Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

enero 28, 2010

Albizu Campos: dos cartas


  • Carta al Lcdo. Eugenio Font Suárez

El tiempo, 31 de mayo de 1930, pág. 1, 4.

San Juan, P.R. 28 de Mayo 1930

Lcdo. Eugenio Font Suárez, San Juan, Pto. Rico.

Mi querido amigo:

Es la hora de decisión. El país ordena a todos a entrar en lucha inmediata. Al individuo y a las agrupaciones políticas impone compromiso que requiere sacrificios inaplazables.

No basta declararse en favor de la independencia nacional. Esa declaración en un programa de partido no es suficiente. Forzoso es comprometerse públicamente con medidas específicas para dar al traste inmediatamente con este coloniaje que nos tritura.

La paciencia de nuestro dolido pueblo está agotada.

Si hemos de consignar en un programa político la demanda de independencia para después dedicarnos a la lucha por los puestos coloniales, que se abra la tierra y nos trague a todos.

Por eso, el Partido Nacionalista se ha comprometido ante la nación, en la forma más solemne, a celebrar la convención constituyente de la república de Puerto Rico, tan pronto reciba el sufragio de las mayorías.

Grato es ver el resurgimiento del espíritu de pelea en todos los sectores. Saludamos a la avanzada que surge en la “Unión de Puerto Rico”. Esperamos ver el espíritu patriótico revelarse con igual brío en los otros partidos políticos. La renovación es general.

Pero no olvidemos el lema: Acción inmediata.

Lo felicito por el brillante documento que en forma de carta dirigida a este su amigo, como Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico, acaba usted de lanzar a la publicidad.

No necesitaba Ud. dar explicaciones.

Así lo habrá entendido todo el país. Su patriotismo, su amor a la causa del Maestro de Diego son de todos conocidos. Le anima el valor del convencimiento vivido y la consagración a la libertad de la patria.

Agradecido por su cordialísima estimación,

Le abraza su amigo y S.S.S.,

Pedro Albizu Campos, Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico

  • Carta a José Lameiro: No hay nacionalismo fuera del Partido Nacionalista

El tiempo, 23 de mayo de 1930, pág. 1

San Juan, Puerto Rico

Julio 17 de 1930

Sr. Don José Lameiro. San Juan, de Puerto Rico.

Distinguido amigo y correligionario:

Pedro Albizu Campos en su uniforme militar

Hemos recibido últimamente varios barcos cargados de “patriotas”, todos comisionados para varios propósitos en Estados Unidos: para pedir limosna, para hacer extensivas a Puerto Rico todas las leyes de aquel país, para acabar con la asociación de Maestros de Puerto Rico, para destruir nuestra cultura, para respaldar la política del gobernador colonial y así congraciarse con el poder, y para convertirnos en instrumentos yanquis en el servicio diplomático y consular de aquel país en su invasión sistemática de la América Latina.

Todos estos señores requieren rehabilitación física después de tamaño esfuerzo. La patria oportunamente no se la negará.

A ninguno se le ocurrió decir en Estados Unidos que nuestra única necesidad es Independencia para resolver nuestros propios problemas; que tenemos capacidad y recursos naturales abundantes para atender como es debido a nuestra Nacionalidad.

La única necesidad es Independencia para poder dominar la invasión del capital latifundiario invasor, y sofrenar la insolencia de los bancos extranjeros que quieren acabar con nuestra riqueza, para proteger a nuestros obreros contra la explotación invasora y para regular nuestro comercio por medio de tratados que a nosotros convengan. En una palabra, para terminar con el acaparamiento de todos nuestros recursos e imponer mejor  distribución de ellos que permita a nuestros ciudadanos vivir una vida decente en armonía con las exigencias de la civilización contemporánea para que nuestro pueblo pueda llegar al completo desarrollo de su vida espiritual y física.

Pero no. Estos comisionados vienen ufanos de las sugerencias que al poder brindan para que nos aniquile completamente, dándole oportunidad de hacer aparecer su obra demoledora como acto de suprema caridad.

Repiten como papagayos el lenguaje ya gastado del maestro yanqui que ocupa la fortaleza.

¿A los cipayos no se les podía ocurrir otra cosa?

