Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

marzo 29, 2011

José Marcial Quiñones: la Insurrección de Lares

Tomado de  José Marcial Quiñones. Un poco de historia colonial. San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia, 1978. El manuscrito es de principios de la década de 1890 y la trascripción sigue las pautas del historiador Aurelio Tió. Quiñones nació en 1827 y murió en 1893.

XVI  Sobre la insurrección de Lares

Ya que he mencionado lo de Lares, que pasó a fines de septiembre de 1868, he de decir algo de este para Puerto-Rico memorable suceso, desde el cual data verdaderamente nuestra pésima actual situación; pues además de la continua desconfianza de que estamos rodeados, la institución de Voluntarios y la de la Guardia Civil, creadas a consecuencia de aquel acontecimiento, nos tiranizan cuanto pueden, como enemigos encarnizados y partido armado contra otro inerme, que no tiene más remedio que callar, sufrir y esperar justicia del tiempo.

La historia de lo de Lares ha sido escrita por Pérez Moris, que ha tenido buen cuidado de callar las inauditas crueldades, los atropellos, los desmanes y las vejaciones sin número cometidas más por los jefes que por los soldados y tenidas por ellos mismos como insignes proezas contra gentes desarmadas o inocentes. Pero día llegará en que también nosotros historiemos, pues no sería razonable ni justo oír sólo a una parte.

Yo he visitado, en el barrio Río-Prieto, al pie de la sierra que se llama la Silla de Calderón, las tumbas de Toledo, de Bruckman y de Guayubín. El primero, un inofensivo labrador; los dos últimos, complicados en el mencionado suceso. El coronel Martínez los asesinó a los tres; a aquél en su cama, mandando a hacer fuego contra los setos de su casa, que era de yaguas; a los dos últimos, un poco más arriba, al pie de unas zarzas, donde cansados y hambrientos habíanse refugiado y donde, como lo llevo referido, fueron encontrados dormidos. De aquel sueño pasaron sin sentirlo, por fortuna suya, al de la eternidad; pues ni siquiera se movieron, habiendo sido arcabuceados a boca de jarro. Estos individuos me eran desconocidos, y aún ignoraba sus nombres. No sé si fueron o no culpables; pero no pude negarles mi compasión por la muerte que tuvieron, ni contemplar, sin cierto respeto mezclado de terror, la tierra que cubría sus restos.

José Marcial Quiñones

Una tarde del mes de noviembre del año de 1874, el sol puesto, casi entrada la noche, al ruido que soplaba de la montaña y prestaba a aquella hora cierto religioso respeto y misterio, en la falda de una empinada cuesta y junto a un espeso bosque en el que se veían algunos yagrumos removiendo, a impulso de las ráfagas, sus grandes hojas plateadas por el reverso, tres personas, las cabezas descubiertas y desordenado el cabello por la brisa, colocadas de pie alrededor de una cruz rústica de madera, clavada en un mogote de tierra removida, rodeada de zarzas y de helechos, escuchábamos, con respetuoso silencio y ánimo conmovido, de los labios de un campesino, testigo ocular de aquella trágica escena y que, amarrado y el revólver a la sien, habíase visto obligado a descubrir el paradero de aquellos infelices, escuchábamos, digo, el relato sencillo, pero de seguro fiel y verídico de todas estas crueldades.

Algún tiempo después y con muy corta variación, oí, de labios de un soldado de la columna que mandaba el coronel Martínez, el relato de estos mismos hechos. De él recogí también estos otros datos no menos repugnantes, relativos a la conducta del mencionado coronel, quien, decíase, era gitano de raza y se distinguió, cuando aquellos acontecimientos, entre los demás oficiales, por su ferocidad y rapiñas. Causan verdaderamente horror, y conviene que la historia los consigne.

Apresado que fuera el cabecilla Rojas, fue, por su orden, colgado por las manos de una solera de la casa en que se hallaba y en aquella posición suspendido, en presencia de los soldados, lo abofeteó, le escupió el rostro, le ensangrentó la boca pegándole en ella con el revólver y finalmente le arrancó a puñadas las barbas en las cuales se venía pegada la carne. «Señor», decíame el soldado, «al militar le repugna siempre hacer el papel de asesino. Damos muerte, cuando se nos hace frente y vemos en ello una gloria; pero nos indigna matar al hombre indefenso. El coronel no era querido entre nosotros, y cuando aquello hacía, un movimiento de horror corrió por toda la columna, pintándose la indignación en nuestras caras. ¡Ay del coronel, si uno de nosotros hace una señal!»

Este último dicho no le creí, juzgándolo una fanfarronada del que esto me decía; pero me satisfizo que, por sentimiento, así expresara, algún tiempo después, su indignación. Sea lo que fuere, tal comportamiento con el vencido sólo fue propio de la ferocidad de la hiena. Aunque nunca igualado, otros oficiales, el coronel Iturriaga, el comandante Berris y el capitán Prats, le imitaron en su crueldad.

El libro de Pérez Moris, justo es confesarlo, está bien escrito y abunda en muchos datos. Sólo le sobra el odio con que nos mira a los hijos del país y que se revela en cada una de sus páginas; pero le falta lo principal, la imparcialidad. De la parte oficial no digo nada, porque sabiendo todo el mundo lo que aquí es esta verdad, puede presumirse también que, por este lado, peque de exageración, si no de veracidad.

Entre nosotros, pocos lo leerán, con gusto, sino es el Marqués de la Esperanza, Fernando Acosta y otros, por los elogios que allí se les tributa; pero donde solamente, debo asegurarlo, el primero se ha visto llamado patriota y el segundo honrado; virtudes de que nunca el uno diera pruebas, y que el otro jamás ha cultivado. No calumnio. El público y ciertos expedientes seguidos por el tribunal, a los que en estos tiempos, con sobrado empeño, se les ha echado tierra, pueden dar fe de cuanto avanzo respecto del último.

Este Fernando Acosta, cuya elevación al empleo de corregidor de este pueblo no comprendieron ni aún los suyos, pues ni por la inteligencia habíase hecho acreedor y que sólo pudo tomarse por una irrisión y una befa de los que fue destinados a mandar, hizo poco honor al gobierno que le nombró para este destino, sin duda, por no conocerlo o también, por un nuevo género de venganza, no reparando todo lo que él mismo iba perdiendo en la partida.

Respecto del hecho mismo de Lares, debo sólo decir que no habiendo tomado parte directa ni indirecta en ese asunto, ni siquiera había tenido conocimiento de él, hasta el mismo momento en que tuvo lugar, no puedo presentar datos positivos sobre su origen, ni que ramificaciones tuviera en la Isla, o fuera.

Por lo aislada que pareció, lo mal concertada y lo peor ejecutada, siempre había creído que los pocos complicados en esta calaverada sólo habían obrado por cuenta propia. Pero luego, y no ha mucho de ello, he sospechado, con algún fundamento, que aquel amago de revolución obedeció a un plan concebido en el extranjero y que los encargados aquí de su ejecución no hicieron más que anticiparse. La responsabilidad recaiga, pues, sobre quien de derecho corresponda. La opinión pública ha señalado siempre al Lcdo. Ruiz Belvis y al Dr. Betances, como sus iniciadores.

El primero era amigo de la infancia, casi pariente. Listo y con talento, Ruiz estaba acreditado en su profesión de abogado en Mayagüez, donde residía. Escribía bien y con vehemencia, razón por lo que sus escritos eran leídos con avidez, pero extremadamente apasionado y de carácter dominante, voluntarioso aún y poco avenible, lo que, además de privarle del consejo, le hacía mal quisto, menos de sus amigos de quienes sabía serlo, lejos de disimular su mala voluntad a los peninsulares, tenía la imprudencia de hacer de ella alarde.

Plaza de San Germán (1878)

Con Betances también me unía la amistad. Entendido en la ciencia médica, que ejercía con acierto, de carácter reservado, algún tanto excéntrico, afectando singularidad en el vestir, de convicciones republicanas, practicando noble y grandemente la caridad con los pobres, por lo que era muy popular, y por cuyo motivo también las autoridades locales, con suspicacia suma, veían en ello un fin, Betances, no sintiendo tampoco simpatías hacia nuestros señores, igualmente se cuidaba poquísimo de ocultarles su malquerencia.

Estos son los dos hombres que el Gobierno consideraba como los más separatistas y por consiguiente como sus mayores enemigos, y es menester confesar que con razón. Ambos estaban unidos por estrecha amistad. A los dos los rodeaba gente moza, novicia, inexperimentada, indiscreta, buena más para concitar las pasiones que para dar un buen consejo. Ruiz no tenía dotes para jefe de partido, porque además de la inquebrantable voluntad que se requiere en semejantes empresas y que verdaderamente él tenía, se necesita un espíritu sereno y conciliador para oír, pensar, y tomar en cuenta las objeciones opuestas. Betances necesitaba ser hombre más persuasivo, para lo cual se requieren dotes oratorias que no poseía y de las que el primero estaba falto también. De sentimientos nobles y caballerosos los dos, esto, no bastada. Igualmente necesitaban el prestigio que da el dinero.

Todas estas circunstancias las debieran tener presentes aquellos que, en un momento dado, quieran capitanear a los hombres y lanzarlos a un movimiento político, cuyos resultados son dudosos, sobre todo cuando tienen que habérselas con masas tímidas y vírgenes en este género de aventuras. Pero cegados el uno y el otro por sus pasiones, o se dejaron engañar por ellas, o fueron muy crédulos con la clase de gente que los rodeaba, no advirtiendo que para salir bien de una empresa revolucionaria, se requieren otros elementos. Ignoro, sin embargo, los recursos con que contaban de fuera. Yo no estaba en el secreto; pero sea lo que ello fuera, a nadie deben culpar de su mal éxito. Á tiempo los dos lograron huir del país y por tanto escapar de las iras del Gobierno, que se hubiera alegrado mucho de apresarlos, para hacer un ejemplo.

Ruiz murió inopinadamente aquel mismo año en Chile, donde, dicen, fue a dar cuerpo a su idea, ya que por acá había fracasado. Algunos, al principio, creyeron en un veneno administrado por mano oculta; otros hablaron de un suicidio. ¿Con qué fundamentos? Lo ignoro. Ello es que la honda impresión, causada por esta muerte, pronto debilitóse en los ánimos y, con ella, los comentarios gratuitos y algo novelescos del vulgo cesaron a influencia de los acontecimientos políticos, que se precipitaban y que, no dejando tiempo para pensar en los muertos, hacían que pareciésemos vivir más de prisa.

Sobre el proyecto de Ruiz nunca he sabido nada de positivo. Con su muerte, que como amigo he sentido mucho, han quedado por ahora sin realización sus proyectos separatistas que creo mejor, pues nunca he tenido fe en el apoyo extranjero para ningún alzamiento popular, cuando los interesados carecen, sino de valor, de experiencia y de otras condiciones para por sí mismos llevarlos a efecto. Siempre es exponerse a otros riesgos y a otros males peores, después del triunfo. Hay que satisfacer las exigencias siempre desmedidas de unos y de otros, tanto del que hizo mucho, como del que hizo poco, cuando no hay quien, alzándose con el santo y la limosna, hace propio lo que es de todos. Respecto de Betances, que todavía anda proscrito en el extranjero, tal vez nos acuse a todos de falta de consecuencia y se habrá arrepentido también de haberse sacrificado por una causa que dudo vea triunfar, por el momento al menos, aunque muchos y grandes sean los motivos de descontento que seguimos teniendo.

Mal estábamos antes; peor lo pasamos hoy; pero aquí declaro formalmente, aleccionado por la experiencia, por todo lo que he visto y veo pasar ante mis ojos, que nunca comprometeré en tales aventuras la tranquilidad de mi familia, ni el porvenir de mis hijos. No sé cuando este mal concluya, pues veo nuestro porvenir oscuro y pavoroso.

La Isla de Cuba ofrece un cuadro de miseria y de desolación que espanta. Nunca creyera que se llegase a un grado tal de rabia, de encono y de salvajismo. Qué resolución nos sea dado tomar después de todo, es muy difícil prever. Estos tiempos son de indignas veleidades, de traiciones, de cobardías, de vergonzosos contratos y de hipócritas acciones. Lo peor que nos pudiera haber sucedido, en particular, es que la fe nos falta y que las ilusiones de la juventud nos han abandonado. Un desconsolador escepticismo de las cosas y de las personas es lo único que nos queda.

