Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 21, 2019

Entre historia y memoria: apuntes al margen de la autobiografía de Silverio Pérez

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

El jueves 7 de marzo recibí un mensaje de Silverio en mi teléfono móvil. Me pedía que escribiera un blurb para la reimpresión de su libro Solo cuento con el cuento que te cuento. El blurb es una descripción corta que busca convertir en objeto del deseo la obra que describe, en este caso un libro. Esas peticiones siempre me ponen nervioso. Soy un buen lector, pero un pésimo propagandista.

Aquel día había estado revisando materiales sobre el idealismo trascendental, el nacionalismo y el liberalismo para una charla que tenía pendiente en San Juan y me había atascado desarrollando modelos de conocimiento a priori que mis estudiantes de historia pudieran comprender. No me gusta fallarle a los amigos por lo que le dije a Silverio:

Mañana sin falta. Tengo (unos) apuntes sin articular, pero a primera hora te dejo un blurb que integraré a mi presentación. Dime si está bien para ti. Tengo el cerebro agotado a las (dos) de la tarde y las ideas me huyen como gatos ferales.

Silverio me dijo con su natural paciencia que estaba bien. A eso de las cuatro de la tarde volví a escribirle: “Silverio, me tomé dos copas de vino (un tinto fuerte español, por cierto) y redacté esto. A ver qué te parece”:

Leer las memorias de Silverio Pérez es cómo repasar las escenas de la vida de un viejo amigo. Aclaro que en este caso la amistad no tiene que ver con la cantidad de años acumulados sino con la intensidad del afecto.

Una de las virtudes de este libro es que en sus páginas la emocionalidad, la intuición, la reflexión y la racionalidad, entre otras muchas formas de saber el mundo, conviven como debe ser: en constante contradicción y pugna creativa. El rebelde, el ingeniero, el trovador, el satírico, el motivador, el escritor, se juntan en complejo y evocador palimpsesto. Después de todo esa es la vida de un ser humano que transita con su elusivo “yo” para formar el “nosotros” que todos somos en última instancia: el otro es el mismo al cabo del tránsito. Esta es una vida que no se ha permitido nunca una renuncia. El chico de Mamey está presente en el escritor que en estas páginas se piensa…y viceversa.

Su respuesta fue una de esas iluminaciones que me niego a desobedecer: “Por favor sigue tomando vino!!! Gracias!!!”. Hoy cumplo con la palabra empeñada. Después de todo Miguel de Cervantes, hablando de los vinos, decía que no hay néctar que se les iguale”.

Mi relación con Silverio, el escritor, no es nueva. Comenzó hacia el 2004 cuando Isla Negra editores me pidió que revisara y prologara su libro El humor nuestro de cada día. Las tres tristes tribus.  En 2016 cuidé la redacción de su volumen La vitrina rota o ¿qué carajo pasó aquí? que difundió Ediciones Callejón. Los editores Carlos Roberto Gómez Beras y Elizardo Martínez reconocían el escritor que había en Silverio, asunto sobre el cual hablamos en diversas ocasiones.

Ahora bien, leer para prologar, para asesorar un proceso de redacción, para lanzar una obra o para producir un blurb no es lo mismo. Son tareas complejas que ocupan el tiempo de esa subespecie que llamamos “escritores”. Al lado de Silverio ya he realizado todas esas faenas. Aclaro que en todas y cada una, media la condición de que soy historiador: soy un outsider o un extranjero en el mundo de la subespecie de los “escritores”. Hoy, ante Solo cuento con el cuento que te cuento voy a realizar una labor distinta. Las motivaciones de mi lectura son egoístas y epicúreas: voy a leer por leer, por placer, para saborear este texto como se degusta un vino añejo a la vez que reflexiono sobre mi condición de lector.

Lo cierto es que el “historiador” lee un texto de esta naturaleza de modo distinto a como lo haría un “escritor”. La autobiografía es un subgénero híbrido en muchos sentidos. El discurso autobiográfico se mueve entre lo individual y lo colectivo por lo que, bien leído, informa sobre las oscilaciones entre el sujeto y su contexto y enriquece la imagen del pasado. La comprensión del escenario en que se conduce una vida se profundiza en estas textualidades.

Para los que buscamos en el estudio del pasado algo más que la respuesta a la pregunta de “qué (realmente) pasó”, la autobiografía, cuando es el resultado de una reflexión inteligente y profunda, permite al historiador aproximarse a la dialéctica entre la memoria y la historia. La memoria es ese pasado pergeñado con las emociones que formulamos a través de la intuición y la sensación del acontecer. La historia es ese pasado construido con los recursos de la percepción y la reflexión racional sobre el acontecer. No se trata de que la memoria excluya o cancele a la historia o viceversa. Algo me dice que el historiador que se adhiera a cualquiera de las posturas extremas perderá de vista la hermosa complejidad de la condición humana en el tiempo y el espacio.

Silverio Pérez (RUM 2 de mayo de 2018)

La autobiografía se mueve con gracia lujuriosa entre dos formas de la escritura creativa que me sobrecogen y estremecen: la historiografía y la narrativa ficcional. Ya no se trata solo de cómo ve el historiador ese fragmento del pasado sino de cómo lo vivió y vio un testigo ocular. En cierto modo, de lo que se trata es de un retorno ritual a una tradición que una vez se denominó clásica.

 

La impresión de caos fluyente, común a la historia y la autobiografía, que producen las huellas del pasado se resuelve en la textualidad cuando nos entregamos a la “flecha del tiempo” y convenimos en que todo esa confusión condujo al exacto lugar desde el cual tratamos de otearlo. En el caso de la autobiografía la vida se aboceta como un largo filme en el cual, a veces, lo vivido adopta la forma de un cuadro estacionario y la impresión del stop motion. Lo que la imaginación histórica hace con esos callejones sin salida en la historiografía, lo hace la imaginación literaria en el caso de la autobiografía.

Apropiar el pasado colectivo o individual y construirle un sentido mediante una historia o una autobiografía, requiere destrezas que Silverio posee. La otra parte, la complicidad del lector en este caso la mía, la ganó hace tiempo. La complicidad arrancaba de que, en momentos concretos de mi lectura, las emociones se atropellaban y tenía que tomar distancia del relato para recuperar la compostura. Esa sensación de extrañeza y aturdimiento sólo me había invadido cuando, siendo adolescente, leía el diálogo de Sancho con el Quijote en el lecho de muerte de Alonso; y cuando, siendo adulto joven, cotejaba algunos de los momentos más trágicos de la vida de Pedro Albizu Campos. Se lo adelanté a Silverio en un mensaje de texto del 31 de enero de este año:

…tu libro me produce muchos sentimientos encontrados. Tiene que ver -le aclaraba- con experiencias en común contigo y con algunas reminiscencias literarias que estoy atando a ciertas lectura que no sé si conoces. La escritura es así, como una diablura…

La extrañeza y el aturdimiento tenían que ver con una serie de pulsiones, impulsos de la intuición, que actuaban como artificio de la memoria y me sacaban con brusquedad del ámbito de la lectura para conducirme a universos domésticos y ficcionales que ya yo consideraba olvidados. Los buenos libros producen ese tipo de efectos en lectores como yo: convidan al monodiálogo en el insilio que nos hemos impuesto. También tenían que ver con una serie de afirmaciones sintéticas que Silverio había inscrito en lugares estratégicos de su autobiografía. Para mi gusto funcionaban como pensamientos nodales que tenían el propósito de marcar momentos de rompimiento y discontinuidad que fueron reconvertidos en momentos de regeneración y continuidad. Cada pulsión y cada pensamiento me anclaba en la meditación por horas. Ya no me interesaba tanto la complejidad del relato sino la del ser humano atrapado y liberado que me sugería Silverio a través de sus palabras.