Viene su carta de adhesión a nuestro partido publicada recientemente en “La Correspondencia”. Tiene usted orientación verdadera. Su carta rechaza esa ola de sometimiento.

Deja usted atrás el liberalismo unionista. Saludamos, con entusiasmo, cuando se inició ese esfuerzo de renovación. Anhelamos que llegue el día que todos los partidos políticos consignen en su programa como único anhelo la Independencia de su Patria.

¿Cómo no alegrarse de que ese partido se abroquelara al ideal exclusivo de Independencia y se dispusiera a adoptar la táctica Nacionalista de acción inmediata contra los usurpadores de nuestro derecho a la vida de Nación Libre?

Pero hemos visto, como usted, que a esa juventud Unionista sólo le espera una tremenda derrota. Es cierto que algunos prominentes directores le brindan su adhesión, pero la mayoría de los influyentes la tienen decisivamente en contra. Hay quien se apresura a solidarizarse en estos mismos momentos con lo más incondicional existente.

Frente al derecho supremo de la Independencia se oye, a estas alturas, la cantinela de la autonomía.

¿Es acaso posible un régimen autonómico bajo la bandera de Estados Unidos? Su constitución ignora tal solución política.

O Puerto Rico opta por su derecho inalienable a la Independencia o se extingue voluntariamente en una provincia yanqui, “estado”, o padecerá indefinidamente el presente régimen territorial de absoluta irresponsabilidad ante los gobernados.

No puede compararse ningún régimen autonómico con la Independencia, pero hay quien todavía acepta de antemano y voluntariamente, las restricciones que sólo se toleran cuando la fuerza las impone.

No hay Nacionalismo fuera del Partido Nacionalista.

¡A sus filas los que amen la Independencia de la Patria!

Presionemos a los enemigos de nuestra liberación a que formen su bloque anexionista para que carguen solos con la responsabilidad histórica de haber hecho todo a su alcance para acabar con la personalidad de su propio país, y así hacerse graciosos con un invasor que, si bien los utiliza, siente por ellos profundo desprecio.

Suyo en la causa,

Pedro Albizu Campos

Comentario:

Las cartas incluidas representan el entusiasmo que caracterizó el momento de la elección de Albizu Campos a la Presidencia del Partido Nacionalista.

La carta a Eugenio Font Suárez esboza la idea de la “acción inmediata” con el fin de revisar el “Nacionalismo Ateneísta” e intelectualizado que, según Albizu Campos, dominaba a la organización política antes de su ascenso al cargo. El argumento está dirigido al Partido Unión de Puerto Rico, luego Liberal Puertorriqueño, encabezado por Antonio R. Barceló, del cual se esperaba atraer militantes. El principio de que una “declaración” sin “comprometerse públicamente”  no es aceptable, es propia de partidos  revolucionarios en ascenso caracterizados por el optimismo. El rechazo a los métodos electorales y el colaboracionismo con el imperio  era evidente en la frase que censura “la lucha por los puestos coloniales”. Pero la cuestión electoral no estaba resuelta entonces. El  Partido Nacionalista participó en las elecciones de 1932, como se sabe. El mecanismo de liberación del coloniaje se esboza en el campo jurídico: la “convención constituyente”. El tono jurídico  que recuerda el lenguaje  de la Revolución Francesa, me parece evidente.

La carta a José Lameiro tiene el valor de que esta figura fue la “mano derecha” de Albizu Campos en el  proceso de afirmación de la línea radical en la organización hasta su expulsión del partido en 1935 en medio de un escándalo político. El documento abre con una queja contra la administración de Theodore Roosevelt (1929-1932) en medio de la crisis de la Gran Depresión y los adelantos del Nuevo Trato en la isla. La evaluación de Albizu Campos es importante para comprender después su renuencia a apoyar el proyecto del presidente Franklyn D. Roosevelt. Su argumentación era eminentemente moral: la “ayuda” estadounidense es una forma de “mendicidad” que devaluaba a quien la recibía.

La Autonomía que numerosos sectores apoyan en aquel momento, significaba Independencia y soberanía bajo España. Pero el mismo argumento no era aplicable para la relación con Estados Unidos. La razón es también jurídica: “su constitución ignora tal solución política”. La autonomía en el contexto de un régimen monárquico y en el de una república federal no son la misma cosa.

