Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

marzo 29, 2011

José Marcial Quiñones: la Insurrección de Lares

Tomado de  José Marcial Quiñones. Un poco de historia colonial. San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia, 1978. El manuscrito es de principios de la década de 1890 y la trascripción sigue las pautas del historiador Aurelio Tió. Quiñones nació en 1827 y murió en 1893.

XVI  Sobre la insurrección de Lares

Ya que he mencionado lo de Lares, que pasó a fines de septiembre de 1868, he de decir algo de este para Puerto-Rico memorable suceso, desde el cual data verdaderamente nuestra pésima actual situación; pues además de la continua desconfianza de que estamos rodeados, la institución de Voluntarios y la de la Guardia Civil, creadas a consecuencia de aquel acontecimiento, nos tiranizan cuanto pueden, como enemigos encarnizados y partido armado contra otro inerme, que no tiene más remedio que callar, sufrir y esperar justicia del tiempo.

La historia de lo de Lares ha sido escrita por Pérez Moris, que ha tenido buen cuidado de callar las inauditas crueldades, los atropellos, los desmanes y las vejaciones sin número cometidas más por los jefes que por los soldados y tenidas por ellos mismos como insignes proezas contra gentes desarmadas o inocentes. Pero día llegará en que también nosotros historiemos, pues no sería razonable ni justo oír sólo a una parte.

Yo he visitado, en el barrio Río-Prieto, al pie de la sierra que se llama la Silla de Calderón, las tumbas de Toledo, de Bruckman y de Guayubín. El primero, un inofensivo labrador; los dos últimos, complicados en el mencionado suceso. El coronel Martínez los asesinó a los tres; a aquél en su cama, mandando a hacer fuego contra los setos de su casa, que era de yaguas; a los dos últimos, un poco más arriba, al pie de unas zarzas, donde cansados y hambrientos habíanse refugiado y donde, como lo llevo referido, fueron encontrados dormidos. De aquel sueño pasaron sin sentirlo, por fortuna suya, al de la eternidad; pues ni siquiera se movieron, habiendo sido arcabuceados a boca de jarro. Estos individuos me eran desconocidos, y aún ignoraba sus nombres. No sé si fueron o no culpables; pero no pude negarles mi compasión por la muerte que tuvieron, ni contemplar, sin cierto respeto mezclado de terror, la tierra que cubría sus restos.

José Marcial Quiñones

Una tarde del mes de noviembre del año de 1874, el sol puesto, casi entrada la noche, al ruido que soplaba de la montaña y prestaba a aquella hora cierto religioso respeto y misterio, en la falda de una empinada cuesta y junto a un espeso bosque en el que se veían algunos yagrumos removiendo, a impulso de las ráfagas, sus grandes hojas plateadas por el reverso, tres personas, las cabezas descubiertas y desordenado el cabello por la brisa, colocadas de pie alrededor de una cruz rústica de madera, clavada en un mogote de tierra removida, rodeada de zarzas y de helechos, escuchábamos, con respetuoso silencio y ánimo conmovido, de los labios de un campesino, testigo ocular de aquella trágica escena y que, amarrado y el revólver a la sien, habíase visto obligado a descubrir el paradero de aquellos infelices, escuchábamos, digo, el relato sencillo, pero de seguro fiel y verídico de todas estas crueldades.

Algún tiempo después y con muy corta variación, oí, de labios de un soldado de la columna que mandaba el coronel Martínez, el relato de estos mismos hechos. De él recogí también estos otros datos no menos repugnantes, relativos a la conducta del mencionado coronel, quien, decíase, era gitano de raza y se distinguió, cuando aquellos acontecimientos, entre los demás oficiales, por su ferocidad y rapiñas. Causan verdaderamente horror, y conviene que la historia los consigne.

Apresado que fuera el cabecilla Rojas, fue, por su orden, colgado por las manos de una solera de la casa en que se hallaba y en aquella posición suspendido, en presencia de los soldados, lo abofeteó, le escupió el rostro, le ensangrentó la boca pegándole en ella con el revólver y finalmente le arrancó a puñadas las barbas en las cuales se venía pegada la carne. «Señor», decíame el soldado, «al militar le repugna siempre hacer el papel de asesino. Damos muerte, cuando se nos hace frente y vemos en ello una gloria; pero nos indigna matar al hombre indefenso. El coronel no era querido entre nosotros, y cuando aquello hacía, un movimiento de horror corrió por toda la columna, pintándose la indignación en nuestras caras. ¡Ay del coronel, si uno de nosotros hace una señal!»

