Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 8, 2011

Paul G. Miller: la Insurrección de Lares

Capítulo XVII Militarismo, absolutismo y separatismo (…)

11. Los comisionados de Cuba y Puerto Rico presentan informes acerca de las reformas para las Antillas.

Con sobrada paciencia los puertorriqueños, como los cubanos, habían estado aguardando desde 1837 las “leyes especiales…propias para hacer su felicidad”. Por fin en 1865, el gobierno español autorizó una información, e invitó a los cubanos y puertorriqueños a que enviaran comisionados para informar al gobierno en qué debían basarse las leyes especiales para las provincias de Ultramar.

En las elecciones de comisionados triunfó el elemento reformista. De los seis que correspondían a Puerto Rico fueron electos José Julián Acosta, Segundo Ruiz Belvis, Francisco Mariano Quiñones y Manuel de Jesús Zeno, no concurriendo los otros dos. Al tratar las reformas políticas, económicas y sociales, se dio preferencia por los informadores a la abolición de la esclavitud. Las sesiones duraron desde el 30 de octubre de 1866 hasta el 27 de abril de 1867.

Esta información no tuvo inmediatos resultados positivos. La abolición de la esclavitud no vino hasta 1873, y las reformas políticas aceptables para gran parte del pueblo no llegaron hasta 1897. Es precisamente en años posteriores a esta información que los generales Marchesi, Sanz y Palacios cometieron los mayores abusos y atropellos que se han experimentado en Puerto Rico.

Sin embargo, como dice Ángel Acosta Quintero: “Los trabajos y reuniones de la Información desacreditaron para siempre los exagerados temores y las falsas alarmas de los que se oponían á su formación y convocatoria. Con posterioridad, nadie se atrevió a defender como bueno el antiguo sistema de misterio, de silencio y de reservas que imperaba en las provincias de Ultramar. La palabra Reformas pronunciaba por todos.”

Gabinete de 1917. De izquierda a derecha: A. Ruiz Soler (Salud), José E. Benedicto (Tesorero), Ramón Siaca Pacheco (Secretario), Hon. Arthur Yager (Gobernador, 1914-1921), Paul G. Miller (Educación), Manuel Camuñas (Trabajo y Agricultura), Salvador Mestre (Fiscal General), Guillermo Esteves (Interior), Jesse W. Bonner (Auditor), Pedro L. Rodríguez (Secretario de la Gobernación)

12. Patriotas puertorriqueños desterrados.

En la guerra de Santo Domingo, de 1861 a 1865, cuando España trató, por medios violentos, de incorporar de nuevo el territorio de la República Dominicana, Puerto Rico ayudaba a la metrópoli con tributos y milicias. Como algunos puertorriqueños simpatizaban con los dominicanos se imaginaban las autoridades que se estaba fomentando una revolución, para la cual las armas y pertrechos habían de venir de afuera de un momento a otro.

Uno de los oficiales puertorriqueños Luis Padial Vizcarrondo, que servía en el ejército español, fue herido en Puerto Plata y regresó a Puerto Rico para restablecerse Censuraba la mala administración militar de la camparía contra los dominicanos. A él atribuía el gobernador general el fomento y dirección de la revolución aludida; y, en 1864, en vista de sus sentimientos liberales, Messina desterró a Padial de Puerto Rico.

En 1867 estalló una sedición militar en la Capital, que fue sofocada inmediatamente, terminando con el fusilamiento del cabo Benito Montero, y suicidándose el coronel de artillería Nicolás Rodríguez de Cela.

El gobernador general Marchesi creía que algunos puertorriqueños tenían parte en el movimiento militar. Sin ningún procedimiento judicial, pero en pleno uso de las “facultades omnímodas” y con gran asombro del país entero, Marchesi desterró de Puerto Rico a los doctores Pedro Gerónimo Goico, Ramón Emeterio Betances  Calixto Romero Togores y a los señores Segundo

Ruiz Belvis, Julián E. Blanco, José de Celis Aguilera, Vicente María Quiñones, Vicente Rufino de Goenaga y Carlos E. Lacroix. Les ordenó que se presentaran a disposición del Gobierno en Madrid y les prohibió volver a Puerto Rico.

13. La fuga de Betances y Ruiz Belvis.

Betances y Ruiz Belvis no obedecieron la orden del gobernador. Se embarcaron furtivamente en Mayagüez, tal vez con intención de llegar a Santo Domingo. La corriente los arrastró hacia el sur, y tuvieron que aterrar en la costa áspera y desierta de la actual jurisdicción de Lajas. Ocultos y protegidos por Fernando Calder, que vivía en aquella costa, se prepararon para su salida definitiva de la isla. Con la ayuda de Ventura Quiñones, hijo del malogrado Buenaventura que murió en el castillo del Morro, lograron embarcarse por el puerto de Guánica en un buque de carga, llegando a Santomas, sin mayores contratiempos. De allí fueron a Nueva York. En el New York Herald publicaron una carta en la cual manifestaron “que es enteramente falso que tengamos nada que ver con la Conspiración a que se refiere su corresponsal. El gobierno de la Isla, como es su costumbre, sin forma alguna de proceso, decretó la expulsión de varios individuos de buena posición social, entre ellos los infrascritos…

“Hemos rehusado de dar nuestra palabra de honor…porque sería perder tiempo, trabajo y dinero confiar en la buena fe de tal gobierno.”