Comentario:

José Marcial Quiñones resume la postura de un liberal moderado antiseparatista. La memoria privada que leemos se publicó mucho después de su muerte por lo que no representó una amenaza para su persona bajo el dominio de España en ningún sentido. Hermano de Francisco Mariano Quiñones, José Marcial fue amigo de Ruiz Belvis y Betances aunque nunca convino con sus ideas como aclara varias veces en el texto seleccionado. El fragmento citado tiene el valor de que representa una crítica a la versión de Pérez Moris a quien acusa de parcialidad y de ocultar la crueldad de la represión contra los filibusteros o rebeldes capturados. Destaca a Lares como un “memorable suceso”, pero le achaca al evento el empeoramiento de la situación colonial tras la Insurrección. De hecho, la tiranía de España, personificada en el Instituto de Voluntarios y la Guardia Civil, dos cuerpos policiacos creados después de 1868, le parece argumento suficiente para ello.

Para confirmar sus opiniones el autor recurre a escenarios de estirpe romántica: la tumba de los tres rebeldes en Silla de Calderón y su visita al sitio en 1874 guiado por un campesino, la tortura inmisericorde de Rojas justifican su mirada piadosa de la desgracia de los rebeldes aunque nunca se solidariza con ellos ni con su causa. La imagen de soldado cruel -Martínez, Berris, Iturriaga- todos documentados en la versión de Pérez Moris, está bien elaborada. La crítica de Quiñones al tratamiento del Corregidor de San Germán Fernando Acosta, y al Hacendado  José Ramón Fernández el Marqués de la Esperanza en la obra de Pérez Moris, son datos interesantes. Fernández era un signo del integrismo español que el mismo Betances había burlado en varios de sus escritos.

El juicio sobre la Insurrección de Lares, Ruiz Belvis y Betances sirve para contrastar las posturas Conservadoras y Liberales: El juicio en torno a esos signos de la rebelión no es muy distinta en ambos extremos. Pérez Moris quiere llamar la atención sobre la peligrosidad de la conjura; Quiñones le resta importancia y la reduce a una “calaverada”. No hay en el siglo 19 una voz separatistas que explique su causa o justifique el acto revolucionario públicamente. Ruiz Belvis no cambia mucho: es una persona de “carácter dominante, voluntarioso y poco avenible”. Alardea de su radicalismo, es buen escritor y mal orador. Betances es un buen médico, “reservado, algún tanto excéntrico, afectando singularidad en el vestir”, republicano que alardea de su radicalismo al cual le faltan dotes oratorias. Desde la perspectiva del autor, ninguno de los dos tenía dotes de líder por una causa o la otra y les faltaba “el prestigio que da el dinero”. La derrota de la Insurrección se justifica por las “masas tímidas y vírgenes es este género de aventuras” y por el hecho de que el liderato es muy crédulo. Una persona que probablemente nunca conspiró acaba de juzgar a los conspiradores.

Al final deja el sabor de que la muerte de Ruiz Belvis en Valparaíso, Chile, en un cuarto del Hotel Aubry de la ciudad, liquidó la conjura. Le doy la razón en parte. Después de esa fecha el apoyo internacional para la causa de Puerto Rico se centró en la Antillas. De aquellas gestiones de Ruiz Belvis dependía el apoyo internacional a un levantamiento abortado por las circunstancias. La idea de que Betances debe haberse arrepentido de la aventura es más un deseo del autor que una certeza. Lo único cierto que José Marcial Quiñones no fue separatista, no quiere serlo y no quiere que lo confundan con uno de ellos. Esa fue la actitud emblemática del Liberalismo y el Autonomismo durante todo el siglo 19. Y no ha dejado de serlo en el siglo 20 ante las posturas radicales.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

José Pérez Moris: la Insurrección de Lares

Tomado de José Pérez Moris y Luis Cueto y González Quijano. Historia de la Insurrección de Lares. Río Piedras: Edil, 1985. Publicada originalmente en 1872.

Al leer el artículo y la proclama que preceden, figúrase cualquiera persona que no conozca los héroes de manigua, que el difunto abogado don Segundo Ruiz Belvis fue uno de esos genios de alma grande y generosa que, aunque por erradas opiniones, están siempre prontos al sacrificio y a la abnegación en pro de su idea. Nosotros mismos vacilamos antes de hacer una calificación sobre este personaje, porque habiendo muerto un año antes de los acontecimientos de Lares, su nombre nos parece velado por la distancia, la muerte y el tiempo. Sólo algunos testigos hablan de Ruiz Belvis por referencia. Es indudable que él fue el jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid a evacuar la información de 1866 pero su carácter, su moralidad, sus costumbres, sus creencias nos eran desconocidas. No era natural que un laborante de esta talla, aunque ya no existe, quedase olvidado casi en nuestra obra, destinada principalmente a hacer patente que hay separatistas, y no pocos, en Puerto Rico. En consecuencia escribimos a varios amigos respetables que tenemos en Mayagüez para que nos hicieran una relación sucinta de la clase de sujeto que era Ruiz, y he aquí los apuntes biográficos que nos han enviado, que el lector puede leer en la confianza de que son fidedignos:

Ramón E. Betances y Antonio Cabassa Tassara (1860)

Despuntó don Segundo Ruiz Belvis desde muy niño por su extremada audacia, por su mal carácter, por su desprecio a todo lo que en la sociedad es respetable y, en fin, por su lenguaje mordaz y atrevido.

Joven, casi adolescente, fue enviado a Caracas, donde sin duda tuvieron un rápido desarrollo sus buenos instintos y sobre todo su amor a la nacionalidad española, en un colegio de aquella ciudad.

De Caracas pasó a Madrid, donde continuó sus estudios de abogado, recibido de cuya facultad regresó a Puerto Rico. En Mayagüez, su villa natal, abrió su bufete.

En sus conversaciones y hasta en sus escritos profesionales empezó a demostrar desde luego su odio a España.

Su carácter intratable y altanero y su lenguaje agrio y agresivo le hubieran dejado en el más completo aislamiento si el temor de unos y las simpatías políticas en otros no hubieran atraído a su casa algunos visitantes. Los hombres de espíritu dominante, como Ruiz lo era, ejercen siempre cierta fascinación en torno de los que les rodean: no se hacen amar, pero se imponen.

Sus opiniones manifiestamente filibusteras le hicieron pronto entrar en relaciones con don Ramón Emeterio Betances y don José Paradís, que visitaban frecuentemente su casa y él la del primero, pues Paradís era de Cabo Rojo, donde hacía de cabeza de los separatistas.

Durante un cierto período de tiempo, empero, Betances y Belvis estuvieron sin verse ni hablarse. El motivo de este disgusto decíase públicamente, si bien a nosotros no nos consta, que fue un abuso de confianza que don Segundo cometió en el hogar doméstico de Betances con una persona muy allegada a éste. Sus afinidades políticas vencieron, sin embargo, bien pronto sus antipatías particulares y volvieron a ser amigos, a reunirse con frecuencia y a trabajar contra España.

Betances le había precedido en estos trabajos de zapa. Como hemos consignado ya al principio de este libro, su profesión de médico le había servido de medio para inocular entre las masas su odio a la nación de que Puerto Rico forma parte. Betances no cobraba sus visitas a los puertorriqueños a menos que fuesen conservadores, o lo que es lo mismo, españoles de corazón. Pero, en cambio, a los peninsulares que le ocupaban les cobraba cantidades enormes por sus curas.

Porque, elogiado por las masas, naturalmente hubo un tiempo en que, en opinión de los profanos, era Betances el mejor médico que existía en la Isla y a él acudía la mayoría de los enfermos con preferencia, los peninsulares lo mismo que los demás. Mas en opinión de otros facultativos no era su colega sino una medianía como médico. Un médico peninsular le probó científicamente y refiriéndose a casos en que había intervenido Betances, y esto bajo su firma, en un periódico de aquella localidad, que el renombrado doctor era una nulidad médica, un embaucador, un jugador que conspiraba contra la madre patria y que aspiraba a la presidencia de la república borinqueña. Lo más extraño de esto fue que a tan rudo ataque no contestó una palabra el señor Betances.

De público se supo que Betances, en un convite a que asistía con Ruiz, Paradís y otros parciales, y después de oír unas palabras, en forma de discurso, que un negro repitió, pues se las habían enseñado para que delante de todos insultase soezmente a la nacionalidad española, como lo hizo con aplauso de todos los comensales; que Betances, decimos, había tomado una copa de licor y, arrojando ostentosamente su contenido, dijo estas palabras ya célebres, pues corrieron de boca en boca y se citan con horror por unos y con admiración laborantil por otros: «Brindo porque así como yo derramo este licor veamos correr la sangre de los españoles,»

Otra anécdota se refiere de Betances, y ésta no tiene nada de cuento, pues la refiere uno de los protagonistas a todo el que se la pregunta y la contaba igualmente cuando Betances estaba en la Isla.

Iba el joven catalán que esta anécdota refiere, a un pueblo inmediato a Mayagüez, donde se encontró con Betances. Y era tal el afán de propaganda del doctor laborante, que tomando al peninsular por insular, le preguntó, después de otras cosas, si quería entrar en una sociedad de personas liberales y llenas de patriotismo. ¿Qué fin se propone esa asociación? —le preguntó su interlocutor—. V. me inspira confianza, respondió Betances, y voy a decírselo sin más rodeos: el objeto de esta asociación es el arrojar a los españoles de la Isla. Una sola dificultad encuentro para tomar parte en tan grandioso plan —repuso el catequizado. ¿Cuál? Que soy catalán —contestó con candidez el leal del ilustre Principado. Betances volvió la espalda corrido de su error.

Cuartel de Milicias de San Germán (1878)

Imposible era que donde estaba el dominante e inquieto Ruiz Belvis hubiera nadie más alto que él. Belvis fue el general de la conspiración desde mucho antes de pasar a Madrid de comisionado; Betances y Paradis eran sus ayudantes de órdenes. El odio a los peninsulares, que hasta entonces no se conocía entre los individuos que constituyen la masa de la población, lo fue llevando Betances de casa en casa, lo esparcía en su hospital de pobres, de donde no salía nadie que no fuese enemigo de España y de sus hijos; y en las visitas a los campos, todo lo empleaba Betances en hacer que se esparciese el virus revolucionario y antinacional por los pueblos de la Isla y sobre todo que penetrase hasta las últimas capas sociales y que cundiese en la multitud. Él y otros que Belvis empleaba, extraviaban la opinión de la población sana, suponiendo calumniosos monopolios y robos ejercidos por los españoles y prometiéndoles el reparto de los bienes de éstos cuando fuesen arrojados de la Isla.

Cuando se retiraron nuestras tropas de Santo Domingo, llegó a su colmo la insolencia del señor Ruiz Belvis y sus secuaces. Decían, poco menos que públicamente, que si un puñado de dominicanos habían echado de su Isla a los españoles, con más razón y facilidad los podían lanzar de su suelo los puertorriqueños. Las reuniones en Mayagüez y en otros puntos se hicieron entonces ya más numerosas y todo indica que en 1864 fue cuando empezaron a funcionar metódicamente parte de las sociedades secretas bajo la organización que hemos descrito. Se sabe que la sociedad Capá Prieto, a cuyo frente estaba Matías Bruckman, tenía afiliados y no pocas reuniones por este tiempo.

Don Fernando Acosta, leal hijo de Puerto Rico, fue convidado a una reunión el campo de San Germán, reunión que estaba presidida por, don Segundo Ruiz Belvis y a la cual asistían otros prohombres del reformismo actual que dicen que son españoles, y allí propusieron a Acosta si, como hombre de acción, accedería a secundar el movimiento que se acordase en uno de los puestos de más importancia. Este buen español rechazó indignado semejante proposición, los apostrofó y reconvino y en seguida dio de todo cuenta a la autoridad. La autoridad no atendió este oportuno aviso, pero en cambio los traidores trataron de asesinar al señor Acosta. [Le dieron a los pocos días un terrible machetazo en la cabeza que lo derri­bó del caballo, y su agresor, que también estaba a caballo, lo dejo por muerto. Este dignísimo español puertorriqueño es en la actualidad Corregidor de San Germán. Dícese que de resultas de la herida ha perdido algo de su memoria, pero nada de su energía y decisión para defender a España.]