La táctica de Albizu Campos parece dirigida a polarizar el debate político estatutario. La disolución de un “centro” conducirá a los políticos de oficio hacia la alternativa de la “anexión” o la de la “independencia”. La fragilidad de Partido Unión de Puerto Rico, luego Liberal Puertorriqueño, dejará un solo medio para conseguir la  “independencia”: el Partido Nacionalista. La crisis económica tuvo efectos distintos de los esperados por Albizu Campos. Por un lado, empezó a moderar a los liberales independentistas y, por otro, abrió el camino para la victoria de la Coalición Puertorriqueña en 1932 con un programa abiertamente estadoísta.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor
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Albizu: el Nacionalismo e Ibero-América


El acto nacionalista del domingo en Ponce. El discurso pronunciado por el Lcdo. P. Albizu Campos

  • Manuel Rivera Matos

El mundo, 15 de noviembre de 1930, pág. 3, 12.

Cuando Albizu Campos subió a la tribuna el público ponceño le recibió con una prolongada ovación. El Presidente del Partido Nacionalista pronunció un elocuente y sustancial discurso que se extendió durante dos horas y media.

“Amado pueblo mío: quiero saludarte después de tres años de ausencia por nuestra América. Una hondísima emoción embarga mi espíritu al presentarme ante el pueblo de Ponce que me vio nacer. Amar el suelo que nos dio vida es el primer deber del hombre. Quiero enviar un saludo colectivo desde esta tribuna a mis condiscípulos de escuela, a mis protectores físicos y morales, a mis amigos y compueblanos.

“Celebramos esta noche la epopeya magna de la raza que descubrió y civilizó este continente. A la Madre España debemos la inmensa gratitud de esta obra sin paralelos en la historia humana. Con la hazaña de Colón se comprobó definitivamente la forma esférica del planeta. Con este hallazgo el hombre se dio cuenta que no vivía en una tierra aislada sino que pertenecía a un sistema celeste del cual era su colaborador e intérprete. El hombre fue consciente entonces de la infinidad del universo y de que en sí se encerraban las posibilidades de un progreso infinito. Se amplificó su concepto del universo y de su creador, y comprendió que su misión era interpretar las leyes que lo regían y vivir la vida superior del espíritu”.

Después de una digresión filosófica en torno al sentido del descubrimiento y de su trascendencia en la vida de la cultura occidental pasó a analizar la orientación trascendental del nacionalismo.

Pedro Albizu Campos y Gilberto Concepción de Gracia (1936)

“El nacionalismo es la fuerza que se yergue contra cualquier poder que nos niegue la personalidad. Es un movimiento que aspira a despertar las fuerzas de la sabiduría en el pueblo, a salvar la nacionalidad para la cultura y la historia. Quiere que este pueblo que es la primera unidad espiritual que cristaliza en el continente, que es la nacionalidad más integrada cultural y racialmente de América, que es una masa mejorable y sensible, no se anule y que se reintegre a la vida de la cultura por la afirmación plena de su personalidad. El nacionalismo no es meramente la reintegración de las tierras a manos portorriqueñas, ni la salvación de su comercio y sus finanzas: es la nacionalidad en pie para rescatar su soberanía y salvar a este pueblo para los valores superiores de la vida. El coloniaje es la anulación y la absorción de nuestras fuerzas morales; la independencia es plenitud espiritual, es disfrute de todos los dones físicos y morales que Dios depositó en nuestra tierra. Si a un loco la ley le niega personalidad también le niega su capacidad para verificar cualquier transacción legal. Si a un pueblo se le niega su personalidad colectiva se le niega la capacidad para regir su propio destino y se nos pone al nivel de un loco irresponsable. El nacionalismo no es un partido en el sentido limitador de la palabra sino un movimiento que tiende a salvar todos los valores constitutivos de la nacionalidad. Por eso nosotros no reposaremos hasta que la bandera de Estados Unidos se haya arriado de Puerto Rico”.