¿Cuántas veces me sucedió a lo largo del libro? No podría precisarlo. Tengo la manía de registrar esas pausas irracionales en los márgenes de las páginas o en la hoja de respeto o de la vergüenza que los editores dejan en blanco al principio y al final de un volumen. Para no abrumarlos solo comentaré algunos de ellos

Las pulsiones son aristas que marcan el texto y la vida que usualmente se expresan a la hora de abrir o cerrar un capítulo. Su capacidad de conmover al lector es enorme. En “El paquete de la tía Vicenta” dice el autor:

Hay una mujer recostada, con sus codos apoyados en el marco de una ventana de madera despintada y rústica. Su barbilla reposa sobre sus manos entrecruzadas. Su mirada, perdida en el horizonte. Esa mujer es Victorina Figueroa Amador, mi mamá. (23)

La reminiscencia o evocación que ocupa a Silverio es la “Muchacha en la ventana” de Salvador Dalí ubicada en el Museo Reina Sofía de Madrid ante la cual yo también me extasié alguna vez. La imagen de Victorina me llevó a otro lugar: mi madre se llama Victoria y la recuerdo igual. Era como si desde aquella posición estas mujeres observaran y eslabonaran el mundo a fin de orientar la vida de los suyos. El encuadre de Victorina me retrotrajo a la colección de poemas “Las ventanas” de Rainer Maria Rilke en traducción de Gerardo Diego cuando el poeta afirmaba:

Basta que se asome al balcón / en el marco de la ventana / una mujer que dude…y ya es sin remisión / desde su misma aparición / la que perdemos, tan temprana.

Más adelante insistía el poeta:

Jamás surge tan bella la amada / como cuando tu alféizar la exorna…

En “De parto”, Silverio cuenta como su padre, Silverio Pérez, carpintero y peón, en medio de una crisis espiritual y material, decide mudarse como quien huye del signo de una tragedia.

Mi papá se dedicó entonces a desmontar la casa, poco a poco. Y la fue llevando de un lado para otro, tabla a tabla, cuartón a cuartón, plancha de zinc a plancha de zinc, claveteando, serruchando, hasta que una noche nos fuimos a dormir a la residencia a medio construir. Dejamos la casa anterior a la misma vez que ella nos dejó a todos. Seguimos la madera como quien sigue su origen, con la certeza de que hay veces que la casa no está en la tierra -sino en nosotros- y nos la llevamos dondequiera que vamos. (51)

La escena, expresionista por demás, posee un significado moral asombroso. Imaginar a Silverio padre en medio de aquella epopeya me trajo a la memoria un hermoso texto del uruguayo Mario Benedetti. En “La casa y el ladrillo” (1976-1977) usaba como lema una frase maestra de la extrañeza del poeta alemán y creador del teatro dialéctico, Bertolt Brecht quien afirmaba: “Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo / para mostrar al mundo cómo era su casa”. La casa, el escenario del hogar y la familia, se convierte en parte inseparable de la identidad carguemos con ella, como hizo Silverio padre, o la dejemos atrás. Esos lugares de la infancia actúan como la memoria de un vientre protector insustituible. Estas pulsiones me dicen como lector el amor infinito que siente Silverio por sus padres.

Silverio Pérez, Mario R. Cancel Sepúlveda y Efrén Rivera Ramos

Los pensamientos son otra cosa. Silverio, el escritor, los articula en medio de los giros radicales que impone el azar con sus faustos e infaustos. Esta reflexiones le sirven para tomar un respiro y volver a apostar por las posibilidades de la vida. Mirarse desde lejos es un recurso que la autobiografía hace posible. La distancia a veces produce extrañeza como si al mirar al simbólico espejo encontráramos a otro. En el contexto de la memoria de su ingreso al CAAM en 1965, Silverio dice: “Se me antoja la vida como las líneas que al azar traza un niño, lápiz en mano, sobre un papel en blanco” (93). Cuando un historiador se enfrenta a una afirmación como está reconoce la huella de un debate relevante para su profesión: el de la relación entre la libertad y la determinación, entre el azar y la causalidad. En su afirmación Silverio apuesta cautelosamente por la libertad y el azar como gestores. Después de todo, cuando se trata de la memoria, eso es plausible.

Una vez hecha la apuesta, se ubica en la posición del escritor y afirma: “Caminar los laberintos de la memoria conlleva riesgos, sorpresas, decepciones. Hay archivos que parecen enmohecidos y se niegan a abrir. Otros, han tachado fechas, nombres y sucesos, tal vez para evitar el dolor o para evadir añoranzas de sueños inconclusos” (155). El contexto es distinto: se trata de los años 1974 y 1975 cuando la dulzura y la amargura ya lo habían tocado reiteradas veces. Silverio reconoce que los seres humanos, aunque predispuestos biológicamente para “recordar” son también, como sugerían Friedrich Nietzsche y Henri Bergson, máquinas que necesitan “olvidar” un sinnúmero de cosas para asegurar su subsistencia. La “memoria” y la “historia” son una navaja de doble filo que hay que saber manejar a fin de no lastimarnos.

Más adelante, Silverio concluye en un pensamiento contundente y autoevaluativo lo siguiente: “A veces, la vida se torna en un drama que vamos escribiendo en tiempo real, sin ensayos, frente a un público que te aplaude o te critica; y te juzga siempre. Pero es así como aprendemos a vivir, disfrutando, sufriendo y creciendo. Ya voy conociéndolo mejor al personaje del cual escribo como excusa para comprender su entorno.” (273) El contexto es la década de 1990 en la cual, desde la madurez, confirma su condición de desconocido para sí y que la vida en efecto es azar, casualidad y performatividad. La determinación y causalidad que percibimos en el pasado individual o colectivo, no surge de los actos que acometemos al interior o al exterior. Ese cosmos se articula cuando nos narramos.

Un último apunte antes de culminar. Mi presencia en la autobiografía de Silverio me pone en la situación de sentirme parte “de esos relatos que a veces sentimos tan distantes” (207). Hace años me sorprendió hallarme en las memorias del jurista, académico y escritor Otto Morales Benítez. El viejo intelectual colombiano recordaba un encuentro que tuvimos en San Germán en 1990, yo tenía 30 años, para conversar sobre el General Antonio Valero de Bernabé y el libertador Simón Bolívar. Cuando revisé la escena yo no recordaba sus memorias, pero sus esbozos reanimaron la mía como si se tratara de un disparo. El amigo Miguel Hudo Ricci, cuyo testimonio autobiográfico revisé en 2010 para una presentación, me decía con sorpresa: “…me estoy viendo a través de sus ojos (profesor Cancel) y de su cosmovisión, con todos los ángulos que ha introducido a la experiencia que viví”. La persona transformada en personaje es el mismo y es otro.

A Silverio le digo dos cosas. Primero, gracias por la amistad. Es cierto que tengo pocos amigos, pero esa es la naturaleza de la amistad: su excepcionalidad. Lo excepcional es lo raro y lo único, lo que nunca es redundante ni excesivo. Relaciono los amigos a las capas de tiempo y espacio superpuestas que me ocupan y me hacen. Son como una página sobre la cual siempre puedes escribir y leer una historia. Uno los escoge arbitrariamente y de manera egoísta. Los conserva del mismo modo, y los defiende con la ferocidad que despierta un peligro. Esa hueste grande o pequeña me ayuda a ubicarme en el mundo, a ser parte de una historia.

Segundo, sigue escribiendo. El escritor es un intérprete, un esquivo ser que teoriza.  Ante el fin de los sueños, inventa una frágil estructura en la que habita. Esa fragilidad es todo lo que posee.

Comentario en torno al libro: Silverio Pérez (2018) Sólo cuento con el cuento que te cuento. San Juan: Ediciones Callejón. Leíd en el Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) el 2 de mayo de 2018. Publicado originalmente en 80 Grados-Letras 3 de mayo de 2018

 

 

 

septiembre 8, 2013

El Capitán Alonso de Contreras en Puerto Rico: 1618

Texto tomado de “Puerto Rico visto por los extranjeros”, Revista del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe. Julio-Diciembre 1989: 74-77.