El nombramiento de Ruiz Belvis para comisionado en Madrid merece bien un párrafo aparte, porque a no ser por la intriga, no hubiera obtenido semejante comisión. Estaba entonces al frente del corregimiento y ayuntamiento de Mayagüez un señor cuyo nombre nos callamos (Antonio de Balboa) y que, según se dice, era hipócrita, astuto y simpatizaba con la causa de los filibusteros, y así lo dio a entender con la torcida conducta que observó en este asunto. El número de votos que obtuvo el candidado filibustero fue exactamente igual al que obtuvo el candidato español; pero el corregidor simpatizador decidió la cuestión con su voto en favor del enemigo de España. Así cumplió aquel buen señor con la confianza que le había dado el Gobierno colocándole en el puesto de primera autoridad local de aquella villa y su jurisdicción. El ayuntamiento, notando, aunque tarde, que había sido sorprendido por la notoria mala fe de su presidente, pidió acto continuo convocatoria para que se procediese a la anulación del acta. Detuvo el cumplimiento de esta orden el corregidor bajo diferentes pretextos hasta que pudo participar el acuerdo al Gobierno de esta elección arrancada por sorpresa. Verificóse en efecto la reunión municipal, y habiéndose esclarecido la intriga del corregidor, elevó al Gobernador Superior Civil un acuerdo pidiéndole que diera por nula y de ningún valor la elección recaída en el señor Belvis. Pero el Gobernador contestó que ya era tarde, que se había comunicado al interesado su nombramiento, única razón que alegó al contestar al ayuntamiento que le había probado los vicios de ilegalidad de que adolecía la elección. No sabemos por qué, pero siempre hemos notado que en La Habana, lo mismo que en Puerto Rico, estos laborantes que tanto hablan del despotismo español y que por tan oprimidos se dan, son generalmente los más protegidos, los más mimados y los más considerados. Se ha pretendido contentarlos con concesiones y distinciones, como si se contentaran con tan poco los que aspiran a ser presidentes y ministros de una república. En este caso, por no hacerle el señor Ruiz Belvis el desaire de retirarle su nombramiento, se aprobó una ilegalidad.

Más tarde, los mayores contribuyentes y propietarios de Mayagüez, entre los cuales había varios electores del abogado, elevaron una representación al Gobierno Supremo, contra la opinión de Ruiz Belvis.

Vuelto este personaje de Madrid, siguió con más ardor que nunca sus trabajos separatistas. Pero entonces sufrió la pérdida de uno de sus ayudantes, Paradís, el grande agitador de Cabo-Rojo. Paradís, el que tomaba el nombre de la libertad para conspirar contra España, el que trabajaba, decía, por la abolición, hizo morir a azotes un negro suyo a su presencia del modo más bárbaro, cruel e inhumano de que hay memoria en los fastos de la servidumbre. El homicida huyó para salvar su cabeza, amenazada por la ley y por la vindicta pública, y desde entonces está fuera de la Isla.

Heredó Ruiz Belvis un ingenio o hacienda de caña de su padre, excelente por sus terrenos, y en poco tiempo la, empeñó con esclavos y todo y por fin la cedió a sus acreedores, que continuamente le hostigaban.

En otro convite que dio Ruiz Belvis a Betances y a otros, hablábase incidentalmente o exprofeso de los soldados de nuestro ejército a causa de dos que habían sido condenados a muerte por delito de deserción. «Tanto mejor: dos menos», dijo Ruiz con aprobación de todos los circunstantes, menos un extranjero que se hallaba presente, el doctor (Claudio Federico) Block, que hoy es capitán de voluntarios y acérrimo defensor de España. «¿Qué quiere usted decir con dos menos?», preguntó este caballero. «Que son dos enemigos menos que combatir.» «Pero, ¿por qué son enemigos de ustedes?, ¿por ser peninsulares?, ¿por ser españoles?» «Así es», se le replicó. «¿Y ustedes, ¿no son españoles?, ¿no es suya la bandera a cuya sombra nacieron?» «No, señor; nosotros no somos españoles, somos puertorriqueños.» «Pues yo creo que el hombre que no tiene nacionalidad —replicó el extranjero— no merece consideración de ningún otro hombre de honor y de vergüenza. Esta opinión estoy dispuesto a sostenerla en todos los terrenos. Quien reniega de la nacionalidad de sus padres y sigue viviendo en ella y contra ella conspirando, es un cobarde, un miserable indigno del trato de las personas honradas y bien nacidas.» Y tomando el sombrero, los miró a todos con altanería y desprecio, les volvió la espalda y salió lentamente del local, sin que nadie se moviera ni despegara los labios para contestar a su reto.

Y volviendo al señor Ruiz Belvis, diremos que por lo que respecta a moral y creencias, era ateo, y de ello hacía ostentación, haciendo público alarde de sus convicciones materialistas. Sus conversaciones eran tan cínicas, que helaban la sangre del infeliz creyente que tenía la desgracia de oírlas. La Iglesia y el clero y todas las instituciones dignas de respeto eran objeto de continuas burlas v sarcasmos del señor Ruiz Belvis.

Y tan sin reserva hacía ostentación de sus opiniones antirreligiosas, que en una reunión en donde había señoras y señoritas habló de todos los misterios de la Religión con tanta chacota y desprecio, que habiéndole advertido algunas de las primeras las niñas presentes cuyas creencias e inocencia ofendía, contestó Ruiz con una risotada burlona, diciendo que les hacía él un gran favor a las señoritas abriéndoles los ojos para que no fueran víctimas de la superstición; que no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo; que el hombre es un animal que no se diferencia de los brutos sino por su mayor inteligencia y que todo concluye con la desorganización de la materia. Tanto cinismo, tan imprudentemente manifestado, alarmó a aquellas madres de familia y elevaron una queja al señor obispo fray Benigno Carrión, que a los pocos días de este incidente hizo su visita pastoral a la villa de Mayagüez. El obispo llamó al señor Ruiz Belvis y le reprendió con firmeza e indignación, previniéndole que acudiría a la autoridad civil si seguía dando escándalos así en presencia de las familias honradas y cristianas.

Otras aventuras pudiéramos referir si nuestro intento fuera exhibir a la vista del público el hombre privado, a la manera que tratamos de dar a conocer al hombre público; empresas dignas de don Juan Tenorio reseñaríamos en que hizo el papel de protagonista el señor Ruiz Belvis. Pero no es ésta nuestra misión. Lo indicado basta para que nuestros lectores puedan colegir la índole de este héroe que tan por las nubes se le pone.

Estos liberales que empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro y que hasta osan dirigir sus venenosos tiros contra la memoria de la misma reina Isabel la Católica, hacen ídolos aunque sea de cieno. Un nombre que tenga audacia para conspirar sin esconderse mucho y que no pierda ocasión de zaherir a España y a su Gobierno y que sepa criticar con apariencia de razón todos los actos de la Administración, es ya un héroe libertador, un semidiós, un mártir si no se le permite conspirar a sus anchas, ya se llame Ruiz Belvis o Morales Lemus.

Comentario:

He separado un fragmento que sirve para comprender cómo se configura el personaje histórico del separatista desde la perspectiva conservadora e integrista. El documento guarda numerosas similitudes con la opinión de Córdova en torno a Docoudray y sus contactos rebeldes en Naguabo. El juicio no varió mucho durante el siglo 19. En este caso, las figuras que ocupan la atención del autor son Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances.

Nótese el tono irónico con el que abre el texto al referirse a Ruiz Belvis, figura que le atrae en particular por su condición de “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, y cuando apunta su estadía en Caracas, Venezuela. Acorde con su actitud hace un retrato moral del abogado. Su “audacia”, su “mal carácter”, su “lenguaje mordaz y atrevido”, o bien “agrio y agresivo”, su “carácter intratable y altanero”, hablan de un hombre que se quería hacer notar y se tomaba riesgos. La imagen es de un maquiavelismo mal comprendido cuando asegura que esta figuras “no se hacen amar, pero se imponen”.

La figura de Betances es manufacturada acorde con su fama. Se trata de un médico y las metáforas patológicas se suceden cuando alega que aquel acostumbraba “inocular entre las masas el odio a la nación” y cuando equipara la revolución a un “virus”. Betances antecede a Ruiz Belvis en las conspiraciones pero luego cede el liderato al abogado. Los años de 1855 al 1857 fueron el escenario de ello. Desmerecer a Betances como médico fue parte de su trabajo: “una medianía” acorde con un facultativo español.

Lo que se recoge es la imagen de dos hombres crueles. El brindis de Betances llamando a derramar “la sangre de los españoles”, o el comentario de Ruiz Belvis que disfruta la muerte de dos soldados españoles o su lenguaje agresivo ante las damas de la ciudad es demostrativo de ello. La idea de un Ruiz Belvis librepensador, materialista y partidario de la ciencia, anticatólico y ateo, es muy atractiva, aunque sus biógrafos han establecido su estrecha relación con la jerarquía católica a la saciedad apoyada en el hecho de que su abuelo materno Meteo Belvis había sido mayordomo tesorero de la Iglesia de la Monserrate de Hormigueros.

El otro punto valioso del documento es que ofrece pistas sobre la forma en que se difundía el separatismo: contactos personales en los campos, en las áreas de trabajo, reuniones regulares en pueblos y campos de la zona oeste, y aparentemente, la violencia individual contra los traidores. El comentario sobre el Corregidor de San Germán, Fernando Acosta es valioso porque se puede comparar con la opinión de José Marcial Quiñones sobre el mismo. Lo mismo podría decirse de los apuntes sobre el Corregidor de Mayagüez, Antonio de Balboa al cual tilda de traidor al Integrismo. El relato de la elección de Ruiz Belvis a la Junta informativa de Reformas puede corroborarse en el Archivo Histórico de la ciudad de Mayagüez.

El autor, por último, recurre a todos los medios para desprestigiar a los opositores. José Paradís, el conspirador de Cabo Rojo y tercero al mando en la organización, “hizo morir a azotes un negro suyo” y huyó del país. De hecho, falleció años después en Haití. Ruiz Belvis hipotecó la Hacienda Josefa de su padre con esclavos y todo según asegura la fuente y la perdió a manos de sus acreedores. La liquidación de la deuda, cuyo acreedor principal era el tesoro de la Iglesia de la Monserrate, no pudo hacerse por el hecho de que Ruiz Belvis había salido al destierro tras su regreso de la Junta Informativa de Reformas. El hecho es cierto, pero los dineros eran para fundar un Colegio de Segunda Enseñanza en la ciudad de Mayagüez en el que contaría con Betances como socio. El discurso del Dr. Claudio Federico Block contra ambos es crucial: sintetiza la opinión de Pérez Moris. Block autorizó varios certificados médicos para Betances mientras este ocupó el puesto de Médico Titular de la Villa de Mayagüez y parece haber sido uno de sus  facultativos particulares. Estas figuras “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro”, es decir, lastiman la Hispanidad, atentan contra los valores del Romanticismo Isabelino y desprecian a la llamada Madre Patria.

Las fuentes son testimoniales en el caso de la biografía de ambos. La entrevista fue crucial. El autor, como Córdova, tuvo acceso a la documentación oficial hecho que servía para legitimar su opinión. El libro se publicó en 1872 en medio del llamado “Sexenio Democrático” y fue censurado por el general liberal Simón de la Torre porque encomiaba la “sedición derechista”. La censura, en ese sentido, fue usada desde todas las posiciones del espectro político lo mismo para frenar a las derechas integristas que  a las izquierdas separatistas.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Escritor e historiador

marzo 20, 2011

Biografía laudatoria: Alejandro Tapia y Rivera y Ramón Power

Tomado de Alejandro tapia y Rivera, “Noticia histórica de Ramón Power”, Ediciones Rumbos: Barcelona, 1967.

Transcurría el año octavo de esta centuria, y España contestaba con grito heroico a las más negras de las traiciones, levantándose en masa a combatir al que osaba profanar el sagrado suelo de la patria; y de azar en azar y de combate en combate llegaba el 1812, fecha del primer paso en la regeneración nacional. Convocábase en Cádiz la Asamblea que había de codificar los nuevos principios proclamados por otros pueblos, y que impregnaban, por decirlo así, la atmósfera moderna. Habíanse, pues, reunido Cortes Constituyentes y extraordinarias llamadas por la Nación, huérfana de los Soberanos que hasta entonces la habían regido, y que no aceptaba a un monarca a quien reputaba intruso, por cuanto, a más de no ser de los propios, venía impuesto y amenazaba ser sustentado por las armas extranjeras.

Distaban mucho aquellas Cortes de las que antiguamente solían convocar los reyes, y que faltas de savia regeneradora habían muerto a manos del poder absoluto, de aquellas Cortes que a manera de burla solía evocar el trono como fantasma modelado a su capricho, y asaz distantes de merecer el nombre ni mucho menos la significación política que en un tiempo habían tenido.

Las de Cádiz brotaban del sepulcro de las tradiciones con la nueva vida de los principios, toda vez que traían la esencia del Parlamentarismo inglés, aunque vestido a la francesa, o sea la amalgama del estado nobiliario con el llano o tercero, descollando este último.