En Nueva York se separaron los dos amigos. Ruiz Belvis se trasladó a Chile, donde falleció poco después a la edad de treinta y ocho años. Betances hizo rumbo hacia Santo Domingo. Después de largas peregrinaciones estableció su residencia en París. Allí dedicó sus energías a fomentar el espíritu revolucionario de los puertorriqueños y a dar impulso a la insurrección en Cuba. La Junta Revolucionaria de Cuba en Nueva York lo nombró su representante diplomático cerca del gobierno francés.

Betances murió en París en 1898. Por disposición de la Asamblea Legislativa sus restos fueron trasladados a Puerto Rico en 1920, y yacen hoy en Cabo Rojo, pueblo donde nació en 1827.

En una proclama que lanzó a los puertorriqueños desde Santomas en 1867 expuso los diez mandamientos de los hombres libres, como él llamó su programa de reformas para el país. Helos aquí: “Abolición de la esclavitud; derecho de votar todos los impuestos; libertad de cultos; libertad de la palabra; libertad de imprenta; libertad de comercio; derecho de reunión; derecho de poseer armas; inviolabilidad del ciudadano; y derecho de eligir nuestras autoridades.”

Por orden del Ministro de Ultramar, los otros desterrados pudieron regresar a sus hogares.

Todavía en 1884 se cursaron muchos telegramas entre el gobernador y el alcalde de Juana Díaz referente al paradero del doctor Betances, porque se corría el rumor de que había regresado a Puerto Rico, a fomentar una revolución.

14. Año de calamidades, 1867.

A los desmanes de Marchesi, se deben agregar dos acontecimientos que resultaron verdaderos desastres para el país. El 29 de octubre el ciclón de San Narciso causó grandes daños a las propiedades, sufriendo la agricultura y el comercio grandes pérdidas. El 18 de noviembre hubo un terrible terremoto, que tal vez ha sido el más horroroso que registra la historia de Puerto Rico. Las sacudidas duraron unos cuantos días. Muchos vecinos de San Juan abandonaron la ciudad, a causa de los desperfectos sufridos por los edificios. Las iglesias de Coamo, Corozal, Dorado, Gurabo y Juncos se inutilizaron. En los campos se abrieron grietas; y casi todas las chimeneas de las haciendas quedaron destruidas. Muchos edificios de mampostería sufrieron daños.

15. La Revolución de Lares.

La primera manifestación abierta del separatismo en Puerto Rico fue la llamada revolución de Lares. Ya en 1866 el gobernador de Puerto Rico mandó una comunicación al de Cuba referente a la “existencia de una vasta conspiración muy próxima a estallar para proclamar la independencia de estas dos Antillas españolas.”

Efectivamente la guerra de Cuba, que duró de 1868 a 1878, dio principio en Yara.

En Puerto Rico existían asociaciones secretas, como la sociedad Capá Prieto de Mayagüez y el Lanzador del Norte, que estaban fomentando un movimiento revolucionario. El día 20 de septiembre las autoridades sorprendieron en el Palomar, jurisdicción de Camuy al vecino Manuel González, venezolano, hallándosele pruebas de una conspiración separatista. El día 22 llegó a Mayagüez la noticia de la prisión de González. Manuel Rojas, también venezolano, presidente de la asociación secreta Centro Bravo número 2, envió un aviso a Mathias Bruckman, norte-americano, presidente del organismo Capá Prieto, que anticipara el movimiento general y que le enviara fuerzas a su hacienda en el barrio de Pezuela de Lares, para dar el grito de independencia en esa población, y luego posesionarse del Pepino (San Sebastián) y otros pueblos pequeños, antes de marchar sobre Arecibo. Mr. Bruckman reunió en su finca de café unos doscientos hombres que emprendieron la marcha a casa de Rojas en Lares. Llegó el número en la hacienda de Rojas a unos trescientos de a pie y unos ochenta a caballo. El ejército libertador de la República de Puerto Rico llegó al pueblo de Lares como a las diez de la noche del día 23. Tomaron posesión de la población, cayendo sobre los establecimientos comerciales y encarcelando a las autoridades. Dice José Pérez Morís: “Apoderados así de la Alcaldía y arrojado el retrato del monarca y demás símbolos nacionales, procedieron los insurrectos á organizar…el gobierno provisional de la república de Puerto Rico, constituyéndolo del modo siguiente:

“Presidente, D. Francisco Ramírez, dueño de una mala tienda de pulpería y de escasos terrenos; Ministro de Hacienda, D. Federico Valencia, escribiente del Juzgado de Paz; Ministro de la Gobernación, D. Aurelio Méndez, Juez de paz de aquel pueblo; Ministro de Gracia y Justicia, D. Clemente Millán, dependiente de comercio; Ministro de Estado, D. Manuel Ramírez, arrendador de una gallera; Secretario del Ministerio de la Gobernación, D. Bernabé Pol, propietario arruinado.”

Además del general en jefe y jefe superior de la isla, Manuel Rojas, se reconocieron nueve generales, de división. No faltaba un director general de artillería, ni un comandante general de caballería. El ejército que tal vez nunca llegó a más de 800 hombres, se retiró precipitadamente del Pepino, al encontrarse con los pocos milicianos de aquel pueblo.

Las fuerzas revolucionarias así como el presidente, ministros, y demás cabecillas se dispersaron. El venezolano [Baldomero] Bauren y el americano Bruckman fueron muertos al tratarse de reducirlos a prisión. La cárcel de Arecibo fue atestada de presos. Un consejo de guerra condenó a muerte a siete cabecillas. En España la revolución iniciada en septiembre puso fin al gobierno de Isabel II. Los condenados a muerte fueron indultados; y todos, presos y huidos, recibieron amnistía amplia.