Analizó luego el orador el panorama histórico, sociológico y cultural de las naciones ibero-americanas y subrayó la necesidad de mantener intensas vinculaciones con los pueblos hermanos “porque el caso de Puerto Rico es el ejemplo evidente de las intenciones que tiene Estados Unidos para la América Latina”

“La América es el continente más rico del mundo por su extensión territorial, su población y sus inmensos recursos naturales. Por eso es objeto de la codicia del mundo. Ella se va dando cuenta de este fenómeno y se mantiene en guardia contra las agresiones exóticas. Ella conoce las intenciones codiciosas de Estados Unidos y por eso van cayendo todos los gobiernos que el pueblo sospecha se hallan sometidos a los yanquis”.

Después comentó, la política de Estados Unidos en el Caribe. “El mar Caribe es el corazón del mundo. De aquí parten y confluyen las corrientes marítimas del trópico que llevan calor y vida a todos los continentes de la tierra. Este será teatro de la gran guerra que está ocho o diez años plazo para derrocar el poderío imperialista de Estados Unidos. Debemos prepararnos para esa hora que será la de nuestra salvación política”.

Hizo luego un análisis de los problemas de Estados Unidos, de la vida social norteamericana, de su actitud hacia la raza negra, etc. Anunció que le esperaba una de las revoluciones sociales más sangrientas de la historia, ya que allí “la explotación ejercida contra el pueblo había hecho prosperar la semilla comunista de una manera peligrosa para la estabilidad de sus instituciones plutocráticas”. Comentó los recientes discursos del presidente Hoover en los cuales reconoce la importancia que han tomado estos movimientos cuando se toma la molestia de comentarlos. Censuró también a la sociedad de Ponce por la acogida que dio a los marinos norteamericanos. “El esclavo nunca puede rendir pleitesía al amo”, dijo.

Al terminar su discurso Albizu Campos, el público prorrumpió en un delirante aplauso cargándole en hombros por toda la plaza mientras la banda entonaba los acordes melodiosos de la Borinqueña.

Comentario:

Manuel Rivera Matos (Utuado, 1908-?) difundió las actividades públicas del Partido Nacionalista hasta su separación del mismo por cuestiones ideológicas. La crónica periodística de entonces producía un texto protagonizado por la figura pública. Ello explica la larga cita del discurso de Albizu Campos en el parte de El Mundo, diario conservador, hispanófilo y de derechas. El tono de admiración del cronista es evidente en el texto.

El tono de “retorno a los orígenes” cuando  Albizu Campos habla es importante. El nuevo Presidente del Partido Nacionalista, acababa de regresar de un viaje político exploratorio por el Caribe e Hispanoamérica. Estas “peregrinaciones” son comunes en la vida de los líderes independentistas puertorriqueños: Ruiz Belvis, Betances, Hostos, De Diego, también ejecutaron la suya.

La fijación con el papel del 1492 y España para la Historia Moderna es la misma que en los documentos anteriores. El tono Moderno se afirma al insistir en que el”hombre” comprendió “que su misión era interpretar las leyes que lo regían”, una postura abiertamente racionalista y progresista. El contraste entre la Independencia y el Colonialismo se elabora sobre esa base filosófica. La Independencia es Progreso y reintegración a la Unidad Ibero-Americana. La metáfora del “hombre loco” y la “colonia” simplificaba el mensaje ante el público.

La tesis de que la Civilización Latina (Ibero-América) es objeto de la ambición de la Civilización Sajona (Estados Unidos), le permite introducir la idea de que el caso de Puerto Rico es crucial para el mundo. La filiación de este pensamiento con la interpretación de Eugenio María de Hostos Bonilla, José E. Rodó y José Martí Pérez del nudo que representó el interés estadounidense en la región camino al 1898 para la historia iberoamericana y antillana, es visible.

Por último, Albizu Campos expresa un miedo común provocado por el ascenso de Stalin al poder en Moscú y por la crisis social general inaugurada por la Gran Depresión de 1929: el temor es que la explotación capitalista intensa haga “prosperar la semilla comunista de una manera peligrosa para la estabilidad de sus instituciones plutocráticas”. El “temor rojo” o el rechazo al comunismo fue un elemento común en el nacionalismo europeo-americano desde 1930 y el caso puertorriqueño no fue la excepción. La II República Española (1931)  y la Guerra Civil (1936) que iniciaron las derechas hispanas contra los rojos, ratificaron sus prevenciones pero, a la vez, conminaron al nacionalismo a revisar estos planteamientos moderados de 1930.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

enero 27, 2010

Albizu Campos: El nacionalismo puertorriqueño


  • Pedro Albizu Campos

Declaraciones a los representantes de Prensa Asociada, marzo de 1936.

