maremoto no era para detener la revolución sino para animarla. Tenía razón La Madrid al afirmar que “solo el Dr. Betances, enérgico e infatigable cada día más lleno de odio pensó en la revolución y continuó consagrándose a ella pero solo porque los otros no se ocupaban más que del peligro que creían ver en los continuados temblores de tierra”.

Hay algo más detrás de esos personajes o fuerzas no políticas en la conjura.  Durante el huracán de San Narciso del 19 de octubre de 1867 Betances perdió parte de sus pertenencias incluyendo un maletín de mano el cual no se describe con precisión. El neceser o estuche contenía “documentos de la revolución”. Betances confiaba en recuperar el objeto entre los escombros producto del evento tropical pero nunca dio con el mismo por lo que se presumía, y así lo sugería el espía, aquel había caído en manos del gobierno. La Madrid insistió en que Betances estaba dispuesto a tomarse cualquier riesgo a pesar de las circunstancias.

La naturaleza tropical, la sismicidad, el azar y la voluntad cambiante de los militantes estaban bajo examen entre octubre de 1867 y abril de 1868. Debo recordar un asunto más en cuanto a esto. En su mensaje oficial al pueblo tras la Insurrección de Lares, fechado el 8 de octubre de 1868, el Gobernador Julián Juan Pavía y Lacy corroboraba y manipulaba el entre juego de aquellos componentes extra políticos en el acto rebelde. Pavía, como era de esperarse, se proyectaba como un funcionario colonial comprometido con “aliviar las calamidades que, efectos naturales habían acumulado sobre esta parte de la monarquía. Bien lo habéis visto: día y noche me dediqué a remediar vuestros males…” Al huracán y el terremoto añadía otro: la “sequía que en los últimos meses se ha experimentado”. La retórica paternalista del poder siempre ha sido la misma en los últimos 152 años de coloniaje.

El gobernador afirmaba que los rebeldes habían intentado “aprovechar esta situación especial y transitoria” para, aliados a algunos venezolanos y dominicanos, y “arrastrando” a unos cuantos jornaleros, “la mayor parte por el terror”, conducir el país a la revolución. La Insurrección de Lares había sido un acto irracional y de desesperación articulado por personas dispuestas a manipular a la comunidad en aquel momento de crisis. En la instrucción de la causa fechada el 29 de septiembre de 1868 en Ponce, el Juez Navascués y Aisa había llamado la atención sobre el hecho de que la rebelión era “democrática socialista, habiéndose proclamado la República, la Independencia de la Isla, la Libertad y la destrucción del elemento peninsular”.  La retórica acusatoria del poder tampoco ha cambiado mucho en los últimos 152 años.

Lo cierto era que todos aquellos problemas “naturales” tenían un costo económico extraordinario para el Estado y un efecto emocional significativo para la gente: a algunos los animaba a comprometerse con la causa pero a otros los desanimaba e inhibía. Así re humanizada y re problematizada la Insurrección de Lares de 1868 adopta una tonalidad distinta que me informa que, quienes persistieron en el proyecto, fueron personas valiosas y atrevidas. De eso no cabe la menor duda.

La muerte de Ruiz Belvis en Valparaíso, un hecho no natural, había sido traído a la mesa por La Madrid. Este monólogo terminará con estos apuntes. Desde de mi punto de vista, Ruiz Belvis fue parte de Lares aunque hubiese fallecido 11 meses antes de su ejecución. Pérez Moris decía que un piquete con su imagen había sido utilizado en Mayagüez en los días posteriores  a la revuelta como parte de un acto de protesta en favor de los presos políticos. En mi investigación sobre esta figura sostuve que había fallecido de estreches en la uretra de acuerdo con un certificado médico autorizado por el Dr. E. C. Menckel emitido mucho después de su muerte, el 31 de mayo de 1868. La aclaración se hizo como requisito de un pleito civil de división de herencia que se llevaba a cabo en Puerto Rico.