Este último dicho no le creí, juzgándolo una fanfarronada del que esto me decía; pero me satisfizo que, por sentimiento, así expresara, algún tiempo después, su indignación. Sea lo que fuere, tal comportamiento con el vencido sólo fue propio de la ferocidad de la hiena. Aunque nunca igualado, otros oficiales, el coronel Iturriaga, el comandante Berris y el capitán Prats, le imitaron en su crueldad.

El libro de Pérez Moris, justo es confesarlo, está bien escrito y abunda en muchos datos. Sólo le sobra el odio con que nos mira a los hijos del país y que se revela en cada una de sus páginas; pero le falta lo principal, la imparcialidad. De la parte oficial no digo nada, porque sabiendo todo el mundo lo que aquí es esta verdad, puede presumirse también que, por este lado, peque de exageración, si no de veracidad.

Entre nosotros, pocos lo leerán, con gusto, sino es el Marqués de la Esperanza, Fernando Acosta y otros, por los elogios que allí se les tributa; pero donde solamente, debo asegurarlo, el primero se ha visto llamado patriota y el segundo honrado; virtudes de que nunca el uno diera pruebas, y que el otro jamás ha cultivado. No calumnio. El público y ciertos expedientes seguidos por el tribunal, a los que en estos tiempos, con sobrado empeño, se les ha echado tierra, pueden dar fe de cuanto avanzo respecto del último.

Este Fernando Acosta, cuya elevación al empleo de corregidor de este pueblo no comprendieron ni aún los suyos, pues ni por la inteligencia habíase hecho acreedor y que sólo pudo tomarse por una irrisión y una befa de los que fue destinados a mandar, hizo poco honor al gobierno que le nombró para este destino, sin duda, por no conocerlo o también, por un nuevo género de venganza, no reparando todo lo que él mismo iba perdiendo en la partida.

Respecto del hecho mismo de Lares, debo sólo decir que no habiendo tomado parte directa ni indirecta en ese asunto, ni siquiera había tenido conocimiento de él, hasta el mismo momento en que tuvo lugar, no puedo presentar datos positivos sobre su origen, ni que ramificaciones tuviera en la Isla, o fuera.

Por lo aislada que pareció, lo mal concertada y lo peor ejecutada, siempre había creído que los pocos complicados en esta calaverada sólo habían obrado por cuenta propia. Pero luego, y no ha mucho de ello, he sospechado, con algún fundamento, que aquel amago de revolución obedeció a un plan concebido en el extranjero y que los encargados aquí de su ejecución no hicieron más que anticiparse. La responsabilidad recaiga, pues, sobre quien de derecho corresponda. La opinión pública ha señalado siempre al Lcdo. Ruiz Belvis y al Dr. Betances, como sus iniciadores.

El primero era amigo de la infancia, casi pariente. Listo y con talento, Ruiz estaba acreditado en su profesión de abogado en Mayagüez, donde residía. Escribía bien y con vehemencia, razón por lo que sus escritos eran leídos con avidez, pero extremadamente apasionado y de carácter dominante, voluntarioso aún y poco avenible, lo que, además de privarle del consejo, le hacía mal quisto, menos de sus amigos de quienes sabía serlo, lejos de disimular su mala voluntad a los peninsulares, tenía la imprudencia de hacer de ella alarde.

Plaza de San Germán (1878)

Con Betances también me unía la amistad. Entendido en la ciencia médica, que ejercía con acierto, de carácter reservado, algún tanto excéntrico, afectando singularidad en el vestir, de convicciones republicanas, practicando noble y grandemente la caridad con los pobres, por lo que era muy popular, y por cuyo motivo también las autoridades locales, con suspicacia suma, veían en ello un fin, Betances, no sintiendo tampoco simpatías hacia nuestros señores, igualmente se cuidaba poquísimo de ocultarles su malquerencia.

