Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 24, 2014

Los comentaristas de San Germán: una aproximación interpretativa

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

Estudios Literarios (1881), un libro producido por J. Ramón González, editor  y tipógrafo de San Germán representa un interesante contrapunto al lenguaje dominante en la literatura puertorriqueña del siglo 19.  El libro recoge los ensayos premiados por el Círculo de Recreo de San Germán en un certamen literario realizado en 1880. El jurado de aquel concurso había estado presidido por José Marcial Quiñones, una de esas voces del historiografía decimonónica descubierta tardíamente y, por lo tanto, invisible para el canon. El título completo del proyecto era  Estudios Literarios Premiados en el Certamen del Círculo de Recreo de San Germán (1880), pieza rescatada gracias al interés del colega Juan Hernández Cruz quien la puso enm mis manos en 1995 para una reedición.

La peculiaridad de aquella escritura radicaba en el manifiesto afán cosmopolita y el aliento universalista de los autores.  De una manera consciente, aquellas voces tomaron distancia del “color local” o lo “puertorriqueño”, preocupaciones presuntamente dominantes en el discurso decimonónico, para producir una escritura aséptica o higienizada en la cual lo puertorriqueño se sintetiza en la voz autoral. Los escritores de estos textos se encuentra a una distancia  extraordinario de un Manuel Alonso Pacheco, un Salvador Brau Asencio un Federico Asenjo Arteaga. Aquellos tematizaron el “color local” con una voluntad correctiva y pontificadora que rayaba en la conmiseración o el rechazo al folclor. Los comentaristas del San Germán de 1881  dan, por el contrario, la impresión de que ese microcosmos no les interesa por lo que no lo evalúan ni para celebrarla ni para condenarla.

Estudios_Literarios2Incluso, cuando tratan temas tan “puertorriqueños” como la Insurrección de Lares o los partidos políticos locales, los hermanos José Marcial y Francisco Mariano Quiñones toman una distancia prudente del asunto. En ambos parece manifestarse una actitud intelectual propia de liberales que identifica aquella frialdad y mesura con la objetividad y el desapasionamiento. Ello no impide que las emociones afloren ocasionalmente en sus textos.

Tras renunciar a la mirada del color local, se apoyan en un lenguaje propia de una historiografía  que no vacilaba en celebrar los logros del Occidente: lo que les preocupa es el juego de agentes  como la Civilización, la Cultura y la Raza, entendidas como la expresión de una unidad cultural compartida por toda la cristiandad. Del mismo modo, lo que llama su atención son las estructuras ideológicas de la Filosofía, el Arte y la Religión y su entre juego con aquellas. El ser humano concreto, la preocupación principal de la Historia Social o la Sociología Histórica de Brau, queda por completo invisibilizado en estos autores. Sus escritos están en la frontera del ensayo interpretativo, creativo o especulativo, por lo que usan procedimientos propios de la Filosofía Especulativa de la Historia, la Estética y la Teología.

Aquella actitud intelectual, sin duda, favorecía o reflejaba su moderación política y su elitismo social. Ligados buena parte de ellos al liberalismo reformista, que tanto creció tras la derrota de los insurrectos de 1868, no vacilan es expresar su resistencia, a veces temor, al radicalismo tal y como se puede deducir de una lecturas de la obra de José Marcial y Francisco Mariano Quiñones en especial.

Los firmantes de las obras premiadas son Francisco Mariano Quiñones (1830-1908), Vicente Pagán y Enrique Soriano Hernández. Los ensayos interpretativos son redactados de cara a un siglo nuevo: el 20. En el discurso de estos intelectuales convergen posturas tradicionales emparentadas con el Providencialismo Cristiano; y modernas  en especial derivadas de Racionalismo Ilustrado, el Romanticismo, la Teoría del Progreso y el Positivismo. Los tres poseían cultura compleja y rica que convergía en la apropiación de su contemporaneidad o presente como tabú: los autores aceptan que los valores modernos se enfrentan a una crisis.

La forma en que los ensayistas enfrentan la  historia materia o proceso, es decir, la situación del ser humano en el tiempo y el espacio, informa al lector sobre su visión de mundo. La historia materia o proceso es apropiada como un todo orgánico y estructurado, autónomo de la voluntad humana, caracterizada por el movimiento, la contingencia y el cambio constante (Pagán). El “motor más poderoso” del cambio constante son las ideas, a la vez que todo cambio obedece a unas “leyes de desarrollo”  que son “ineludibles” y “universales”. Eso cambios se organizan u ordenan progresivamente, etapa por etapa, conduciendo “de lo simple a lo complejo” o del “caos” al “orden” (Pagán). El movimiento la  historia materia o proceso, tiene el fin preestablecido del Progreso General de la Humanidad, la Civilización y la unidad del Espíritu Humano. La tentación de identificar a Dios con el motor del Progreso es enorme, y en algún caso no se vacila en sostener que el Progreso es la expresión de una “acción divina” (Quiñones). La “Autoridad Divina” -la acción de Dios por medio del Progreso, traduce la “Naturaleza” o el “Orden Natural” (Hernández).

