Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

septiembre 16, 2020

Separatistas anexionistas e independentistas: un balance ideológico

  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador

En una columna anterior llamé la atención sobre el hecho de que “las fronteras entre independentistas, anexionistas y autonomistas radicales en el siglo 19 eran bastante fluidas, débiles o porosas”. Los múltiples puntos de encuentro entre aquellas tres versiones de la crítica al régimen español, cada una de las cuáles correspondía a una forma de figurar la modernización, no estuvieron ausentes de choques y de rupturas. Las tres expresaban una crítica al absolutismo monárquico y reconocían su incapacidad para modernizar y adelantar el progreso en el orbe antillano.

Un balance ideológico

En el plano político, el independentismo y el anexionismo compartían valores republicanos y demandaban la separación de las islas de España y la federación o confederación con otros países, ya fuesen las Antillas o Estados Unidos. Después de 1864 y 1873, la cuestión de la esclavitud dejó de producir choques en el seno de aquel sector: la esclavitud había dejado de ser un problema tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico. Otra cosa debieron ser las relaciones con los no-blancos pero ese es un asunto que habrá que discutir en otro momento.

El autonomismo por su parte no favorecía la separación y confiaba en que la España liberal en la cual confiaba se impusiera a la absolutista ya fuese bajo la forma de una monarquía limitada o una república dispuesta a redimir las aspiraciones de los insulares. Dada  fragilidad del republicanismo en la península tuvieron que acostumbrarse a negociar con monarquistas más o menos liberales. En gran medida los autonomistas se movían al interior de un integrismo crítico y condicionado más o menos optimista con respecto de la buena voluntad de los sectores progresistas de España.

En el plano cultural e identitario, los independentistas y los anexionistas eran duros críticos de los valores hispanos aunque reconocían tácitamente que no era posible extirparlos por completo de su visión de mundo. La cubanidad, puertorriqueñidad o dominicanidad no fueron objeto de reflexión teórica formal y profunda tanto como lo fue la macro identidad regional o antillana. Es probable, habría que indagar en el asunto, que las identidades insulares formuladas desde cada una de las Antillas estuviesen siendo asociadas al regionalismo, una idea presente en la historiografía ilustrada desde Iñigo Abbad y Lasierra, por ejemplo. El regionalismo había sido un artefacto teórico que el liberalismo reformista, el especialismo y el autonomismo habían reformulado y hecho suyo. El regionalismo, que no equivalía al nacionalismo, acabó en el siglo 19 vinculándose a ideologías no separatistas de fuerte acento español.

Lo cierto es que la alternativa de la macro identidad antillana no dejaba de expresar unos fuertes vínculos discursivos con el pasado hispano. Las Antillas habían sido el núcleo inicial de Imperio Español durante el siglo 16 y el escenario de choque entre el explorador Cristóbal Colón y la Corona de Castilla y Aragón. Su nominación había expresado el sueño de los exploradores de cultura humanista respecto al mito de la Isla de las Siete Ciudades o las Islas Afortunadas y a veces las Islas de Colón.  No puede pasarse por alto que Colón y la conquista fueron un punto de intenso debate entre significados intelectuales separatistas de todas las tendencias. La reflexión dominante, el caso de Eugenio María de Hostos Bonilla es emblemático, tendía a salvar a Colón como héroe civilizador pero no vacilaba en condenar los procesos de conquista como un acto de exterminio.

En última instancia, las condiciones que legitimaban la antillanidad tenían poco que ver con el pasado remoto tal y como lo sentiría un nacionalista del siglo 20 en el marco de la idea de la “raza” y la “latinidad” como un valor. La antillanidad del siglo 19 respondía, por un lado, al hecho de que el compromiso bolivariano de apoyo a su emancipación documentable por lo menos hasta fines de la década de 1820 y representado por el General Antonio Valero de Bernabé, entre otros, había perdido credibilidad. Por otro lado, respondía a los recelos geopolíticos del presente y el futuro inmediato en que fue formulada en especial el interés de Estados Unidos en las islas para fines económicos y estratégicos. A ello habría que añadir el empuje del Romanticismo Isabelino significado en la voluntad de la monarquía española por restituir parte de su imperio perdido a lo cual,  con posterioridad, se sumó el interés creciente del Imperio Alemán en la región antillana.

Un balance de fuerzas

¿Qué papel jugó el anexionismo en la ruta del movimiento separatista que desembocó en la Insurrección de Lares de 1868? La genealogía de la Insurrección de Lares habría que trazarla, así lo hice en una biografía sobre Segundo Ruiz Belvis, hasta los años 1856 y 1857 cuando el activismo abolicionista radical y cívico se hizo visible Mayagüez y San Germán. Después del episodio que condujo a la ejecución del militar venezolano Narciso López de Urriola (1797-1851) en Cuba, la presencia del anexionismo parece haberse hecho más notable. La Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico (Nueva York, 1865) y el escenario de las audiencias de la Junta Informativa de Reformas (Madrid, 1867) en torno al asunto de la esclavitud en particular demostraron varias  cosas.

  • Primero, la capacidad de cooperación que poseían los independentistas y los anexionistas a la luz del reconocimiento de que era urgente separarse de España. La conciencia separatista y el antiespañolismo eran eslabones capaces de asegurar la colaboración entre dos sectores ideológicos que luchaban por la consecución de metas estratégicas que a la larga resultaban excluyentes. Debo aclarar que la idea de “separar” para “anexar” a la federación de Estados Unidos estaba más madura a la altura de 1867 que la de separar para crear una federación o confederación antillana. La idea de la “unidad antillana” tomó fuerzas después de los estallidos de 1868 en Lares y Yara en el contexto de la amenaza estadounidense y el crecimiento del anexionismo en el seno de ambos movimientos.
  • Segundo, aunque la pregunta de cuál era el sector más poderoso dentro del separatismo, los anexionistas o los independentistas, es imposible de responder, se puede presumir cierto balance de fuerzas entre uno y otro dada la persistencia de la alianza hasta el 1900. En aquella fecha Hostos Bonilla, un independentista, y José Julio Henna Pérez, un anexionista -ambos militantes de confianza de Ramón E. Betances Alacán- pudieron colaborar para tratar de transformar la invasión de 1898 en un elemento que adelantase el progreso de la libertad para Puerto Rico en una dirección descolonizadora y racional. El ejemplo de Hostos Bonilla es sugerente porque el sociólogo mayagüezano había sido un agresivo opositor al anexionismo poco después de Lares (La Revolución 1870).
  • Tercero, habría que preguntarse cuál era la percepción que tenía el gobierno español y la comunidad puertorriqueña sobre los separatistas anexionistas e independentistas. Historiográficamente el asunto de la percepción del Estado es más fácil de aclarar que la de la comunidad. Los fondos documentales oficiales en Puerto Rico y España están llenos de registros que permiten imaginar la imaginación del poder. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, tanto la producida por autores vinculados al liberalismo, al autonomismo y al conservadurismo, volvió sobre el asunto de los separatistas de manera reiterada, actitud que refleja la relevancia que se le dio a su activismo en aquel contexto.