Estos son los dos hombres que el Gobierno consideraba como los más separatistas y por consiguiente como sus mayores enemigos, y es menester confesar que con razón. Ambos estaban unidos por estrecha amistad. A los dos los rodeaba gente moza, novicia, inexperimentada, indiscreta, buena más para concitar las pasiones que para dar un buen consejo. Ruiz no tenía dotes para jefe de partido, porque además de la inquebrantable voluntad que se requiere en semejantes empresas y que verdaderamente él tenía, se necesita un espíritu sereno y conciliador para oír, pensar, y tomar en cuenta las objeciones opuestas. Betances necesitaba ser hombre más persuasivo, para lo cual se requieren dotes oratorias que no poseía y de las que el primero estaba falto también. De sentimientos nobles y caballerosos los dos, esto, no bastada. Igualmente necesitaban el prestigio que da el dinero.

Todas estas circunstancias las debieran tener presentes aquellos que, en un momento dado, quieran capitanear a los hombres y lanzarlos a un movimiento político, cuyos resultados son dudosos, sobre todo cuando tienen que habérselas con masas tímidas y vírgenes en este género de aventuras. Pero cegados el uno y el otro por sus pasiones, o se dejaron engañar por ellas, o fueron muy crédulos con la clase de gente que los rodeaba, no advirtiendo que para salir bien de una empresa revolucionaria, se requieren otros elementos. Ignoro, sin embargo, los recursos con que contaban de fuera. Yo no estaba en el secreto; pero sea lo que ello fuera, a nadie deben culpar de su mal éxito. Á tiempo los dos lograron huir del país y por tanto escapar de las iras del Gobierno, que se hubiera alegrado mucho de apresarlos, para hacer un ejemplo.

Ruiz murió inopinadamente aquel mismo año en Chile, donde, dicen, fue a dar cuerpo a su idea, ya que por acá había fracasado. Algunos, al principio, creyeron en un veneno administrado por mano oculta; otros hablaron de un suicidio. ¿Con qué fundamentos? Lo ignoro. Ello es que la honda impresión, causada por esta muerte, pronto debilitóse en los ánimos y, con ella, los comentarios gratuitos y algo novelescos del vulgo cesaron a influencia de los acontecimientos políticos, que se precipitaban y que, no dejando tiempo para pensar en los muertos, hacían que pareciésemos vivir más de prisa.

Sobre el proyecto de Ruiz nunca he sabido nada de positivo. Con su muerte, que como amigo he sentido mucho, han quedado por ahora sin realización sus proyectos separatistas que creo mejor, pues nunca he tenido fe en el apoyo extranjero para ningún alzamiento popular, cuando los interesados carecen, sino de valor, de experiencia y de otras condiciones para por sí mismos llevarlos a efecto. Siempre es exponerse a otros riesgos y a otros males peores, después del triunfo. Hay que satisfacer las exigencias siempre desmedidas de unos y de otros, tanto del que hizo mucho, como del que hizo poco, cuando no hay quien, alzándose con el santo y la limosna, hace propio lo que es de todos. Respecto de Betances, que todavía anda proscrito en el extranjero, tal vez nos acuse a todos de falta de consecuencia y se habrá arrepentido también de haberse sacrificado por una causa que dudo vea triunfar, por el momento al menos, aunque muchos y grandes sean los motivos de descontento que seguimos teniendo.

Mal estábamos antes; peor lo pasamos hoy; pero aquí declaro formalmente, aleccionado por la experiencia, por todo lo que he visto y veo pasar ante mis ojos, que nunca comprometeré en tales aventuras la tranquilidad de mi familia, ni el porvenir de mis hijos. No sé cuando este mal concluya, pues veo nuestro porvenir oscuro y pavoroso.

La Isla de Cuba ofrece un cuadro de miseria y de desolación que espanta. Nunca creyera que se llegase a un grado tal de rabia, de encono y de salvajismo. Qué resolución nos sea dado tomar después de todo, es muy difícil prever. Estos tiempos son de indignas veleidades, de traiciones, de cobardías, de vergonzosos contratos y de hipócritas acciones. Lo peor que nos pudiera haber sucedido, en particular, es que la fe nos falta y que las ilusiones de la juventud nos han abandonado. Un desconsolador escepticismo de las cosas y de las personas es lo único que nos queda.