De acuerdo con el espía La Madrid, aquel deceso había sido uno de los “golpes terribles que han sufrido los revolucionarios”. La salida de Ruiz Belvis hacia Chile obligó a Betances a “ponerse al frente de los negocios”. Igual que Pérez Moris, La Madrid insinuaba que el jefe de los rebeldes era Ruiz Belvis por lo que su desaparición física habría de producir una crisis organizativa que tampoco se ha investigado con propiedad. La consideración de quién ocuparía su lugar era otro asunto espinoso.  Su hermano, Antonio Ruiz Quiñones no satisfacía a todos. Ruiz Quiñones era “irritable” en extremo, poco mesurado y la muerte de su hermano lo había convertido en “uno de esos enemigos que es necesario dominar a cualquier costa, y que seguramente se venderá por su genio díscolo y altivo”. El talante moral que le imponía La Madrid a Ruiz Quiñones recuerda la opinión de Pérez Moris sobre Ruiz Belvis: “un hombre temido por sus mismos amigos” pero que, a diferencia de su hermano muerto, no estaba “enterado de ninguna situación”, es decir, no participaba de las grandes decisiones del liderato del proyecto porque no era parte de este. Todo parece indicar que el único que podía atenuar el apasionamiento y la violencia de Ruiz Quiñones era Betances.

En una carta a José Francisco Basora a Nueva York desde Santo Domingo, fechada el 14 de enero de 1868, Betances reconocía todos los defectos de que adolecía Ruiz Belvis pero no vacilaba en afirmar que era “incontestablemente el mejor”. Y en otra a Ruiz Quiñones en Hormigueros del 21 de abril de 1868, todavía no se había expedido el certificado del Dr. Menckel, protestaba porque no se conseguía el dinero para financiar una investigación sobre el episodio trágico de Valparaíso.

La recomendación de La Madrid era la misma de Betances. El Estado, en nombre de su seguridad, debía comisionar una “persona de confianza y sagacidad que se presente en Valparaíso como pariente de Dn. Segundo Ruiz” para que recogiera los documentos ligados a su gestión. El interés provenía del hecho de que la versión dominante entre los conspiradores y el espionaje, la cual también circuló en Puerto Rico, era que Ruiz Belvis había sido “envenenado para robarle porque así lo hace creer la carta en que un posadero de Valparaíso anuncia su fallecimiento”.

Y eso pienso estas tardes de encierro sobre Lares a apenas unos días de otra conmemoración. Saber la Insurrección de Lares de 1868 sigue siendo un proyecto en construcción. Saberla una y otra vez desde cada presente es parte de la aventura. En ello radica su riqueza.

En Hormigueros, 15 a 19 de septiembre de 2020.

Publicado originalmente en Claridad-En Rojo (22 de septiembre de 2020)

 

septiembre 16, 2020

Separatistas anexionistas e independentistas: un balance ideológico

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En una columna anterior llamé la atención sobre el hecho de que “las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas”. Los múltiples puntos de encuentro entre aquellas tres versiones de la crítica al régimen español, cada una de las cuáles correspondía a una forma de figurar la modernización, no estuvieron ausentes de choques y de rupturas. Las tres expresaban una crítica al absolutismo monárquico y reconocían su incapacidad para modernizar y adelantar el progreso en el orbe antillano.

Un balance ideológico

En el plano político, el independentismo y el anexionismo compartían valores republicanos y demandaban la separación de las islas de España y la federación o confederación con otros países, ya fuesen las Antillas o Estados Unidos. Después de 1864 y 1873, la cuestión de la esclavitud dejó de producir choques en el seno de aquel sector: la esclavitud había dejado de ser un problema tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico. Otra cosa debieron ser las relaciones con los no-blancos pero ese es un asunto que habrá que discutir en otro momento.

El autonomismo por su parte no favorecía la separación y confiaba en que la España liberal en la cual confiaba se impusiera a la absolutista ya fuese bajo la forma de una monarquía limitada o una república dispuesta a redimir las aspiraciones de los insulares. Dada  fragilidad del republicanismo en la península tuvieron que acostumbrarse a negociar con monarquistas más o menos liberales. En gran medida los autonomistas se movían al interior de un integrismo crítico y condicionado más o menos optimista con respecto de la buena voluntad de los sectores progresistas de España.