La amenaza anexionista

Todo parece indicar que el enemigo a temer para el gobierno español era el separatismo anexionista, actitud que contradiría el silenciamiento de ese proyecto político modernizador por la historiografía puertorriqueña.  La razón para ello debieron ser las tensiones históricas desarrolladas entre el Reino de España y Estados Unidos desde la primeras décadas del siglo 19. La aprensiones eran tan profundas que, ocasionalmente, se utilizaba el adjetivo “anexionista” como un noción inclusiva que representaba no solo a los separatistas anexionistas sino también a los independentistas y los confederacionistas antillanos. Por eso en diversos documentos conocidos, Betances Alacán y Ruiz Belvis fueron tachados con el mote de anexionistas a pesar de que nada sugiere que hubiesen defendido esa postura.  La consistente colaboración entre anexionistas e independentistas era prueba bastante para llegar a aquella conclusión.

La innegable alianza entre anexionistas e independentistas justificaba en los observadores españoles temores mayores. Se presumía que la voluntad de los “anexionistas” estaba plenamente respaldada por el  gobierno o por diversos e influyentes grupos de poder de Estados Unidos. Si bien era cierto que variados sectores de aquel país valoraban la posesión de cierta injerencia en las Antillas por consideraciones económicas o geopolíticas, el gobierno de Estados Unidos acostumbró a expresarse de manera evasiva respecto a ello, siempre a la espera de que las Antillas cayeran bajo su esfera de influencia de manera “natural” (John Quincy Adams, “Política de la Fruta Madura”, 1823). La doctrina James Monroe (“América para los Americanos”, 1823) era la expresión voluntarista de un fenómeno que era considerado inevitable o un telos.

En el preámbulo de la Insurrección de Lares, el asunto alcanzó alturas inusitadas.  Desde 1852, poco después de la ejecución de López de Urriola en La Habana, la intervención de Estados Unidos Caribe parecía ser un peligro real.  Un decreto de esa fecha del presidente dominicano Buenaventura Báez Méndez (1812-1884) conocido como “El Jabao”, en el cual se apoyaba la inmigración “extranjera” a la región, animó el recelo de que, una vez instalados en territorio dominicano los inmigrantes avanzarían sobre Cuba.  La posibilidad de que los estadounidenses utilizaran el decreto en beneficio de su expansionismo hizo que España llamara la atención a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico sobre el tema a la vez que presionó a Báez a fin de que limitara las dispensas del decreto referido.

En 1854 se temía que Báez entregara a la Bahía de  Samaná a intereses estadounidenses y que aquella posesión se utilizase como  base para aumentar la influencia de aquel país en la isla de Cuba. El expansionismo estadounidense, la presencia física de sus inmigrantes con capital, y la sintonía entre las autoridades de Santo Domingo y Washington anunciaban tiempos difíciles para Cuba y Puerto Rico que todavía seguían bajo la autoridad de España. Los argumentos de España contra la presencia estadounidense se apoyaban en consideraciones geopolíticas y económicas más que culturales.

El pugilato se hizo más intenso a fines de la década de 1850 y principios de la de 1860 cuando el espíritu del Romanticismo Isabelino, con un fuerte tono populista, abrazó el proyecto de recuperar una parte del imperio perdido durante las guerras de emancipación. El historiador Germán Delgado Pasapera en su obra clásica sobre la historia del separatismo en el siglo 19, afirmaba que en la década de 1860 el anexionismo “se movía en el clandestinaje” y que sus ejecutorias ya habían comenzado a “afectar” al independentismo. La lectura de Delgado Pasapera de aquel momento histórico tendía a evaluar al anexionismo y el independentismo separatistas como opuestos “naturales”. El peso del presente desde el cual escribía, la década de 1980 caracterizada por el Estadoísmo Radical y el polarizador “romerato”,  se proyectaba en su juicio en torno a los antecedentes ideológicos del estadoísmo y el independentismo que se manifestaba a su alrededor.

Delgado Pasapera no ignoraba la coexistencia de anexionistas e independentistas en el separatismo decimonónico. La investigación durante la década de 1980 fue rica en aproximaciones al fenómeno, esfuerzos que fueron en cierto modos censurados por la cultura historiográfica dominante entonces. Sin embargo sus juicios llamaban más la atención sobre las divergencias estratégicas que sobre las convergencias tácticas que animaban aquella alianza que, si bien había sido viable en el siglo 19, resultaba irrealizable en el 20. Para el historiador citado, el hecho de que las autoridades españolas usaran el concepto “anexionista” para representar a los separatistas anexionistas, a los independentistas y los confederacionista antillanos, expresaba una “confusión” comprensible. Con ello buscaba afirmar  el carácter protagónico del independentismo en el separatismo y el carácter secundario del anexionismo. Su “conclusión” no dejaba de ser una “presunción” indemostrable.

El Motín de los Artilleros de la capital en julio de 1867 es un excelente modelo para comprender las pesadillas que producían los yanquis de los españoles en la isla antes de la Insurrección de Lares. Para el gobernador de turno José María Marchessi y Oleaga (1801-1882) el motín no se reducía a reclamos laborales sino que era cuestión una de “alta política”. El gobernador alegaba que detrás del acto había sociedades secretas separatistas que el gobierno de Estados Unidos, a través de Alexander Jourdan cónsul de esa nación en Puerto Rico, habían promovido para inestabilizar su gobierno. A ello añadía el hecho de que dos barcos de bandera estadounidense habían atracado en los puertos de San Juan, Ponce y Mayagüez los mismos días en que había estallado la sedición. Los temores más manifiestos de Marchessi eran respecto a la política expansionista de Estados Unidos y a las sociedades secretas que laboraban en la isla y en el exilio en favor, desde su punto de vista, de la anexión a aquel país y no de la independencia. Las órdenes que llevaron al exilio a Ruiz Belvis y Betances Alacán al exilio en 1867 representaban la respuesta del gobierno español a una amenaza anexionista que se presumía contaba con el apoyo de Estados Unidos.