Comentario:

José Marcial Quiñones resume la postura de un liberal moderado antiseparatista. La memoria privada que leemos se publicó mucho después de su muerte por lo que no representó una amenaza para su persona bajo el dominio de España en ningún sentido. Hermano de Francisco Mariano Quiñones, José Marcial fue amigo de Ruiz Belvis y Betances aunque nunca convino con sus ideas como aclara varias veces en el texto seleccionado. El fragmento citado tiene el valor de que representa una crítica a la versión de Pérez Moris a quien acusa de parcialidad y de ocultar la crueldad de la represión contra los filibusteros o rebeldes capturados. Destaca a Lares como un “memorable suceso”, pero le achaca al evento el empeoramiento de la situación colonial tras la Insurrección. De hecho, la tiranía de España, personificada en el Instituto de Voluntarios y la Guardia Civil, dos cuerpos policiacos creados después de 1868, le parece argumento suficiente para ello.

Para confirmar sus opiniones el autor recurre a escenarios de estirpe romántica: la tumba de los tres rebeldes en Silla de Calderón y su visita al sitio en 1874 guiado por un campesino, la tortura inmisericorde de Rojas justifican su mirada piadosa de la desgracia de los rebeldes aunque nunca se solidariza con ellos ni con su causa. La imagen de soldado cruel -Martínez, Berris, Iturriaga- todos documentados en la versión de Pérez Moris, está bien elaborada. La crítica de Quiñones al tratamiento del Corregidor de San Germán Fernando Acosta, y al Hacendado  José Ramón Fernández el Marqués de la Esperanza en la obra de Pérez Moris, son datos interesantes. Fernández era un signo del integrismo español que el mismo Betances había burlado en varios de sus escritos.

El juicio sobre la Insurrección de Lares, Ruiz Belvis y Betances sirve para contrastar las posturas Conservadoras y Liberales: El juicio en torno a esos signos de la rebelión no es muy distinta en ambos extremos. Pérez Moris quiere llamar la atención sobre la peligrosidad de la conjura; Quiñones le resta importancia y la reduce a una “calaverada”. No hay en el siglo 19 una voz separatistas que explique su causa o justifique el acto revolucionario públicamente. Ruiz Belvis no cambia mucho: es una persona de “carácter dominante, voluntarioso y poco avenible”. Alardea de su radicalismo, es buen escritor y mal orador. Betances es un buen médico, “reservado, algún tanto excéntrico, afectando singularidad en el vestir”, republicano que alardea de su radicalismo al cual le faltan dotes oratorias. Desde la perspectiva del autor, ninguno de los dos tenía dotes de líder por una causa o la otra y les faltaba “el prestigio que da el dinero”. La derrota de la Insurrección se justifica por las “masas tímidas y vírgenes es este género de aventuras” y por el hecho de que el liderato es muy crédulo. Una persona que probablemente nunca conspiró acaba de juzgar a los conspiradores.

Al final deja el sabor de que la muerte de Ruiz Belvis en Valparaíso, Chile, en un cuarto del Hotel Aubry de la ciudad, liquidó la conjura. Le doy la razón en parte. Después de esa fecha el apoyo internacional para la causa de Puerto Rico se centró en la Antillas. De aquellas gestiones de Ruiz Belvis dependía el apoyo internacional a un levantamiento abortado por las circunstancias. La idea de que Betances debe haberse arrepentido de la aventura es más un deseo del autor que una certeza. Lo único cierto que José Marcial Quiñones no fue separatista, no quiere serlo y no quiere que lo confundan con uno de ellos. Esa fue la actitud emblemática del Liberalismo y el Autonomismo durante todo el siglo 19. Y no ha dejado de serlo en el siglo 20 ante las posturas radicales.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

4 comentarios »

  1. Entre Quiñones y Pérez Moris, no veo mucha diferencia. Ambos resaltan los defectos de Ruiz Belvis y Betances y desprestigian al movimiento separatista. Lo único que resalto como diferente es que Quiñones reconoce en las circunstancias en la que murieron cabecillas de Lares como Manuel Rojas.

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    Comentario por Harold Marquez Tirado — abril 5, 2011 @ 2:33 am | Responder

  2. En ambos fragmentos se puede observar, en parte, cómo se organizaban las organizaciones revolucionarias. Es interesante como Morris habla de Betances, Ruiz Belvis y Paradís, pero Quiñones omite en todo el relato a Paradís. Ambos parecen textos biográficos prejuiciados bajo los ideales conservadores y liberales de los autores.