Capítulo XIII en el que se cuenta el viaje que hice a las Indias y los sucesos de el

Salí del puerto y navegué cuarenta y seis días sin ver más tierras que las Canarias. Llegué a las islas de Matalino [Matinino o Martinica], donde hice agua, y vi a algunos indios salvajes, que con la comunicación de las flotas se atreven a bajar; en cambio no lo hacen ninguno de los nuestros, porque han cogido a algunos y se los comen. Hice mi ruta disminuyendo altura y llegué a las Vírgenes Gordas, que son otras islas deshabitadas. Fui rumbo al pasaje de Puerto Rico, que es un canal angosto, donde de ordinario están corsarios ingleses, holandeses y franceses. Llegué de noche y fue en persona a reconocerle con una barca bien armada, dejando los galeones fuera de este canal, que es corto y donde hay dos puertos muy buenos. No hallé bajel ninguno y lo atravesé, amaneciendo casi en la boca de Puerto Rico, donde, arbolando mis banderas, entré y fui muy bien recibido por don Felipe de Biamonte y Navarra [Felipe de Beaumont y Navarra (1614-1620)], Gobernador de aquella isla.

Sir Walter Raleigh, Guatarral

Sir Walter Raleigh, Guatarral

Me dijo que era milagroso no haberme encontrado con Guatarral [Sir Walter Raleigh (1552-1618)], corsario inglés que andaba por allí con cinco navíos, tres grandes y dos chicos, molestándole cada día. Desembarqué la pólvora que dijo era menester, cuerda y plomo y algunas armas de fuego, con lo que el buen Gobernador quedó contento. Me pidió le dejase cuarenta soldados para reforzar el presidio, y en mi vida me vi en mayor confusión, porque no se quería quedar ninguno, y todos casi lloraban por quedar allí; tenían razón, porque era quedar esclavos eternos. “Hijos —les dije—, es forzoso dejar aquí cuarenta soldados, pero vuesas mercedes han de condenarse a sí mismos, pues yo no he de señalar a nadie, ni a un criado que traigo, que ha de quedarse, si le toca”.

Hice tantas boletas como soldados, y entre ellas, cuarenta negras, y metiéndolas en un cántaro juntas y revueltas, iba llamando por las listas, y decía: “Vuesamerced meta la mano, y si saca negra, se habrá de quedar”.

Lo fueron haciendo así, y era de ver que cuando sacaban negra, como se quedaban para siempre, se consolaban viendo la justificación y forzosidad y, sobre todo, viendo que le tocó también a un criado mío que me servía de barbero, el cual quedó el primero.

En este puerto estaban dos bajeles españoles que habían de ir a Santo Domingo, que es la corte de las islas españolas, donde hay Presidente y Oidores, y la tierra primera que pisaron españoles. Los navíos habían de cargar cueros de toros y jengibre, que hay en cantidad, y se fueron conmigo. Llegué al puerto de Santo Domingo, donde fui bien recibido, y comencé a poner en ejecución un fuertecillo que llevaba orden de hacer a la entrada del río.

A los dos días vino nueva de que Guatarral había fondeado con sus cinco bajeles cerca de allí. Traté con el Presidente de ir a buscarlos, y le pareció bien, aunque los dueños de los navíos protestaban que si se perdieran habían de pagárselos. Armé los dos que traje de Puerto Rico y otro que había venido de Cabo Verde cargado de negros, y juntos con los míos salimos del puerto, aparentando ser bajeles de mercaderías, camino de donde estaban; cuando el enemigo nos vio, hice que diésemos la vuelta como huyendo. Cargaron velas los enemigos sobre nosotros que de industria no huíamos, y al poco rato estuvimos juntos. Les volví la proa, arbolé mis estandartes y comenzamos a darnos ellos y nosotros. Eran mejores bajeles de vela que los nuestros, y así, cuando querían alcanzar o huir lo hacían, que fue causa de que no me quedase con alguno en las uñas. Se peleó y le cupo a su almirante morir de un balazo; conocieron que éramos bajeles de armada y no mercaderes, que andábamos en su busca, y se fueron, volviendo yo a Santo Domingo, donde acabé la fortificación y partí a Cuba, donde hice otro reductillo en cuatro días; quedaron diez soldados.

En Santo Domingo había dejado cincuenta soldados y los tres bajeles, y ya no llevaba más que uno; pero éste bien armado. Santiago de Cuba es un lugar en la isla del mismo nombre, en la que están construidos la Habana, San Salvador de Bayamo y otros lugares que no recuerdo.

Salí de Santiago de Cuba y en la isla de Pinos encontré un bajel fondeado. Peleé muy poco con él; era inglés, uno de los cinco de Guatarral. Me explicó cómo se había ido y desembocado el canal de Bahama y cómo le había matado a su hijo que era almirante, y a otras trece personas, y por temor se había ido a Inglaterra con algunas presas que llevaba. Avisé al Presidente de ello y al Gobernador de Puerto Rico para que no estuviesen con cuidado. Tenía este bajel dentro palo del Brasil y algo de azúcar que había tomado. Eran veintiún ingleses; los traje a la Habana, donde estuvieron hasta que llegó la flota y los llevó a España.

Entregué los pertrechos que me habían quedado, y la infantería, a Sancho de Alquiza, [Sancho de Alquizas (1616-1620)] Capitán General de aquella isla y de todos sus lugares, y me volví en la flota que vino a España con don Carlos de Ibarra, General de ella. Yo fui el año 1618 y volví el 19. 

Nota del Dr. Ángel López Cantos, Universidad de Sevilla

Alonso de Contreras nació en la capital de España, Madrid, en 1582. Era hijo primogénito de una familia ilustre. Su nombre completo era Alonso de Guillén y de Contreras. Tuvo siempre una insaciable sed de aventuras. Pendenciero desde su juventud, causó la muerte desde entonces a varios contrincantes con los que se enfrentó. Cuando sólo tenía trece años, en 1595, marchó de Madrid enrolado en las tropas del príncipe Alberto. Soldado de fortuna peleó en Sicilia, en Flandes, en Malta, Grecia, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, otra vez en Flandes, en Italia, en Francia… Se hizo pirata y atacó y saqueó las embarcaciones berberiscas y turcas, consiguiendo en poco tiempo una gran fortuna. Vivió algunos meses como ermitaño. Dio en varias ocasiones con sus huesos en la cárcel. La. Orden de Malta le nombró gobernador de la isla Pantelaria. En Madrid conoció a Lope de Vega. Sus Memorias o Vida las escribió en once días. Es una obra de un gran interés y encanto. En ella abundan noticias del máximo valor histórico, como las que da sobre Puerto Rico, y que reproducimos.

Contreras_MadridComentario

El fragmento que presento ofrece un cuadro preciso de la imagen de San Juan Bautista de Puerto Rico entre los viajeros que venía a la colonia a principios del siglo 17. El viaje de la península a la ínsula tomaba 46 días. Puerto Rico era la primera isla grande con la que se topaban los europeos en la ruta hacia las Indias tras perder de vista a las Islas Canarias. La pobreza de la colonia parece evidente: cuando el gobernador Felipe de Beaumont y Navarra (1614-1620) pidió que le dejaran 40 efectivos ninguno quería quedarse ni siquiera en nombre del sagrado cumplimiento de un deber. Contreras tuvo que echar a la suerte quienes ocuparían las plazas vacantes en la capital presionado por las quejas de su tripulación. La resistencia no se reitera en Santo Domingo y Cuba, como se deduce el texto.

Por otro lado, la narración documenta la inseguridad y la incertidumbre que caracterizaba la vida en las islas. La amenaza de los corsarios ingleses -piratas desde la perspectiva de los españoles- era patente. Guatarral, Sir Walter Raleigh (1552-1618), sintetizaba todos los miedos de colono común en ese sentido. Los ingleses se movían sin problemas desde las Antillas Menores hasta las Bahamas amenazando el tráfico comercial hispano. El otro miedo tenía que ver con los “indios salvajes” de Matalino -Matinino o Martinica-, que el autor no vacila en catalogar como caníbales. Se trata de los Kalinagos o Caribes quienes, con su audacia y resistencia, acabaron grabando su nombre en el del mar en el cual navegaba. Puerto Rico representaba algo así como una frontera agredida por adversarios que estaban muy por encima de sus capacidades defensivas. Todo ello hacía que el comerciante y el soldado se integrase en un personaje común.