El aislamiento del separatismo

La actividad represiva antianexionista de Marchessi sucedió a  una importante reunión llevada a cabo en la finca “El Cacao” propiedad de Luis Gustavo Acosta Calbo, hermano de José Julián. En la mítica reunión de “El Cacao” una muestra del liderato liberal reformista y separatista anexionista e independentista discutió, según se presume, las condiciones del país tras el cierre de la Junta Informativa de Reformas.  En la concurrencia había por lo menos seis separatistas.  Terminado el informe de los comisionados a Madrid y analizado el estado político de España, se debatió  la situación de Puerto Rico y el camino a seguir.  En la reunión Betances Alacán propuso la idea de organizar una revolución en la isla. La revolución en Betances Alacán era  desde 1856, concepción que hoy puede parecer romántica o cándida, un deber de todos que superaba las diferencias ideológicas. La oposición de José Julián no se hizo esperar y la concurrencia se dividió.  El liberalismo reformista se autoexcluyó de la causa rebelde.

La revolución que Betances Alacán sugería en los meses de mayo y junio de 1867 una vez evaluada la tarea ejecutada en la Junta Informativa de Reforma, que luego se conoció como la Insurrección de Lares, tendría que articularse sin el apoyo del liderato más visible del liberalismo reformista. Asimilistas y especialistas se oponían por igual a la separación de Puerto Rico de España en la medida en que confiaban, desde su  integrismo crítico, en la posibilidad de sanar una relación malsana o enfermiza y alcanzar la modernidad bajo el palio de la hispanidad.

La pregunta era ¿hasta dónde podrían contar los separatistas independentistas con los anexionistas para la revolución? Todo dependería de los objetivos estratégicos del golpe. A ese tema dedicaré la siguiente reflexión.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia (22 de agosto de 2020)

enero 14, 2018

Pequeño homenaje a Eugenio María de Hostos Bonilla, siempre vivo, en su natalicio

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Eugenio María de Hostos Bonilla nació en la zona rural de Mayagüez en 1839 y falleció en la República Dominicana en 1903. La vida física del ciudadano Hostos Bonilla empieza y termina en los dos lugares que podía denominar su patria. La patria es la tierra de los padres, la que se hereda y la que se trabaja. Hostos Bonilla era de ascendencia dominicana y dedicó su vida a la búsqueda de la independencia y la libertad puertorriqueña. Su retorno a la vecina república en 1900 era una manera de volver a los orígenes.

El Hostos Bonilla de Rubildo López (grabado)

¿Quién fue Hostos Bonilla?

Aquel que se acerque a la imagen de Hostos Bonilla reconocerá en él al mayagüezano de más proyección internacional de entre todos los hijos de la ciudad. De una manera u otra el ciudadano Hostos Bonilla dejó una huella en la Europa, la Norteamérica, las Antillas y la Latinoamérica de su tiempo. Por medio de un diálogo contencioso y desde una perspectiva eminentemente Antillana e Hispanoamericana, supo responder al reto que le planteó la España Europea y los Estados Unidos de Norteamérica a las posibilidades de las Antillas y Latinoamérica de consolidar el proyecto más importante del siglo 19: su independencia y su libertad. Aquel esfuerzo fue una de las formas que tomó el desigual diálogo entre el norte y el sur en aquel siglo tan determinante para la figuración de las identidades nacionales según las conocemos hoy en día. Hostos Bonilla supo llevar aquellos combates balanceándose entre la furia y la serenidad. Reconocía que el sur, las Antillas e Hispanoamérica, si bien eran víctimas coloniales de las potencias del norte, también tenían una deuda histórica con aquellas que no podía ser borrada: era una deuda material e inmaterial producto de la historia.

Una personalidad excepcional

Hostos Bonilla fue hijo de un funcionario de la ciudad que, con mucho esfuerzo, lo envió a España a estudiar. Formado en Derecho, carrera que no pudo culminar, el mayagüezano completó su educación como un autodidacto. Su interés por las corrientes de pensamiento innovadoras de su tiempo fue enorme:  aprendió de las teorías científicas positivistas de origen francés y de las teorías pedagógicas relacionadas con el krausismo alemán. Filosóficamente Hostos Bonilla se afilió a aquellas tendencias y ayudó a producir una síntesis original de las mismas, el krausopositivismo, un sistema interpretativo que reforzaba la confianza en el progreso y el futuro de la humanidad, a la vez que reafirmaba la necesidad del compromiso humano con el cambio. Las armas principales del krausopositivismo eran la educación, la racionalidad y la confianza en que la voluntad y capacidad para hacer la libertad, el estado natural del ser humano, anidaba de manera potencial en cada uno de ellos y podía ser desarrollada.

Políticamente Hostos Bonilla era un activista antimonárquico que defendía las virtudes de los sistemas republicanos representativos. En una primera fase de su vida, confió en que una España republicana sería capaz de proteger la integridad de las Antillas en su seno. Pero desde 1869, un año después de la Insurrección de Lares, abandonó ese propósito y viajó desde París hasta Nueva York con el objeto de promover la independencia y la Confederación de las Antillas. Su ruptura con España en 1869 fue el bautismo de fuego del Hostos Bonilla que hoy se recuerda. Hasta el día de su muerte en 1903, su norte fue ese. En las cátedras, en la prensa o en el campo de combate, al cual intentó sin éxito acceder, Hostos Bonilla siempre fue el mismo y, al igual que en el caso de Segundo Ruiz Belvis o Ramón E. Betances Alacán, sus manos olían lo mismo a humanidad que a tinta o pólvora.

Hostos Bonilla en la historia de Puerto Rico, las Antillas y Latinoamérica

Para Puerto Rico y para las Antillas, Hostos Bonilla, junto a Betances Alacán, José Martí Pérez y Gregorio Luperón, representa la síntesis de varios consensos. Uno que tiene que ver con la urgencia de que las Antillas todas, Mayores y Menores, se salven de la dominación tanto de Europa como de Norteamérica.  El otro tiene que ver con la importancia de construir la “independencia absoluta”, un proyecto democrático real y no un remedo imperfecto o una “media independencia”, como lo nominaba Betances Alacán. La independencia que se proclamó en Lares, Yara y Baire, era vista por aquellos pensadores y activistas, como el inicio de un largo camino hacia la “independencia absoluta” o la libertad, y nunca como el fin último de sus luchas. Para garantizar ese objetivo había que disponer de los recursos del republicanismo, de los valores ciudadanos democráticos y de la organización de una Confederación Antillana de pueblos soberanos capaces de enfrentar de tú a tú al norte, fuese representado por Estados Unidos, España o cualquier otro poder imperialista agresivo.

