Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

enero 11, 2015

Una reflexión sobre el libro Hostos insepulto de Roberto Mori González


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Hostos insepulto de Roberto Mori González, es un volumen que dialoga en dos direcciones. Uno de los diálogos tiene que ver con un Eugenio María de Hostos rescatable: el que retornó a la política activa en la coyuntura de la invasión de la guerra entre España y Estados Unidos y fundó la “Liga de los Patriotas” de 1898 en Nueva York. El otro es un diálogo con el presente a través del cual Mori González se esfuerza en demostrar la pertinencia del pensamiento y la praxis hostosiana en otro momento coyuntural asociado al final del siglo 20. Me refiero a la salida de la Marina de Guerra de Estados Unidos de la Isla Municipio de Vieques.

Eugenio María de Hostos

La lectura de este libro tiene que ser elaborada a partir de esos dos extremos. En ese sentido Hostos insepulto no es tanto un libro sobre el pensamiento y los sistemas ideológicos de Eugenio María de Hostos, sino un conjunto de textos en torno a como Mori González lo representan hoy. Se trata de una actualización del hostosianismo a la luz de las luchas de un segmento de la sociedad civil puertorriqueña. El cambio de lenguaje y el centralismo de las nociones “sociedad civil,” “autogestión” y “comunitarismo” en los 17 textos incluidos en el volumen, es sintomático de estos tiempos de reevaluación de los artefactos analíticos heredados del análisis estructural radical.

Me parece que esa es una de las virtudes mayores del texto. Digo esto porque el hostosianismo de los saberes públicos y del estado ha evolucionado al presente en la ruta de un ritualismo manoseado que ha domesticado la figura de Hostos hasta reducirla al más simple civismo. El hostosianismo de la educación puertorriqueña proclamado con tanta rimbombancia por el sistema de educación pública en año 2001, resultó ser un discurso vacío que no fue capaz de actualizar la pedagogía para el civismo que Hostos proponía. Las razones para que se abortara cualquier esfuerzo es esa dirección son variadas y serían buena materia de discusión en el futuro.

Los centros del volumen Hostos insepulto están en consecuencia bien definidos. Hostos fue un traductor de la ciencia positiva de su tiempo. Las apetencias totalizadoras de Augusto Comte, su percepción de la sociología como una suprahistoria, voluntad que tanto molestó a los historiadores de su tiempo, y la distancia que tomó de las posturas combativas y protosocialistas  de su colaborador Henri de Saint-Simon, son conocidas por todos. No creo que deba recordar que el positivismo comtiano propuso una utopía que debía caracterizarse por la concordia entre el poder espiritual y el temporal. La meta oculta de Comte consistía en asegurar la preeminencia del poder espiritual sobre el temporal.

En la utopía comtiana el poder efectivo lo ejercerían los jefes industriales, la admirada burguesía racionalizadora del mundo de los negocios, punto en el cual coincidía con Saint Simon. En Comte el culto a la ciencia se tradujo en una reverencia hacia las disciplinas no exactas – la sociología, la política y la moral social- que él consideraba más complejas que las ciencias naturales. Las contradicciones de Comte lo condujeron del ataque a la metafísica, que era la meta de la ciencia positiva del siglo 19, a la construcción de una metafísica alterna en la cual el “Gran Ser” era el centro de todo y Comte su sacerdote. Se trataba de un humanismo sacerdotal extremo.

Respecto al darwinismo social de Herbert Spencer como pretexto hostosiano es poco lo que tengo que decir. Asociar a Hostos a Comte y a Spencer implica relacionarlo teóricamente con dos tradiciones conservadoras que negaron la vertiente que condujo al socialismo utópico prefigurado por Henri de Saint Simon en la Francia de 1825 y por Esteban Echevarría en la Argentina de 1837 dentro del movimiento intelectual en el Plata. Una lectura sosegada de Hostos permite detectar la presencia de los utopismos en algunas de sus propuestas. Su percepción de que la “Liga de Patriotas” debía cimentar su lucha en las unidades sociales más pequeñas es un buen ejemplo de ello. El falansterio de Charles Fourier, las comunidades tejanas de Ettiene Cabet (1842), o el New Harmony de la Indiana de 1825 de Robert Owen, asoman en esa interesante propuesta. Aquellas comunidades y la “Liga…” representan una protesta contra la masividad urbana y la deshumanización de las relaciones sociales. A pesar de obvia relación, no recuerdo muchas referencias a este asunto en los estudios sobre Hostos. La cuestión de la sociología hostosiana se ha resuelto con el argumento fácil de las influencias jerárquicas de Comte y Spencer.

Mori González propone una evaluación de Hostos sociólogo y teórico ya no por la consideración de cuáles fueron sus herencias teóricas sino por los artefactos teóricos prácticos que utiliza para enjuiciar la situación de Puerto Rico en 1898. Por eso, y en ello radica la otra aportación de este volumen, concentra su interés en el manejo que hace Hostos de una serie de conceptos que, si bien están derivados de una fuente teórica conservadora como es la “ciencia positiva” tardía, cumplen una función antisistémica y hasta subversiva en el momento de la posguerra del 1898.

Como historiador me consta que los sistemas ideológicos y las prácticas que de ellos se derivan no tienen un carácter absoluto. De un modo u otros todas son refutables o  falsables. Ninguna postura ideológica es intrínsecamente progresista, reaccionaria o conservadora. La historiografía de las ideas y de las representaciones es mucho más compleja que eso. Las reflexiones de este conjunto de ensayos son demostrativas de lo que llevo dicho.