En el plano cultural e identitario, los independentistas y los anexionistas eran duros críticos de los valores hispanos aunque reconocían tácitamente que no era posible extirparlos por completo de su visión de mundo. La cubanidad, puertorriqueñidad o dominicanidad no fueron objeto de reflexión teórica formal y profunda tanto como lo fue la macro identidad regional o antillana. Es probable, habría que indagar en el asunto, que las identidades insulares formuladas desde cada una de las Antillas estuviesen siendo asociadas al regionalismo, una idea presente en la historiografía ilustrada desde Iñigo Abbad y Lasierra, por ejemplo. El regionalismo había sido un artefacto teórico que el liberalismo reformista, el especialismo y el autonomismo habían reformulado y hecho suyo. El regionalismo, que no equivalía al nacionalismo, acabó en el siglo 19 vinculándose a ideologías no separatistas de fuerte acento español.

Lo cierto es que la alternativa de la macro identidad antillana no dejaba de expresar unos fuertes vínculos discursivos con el pasado hispano. Las Antillas habían sido el núcleo inicial de Imperio Español durante el siglo 16 y el escenario de choque entre el explorador Cristóbal Colón y la Corona de Castilla y Aragón. Su nominación había expresado el sueño de los exploradores de cultura humanista respecto al mito de la Isla de las Siete Ciudades o las Islas Afortunadas y a veces las Islas de Colón.  No puede pasarse por alto que Colón y la conquista fueron un punto de intenso debate entre significados intelectuales separatistas de todas las tendencias. La reflexión dominante, el caso de Eugenio María de Hostos Bonilla es emblemático, tendía a salvar a Colón como héroe civilizador pero no vacilaba en condenar los procesos de conquista como un acto de exterminio.

En última instancia, las condiciones que legitimaban la antillanidad tenían poco que ver con el pasado remoto tal y como lo sentiría un nacionalista del siglo 20 en el marco de la idea de la “raza” y la “latinidad” como un valor. La antillanidad del siglo 19 respondía, por un lado, al hecho de que el compromiso bolivariano de apoyo a su emancipación documentable por lo menos hasta fines de la década de 1820 y representado por el General Antonio Valero de Bernabé, entre otros, había perdido credibilidad. Por otro lado, respondía a los recelos geopolíticos del presente y el futuro inmediato en que fue formulada en especial el interés de Estados Unidos en las islas para fines económicos y estratégicos. A ello habría que añadir el empuje del Romanticismo Isabelino significado en la voluntad de la monarquía española por restituir parte de su imperio perdido a lo cual,  con posterioridad, se sumó el interés creciente del Imperio Alemán en la región antillana.

Un balance de fuerzas

¿Qué papel jugó el anexionismo en la ruta del movimiento separatista que desembocó en la Insurrección de Lares de 1868? La genealogía de la Insurrección de Lares habría que trazarla, así lo hice en una biografía sobre Segundo Ruiz Belvis, hasta los años 1856 y 1857 cuando el activismo abolicionista radical y cívico se hizo visible Mayagüez y San Germán. Después del episodio que condujo a la ejecución del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) en Cuba, la presencia del anexionismo parece haberse hecho más notable. La Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico (Nueva York, 1865) y el escenario de las audiencias de la Junta Informativa de Reformas (Madrid, 1867) en torno al asunto de la esclavitud en particular demostraron varias  cosas.

  • Primero, la capacidad de cooperación que poseían los independentistas y los anexionistas a la luz del reconocimiento de que era urgente separarse de España. La conciencia separatista y el antiespañolismo eran eslabones capaces de asegurar la colaboración entre dos sectores ideológicos que luchaban por la consecución de metas estratégicas que a la larga resultaban excluyentes. Debo aclarar que la idea de “separar” para “anexar” a la federación de Estados Unidos estaba más madura a la altura de 1867 que la de separar para crear una federación o confederación antillana. La idea de la “unidad antillana” tomó fuerzas después de los estallidos de 1868 en Lares y Yara en el contexto de la amenaza estadounidense y el crecimiento del anexionismo en el seno de ambos movimientos.
  • Segundo, aunque la pregunta de cuál era el sector más poderoso dentro del separatismo, los anexionistas o los independentistas, es imposible de responder, se puede presumir cierto balance de fuerzas entre uno y otro dada la persistencia de la alianza hasta el 1900. En aquella fecha Hostos Bonilla, un independentista, y José Julio Henna Pérez, un anexionista -ambos militantes de confianza de Ramón E. Betances Alacán- pudieron colaborar para tratar de transformar la invasión de 1898 en un elemento que adelantase el progreso de la libertad para Puerto Rico en una dirección descolonizadora y racional. El ejemplo de Hostos Bonilla es sugerente porque el sociólogo mayagüezano había sido un agresivo opositor al anexionismo poco después de Lares (La Revolución 1870).
  • Tercero, habría que preguntarse cuál era la percepción que tenía el gobierno español y la comunidad puertorriqueña sobre los separatistas anexionistas e independentistas. Historiográficamente el asunto de la percepción del Estado es más fácil de aclarar que la de la comunidad. Los fondos documentales oficiales en Puerto Rico y España están llenos de registros que permiten imaginar la imaginación del poder. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, tanto la producida por autores vinculados al liberalismo, al autonomismo y al conservadurismo, volvió sobre el asunto de los separatistas de manera reiterada, actitud que refleja la relevancia que se le dio a su activismo en aquel contexto.