Para Latinoamérica, a la que ocasionalmente Hostos Bonilla denominó Colombia en homenaje al descubridor y al proyecto unitario del libertador Simón Bolívar y Palacios de la “Gran Colombia”, el intelectual no aspiraba nada distinto. Hostos Bonilla, Betances Alacán, Martí Pérez y Luperón, reconocían que en la Latinoamérica independiente había mucho por hacer en la ruta hacia la “independencia absoluta”. Para los defensores de la Confederación de la Antillas, estos territorios considerados pequeños debían constituirse en un modelo republicano y democrático que adelantara la unidad hemisférica o continental. La vocación antillana tenía, por lo tanto, un aliento universalista notable.

Hostos Bonilla, la literatura y la sociología

Para valorar a Hostos Bonilla bastaría con lo que ya se ha dicho. Una vida dedicada a la causa de la libertad humana y de su país no es poca cosa. Pero el pensador también dejó escritas algunas de las mejores páginas del periodismo crítico, de la narrativa reflexiva y postromántica puertorriqueña del siglo 19. Las novelas La tela de araña (1863) y La peregrinación de Bayoán (1864), los relatos incluidos en Inda, Libro de mis hijos y Cuentos a mi hijo (1878), y las narraciones sueltas “En barco de papel” (1897) y “De cómo volvieron los haitianos” (1901), son un ejemplo de ello. A pesar de la escasa difusión que sus textos narrativos han conseguido, una lectura detenida de ellos informa al lector de que el mayagüezano siempre concibió la narrativa creativa como un ejercicio que debía estar al servicio de las grandes causas sociales.

Como sociólogo o científico social Hostos Bonilla fue parte de una vanguardia única. Sus textos sociológicos son una aportación única a la evolución de una disciplina que acababa de nacer en el siglo 19.   Hostos Bonilla fue un sociólogo clásico de “segunda generación” que se relacionó con aquella ciencia social emergente en la década de 1860. Su obra sociológica ha sido considerada como una expresión crucial para la “pre-sociología” hispanoamericana, y el Tratado de sociología (1883/1904) como una pieza esencial para la “fase fundacional” de la “sociología hispanoamericana”. El Tratado de Moral y la Moral Social, ambas impresas en Santo Domingo en 1888, y el Tratado de Sociología, volumen editado en Madrid poco después de su deceso, recogen la parte más significativa de ese acervo. En este último título se incluyó el “Resumen de la sociología” en 15 lecciones dictadas en 1883 en República Dominicana, y las “Notas” de un curso firmadas en 1901 también en aquel país.

Eugenio María de Hostos Bonilla, como cualquier figura del pasado, no vive a menos que se le recuerde. Su residencia permanente es la memoria de la gente del presente. Recordar no es suficiente. Es fundamental hacerlo significativo para el hoy, actualizarlo. Mi mayor deseo es que este comentario sirva para ese fin.

julio 16, 2015

Ramón E. Betances Alacán: el separatismo y las izquierdas. Primera parte

 

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Betances Alacán y el republicanismo radical

Ramón E. Betances Alacán siempre fue un republicano radical. El norte de su interpretación político filosófica, era el mismo de los sectores más exigentes de la Revolución Francesa de 1789. El activista aspiraba a la demolición de la monarquía y al reconocimiento del poder efectivo de un tercer estado por oposición a la clerecía y la nobleza, el primer y el segundo estado en ese orden, que se confabulaban para sostener un orden considerado retrógrado. El republicanismo radical francés aspiraba a un gobierno administrado por las mayorías productivas, por oposición al control que la iglesia y la aristocracia, dos minorías improductivas, poseían de las estructuras de poder en las monarquías tradicionales. El republicanismo radical francés llamaba la atención sobre la necesidad de la participación ciudadana en las decisiones de poder y, con ello, confirmaba la autonomía del ciudadano ante el estado y concebía a aquel ente  como un sujeto de derecho y no como un súbdito o sujeto de otros. Aquella fue la base de una concepción de la soberanía del pueblo que se impuso en el ideario burgués la cual le daba mucha relevancia a una concepción de la libertad apoyada en la ley secular. Se trataba de una propuesta revolucionaria en el plano de las relaciones de clase, las relaciones de poder y la concepción del Estado.

La situación privilegiada que poseían la clerecía y la nobleza en la Francia  de 1789 no era muy distinta de la que poseían en la España de 1868. La idea de que la Monarquía Española era un orden retrógrado que no merecía la confianza de los liberales cuya estructura debía ser revisada con profundidad resultaba legítima y los que así lo proponían eran considerados subversivos, laborantes y revolucionarios. Betances Alacán encaja de manera diáfana en los parámetros del revolucionario burgués formado en el crisol de la tradición de 1789.

 

"Betances" (detalle) dibujo de Andrés Hernández García

“Betances” (detalle) dibujo de Andrés Hernández García

Betances Alacán y el republicanismo antillano: particularidades

El republicanismo y el anticlericalismo de Betances fueron posturas inseparables en un pensador y activista identificado con los valores seculares del siglo de la ciencia y el capitalismo modernos. En ambos casos se trataba de actitudes de avanzada o progresistas en el contexto concreto de la Europa en que surgieron y en la cual se formó cultural y profesionalmente el pensador y el científico caborrojeño. Si aquellas posturas resultaban todavía chocantes para la cultura tradicional europea a la altura de 1850, imagínense cuanto escándalo podían producir en el Puerto Rico de aquella época entre los sectores que detentaban el poder en nombre de la hispanidad.

Lo cierto es que el entorno concreto en el cual le correspondió vivir y combatir a Betances Alacán, poseía unas características particulares. El Puerto Rico antillano del siglo 19 seguía siendo una colonia de una de aquellas monarquías obsoletas y senescentes que se había mantenido al margen de la ola separatista que tuvo su mejor momento entre 1808 y 1824. El republicanismo de Betances tenía que enfrentar el doble dilema de la monarquía española y la condición de sumisión colonial de su provincia, con el aliciente de que el poder concreto era legitimado por las estructuras de una Iglesia Católica sumisa a la Corona de la cual dependía.