Pero si las Cortes resucitaban del caos del absolutismo con espíritu nuevo, no por ello osaron quebrantar el vínculo de la representación que por igual había ligado a todas las porciones del vastísimo territorio llamado las Españas; y en este concepto, la modesta isla de Puerto Rico, no de peor linaje ni condición en 1812, que en el siglo decimosexto, fue convocada a la parte que le correspondía en el todo nacional. Que si estaba contribuyendo con la hacienda de sus hijos al sostenimiento de la noble independencia española, ni eran ni debían ser pagados con olvido de los derechos, aquellos deberes no menos justos.

El salvamiento del niño Power por José Campeche

Entonces fue cuando pudo nuestra Provincia hacer oír su digna voz en la Asamblea legisladora por medio de algunos de sus más estimados hijos, entonces fue cuando alguno de éstos, don Ramón Power, grabando con nobles hechos su nombre en la memoria de los puertorriqueños agradecidos, dio motivos justos al aplauso y cimiento a esta noticia historia.

En efecto, ¿quién ha olvidado o no ha oído nombrar siquiera en esta Isla a don Ramón Power?

Nació este hombre benemérito en esta ciudad de Puerto Rico, el 7 de octubre de 1775, siendo sus legítimos padres don Joaquín Power y Morgan, natural de Bilbao, alférez Real de esta capital, y doña María Josefa Giral y Santalla, natural de Barcelona. Sus abuelos paternos fueron don Juan Bautista Power, vecino de Bilbao y oriundo de Burdeos, y doña María Morgan, natural del referido Bilbao; y los maternos don José Giral, capitán de Artillería, oriundo de Cataluña, y doña Lucía Santalla, oriunda de Granada.

Contaba don Ramón sobre 12 años de edad cuando se embarcó en compañía de su hermano mayor don José que contaba sobre 14, en la fragata Esperanza con objeto de continuar ambos sus estudios en Bilbao, patria de su padre. De esta época debe ser, sin duda, el retrato que del primero se ha conservado, y que acaso hubo de ordenar su familia al pintor Campeche con el fin de que quedase como recuerdo en la casa paterna al abandonar el niño su país con el propósito que se ha referido.

Si después ha sido y continúa siendo grande el número de jóvenes que se ven precisados a dejar este país para cursar los estudios profesionales por la falta de una Universidad que por su importancia y población debiera contar ya en su seno la Provincia, ¿qué no sería entonces cuando ésta se hallaba destituida por completo de cátedras y colegios en que cursar los estudios requeridos para las carreras científicas? Caracas y Santo Domingo ofrecían sus aulas universitarias a la juventud puertorriqueña, es verdad; pero dada la medianía de las fortunas de entonces, ¡cuán pocos estaban en aptitud de ir a utilizarlas!

Por fortuna para los Power, eran de los pocos privilegiados en esta materia; pero el mal les tocaba en cierto modo, pues si por no haber aulas suficientes en el país, podían gastar su hacienda en educar fuera a sus hijos, no por ello estaban menos condenados a sufrir las consecuencias de aquel mal aún hoy notorio. Entre la ignorancia y el ostracismo de algunos años, optaron sus padres por lo último. Entonces como ahora y como siempre, ¿no es la ciencia el pan necesario, indispensable para el Espíritu? ¿No es pan del cuerpo por la misma razón de que enseña la profesión que ha de ganarle?

En cuanto a los hermanos Power, emprendían viaje mucho más largo, sobre todo en aquel tiempo en que América respecto a Europa era otro mundo, dada la dificultad de las comunicaciones. Sin duda el padre de aquellos niños, vista la precisión de confiarlos a manos extrañas, en tan cortos años, creyó ser precavido eligiendo a Bilbao, ciudad de su cuna y residencia de parientes a quienes fiar la adolescencia de sus hijos.

Y sensible hubiera sido y frustrados para siempre sus paternales miras, a realizar la muerte sus terribles amagos como estuvo a punto de acontecer, privando a la desvalida Puerto Rico de los bienes que el menor de los dos hermanos había de dispensarle algunos años más tarde, cuando vestido por el niño hecho hombre, la toga del patricio, le fue dado consagrarse a favorecer y honrar el modesto suelo en que nació.

Los hombres extraordinarios remueven el mundo y éste les aplaude; pero en el corazón del que recibió los beneficios, tanto vale la gran figura como la modesta, lo esencial es que haya hecho el bien. En este sentir, la existencia de Power que fue la del hombre digno, la del ciudadano honrado y defensor de los derechos de un pueblo, perteneció a la esfera de los bienhechores, y, aunque modesta, será imperecedera en la memoria de los puertorriqueños agradecidos.

Volvamos a nuestra narración.

Hallábase la fragata Esperanza, conductora de los dos hermanos en la costa de Cantabria. El horizonte cubriéndose con negro manto, el viento silbando amenazador y el mar encrespándose agitado, eran pavorosas muestras de la tempestad tan terrible como frecuente en aquellos mares. La Esperanza demandaba auxilio, y del vecino puerto de Castro aparejábanse a favorecerla los animosos marinos de aquellas costas. Atracábase al costado de la fragata la lancha salvadora, y saltaban a ella en brazos del intrépido equipaje de la última los hermanos Power, que atendida su edad, debían ser los primeros en dejar el buque. Tocó su vez al niño don Ramón, cuando una inmensa ola interponiéndose entre la lancha y el costado de la fragata, puso a la primera a punto de abismarse, y el pobre niño, encontrando el vacío bajo su planta, cayó al mar…

Aquí parecía terminar segada en flor la existencia que después fue tan fecunda; pero uno de aquellos hombres avezados al dominio de las ondas, se abalanzó a la mura de la lancha, con peligro de caer también, y espiando el momento en que el niño volvía a la superficie para sumergirse de nuevo, acaso para siempre, acertó a asirle del cabello y logró salvarle, calmando la horrible ansiedad de su hermano y demás compañeros de peligro.

Esta escena que hemos oído narrar hace algunos años a su hermano don José, anciano respetable que sobrevivió a don Ramón por largo tiempo, era contada con tal colorido, con tanta verdad, que parecían revividas en el corazón del anciano las inolvidables emociones de aquel azaroso instante.

Ya hemos dicho que al partir para la Península contaba don Ramón sobre doce años. En Bilbao hizo algunos estudios, y luego se trasladó con su referido hermano don José a Burdeos y Bayona en donde aprendieron la lengua francesa que llegaron a hablar después con toda propiedad.

Hechos estos estudios, en cierta manera preparatorios, y de regreso en España, entró don Ramón en el Colegio de Guardias Marinas, de Cádiz tal vez, pues su hoja de servicios que nos ha sido facilitada por el Ministerio del ramo, no lo indica; obteniendo plaza como tal guardia, según dicha hoja en 22 de mayo de 1792 a los 17 años de edad aproximadamente. (…)

Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882)

Volviendo a nuestra breve narración, diremos que no fueron los ya mencionados, los únicos servicios militares que prestó a la nación, toda vez que la reconquista de la ex provincia de Santo Domingo para España, le vio figurar como uno de los que más contribuyeron a aquella reversión.

Consumada por el impolítico tratado de Basilea que valió al favorito Godoy el título de Príncipe, la cesión de Santo Domingo a Francia, faltaba al hecho, para ser definitivo, la voluntad de los dominicanos. Amantes éstos de España entonces y por consiguiente mal avenidos con aquella cesión que atentaba a su natural y querida nacionalidad, diéronse a conspirar en pro de esto, ya dentro del territorio dominicano, ya desde Puerto Rico a donde emigraron no pocos por no ser de su devoción el extranjero.

Por iniciativa de aquéllos y con ayuda de éstos, dispusieron por el gobierno tropas y buques que fuesen a sostener el alzamiento de gente y poblaciones contra la dominación francesa.

No pocos puertorriqueños tomaron parte como voluntarios en esta expedición, y Power en su calidad de marino militar, tuvo a su cargo el mando de la división destinada al bloqueo y operaciones costeras en aquella Isla.

Con la acción memorable de Palo Hincado en que sucumbió el general Ferrand, caudillo de los franceses, y la rendición de la ciudad de Santo Domingo, ya bloqueada por aquel marino, terminó una guerra que devolvió a España una de sus mejores provincias.

Entonces regresó Power a Puerto Rico, y la proclama que dirigió a los dominicanos y tropas de su mando con motivo de aquellos hechos militares, cuyo documento reproducimos al final de estos apuntes, respira su acendrado españolismo y su amor al rey Fernando, tan deseado entonces como poco querido después.

También es ocasión de recordar la carta oficio en que la Dirección general de la Marina acogió con agrado las menciones honoríficas y propuestas de adelantamiento que hizo Power en favor de los que en aquella campaña estuvieron a sus órdenes, y en cuya comunicación declara el re­ferido centro, que el resultado de la expedición a Santo Domingo le honraba muy merecidamente.

Organizada en la Península, como dijimos al principio, la resistencia contra Bonaparte, formóse la Suprema Junta de Gobierno con vocales de todas las provincias, y electo por la de Puerto Rico don Ramón Power, durante su ausencia en Santo Domingo, fue recibido por la plaza y población con los honores correspondientes a Capitán General del Ejército que revestían los de aquel supremo cuerpo, y con todas las demostraciones propias de un pueblo que aplaude y espera los beneficios de una acertada y simpática elección.

La Gaceta extraordinaria del 29 de agosto de 1809 refiere los festejos que en la vía de obsequiarle, dispusieron el Municipio y la juventud de la ciudad allá sobre el 15 de dicho mes; y casi no valdría la pena de mencionar estos festejos, si no fuese porque demostraban la espontánea complacencia con que el público celebraba lo que reconocía como tributo debido al hombre íntegro en todos conceptos, eficaz servidor del Estado y siempre afanoso en la senda del bien público y de la Provincia.

Himnos, fiestas, arcos de triunfo, pinturas alegóricas y conmemorativas, de las que alguna nos ha quedado, fueron la expresión del público regocijo. Por desgracia hubo algo que sentimos tener que recordar y que calláramos ciertamente para no anublar este cuadro; pero que la franca verdad de la historia no nos permite pasar en silencio.

En aquellos días y con motivo de alguna cuestión de etiqueta o ceremonial en el Ayuntamiento, surgió, según hemos podido percibir de la tradición y de algún rasgo impreso en los pocos e importantes documentos que para el intento de trazar estos apuntes nos están sirviendo, la enemiga que el brigadier don Salvador Meléndez y Bruna, entonces primera autoridad de esta Isla, tomó contra Power, y que trocada en fuente de sinsabores para éste, amargó hasta lo último su vida; pero escrito está, que el triunfo del bien es espinoso.

Convocadas luego en Cádiz las Cortes extraordinarias, fue elegido diputado por esta Provincia, compuesta entonces de 200,000 habitantes; no sin grave oposición por parte de la primera autoridad referida, y en cuyo acto hubieron de mostrar los electores de Power, sobrada entereza y el valor cívico requerido en tales circunstancias. Hechos que alcanzó nuestra generación de labios ya trémulos por la edad, y entonces bastante firmes para mantener sus prístinos derechos de españoles.

¿Y cómo no había de mostrar cierta ojeriza a la elección de Power, reputado como liberal y por consecuencia enemigo de las facultades omnímodas, aquel gobernante que arbitrario por principios, iracundo y apasionado por carácter, como nos lo revelan algunos hechos y expresiones suyas, cuya memoria ha conservado la tradición, debía hallarse perfectamente bien avenido con las facultades discrecionales?

Pero a pesar de todo, tomó asiento Power en la Cámara el 24 de septiembre, y tanto en aquel lugar como en la vice-presidencia que ocupó después y en las varias comisiones que hubo de desempeñar en aquellas Constituyentes, prestó a la nación y a Puerto Rico servicios importantes.

Por ellos guarda esta provincia su nombre en el santuario de su memoria; pues desde la separación de la Intendencia que obtuvo, proponiendo y logrando que se nombrase para ella al sabio y honrado hacendista don Alejandro Ramírez, regenerador económico de Puerto Rico, hasta la abolición de las facultades omnímodas, autorizadas por Real Orden de 4 de septiembre de 1810 (restauradas por desgracia en 1825), todos sus esfuerzos fueron una serie de hechos favorables al Comercio, Agricultura y bienestar de su provincia.