La Revolución de Lares no pudo prosperar. Fue un movimiento prematuro. No contó con elementos adecuados para una operación militar. Sus iniciadores eran extranjeros e ilusionistas del país. No tenía el apoyo de los puertorriqueños de prestigio. El país miró sus actuaciones con indiferencia. Algunos liberales la han llamado la Algarada de Lares. En una palabra, el separatismo no tenía arraigo en Puerto Rico.

16. Elecciones y reformas.

Establecida la República en España, se decretó, en 1869, la celebración de elecciones para Cortes. De once representantes, los liberales lograron tres: Román Baldorioty de Castro, Luis Padial y José Eurípedes de Escoriaza. El nuevo gobernador Baldrich hizo las elecciones para la Diputación Provincial, con toda imparcialidad. Constituida por hombres de afiliación liberal reformista inauguró sus sesiones en 1871.

Baldrich concedió la libertad de imprenta; y se fundaron nuevos periódicos: “El Progreso” en la Capital, “La Razón” y “Don Simplicio” en Mayagüez. Todos eran de tendencias liberales y combatían a los conservadores, luego llamado Partido Español sin condiciones, cuyo vocero era “El Boletín Mercantil”. En 1873 vino la abolición de la esclavitud, por decreto de la Asamblea Nacional.

En las elecciones de 1870 tomó tanta intervención el gobierno por medio de los alcaldes y Guardia Civil a las órdenes del gobernador Gómez Pulido que solamente tres distritos eligieron sus candidatos: Ponce, Cabo Rojo y Vega Baja.

Gómez Pulido fue separado de su cargo, sustituyéndole Simón de la Torre. Éste efectuó varios cambios en las comandancias militares y otros puestos públicos para garantizar la libre emisión del voto. Vencieron los liberales. Los incondicionales, aunque en minoría, consiguieron la separación de la Torre.

En 1873 el gobernador Rafael Primo de Rivera publicó la ley votada por las Cortes en 1872, haciendo extensivo a Puerto Rico el título primero de la Constitución de 1869. Este título consta de treintaiún artículos que establecen los derechos naturales de los españoles.

La Monarquía fue restaurada en 1874. Muchos de las reformas concedidas por la República fueron suspendidas con el regreso al país del general José Laureano Sanz como gobernador.

17. Los atropellos y arbitrariedades de Sanz.

Las medidas represivas contra los intereses y libertades del país llegaron a su colmo bajo las dos administraciones del general Sanz, gobernador de triste recuerdo en los anales puertorriqueños (1868-1870 y 1874-1875).

Creó el cuerpo de la Guardia Civil y como secuela el cuerpo militar de Orden Público formados de elementos peninsulares. Disolvió las Milicias Disciplinadas, constituidas de hijos del país, y fundó el Instituto de Voluntarios con individuos de procedencia española. Esta fuerza tomó carácter político, incondicionalmente español, con gran perjuicio de la tranquilidad pública. Sanz suprimió la Diputación Provincial y los Ayuntamientos de origen popular; y los constituyó de oficio, a su gusto con elementos incondicionales. Prohibió las reuniones públicas y veladas literarias.

Separó de sus cátedras en la Sociedad Económica de Amigos del País a José Julián Acosta y Román Baldorioty de Castro por sus ideas liberales. Se negó a conceder la escuela superior de Ponce al reputado profesor Ramón Marín, quien la había ganado en rigurosa oposición. Bajo el pretexto de que estaba “destruyendo y cortando de raíz los gérmenes de separatismo que pudieran existir en el importante ramo de instrucción pública,” separó casi todos los maestros de escuela, hijos del país, para cubrir las vacantes con españoles traídos expresamente de la Península. Prohibió el establecimiento de escuelas particulares sin la autorización del gobierno, evitando así que los maestros puertorriqueños cesantes pudieran ganarse el sustento con la enseñanza particular, ni siquiera permitiéndoles dar clase en sus hogares.

Dice el historiador Coll y Toste: “Precisamente esos atropellos del gobernador…Sanz produjeron más enemigos a España que las proclamas de Betances. Todo el profesorado puertorriqueño, destituido injustamente de la dirección de sus escuelas, ganadas por oposición, fueron desde aquel trágico momento anti-españoles.”

A Sanz se le debe la instalación del telégrafo y el activar la construcción de la Carretera Central, pero se interesó en estas obras para fines militares, para mejor poder tener al país subyugado a su capricho.

18. Efectos del separatismo.

A pesar de las continuas gestiones de Betances y de Hostos, partidario de la Confederación Antillana, y de la Junta Revolucionaria establecida en Nueva York, el separatismo nunca llegó a echar raíces profundas en el suelo borincano. Los puertorriqueños dejaron de ser españoles como resultado de la Guerra Hispanoamericana. El resultado del movimiento separatista está condensado con acierto por Ángel Acosta Quintero, cuando escribió: “Si próspero, feliz y con libertades quería a Puerto Rico con España, próspero, feliz y con libertades lo quiero con los Estados Unidos. He procurado vivir siempre dentro de la realidad, y ésta me dice que Puerto Rico, por circunstancias que no son del caso, hechos, situación geográfica, razones políticas y económicas, jamás será libre e independiente como Nación Soberana…

“Así pensaron y racionaron mi padre, Román B. de Castro, los Quiñones, Vizcarrondo, Celis, Corchado, Goico, Blanco, Morales, Marín y tantos otros más, en lo pasado. Ruiz Belvis, Betances, Basora, Hostos, Henna y algunos otros más, pensaron y trataron de independizar esta tierra de la Soberanía de España. Fracasaron en sus anhelos y estuvieron siempre en minoría. El pueblo y la masa ilustrada de Puerto Rico estuvo divorciada de ellos. Esa es la verdad y a la Historia se debe la verdad.”