 

Alonso de Guillén conocido como Alonso de Contreras, no era un escritor de poca monta. Se dice que escribió su autobiografía a instancias de su amigo Lope de Vega. Su Vida…es una de las pocas autobiografía de soldados activos en el ejército de los austrias a la tienen acceso los interesados, junto a la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, concluida en 1575 e impresa en 1632, escrita por Bernal Díaz del Castillo (1496-1584).

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

febrero 19, 2011

Los infortunios de Alonso Ramírez: fragmentos

Carlos de Sigüenza y Góngora, Los infortunios de Alonso Ramírez (1690). La transcripción corresponde a la versión moderna de la Dra. Estelle Irizarry. San Juan: Comisión Puertorriqueña para la Celebración de Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico. He realizado algunas revisiones mínimas

1. Motivos que tuvo para salir de su patria: Ocupaciones y viajes que hizo por la Nueva España: su asistencia en México hasta pasar a las Filipinas

Quiero que se entretenga el curioso que esto leyere por algunas horas, con las noticias de lo que a mí me causó tribulaciones de muerte por muchos años. Y aunque de sucesos, que sólo subsistieron en la idea de quien los finge, se suelen deducir máximas y aforismos, que entre lo deleitable de la narración que entretiene cultiven la razón de quien en ello se ocupa; no será esto lo que yo aquí intente sino solicitar lástimas, que aunque posteriores a mis trabajos, harán por lo menos tolerable su memoria trayéndolas a compañía de las que me tenía a mí mismo cuando me aquejaban. No por decir esto estoy tan de parte de mi dolor, que quiera incurrir en la fea nota de pusilánime; y así omitiendo menudencias que a otros menos atribulados que yo lo estuve pudieran dar asunto de muchas quejas, diré lo primero que me ocurriere por ser en la serie de mis sucesos lo más notable.

Es mi nombre ALONSO RAMÍREZ y mi patria la ciudad de SAN JUAN DE PUERTO RICO, cabeza de la isla que en los tiempos de ahora con este nombre y con el de Borriquen en la antigüedad entre el seno mexicano y el mar Atlántico divide términos. Hácenla célebre los refrescos que hallan en su deleitosa aguada cuantos desde la antigua navegan sedientos a la Nueva España; la hermosura de su bahía; lo incontrastable del Morro que la defiende; las cortinas y baluartes coronados de artillería que la aseguran. Sirviendo, aún no tanto esto, que en otras partes de las Indias también se halla, cuanto el espíritu que a sus hijos les reparte el genio de aquella tierra sin escasez a tenerla privilegiada de las hostilidades de corsantes.

Empeño es este en que pone a sus naturales su pundonor y fidelidad sin otro motivo, cuando es cierto que la riqueza que le dio nombre, por los veneros de oro que en ella se hallan, hoy por falta de sus originarios habitadores que los trabajen y por la vehemencia con que los huracanes procelosos rozaron los árboles de cacao, que a falta de oro, provisionaban de lo necesario a los que lo traficaban, y por el consiguiente al resto de los isleños se transformó en pobreza.

Carlos de Sigüenza y Góngora

Entre los que esta había tomado muy a su cargo fueron mis padres, y así era fuerza que hubiera sido porque no lo merecían sus procederes: pero ya es pensión de las Indias el que así sea. Llamóse mi padre Lucas de Villa-nueva, y aunque ignoro el lugar de su nacimiento, cónstame porque varias veces se le oía, que era andaluz, y sé muy bien haber nacido mi madre en la misma ciudad de Puerto Rico, y es su nombre Ana Ramírez, a cuya cristiandad le debí en mi niñez lo que los pobres sólo le pueden dar a sus hijos, que son consejos para inclinarlos a la virtud. Era mi padre carpintero de ribera, e impúsome (en cuanto permitía la edad) al propio ejercicio, pero reconociendo no ser continua la fábrica y temiéndome no vivir siempre, por esta causa, con las incomodidades, que aunque muchacho me hacían fuerza, determiné hurtarle el cuerpo a mi misma patria para buscar en las ajenas más conveniencia.

Valíme de la ocasión, que me ofreció para esto una urqueta del capitán Juan del Corcho que salía de aquel puerto para el de la Habana en que corriendo el año de 1675 y siendo menos de trece los de mi edad me recibieron por paje. No me pareció trabajosa la ocupación considerándome en libertad y sin la pensión de cortar madera; pero confieso, que tal vez presagiando lo porvenir dudaba si podría prometerme algo que fuese bueno, habiéndome valido de un corcho para principiar mi fortuna: Mas ¿quién podrá negarme, que dudé bien advirtiendo consiguientes mis sucesos a aquel principio? Del puerto de la Habana (célebre entre cuantos gozan las Islas de Barlovento, así por las conveniencias que le debió a la naturaleza que así lo hizo, como por las fortalezas con que el arte y el desvelo lo ha asegurado) pasamos al de S. Juan de Ulúa en la tierra firme de Nueva España, de donde apartándome de mi patrón subí a la ciudad de la Puebla de los Ángeles habiendo pasado no pocas incomodidades en el camino, así por la aspereza de las veredas que desde Jalapa corren hasta Perote como también por los fríos, que por no experimentados hasta allí, me parecieron intensos. Dicen los que la habitan ser aquella ciudad inmediata a México en la amplitud que coge, en el desembarazo de sus calles, en la magnificencia de sus templos y en cuantas otras cosas hay que la asemejen a aquélla; y ofreciéndoseme (por no haber visto hasta entonces otra mayor) que en ciudad tan grande me sería muy fácil el conseguir conveniencia grande, determiné, sin más discurso que este, el quedarme en ella, aplicándome a servir a un carpintero para granjear el sustento en el ínterin que se me ofrecía otro modo para ser rico.

En la demora de seis meses que allí perdí experimenté mayor hambre que en Puerto Rico y abominando la resolución indiscreta de abandonar mi patria por tierra a donde no siempre se da acogida a la liberalidad generosa, haciendo mayor el número de unos arrieros sin considerable trabajo me puse en México. Lástima es grande el que no corran por el mundo grabadas a punta de diamante en láminas de oro las grandezas magníficas de tan soberbia ciudad. Borróse de mi memoria lo que de la Puebla aprendí como grande desde que pisé la calzada, en que por la parte de mediodía (a pesar de la gran laguna sobre que está fundada) se franquea a los forasteros. Y siendo uno de los primeros elogios de esta metrópoli la magnanimidad de los que la habitan, a que ayuda la abundancia de cuanto se necesita para pasar la vida con descanso, que en ella se halla, atribuyo a fatalidad de mi estrella haber sido necesario ejercitar mi oficio para sustentarme. Ocupóme Cristóbal de Medina maestro de alarife y de arquitectura con competente salario en obras que le ocurrían, y se gastaría en ello cosa de un año.

El motivo que tuve para salir de México a la ciudad de Oaxaca fue la noticia de que asistía en ella con el título y ejercicio honroso de regidor D. Luis Ramírez, en quien por parentesco que con mi madre tiene, afiancé, ya que no ascensos desproporcionados a los fundamentos tales cuales en que estribaran, por lo menos alguna mano para subir un poco: pero conseguí después de un viaje de ochenta leguas el que negándome con muy malas palabras el parentesco, tuviese necesidad de valerme de los extraños por no poder sufrir despegos sensibilísimos por no esperados; y así me apliqué a servir a un mercader trajinante, que se llamaba Juan López. Ocupábase éste en permutar con los indios mixes chántales y cuicatecas por géneros de Castilla que les faltaban, los que son propios de aquella tierra y se reducen a algodón, mantas, vainillas, cacao y grana. Lo que se experimenta en la fragosidad de la Sierra, que para conseguir esto se atraviesa y huella continuamente, no es otra cosa sino repetidos sustos de derrumbarse por lo acantilado de las veredas, profundidad horrorosa de las barrancas, aguas continuas, atolladeros penosos, a que se añaden en los pequeños calidísimos valles, que allí se hacen, muchos mosquitos, y en cualquier parte sabandijas abominables a todo viviente por su mortal veneno.