Defender la república española en España era una cosa. Pero ser republicano en Puerto Rico era un poco más complejo. En España se podía ser republicano e imperialista a la vez. El liderato más radical de la Revolución Gloriosa lo sabía porque lo era. En Puerto Rico se podía ser republicano y defender que Puerto Rico siguiera siendo español, es decir, condonar la relación y ser integristas. Pero también se podía ser republicano y ser anticolonialista. En ese peligroso territorio es donde se ubica Betances Alacán a la luz de la experiencia separatista independentista Hispanoamericana. Ser republicano integrista y ser republicano separatista representan dos niveles de interpretación distintos. El panorama ideológico de Puerto Rico ofrece modelos para toda esa diversidad de posturas. Eugenio María de Hostos, en el contexto de la Revolución Gloriosa, defendió la república para España y el integrismo, actitud a la que pronto renuncia. José Celso Barbosa fue republicano pero nunca abogó por el separatismo, defendió el integrismo pero no vaciló en reinvertir su respaldo a un invasor en 1898. Betances Alacán fue republicano y separatista que se oponía “minotauro americano” por consideraciones más geopolíticas y económicas que culturales. La diversidad del republicanismo radical era infinita.

El separatismo que Betances Alacán configura entre 1856 y 1868 para Puerto Rico como se habrá visto de los hechos de Lares, es afirmativamente republicano pero no pretende resolver el problema de la monarquía en España y más bien se aleja de ese tema: la república de Puerto Rico se hará separada de España y no se conseguirá dentro de ella como una emanación. El gobierno que la insurrección estableció en 1868 tenía la fisonomía de un proyecto republicano. El republicanismo radical de Betances Alacán se complica en el entorno antillano en la medida en que se hibrida con el separatismo independentista. El dilema parece resuelto en 1868 para aquel puñado de teóricos: primero se hará la separación y la independencia y, una vez librados de la monarquía hispana, estarían en condiciones de echar las bases de la república radical antillana.

En la última mitad del siglo 19, con el desarrollo del capitalismo al calor de la segunda revolución industrial, el republicanismo radical  se aproximaba discursivamente a las propuestas democráticas radicales que habían sido la base del socialismo moderno lo mismo en su versión francesa que alemana. La Revolución Francesa fue una revolución burguesa que también fue el semillero de las ideas anarquistas, socialistas e igualitarias más visibles del siglo 19. Los republicanos radicales aspiraban a superar la demagogia liberal que vedaba la participación de los sectores productivos en el ejercicio del poder en nombre de la democracia popular más exigente. En gran medida, aquellos sectores resentían los efectos inmovilizadores sobre el individuo social o ciudadano, que producía la praxis del poder coercitivo de los estados nacionales centralizados y fuertes.

Sobre la base de ese criterio filosófico -la resistencia a la coerción del estado fuerte- el republicanismo radical europeo se acercó a las propuestas federalistas y confederacionistas. El punto en común entre todas aquellas miradas era una concepción de que las unidades de poder, a fin de que fuesen más justas y más efectivas, debían ser más pequeñas. Las posibilidades de la participación del individuo o el ciudadano en la res publicae eran mayores bajo aquella circunstancia. Democracia radical se identificaba con la participación directa y la autogestión. Esa había sido la lógica de la Comuna de París  de los días de marzo a mayo de 1871. Me parece innegable que también fue la lógica del sociólogo teórico Hostos cuando ideó la Liga de los Patriotas en 1898 en Nueva York y la puso en práctica en Juan Díaz y Mayagüez durante los primeros días de la presencia americana aquí: preparar para la vida cívica y la soberanía sería posible sobre la bases de unidades pequeñas. Las luchas contra el estado nacional coercitivo, el producto neto más emblemático de la revolución burguesa, dependían de la instauración de micropoderes autogestionarios eficientes. Federalistas, confederacionistas, anarquistas, socialistas, igualitarios convergía en esa posición al estado nacional como signo del orden burgués y capitalista.

Los republicanos radicales como Betances Alacán que acabaron por defender el separatismo y la independencia, dadas aquellas coincidencias interpretativas, estuvieron en posición de dialogar con una diversidad de ideologías con las que compartían algunos de aquellos principios. En el ambiente en el cual el caborrojeño se movía -París- los contactos con anarquistas, anarco sindicalistas y los socialistas de tradición francesa o alemana estaban al alcance de la mano. Es como si el puertorriqueño buscara en los márgenes político-sociales y las periferias  ideológicas, apoyo para enfrentar un centro dominante. La actitud es paralela al proceso a través del cual, por su anticlericalismo, se ordena masón y afirma un secularismo crítico e inteligente que todavía hoy sorprende a sus investigadores. La intrincada red de relaciones concretas de Betances Alacán con aquellas izquierdas a fines del siglo 19 ha sido apuntada con suma precisión por el investigador francés Paul Estrade y no estuvo exenta de contradicciones como se verá en otro momento. Lo cierto es se trató de acercamientos esporádicos y tácticos que se apoyaban en la necesidad política de ambos extremos. Los republicanos radicales y los demócratas aspiraban a fines parecidos a los anarquistas y socialistas de todo tipo. Pero los primeros seguían mirando el problema del siglo desde la perspectiva de la política, el estado y el ciudadano; mientras que los segundos la apropiaban desde la social, el mercado y el productor directo.

mayo 29, 2015

El 1898, la alternativa radical y el apogeo del estadoísmo

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

El separatismo puertorriqueño del siglo 19 fue un semillero de proyectos innovadores. El anexionismo, el independentismo, y el confederacionismo en todas sus dimensiones culturales, ya fuese hispanizante o pluricultural, surgieron del seno del separatismo. Las interconexiones entre aquellas propuestas fueron numerosas. El separatismo confederacionista, por ejemplo, se propuso la integración de las Antillas a Estados Unidos o a la Gran Colombia. Su interpretación como una forma del anexionismo más allá de la Nación es legítima. Pero la construcción de una confederación soberana no le fue extraña. La necesidad de asegurar la independencia de las pequeñas naciones ante la rapacidad de los imperios Europeo-Americanos, explicaba su disposición a disolver la nacionalidades en un hipernacionalismo nntillano de lógica kantiana.