19. Resumen.

Hasta la implantación de la autonomía en 1898 subsistió en Puerto Rico un gobierno militar en el cual toda la administración estaba centralizada en la persona del gobernador designado por la Corona. Este sistema absolutista se prestaba a grandes abusos y el gobierno sufría alteraciones “según la mayor instrucción y modo de pensar del que gobernaba. Salvo dos breves períodos constitucionales, hasta 1873 el gobernador tenía poderes discrecionales que le permitían cometer abusos y excesos.

Además de las Leyes de Indias, el pueblo se regía por reales órdenes y reglamentos, y por los decretos, circulares, ordenanzas y los bandos de policía promulgados por el gobernador general.

La vida del pueblo estaba reglamentada; y durante algún tiempo fue obligatorio que todos los jornaleros de la isla tuvieran su libreta de inscripción. Las reformas prometidas desde 1837 no llegaron. Con el tiempo se levantó la voz de protesta y se abrió una información en Madrid. Algunos puertorriqueños fueron desterrados. En 1868, estalló la llamada Revolución de Lares, que no tenía el apoyo del país en general. Las mayores arbitrariedades las cometieron los generales Messina, Marchesi, Sanz y más tarde Palacios. A pesar de esta forma de gobierno absolutista, los puertorriqueños se mantuvieron leales a España.

Nota: Fragmento de Paul G. Miller, “Capítulo XVII Militarismo, absolutismo y separatismo” en Historia de Puerto Rico. New York: Rand McNally y Compañía, 1939. pág. 274-284

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Salvador Brau: la Insurrección de Lares

Capítulo XXIV Abolicionistas y separatistas (…)

Desarrollo intelectual.

Vano era el empeño de sofocar las manifestaciones del pensamiento cuando se abría ancha puerta a la comunicación universal de las ideas, por Santomas, que facilitaba el contrabando de libros y por los Estados Unidos e Inglaterra, cuyos buques, en solicitud de azúcar y miel, recorrían todo el litoral, conduciendo periódicos, revistas en inglés y en español, y manteniendo correspondencia epistolar donde palpitaba la actividad intelectual del mundo culto.

De los colegios privados y de las escuelas públicas surgía una juventud inteligente que ingresaba en el profesorado, acudía a Nueva York a ejercitarse en prácticas mercantiles o marchaba a Europa, a obtener, con el doctorado en medicina o la licenciatura en derecho, un acopio de principios racionales y equitativos.

Desde octubre de 1841 se había establecido en la capital una Real Subdelegación de Farmacia, que proporcionó nueva carrera profesional a la juventud y cauce de difusión a las ideas. En las tertulias nocturnas formadas a las puertas de las boticas, discutíanse sin embozo así las arbitrariedades gubernativas como los actos políticos de mayor resonancia en todo el orbe.

Salvador Brau Asencio

Chispazos abolicionistas.

En marzo de 1861 ocupó la presidencia de los Estados Unidos el insigne abolicionista Abraham Lincoln, produciéndose una guerra desastrosa, por empeñarse los Estados del sur en impedir la redención de sus esclavos. Aquel movimiento activó en Puerto Rico las propagandas abolicionistas que tuvieron en don Segundo Ruiz Belvis y en don R. Emeterio Betances, dos eficaces apóstoles.

Abogado el primero, hijo de Hormigueros y miembro de distinguida familia, instaló su bufete en Mayagüez, al regresar de España en 1860, y elegido síndico del ayuntamiento, aplicó toda la energía de su impetuoso carácter al servicio de los infelices siervos, persiguiendo la sevicia desbordada en algunos ingenios.

Betances, nacido en Caborrojo, de padre dominicano, hacendado como lo era el de Ruiz Belvis, desde su regreso de París en 1855 reveló sus sentimientos caritativos, ganándose entre las clases desheredadas de Mayagüez, donde fijó su residencia, envidiable popularidad. Abolicionista acérrimo, ocurriósele reducir el número de esclavos utilizando las ordenanzas de Pezuela y su palabra persuasiva halló prosélitos que le ayudaron a rescatar, en la fuente bautismal, negritos recién nacidos.

La guerra en Santo Domingo.

El 18 de marzo de 1861, la bandera republicana de Santo Domingo cedió el puesto a la española en las fortalezas de aquella isla, y el 16 de junio declaró el gobierno de doña Isabel 2ª , reincorporado a la monarquía el territorio insular segregado en 1821.

Los dominicanos, al sentir los bandos militares, tributos y medidas coercitivas que los asimilaban a la administración cubana y puertorriqueña, tuvieron motivo para sospechar que detrás irían las libretas y los esclavos y sublevándose contra, aquella dominación irreflexiva, mantuvieron durante cuatro años una guerra tenaz, en la qué se auxilió España con tributos y milicias de Puerto Rico; pero manifestándose en esta isla y especialmente en Mayagüez determinadas simpatías por los rebeldes.

