Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 24, 2015

Betances y Puerto Rico en el momento del auge del autonomismo (1880-1889). Segunda parte.


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Escritor e historiador

Liberales y autonomistas ante el asunto de la revolución

La incomunicación entre los liberales reformistas y los autonomistas con los separatistas  tenía que ver con que aquellos hacían una evaluación más moderada de España y mostraban más tolerancia para con sus políticas autoritarias. Su argumento era que una cosa era rechazar la opresión hispana manifiesta en los gobernadores Sanz, Palacio o Ruiz Dana, pero ello no tenía que interpretarse como un rechazo a la hispanidad. Aquellos sectores se habían hecho a la idea de que   España era una “Madre Patria” modelo de civilización, y no una “Madrastra Patria” ejemplo de barbarie como en varias ocasiones aseguró Betances. Manifestaban además un optimismo político que resultaba incomprensible para los separatistas. Confiaban en la posibilidad de que un cambio en España, ya fuese hacia una Monarquía Limitada o la República, implicaría beneficios políticos y económicos para Puerto Rico que, por lo regular, se identificaban con el derecho a enviar Diputados a Cortes, una Diputación Provincial más abierta, Ayuntamientos electivos y hasta una  reducción de tasas aduaneras en beneficio de algún sector del capital colonial.

Ramón E. Betances Alacán

Ramón E. Betances Alacán

Estaban de acuerdo con los separatistas en que el destino de Puerto Rico estaba atado al de Cuba y reconocía que,  si España cambiaba la relación con aquella, también  cambiaría la relación con nosotros. Por lo regular aceptaban que los espacios de participación dentro de la colonia ofrecían alternativas reales para el cambio los cuales había que aprovechar. Sólo avanzada la década de 1880, el boycott, el ostracismo y la exclusión, comenzaron a imponerse en un segmento de aquel sector ideológico. Lo cierto es que liberales reformistas y autonomistas eran abiertamente antiseparatistas y usaban argumentos análogos a los de los conservadores, integristas e incondicionales para enfrentar al adversario común.

Varios eventos  ocurridos a mediados de la década de 1880 alentaban aquel optimismo. Se trata de tres fechas clave. La primera, 1884, cuando se legalizó la discusión pública del autonomismo por medio de una decisión del Tribunal Supremo del Reino. La segunda, 1886, cuando se celebró la Junta o Asamblea de Aibonito de 1886 en la cual se discutieron los efectos de la Gran Depresión (1873-1896) en la colonia. Y la tercera, 1887, cuando se celebró la Asamblea de Ponce que terminó con la  fundación del Partido Autonomista Puertorriqueño con un programa moderado que rescataba la asimilación como pre-requisito de una autonomía administrativa poco exigente.

La experiencia de 1887 ligada a la “Sociedad del Boicot” parece sugerir que la idea de la “revolución” tal y  como la había pensado Betances entre 1856 y1875, había sido dejada atrás.El boycott, ostracismo o exclusión que se impuso como táctica, apelaba a la tradición irlandesa de Charles Cunningham Boycott (1880) en su lucha contra los ingleses. A pesar de que ese fue el referente inmediato de la práctica, también poseía tenía antecedentes estadounidenses, manifiestos en el boicot a la Ley del Sello (1765) o al te chino (1773).

El Epistolario histórico de Félix Tió Malaret, editado por René Jiménez Malaret, y algunos testimonios de Román Baldorioty de Castro, han confirmado la voluntad  no-violenta y el carácter de resistencia pasiva que los autonomistas y separatistas comprometidos imprimieron a aquel activismo. Como táctica para combatir un régimen injusto, el boycott era más afín a la praxis del Anarquismo Individualista o Pacifista que al separatismo decimonónico en general. La resistencia pasiva, como se sabe, tuvo sus teóricos en figura como William Harvey (EU)  y Lev Tolstoi (Imperio Ruso) durante uno de los peores momentos de la Gran Depresión (1873-1896) del capitalismo internacional.

La discursividad del boycott tenía un fuerte contenido social y estaba lejos de la apelación romántica a una libertad que se interpretaba como una promesa o un destino de la Historia y que favorecía un peculiar culto a la guerra como escenario para la formación de hombres dignos. Pero no se puede pasar por alto que igual que el separatismo independentistas y confederacionista (y luego el nacionalismo),  el boycott aplanaba los intereses económicos de los colonos identificándolos con los del capital agrario y comercial puertorriqueño. El lenguaje del boycott adelantaba actitudes populistas capaces de vincular a los productores directos al capital, pero no resolvía su situación de explotación o sumisión al capital. El burgués revolucionario tuvo en aquel momento un signo interesante en la figura de José Tomás Silva, empresario y dueño de la “Casa Silva” ubicada en  Aguadilla.