Baste decir que si desde la administración de Ramírez que llegó a esta isla en 1813, data su riqueza y prosperidad con la extinción del dañoso papel moneda, la sustitución de la Hacienda propia a los situados que venían de Méjico y que eran recibidos con campanas a vuelo, música y fiestas, como único recurso para todas sus cargas y fuente de vida para todas las clases, con la fundación del Diario Económico destinado a esparcir luces benéficas, con la creación de la Sociedad Económica de Amigos del País que tantos servicios ha prestado en lo posible, y con el planteamiento o propuesta de otras medidas que trocaron el hato de Puerto Rico en país de agricultores y comerciantes, dejando vestido de seda y paño, según la expresión de un benemérito patricio, el pueblo que encontró, vistiendo coleta. Todo esto se debió y debe a Power que, con instinto de verdadero repúblico y patriota, comprendió por algunos trabajos y noticias del digno Ramírez, lo que podría valer para la desatendida provincia aquel insigne hacendista; y en adelante no podrá hablarse de la prosperidad de Puerto Rico, sin nombrar a Ramírez ni podrá mentarse a éste sin que asome a los labios el nombre de Power.

Y no dejaron de serle amargados estos triunfos, sobre todo, la revocación de las facultades absolutas; que rara vez al ser vencido el mal, deja de lastimar con su ponzoña. La enemiga del gobernador Meléndez estaba allí para recordarle que no puede atentarse impunemente contra la enconada pasión de lo arbitrario, ni mucho menos denun­ciarse abusos cometidos a la sombra de éste.

Sea pues por unas y otras causas, es lo cierto que Power fue atacado acerbamente en algunos escritos de tal origen, no embozado lo bastante, y sobre todo, en un folleto anónimo que no hemos visto, pero que circuló en la Asamblea nacional bajo el título de «Primeros sucesos desagradables en la isla de Puerto Rico consecuente a la formación de la Junta de Caracas».

De las palabras de Power ante la Cámara explicando su conducta, colegimos que nada tuvo que ver con aquellos sucesos desagradables, ocurridos entre el obispo y el gobernador en que figuran algunos jóvenes ordenados procedentes de Caracas, si no es que se quisiera ver un conflicto en que la autoridad gubernativa echase de menos para imponerse al obispo, la falta de facultades extraordinarias suprimidas a petición de Power.

En el Apéndice podrá verse su discurso referente a esto, así como la contestación que dio al folleto mencionado, si bien es de lamentarse la vaguedad de este último docu­mento, en que, sin embargo, se advierte la justa indignación y la amargura del hombre honrado que padece por la justicia.

En el Apéndice referido, a más de los documentos citados en estos apuntes, podrán verse sus discursos exponiendo el derecho de igualdad en la representación nacional, en que se sentían menoscabadas las vastas regiones ultramarinas tan celosas de igualdad, como toda la raza española de ambos mundos, sentimiento que, como ha dicho un nota­ble escritor, es sensible en ella hasta la susceptibilidad.

Nada consiguió Power por entonces en este concepto, realizado hoy por la revolución de septiembre que ha abierto para Puerto Rico la representación nacional bajo la misma base electoral de que disfruta la Península, es decir, con igual proporción respecto al censo de almas.

Power era un diputado de quien no pudo decirse que debiese su elección a influencias ni recomendaciones oficiales, ni pasó el tiempo en recabar de los Ministerios otras concesiones que las del bien general, ni fue a pedir restricciones en vez de franquicias, ni abultó temores, ni sem­bró desconfianzas, ni entorpeció proyectos justos, ni el escaño de las Cortes fue trono de vanidad o baño de opio para sus infatigables anhelos del bien público, ni hubo medio que le embarazara, ni promesa que lograra alucinarle. Aquel escaño fue para él verdadero puesto de sacrificios, de honra, de valor y de amarguras. Nunca calló cuando debía hablar, ni dejó oír su voz para transacciones indebidas. Fue un digno ciudadano antes, un digno ciudadano allí y siempre un legítimo y verdadero diputado de Puerto Rico.

Su opinión en cuanto a Ultramar fue la de atraer por la justicia, y clamó contra toda especialidad sinónimo de exclusión.

Así fue en todo: lógico para aquellos tiempos y para éstos como quiera toma por pauta la justicia; pero por desgracia, poco más podríamos extendernos al narrar su bravísima existencia, puesto que a más de esta circunstancia, desnuda aquella de lances y accidentes que den pasto al novelesco interés, tiene sin duda que ser poco variada y pintoresca, tropezando presto con el sepulcro.

A él le llevó la letal fiebre en Cádiz el 10 de junio de 1813, es decir, a los 38 años de edad, cuando ejercía tan notablemente las funciones de diputado y cuando tanto podía esperarse aún de aquella vida laboriosa.

Sus mortales cenizas descansan en el elegante mausoleo que el Ayuntamiento de Cádiz consagró a los diputados de las Constituyentes doceañistas, muertos en aquella ciudad, y el Municipio de ésta, al saber su fallecimiento, ordenó y llevó a cabo, con anuencia de la Diputación Provincial, pomposos funerales por cuenta de los fondos propios.

Pero Power vive aún, pues viven sus obras. Y si amarguras le costaron éstas, la satisfacción íntima de quien obra el bien, debió colmar en cierto modo las aspiraciones de su alma generosa. Que no era egoísta el hombre que como Power, mimado por la cuna, heredero de honoríficos cargos y de hacienda con que holgar, llamado a las distinciones por su carrera, hijo de una familia considerada por los hombres que se sucedían en el poder y poseedor de los respetos públicos; en vez de abandonarse al sueño del bienestar, como tantos otros, que así lo harían, dada la negligente vida de nuestra sociedad en aquellos tiempos, no rehuyó las pesadumbres que lleva consigo el afanarse por el bien de los demás. Sin duda comprendió que el bien y la dignidad particulares no pueden estar garantizados debidamente sin el bien y dignidad de todos, y desdeñó la indiferente holganza del espíritu a que le atraía lo que debió rodearle. Por eso, ardiendo en cívicas virtudes, sacrificó al ejercicio de éstas, como deber que se imponen las nobles almas, una tranquilidad que rara vez se compra sin serviles complacencias y sin pérdida o desmedro del carácter; por eso la posteridad agradecida le paga recordándole como debió pagarle en vida su conciencia.

No son ni el torrente asolador, ni el aguacero tropical los que fecundizan mejor la tierra; el modesto arroyo perseverante, la lluvia tenue y continuada, se filtran y penetran mejor en el limo vegetal sin arrastrarlo.

Le celebramos por lo que hizo y por lo que hubiera hecho a vivir más tiempo. Fue un carácter, porque era una voluntad reflexiva; fue digno, porque quiso y realizó el bien. ¡Estimable carácter, noble y fecunda existencia!

Comentario:

Un aspecto determinante de este texto de Alejandro Tapia y Rivera es que se fija en una figura determinada, Ramón Power y Giralt, y lo transforma en signo de lo mejor de Puerto Rico y en un emblema de la Identidad que dominó hasta la década de 1970. Sólo la Nueva Historiografía Social y la Historiografía Post-estructural, han revisado el protagonismo de Power en el discurso identitario desde entonces. La Identidad Puertorriqueña se sintetiza en un hombre excepcional: “Los hombres extraordinarios remueven el mundo y éste les aplaude”. La idea de que la Historia es un proceso en que, como ha dicho Fernando Picó, se ha “venido saltando de prócer en prócer”, queda instituida. La Historia se convierte en la expresión de las elites y en una gestión desde arriba, no muy distinta a la mirada de los historiógrafos españoles y extranjeros antes citados.

El texto está manufacturado como una obra dramática, tal y como la imaginaba Voltaire. Inicia con un paseo o introducción, plantea el conflicto con sus protagonistas y antagonistas, y articula un desenlace con el elogio de despedida. El héroe se convierte en signo moral y en un modelo social digno de ser imitado. El recurso a la Rueda de la Fortuna, es patente fortuna y azar convergen en la consolidación de la figura prócer y lo convierten en un inmortal. Y en el azar, como buen Romántico, una “tempestad tan terrible como frecuente” amenaza al niño Power en el mar de Cantabria.

La Biografía Laudatoria se caracterizó por su fin cívico y moral, o la voluntad de ser “útil” y “agradable” como las antologías literarias  publicadas en 1843 y 1844. El biógrafo destaca los valores de la verticalidad y la integridad del biografiado. Se trata de la proyección de una figura sin dobleces, sin cambios y que, en sí misma, representa un todo. Esa condición lo trasforma en el motor de cambio. El documento de Tapia y Rivera consagra dos fechas. El 1812 como momento de “regeneración nacional”, y el 1813 como el momento en que entramos a la Modernidad y se trocó “el hato de Puerto Rico en país de agricultores y comerciantes”. Los gestores son dos hombres: el Militar Ramón Power y Giralt y el Hacendista o Intendente Alejandro Ramírez. Vistos desde el presente, se trata de dos simplificaciones atroces.

Es importante destacar que en el caso de Power y Giralt, la hispanidad y la puertoriqueñidad son equiparadas. El autor no vacila en destacar “su acendrado españolismo y su amor al rey Fernando” cuando aquel era denominado el “Deseado”. Pero cuando habla en las Córtes de Cádiz, lo hace como puertorriqueño digno de “la memoria de los puertorriqueños agradecidos”. La dualidad de Liberalismo Insular en ciernes es evidente, pero la hispanidad se impone porque es la fuerza que permite la expresión del puertorriqueño.

En términos técnicos debo destacar, el uso de fuentes orales y escritas, de notas al calce informativas que he suprimido en el texto, el recurso a los apéndices documentales que expresan la voluntad de que “el documento hable por sí mismo” y convierte a la biografía en una introducción o prefacio a la colección documental; y el recurso de la digresión para insertar reflexiones críticas como la que se hace respecto al tema de la educación. Debo recordar que el  documento se escribió en el Sexenio Democrático (1868-1874) cuando había espacio y libertad suficiente para ello.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Historia oficial: Pedro Tomás de Córdova, Miguel de la Torre y el separatismo (1832)

Fragmento del Capítulo primero de la obra de Pedro Tomas de Córdova. Memorias geograficas, históricas, económicas y estadísticas de la Isla de Puerto-Rico. Tomo IV, 1832. Tomado de la versión facsímil San Juan: Coquí, 1968. La ortografía ha sido parcialmente revisada.

(…)

Si los acontecimientos últimos de Venezuela, como quedan bosquejados dan una idea exacta de nuestros apuros en aquel punto, de los esfuerzos que había hecho su General para mejorar la situación desesperada del ejército, y de cuanto debían influir aquellas desgracias en los países vecinos, nada lo probara tanto como el estado de esta Is­la al pisar su suelo el nuevo Capitán general.

En los gobiernos de los Sres. Meléndez, Vasco, Arostegui y Navarro, y en el político del Sr. Linares, se ha demostrado suficientemente la precaria situación de Puerto-rico en el ramo de las rentas, los disgustos que presentaba semejante causa, lo que se había viciado la opinión desde el año de 1820 y lo que esta había adelantado desde las últimas desgracias de Costa-firme. Lo que jamas se había visto en el país, sucedió en dichas épocas, particularmente en el tiempo de los tres últimos jefes. Reunión de salteadores en cuadrilla, proyectos de revoluciones interiores de las esclavitudes, invasiones del exterior, y continuas depredaciones de los corsarios habían tenido en continua alarma a las autoridades y a los vecinos. No faltaban genios a propósito que daban ensanche a sus miras con todos estos ensayos y que ganaban prosélitos en favor de la desorganización. En los periódicos se asomaron también ideas las más escandalosas, y en las conversaciones públicas se manifestaban con descaro e impudencia las doctrinas más peligrosas. Las desgracias de nuestras armas en Venezuela se contaban por algunos con placer y con satisfacción, y aun antes de que las supiese la autoridad corrían por el público exageradas las noticias. La crítica contra la administración de hacienda era el platillo de todas las reuniones y de todas las casas, y cuanto desmoralizase al Gobierno, otro tanto se decía y circulaba sin rebozo. Había faltado la prudencia, se había descubierto cada cual la máscara y todos se veían y trataban con desconfianza y temor. Un estado tan expuesto vino a recibir mayor impulso con la independencia de la parte española de la isla de Sto. Domingo.