Con tales accidentes y la cizaña constante de los esclavistas, se imaginó una revolución para la cual se daban como practicados varios alijos de armas que nunca parecieron, decretando por último el general Messina, en diciembre de 1864, la remisión a España, bajo partida de registro, del comandante don Luis Padial y Vizcarrondo, puertorriqueño valeroso, que herido en Puerto Plata, se había trasladado a su país, solicitando curación y al que se atribuía la dirección militar del levantamiento.

El 7 de enero de 1865 terminó aquella situación, al acordar las cortes españolas el abandono de la isla reincorporada, acogiéndose en Puerto Rico tal resolución con murmuraciones desfavorables para la metrópoli.

Ramón E. Betances por Mario Brau Zuzuárregui

Información reformista.

La aplicación de un régimen más expansivo en las Antillas, recomendado por el duque de la Torre, capitán general de la isla de Cuba, era tanto más necesaria cuanto que al deplorable efecto causado en la opinión por el abandono de Santo Domingo, se agregaba el término de la guerra civil en los Estados Unidos, coronado con el triunfo de las ideas abolicionistas. Don Antonio Cánovas del Castillo, ministro de Ultramar, presentó a la firma de doña Isabel II, en 29 de noviembre de 1865, un decreto llamando a Madrid comisionados de Cuba y Puerto Rico para informar al gobierno acerca de las leyes especiales prometidas desde 1837, y el 30 de octubre de 1866 se abrió la información, representando a Puerto Rico don José Julián Acosta, por la capital, don Segundo Ruiz Belvis por Mayagüez, don Francisco Mariano Quiñones por San Germán y don Manuel F. Zeno y Correa por Arecibo. El criterio de Acosta no discrepó del de Ruiz Belvis al apreciar la abolición de la esclavitud como base capital de las reformas insulares y conforme Quiñones con aquel parecer, manifestaron los tres, por escrito, que “partiendo el interrogatorio a que se les sometía de la existencia de la esclavitud y tendiendo a conservarla definitivamente, se abstenían de contestar en ningún sentido.”

“Aspiramos,” añadían, ” a la abolición en Puerto Rico, de la esclavitud, y la pedimos con indemnización o sin ella, si otra cosa no fuese posible; la abolición sin reglamentación de trabajo o con ella si se estimase de absoluta necesidad.”

La resuelta actitud de aquellos tres hombres, dos de los cuales eran propietarios de esclavos, produjo extraordinaria sensación, acudiendo los esclavistas de la isla a redactar exposiciones encaminadas a combatirlos y negando la capitanía general permiso para contraexponer en sentido antiesclavista, por considerarlo atentatorio a las instituciones.

Ociosa fue aquella labor. La junta informativa cerró sus sesiones el 27 de abril de, 1867, dándose el ministro de ultramar por enterado y agradecido de los informes. A esto se redujo todo, regresando los comisionados a sus respectivos domicilios.

Destierros arbitrarios.

El 7 de junio, pocos días después de la llegada de los comisionados a Puerto Rico, estalló, un motín militar, sofocado instantáneamente y que trajo por consecuencias el fusilamiento de un cabo de artillería y el suicidio de don Nicolás Rodríguez de Cela, coronel de dicha arma. Y con asombro general, vióse al general Marchesi ordenar, sin, previo procedimiento de justicia, la traslación a España del doctor Betances, de Ruiz Belvis, del doctor  don Pedro Gerónimo Goico, del doctor don Calixto Romero y Togores, de los hacendados don José de Celis Aguilera, don Vicente Rufino de Goenaga y don Julián E. Blanco, con obligación de presentarse al ministro de ultramar en el término de dos meses.

Renováronse al mismo tiempo en contra de la clase de color, las rudezas del Código Negro, haciendo aplicar pena de azotes a hombres de condición libre, por simples faltas de policía. El regente de la audiencia don Joaquín Calbetón, combatió aquel inhumano atropello; revolvióse airado Marchesi, amenazando al magistrado con un viaje a España; pero Calbetón mantuvo su actitud y pocos meses después substituía al arrebatado gobernante el teniente general don Julián Pavía.

Conspiraciones.

Ruiz Belvis y Betances no acataron el mandamiento de Marchesi. Furtivamente escaparon de Mayagüez, intentando llegar a Santomas en un bote, que por accidente peligroso se detuvo en Caja de muertos. De aquel islote los condujeron a Ponce varios amigos y en la hacienda de los hermanos Quiñones permanecieron en Guánica, hasta conseguir pasaje para los Estados Unidos en una goleta de Halifax, cargada de azúcar. El 5 de agosto publicaron en The New York Herald una carta, manifestando ” que consideraban inútil gastar tiempo trabajo y dinero en esperar buena fe del gobierno español. Y dirigiéndose Ruiz Belvis a Chile, donde debía morir en breve y Betances a Santo Domingo, en solicitud de auxilios para obtener por las armas la independencia de su país natal, comenzaron a extenderse por toda la isla sociedades secretas en conexión con aquel propósito. Los otros desterrados por Marchesi volvieron a sus hogares, por orden del ministerio de ultramar, comunicada al general Pavía en 4 de enero de 1868.