La amenaza anexionista

Todo parece indicar que el enemigo a temer para el gobierno español era el separatismo anexionista, actitud que contradiría el silenciamiento de ese proyecto político modernizador por la historiografía puertorriqueña.  La razón para ello debieron ser las tensiones históricas desarrolladas entre el Reino de España y Estados Unidos desde la primeras décadas del siglo 19. La aprensiones eran tan profundas que, ocasionalmente, se utilizaba el adjetivo “anexionista” como un noción inclusiva que representaba no solo a los separatistas anexionistas sino también a los independentistas y los confederacionistas antillanos. Por eso en diversos documentos conocidos, Betances Alacán y Ruiz Belvis fueron tachados con el mote de anexionistas a pesar de que nada sugiere que hubiesen defendido esa postura.  La consistente colaboración entre anexionistas e independentistas era prueba bastante para llegar a aquella conclusión.

La innegable alianza entre anexionistas e independentistas justificaba en los observadores españoles temores mayores. Se presumía que la voluntad de los “anexionistas” estaba plenamente respaldada por el  gobierno o por diversos e influyentes grupos de poder de Estados Unidos. Si bien era cierto que variados sectores de aquel país valoraban la posesión de cierta injerencia en las Antillas por consideraciones económicas o geopolíticas, el gobierno de Estados Unidos acostumbró a expresarse de manera evasiva respecto a ello, siempre a la espera de que las Antillas cayeran bajo su esfera de influencia de manera “natural” (John Quincy Adams, “Política de la Fruta Madura”, 1823). La doctrina James Monroe (“América para los Americanos”, 1823) era la expresión voluntarista de un fenómeno que era considerado inevitable o un telos.

En el preámbulo de la Insurrección de Lares, el asunto alcanzó alturas inusitadas.  Desde 1852, poco después de la ejecución de López de Urriola en La Habana, la intervención de Estados Unidos Caribe parecía ser un peligro real.  Un decreto de esa fecha del presidente dominicano Buenaventura Báez Méndez (1812-1884) conocido como “El Jabao”, en el cual se apoyaba la inmigración “extranjera” a la región, animó el recelo de que, una vez instalados en territorio dominicano los inmigrantes avanzarían sobre Cuba.  La posibilidad de que los estadounidenses utilizaran el decreto en beneficio de su expansionismo hizo que España llamara la atención a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico sobre el tema a la vez que presionó a Báez a fin de que limitara las dispensas del decreto referido.

En 1854 se temía que Báez entregara a la Bahía de  Samaná a intereses estadounidenses y que aquella posesión se utilizase como  base para aumentar la influencia de aquel país en la isla de Cuba. El expansionismo estadounidense, la presencia física de sus inmigrantes con capital, y la sintonía entre las autoridades de Santo Domingo y Washington anunciaban tiempos difíciles para Cuba y Puerto Rico que todavía seguían bajo la autoridad de España. Los argumentos de España contra la presencia estadounidense se apoyaban en consideraciones geopolíticas y económicas más que culturales.