Con todo esto atropella la gana de enriquecer, y todo esto experimenté acompañando a mi amo, persuadido a que sería a medida del trabajo la recompensa. Hicimos viaje a Chiapa de Indios, y de allí a diferentes lugares de las provincias de Soconusco y de Guatemala, pero siendo pensión de los sucesos humanos interpolarse con el día alegre de la prosperidad la noche pesada y triste del sinsabor, estando de vuelta para Oaxaca, enfermó mi amo en el pueblo de Talistaca con tanto extremo que se le administraron los sacramentos para morir. Sentía yo su trabajo, y en igual contrapeso sentía el mío gastando el tiempo en idear ocupaciones en que pasar la vida con más descanso, pero con la mejoría de Juan López se sosegó mi borrasca, a que se siguió tranquilidad, aunque momentánea, supuesto que en el siguiente viaje, sin que le valiese remedio alguno, acometiéndole el mismo achaque en el pueblo de Cuicatlán le faltó la vida. Cobré de sus herederos lo que quisieron darme por mi asistencia, y despechado de mí mismo y de mi fortuna me volví a México, y queriendo entrar en aquesta ciudad con algunos reales, intenté trabajar en la Puebla para conseguirlos, pero no hallé acogida en maestro alguno, y temiéndome de lo que experimenté de hambre cuando allí estuve, aceleré mi viaje.

Debíle a la aplicación que tuve al trabajo cuando le asistí al maestro Cristóbal de Medina por el discurso de un año y a la que volvieron a ver en mí cuantos me conocían, el que tratasen de avecindarme en México, y conseguílo mediante el matrimonio, que contraje con FRANCISCA XAVIER, doncella, huérfana de doña María de Poblete, hermana del venerable señor Dr. D. Juan de Poblete, deán de la Iglesia Metropolitana, quien renunciando la mitra arzobispal de Manila por morir como Fénix en su patrio nido vivió para ejemplar de cuantos aspiren a eternizar su memoria con la rectitud de sus procederes. Sé muy bien que expresar su nombre es compendiar cuanto puede hallarse en la mayor nobleza y en la más sobresaliente virtud, y así callo, aunque con repugnancia por no ser largo en mi narración cuanto me está sugiriendo la gratitud.

Hallé en mi esposa mucha virtud, y merecíle en mi asistencia cariñoso amor, pero fue esta dicha como soñada teniendo solos once meses de duración, supuesto que en el primer parto le faltó la vida. Quedé casi sin ella a tan no esperado y sensible golpe, y para errarlo todo me volví a la Puebla. Acomódeme por oficial de Esteban Gutiérrez maestro de carpintero; y sustentándose el tal mi maestro con escasez cómo lo pasaría el pobre de su oficial. Desesperé entonces de poder ser algo, y hallándome en el tribunal de mi propia conciencia no sólo acusado, sino convencido de inútil, quise darme por pena de este delito, la que se da en México a los que son delincuentes, que es enviarlos desterrados a las Filipinas. Pasé pues a ellas en el galeón Santa Rosa, que (a cargo del general Antonio Nieto, y de quien el almirante Leandro Coello era piloto) salió del puerto de Acapulco para el de Cavite el año de 1682.

Está este puerto en altura de 16 gr. 40 mi. a la banda del septentrión, y cuanto tiene de hermoso y seguro para las naos que en él se encierra tiene de desacomodado y penoso para los que lo habitan, que son muy pocos, así por su mal temple y esterilidad del paraje, como por falta de agua dulce y aun del sustento, que siempre se le conduce de la comarca, y añadiéndose lo que se experimenta de calores intolerables, barrancas y precipicios por el camino todo ello estimula a solicitar la salida del puerto. (…)

2. Sale de Acapulco para las Filipinas: dícese la derrota de este viaje, y en lo que gastó el tiempo hasta que lo apresaron los ingleses (…)

3. Pónense en compendio los robos y crueldades que hicieron estos piratas en mar y tierra hasta llegar a la América (…)

4. Danle libertad los piratas y trae a la memoria lo que toleró en su prisión.

Debo advertir antes de expresar lo que toleré y sufrí de trabajos y penalidades en tantos años el que sólo en el condestable Nicpat y en Dick, cuartamaestre del capitán Bel, hallé alguna conmiseración y consuelo en mis continuas fatigas, así socorriéndome sin que sus compañeros lo viesen en casi extremas necesidades, como en buenas palabras con que me exhortaban a la paciencia. Persuádome a que era el condestable católico sin duda alguna. Juntáronse a consejo en este paraje y no se trató otra cosa sino qué se haría de mí y de siete compañeros míos que habían quedado. Votaron unos, y fueron los más, que nos degollasen, y otros, no tan crueles, que nos dejasen en tierra. A unos y otros se opusieron el condestable Nicpat, el cuartamaestre Dick y el capitán Donkin con los de su séquito, afeando acción tan indigna a la generosidad inglesa.

Los infortunios de Alonso Ramírez

—Bástanos (decía éste) haber degenerado de quienes somos, robando lo mejor del Oriente con circunstancias tan impías. ¿Por ventura no están clamando al cielo tantos inocentes a quienes les llevamos lo que a costa de sudores poseían, a quienes les quitamos la vida? ¿Qué es lo que hizo este pobre español ahora para que la pierda? Haberos servido como un esclavo en agradecimiento de lo que con él se ha hecho desde que lo cogimos. Dejarlo en este río donde juzgo no hay otra cosa sino indios bárbaros, es ingratitud. Degollarlo, como otros decís, es más que impiedad, y porque no dé voces que se oigan por todo el mundo su inocente sangre, yo soy, y los míos, quien los patrocina. Llegó a tanto la controversia, que estando ya para tomar las armas para decidirla, se convinieron en que me diesen la fragata que apresaron en el estrecho de Sincapura, y con ella la libertad para que dispusiese de mí y de mis compañeros como mejor me estuviese. Presuponiendo el que a todo ello me hallé presente, póngase en mi lugar quien aquí llegare y discurra de qué tamaño sería el susto y la congoja con que yo estuve.

Desembarazada la fragata que me daban de cuanto había en ella, y cambiado a las suyas, me obligaron a que agradeciese a cada uno separadamente la libertad y piedad que conmigo usaban, y así lo hice. Diéronme un astrolabio y agujón, un derrotero holandés, una sola tinaja de agua y dos tercios de arroz, pero al abrazarme el condestable para despedirse, me avisó cómo me había dejado, a excusas de sus compañeros, alguna sal y tasajos, cuatro barriles de pólvora, muchas balas de artillería, una caja de medicinas y otras diversas cosas. Intimáronme (haciendo testigos de que lo oía) el que si otra vez me cogían en aquella costa, sin que otro que Dios lo remediase, me matarían, y que para excusarlo gobernase siempre entre el oeste y noroeste donde hallaría españoles que me amparasen, y haciendo que me levase, dándome el buen viaje, o por mejor decir, mofándose y escarneciéndome, me dejaron ir.