Los fundamentos del separatismo eran simples: había que apartarse de España a toda costa por el carácter retrógrado de las prácticas políticas, jurídicas y económicas hispanas. La Monarquía representaba la negación del Progreso y la Modernidad. La forma final que tomara la Res Publicae, no era una prioridad, por lo que el asunto de la anexión o la independencia futuras, fuese individual o colectiva, resultaba lesivo para la causa. Las cuestiones de táctica y estrategia estaban sobre la mesa: lo que importaba era la separación. Lo demás podía esperar.

La riqueza ideológica del separatismo, sin embargo, ha sido obscurecida por la insistencia a vincularlo con el independentismo y el nacionalismo, tal y como maduraron en la segunda parte del siglo 19. Se confía más en el testimonio de Ramón E. Betances que en el de Roberto H. Todd, con un cierto maniqueísmo simplificador. Por otro lado, si anexión e independencia eran los extremos ideológicos en disputa, el balance de ambas dentro del separatismo nunca se ha discutido. La idea de que el anexionismo dominó el separatismo puertorriqueño, como ocurrió en ocasiones en la experiencia cubana, sigue siendo una aporía para la interpretación nacionalista, pero no deja de ser una idea tentadora.

En mayo de 1868, el Gobierno Superior Civil de la Isla de Puerto Rico sospechaba que la conjura que se cernía sobre Puerto Rico y Cuba, la que condujo a los gritos de Lares y Yara, buscaba la anexión a Estados Unidos. Se sospechaba que los activistas de Nueva York mantenían un comité en Madrid. El separatismo anexionista de 1868 se nutría del mito de la América Libre joven y poderosa, capaz de retar a la “vieja Europa (…) llevando adelante la célebre doctrina Monroe”. Aquellos ideólogos estaban lejos de concebir a Estados Unidos como un imperialismo amenazante. Se sostenía que el futuro de las islas había “sido trazado por la sabia mano de la naturaleza”, el Dios de la Ilustración. La imagen de que cierto Destino Manifiesto Antillano se hallaba detrás de la ansiedad anexionista, no resulta excesiva. La anexión era inevitable por dos razones: por su “posición geográfica”, y por las “necesidades de la política”.

El temor de que “los voraces yankees nos absorverían” (sic) era ridiculizado. La argumentación era terminante: “los que temen la absorción tiemblan ante una quimera forjada por su propia mente”. El argumento cultural que esgrimía la oposición no tenía validez alguna para estos teóricos, ante los beneficios políticos y económicos que reportaría. Lo que estaba detrás de la tesis anexionista era la esperanza de que la integración de Puerto Rico y Cuba a Estados Unidos, fuese por el mecanismo que fuese, las liberaría del empantanamiento histórico-social, y las pondría en la ruta del Progreso y la Modernización. Como decía Betances en otro contexto, España no podía dar lo que no tenía. La anexión era la garantía de la libertad, el sueño hegeliano y liberal, incluso si Estados Unidos tuviese que recurrir al vulgar recurso de una compraventa como se propuso bajo la administración de James Buchanan (1857-1861).

1898_1_NY_TimesEn 1903 el intelectual puertorriqueño J. J. Bas publicó el artículo “La Confederación Antillana” en respuesta a unos cuestionamientos del señor Carlos Casanova. Bas era un hostosiano y un confederacionista convencido. Pero el contenido de su confederación tomó otro cariz tras la separación de España. El periodo pos invasión cambió el lenguaje político radicalmente. Para Bas, la unidad de Cuba y Puerto Rico sería la clave de una futura Unión de las Antillas. En ello no difería de Betances o de Hostos. Bas decía que la Confederación era “cosa tan fácil, como que la hacen los Estados Unidos”. La ruta de la idea había hecho su periplo: de gestión de los Antillanos, la Confederación había evolucionado a gestión del Congreso y la Presidencia. El acicate de unas Antillas Unidas estaba ligado al hecho de que, en ambos territorios, Estados Unidos había hecho de las suyas, diseñando una relación neocolonial en Cuba, y concretando el tutelaje colonial mediante la Ley Joe Foraker de 1900 en Puerto Rico. Lo mismo en 1868 que en 1903, la culminación del relato liberal -la libertad- se consumaba de modos que contradecían el imaginario romántico de la lucha heroica por la independencia. La libertad se equiparaba a la integración al “otro”.

Un problema de la interpretación de estos asuntos en la historiografía puertorriqueña ha sido que la conveniencia o inconveniencia de un proyecto político como la anexión, se evalúa a la luz de una complicada postura moral. El compromiso de defenderla u oponerse a ella se convierte en una camisa de fuerza. Filosóficamente, se plantea un problema mayor: ¿puede la sujeción de la nación al “otro” leerse como la consecución de la meta de la Libertad? Es cierto que para los anexionistas esa pregunta es fácil de responder. Pero para los independentistas, la idea de la Libertad y la de la anexión son mutuamente excluyentes.

Una (re)visita a la opinión vertida al filo de la invasión del 1898 por los testigos del proceso podría resultar interesante. Prescindir de la postura nacionalista que ve la anexión como una opción retrógrada y reaccionaria, resultaría saludable. La condición de la independencia como signo exclusivo de la idea de la Libertad, limita las posibilidades de interpretación de un proceso complejo que sigue despertando pasiones entre los comentaristas.

La conmoción del 1898 produjo un fenómeno interesante: las voces públicas más visibles de la elite política local favorecieron la anexión y solicitaron la estadidad para el país. La anexión había sido un concepto quefijaba el protagonismo del proceso en Estados Unidos: o nos invaden o nos compran, qué más da. La Estadidad-Statehood o “condición de estado”- traducía la situación a un lenguaje jurídico. No bastaba con ser anexados: la invasión de 1898 lo había hecho, pero la estadidad no estaba en el horizonte. Los anexionistas convencidos como José Celso Barbosa, tuvieron que reconocer que el camino hacia la Libertad no estaría exento de tropiezos.