El pugilato se hizo más intenso a fines de la década de 1850 y principios de la de 1860 cuando el espíritu del Romanticismo Isabelino, con un fuerte tono populista, abrazó el proyecto de recuperar una parte del imperio perdido durante las guerras de emancipación. El historiador Germán Delgado Pasapera en su obra clásica sobre la historia del separatismo en el siglo 19, afirmaba que en la década de 1860 el anexionismo “se movía en el clandestinaje” y que sus ejecutorias ya habían comenzado a “afectar” al independentismo. La lectura de Delgado Pasapera de aquel momento histórico tendía a evaluar al anexionismo y el independentismo separatistas como opuestos “naturales”. El peso del presente desde el cual escribía, la década de 1980 caracterizada por el Estadoísmo Radical y el polarizador “romerato”,  se proyectaba en su juicio en torno a los antecedentes ideológicos del estadoísmo y el independentismo que se manifestaba a su alrededor.

Delgado Pasapera no ignoraba la coexistencia de anexionistas e independentistas en el separatismo decimonónico. La investigación durante la década de 1980 fue rica en aproximaciones al fenómeno, esfuerzos que fueron en cierto modos censurados por la cultura historiográfica dominante entonces. Sin embargo sus juicios llamaban más la atención sobre las divergencias estratégicas que sobre las convergencias tácticas que animaban aquella alianza que, si bien había sido viable en el siglo 19, resultaba irrealizable en el 20. Para el historiador citado, el hecho de que las autoridades españolas usaran el concepto “anexionista” para representar a los separatistas anexionistas, a los independentistas y los confederacionista antillanos, expresaba una “confusión” comprensible. Con ello buscaba afirmar  el carácter protagónico del independentismo en el separatismo y el carácter secundario del anexionismo. Su “conclusión” no dejaba de ser una “presunción” indemostrable.

El Motín de los Artilleros de la capital en julio de 1867 es un excelente modelo para comprender las pesadillas que producían los yanquis de los españoles en la isla antes de la Insurrección de Lares. Para el gobernador de turno José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) el motín no se reducía a reclamos laborales sino que era cuestión una de “alta política”. El gobernador alegaba que detrás del acto había sociedades secretas separatistas que el gobierno de Estados Unidos, a través de Alexander Jourdan cónsul de esa nación en Puerto Rico, habían promovido para inestabilizar su gobierno. A ello añadía el hecho de que dos barcos de bandera estadounidense habían atracado en los puertos de San Juan, Ponce y Mayagüez los mismos días en que había estallado la sedición. Los temores más manifiestos de Marchessi eran respecto a la política expansionista de Estados Unidos y a las sociedades secretas que laboraban en la isla y en el exilio en favor, desde su punto de vista, de la anexión a aquel país y no de la independencia. Las órdenes que llevaron al exilio a Ruiz Belvis y Betances Alacán al exilio en 1867 representaban la respuesta del gobierno español a una amenaza anexionista que se presumía contaba con el apoyo de Estados Unidos.

El aislamiento del separatismo

La actividad represiva antianexionista de Marchessi sucedió a  una importante reunión llevada a cabo en la finca “El Cacao” propiedad de Luis Gustavo Acosta Calbo, hermano de José Julián. En la mítica reunión de “El Cacao” una muestra del liderato liberal reformista y separatista anexionista e independentista discutió, según se presume, las condiciones del país tras el cierre de la Junta Informativa de Reformas.  En la concurrencia había por lo menos seis separatistas.  Terminado el informe de los comisionados a Madrid y analizado el estado político de España, se debatió  la situación de Puerto Rico y el camino a seguir.  En la reunión Betances Alacán propuso la idea de organizar una revolución en la isla. La revolución en Betances Alacán era  desde 1856, concepción que hoy puede parecer romántica o cándida, un deber de todos que superaba las diferencias ideológicas. La oposición de José Julián no se hizo esperar y la concurrencia se dividió.  El liberalismo reformista se autoexcluyó de la causa rebelde.

La revolución que Betances Alacán sugería en los meses de mayo y junio de 1867 una vez evaluada la tarea ejecutada en la Junta Informativa de Reforma, que luego se conoció como la Insurrección de Lares, tendría que articularse sin el apoyo del liderato más visible del liberalismo reformista. Asimilistas y especialistas se oponían por igual a la separación de Puerto Rico de España en la medida en que confiaban, desde su  integrismo crítico, en la posibilidad de sanar una relación malsana o enfermiza y alcanzar la modernidad bajo el palio de la hispanidad.