Un problema historiográfico irresuelto es que el memorialista citado, Tió Malaret, y su más meticuloso intérprete, Germán Delgado Pasapera,  insistieron en que la finalidad última del boycott era la independencia. Pero el argumento no se sostiene sino sobre la base de la impresión de uno y otro. La propuesta les sirve a ambos les sirve para explicar que, por causa de ese fin estratégico y por el uso esporádico de la fuerza a que indujo el mismo, se pudo justificar el ciclo represivo de los “Componentes” o los “Compontes”.

 

Betances y los autonomistas

Para Betances los liberales reformistas y los autonomistas eran personas ilusorias y contemporizadoras. En París, conoció de los  “Componentes” o “Compontes” y apoyó a las víctimas. Su postura se expresa con diafanidad en el relato satírico  “Viajes de Escaldado” (1888). Pero además de ello, usó políticamente aquel acto represivo para validar su programa de 1867 (Carta a Ramón Marín, 5 junio 1888) y reclamar la radicalización a los autonomistas en favor de la separación. No se expresó sobre la táctica del  boycott ni sobre la violencia desatada tras la salida de Romualdo Palacio del país y que Delgado Pasapera denominó  el  “Contracomponte”, represalia que el liderato del Partido Autonomista Puertorriqueño no respaldó. Según este autor, Betances evaluaba el autonomismo por su liderato moderado y no veía la disposición de la base partisana para la radicalización y el cambio. Desde mi punto de vista, no la podía ver y sólo contaba con las expresiones del liderato moderado para evaluar el autonomismo. Por otro lado, la disposición de la base partisana tampoco demostró se mucha en ningún momento.

El juicio de  Betances sobre el autonomismo es demoledor. En una carta a Máximo Gómez  (1 enero 1888) en respuesta a una conjura que se iniciaba en Panamá como respuesta a los “Compontes”, afirmaba estar “…cansado…de esperar algún acto de vigor de parte de mis compatriotas…”. El pesimismo lo invadía: “…no espero nada ni en una ni en otra colonia. Los autonomistas han matado la revolución…” Betances desconfiaba  lo mismo de los autonomistas cubanos que de los puertorriqueños. Lamentaba en especial la situación puertorriqueña donde, “…más que en Cuba se han conformado con el papel de autonomista; y no ve usted en ningún punto asomar la idea de apelar a la fuerza”. El argumento se transformó en una condena de la no-violencia y la “pasividad” que imperaba en la clase política colonial. Enfáticamente afirmaba que aquellos se limitaban a  “predicar paciencia y legalidad (…) creyendo que el país ha de seguir pacíficamente los destinos de Cuba”.

Carta a Ramón Marín (5 junio 1888), refirió al corresponsal la lectura de  “Viajes de Escaldado”. No le parecía suficiente  la destitución fulminante de Palacio y dudaba que su salida “corrija muchos de los abusos que por allá se cometen”. Para Betances “¡No hay, no hay…esperanza!” en la posibilidad de un cambio. Teóricamente se encontraba muy lejos de la percepción dominante entre liberales reformistas y autonomistas. Para Betances España significaba la barbarie y  “mientras más se aparten de España nuestros países, más se acercarán a la civilización” que, por cierto, parece identificar con Europa. Su tesis era la misma de la década de 1860: la libertad “no se consigue sino por la fuerza”, y la actitud del autonomismo equivale a “la sumisión llevada hasta el heroísmo”. La tesis de Betances es que el país ha adoptado la postura de “que la revolución debe de cederle el paso a la evolución”. A pesar de su duro juicio sobre la moderación de aquellos ideólogos, se sentía en posición de sugerirles que alterasen sus posturas al sugerirle a Marín que  “no aconsejen, pues, para el porvenir tanta mansedumbre y formen corazones varoniles…”. Todavía, la experiencia del Sexenio Liberal estaba muy cerca, miraba hacia los republicanos españoles con esperanza y veladamente sugería que sólo una España Republicana podría hacer algo a favor de la libertad de Puerto Rico

Por último, en una carta a Lola Rodríguez (14 agosto 1889) vuelve a pasar revista sobre ciertos liberales reformistas y autonomistas. El reclamo vuelve a ser moral: “¡Carácter! ¡Quién nos dará carácter!”. Igual que los liberales reformistas y autonomistas culpan al separatismo de sus fracasos políticos, Betances devuelve la acusación: “…se me va la pluma cuando sueño en todo el mal -yo sólo lo sé- que han hecho al país los reformistas, autonomistas y asimilistas. No en vano sostiene Moltke que la guerra ennoblece al hombre.” Las posibilidades de un frente común entre ambos bloques eran nulas en 1889. Las formas en que ambos bandos interpretaba la situación y las posibilidades futuras de Puerto Rico se contradecían.

 

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