Pedro Tomás de Córdova

Parece que la política no estaba en favor de un cambio como el que presentó D. José Núñez de Cáceres en aquella Isla. Situada entre las fieles de Puerto-rico y Cuba, únicas de quienes podía sacar ventaja en sus relaciones, con una población escasísima, sin rentas y naciente, como efecto de las muchas vicisitudes que había experimentado, y con un enemigo tan peligroso como inmediato en su mismo territorio, eran la mayor garantía de su seguridad. No se veían otras aspiraciones en ese pueblo, o no debía tener otras, que las de nutrirse y conservar los mismos sentimientos que mantenían los de las islas vecinas, pues cualquier otro que abrigara debía serle destructor con solo pensarlo. Fue pues asombroso el cambio que hizo, por lo mismo que no era de preverse, y fue tan fugaz su existencia, como era próximo el enemigo que tenía que temer. Si no hubiese habido este en la misma Isla, la parte española habría sucumbido con otras ventajas a los esfuerzos que hubieran hecho Cuba y Puerto-rico para sacarla de las garras de Núñez, y esta sola consideración debió no haber olvidado ese ambicioso para no haber puesto en planta su inicuo y loco proyecto. No se contentó con verificarlo, sino que en su frenesí revolucionario procuró introducir la tea de la discordia en las vecinas islas y escribió para ello a sus autoridades. Ya se ha visto lo que contestó el Sr. Arostegui al desacordado Núñez, y por cuantos medios trató este benemérito Jefe de atajar aquel pernicioso ejemplo y desacreditar la conducta de su causante. Mas por lo mismo que fue inopinado el cambio de la parte española de Sto. Domingo, habida atención a su nulidad política, al inminente peligro que corría y a la ninguna utilidad que podía sacar de él, fue un despertador para los jefes de las otras islas, donde extraordinariamente eran superiores la población, la riqueza y los recursos comparados con los de aquella, pero que habrían sido nulos en igualdad de casos, y la ruina inevitable de cualquiera de ellas que hubiese seguido aquella desleal e inoportuna marcha. Debían pues esos jefes al ver lo sucedido en Sto. Domingo temer con fundamento la existencia de un foco oculto de revolución que dirigido por los disidentes de Costa-firme, trabajaba en desquiciar la tranquilidad de todos los pueblos que se mantenían fieles. Debían vivir alerta contra este enemigo oculto cuya existencia era más que probable, y no olvidar nada en favor de la tranquilidad y seguridad del territorio. Que tales temores eran fundados y que la prudencia aconsejaba desconfiar y vigilar, vendrá a probarse en el gobierno del Sr. Latorre de una manera incontestable; entonces se verán los efectos que habían causado en el país los sucesos de Costa-firme y de Santo Domingo, y que la desconfianza del gobierno era más que fundada porque fueron más que conatos contra la seguridad de la Isla los que se habían presentado para disturbarla, porque las amenazas pasaron a realidades, las críticas a licencias, las opiniones a personalidades, y la falta de medios para sostener las cargas públicas a miseria y desesperación.

Un estado tan lamentable en el país y de tanto influjo en los intereses de sus habitantes, no había sido contrariado por la autoridad de manera alguna, ya sea que no se creyese con bastante fuerza para variarlo, o ya porque temiese introducir una reforma que no creyera acomodada al desorden en que se hallaban los ánimos. Esta orfandad pudo haber causado males de la mayor trascendencia, pero triunfó de todo la sensatez de los puerto-riqueños, y entre la miseria y la des­confianza, el temor y la ansiedad se pasó el tiempo y oportunamente llegó a la Isla el que estaba reservado para librarla de un trastorno, el genio profetizado por el Sr. Arostegui, que sacándola del estado comprometido en que yacía la pusiese en la senda de su prosperidad, y guiara sin detención alguna a la era feliz que disfruta desde el año de 1824, tercer periodo en que se ha dividido la historia moderna de la Isla. No faltaron a la entrada del Sr. Latorre en Mayagüez las ideas de que no se le debía admitir al mando por falta de comunicaciones directas sobre su nombramiento, pero como trajese consigo la Real orden que se lo cometía, no pasaron adelante unas especies hijas de aquel tiempo turbulento y propias de los que las concibieron en conformidad de sus particulares miras y privados intereses. Lo cierto es que propalándose en aquellos momentos la noticia de una expedición que se reunía en los Estados-Unidos contra el país, tuvo avisos el gobierno del de Martinica de haber declarado allí uno de los que se habían alistado en  la expedición, que esta se había precipitado para que estallase la decisión que se suponía en algunos de la Isla antes de que el  nuevo capitán general llegase a ella, en cuyo caso podía se dudosa la empresa. Especies de esta clase comunicadas oficialmente por un Gobernador amigo que acompaña a su aviso la declaración de la persona de donde adquirió la noticia ¿no basta para ponerlo en cuidados y alarma? (…)

En el referido día 13 recibió el Sr. Latorre parte de que en el barrio del Daguado, jurisdicción de Naguabo, se habían propalado especies subversivas por un mulato francés nombrado Duboy, vecino de aquel partido. Este parte fue acompañado de una proclama manuscrita datada en los Estados-Unidos, y de otro papel en que se pedían noticias individuales de la fuerza existente en la Isla, de la opinión de los habitantes, y si era posible hacer un desembarco en la Aguadilla o Mayagüez, y tener a su favor alguna de las clases del país. Se designaba la costa del partido de Añasco como punto por donde debía desembarcar una persona con instrucciones sobre el particular.

Igual aviso recibió el Jefe político, y sin perder instante se adoptaron medidas para aprehender a Duboy y a un tal Romano, avecindado en Guayama, con quien aquel estaba en relaciones, La actividad que desplegaron las dos autoridades, comisionando el Sr. Latorre dos oficiales al efecto, fue extraordinaria. Los reos fueron presos y se les formó la correspondiente causa para averiguar una ocurrencia de tamaña importancia, que se hizo más grave por la comunicación que recibió el 16 el referido Jefe del gobernador de la isla de San Bartolomé, comunicándole el peligro en que se hallaba Puerto-rico amenazado por una próxima invasión de aventureros.

Las faltas que se experimentaban en la Isla en aquellos momentos por el estado precario de la Tesorería, la medida misma que acababa de adoptarse con los emigrados, la multitud de corsarios que infestaban las costas, el desaliento de los empleados a quienes no se suministraba la cuarta parte de sus haberes, y la desconfianza que todo esto debía ofrecer, pusieron al Sr. Latorre en una situación harto desagradable, pues falto de recursos tropezaba a cada paso con un fuerte obstáculo que le impedía llevar al cabo aquellas providencias que asegurase a los habitantes la paz alterada por unos pocos malvados, no quedándole arbitrio para reanimar el abatimiento que estos sucesos causan en todos los países donde los medios para destruirlos o son lentos o ineficaces. Pero como siempre fue la masa general de la Isla fiel a toda prueba, bastó ella para desbaratar en aquellos momentos las ideas de los pocos que pudieron pensar en un trastorno, pero no quita esto que el primer Jefe de la Isla, el primer responsable de su conservación se viese en un estrecho tan complicado de circunstancias, en unos apuros de tanto tamaño, y en una situación tan difícil a los seis días de pisar un territorio donde todo le era desconocido y nuevo.

No se había aun salido de la averiguación de la causa de Duboy cuando se presentó otro suceso de la misma y aun más inmediata trascendencia. El 25 del citado mes recibió el Sr. Latorre un aviso de que en el pueblo de Guayama estaba próxima a estallar una sublevación de los negros de algunas haciendas. En dicho pueblo se hallaba avecindado el Romano, que se decía de inteligencia con Duboy: este no quedaba ya duda era un agente de los malvados aventureros que tramaban una invasión en la Isla: entre los prosélitos que buscaban para su logro se contaba con aquella clase, y todo hacia justamente creer fuese uno mismo el plan y uno mismo el objeto. El Sr. Latorre creyó que era indispensable su presencia en Guayama para la más pronta indagación del hecho, y para inspirar mayor confianza en el pueblo. Se puso en marcha acompañado del Asesor militar, del Secretario y Ayudantes, e hizo salir al mismo tiempo una partida de 17 veteranos con un oficial. A su llegada al pueblo halló a los vecinos en la mayor consternación, los tranquilizó, tomó varias providencias de seguridad, inspiró ánimo y confianza entre aquellas gentes, y habiendo procedido con la mayor festinación a averiguar los hechos que se le habían participado, y cuyos reos encontró en seguridad, formalizó la averiguación sumaria, que elevada a proceso y celebrado inmediatamente el Consejo de guerra, fueron sentenciados a la pena capital dos esclavos confesos y convictos del atroz crimen de asesinar sus amos y a todos los blancos. Con este pronto juicio y con la ejecución de los reos, se impuso eficazmente en aquellos momentos a los malvados y se desbarató en mucha parte cualquiera combinación que pudiese existir, y la cual aún no era tiempo de completar su descubrimiento. Duboy fue pasado por las armas en la Capital el 12 de Octubre convencido del delito de agente de los malvados para tramar la revolución de la Isla, y cuyo ejemplar se hizo indispensable con prontitud para el condigno escarmiento, y se siguió instruyendo la causa a los demás complicados.

Gob. Miguel de la Torre (1786-1843)

No quedaba ya duda alguna de lo que se tramaba contra la Isla. Se había cogido en ella un agente con proclamas e instrucciones para el efecto; había al mismo tiempo descubiértose una conspiración horrorosa precisamente en un pueblo donde estaba avecindada una de las personas con quien decía Duboy se hallaba en inteligencia; el gobernador de San Bartolomé había dado aviso de los aventureros que se habían allí presentado y de la expedición que reclutaba un tal [Luis Guillermo] Ducodray [Holstein] contra la Isla, y el Comandante general del apostadero de Puerto-cabello avisó también sobre la existencia de la expedición y su objeto, participando por último que habían llegado dos buques a Curazao con el referido Ducodray, varios de los titulados jefes, armamento y otros objetos propios a los fines que proyectaban los malvados. No eran pues temores fundados en recelos, sino realidades que debían traer en una continua vigilia a la autoridad, cuyo cuidado y celo debían redoblarse tanto más, cuanta era la carencia de recursos en el país, su falta de conocimientos prácticos en él, y la urgencia que tenia de medios para asegurarlo, y sostener el gobierno de S. M. y la paz de los habitantes.

No puede negarse que aquellos momentos fueron críticos, que fue indispensable se desplegase toda la energía que puso en acción el Sr. Latorre, y que le era preciso adoptar medidas de precaución contra tales hechos. El Sr. Latorre vio desde luego abierto un cráter que podía absolver al país en la mayor desolación, y que por falta de recursos pudiera llegar el caso de que los aventureros, cuya patria está fundada en el desorden, el pillaje y la destrucción, lograse conseguir introducir semejantes males en una Isla cuya importancia, al paso que extraordinaria, tenía una población la más acreedora a ser socorrida por su fidelidad al Soberano y por sus sacrificios y sufrimientos. Estas consideraciones, el deber y la responsabilidad estimularon a dicho Jefe a hacer presente a S. M, el verdadero estado de Puerto-rico, y después de enumerar los hechos que habían pasado, de fijar la precaria situación de sus cajas, el abandono de sus costas, la falta absoluta de medios, y los muchos enemigos que atacaban su seguridad, pidió arbitrios para poner en servicio la fuerza sutil, y que se le auxiliase con fusiles, tropa y con los demás elementos que facilitaran la marcha de un gobierno que carecía de todo.

Hecha la completa averiguación del proyecto de Ducodray, dio el Sr. Latorre un manifiesto al público, de acuerdo con el Jefe político, el cual salía insertado ya en la narración histórica del mando de este. Reclamó del gobernador de la isla de Curazao a Ducodray y a sus compañeros como piratas perturbadores de toda sociedad culta. En los dos buques que habían llegado a aquella Isla, a causa de los malos tiempos, se hallaban el referido Ducodray, el que tenían previsto para Intendente, 2 tesoreros, 5 coroneles y 100 oficiales; los buques habían sido embargados por el Gobierno, en vista de los papeles subversivos que halló en ellos, y depositados sus cargamentos consistentes, en armas, municiones y otros varios artículos. Pidió también a la Diputación provincial que facilitase la cantidad de 100,000 pesos para que se pudiese contar can este indispensable recurso en favor de la segundad del país, y tuvo el desconsuelo de ver que a pesar de los sucesos que acababan de pasar presentara esta corporación obstáculos para reunir tan mezquina suma, cuya falta en caso de apuro, le obligarían a adoptar otras providencias más violentas pero indispensables. Esto prueba bastante lo inútil del pasado sistema, mas a propósito para debilitar que para dar vigor a la marcha publica. Nada dejó por tocar el Sr. Latorre. Interior y exteriormente buscó con ahínco cuanto creyó a propósito para conservar la Isla y se le debe en aquellos momentos de apuros la detención que dio a las maquinaciones contra ella.

La expedición de Ducodray se había proyectado y llevado a efecto en los Estados-Unidos, donde se trató como un negocio mercantil. Además de la gente que reunió allí Ducodray, debía reclutarla también en las islas de San Bartolomé y Santomas; en una palabra ella era la reunión de los malvados de todas las Colonias, su santo fin el robo, el asesinato y el desorden de Puerto-rico, y aquel jefe de bandidos contaba con prosélitos en la Isla, con los corsarios disidentes y con los auxilios que le prestasen los países insurrectos.