La pregunta era ¿hasta dónde podrían contar los separatistas independentistas con los anexionistas para la revolución? Todo dependería de los objetivos estratégicos del golpe. A ese tema dedicaré la siguiente reflexión.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia (22 de agosto de 2020)

marzo 1, 2020

Marisa Rosado: impresiones de un lector

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

¿Por qué recordar a Marisa Rosado? ¿Qué nos dejó a aquellos que nos acercamos, en mi caso desde fines de la década del 1970, a su obra? Mi relación con Marisa no llamará la atención de muchos. No la conocí personalmente. Aunque durante mi carrera profesional, soy profesor e historiador, coincidí con ella en diversas ocasiones, nunca me aventuré a acercarme. No acostumbraba, tampoco lo hago hoy, abordar a figuras como aquella que siempre tenían gente a su alrededor. He vivido convencido de que al interrumpirlos sólo hubiera conseguido robarles tiempo y que aproximarme para pedirles un rato de conversación hubiera sido una petulancia. Además nunca he formado parte del circuito intelectual de la capital y, dado que vivo en el “lejano oeste” en un país en donde nada es lejano, acabé por acostumbrarme a pasar inadvertido. En ocasiones lo he lamentado, hoy es uno de esos momentos. Por eso mi reflexión sobre Marisa tiene la textura de un monólogo íntimo.

Una breve historia personal

Mi relación con Marisa se desarrolló como lector desde 1977 o 1978. Yo era un joven universitario lleno de preocupaciones políticas e historiográficas que ojeaba la “Iconografía de Pedro Albizu Campos”, una biografía gráfica del dirigente nacionalista, y una “Colección de obras” producto de un grupo de artistas puertorriqueños que giraba alrededor de aquella figura que apenas conocía. Imagen de Pedro Albizu Campos, volumen en el cual se encontraban, mostraba un balance cuyo sentido determiné más tarde. De una parte, el texto introductorio de Ricardo Alegría legitimaba la celebración de Albizu Campos por cuenta de uno de los artefactos de Operación Serenidad, el Instituto de Cultura Puertorriqueña. De la otra, una nota biográfica de Benjamín Torres y la antología de poesía organizada por José Manuel Torres Santiago con una muestra de poemas del 1930, el 1950 y el 1960 con la cual se cerraba el volumen, aseguraban un equilibrio precario entre el nacionalismo cultural oficial y el atemorizante nacionalismo político alternativo. Aquella publicación de 1973 que revisé en 1977 no me permitía ver a Marisa. Su mano estaba detrás de la selección de imágenes que llamaban mi atención tanto o más que los poemas. En ese sentido me enseñó el rostro de Albizu Campos, la huella de sus gestos y la forma que la plástica lo figuró para sacarlo de la reclusión a la cual había sido condenado tras su muerte en 1965. Mi deuda con Marisa, si alguna, comienza allí.

No volví sobre sus textos sino mucho tiempo después. Durante la primera década de este siglo 21 mi intereses historiográficos cambiaron. Si antes me había llamado poderosamente la atención la segunda mitad del siglo 19 y sus expresiones de resistencia, desde aquel momento comenzó a seducirme la primera parte del siglo 20 y las suyas. Claro que entrambas había un eslabón ineludible: el 1898. Al cabo de los años he llegado a reconocer que la reflexión de Marisa estuvo presente de un modo u otro en los dos momentos. Durante la década de 1990, junto a Aline Frambes-Buxeda y Sylvia E. Arocho Velázquez, ella había sido una de las compiladoras de El Grito de Lares. Antología histórica-literaria publicado por Libros Homines en 1999. La palabra de Marisa hacía acto de presencia en una breve “Cronología del Grito de Lares” que servía de embocadura a una serie de documentos históricos e historiográficos en torno al tema. Una muestra fotográfica y de obras de arte complementaba la figuración de la historia propuesta por las compiladoras.

En principio la fórmula de esta publicación en torno a Lares de 1999 no difería de la de 1973 sobre Albizu Campos: el texto histórico, la imagen informativa y la creativa, y la creación literaria volvían a reunirse por lo que la exposición de la cual emanaban y el libro al que conducían poseían fuertes vasos comunicantes. La idea de que la memoria del pasado debía materializarse más allá de la palabra parece haber sido una de las claves de la concepción de Marisa sobre su relación con el trabajo historiográfico. Cuando en el 2005 las mismas compiladoras difundieron “Arte y carteles puertorriqueños sobre el Grito de Lares” ya no me quedaba duda al respecto.