Pavía encontró el país en crisis. El 29 de octubre de 1867 causó grandes daños en todos los departamentos el furioso ciclón llamado de San Narciso, siguiéndole en 18 de noviembre un terremoto que derribó las casas de muchas haciendas y en la capital puso en fuga al vecindario, acampado al raso durante largos días, en los terrenos de Puerta de Tierra. Concediéronse franquicias tributarias para aliviar los quebrantos materiales y se dio rienda a las diversiones para levantar el espíritu público, sorprendido en septiembre de 1868 con la noticia de un movimiento insurreccional, cuyos jefes, después de proclamar, el día 23, en el pueblo de Lares, la independencia de Puerto Rico, celebrando un Te Deum en acción de gracias, se dirigían á posesionarse del Pepino.

Aquel movimiento partió de las juntas revolucionarias que seguían las inspiraciones de Betances, pero su resolución fue prematura, acogiéndola el país con una tranquilidad rayana en indiferencia.

La revolución.

Casi todos los pueblos se hallaban en estado indefenso; la policía rural no se conocía en el país y la guarnición era tan corta, que para perseguir a los insurrectos hubo de recurrirse a las milicias, que estaban poco menos que abandonadas: es así que a haber tenido la insurrección la trama y proporciones que se le atribuyeron, otro pudo haber sido su desenlace.

Según se supo luego, habíase sorprendido el día 20 de septiembre en el Palomar, distrito de Camuy. al vecino don Manuel M. González, reduciéndolo a prisión después de hallársele pruebas acusadoras de una conspiración separatista, atribuyéndose a este descubrimiento inesperado la precipitación de aquella algarada, que terminó el día 24 en el Pepino, al anuncio de que llegaban fuerzas militares de Aguadilla. Presos los principales insurrectos, instalóse en Ponce un consejo de guerra que condenó a muerte en 17 de noviembre a siete cabecillas, y en Arecibo se constituyó un juez especial que atestó la cárcel de presos y fue necesario habilitar local para depositarlos y detener algunos en Aguadilla, desarrollándose una epidemia de fiebre amarilla que produjo entre ellos setenta y nueve víctimas.

Pero toda aquella agitación se calmó repentinamente .El 17 de septiembre, una revolución iniciada en el puerto de Cádiz, puso fin al reinado de doña Isabel II y el 10 de octubre, un manifiesto de don Carlos Manuel de Céspedes anunciaba en Yara la insurrección de Cuba.

El general Pavía publicó el 30 de octubre las noticias recibidas de España; un eco de júbilo resonó en Puerto Rico; a compás del himno de Riego se quemaron en la plaza de Caborrojo las libretas que se habían macheteado en Lares al grito de ¡viva Puerto Rico libre!; las cárceles se abrieron, y los condenados a muerte, indultados primero, obtuvieron meses después amplia amnistía.

Capítulo XXV De Lares a Zanjón

Medidas represivas.

El poder ejecutivo constituido en España a consecuencia de la revolución de septiembre, substituyó al circunspecto general Pavía, por don José Laureano Sanz, quien después de autorizar, en 8 de enero de 1869, la amnistía de los procesados, formuló contra su predecesor severos cargos, por no haber declarado al país en estado de guerra; sometió a un expediente secreto a Acosta y Baldorioty de Castro, separándolos de sus cátedras en la Sociedad Económica; hizo blanco de sus arbitrariedades a varias personas respetables y mantuvo en inquietud alarmante a todo el país, haciendo detener y conducir a la Fortaleza vecinos de todos los distritos, para darse el placer de denostarlos, amenazándolos con fusilamientos y deportaciones a Fernando Poo.

Con gusto se le vio implantar la comunicación telegráfica entre las principales poblaciones, dando cima a un proyecto que se hallaba en tramitación a su llegada, mas no pudo aplaudírsele la creación de un cuerpo de guardia civil, con soldados de infantería bisoños, que desconociendo el espíritu y las reglas de aquella institución, produjeron disgustos constantes.

Bajo el gobierno de Sanz crecieron las demasías de los corregidores y alcaldes, subiendo de punto en Mayagüez la estéril rigidez del coronel Balboa, quien a pesar de haberse rodeado de un centenar de esbirros militares, no se dio cuenta del movimiento de Lares, hasta después de iniciado, ni alcanzó a advertir los estremecimientos del volcán que rugía a sus pies. Porque allí, en Mayagüez continuaba la propaganda revolucionaria agitada desde Santomas por Betances, cuyo plan de invadir la isla llegaba ya a redondearse Con la obtención de un empréstito garantizado por las rentas de aduanas, mas el cambio de conducta en los hombres del partido radical, inclinó los ánimos á pacíficas soluciones.

Diputados constituyentes.

En 31 de mayo de 1869, por decreto del poder ejecutivo, dividióse la isla en tres circunscripciones, para elegir once representantes en cortes, de los cuales, tres, don Luis  Padial, don José Pascasio de Escoriaza y don Román Baldorioty de Castro, fueron expresión genuina del voto liberal de sus compatriotas. Padial, con su natural fogosidad interpeló enérgicamente al gobierno sobre aquella anómala situación en que se mantenía a Puerto Rico; Escoriaza, unido íntimamente a Ruiz Zorrilla, uno de los caudillos revolucionarios, hizo presente a éste los peligros que tal situación ofrecía en momentos en que la revolución separatista de Cuba ganaba terreno, y el gobierno ofreció aplicar a la colonia todas las libertades proclamadas por la revolución. El general Sanz fue relevado en mayo de 1870 por don Gabriel Baldrich; el país reaccionó; restáronse elementos influyentes á la obra revolucionaria, pues que las libertades se obtenían sin efusión de sangre y Betances hubo de interrumpir su labor, aunque no sus propósitos, en los que persistió hasta morir, con firme consecuencia.