Un lugar común en la historiografía del 1898, una vez aclarados los nudos de resistencia a los invasores, es reconocer la celebración del hecho una vez consumado. La elite política local alcanzó un tipo peculiar de consenso. Luis Muñoz Rivera y José De Diego, que habían militado en el Partido Unión Autonomista; Barbosa quien dirigió el Partido Autonomista Ortodoxo, se acomodaron de inmediato a la nueva situación. La petición de que se diera a Puerto Rico la “condición de Estado”, figuró en el programa del partido Republicano y del Federal. Del mismo modo, el liderato de la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano, encabezado por Julio Henna y el señor Todd, coincidieron. Los Separatistas fueron consecuentes con su actitud: ofrecieron su “Plan de Invasión” y un cuerpo paramilitar de apoyo -los Porto Rican Scouts– a los invasores. Incluso, informaron sobre las defensas de España en Puerto Rico en la Oficina del Secretario de la Marina, Theodore Roosevelt, y en julio de 1898, Antonio Mattei Lluveras y Mateo Fajardo Cardona, presionaron para que los exiliados acompañaran a los americanos en la aventura. Como organización la Sección… se comprometió a no solicitar la soberanía tras la invasión. El mismo Betances en una carta escrita a Henna el 16 de abril de 1898, desde su lecho de enfermo en Arcachón, Gironde, llegó a afirmar que “valdría más llegar a formar un estado en la Unión que seguir siendo españoles”. En esto no difería nada de los anexionistas de 1868.

La culminación de la anexión con la estadidad disfrutó también del apoyo popular: artesanos y obreros urbanos, los ensoñados herederos de los libertos de 1873, abrazaron con sinceridad el ideal. Numerosos trabajadores diestros y no diestros de la ruralía, mostraron una inusitada confianza en que la democracia americana reconocería sus derechos laborales y restablecería el orden. La clase profesional y una parte de la intelectualidad, confiaron en la promesa de Progreso lanzada por los estadounidenses. Incluso las “fuerzas vivas” de la colonia, los productores de azúcar, café, tabaco y frutas, la vieron como una oportunidad para el crecimiento. Los azucareros pensaron que la nueva soberanía podría sacar a la industria de su larga crisis. Y los caficultores y torrefactores estuvieron contestes en que después de la paces, se abriría el mercado del café en aquella nación. Resulta interesante la plasticidad de los boricuas de entonces. En Ponce los comerciantes medianos y pequeños, intentaron adaptarse con celeridad al cambio y comenzaron a presentar sus ofertas en inglés con el propósito de atraer / seducir al invasor / consumidor. Atribuir estos hechos a la confusión o al arribismo político, resulta insuficiente.

Es cierto: el 1898 significó una cosa para el 1930. Pero el 1898 del 1898 identificó la invasión con el esperado sueño de la modernización. Lo que me parece es que, para los puertorriqueños del 1898, el evento significaba que se cerraban las puertas de la independencia y de la autonomía. Incluso, intelectuales de la talla de Rosendo Matienzo Cintrón y Rafael López Landrón, llegaron a conceptualizar el 1898 como una revolución única porque se trataba de una revolución sin sangre. Pare ellos el 1898 equiparaba y superaba al 1789 francés. En el fondo, ambos pensaban el problema como los anexionistas del siglo 19, y como aquellos y como Betances, manifestaron un vigoroso menosprecio al carácter retrógrado y oscurantista de España.

La impresión que queda al cabo es que la estadidad fue no solo la respuesta colectiva más visible, sino la alternativa radical a la desaparición de la soberanía española en 1898. Aquel era el momento para anexar a Puerto Rico sin la menor resistencia. En ese sentido, la conveniencia de la anexión y la estadidad, y su conexión con el relato liberal, debe ser reevaluada desapasionadamente. Si el Puerto Rico que la reclamaba era masa amorfa o pueblo consciente, es indiferente. Se trata de una consideración que enmascara el hecho de que la imagen de la estadidad en 1898 y hoy, son distintas. La pregunta que queda en el tintero es ¿cuándo la estadidad dejó de ser la alternativa radical? A esa pregunta intentaré responder en otro momento.

 

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 23 de Septiembre de 2011.

abril 23, 2015

Betances y Puerto Rico en el momento del auge del autonomismo (1880-1889). Primera parte.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Escritor e historiador

Betances y el exilio

Ramón E. Betances Alacán se fue de Puerto Rico en 1867 poco después de haber sido citado por el gobierno español como parte de la campaña articulada tras el abortado motín de los artilleros de la capital con el cual el caborrojeño no tenía ninguna relación. Aunque algunas fuentes lo ubican en la isla en 1869 como parte de su trabajo clandestino, nada se ha hecho para demostrar la verdad de aquella aseveración. Lo cierto es que en aquel año, España consiguió que el gobierno danés vedara su entrada a Saint Thomas, puerto más cercano a Puerto Rico donde podía recalar el médico. Se sabe que salió de las Antillas en 1872 y que retornó para ciertos fines conspirativos sin consecuencia en 1875. A partir de aquella fecha, estableció su residencia en París, se dedicó a su profesión y a elaborar una diversidad de proyectos empresariales que hablan muy bien del dinamismo de esta personalidad.

Ramón E. Betances y Antonio Cabassa Tassara (1860)

Ramón E. Betances y Antonio Cabassa Tassara (1860)

Su relación con Puerto Rico se redujo dramáticamente. Betances nunca pudo regresar a su país a pesar de que, tras la amnistía de los acusados por la insurrección de Lares durante el Sexenio Liberal, llegó a presumir que la misma podía haberlo amparado. Su ausencia no se explica por el desinterés sino por la imposibilidad de la misma. La conexión de Betances con la Antillas se limitan a lo posible: Cuba y República Dominicana ocupan sus horas cuando las circunstancias se lo permiten. En lo que a Cuba respecta, entre 1877 y 1878 laboró para la “Sociedad de la Quinina” que apoya a los rebeldes cubanos durante la Guerra de los 10 Años (1868-1878). En 1878 dirigió un “Comité Intransigente” que se oponía al Pacto de Zanjón que puso fin a aquella confrontación. Y, durante la Guerra Chiquita (1879-1880) respaldó a los rebeldes encabezados por el Gen. Calixto García Iñiguez (1839-1898). El fracaso de aquel esfuerzo rebelde cerró un ciclo que no volvería a abrirse hasta 1895.

En cuanto a la República Dominicana, entre 1882 y 1884, Betances funge como Primer Secretario de la Legación Diplomática Dominica en París y sirve de enlace para los asuntos de ese país en Londres y Berna. Su excelente relación con Mons. Fernando Arturo Merino (1833-1906) y el Gen. Gregorio Luperón (1839-1897) fueron clave a la hora de que se confiara en el médico puertorriqueño de origen dominicano aquella gestión. Fue en aquel contexto que Betances volvió por última vez a las Antillas cuando visitó la República Dominicana en 1883.