El otro elemento que no podía pasar por alto era que su mirada del procerato insistía en el principio de que había una continuidad irrefutable entre pasado/presente, afirmación que se expresaba a lo largo del tiempo: Lares y Jayuya, Betances Alacán y Albizu Campos, los entornos de las resistencias del siglo 19 y el siglo 20, se interceptaban constantemente en los juegos de imágenes y textos que conformaban aquellas colecciones como si la causa común que aquellos habían representado y defendido hubiese demolido toda temporalidad. Esa concepción de la imbricación de la palabra y la imagen la acompañó siempre. Las exposiciones “Albizu vigente” de 2012 y “Albizu, palabra viva” de 2013, aparte de insistir en transformarlo en un motivo estético legítimo, buscaban confirmar la continuidad asumida llamando la atención sobre la actualidad y la pertinencia que el discurso oficial y las vanguardias intelectuales habían escatimado al icono nacionalista.

La compiladora y activista político-cultural que fue Marisa penetró también por medio de los recursos de la biografía la vida de Albizu Campos, una personalidad compleja que nunca se ajustó o acopló al Puerto Rico de la era de la gran depresión, de la modernización material dependiente, de la guerra fría. Aquel pasado contencioso con el orden dominante  tampoco facilitó la adecuación de su memoria en el Puerto Rico de la post guerra fría. Mi concepción de Albizu Campos en la historia y en la memoria de los puertorriqueños había desembocado en la imagen del “desencaje”: Albizu Campos era una dislocación por su vida de activismo anticolonial y un esguince seductor a la hora de la interpretación por la volatilidad política que generaba en unos y otros su recuerdo.

Cuando en la década de 2010 dicté una serie de seminarios sobre Albizu Campos, el nacionalismo, la política y la modernización en Puerto Rico regresé a los textos de Marisa. El nacionalismo y la violencia en la década de 1930 (2007) y la versión revisada de Pedro Albizu Campos. Las llamas de la aurora (2008), cuya primera edición era del 1992, estuvieron otra vez sobre mi mesa de trabajo. Aquellos libros poseían el tipo de narrativa puntillosa y meticulosa que la historiografía historia social y económica de la década del 1970 había dejado atrás y que los debates de la 1990 motejaban como metaficciones. La labor de Marisa poseía otro valor: no descartó la mirada incisiva a la intimidad y la vida privada de Albizu Campos, elementos que siempre me han parecido de cardinal importancia para la construcción de una imagen más ajustada de personalidades como la del nacionalista de Ponce tan propensas a la mitificación evangélica o al rechazo radical. En ese sentido, mi otra deuda con Marisa tiene que ver con la apropiación narrativa de las complejidades de Albizu Campos más allá de la vida pública, más polisémico y lleno de humanidad que el que había sacado de la fuentes documentales del estado y del nacionalismo mismo.

Una valoración final

La virtudes de la obra de Marisa, son desde mi punto de vista, varias. La pasión por los “desencajes” -Lares, Albizu Campos, el nacionalismo político- que marcó su vida no es poca cosa. “Pensar” aquellos asuntos siempre ha sido y seguirá siendo un reto en este país. Ello me parece cierto lo mismo dentro que fuera del llamado ambiente intelectual. El cuidado bibliográfico y la insistencia de la autora en integrar la palabra y la imagen en el hacer interpretativo, me dice que ella era una maestra de vocación. Detrás de sus proyectos descubro la voluntad por transformar los signos de rebelión que llamaron su atención en parte integrante de la “cultura nuestra de cada día”. Si lo logró o no es en verdad irrelevante. Ningún signo del pasado puertorriqueño, ni siquiera los más cultivados por el orden, han conseguido ese rango y dudo que en algún momento lo adquieran. En Puerto Rico el “prohibido olvidar” y el “prohibido recordar” conviven en constante tensión. A la amiga de las palabras con quien dialogué en la lectura mi agradecimiento por su vida y por todas estas cosas. Esos ratos son mi tercera deuda con ella y esa sí es una deuda impagable.

Publicado originalmente en Claridad-En Rojo, el 19 de febrero de 2020.

 

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