Sesenta y ocho años ha se fundó la República. Cuando, el día 23 de septiembre de 1868 proclamaron nuestros antepasados nuestra independencia de España, solemnemente afirmaron que la revolución no se fundaba en queja alguna contra nuestra Madre Patria. Puerto Rico era rico en nombre y en realidad; nuestra heredad cristiana había creado una familia modelo y una sociedad sólida; la nación figuraba en la vanguardia de la moderna civilización.

Grandes hombres en todos los campos de la conquista humana hacían honor a su tierra natal: mentalidades privilegiadas como Stahl y Tanguis en las ciencias naturales; Morel Campos, el genio musical; Oller y Campeche, maestros en la pintura; grandes pensadores como De Hostos; poetas inspirados de pura espiritualidad como Gautier Benítez; hombres de mar de la grandeza del almirante don Ramón Power; soldados libertadores del Nuevo Mundo, como el mariscal Valero y el general Rius Rivera; estadistas y patriotas nobles como Betances; directores espirituales de una nación generosa, hospitalaria y pacífica, como el obispo Arizmendi.

Pedro Albizu Campos

Eran éstas figuras prestantes de las legiones de grandes hombres y grandes mujeres de una nación, que durante tres centurias había servido de base para la expansión de la civilización cristiana en las Américas. No debe olvidarse que una expedición de Puerto Rico bajo el comando de Ponce de León, plantó la cruz en el continente de Norteamérica en el 1531, cien años antes de fundarse Jamestown en Virginia.

Los fundadores de la República en el 68 se batieron solamente por el principio de que ninguna nación será dueña del destino de otra nación. Este principio es la base del derecho internacional y de la civilización universal y no puede violarse so pretexto de conveniencia alguna. Es el principio de la dignidad humana formulado en su aplicación a la familia de naciones.

La Madre Patria, España, la hidalga fundadora de la moderna civilización mundial, reconoció este principio fundamental de relación internacional como lo exponían nuestros antepasados del 1868, y concedió a Puerto Rico la Magna Carta Autonómica, en virtud de la cual las relaciones entre España y Puerto Rico habrían de ser reguladas por tratados, así reconociendo a nuestro país como una nación soberana, libre e independiente. Este reconocimiento de nuestro lugar en la familia de naciones libres era irrevocable y obligatorio para todos los poderes, y nunca pudo estar a merced de las vicisitudes de las guerras de nuestra Madre Patria o de ninguna otra guerra.

El tratado de París, impuesto por la fuerza por Estados Unidos a España, el 11 de abril de 1899, es nulo y sin valor en lo que atañe a Puerto Rico. Por tanto, la intervención militar de Estados Unidos en nuestra patria, es sencillamente uno de los actos más brutales y abusivos que se haya perpetrado en la historia contemporánea. Exigimos la retirada de las fuerzas armadas de Estados Unidos de nuestro suelo como defensa natural y legítima de la independencia de Puerto Rico.

No somos tan afortunados como nuestros antepasados del 1868. Ellos combatieron por el principio puro de la soberanía nacional. No tenían queja alguna contra la Madre Patria, España. Contra Estados Unidos de Norteamérica tenemos que radicar reclamaciones como indemnización por los enormes daños perpetrados sistemáticamente y a sangre fría contra una nación pacífica e indefensa.

El balance comercial favorable de Puerto Rico durante los treinta y cinco años de intervención militar norteamericana arroja en números aproximadamente cuatrocientos millones de dólares oro. De acuerdo con esa cifra imponente, Puerto Rico debiera ser uno de los países más ricos y prósperos del planeta. De hecho, la miseria es nuestro patrimonio. Ese dinero está en poder de los ciudadanos norteamericanos en el continente.

Cálculos conservadores sobre el valor financiero del monopolio comercial que nos impuso Estados Unidos por la fuerza, y en virtud del cual estamos obligados a vender nuestras mercaderías a los norteamericanos al precio que a ellos convenga y además tenemos que pagar por la mercadería norteamericana el precio que nos quieran imponer los norteamericanos, arroja una cifra no menor de quinientos millones de dólares oro.