Puerto-rico se salvó en aquel tiempo de males que no es posible calcular, y alejó de sus habi­tantes los horrores que trae consigo la revolución, y de la clase que se los preparaba Ducodray. Con este importante beneficio abrió la carrera de su mando el Sr. Latorre, y nunca deben sus habitantes olvidar a este Jefe protector, cuyo mérito lo hallaran a la menor reflexión que hagan sobre aquella época, en su actividad, decisión y celo, en el resultado que esto tuvo, y en la felicidad que hoy disfrutan.

El interesado puede consultar también Pedro Tomás de Córdova: La Cédula de Gracia

Comentario:

En la Historia Oficial el Poder habla por medio de sus Intelectuales y justifica sus acciones defensivas u ofensivas. Se trata de un producto de la Era Napoleónica propia del Estado Burgués Moderno que celebra el triunfo de su clase. Todavía hoy Puerto Rico tiene un Historiador Oficial casi invisible en acción. Pedro Tomás de Córdova se ocupa de inventar una imagen de Miguel de la Torre orlada con los atributos de un padre colectivo cuyo autoritarismo, en ocasiones extremo, se justifica en nombre del hipotético Bien Común. Pero el Bien Común es el Integrismo, hay que evitar la Separación de las colonias a cualquier precio. Por eso insiste tanto en el grave estado de la Isla cuando el funcionario llegó a ella por el puerto de Mayagüez: las rentas en crisis, la opinión extraviada o viciada, salteadores y esclavos rebeldes activos por todas partes e invasiones foráneas cerniéndose  sobre el territorio.

Las “ideas escandalosas” y “las doctrinas peligrosas” parecían muy populares entre los puertorriqueños, concepto que el autor usa para referirse a los que no son españoles ni integristas y alude expresamente al Separatismo Hispanoamericano y el Anexionismo a Estados Unidos. El relato de la Independencia Dominicana de 1821 y el fracaso de la gestión de José Núnez de Cáceres en invitar a Cuba y Puerto Rico a proclamarla con ella, sirve al autor para ratifica la fidelidad de ambas islas. Los puertorriqueños son fieles, pero muy susceptibles de ser impresionados por los aires de Revolución dominantes. Infantilizar al puertorriqueño es una nota común en este tipo de textos. Su sensatez es una virtud que no tiene precio.

La virtud de De la Torre es que reconoce ese hecho y establece un tipo de política agresiva con las amenazas que se ciernen. Se trata de un elegido: “el genio profetizado” por sus precedentes. La Colonia es el escenario de un conflicto entre los intereses españoles que son legítimos, y los intereses extranjeros que son ilegítimos. Para Córdova De la Torre inicia el “el tercer periodo en que se ha divido la historia moderna de la Isla”. Power y Giralt y Ramírez no significan nada para este autor.

La parte más interesante de este texto es el relato detallado de la conjura de Luis Guillermo Doucoudray Holstein (1822) y su conexión con los negros esclavos de Naguabo. El papel amenazante de Estados Unidos y la cooperación de los gobiernos de Curaçao, San Bartolomé y Martinica, hablan de la capacidad del gobierno colonial de entonces. La mano dura del gobernador con los conjurados de Naguabo, el mulato francés Pedro Dubois y el negro Pedro Romano, también resulta de interés para el investigador. El apunte de que “como siempre fue la masa general de la Isla fiel a toda prueba” es emblemático.

Este tipo de tratamiento del asunto Puerto-rico fue muy eficaz. En 1825 se reimpusieron en el país el privilegio de las Facultades Omnímodas como resultado de la histeria política promovida por Miguel de la Torre. En realidad el lector se encuentra ante una figura opuesta a los valores destacados por Alejandro Tapia y Rivera en Ramón Power y Giralt. Pero lo que Tapia y Rivera veía como defectos en Salvador Meléndez Bruna en 1808, Córdova lo justifica y evalúa elogiosamente en De la Torre.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

marzo 5, 2011

André Pierre Ledrú: Puerto Rico en 1797

Fragmento de André Pierre Ledrú. Relación del viaje a la Isla de Puerto Rico, en el año 1797 por el naturalista francés en traducción de Julio L. Vizcarrondo. Imprenta Militar de J. González, Puerto Rico, 1863.

A las seis estábamos frente a la isla desierta de la Culebra, y al día siguiente, a mediodía, el Triunfo echó el ancla en la rada de San Juan, capital de Puerto Rico. En seguida el Capitán bajó a tierra para visitar a S. E. Don Ramón de Castro, Gobernador de la provincia, y a M. París, Agente comercial de la Francia. El primero le permitió desembarcar en la Isla, y ocuparse en ella con sus colaboradores en los trabajos relativos al objeto de la expedición. El segundo le prometió todos los socorros de dinero y víveres que dependieran de su ministerio. Desde este momento la tripulación del Triunfo tuvo la libertad de bajar a tierra.

El día siguiente el Capitán hizo desembarcar todas nuestras colecciones, que fueron cuidadosamente transportadas a la fonda, del Correo. El director de este establecimiento público prestó generosamente su jardín para depositar en él las plantas vivas, y puso a nuestra disposición tres aposentos.

Sábese cuanto gustan a los Españoles las fiestas y las ceremonias públicas. En Europa son apasionados a las corridas de toros; en América por las carreras de caballo. Hacía dos días que este último espectáculo ocupaba a la ciudad entera, que me pareció convertida en un vasto picadero. Una multitud de habitantes de los campos habían concurrido para esta diversión. Imagínense tres a cuatrocientos caballeros, enmascarados o vestidos con trages extraños, corriendo sin orden por las calles, tan pronto solos, tan pronto reunidos en grupos numerosos. Por aquí, muchos petimetres disfrazados de mendigos divertían a los espectadores con el contraste de los harapos que los cubrían y el rico arnés de los corceles que oprimían; por allá levantaba una polvareda un grupo de jóvenes oficiales. Muchos franceses, mezclados con ellos, eran reconocidos fácilmente por su ligero y bullicioso talante. Su amable locura, variada bajo mil formas diferentes, esparcía a su paso la risa y la alegría. Muchas jóvenes entraron en la lid; todas se llevaron el honor de la carrera, tanto por su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafrén. Dudo que nuestras bellas de París puedan disputar con las amazonas de Puerto Rico el arte de manejar un caballo con tanta gracia como atrevimiento. La velocidad de estos caballos indígenas es admirable: no tienen trote, ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo más atento no puede seguir el movimiento de sus patas.

Los habitantes de Puerto-Rico celebran con semejantes carreras las principales fiestas del calendario romano, especialmente las de Pascuas, San Juan, Santiago, San Mateo. Desde la víspera viene a la ciudad un gran número de ginetes de todos los puntos de la Isla. Los juegos comienzan a mediodía precisamente y continúan sin interrupción hasta la noche. Es un espectáculo agradable ver las calles y las plazas llenas de corredores al galope; y los balcones, las puertas y hasta los techos llenos de curiosos: por todas partes se oyen risas, provocaciones que recuerdan los picantes placeres del carnaval. Al día siguiente la fiesta toma un carácter más serio. El Gobernador, seguido de los miembros del Cabildo, de la oficialidad, de la nobleza, escoltado por la guarnición, todos a caballo y ricamente vestidos, sale a las nueve de la casa consistorial: el cortejo recorre gravemente las principales calles, al sonido de una música guerrera, y se dirige en seguida hacia la Catedral, en donde se celebra una solemne misa, terminada la cual vuelve en el mismo orden a la casa consistorial; y entonces dan principio de nuevo las carreras de la víspera, que duran hasta por la noche, aunque ésta no siempre da la señal de retirada. El gusto por las cabalgatas, general en toda la Isla, degenera a menudo en locura, y ocasiona gastos que arruinan a más de un padre de familia: colono hay, poco favorecido por la fortuna, que se priva durante seis meses de muchos goces ordinarios para distinguirse en las primeras carreras por la elegancia de su trage y la riqueza del arnés de su caballo.

Amazona de José Campeche

La permanencia de las ciudades es poco conveniente a los naturalistas: en el campo, a la entrada de los bosques, es donde deben fijarse para observar y recoger a su satisfacción las más bellas producciones del suelo. San Juan de Puerto-Rico, situado a la extremidad de una lengua de tierra, entre la mar y una rada, era poco propio para el género de trabajos que debíamos emprender: el comisario París viendo la necesidad de procurarnos un alojamiento en otra parte, obtuvo permiso del Sr. O’Daly, negociante irlandés y propietario de una hacienda situada a tres leguas de la ciudad, para que pasáramos en ésta algunos meses.

Dos días después, [Nicolás] Baudin y mis colegas se hallaban instalados en esta nueva vivienda. El 28 de julio fui a reunirme a ellos: una canoa me trasportó a la extremidad de la bahía que recibe las aguas de Puerto-Nuevo. Remonté este río en la extensión de una legua: sus pantanosas orillas están cubiertas de helechos, de bejucos, de manglares (como Carpas erecta, C. rasemosa L.) y de paletuvios (Rhizo-phora mangle L.) Las ramas de este arbolillo en su mayor parte vuelven a caer a tierra, se arraigan en ella y producen nuevos tallos que a su vez implantan sus flexibles brazos en el limo. Estas ramas raíces están ordinariamente cubiertas de ostras (Ostreaparasítica L.) que se adhieren a ellas y permanecen descubiertas en la marea baja. Esto es lo que da motivo a decir que en América se cogen ostras en los árboles. Después de desembarcar, atravesé un pasto al fin del cual se encuentra la hacienda nombrada San Patricio que se nos había concedido.

Todas las haciendas de Puerto-Rico son semejantes, salvo algunas diferencias ocasionadas por el gusto, el lujo o los medios del propietario. La nuestra estaba compuesta de una casa principal, construida de madera y cubierta de hojas de caña; de un vasto tinglado que cubre los molinos puestos en movimiento por bueyes y que sirven para exprimir el jugo de las cañas recientemente cortadas: de otro en que se depositan esas mismas cañas, después de haber sido exprimidas entre dos cilindros de cobre, bajo el nombre de bagazos, para alimentar el fuego de las calderas; de un edificio construído de mampostería y que contiene la azucarería, los alambiques y el almacén. Las chozas en que se alojan los negros están reunidas en tres líneas rectas y paralelas.

Los naturalistas permanecieron dos meses y medio en San Patricio. Durante este tiempo, cada cual se entregó con entusiasmo, a pesar de las lluvias y del calor, al género de trabajos que le estaba designado.

Dos meses y medio hacía que recorría yo los alrededores de San Patricio, a cuatro o seis leguas de distancia, para conocer las producciones vegetales; y ya tenía curiosidad de visitar otras comarcas de la Isla, sobre todo algunos anillos de esa cadena de montañas que la atraviesa en toda su longitud.

Baudin, deseoso como yo de fijarse en otra parte, me encargó que hiciese un reconocimiento hasta el pueblecillo de Fajardo, situado en la costa oriental de la Isla, a catorce leguas de San Juan, a fin de buscar allí algún alojamiento conveniente para nuestro género de ocupaciones.

Partí el 5 de noviembre, acompañado de un guía y provisto de cartas para algunos colonos, a los que me proponía pedir de paso la hospitalidad.

Después de haber pasado las fortificaciones avanzadas de la ciudad y haber andado durante una hora por un terreno arenoso, cubierto de acacias (Mimosa), icacos (Chrysobalanus icaco L.), pajuiles (Anacardium occidentale L.) y otros arbustos, llegamos a la boca de Cangrejos, que se ha hecho célebre desde que los ingleses operaron allí su infructuoso desembarco el 17 de abril de 1797. No hay en ella ni puente, ni barca para la comodidad del pasagero; nos vimos obligados a pasar esta peligrosa boca con agua hasta la cintura, dirigiendo nuestros caballos por los arrecifes: el océano bate con furor esta especie de dique natural que se adelanta un metro bajo el agua. Cada ola levantaba nuestras monturas, que iban bamboleando; y la cima de las olas, reducida a lluvia por el viento norte, bastante fuerte, nos mojaba completamente.

Los habitantes de Cangrejos, casi todos negros o mulatos, han comprado con su industria la libertad de que gozan. Aunque habitan un suelo árido, cultivan con buen éxito muchos frutos y legumbres para el consumo de San Juan. Este pueblecillo cuenta ciento ochenta casas y sobre setecientos habitantes.