Alabo a cuantos, aun con riesgo de la vida, solicitan la libertad, por ser sola ella la que merece, aun entre animales brutos, la estimación. Sacónos a mí y a mis compañeros tan no esperada dicha copiosas lágrimas, y juzgo corrían gustosos por nuestros rostros por lo que antes las habíamos tenido reprimidas y ocultas en nuestras penas. Con un regocijo nunca esperado suele de ordinario embarazarse el discurso, y pareciéndonos sueño lo que pasaba, se necesitó de mucha refleja para creernos libres. Fue nuestra acción primera levantar las voces al cielo engrandeciendo a la divina misericordia como mejor pudimos, y con inmediación dimos las gracias a la que en el mar de tantas borrascas fue nuestra estrella. Creo hubiera sido imposible mi libertad si continuamente no hubiera ocupado la memoria y afectos en María Santísima de Guadalupe de México, de quien siempre protesto viviré esclavo por lo que le debo. He traído siempre conmigo un retrato suyo, y temiendo no le profanaran los herejes piratas cuando me apresaron, supuesto que entonces quitándonos los rosarios de los cuellos y reprendiéndonos como a impíos y supersticiosos, los arrojaron al mar, como mejor pude se lo quité de la vista y la vez primera que subí al tope lo escondí allí.

Los nombres de los que consiguieron conmigo la libertad y habían quedado de los veinticinco (porque de ellos en la isla despoblada de Poliubi dejaron ocho, cinco se huyeron en Sincapura, dos murieron de los azotes en Madagascar, y otros tres tuvieron la misma suerte en diferentes parajes) son Juan de Casas, español, natural de la Puebla de los Ángeles, en Nueva España, Juan Pinto y Marcos de la Cruz, indios pangasinán aquél, y éste pampango, Francisco de la Cruz, y Antonio González, sangleyes; Juan Díaz, malabar, y Pedro, negro de Mozambique, esclavo mío. A las lágrimas de regocijo por la libertad conseguida se siguieron las que bien pudieran ser de sangre por los trabajos pasados, los cuales nos representó luego al instante la memoria en este compendio.

A las amenazas con que estando sobre la isla de Caponiz nos tomaron la confesión para saber qué navíos y con qué armas estaban para salir de Manila, y cuáles lugares eran más ricos, añadieron dejarnos casi quebrados los dedos de las manos con las llaves de las escopetas y carabinas, y sin atender a la sangre, que lo manchaba, nos hicieron hacer ovillos del algodón que venía en greña para coser velas; continuóse este ejercicio siempre que fue necesario en todo el viaje, siendo distribución de todos los días, sin dispensa alguna, baldear y barrer por dentro y fuera las embarcaciones. Era también común a todos nosotros limpiar los alfanjes, cañones y llaves de carabinas con tiestos de lozas de China molidos cada tercer día, hacer meollar, colchar cables, saulas y contrabrasas, hacer también cajetas, embergues y mójeles.

Añadíase a esto ir al timón y pilar el arroz que de continuo comían, habiendo precedido el remojarlo para hacerlo harina, y hubo ocasión en que a cada uno se nos dieron once costales de a dos arrobas por tarea de un solo día con pena de azotes (que muchas veces toleramos) si se faltaba a ello.

Jamás en las turbonadas, que en tan prolija navegación experimentamos, aferraron velas; nosotros éramos los que lo hacíamos, siendo el galardón ordinario de tanto riesgo crueles azotes, o por no ejecutarlos con toda prisa, o porque las velas, como en semejantes frangentes sucede, solían romperse. El sustento que se nos daba para que no nos faltasen las fuerzas en tan continuo trabajo, se reducía a una ganta (que viene a ser un almud) de arroz, que se sancochaba como se podía, valiéndonos de agua de la mar en vez de la sal que les sobraba, y que jamás nos dieron; menos de un cuartillo de agua se repartía a cada uno para cada día. Carne, vino, aguardiente, bonga, ni otra alguna de las muchas menestras que traían llegó a nuestras bocas, y teniendo cocos en grande copia nos arrojaban sólo las cascaras para hacer bonote, que es limpiarlas y dejarlas como estopa para calafatear, y cuando por estar surgidos los tenían frescos, les bebían el agua y los arrojaban al mar.

Diéronnos en el último año de nuestra prisión el cargo de la cocina, y no sólo contaban los pedazos de carne que nos entregaban, sino que también los medían para que nada comiésemos. ¡Notable crueldad y miseria es ésta! pero no tiene comparación a la que se sigue. Ocupáronnos también en hacerles calzado de lona y en coserles camisas y calzoncillos, y para ello se nos daban contadas y medidas las hebras de hilo, y si por echar tal vez menudos los pespuntes, como querían, faltaba alguna, correspondían a cada una que se añadía veinticinco azotes. Tuve yo otro trabajo, de que se privilegiaron mis compañeros, y fue haberme obligado a ser barbero, y en este ejercicio me ocupaban todos los sábados sin descansar ni un breve rato, siguiéndosele a cada descuido de la navaja, y de ordinario eran muchos, por no saber científicamente su manejo, bofetadas crueles y muchos palos. Todo cuanto aquí se ha dicho sucedía a bordo, porque sólo en Puliubi y en la isla despoblada de la Nueva Holanda para hacer agua y leña y para colchar un cable de bejuco nos desembarcaron.

Si quisiera especificar particulares sucesos me dilataría mucho, y con individuar uno u otro se discurrirán los que callo. Era para nosotros el día del lunes el más temido, porque haciendo un círculo de bejuco en torno de la mesana, y amarrándonos a él las manos siniestras, nos ponían en las derechas unos rebenques, y habiéndonos desnudado, nos obligaban con puñales y pistola a los pechos a que unos a otros nos azotásemos. Era igual la vergüenza y el dolor que en ello teníamos al regocijo y aplauso con que lo festejaban.

No pudiendo asistir mi compañero Juan de Casas a la distribución del continuo trabajo que nos rendía, atribuyéndolo el capitán Bel a la que llamaba flojera, dijo que él lo curaría, y por modo fácil (perdóneme la decencia y el respeto que se debe a quien esto lee que lo refiera); redújose éste a hacerle beber, desleídos en agua, los excrementos del mismo capitán, teniendo puesto un cuchillo al cuello para acelerarle la muerte si le repugnase, y como a tan no oída medicina se siguiesen grandes vómitos, que le causó el asco, y con que accidentalmente recuperó la salud, desde luego nos la recetó, con aplauso de todos, para cuando por nuestras desdichas adoleciésemos.

Sufría yo todas estas cosas, porque el amor que tenía a mi vida no podía más, y advirtiendo había días enteros que lo pasaban borrachos, sentía no tener bastantes compañeros de quien valiera para matarlos, y alzándome con la fragata, irme a Manila; pero también puede ser que no me fiara de ellos aunque los tuviera por no haber otro español entre ellos sino Juan de Casas. Un día que más que otro me embarazaba las acciones este pensamiento, llegándose a mi uno de los ingleses que se llamaba Cornelio, y gastando larga prosa para encargarme el secreto, me propuso si tendría valor para ayudarle con los míos a sublevarse. Respondíle con gran recato, pero asegurándome tenía ya convencidos a algunos de los suyos (cuyos nombres dijo) para lo propio, consiguió de mí el que no le faltaría llegado el caso, pero pactando primero lo que para mi seguro me pareció convenir.

No fue ésta tentativa de Cornelio, sino realidad, y de hecho había algunos que se lo aplaudían, pero por motivos que yo no supe desistió de ello. Persuádome a que él fue sin duda quien dio noticia al capitán Bel de que yo y los míos lo querían matar, porque comenzaron a vivir de allí en adelante con más vigilancia, abocando dos piezas cargadas de munición hacia la proa donde siempre estábamos, y procediendo en todo con gran cautela. No dejó de darme toda esta prevención de cosas grande cuidado, y preguntándole al condestable Nicpat, mi patrocinador, lo que lo causaba, no me respondió otra cosa sino que mirásemos yo y los míos cómo dormíamos. Maldiciendo yo entonces la hora en que me habló Cornelio, me previne como mejor pude para la muerte. A la noche de este día, amarrándome fuertemente contra la mesana, comenzaron a atormentarme para que confesase lo que acerca de querer alzarme con el navío tenía dispuesto. Negué con la mayor constancia que pude, y creo que a persuasiones del condestable me dejaron solo; llegóse éste entonces a mí, y asegurándome el que de ninguna manera peligraría si me fiase del, después de referirle enteramente lo que me había pasado, desamarrándome me llevó al camarote del capitán.