Sus obligaciones cono Secretario tenían que ver con la necesidad del gobierno dominicano, entonces en manos de amigos de Betances que manifestaban solidaridad con la causa de la separación de Puerto Rico de España, de enfrentar de modo agresivo los problemas que causaba a los intereses dominicanos el encabalgamiento de su deuda externo y el desprestigio de la república como acreedor confiable para la banca internacional. Betances se dedicó a restituir la confianza perdida con el fin de estimular la inversión de capital europeo en la república. Con el fin de restituir la confianza en el crédito dominicano, recomendó la creación de un Banco de la República o Nacional con apoyo de banqueros franceses, proyecto que fue favorecido Gobierno pero que enfrentó la oposición de las Juntas de Crédito que controlan ese renglón a un alto interés.

Como parte de las políticas desarrollistas que defendía, sugirió la declaración de la Bahía de Samaná como “puerto franco” que sirviera de intermediario entre Europa y América a la luz de la futura apertura del canal interoceánico que los franceses elaboraban en Panamá. Con Ferrol Silvie, un ingeniero francés con contactos en Londres, creó una compañía que consiguió una concesión del parlamento dominicano por 99 años para crear el puerto franco y la ciudad comercial de San Lorenzo en Samaná, proyecto que se abandonó poco después. Por último, apoyo se estimulara la emigración extranjera con capital a la república y puso especial énfasis en la invitación a las minorías judías, que pasaban por una etapa de persecución en Europa. Betances estuvo siempre cerca del Partido Azul, el nacional y el liberal, pero cuando aquella organización cedió el poder a los rojos sus relaciones con la República Dominicana se enfriaron de inmediato

El hecho de que Betances trabaja sin sueldo, paga los gastos de sus labores para la república, unido al hecho del ascenso de Ulises Heureaux (1845-1899) a la presidencia en 1884, fueron factores determinantes en su decisión de cancelar su carrera diplomática con aquel país. La experiencia fue, por otro lado, fundamental para la labor paralela que desarrollará para Cuna en Armas en la década de 1890. En aquel periodo Betances se naturalizó dominicano e incluso llegó a ser considerado como un candidato idóneo para la presidencia de la nación, oferta que rechazó aduciendo que un extranjero, el era puertorriqueño, no podía ocupar aquella posición por disposición constitucional.

El panorama descrito no deja lugar a dudas de que la comunicación de Betances con Puerto Rico se redujo dramáticamente desde 1876. La posibilidad de que sus concepciones sobre la situación de la colonia y su futuro político perdieran operatividad, eran muy altas. Convertido en un mito por las fuerzas del estado en Puerto Rico, las posibilidades de la revolución separatista se reducían.

Betances: la revolución puertorriqueña y antillana

El concepto de la revolución en Betances poseía unas especificidades. En gran medida era producto del periodo que corría entre los años 1856, cuando regresa a Puerto Rico, y 1875 cuando discute con Luperón y Eugenio María de Hostos un proyecto que nunca cuajó en Puerto Plata. Los componentes básicos de su teoría eran la sociedad secreta, el agente revolucionario, el tráfico de armas, la propaganda mediante proclamas y la prensa clandestina. Todo ello junto debía crear las condiciones para la insurrección popular que apoyada por una invasión militar mínima, facultara la generación de focos de combate y la posterior generalización de la guerra. Durante la década de 1860 al 1869, Betances aprovechó un escenario internacional plagado de crisis políticas que debían facilitar la consolidación de alianzas con otros poderes extranjeros.

Se trata de una conceptualización que debía mucho a las luchas separatistas que se desarrollaron desde 1808 y que cancelaron definitivamente después de 1826. Aquella estrategia requería el apoyo de una burguesía agraria, fuese azucarera o cafetalera, para su financiamiento. En el caso de Puerto Rico, la burguesía azucarera estuvo menos dispuesta a colaborar que la cafetalera por el hecho de que la situación de una y otra en el mercado hispano e internacional no era la misma. El contexto en el cual Betances articuló su estrategia estaba dominado todavía por un esclavismo institucionalmente en crisis y un régimen de trabajo servil legitimados por una Monarquía Absoluta que cada vez significaba menos en la política internacional. Sobre el papel, la década de 1860 al 1869 era idónea para concretar un proyecto revolucionario. A pesar de ello, el esfuerzo no produjo el efecto deseado ni en Cuba ni en Puerto Rico.

Entre 1874 y 1876 la situación en Puerto Rico cambió. El mercado laboral fue reformado desde arriba en 1873. La promesa de que esa reforma (la abolición) produciría el capital para modernizar la industria azucarera (indemnización), canceló cualquier posibilidad al separatismo independentismo en entrar en un entendido con aquel sector. La abolición de la esclavitud y de la libreta de jornaleros arrebató dos importantes argumentos que los rebeldes habían esgrimido contra España. El hecho de que Betances fuese un duro crítico de la abolición de la esclavitud en 1873, es demostrativo de ello.

A pesar del cambio en el escenario social, Betances siguió enfrentando el asunto de la revolución con los mismos instrumentos ideológicos. Un elemento que debe tomarse en cuenta es que se trataba de situaciones que estaban fuera de su control. La Gran Depresión (1876-1896) estaba alterando las reglas del mercado internacional de un modo dramático. Como se sabe, la respuesta europea a aquella debacle estructural fue la “rapiña africana” y el control sobre el gigantesco mercado chino. La respuesta de Estados Unidos fue la expansión ultramarina hacia el Caribe y el Pacífico. El imperialismo moderno se consolidaba. Las tácticas de la revolución debieron ser revisadas a la luz del nuevo diseño social y de mercado en el plano local e internacional. Pero el Betances de 1876 no parece haber hecho esos ajustes.

Ahora bien, todo parece indicar que dentro de Puerto Rico se estaban haciendo revisiones en las tácticas de la resistencia. Pero las mismas prescindían de la revolución tal y como la habían pensado los independentistas como Betances. La independencia y la Confederación Antillana, ya no parecían opciones viables. Betances reconoció el hecho e interpretó los avances del reformismo liberal y autonomista como una “traición”. Aquellos sectores miraban casi con exclusividad hacia Cuba y España sin separarlos de papel cada vez más significativo de Estados Unidos en la región. En lugar de propiciarse una alianza liberal amplia, los procesos segregaros y apartaron a los liberales no revolucionarios de los que afirmaban serlo. A principios de la década de 1880, la incomunicación entre ambos sectores ideológicos era innegable.

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