Mori González se ocupa de ilustrar al lector en torno a la forma en que Hostos interpretaba en los papeles de Madre Isla la relación entre las partes del dístico estado-sociedad. El papel que le da a cada uno de los extremos es muy interesante. Si bien el estado aparece  caracterizado por su artificialidad, la sociedad resulta marcada por su carácter natural. Se trata del contraste entre una construcción y un hecho esencial. La preeminencia de la sociedad interpretada como un sistema de relaciones entre individuos al margen del poder formal dentro del dístico, es lo que distingue el planteamiento hostosiano. Hay un evidente trazo anti hobbesiano, anti Leviatán en esta propuesta.

La parte problemática del juicio es que no se puede traducir automáticamente la noción sociedad a la noción pueblo o volk si se piensa en la propuesta de Johann Gottfried von Herder de 1784. La sociedad no es la nación. La sociedad es una estructura o forma en el sentido que la ilustración y el racionalismo le dieron al concepto. El volk o pueblo es un espíritu o geist en el sentido del romanticismo nacionalista. El carácter anti estatal de Hostos es central. La percepción de la sociedad en Hostos está más relacionada a los utopismos antes referidos y a la democracia radical en la tradición de los montañistas franceses que a otra cosa. Esta concepción de la sociedad como un órgano soberano equivalente a la voluntad general de los teóricos de la revolución, abre paso a la prédica de la autogestión que Hostos promovía.

La crítica a la democracia representativa y liberal, una traición de las democracias directas más prístinas, se justifica por el hecho de que la representación de la gente concreta se transforma con suma facilidad en un acto de delegación total de la responsabilidad del poder en manos de políticos profesionales. El corolario de todo ello es que el poder efectivo se enajena de la sociedad. La partidocracia o el elitismo competitivo definido por David Held contienen de un modo análogo los parámetros que Hostos adopta. La valoración del “poder social” como un ejercicio de democracia directa es otra de las aportaciones de esta colección de ensayos.

Un elemento interesante que deriva Mori González de la revisión del pensamiento de Hostos a la altura de 1898, es el rescate de una parte de la propuesta de una confederación de las Antillas en el mismo tono en que lo hicieron Segundo Ruiz Belvis en 1864, Ramón Emeterio Betances en 1868 y José Martí en 1895, y de la pertinencia de aquella propuesta hoy a la luz de la globalización. La concepción parte de la premisa de la aceptación de carácter antisistémico de la confederación como una forma de resistencia a la globalización en el sentido que le da Samir Amin a ese fenómeno.

La confianza de Hostos en aquella estructura superior no se cimentaba en consideraciones positivas, es decir concretas ni verificables. La confederación era un resultado natural justificado dentro de una estructura jerárquica y teleológica de pensamiento. Por eso la comunidad conducía a la nación, y esta a la confederación. La evolución era forzosa y necesaria. Solo había que promoverla y racionalizarla. Hostos preveía, al cabo, la consolidación de una unión latinoamericana en el sentido bolivariano, pero como una liga diplomática. Creo que todos estarán de acuerdo en aceptar que por más que la Organización de Estados Americanos sea una liga diplomática en el sentido estricto de la palabra, no representa ni el sueño de Bolívar ni el de Hostos. La historiografía también demuestra que muchos sueños utópicos pueden convertirse en pesadillas.

En 1898 Hostos construyó su utopía con artificios del pasado. La unidad soñada por Bolívar puede ser interpretada como una extrapolación de la unión de los virreinos y las capitanías de la era colonial. Se dirá que no hay otro modo de construirlas. Eso se llama historicismo radical e implica que no se puede pensar al margen de la experiencia vivida. La validez de un proyecto utópico de unidad continental tenía que pensarse en relación con el desarrollo del poder hegemónico de Estados Unidos, en el cual la generación del 1898 parecía confiar.

El último punto que quiero destacar es la propuesta que hace este libro para la construcción de la identidad caribeña a partir de esas premisas hostosianas. La refundición del antillanismo exclusivista en el gran caribeñismo de la era de la globalización parece ser la fórmula. Los estudios caribeños, con su afán totalizador, han sumido las perspectivas antillanistas en el ámbito del romanticismo más vulgar. El antillanismo de José de Diego resultó ser el último ramalazo romántico de aquella índole con su centrismo lingüístico y el culturalismo de sus combates, mientras se confiaba en la buena voluntad de Estados Unidos con una inocencia atroz. Me parece que la lección, si alguna, de aquel momento histórico es evidente.

No me parece que identificar la globalización como un camino alterno o un agente facilitador para la integración cultural e ideológica de un Caribe presumiblemente balcanizado solucione nada. El Caribe estuvo integrado de algún modo durante tres siglos de coloniaje español y fue muy poco lo que se consiguió en términos de una conciencia colectiva. Integrar las economías caribeñas al mercado global regionalizando estas economías para la generación del placer turístico o la venta de servicios, no es un proyecto de todos los caribeños. Es una propuesta del postcapitalismo euroamericano. El tipo de conciencia caribeña que esa situación genere no tiene mucho que ver con el antillanismo del siglo 19.

Para concluir, este volumen es una invitación a revisitar a Hostos como teórico y ello es válido si quien le visita reconoce sus prejuicios. Su mayor aportación es que hace de Hostos un modelo en un momento de crisis ideológica para los que todavía abrigan proyectos como la independencia y la confederación. Debo confesar que no soy hostosiano ni por formación ni por pasión. Soy solo un estudioso de Hostos y su tiempo, nada más. Es probable que alguien piense que eso representa un problema insalvable al mirar un texto como este. Yo creo que no. Esa condición permite mirar el texto desde un afuera que es también un adentro. Eugenio María de Hostos se lo merece.

Comentario escrito en 2003 en torno al libro de Roberto Mori González, Hostos insepulto. Ensayos en la búsqueda de la utopía  inconclusa. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra editores, 2003. 199 págs.

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