Hincado de rodillas en su presencia, dije lo que Cornelio me había propuesto. Espantado el capitán Bel con esta noticia, haciendo primero el que en ella me ratificase con juramento, con amenaza de castigarme por no haberle dado cuenta de ello inmediatamente, me hizo cargo de traidor y de sedicioso. Yo con ruegos y lágrimas, y el condestable Nicpat con reverencias y súplicas, conseguimos que me absolviese, pero fue imponiéndome con pena de la vida que guardase el secreto. No pasaron muchos días sin que de Cornelio y sus secuaces echasen mano, y fueron tales los azotes con que los castigaron, que yo aseguro el que jamás se olviden de ellos mientras vivieren, y con la misma pena y otras mayores se les mandó el que ni conmigo ni con los míos se entrometiesen; prueba de la bondad de los azotes sea el que uno de los pacientes, que se llamaba Enrique, recogió cuanto en plata, oro y diamantes le había cabido, y quizás receloso de otro castigo se quedó en la isla de San Lorenzo sin que valiesen cuantas diligencias hizo el capitán Bel para recobrarlo.

Ilación es, y necesaria, de cuanto aquí se ha dicho, poder competir estos piratas en crueldad y abominaciones a cuantos en la primera plana de este ejercicio tienen sus nombres, pero creo el que no hubieran sido tan malos como para nosotros lo fueron, si no estuviera con ellos un español que se preciaba de sevillano y se llamaba Miguel. No hubo trabajo intolerable en que nos pusiesen, no hubo ocasión alguna en que nos maltratasen, no hubo hambre que padeciésemos, ni riesgo de la vida en que peligrásemos, que no viniese por su mano y su dirección, haciendo gala de mostrarse impío y abandonando lo católico en que nació por vivir pirata y morir hereje. Acompañaba a los ingleses, y esto era para mí y para los míos lo más sensible, cuando se ponían de fiesta, que eran las Pascuas de Navidad, y los domingos del año, leyendo o rezando lo que ellos en sus propios libros. Alúmbrele Dios el entendimiento, para que enmendando su vida consiga el perdón de sus iniquidades.

Comentario:

El fragmento corresponde a los capítulos primero y cuarto de Los infortunios de Alonso Ramírez, obra polémica de Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y que la Dra. Estelle Irizarry en su edición de 1990, presume como una coautoría de Alonso Ramírez. El esfuerzo de puertorriqueñización que la propuesta de la Dra. Irizarry implica debe comprenderse en el contexto en que se elaboró el mismo: la conmemoración de quinto centenario del Descubrimiento o Encuentro de 1492. Pero también puede documentarse por la estrecha relación que tuvo San Juan Bautista con la Nueva España durante tres siglos.

El capítulo primero, “Motivos que tuvo para salir de su patria…” contiene una defensa del acto de narrar desde la perspectiva de que entretiene y moraliza. Además documenta la impresión del personaje sobre su “patria” y las razones para su huída de ella. Fíjese que la “patria” es la ciudad de San Juan y que la razón para su salida de ella es la pobreza de la colonia. Hay algo de una amarga impresión de  que la colonia es improductiva porque está mal administrada presente en algunos fragmentos. La alabanza de los pobladores por su “pundonor y fidelidad” es un lugar común. El hecho de que Ramírez, que en todo el resto del texto se identifica como “español” lo afirme, me parece un dato valioso. También resalta el hecho de que una vez fuera de Puerto Rico, la mexicanidad de la narración se confirma por el intenso elogio que elabora la voz narrativa a la Ciudad de México, hecho que contrasta con la parquedad respecto a la Habana y Puebla y aún Puerto Rico. El capítulo cierra con la salida voluntad, casi como castigo y para su desgracia, hacia las Filipinas.

Los capítulos 2 y 3, que han sido suprimidos, relatan la aventura en el Pacífico e introducen el tema del espíritu antisajón de los españoles. El valor del capítulo 5, desde esta perspectiva es que a lo largo del mismo se confirma el hecho de que Ramírez piensa y siente como un español que incluso se distingue del Otro inglés por su condición de católico. Ramírez desconfía de todo lo que no es español y, fuera de San Juan, la percepción de la localidad como “patria” se disuelve por completo. La codificación de los piratas ingleses como “herejes” o “impíos” y la documentación del maltrato sádico que sufrió durante su cautiverio es muy valiosa a la hora de enjuiciar “la identidad de Ramírez” y su significado para la invención de la Identidad Puertorriqueña.

El capítulo 5 que no se incluye en la selección, confirma la conciencia española del aventurero: “Sabiendo de mí ser español”, dice cuando se topa con algunos franceses de vuelta ya en el Caribe. De hecho, su opinión sobre los franceses resulta más llevadera que la que tiene de los ingleses. Un último detalle, en su viaje por las Antillas la nave de Ramírez evade a Puerto Rico a pesar de que lógicamente tenía que bojearlo para transitar hacia La Española y Jamaica. las razones para ello no están claras.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

mayo 14, 2010

Hudo Ricci, Carpeta 2704: un comentario

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

El 11 de marzo de 1971, una confrontación entre estudiantes de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y los cadetes del Reserve Officers Training Corps (ROTC)  desembocó en una tragedia.  El orden de las víctimas ya no es importante: un cadete y dos policías muertos, numerosos estudiantes y ciudadanos lastimados y cuantiosos daños a la propiedad  fueron el resultado de los hechos.

Los medios masivos de comunicación hicieron su juego en dos direcciones distintas. Primero, como cronistas del “baño de sangre”. En 1971, como en 2010, la violencia vende. Segundo, sirviendo de chispa para la situación por conducto de una puerilidad mediática: la confrontación de Mohamed Alí y Joe Frazier del 8 de marzo de 1971 en el Madison Square Garden de Nueva York. La “pelea del siglo” entre un antibelicista de medios y el guerrerista Smokin’Joe por la modesta suma de 2.5 millones cada uno, inició una confrontación que llegó hasta la frontera de una “Nueva Toma de la Bastilla” en Río Piedras. La Bastilla ya no era un palacio señorial pero seguía sugiriendo el dominio del otro. El palacio o lugar tomado se redujo a una mezcla entre la cafetería del Centro de Estudiantes y el edificio del ROTC. El libro que me ocupa es la memoria de una de las víctimas de aquel episodio: Miguel Hudo Ricci, acusado de dar muerte a dos agentes policiacos durante un conflicto estudiantil.

InocenteClaro que la trivialidad de aquel chispazo es solo un recurso literario. Otras circunstancias sobrevolaban el ambiente. El recuerdo de los cuatro jóvenes muertos a manos de efectivos de la Guardia Nacional en Kent State University durante la conocida “Masacre del 4 de mayo” de 1970,  estaba fresca todavía. El 3 de mayo pasado le dije a mis estudiantes que la activación de la Guardia Nacional por el gobernador Luis Fortuño para apoyar a la Policía en la lucha “contra el crimen” era cuestionable. Cuestionable en especial en un país como este en el cual “protestar” contra las políticas neoliberales puede ser visto como un acto criminal. Descubrí, para mi asombro, que mis estudiantes no tenían ni idea de lo que significaba la tragedia de Kent University.

En el Puerto Rico de fines de la década del 1960 y principios de la del 1970, se exacerbó la juventud militante. Igual que en el resto del mundo occidental, el orden producido al cabo de la segunda pos-guerra estaba en crisis. La “Gran Recesión” –estancamiento económico e inflación- recordaba a aquellos que tenían memoria, los años malos que siguieron al 1929.  A los jóvenes, que no la tenían, los movía a la rebelión. En Puerto Rico, la crisis económica que nos tocó a principios de la década de 1970 estuvo precedida por una crisis generacional en el partido de gobierno que había nacido de las cenizas de la “Gran Depresión”, el Partido Popular Democrático, situación que alteró la normalidad política.