El territorio de esta comarca es inundado en parte por un lago de agua salada y abundante de pesca, cuyas orillas están cubiertas, en muchos lugares, por manzanillos (Hippomane mancimella L.)

Desde la boca de Cangrejos hasta el río de Loíza, cuatro leguas más lejos, el camino es uno de los más agradables de la Isla. Trazado a orillas del mar, entre dos líneas de arbolillos siempre verdes e impenetrables a los rayos del sol, se parece a las calles de nuestros bosquecillos, cuya sombra y verdura ofrecen al amigo de los campos un agradable paseo.

Atravesamos sin apearnos el lindo pueblecito de Loíza. que contaba en 1778 mil cuatrocientos dos habitantes y ciento tres casas; y está situado cerca de la embocadura del río que lleva su nombre. Durante tres horas continuamos andando cerca de la orilla del mar, por un terreno arenoso en medio de vastas sabanas cubiertas en muchos lugares de palmeras, de comocladias (Comocladia intergrifolia, Com. dentates L., C. ilicifoloa Sw.), de uveros (Coccoloba uvífera, C. excoriata L., C. diversifolia nivea Jacq.), de pinas, de naranjos y de plátanos.

El suelo se hace más compacto y más cubierto, a medida que se aleja uno de las costas y se interna en los campos; pero los caminos son menos cómodos. Muchas veces nos vimos obligados a atravesar montañas cubiertas de hermosos árboles; pero las cuestas son tan rápidas y malas que nuestros caballos, aunque habituados a estos senderos, bamboleando a cada paso amenazaban sepultarnos en el lodo.

Estas dificultades provienen de la humedad continua del suelo, mantenida por la sombra de las ramas que pendían sobre nuestras cabezas, y el inconcebible descuido de los habitantes, que cuando tienen que abrirse un camino por los bosques, se contentan con tumbar los árboles que les incomodan, sin cuidarse de la dirección que los mismos árboles toman al caer. Veinte veces nos detuvieron troncos enormes atravesando en el sendero y que permanecerán allí hasta que sean reducidos a polvo por la acción de los elementos. En fin llegamos a Fajardo poco antes de ponerse el sol.

Yo llevaba una carta de recomendación para Don José, rico colono que hacía largo tiempo se había fijado en aquella parte de la Isla, y obtuve por su parte la mejor acogida. Su casa está construida en la cima de un montecillo, por cuyo pie corre un arroyo. Desde aquella elevación la vista se esparce sobre una vasta sabana que embellece una eterna verdura, dividida en praderas o en campos de cañas, de en medio de las cuales se elevan aquí y allá otros montecillos aislados cubiertos de árboles montaraces y de café: algunas cabañas diseminadas en las llanuras o en los flancos de las colinas animan este lindo paisage.

No pude descubrir en Fajardo alojamiento propio para los naturalistas y partí de este pueblo el 11 de noviembre, acompañado de un guía que me proporcionó Don José; pero en vez de seguir el camino ordinario que conduce a San Juan, tomé a la izquierda el sendero de los bosques, a fin de aproximarse a las altas montañas de Aybonito, famosas por las cascadas, los sitios pintorescos y los árboles preciosos que se encuentran en ellas: después de cinco horas de marcha llegué a su pie. Mi guía iba delante en el bosque, conduciendo nuestros dos caballos de mano; yo le seguía, separándome aquí y allá para coger flores; y frecuentemente me detenía para admirar las bellezas de aquellos lugares salvages.

Empero, la noche se aproximaba y estábamos a cuatro leguas de distancia del pueblo más cercano. Al salir del bosque no descubrí más que una vasta llanura en la que no se veía una sola cabaña. Mi guía me dijo entonces: detrás de aquel platanal que limita nuestro horizonte, hay una hacienda; ése es el único asilo en que podemos pasar la noche… Vamos allá… Andábamos paso a paso según estaban de malos los caminos: llegamos al fin a la casa de Don Benito, situada cerca de las orillas del Loíza. Yo estaba agonizante de cansancio y de frío, y apenas tenía fuerzas para hablar.

Empleé los días siguientes en visitar las plantaciones de caña, las de café y los talleres de mi huésped. ¡Qué diferencia, pensaba yo, entre esta hacienda y muchas de las que he visto hasta hoy. En aquellas un amo avaro y cruel tiene sin cesar la verga de la tiranía y aun el hacha de la muerte suspendidas sobre la cabeza de sus desgraciados negros: aquí estos africanos no tienen más que el nombre de esclavos, sin sufrir las cadenas; bien vestidos, bien alimentados con una robusta salud, trabajan con celo para un colono bien hechor que dobla sus ganancias aliviando las desgracias de aquéllos.

Durante mi permanencia en casa de Don Benito, fui testigo de un baile que daba el mayordomo de la hacienda para celebrar el nacimiento de su primer hijo. La reunión estaba compuesta de cuarenta a cincuenta criollos de los alrededores, de uno y otro sexo. Algunos habían venido desde seis leguas de distancia, porque estos hombres, de ordinario indolentes, son muy apasionados por el baile. La mezcla de blancos, mulatos y negros libres formaba un grupo bastante original: los hombres con pantalón y camisa de indiana, las mugeres con trages blancos y largos collares de oro, todos con la cabeza cubierta con un pañuelo de color y un sombrero redondo galoneado, ejecutaron sucesivamente bailes africanos y criollos al son de la guitarra y del tamboril llamado vulgarmente bomba.

Habíase preparado, en un aposento contiguo, una mesa compuesta de crema, café, sirop, casabe, confituras y frutas: éstas eran piñas, aguacates, guayabas, zapotes, cocos maduros o en leche. En este último estado el coco ofrece una bebida deliciosa; en vez de la almendra que no está aún formada, presenta un licor blanco, semejante en el gusto a la leche azucarada. Las confituras eran, una mermelada azucarada de guayabas, naranjas, calabazas, albaricoques, mameyes y papayas.

Después de mi salida de Fajardo, mi vida en San Patricio fue bien triste: las continuas incursiones por los bosques y sabanas pantanosas alteraron mi salud, y el 7 de enero de 1798 fui atacado de una fiebre gástrica intermitente que se manifestó con síntomas alarmantes. Cubrióseme todo el cuerpo de una erupción exantemática de tres centímetros de espesor y un decímetro de estensión: enflaquecí, perdí el apetito, y el estómago dejó de funcionar: al verme en este estado el Capitán me hizo conducir a la casa del Doctor Raiffer en la ciudad. El restablecimiento de mi salud lo debo a ese Profesor, que durante veinte días me prodigó todos los recursos del arte y los cuidados de un cariñoso amigo.

Con objeto de continuar mis estudios sobre la Historia Natural y Estadística de esta bella Isla, salía a menudo a San Juan, y me dirigía a distintos puntos cercanos. El mercado de Puerto-Rico se surte de las aves, frutas y legumbres que conducen diariamente a su puerto las lanchas que bajan por los ríos de la costa norte: al regreso de esas embarcaciones me unía a sus conductores y subía con ellos, ora el río de Bayamón o el de Toa, ora el de la Vega o Manatí, y cuando me encontraba a 20 ó 25 kilómetros al interior del país saltaba a tierra y me dirigía a cualquier casa, donde seguramente se me recibía con las mayores muestras de hospitalidad; una vez allí, recorría las inmediaciones y regresaba luego a la Capital por la misma ,vía, cargado de una gran cosecha plantas. A estos viages debí el enriquecimiento de mis herbarios y el conocimiento del interior de la Isla y de los usos y costumbres de sus habitantes.

Puede consultar además: Documento y comentario: André-Pierre Ledrú (1810) donde hace recomendaciones específicas para el adelantamiento o progreso de la colonia.

Comentario:

El libro de Ledrú se publicó en 1810. Su expedición se realizó desde los primeros meses de 1797, poco después de la Invasión Inglesa. La traducción corresponde al líder liberal y abolicionista Julio L. Vizcarrondo y es de 1863. Ledrú es francés, nacido en Chatenai, cerca de Le Mans y es un naturalista y un hombre de ciencia. Su interés estaba cifrado en la naturaleza, pero entró en observaciones antropológicas y sociológicas muy originales. El viajero llegó a San Juan en el “El triunfo” con Nicolás Baudín. Fue recibido por el gobernador Ramón de Castro, el Agente Comercial francés Monsieur Paris, y de hospedó en la fonda el Correo, donde ocupó el jardín y tres habitaciones. La alianza hispano-francesa explica la apertura a una expedición científica de aquella naturaleza.

Ledrú reconoce “cuando gustan a los españoles las fiestas y las ceremonias públicas” y de inmediato establece un contraste: en Europa son famosas las “corridas de toros” y en América las “carreras de caballos”. Las “cabalgata(s)” son una costumbre de “toda la isla”, indicativo de que la condición de “caballero” tiene un gran valor social. De inmediato describe el Carnaval de San Juan con la precisión de un cronista: “cuatrocientos caballeros enmascarados”; numerosos “petimetres (petit maître o señoritos) disfrazados de mendigos”, “jóvenes oficiales” y “franceses mezclados con ellos”. Lo que más le impresiona es la presencia de “muchas jóvenes” caracterizadas lo mismo por “su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafrén” o caballos mansos. Sus observaciones sobre los caballos contrastas con las de John Layfield de 1598: los caballos “no tienen trote, ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo más atento no puede seguir el movimiento de su patas”  en una alusión al paso fino. Las cabalgatas son comunes en las fiestas de Pascuas, San Juan, Santiago, San Mateo. El Carnaval iguala socialmente a la gente a la luz de los “picantes placeres”, observación que sugiere un rico contraste con las Peregrinaciónes a un lugar sacro que también igualan pero a la luz de la “fe”.

De San Juan pasa a la Hacienda San Patricio de Tomás O’Daly donde permanece dos meses. O’Daly era militar de origen irlandés, y Miguel Kirwan, su socio de negocios en la empresa. El viaje se hizo en canoa y el traslado por tierra en caballos. Lo más valioso de esta sección es la descripción de una hacienda típica:

1. Contiene “una casa principal” de madera y cubierta de hojas de caña

2. Posee “un vasto tinglado” para los molinos que ya poseen cilindros de cobre y son movidos por bueyes. El autor aclara que el bagazo se usa de combustibe para las calderas.

3. Un “edificio (…) de mampostería” para “la azucarería, los alambiques y el almacén”

4. Y “las chozas” para los negros en tres líneas rectas y paralelas

Se trata del retrato de un hombre poderoso del interior.

Luego describe su viaje a Fajardo. El paso por la boca de Cangrejos, población de “negros o mulatos” libres, y por la desembocadura del Río Grande de Loíza y el “lindo pueblecito de Loíza” son literariamente ricos. En el proceso, anota las dificultades para un viajero en la isla. No hay “ni puente ni barca” para cruzar por Boca de Cangrejos, el viaje es difícil por la “humedad continua del suelo” y el peligro de los caminos, y le impresiona “el inconcebible descuido de los habitantes” con los mismos ya que no les dan mantenimiento alguno. La ausencia de infraestructura para el transporte, el clima tropical húmedo y la desidia de los vecinos se combinan para explicar el atraso.

Ledrú documenta una entrevista con “Don José, colono rico” de Fajardo, productor de caña y café y poseedor de predios montaraces. De regreso realizó una gira por las Montañas de Aybonito y tuvo que pasar la noche en “la casa de Don Benito”, cerca del río Loíza también plantador de caña y café. Benito es un esclavista humanitario: “aquí estos africanos no tienen más que el nombre de esclavos”. Los datos sugieren que café y caña competían la tierra en condiciones pares al menos en la zona visitada por Ledrú. En aquella hacienda Ledrú fue testigo de un baile de bomba por el nacimiento del hijo del mayordomo. La descripción es extraordinaria: 40 a 50 “criollos” definidos como “indolentes” pero “muy apasionados al baile”, asistieron. Eran gente dispuesta a mezclarse: “blancos, mulatos y negros libres”, ejecutaban “bailes africanos y criollos”.  También se detiene en las comidas -crema, café, sirop, casabe-, en las frutas -piñas, aguacates, guayabas, zapote, cocos maduros o en leche-, y en las confituras o frutas en almíbar elaboradas a base de guayaba, naranja, calabaza, albaricoques, mameyes y papayas.

Por último, comenta como San Juan se suple de alimentos frescos. Hay un rico tráfico de lanchas procedentes de la costa norte  a través de los ríos Bayamón, Toa, Vega y hasta Manatí. El tránsito de lanchas desde y hacia el interior de la Isla era enorme y, en cierto modo, suplía la escasez de caminos, a la vez que facilitaba una labor común en aquel entonces: la pesca.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador
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