Tomado de Salvador Brau. “Capítulo XXIV Abolicionistas y separatistas” y “Capítulo XXV De Lares  a  Zanjón” en Historia de Puerto Rico. New York: D. Appleton y Compañía, 1904. Págs. 258-268.

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abril 14, 2011

La Historiografía Puertorriqueña hacia el 1850

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  • Historiador y escritor

Introducción

La tradición interpretativa liberal y nacionalista acepta que la Identidad Cultural Puertorriqueña se expresa con diafanidad en la Literatura y la Historiografía Puertorriqueña desde 1850. El hecho de que numerosos autores acepten la pobreza de la literatura y la historiografía en aquel momento, no ha desmerecido esa conclusión. La impresión de pobreza de la producción cultural puertorriqueña, está condicionada por el asunto de contra qué tradición se contrasta. Una Identidad Política madura en aquel contexto contradictorio.

Lo cierto es que la situación de aquel medio siglo parece determinante para la elaboración del juicio. Hacia el 1850 ya se reconocía que el  Modelo Desarrollista Dependiente asociado a la figura de Fernando VII y a la Cédula de 1815, estaba en crisis. Desde 1848, la Economía de Hacienda Azucarera se enfrentaba al colapso y la economía colonial tuvo que reformularse. El inconveniente central de aquel Modelo Desarrollista Dependiente era el problema de la tierra. La situación abierta en 1815, tan celebrada por Pedro Tomás de Córdova y George Dawson Flinter, favorecía a los extranjeros con capital y a la inmigración hispanoamericana de tendencias realistas. La derrota de España en la contienda separatista desprestigió al reino y estimuló la resistencia en las Antillas. En ese sentido, es importante reconocer que una Identidad Política era comprensible en el marco de la competencia por la tierra.

Los propietarios puertorriqueños se sentían amenazados por el poder de los propietarios extranjeros y españoles. En el proceso desarrollaron una relación tensa con el Estado que favorecía a los segundos. La politización de esas tensiones era una realidad palpable desde antes del 1850. La tensión se tradujo, por un lado,  en su ansiedad por una relación menos cercana a España. El Liberalismo, el Autonomismo y el Separatismo Independentista cumplían con ese cometido.  También produjo animó la curiosa tentación por sustituir al Otro, como fue el caso del Anexionismo a la Gran Colombia o a Estados Unidos, y el Confederacionismo que tendía a reformular entre las islas mediante un Antillanismo en que convergían utopías del pasado y del futuro.

Una Identidad Política es, por lo tanto, una forma de la conciencia propia de un segmento de la burguesía agraria puertorriqueña. Florece en la mente de los hijos de un sector socialmente privilegiado: los Hacendados, Comerciantes e Industriales puertorriqueños. Se trataba de estudiantes puertorriqueños residentes en el extranjero. La coincidencia con la experiencia del Álbum puertorriqueño, publicado también por estudiantes en Barcelona en 1844, es relevante. Aquellos jóvenes eran lo más cercano a una clase media profesional emergente. Nacidos en el seno de los Señores de la Tierra, estaban dispuestos a desprenderse de los mismos. Poseían una Cultura Ilustrada y Científica impresionante, producto de la Universidad Moderna,  y eran una manifestación novedosa de la Civilidad de Grandes Urbes. Aquel sector era proclive a expresa sus posturas heterodoxas en una época en que el liberalismo y la ciencia todavía eran consideradas amenazantes por la Iglesia Católica Romana.

Esa Generación fue el modelo más cercano de un Tercer Estado Rebelde en el país. Me parecen la expresión -en ciertos casos- de un cierto Jacobinismo Tropical, como sucede en la imagen de Betances y Ruiz Belvis en el pensamiento conservador e integrista de su tiempo. Con ellos, la contradicción entre criollos o insulares y peninsulares fue revisada, y tomó la forma de la contradicción entre puertorriqueños y españoles. Esa fue base suficiente para la elaboración de un  Proyecto Político Radical que adelanta el Nacionalismo Político en el país. El Cosmopolitismo de aquellos jóvenes distaba mucho del Criollismo dominante en el Aguinaldo puertorriqueño  publicado en San Juan en 1843.

La Sociedad Recolectora de Documentos Históricos

La experiencia y la obra derivada de la Sociedad, sintetiza un Imaginario Historiográfico marcado por varias tendencias. Por una parte, la actitud dominante en el Racionalismo y la Historiografía Liberal francesa, a la manera de Thierry y Guizot, entre otros, centrada en la convención del Progreso. Por la otra, la meticulosidad de la Erudición Alemana, al modo de Niehbur, Von Ranke y Mommsen. La actitud Positivista y/o Científica en la cual el documento histórico, su transcripción y anotación resulta crucial, es evidente. Se trata de Historicistas Críticos  bien articulados que consideran que la interpelación e interpretación de los documentos o la evidencia, conduce a la Verdad. Son intelectuales Liberales y Burgueses que aceptan que el conocimiento tiene un fin activo y que el intelectual tiene una Responsabilidad Social ineluctable. Con su trabajo de recolección, interpretación y traducción, echan las bases de un Relato Nacional confiable y fundan una Versión Canónica  de la Historia de Puerto Rico. La politización de aquel  discurso justificó al Liberalismo y el Separatismo decimonónicos, y sirvió de cimiento al Modernismo literario de entreguerras, a la Generación del 1930 y a la del 1950.