Se trata de una concepción determinista plena -cada causa tiene su efecto y viceversa- que se mueve entre la tradición y la modernidad. Los pre-textos teóricos son diversos e informan al investigador sobre la red de lecturas de los escritores: Agustín de Hipona (siglo 5), Jacques Bossuet y Giambattista Vico (siglo 17); Inmannuek Kant, Friedrich Hegel y el Marqués de Condorcet (transición 18-19); August Comte, Ferdinand Tönnies y Herbert Spencer (fines del siglo 19). Las citas indirectas o directas de estos autores son numerosas.

La ‘”historia relato” o la escritura histórica, se sostiene sobre la concepción tríadica o trinitaria del pasado. La Civilización Occidental evoluciona de una Edad Antigua, a una Edad Media, a una Edad Moderna, pero también viaja o emigra de Oriente hacia Occidente tal y como lo había sugerido el historiógrafo clásico  Polibio (siglo 2 AC). Lo cierto es que la teoría de las tres edades apenas se había codificado académicamente hacia 1688, momento en el cual el profesor Christophorus Cellarius o Cristóbal Cellarius (1638-1707), la impuso en un manual de historia  por aquel entonces. Hacia el siglo 19 la teoría de las tres edades se había constituido en una celebración del poder del capitalismo y el cristianismo como signos de Occidente, por cierto.

Para los autores de San Germán, como para sus fuentes teóricas, las transformaciones de una edad a otra eran “necesarios” o “inevitables” y se explicaban sobre la base de la causalidad a veces denominada “maldición divina” y, por lo tanto, equiparada con la voluntad o permisivisas de Dios (Pagán).

Los ensayistas de los Estudios Literarios son modernos pero siguen siendo buenos católicos y, en gran medida, hijos de la Restauración y herederos del “Orden de 1815”. La Edad Media, mal conocida por aquel entonces, era salvada filosóficamente por haber sido el espacio idóneo para la invención del cristianismo católico, ideología a la cual le adjudican un papel atenuador sobre la esclavitud, sistema de producción identificado con el Imperio Romano Tardío en especial.Para Quiñones, Pagar y Hernández, lo Universal es lo Europeo primero por su asociación con el Cristianismo, y luego por su asociación al Progreso. Para estos intelectuales Oriente ha “traicionado” el Progreso y  ha dejado de evolucionar o cambiar (Quiñones).Comprender la “historia materia” mediante la “historia relato” es una tarea aleccionadora que prepara para la vida: esa es la función de la historiografía y el valor de ser historiador.

El principal elemento de divergencia tiene que ver con la evaluación del “presente” o el siglo 19 que termina.  Quiñones (1830-1908), masón y católico, en el escrito “Influencia de las Bellas Artes en el carácter de los pueblos”,  “siente” la “decadencia” producto del relajamiento de los valores morales, a la vez que afirma la finalidad pedagógica y moralizadora del Arte. De formación germánica, Quiñones es un pensador único, dominado por un pesimismo que adelanta el talante expresionista postrero. Por su parte Pagán, firmante de “Apuntes sobre la Civilización”, confía en el presente y lo “siente” como un tiempo en el cual se hace realidad la democracia. La mirada va en otra dirección. El Puerto Rico de 1880 se caracterizaba por todo lo contrario: la crisis económica y política de 1886 y 1887, es una demostración de ello. Por último Hernández,  autor de “La religión fundamento de la moral”, si bien no se expresa sobre el presente posee una peculiaridad al alejarse de ciertas convenciones. Este autor amplía semánticamente el concepto  “Religión” evitando circunscribirlo al mero “Catolicismo Español” adelantando posturas que lo aproximan a un ecumenismo intelectual que debió ser raro en el país por aquel entonces.

Los pocos datos con los que se cuenta sobre Pagán y Hernández no me permiten elaborar  una hipótesis sobre sus posturas ideológicas. Lo que sí se puede afirmar es que se trata de pensadores Modernos, Progresistas, Deterministas, Liberales, con un fuerte influjo del Racionalismo Ilustrado. Imaginan un mundo Legislado, o sea,  sujeto a Leyes Universales que son cognoscibles y que se identifican con la Naturaleza, siguiendo las doctrinas del Barón de Montesquieu. Presumen que las Leyes de Desarrollo Histórico tienen una existencia objetiva y no son meros discursos o presunciones, y están obsesionados con la Causalidad Histórica a la vez que confían ciegamente en el Determinismo. El Progresismo Idealista hegeliano es aceptado como una explicación legítima de la relación pasado presente. Y sin duda, aceptan el protagonismo europeo en la historia universal: son ideológicamente Occidentalistas o Eurocentristas Radicales que aspiran que se les perciba como europeos del mismo modo que Brau Asencio aspiraba que se le percibiese como un español.

 

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