    El de Moris parece tomado de documentos oficiales y el de Quiñones de relatos y entrevistas. También, la visión de Morris de Fernando Acosta en contraposición de Quiñones. Uno lo exhalta y otro lo hace el verdugo, haciendo el apunte de que era gitano. Morris hace de Betances y Ruiz Belvis personas malas y crueles y Quiñones de cierta forma los humaniza.

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    Comentario por Catherine Alvarado — abril 30, 2011 @ 5:35 pm | Responder

  3. En la lectura de Pérez Moris es notable ver la influencia interpretativa de el autor en el texto que, aunque pudieran ser basadas en testimonios, le faltaba imparcialidad, como ocurre en el caso de Ruiz y Betances donde Pérez buscaba defectos personales de ellos para justificar el fracaso del movimiento. Inclusive recalca estos defectos negativos personales pero no toca sus aportaciones positivas. Pudiera ser que tuviera razón en cuanto esos defectos personales de Ruiz Belvis y Betances, pero la mano integrista exaltaba su furia ante ellos y su deseo de desintegrarlos moralmente. Este detalle hace a Pérez un fanático del atropello español en Puerto Rico. Pérez asociaba el evento del Grito de Lares a una conspiración que atentaba contra del progreso de la isla, justificando indirectamente el atropello español.

    En el texto de Marcial Quiñones vemos como se configura su imparcialidad desmoralizando las torturas realizadas por Martínez y sus secuaces para regimentar el terror en la zona. También se ve como el gobierno militar español tomaba medidas contra el pueblo que Quiñones asociaba con el memorable suceso de Lares. En parte Quiñones alega en el texto dicta que era un atropello lo que el gobierno Español tenía con Puerto Rico luego del Grito de Lares. Se mostraba opuesto a esto pero no lo demuestra, lo termina justificando.

    La postura de Quiñones en cuanto al ámbito político lo hace conforme a la mayoría de la época donde se encuentra en un espectro del integrismo. Como por ejemplo la postura de Pérez de un integrismo de derecha, y Quiñones un integrismo más de izquierda. En el texto de Quiñones vemos como en el análisis del fracaso ambos, Pérez Moris y Quiñones, asocian el fracaso con errores de los principales conspiradores de Betances y de Ruiz, ignorando otras posibles causas como por ejemplo: la capacidad militar española comparadas a la del movimiento. En cuanto imparcialidad Quiñones es más imparcial que Moris, pero ambos interpretan a través de sus propios lentes ópticos. En opinión pienso que estos textos y todos los demás que son utilizados por los historiadores modernos deberían ser aún más estrictamente revisados, para poder entender el pasado real, ser más empírico-científicos, porque sabemos que la el embuste que se repite termina siendo verdad, termina influyendo el presente y a la sociedad.

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    Comentario por Emerick Rodríguez Marrero — mayo 8, 2011 @ 8:14 pm | Responder

  4. La vision de José Marcial Quiñones es muy diferente a la que impuso Pérez Moris en su escrito. Para mí es un tanto opuesta en el sentido de la realidad y la moderacion con la que Quiñones ve el suceso como algo que en nuestra historia tenía que ocurrir, ni lo vio bueno ni lo vio malo solo recalcó unas fallas las cuales explícitamente Pérez Moris exageró en su escrito. Este liberal imparcialmente ve la insurrección como un memorable suceso por el cual acepta el silencio y la justicia del tiempo como armas para esperar por nuestra libertad. Condena la conducta de Perez Moris al callar en su escrito las actitudes falsas y la crueldad española contra nuestro pueblo. Haciendo a Perez Moris un fanático de lo absurdo tratando de encubrir lo que ralmente se veía a flor de piel, la injusticia y el tiranicidio por españoles.

    Quiñones fue muy audaz y cuidadoso en cuanto no hacer su escrito parcializado y lleno de odio como lo hizo Pérez Moris, quien se hizo notar falto de dignidad al aplaudir y ocultar la realidad sobre lo que ocurrió después de la Insurreción de Lares. Recalcó la amistad con Betances, quizás los unía la pasión que alguna vez sintió Quiñones por las ciencias antes de estudiar literatura y con mucho respeto realzó los factores negativos que llevaron a la caída de estos héroes nacionales y lo que les hizo falta en cuanto a personalidad para lograr sus objetivos y con lo apresurado que se dio el acto sin preparación alguna y poco armamento.

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    Comentario por Shellin Ortega — mayo 10, 2011 @ 7:26 pm | Responder


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