La Sociedad fue una organización estudiantil universitaria fundada en 1851 en la Universidad Central de Madrid. La misma fue presumiblemente animada por Román Baldorioty de Castro (1823-1889), educador y autonomista radical en su madurez, y Alejandro Tapia y Rivera (1822-1882), estudiante de química y física y escritor polifacético e historiador. A su rededor giraron figuras hoy olvidadas como José Cornelio Cintrón, Jenaro Aranzamendi, Lino Dámaso Saldaña, José Vargas, Juan Viñals y Federico González. Pero también llamó la atención de otros más conocidos como lo fueron Calixto Romero Togores, líder liberal; y Segundo Ruiz Belvis (1829-1867), separatista y abolicionista radical quien estudió en Caracas y Madrid. Fuera de Madrid vinculó a  Ramón E. Betances (1827-1898), estudiante en Toulousse y Paris; y a José Julián Acosta (1825-1891),  estudiante de física, matemáticas y geografía en Madrid quien completó estudios en París, Londres y Berlín. Se trataba de un grupo diverso caracterizado por su vigorosa cultura: Ruiz Belvis y Betances dominaban el francés; Acosta el inglés y el alemán; y Tapia y Rivera además del francés, conocía el inglés y el árabe.

Con todo, la figura central fue la de Tapia y Rivera por el hecho de que dio continuidad a la obra juvenil y el antólogo y autor de la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854). Aquel volumen puede considerarse como una verdadera base de datos y, en general, documenta textualmente el pasado colonial insular. Desde mi punto de vista el problema de Tapia y Rivera es que nunca produjo un Relato Orgánico sobre la historia del país y su obra, en este caso emblemático, conservó el aire de enciclopedia y libro de consulta que todavía hoy proyecta cuando se consulta. En el campo historiográfico, siempre prefirió los denominados Géneros Menores como la biografía, la autobiografía o memoria personal, género que la historiografía tradicional identificaba con la Literatura y con la Escritura Creativa, marginándolos de la Historiografía que preciaban como Científica. Ejemplo de ellos son la Vida del pintor José Campeche (1854),  biografía laudatoria escrita por encargo de encargo de la Real Junta de Fomento de Puerto Rico; La Noticia histórica de Ramón Power (1873), en la cual propone una genealogía de la Modernidad y del Liberalismo basada en la obra de esa figura; El bardo de Guamaní (La Habana, 1862), donde integra uno de los mitos fundacionales de la nacionalidad; y Mis memorias, redactadas en 1880-1882, inéditas hasta 1928, donde se queja de la pobreza cultural del Puerto Rico colonial.

El producto más acabado maduró de la Sociedad después de 1854 en dos obras. Por un lado, las “Notas” de José Julián Acosta a la historia de  Fray Iñigo Abbad y Lasierra (1866) que, coincidiendo con Pedro Tomás de Córdova, reconocen el carácter precursor de la obra y pretenden corregir y completar el esfuerzo del fraile benedictino. Acosta fue aficionado a la Historia Antigua y del Cercano Oriente, gusto común a la Generación Romántica y a los Heterodoxos en una época en que aparece la Arqueología Moderna. También cultivó la biografía en El brigadier don Luis Padial y Vizcarrondo (San Juan, 1879).

Por otro lado, está la obra de Segundo Ruiz Belvis (1829-1867),  Francisco M. Quiñones (1830-1908) y el propio Acosta. Se trata del  Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico presentado por los comisionados en 1867 en la Junta Informativa de Reformas en Madrid y publicado poco después en Nueva York. Quiñones, era de San Germán, había estudiado en Bremen y dominaba el alemán y el inglés. El Proyecto combina procedimientos de interpretación historiográfica, jurídica, económica, estadística y social. La relevancia de la Junta Informativa de Reformas en la interpretación historiográfica ha sido afirmada por el historiador Ángel Acosta Quintero en su libro José Julián Acosta y su tiempo (1965) y por Silvia Álvarez Curbelo, Un país de porvenir. El afán de modernidad en Puerto Rico (siglo XIX) (2001). En ambos se sugiere que este documento es crucial en la configuración de la Modernidad en Puerto Rico. Su valor político como preámbulo textual de la Insurrección o Grito de Lares  en 1868, tampoco debe ser pasado por alto.

La Biblioteca Histórica de Puerto Rico incluye en su primera parte es una antología de Textos de Indias o Crónicas. Se trata de una transcripción del Libro 16 de Gonzalo Fernández de Oviedo, pero también comenta los textos de Castellanos y Las Casas. En el conjunto se añade una  novedad de la bibliografía holandesa: los capítulo 1, 2 y 3 del Libro 1º Islas del Océano. Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, de Juan de Läet, procedentes de su Historia del Nuevo Mundo o Descripción de la Indias Occidentales (1640). La traducción fue de Ruiz Belvis. La segunda parte incluye “algunos escritos” de Colón. La tercera parte contiene documentos del siglo 16. La Cuarta parte son documentos del siglo 17 hasta 1647 donde aparecen los textos del Obispo Damián López de Haro y el Canónigo Diego de Torres Vargas. La Quinta parte contiene  documentos desde 1750 hasta el ataque inglés de 1797. La colección es discontinua: deja un “siglo en blanco”  desde 1647 hasta 1750. La única excepción es un informe sobre la defensa de Arecibo por el Teniente a Guerra Antonio de los Reyes Correa en el año de 1703. Con todo, se trata del esfuerzo erudito más impresionante del siglo 19 y todavía hoy puede ser consultado por los interesados en la historia colonial del país.

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