Por supuesto el resultado de esa explotación inmisericorde y abusos perpetrados sobre nuestra nacionalidad, queda patente en la pobreza universal, en las enfermedades y elevada mortalidad de nuestra población, la más alta en las Américas. El setenta y seis por ciento de la riqueza nacional está en manos de unas pocas corporaciones norteamericanas, para cuyo beneficio exclusivo se mantiene el presente gobierno militar.

Un asalto estúpido se ha dirigido contra nuestro orden social cristiano en un esfuerzo brutal para di­solver la estructura de nuestra familia y destruir la moralidad de una raza hidalga, imponiendo a través de agencias gubernamentales la difusión de las prácticas de la prostitución, bajo el estandarte engañoso de control de natalidad; el esfuerzo ridículo para destruir nuestra civilización hispánica con un sistema de instrucción pública usado en Estados Unidos para esclavizar a las masas; la arrogancia tonta de pretender guiar en el orden espiritual a una nación cuya alma se ha forjado en el más puro cristianismo: ésas son nuestras quejas más serias.

Estados Unidos de América se encuentra frente a frente en Puerto Rico con el espíritu de Lexington, de Zaragoza, de Ayacucho. La presente política imperial por la cual se pretende disolver al nacionalismo por el terror y el ase­sinato, es una provocación y una tontería imperialista para satisfacer a unas pocas corporaciones nor­teamericanas. El pueblo de Estados Unidos, si no se ha vuelto totalmente insensible a los principios que le permi­tieron ser una nación libre, debe tener sentido común, debe guiarse exclusivamente por su interés nacional. Ese interés nacional queda garantizado al respetar la independencia de Puerto Rico. Ésas son las aspiraciones del nacionalismo de Puerto Rico.

Comentario:

El documento de 1936 manifiesta las tesis medulares del Partido Nacionalista.

Primero, la preocupación por desarrollar una cronología exacta de la Nación. El fechado sugiere un “calendario revolucionario” similar al de la Revolución Francesa o la Bolchevique.

Segundo, la idealización del pasado español como el espacio de una “gran familia” rica y madura. El texto insiste en borrar las dudas mayores. Ello explica el comentario sobre la Insurrección de Lares y la afirmación de que la “revolución no se fundaba en  queja alguna contra nuestra Madre Patria”. El uso del posesivo “nuestra” es importante para comprender su objetivo. Ese proceso de idealización del pasado español, se da a contrapelo de la opinión dominante en pensadores como Eugenio María de Hostos, Rosendo Matienzo Cintrón, Rafael López Landrón entre otros,  cuya imagen de España ante Estados Unidos era muy distinta de la propuesta por Albizu Campos.

Tercero, el uso de argumentaciones religiosas y culturalistas como cuando se recuerda el protagonismo de Puerto Rico para “la expansión de la civilización cristiana en las Américas” en la etapa colonial temprana. La religión fue, de hecho, fundamental para un segmento del nacionalismo entre 1900 y 1936. Los casos de Los Hermanos Cheo y su pacto moral, la filantropía de la Madre Helenita de Jesús y  la Hermana Eudoxia, el culto a la Virgen de Monserrate de Hormigueros y el activismo católico místico del profesor Clemente Pereda, son evidencia de ello. La invasión militar de 1898 fue interpretada por ellos como una agresión religiosa que conminaba a la “Cruzada”.

Cuarto, la tesis de que la Carta Autonómica de 1897 reconoció a Puerto Rico como “una nación soberana, libre e independiente” y la deriva de la “Nulidad del Tratado de París” de 1899. La meta era cuestionar la “legalidad” de la presencia de Estados Unidos en el país y justificar la “resistencia” y la “acción inmediata”. De este modo, se combinaban justificaciones religiosas y políticas para la defensa de la causa.

Y quinto, la tesis del control comercial y financiero de Puerto Rico por  el mercado y la banca americana. El argumento completa la campaña antitrustista o antimonopolios que dominó la discursividad del independentismo de la primera década del siglo 20 encabezado por figuras como Matienzo Cintrón. La preferencia por los argumentos culturales, religiosos y jurídicos es notable.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor
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