En las elecciones del 1968 el Partido Nuevo Progresista con Luis A. Ferré a la cabeza, se hizo con el poder situación que favoreció un florecimiento de las derechas que nada tiene que envidiarle al que hoy me parece evidente. En aquel momento, una crisis económica mundial allanó el camino para que el anexionismo se hiciera con el poder: en 1932 fue la Coalición Puertorriqueña. En 1968 y, más recientemente, en 2008 se trató del Partido Nuevo Progresista. El abismo entre el discurso de un sector de los jóvenes y el del poder resulta visible. Ambos extremos cuestionaban la relación entre EU y PR, pero  mientras los primeros apostaban por su disolución, los segundos ponían la esperanza en su refinamiento. El servicio militar obligatorio y la Guerra de Vietnam, sintetizaron bien un dilema propio de las juventudes del mundo capitalista occidental. Pero aquí, dada la relación colonial, el mismo adoptó para algunos un carácter colosal.

La explicación pueril y la historiográfica no se excluyen. Pero me parece necesario recordar que todo conflicto, de un modo u otro, se inicia con la chispa de una minucia. Como decía Federico Nietzsche en su Segunda consideración intempestiva de 1874, la historia y la vida van por canales distintos en la pista del tiempo y el espacio. El libro Hudo Ricci, Carpeta 2704 ¡Inocente! (Argüeso Garzón editores, 2009)  así lo demuestra.

Un comentario historiográfico

Se trata de una autobiografía mediada por un tercero. Miguel Hudo Ricci vive y cuenta el proceso vivido. Luis R. González Argüeso redacta el mismo y le da forma literaria testimonial e histórica. Entre los hechos y la escritura han trascurrido por lo menos 30 años. Se trata no solo de un texto a dos manos. También hay que tomar en cuenta que el Hudo Ricci que rememora, es muy diferente del joven que enfrentó los hechos. El distanciamiento temporal y emocional, la posibilidad de documentar los recuerdos y alimentarlos con el contenido de su  Carpeta 2704 y una serie de fuentes secundarias, convierten este en un texto híbrido muy interesante. Los recuerdos, mixtificados con los datos de terceros, son los que permiten la construcción de una autobiografía como esta. De este modo, texto y contexto, memoria directa y memoria indirecta se constituyen en las piedras de este relato. Igual pasó con mi Carpeta 14604: a ella le debo el registro de numerosos hechos que cometí y no cometí, así como la nostalgia enfermiza por un conjunto de actos radicales que me hubiese agradado haber ejecutado. La vida de la mayoría de los jóvenes rebeldes de todos los tiempos suele ser muy normal y, en ocasiones, aburrida.

Miguel-Hudo-Ricci-2010

MIguel Hudo Ricci (2010)

La autobiografía, mediada por un tercero o no, igual que la biografía, parte de una serie de premisas que Hudo Ricci valida en su texto. Vista a posteriori, superados los escollos, la vida da una  impresión de unidad que el acontecer concreto no posee. A  los 61 años, Huddo Ricci está en posición de presumir que su existencia tenía un telos y que el 11 de marzo de 1971 representó un momento escatológico o la marca de un antes y un  después. La necesidad de organizar el conjunto desde esa perspectiva es evidente. ¿De qué otro modo el ser humano puede explicar un acontecimiento funesto que él mismo no provocó? ¿De qué otro modo puede sublimarlo? Sólo  desprendiéndose del poder de azar y presumiendo el  carácter estructurado del acontecer se consigue ese propósito. Esa es una actitud que las visiones teológicas y científicas de la Historia comparten sin muchos choques. El capítulo “La semilla del futuro” (14 ss.) es una propuesta en esa dirección. Una pregunta legítima en este caso es cuál hubiese sido el tempo de este texto si hubiese sido redactado en 1973 o en 1981. Solo lo propongo como una especulación para que el lector imagine todas las posibilidades que se pierden cuando se redacta un libro.

Una lectura

Voy a dejar de un lado la especulación. Presumiré que esta es la única manera posible que Hudo Ricci tuvo para procesar la memoria del 11 de marzo de 1971. Hudo Ricci, Carpeta 2704 ¡Inocente! puede ser leído como el relato de la historia espiritual de una parte significativa de una generación y un momento. Digo “una parte significativa” porque Hudo Ricci no traduce la memoria de toda la juventud militante: solo representa las trazas de una porción de aquella juventud que fue cargada por la riada de un proceso sobre el cual no tenía control.

La primera lección de mi lectura es simple: aquel peculiar rebelde New Age o de la Nueva Era fue un poco más complejo de lo imaginado. En él, el antibelicismo fue solo una de las muchas consideraciones en debate. También el racismo, el ambientalismo y el autoritarismo de los adultos y el estado, fue parte de aquel dilema. El independentismo, el eterno protagonista del discurso de los historiadores y el poder, no fue siquiera un componente significativo en la decisión que tomó aquel chico al disparar su pistola de perdigones contra los cadetes de ROTC en medio de una refriega. Si lo pongo en el lenguaje de la historia cultural, de lo que se trató fue de la manifestación del  agotamiento de la fe en las posibilidades de un proyecto  heredado, sensación análoga a la que percibí entre 1978 y 1979 cuando me integré a la vida universitaria y a la que percibo en algunos estudiantes en 2010.

La segunda lección tiene que ver con el papel de la espontaneidad y la irracionalidad en los procesos de masas. Las teorías, las ideologías y los programas, elementos que se posesionan del  lenguaje de los “revolucionarios de escritorio”, esbozan malamente la complejidad de los fenómenos. La integración de Hudo Ricci al “bureo estudiantil” (76), como le denomina, no tuvo nada que ver con una decisión racional. Sin embarge es capaz de aceptar que esa “participación espontánea cambió mi vida, y la de cuantos caímos dentro de la vorágine de la violencia vivida” (75). La historia y la vida, reitero, no coinciden. Si fuera posible preguntarles a todos los “héroes” o “mártires” conocidos en qué lugar se encontraba la frontera que separaba  el hacer y el no hacer, muchos de ellos darían la misma respuesta.

La tercera lección tiene que ver con el principio anarquista del poder de coacción del estado que se manifiesta en la insistencia en apelar a las teorías de la conspiración para explicar lo inexplicable. Lo más interesante de todo es que, a pesar de lo inútiles que pueden resultar las teorías de la conspiración para comprender la historia social y política, el tejido de una gran novela policiaca bien pensada puede ser encontrado detrás de numerosos actos del gobierno. La función, pienso en Michel Foucault, de vigilar y castigar que posee el estado no es un delirio de ilusos. La premeditación y la alevosía de un estado que se imagina como un órgano homogéneo y represivo, anima cada infiltración (71) e inquieta durante un interrogatorio secreto (95) que solo el interrogador y el interrogado saben que se está llevando a cabo. El problema de esta intrigas es solo tocan al acusado sino que involucran a numerosas personas que nada tiene que ver con lo que se juzga (124). La conspiración actúa como un virus agresivo que todo lo daña. El relato autobiográfico de Hudo Ricci, derriba el mito de la inocencia del poder. Si su única lección fuese esta, para mí ya sería suficiente.

Si dejo a un lado la lectura heroica de la autobiografía o el testimonio de un inocente perseguido que encuentra su telos, me queda sobre la mesa un objeto más preciado. Se trata de la historia de un hombre de bien llamado Miguel Hudo Ricci que ha tenido que aprender a vivir más de una vez. En el proceso, se ha visto forzado a tomar la decisión de evadirse de un Miguel Hudo Ricci que él nunca fue. Entre el Miguel que construyó el estado y el que él veía cunado se miraba al espejo, había un abismo. Como en el cuento de Edgar Allan Poe, William Wilson tenía que matar a William Wilson a pesar de todos los riesgos y así lo hizo.

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